Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.


Manos

Desde detrás de la reja, Eddie Maxon observaba a Shinya torturar esas pequeñas pelotas blancas con costuras rojas, cazándolas donde fueran y mandándolas a volar con swings sin nada que envidiar a los de un profesional. El ahora presidente de Nakashima tenía como rutina de relajación ir dos veces a las jaulas de bateo no lejos de la oficina, donde botaba tensión aporreando tandas de cien esféricas lanzadas a toda velocidad y con diversos efectos desde una máquina de pitcheo profesional.

Rectas, curvas, forkballs, sliders... Nada se le escapaba. El muchacho ojigris, que rondaba los seis pies de altura y poseía una contextura más o menos normal, tenía mucha más fuerza en brazos y torso de lo que aparentaba, a juzgar por cómo el cuero rebotaba contra la reja en un patrón variable, errático pero no menos perfecto. A veces el canadiense retrocedía instintivamente un par de pasos pero volvía a su sitio nada más la jaula dejaba de actuar como máquina de pinball. A diferencia de los batazos largos y algo lentos esperables de un completo novato o alguien que hace mucho no se ha colocado los guantes con velcro, los ataques de Shinya eran cortos, rápidos, precisos al nivel de hacer silbar el aire en cada movimiento.

-¡Y esa es la última! -exclamó una vez todo dejo de repiquetear y se apagó el motor-. Gracias por esperarme, viejo; realmente necesitaba esto.

-Ningún problema -contestó Eddie, tendiéndole una toalla y una botella de reconstituyente-. Lo que deseo saber es por qué me trajiste aquí, amigo.

El contraste entre ambos no podía ser más evidente. Si el primogénito iba vestido con una camiseta de algodón empapada en sudor, pantalones de buzo y zapatos específicamente diseñados para pelotear, también llamados cleats, su contraparte lucía el traje hecho a medida de siempre, aunque en azul oscuro y con complementos en forma de camisa blanca y corbata verde esmeralda; era el mismo "toque irlandés" mencionado por él cuando Pachylene llegara a vivir a su casa hace más de un año.

-No lo hice porque deseara público si es lo que quieres saber -reanudó Shinya luego de beber un poco y secarse la frente-. Una idea me ha rondado la cabeza durante un buen rato y me gustaría proponértela.

-Soy todo oídos.

-Me imagino que habrás visto a Tsutomu hoy en la mañana, ¿no?

-Cómo olvidarlo. Venía con la pierna izquierda enyesada y unas muletas y sólo contemplarlo moverse a trompicones me hizo acordarme de mi propia historia con las lesiones deportivas -Maxon se estremeció sólo un pelito-. ¿Qué le ocurrió?

-Bueno, fue durante... el partido del fin de semana.

Entendió en el acto Eddie a lo que Shinya se refería. Siguiendo el ejemplo de muchas compañías y empresas de todos los rumbos a lo largo y ancho de Japón, Nakashima DSE tenía un equipo de béisbol aficionado que competía en las ligas prefecturales. Aún sin incentivos monetarios de por medio, el nivel era superior al de no pocos circuitos profesionales y las rivalidades se vivían a flor de piel. Tan bien organizado estaba todo que los monarcas regionales ganaban el derecho de clasificar al Campeonato Nacional Amateur, transmitido en alta definición por la TV y ventana para no pocos jugadores hacia el profesionalismo a través de un escalafón superior: las denominadas "ligas industriales" donde, además de empleados asalariados y ejecutivos, competían jugadores venidos de las filas universitarias y de preparatoria que no eran seleccionados por los 12 clubes de la NPB en el draft anual.

Más de alguna vez el canadiense había visto a su gran amigo (y ahora jefe máximo) conversar animadamente con los demás muchachos al respecto, planeando estrategias y agendando entrenamientos en las canchas cercanas para después del trabajo, donde el mismo ojigris cazaba bolas altas con toda tranquilidad en su patrulla por el jardín central. Varias féminas de la compañía, incluyendo una Tali que demostró notables actitudes para aprender a jugar, también se dedicaban por entero a su propia escuadra de softball y los apoyos, ergo, eran mutuos. Nadie se guardaba a la hora de hacer barra o enviar señales ocultas. Nakashima tenía una cultura deportiva marcada desde el día uno gracias al viejo Hidetaka, quien siempre fue fanático del yakyū.

-¿Cómo fue que se lesionó? -resumió Eddie.

-Fue a cazar una pelota de foul cerca de la banca rival, no notó la baranda y se fue de cabeza al cemento. Alcanzó a darse vuelta por razones que aún nadie acierta a comprender pero cayó mal y se lesionó el tobillo -completó el otro chico-. Estará al menos tres meses sin jugar y esto no nos pudo pasar en peor momento.

-¿Por qué lo dices?

-El 21 de octubre, y con ello me refiero a este mismo sábado, nos jugamos el último boleto a las nacionales contra Mitsukata -Shinya se sentó en una banca cercana y Eddie lo siguió-. Si ganamos clasificamos automáticamente pero si perdemos tendríamos que depender de una serie de resultados y hasta de la diferencia entre carreras anotadas y permitidas con otras escuadras.

-Jugar con la calculadora, como se dice coloquialmente.

-Exacto, viejo. Si digo que la lesión de Tsutomu fue un baldazo de agua fría no es por ser antojadizo: es el mejor bateador que tenemos y sin él nuestra ofensiva queda, digamos, en niveles menos que marginales. El asunto es que casi no hay tiempo para fichar un reemplazante, así que pensaba pedirte si podías ocupar su lugar.

-¿Qué? -el canadiense se puso de pie como si lo hubieran quemado-. No estarás hablando en serio...

-Sé que suena absurdo considerando que hoy es 18 pero no tengo a quién más acudir, viejo.

-¿Y qué hay de la reserva? -Eddie quería esquivar el bulto como fuera-. Tu equipo debe tener algunos suplentes pasables, ¿o es muy tonto lo que estoy diciendo?

-Con el guante todos se defienden pero ninguno tiene una producción al bate parecida a la de Tsutomu. Le di vueltas al tema toda la tarde de ayer al punto de ignorar momentáneamente a Tali, algo que me dejó muy enfadado conmigo mismo porque ella es la única a la que amo más que el mismo béisbol.

"En eso tiene toda la razón", musitó Eddie, recordando cómo el pasado día 15 acompañó a la reptiliana a Okutama en el mismo tren local que él tomara durante sus pasadas vacaciones con la pelirroja para visitar la tumba de Terundel a un año de su muerte y, en el caso del chico, también conocer a la señora Isella, su fallecida madre. "Yo en su lugar habría hecho lo mismo".

-¿Por qué no juegas tú en primera base, entonces? -insistió el muchacho alto.

-Porque nunca he pasado una sola entrada dentro del diamante -devolvió Shinya-. Desde que tengo uso de razón he jugado en el jardín central y ahí es donde más cómodo me siento.

-¿Y qué hay de los otros muchachos?

-Ya se los pregunté pero rechazaron llenar el vacío porque, según sus propias palabras, la presión sería demasiado grande y no querían quedar mal -suspiró el primogénito-. Esto de preferir salvar la cara la mayor parte del tiempo es una de las cosas que me exaspera de nuestra idiosincrasia y lo digo siendo culpable de ello más veces de las que puedo recordar. Todo sea por una supuesta "armonía" -deslizó con desprecio-. El mismo concepto es arcaico, casi antediluviano, si me permites decirlo.

-Me hiciste recordar a un refrán de ustedes que también vino a mi mente el día que conocí a Pachy -ahora el canadiense rebobinó sus propios recuerdos-. "El clavo que se levanta será martillado". Aunque no me opongo porque sí a la idea de conocer mi lugar y sacarle partido a mis ventajas, eso no implica dejar de lado la flexibilidad.

Shinya sintió su rostro iluminarse. ¿Iría su compadre a decir que sí y borrar de un plumazo su problema?

-Todo esto, claro, no implica que pueda aceptar tu ofrecimiento de buenas a primeras, amigo. Permíteme explicarte -dijo al ver su rostro ligeramente decepcionado-: conozco lo básico del béisbol pero jamás en mi vida he tomado un bate, colocado un guante en mi mano ni corrido de una base a otra. Estratégicamente hablando, recurrir a mí te dejaría en una posición más insostenible que si echaras mano a tu propia banca y sólo se compararía a un escenario hipotético donde yo te pidiera jugar de extremo porque Brian o Pat no están disponibles.

-¿Quiénes? -Shinya bebió otro trago y escuchó atentamente.

-Un par de grandes amigos que tuve en el equipo de hockey sobre hielo en la universidad. Antes de venir a Japón fueron mi mayor apoyo.

Procedió a contarle en breve sus inicios en el deporte invernal cuando tenía siete u ocho años más sus tres temporadas con los Varsity Blues bajo comando del entrenador Donovan Grant, incluyendo el campeonato provincial y el cable a tierra en la final de la Copa Universitaria. La mayor sorpresa vino cuando relató su excepcional año de novato, en el que anotó 11 goles y dio nada menos que 50 asistencias en apenas 28 partidos, récord aún vigente al día de hoy. Sus 61 puntos totales en 2008-09 estaban entre los registros más rimbombantes en la historia de Ontario y le valieron ser nombrado, junto con sus eternos compañeros de línea, al equipo ideal de la provincia y también a nivel nacional.

-Tal como tú, yo también tengo una zona cómoda que es el centro y no me movería a una de las bandas porque mi propio estilo de juego es contraproducente a ellas -sentenció-. Cierto es que no he cogido un bastón ni liberado un slapshot en casi seis años pero la sensación es idéntica. ¿Alguna vez has patinado en hielo?

-Cuando era pequeño y mis padres estaban juntos me llevaban -replicó el joven Nakashima con otro suspiro-. Perdí la costumbre con el paso de los años y no necesito contarte el resto porque ya lo sabes. Además, Tali aún tiene sus reservas con los entornos más fríos, aunque ella misma ha progresado como pocas lamias en ese aspecto.

-Perdón, Shinya. No quise traer a colación recuerdos desagradables -Eddie hizo una leve reverencia.

-Tranquilo, viejo. Ya lloré debidamente a mi madre y ahora que tengo la compañía de esa hermosa reptiliana la vida se extiende ancha ante nuestros ojos. Acepta mis disculpas por sugerir semejante idiotez, ¿vale? -le tendió la mano a Maxon-. No sé en qué narices andaba pensando cuando se me ocurrió.

-No puedo disculparte porque aquí no ha habido falta alguna -el canadiense igual se la estrechó-. Enviar un disco a toda velocidad hacia la red en busca del ángulo no cubierto por el guardameta y seguir con los ojos una curva para mandarla donde nadie más reposa son tareas muy distintas pero no por ello menos desafiantes ni dignas. En lo que a mí respecta seguimos siendo tan amigos y colegas como siempre. Tal vez en tu banca, como mencioné antes, haya alguien que te deje gratamente sorprendido.

-Gracias, Eddie. Intentaré convencer nuevamente a alguno de los otros tipos.

Ya más aliviado luego de descubrir sus cartas, miró el reloj en la pared; sólo faltaban 30 minutos para el término de la hora de almuerzo y el inicio del turno de la tarde, casi tan pesado como el matutino todos los santos días del calendario. Esa jornada no tenía reuniones agendadas pero sí debía chequear algunas partidas de documentos y leer los reportes parciales de los sistemas anti-infiltración en compañía de su secretaria confidencial. Nada más ponerse de pie, sin embargo, algo más cruzó por su mente. Secó con cuidado la zona más delgada del bate metálico usado durante su práctica y lo dejó en manos del otro muchacho.

-¿Y ahora qué? -inquirió este.

-Intenta hacer un swing, sólo uno.

-Supongo que no le hará daño a nadie, a menos que el aire se queje de repente ante mi inutilidad -razonó.

Maxon se encogió de hombros, cogió el extremo opuesto al barril con ambas manos y levantó ligeramente su pierna derecha al tiempo que cortaba el aire casi en horizontal con el bate de 33 pulgadas de largo, transfiriendo la fuerza desde atrás hacia adelante. Por un momento no pudo evitar sentir que tenía consigo un arma potencialmente letal y ni deseaba pensar qué tanto más daño podría hacer uno de madera sólida en comparación al metal duro a la vez que ahuecado. Al terminar le devolvió el bate a Shinya, quien continuaba mirándolo de forma curiosa.

-¿Tengo algo en el rostro o estás cansado? -cuestionó el canadiense.

-No, viejo, pero si no hubieras hecho lo que ahora mismo nunca se me habría ocurrido que eras ambidiestro. Omitiste el asunto de las manos durante tu breve relato del hockey, así que tenía un poco de curiosidad al respecto.

-Shinya, yo soy tan diestro como tú -se encontró una vez más con el bate entre las manos-. ¿No estarás insinuando que te estoy tomando el pelo, verdad? Uso el reloj en la mano izquierda; mis instrumentos de trabajo son para diestros; tengo algo más de dificultad al conducir en este país porque la palanca de cambios está del lado contrario; siempre me inclino hacia la derecha al escribir a mano y así sucesivamente.

-En absoluto, Eddie. Esto sólo es una pequeña demostración empírica. Intenta hacer otro swing pero colocando la mano derecha sobre la izquierda, tal como si fueras a batear del lado opuesto.

-Como lo harías tú.

-Tal cual.

Sin ánimo de distender esto más tiempo, Eddie hizo lo requerido, aunque le costó bastante más y su swing quedó algo trancado. Todo volvió a la normalidad al cambiar las manos y volver a sentir la izquierda sobre la derecha: su intento fue limpio, quirúrgico, tal vez imbuido del mismo poder mostrado por su amigo en la caja de golpes.

-¿Ves que no soy ambidiestro? -el bate cambió nuevamente de manos-. Sé que tengo algunos pequeños talentos pero el más raro de todos me eludió. Soy tan diestro como tú -repitió el chico alto.

-Entonces ¿cómo es que tienes tan buen dominio con la mano izquierda?

-Tiene que ver con mis primeros pasos en el hockey. A diferencia de los americanos, que aprenden en su mayoría a jugar al béisbol antes de saltar al hielo y colocan la mano dominante en la parte inferior del bastón, nosotros lo hacemos al revés cuando empezamos a pulir nuestra propia técnica. Mantener el stick con nosotros en todo momento no es sólo una regla inviolable por los libros sino también una condición que permite usar la inercia a nuestro favor conforme la acción viene y va de un extremo a otro de la pista. El hockey es un juego de ida y vuelta con mucho desgaste, como sabrás.

A fin de ejemplificar su idea, se colocó en posición como si hubiera dado un giro súbito y quisiera proteger el disco de un oponente. Mostró, en medio de su postura ligeramente agachada, que la mano derecha estaba más cercana al cuerpo y la izquierda más alejada, formando una diagonal larga y sin demasiado ángulo. Notó Shinya entonces que la diestra estaba algo más apretada y la siniestra más suelta, irradiando una leve aura de relajación capaz de saltar en cualquier momento a las adrenalínicas corrientes de su majestad el contragolpe.

-¿Lo captas ahora? -continuó al ponerse nuevamente de pie-. Al principio yo estaba igual de confundido que tú pero el señor Gauthier, mi primer entrenador y de quien tengo estupendos recuerdos, me explicó que dominar el bastón y palear nieve carecían de diferencias a la hora de usar las manos.

-Ah, ya caigo -el primogénito juntó las palmas con un golpe y sonrió-. Lo de la pala tiene mucho sentido. Recuerdo bien cuando solía bajar siendo más niño al parque para quitar la nieve o plantar árboles... y siempre mantenía la mano derecha más cerca del cuerpo, como lo hiciste tú recién. De otro modo no habría podido levantar mi pala. Si a ella se aplica el peso, el bastón se rige por tu propio desplazamiento, especialmente al mover los brazos para balancearte.

-Yo no lo podía haber explicado mejor, amigo mío -Maxon le palmeó la espalda con tal efusividad que casi lo mandó de bruces al frío suelo-. ¿Qué tal si continuamos la charla una vez te cambies de ropa? Ahora mismo deben arrojar bastante sombra los edificios allá afuera.

Cinco minutos después los colegas caminaban por la vereda en dirección al bloque 21. Shinya llevaba su bolso negro al hombro (haciendo juego con un traje burdeo, corbata ídem y camisa plateada) y Eddie le dio una mano ayudándole a cargar la bolsa de golf donde guardaba nada menos que tres bates de idéntica longitud pero diferentes pesos. Ese día había entrenado con el ligero pero explicó que conforme se acercaba cada partido subía el listón a fin de dejar bien preparados sus brazos. "Así las manos no te vibran al hacer contacto", explicó.

-Lo que me contaste sobre las manos aclaró también una incógnita que tuve por años, alusiva a por qué la inmensa mayoría de los beisbolistas canadienses que he visto en acción batea con la zurda y lanza con la derecha -prosiguió el ojigris una vez cruzaron el primer semáforo-. Parece que algunos hábitos son más complicados de romper de lo que uno cree, ¿no?

-Es verdad, aunque el asunto de las manos cambiadas no sólo se aplica a nosotros -Eddie sacó su lado académico a relucir-. Te daré una cifra impresionante: siete de cada diez jugadores activos en la NHL golpean el disco con la mano izquierda y si revisas la misma cifra en las diversas ligas europeas, como la KHL o la Elitserien sueca, llega en promedio al 77%. Sabrás que los zurdos de nacimiento son más o menos el 10% de la población mundial, por lo que no encontrarás demasiados hockistas diestros a menos que incluyas a nuestros vecinos del sur, donde la proporción entre ambas manos está mucho más pareja. En otros deportes, eso sí, los southpaws llevan las de perder si hablamos de números.

-Sobre tu equipo, los Varsity Blues... ¿Cómo iba la cosa si hablamos de manos, Eddie?

-Eso lo recuerdo tan bien como el día que entré y pasé las pruebas de admisión -sonrió el interpelado-. Sólo cuatro de los 18 jugadores de campo golpeaban el disco con la diestra: dos defensas y dos atacantes.

-¿Y los porteros?

-Todos diestros natos. Usaban sus guantes igual que tú, en la mano no dominante.

-Al final resulta que todo esto no era tan complicado como parecía -sonrió Shinya-. Es cierto eso sobre aprender algo nuevo todos los días.

-Así te irás a la cama habiendo aprovechado bien otra pasada de sol -sugirió Maxon poéticamente-. Ya que hemos dejado eso en claro, quisiera que me contaras algo más.

-Dispara -el aludido lanzó una risita; le había robado la muletilla a su contraparte.

-El hockey es una cosa, pero ¿podrías describirme más en detalle el asunto de las diferencias entre manos en el béisbol?

-Con todo gusto -ahora el hijo del viejo Hidetaka carraspeó y caminó hacia la generosa sombra-. Los bateadores zurdos, al pararse más cerca de primera base cuando toman su turno, deben correr un poquito menos, lo que representa la diferencia entre un hit y un out en jugadas estrechas. No es por presumir pero yo sigo teniendo las mismas ruedas de mis años universitarios -dijo con franqueza, causándole una risa a su contraparte.

-Te creo a pies juntillas, amigo. Continúa.

-Se agradece, viejo. De vuelta al tema, si bien batear con la zurda te da una pequeña ventaja y esta es aún más grande en los bateadores capaces de valerse con ambas manos sin ser ambidiestros natos, lanzar con la diestra te permite jugar en todas las posiciones disponibles. Puedes encontrar serpentineros zurdos y diestros; lo mismo aplica a quienes controlan primera base y a los jardineros como yo, mas nunca hallarás un segunda o tercera base que arroje la bola con su mano izquierda porque es incómodo, poco práctico, casi antiestético. Recuerdo haber leído que tales peloteros existían en los primerísimos años del deporte allá en Norteamérica, pero cometían tantos errores que tal idea acabó en el contenedor de basura.

-Entonces una buena parte de los zurdos que deseen jugar en el infield o como receptores, por ejemplo, deben aprender a lanzar con su mano no dominante. ¿Y si no pueden?

-Quedan relegados a las otras posiciones. Ojo, eso no impide que existan guardabosques o antesalistas capaces de lanzar con una mano y batear con la otra, aunque el caso más frecuente es la dicotomía izquierda/derecha por ti descrita: la mano no dominante provee la potencia y la dominante el control.

-Me quitaste las palabras de la boca, Shinya. Aprendes rápido.

-Ya me conoces. ¿Cómo habría llegado tan lejos si no?

Vino otro cruce de calles; sólo les faltaban dos para entrar al vestíbulo del flamante edificio con la gigantografía de Softbank y subir hasta el piso 24. Avanzaban lentamente contra el tráfico peatonal de Ginza, cuidando de no separarse demasiado.

-¿Qué tal va tu historia con los guantes y las pelotas? -inquirió Maxon de repente.

-Bueno, ahí si hay bastante que contar pero me centraré en lo crucial porque si no no terminaríamos ni en Navidad -Shinya tiró poco a poco de los hilos-. Papá me regaló mi primer guante a los cinco años y jugábamos con frecuencia en los parques de Shirokane, usualmente aislados de los otros niños. Podíamos pasarnos horas allí arrojándonos la pelota... Eran momentos felices, sí señor. A los seis entré a un equipo infantil donde estuve hasta mi último año de secundaria, combinando el deporte con los estudios como mejor podía. Esos partidos eran notables gracias a los gritos de nuestros progenitores y nuestras mismas proezas. Al entrar a la preparatoria de Meiji Gakuin la cosa cambió para bien y tuve una racha casi tan efectiva como la tuya sobre el hielo: ganamos el torneo metropolitano tres veces y sacamos el pase a las nacionales, llegando al campo sagrado de Kōshien para enfrentarnos a todos los otros campeones prefecturales. Para mí fue un sueño hecho realidad, más allá de nunca haber vencido el escollo de las semifinales. Dos veces perdimos contra PL Gakuen, considerada la mejor escuela del país en lo que al béisbol respecta y de donde han salido incontables talentos a lo largo de décadas, llegando incluso a la Selección nacional y a la misma MLB.

-Suena a gloria -acotó Maxon, trazando paralelos con los mismos Blues-. ¿Y seguiste jugando al llegar a la universidad?

-He de confesar que las cosas podrían haber cambiado bastante -retrucó Shinya-. Cuando terminé mi enseñanza obligatoria y me gradué de la preparatoria, casi me dio un ataque cuando me llamaron de la NPB para comunicarme... que Hanshin me había seleccionado en la tercera ronda del draft. No supe qué pensar porque, digamos, no creía ser lo suficientemente bueno para saltar así sin más al profesionalismo. Mi plan desde siempre fue ir a Meiji, refinar algo mi juego y de ahí esperar a que saliera lo que debiera salir. Sin embargo, el prospecto de recibir un jugoso bono por fichar con los Tigres era tentador, más allá de ser un fan de los Gigantes, archirrival eterno del equipo de Osaka, desde muy pequeño.

-¿Eso también lo heredaste del viejo Hidetaka?

-Positivo; él creció en la época de Sadaharu Oh, Shigeo Nagashima y ese extraordinario plantel que, bajo la dirección de Tetsuharu Kawakami, fue campeón nueve años consecutivos. Terminé hablando del tema con mis padres y sólo me dijeron que siguiera mi corazón de frente. Ser profesional era mi gran sueño pero yo quería hacerlo con el uniforme de Yomiuri. Mi gran ídolo de niño fue Hideki Matsui, jardinero central como este servidor antes de partir a Norteamérica para unirse a los Yankees de Nueva York. Raya para la suma, rechacé la oferta proveniente de Osaka y decidí combinar el estudio con el peloteo durante otros tres años. Lamentablemente mi plan falló porque el entrenador en Meiji me relegó a la reserva y al final de la primera temporada me sacó del equipo; sólo me dio 50 turnos al bat en ese lapso aunque bateé .300 con un par de vuelacercas. Allí mi carrera llegó al final porque no deseaba cambiarme de casa de estudios, así que me la jugué por entero para sacar el título, uniéndome después a mi padre en la compañía. En ese sentido nuestros caminos se parecen mucho, ¿no crees?

-Diría que sí -el canadiense le hizo una seña para esquivar a otra oleada de peatones-, aunque me sorprende que no intentaras postular nuevamente al equipo.

-El viejo Hara no me habría aceptado de vuelta, Eddie. El tipo era un entrenador famoso y estricto, terco como él solo. Ese primer año le sirvió para formar su plantel definitivo de ahí a los próximos tres ciclos y quienes quedamos fuera sólo podríamos limitarnos a mirar. La decepción duró lo suyo, sí, aunque en mi caso dejó algunas secuelas psíquicas a diferencia de tu lesión de rodilla. Bajo ningún motivo la desmerezco, viejo; pensar en la cirugía más esos seis meses que estuviste con muletas me revuelve la sangre y también, ahora que conozco mejor tu historia, me permiten entender mejor por lo que ahora pasa Tsutomu.

-Nada se pierde y todo se transforma, Shinya, e incluso de las desgracias pueden sacarse valiosísimas lecciones. ¿Has oído cuando ciertas personas dicen que todo ocurre por una razón? Mira lo que son las cosas: si yo no me hubiera lesionado en mi último año, probablemente habría cumplido mi sueño de jugar hockey profesional y nunca hubiese venido a Japón salvo que se organizara un campeonato -Maxon alargó un poco su argumento-. Tu existencia y la mía, así como las de Pachy y Tali, jamás se habrían cruzado y seguirían por quién sabe qué derroteros.

-Lo mismo habría pasado en caso de aceptar el ofrecimiento de Hanshin hace tantos años para volverme beisbolista profesional -razonó el muchacho de ojos grises-. Probablemente MON seguiría atada a su modelo antiguo y colapsaría tarde o temprano ahogada por las deudas, generando una crisis humanitaria al nivel de lo que ahora ocurre en Siria. ¡Qué diablos, quizás seguiríamos ignorando la existencia de las liminales entre nosotros!

Shinya se detuvo un momento para tomar aire pero volvió rápidamente junto a su amigo.

-Nuevamente lo has captado rápido. Tal vez no hayamos podido ganarnos la vida jugando nuestros deportes favoritos pero esa puerta cerrada nos abrió la ventana a una dimensión que siempre nos sorprende con algo nuevo y, en aras de la transparencia, no la cambiaría por nada.

-Es increíble el efecto que tiene un pequeño engranaje en lo que parecen mecanismos asombrosamente grandes, ¿no? Sin importar qué mano usemos para moverlos -Shinya levantó la derecha y después la izquierda-, esas oportunidades se dan contadas veces en la vida y no aprovecharlas es casi un crimen. Al menos estoy satisfecho porque ambos, así como nuestras lindas novias, no nos hemos quedado esperando a recibir las cosas en bandeja de plata.

Entraron al vestíbulo y recibieron las caricias del potente aire acondicionado, sintiéndose vivos nuevamente luego de someterse al calor que aún campeaba a pesar de estar a medio camino entre el otoño y el invierno. Una vez llegaran las primeras lluvias el clima cambiaría para mejor, bajando las temperaturas y transformando la humedad opresiva en agradable rocío acompañado de brisas que irían aumentando en intensidad conforme se acercara el final del año.

-A todo esto, viejo...

-¿Sí, Shinya? -Eddie cambió el tono; ahora iban por el ascensor rumbo a los dominios corporativos y debían actuar en consecuencia.

-Feliz cumpleaños atrasado -el presidente le extendió la mano una vez más y luego le dio un abrazo-. Sé que el 15 Pachy y tú estuvieron de celebración y como andaba afuera con Tali no pudimos ir a saludarles. ¿27 años?

-27, sí, y 22 para ella. Por el saludo no te preocupes -retrucó Maxon tranquilamente-. Sé bien que ustedes tenían por delante algo mucho más importante que cualquier cumpleaños y no podían ni debían posponerlo. Más allá del overlapping de fechas, Shinya, lo que cuenta es la intención. Ya te dije que estamos en paz tanto en el béisbol como en otras facetas de la vida.

-Lo aprecio.

Sonó la campana del ascensor, dejándolos en el piso 24 y frente a la única puerta separando el pasillo de los muros móviles delimitando la extensión del cuartel general de Nakashima. Entraron en silencio e intercambiaron algunas miradas con el resto del personal antes de reanudar su conversación.

-¿Qué te parece si nos juntamos los cuatro a cenar esta noche? -sugirió Eddie-. Podría preparar...

-¡Ah, no! -cortó el ojigris de repente pero sin gatillar una alarma-. Pachy y tú vendrán a nuestra casa; es lo menos que corresponde hacer para darles el regalo que merecen. Puedo hablar ahora mismo con Tali y sugerírselo.

-¿Pero qué hay de las compras y la preparación? Planear una comida para cuatro tan encima no es fácil.

-Nos las arreglaremos de lo más bien, viejo. Tú no te preocupes por nada. Llámala ahora mismo antes de volver a tu trabajo. Yo te autorizo.

-Gracias, jefe -replicó el canadiense con un mínimo de ironía, ya que ni él ni Yuka Tomashino lo llamaban así estando de servicio.

Nada más saludar a la mencionada fémina, quien iba hacia el otro lado con unos archivadores, entró en su despacho y marcó el número donde podría ubicar a su amada. Tanto hablar de deportes con Shinya le había subido el ánimo, llevándole también a recordar el pasado de Caroline, su amada madre, en estas lides. Años antes de quedar embarazada de él se dedicó a un deporte poco común entre los habitantes de Canadá: el tiro con arco. Los dos trofeos que ella ganara en su breve carrera de flechas y blancos aún estaban, perfectamente pulidos como si los recibiera ayer mismo, sobre la mesa central de la sala de estar. "Quizás mi propia medalla de campeón de Ontario aún permanece guardada en el baúl del tesoro", pensó. "Podría buscarla el fin de semana y recordar otras estupendas historias junto a Pachy".

Se sonrojó y al mismo tiempo sonrió mientras escuchaba los tonos de marcado en el auricular. Nada más contestaron del otro lado recibió otra inyección de buenas vibras.

-¡Hola, mi amor! ¿Te pillo en mal momento?

-Hola, cariño -la rapaz sonaba gratamente sorprendida-. Ya sabes que escuchar tu voz siempre es un agrado. ¿Ocurrió algo? Pareces más entusiasmado de lo usual.

-De hecho lo estoy. Verás, estuve hablando hace un rato con Shinya respecto a nuestro cumpleaños recién pasado y...


Nota del Autor: Había pensado en varios títulos para el presente capítulo, como Destreza o Dominio, antes de decantarme por el más sencillo. Las manos, especialmente aquella con la que nos sentimos más cómodos, son los primeros instrumentos y también los más importantes a nuestra disposición para enfrentar los desafíos que el mundo pone en nuestro camino. Incluso los ambidiestros de nacimiento priorizan una sobre la otra, abriendo todo un abanico de posibilidades. Más allá de las combinaciones aplicables a deportes u otras actividades muy populares en Japón, como el mismo béisbol o el patinaje en hielo, este contexto me sirvió de gatillo para colocar a Eddie Maxon y Shinya Nakashima sobre una dimensión común, permitiéndome resaltar las muchas similitudes en sus historias de vida. Tal vez la única diferencia a favor del ojigris sea la positiva influencia de su padre, pero ambos se las han arreglado en buena lid para mantener una dimensión única, ora como amigos, ora como colegas y aliados en las tareas de neutralización de armamento.

Tras otro día en el que estas manos han trabajado lo suyo, toca descansar la mente con cosas más relajadas. Si mueven las propias para dejar una reseña, se los agradeceré de corazón. ¡Hasta la próxima, piltrafillas! O como se dice en japonés, "si tomas mi mano cuando la extiendo es porque no te voy a soltar".