¡Hola a todos mis detectives!
Sí, lo sé. No quiero pensar en cuánto tiempo ha pasado ya. En verdad soy culpable de no saber organizarme entre la universidad y mi escritura, y en casi todas las vacaciones intertrimestrales me la paso durmiendo o haciendo memes. Creo que ya no tengo moral para pedir perdón por tardar en actualizar xd.
De nuevo, gracias a Claudia por ayudarme en mis problemas existenciales con este capítulo y por aguantarse en la universidad y en la residencia mis berrinches por la falta de inspiración. Te quiero mami :3.
Y por supuesto, gracias a todos ustedes por seguir la historia hasta acá pese a que soy la peor autora de todas cuando se trata de actualizar.
*Ayu abre una botella de ron y se sirve un vaso. Al instante, se lo toma de fondo blanco. Sonríe de oreja a oreja, resaltando el contraste de sus dientes blancos con el intenso labial vinotinto en medio del negro abismo en el que se encuentra*.
Tenía demasiado tiempo sin hacer esto.
Sírvanse un poco de la botella, mis detectives. La situación lo amerita. Probablemente en él terminen de responderse las preguntas que les sobran, probablemente no. Nada es absoluto, todo es relativo.
Penúltimo capítulo. Dulces sueños para todos.
Los quiere, Ayu.
—Annie. ¿Has visto unas bolas de papel por ahí?
La rubia se mordió la parte interna de la mejilla izquierda, tratando de contener una risilla por la respuesta que dio a continuación:
—He visto muchas. —Sujetó firme la correa de su bolso, sin que Ackerman notara su repentina prisa por salir de ahí—. Vi a Connie llevar la papelera llena hacia el basurero cuando sonó el timbre, suerte.
Y apenas terminó de dar la sentencia, Annie salió del salón, sin miedo ahora a disimular la sonrisa por la que se estuvo mordiendo la mejilla para evitar mostrar.
Ese día, el destino marcó una equis en el calendario.
Annie no tenía idea de cómo las bolas de papel del diario de Mikasa llegaron a parar hasta sus pies. Tanto Reiner como Bertholdt, Eren y Armin al llegar del almuerzo estaban jugando con avioncitos de papel que luego terminaron regados en el piso o directo a la basura, hasta que más tarde, antes de salir, tocó jornada de limpieza.
Pero ya para ese entonces, Annie había abierto justamente las dos bolas de papel que Mikasa estaba buscando, sin saber de dónde las había sacado. Sabía que eran de ella primero por la letra, luego por la auto presentación y finalmente cuando la misma autora reconoció sus derechos de manera indirecta, al preguntarle si había visto ciertos papeles.
Y ahora…
—Tenemos que hablar.
—¿Qué pasa?
… ya las cartas estaban echadas…
—Mira lo que encontré.
… y todo empezaría a sumirse en la oscuridad.
—Wow, genial. ¿De dónde lo sacaste?
Annie se encogió de hombros. Su interlocutora miró detenidamente el tesoro que se le acababa de entregar, y luego observó a la rubia con interés.
—Te propongo algo.
—¿Qué cosa?
—Vas a ayudarme.
—¿De cuánto estamos hablando?
Enarcó una ceja.
—¿Me estás cobrando por interés mutuo?
—Siempre puedes hacerlo sola, ¿o no, Zoë?
Hanji se cruzó de brazos, sin dejar de escrutar con la mirada a la rubia.
—Y por lo visto, me necesitas —alardeó Annie, con una sonrisita—. ¿Cuándo, en seis años desde que ella llegó a Trost, tú lograste conseguir algo como esto? —señaló el papel arrugado que la mayor había leído.
La secretaria sonrió con sorna.
—Bien, pero lo haremos a mi manera.
Dєαя strαnger •×—【24: Las traes】
"La verdad se esconde en tus ojos y se cuelga de tu lengua,
apenas hirviendo en mi sangre.
Pero tú piensas que no puedo ver la clase de hombre que eres"
—Paramore—
«Decode»
Mitad de enero.
Cinco meses atrás.
Soltó un suspiro aliviado cuando divisó entre el resplandor del sol la multitud en la cancha de fútbol; cuando los deberes de secretaria del Consejo Estudiantil la dejaron respirar en paz, quiso comprobar cómo le estaba yendo a Levi. Aunque también había ido a verlo por otra razón, avisarle de las ofertas disponibles para realizar sus labores sociales, requisito obligatorio de graduación. El profesor encargado había prediseñado unas actividades para cumplir unas cuantas horas del programa, que a Levi, quien no llevaba nada hecho en lo que iba del año, le vendría de maravilla.
Hanji se acercó a la verja metálica y usó una mano como visor entre la picante luminosidad de la mañana, a la vez que aprovechaba la mano libre para abanicarse. Desde el año pasado, Levi había sido nombrado capitán del equipo de fútbol y ahora tenía medio año para encontrar un sucesor y a su vez reestablecer el equipo con nuevos jugadores.
Pero como su mejor amigo era un maniático excesivo, hizo el reingreso a su manera: entrenamiento de resistencia. Quien aguantara cada una de las exigencias físicas que Levi imponía en el campo, sería aceptado como miembro del equipo. El que no lo soportara, tendría que volver a hacer participación el próximo año.
Quizás, pensaba Hanji, el nuevo capitán de fútbol fuera menos exigente que Levi; aunque no esperaba menos de él, quien buscaría por debajo de las rocas al más capacitado físicamente para que fuera su sucesor.
La mayoría de los practicantes eran jóvenes de primer año, por lo que pudo entrever Hanji. Pensando en ese mínimo detalle, observó a los jugadores con más detenimiento hasta verlo a él, el mismo chico que once años atrás acompañaba a la media hermana de Levi en el funeral de Kenny Ackerman.
Frunciendo el ceño, Hanji prefirió dejar de observar desde fuera. En la cancha de fútbol había cuatro hileras de gradas, era mejor entrar y ser una espectadora en vez de una pasante. La cancha más grande era básicamente un estadio en comparación con ese pequeño campo de práctica del equipo.
Hacía seis años que había visto llegar por primera vez a Mikasa y a ese otro chico a la escuela. Hanji casi no habría reconocido al muchacho de no ser por esa mirada aguamarina que pareciera siempre lucir molesta. A Mikasa la reconoció al instante, tal y como aquella vez del funeral; con los años que habían pasado tras esa tarde lluviosa, la chica iba ganando más parecido a Levi.
Éste tampoco era ciego, sabía que su hermana estaba en el mismo colegio que él. Hanji nunca le sacó el tema, pero podía notar el desagrado de Levi cada vez que mencionaban su nombre y su apellido como alumna destacada de su curso. Al parecer, las aptitudes se llevaban en la sangre.
Aunque había dejado descansar el tema hacía mucho tiempo atrás, Hanji no podía negar que su curiosidad era como la de un tigre al acecho. Ahora que tenía la oportunidad, le inquietaba conocer el nombre del muchacho que siempre se la pasaba con Mikasa, el falso hermano que ella reconocía.
El silbato sonó dando por terminada la última serie de ejercicios. A continuación, Levi les ordenó realizar otro tipo de entrenamiento, esta vez para fortalecer las piernas. Todo futbolista debía tener unas piernas fuertes, bien tonificadas y sobre todo sanas; si es que hasta muchos profesionales se les conocía por poseer pólizas de seguro multimillonarias únicamente para el tren inferior de su cuerpo.
Hanji no pudo ignorar los quejidos de algunos, por lo que negó con la cabeza y sonrió al escuchar seguidamente a su mejor amigo.
—¡Deberían sentir pena por ustedes mismos si siguen quejándose! —Levi sonó el silbato fuertemente cerca de uno de los novatos para avisparlo—. ¡Las jugadoras de las ligas femeninas resisten mucho más que eso y podrían patearles el trasero en segundos!
—Vaya, vaya —escuchó un suspiro burlón—. Hay que ver que Levi no cambia, ¿eh?
Hanji se giró para ver a Keith Shadis, profesor de educación física, quien se acercó hasta ella. La castaña le sonrió amablemente; por ser parte del consejo estudiantil, era normal que se relacionara con profesores de vez en cuando. Algunos, incluso, como el que estaba ahí presente junto a ella, eran un tanto allegados.
—¿Disfrutando el espectáculo, Zoë?
—Aparentemente no soy la única, ¿eh, profesor?
Shadis soltó una corta risilla, cruzándose de brazos y apoyándose en el filo de los bebederos, de los cuales estaban cerca.
—Vine a supervisar el entrenamiento. Levi fue a pedirme permiso para hacer estas… «eliminatorias», si es que podemos llamarlas así.
—Es más como una audición, para él darse cuenta de quiénes entre estos novatos serían más capaces de aguantar la ardua instrucción necesaria para estar en un verdadero equipo.
—Pues sí. No lo voy a negar, Levi ha sido uno de los mejores futbolistas que ha tenido esta escuela. Es grato de ver la forma en la que se preocupa por dejar solo a los mejores.
—Lástima que hasta dentro de unos meses ya habrá aportado suficientes granos de arena por el equipo.
Shadis se encogió de hombros.
—Estoy seguro de que hará un buen trabajo escogiendo un sucesor. Tiene muy buenos candidatos entre jóvenes de segundo año.
—Y habrá que ver hasta dónde llegan estos chiquillos de aquí a entonces —opinó Hanji, sonriendo.
El silbato sonó de nuevo, esta vez para Levi anunciar un receso del entrenamiento. Unos cuantos jóvenes cayeron muertos de cansancio al suelo, otros se llevaron las manos a las rodillas intentando regular la respiración y el ritmo cardíaco. Pronto un grupo pequeño se acercó a tomar agua en los bebederos.
A un lado suyo, escuchó una lamentosa exhalación.
—Sería una maravilla poder estar presente para recibir al nuevo capitán del equipo.
Hanji frunció el ceño, mirando detenidamente al anciano.
—¿Cómo? ¿Se piensa retirar?
Shadis hizo una mueca.
—No es como si quisiera, pero… —Negó con la cabeza—. No estoy muy bien, Zoë. Estoy viejo ya y, aunque esté constantemente entrenando, hay cosas que el ejercicio no puede eliminar por completo. Los huesos me están matando y me mandaron reposo.
Solo por impulso, Hanji dio un respingo cuando unas gotas de agua cayeron sobre ella debido a que uno de los chicos que estaba en el bebedero se sacudió las manos. El joven la miró un tanto apenado cuando ella se giró en busca del emisor de dicha acción, pero le restó importancia sonriendo con gentileza. Bueno, ¿quién la mandaba a estar cerca de los bebederos habiendo gradas?
Vio al chico acercarse a un grupo, no muy lejos de donde se encontraban. Podía escuchar casi por completo parte de las conversaciones que tenían.
—Es una lástima —dijo sincera para el profesor.
—Pero no puedo irme así de simple. ¿Cómo voy a dejar a la escuela sin profesor de deportes? Si tuviera un reemplazo sería sencillo, pero no hay nadie más aparte de mí.
Hanji miró al grupo de chicos cerca de ellos. El mismo chico que se la pasaba con la media hermana de Levi estaba entre ellos.
—¡Vaya! Levi-coach sí que es exigente, ¿no creen? —escuchó a uno quejarse; era alto y rubio.
—Y que lo digas, me siento de muerte —dijo el susodicho.
—Vaya, vaya —se burló el mismo chico que la había mojado accidentalmente un minuto atrás; tenía el cabello de un color castaño ceniza—. ¿Alguien no va a resistir el entrenamiento, eh Eren?
Así que ese era su nombre.
—Prff, el que no resistirá parece ser otro —retó éste.
—Hey, hey, calma. Vamos a poder con esto —intermedió un moreno de nariz aguileña.
—Tienes razón, Berth. Coach quiere a lo mejor de lo mejor —animó Eren.
—¿Quién dice que no lo somos? —dijo el rubio, justo en el momento en que el silbato de Levi sonó—. Ánimo chicos, hay que volver al campo.
Hanji frunció el ceño, observando con detenimiento el remarcado del campo de fútbol, que para esa ocasión necesitaba una mano de pintura. Tenía que poner eso en la lista de quehaceres antes de los intercursos, y debía avisarle a Erwin de que planeaba darle un mantenimiento especial a la cancha.
—¿Qué tal si le dice a Levi, profesor?
Shadis se giró para mirarla extrañado.
—¿Levi dices?
—Así es, ya usted mismo se ha dado cuenta que este chico sabe de deporte. Le aseguro que es igual de maniático en vóleibol, además de que sabe cómo hacer correctamente ciertos ejercicios. Vea nada más cómo casi mata a estos chicos.
Shadis rió y volvió a cruzarse de brazos, dando una gran bocanada de aire.
—No sé, Zoë. Estamos hablando de un alumno que tiene sus propias ocupaciones.
—No será un problema para Levi. Claro, con una condición.
—¿Y cuál sería?
—Que le firme las suplencias como cumplimiento de horas de labor social.
Enarcando una ceja, el maestro se vio interesado.
—La verdad esto le beneficiaría a Levi y usted. Mientras toma su reposo, Levi tendrá sus horas firmadas y un pase a la graduación.
—Y que lo digas —convino Shadis—. Lo voy a pensar, Zoë.
—Piénselo bien. Estará dejando a sus alumnos en buenas manos.
Keith Shadis sonrió, y alegando que tenía que hacer algo en la subdirección, se fue de la cancha.
•
—¡Eren!
Frunció el ceño al escuchar esa voz, pero la sangre en sus venas bombeó con rapidez cuando el impulso lo hizo girarse para verla. Ahí iba en su busca el muchacho de pelo castaño, que recientemente había aceptado en su equipo de fútbol como delantero. Era la quinta vez en la semana, en lo que iba de tres días apenas, que esa muchachita se acercaba a la cancha de fútbol y llamaba a su hermano para decirle cualquier cosa.
—Mikasa, estoy en práctica —le dijo éste, medianamente sulfurado por la interrupción.
—Solo quería saber a qué hora llegabas hoy.
—A la misma hora que llegaré todos los días, Mikasa. Después de las 6.
Con esa sentencia, se despegó de la rejilla metálica y la morena de ojos rasgados emitió una despedida silenciosa a la nada. Cuando Eren pasó cerca del capitán, solo pudo escucharlo refunfuñar:
—¡Como jode Mikasa!
Y éste no pudo estar más de acuerdo.
La joven no se volvió a pasar cerca de la cancha, a menos que fuera por emergencias. Tal parecía que el muchacho había tenido una charla con ella sobre no interrumpirlo en horas de entrenamiento. Aunque era satisfactorio no tener que salir de ahí con diez minutos de práctica valiosa perdida gracias a ella, el destino parecía ser amante de los encuentros inoportunos para él, y el capitán ya empezaba a acostumbrarse a tener que ver a la niña asiática hasta en la sopa.
Tal vez era preferible haber escogido cualquier actividad para salvar su proyecto de servicio comunitario, porque tras haber aceptado la oferta de Shadis, ahora Levi era el nuevo profesor suplente de Mikasa Ackerman.
Levi notaba su destreza. Mikasa tenía mucha resistencia física, en comparación a sus compañeras; corría de forma veloz y en las clases de gimnasia era la que saltaba más alto.
A sus oídos solían llegarle comentarios como:
—¿Qué le pasa a coach?
—Está agotando a Ackerman.
—¡Le exige mucho!
Y él nunca lo confesaría en voz alta, pero disfrutaba exigirle más a ella que al resto de sus alumnas. Le gustaba poner a prueba su grandiosa resistencia, hasta que su aliento se volviera tan irregular como el sudor que destilaba, sus rodillas quedaran rasposas y el uniforme deportivo estuviera tan mugriento que haría falta llevarlo preferiblemente a una tintorería. Aunque lo hacía con intención de malicia, esperaba que internamente esa mocosa se lo agradeciera. Ackerman tenía madera de atleta, no como sus compañeras holgazanas.
Tal parecía que era algo que se llevaba en la sangre.
Solo había un problema, y tal vez fuera genético: ella era tan terca como él.
—¡¿Qué coño te pasa?! —exacerbó Levi furioso—. ¡¿Estás sorda o qué?! ¡El silbato sonó hace dos minutos, idiota! ¡¿No lo oías?!
Pero en ese entonces, ella estaba ida, luchando contra el mareo que le provocó haber parado de golpe tras correr. Buscaba a tientas el aire que le faltaba, y mientras Levi emitía palabras de reproche y reprensiones, ella ni siquiera pudo objetar cuando el intento le salió fallido y cayó de bruces al suelo, no aguantando más su consciencia.
Ante el susto de las compañeras de Mikasa, a Levi se le pasó por la mente que todo eso no era más que un show.
—Déjenla, seguro está cansada.
—¡Coach, no respira bien! —saltó alarmada Christa Renz, que se encontraba más cerca de la asiática.
Levi observó aun estático todo el panorama, cuando las chicas abrieron espacio para dejar entrar un poco de aire. La chica en el suelo estaba pálida como un papel.
—¿Qué están esperando para llevarla a enfermería? —exclamó Ymir Langnar.
—¡Coach, por favor ayúdeme! ¡Debemos llevarla!
En ese momento, Levi reaccionó de manera casi automática. Alzó a su alumna en brazos y salió de la cancha lo más rápido de pudo, con la chica Renz siguiéndolo por detrás.
—Ve a avisarle a su hermano —dijo Levi cuando habían llegado al edificio.
Christa no dudó en obedecerlo y rápidamente la perdió de vista. Frunció el ceño, pensando en las palabras que acababan de salir de su boca. ¿Qué acababa de decir? Su hermano era él. Mirando a la chica entre sus brazos una vez entró al cuarto de enfermería y la depositó en la cama, Levi por primera vez en lo que nunca habría llegado a pensar, sintió algo de pena por ella.
Luego de notificarle a la enfermera sobre su estado, para cuando empezaron a suministrarle terapia intravenosa, Eren Jaeger había llegado y se había sentado al lado de ella quien seguía todavía en la inconsciencia.
—Mira lo que me haces en pleno cumpleaños —le escuchó decir hacia la chica apenas llegó. Tenía el ceño fruncido, pero rápidamente cambió la expresión a una preocupada y llevó una mano hacia la que no tenía el yelco.
El panorama a Levi le produjo malestar.
—¡Levi!
El capitán dio un respingo cuando su mejor amiga se apareció frente a él, de manera repentina. Hanji observó hacia dentro del cuarto de enfermería, donde estaban Eren y la hermana de Levi. Rápidamente ató los cabos y no pasó por alto que el muchacho bajito apretaba los puños como si quisiera darle un golpe a la pared.
—¿Qué haces aquí?
—Fui a buscarte a la cancha y tus alumnas me notificaron de todo esto. —Hanji lo sondeó con la mirada—. ¿Todo bien?
—Casi —suspiró—. No soporto a esa niña —señaló hacia donde estaba Mikasa acostada—, todo lo que trae consigo son dramas.
Tras decir eso último de mala gana, Levi se fue por donde vino, alegando que tenía que volver con sus alumnas antes que a éstas se les ocurriera escaparse antes de la hora de salida. Hanji también iba a irse, pues no tenía nada más que hacer, pero la escena detrás de la puerta del cuarto de enfermería le llamó más la atención.
A través de la ventanilla, Hanji se fijó en la manera que Eren acariciaba la mano de su hermana, mientras que con la otra le barría el largo flequillo de la cara con suma delicadeza. Enarcó ambas cejas, notando la forma en que éste la miraba, como si ella fuera todo lo preciado que tenía, como si fuera lo único que le quedaba.
En cuanto las clases terminaron y Levi se quedó en la cancha para la práctica de fútbol, Hanji se acercó a una chica rubia que iba de camino a la salida, haciendo de cuenta que ella también se iba.
—¿Qué le escribiste que la mandaste a la enfermería?
Annie la miró de forma desinteresada, pese que a Hanji sonaba bromista y no la estaba reprendiendo por toda la escenita que Mikasa armó ella sola.
—¿Crees que ocasioné eso? —Annie rió sarcásticamente.
—Me hubiera gustado estar ahí para verlo. Por cierto… —suspendió, pensando en la manera que lo iba a decir—. Tal vez te parezca extraño, pero… creo que a Jaeger le gusta ella.
Annie paró en seco por un instante, lo que provocó que Hanji también dejara de caminar.
—¿Qué ocurre? —inquirió la mayor con una ceja alzada.
—No es nada. —Annie intentaba disimular su perplejidad, no porque no lo hubiera sospechado antes, sino porque alguien más que no era ella también opinaba lo mismo—. ¿Y qué? ¿Quieres que la siga fastidiando con eso?
—Entiendes bien, niña.
Annie frunció el ceño.
—Para esto me pagas.
•
Finales de enero.
La punta de su lápiz se rompió. Annie sintió los nervios crisparse, no sabía cómo aguantaba tan bien no darle un golpe en la entrepierna a Reiner.
—¡Annieee! —siguió llamándola. Había sido la décima vez en todo ese rato.
Se podía notar que sus compañeros de laboratorio ya estaban hartos de que el rubio, sentado a unos metros con su propio grupo en el mismo mesón, les estaba fastidiando tanto o más que a ella con esos gritos. Sobre todo, si el móvil de sus bromas estaba entre los presentes y, aunque había hecho todo lo posible para evitarlo, la estaba distrayendo.
Tuvo que levantarse del mesón, soltando una disculpa susurrada hacia sus compañeros. Mientras fuera a sacar punta a su lápiz en la papelera, iba a retrasarse en el dictado de las respuestas de la actividad de laboratorio de química que estaban realizando. Pero no le importaba, a pesar de sentir que estaba molestando mucho a los compañeros con quienes decidió juntarse.
Reiner había estado insistiéndole desde temprano que se sentara con ellos, pero Annie declinó la oferta principalmente por no querer estar cerca de él. Habría sido peor si se sentaba con ellos, Reiner estaría mucho más insoportable teniéndola al lado.
—¿Qué pasa, Annie? ¿Afilando tu arma?
—Ya, Reiner. Déjala.
Annie agradeció internamente aquella voz que fue en su rescate. Ella no se había atrevido a decir nada por no querer soltar un insulto en medio del sitio de clases que pudiera restar sus puntos positivos del día. Además, ella era muy tranquila; no tenía las mínimas ganas de ponerse agresiva y escandalosa como Ymir Langnar, por ejemplo. Sorprendentemente, su salvador estaba, por lo que se giró para mirarlo agradecida.
Eren se paró a un lado de ella para también sacar punta. Cuando notó que la rubia lo miraba, él le sonrió. Annie desvió los ojos de él, por impulso. De nuevo sintió los nervios crisparse, pero esta vez no era por Reiner.
—Te envidio, Annie —soltó Eren de repente—. No has tenido que soportar directamente a Reiner hoy.
La chica volvió a mirarlo y notó que seguía sonriendo. Eren estaba en el grupo de laboratorio junto a Reiner, Bertholdt y Armin. Girándose hacia atrás, hacia su mesón, pudo comprobarlo. En ese momento Bertholdt miraba en su dirección, pero apenas notó la mirada azulina de Annie encima de él, regresó rápidamente a copiar en su cuaderno cuando ella se dio cuenta.
—Debería bendecirte o algo —comentó ella irónica.
—Y que lo digas. Te dijera que cambiaras de lugar conmigo, pero no voy a ser tan mierda para hacerlo.
Annie enarcó una ceja y notó que las de él eran envidiablemente pobladas.
—¿Por qué?
Eren se giró hacia ella.
—Ah, porque entonces tú serías la que va a soportarlo ahora. —Soltó una risa—. No puedo permitir eso, ante todo soy un caballero.
Esa vez no pudo evitarlo, Annie se sonrojó. Y debido a su acción involuntaria, terminó de sacar punta y huyó del lugar de regreso a su puesto. Justo en ese momento Eren también se movió con intención de irse, y todavía ella no sabía si había sido accidental o intencional. Sus hombros chocaron suavemente, produciendo en su cuerpo sensaciones eléctricas y el temblor en sus rodillas.
•
Una semana después de los intercursos.
Mayo.
—Annie.
La chica sintió un vacío repentino en su estómago al creerse descubierta. No permitió que se le notara nerviosa, porque cada vez que alguien la encontraba en su situación se ponía así. Y ya Reiner la había importunado en varias ocasiones. Tuvo que girarse hacia su interlocutor, actuando lo más natural que podía.
—¿Qué estás haciendo aquí? —inquirió.
"Mi trabajo", Annie quiso responder. En verdad quiso hacerlo, llevaba más de un mes en lo mismo únicamente callándose y ocultando todo lo que sentía.
Pero se contuvo. No tenía otra opción. No sabía qué podría hacerle Hanji ahora si volvía a descuidar su posición.
—Iba a irme —evitó, con astucia y sin realmente estar mintiendo, tener que hablar al respecto.
Lo vio morderse el labio. Annie esperó a que dijera lo que tuviera que decir, y como estaba tardando iba a irse. Entonces, él lo hizo. Quedó petrificada.
La invitó a salir.
Pasó una semana desde eso, aunque parecía una eternidad. Ahora sentía el agua fría recorrer su garganta y cerró los ojos. Ni siquiera eso la hacía dejar de sentirse tan miserable.
Una parte suya agradecía no haber tenido que sobrellevar las responsabilidades de mensajera de Mikasa durante ese tiempo, pues Reiner era tan entrometido como nadie más. Si Annie hubiera tenido el segundo celular de Hanji consigo, seguramente habría estado también en la mira de Reiner. Eso no lo podía permitir, suficiente era tener que aguantar las miradas furtivas de Armin durante clases.
Como había estado menos ocupada siendo los ojos de la secretaria del Consejo Estudiantil, había tenido que pasar más tiempo con su novio, por lo tanto. Reiner solía invitarla a su casa a cenar; su madre estaba feliz de verlos juntos.
De alguna manera, ella había aprendido a agarrarle cariño al rubio. A pesar de todo, de que la frustrara, de que a veces fuera un egocéntrico y de que quisiera meterse en sus asuntos. Annie no odiaba a Reiner, pero no podía corresponderle.
No mientras estuviera Eren en su vida.
Al impartir tiempo de calidad con Reiner, una porción grande de sí misma estaba en un intento desesperado por salir del abismo en el que Eren la había sumido. Hacía tiempo que no se veían, que no estaban juntos, exactamente tras los intercursos. Eren estaba enfadado por lo ocurrido con Mikasa y Jean, se había terminado enterando, la había estado usando como salida. Y ella tampoco se negó a serla.
Como aquel día en que dos niños nuevos ingresaron al colegio de Trost. La multitud del salón de clases los atosigó en primera instancia con indagaciones, como si se tratasen de un par de alienígenas más allá de ser solo unos forasteros. En ese instante se preguntó: ¿a qué venía tanto interés por los nuevos?
"Hay que ser muy inteligente o muy idiota para meterse con Annie Leonhardt", era lo que su padre decía. Con el tiempo, su solitaria forma de ser la llevó a ser bastante observadora, de ese tipo de personas de las que había que huir. Aparentemente todos acataban de manera perfecta esa muda advertencia, porque Annie nunca tuvo un grupo de amigos o al menos un compañero, al menos hasta que Reiner la buscó.
Al llegar Mikasa Ackerman a su vida, como observadora omnipresente que era, se fijó en que era tanto o más callada que ella misma, pero a la vez difería demasiado de Annie. Mikasa, aunque poco agraciada en la habilidad del carisma, siempre atrajo la atención de las personas a su alrededor; no sabría decir si por sus rasgos exóticos o sus notas sobresalientes, pues la veían como una chica lista e inalcanzable cuando en realidad se trataba del ser más simple que alguna vez pisó la escuela.
Hanji, quien durante seis años permaneció apartada pero siempre vigilante, también compartía la misma opinión. Fue una casualidad que el destino las juntara por tener un objetivo en común.
Y Annie nunca lo llegaría admitir abiertamente, pero ella quería algo que nunca tendría y que a Mikasa le parecía sobrar: un poco de atención. No solo la de todos, más bien una en especial.
Porque tenían razón —Armin, Hanji y quien la viera—, ella odiaba a Mikasa porque tenía toda la atención de Eren, tenía su corazón ganado, él sufría por ella igual que Annie sufría por él. Había accedido a colaborar con Hanji Zoë movida por su deseo ardiente hacia Eren y las ganas aberrantes de sacar a Mikasa de su camino. Ellos siempre se hicieron los idiotas, los desentendidos, pero cualquiera se podía dar cuenta de cuánto se deseaban.
Parecía un círculo vicioso.
Annie cerró la botella de plástico de la que estaba tomando agua hace solo un momento y la depositó en el bote de basura. El timbre del receso por el almuerzo acababa de sonar y ella había sido de las primeras en salir cuando notó que Eren se había desviado del camino en la dirección contraria a la cafetería.
Había decidido seguirlo, ansiosa por estar con él una vez más; sus impulsos y el deseo eran mayores que la voluntad de mantenerse cuerda, de seguir adelante. Necesitaba estar con él.
—Eren… —lo llamó.
Eren se giró hacia ella y lo vio fruncir el ceño.
—¿Qué quieres? —preguntó él con cierta rudeza.
Annie se mantuvo serena, aunque por dentro estaba gritando.
—Quería hablar contigo.
Y sin esperar una respuesta de su parte, ella llegó hasta él acortando la distancia y lo besó. Solo había sido un único roce hasta que él la separó. El corazón de Annie acababa de romperse en mil pedazos luego de eso.
Ni siquiera tenía palabra ahora mismo si lo amenazaba con la foto de él y Mikasa. Claramente a Eren no le importaba lo que fuera a hacer ella con esa foto, lo más probable era que Mikasa ni siquiera se la hubiese mencionado luego de que se la envió el viernes de hace dos semanas.
Todo había acabado.
—Annie.
El nuevo llamado sirvió para traerla a la realidad del entonces. La aludida miró a Reiner frente a ella, trayendo unos helados consigo. Annie observó fijamente el suyo, dos porciones de frosting de pie de limón dentro de una copa alta con una cucharilla. El de él, en cambio, iba a rebosar de chocolate.
Por un momento se preguntó qué hacía ahí, hasta que recordó haber aceptado la petición de su compañero de clases.
Pero en realidad, buscaba un escape de sí misma.
Cada vez que recordaba la forma en que Eren le habló con dureza aquel día en el pasillo y la rechazó luego de haberlo besado, le dolía de manera abrumadora. No sabía si agradecer que Reiner hubiera llegado por ella en ese momento para tratarla bien, achucharla y besarla con ternura, tal y como no lo merecía.
Ella desearía poder corresponderle como debía. Desearía no sentir absolutamente nada más por Eren. Desearía nunca haberse metido en ese embrollo.
—¿Qué pasa, enana? Estás como ida.
Y aunque tuvieran una especie de relación oficial, Reiner seguiría tratándola como si nada. Pero al menos, él no tenía miedo de demostrar su afecto con ella frente a todos. No se ocultaban, ellos eran libres.
Reiner era lo más real que Annie había tenido en su vida.
—Es que me duele —afirmó la chica, señalando el piercing en el labio que se había hecho hace unas pocas semanas. Había vuelto a mentir.
—Come tu helado, amor. Así se te pasará un poco.
Amor.
Quería llorar. Annie aguantó las lágrimas lo más que pudo y en cambio, le sonrió al rubio. Era la primera vez que alguien se dirigía de manera tan cariñosa con ella y odiaba no poder apreciarlo como debía. Se sentía mal, se sentía como una falsa, una mentirosa.
Reiner merecía algo mejor que ella, de eso estaba segura. Y la madre de él merecía ver a su hijo feliz con alguien que realmente lo apreciara.
A pesar de que Annie sí lo hiciera, sí le tuviera mucho cariño a Reiner. El suficiente como para darse cuenta que dejaría las cosas hasta ahí semanas después, cuando todo colisionara, cuando ya no pudiera resistir más.
•
10 de abril.
Fiesta en el gimnasio.
Mikasa se había acercado a la barra, dispuesta a pedir otro coctel. Era su oportunidad. En el bolsillo de sus jeans, una pequeña bolsa de plástico esperaba ansiosa para la hazaña planeada a continuación. Y tal parecía que el destino prefería extender su jugarreta en lo que Sasha llegó, pidiendo cervezas. Annie notó a la morena antojarse de una de las que la arquera llevaba, tomándosela del pico con ansia.
Se armó de paciencia los siguientes minutos. Mikasa se había bajado la cerveza casi a la mitad cuando Armin y Eren llegaron acompañados del cumpleañero. En medio de la oscuridad y el silencio, preparándose todo el mundo para gritar «¡sorpresa!» cuando el futuro capitán de futbol entrara, Mikasa reposó la botella sobre la barra. A tientas, sin perder ese nuevo chance y sin la otra darse cuenta, todo fluyó, como la canción del éxtasis.
Esa noche Mikasa Ackerman, la aplicada y reservada Mikasa Ackerman, mostró otro lado que nadie conoció hasta entonces. Todos le echaron la culpa al alcohol, pues a cada rato se la veía con un vaso distinto. Nadie nunca sospechó que otra cosa pudo haber influido en su comportamiento tan inusual.
Cuando vio a Eren y a Mikasa alejarse de la pista de baile en el gimnasio, Annie no se pudo quedar quieta en su mismo lugar. Tenía que hacer algo. Necesitaba encontrar material para molestarla, para dárselo a Hanji Zoë, para deshacerse de ella de una vez por todas.
Por desgracia no tenía a su disposición el teléfono por el que solía escribirle a Mikasa. Se lo había entregado a la secretaria del Consejo Estudiantil al finalizar la jornada ese mismo día, como usualmente tenía que hacer según habían acordado. Los días de semana eran suyos, los fines de semana eran de la secretaria. Esa noche Mikasa estaría tranquila por un lado, por desgracia. Quería hundirla en lo más profundo, y ese era el instante perfecto. El alcohol y la droga estaban actuando. Pero Hanji no estaba enterada de que habría fiesta bajo sus propias narices, podía estar segura.
Entonces los vio. Quedó estática por un segundo.
Eren mantuvo los brazos extendidos hacia los costados, de la impresión repentina. Se había quedado estático en su lugar, dejando que Mikasa se lo comiera con la boca. De repente estaban profundizando el beso. A Annie le daban arcadas de solo ver esa escena frente a sus ojos, pero no podía evitarlo. Era imposible apartar la vista. Era más la impresión de hasta dónde la droga y el alcohol habían afectado a Mikasa.
Besaba a su hermano. Qué repugnante.
Sus dedos se movieron solos hacia el bolsillo trasero de su pantalón. Sacó el teléfono celular, enfocando la cámara lo mejor que pudo desde esa distancia considerada. Apenas hizo un poco de acercamiento y, de repente, el flash provocó la separación de sus víctimas.
Eren la miró sorprendido de inmediato, reparando en su presencia. El rostro de Annie seguramente no presentaba ninguna emoción más que contrariedad.
—Annie —dijo su nombre con recelo, aun perplejo.
Mikasa cayó al suelo sentada, sin dejar de reír. Estaba inmersa en su mundo.
—¿Por qué hiciste eso?
La chica apretó la mano en la que tenía sujeta el teléfono y trató de mirar un punto que no fueran los ojos gatunos de Eren. No obtuvo respuesta de su parte.
Un suspiro suave salió de la boca masculina.
—Annie… no puedes enviarle esa foto a nadie, ni decir qué viste.
No.
—Por favor, esto la destrozaría —señaló a su hermana, y razón tenía.
Annie quiso reír irónica. Esa foto era su oportunidad para sumir a Mikasa en la perdición, no podía simplemente dejarlo pasar.
—Annie —la volvió a llamar.
—¿Qué harás para evitar que se lo muestre a alguien? —retó la rubia.
La música sonaba lejana. Annie no previno los pasos que se acercaban hacia ella hasta que su mirada fue atraída a él. Su corazón bombeó en su pecho como si fuera a salirse, las yemas de los dedos le hacían cosquillas. Tuvo la inercia de jalarse la argolla de la nariz por nerviosismo.
Eren la miraba fijamente a los ojos, ella se sentía hipnotizada ante él, como si le atravesara el alma. Pero su mirada no parecía amenazante; él la observaba dolido, desesperado, como si por dentro estuviera roto.
—Lo que tú quieras, pero déjala a ella. Que sea entre tú y yo.
Annie se cruzó de brazos.
Solo por esa vez lo dejaría pasar, porque realmente quería más a Eren de lo que odiaba a Mikasa.
Fue en busca de cobre y encontró oro. La situación tan tensa la hizo sacar provecho de algo mucho mejor, algo placentero, algo de lo que terminaría arrepintiéndose después al darse cuenta de que ella misma había cavado su propia tumba al enamorarse de Eren Jaeger.
Había sido mejor si mandaba esa foto desde el principio. Ninguno estaría perdido entonces en las circunstancias del presente.
Pero el ser humano es muy inestable y egoísta.
•
Última semana de abril.
Intercursos.
Lunes, 1er día.
Annie sonrió complacida al ver que sus objetivos acababan de abandonar el edificio. La rubia salió de su escondite, pensando qué podría escribirle esa vez a Mikasa para darle un susto.
Su teléfono emitió una vibración y automáticamente lo vio curiosa, una sonrisa se cruzó en su rostro.
Eren: "Necesito verte ya mismo".
Desde el acuerdo planteado la noche de la fiesta en el gimnasio, ellos se habían vuelto más íntimos, con el sentido de la palabra. ¿Quién habría pensado que saciar sus ganas con Eren podría beneficiarle? Gracias a eso tenía un poco más de información de Mikasa y se estaba aprovechando de tenerlo amenazado con la foto tomada en el gimnasio.
Pero entre tanto que habían compartido, menos que verse amenazado Eren empezó a buscarla solo para divertirse un rato con ella. Y Annie, quien desde un principio lo único que quería ganar con todo el asunto de los mensajes era al mismo Eren por encima de su odio a Mikasa, no podía estar menos extasiada. Y más con el mensaje que acababa de recibir de parte del muchacho.
Estuvo a punto de salir del edificio y preguntarle a Eren dónde sería el encuentro, cuando un ruido de pisadas la alertó. Sabía que había estado sola, no había visto a nadie merodeando cerca más que a Mikasa y Jean, a quienes lógicamente había seguido —porque sabía que irían a besuquearse a escondidas de todos, un material imperdible con el que podría saturarla—. Annie había tenido sumo cuidado de ser vista por cualquiera, sobre todo por ellos dos.
¿Cómo es que otra persona estaba dentro del edificio?
Sus ojos pararon directamente en la figura rubia de Armin Arlert cerca de la salida. Annie soltó un suspiro imperceptible al verlo y decidió hacer como si no se hubiera fijado en su presencia cuando pasó a un lado suyo, con deseos de salir del recinto.
Sin embargo, Armin no la dejó huir tan fácilmente.
—Oh, Annie. Hola.
La chica se detuvo y se giró hacia él.
—Ah, hola.
—Qué raro verte sola por aquí.
—Estaba en el baño —señaló el extenso pasillo, restándole importancia.
—Yo ando buscando a Mikasa, me dijo que también iba a venir al baño.
—Creo que la vi por ahí.
—Oh, ¿lo viste a él también?
—¿A Jean? Eso creo.
—No, estaba hablando de Eren.
Annie frunció el ceño.
—No lo he visto.
—Si lo haces dile que iré a los bebederos, ¿está bien?
Lo vio irse de ahí.
Annie volvió a ver el mensaje de Eren; decidió volver a la cancha, en algún otro momento más oportuno podrían estar juntos. Por los momentos, estaba demasiado ocupada tratando de darle un susto a Mikasa.
No vio a Eren sino hasta la hora del partido, hablando con ella. Él afirmaba haber visto a Sasha Braus ir hacia el edificio, un hecho que le resultó muy curioso a ella, quien estuvo ahí en todo momento y solo alcanzó a ver a Armin.
Eren indirectamente le había dado una idea, de todos modos, y no fue hasta después que la tomó en cuenta.
•
Última semana de abril.
Intercursos.
Jueves, 4to día.
No dijo nada más cuando se levantó del banquillo y lo dejó ahí solo. Quizás tuvo el deseo interno de haber hablado en ese instante, poder soltar todo lo que su corazón estaba conteniendo. Pero para Annie, el simple hecho de no haber accedido a sus codicias sosegadas le otorgaba el suficiente material.
Curveó una sonrisa cargada de ácido mientras sostenía la bandeja plástica de su almuerzo. Con cuidado la sostuvo mientras sacaba el celular de su bolsillo y procedía a escribir un mensaje para Mikasa.
—Annie.
La chica dio un respingo cuando alguien se dirigió a ella. No pudo enviar el mensaje en ese instante, ni siquiera logró terminar de redactarlo. Se giró en dirección a la voz que acababa de llamarla, encontrándose con el rostro calculador de Armin Arlert, su compañero de clases.
Annie frunció el ceño al verlo, preguntándose qué quería ahora. El lunes había sido de lo más inoportuno y ahora mismo también parecía tener las mismas pretensiones.
—Armin.
El chico se llevó las manos a los bolsillos del pantalón deportivo.
—¿Qué hacías?
Annie señaló su almuerzo y se sentó en una banca cercana para empezar a probarlo. Algo le decía que no llegaría pronto a la cancha.
Notó que Armin seguía parado en la misma posición, frente a ella, sin expresión alguna enmarcando su rostro.
—Lo viste también, ¿cierto?
La chica masticó su hamburguesa y tragó, observando los residuos de comida en sus manos. Debía estarse refiriendo a la escena que acababan de vivir en carne viva Jean y Sasha. Esa parte de la escuela estaba desolada, pero cualquiera que acabara de pasar por ahí lo habría notado; eran los únicos entes que llamaban la atención en todo el patio.
Sobre todo si estaban demostrándose el afecto que escondían por el otro.
—Sé sincera conmigo.
Una ligera brisa sopló haciendo que las hojas de los árboles se mecieran ligeramente, refrescando por un efímero instante ese caluroso día.
—¿Qué pretendes?
Annie lo miró. Los ojos azules del chico brillaban con la misma intensidad del sol de esa semana.
—¿De qué hablas? —preguntó ella.
—No te hagas la estúpida, sabes bien de qué hablo.
Frunció el ceño, llevándose una papa frita a la boca. De repente agresivo, ¿eh?
—Sé lo que tienes con Eren.
Annie desvió la mirada.
—No tengo nada con él, Armin.
—¡Vamos, Annie! Necesito algo mejor que una negación de tu parte. Sé lo que se traen ustedes dos, lo he notado en el laboratorio, cada vez que le hablas luego de que Reiner te molesta.
—¿Entonces por cada vez que Reiner me jode la paciencia yo ando detrás de Eren? Vaya.
—Puedo notarlo.
—Armin… —Annie sonrió negando la cabeza, a punto de irse de ahí.
—Sé que el lunes lo estabas esperando.
Lo miró expectante.
—¿Ah sí?
—Me lo topé poco después de dejarte en el edificio.
—Interesante —ironizó con falso aburrimiento.
—Anda, niégamelo. Tienes este estúpido juego con Eren solo para fastidiar a Mikasa.
Annie frunció el ceño; se quedó callada.
—¿Qué? ¿Creías que no lo sabía?
No respondió.
—¿Crees que no me di cuenta de cómo nos utilizabas a Eren y a mí para sacarnos información de ella, Annie? ¿En serio crees que soy tan estúpido?
Annie apretó los puños.
—Déjala en paz, no la molestes.
—¿Me ves capaz de hacerle daño a ella? —Annie sondeó—. Pero qué mala imagen tienes de mí, culpándome de los errores de otras personas que asumen quererla, cuando en realidad la están traicionando —señaló hacia el banquillo en el que antes estuvieron Sasha y Jean.
Armin la miró fríamente.
—Créeme, Armin. Si esto fuera mi culpa no se me habría ocurrido mejor forma de hacerle daño, porque, de todos modos, yo reflejo mi apatía. No soy hipócrita, no como otros.
Y gracias a Armin, el mensaje que había redactado y que pronto le envió a Mikasa tenía aún más sentido.
•
Última semana de abril.
Intercursos.
Viernes, 5to día.
Zoë: "Necesitamos hablar".
Annie: "Dime".
Zoë: "No puedo, estoy gastando el crédito de Levi en mi celular y está conmigo. Debe ser en persona, saldré de la cancha ahora mismo".
Annie maldijo su suerte en ese instante y rápidamente terminó de devorar lo que había en su bandeja del almuerzo.
Annie: "Iré a mi salón de clases".
¿Qué demonios quería? ¡Si se iban a ver esa maldita tarde tras la entrega de boletines como había acordado desde un principio! El reporte semanal era siempre al finalizar el último día y solo esas veces se veían.
Se levantó sin tanta prisa y caminó a través de los solitarios y vacíos pasillos del edificio de manera mecánica, al igual que todos los días solía hacerlo cada vez que venía a clases. No le costó llegar por fin al aula destinada y suspirar en lo que abrió la puerta de ésta y maravillosamente cedió; las aulas seguían abiertas, igual que el lunes.
Sonrió para sus adentros. Ese día que había seguido a la zorra de Mikasa Ackerman cuando se encontró con Jean.
Esperó un momento de pie frente al pizarrón acrílico hasta que el escritorio del profesor le llamó la atención. Frunció el ceño, esa tarde iba a ser la entrega de boletines. Podría buscar las calificaciones de Mikasa y burlarse un poco de ellas; estaba segura que en ese trimestre la chica había bajado el rendimiento por andar más pendiente de sí misma que de los estudios.
Pero justo cuando iba a buscar en el compartimiento que estaba bajo la mesa, la puerta del salón fue abierta. Annie dio un respingo, asustada por el sonido repentino. Al estar todo tan callado era normal que se asustara.
Estaba preparada para ver a Hanji ingresar al aula, hasta que su mirada azulina captó a tres intrusos que no debían estar ahí en ese momento. Reiner, Bertholdt y Eren.
Maldijo su suerte cuando la terminaron arrastrando con ellos de regreso a la cancha. Caminó por delante de los tres, ignorando en redondo lo que estuvieran hablando. Aprovechó esa oportunidad para localizar su celular en un intento de avisarle a Hanji de la situación.
Annie: "Aborta. Voy a la cancha".
De repente, cuando estaba a punto de cruzar el umbral del portal hacia la cancha deportiva, Hanji había llegado hacia ella, aporreándole la nariz.
—Annie…
—No me toques —demandó a Reiner, que lo tenía más cerca.
—Lo siento, niña —le dijo Hanji.
Por primera vez desde el impacto, Annie levantó la mirada para encararla con la suya. Tenía el ceño fruncido, ¿por qué demonios la había golpeado? ¿Acaso así pensaba llevársela?
En todo momento ignoró la burla disfrazada de preocupación en el rostro de Reiner, únicamente observando cómo la secretaria del Consejo Estudiantil se las apañaba a su manera para sacarla de ese embrollo entre tres de sus compañeros de clase.
—¿Quieres que te lleve a la enfermería a que te revisen? —inquirió como excusa. Desde que llegó tenía el teléfono entre sus manos, seguramente viendo su mensaje, pero se llevó éste al bolsillo de sus pantalones deportivos—. Vamos, que sea mi paga por casi haberte roto la nariz —insistió, empujando levemente a la rubia por el camino contrario a la entrada de la cancha.
Sin protestas y en silencio, Annie prosiguió. Pero en ningún momento fueron a la enfermería.
Al llegar a una esquina solitaria del edificio alejado de la cancha, que de ninguna manera se podía localizar un ente ajeno por los alrededores, Hanji postró a Annie contra la pared. La rubia se quejó observando a su superior con indignación, mientras tanto la secretaria se cruzó de brazos no sin antes haberse ajustado los anteojos.
—¿Qué crees que haces, Leonhardt? —preguntó ésta, mirándola con cierto reproche.
—¿Yo? ¡Debería preguntarte eso a ti, Zoë!
—Sh sh sh, nada de escándalos frente a mí.
Annie resopló.
—¿Cómo es eso que uno de tus compañeros te descubrió?
—¿Cómo rayos te enteraste de eso?
Hanji rodó los ojos, suspirando.
—Querida, tengo oídos en todos lados. Soy parte del maldito Consejo Estudiantil, ¿qué tú crees?
—Vaya, si es así entonces no me necesitas —ironizó la rubia de manera desdeñosa.
—Te equivocas, tú eres mis ojos y los míos no son confiables, duh —señaló sus lentes—. Así que, anda, veme diciendo cómo te descubrieron.
Annie inhaló, tratando de serenarse para no gritarle a la superior.
—Está convencido de que tengo algo con Eren Jaeger.
—¿Y es mentira?
—Naturalmente sí —adulteró—. No tengo nada con Eren, solo estoy sacándole información.
Hanji sonrió.
—No me parece que sea así exactamente. —Le punzó el brazo con picardía, Annie casi quiso vomitar ante el gesto—. Vamos, Annie, conozco tus motivos para hacer esto.
La rubia se encogió de hombros.
—Me ofreciste una buena paga.
—No te voy a mentir —afirmó la secretaria—. Pero si tu compañero pudo llegar a la misma conclusión que yo, entonces estás en peligro.
—¿Y qué pretendes que haga?
—Pon el foco en él —indicó—. Que Mikasa piense que es él quien la está traicionando, eso le carcomerá.
—Dalo por hecho —sonrió.
Qué coincidencia, justamente desde el lunes estaba planeando eso. Pobres Sasha y Armin, no eran más que tontas ovejas cayendo en la boca del lobo; lo peor es que ni siquiera se daban cuenta del beneficio que le estaban dando.
—Otra cosa —dijo la secretaria.
—¿Qué?
—Algo que no me queda claro —caviló—, ¿qué pasó realmente durante la fiesta? Sé que estuviste ahí.
Annie rehuyó de la mirada de Hanji.
—Ya te lo dije, la tonta de Ackerman se volvió loca.
—Precisamente eso me parece raro. —Se llevó una mano al mentón—. Si es que Mikasa no se ve de ese tipo de chicas.
—Seguro le atacaron los nervios, qué sé yo, Zoë —contestó obstinada.
Hanji zanjó el tema.
—Vale, ¿qué me reportas de hoy?
Annie frunció el ceño.
—Te diré luego.
—Anda, necesito saber qué estás haciendo con mi víctima.
—He estado molestándola a través del altoparlante de la capitana de porristas, más nada.
Y no planeaba decirle lo que realmente quería ganar con eso. El asunto de Eren y la foto solo les incumbía a ellos dos, y antes de entregarle el teléfono a Hanji ella ya tendría que habérsela enviado a Mikasa.
—Oh. —Hanji pareció interesada—. ¿Así que eras tú? Buena chica.
—Sí —desvió Annie—. Bueno, ¿ya me puedo ir?
—Sí, solo quería decirte eso de tu amiguito. Cuídate de él.
—Lo haré.
•
—¡Envíate, maldita sea! —masculló por lo bajo, observando la pantalla del celular prestado donde podía distinguirse una ventana abierta en la mensajería de texto.
Un archivo multimedia había estado intentando enviarse a duras penas desde más temprano esa misma tarde y hacía rato que tenía que haber deliberado de la bandeja de salida. A esa hora ya tenía incluso que haber borrado la evidencia de la foto en la memoria del pequeño celular prestado antes de entregárselo a Hanji.
Pero el destino no estaba de su parte ese día.
—Oh, Annie.
La rubia se giró hacia la figura de la secretaria del Consejo Estudiantil y maldijo para sus adentros.
—Bien, entrégame el teléfono —pidió la senior, extendiendo una mano hacia ella y observando hacia los lados, cuidando de que no hubiera moros en la costa.
La rubia, sin embargo, no se movió.
—Hey. —Hanji la miró extrañada—. Necesito irme, dame el teléfono.
Sabiendo que no tenía escapatoria alguna, tuvo que dárselo. Automáticamente Hanji vio lo que estaba tratando de ocultar.
—¿Qué es esto?
Annie no respondió.
Hanji se llevó una mano a la frente.
—Luego me pregunto cómo demonios te descubrieron —espetó—. ¿De dónde sacaste esta foto?
—Yo la tomé.
Hanji frunció el ceño al ver los implicados, a juzgar por su mirada reconoció el lugar.
—Te lo volveré a preguntar, ¿qué pasó en esa fiesta?
Annie inspiró hondo.
—La drogué.
No volvió a enviar un mensaje con el celular de Hanji desde entonces; a pesar de que la secretaria no estuviera realmente tocada por su imprudencia, ahora prefería encargarse ella misma.
Más tarde, esa misma noche, recibió un mensaje de Eren; quería verla.
•
Viaje a la costa de María.
Presente.
8:50 am.
—Soluciónalo.
Solo se escuchó el pitido del teléfono al momento de haber cortado la llamada desde la otra línea. Hanji observó con frustración la pantalla del celular y dio un suspiro pesado, llevándose los dedos a las sienes en un intento de calmar la jaqueca que estaba por darle.
No supo en qué momento había sido, no supo cómo había generado tanta ceguera, pero ahora estaba pagando por ello. Y todo por Levi, por ser siempre fiel a él, por no apartarse de su lado por miedo a dejarlo solo.
Porque ella lo amaba demasiado.
Su teléfono vibró en su mano. Hanji lo miró inmediatamente esperando que fuera Levi quien le devolviera la llamada con el rabo entre las patas, pero no era así.
—¿Qué pasa?
—¿Ella está bien? —preguntó alguien en la otra línea, una voz de contralto que parecía susurrar como si tuviera miedo a ser oída.
La secretaria observó su reloj de muñeca. Casi las 9 de la mañana.
—Definitivamente no lo estará —respondió con sinceridad—. Ya sabes por qué…
El silencio prolongado en la otra línea le hizo saber de la incertidumbre que debía estar teniendo.
—Todo es mi culpa… —se lamentó.
Hanji cerró los ojos con pesadez, sin responder.
—Debí hacerte caso, fui demasiado imprudente.
—No es así.
La chica al otro lado pareció expectante ante lo que iba a decir.
—Yo también quería hacerle daño, Annie.
