Capítulo 25

Planes.

Viernes 25 de octubre.

El trío de oro salía de la clase de Pociones, cada uno con expresión distinta. El moreno, totalmente relajado por fuera, aunque por dentro buscaba la mejor forma de deshacerse de su simpático profesor. La castaña mostraba una expresión indignada debido a los obvios favoritismos de Snape y su injusticia al alabar la mediocre poción de Malfoy y aceptar a regañadientes la de ella. Ron, por su parte, salió visiblemente malhumorado, despotricando contra Snape y su nariz ganchuda entrometiéndose en su caldero. El profesor no había hecho más que mofarse de los intentos de Ron por hacer la poción correctamente, mientras mencionaba, con voz fuerte para que toda la clase le oyera, el desastre que el pelirrojo era.

Al llegar a Transformaciones, mientras Ron continuaba enfurruñado, Hermione observaba a Harry inquisitivamente. Él, sin embargo, no le devolvió la mirada a pesar de que sentía la suya sobre su nuca. Prestaba total atención a las conversaciones ajenas, al darse cuenta de que muchos de sus compañeros indagaban sobre lo que le había sucedido a la profesora Swann. Era evidente, que a nadie se le había pasado por alto la noticia de que los alumnos de sexto no habían tenido clase de Defensa el lunes, ni tampoco el resto de la semana.

Al ponerse de pie la profesora Mcgonagall y al ver que su clase estaba claramente despistada, utilizó la técnica más efectiva sobre ellos: calló toda plática con severas miradas. El silencio no tardó en aparecer, ante la expresión satisfecha de Minerva.

—Hoy comenzaremos con un tema nuevo. Preparen sus varitas.- advirtió la mujer, mirándolos por sobre sus gafas redondas y dirigiéndose al pizarrón que estaba a sus espaldas. Todos colocaron sus varitas en el pupitre y agarraron un cuaderno y una pluma, listos para tomar notas.

—Ron, pon un poco más de atención. Luego tendrás dificultades para los exámenes.- le reprochó Hermione, codeándole discretamente. El pelirrojo había pasado casi toda la hora cabeceando sobre su mano, con expresión malhumorada y cambiando de posición con más frecuencia de la necesaria.

—No fastidies, Hermione.- se molestó él, dispuesto a no dejarse influenciar por su amiga.

Ella le miró enfadada y volvió a sentarse hacia el frente, decidida a no dirigirle la palabra por un largo rato.

—Chicos.- murmuró Harry, para captar su atención. Ya se veía en la incómoda y conocida situación de ser él quien intermediara entre aquellos dos. —Les contaré lo que tengo planeado, si prometen dejar de discutir.

Los aludidos se observaron repentinamente interesados, pero al recordar que estaban enojados, sus miradas pasaron de la curiosidad al desafío en cuestión de pocos segundos. Harry esperó sin impacientarse, pensando si sería lo adecuado informarles sobre lo que sucedería dentro de los próximos días. Decidió que, al igual que él, sus amigos tenían todo el derecho de participar de su venganza contra Draco Malfoy. Después de todo, ellos habían sido víctimas de sus crueldades tanto como él.

—¿Y bien?- interrogó Harry, levantando las cejas.

—Si Ron acepta dejar su comportamiento infantil, entonces no pondré objeciones.- cuchicheó Hermione.

—¿Yo?- saltó Ron, a la defensiva, pero su tono de indignación fue tan exagerado que le hizo elevar el tono de voz. Toda la clase se volteó a mirarlo y la profesora Mcgonagall, deteniéndose en su explicación, se dirigió hacia él:

—¿Puedo ayudarle en algo, señor Weasley?

Inmediatamente, las orejas del pelirrojo se tornaron rojas, como sucedía cada vez que se avergonzaba.

—Eh... yo no, quiero decir que...- balbuceó, ante la mirada burlona de su amiga. Respiró profundamente intentando concentrarse y finalmente respondió: —No, no ocurre nada, profesora.

—De acuerdo. En ese caso, señor Weasley, le agradecería si guardara sus sobresaltos para fuera de mi salón.- le dijo con tono cortante. Y, como si nadie la hubiese interrumpido, continuó con su clase.

—¿Ves lo que logras?- se molestó Ron, murmurándole a la castaña.

—Pero si no he sido yo la que gritó en medio de una clase.- repuso ella, con sorpresa.

—Ya.- la cortó el gryffindor, nuevamente enfurruñado.

—Veo que no han considerado mi propuesta...- comenzó Harry, quien -a consciencia- se había mantenido al margen. —De todas maneras, no me molestará llevar a cabo mis planes yo sólo.- les dijo, reconociendo la verdad en sus palabras. Realmente deseaba disfrutarlo sin compañía.

—Aguarda.- le atajó Hermione. Entonces observó a Ron, implorante. —No me convence el hecho de que hagamos algo fuera de las normas, pero Malfoy se lo ha estado buscando. Aún no olvido lo que hizo en el tren.- se sinceró, estrechando los ojos al pronunciar la última parte. —De verdad quiero ayudar a Harry.- continuó, en murmullos más bajos. —Ronald, mírame.- le pidió. El joven había estado rehuyendo su mirada desde que había comenzado a hablar.

Sus ojos azules finalmente se detuvieron en los suyos, primero con duda, y luego con resignación.

—También yo.- se rindió Ron.

—Está decidido.- intervino el moreno, utilizando, sin proponérselo, un tono seguro y ligeramente amedrentador. Comprendió que la frialdad ya estaba incorporada a su alma y difícilmente podría hacerla a un lado, aunque -por el momento- no lo necesitara.

Una mirada azul y otra chocolate, se posaron discretamente en él, reflejando la curiosidad y la excitación que provocaba el saber que, pronto, volverían a romper las reglas.

—Diablos picantes.- le dijo a la gárgola, mientras pasaba una mano por su cabello negro. Ésta se movió, dejando lugar a una escalera en forma de caracol. Subió por ella con expresión serena, moviéndose sigilosa y veloz como una serpiente. Sin embargo, su mirada era distante, y un buen observador habría sabido descifrar su postura recta y tensa, percatándose de que estaba a la defensiva. Golpeó tres veces con sus nudillos y la puerta se abrió antes de que ella terminara de bajar la mano.

—Melany.- la saludó fríamente. La susodicha sólo dio señales de que le había oído al asentir con la cabeza.

—Snape me comunicó que Dumbledore quería hablar conmigo.- aclaró la joven profesora, viendo que el director no se encontraba allí.

—Por supuesto, en un momento regresará.- afirmó Helen, volviendo a tomar asiento en una de las sillas. Melany lo hizo a su lado y por varios minutos esperaron sin decir palabra.

—¿A ti también te citó?- preguntó la morena.

Su mentora sonrió de lado con cierta ironía, conciente del tono de sospecha de su voz.

—Algo así.- respondió tras unos segundos.

—¿Qué quiere de mí?- cuestionó, interrumpiendo el silencio por segunda vez.

—Yo se tanto como tú.- dijo Helen, enigmáticamente. No obstante, una sombra había cruzado por sus ojos, hecho que no pasó desapercibido para Melany.

—No me digas.- replicó con sarcasmo. A pesar de la tensión de su voz, relajó su postura y apoyó los codos en los apoyabrazos.

—Melany, tu actitud es muy irresponsable. ¿Los sabes, cierto? Por eso te sientes enfadada contigo misma.- aventuró la mujer, aparentando indiferencia.

La morena bufó.

—Que ridiculez.- fue lo último que dijo, con toda la frialdad de que era capaz. Helen no se preocupó por responder, sabía que no iba a escucharla.

Transcurrió al menos un cuarto de hora hasta que la puerta se abrió sin estrépito alguno y el anciano director tomó asiento en su sillón predilecto. Su rostro estaba sereno, pacífico, pero la jovialidad con la que solía desplazarse se había esfumado. Sus ojos, determinaban seriedad.

—Los tres sabemos por qué estamos reunidos aquí. Éste no es un asunto trivial, estamos tratando la integridad física de una persona. Por lo tanto, no podemos tomárnoslo a la ligera... o tomar decisiones precipitadas.- añadió, observando a Melany.

—Disculpe mi interrupción, Dumbledore, pero me temo que no estamos aquí por lo mismo. ¿Según usted, quién está en riesgo exactamente?

—Tú misma, Melany.- contestó, con tal seguridad, que cualquier persona sensata no se habría atrevido a rebatirle. Sin embargo, Melany no encajaba en esa categoría.

—No creo estar de acuerdo con su suposición.- dijo despreocupadamente.

—¿Helen?- inquirió Albus, con tranquilidad.

—Ya sabes lo que opino sobre el asunto.- se limitó a responder, inspirando profundamente.

—Melany, ambos necesitamos que escuches nuestros argumentos. Ya que el lunes pasado te fuiste sin mediar palabra, me parece justo y oportuno que nos dejes explicarnos ahora.- comenzó el profesor, con voz grave.

—Si desean explicarse- interrumpió la morena, dirigiéndose a ellos fríamente- no tengo inconvenientes, pero quiero que estén al tanto de que no cambiaré de opinión sin importar lo que digan. Así pues, adelante.

Helen se removió en el asiento para cambiar de posición. Cruzó las piernas y dejó reposar sus manos en ellas, alejándose del respaldo para inclinarse ligeramente sobre sí misma. Melany permaneció inmóvil, dirigiendo su mirada neutra sólo al profesor, no quería chocar con los ojos de su entrenadora. No estaba enfadada, eso sería impropio de ella, pero se sentía traicionada. Helen más que nadie debería entender su obsesión por seguir luchando. No era un capricho, la rubia la conocía lo suficiente como para saberlo, pero al parecer no la comprendía tanto como Melany esperaba. Su propia mentora se estaba confabulando con otro hombre para impedirle luchar. ¿Era eso justo? La slytherin sonrió interiormente al pensar en lo estúpido de la pregunta. Claro que no era justo... la vida no lo era.

Albus fingió omitir las últimas palabras de Melany. Curiosamente, sus codos no reposaban sobre el escritorio, ni las yemas de sus dedos se golpeaban entre sí, pero él estaba demasiado pendiente de las reacciones de las dos imponentes mujeres como para percatarse de semejante nimiedad. Prosiguió argumentando:

—Al resistirte a cancelar tus próximas clases con Harry, estás exponiendo a ambos a un cercano peligro. Lo que sucedió en la última batalla te ha dejado inestable, insegura, es por eso que no logras controlar tus emociones como estabas acostumbrada. Por favor, déjame continuar.- le rogó levantando una mano, al ver la intención de Melany en replicar. —El autocontrol que has adquirido con el paso de los años, se ha debilitado a causa de la reciente pérdida de poder y en consecuencia, podrías perder los estribos fácilmente. Al hacerlo, Melany, sufrirás nuevamente un derroche, un despliegue de magia que, sin duda, sería capaz de dañar a todos cuantos tengas a tu alrededor. En eso consiste el peligro al que expones a Harry, si continúas dándole clases particulares. Por otro lado, el riesgo no está sólo en descontrolarte, sino en que los entrenamientos requieran de ti una fuerza que en este momento no estás capacitada para utilizar. Continuamente, tu cuerpo está obligado a realizar esfuerzos, incluso inconscientemente. El punto es que, si te exaltas, lo más probable es que tu magia te consuma desde dentro.

—La magia curativa...- se quiso defender Melany.

—La magia curativa que conoces no te servirá en este caso, Melany... Has sufrido lo único que puede debilitar a una guerrera. A una Diosa, casi.- repuso Helen. Esta vez su aprendiz sí la miró; parecía agotada...

—No hay nada que pueda debilitarme, conozco mi resistencia, sé cuánto soy capaz de soportar.- afirmó ella, sin dejarse intimidar por algo que, en realidad, debería haberla puesto de los nervios.

—Veo que aún no entiendes lo importante del asunto.- dijo Dumbledore, negando con la cabeza lentamente y dirigiendo su mirada penetrante hacia la ventana. El sol de mediodía se reflejaba omnipotente en las aguas tranquilas del Lago Negro. Pero él sabía que, en cualquier momento, algo agitaría sus aguas, provocando que el lago, pacífico como se mostraba, se tornara turbio y peligroso. —Quizás no quieres comprenderlo.- se lamentó.

—Tiene razón, no quiero oírlo.- respondió Melany. Su voz repentinamente había adoptado un tono glacial. No permitía que nadie le sintiera lástima, en absoluto. —Harry ya perdió cuatro clases que fueron suficiente tiempo para reponerme. No la perderá esta noche.- determinó la morena.

—Cuatro días no significan nada.

Melany abrió los ojos como platos, apretando los labios con demasiada fuerza, sorprendida por primera vez en muchos años. La voz de Helen, esa que tantas veces había oído, esa que miles de veces había amilanado hasta al más valiente, había sonado quebrada... débil. Mas sus ojos no habían derramado ni una sola gota.

La morena sintió que pasaban horas sin que pudiera moverse e intentando a toda costa apartar la vista de su mentora. Pero le resultaba imposible, el asombro la había dejado inmóvil. Fue Dumbledore el primero en romper la tensión del ambiente.

—Si te niegas a dejar las clases, me veré en la obligación de despedirte, Melany, y no quiero hacerlo.- le advirtió.

—Encontraré la forma de comunicarme con él.- logró articular la aludida, aún sin reponerse del todo.

—Pondré vigilancia a Harry, La Orden se ocupará de ello.- continuó.

Ella sonrió arrogante.

—No pueden hacer nada contra mí.- entonces, su tono recuperó la seriedad y observó a ambos con dureza. —Lo que ninguno de ustedes entiende, es cuán desprotegido dejarían a Harry si me alejaran de él. Debe acabar su entrenamiento bajo mis enseñanzas... me es imposible dejarlo a medias.- Y sin darles lugar a réplica, salió del despacho.

—Iré esta noche, después de la reunión de prefectos.- les informó Hermione, andando a paso apresurado. Su cabello lucía más enmarañado de lo habitual y sus ojos tenían un brillo peculiar. Tal vez , lo primero se debía a que había estado atolondrada yendo de un lado a otro, ayudando a Neville con los deberes de astronomía, planificando con sus amigos la próxima jugada para el plan, adelantando libros para la mayoría de las asignaturas...

"—Deberías darte un respiro, Hermione, no has parado en todo el día."- le había dicho Ron después del almuerzo, a lo que ella se había negado tozudamente.

Y lo segundo, estaba claro a quién se lo debía. Era la ansiedad de irse contra Malfoy lo que provocaba que sus ojos brillasen de aquella manera... era la certeza de saber que sería ella la que triunfaría sobre él. El plan de Harry era, realmente, extraordinario. Y le había sorprendido cuán perfectamente estaba trazado.

—Luego acompáñame a la Torre, te daré el Mapa del Merodeador.- le respondió el moreno, despeinándose el cabello.

La castaña suspiró sonoramente.

—Harry.- dijo. —Ustedes lo necesitarán más que yo, consérvalo. Yo estoy preparada.- añadió, palmeando su bolsillo derecho, donde su varita reposaba a la espera de salir a la luz.

—Ten cuidado.- le pidió Ron, extrañamente serio. Ella se sonrojó, agradeciendo interiormente que el hecho pasara desapercibido bajo la escasa luz de la tarde, que estaba por caer.

—Estaré menos preocupado si no utilizas la varita, Hermione. Si te topas con algún slytherin allí -es un caso remoto, lo sé, te concedo eso- es posible que se lancen contra ti. Sabemos de lo que son capaces.- rebatió Harry, dispuesto a mantener firme su postura.

Ron apretó las manos en un acto inconsciente, como si las serpientes estuvieran frente a ellos y él se preparara para atizarles un puñetazo.

Subieron las escaleras y doblaron en la siguiente esquina, golpeando finalmente una puerta de madera oscura. Se asomó por ésta la cabeza de la enfermera, quien de inmediato hizo un mohín al ver de quiénes se trataba.

—Tienen quince minutos.- expresó con resignación en su voz aguda, abriendo del todo para dejarles pasar.

Una pelirroja les sonreía desde el otro lado de la habitación, ligeramente sentada contra la almohada. Su cabello había recuperado el rojo fogoso, así como su piel había vuelto a tornarse rosada. Los cuidados de Madame Pomfrey habían surtido efecto y la semana en la que ella debía permanecer en reposo obligatorio, afortunadamente, había transcurrido.

—Harry.- susurró, enroscando sus brazos alrededor de su cuello en cuanto él se acercó. El moreno la besó, presionando sus labios dulcemente, como si temiera hacerle daño si ejercía más fuerza. La soltó en breve; no era partidario de las demostraciones en público. Tomó su mano y se sentó a su lado, posando sus ojos verdes sólo en ella.

Ginny sintió una punzada de dolor al percibir el vacío de su mirada, y otra de nostalgia e impotencia al entender que le costaría muchísimo traer de vuelta al antiguo Harry. Se hizo la desentendida cuando Hermione le preguntó si sucedía algo malo, argumentando que se encontraba extremadamente harta de aquel lugar.

—Saldrás de aquí pronto, ya lo verás.- la reconfortó Harry, apretando su mano suavemente.

¿Por qué sus ojos no podían ser tan tiernos como sus palabras o como sus besos? Se preguntaba la pelirroja, frunciendo los labios.

—¿Hay noticias?- interrogó de repente, buscando una distracción a sus pensamientos.

—Oh, claro que sí.- sonrió Ron, con un matiz de complicidad que Ginny reconoció al instante.

—Cuéntenmelo todo.- dijo, incorporándose mejor para no perder detalle.

Todos sonrieron a la vez, como si estuvieran sincronizados, cuando Ronald comenzó a hablarle de lo que Harry había planificado. Se vio obligado a murmurar cada vez que Pomfrey pasaba cerca de ellos, hecho que no impidió que Ginny sonriera con evidente aprobación ante lo que escuchaba. Hermione lo interrumpió con demasiada frecuencia, según demostraba Ron con miradas exasperadas, pero finalmente logró detallar todo con bastante precisión, ante el rostro maravillado de su hermana.

—Son malvados.- afirmó la pelirroja, sin salir de su impresión. Harry sonrió de lado, regodeándose en la indiscriminada ironía de aquellas palabras. —¡Realmente malvados!- repitió. —Cuánto me gustaría participar...

El cuerpo del moreno se puso rígido.

—No quiero que tomes parte en esto, no es seguro.

—Podría acompañarme a mí.- intervino Hermione, saliendo en defensa de su amiga. —Cuatro manos son mejor que dos, Harry.

—Madame Pomfrey aún no le da el alta, no habrá forma de hacerla salir.- se negó nuevamente.

—Vamos, tú sabes que si quisieras, podrías convencer a Pomfrey.- insistió la castaña.

—Por favor.- suplicó Ginny, acariciando la mejilla de Harry con la otra mano.

El aludido se volteó hacia Ron, exasperado. Hermione observaba al pelirrojo con ojos asesinos; Él se encogió frente a aquello.

—Lo siento, acabo de optar por no opinar en el asunto.- dijo a modo de evasiva, levantando las manos en señal de rendición.

—Muchas gracias, amigo.- contestó Harry entre dientes, girando su rostro hacia las jóvenes.

—Hemos ganado, no puedes oponerte.- se le anticipó Ginny, conociéndolo de sobras.

—Perfecto. Lo intentaré.- anunció con voz fría, caminando hacia el pequeño despacho de la enfermera.

—¡Has un buen esfuerzo!- exclamó su novia, antes de que la puerta se cerrara detrás de él.

Lanzó el quinto bollo de papel al piso, tomando otra hoja y poniéndose a escribir en ella obstinadamente. Su letra era alargada, pero prolija y esmerada, más vistosa aún con la tinta verde esmeralda que estaba utilizando. Se detuvo al final de cada punto, pensando detenidamente en las próximas palabras. Finalmente, releyó lo escrito tantas veces como le fue necesario, para asegurarse de que ésa era la indicada. Dobló el papel por la mitad y lo introdujo en un sobre. Escribió sólo el remitente y luego la guardó en un cajón, bajo un montón de camisas nuevas. Ya la enviaría cuando llegara el momento.

—El momento.- repitió en voz alta, para sí mismo. Una sonrisa sumamente atractiva cruzó por su rostro, mientras se dirigía hacia la gran ventana con vista al bosque. Apoyó sus palmas en el marco, aspirando el aire fresco del atardecer.

Dos golpecitos en la puerta le sacaron de sus pensamientos. Mirando la interminable extensión de cielo, levantó las cejas con cierto escepticismo.

—He dicho que no me molesten.- gruñó.

—Eso no me lo has dicho a mí.- canturreó una voz femenina, entrando a la habitación con aire encantador. Cerró la puerta de inmediato y se acercó hacia el joven, que aún no se había dignado a voltearse. Se aferró a su cintura, descansando el rostro en su ancha espalda varonil. Él no dio señales de haberla visto, hasta que sintió como ella dejaba un camino de besos de un hombro al otro y ya le fue imposible ignorarle.

—Di expresamente la orden de que nadie me interrumpiera.- comenzó. —¿Cómo es que Crabbe y Goyle te dejaron pasar, Pansy?

Ella se encogió de hombros con la elegancia propia de su familia y con la misma voz cantarina, respondió:

—Ya sabes, una Parkinson sabe cómo utilizar sus encantos.

—Pansy, estoy ocupado ahora, no tengo tiempo para distraerme. Vete.- le ordenó, sin ningún remordimiento y un frío desinterés en su voz.

—Draco.- ronroneó la chica. —Vamos, ríndete, hace días que estás encerrado en tu habitación sin querer ver a nadie.- le dijo, colándose entre Draco y la ventana al ver un hueco lo suficientemente espacioso.

—No debo perder tiempo.- repitió, inmutable.

—Pero sí quieres.- insistió ella, enroscando sus brazos delgados alrededor del cuello del rubio. —Tú si quieres divertirte, a pesar de lo mucho que te niegues.

—Quizás, aunque eso no me afectará ahora.- determinó, deshaciéndose de la slytherin. Caminó hasta la puerta y la abrió tranquilamente, cediendo el paso a Pansy con un parsimonioso gesto de mano.

—De acuerdo, Draco, pero no te librarás de mí tan fácilmente.- sonrió. —No podrás escabullirte en el baile, cariño...

—Claro que no.

—Te esperaré hasta entonces.- se despidió Pansy, no sin antes robarle un fogoso beso que requirió de todo el autocontrol de Draco para frenarlo.

—Ahí te veré.- prometió, sonriendo con atrevimiento.

La profesora Vector estaba despidiendo a sus alumnos de sexto de Ravenclaw y Gryffindor, cuando Ron se puso de pie y se alejó de las ventanas. Guardó el telescopio, los libros y los mapas rápidamente, le susurró algo a Harry -quien le palmeó la espalda antes de salir del salón- y se apresuró en dirección a Hermione, aguardando a que ella dejara también el material.

El salón ya había quedado vacío, exceptuando unos pocos alumnos. La castaña se sobresaltó al ver la sombra de él a pocos pasos suyos. Al reconocerlo, una oleada de alivio le recorrió el rostro, al tiempo que sonreía cálidamente.

—No sabía que seguías aquí.- admitió ella.

—¿Tienes unos minutos? Me gustaría hablar contigo.- pidió, balanceándose nerviosamente sobre sus pies.

—Dime.- aceptó, expectante.

—Yo... Hermione, espero no llegar demasiado tarde.- comenzó, con una nota de amargura en la voz, que casi al acto fue reemplazada por un tono esperanzado: —Me preguntaba si querrías ir al baile conmigo.- se sorprendió enormemente y se aplaudió en su interior al ver que no había trastabillado al pedírselo. No obstante, no podía evitar esa sensación de vergüenza, como si quisiera salir corriendo a ocultarse de la mirada de sus ojos chocolate.

Ella quedó muda por unos minutos; para Ron, fueron una eternidad.

—¿No habrás aceptado a alguien más, verdad?- interrogó él, apremiante.

—No, por supuesto que no.- replicó Hermione.

El pelirrojo soltó el aire de un tirón, visiblemente reconfortado. Le había estado preocupando aquel asunto durante la última semana, sin atreverse a preguntarle si ya tenía pareja.

—¿Entonces, irás conmigo?

—Encantada.- asintió Hermione, con una sonrisa brillante. De pronto frunció los labios, adoptando una expresión seria. —Un momento. ¿En plan de qué?- Formuló la pregunta sin ninguna segunda intención, pero Ron se quedó plantado al escucharla. Definitivamente, eso no lo había anticipado.

—Supongo... supongo que en plan de amigos.- respondió finalmente, inseguro.

Ella se mordió el labio al oír la desesperanzadora respuesta.

—Claro, claro.- aceptó la castaña, esquivando su mirada intencionadamente.

—¿Vienes?- interrogó Ron, ofreciéndole una mano.

Hermione se quedó estática. Ese gesto le daba una nueva perspectiva de las cosas. ¿Había dicho desesperanzadora? ¿Cuándo?

Al llegar al pasillo, hizo lo usual para hacer aparecer la puerta de la Sala Multipropósito. Tras dar una mirada a los corredores más próximos y asegurarse de que estaban vacíos, entró a la habitación. Como todas las noches, la sala se había convertido en un lugar amplio, carente de muebles. Lo único que había era, colgadas en una de las paredes, una buena cantidad de armas predispuestas en filas. Más detalladamente, se trataba de arcos, flechas y espadas, navajas de diferentes tamaños, escudos y quién sabe cuáles otros instrumentos, generalmente de plata.

Cerró la puerta tras de sí, quedando totalmente a oscuras. Ni un minúsculo haz de luz se filtraba por alguna abertura, pero eso no fue impedimento para el joven. Alguien allí lo esperaba, olía su presencia muy cerca de su cuerpo.

—Accio espada. -dijo Harry nada más voltearse, poniéndose en guardia a la vez que recibía -en su mano derecha- el arma con la empuñadura de plata adornada con rubíes. Observaba cada rincón de la habitación, a la espera. De pronto, giró su espada atizando un golpe seco al aire, mas en vez de continuar la dirección de la fuerza, ésta impactó contra algo invisible, produciendo un fuerte ruido metálico.

Melany apareció de la nada, espada en mano y se abalanzó sobre Harry. En medio del salto arremetió de costado contra el moreno; el filo del arma rozó el borde de su capa, mas no logró producirle ningún daño. Él logró interceptar el ataque elevando su espada y saltando a la vez, quedando fuera del alcance de su entrenadora. La mujer, con interminable energía, volvió al ataque y Harry a la defensa. Ella corrió a la pared de armas y sacó una navaja fina que utilizó contra su alumno. Él hizo girar su espada como un escudo, deteniendo la navaja y enviándola en dirección a su oponente. Melany la esquivó limpiamente y se hizo de más cuchillas, lanzándoselas una tras otra en la misma dirección. El moreno, por la fuerza de los ataques, tuvo que dar un paso hacia atrás, tambaleándose y viéndose obligado a mantener el equilibrio hincando una rodilla en el suelo.

De pronto, su rival desapareció de su campo visual. Harry detuvo el escudo, pero no bajó la guardia en ningún momento. Permaneció quieto, silencioso, dejándose guiar únicamente por el instinto auditivo. De forma inesperada, giró velozmente sobre sí mismo y alzó su espada, para luego asestar un golpe a la nada. Ocurrió algo increíble: su espada brilló ferozmente al chocar con el aire.

—Bien hecho.- le felicitó Melany, reapareciendo frente al gryffindoriano. Su espada aún estaba en contacto con la de Harry tras haber detenido el impacto. —Has sabido encontrarme, sólo Dumbledore y algunos Dioses lo hacen. Helen entre ellos.- confesó la mujer. Pero a pesar de estar satisfecha, su tono no había cambiado en lo más mínimo. Seguía tan frío como si estuviese hablando con un enemigo.

—Estupendo.- asintió el moreno, utilizando el mismo tono de voz.

Repentinamente, la Sala de los Menesteres se iluminó, respondiendo al hechizo de Melany. Harry pudo observar que, ese día, la joven profesora llevaba el pelo recogido en una cola alta y tenía puesta, alrededor de la cabeza como forma de bincha, una cinta negra. Los ojos verde esmeralda de ambos refulgían dentro de la habitación.

—Melany, no he tenido ocasión de sacar el asunto antes, pero creo que deberías saberlo.- comenzó Harry, de pasada. La mujer se detuvo en su tarea de guardar las armas para mirarlo. —Para mi último cumpleaños, Dumbledore me obsequió un anillo... especial. Sí, ésa es la palabra correcta.

—¿Qué quieres decir con especial?- inquirió.

—Me proporciona una habilidad excepcional. No lo creerás si te lo digo; mejor será que lo veas.

Lentamente, Harry introdujo su mano en el bolsillo y luego la sacó con la palma hacia arriba, donde reposaba el objeto aparentemente inofensivo. Lo colocó en su mano izquierda y de inmediato sintió cómo la magia que éste poseía, estaba bajo su control. Se impulsó hacia arriba, ante la mirada pasmada de su entrenadora. Él realmente volaba, y sin necesidad de una escoba. Él volaba tal como lo hacía su más declarado enemigo, Lord Voldemort.

—¿Tienes idea de cómo lo consiguió Dumbledore?- cuestionó Melany, recuperando la compostura.

—Tampoco tuve ocasión de comentárselo. De hecho, descubrí cómo abrir el regalo hace pocos días. -le respondió, sobrevolándola.

—Está bien. Ten la precaución de que nadie lo vea.- ordenó, zanjando el asunto. —Baja de allí, quiero hablarte.

—Lo sé. No se lo he dicho a Ron o a Hermione. Ni siquiera a Ginny. Pensé en hablarlo contigo antes.- le comunicó, posando por fin los pies en tierra firme.

—Entonces, fue una buena decisión.- le alabó, comenzando a pasearse por la habitación. Pasaron varios minutos antes de que ninguno emitiera sonido, por lo que las siguientes palabras de Melany, tomaron a Harry con la guardia baja. —También sería una buena decisión que olvides la intención de evitar a Helen, debes asistir a sus próximas clases.

—¿Por qué haría algo así?- expresó el gryffindor. Melany pudo percibir la furia escondida tras aquella máscara de indiferencia. Sin embargo, hizo caso omiso de aquel hecho y le respondió con serenidad:

—Un motivo fundamentado es, por ejemplo, que esa decisión está retrasando tu entrenamiento. Y otra razón digna de mención, sólo por si la anterior te parece poco: empezará con un nuevo tema, que probablemente no quieras perder.

—¿Qué es lo interesante?- inquirió Harry.

—Eso, depende de cuán interesante consideres la animagia.- contestó Melany con sencillez. Vio con satisfacción cómo aquella revelación despertaba por completo el interés de su alumno.

—¿Y qué te impide a ti enseñármelo?- contraatacó el moreno, sin querer ceder aún.

—No hay tiempo, Harry. Ahora más que nunca estoy en la obligación de prepararte para las batallas.

—¿Qué quieres decir?- preguntó, con el fulgor de la venganza presente en su mirada.

—¿Sabes tú lo que significa el anillo?- repuso Melany, al tiempo que observaba cómo el rostro de Harry denotaba sorpresa, silencio y cierto aturdimiento. Ella aprovechó ese momento de desconcierto de su alumno para proseguir: —Harry, que Dumbledore te haya obsequiado el anillo que tienes entre tus manos, significa que está soltándote a la batalla. Dumbledore te está dando lugar, porque cree que ya estás listo para luchar.