Hola, he estado casi dos meses ausentes sin escribir nada. Quiero disculparme por ello, he estado algo ocupado buscando empleo, realizando el proceso de mi titulación y estudiando para mi por fin pude terminar el capitulo 25 y los siguientes pronto podrán serán publicados también. Estoy pensando en hacerlo algo semanal o entre dos semanas, publicando los sábados un nuevo capitulo pero no estoy seguro de ello todavía. Gracias por su paciencia.

Estos próximos capítulos serán sobre Kana y Ciran principalmente, pero pronto veremos a personajes más importantes y con mayor relevancia como Hotaru, Mileena, Tanya, Rain, entre otros. Espero disfruten de este capítulo.


Capítulo 25: Sun Do.

Sur de Outworld, a varios kilómetros de las montañas de Lei Chen en las costas del oeste del continente.

El día estaba despejado y la brisa calmada, una gran ocasión para pescar. Varias barcas regresaron después de haber madrugado y volvían con varios kilos de mercancía. Últimamente la pesca ha sido buena, no solo para alimentar a las familias de la pequeña villa el día de hoy, sino también para las semanas siguientes. La gente de Sun Do se encontraba feliz y tranquila sabiendo que sus hijos y viejos no sufrirían hambre, que los enfermos tendrían oportunidad de sanar y que los jóvenes no tienen que ir a la guerra. Sun Do ha vivido en paz durante años, permaneciendo pequeña e insignificante a los ojos del Kahn y otros conquistadores. Eso no significa que no han visto sus épocas difíciles, lejos de ello. Ladrones, vendedores de esclavos, violadores y otra clase de escoria los han atacado, aprovechándose de su falta de guerreros. En tiempos de guerra todos los pueblos, grandes o pequeños, bajo el gobierno del Kahn deben dar a sus jóvenes para la guerra, quedándose sin su principales defensores y trabajadores. Los ancianos hablan con mucho temor de esas épocas que se han quedado atrás y prefieren así permanezca.

– ¡Li Mei, Li Mei! – llamaba fuertemente uno de los ancianos mientras arrastraba sus pies apoyado con un bastón a recibir las barcas – Han llegado, necesitan tu ayuda.

– Ya voy abuelo – contesto una joven mujer con un cuerpo esbelto y largo cabello negro – Me estaba bañando mi cabello.

– Ya habrá tiempo para baños después, necesitan una mano firma para sacar a los peces del agua.

Li Mei avanzo hacia donde se encontraban las barcas habían encallado, ayudando una por una a sacar las redes llenas de pescados y colocándolos en barriles. Eran tres barcas y todas estaban llenas, por lo que vaciarlas le tomo algo de tiempo, casi toda la mañana. Aun así, solo seis barriles fueron llenados, pero era más de lo que se acostumbraba. Sun Do no tiene rutas de mercado, no tiene mercado alguno. Todos se apoyan entre ellos para sobrevivir en Outworld, hombres y mujeres, viejos y adultos mayores. Li Mei era su musculo principal, era la única mujer de su edad y la más joven del pueblo. Tantas veces había repetido el mismo proceso que sus músculos se habían endurecido y su resistencia aumentaba cargando los barriles para llevarlos al almacén de la villa.

– Este es el último abuelo – dijo mientras bajaba el barril de sus hombros – De aquí el viejo Tai y la vieja May pueden encargarse.

– Muy bien Li – agradeció el viejo a la jovencita – Puedes retirarte para continuar con tus labores, los otros viejos necesitaran de tu ayuda.

– Claro abuelo ¿crees el viejo Jiran haya tenido éxito en su cacería?

– Jiran debería dejar de cazar si espera ayudar – respondió el abuelo, dándose media vuelta con una mano en su espalda y otra sujetando temblorosamente su bastón – Por decreto de la guardia de Lei Chen todo animal en sus tierras les pertenece a ellos.

– Pero abuelo – le detuvo Li Mei – Nuestra villa no puede vivir de solo pescado, necesitan carnes rojas también.

– Durante siglos hemos vivido de pescado crudo y sobrevivido – explico el abuelo, ignorando las palabras de Li Mei como si fueran locuras – Y así duraremos varios siglos más, deberías ir a verlo después de ayudar al pueblo.

– ¿Y si está en peligro? – Li Mei comenzaba a enfadarse con el viejo Ataman ¿como no podría preocuparle uno de los suyos?

– Suerte la de él – soltó una carcajada al hablar – No te acerques a él en ese caso.

El abuelo se metió en su choza subiendo con cierta dificultad las escaleras y, viendo que el resto del pueblo estaba realizando sus ocupaciones, Li Mei se escapó para ver al viejo cazador. Una parte para asegurarse de que estuviera a salvo. La otra, la de mayor peso, para ver con que locura salia el día de hoy.

Jiran era la única persona que sabía cómo era outworld fuera de Sun Do, como lucia la capital de Lei Chen y si los rumores de que la fortaleza del Kahn era tan grande como una montaña. Él le había hablado de las ciudades del este y las tierras perdidas de edenia. Muchos dicen que son puras palabrerías y cuentos inventados o exagerados, pero él jura que lo que vio es real y tenía las marcas para probarlo. Él fue robado del seno de su familia hace siglos y entrenado para volverse soldado. Muchos fueron tomados al igual que él, antes y después, pero solo el regreso al final. El viejo Jiran tenía una familia antes de la guerras que el emperador Shao Kahn provoco para conquistar otros reinos, sin embargo, cuando regreso, se dio cuenta que lo habían olvidado y dado por muerto al igual que el resto. Li Mei sentía lastima por Jiran, pues cuando se lo llevaron junto a sus hermanos e hijo, el los vio morir en batalla y cuando regreso, su esposa y familia habían fallecido por causas naturales. Debido a ello, nadie sabe realmente si Jiran es de Sun Do, solo el abuelo de Li Mei recuerda su nombre y le permitió quedarse, pero el mismo ha afirmado que no lo reconoce. Ellos dos son los más viejos del pueblo, pero uno claramente es mas energético que el otro.

Li Mei se adentró por los bosques, mirando muy bien a su alrededor para no caer en algunas de las trampas que el viejo Jiran había puesto y aprendido en su tiempo de guerra. A veces le preocupaba que alguna persona inocente cayera en una, pero la última vez que paso eso resultaron ser ladrones que planeaban invadirlos hace varios años atrás. Jiran los había salvado sin saberlo siquiera y él estaba enojado pues la presa que esperaba capturar era otra.

– ¡Jiran! ¡Jiran! – gritaba Li Mei mientras caminaba por el bosque, cuidando donde pisaba.

– Si vas a hacer tanto ruido no atrapare nada – escucho Li Mei una voz ronca y cansada arriba de ella.

El viejo Jiran estaba arriba de las fuertes ramas de un árbol, sonriéndole y advirtiéndole donde había colocado sus trampas esta vez, para que ella le recordara una vez terminara de cazar. Le dijo que subiera con él, y guardara silencio pues había presas cerca.

– ¿Cómo subiste hasta acá? – le pregunto Li Mei, subiendo el árbol sin mucha dificultad.

– Igual que tú jovencita – respondió, sarcástico – Bajar será el problema, y no pensé en eso hasta que ya estaba arriba.

– ¿Qué buscas Jiran? ¿jabalíes gigantes?

– No, han emigrado un poco más al norte esos animales – contesto,descansando en las ramas del gigantesco árbol mientras Li Mei subía – Pero parece que hoy nos espera una gran aventura jovencita. Creo que hay un enorme taigore por aquí suelto.

– ¿Un taigore? – pregunto Li Mei, asustada.

– Si, parece que está herido, ha sangrado mucho.

– Por una de tus trampas ha de ser.

– No creo – respondió Jiran, dudoso – Creo que es un taigore de guerra, pero no estoy seguro. No tiene montura, pero no hay criatura aquí que le haga rival para lastimarlo así.

– ¿Otros cazadores tal vez?

– Eso sería aún peor – rio Jiran – No me gusta la competencia, sobre todo si es más joven que yo.

– ¿Entonces?

– Creo que hay extranjeros cerca jovencita – advirtió Jiran, con rostro serio – Y no son turistas.

Jiran le contó como estuvo su mañana y como se encontró con las pisadas y camino de sangre que una enorme bestia había dejado a su paso. El viejo dijo que al principio no estaba seguro, pero las pisadas que dejaba sobre el lodo eran claramente las de un gato gigantesco, muy similares a las de un Taigore de guerra como los que vio hace siglos atrás. Admitió que la curiosidad lo consumió y siguió las huellas, por tan estúpida que sonara la idea ahora que pensaba en ello. El viejo siguió su rastro hasta el rio del bosque, donde la criatura se había detenido a beber agua y donde se había quedado a dormir la noche lamiendo sus heridas. Era probable que se encontrará en mejor estado que ahora y debido a ello buscaría encontrar alimento. Es por ello que coloco varias trampas con pequeñas presas que había casado como conejos de cola roja, sin embargo, una bestia tan grande como un Taigore necesita consumir al menos su peso para poder estar satisfecho, por lo que tenía pocas esperanzas de que apareciera.

– El abuelo se enojará al verme – le admitió Li Mei a Jiran – No se supone que debería estar contigo.

– ¡Bah! Ese viejo cascarrabias. Ignóralo – le recomendó Jiran, enfadado con el viejo del pueblo – Estos viejos se creen tan sabios por haber vivido tantos años. Ellos no saben lo que de verdad hay allá afuera, los peligros de los que nos tenemos que proteger. El taigore es un pequeño gatito comparado con todo eso.

– Volveré pronto Jiran, no lo mates sin mí.

– No prometo nada – guiño, con una sonrisa en el rostro – ¿Realmente te vas a perder de esta oportunidad?

– Tengo una idea para que él Taigore aparezca, pero tendrás que esperarme.

– Eso me gusta más – admitió el viejo Jiran – Tratare de no quedarme dormido esperándote.

Li Mei regreso corriendo hacia el pueblo pensando en las palabras del viejo Jiran y su significado. Ella tampoco sabía que había más allá, pero no era una ignorante ni decidía no verlo como algunos viejos del pueblo lo hacían. El resto les decía que no pensara en ir más allá del bosque, algunos incluso le decían que no se metiera al bosque como lo hacía Jiran, pues le temían tanto a lo que había más allá que preferían no pensar en ello y el viejo Jiran era un recuerdo vivo de lo que él resto perdió debido a lo que se encontraba a lo lejos.


Ayer, en el bosque.

Ciran y Kana habían caminado varios kilómetros más, estaban cerca del punto de reunión donde un grupo de edenianos en retirada se reunirían para volver a la tierra perdida de edenia y el escondite de la resistencia. Ciran sabía muy bien la ubicación y esperaba con ansias poder llegar ya, pero Kana la convenció para que levantaran un campamento, comieran el último de los conejos y descansaran para que buscaran el lugar con la luz del sol. La verdad era que Kana no estaba lista para encontrar a la resistencia Edeniana, no sabía si debía confiar en ellos y regresar a donde estaba Tania no era una buena idea. Necesitaba pensarlo un poco para decidir si acompañaba a Ciran con los edenianos a la tierra perdida o la abandonaba en este preciso instante y ella buscaba sus propios medios.

Ya había acabo el día y mientras Ciran dormía ella continuaba pensando en sus reducidas opciones. No podía decidirse completamente, sabía que no podía hacerlo sola, pero ni siquiera puede confiar en Ciran, no cuando una armadura leal a la hija de Thanos la puede poseer cuando la lleva puesta. Era una teoría descabellada, pero era la única que Kana tenía y no suena tan extravagante cuando se piensa en todas las artes oscuras que Thanos practicaba, razón por la cual fue humillado por Jerod y sentenciado a prisión cuando el rey todavía existía. Kana recordaba eso muy bien, pues veía que Tania no era muy diferente a su padre. Fue una ilusa al creer que las cosas podían llegar a cambiar, pero también fue su culpa al pensar que una persona como Thanos podía estar a la cabeza y utilizar cualquier método en sus manos para devolver la prometida Edenia.

– Tonta – se decía a sí misma, repetidas veces por todos los errores que había cometido. Por todas las vidas que había perdido – ¿Qué puedo hacer?

La desesperación comenzaba a crecer en ella, lo suficiente para asustarla. No podía pensar con claridad debido a ello, por lo que simplemente acepto lo que vendría y se fue a dormir, observando a Ciran descansar tranquilamente. Su rostro era como el de una niña, suave, inocente y hasta virginal. Como si nada nunca la hubiera tocado. A comparación, la armadura era lo contrario a ella. Su forma, creada por diferentes placas unidas, era algo que inspiraba terror, en especial el casco que parecía más una jaula. Kana se puso de pie, camino lentamente hacia Ciran y tomo el casco en sus manos para examinarlo. Su visor tenía la forma de un diamante con varias viseras y un largo y hermoso velo transparente sujetado en parte por una tiara plateada con un cristal azul en el centro. Además del extraño diseño, no había nada en ello que confirmara su teoría. Era tétrico y hermoso al mismo tiempo.

– Kana – escucho su nombre detrás de ella, lo que la asusto pues crei que Ciran estaba dormida.

Al voltear, Kana vio a Ciran con su torso levantado, y una mirada perdida. Sus ojos parecían no tener color, no tener vida y su piel era pálida y fría. Su voz era oscura, como si no fuera la voz que había estado escuchando durante todo el viaje. Un escalofrió recorrió su espalda. No estaba hablando con Ciran.

– Debemos movernos – hablo Ciran, con la mirada hacia el suelo y su cuerpo levantándose como si todavía continuara dormida – Los edenianos han sido masacrados.

– ¿De que estas hablando? – pregunto Kana, mientras Ciran le arrebata el casco de sus manos y se colocaba su armadura.

– Tarkanos, están cerca.

Ciran se colocó su armadura rápidamente al igual que Kana y tomo sus sables curvos en sus manos, enfundándolos en su cintura.

– ¿Y tú arco? – pregunto Kana curiosa, pues no tenía ninguna otra arma consigo.

– Mis sables son mi arco – respondió, para la confusión de Kana.

Kana siguió a Ciran por el bosque en la oscuridad de la noche, el ruido de sus pisadas sobre las hojas y ramas secas de algunos árboles y arbustos los delataba en el silencio del bosque. Kana pensó que deberían aproximarse con precaución, pero Ciran no se detenía. Ambas recorrieron el bosque durante varios metros, buscando el punto de encuentro, pero en la oscuridad del bosque no podían dar con él. Ciran se detuvo por unos instantes para observar sus alrededores sin notar mucha diferencia, estaban tan cerca del corazón del bosque que era muy difícil diferenciar cual era el norte y el sur. Kana comenzaba a pensar que estaban cayendo en la trampa de alguien y sujeto firmemente su lanza.

Ciran no se había movido por un tiempo y continuaba observando sus alrededores sin explicar nada hasta que por fin apunto hacia un lugar con su sable y comenzó a caminar hacia esa dirección. Kana la siguió de cerca y encontraron un agujero en el suelo de gran tamaño, una persona completa entrar ahí y parecía más profundo que eso.

– Están muertos – hablo Ciran, mirando hacia el abismo del agujero – Todos ellos.

– Explícate, por favor – le pidió Kana, quien ya tenía una idea de lo que hablaba.

– Aquí adentro se encuentra una estructura subterránea donde nos íbamos a reencontrar todos. Ha sido tapada con tierra y completamente derrumbada.

– ¿Entonces este era el punto de encuentro? –pregunto Kana – Pero no hay cuerpos cerca.

– En eso tienes razón – remarco Ciran – No habrían caído tan fácil.

– Tal vez fueron sorprendidos, apresados para ser cuestionados.

– Debían tomar su vida antes de ser atrapados por el enemigo – Ciran comenzó a aspirar repetidas ocasiones, intentando captar algo con su nariz – ¿Hueles eso?

– Huele a sangre, a oxido.

Ambas se pusieron de pie y siguieron el olor hasta su origen, detrás de unos arbustos y cerca de unas enormes rocas se encontraban los cuerpos destazados de varios guerreros seidianos. Sus armaduras y armas se les habían despojado y cada uno de ellos fue torturado y asesinado a sangre fría. No había duda alguna, fueron sorprendidos y luego tomados prisioneros Los cuerpos habían sido apilados en una montaña de sangre, carne y hueso. Era una escena muy mórbida.

– Tarkanos – concluyo Kana – No existe especie más brutal que la de ellos.

– En eso estoy de acuerdo – afirmo Ciran – ¿Cómo es que no hay cuerpos de esas bestias alrededor?

– Los cuerpos están comenzando a descomponerse – remarco Kana, cubriéndose la nariz y observando de cerca los cuerpos – Esto no es reciente, seguramente les tuvieron una emboscada.

– ¿Los tarkanos son capaces de realizar tácticas? – pregunto Ciran.

– Se comportan como bestias, pero sus líderes llegan a ser muy astutos e inteligentes – le explico Kana, alejándose de los cuerpos – Esa es una cualidad que no se mezcla bien con un instinto tan demoniaco como el suyo.

– Sangre por sangre – demando Ciran.

– No Ciran – la detuvo Kana, colocándole una mano en su hombro – No podemos quedarnos aquí. Mira lo que les hicieron a nuestros hermanos, vive para luchar otro día.

– ¿Huyes ante la presencia del enemigo? – pregunto Ciran, juzgándola – Eso te hace débil.

– El miedo a la muerte me ha mantenido viva – contesto Kana, retirando su mano – Y me ha permitido ganar batallas que me resultarían imposibles si hubiera luchado hasta la muerte antes.

– ¿Qué acaso no honras a tus hermanos caídos? – Ciran empujo a Kana hacia atrás, claramente molesta – Tanya tenía razón en no confiar en ti y tu secta.

– Tú no eres Ciran – Kana saco el pecho y clavo su lanza en el suelo, no iba a permitir a Ciran irse – Y tú no eres nada si ella muere ¿o me equivoco?

Ciran bajo el brazo después de un largo silencio y se dio media vuelta, dándole la espalda a Kana. Ella temía que se fuera sola a buscar a los asesinos de sus compatriotas, pero Ciran enfundo sus sables y le dijo que volvieran al campamento. Kana dijo que debían continuar adelante, que quedarse en el bosque era peligroso y debían salir de él lo antes posible.

– ¿Y a donde propones que vayamos? – pregunto Ciran, escéptica a que Kana tuviera un plan.

– Pronto llegaremos al fin del territorio del Kahn, el sur le pertenece a Lei Chen y la guardia sediana. Debemos ir a la capital a buscar refugio.

– ¿Confías en ellos?

– La verdad no – admitió Kana, bajando su guardia, pero aun alerta. – Aun así, ambos tenemos al mismo enemigo y nos apoyaron durante la conquista de Kúlan Batúr.

– Caminemos entonces.

– Déjame hablar con Ciran primero – ordeno Kana – Y no trates de convencerme que tu eres Ciran, se muy bien que no lo eres.

– Ella duerme – contesto Ciran – Déjala dormir, esta agotada.

Kana permaneció en silencio observándola, no podía evitar sentir disgusto al verla. Era magia oscura, no cabía duda alguna. Tal vez no sea un demonio quien posee a la joven Ciran, pero aún así es un ser invasivo que debería residir con los muertos y entre los vivos. Unos suspiros después, Kana volvió a tomar su lanza en sus manos y afirmo con su cabeza. Al menos agradecía que con quien estaba hablando se podía razonar, era como si fuera una segunda personalidad. Ambas estaban a punto de caminar cuando una voz salvaje a sus espaldas hablo.

– No se preocupen, pronto ustedes se reunirán con el resto de la basura edeniana que se pudre en este bosque.

Tarkanos rodearon a las dos guerreras, sus sables en sus antebrazos estaban manchados con la sangre seca y coagulada de sus anteriores victimas al igual que el resto de sus "rudimentarias" armas y armadura de metal y hueso.


Presente, cerca de Sun Do.

Li Mei regreso con un costal cargando en su espalda y sus brazos. El costal era bastante pesado y ella suponía que había por lo menos 100 pescados adentro de un kilo. Cuando Jiran vio la cantidad de pescados y el tamaño que estos tenían se sorprendió con la fuerza de la joven mujer y le ordeno que los colocara todos arriba de la red que había colocado como parte de su trampa.

– ¿Cómo convenciste que te dejaran tanto pescado? – le pregunto Jiran desde lo alto del árbol.

– ¿Quién dijo que se los pedí? – respondió, mientras vaciaba el costal en la red.

– ¡JA! – rio Jiran, completamente sorprendido y entusiasmado – Me muero por ver el rostro de ese viejo y el resto.

– Sería mejor si nadie supiera que me lo robe Jiran

– ¡Buuu! – abucheo Jiran – Le quitas la diversión a un viejo. Pero será como tú digas, si atrapamos a este animal tendremos suficiente carne para todo el pueblo.

– ¿Los taigore saben bien? – pregunto, tomando un respiro y limpiándose el sudor de la frente.

– Depende de a quien le preguntes.

– ¿Qué quieres decir?

– Si hablas de un soldado hambriento que ha estado día tras día luchando – explico Jiran, observando el bosque a su alrededor en búsqueda de movimiento – Es la carne más deliciosa que hayas probado en toda tu vida, ya me dirás qué opinas tú.

– ¿Cuánto crees que tarde en venir? – pregunto Li Mei, subiendo el árbol hasta donde estaba Jiran vigilando.

– Parece que ha estado recorriendo la misma área estos dos días, pero es un animal grande – respondió, tendiéndole una mano a Li Mei para que subiera con él – Tomara su tiempo.

– ¿Qué tan grandes son los taigore realmente? – pregunto Li Mei, mirando a Jiran a los ojos – De verdad, sin exageraciones.

– Nunca te he mentido jovencita – respondió, un poco decepcionado de que no confiara en él o las palabras de los viejos la hayan convencido un poco – Jamás lo he hecho desde que regrese. Todas mis historias son de verdad, cada una de ellas.

– ¿El triple de un jabalí gigante entonces?

– Bueno, esa vez fue el que montaba aquel tarkano – admitió, un poco avergonzado – Uno normal llega a medir como el doble. Pero basta, pronto lo veras, no te distraigas.

Los dos estuvieron esperando a que el animal se acercara, pero nunca apareció y los dos comenzaron a sentir hambre. Llevaban horas sentados en el árbol. Sus cuerpos comenzaban a entumirse, sus ojos a cansarse y, a pesar de todo el tiempo que había pasado, no había ni una señal de movimiento a su alrededor. Tal vez el taigore había muerto por sus heridas, tal vez su jinete lo había recuperado o había abandonado el bosque en búsqueda de una mejor presa. Tal vez todo había sido en vano y era hora de regresar a casa.

– Podríamos prender una fogata abajo, comer alguno de los pescados ya que nuestro invitado no va a venir – opino Li Mei.

– No Li Mei, debemos irnos – el viejo Jiran parecía devastado, decepcionado de verdad.

– ¿Qué pasa Jiran? – pregunto Li Mei, consternada.

– Debería comenzar a aceptar la realidad, que ya no soy lo que era antes – el viejo Jiran no volteaba a ver a Li Mei mientras hablaba, solo miraba hacia el suelo – De seguro no había ningún Taigore, no había nada realmente y todo esto solo son alucinaciones mías. Castigos de los dioses por todo lo que hice.

– Tú no has hecho nada malo Jiran – contesto Li Mei, tocándole el hombro y mirándolo a los ojos – Es este mundo el que te ha hecho mal a ti.

– Tienes que irte de aquí muchacha, Outworld no es un mundo para gente como nosotros.

– ¿Y a donde podría ir? – era una pregunta sincera

– Si tan solo los dioses de Outworld nos escucharan. Escucharan nuestras plegarias.

– ¿Jiran?

– Cuando Nil perdió sus piernas, cuando Kadaman murió en mis brazos.

Jiran comenzaba a divagar un poco, sus pensamientos a volver a un rincón oscuro, un estrecho abismo dentro de su mente del cual resultaba complicado salir. Sus ojos estaban perdidos y sus manos comenzaban a temblar. Lagrimas empezaban a brotar de sus ojos, cayendo por sus arrugadas mejillas. Li Mei lo sujeto fuerte de los hombros, sacudiéndolo, pero no parecía funcionar. Jiran se voltio para verla, sus ojos estaban rojos por las lágrimas. Los recuerdos habían regresado y con ellos el dolor y el terror.

– ¿Por qué Li Mei? – pregunto, a punto de quebrarse como un vidrio – ¿Para que sobreviví todo eso si mi familia ya estaba muerta cuando llegue?

Era una historia que todos conocían en el pueblo. Jiran fue reclutado a las fuerzas de Outworld en una guerra tan antigua como Sun Do. Su hijo Kadaman, el mayor de sus dos niños, fue reclutado y, sabiendo que no había escape, se ofreció a ir en su lugar. Al final los dos terminaron siendo reclutados, el padre fue incapaz de dejar que su hijo fuera solo y juro regresar junto al resto de los hombres que habían sido llevados. Solo los ancianos del pueblo, las mujeres y niños quedaron en el pueblo. Cuando el regreso, siglos después y solo, su esposa había muerto por una enfermedad y segundo hijo, Itamen, habían sido asesinado cuando trato de defender a su familia de un clan de esclavistas. Las hijas de Itamen habían sido secuestradas por el clan para venderse al mejor postor y el pueblo no pudo hacer nada para detenerlos.

– Sun Do te necesita Jiran, necesita a los ancianos para mantenernos a flote.

– Solo somos hombres a los que se les ha negado la muerte y hemos sufrido al ver a nuestro ser querido morir – contesto Jiran, limpiándose las lágrimas – Sun Do no nos necesita. Lo que Sun DO necesita es a jóvenes como tu Li Mei, jóvenes y adultos con la fuerza de proteger al pueblo. Pero los ancianos le negaron eso al pueblo.

– ¿De que hablas Jiran? – pregunto Li Mei. El viejo Jiran parecía tranquilo, su estrés causado por tanto sufrimiento parecía por fin soltarlo.

– ¿Sabes porque eres la única mujer joven que existe en el pueblo? – le pregunto Jiran, mirándola fijamente a los ojos, retándola a que contestara.

– No – Era una pregunta que ella misma se hacía desde pequeña y nunca tuvo una respuesta. Cuando creció los ancianos le dijeron que sus mujeres eran infértiles y sus varones viejos.

– Ve a las profundidades del bosque esta noche que no habrá luna, lleva una espada para protegerte.

– ¿Por qué? ¿Qué habrá ahí?

– Si no vas preparada encontraras lo que he estado buscando desde que regrese – Jiran soltó una enorme sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos rojos por las lágrimas y sus dientes amarillos formaban una mueca macabra – La muerte, pero si sobrevives tendrás las respuestas a los pecados de Sun Do.

Jiran se voltio, mirando hacia el horizonte y apuntando con su dedo el lugar a donde Li Mei debía estar esa noche. Su sonrisa se había borrado por completo, relajando un poco a la joven mujer, quien sintió un terrible escalofrió recorrerle la piel desde la cabeza hasta la planta de los pies.

– A varios kilómetros de aquí, al norte, te encontraras un cementerio olvidado. Su aroma a putrefacción y sangre se asemeja al del bosque viviente, pero ahí, nada está vivo – Jiran bajo su mano y, mirando a Li Mei desde su hombro le dijo: Espero no le temas a los fantasmas.