Capítulo 25.
En el Aeropuerto Intercontinental Leonardo da Vinci, a las ocho de la mañana del día 18 de Diciembre, en los paneles informativos repartidos por toda la instalación solo ponían dos palabras: Retrasado o Cancelado. El mal tiempo estaba causando estragos en las salidas y llegadas, no había un vuelo que llegara a su hora. El colapso y la indignación en la terminal estaba en aumento.
El matrimonio Weasley, que había pasado la noche esperando la salida de su vuelo de regreso a Londres, era conscientes del mal tiempo y comprendían que las cancelaciones y los retrasos era por causa mayor e inevitable. Pero en una época en el que todo el mundo se creía por encima de los demás y que sus prioridades superaban con creces a las del resto, la pareja se acabó apartando a una zona del aeropuerto más tranquila, a un lugar donde los viajeros no montaran un numerito en una de las múltiples puertas de embarque.
Siguiendo muy atentos a los paneles de información, repartidos hasta el último rincón de toda la instalación, daban un paseo y trataban de conseguir un ejemplar del periódico de aquella mañana. Para conseguir uno tuvieron que dirigirse hacia una zona concreta del recinto pues, siguiendo las normas mágicas internacionales, todo aeropuerto debía contar con una instalación oculta a los ojos muggles donde se podría atender las necesidades de las personas de origen mágico.
Atravesando una barrera invisible, que mantenía oculta aquella mini terminal internacional, su estética era muy diferente al resto del edificio en el que se encontraba. En el exterior era muy moderno pero allí era como retroceder muchas décadas hacia el pasado, tantas que podría no haberse reformado desde que se inauguró el aeropuerto por el año 1961. Asientos incómodos y mostradores de madera que, a pesar del paso del tiempo, estaba todo bien cuidado y todo seguía la estética del mundo mágico europeo.
Aun estando en un lugar para personas con dones especiales, también allí y con el paso de las horas se había ido colapsando de pasajeros que esperaban su vuelo, algunos llevaban aguardando más de veinticuatro horas. Los que tenían muchísima prisa para viajar, y al estar prohibidas las apariciones y traslaciones fuera del país de origen, trataban de conseguir una de las escobas de emergencia que habían guardadas allí, para casos excepcionales, para salir hacia su destino a vuelo.
Dos empleados estaban tras el mostrador tratando de calmar los ánimos entre los pasajeros, les habían prohibido entregar una sola escoba. El riesgo de morir congelado durante el trayecto era muy elevado y por eso habían recibido órdenes de no dar ninguna escoba.
En un alto revistero, donde solían poner los periódicos a la venta, no había ni uno internacional y no ponía mucho de lo que pasara en el Reino Unido. La incertidumbre había envuelto a cada nación en su propia crisis interna y eso unido a la falta de información proveniente de Gran Bretaña, aunque la pareja tratara de leer algo que afectara a su país, no había nada concreto más que especulaciones y repetir lo mismo que se había dicho el día anterior.
Aunque el lugar estuviera atestado de gente, ninguno reconocía a Ronald y a Hermione, ambos sin poción de trasformación y con su aspecto real. Cada individuo, en aquel lugar, estaba tan ofuscado y concentrado en lo suyo que no se daba cuenta de quién podría estar a su lado. El pelirrojo, metiendo tripa, se metía entre la marabunta de personas que estaban frente al mostrador y con mucho disimulo llegó hasta el tablero donde ya solo tuvo que esperar su turno.
Uno de los recepcionistas, cuando tuvo tiempo de fijarse en el hombre que esperaba a ser atendido, logró reconocerlo y curioso de que estaría haciendo un personaje mítico del mundo mágico en aquel lugar, se aproximó a atenderle a toda prisa hablándole en inglés.
Tras preguntarle si tenían el periódico El Profeta la respuesta fue negativa pues, con el tiempo como estaba, el trasporte en lechuza internacional era demasiado peligroso para las aves y se había suspendido al menos por el momento.
Como también por allí no había ninguna paz, el matrimonio, acabaron marchándose y esperaron pacientes el paso de las horas en unos asientos cómodos en la parte más tranquila que pudieron encontrar del aeropuerto.
Cuando el reloj marcaba las diez y cuarto de la mañana fue entonces cuando se dio el comunicado de emergencia, en el que alertaban de la tormenta sin precedentes que se aproximaba a una velocidad anormal hacia Europa. La expansión neutralizadora de la energía, provocada por el conjuro de la bruja, llegó hasta aquel mismo país dejándolo todo sin electricidad.
El matrimonio, dándose la mano, no sabía que podría estar pasando más al norte. Todo su mundo estaba en peligro, pues de lo poco que pudieron ver por las noticias emitidas en las diferentes pantallas donde se dio el comunicado, se podía intuir que la tempestad iba directa a Gran Bretaña.
Desde las ventanas del aeropuerto pudieron ver como los aviones, que volaban a baja altitud esperando la autorización para tomar tierra, realizaban aterrizajes forzosos. Aun estando muy preocupados por el bienestar de su familia, no podían dejar de lado aquella situación terrible en el Aeropuerto en la que la gente corría a refugiarse en el interior de la terminal. Primero trataron de realizar una aparición, para trasladarse a un lugar cercano a la pista, pero se dieron cuenta de que estaban impedidos para hacerlo, así que no les quedó más remedio que salir al exterior a pie.
Lo primero que hicieron fue realizar, de manera conjunta y sin que ningún muggle pudiera verles, un Wingardium Leviosa que mantuvo la posición de uno de los aviones, que trataba de tomar tierra, estabilizándolo y así evitar que se estrellaran sin remedio. Los otros operarios mágicos, que se encontraban destinados en las instalaciones, al percibir el uso de magia y llegar a ver el acto de ayuda de la pareja se pusieron con ellos a estabilizar los aviones para que, sin que no se notase mucho, pudieran aterrizar sin bajas.
Contando con ellos, eran cinco magos en total los que se encargaban de ayudar. Cuando, al cabo de unas horas, se pudo intuir que ya no llegarían más vuelos desesperados, tratando de tomar tierra como fuera, fue cuando pudieron respirar algo aliviados.
—No funcionan las apariciones, ni los trasportadores pero: tenemos que llegar a Londres como sea —Hermione, abrigada para soportar las bajas temperaturas, al haberse librado de la preocupación actual volvió a acordarse de toda su familia.
— ¿Podéis dejarnos un par de escobas? —Implorando ayuda, Ron le preguntaba a los operarios nacionales.
— ¿Estáis seguros?
El empleado estaba atónito y preguntaba con cierta incredulidad; el matrimonio se miraba el uno al otro confiando su futuro al destino. Aunque nadie dijera nada, todos sabían lo que la tormenta traía consigo y el recuerdo de lo acontecido en el norte, cuando las fuerzas muggles atacaron la Atalaya, estaba muy presente. Ir al norte era un suicidio si la intención de la bruja era liberar la maldición de muerte. Hasta aquel momento todos los que suplicaban una escoba era para volar hacia el sur, ninguno era para viajar al norte.
—Viajar en estas condiciones hacia el norte es una completa locura. ¿Qué os hace pensar que lo vais a lograr?
—Si tenemos que morir queremos hacerlo cerca de las personas que amamos y a cada metro avanzado hacia el norte nos acerca un poco más a ellos —El pelirrojo decía con tanta decisión que su mujer le daba la mano orgullosa.
Aunque los operarios mágicos del aeropuerto habían recibido la orden de no dar escobas a nadie, al ver aquella determinación, no pudieron hacer otra cosa que ir en busca de un par de escobas y entregárselas para que emprendieran el vuelo hacia Inglaterra. Ron y Hermione Weasley emprendieron el vuelo, abrigándose todo lo que pudieron y siempre atentos de que nadie pudiera verles, hacia su país de procedencia.
Muy en la distancia y a eso de las cinco de la tarde, en el Callejón Diagon, esperaba la bruja de varita violeta en el interior de la gran cavidad en la que se ubicaban las cámaras acorazadas del banco de Gringotts. A no mucha distancia y en la superficie, delante de la tienda Borgin y Burkes, el Dementor de gran tamaño y cuyas capas parecieran más degradadas y antiguas que las del resto, seguía esperando mirando fijo el interior del local. Pareciera que estuviera muy interesado en algo que hubiera en el interior.
Aunque no se comportaran como seres sociales entre ellos, varios individuos idénticos, que circulaban por el Callejón Knockturn, pararon a su lado y pareciendo comunicarse partían hacia el banco y descendían hacia el subterráneo. A su ritmo tranquilo flotaban alrededor de Tiffany Tuner.
—Si no es un objetivo, dejadlo como está, ya nada tiene importancia —Tiffany hablaba en voz alta a los seres oscuros que la rodeaban, pero estos seguían a su alrededor sin parar de insistir—. ¿Por qué estáis tan interesados?
Elevándose hacia la superficie, acabó en la recepción del banco, en el largo pasillo que era la entrada que, aunque se hubiera quedado a oscuras, seguía siendo majestuosa. Los duendes, empleados en la entidad, todos estaban escondidos bajo las mesas donde solían trabajar, pues todo el lugar había sido conquistado por los Dementores y si algún trabajador hacía el gesto por defenderse era absorbido como el resto de víctimas de aquel día. Para su desgracia su destino estaba siendo dictaminado por las bajas temperaturas que tenía como consecuencia la visita de tanto ente, si todo seguía así morirían congelados como el resto de clausurados dentro del bloqueo.
Tras echar una ojeada rápida a la entrada del establecimiento, la bruja se fijó en algunos jarrones de la decoración, como había unas bonitas flores congeladas, algunas blancas y otras violetas dentro. Sin poder evitarlo, se aproximó hasta ellas y las acariciaba desintegrándolas, por la congelación, mientras era conducida por sus pequeños hacia la entrada.
Dejando de lado el banco, salía al exterior del callejón mientras era guiada por varios seres oscuros hacia el Callejón Knockturn, hasta la misma entrada de la tienda a la que no podían entrar. Su llegada hasta el escaparate del establecimiento causó auténtico pánico a los que estaban dentro. El gigantesco ser oscuro, que se había quedado estático frente al escaparate, aun seguía en su posición y la bruja se colocaba a su lado escuchando la forma en la que podía comunicarse con ella.
Muy amable, la bruja tocó la puerta del establecimiento sin pretender entrar, lo hizo a sabiendas de que había gente dentro. Cuando el dependiente no le quedó más remedio que acudir hasta la puerta a comprobar que era lo que quería, se aproximaba sumiso y lleno de temor.
—Buenos días —Aunque tuviera una expresión siniestra, que daría pánico a cualquiera que se topara con ella, la bruja se comportaba muy amable al hablar con aquel dependiente—. Creo que tiene un artículo en su local que estoy interesada en adquirir.
—Pues… —Al ver lo amable que se comportaba con él, solo pudo pronunciar aquellas palabras—. Pase dentro y dígame lo que es.
—No, no me gusta el ambiente dentro de su local, prefiero quedarme en la entrada —Miraba desde su posición el interior y comenzó a explicarle que era lo que quería—. Busco un artículo que viene dentro de una caja de madera cuadrada, de más o menos cuarenta centímetros de largo, por lo mismo de ancho y un palmo de alto.
—Tengo muchas cosas con esa forma, ¿podríais ser más precisa? No me podríais decir que es lo que contiene y así sería más fácil.
—No sé qué es lo que contiene, pero me dicen que tiene un grabado de flores por toda la caja, con un bonito grabado de un nudo blanco y violeta en la parte superior.
Al decirle algo más concreto, el dependiente fue hasta el interior del local y localizó lo que había venido a buscar. Una caja cuadrada de madera, cerrada y con los grabados que le habían dicho. Tras echar un vistazo a lo que contenía, salió con ella en las manos y se la llevaba a la bruja para ver si era el objeto correcto.
— ¿Es esto lo que buscas? —Le enseñaba la caja en cuestión sin abrirla y la bruja, comunicándose con su escolta, afirmó con la cabeza.
— ¿Cuánto cuesta? —Aun pudiendo apoderarse de ella, Tiffany preguntaba por el precio.
—Es gratis, cójala y márchese.
—He venido como compradora y no pienso irme sin pagarla.
—Tiene un precio de 50.000 Galeones —le decía el precio esperando no causar enojo en ella por su elevado coste.
—Has tenido suerte dependiente, pues hoy soy la persona más rica de todo el mundo —le soltaba una sonrisa siniestra a la vez que sus Dementores se adentraban a saquear el banco con impunidad y le sacaban la suma total que había pedido, más un par de miles de Galeones de propina.
—Muchas gracias por su compra —Tras adquirir la cantidad de monedas con las que había sido pagado, con gran avaricia, el dueño del local se adentraba en su tienda a contar aquella fortuna de monedas.
Volviendo hacia el banco, con la caja en las manos sin abrir, la bruja era escoltada por el ente que había estado custodiando el escaparate de la tienda todo aquel tiempo. Al volver a entrar en el banco descendió por donde había salido hacia el subterráneo.
En la gran cavidad donde estaban las diferentes cámaras acorazadas, allí en la parte más central de todo, se quedó expectante de la vuelta del resto de sus pequeños que habían partido en busca de los últimos Horrocruxes que le faltaba por destruir. Permanecía guardando entre sus manos, aparte de su varita, no un objetivo sino la caja que había adquirido. Por algún motivo y sin saber que contenía, la aferraba por ser un objeto que deseaban fervientemente sus pequeños.
En otro lugar dentro del mismo sector, en la tienda de Sortilegios alguien lo estaba pasando muy mal allí. Los Dementores campaban a sus anchas por todo el callejón bajando las temperaturas con su mera presencia.
El frío estaba matando muy lentamente a George Weasley, que seguía refugiado en el interior de su local. Sintiendo como la vida se le estaba yendo quiso luchar una vez más por su supervivencia y, presuponiendo que quedarse allí era lo que le iba a matar al final, optaría por dar un último viaje hacia el Caldero Chorreante. No había mucha distancia entre su tienda y aquel alojamiento y aunque todo estaba rodeado de entes oscuros, ninguno parecía atacar a nadie si no se les provocaba o se iba armado.
Poniéndose en pie, sintiendo como el frío era como afiladas cuchillas que se le clavaban en la piel, trataba de mantener el poco calor corporal que le quedaba y salía hacia la salida de su local, siempre con la cabeza agachada, evitando mirar a la cabeza de los Dementores que flotaban en el interior de su tienda. Trataba de abrir los compartimentos de chucherías, que había repartidos por todo el establecimiento, para que al menos comiendo algo podría obtener algo de nuevas energías. La suerte no estaba de su lado pues sus dedos casi no le respondían, el frio había sellado las vitrinas de cristal y los temerosos seres de las tinieblas estaban atentos a cualquier acto violento que pudiera provocarles.
Dejando su última esperanza de sobrevivir a una desesperada carrera hacia el Caldero Chorreante, salió con lo puesto al exterior y caminaba con mucha dificultad por el camino de nieve acumulada, casi cristalizada por el frío. No podía mirar hacia otro lugar que no fuera su objetivo aunque presentía que en el interior de los otros locales había más gente atrapada.
Mientras luchaba contra las condiciones climáticas adversas, lo que sí pudo divisar fueron las altísimas barreras de energía que cercaban todo el entorno del Callejón. Fue entonces cuando pensó que si no se podía escapar de allí y si la situación estaba igual en el interior de su destino ya no guardaba más esperanzas de sobrevivir.
Aunque el establecimiento no estaba muy lejos, no pudo soportarlo más y caía derrotado sobre la nieve esperando una muerte que vendría por el muy pronto. Mientras yacía en el suelo, se acordaba de todos aquellos que iba a dejar a tras, sus hijos, su mujer, su madre y todos los integrantes de la familia que no iba a poder pasar la navidad junto a ellos. Aunque sabía que no podían oírles les pedía perdón por no poder continuar, perdón por verse superado por la circunstancia y caer en el camino.
Con aquel cuerpo yaciendo en el suelo a esperas de su muerte definitiva, todo quedó igual en el callejón. La muerte parecía recorrer sus silenciosas calles, en la que el frío silencio y la inquietante parsimonia de los Dementores le daban una "cálida" bienvenida.
Casi a la misma hora, el Expreso de Hogwarts llegaba a la capital. El tren fue forzado hasta su límite para llegar lo antes posible a Londres, con la intención de proteger a las futuras generaciones de magos en el interior del Ministerio. Los maquinistas no sabían del bloqueo que había en la capital y por eso iban a una velocidad nunca antes vista hacia la última parada, la estación de King´s Cross, que estaba a oscuras por la neutralización de la energía eléctrica en todo el país.
El sobresalto fue enorme, tanto por parte de los jovencitos, como de todo el profesorado y demás operarios del tren, que el maquinista tuvo que aminorar la marcha hasta ir mucho más lento. Todos estaban asombrados al ver aquella gigantesca pared de energía traslúcida, de brillo muy tenue y que una de ellas partía parte de aquella estación, generada por la interconexión de los Dementores que la componían muy distanciados los unos de los otros y que solo los de origen mágico podrían percibir.
Como nadie había podido acudir a la estación a recoger a ninguno de ellos, pues el bloqueo había pillado de imprevisto a todo el mundo y la ciudadanía se había quedado atrapada en sus respectivos guetos, el tren se detuvo en el exterior al no saber hasta qué punto podrían adentrarse en el andén.
El expreso esperaba a las afueras a que los Aurores, que les habían acompañado en una parte de su viaje, fueran a investigar el interior. Todo el alumnado estaba mirando por las ventanas, tanto la barrera de energía como que también había Dementores circulando por los alrededores de la estación sin que nadie pudiera impedírselo.
Los profesores impidieron que los alumnos, bajo ninguna circunstancia, salieran del tren y trataban de mantenerlos controlados, agrupándolos en los tres últimos vagones a todos y así poder vigilarlos hasta que la crisis llegara a su término. Aunque trataran de aparentar normalidad ante los estudiantes, su cara lo decía todo, estaban muy preocupados por lo que pudiera acontecer y no podían evitar trasmitir aquel sufrimiento por mucho que lo intentaran.
Los últimos tres vagones de cola, los que no tenían compartimentos aislados y podían verlos a todos en los asientos, fueron protegidos por un conjuro que evitaba que nada saliera y nada hostil entrase. Tuvieron que realizar el hechizo deprisa para evitar llamar la atención de los Dementores, pues estos podrían adentrarse en el tren si quisieran, solo que se mantenían lejos de él por algún motivo.
Haciendo piña, a media parte del primero de los tres vagones, estaban James y Albus Potter, Scorpius Malfoy y Rose Weasley, esta última se había recuperado por completo de su amago de ataque de ansiedad y estaba furiosa por no poder controlarlos y que ante una situación crítica perdía la capacidad de actuación. Dejando de lado su tema emocional, el cuarteto hablaban en confidencia, evitando que nadie más pudiera oírles, pegados a una ventana desde la que podían ver la infranqueable pared mágica que ascendía hacia los cielos tormentosos.
—Fijaros —Desde su posición Rose, gracias al tenue brillo del muro que estaba tan solo a unos cien metros de su posición, analizaba los movimientos de los seres que componían la barrera—. Son como una conexión neuronal, el conjuro que crea el bloqueo va rebotando de uno en otro sin parar y así mantienen la conexión que impide el paso —Analizando el patrón por el que se movían llegaba a esa conclusión.
— ¿Para qué habrá generado muros alrededor de todo Londres? —James, siempre protegiendo al grupo, intentaba divisar desde su perspectiva la distancia de la barrera—. Si nada pude dañarla y para colmo de males tiene un ejército de Dementores como escolta, nadie en su sano juicio se atrevería a enfrentarse a ella —Como aquella conclusión, con la falta de datos disponibles no había manera de añadir nuevos argumentos, la dejaron como inconclusa pues no encontraban manera de explicarlo.
— ¿Crees que si uno de ellos pierde la conexión, el bloqueo caería por completo en todo Londres? —Scorpius, al haber quedado en un terreno de incertidumbre retrocedió en la conversación y se apresuraba a llegar a la misma conclusión que la pelirroja, comenzaba analizar los patrones junto con ella.
—Si los Patronus, lo único a lo que son vulnerables, ya no tienen ningún efecto sobre ellos ¿cómo esperas que alguien rompa la conexión? —James no quería ser el portador te tan malas noticias pero alguien tenía que decirlo.
—Esto… —Albus se quedaba mirando, como el resto, la barrera. Estaba recordando el momento en el que, sin que nadie lo viese, un conjuro lanzado desde su varita afectó a un Dementor en el tren. No quería revelar ese dato a nadie, por temor de lo que pudiera pasar luego, así que prefirió guardárselo para sí y preguntar—. Si alguien la rompiese, ¿Cuánto tiempo calculas que se volvería a restaurar?
—No estoy segura —No despegaba la vista de un individuo oscuro en concreto, esperando ver pasar la menor variación en él. Cuando algo pareció rebotar en él y continuar al siguiente pudo obtener un nuevo dato—. Lo que suponía —Siendo una jovencita de gran capacidad deductiva había sacado su primer cálculo—. Cada cuatro minutos reaparece el bucle, si lograran romperla tendrían esos cuatro minutos antes de que se volviera a recomponer.
—Jope chicos —James no quería seguir siendo la voz pesimista pero alguien tenía que seguir diciéndolo—. Si alguien, de milagro, logra romperla y logramos avanzar ¿no nos quedaríamos aun más encerrados en el interior del bloqueo? ¿A dónde pretenderíamos llegar en cuatro minutos? ¿Al Ministerio? Los cuatro sabemos porque los profesores están tan preocupados, ayer lo leímos en los periódicos del día en el que las fuerzas muggles atacaron la Atalaya. Si la bruja lanza la maldición de muerte será el fin para todos, no hay lugar donde esconderse.
La conclusión de James dejó en completo silencio al los integrantes de aquel grupo, que estaban no muy lejos del intercambiador de compartimentos que habían protegido los profesores. Albus miraba hacia la salida del vagón cuando algunos compañeros curiosos la abrieron para comprobar hasta qué punto era de efectiva, justo en medio de la interconexión se alzaba el conjuro y hacía rebotar hacia dentro a cualquier curioso que la tocara. Sabía que podría atravesarlo si quisiera pero la conclusión a la que llegó su hermano le pareció muy válida para no intentar romper la barrera.
Los Aurores, enviados a investigar la estación, volvían a los pocos minutos y hablaron con el profesor Longbottom, que eran con el que, por lo general, se ponían en contacto para comunicarle lo que les fueran diciendo a través del espejo doble desde el Ministerio. Se podía entrar en la estación, el inicio de la barrera quedaba tan solo a unos treinta metros de la última parada, justo en mitad de la estación. Como era mejor estar bajo techo, muy lento, fueron hacia allí y aguardaron mientras advertían a los alumnos que se mantuvieran tranquilos.
Cuando la luz mágica que emitía el tren pareció empezar a debilitarse por unos instantes generó un pequeño ir y venir de luz en los vagones. Entonces hubo un pequeño alboroto entre los alumnos que les aterraba quedarse a oscuras también en el tren. Por fortuna solo fue un pequeño corte fortuito y todo quedaba igual que antes, aunque no se sabía por cuánto tiempo.
A gran distancia de allí, en el interior del Ministerio de Magia, todo el mundo se había quedado en silencio y aguardaban expectantes lo que pudiera acontecer. El caos y el alboroto habían dejado paso a un largo silencio en el que todo el mundo pareciese estar esperando el final. La gente se ayudaba los unos a los otros, lo poco que quedaba del senado estaba organizando la ayuda a todo ciudadano que había acudido en busca de auxilio. Sacaban mantas para soportar el intenso frío, que también llegaba hasta el subterráneo gracias a la presencia de un destacamento de Dementores que se aseguraba de que nadie sacase una varita.
Una extraña paz recorría hasta el último rincón del Ministerio. Los ciudadanos, pensando que estaban a las puertas de la muerte, preferían pasar sus últimos momentos de existencia ayudando a los demás que a pelearse entre ellos por temas irrisorios.
En el departamento del periódico, allí y pese a la delicada situación, nadie dejaba de trabajar. Como también los avisos con el exterior habían sido cortados, las únicas comunicaciones autorizadas eran los espejos dobles de los Aurores, llegaban las notificaciones y rumores que se extendían de un lado para el otro del subterráneo pero, como no había nada confirmado, no podían utilizarlo en un hipotético titular para una próxima publicación, aunque muchos temían que el ejemplar del día siguiente no llegaría a imprimirse.
Ginny Potter estaba por allí, con diversos documentos sobre su escritorio pero sin prestar atención a ninguno, la preocupación por toda su familia le estaba pasando factura. Solo permanecía allí pues no tenía otro lugar mejor donde estar. Ya había intentado llegar a la estación donde llegarían sus hijos, pero no lo había conseguido pues había varios bloqueos que impedían el paso. Tampoco consideró factible ir al edificio de los Aurores pues habían bloqueado el paso al personal civil y a la prensa. Era muy consciente de que la dejarían entrar y llegar hasta su marido si así quisiera, pero también conocía lo que podría enturbiar aun más el nombre de su familia si Harry incumplía sus propias normas de manera arbitraria. Sabía que si su marido no encontraba una posible solución, para semejante crisis, sería este el que, llegado ese terrible escenario, acudiera a pasar sus últimos momentos con ella.
Su preocupación iba en aumento al pensar en todos sus seres queridos, como su hija Luna estaba a salvo en La Madriguera, con sus abuelos y sus primos, pero lejos de poder ir a abrazarlos. Recordaba a sus hijos en el tren, tenía muchas ganas de verlos, independientemente de lo que dijera la prensa sobre uno de ellos, la situación era superior a cualquier castigo o reprimenda que hubiera pensado para James, solo deseaba verles una vez más. También se acordaba de su hermano George, que estaba en el epicentro de todo aquel desastre y no saber cuál era su destino también la estaba matando por dentro.
Otra, en el mismo departamento, estaba también muy preocupada por lo sucedido, solo que ella estaba encerrada en su despacho para que nadie la molestase. Verónica Fletcher trataba por todos los medios de ponerse en contacto con su mayor aliada, a través del espejo doble que ambas poseían, para que esta le explicara qué demonios estaba pasando. Pero por mucho que lo intentara no había respuesta. Se auto convencía pensando que su alianza era más que suficiente para forzar a Tiffany Tuner a mantenerla con vida, aunque luego también recordaba que las dos brujas no eran amigas del todo y aquello atormentaba su futuro.
Su corazón dio un vuelco al ver como, por fin, el espejo reaccionó viendo y escuchando a Amanda al otro lado, que parecía que se encontrase en algún lugar del continente africano. Comprobando una vez más que las persianas de su oficina estuvieran bien cerradas y el pestillo echado, se dispuso a hablar con la bruja de varita roja.
—Verónica, siempre me pillas súper ocupada —Seguían tratándose en su tono cordial de amigas solo por el interés.
— ¿Qué demonios está pasando? —La reportera no estaba para muchos rodeos, quería saber si lo que todo el mundo estaba temiendo se iba a cumplir o no.
—Estamos en un último acto grupal antes de ser libres como el viento.
—No sé si sabes que todo el país está sin energía y que todo un enjambre de Dementores está dentro de una tormenta sobre nuestras cabezas.
—Esta Tiffany…. Es más que probable que haya sacado a todos sus niños de paseo.
—Paseo o no, está causando un completo desastre en el país y lo peor es que se rumorea que va a lanzar la maldición de muerte en cualquier momento.
—No puede hacerlo, no al menos hasta el 1 de Enero. Bueno siempre que no quisiera morir al realizarlo y, de ser así, solo te digo: ¡Estáis jodidos! —Comenzaba a reírse dando a entender que era probable que hablase en broma o tal vez en serio.
— ¡Teníamos un trato! —exclamaba furiosa sin querer levantar mucho la voz para que nadie en el exterior la pudiera oír.
—Tranquila Verónica, que Tiffany no es idiota, si quisiera mataros a todos esperaría al día en el que pudiéramos hacer lo que nos dé la gana y no hoy que sabe lo que pasaría si así lo hiciese.
—Pero esa mujer no está bien de la cabeza, puede ser impredecible.
—Relájate y espera a que todo el show termine. ¿Tienes planes para el día de navidad? —Le soltó una pregunta que nada tenía que ver con el asunto que trataban.
—En principio no, gracias a dios, mis padres ya están muertos y no tengo ningún compromiso familiar que me ate.
—Que suerte tienes. Yo no pude esperar a que el tiempo se llevara por delante a mi familia, los tuve que matar para conseguir estar tan bien como tú. ¿Pasamos la navidad juntas?
—Perfecto, con un poco de suerte hasta puede que mi regalo de navidad para ti sea la ubicación exacta del nido de rata donde se oculta toda la familia Weasley —Aunque no estuviera del todo convencida de que llegaría al día de navidad, quería seguir demostrando su utilidad para los planes de Amanda.
— ¡Maravilloso entonces! Abrígate bien si hay Dementores por ahí, que no quiero que pases las fiestas constipada.
Finalizando su conversación, aun preocupada, la reportera se quedaba esperando el final de aquel movimiento conjunto por parte de los cuatro magos. Hacía demasiado frío para escribir algún artículo envenenado contra Harry Potter, así que optó por recoger su cuaderno de dibujos en los que se puso a dibujar escenas navideñas ficticias, entre ella y Harry, en la casita de ensueño que había diseñado para cuando al final acabasen juntos y, como detalle macabro en su boceto, también dibujaba las tumbas de la actual mujer junto con otras tres que simbolizaban sus hijos.
Lejos de la segunda planta del Ministerio, estaba por la zona René E. Turnage que era uno de los más activos colaboradores a la hora de ayudar a los demás. El aspirante a primer Ministro de Magia, lejos de pretender aquel cargo, organizaba en la medida de sus posibilidades a una sección del lugar cuando fue interceptado por un par de Aurores, vestidos de incógnito que habían ido en su busca y, muy amables, le dijeron que alguien quería hablar con él.
Escoltado por los agentes y bajo la atenta observación de los entes oscuros, siempre en alerta a cualquier acto violento, fueron directos al edificio de las fuerzas del orden. El silencio reinante en el exterior también se había apoderado de aquel lugar, todos en la recepción se encargaban de ayudar a quienes lo necesitaran.
Llevando al señor Turnage hacia la segunda planta, allí todo el mundo estaba en silencio cuando del fondo, del arsenal oculto a los ojos de extraños al cuerpo, aparecieron nueve Aurores Especialistas, entre ellos Harry Potter, equipados con uniformes de batalla lo más completo posible para poder soportar el intenso frío que haría fuera. Aquello era lo poco que quedaba del cuerpo, con grandes habilidades para el vuelo, que no estuviera en labores de auxilio ciudadano. A sus espaldas llevaban enganchado cada uno de ellos su escoba personal y su expresión en ellos era la de incertidumbre a lo que fuera a acontecer.
El comandante repartía un dado a cada miembro del grupo y estos lo guardaban en una pequeña bolsa de tela en el cinturón, incluido su líder, pero aquella bolsa no era lo único que guardaban allí pues tenían diversos compartimentos pequeños donde guardaban frascos con pociones unipersonales, de muchos tipos, que les pudieran hacer falta en su misión. Estaban equipados para el peor escenario posible.
Bajo la observación del comandante y el aspirante, todos ellos sacaron las varitas y las dejaron sobre una de las mesas, dejando claro que no partirían armados. Harry fue el último en desarmarse y antes de partir soltó un discurso inspirador sobre lo orgulloso que estaba por formar parte del noble cuerpo de los Aurores.
Al término del discurso llegó otro agente que traía noticias, de los tres guardianes que custodiaban el tren en la estación, comunicando que habían llegado sanos y salvos a Londres y que los profesores los mantenían resguardados hasta que todo pasase. Aliviado por la noticia pidió a ese mismo agente que la fuera retrasmitiendo en todo el Ministerio para tranquilizar a los padres que anduvieran por allí y no cometieran la locura de tratar de salir al exterior porque era imposible llegar a King´s Cross.
Cuando los dos hombres pudieron hablar en privado fue, solo entonces, cuando René se dirigió solo a Harry. Se mostraba muy ilusionado de que tuviera al menos un plan para aquel cataclismo, mejor cualquier cosa que el inmovilismo. Pero la cuestión que más le intrigaba era preguntarle el motivo de que le hubiera mandado llamar lo más discreto posible.
— ¿Qué pretendes Harry? —Al verle listo para partir con su destacamento, el aspirante solo pudo preguntar.
—Tanto mis hombres como yo estamos listos para dar la vida si hace falta para salvar a todos, pero no es por eso por lo que he pedido que le trajeran a aquí.
—Por favor tutéame, en estos momentos las formalidades hay que dejarlas de lado.
—Está bien: Aunque no es el mayor problema al que nos enfrentamos hay que admitir que el Ministerio de Magia está al borde del abismo. Con semejante caos los ciudadanos se aferrarán al primer clavo ardiendo que encuentren y ese es el momento en el que los Mortífagos y sus afines aprovecharan para tratar de acceder al poder diciéndole a la gente lo que quiere oír ahora mismo. Momentos desesperados requieren medidas desesperadas…. Este es el plan: voy a partir junto con mi unidad, en busca de la bruja e impedir que realice lo que todos estamos temiendo.
— ¿Cómo pretendes llegar hasta ella?
— ¿Llegar hasta ella? Lo intentaré ascendiendo hasta el punto más alto donde se levanten los bloqueos. Ascenderé hacia la tormenta y trataré de sobrepasar a los Dementores.
—Es una locura lo que pretendes. Si en la superficie hace frío, allá arriba tiene que ser un infierno helado, es un completo suicidio. Y lo peor es que aunque lograses llegar hasta el Banco de Gringotts: ¿Cómo pretendes enfrentarte a ella sin tu varita?
—No pienso luchar contra ella, es inmune a la magia, no hay nada que pueda hacer en su contra —aquella afirmación dejó en silencio al aspirante que no sabía cuál era su auténtico plan—. Voy a partir en su busca y lo que tenga que debatir con ella no concierne a nadie, pero no es por eso por lo que estás aquí.
—Dime entonces.
—Si tengo éxito habré apuntalado el Ministerio, al menos de momento. Pero como no se de cuánto tiempo disponemos, para recuperar el orden, voy a ser sincero: no me termino de fiar del todo de ti pero no hay más remedio. Los senadores en los que más confío me han enviado cartas firmadas autorizándome a que solucione esto lo más breve posible. Ellos saben que, por el crimen de uno de ellos, injustamente se les está juzgando a todos por igual. Los viejos senadores han quedado muy en entredicho y saben que la ciudadanía no se fía de ellos pues, después de casi veinte años alardeando de controlar que el mal se mantenga lejos del Ministerio, no se habían dado cuenta de que un ser despreciable cohabitaba entre ellos y, para mayor desgracia, no creemos que sea el único. Tu plataforma política es mi último recurso para mantener el orden, todos los Aurores han recibido órdenes de mostrar simpatía a tu formación y así evitar que los enemigos aprovechen la situación para llegar al poder.
—Desde luego que no te quepa duda de que, si logras derrotar a la bruja, la ciudadanía estará otra vez en deuda contigo. Dejaran de lado lo cegados que han quedado por los medios de comunicación y escucharán lo que tuvieras que decir. Pero algo me hace pensar que estás hablando como el que no espera sobrevivir a esto.
—Yo solo quiero proteger a todos aunque se me vaya la vida en ello.
Compartiendo los por menores y de su plan para que la plataforma que representaba, una ajena a todo el escándalo que se había montado, fuera la más beneficiada del plan que tramara. Comenzaban a dirigirse hacia la salida del edificio, pero se detuvieron antes de llegar a la recepción para que nadie los viese juntos.
—Si hay futuro y no salgo de esta espero que no decepciones las esperanzas que he puesto en ti René —Le estrechaba la mano al candidato bajo la atenta mirada de sus hombres.
—Harry Potter, si no salimos de esta, quiero que sepas que ha sido un verdadero honor conocer al mago con mayor honor que jamás ha existido —Apretando fuerte las manos se miraban a los ojos con determinación. Cualquier persona inteligente podría intuir que los dos hombres, muy en el fondo, aun no se fiaban del todo el uno del otro pero no les quedaba más remedio que luchar para que todo lo que se había construido no se viniera abajo.
Continuando solo con su unidad, los primeros ciudadanos que se toparon en su camino se sorprendieron de verlos así. Aunque el estupor ciudadano duró unos segundos pues, pensando que pudieran tener un plan para evitar el desastre, una luz de esperanza se dibujó en sus rostros y un murmullo comenzó a extenderse. "Harry Potter tiene un plan.".
Nadie sabía que era lo que pretendía, ni como esperaba lograrlo, pero el simple hecho de verlo en movimiento llenaba de esperanza los corazones de los ciudadanos asustados que allí se resguardaban. El murmullo se extendía deprisa por todo el Ministerio, desde el Atrio hasta la planta más profunda. Toda la mala opinión, orquestada y manipulada por la prensa, que pudieran tener hacia Harry Potter se disipó al verle así. Los que antes le increpaban y criticaban sin contemplaciones, ahora le vitoreaban al verles dirigirse hacia la nueve cabinas telefónicas que bajaban en el largo corredor de chimeneas y que los devolverían a la superficie.
Harry Potter, al llegar hasta la entrada de la cabina no subió al instante, se quedó unos segundos delante de ella esperando algo. Todos los que estaban a su alrededor le deseaban suerte en lo que fuera a hacer. Al cabo de unos minutos llegaba la razón por la que se había quedado allí.
— ¡Harry! —Ginny se aproximaba a toda velocidad a su marido, ignorando a los Dementores que también estaban por allí cuidando de que nadie alzara una varita. Sin dudarlo un segundo se abrazó a su esposo al borde del llanto—. Ya me he enterado de que nuestros hijos y nuestra sobrina han llegado a la estación, pero no sé nada de los que están en la Madriguera, como tampoco sé nada de mi hermano George que puede que esté ahora mismo en el Callejón Diagon.
—Ahora su destino está en sus manos, nosotros solo podemos luchar nuestra propia batalla y yo tengo que iniciarla ahora.
—Puedo luchar por los que quiero tanto como tú, déjame ir contigo.
—No lo discuto, se que puedes luchar como cualquiera de mis Aurores. Pero, aunque me sentiría muy orgulloso de que volaras a mi lado, esta lucha es solo mía… —Le besaba las manos con ternura, la miraba con mucho amor y se acercó a su oreja para susurrarle algo—. Amor mío, lamento decirte que creo que esto es algo que se me ha encomendado a mí y solo a mí. Tú tienes que ocuparte de nuestra familia, si consigo detener a la bruja pero no lograse sobrevivir.
— ¡No digas eso! —Llorando la pareja ante una posible despedida, su afecto sin límites llegó al corazón de todo aquel que les estuviera observando—. Vamos a pasar las navidades en familia, nadie va a faltar a la cita.
—De acuerdo, no pienso fallar —Aferrando fuerte su mano, Harry se adentraba en la cabina y al final tuvieron que separarse aunque aun trataban de mantener el contacto a través del cristal—. Te quiero, nunca nadie me ha hecho sentirme tan feliz.
—Yo también te quiero.
Mientras las diversas cabinas ascendían hacia la superficie, la pareja no despegaba el contacto visual hasta que al final se separaron del todo. Cuando ya solo faltaba esperar acontecimientos el silencio volvió a hacerse con todo el Ministerio, solo que no era un silenció frío y apático, era un silencio de esperanza en el que todos esperaban que los Aurores tuvieran éxito en su misión.
Todo el destacamento, que se encargaría de atravesar los bloqueos, llegaba a la superficie y tuvieron que forzar la puerta de las cabinas para poder salir. Los locutorios casi estaban enterrados bajo la nieve y al salir la situación empeoraba pues un viento, que cortaba solo con el roce, soplaba sin parar.
No perdiendo la esperanza, los Aurores Especialistas desengancharon su escoba de su correspondiente uniforme. Aunque ahora la llevaran en las manos, permanecían conectada a ellos con una delgada cadena de seguridad, irrompible, que tenían atada a su tobillo por si se caían de la escoba en pleno vuelo, no se fuera muy lejos. Sin una varita de apoyo que les evitara estrellarse al menos así podrían recuperar la escoba antes de tocar tierra.
Esperando la orden de partir hacia su destino y bajo el efecto de una poción de invisibilidad mejorada, para que nadie pudiera verles sobrevolando a escoba, la peculiaridad de aquel renovado brebaje era que solo se volvían invisibles a los ojos de los muggles. No era efectivo entre personas mágicas que podrían seguir viéndose.
El comando se desplegó volando hacia diferentes azoteas donde buscaron refugio y esperarían a que su capitán volviera. En ningún lugar donde se colocasen podrían perder de vista todos los increíbles muros que se le interponían en el camino en diferentes direcciones. El escenario que se abría ante ellos era desalentador, los bloqueos ascendían hacia el cielo tormentoso y pareciese que seguían muy hacia lo alto. Harry Potter no se les unió, al menos de momento, tras tomarse la misma poción tomó un rumbo diferente.
Al sur, sobrevolando a muchísima altitud entre un mar de nubes, el matrimonio Weasley se encontraba a llegando al norte de Francia, al Parque Natural Regional de los Cabos y Marismas de Ópalo, no muy lejos de la ciudad de Cale. Fue por aquella zona cuando pudieron ver, muy en la distancia, el borde de la oscura tormenta huracanada que se centralizaba sobre su país. Las condiciones climáticas estaban afectando a la pareja, que de seguir a esa velocidad y a esa altitud morirían congelados antes de llegar al Paso de Calais.
Cuando el clima les ganaba la batalla se vieron forzados a descender, como mínimo a recuperar fuerzas para continuar pues, si ahora el escenario era terrible, el que les esperaba en Gran Bretaña era muchísimo peor. Descendieron hacia una zona boscosa y despoblada de aquel parque natural cuyos árboles no tenían ni una sola hoja en sus ramas y todo el entorno estaba nevado.
Por fortuna no había testigos que les pudieran ver aterrizando y, volando a muy baja altitud, encontraron una pequeña cueva no muy lejos de la costa en la que pudieron meterse y resguardarse del viento helado. Ronald lanzó un conjuro generando una fogata y Hermione buscaba entre sus utensilios una loción que hacía entrar en calor rápido.
Aunque no lo quisieran admitir, eran muy conscientes de que no podían ir más al norte. Pasara lo que tuviera que pasar no iban a poder llegar a Londres. Tras entrar en calor se acercaron a la entrada de la cueva desde la que podían ver el vasto mar y la masa de nubes oscuras que estaban llenando de sombra todo su país. El pelirrojo abrazaba a su mujer dándole calor corporal y ambos miraban el horizonte.
— ¿Es este nuestro fin? —preguntaba Ron ante el terrible escenario que contemplaban—. ¿Aquí se acabó el camino?
—Todo parece presagiar que sí, pero no lo es —Su mujer parecía muy decidida al afirmar aquello.
— ¿Cómo estás tan segura?
—A las estadísticas me remito. Hay demasiadas casualidades en el camino, tantas que esto parece una obra premeditada —Sacaba el frasco donde estaba contenido el recuerdo que había hallado—. Esto esperaba ser encontrado. Si la persona que lo escondió, para que yo lo encontrase, tuviera la intención de que descubriésemos que es lo que oculta; no creo que esté en sus planes que todos muramos de un solo hechizo.
—Pero ¿y las posibles variables de su ecuación? ¿Si no espera que seamos nosotros las que descubramos su secreto? ¿Si comete un error y todo se le escapa de las manos? Nadie puede gestionar semejante panorama sin que algo se le escape a su control.
—Yo solo digo la conclusión a la que he llegado —Se aferraba aun más a los brazos de su marido mientras no dejaban de mirar la tormenta—. El sol volverá a brillar en nuestro hogar.
La pareja no podía ir más al norte y se quedaría allí hasta que ocurriera lo que tuviera que pasar. Abrigados gracias a las ropas que solía guardar en su pequeño bolso, donde podía guardar de todo y había aglomerado por completo su equipaje. Como por allí no había Dementores impidieron que el frío entrase en la cueva gracias a un conjuro de protección. Acabaron recostándose en la pared de la cueva sin dejar de mirar el horizonte.
En Londres, Harry Potter tuvo que acudir a toda velocidad al hospital donde estaban los padres y el hijo de la bruja. Al llegar a las inmediaciones del lugar, se deshizo del efecto de la poción de invisibilidad y se tomó otra que cambiara su forma física para que nadie le viese vestido así, con un uniforme mágico de batalla.
Había Dementores a los alrededores del hospital pero solo los magos podían verlos, si no se les molestaba, ignoraban aquel lugar donde aun había energía y la ciudadanía estaba refugiada allí. El comandante, en un primer momento fue a comprobar que estaban bien los Aurores que ahora se estaban encargando de dar energía al edificio. Estos reconocieron a su superior, aun bajo los efectos de la poción, le dieron un completo informe de la situación. Le dijeron que los entes oscuros hicieron un primer reconocimiento del lugar y solo entonces fue cuando tuvieron que soltar las varitas, pero luego se marcharon al exterior y no volvieron a entrar.
Aliviado por la noticia, en otros lugares si alguien tenía una varita en las manos era como un imán para los Dementores cercanos, pero debería ser por la increíble acumulación de gente en los refugios y otros lugares donde la ayuda de la comunidad mágica estaba salvando de la muerte a muchísima gente, que no se acercasen era una excelente noticia.
Al llegar a la habitación donde se encontraba el pequeño, las otras habían sido ocupadas por más personas que trataban de ponerse a salvo, pero en la del pequeño el conjuro que la protegía seguía aun vigente y solo los abuelos estaban al lado de su nieto. Aunque no les hubiera importado que más gente entrase, en busca de un lugar donde poder estar cómodos, no podían hacer nada para evitar el conjuro lanzado por el comandante y se centraban en mantener caliente con mantas a su nieto, que aun estaba sedado. Aun con el potente tranquilizante que le estaban administrando, si el niño se movía gemía en su inconsciencia síntoma de que los dolores que padecía tenían que ser tan terribles que ni le hacían efecto los medicamentos más potentes. A cada gemido de dolor lanzado por el pequeño a los abuelos se les rompía el corazón al verle en tan mal estado.
Las personas mayores se sobresaltaron al ver a aquel nuevo personaje entrar así de repente dentro de la habitación, pero aun destrozándose el estómago con tanta poción, Harry se tomó una que neutralizaba el efecto que la que tenía vigente para que pudieran reconocerlo.
—Harry, menos mal que estas bien —El matrimonio se alegraba muchísimo de verle.
—No disponemos de mucho tiempo —El Auror comprobaba el estado del niño, luego revisaba la habitación y al final miraba por las ventanas en un rápido escaneo de que todo estuviera bien por allí.
— ¿Cual es el plan?
—Tomad —Les entregaba un dado a la pareja haciendo que lo aferraran entre sus manos—. Es un Traslador.
—Pero si no funcionan, todos han sido neutralizados.
—Lo sé, su hija los ha bloqueado. Pero espero que ella misma sea la que los desbloquee cuando consiga hablar con ella.
— ¿Quieres que acudamos hasta ella?
—Acudir hasta ella o ella vendrá a vosotros. La nueva personalidad de Elizabeth tiene todas las cartas de la partida y, si consigo que me escuche y crea en mi palabra, la decisión será solo suya. Mis mejores hombres y yo trataremos de evitar los bloqueos y con mucha suerte alguno de nosotros llegará al Banco de Gringotts, donde sabemos que se encuentra ahora.
—Dile que nunca la hemos olvidado, que hemos luchado por ella desde el día en el que nos la arrebataron de nuestro lado.
—Se lo diréis vosotros —Les miraba a los ojos apretando sus manos con el traslador dentro, luego miró al pequeño y le dedicó unas palabras aunque no pudiera oírlas—. Pronto vas a conocer a tu mamá.
Se dispuso a marcharse pero esta vez sin usar la poción de trasformación, más bien optó por evitarse un cólico y se tomó solo la de invisibilidad. Sobrevolando las cabezas, de todos los que se hacinaban en los pasillos del hospital, salió por la puerta principal que por fortuna se abría al entrar un nuevo refugiado al interior.
Volando a toda velocidad se dirigió hacia sus hombres, que aun aguardaban en las azoteas, estos al verle aparecer salieron de sus refugios y se ponían firmes ante su superior que estaba en el aire mirándoles con honor.
— ¡Aurores! —gritaba con decisión—. ¡Hagamos que este día sea grande! ¡Con que solo uno de nosotros llegue al objetivo será suficiente! ¡Todos sabéis lo que tenéis que decir si llegáis ante ella! ¡No os detengáis por nada! ¡A volar!
Los ocho elegidos para atravesar los bloqueos salieron tras su comandante, que se elevaba hacia los cielos, esperando que su desesperada maniobra no hiciera que los Dementores, que su número se perdía en el interior de la tormenta, les abatieran antes de tiempo.
