Capítulo 25

Mauritius, Oskrar y Leonid

Mauritius salía de la mansión con un pequeño morral que se veía pesado. Los magos ya no eran como antes, no había más lealtades para nada, eran unos cobardes e ineptos y lo único que les interesaba era el dinero.

Por suerte y gracias a su reclamo eso no era un problema.

Caminaba altivo por la calle acercándose a un bar donde solía reclutar a sus tropas, era un antro en el medio del callejón Knockturn, si bien ya no poseía la majestuosidad del pasado, y en lugar de encontrarse con grandiosos magos que planeaban derrocar al ministerio, ahora solo era un resquicio de algunos brujos que se negaban a formar parte de ese nuevo mundo.

En su mayoría eran parias, poco aptos para lo que necesitaban. Pero gracias al dinero pronto se recuperaban y lograban ser grandes, casi como él.

Ingresó, sus ojos negros debieron adaptarse a la oscuridad, pronto lo hicieron, ubicó una mesa vacía y se sentó, acomodándose su cabellera castaña, lacia y brillosa que contrastaba con la mugre del lugar, su rostro tenía una pequeña cicatriz debajo de la sien que rompía con la blanca piel, casi inmaculada del mismo.

El tabernero se le acercó con parsimonia, le sirvió un trago y le entregó, sin que nadie viera, una lista en un papel.

Él la abrió y mientras leía bebió un trago de la bebida haciendo un gesto de asco.

-¿Esto es todo? – Preguntó mirando al cantinero que solo atinó a asentir temeroso – No es suficiente, necesito más. Muchos más.

- Se dé un lugar – comenzó a susurrar el hombre de aspecto sucio, cabello mal cortado negro y ojos verdes saltones – es en un barrio muggle…

- Los magos que requiero jamás irían a un lugar muggle – lo interrumpía Mauritius serio

- Dije que era un barrio muggle no un lugar muggle - agregaba haciendo una mueca y pudiendo ver que le faltaban algunos dientes

- Dame la dirección – ordenó – el hombre viró rápidamente, se dirigió detrás del mostrador, buscó lápiz y papel y garabateo algunas palabras, presto se acercó a la mesa y entregó el papel a Mauritius que lo leyó. Se levantó sin volver la mirada al hombre y arrojó unos galeones sobre la mesa – Esto es por la asquerosa bebida que me diste – declaró soberbio, luego arrojó una pequeña bolsa de cuero marrón – y esto por la data, alista a esos hombres – el hombre asintió agachando la cabeza.

Salió del lugar y leyó la dirección, no podía creer que llegaran a tanto, miró alrededor, el callejón no era igual que antes, los comercios cerrados, los pocos abiertos desiertos y podía ver que incluso en algunos ya se notaban magos de otro calibre.

Recordó como era en los viejos tiempos, no es que él fuera muy mayor, sólo contaba con 45 años, pertenecía a una familia de siete generaciones de Slytherins y siempre se sintió orgulloso de sus creencias.

Estaba convencido desde niño que la sangre pura era lo ideal, y si bien una maga totalmente impura era una poderosa continuaba creyendo en eso, y concluía que sólo era poderosa por su unión con Weasley sino sería una más del montón.

Desde niño quiso ser mortifago, y logró ser el mago más joven de su familia en lograrlo, estaba en el círculo casi íntimo de Voldemort, entre los diez primeros de la lista.

Pudo huir gracias a su experiencia en sobrevivir en lugares inhóspitos y pudo eludir la magia de los poderosos gracias a sus habilidades.

Estuvo viviendo varios años en intemperie hasta que Gunther lo encontró, sin dudar aceptó aliarse, ambos tenían la misma creencia él con los magos el otro con los muggles y pronto congeniaron.

Sabía que debía andar con cuidado, estar con Gunther era una montaña rusa, en un momento arriba, en otro abajo, pero él era ágil para sortear los obstáculos que se les presentaba.

Ahora todo se complicaba, no había dos poderosos, había cuatro, y eso, en alguna medida, lo asustaba. Había sido difícil eludir a Weasley y sabía que su hija era peor, y según Gunther, Rodas era aún más malo, entonces ni se lo podía imaginar.

Lo alentaba saber que si realmente tenía odio iba a estar de su lado aunque él ya tenía por las dudas un salvoconducto preparado por si las cosas salían mal; ya lo había hecho con Voldemort siendo más inexperto, ahora estaba más preparado.

Antes de dirigirse al lugar se apareció en Hosmeage, cauteloso que no lo vieran, se acercó prudentemente a una vivienda sencilla pero bonita en una esquina y entró por la puerta trasera.

Una vez dentro su semblante cambió, una leve sonrisa surcó su rostro, la cual se amplió al llegar a la sala, dentro, una hermosa mujer de cabellos rubios, ondulados y bellos ojos pardos estaba jugando con un niño de 12 años, apenas verlo ambos se lanzaron a sus brazos que ya se hallaban extendidos para recibirlos.

- ¡Papá! – Decía el chico riendo y dejando que su progenitor le revolviera sus cabellos

- ¡Mauritius! – Su mujer lo miraba - ¿Cuánto tiempo puedes quedarte? – Rápidamente preguntó

- Tengo poco tiempo – declaró más serio – No lo desaprovechemos – aclaró cuando notó que a su mujer se le llenaron los ojos de lágrimas.

- Tienes razón – le decía esbozando una sonrisa - ¿Has comido? – Preguntaba yendo a la cocina

- Nada bueno como lo que tu preparas – le contestó siguiéndola mientras su hijo iba a buscar, en la planta alta, el juego de ajedrez que habían dejado pendiente la última vez. Apenas pasar la puerta de la cocina la tomó entre sus brazos y la besó apasionadamente – Te extrañé demasiado – le decía cuando sus bocas se separaron

- Yo mucho más – respondía ella volviéndolo a besar de igual manera, sin esperar él comenzó a subirle la falda - Victor – declaró la dama mirando a la puerta de ingreso la cual Mauritius trabó mágicamente

- No podrá entrar y se dará cuenta – declaró pero la mujer no aparaba la vista de la misma – Helena – le decía él tomándole el rostro y obligándola suavemente a mirarlo – ya es un muchacho, ya sabe interpretar ciertas cosas – declaró sensualmente ante lo cual ella no tuvo más reparos y comenzó a desprenderle el botón de su pantalón.

Él la alzó y llevándola a la mesada de la cocina la penetró salvajemente, ambos jadearon ante la unión que era extrañada y se rieron.

- Te amo – le decía ella

- Eres lo único por lo que vale la pena todo – le decía él moviéndose más rápido – tú y nuestro hijo – le decía

- Tienes que venir más seguido – jadeaba Helena aferrándose a sus hombros, pronta al clímax

- Lo intentaré – decía él clavando los dientes en el hombro de ella – lo intentaré – exclamó al llegar a su orgasmo sintiendo el de ella consecuentemente.

Ambos se quedaron un tiempo abrazados, luego se bajaron y arreglaron las ropas al tiempo que Victor golpeaba la puerta

- ¿Puedo pasar? – Preguntaba ansioso del otro lado

- Ya voy a la sala y terminaremos esa partida – le gritaba Mauritius mientras desbloqueaba la traba de la puerta dirigiéndose a la misma y le guiñaba un ojo a su mujer – Te esperamos – le dijo y salió de allí.

La mujer suspiró lentamente, terminó de preparar el plato, se acomodó los cabellos y con su mejor sonrisa se dirigió donde sus dos amores la esperaban.

- ¡Jaque! – declaró triunfante el chico

- No fanfarronees – le decía Mauritius limpiándose la comisura de la boca con una servilleta y pasándole el plato vacío a su mujer – no se debe ufanar de una victoria parcial, no hasta que esté completamente asegurada – le decía al tiempo de mover una ficha y declarar – Jaque mate

-¡No! – Exclamó decepcionado el joven mirando el tablero - ¿Otra? – Preguntaba levantando los ojos a su progenitor

- La próxima – le decía él acariciando su mejilla y el muchacho asintió marchándose a su habitación. Se hizo un silencio incómodo que rompió Helena

- Leo las noticias todos los días – le decía – Siento que algo muy malo sucederá

- No te equivocas – declaraba honesto él

- ¿Te cuidarás?

- Sabes que siempre estoy mirando hacia todos lados – le decía él – en cuanto note que las cosas se descarrilan los vendré a buscar y nos iremos, procura que Victor no genere lazos con nadie de aquí, el exilio así es más fácil.

- Nosotros solo pensamos en ti – decía ella posando una mano en su hombro

- Lo sé – declaró poniéndose de pie – debo partir

- Adiós – le decía ella abrazándolo – cuídate

- Lo haré – le decía él besándola en los labios dulcemente – sabes que para muchos estamos en el bando equivocado ¿No?

- Yo estoy a tu lado – decía ella – no me importan los bandos, solo tu – agregaba orgullosa

- Y si así lo fuera? – Preguntó él. La interrogación sorprendió a Helena - ¿Qué pensarías? ¿Qué harías? – agregó Mauritius. Helena quedó pensativa, su marido jamás cuestionó sus creencias, jamás pidió su opinión, jamás la había puesto en esa situación, algo sucedía.

- No es el caso – se escudaba de responder

-No es una respuesta – rápidamente acotó él

- ¿Debo ser honesta? – preguntó ella mirándolo a los ojos

- Espero que siempre lo seas – respondió él

- Si los bandos fueran importantes, si no te amara como lo hago creo que estaríamos en veredas opuestas, no seríamos enemigos, pero de seguro que… - se detuvo de proseguir, temía ser tan directa con él, no por su marido sino por aquellos que lo acompañaban

- Continúa – decía él acariciándola

- lo nuestro nunca hubiera podido ser – culminó ella – Pero… - acotó – no es el caso, ni la situación

- No, no lo es – dijo él

-¿Por qué preguntas esas cosas? – Quiso saber ella

- Es que últimamente han pasado hechos – relataba él – cosas extrañas que me llevan a pensar que no estoy bien encaminado, creo que confundí mi sendero al seguir a Gunther pero ya no hay vuelta atrás. No digo que no sigo teniendo mis creencias – se apuró a aclarar – pero siento que estoy peleando por otra causa, una que no me incumbe y no me interesa. No puedo huir ahora, todavía hay mucho peso sobre mis hombros, pero lo más probable es que cuando la guerra empiece intentaré hacerme a un lado

- sabes que Albus es generoso…

- Ni lo nombres – la detuvo él – No creo que me perdonen jamás

- Yo creo que sí, es más no lo dudo

- Es que yo no estoy arrepentido de lo que pienso, estoy arrepentido de lo que estoy siguiendo ahora – declaró confuso

-¡Déjalo! ¡Vámonos ya mismo! – Le decía

- No puedo, es riesgoso ahora mismo, pero lo haré en cuanto vea una momento más propicio – le decía

- Estamos aquí aguardando lo que nos digas – declaró ella - ¿Qué es lo que sucede? – Mauritius le contó todo con lujos de detalles, que no era mucho ya que ni él mismo sabía que sucedía, ella lo escuchó atentamente y luego le despidió en la puerta de entrada trasera de la vivienda – Vuelve pronto – le dijo sonriendo. Se quedó apoyada en el marco de le entrada hasta que él desapareció dando vuelta la esquina, incluso más de la esperado, como aguardando que regresara.

Entró en la vivienda, lavó el plato sucio y llamó a su hijo

-¿Si mamá? – preguntó entrando a la cocina

- Debo hacer unas compras, regreso enseguida no le abras a nadie – ordenó. El muchacho asintió y nuevamente se dirigió a su habitación

Helena se arregló un poco, fue a la chimenea y desapareció

- Y eso es todo lo que me contó – relataba sentada frente a un escritorio, se la veía calmada

- Gracias Helena – le dijo su interlocutor, nada más y nada menos que Albus Dumbledore

- De nada Albus – declaró poniéndose de pie – Espero que nuestro acuerdo siga en pie – agregó dirigiéndose a la chimenea

- Por supuesto Helena

- No soy una traidora a mi causa o a mi marido – declaraba como excusándose

- No tienes que decir nada – le decía él acercándose – eres una buena esposa y tu marido no es tan malo como él piensa

- A veces lo es – declaró ella sabiendo todas las cosas que le confesaba Mauritius

- Es un hombre enamorado, así que si siente amor, es capaz de sentir bondad – le decía él

- Espero que su amor sea suficiente cuando se entere que soy una espía

- El amor siempre lo es – dijo Albus despidiéndose

Lejos de allí Mauritius ingresaba a un bar de estilo deportivo.

Los gritos e insultos de los hombres aturdían y las jarras de cerveza estallaban en brindis por cada acción que los jugadores realizaban en una pantalla amplia colocada sobre una pared lateral. Quienes los vieran simplemente supondrían que eran un grupo de fanáticos pero a los ojos de Mauritius eran algo más, unos pocos repararon en él y pronto lo reconocieron.

Se le acercaron sonrientes casi que lo llevan en andas al centro del lugar haciéndoles preguntas sobre si su lord había nuevamente renacido.

Él pensó que eran muy ingenuos al suponer ello, pero debía reconocerles el hecho que se habían adaptado al mundo muggle y así escapar de la persecución de los aurores.

Pronto lo rodearon un grupo de 20 hombres que lo escucharon atentamente, salió de allí con el morral más vacío pero tranquilo que pudo reunir algunos mortífagos más a sus filas.

Por su parte Oskrar se dirigía a la tierra media, su cabello era corto de color castaño rojizo y sus ojos tan claros que parecían de hielo contrastaban con su tez olivácea, ojalá fuera tan fácil como Mauritius lo había planteado, moldear barro y hacer nacer un orco, pues no era así, era algo más complejo y totalmente desagradable.

Él era descendiente de Melkor, de su unión con una Maia, y no cualquiera sino de Arien, Maia del Sol. Todos creían que se odiaban, la historia cuenta que él la violó ante la negativa de ella de ser su esposa, pero era mentira, el desdén de ella sólo escondía una pasión abrazadora. Cuando lo descubrieron, su castigo por unirse a Melkor, fue el destierro y el deber vivir como humana el resto de su vida, pero al enterarse de su embarazo la condenaron a regresar abandonándolo y continuar su deber de ser la conductora de Anar, conocido entre los humanos como el sol.

Él era una conjunción de ambas razas, pero al nacer cuando Arien estaba en su forma humana tenía también particularidades humanas, en su físico y era mortal, mucho más longevo, aunque ya ostentaba varios centenares de años y tenía dotes mágicas.

No había heredados ninguna de las habilidades de su madre, estaba convencido que los genes de su padre eran mucho más fuertes, siempre sintió odio, furia, rencor, deseos de venganza, jamás fue un niño bueno, nunca le interesó, y menos relacionarse con aquellos que debía llamar sus pares. Repudiaba a los humanos, eran débiles y egocéntricos, se creían el centro del mundo y no tenían idea de lo que los rodeaba.

Cuando Gunther se le acercó y le mostró su poder y su ideal no dudó un instante en unírsele aunque ahora estaba dudando de lo que se avecinaba.

Si bien él jamás sintió los poderes de su madre, muchas veces cuando miraba al sol podía sentir el abrazo cálido de ella y últimamente lo sentía con más frecuencia y más feroz, como ahora que caminando por la acera sentía ese calor abrazante que casi lo agobiaba.

Ingresó en una casa abandonada y luego de recitar unas palabras se abrió un portal que lo condujo al bosque negro, avanzó inmutable hacia una meseta plagada de orcos.

Los mismos habían instalado un campamento en la ladera de la misma cavando cuevas que los abrigaban de las inclemencias.

Oskrar estaba satisfecho había muchos para elegir, de alguna manera debió reconocer que no era fácil pero al menos era más barato que Mauritius, él no debía pagar por los servicios de esas bestias, simplemente su presencia les influía tanto temor que lo obedecían ciegamente, ni pensar cuando conocían a Gunther, eran como cachorros a sus pies, aunque sabían que su amo era él.

Pronto armó una horda de unos 30 orcos y se dirigió a la mansión, en el camino unos débiles rayos de sol impactaron en su rostro, bufó exasperado.

-¡ALTO! – Ordenó y los 20 orcos se detuvieron – Me aguardan aquí – declaró severo. Corrió hacia un descampado donde el sol ingresaba ampliamente una vez que la luz lo invadió gritó -¡QUE ES LO QUE QUIERES! ¡HABLA! ¡O DEJA DE FASTIDIARME! – Estaba agitado miraba al firmamento a la espera de alguna señal, pero nada sucedía, bajó el rostro, meneó la cabeza y cuando iba a retirarse una cálida mano se posó en su rostro obligándolo a levantar el mismo.

Pudo ver a una joven mujer de cabellos rojos largos, sedosos; los ojos fulguraban igual que toda su figura que era una llama con forma humana, apenas etérea.

- Oskrar – Le dijo sonriendo – hijo – agregó

- Madre – declaró el hombre con ojos llenos de lágrimas, lo había embargado una sensación de plenitud que jamás había sentido

- Son tiempos muy peligrosos – vaticinaba ella – y lo serán más – auguraba, él simplemente asentía – debes irte – casi ordenaba

- Soy parte de un tablero de ajedrez – explicaba él – soy sólo una pieza pero no soy un peón, soy una pieza importante, si me voy mi ausencia se notará

- Nunca podrían encontrarte – lo alentaba ella

- No soy de los que huyen – se negó él

- Eres necio como tu padre – decía ella ensombreciendo su semblante

- Soy muy parecido a él – declaraba

- Más de lo que me gustaría reconocer – decía ella – pero debes ser cauteloso, el mal que se avecina es poderoso

- ¿Afectará nuestro mundo? – Preguntó

- Y mucho más – contestó ella. Oskrar dudó, se quedó mirando el piso, sus ojos iban y venían se notaba que estaba batallando una lid interna

-No – dijo negando con la cabeza – debo seguir, tal vez al terminar regresaré

- Tal vez no haya nada para regresar – dijo Arien. La figura comenzó a flamear con mayor intensidad y a elevarse – Cuídate hijo, no tienes idea a que fuerzas te enfrentas – declaró al tiempo de desaparecer

Oskrar se quedó estático, mirando al cielo, dejando que los rayos de sol lo acariciaran. Luego regreso con las filas de orcos, dio una orden y todos marcharon a la mansión.

Leonid sobrevolaba los Cárpatos Rumanos, sus ojos estaban en la búsqueda de alguna presa con la cual alimentarse y de paso agregar algún vampiro a sus filas, lo mejor de los neófitos no sólo era su ansiosa sed sino su fácil manejo, estaban asustados, a pesar que eran mucho más fuertes.

Pronto divisó una pareja de incautos aldeanos y sin dudar se dirigió a ellos a toda velocidad, tal fue su ataque que ninguno de los dos lo vio venir, sólo cuando ambos fueron separados notaron su presencia. Atacó primero al hombre de quien se alimentó sin aguardar, el cuerpo cayó sin vida al suelo frente a la mujer que comenzó a gritar histéricamente

- Aunque grites nadie vendrá en tu ayuda – le decía sereno, regresando a su forma humana

-¡Por favor! ¡Por favor! – Imploraba la muchacha, sus ojos negros llenos de lágrimas, su cabello castaño revuelto por su anterior entrega pasional que ahora se veía teñida de un terror mortal.

- No te servirá implorar – decía Leonid

- Haré lo que me pidas – le rogaba ella poniéndose de rodillas, juntando las manos en señal de súplica

- No soy un dios al que debes de rogar – decía él acercándose un poco más

- Lo que me digas – repetía ella

- Mátalo – Entonces ordenó señalando el cuerpo sin vida de su amante en el suelo

- Mi esposo ya está muerto – decía ella sin entender poniéndose lentamente de pie

- No por mucho – sonreía él malévolo

- No puedo – negaba la muchacha – no puedo - sollozaba

- Ustedes los humanos son incomprensibles – decía Leonid poniéndose a espalda de la chica – me dices que harás lo que sea y ante lo primero que te pido te niegas – acotaba poniendo las manos sobre los hombros desnudos – no comprendo. - La muchacha entendió que era la única forma de sobrevivir, respiró profundo giró la cabeza de lado y declaró

- Lo haré – miró a su alrededor y vio una rama frondosa y puntiaguda, la tomo y se acercó al cuerpo sin vida de su marido. Se arrodilló junto al cuerpo, extendió la mano con la improvisada estaca en ella apuntando al pecho pero se quedó allí paralizada, sin poder continuar.

Por algunos instantes solo se movían las copas de los árboles arrulladas por el viento nocturno. La mujer comenzó a bajar el arma y llevándose las manos a la cara comenzó a llorar

- ¿Por qué te detuviste? – Quiso saber Leonid acercándose nuevamente

- No soy una asesina – lloraba la mujer manteniendo la postura – no lo soy

- Pronto lo serás – dijo Leonid apoyándose en el tronco de un árbol. La mujer miró hacia donde él estaba, a unos 5 metros de ella aguardando por su ataque, pero el vampiro sólo se miraba las uñas sin reparar en ella.

Sintió un dejo de esperanza cuando unas frías manos apresaron su vestido, viró la cabeza, su esposo estaba vivo, no, no lo estaba, estaba despierto y sin esperar se abalanzó sobre ella apresando su cuello cual animal salvaje

Los gritos de la mujer se perdían en el copioso bosque donde nadie, como había vaticinado Leonid corrió en su ayuda.

A los pocos minutos ambos vampiros neófitos se acercaban a Leonid

- Sus nombres – solicitó

- Lleana – declaró la muchacha

- Doru – declaró él

- Nos reuniremos con nuestro grupo y partiremos mañana al anochecer, procuren estar saciados, la comida será escasa donde vamos – aclaró y ambos demonios asintieron. Los tres levantaron vuelo, surcando el cielo nocturno.

Leonid no comprendía a los humanos, su propia historia era un misterio para muchos y así seguiría hasta el final, el misterio rodeaba a su raza y era su mayor ventaja, lo que si entendía era que buenos, o malos los humanos siempre se convertían en las mejores armas.