Escritora original; Bex–chan
Nombre original: Isolation
Traducción/adaptación: Albaa y Sunset82
N/A: Sip… tengo algunas sugerencias de canciones… otra vez. ¡Lo siento! Sé que Snow Patrol y Martha Wainwright - Set the Fire to the Third Bar es una elección bastante obvia, pero simplemente adoro esa canción. También estoy escuchando Jason Walker y Molly Reed - Down, y por último, Damien Rice y Lisa Hannigan - Cold Water (personalmente mi favorito). ¡Espero que encajen bien con el capitulo!
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AISLAMIENTO
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Capítulo 25: Kilometros.
Sus ojos vidriosos se detuvieron donde él había estado.
Ya no había nada; sólo un resquicio burlón el cual escupía gotas de lluvia y el silbido del azote del viento que parecía demasiado ansioso por invadir el espacio. El olor de la tormenta comenzaba a ahogar su aroma y el cosquilleo de su calidez contra su mejilla se estaba desvaneciendo rápidamente. Su cuerpo estaba congelado como si todavía estuviera allí; la mano con la cual le había pasado el Traslador seguía extendida y temblorosa y su barbilla aún estaba inclinada desde sus palabras susurradas de despedida.
Te amo…
No podía moverse.
No podía apartar sus ojos del espacio vacío.
Sólo lo miraba fijamente…
Pero las ardientes lágrimas la obligaron a parpadear y el mundo comenzó a moverse de nuevo.
Dejó caer el delgado trozo de tela con el que había envuelto el Traslador, su brazo cayó inerte a su lado y se atragantó con el nudo formado en su garganta. Un grito se alojó en alguna parte de su pecho, pero sus pulmones estaban demasiado tensos para liberarlo y la sofocante sensación era tan fuerte, que apenas podía respirar.
Y, oh Merlín, el dolor de su corazón era insoportable; como si todo lo que había dentro de ella estuviera colapsando en su interior.
Sus rodillas cedieron y cayó con fuerza al suelo, ignorando el barro que se acumulaba en sus pantalones vaqueros, presionó las palmas contra el suelo en cuanto se dobló, apenas logró sostenerse con sus brazos cansados. Sus ojos se posaron en las hendiduras de las huellas de Draco; la única indicación de que había estado allí hacia un mero momento, pero la lluvia iba desdibujando el contorno y en cuestión de segundos se habían mezclado con la tierra mojada, quedándose completamente sola.
El viento se volvió cruel en ese momento y envolvió los brazos alrededor de su tembloroso cuerpo en un inútil esfuerzo por aliviar el desgarro del frío y la soledad. El aullido de un trueno ahogó el sollozo de su corazón roto que le revolvió el estómago y con los ojos fuertemente cerrados intentaba sobrellevar sus violentos estremecimientos.
— Oh Godric, duele. — le espeto a nadie, abrazándose a si misma con más fuerza — Duele.
Desde algún lugar de su cabeza volvió a escuchar en un susurro las palabras de Annabelle Snowbloom.
«Sientes como si murieras, sólo que peor. »
Se quedó allí durante algunos segundos robados, simplemente intentando recuperar el sentido de la razón, mientras aturdida se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, pero no era el momento de buscar un poco de compostura. Los ecos del disturbio en Hogwarts interrumpieron el rítmico golpeteo de la lluvia y Hermione a regañadientes abrió los ojos, mirando en dirección al colegio. Entonces recordó; recordó que no podía quedarse allí y se reprendió a si misma por dejar que el dolor la consumiera.
Respiró tan profundamente que estiró sus costillas, apretó los dientes y la tensión obligó a sus músculos que dejaran de temblar. Levantó las manos y más o menos se deshizo de las reveladoras lágrimas, pero cada parte de ella estaba cubierta por gotas de lluvia y no podía distinguirlas ya que sus rizos empapados se pegaban a sus mejillas. Un gemido frustrado salió detrás de sus dientes al darse cuenta de que era inútil y se quitó el pelo de la cara, mientras seguía con un nudo en la garganta que no se iría tan fácilmente.
Empapada hasta los huesos e intentando difícilmente ignorar las náuseas que hacían que su cabeza diera vueltas, tomó varias bocanadas de aire más fuerte y de manera lenta se incorporó inestablemente. Reprimiendo un gemido cuando sus extremidades protestaron, ordenó a sus piernas que se mantuvieran fuertes y equilibradas y con una última mirada al espacio vacío, apretó los puños con determinación y giró sobre sus talones.
Sus movimientos eran torpes mientras corría de vuelta por donde había venido, apenas notaba las espinas y los cardos del Bosque que la arañaban mientras trastabillaba por lo que esperaba fuera la dirección correcta. Su rumbo se vió comprometido, su visión todavía era borrosa en las comisuras de sus ojos, pero ella continuaba a ciegas a través del espeso y húmedo lodo, buscando desesperadamente la roca roja.
— Crookshanks. — llamó con voz ronca, intentando mantener un tono bajo cuando el inquietante sonido que salía de Hogwarts se hizo más fuerte — Crooks.
Un pequeño maullido en forma de respuesta le llegó desde algún lugar de su izquierda y corrigió su camino, tambaleándose entre las zarzas y la hiedra venenosa cuando unos ruidos inhumanos empezaron a inundar el Bosque Prohibido. No tenía ni idea de si las criaturas mágicas que habitaban allí habían percibido el ataque y eran presa del pánico o si había Mortífagos acechando a través de los árboles, casi respirando en su nuca.
Reuniendo los restos finales y endebles de su energía, se condujo a sí misma hacia adelante con un gruñido adolorido, agarrando su varita con más fuerza. Entró por una casi inquebrantable pared de hojas y ramas, dejando escapar un ronco suspiro de alivio cuando Crookshanks dió un salto hacia ella, soltando silbidos bajos y agitados al tiempo que su astuta mirada escrutaba el espacio que les rodeaba.
— Es-está bien, Crookshanks. — tartamudeó y juraría que su gato estaba mirando más allá de ella buscando a Draco. — Se ha ido. — murmuró y las palabras enviaron un rayo destructor de angustia hasta su pecho — Va-vamos, chico. Tenemos que irnos.
Recogiendo a su mascota en brazos, se dirigió hacia la roca debajo del ominoso arco de la Encina, sintiendo el cosquilleo del aire diferente de la magia. Se aferró a Crookshanks mientras intentaba apaciguar sus rápidos pensamientos y sus respiraciones frenéticas, preparándose para aparecerse.
Con una mirada de despedida en dirección a Hogwarts y un silencioso gracias porque Draco estaba a salvo, Hermione dejó atrás su refugio quebrado.
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Draco cayó acuclillado.
Se dejó caer sobre sus rodillas, logró poner sus antebrazos sobre el suelo antes de que su rostro chocara contra él. Cerró sus manos en puños alrededor de un puñado de crujiente hierbas, los músculos de su espalda estaban tensos mientras intentaba luchar contra los agitados espasmos de su estómago. Retuvo el vómito cuando unas brutales arcadas vibraron a través de él y la bilis le quemó las amígdalas.
Escupió contra el suelo y jadeo, sus ojos llorosos se centraron en la tierra desconocida y vio como gotas de sudor, lluvia o posibles lágrimas salpicaban contra el dorso de sus manos. Furia y pesar burbujeaban en sus venas con tanta fuerza que parecía destructivo, como un veneno carcomiendo sus nervios y células.
— ¡Joder, Granger! — dijo entre dientes a nadie, golpeando el suelo — Joder. — una vez más — Joder. — y otra vez. Hasta que sus nudillos estuvieron ardiendo y la sangre empezaba a apreciarse entre los huecos de la palma de sus manos — Joder, Hermione.
Sus cuerdas vocales quedaron anudadas y su diatriba murió en su garganta. Demasiado enfadado. Demasiado preocupado. Demasiado perdido. Levantó la barbilla e intentó explorar sus alrededores, pero su vista estaba distorsionada y moteada con puntos blancos y apenas podía discernir nada a unos metros de él. Todo lo que podía distinguir era una alfombra de hierba y la pálida sombra añil que el amanecer había pintado en el cielo.
Allí no había tormenta, sólo un cruel viento que arañaba su piel empapada, pero todavía olía a lluvia escocesa y al jabón de Hermione.
Él no debía estar allí.
Su mente cruelmente comenzó a jugar de nuevo con lo que había sucedido hacía pocos minutos con imágenes implacables que hicieron que su sien palpitara. Recordó el movimiento de su varita cuando le había petrificado y el peligroso oleaje de temor que se había apoderado de sus entrañas. Recordó como ella se había acurrucado contra su forma rígida, con sus rasgos contorsionados de la emoción y como sus palabras entrecortadas se colaban a través de su mordaza.
Le había besado y él había luchado contra el hechizo con tantas fuerzas que había sentido como sus huesos estaban cerca de romperse debajo de su carne, simplemente quería que su boca temblara, dándole una respuesta. El hechizo seguía inmune a su tenacidad y desesperación; sabía que ella había besado unos labios muertos y odiaba eso.
Y después…
Te amo…
Se puso rígido. No sabía qué hacer con esas dos palabras; dos palabras que desgarraron su cerebro, pero que calentaba… todo lo demás. Tan tranquilo y si embargo tan caótico. Cambiaba todo y sin embargo nada, porque ella lo había enviado allí. Solo.
Si había estado preocupado por el estado de su mente la primera vez que se había metido en esa habitación con ella, esta realidad era mucho peor, como un Crucio a su mente.
Una parte de él quería seguirla y decirle que no quería su amor, que no había hecho una mierda para merecerlo y que estaba loca por quererlo en su vida. Sería una mancha roja y pútrida en su vestido blanco. Un trozo de cristal encajado en su vena. No era digno de ella. Ahora lo sabía. Aunque probablemente lo había sabido todo el tiempo.
Otra parte de él quería encontrarla y lamer sus heridas, tal vez patear su orgullo a un rincón de nuevo para hacer eco de su necesidad. Porque él sí que necesitaba de ella y no en el sentido romántico e ingenuo que evocaba el vómito, si no de la manera dolorosa y paralizante que azotaba el cerebro y apuñalaba el alma. Lo había dicho una vez y lo haría de nuevo si tenía que hacerlo. El orgullo de repente parecía irrelevante en comparación con la puta agonía hormigueando en sus costillas.
Tal vez incluso él amaba…
No lo sabía y lo que corría por sus venas era completamente ajeno a él. Etiquetado con algunas palabras usadas en exceso que se arrojaban tan descuidadamente entre extraños en esos tiempos, parecían insuficientes para los sentimientos que le habían tirado de rodillas. Le recordaba a esa extraña sensación cuando el fuego es tan caliente que se siente como el hielo o cuando el hielo es tan frio que se siente como fuego. La paradoja de la Naturaleza.
Si esto era amor, entonces se sentía como la locura. Como una tortura. O como la felicidad. Todas de la misma forma.
Sólo quería regresar y hacer… algo. Algo para prolongar los enredados latidos de su corazón.
Su varita. Ella se la había puesto en el bolsillo.
Su mano se apresuró a tomarla, sintiendo el crujido reconfortante de la magia por la larga ausencia hormigueando en la yema de sus dedos. Agarrándose a su regazo, intentó calmar sus pensamientos antes de tratar de aparecerse, pero entonces una mano se posó en su hombro y se quedó paralizado.
— Los Escudos Protectores, no te dejaran volver.— dijo una voz suave y femenina —Y a esta altura ella ya se habrá ido.
Draco giró su cuerpo y se puso de pie, apenas logrando mantener el equilibrio mientras parpadeaba alejando la neblina salada de sus ojos. La sospecha y la sorpresa arrugaron su frente cuando se dio cuenta de quien le había perturbado, su rostro solo lo recordaba de un encuentro casual en el Callejón Diagon y de una fotografía hecha jirones que había encontrado en el bolso de su madre cuando había estado hurgando en el por un Galeón, el cual repuso, para unas Ranas de Chocolate. Las facciones también se le hacían familiares; las líneas aristocráticas y los rasgos que eran tan similares a los de Bellatrix, pero notablemente más delicados y que carecía de ese corte amenazante que siempre le había hecho sentir incómodo.
—¿Tú? — dijo entre dientes, demasiado drenado como para poner ninguna fuerza real a eso — ¿Me enviaron contigo?
— Sí, — Andromeda asintió incomoda, manteniendo su cautelosa mirada sobre su varita — McGonagall…
— Tiene un enfermo sentido del humor. — Finalizó él — No necesito tu ayuda.
La tía que nunca había conocido arqueó una ceja.
— Subestimas lo mal que las cosas se han puesto, Draco. — Dijo lentamente — Créeme cuando te digo que necesitas mi ayuda…
— ¿Por qué demonios te ofrecerías a ayudarme de todas formas? — se cuestionó, entrecerrando los ojos.
— Al principio estaba reticente, — admitió con un suspiro — pero a pesar del pasado, sigues siendo mi familia, Draco. Y al parecer, tú y yo tenemos algo en común ahora…
— ¿De qué hablas?
Andromeda vaciló. — McGonagall me dijo algo acerca de tu relación con Hermione…
— ¡NO SABES NADA DE MI RELACIÓN CON GRANGER! — ladró enderezando el brazo con su varita — ¡JODIDAMENTE NADA!
— ¡Cálmate!
— ¡NO ME DIGAS…
— ¡Baja la voz! — le regañó — ¡Vas a despertar a los demás! Es posible que no te guste, Draco, pero yo estuve en tu misma posición hace muchos años, así que se lo que sientes…
— Tú no tienes ni jodida idea…
— Y si McGonagall no me hubiera dicho nada sobre tu relación con Hermione, entonces no estarías aquí. — Dijo Andromeda con voz uniforme — Ambas parecen seguras de que has cambiado tus maneras, hasta cierto punto y estoy dispuesta a darte el beneficio de la duda…
— ¿Cómo…
— Pero si pones un pie en el sitio equivocado. — continuó — Entonces te irás por tu cuenta. Quiero ayudarte, Draco, pero tengo otras personas a tener en cuenta.
— Esto es una mierda. — se mofó.
Andromeda chasqueó la lengua.— ¿Tienes idea de lo afortunado que eres?
— ¿Afortunado? — Espetó amargamente — ¿Crees que es ser afortunado que Voldemort quiera verme muerto?
— Estoy hablando de las personas que están tratando de ayudarte. — Dijo frunciendo el ceño — Teniendo en cuenta las cosas que has hecho, yo le llamaría a eso ser afortunado.
La mirada de Draco vaciló y la volvió hacía la hierba.
— No sabes todo lo que pasó…
— Sé lo suficiente. — Le interrumpió, suavizando un poco su expresión – Y entiendo que te pusieron en una situación terrible, pero no es excusa para tus acciones.
La verdad puede ser como la lejía; te deja al desnudo y elimina la suciedad, pero si bebes demasiado devastará tus entrañas y tal vez te lleve hasta la muerte. A pesar de sus mejores esfuerzos, no se atrevía del todo a despreciar a la bruja que tenía en frente, tal vez porque simplemente no había espacio dentro de él para cualquier pensamiento más dañino. Tal vez, porque sabía que tenía razón.
— Sé que esto no es fácil para ti, pero le prometí a McGonagall que iba a mantenerte a salvo. — dijo Andromeda, soltando un suspiro exasperado — Y te haría bien recordar todos los riesgos que Hermione ha tomado para traerte hasta aquí.
Tenía una réplica mordaz que soltarle en la punta de la lengua, pero en algún lugar en un rincón de su cabeza, podía oír a Hermione deseando que aceptara las circunstancias. Apretó los dientes mientras otra ola de nostalgia por ella golpeaba su estómago, bajó la varita y de repente sintió sus parpados tan pesados como el plomo.
— ¿Dónde está el truco a tu… hospitalidad?
— No hay truco. — le aseguró Andromeda — Todo lo que te pido es que respetes a los demás y a mi casa.
— ¿Los demás?
— Ya verás — dijo — Te lo explicaré todo correctamente por la mañana, cuando hayas tenido oportunidad de instalarte. Tengo una habitación preparada para ti.
Fue entonces cuando Draco se dio cuenta de que estaba en un jardín y que detrás de su tía había una gran casa aunque modesta, se ahogaba en la oscuridad salvo por un parpadeante resplandor que salía de la planta baja. La tentación de continuar la discusión con Andromeda le quemaba en la garganta, aunque sólo fuera para recoger algo de su endeble dignidad, pero la necesidad de una cama y de algo de aislamiento para indagar a través del zumbido de sus pensamientos le hizo vacilar.
— Bien. — Murmuró a regañadientes, inclinando la cabeza — Sólo… bien.
— Bien. — Asintió Andromeda, aunque por su tono daba a entender que las cosas estaban lejos de estar bien — Entonces vamos, Draco. Parece que necesitas un poco de descanso.
Estaba demasiado deteriorado y cansado para resistir por más tiempo, sus pies se movían por voluntad propia y Draco distraídamente se dio cuenta de que algunos de los aromas de Hermione persistían en la tela de su tapado. El tapado que le había regalado en Navidad. El implacable y doloroso anhelo por la presencia de Granger se intensificó y casi lo dobló, pero apretó los dientes y enderezó la columna vertebral, hundiéndose profundamente en el abrigo.
Sintió la palma de la mano de Andromeda reposando contra su espalda, mientras lo guiaba a su casa, y si bien sabía que debía sentir que debía apartarle la mano, la dejó allí.
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Sus brazos se aflojaron y Crookshanks cayó sin gracia sobre sus almohadillas.
Hermione miró a ciegas a la nada, con los labios entreabiertos y cada musculo de su cuerpo rígido para mantener la posición. Godric sabía que estaba intentando recomponerse, pero su cuerpo se negaba a cooperar y ella no se atrevía a moverse.
—¡Hermione! — una voz familiar la llamó, rompiendo su trance. De repente, notó unos brazos alrededor de ella, un pelo de color morado chocó reconfortantemente contra su mejilla y sintió una barriga abultada contra su abdomen. — Gracias a Merlín que estas bien. ¿Dónde has estado? McGonagall envió su Patronus hace años.
La bruja más joven intentaba encontrar la voz. — Me… me desorienté un poco, — murmuró, dejándose caer en el abrazo — Tuve problemas para encontrar el punto de Aparición.
— Pero, ¿estás bien? — le preguntó Tonks, echándose hacia atrás para estudiar a su amiga — ¿No estarás herida o algo? Sin ánimo de ofender, cariño, pero te ves pésima.
— Estoy bien. — Mintió Hermione, porque no sabía que más podía decir — Estoy bien. Sólo… me tropecé, pero estoy bien.
Era curioso; como la repetición de una palabra podía hacer que fuera poco fiable y contradictoria.
— ¿Estás segura?
A pesar de que Hermione sabía que Tonks era ajena a su enredo con Draco, temía que estuviera escrito entre cada arruga de preocupación en su rostro. Se sentía transparente. Fijando una postura desafiante y dejando sus labios en una fina línea, adoptó la apariencia de una bruja que tenía el control.
— Estoy segura — asintió.
— Muy bien — dijo Tonks, evidentemente no había quedado convencida, pero desechó sus preguntas. Hermione sintió un tranquilizador brazo alrededor de sus hombros y como era guiada suavemente hasta la humilde casa de su amiga — Vamos, salgamos del frío.
— Bien. ¿Dónde está Lupin?
— Se fue a la Madriguera en cuanto llegó la advertencia — explicó Tonks, con su tono cargado de preocupación — Pensó que Arthur podría necesitar colocar algunos escudos protectores más para ayudar. Estamos intentando ponernos en contacto con todos, pero es difícil.
Hermione suplicó que sus siguientes palabras no sonaran demasiado esperanzadas.— ¿Hay alguna noticia sobre Ron y Harry?
— No, — suspiró Tonks, apretando el hombro de Hermione — Lo siento.
Hermione no parpadeó. —No creí que las habría.
— Estoy segura de que están bien, — esa palabra otra vez. Crookshanks empezó a rozarse contra sus piernas en cuanto entraron a la casa. — Tengo preparado un poco de té, ¿quieres?
— No, gracias. — negó, sin apenas notar el zumbido de un hechizo radiador cuando ella cruzó el umbral de la puerta — Sé que tenemos que hablar de lo que está pasando, pero estoy muy cansa…
— Por supuesto, — dijo Tonks comprensivamente — Podemos hablar de ello después de que hayas dormido un poco. ¿Recuerdas dónde está la habitación de invitados?
Asintió con la cabeza y se agarró de la barandilla de la escalera. — La primera puerta a la izquierda. Sólo que… tengo que usar el baño primero.
— Sírvete de lo que necesites. Esta es tu casa ahora.
Hermione sabía que Tonks tenía la intención de tranquilizarla, pero tuvo que reprimir una mueca desinflada mientras subía las escaleras. Esta no era su casa. Todo le parecía tan surrealista; tan frágil como las nubes y una realidad distorsionada que su cerebro no podía llegar a procesar.
Aturdida vagaba hacia el baño, se inclinó sobre el lavabo y se quedó mirando la prístina porcelana por un largo momento. Cuando levantó la cabeza para hacer frente a su reflejo, su jadeo empañó el espejo. Su rostro estaba manchado por barro y sangre que empezaba a agrietarse, los ojos hinchados y grandes sombras grises bajo estos y sus labios tenían un tono violeta congelado. La lluvia que había dejado atrás en Escocia la había calado juntándose con el barro y salpicando sus facciones; sus rizos y la ropa se pegaban a ella como el alquitrán. No podía decidir si se parecía a uno de esos guerreros que marcaban su piel antes de una batalla o si parecía un alma maltrecha persistente por las consecuencias.
Puso hacia un lado su alborotado pelo y abriendo los grifos tomó sus palmas y ahogó su cara en el agua. Hacía mucho frío, sintió aspirar el aire entre sus dientes, pero lo ignoró y se enjuagó la suciedad teñida de rojo con sus desesperadas y temblorosas manos. Haciendo una pausa entre las trabajosas respiraciones, comprobó el progreso en el reflejo del espejo, sus agitadas acciones se fueron calmando en cuanto iba limpiando cada centímetro de su piel acaramelada, hasta que no hubo más que unas salpicaduras de barro que se entremezclaban con sus pecas.
Las limpió con los dedos mientras sus ojos recayeron en una pequeña marca que tenía en su cuello; la sombra desvaneciéndose de un chupetón. Una punzada de nostalgia la golpeó e inclinó la barbilla para tener una mejor visión. Normalmente lo habría intentado esconder con un hechizo, pero esta vez no lo haría. Esperaba que aguantara un tiempo más.
Oh Godric, lo echaba de menos.
Sólo habían pasado unos minutos desde que se separaron, ni siquiera había pasado una hora, pero sentía el peso de los kilómetros entre ellos.
El sol debía de haber roto el horizonte, porque una fuerte explosión de rayos entró por la ventana y golpeó el espejo. La luz era del color de las llamas e iluminaba su rostro como el fuego de una guerra.
Sus ojos volvieron a la porcelana, viendo que ahora era del color del óxido.
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Con una última pasada del paño húmedo, Draco estudió su piel cenicienta en el espejo y frunció el ceño. Había estado tentado a dejar su sangre mezclada con la de Hermione donde estaba, pero se había sentido ofendido por el barro que se había mezclado con ellas y los matices oscuros a ese pensamiento le habían puesto incómodo.
En su escrutinio buscó indicios de Granger; un ligero bulto en el labio inferior a causa de un beso, un pequeño arañazo detrás de la oreja de un lujurioso beso y la cicatriz de tercer año. Estaba en todas partes y sin embargo en ningún lugar.
Otro flashback de sus últimos segundos juntos hizo que algo latiera detrás de sus ojos.
«¡Petrificus Totalus!»
«Te quiero en mi vida.»
«Te amo.»
Gimió y apoyó su frente contra el espejo. Estaba tan jodidamente cabreado. Cabreado con ella por haberle silenciado todo lo que podía y debería haber dicho. Cabreado consigo mismo por no dejarle otra opción que petrificarle. Cabreado con McGonagall por haberlo enviado allí. Cabreado con sus padres por dictar sus prejuicios. Cabreado con Potter y Weasley porque ella probablemente estaría con ellos ahora mismo. Cabreado por las circunstancias que claramente los diferenciaban.
Y debajo de todo eso un peligroso abatimiento que le atravesaba completamente.
Podía hacer frente a la ira, la conocía bien, pero el dolor en el pecho era una historia diferente. Se sentía roto; apenas humano y enfrentándose a la situación.
«No pertenezco a este lugar. Pertenezco a ella.»
Echándole a su reflejo otra mirada de disgusto, sacudió la cabeza y se dirigió a la habitación que Andromeda le había mostrado anteriormente. Vaciló a lo largo del pasillo y distraídamente se preguntó quién estaría exactamente detrás de las otras seis o siete puertas, pero iba demasiado distraído como para darle a la cuestión alguna atención.
Su nueva habitación era pequeña y sencilla, contenía una cama de tres cuartos que ocupaba la mayor parte del espacio, una cómoda y un par de estanterías inclinadas que se encontraban en extrema necesidad de un Reparo. La ausencia de Hermione se burlaba de él desde todos los rincones; ninguna de sus baratijas, no había estanterías cediendo bajo el peso de un ejército de libros y ningún aroma a menta y cereza.
El latido de su corazón vaciló de nuevo y poco a poco se sacó el tapado, cuidando de colgarlo en la puerta y dejando que sus dedos se arrastraran a través de la tela cuando se dio cuenta de que eso era todo lo que le vinculaba directamente a ella. Metiendo su varita debajo de la almohada, se despojó de la ropa hasta quedarse en boxers y se acomodó en el colchón recogiendo las sabanas que picaban y abrasaban a su alrededor.
Mantuvo su cuerpo en el lado izquierdo de la cama y distraídamente se quedó mirando el espacio vacío de su lado antes de que sus parpados cayeran de golpe.
Siempre dormía en el lado izquierdo de la cama de Granger.
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Hermione se puso de pie en la habitación de huespedes, mirando vagamente hacia la pared mientras sus manos temblaban nerviosamente frente a ella. Tenía casi miedo de sentarse en la cama, consciente de que el día se rompía con el sueño y que los recuerdos se volvían menos vívidos con el tiempo que lo arrastraba todo. Su cuerpo era un susurro y estaba lejos de rendirse ante el agotamiento físico y mental, pero necesitaba estar bien descansada para mañana. No habría lugar para lágrimas entre las discusiones de la Guerra y los planes de la Orden. Mañana, sería la Gryffindor completamente preparada. Mañana, estaría bien.
Se desprendió de su suéter, descartándolo a los pies de la cama, sus manos se movieron hacia la siguiente prenda, pero calmó sus movimientos cuando se dio cuenta de que era su camiseta. Aspiró profundamente cuando sintió un rastro del olor de Draco por las mañanas; perfume de almizcle masculino con un toque de menta y algo que le recordaba a libros nuevos.
Estaba tan aliviada de tener ese pequeño símbolo de su relación prohibida y lanzó un hechizo de secado que no borraría los murmullos de su aroma. Olvidando su pijama que estaba en su bolsa encantada y quitándose los pantalones vaqueros se abandonó al cansancio hundiéndose entre las sabanas, confortándose un poco por estar envuelta en su camiseta.
Acariciando su cara contra la almohada, sintió las últimas solitarias lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Se durmió acurrucada en una bola con su mano sobre su magullado corazón.
Del lado derecho de la cama.
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¡Hola! Aquí estamos de nuevo con un capitulo tan sentido y desgarrador, es que la manera en la que Bex nos describe cada escena, nos hace sentir ese dolor literalmente ¿Ustedes qué piensan?
Muchas gracias a Leslie32001; MonikGarcíaP; SallyElizabethHR; sammymalfoycullen; houdinicarol; Majo 1989; Persephone Vulturi Uchiha; luna-maga; Guest; Kary por haber dejado sus reviews, encantada de leerlas.
Si les gusta el estilo de Bex, los invito a que lean sus one-shots; que son de igual de maravillosos,que tengo traducidos en mi página Sunset82.
No tengo mucho más que agregar, saludos a Ashamed y como siempre agradecida que nos brinde su espacio… y bueno… espero que no se me haya pasado nada por alto, si es así disculpen.
Muchas gracias por todo, que tengan una excelente semana, y nos estamos leyendo prontito. Cariños
NO OLVIDEN DEJAR SUS COMENTARIOS SON MUY IMPORTANTES
26 de Agosto de 2015
Sunset82 ;-)
