Los ojos de la bestia.
POV Edward.
No me reconocía.
No sabía quién era en realidad y hasta la fecha, el hombre tras el espejo me seguía pareciendo un perfecto desconocido.
Me miré al espejo después de haberme lavado la cara y mi vista se giré hacia la ventana. Estaba soleado. En el Este de Suiza no había demasiado barullo como usualmente estaba la ciudad y las abundantes tiendas de relojes y quesos eran abiertas. Era el año de 1815 y habían pasado dos años y medio desde que había dejado mi corazón en Francia. Cada día me levantaba con la esperanza de poder decidirme y volver ahí pero siempre creí que lo mejor era esperar. Mi padre y Esme estaban ya felizmente casados desde hace dos años y juntos llevan una vida feliz y prospera. Me alegraba saber que nada entre nosotros había cambiado y que solo el hecho de que ella fuese mi madrastra no tuviese un nivel menos de amor en mi corazón, ella siempre sería mi madre.
Recordaba el día de su boda. Había todas las cosas malas y yo estaba prácticamente estable aunque débil, pero el pensamiento me asaltó cuando en mi memoria volvió, el día en que me fui de Francia.
Me había despertado en una cama de sábanas limpias mientras una enfermera que había contratado mi padre me limpiaba las heridas. El agua fría me hacía sentir escalofríos y abrí los ojos con lentitud.
— Señor Cullen, despertó al fin— me habló de manera dulce y yo parpadee desconcertado.
— ¿Dónde estamos…?
— Llegamos a Suiza, señor. Sus padres están afuera, acomodando sus pertenencias.
— ¿Hace cuánto que llegamos?
Ella intentó recordar y suspiró.
— Alrededor de dos horas, señor Cullen — y entonces la miré a los ojos y ella se puso nerviosa repentinamente. Me tensé pensando que quizás la había asustado.
— Disculpe, es algo de nacimiento…
— No… No… Se preocupe…— balbuceó nerviosa.
Tuve la urgente necesidad de usar el sanitario y le pedí que me disculpara. La enfermera, la cual respondía al nombre de Raquel, batió las pestañas y me ayudó a sostenerme hasta la entrada del tocador. Cuando terminé, me paré frente al lavabo y mojé las manos con un poco de jabón para lavarme y después la cara. Fue en el momento exacto en que me di cuenta de que algo estaba diferente y abrí los ojos de golpe. Toqué mis mejillas como si mi cuerpo no fuese mío y ahí estaba. El color dorado, el horrible amarillo se había ido de mí. ¿Cómo era posible aquello?
— Este… ¿soy yo?
Un verde esmeralda reemplaza aquel ocre horrible. Caminé tan rápido como pude hacia la salida y comencé a llamar a Raquel, diciéndole que necesitaba a mi padre. Esta obedeció asustada no sin antes preguntarme si estaba bien. Yo respondí que si o al menos eso creía. Minutos más tarde mi padre entró hacia la habitación con gesto asustado.
— ¿Qué pasa?, ¿Estás bien?
— No sé — respondí confundido—. ¿Qué pasó conmigo, padre? — pregunté apuntando hacia mis ojos y este me miró asombrado.
— Edward…
— ¿Qué?
— Era verdad entonces…
— ¿De qué hablas? ¿Por qué mis ojos son verdes ahora? No entiendo…
Esme se asomó por la puerta con gesto pensativo y asintió mirando a mi padre.
— Edward… Hay algo del cual nunca hemos hablado.
— No entiendo — respondí sentándome en la tapa cerrada del toilette—. ¿Qué es?
Mi padre se aclaró la garganta y habló con la mirada perdida.
— Cuando tú naciste, una anciana ayudó a tu madre a dar a luz. Como aquel día, las salidas para el pueblo estaban cerradas, nos fue imposible llegar con un médico. Esa bruja — dijo un poco inseguro de usar esas palabras — nos dijo que debía salvarte pero yo debía aceptarte como fueses.
— Estoy confundido — comenté.
— Edward… Tú no naciste así… Ella… Esa mujer hizo algo en nombre de no sé qué para salvarte. Cuando eras un recién nacido no podías siquiera respirar de tan enfermo que estabas. Tú naciste con los ojos de color esmeralda el día de tu alumbramiento— y luego se puso más serio —. También dijo algo acerca de la cura de tus… Ojos…
— ¿Qué ocurrió entonces?
Cerró los ojos y quizás comenzó a recordar algo que había pasado hace dieciocho años.
— "Rompe los paradigmas y llénalo con tu imponencia, haz que le teman, que sea más fuerte que él mismo, hazlo una indomable, un hombre invencible y rompe todo esto con amor, cuando solo este pequeño niño, sea amado por quien en realidad es" — murmuró y después abrió los ojos—. Eso pasó, ella dijo eso.
— Sea amado por quien en realidad es… — repetí y todo tuvo conjetura—. ¡Ahora entiendo!
— ¿Qué? — preguntó Esme.
— Yo… Dejé de ser así porque Bella me dijo que me amaba… — contesté mirándola a los ojos y sonriendo — Bella me salvó.
Pude entender aquel día lo que había ocurrido. Mi cuerpo, mi alma y mi corazón de nuevo habían sido salvados por ella, otra vez.
Y aquí estaba de nuevo, agradeciéndole cada mañana por haberme rescatado de mí mismo. Me cambié muy temprano para ir al Centro de investigación de biología y medicina de Suiza donde el médico Louis La Pierre, de más de treinta y cinco años de experiencia me esperaba para mostrarme las bondades de las clases de medicina. Con mi experiencia y miles de libros leídos, yo ya estaba prácticamente encaminado a llamarme doctor.
Eran finales de agosto y el calor golpeaba las calles de manera abrazadora. Entré a la oficina de mi mentor descubriéndome la cabeza y este me recibió de manera cálida.
— Edward — me saludó con su voz cansada — que bueno que llegaste.
— Puntual como siempre, maestro— respondí mientras una de las empleadas me servía té.
— ¿Cómo vas con el nuevo tomo de anatomía? — preguntó mientras forzaba los ojos para verme y se acomodaba los lentes.
— No es muy diferente al que leí cuando tenía catorce años, maestro. Solo que, hay algunas cosas que son un poco difíciles de explicar.
Él sonrió.
— No tienes nada que explicar, hijo. Con que logres un trabajo impecable está del todo bien, más que bien— y jadeó cansado mientras yo bebía de la taza —. Yo ya estoy viejo, Edward y en algún momento me voy a morir. Que mejor que dejarte mis conocimientos a ti.
— Hago lo que puedo — dije totalmente honesto.
— ¡Tonterías! — tosió—. Haces más que eso y lo sabes. En el ámbito práctico te desarrollas completamente bien y asumo de inmediato que el teórico es un juego de niños para ti— y me miró con seriedad— es la hora.
— Pero maestro… No me siento preparado aún…
— ¿Qué dices, Edward? En unos dos años habrás superado más allá de mis conocimientos, ¿te das cuenta de que empleaste tu juventud de manera excelente? Sino hubieses leído desde niño todo aquello, te aseguro que te faltarían casi diez años para poder decir que casi estás apto para practicar en un cuerpo.
— Maestro…— intervine de nuevo.
— No me contradigas, Cullen — enderezó su espalda y bebió de nuevo, con lentitud—. Es tiempo de volver.
— ¿No entiende usted? Estudiar cada día hasta anochecer era lo único que mantenía a raya mis emociones. No sé si ella podrá perdonarme…
El doctor La Pierre me miró con gesto pensativo.
— Hace dos años y medio que te fuiste de Francia. Ninguna carta, ninguna noticia ¿cómo crees que se siente ella? Veinte años tienes ya, Edward y me es difícil de creer que no hagas caso a lo que tu instinto te dice… Te salvó, me lo dijiste una vez… ¿Por qué la sigues torturando así? — inquirió dando en una parte sensible de mi alma.
— No quería dañarla más— contesté.
— Edward Cullen — me llamó mientras veía a la ventana con gesto ausente y mirada perdida— ahora eres un médico, mucho mejor que aquellos charlatanes que dicen que pueden salvar vidas, y tú sabes que el ser humano es una máquina por así llamarlo, difícil de reparar. Pero esa máquina no solo son órganos ni sangre, hijo. Esa máquina también tiene sentimientos — y señaló su corazón con el dedo índice—. Toda herida puede sanarse, mientras sea física tú lo sabes, Edward. Una persona no muere por una enfermedad, ni por una bala atravesando su corazón… Una persona muera cuando es olvidada… Y presiento, Edward… Que ella cree que tú ya la mataste…
Mis ojos picaban amenazando las lágrimas. Mi mentor, había estado conmigo cada tarde de los casi tres años que habían transcurrido. Vio mis heridas, las curó y me enseñó a sanar a la gente. Fue entonces que inclusive, el tiempo que era como un detonante en mi cuerpo, me hizo querer contarle sobre ella. Le dije todos los sacrificios físicos que había hecho por mí. Jamás esperé de él un consejo, solo que me escuchase. Esta era la primera vez que hablábamos de ello, como si me hubiese preparado para escuchar la realidad de las cosas y cuánta razón tenía.
— Yo no la he olvidado, maestro…
— No parece eso, Edward. No estás convencido a volver.
— Es complicado… — respondí.
— No puede ser más complicado que encontrar el miocardio la primera vez que ves un corazón — rio y no pude evitar sonreír.
— Quise volver a ella los primeros meses de mi curación, doctor. En verdad lo quise… Pero tuve miedo… Mucho.
Su mirada era impasible.
— ¿A qué?...
— A que me dijera que me odiaba ahora.
— Perdóname el bárbaro lenguaje pero… es la excusa menos inteligente que he escuchado en mi vida. ¿No se supone que te dijo que te quería…?
—… Amaba — corregí con la cabeza cabizbaja.
— Yo no creo que ese sea solo lo que te da atemoriza — y mis ojos se centraron en los suyos—. Te da miedo de encontrarla…
— No lo mencione, se lo ruego — interrumpí— no lo soportaría.
— La gente no vive de promesas y no se pasa la vida esperando, Edward. Eso lo sabes. Sino vas y la buscas, ¿cómo es que esperas aquí sentado a que las cosas te caigan del cielo? — y me centré en sus palabras, incapaz de mirarlo—. Soy un viejo y tal vez dirás, "¿Qué sabe él del corazón metafórico?" Pues lo supe alguna vez, aunque no lo creas— rio—. Yo también me enamoré y la perdí por ser un cobarde… Ella se casó con un hombre que le habló de sus amores y cayó enamorada. No la culpé ni mucho menos la odié pero… ¿Por qué no le di la opción de que me escogiera a mí? Simplemente porque nunca supo de mí, porque nunca le dije que la amaba… Y no la volví a ver— su semblante era triste—. Tiempo después, cuando yo ejercí los primeros meses, la volví a ver del brazo de su esposo con una hermosa barriga— sonrió triste y aquello me llenó de nostalgia—. Se veía increíblemente más hermosa…
»… Así que no me vengas con tonterías y ve a buscarla.
Mi corazón se llenó de agonía en ese mismo instante. Imaginé a Bella más madura y mucho más bonita, con un hermoso vestido fino y azul. Su sombrilla de sol cubriéndole la hermosa piel de leche, con un bebé entre brazos y escoltada por un hombre que no era yo. Aquella imagen me revolvió el estómago del solo dolor que me provocaba, porque tan cobarde como era, yo no me atreví a siquiera a hablarle, a permitirnos algo juntos.
El doctor La Pierre tenía razón, yo debía ser un hombre ya y enfrentar mis actos… Buscarla a ella y pedirle de rodillas si era necesario, que me aceptara de nuevo.
— Tiene razón — dije con convicción— debo ir a buscarla.
Él asintió sin decir más.
— Gracias por todo maestro— ya agaché la cabeza con honor y agradecimiento—. Juro solemnemente que jamás lo defraudaré y cuidaré el título de su legado.
— No esperaría menos de ti, Edward… — y se paró con dificultad abriendo los brazos—. Déjame darte un abrazo de despida, hijo… Quizás sea la última vez que nos veamos.
Mi cara se llenó de sorpresa.
— ¿Tan mal se siente, maestro?
Él negó con las manos pero yo sabía que mentía.
— Cosas de viejos, muchachos… Cosas de viejos…
Me despedí de él prometiendo que volvería para visitarlo para contarle lo que había ocurrido. Viajé en Demonio a paso lento por las calles mientras disfrutaba del aire húmedo de la temporada. Mi caballo estaba mejor ahora. Cuando había tenido un accidente, su vida había estado en extremo peligro, como yo. Múltiples golpes internos y unas costillas fracturadas. Hice todo lo que había entre mis manos para cuidarlo y agradecido, él sobrevivió. Tardó un poco menos que yo en sanar y se mantuvo fuerte en todo momento. Ahora, lo sentía mucho más unido a mí.
— Oye amigo — le hablé mientras volvíamos a nuestra casa—. ¿Te gustaría volver a verla?
El animal relinchó despacio.
— Sí, a mí también… — contesté palmeando su hombro y acaricié su crin—. ¿Qué tal un viaje a Francia?
Y Demonio se paró en dos patas de manera muy feliz.
Era la hora de cenar y todos estábamos reunidos en el comedor. Esme ocupaba la derecha de mi padre. Vestía de manera sencilla, jamás intentando ser pretenciosa, ni cambiar su forma de ser. Había sido muy criticada por las demás señoras, pero ella jamás cambió. Mi padre se veía más que enamorado y definitivamente la amaba tal y cual era.
— Edward — me llamó mi padre llamando mi atención—. Los Welch volvieron a llamar.
Yo me puse rígido y dejé los cubiertos de lado.
— Padre, no me interesa lo que ocurra con esa familia.
— Yo sé que no — respondió — pero insisten en que los ayudemos con el asunto de… Su hija.
Tanya había sido hallada culpable por los cargos de complicidad en intento de homicidio y debía pasar una larga temporada en la cárcel. Una parte de mí se sentía feliz por aquella noticia. Todo aquello significaba que como ella no estaría en libertad, Bella estaría tranquila y segura con sus padres.
— Tiene que pagar su condena, junto con Jacob.
— Billy Black…— murmuró mi madre — dejó de insistir en que retiraras los cargos, Edward… Creo que por fin lo aceptó.
Por su parte, Jacob Black, recibiría una condena de quince a veintidós años de cárcel por sus crímenes. Qué más me hubiese gustado para él una cadena perpetua, pero a veces la ley no era tan condescendiente con la víctima.
— Bueno, era lo mínimo que se merecía — comentó mi padre—. Me alegra que ya no esté suelto por ahí, pensando en hacer maldades…
— No quiero hablar más de ellos — murmuré— me hace rabiar…
Esme acarició mi mano y me sonrió con amabilidad.
— Tienes razón, hijo… Mejor cuéntanos ¿cómo te fue con el doctor La Pierre?
Yo sonreí y bebí de mi copa de vino rosado.
— Me dijo que yo ya estaba completamente apto para ejercer… Estoy liberado…
Mis padres me miraron asombrados y de la nada, Esme comenzó aplaudir, se paró de la mesa y me besó ambas mejillas para luego abrazarme.
— Felicidades, hijo — celebró ella.
— Gracias, mamá.
— Estoy orgulloso de ti, Edward — me dijo el hombre más importante en mi vida y me abrazó con fuerza — siempre supe que llegarías lejos.
— Gracias por confiar en mí y apoyarme en esto.
— Siempre, Edward— respondió—. Velaremos por ti y tus sueños, hijo.
— Pues, honestamente me gusta que digan eso porque he decidido algo — y me miraron con seriedad.
— ¿De qué se trata? — quiso saber mi padre.
— Voy a volver a Francia por ella…
Los últimos preparativos para mi regreso estaban casi terminados. Empaque una pequeña cantidad de ropa, mis libros y cuadernos, los cuales ocupaban más espacio que mis objetos personales. El viejo, Esteban y uno de los pocos empleados que nos habían seguido, cargó una canasta enorme en la parte trasera de la carreta.
— ¿Qué es esto? — pregunté sonriendo.
— Su madre insistió, joven Edward — contestó palmeando mi hombro—. Dijo que no quería que me vieses porque si ella la entregaba no la recibirías… Ya no soy tan hábil como para andarme escondiendo.
Yo miré aquel cesto rebosante de quesos, vinos, pan, uvas, frutos frescos y semillas.
— Es demasiado para una persona — y mi caballo relinchó—. De acuerdo Demonio, aun dándote a ti nos sobraría.
— A ella le aterra que no tenga quien lo alimente estando allá. Dice que no quiere que se enferme — y le palmee el brazo agradecido sin decir nada—. La señora Esme es la mejor persona del mundo, siempre supe que ella era la indicada para el señor Cullen.
— Tienes razón, Esteban… Siempre lo ha sido — contesté suspirando y luego metí la cesta de nuevo—. Es hora de irme — dije y al tiempo, aparecieron mis padres en el umbral.
Esme se veía inquieta y un poco triste. Tenía la apariencia de haber llorado un poco antes de salir de la casa y mi padre la escoltaba cariñoso mientras le acariciaba los hombros. Yo sonreí, no quería verlos melancólicos pero tampoco podía permitir quedarme por siempre sin saber de Bella.
Ellos se acercaron a paso lento hasta mí y yo abracé a la noble mujer que se apretaba contra mi pecho.
— ¿Estarás bien? — Inquirió preocupada.
— Lo estaré — prometí.
— Sabes que si necesitas algo, no dudes en llamarnos hijo — comentó mi padre mientras me daba un abrazo y palmeaba firmemente mi espalda—. Nosotros te ayudaremos en lo que podamos.
— Gracias a los dos, en verdad — agradecí — pero este es un viaje que necesito hacer solo. Necesito hablar con ella lo más pronto posible. Mi estancia dependerá de la situación con la que me encuentre allá.
— Entendemos la situación, Edward — murmuró mi papá con honestidad nata—. Sabemos lo que esa muchacha significa para ti y lo que conlleva el hecho de querer recuperarla. Estamos completamente de acuerdo con lo que decidas y cualquiera que sea la decisión, estaremos apoyándote.
— Gracias — dije de nuevo.
— Te extrañaremos mucho — murmuró Esme.
Yo besé sus mejillas y la abracé de nuevo.
— Esto será bueno para todos. Por fin tendrán un tiempo para los dos — y ella se sonrojó adorable—. Papá, lleva a mi madre — ensalcé con orgullo— a Florencia. Los aires de la temporada le harán muy bien.
— Ya lo creo, hijo — y acto seguido él la besó. Ellos se veían muy bien juntos.
Me despedí de ellos con hasta pronto y partí mi viaje al atardecer.
Cuando menos me di cuenta ya era de noche y yo mantenía la cabeza pegada hacia el vidrio, mientras el cochero conducía por los caminos civilizados que atravesaban el bosque. Mi cuerpo estaba cansado al igual que mi mente, como si hubiese terminado de hacer una sofocante actividad física que me astillara hasta los huesos.
Necesitaba pensar y decidir cómo sería la manera más educada de llegar hasta su casa poniendo en claro que tal vez sería lo suficientemente desesperado como para tratar de verla apenas y llegara a Francia.
No puedo simplemente aparecerme en su puerta a altas horas de la noche y pedirle que hable conmigo. En primera ella ni siquiera me abriría la puerta y en segunda, me rechazaría apenas supiese quien era en realidad, pensé.
Yo era un hombre completamente diferente al que ella recordaba. No era más el joven de dieciocho años que se había largado cobardemente del pueblo y que por más que hubiese pedido verla, la destrucción del hechizo le hizo perder la inconsciencia. Porque sabía que de haber sido por mi voluntad, yo habría vuelto hacia sus brazos corriendo y jamás me hubiese marchado. Ahora entendía esa necesidad inminente por irme en la inconsciencia porque de haberme quedado, mis ojos hubiesen quedado tal vez así para siempre.
La luna estaba clara, en el punto más alto del cielo. En mi cabeza, las notas de su sonata repicaban de manera lenta y lúgubre. Toda la hecatombe que había ocurrido en su corazón, se debía a mi cobardía y mi culpa. De manera lacónica, cerré mis ojos y la imaginé bailando…
Su espalda ligeramente descubierta por el borde un cinta que dividía al mundo de su desnudez física. Cabellos eternos y pardos que le cubrían los pechos como olas de mar en un día ventoso, ojos castaños con pequeñas manchas de caramelo, dos pozos de juventud, pureza y castidad, hermosa piel color de perla blanca, sonrisa brillante de lucero comparada con los cometas y los cuerpos celestes… Alma pura… Baila conmigo…
— ¿Me haría el honor de bailar esta pieza conmigo? — le pregunté tomándola de la mano.
Ella se giró con gracia sobre sus pies pequeños.
— Claro — Respondió parpadeante, tomando con mucha suavidad la punta de la mano.
La tomé de la cintura, breve como un suspiro y el baile, comenzó. Ella se recargó en mi pecho con dulzura, apoyando su barbilla en mi hombro.
— Te siento tranquila — y la alcé sobre mis pies— y más delgada.
Se sonrió con pena y el sonrojo de sus mejillas me envió calor.
— La inquietud de tu partida me mantuvo ausente de mis necesidades — y sentí que estaba avergonzada— lo lamento…
Me sentí un desgraciado y de nuevo giré.
— Perdóname tu a mí— dije cayendo en la culpabilidad inmediata — fui un completo imbécil.
Ella intentó hablar pero yo se lo impedí, sabía que haría todo lo posible por sacarme del infierno en que yo mismo me había metido.
— Escúchame por favor… Y no digas nada hasta que yo termine… Por favor— le rogué y ella asintió. Yo carraspee y la miré a los ojos, ella me miró directamente a los ojos y me sonrió.
— Sé que te lo he dicho un millón de veces pero mi corazón no se cansa de decírtelo, estoy perdidamente enamorado de ti y quiero estar contigo más que esta noche. Mi vida sin ti ha sido un completo infierno… Me gustaría poder decirte exactamente lo que siento y mi corazón reconfortante me grita que esté a tu lado.
» Este tiempo siempre he creído que te encontraría en el peor de los estados porque honestamente no creí que fueses capaz de aceptarme de nuevo. Creí que me odiarías, que me desearías la muerte de las peores formas por haberte dejado así y me atormenté cada día por saberte ajena…
— Edward…— me interrumpió y yo le coloqué la mano sobre los labios.
— No digas más, solo escúchame y respóndeme.
— ¿Qué cosa? — preguntó mientras se quedaba estática en la pista de baile.
Yo me arrodillé ante ella y le besé las manos.
— ¿Te casarías conmigo?
Ella parpadeó y me tomó de la cara, besándome la frente, me tomó de las manos y me obligó a pararme. Yo estaba desconcertado, ¿ella había dicho que si? Hasta ese momento se mantenía en silencio mientras volvíamos a continuar nuestro baile inconcluso, apoyó de nuevo su barbilla en mi hombro y ambos brazos descansaron en mis hombros como si estuviese cansada. Coloqué las manos firmemente en su cintura y escuché un pequeño gemido saliendo de entre sus rellenos labios.
— ¿Bella? — La llamé tratando de despegarla de mi cuerpo pero ella se puso rígida, evitando que yo la viese a la cara—. Bella, ¿estás bien? — pero ella no respondía mientras los gemidos se ahogaban callados con la música de fondo.
— ¿Has escuchado alguna vez "Once rosas rojas y un blanco clavel"? — preguntó desconcertándome al completo.
— No — respondí bailando aun con ella entre mis brazos, sujetándola con firmeza. Suspiró.
— "Yo lo soñaba entonces, inmune a todo mal, hurgando un horizonte cubierto de regresos. Vestido con el traje febril de esperanza y los ojos llenos de memoria.
» … En mi delirio inmenso jamás imaginaba que podría ser el dueño y creador de cada uno de mis sueños. Al verlo de mi lado por siempre despedido de toda promesa, me convertía en la mujer más valiente y poderosa que yo nunca habría conocido.
Yo guarde en mi pecho el amor que nunca se olvida, por mi Dios juro… Que lo adoré tanto.
En las tardes de lluvia se volvía como niño pequeño al entrometerse entre mis brazos, desde la tierna distancia que nunca quise cortar. En algunas noches… Como caballero elegante, tomaba mi cintura y me llevaba a bailar.
Nunca amé tanto mi soledad desde que él descubrió mis más preciados valores. Jamás lo eché de menos con tanta alegría, desde que él dejó el sonido de su mirada en mi cuarto — sentí el estremecimiento de su piel contra la mía, suspirando en cuanto mencionó las palabras—.
El amor se distinguía como un blanco clavel de pureza, entre el dolor que daban las espinas de tantas rosas rojas.
Su amor fue inocente como el primero y eterno como el último. Su amor no se compara, no se cambia ni se reniega… Solo se vive.
Once rosas rojas y un blanco clavel y mi ilusión infinita de algún día… Coincidir con él"… — finalizó mojando con algunas gotas de rocío mi saco.
— Que hermoso poema…— le dije separándome de ella al fin y limpiándole las lágrimas con la punta de los dedos— demasiado dulce como tú…
— Es lo que sentía todo el tiempo en que te fuiste, Edward…
— Lo lamento en verdad…— dije pero ella me interrumpió.
— No sabes lo difícil que fue… — murmuró — Pensando en que me habías olvidado así de fácil.
— Bella — dije tomándola por los brazos y ella se alejó.
— Me duele que me pidas que me case contigo cuando no hiciste nada por buscarme. Acepté esta noche estar cerca de ti porque no pude resistirlo pero ahora, no puedo aceptarte sabiendo tus verdaderas intenciones…
— ¿Qué…?
Y ella me miró con frialdad…
— Edward… Hace un dos meses me casé…— dijo atravesando mi corazón y rompiéndolo en miles de pedazos.
El suelo que sostenía mis pies tembló con violencia y Bella parpadeó en cuanto se dio cuenta de que yo había entrado en un entrado en un estado de shock. Mis manos dejaron de tocarla y sentí el inminente vacío de su despedida silenciosa. Me miró extrañada mientras movía los labios diciéndome algo que yo entendía y ni siquiera era capaz de escuchar. ¿Qué me estaba tratando de dar a entender? Parpadee una vez más y recordé lo que me había dicho más no pude procesarlo, era como si algo alguien me hubiese golpeado el pecho con tanta furia que en mí no hubo más que un enorme hoyo atravesando mi esternón sin limitante.
¿Qué habría dentro de mí? Mi sangre derramada en miles de fragmentos escarlatas con pequeñas encriptaciones donde su nombre estaba grabado a hierro forjado.
Dolor.
— ¿Por qué? — fue lo único que pude decirle.
Sus manos le temblaban mientras me acariciaba la mejilla derecha y yo derramaba mi espíritu en ese pequeño mimo amable.
— Las personas no vivimos de promesas, Edward— musitó solo para mientras alrededor los cuerpos de los demás bailarines de movían sin perder el paso, la gracia ni la atención en sus respectivas parejas.
— Yo comprendo — respondí solamente en cuanto noté que alguien, del cual no pude distinguir su procedencia; tocaba su hombro de manera delicada y le hablaba al oído. Lo comprendí entonces, su marido la llamaba.
Nuestras miradas se encontraron por un segundo, ¿cómo me permití odiar tanto a un desconocido que quizás había tardado años en conquistarla mientras yo me negaba a verla? Por ese lado, yo no tenía nada que reprocharle porque Bella siempre había estado en la disposición de ser completamente feliz con quien eligiese desde el principio de todos los tiempos. Ella lo tomó de la mano y el hombre le besó la mejilla para después bajar su sombrero de copa alto de manera amable.
Yo me retiré e hice una reverencia hacia la dama que él escoltaría.
— Nos veremos después Edward… — susurró dándome un casto beso en la mejilla y se fue.
La carreta se sacudió con fuerza mientras yo brincaba desde mi asiento y me aferraba con fuerza hacia la pálida tela aterciopelada del asiento. Sudaba mucho y mi respiración agitada se convirtió en un sordo silbido que me permitía seguir con vida. Alcé la pequeña cortina roja de largas y doradas barbas y me di cuenta de que los alrededores comenzaban a ser más verdes, señal de que ya estábamos en Francia y faltaban alrededor de una hora para llegar a la mansión.
Si no me equivocaba, llegaría de noche con toda la disposición para dormir. Me sentía exhausto tanto mental como físicamente así que eso no sería problema a la hora de querer un poco de paz mental. Cuando sentí que la carreta se detuvo, yo me quedé completamente quieto sabiendo que estábamos a escasos 100 metros de distancia de la gran entrada. Asomé la cabeza por la ventana y noté las puertas de hierro forjado con las iniciales de mi familia. Volví a respirar el aire con pesadez y entramos en menos de un latido hacia el porche de la mansión. Bajé con un poco de timidez inexplicable.
Algunos empleados bajaron a ayudarme con las maletas. Me quedé sorprendido de que estuviesen enterados de mi visita, sin embargo no me quedó la menor duda de que ellos habían sido directamente enviados por mis padres para atender mis necesidades, aunque eso no era necesario. Una joven mujer bajita, de piel morena y mejillas regordetas me miró con ternura y se retorcía la franela de cocina entre las manos. Sonreí amable mientras sacaban mis pocas pertenencias y ella bajó la cabeza.
— Mi nombre es Mercedes, señor Cullen— dijo en un amistoso tono caribeño tal vez —. Yo seré la empleada encargada de sus comidas.
— Muchos gusto, Mercedes. Dime ¿quién te ha mandado?
Ella se sonrojó en cuanto la miré a los ojos.
— Su madre — murmuró.
Suspiré.
— Bueno, supongo que ya me lo esperaba — reí y ella parpadeó quizás fascinada y bajo de nuevo la mirada.
— Míreme a los ojos, Mercedes — le pedí. Me sentí diferente en cuanto se lo pedí porque tres años atrás yo jamás habría sido capaz de pedir a alguien, quien quiera que fuese—. Dígame — le pedí saber—, ¿qué hay para cenar?
Fascinada sonrió y entramos a la casa.
Como me supuse, me tenía un festín como para alimentar un pelotón recién llegado de la guerra. Me sentí satisfecho con el segundo plato rebosante de cordero con guisado de verduras al vapor y dos copas de vino tinto. No merendé, mi estómago estaba bastante satisfecho como para siquiera tolerar los olores así que decidí traspasarme a la sala de estar.
Dos empleadas aun limpiaban el lugar de último momento, quitando las últimas sábanas que cubrían los muebles. Sorprendí infraganti a una que no dejaba de mirarme y me hacía sentir incómodo. Al finalizar, caminé hacia el estudio de mi padre el cual también estaba cerrado. Un hombre llamado Emil, me había dicho que a la mañana siguiente mandaría a arreglar esa parte de la casa por lo que lo disculpara, más yo no tenía ningún problema con aquello.
— Dígame— le pedí con amabilidad mientras este se quedaba estático en la puerta—, ¿hay servicio telefónico aquí?
— Me temo que no, señor Cullen. El servicio será instalado en cuanto podamos terminar lo demás.
— Claro, no se preocupe. Puede retirarse.
El hombre asintió y se fue en silencio.
Me retiré a mi antigua habitación, la cual erala más arreglada estaba. El piano estaba en el mismo lugar que lo había dejado hacia casi tres años. Pasé las manos por las teclas de manera rápida y un golpe de recuerdos me llegó a la mente.
— Bella… — murmuré cerrando los ojos.
Las sábanas limpias estaban frescas y olorosas a perfume. Quise tocarlas como si me fuese posible percibir su fragancia entre todo aquello y entonces, girando mi vista, encontré el cepillo de su cabello colocado discretamente en una de las estanterías del tocador. No había cabellos pero sabía que le pertenecía, quizás la última vez usado cuando el mal nacido de Jacob la había raptado. Mi corazón dio un vuelco y me senté en el borde de la cama, con la cara entre las manos sujetándome de los cabellos con nerviosismo.
¿Cómo estaría ella?
— ¿Será posible que mis pesadillas no sean más que una premonición? — temblé ante mi casi pregunta retórica, arrepentido por el rumbo que tomaban mis pensamientos.
No quería imaginármela siquiera del brazo de otro hombre porque no sabía si sería capaz de controlarme ante tal imagen. Optaría por una fechoría — robármela si era necesario — a tal grado que quizás llegaría a odiarme pero prefería eso, su odio a su olvido. Me importaba poco lo egoísta que iban a ser mis planes porque la quería indefinidamente para mí. Nunca soltarla a pesar de lo que alguna vez Black le había hecho o el abandono que le había dado, más nunca mi olvido.
— Entonces podrá detestarme con más razones… — musité para mis cavilaciones — Pero, ¿dónde estará mi ángel?
Esa noche toqué con el corazón. Me quedé embelesado tocando la canción de cuna de Bella, la que tantas veces me había negado a interpretar desde la última que nos habíamos visto. Honestamente, era incapaz de hacerlo por temor a romper mi promesa pero ahora que estábamos separados por unas cuantas horas — en lo que amanecía —, aquello lo interpretaba con verdaderas ganas. Al dar la última nota, mi cabeza giró notando que de mi estantería, faltaban dos libros: mis diarios.
Fue entonces que salí buscando a una de las empleadas y una de ellas parpadeó desconcertada.
— Disculpe señor, no sé de qué libros habla. Cuando nosotros llegamos solo nos limitamos a limpiar. ¿Eran muy importantes?
— Sí, pero supongo que debí olvidarlos en Suiza — mentí.
— ¿Necesita algo más? — preguntó nerviosa.
— Es todo, me retiro a dormir— me limité a decir.
La mujer asintió y cerré mi habitación.
Me resigné a bañarme con la esperanza de que el día de mañana fuese mejor y poder esperar encontrarme con mi hada.
Esa noche soñé con canciones de cuna, ojos chocolates, labios de fresa y bailes lentos.
Era de mañana y la brisa se colaba húmeda junto con un rayo de sol. La verdad es que no me sorprendía saber que había llovido. Me levanté con lentitud sentándome en el borde de la cama. Me estiré y bajé mi vista hacia mi torso desnudo donde la cicatriz inminente surcaba mi pecho con violencia. Se veía peor de lo que estaba, bueno siempre lo había dicho pero aquello me había dolido como los mil demonios.
Suspiré.
Tu sangre dentro de mi cuerpo me permite seguir viviendo, Bella. Gracias a ti sigo vivo y daré mi existencia para recuperarte, pensé.
A velocidad intermedia, me metí a la tina con agua templada. Me quedé sumergido un rato tratando de tranquilizar los nervios que me asaltaban pero a los tres minutos, el agua comenzó a burbujear. Salí jadeante y me quité los restos de agua que me escurrían de las pestañas y el cabello.
— Debo ir a la casa de los Withlock — dije decidido saliendo de la tina para poder cambiarme.
Anduve por el pueblo con la intención de no tener ningún altercado en la breve visita que me proponía hacer en la casa de la familia de Jasper y Alice, ¿qué posibilidades había que todo me saliese al pie de la letra? Sin querer mientras paseaba por la plaza principal donde había una estatua de con una fuente alrededor, varias personas me miraron con intriga. Yo bajé la cabeza de manera educada y escuché los murmullos.
— ¿Quién es él? — preguntó una joven de cabello rojizo y mejillas encendidas que se escondía tras su sombrilla.
— No recuerdo haberlo visto aquí, deberá ser un capitalino que está por viajes de placer — susurró en respuesta una rubia que la acompañaba.
— Es increíblemente guapo — chilló la otra en respuesta —. Me pregunto si es casado.
Yo suspiré con una sonrisa en los labios. Si ellas me habrían visto hacía tres años, jamás hubiese obtenido de aquellas damas un cumplido como aquellos.
Sin vacilar me dirigí a mi destino y dejé a Demonio en la reposadera de un bebedero cerca de la casa. El lugar tenía pinta de seguir habitado, más no me había atrevido a seguir investigando por la familia por miedo a que alguien supiese inmediatamente quién era yo. Mi objetivo principal: pasar desapercibido todo lo posible, aunque debido al pueblo, la fascinación por los forasteros era inminente. Me acomodé la corbata y toqué la puerta con elegancia, esperando no importunar a horas tan tempranas por las mañanas.
Toqué por segunda vez y esperé con las manos posicionadas atrás de la espalda, pero seguía sin respuesta.
— Disculpe, ¿A quién buscaba? — Inquirió un hombre de mirada taciturna y pelo cano.
— ¿No está la casa de los Withlock? — pregunté confundido.
El hombre se rasco la cabeza y bufó.
— Sí — respondió aliviando mis pensamientos que se volvían deprimentes —. Pero por el momento, me parece que no se encuentran. Al parecer la señora de Withlock ha salido del pueblo para ir a visitar a su madre enferma y su esposo la ha acompañado. No tienen muchos días que se fueron.
— Oh.
— ¿Quién los viene a buscar? — quiso saber mirándome de manera sospechosa y yo bajé la mirada, quizás como acto reflejo.
— Soy un amigo de la familia — respondí.
— Ya veo — explicó como quien no quiere la cosa—, me he de suponer que ellos quizás no tarden más de tres días en volver a su hogar. No sé si usted estará un tiempo en el pueblo.
— Una temporada — comente.
En lo que pueda hablar con ella, porque de su respuesta depende mi estancia en este lugar, pensé.
— Supongo que no teniendo qué hacer más, esperaré — le afirmé. El hombrecillo afirmó con la cabeza y me sonrió de manera amable—. Con permiso— dije a punto de retirarme y subirme a Demonio.
— Vaya con Dios — me despidió y entonces cuando estaba avanzando, me detuvo—. Oiga, ¿es usted familiar del señor Cullen y la señora difunta Masen? — preguntó quitándose el sombrero de manera respetuosa.
Giré en el caballo, asombrado.
— ¿Por qué lo pregunta?
— Tiene un parecido de ambos — comentó confundido rascándose ahora la barbilla—. Soy viejo — explico—, pero usted tiene la misma mirada del señor de la mansión Cullen pero con el color de ojos de su esposa. ¿Es familiar?
Parpadee asombrado.
— Algo hay de eso — respondí sonriendo—. Hasta pronto— le dije por último y el hombre agitó el sombrero despidiéndome en la distancia.
Su sorpresiva apuntación me había dejado sorprendido, pero tampoco quería que nadie supiera quién era en realidad. Como era un pueblo pequeño, aquello suponía que tarde o temprano se correría la noticia de que el único hijo de la mansión Cullen estaba de visita. No después de la manera en que me habían conocido. Debía guardar mi distancia y ser prudente en todos los aspectos posibles. Y si eso era verdad, en un santiamén, ella se enteraría de que estaba buscándola o quizás aquello no causaría ningún tipo de reacción. Me hacía tener muchas expectativas a causa de eso.
Una parte de mí, quería que supiera que estaba aquí por solo ella. Pero tampoco me atrevía a preguntar directamente por la señorita Swan. ¿Qué pasaba si escuchaba lo que tanto me temía?
— Disculpe, ¿sabe dónde está la señorita Swan?
— ¿La señorita Swan? — preguntarían confundidos—. ¡Ah! Ya sé de quién habla. ¿Se refiere a la hija de Charles y Renée?
Asentiría nervioso.
— Sí, sé dónde vive. Pero no es más la señorita Swan… Me parece que su marido se apellida…
Y ni siquiera sería capaz de esperarme a que terminase la frase porque yo me iría del lugar sin pensarlo. Que jamás se enterara que yo había vuelto al lugar, no por vergüenza ni por temor a sufrir algún tipo de humillación, sino porque no quería verla a los ojos y saber que estaba con alguien más, aunque antes de marcharme, me aseguraría que estuviese viviendo en condiciones satisfactorias y felices. Esa sería el único motivo por el cual yo esperaría más tiempo en aquel lugar, ese y solo ese.
Pero ¿qué pasaba si ella se había marchado? Mi corazón se estrujó de nuevo.
Tranquilo Cullen. Siempre pensando en cosas relativamente inexistentes.
Y entonces cuando volví a la realidad, sentí mi caballo tensarse a causa de algo que no fui capaz de contemplar en mis posibilidades. Un niño cruzándose en mi camino, hizo que Demonio se levantara en dos patas y estuviese a punto de golpearlo.
Yo halé de las riendas con fuerza y un hombre afortunadamente lo apartó del camino.
— ¡Ea! — grité para tranquilizar al cuadrúpedo asustado.
El hombre se barrió en el suelo para evitar la desgracia y entonces, una nube de polvo se hinchó ante nosotros. Me aparté de ahí aproximadamente unos dos metros de distancia y noté que la persona que lo había salvado, lo mantenía firmemente entre sus brazos cubriéndolo con su cuerpo como si de eso dependiese su vida.
No tardó demasiado en que la gente que estaba alrededor comenzara a murmurar. Yo me bajé tan rápido como pude y pude ver con claridad que era un infante de aproximadamente un año de edad y el hombre que lo sostenía era un rubio casi castaño, alto y de trajes modestos. Me miró desafiante y yo no perdí de vista sus ojos, como si me odiase sin conocerme.
— ¿Está bien? — pregunté refiriéndome al pequeño quien jugueteaba en sus brazos con una sonrisa. Al verlo directamente, noté que había un enorme parecido entre los dos, debía ser su hijo.
— Lo está — respondió con tono enojado pero no comprendí. Luego pensé en la posibilidad de que quizás el hombre me culpaba de todo. No podía discutírselo aunque no fuese cierto.
El niño me miraba con grandes ojos azules y manos inquietas que se desvivían por jugar con mi sombrero.
— ¿Puedo revisarlo? — le pregunté al ver su mirada turbia y desconcertada. Suspiré—. No se preocupe, soy médico calificado.
El individuo me miró con desconfianza, como si estuviese a punto de entregarle su hijo a un ladrón y para mi sorpresa, cedió. Yo senté al niño en un escalón y comencé a revisarle las corneas con mucho cuidado, no parecía haber trauma y solo se había ensuciado la ropa, el padre se había llevado todos los golpes pero nada de cuidado. Al menos en apariencia.
— Pa-dá — chilló riendo mientras me enseñaba un juguete de madera finamente tallado con el nombre James A. W.
— Parece que el pequeño James está perfectamente — dije acariciándole la cabeza con la mano—. Me temo que usted tiene unos cuantos golpes. Lamento que esto haya sucedido, al parecer mi caballo se asustó con la repentina aparición del pequeño.
— No tiene nada que decir — gruñó enfurruñado y se paró de su lugar tomando al niño entre sus brazos, pero al querer dar un paso hacia adelante, sus pies trastabillaron precipitándose hacia al frente, afortunadamente dejando a James entre mis miembros.
— ¡Dios santo!
Dejé al pequeño a un lado y noté que su cara se crispaba de dolor, haciendo una ligera curvatura de su espalda. Comencé a desvestirlo del tórax y noté para su desgracia que tenía un fuerte golpe en las costillas, posiblemente provocada por las patas del caballo.
La gente alrededor comenzó a remolinarse y yo hice los procedimientos necesarios para poder despejarlo.
— ¿Qué ocurrió? — preguntó una voz masculina a mi espalda mientras el niño comenzaba a llorar asustado.
— Se ha lastimado por salvar a su hijo— musité dejándome llevar —. Fue un accidente. No se preocupe, soy médico.
— También yo — respondió la voz—. Doctor Emerson Linggine— se presentó.
Giré mi cabeza y encontré a un hombre de aproximadamente veintisiete años con mirada firme, ropas negras y aspecto educado. Jamás lo había visto en el pueblo por lo que me suponía que era nuevo o tenía al menos unos pocos años.
— Edward Cullen Masen— respondí de inmediata.
Asintió sin más protocolos.
— Deberíamos llevarlo a mi consultorio médico. No está muy lejos.
— ¿Trae caballo? — Inquirí lo más rápido que pude.
— Carreta. Está a unos cuantos metros de aquí — respondió y yo hice el esfuerzo por levantar solo al herido—. ¿Puede usted solo?
— Sí — contesté colgándomelo en el hombro—. Encárguese del infante, es su hijo al parecer— murmuré y el doctor obedeció.
Linggine cargó al niño en brazos y yo al hombre rubio. Fue en ese momento que lo deposité en la parte trasera del carruaje y entramos a toda prisa. Me fue inevitable escuchar el barullo que se formaba en la calle con algarabía pero lo ignoré en lo absoluto. Amarré a Demonio a una de las puertas traseras para que nos siguiese el paso sin perderlo de vista y de nuevo entré.
— Al consultorio — ordenó el cirujano al cochero con prisa.
Cuando la carreta comenzó a avanzar, el pequeño estaba un poco más tranquilo pero con la mirada expectante. Se desvivía por observar todo a la vez, pero yo esperaba que no rompiese en llanto por el entorno desconocido al que era sometido.
— Vaya situación, nunca me había enfrentado a algo así — murmuró en contraste con los jadeos del paciente—. Nunca te había visto por aquí, ¿eres nuevo?
— Sí. ¿Reemplaza al doctor Millangt? — pregunté.
— Así es — murmuró— pero estoy sorprendido. Eres muy joven para ser médico— masculló cambiando repentinamente de tema y me miró detenidamente.
— Lo soy — aseguré.
Cuando arribamos en aproximadamente diez minutos, bajé del coche con avidez mientras una enfermera cargaba al pequeño James. El doctor Linggine y yo, cargamos el hombre entre los dos y entramos a la sala para depositarlo en una camilla de sábanas limpias. Al entrar a aquel consultorio, mi cuerpo sintió un fuerte espasmo que me trajo consigo más que recuerdos y sensaciones. La mirada pérdida de Bella mientras casi era llevado a la morgue estaba en ese lugar, plasmada como pintura de Picasso pero con una belleza triste y devastadora.
Al entrar al quirófano, mi colega comenzó a palpar al herido por el hueso del esternón y las costillas izquierdas, abriendo su ropa con rapidez.
— Parece que le ha astillado las astillas. No lo dudo, el peso del animal se instaló en su cuerpo, gracias a Dios que no le partió el esternón.
Me sentía culpable pero agradecido a la vez, no sabría qué habría pasado de haber sido el pequeño en su lugar.
— Le aplicaré morfina para que soporte el dolor — murmuré para mis adentros, casi como un recordatorio de mis múltiples prácticas en la presencia del doctor La Pierre.
El proceso fue silencioso. El sujeto se removía de manera dolorosa en su lugar hasta que terminó todo lo necesario para decir que estaba fuera de peligro. Al finalizar, lo dejamos en una camilla para que reposara el tratamiento.
Al finiquitar, salí del lugar para lavarme las manos. Mis mangas estaban enrolladas hasta los codos y mi frente bañada en sudor.
— Parece que ha estudiado mucho, doctor Cullen— murmuró el doctor Emerson Linggine.
— Me he tomado un tiempo — dije distraído limpiándome.
— Cuando era más joven, pasé un tiempo estudiante gracias al doctor Millangt. Él me facilitó sus enseñanzas— y carraspeo llamando mi atención— Dígame doctor, ¿qué edad tiene?
— Veinte años — murmuré enjuagándome.
— Muy joven.
— La vida da sorpresas, supongo — comenté distraído.
— Es gustoso que los jóvenes nos preocupemos más por crecer en este campo. Es un orgullo para su familia, lo sé con seguridad.
Me sequé las manos y sonreí.
— Gracias, pero dígame algo — pedí saber—, ¿Cómo ha estado todo por aquí?
— ¿A qué se refiere?
— En el pueblo…— expliqué nervioso.
— No lo sé — contestó y parecía sincero, aunque sabía que no tenía la más mínima razón para mentirme—. Yo he vuelto apenas hoy de mi viaje y el doctor Millangt me ha dejado hace poco. Él quiso ir a Italia a estudiar un poco más de anatomía y me parece que se ha llevado una satisfactoria lección. Ahora pasa un tiempo en Milán y ahí se quedó a estudiar las nuevas pestes. Italia lo trata muy bien y no lo niega— sonrió satisfecho—, el doctor Millangt lo volvería a repetir.
— Parece que fue un año muy productivo — espeté.
— Años — corrigió—, fueron años en realidad, doctor Cullen.
— Referente al paciente — murmuré—, me haré cargo de todos los gastos médicos.
— ¿Seguro?
Yo asentí sin más.
— Me siento responsable — y suspiré resignado sin volver al tema anterior.
No tenía entonces siquiera sentido que siguiese preguntando más, el doctor Linggine no sabía nada de Bella. Suspiré.
Pero al tiempo que mis hombros bajaban, el aullido de una mujer se escuchó en el pasillo desconcertándonos a los dos.
— ¿Dónde está James y Julian?
— Relájese, por favor — pedía una de las enfermeras con calma —, ellos están bien.
— No me puede decir eso sino los veo — gritaba aquella voz con desespero.
Emerson — quien me había pedido que lo llamase y pedí lo mismo con mi nombre de pila, cuando hacíamos juntos las curaciones—, me miró desconcertado mientras se secaba las manos en una toalla limpia.
— Debe ser la esposa, quizás. Si mal no recuerdo el niño responde a ese nombre — musitó—. Debemos ver qué pasa.
— De acuerdo — respondí inseguro, ya que no me gustaba mostrarme ante la insistente desesperación de los familiares. Como médico debía enfrentarlos—. Iré en un momento.
Emerson asintió en silencio mientras yo recargaba mis manos en el lavabo y me miraba en el espejo. El hombre del reflejo se mostraba taciturno y ligeramente ojeroso aunque ese aspecto lo había adoptado desde hacía casi tres años atrás.
— No he llegado precisamente con el pie derecho a este lugar — murmuré para mí—. Se suponía que vendría discreto y un hombre resultó herido. Pagaré los gastos médicos, en absoluto.
Y entonces una voz en murmullo se escuchó y me fue inevitable no ponerle atención.
— Me es necesario saber cómo está Julian ¿Por qué era necesario traerlo al consultorio médico? — Inquiría con desespero.
— Él está fuera de peligro, lo que necesito es que se tranquilice.
Y comencé a caminar hacia el pasillo, justo de donde provenían las voces. La primera figura que distinguí, fue la de una enfermera que entretenía al pequeño James que tras luego de verme, me sonrió como si fuésemos los mejores amigos, me tomó de la mano y sonreí sin querer.
— ¿Pa-pá?
— Él está bien — respondí pensando que preguntaba por si progenitor y no me confundía con él.
El infante saltó con gracia y me trajo su juguete colorido.
— ¿Qué ocurrió entonces? — quiso saber la angustiosa voz que me hacía sentir escalofríos. ¿Quién era esa mujer que se escuchaba desesperada y preocupada?
— Al parecer, el pequeño James… — titubeo Emerson — Salió caminando a la mitad de la calle mientras un caballo andaba cerca. Lo que el señor hizo— me lo imaginé señalándolo en la camilla—, fue protegerlo pero en el interior de su cuerpo. Quizás eso asustó al animal, pero James está perfectamente bien.
— Gracias a Dios — suspiró con alivio mientras yo caminaba lentamente, atraído por esa voz de sirena—. Dígame doctor, ¿cómo está Julian?
Y entonces, mis ojos se abrieron a la par.
— No se preocupe señora — respondió Linggine —, su esposo está fuera de peligro.
Me fue inevitable quedarme con los pies perfectamente plantados en el piso del nosocomio. Si alguien me habría dicho que todo aquello se trataba de un sueño, con seguridad le habría creído. El ángel estaba ahí, pero había madurado de manera deliciosa y casi enigmática. Su cuerpo delgado rebosaba de delgadas y generosas curvas atractivas.
Su cabello trenzado a media coleta, le acariciaba con delicadeza la cintura con pequeños y medianos rulos al final de la melena. Los labios los tenía más gruesos y sus pestañas se movían de manera lenta en cuanto escuchaba el diagnóstico del doctor y en ese momento, el pequeño James corrió a sus brazos lacónicamente y le besaba las mejillas sonrosadas con amor y ternura mientras envolvía los pequeños brazos en su delgado cuello, como buscando refugio.
— Julian es… — comenzó a decir con voz desconcertada y entonces, giró su cabeza y nuestras miradas se encontraron.
Ahí estaba, la hermosa caoba de sus ojos, encontrándose con el nuevo verde de los míos. Su pecho se agitó de manera casi preocupante, mientras se aferraba con fuerza al cuerpo del infante que no la soltaba en ningún momento. Aquella imagen no supe lo que en realidad provocó en mí. Quizás habría jurado que aquello me hacía sentir ternura pero no podía decirlo con exactitud. Los ojos me comenzaron a picar de manera desconcertante.
— ¿Está bien, señora? — preguntó Emerson al ver que no respondía y agradecido de que le hiciera esa pregunta.
— Yo… — respondió parpadeando y apartando la vista de mi cara—. Sí…
— De acuerdo — conjeturó el doctor—, si gusta, puede pasar a mi consultorio. Le diré como está la salud de su marido y gracias a quién fue atendido también.
Y al escuchar aquello, mi cuerpo se arqueo de ¿furia? ¿Dolor? ¿Perdida? No lo sabía con seguridad, eran todas las emociones mezcladas al mismo tiempo. Las manos me comenzaron a temblar y tuve la necesidad de apuñarlas a los costados para mantener la compostura. Me sentía extraño con las sensaciones que me provocaban esas palabras.
Emerson se giró y para su sorpresa, me encontró demasiado concentrado en mi postura rígida.
— Doctor Cullen — saludó—, ella es la esposa del hombre que ha ayudado esta tarde— sonrió sin saber el poder de sus palabras y Bella se tensaba—. Le he comentado que no tiene nada de qué preocuparse, el señor está fuera de peligro, ¿no es así, doctor Cullen?
Ella me miraba con ojos impenetrables, ¿qué pensaba de mí? ¿Qué creía que habría hecho con su marido? ¿Y por qué no decía nada?
— Sí — respondí de la manera más calmada y gracias a todo lo divino, pude decirlo de manera tranquila.
— Gracias — se limitó a decir mientras bajaba la cabeza y yo me moría por tomarla de la barbilla y obligarla — si era necesario — a que me mirara a los ojos.
¿Gracias de qué? Quería preguntarle pero las palabras se negaban a salir a través de mis labios.
Bella tomó al niño entre sus brazos con más seguridad y el doctor caminó en sentido al consultorio donde hablaba con los familiares y daba las consultas de menos riesgo. Ella lo siguió en silencio, bajando la mirada en cuanto pasaba a mi lado y dejando una nube de fragancia fresca en cuanto el aire cruzó su camino.
— ¿Le gustaría pasar, doctor Cullen? — me preguntó Emerson en cuanto el ángel cruzaba el umbral de la puerta.
— Estoy bien con ello — solté con seriedad mientras Bella me dirigía una fría mirada desconcertante y finalmente entraba a la habitación sin mirarme más y la puerta se cerraba.
Puse mis manos en mi cabeza, halándome el cabello con desesperación mientras intentaba no resbalar por la pared y ponerme a gritar por la rabia.
— ¿Está bien, doctor? — inquirió la enfermera al verme tan nervioso.
— Sí — respondí cortante.
— Estaré en la otra habitación si me necesita — se ofreció de manera coqueta y batiendo las pestañas.
— Gracias — murmuré sin mirarla y me quedé sola en el pabellón con el esposo de ella.
Lo observé con curiosidad, como un niño celoso que intenta descubrir porque ese hombre había sido el indicado para que Bella lo escogiese, para que precisamente él fuese el merecedor del sí que yo tanto había buscado y esperado. ¿Qué tenía él que no fuese capaz de superar o igualar? Y entonces fruncí el ceño con furia, rabioso conmigo mismo: ese hombre había estado con ella cuando cobardemente yo me había ido.
¡Maldita sea!
Lo observé de manera más detenida y grosera, más no me importó. El hombre era rubio y muy bien parecido — tenía que reconocerlo—, al verlo más de cerca, sus facciones me parecieron sutilmente familiares pero no logré recordar nada. ¿Le gustaban los rubios? Instintivamente toqué mi cabello y fruncí el ceño. Luego miré sus ropas, las cuales mostraban una sutil modestia, quizás un rico medio. Más retracté mis pensamientos.
— Bella no es una mujer interesada, jamás se casaría con alguien por dinero.
¿Y si no había secretos? ¿Y si simplemente se había casado por mero y puro amor? Aquello me dolió con la misma intensidad que cuando me enteré que estaba casada hacía unos minutos, el agujero en mi pecho se expandió con furia mientras intentaba no morirme de dolor. Pero los celos me volvían indudablemente loco.
— Creo que al final se ha enamorado y ha tenido… Un bebé…— solté con aún más dolor para mi sorpresa, sin embargo no sentí odio por la pequeña criatura puesto que él, no tenía la más mínima culpa por el rumbo que habían tenido las cosas.
En mi fuero interno, me habría gustado haber sido el padre de ese niño.
Y el ruido de unas voces, rompieron mi concentración.
— Podrá marcharse en cuanto el señor recupere fuerzas, por ahora es preciso que pase aquí la noche, ¿está bien?
— Claro doctor.
Y me miró de nuevo de manera nerviosa.
— Ven Jimmy — murmuró tomando al bebé de la mano—, tenemos que estar aquí un rato.
— No es necesario, señora — apuntó Emerson—. Si gusta puede retirarse, ¿vive muy lejos?
— Un poco — respondió tratando de que yo no la mirase demasiado como para ponerla incomoda.
Y entonces, no supe por qué pero comencé a hablar.
— Si es necesario, podría llevar a la señora — carraspee ante la mención — a su casa. Además es tarde y sería peligroso que se fuera sola con el niño.
— No es necesario — apuntó demasiado pronto con nervios—, puedo ir caminando.
— ¡De ninguna manera, señora! — Exclamó para mi agradable sorpresa mi colega—, estoy totalmente de acuerdo con lo que dice el doctor Cullen. Es tarde y peligroso. Debería hacerlo por el pequeño James.
El niño aplaudió de nuevo y luego se aferró a su cuello otra vez, entonces el ángel besó su cabeza.
— De acuerdo — aceptó ella viéndome fijamente a los ojos para después apartarlos de golpe—. Solo hasta el centro del pueblo, no más.
Entonces, el hombre parpadeó de manera lenta y ella corrió a su lado.
— Hola — lo saludó de manera tierna, haciéndome revolverme en mi lugar—. ¿Cómo estás?
— Bien… — susurró el rubio adormilado.
— Me alegra tanto escucharlo — celebró Bella—. Estaba preocupada.
— Estoy bien… — y sonrió—. ¿Jimmy?
— No te preocupes, él está perfecto — y se acercó a él para escucharlo mejor.
Mis manos se pusieron a mis lados con furia, guardando una compostura casi destruida.
— ¿Cómo volverás…? — Inquirió el preocupado y frustrado en su lugar.
— Descansa y no te apures por eso, Julian. Estaremos bien — y me miró con seriedad—, el doctor Cullen nos escoltará.
Linggine sonrió y colocó las manos detrás de su espalda mientras me yo me sentía terriblemente impaciente.
Al finalizar la enorme tortura a la que me estaba exponiendo, Emerson nos prestó la carreta y yo la ayudé a entrar con toda la prudencia posible. Mientras ella entraba, yo cargaba al pequeño James entre mis brazos, ahora dormido. Por supuesto que se sentó lejos y frente a mí. Cuando la carreta avanzó — ahora de manera lenta—, Bella soltó un suspiro mientras acariciaba la cara del niño con la punta de sus dedos. Quería hablarle o que ella lo hiciera. Al notar que quería ignorarme, me armé de valor, dejando atrás mis celos irracionales o ¿racionales?
— ¿No me dirás nada? — le pregunté dejando a un lado mis miedos.
Ella me miró desconcertada.
— ¿Es algo acerca de Julian?
— No, Bella. Él está fuera de peligro. Sabes de qué quiero hablar— le dije suavemente pero con un dejo de irritación en la voz por su preocupación por el hombre rubio. Aunque sabía que me comportaba desvariadamente, no podía evitarlo.
— No tengo nada de qué hablar, doctor — hizo énfasis como si yo fuese un desconocido.
— Sabes quién soy, no finjas que no me conoces.
Su boca hizo un puchero tierno y a la vez enloquecedoramente sensual. Ella era tan atractiva que me fue necesario abofetearme mentalmente para no intentar besarla.
—Mírame— le pedí—. Soy Edward… — murmuré.
El ángel alzó los ojos hacia los míos y se quedaron clavados como intentando leer mi alma. En ellos me vi reflejado en una mezcla de dolor, desilusión, pérdida, confusión y quizás esperanza, pero ¿de qué?
— Hace un tiempo conocí un Edward — musitó para mi sorpresa haciendo que mi piel se erizara al escuchar mi nombre de su boca—, pero él se fue. Me dejó.
— Bella… — dije con dolor.
Y su vista se instaló en la ventana. No podía verla de ese modo, me dolía profundamente en el alma ¿Cuánto la había dañado?
— Perdóname— fue lo único y completamente honesto que pude decir—, perdóname por favor.
— ¿Por qué? — me preguntó inmediatamente, rompiendo mi ensoñación.
— Por lo que te hice pasar, por lo que estás… Por lo que viviste — corregí—. Ahora me doy cuenta de que has rehecho tu vida y estás preciosa… — me limité a decir suspirando.
» Sé que fui un completo imbécil cuando me fui sin decirte más y me comporté como un verdadero cobarde pero entonces me era necesario poder alejarme — solté con las palabras saliendo repentinamente de mis labios—, no es justificación pero me arrepiento y ahora, ahora es demasiado tarde.
— Tarde ¿para qué?
Suspiré, no podía siquiera contestarle.
— ¿Estás viviendo bien? — quise saber cambiando de tema radicalmente.
— Sí — respondió mirándome fijamente, esperando algo que evidentemente no me pediría abiertamente y en voz alta.
— ¿Tus padres?
— Viven ahora cerca del pueblo, les he comprado una casa.
La miré asombrado.
— ¿Tu…? — quise preguntarle si su marido lo había hecho por ella en realidad, pero no me atreví. Afortunadamente, ella comenzó a hablar.
— La compré de a poco después de trabajar un tiempo como profesora de la escuela de la capital — comentó ausente deslizando unos mechones fuera de la frente del niño—. Quería lo mejor para ellos.
— Profesora— repetí sorprendido.
— Lenguas y literatura — respondía a una pregunta que no hice pero que si pensaba hacerle.
Y luego en ese instante, la sorprendí mirándome la boca. Oh Bella, no sabes cuánto te extraño. Y entonces, parpadeo sonrosada y nerviosa.
— ¿Qué? — Inquirió de manera brusca.
— Es lo que quiero saber yo — respondí—, ¿por qué miras así? — quise saber emocionado.
— Edward…
— Pensé que no sabías quién era — murmuré con un toque de diversión en la voz pero lo dejé de lado en cuanto ella se tornó seria.
— No te burles de mí — sollozó—, no tienes la menor idea de lo que estás haciendo — y las lágrimas la traicionaron.
— Bella — comenté de manera seria—, no era mi intención que pensaras que me estaba burlando de ti…
— ¡No! — Alzó un poco más la voz apretando al bebé entre sus brazos—. Tú siempre te justificas diciendo que no querías dañarme y mucho menos hacerme sentirme mal — lloró— y ¿sabes cómo quedo yo? Como la única persona que debe perdonarte solo porque me lo pides.
— Jamás… — musité pero ella me dejó hablar.
— Dijiste que me amabas, Edward… Lo dijiste. ¿Tanto me amabas que me dejaste sola? — soltó aprisionando y machacando mi corazón.
Dios mío, no. No esa no era mi intención. Pero al menos lo soltó y estaba hablando conmigo del tema.
La carreta dio un brinco que la hizo desequilibrar viéndose hacia al frente y yo la sostuve entre mis brazos. La piel me ardió con su divino y suave contacto. Nuestras miradas se encontraron por una eternidad, acercando nuestras bocas y yo pasé saliva en silencio, sintiendo su calor. Cerré los ojos con la esperanza de sentirla y fue en el momento en que el niño comenzó a removerse y logrando que se apartara de mí.
Ella lo arrulló de nuevo, volviéndolo a sumir en su profundo sueño, suspiré para tranquilizar mis impulsos al abrir los ojos y notarla lejos, metiéndose en su caparazón de frialdad e indiferencia.
— ¿Por qué? — Inquirió de la nada para mi sorpresa.
— ¿Por qué, qué? — pregunté confundido colocando mis dedos en el puente de la nariz.
— Te ocultabas de mí…— completó haciéndome desequilibrar mis pensamientos.
Sentí la manera tímida de sus palabras pero no podía en ese instante más que decirle la verdad.
— Tú sabes por qué— respondí bajando la vista.
Negó con la cabeza mientras su vista estaba ausente.
— No es verdad. Yo no lo sé, jamás lo supe.
— Me viste, Bella— solté sin más ante sus insistencias—. Viste mi rostro, el color maldito de mis ojos — me tensé ante tal verdad con vergüenza y no sabía por qué—. No podía, yo no…
— ¿No podías qué? — Me recriminó—, ¿ser honesto conmigo?, ¿decirme la verdad? ¿Es eso lo que no podías?
Y en ese instante, supe que estaba llorando.
— Bella… No llores por favor.
— No — musitó—, haré lo que yo crea necesario, Edward. Hace tiempo que no he derramado una sola lágrima por ti, porque me juré que no lo haría. Pensaba que en cualquier momento te dignarías a buscarme, al menos unas semanas después del accidente porque sabía que era difícil después de que inclusive, tuvieron que ponerte una trasfusión de sangre.
»Aquello supuso ser la peor cosa de mi existencia. Tú no te imaginas lo realmente doloroso que fue, ver partir a la persona que…— y su voz se detuvo de golpe—. No me importaba nada, Edward. Yo solo quería que tú no te fueras.
Temblé, me sentía desarmado.
— No querías sujetarte a una bestia, destinarte a ese futuro incierto— y mis nudillos se hicieron blancos por la presión que ejercía sobre mis manos para mantener el control—, era ya bastante doloroso saber qué verdadero aspecto tenía. Por eso me ocultaba.
— ¿Por qué has vuelto? — Inquirió limpiándose las lágrimas.
— Por ti — contesté mirándola fijamente a la cara.
Sonrió con ironía.
— ¿Tres años después?
Culpable, ni siquiera tenía el valor para enfrentar su tristeza.
— Yo te pedí…
— Lo leí — me interrumpió con brusquedad— y déjame decirte que los primeros meses creí que eso era cierto, pero tiempo después comprendí que no volverías jamás. Que solo fue una carta más.
El coche se movió de nuevo pero ella permaneció en su lugar de manera estática.
— ¿Qué pasó después de aquella mañana en el hospital?
— Te refieres al día en que te marchaste…— murmuró.
Asentí en silencio y escuché la manera cansada en que sus pulmones sacaban el aire.
— Esa mañana pregunté por ti y el doctor Millangt me dijo que te habías ido… Desesperada tras leer tu carta, le pedí a Jasper que me ayudase a encontrarte— sonrió con tristeza—, lógicamente se negó al ver el estado en que me encontraba.
» Pero tanta fue mi insistencia que pude convencerlo de que hiciera una locura por mí. Me llevó a caballo mientras yo intentaba reprimir el dolor y la debilidad que habitaban en mi cuerpo— explicó con paciencia mientras yo la veía embelesado—. Cuando por fin llegamos a tu casa, él me ayudó a bajar tan rápido como pude para poder gritarte.
»Grité tu nombre una y otra vez para que te quedaras, porque juro por mi vida que no quería que te fueras, Edward. Aquello suponía un enorme dolor en mi corazón que me dejaría más que moribunda y entonces — y se detuvo de golpe ante su redacción—: Te dije que te amaba.
Mi cuerpo se tensó ante sus palabras.
— Bella… Yo siempre…
— No lo digas — me paró en seco—, no soportaría escucharlo.
Ella era tan diferente, tan fría ante mis sentimientos pero no la culpaba. Tenía todo el derecho de estar así.
— ¿Qué ocurrió…?
Bella sonrió con tristeza.
— ¿De verdad quieres saberlo?
Asentí dudoso pero de modo firme. Si tenía que saber la verdad, ese era el momento preciso y adecuado.
— Me desmayé.
Como yo, pensé.
— ¿Y después…?
Me miró con insuficiencia.
— Pasé un tiempo en la casa de mis padres mientras cada día preguntaba por ti. Parecía una loca. Hubo un tiempo en que había la necesidad de ponerme calmantes para no salir corriendo a buscarte— y un nudo se formó en su garganta—, al final me di cuenta de que no volverías y me resigné.
— Yo… Yo… — balbuceaba sin control.
— ¿Qué?
— ¡Viste mi aspecto! ¡No podías tener un futuro con un animal como yo!
— ¿Y qué con eso? — Preguntó de manera brusca sujetando a James contra su pecho—, ¿Tus explicaciones solucionarán algo?
— No — respondí derrotado.
— Y déjame aclararte algo — explicó llamando completamente mi atención—, a mí nunca me importó aquello. Vi tus ojos cuando llegaste al consultorio médico aquella noche cuando Jacob me secuestró y supe que te amaba profundamente. Nunca me permitiste ver tu rostro y yo me preguntaba por qué. Aunque estaba realmente ansiosa por saberlo, supe que no lo haría en mucho tiempo pero eso jamás impidió que yo te amara.
— Te perdí por mi culpa…— sollocé.
Y entonces el carruaje se detuvo de golpe.
— Creo que llegamos — susurró con la voz quebrada.
Asentí saliendo de manera rápida y apresurándome para poder salir y ayudarla. La tomé de la mano y ella salió. Estábamos frente a una casa amplia y bonita. El lugar tenía aspecto de ser una casa de ensueño, sin embargo, Bella no se veía feliz. Sabía por qué.
— ¿Vives aquí? — le pregunté.
— Mis padres — respondió cargando al niño con dificultad.
— ¿Quieres que te ayude?
— Puedo sola.
Asentí sin más, intentando o buscando al menos una excusa para tocarla de nuevo. Sabía que estaba mal porque era una señora casada pero el deseo me consumía por dentro. Estaba tan hermosa y atractiva. Mi cuerpo se tensaba de solo pensarlo y cuando por fin creí que tendría el valor de hacerlo, la puerta se abrió.
— Niña Bella — saludó una mujer de piel morena, de mejillas regordetas y ropas sencillas—. ¿Cómo está el señor Julian? — y le pidió el niño en brazos. Debía ser la nana.
Y para mi sorpresa, otra criatura más salió de la casa con rebosante alegría a recibirla. Una niña de similitudes físicas iguales al pequeño James y al hombre que estaba en el consultorio: otra hija. Mi corazón se estremeció. Esta pequeña debía tener casi los tres años, ¿Bella se habría casado en seguida? No podía juzgarla.
— Está bien, Rita. ¿Cómo se comportó la niña?
— Como un verdadero ángel — respondió sonriendo y luego me miró desconcertada—. ¿Quién es el caballero?
Bella palideció.
— Es el doctor Cullen. Doctor Cullen, ella es Rita, la niñera— explicó—. Él me ha traído con Jimmy a casa— y se giró a encararme —. Gracias por acompañarme, señor. Le estoy agradecida.
— De nada — respondí sincero.
— Bueno, será mejor que entremos pequeños — murmuró Rita y tomó al bebé con un brazo y con la otra mano, se llevó a la niña—, porque parece que lloverá. Con permiso, doctor — se despidió.
— Propio, Rita. Que tenga buena noche— me despedí y en cuanto se fue, me quedé con Bella en la entrada—. ¿Puedo verte mañana? Hay tanto que hablar.
— No creo que sea prudente — murmuró.
— No lo es — entendí — pero necesito que hablemos. Que me aclares unas cosas… Después de eso, te juro que… Me iré y te dejaré en paz.
Parpadeó y luego suspiró.
— Está bien — dijo sin más—. Te veo en el bosque que da hacia atrás de tu casa a las dieciocho horas… Sabes dónde.
Yo asentí sorprendido pero agradecido.
— De acuerdo, ahí estaré.
Ella se ruborizó pero al tiempo, bajó la mirada.
— Me tengo que ir— comentó—, hasta mañana.
— Hasta mañana — contesté sonriendo por primera vez con verdaderas ganas—. Que tengas una excelente noche.
— También tú — correspondió y luego me miró fijamente a los ojos y yo me perdí en ellos—, Adiós…
— Adiós.
Acto seguido, cerró la puerta.
Le pedí al cochero que esperara el tiempo suficiente como para que yo desataba a Demonio detrás.
Subí a él con lentitud y me dispuse a volver a casa. El caballo se removió incomodo bajo mi mandato.
— Tranquilo, amigo. Fue un accidente— le recordé—, gracias a Dios no ocurrió nada con el hijo de… El hijo de Bella.
Demonio no rechistó y se quedó en silencio. Eso me daba tiempo para pensar pero, para pensar ¿qué? ¿Qué exactamente era lo que hablaríamos en la cabaña del bosque que nos quedaba ahí? Algo si tenía en claro, me iba a ser completamente difícil reprimir los sentimientos que me producía estar en ese lugar. Y entonces, una locura asaltó mi mente.
— No puedo simplemente pedirle eso… No puedo y por supuesto, ella me odiaría con seguridad— pasé saliva en seco—. No puedo pedirle que sea mi amante. De ninguna manera.
Aquello suponía una enorme estupidez de mi parte, no podía simplemente poder pedirle eso cuando estaba felizmente — suponiendo eso — casada y con dos hijos. Aquellas criaturas no suponían ningún obstáculo para mí — en el buen sentido — porque jamás podría llegar a odiar a los hijos de la mujer que yo más amaba en el mundo. Ellos podrían llegar a ser mis hijos también, podría llegar a criarlos con el mismo amor como si fueran míos. Realmente no le veía el problema, sin embargo, solo estaba pensando en mí. No me ponía a pensar en lo que ella sentiría al pedirle aquello. Daba por sentado que no se ofendería ni afrentaría de mis decisiones. Era tan confuso.
¿Qué pasaría si Bella aceptase aquello? Mi corazón se sintió extrañamente feliz. Viviríamos juntos fuera de Francia y yo la llevaría de ahora en adelante conmigo a cualquier lugar. Tendría el apoyo incondicional de mi familia y eso me suponía de gran ayuda. Los niños aprenderían a quererme y no habría nada que nos detuviese, excepto Julian. ¿Qué pensaría aquel hombre del sujeto que le habría de quitar a su mujer y a sus hijos? Si yo habría de estar en su lugar — sin lugar a dudas— lo asesinaría.
Y no vacilaría en ello.
Ahora sabía que me veía como el falso héroe romántico que jamás llegaría a ser. En realidad me convertía en el villano de la historia. ¿Así de malo era mi posición? Sí, lo era. Sin embargo no tenía resentimientos de culpas. Si yo habría de estar condenado al infierno por aquello, agradecido lo pagaría.
Llegué a casa mientras uno de los empleados me recibía. Me sentía un poco diferente al asentir la mansión tan sola. Mercedes me recibió con un festín enorme en la mesa y yo agradecido comí como nunca. Todo estaba realmente delicioso.
— ¿Cómo le fue hoy? — preguntó cuándo servía mi copa de vino tinto.
— Bastante bien— respondí.
— Me alegro de que haya sido así — comentó—. Por cierto, le ha llegado una carta desde Suiza.
Mi padre, pensé.
Y me la entregó.
— Gracias, Mercedes. Puedes retirarte.
— Con permiso — sonrió y se machó.
Abrí el sobre con un cuchillo y desdoblé la hoja con rapidez para leer.
Querido hijo:
Esta carta no es más para saludarte esperando que estés bien. Afortunadamente todo ha ido muy bien en Suiza. He planeado con tu madre salir a Florencia para poder pasar una época juntos, salimos mañana, por lo que no podremos tener demasiado contacto contigo. Espero que las cosas salgan de maravilla. Tu madre te envía saludos, esperando que te cuides como si ella estuviese presente.
Te amamos, Edward.
Cariños, tus padres.
— Bueno al menos estarán bien— murmuré y continué cenando.
Cuando terminé, decidí ir a mi pieza. Al entrar a la habitación, me quedé frente al piano. No sabía por qué pero me sentía melancólico. Cuando menos me lo esperé, comencé a tocar en el piano de modo triste; Chopin Op. 28 Preludio n° 4 en mi menor. Era como mi noche perpetua sin estrellas, sin ella.
La interpreté entre lágrimas, fue en ese instante que mi corazón se cuarteo y lloré en silencio.
A la mitad de la noche me levante en medio de una pesadilla que consumía con rapidez mi cordura y no sabía de qué manera controlarme. Limpie mi frente sudada con el dorso de la mano y pequeñas bocanadas de aire salían con prisa de entre mis dientes.
No había palabras para describirlo y yo no podía ni hablar.
Lo más fácil y sencillo que pude hacer era caminar al escritorio y tratar de escribir en mis diarios, el problema era que yo ya no tenía los antiguos libros, excepto el nuevo que había escrito como mi nuevo yo.
Tomé la tinta como si aquello me satisficiera de una redentora libertad.
La realidad es que ni siquiera sé a quién estoy escribiendo, si es para mí o es para mí.
Estoy asustado.
Hoy mientras intentaba dormir he soñado con la musa de mi vida. Mi vida tiene un desequilibrio total. Ya no sé qué pensar de mí y si estoy dispuesto la mayor o en su defecto la mejor de las decisiones.
Bella ¿será capaz de aceptar estar conmigo? Me duele el cuerpo, quizás es una de las sensaciones más dolorosas y cercanas a la muerte que he tenido.
La soñé frente a mí, esperando en un pasillo de color hueso. Portaba un vestido azul con holanes beige pomposos y un sombrero de plumas que hacía juego con su falda. Se veía divina con su cabello recogido en un moño y sus mejillas sonrosadas.
Me acerqué a ella con sigilosa velocidad y nos encontramos frente a frente. Pero al creer que me esperaba a mí, aquel hombre rubia al cual he atendido esta misma mañana, la tomó de la cintura para después estampar sus labios. Me miró con aire culpable mientras dos pequeños corrían hacia sus piernas, abrazándolas con anhelo exigiendo su atención.
Yo me sentí el intruso, pero aun así no quise alejarme de ella. Me dolía verla con otro pero no podía dejar las cosas así. Fue entonces en mi sueño, que la tomé de la mano y me la llevé lejos y le pedí que se fuese conmigo y tomara a los niños.
Para mi sorpresa, ella accedió. Pero al dar un paso al frente, él me la arrebató de las manos.
Y no pude detenerlo.
Desperté ahora confundido y dispuesto a todo pero su imagen sigue en mi mente. No puedo sacarla de mis pensamientos, porque siento que la amo mucho más que hace tres años incluso.
E. C.
Con decisión y casi sin planteármelo al menos, comencé a trazar su silueta en una hoja de papel suelta que tenía encima del escritorio. Su cara, su vestido, el lindo sombrero que llevaba de lado y sus ojos avellana que no dejaban de mirar el umbral para ver si quizás aparecía por ella. Me embelesé dándole color a su cuerpo, toda entera, estaba igual que en la escena de mi sueños y por siempre en mi corazón.
Desperté cuando de golpe se cerraron mis pupilas al entrar en contacto con la luz que se filtraba por mi ventana. Alcé la cabeza mirando mis pies y noté que me había dormido con los zapatos y la camisa desarreglada. Quizás en mi cansancio, ni siquiera me habría prestado atención en la forma en que me iba a la cama. Me despabilé suspirando y estirando las extremidades y mientras la lucidez llegaba con rapidez a mi cabeza, me daba cuenta de que ese era el día, el día por fin había llegado.
— Mi principio o mi final — suspiré apoyando mis manos en mi cara—. Solo ella tiene la respuesta.
Me paré dispuesto a despejar mi mente, mientras me preparaba para salir.
Cuando salí de mi ducha, vestí unos pantalones de color negro, una camisa blanca con chaleco a juego de los pantalones, corbata gris, mocasines negros y un sombrero de copa alta. Encima me coloqué una gabardina negra que llevaba cerca de las rodillas, tomé mis cosas importantes y salí rumbo al estudio.
— ¿Saldrá, señor Cullen? — me preguntó Mercedes mientras yo me acomodaba en la mesa para desayunar.
— Más tarde — respondí.
Y entonces, se escuchó el ruido de unas voces aproximándose.
— Permítame un momento — pidió una de las empleadas.
Al verme sentado mientras bebía un café y leía el periódico, la empleado carraspeo y llamó mi atención.
— Disculpe que lo moleste, señor. El doctor Emerson Linggine solicita hablar con usted.
— ¿Linggine? — Inquirí sorprendido.
— Así es, ¿quiere que lo pase?
— Adelante — ordené y me paré de la mesa al tiempo que él entraba.
Yo lo recibí de manera cordial, bajando la cabeza e invitándolo a sentarse. Mercedes trajo otra vajilla para invitarlo a desayunar.
— Dígame, doctor Emerson ¿A qué debo el honor?
— Bueno, primero — dijo bebiendo de su jugo—. Quería conocer al enigmático doctor Cullen. Perdóneme la indiscreción pero me era necesario seguir en contacto con el segundo doctor del pueblo.
Sonreí.
— ¿Por qué?
— Me gustaría — carraspeo— y si no le molesta, que ejerciera un tiempo en el consultorio local.
Parpadee sorprendido.
— ¿Qué hay de usted?
— Yo podré estar ahí también si no es ningún inconveniente. La verdad es que a veces hay tanto trabajo que es difícil mantener a flote el lugar solo. Las enfermeras ayudan pero tampoco pueden dar inscripciones médicas basadas en pocos años de experiencia.
— Entiendo.
— ¿Y qué le parece mi propuesta?
— Estoy halagado — musité —, pero no puedo tomar una decisión así a la ligera. Me encantaría, créame. Pero depende de una persona mi estancia en este lugar… Es complicado— soné lo más honesto posible.
— Entiendo — respondió—. Supongo que es cuestión de tiempo.
— Ya lo creo — contesté.
— Bueno, Edward. Tan solo prométame que lo pensará. Ahora, disfrutemos de este manjar que nos han traído. ¡Salud! — brindó con el zumo de naranja y yo me le uní.
Al comenzar el ocaso, salí con Demonio rumbo al bosque. Después de haber platicado con Emerson sobre la propuesta, la idea no me parecía descabellada del todo y eso me daba la perfecta excusa para quedarme cerca de Bella, aunque aquello suponía una desvergonzada situación. Faltaban alrededor de quince minutos para poder llegar a la cabaña que daba al bosque y que en él se perdía. Mis bolsillos no iban vacíos y la esperanza estaba intacta.
Hacía tantos años que no volvía y eso me suponía un enorme esfuerzo al estar cerca.
Mientras me acercaba a aquella cabaña, me había dado cuenta de que el lugar me traía enormes recuerdos, pesados en realidad. Parecían haber pasado siglos desde la última vez que me había parado frente al umbral para poder encarar a lo desconocido irónicamente conocido. Mi corazón se exaltó de manera rápida al tocar el picaporte de la puerta de madera y entré con lentitud luego de amarrar a mi caballo.
Me quedé sorprendido al notar la inmaculada limpieza en la que se encontraba en ese momento. Si alguien me habría dicho que aquel sitio había estado deshabitado, con seguridad habría dicho que aquello no era cierto. ¿Qué podría decir? Las mesas y los muebles estaban en el mismo sitio, quizás levemente movidos a causa del continuo aseo a los que posiblemente habían sido sometidos. Caminé hasta el centro de la sala de estar y noté que había un jarrón vacío, posiblemente alguna vez usado para portar flores frescas.
Sin lugar a dudas, lo primero que hice fue sentarme en uno de los muebles acolchonados e individuales de color azul aterciopelado. No me quedaba más que la espera de que ella apareciera tras la puerta y comenzara a hablar. ¿Vendría sola o mandaría en su lugar a su marido para amenazarme que la dejase en paz? Razones suficientes habían de por medio para aquella dolorosa posibilidad pero sin lugar a dudas, yo debía hacerle frente a aquello.
Mis posibilidades ante eso eran completamente nulas porque desde el momento en que ella me había rechazado incluso ante su mirada, tenía todas las de perder.
¿Estaba en verdad preparado para el inminente adiós o estaba dispuesto a seguir con una relación prohibida y completamente consensada? Mi cabeza era un completo lio.
Coloqué ambas manos sobre mi cara y suspiré. El oxígeno de mis pulmones pesaba toneladas.
— Cuando estás así pareciera que el mundo se está viniendo encima— murmuró una voz a mis espaldas que me hizo girar la cabeza bruscamente.
Ahí estaba ella. Mi precioso ángel vestido de un color rosa pálido que acentuaba su hermosa y larga cabellera y que por supuesto, combinaba de manera inmaculada con sus mejillas y manos. Sus ojos se encontraron con los míos en una fracción de segundo, verde y café se fundieron en uno solo y yo me quedé estático ante el poder de su presencia. El aire se cargó de una preciosa corriente que me hacía querer tomarla entre mis brazos y querer hacerla mía en cuerpo y alma y si era preciso, rogarle de rodillas que me dejara estar al menos junto a ella.
No me importaba el orgullo, porque mi amor valía mucho más que eso.
— Has venido — le dije de manera entrecortada mientras me paraba de mi asiento y sonreía a medias.
— Dije que vendría — confirmó sin moverse—, ¿Creías que fallaría a mi palabra?
Negué lentamente. Por supuesto que no, Bella no era mentirosa.
— No es eso — comenté de modo nervioso—. No tienes motivos para mentirme, lo que me sorprende es que hayas aceptado estar en un lugar... A solas… Conmigo…
Su mirada se turbó pero en un momento, recobró la compostura.
— Querías que habláramos y te diera el tiempo para explicarte, aquí estoy — explicó avanzando lentamente hacia mi dirección pero luego cambió de rumbo para sentarse lejos de mí pero en la misma distancia de la pieza. Comencé a pensar que deseaba estar cerca de mí y por tal razón, su cercanía era meramente reconfortante.
— Parece que el lugar ha estado cuidado — comenté como si nada, un tema banal para tranquilizar el asunto.
— Lo he mantenido lo más pulcro posible — respondió de manera simple.
Sí, yo sabía que ella no podría descuidar este santuario de nuestro amor. O lo que le representara ahora para sí.
— ¿Qué te gustaría saber primero? — Inquirí de manera lenta para no alarmarla mientras me revolvía en mi asiento a menos de un metro y medio de distancia del suyo.
— Pensé que tú hablarías.
— Sí, pero creí que querías preguntarme algo— murmuré ahora realmente con los impulsos a flote y el nerviosismo tomándome por sorpresa.
Ella lo meditó en silencio unos segundos que me han parecido eternidades y miles de vidas. Cerré mis ojos a la espera de cualquier palabra suya que fuese capaz de dañarme porque eso es lo que realmente esperaba: dolor.
— ¿Dónde estuviste? — preguntó al fin con un tobillo enfrente del otro y las manos en su regazo. Su mirada pareció tranquila y amable y yo no hice más que carraspear para aclarar la voz para hablar.
— Suiza — respondí mirándola a los ojos—. Ahí estudié medicina con un catedrático y doctor llamado Louis La Pierre.
— ¿La señora Esme?
Para mi sorpresa, preguntó por mi madre y no pude evitar sonreír.
— Está casada con mi padre desde hace dos años— comento—. Ella estaba completamente feliz y sana, cuidando de nosotros.
— Me alegro tanto por ella— contestó con una sonrisa triste y eso me hizo estremecerme.
— Esme preguntó por ti muchas veces — y entonces me miró de manera atenta—. Quería que volviese pronto para poder saber cómo estabas. Mi madre era la más insistente en que volviese a buscarte.
Y entonces, creí haber elegido erróneamente las palabras porque noté la forma en que se turbaba ante tal comentario.
— Entonces… ¿Volviste solo porque ella te lo pidió? — casi me gritó en mi cara.
— No, Bella. No fue realmente por ella— expliqué de manera lenta mientras intentaba no hacer que ella se marchase y me dejase antes de que incluso pudiésemos llegar a algo—. Volví porque así lo desee, porque en verdad quería volver a verte.
Y noté como sus ojos se cristalizaban por las emociones que evidentemente no dejaría salir.
— Yo volví porque te amo— le confesé a sabiendas que lo sabía.
— ¿Crees que ahora es un buen tiempo para decirlo? — y su pregunta me golpeó de manera estruendosa como si fuese una cachetada.
Me sentí avergonzado y poca cosa. No, ahora ya no servía de nada.
— Sé que no — respondí de modo que quería explicarle todo en una sola frase—. Jamás dejé de pensar en ti, en ningún momento saliste de mi mente y mi corazón — y entonces no pude más y me paré de golpe, acercándome a ella lentamente. Sus labios temblaron antes tal proximidad mientras mi corazón se debatía presuntuoso por su tacto.
Tuve miedo en el instante en que arqueó su cuerpo cerca de mi mano y yo me alejé. No quería que me temiera, no de nuevo.
— No dejarás que te toque— murmuré.
Su mirada se clavó en el suelo y entonces, parecía una proeza el hecho de poder mirarme a la cara para mirarme a los ojos.
— Bella… Mírame…— le pedí con todo el corazón pero no me respondía.
Me acerqué lentamente, guardando la dolorosa distancia entre nuestros cuerpos y me quedé acuclillado frente a sí. Deseaba con el alma poder acariciar su lindo cabello, tomarla de la barbilla y que sus hermosos ojos me contaran en silencio lo que su alma contenía, pero en ese instante, la alarma del pánico se encendió en mi ser en cuanto noté que sus hombros se sacudían con ligereza hacia arriba y hacia debajo de manera pausada.
— ¡Ángel! — grité tomándola entre mis brazos y atrayéndola hacia mi regazo. En un segundo, yo estaba sentado en el mueble, con ella sentada en mis piernas, la cara apoyada en mi pecho ocultándome su vista y sollozando muy quedo.
Yo solo quería consolarla pero las palabras no venían a mi cabeza.
— Eh, eh — murmuraba mientras acariciaba su cabello con la palma de mi mano—. Todo está bien preciosa, todo está bien— le prometí.
Pero ¿realmente lo estaba? Porque ni siquiera sabía que era lo que había pasado para que llorase de ese modo. Me dolía pensar que yo era el culpable aunque, en realidad así era. La mecí de manera suave, como consolando a una pequeña nena asustada aunque no había diferencia entre la metáfora y la realidad.
Seguí tocando su suave cabello y Bella parecía tranquilizarse. ¿Qué tan mal estaba como para ni siquiera fuese capaz de hablarme? Mi corazón se estrujó con fuerza, yo la dañaba demasiado.
Y al cabo de unos minutos, cuando quizás ya no tenía lágrimas, suspiró profundamente.
Mi alma imitó aquel gesto de manera agradecida y me dejé llevar.
— ¿Por qué te fuiste? — preguntó al fin con la voz ronca por su reciente llanto.
Al menos me estaba hablando pero ese tipo de preguntas solo significaban algo: más lágrimas y dolor.
Suspiré tomando aire de manera entrecortada.
— Sabes por qué— contesté intentando mirar las paredes como si en ello contuviese la respuesta y las escenas exactas de lo que había vivido—. Me fui porque de alguna manera lo necesitaba. Necesitaba poder decirme que yo me había convertido en un hombre digno de ti. ¿No le entiendes?
» Los días sin ti se me hicieron increíblemente largos y me han dolido como no tienes idea. Han pasado desde entonces, mil doscientos cuarenta y tres días desde aquella vez y créeme que ha sido increíblemente doloroso, casi insoportable y mortal. Realmente no pensé que viviría. Cada segundo que no estabas conmigo, deseaba poder volver al tiempo para que tú estuvieses conmigo, para que me dieras tus besos como la primera vez — entrecerré mis ojos — para que me entregaras tu cuerpo como yo te entregaba el mío. Te necesité siempre, ángel.
Y la miré a los ojos, ahora perdidos en los míos.
» ¿No te das cuenta de que amo más que a mi propia vida, Bella? Yo me siento el mayor de los imbéciles por haber desperdiciado todo este tiempo sin ti… Ahora no puedo ser más que el perdedor… Porque nunca más serás mía.
Sus ojos me acusaban de manera dolorosa.
Por favor ángel, no me mires así, pedí en silencio.
— ¿Por qué me estás diciendo esto? — preguntó con mil emociones surcando su delicado gesto.
— ¿Qué pretendes que te diga?, ¿Quieres que te diga que te llevaré lejos de tu marido?
Sus ojos contenían sorpresa y admiración.
— ¿Qué estás…? — y entonces se apartó de mi lado, con rudeza haciéndome temblar ante su abandono.
— Lo que has oído— repetí ahora parándome al par de su rostro, de su cuerpo el cual temblaba ante mi corta proximidad—. ¿Eso quieres? Porque sabes que soy capaz de hacerlo, Bella. Puedo llevarte conmigo y tus hijos para que vivan conmigo. No importa el precio si es que así tú lo quieres. Lo único que deseo saber es que tú estás dispuesta a vivir una vida así, conmigo.
No sabía con exactitud como ella tomaría la propuesta que había salido de manera presurosa por mi boca, si me odiaba más, no había marcha atrás.
— Edward… — murmuró pero yo me acerqué a ella con rapidez.
— Te has casado — la interrumpí de manera fugaz y ella abrió los ojos de golpe— y haz tenido dos preciosos bebés que podría llegar a amar profundamente, te lo aseguro — y la tomé de las manos con necesidad—. Podríamos ser felices juntos.
— No sabes lo que estás diciendo— contestó.
— Sí, sí sé — afirmé con más ganas.
— No — insistió ella—. Y no puedes llegar a pedirme eso cuando en realidad no sabes nada.
— ¿Qué tengo más que saber? — inquirí ahora con los nervios matándome. ¿Qué más había?
— ¿Por qué me estás pidiendo esto? — preguntó quizás dándome la evasiva pero sin apartar los ojos de los míos.
Parpadee, ¿acaso no era evidente?
— Porque deseo estar a tu lado.
— Estás completamente equivocado — murmuró soltándome de su agarre y dándome la espalda—. ¿Cómo has llegado a pensar todo esto?
No, no, no. No quería que se alejara.
— Bella…
Y ella me calló con un movimiento de dedos rápidos.
— ¿Qué fue lo último que te dije antes de que te marcharas? — preguntó desconcertándome del todo.
¿En verdad quería que se lo repitiera cuando ella quizás ni siquiera tenía nada de amor para mí?
— Dijiste que… Dijiste que me amabas…
— ¿Acaso crees que te mentía? — me acusó de manera que no le encontraba sentido. Sus ojos parecían curiosos por mi respuesta pero para mi sorpresa, también se notaba dolida. ¿Por qué?
— No, no creo que me hayas mentido — respondí ante su cuestión confusa.
— Entonces ¿por qué me pides todo esto? — y se alejó de mi con prisa, buscando seguridad en una de las paredes de la pieza.
Se veía atormentada de un modo que jamás creí capaz, ¿A qué se debía entonces? De Bella habría esperado cualquier tipo de sentimiento vengativo, quizás hasta negativo y violento pero no desilusionante.
Y ¿cómo quería que le contestara aquello? Le había dicho todo, todo en realidad.
— Porque te amo.
— ¡Y yo te amo a ti! — gritó con fuerza desmedida.
Aquello me sacudió el alma.
— Entonces… — murmuré intentando formular una pregunta pero no pude.
— ¿Crees que entregué a otro hombre, Edward? ¿Eso crees de mí? — y las lágrimas resbalaron por su rostro de ángel.
¿Qué clase de pregunta era esa?
— Bella… Lo escuché del doctor Emerson… El pequeño James… La nena de la casa de tus padres…— balbucee casi estupefacto, intrigado quizás si tan solo ella era capaz de negar a su familia. ¿Acaso lo era? ¿Qué tanto había cambiado Bella en mi partida?
— ¿Hablas de Julian?
Sí, el imbécil de Julian. A quien tanto yo odiaba y no conocía, tan solo por saberse dueño de la mujer que yo tanto amaba.
— Por supuesto que me refiero a él — contesté de modo irritado ahora sin contenerme. No podía hacerlo, su simple nombre me mantenía a raya del límite.
Ella negó con la cabeza, como si le estuviese afirmando algo que evidentemente ante sus ojos era otra cosa.
— Julian no es mi marido.
Mi respiración se cortó violentamente. ¿Entonces qué suponía toda su relación? ¿Qué pasaba en realidad? ¿Quién eran entonces…?
— Julian es hermano de Jasper Withlock — respondió ante mis calladas preguntas y me miró con rabia—. El pequeño James y Janice, son hijos de Alice y Jasper.
— ¿Qué…? — pregunté con la quijada casi destrabada de mi mandíbula.
— ¡Lo que oíste! — contestó evidentemente con furia.
Me halé del cabello con fuerza ante la desesperación, mirando por todos lados como si sus palabras supusieran un enorme alivio y a la vez, me llenaran de culpabilidad. ¿En verdad habría pensado eso de ella? No podía ser totalmente culpable, ella no lo había desmentido en ningún momento.
— Tú nunca dijiste que no era tu marido— intervine tratando de dimitir su frustrante acusación.
— ¿Qué querías? — Preguntó ahora con una enorme 'V' surcando su frente—, ¿qué lo primero que hiciera al verte fuese darte cronológicamente los detalles de mi vida mientras estabas ausente?
— No pedí eso. Tan solo, pudiste haberme… — comenté pero no tenía excusas. Ella tenía razón.
— El doctor Linginne comenzó a decir que él era mi marido y yo no quería siquiera hablar, ni estar ahí — confesó—. ¿Sabes lo preocupada que estaba por el niño?
— A todo esto, ¿qué haces con ellos?
Suspiró cansada.
— Jasper y Alice han salido del pueblo para ir a visitar a un pariente. Creo que es la madre de Alice, no lo sé con seguridad pero creo que estaba muy delicada. Ellos me pidieron que cuidara de los pequeños. Janice es un ángel y ¿qué decir de Jimmy? Ambos son unos amores.
» James nació al año de su hermana casi, no lo recuerdo bien. Cuando Jasper me ayudó a seguirte ese día que te marchaste, le prometí que haría cualquier cosa por la niña y eso hago hasta la fecha.
Eso explicaba porque los pequeños se parecían tanto al hombre que se había accidentado y la ausencia de los Withlock en el pueblo.
— Creo que merezco que me contestes un par de preguntas— sentencié— ¿Por qué Julian siempre se preocupó tanto por ti? Recuerda, el día del consultorio… Cuando no quería dejarte ir.
— Julian Withlock nos cuida a los niños, la nana y a mí cuando estamos solos. Jasper se lo pidió enteramente— respondió dejándome sin argumentos para ese tema.
Y entonces, los celos me invadieron.
— Parece más interesado en protegerte a ti.
— Esa no es una pregunta — vaciló enojada.
— No me importa — dije llevado por la rabia—. Julian quiere algo más contigo… Te desea… — gruñí.
— Y si es así ¿qué? — Me retó acercándose a mí con valentía, colocando su delgado dedo índice derecho sobre mí pecho, espetando sin contenerse —. ¡¿Te molesta?!
¿Qué quería que le dijera? No pude más con su contacto.
La tomé de ambos brazos, justo por la altura de los bíceps y entorné las manos en ellos mientras acortaba nuestras miradas, nuestras bocas. Ella tembló y soltó un jadeo despacio mientras yo la tocaba solo con mi respiración reacia y entrecortada. La deseaba, la amaba, la quería para mí en ese instante más que nunca. Pero ahora me sentía irracionalmente celoso, furioso conmigo, con ella — increíblemente con ella por hacerme esa clase de preguntas y provocarme—, me sentía una bestia celosa, un neandertal a punto de gritar que me pertenecía para asegurarme de que todos se enterasen lo que verdaderamente era mío. Ella lo era, lo era al completo y lo sabía. Tan solo jugaba conmigo y me hacía rabiar, me deseaba a su merced ¡Pues lo estaba!
— ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Qué si me molesta? ¡Ja! ¡Me hace querer mostrarte lo que en realidad está pasando por mi cabeza! — Ella tembló cerrando los ojos pero no parecía tenerme miedo—. No sabes cuan alterado estoy ahora, Bella. ¿Qué crees que pasó por mi mente cuando pensé que le pertenecías a otro? — Y su espalda tocó la pared de madera con mi pecho tocando el suyo—, cuando creí que te habías casado con alguien más que no era yo — dije al momento que rocé sus labios con la punta de mis dedos.
Ella comenzó a jadear.
— ¿Tienes al menos una idea de lo que se sintió verte cerca de su rostro cuando le hablabas en el consultorio? ¿Eh?
— Edward… — murmuró.
— Lo odio — confesé—, lo odie sin conocerle porque pensé que le pertenecías y juro que habría huido contigo sin pensarlo al menos— mis manos pasearon por su rostro y luego de sus pechos a su frágil cintura—. Te amo… Te amo y no quiero que seas de nadie más que no sea yo… No voy a permitir que nadie te aparte de mi lado. Nadie — juré.
— Tú no sabes… — comentó pero se calló enseguida con una caricia cerca de su espalda baja.
— ¿No sé qué…? ¿Qué me deseas como yo a ti? — pregunté mirándola fijamente a los ojos. Sus pupilas temblaron y se mordió la boca—. Puedo sentir lo que sientes por mí, Bella. Puedo sentir que me amas locamente como yo te amo a ti. Te siento enamorada, desesperada porque te bese, porque te haga mía — y de su boca rosa salió un sensual gemido que la hizo cerrar los ojos. Tan eróticamente provocador—. Puedo sentir tu corazón acelerarse con mis caricias.
— Basta— pidió intentando reprimir sus sensaciones—. No es justo que me analices así, que me digas eso.
— No quieres que te lo diga porque sabes que es verdad, mi amor— y entonces, rocé sus labios con los míos.
Bella jadeó de nuevo y yo comencé a tocarle el rostro con ternura.
— Sé que fui un tremendo imbécil por haberme ido, pero no puedo vivir sin ti. Sabía que no serías de nadie más pero los celos ganaron mi raciocinio, me volví loco al saberlo. No quiero estar alejado más de ti, mi ángel— y de nuevo la provoqué con mi boca mientras se removía, pidiéndome más—. Te necesito para vivir, quédate conmigo… Se mi mujer, mi reina, mi dueña, mi amiga, mi compañera, mi bálsamo y salvación… Se mi amante, Bella. Quiero que seas mía… Sé mía— le rogué.
Y entonces, me miró de manera seria y miró toda mi cara.
— Lo soy — respondió solamente y esas dos palabras, pusieron de cabeza mi mundo.
Lo era. En realidad lo era…
Y en aquel momento sus labios me pertenecieron en un fiero beso. Jugué con su boca y la comencé a saborear con desmedida necesidad. Se sentía tan bien probar su sabor con mi lengua. Ella soltó un suave jadeo y enredó las manos en mi nuca, apretándose contra mí. Mi erección comenzó a crecer, pegándome a sus caderas de manera que me sentí mucho más necesitado.
— ¿Sabes lo que significas para mí? — le pregunté mientras besaba su cuello y me enredaba una piernas a las caderas.
— No — jadeó ella.
Sonreí contra su piel y la tomé de la barbilla para que fuese capaz de mirarme. Cuando obtuve su atención, la miré a los ojos y me rocé contra sus caderas.
— Si lo sabes — contesté—. Y no te dejaré ir.
Gimió de nuevo y besé sus labios callando ese delicioso sonido.
— Eres mía, Isabella.
— Sí, tuya — respondió y gruñí.
Y en un movimiento rápido, la cargué entre mis brazos para llevarla a la habitación. Mi habitación.
Ahí, nos besamos como si de aquello dependiese el destino del universo: nuestro universo.
Comenzó a desvestirme con lenta pasión, besándome el pecho y los brazos. Aquella sensación era completamente envolvente y desesperante.
Quité los escotes de su vestido con delicadeza mientras le besaba ambos hombros con adoración. La piel sedosa se deslizaba tan fácilmente bajo mis labios desesperados, Dios que bien se sentía estar ahí, adorándola mi cuerpo, sintiéndome necesitado y desesperado por abandonar la frustración de su lejanía por medio de mis caricias.
Bella buscó mi boca exasperada, tentando los lugares por donde caminaba y por fin quedando con la parte de las rodillas posicionadas cerca de la cama. El lecho nos hacía la invitación de amarnos, pero tenía que desnudarla primero.
— Necesito verte — le susurré.
Asintió con la cabeza y entonces, le deslicé el resto del vestido por su delicioso cuerpo de afrodita. Realmente decir que era hermosa, era poco a comparación de lo que veía. Definitivamente, estaba mucho más desarrollada en el aspecto físico, las curvas de su cuerpo se habían acentuado con mucha más gracia. Dios, era más que un ángel… Mi diosa.
— Estás preciosa — musité cerca de su clavícula y ella suspiró cerrando los ojos.
Entonces tomó las solapas de mi gabardina y la deslizó por mis brazos con delicadeza y esta cayó al suelo en un pesado sonido. Me miró a los ojos mientras me desabrochaba la camisa, desabotonándola con rapidez y al momento de abrirla, dejó expuesto mis cicatrices. Cuando me perdió de vista, ella tocó con la punta de su dedo la marca que había tenido aquella noche en que nos habíamos visto por última vez.
— ¿Te duele? — preguntó muy concentrada en su caricia y yo jadee con su roce. Al momento apartó la mano y yo se la sostuve, sonriéndole.
— Me ha dolido más tenerte lejos. No hagas que duela otra vez…— le rogué.
Se mordió la boca con delicadeza y yo liberé su labio con mi pulgar.
— No más — prometió y me besó los labios, con premiación, necesidad y un hermoso juramento que siendo honesto conmigo mismo, no sabía cuánto duraría pero si solo se trataba de una noche, bienvenido era.
Liberó mis pantalones de manera temblorosa y suspiró. Yo le acaricié la mejilla, era como nuestra primera vez, de nuevo ¿o sería así siempre? Tan tierna, delicada y tímida y sobre todo mía… La tomé entre mis brazos y la apreté contra mi cuerpo. Ella tocó mis manos y entonces en ese momento, sabía lo que deseaba. Me miró de manera tímida y asintió, en ese instante, liberé su sostén que cayó en el suelo en medio de los dos.
— Hermosa— le juré.
Su dulce rubor me llenó por dentro y la desee aún más.
Los besos que le di ahora eran más cargados de pasión, solo nos separaba una única tela y yo podría jurar que estaba más que lejos de lo que necesitaba. La tomé y ella enredó de nuevo las piernas entorno a mis caderas y la llevé a la cama.
Nos acostamos, ella debajo de mí y yo comiéndole la boca. Con una mano liberé su cabello de un solo movimiento y su castaña melena se lució como una hermosa cortina. Mis manos acariciaron sus mechones suaves y agradecido los tomé con fuerza a puños para acercarla más a mi boca.
— Te deseo… Bella. Te deseo…
— También yo a ti. Lo sabes… Siempre ha sido así.
Bajé besando sus mejillas y luego su cuello. Decidido bajé hasta su pecho y luego a sus senos, besándolos, chupándolos con delicadeza y tras escuchar su delicioso recibimiento, me aventuré a halarlos con la boca y mordisquearlos con los dientes muy finamente. Su cuerpo se retorcía debajo del mío, aprisionando su calor y queriendo ser delicadamente liberado.
— Te necesito ahora — le pedí.
Ella parpadeó volviendo a la lucidez y entonces asintió.
Me bajé de su cuerpo y en ese instante, me deshice de su ropa interior dejándola desnuda y expuesta para mí. Imité este movimiento conmigo mismo y por fin, estábamos expuestos uno frente al otro.
— Eres increíblemente preciosa, mi amor…
— Soy tuya, Edward… Hazme el amor por favor… — pidió y yo me entregué a sus palabras.
La recogí de su lugar y la llevé al centro de la cama. Ahí de nuevo me posicioné encima de ella y abrí sus piernas lentamente con mi rodilla sin dejar de besarla. Mi lengua se encargó de humedecer perfectamente sus labios, dentro jugando con la suya, rozándola, aprisionándola y empujándola lentamente y luego con rudeza al interior.
Gimió ante mi roce y la miré a los ojos.
— Por favor — le pedí — mírame a la cara y dime que estás aquí porque me amas— acaricié su cintura con delicadeza sintiendo como su cuerpo se erizaba por el tacto—. Dime que quieres que te haga el amor.
Bella me acarició las mejillas y besó con pureza mi frente.
— Estoy aquí porque te amo… Porque quiero que me hagas el amor como si de eso dependiese todo. Quiero estar contigo ahora y siempre, y siempre lo quise… — en ese instante, sus ojos se clavaron en los míos—, antes de este hermoso esmeralda, había un dorado maravilloso — y yo me tensé.
— ¿Qué?
— No me importa el color de tu mirada, sino lo que siempre me transmitió— suspiró y se rozó con mi cuerpo, transmitiendo miles de sensaciones placenteras provocándome gruñir —: amor.
Y mi mundo tembló.
— Dios, no sabes cuánto te amo en realidad Isabella… Permíteme amarte— le rogué mirándola fijamente a los ojos.
— Siempre — respondió.
Besé su boca con desesperación y entonces me acerqué a su intimidad. Ella comenzó a sudar y a jadear. Tomé sus caderas y de alguna manera la obligué a quedarse debajo de mí debido al peso de mi cuerpo aunque en realidad no lo soporto al completo. Mi mano recorrió su muslo, por encima de la cadera de nuevo, a lo largo de su vientre y su pecho, presionando y masajeando y tirando tentativamente de su pezón.
Ella gimió e inclino la pelvis involuntariamente, en la búsqueda del encuentro de nuestros cuerpos y entonces me detuve jadeante y aturdido. Volví para besarla, flexioné las caderas y la rocé con mi sexo, justo donde las sensaciones la enloquecían.
Bella cerró los ojos y yo lo hice de nuevo, aquello me ponía increíblemente enloquecido y ansioso pero deseoso de continuar. Continúe la deliciosa tortura y de mi pecho comienza a salir un enorme gruñido.
Estaba ahí con ella, mi sangre caliente cantando en mis venas, deseoso de hacerla mía y jamás dejarla ir, solo era capaz de escuchar nuestras respiraciones jadeantes y entre cortadas.
— Tú me haces morir e ir al cielo con vida, Bella— le susurré cerca de la boca—. Tú me amas y estoy seguro de que me deseas como yo…
Y de nuevo la rocé.
— Ahh— murmuró sacando de entre sus labios una bocanada de aire caliente—. Sí — respondió.
Me incliné sobre ella, frotando su nariz contra la mía, sus ojos cerrados y deliciosamente, poco a poco entré en ella.
Tomó mis brazos e inclinó la frente en alto, disfrutando de la sensación exquisita llena de mi posesión. Dirigí los dientes a los largo de su mentón y me retraje para luego hundirme de nuevo en ella— tan lento, tan suave, tan tierno como la vez primera—. Su cuerpo debajo del mío y mis manos a ambos lados de su cara.
— Eres increíblemente preciosa… — jadee ante las sensaciones incapaz de decir algo más coherente o más entendible.
— Y tú eres increíblemente hermoso — murmuró cerca de mi boca y sus labios se abrieron más formando una perfecta 'O'—. Por favor, Edward… Más rápido.
— Oh Bella… Lo necesito lento… Lento — dije al par de mis palabras y mis embestidas—. Necesito adorarte sin perderme nada. Sin perderme de ningún detalle de tu rostro al amarte.
Ella movió las manos en mi cabello, quizás perdiéndose en el pausado compás de mis movimientos y la sentí temblar, pero aun no me sentía listo para dejarla ir.
— Edward… — jadeó de modo entrecortado.
— Te amo, te amo… — murmuré sin perder el ritmo—. Eres mi droga, mi debilidad…
Se mordió la boca, incapaz de dejarse ir…
— Mmm… —apenas musitaba besándome con fuerza y luego delicadamente colocando su talón derecho en mi espalda baja, obligándome a penetrarla más.
— Dios, Bella… Cásate conmigo — y entonces ella abrió los ojos de golpe y en un roce placentero los volvió a cerrar…— Por favor… Cásate conmigo…
Mis caderas subieron al norte y apreté su muslo con la mano.
— ¡Ah! — Jadeó y entonces, la sentí venirse—: ¡Sí! ¡Edward sí!
Temblé por su respuesta, dándole una última embestida y entonces, sisee su nombre.
— Oh, Bella… Te amo— respiré mientras me dejaba irme, perdiéndome en su cuerpo encontrando la liberación.
Me tumbé encima de ella y comencé a besarla sin separarnos.
Ella buscó calor entre mis brazos y yo se lo di gustoso.
— Te juro que te haré tan feliz— prometí—, te lo juro.
— No te vayas más — me pidió con el corazón en las manos y entonces, me recosté a un lado, apartando su cabello de su frente. Sus ojos me veían con cuidado y yo acaricié sus mejillas.
— Jamás…
Pero entonces, me sonrió de manera triste.
— No dejaré que nadie me separe de ti — le prometí—. Aun si muero en el intento, volveré del infierno por ti, para estar contigo ¿Cuántas veces te lo he demostrado?
Y su mirada se fijó en la mía.
— Siempre…— respondió.
— Entonces, confía en mí… Te lo compensaré toda la eternidad — y besé su boca.
— Te amo, Edward Cullen… Siempre ha sido así… Siempre…
Y la sostuve entre mis brazos por el resto de la noche, donde su respiración fue la mejor sonata de aquella luna por primera vez en mucho tiempo, feliz.
Al despertar, mi cuerpo se sentía caliente. Abrí los ojos y la encontré entre mis brazos y una pierna mía enredada entre las suyas. Su cuerpo era cubierto apenas por las sábanas y sus labios entreabiertos mostraban una delicada sonrisa. Acaricié sus mejillas con la punta de los dedos y ella comenzó a despertarse lentamente. Cuando me miró, sonrió fugazmente.
— Hola — saludé.
— Hola —respondió retorciéndose como gatito en un sillón.
— ¿Cómo dormiste? — le pregunté acariciando su piel.
— Maravillosamente — contestó — ¿Y tú?
— Increíblemente — respondí y suspiré besando su cabeza—. Pensé que era un sueño más.
— También yo — y anheló.
Yo besé sus labios y en ese instante, recordé que había algo que quería darle.
— Espera aquí— le dije saliendo de la cama y poniéndome unos pantalones.
Bella se cubrió con las sábanas y sonrió a la par que yo me enfundaba mis calzas y buscaba mi gabardina. Palpé mis bolsillos y encontré lo que buscaba con facilidad y volví junto a ella.
— ¿Qué es esto? — preguntó cuándo le entregué una hoja de papel enrollada.
— Ábrelo — la invité y me sonrió con ternura, cuando lo hizo, sus labios se entreabrieron.
— Edward… es…
— Tú — completé—. Eres tú en mis sueños.
Sus ojos se fijaron en los míos, desconcertada.
— Una noche… Más bien dicho; la noche anterior te soñé así, de este modo— expliqué—. Te veías increíblemente hermosa así pero… "Tu marido" y "tus hijos" te estaban esperando en el portal y yo era el que sobraba ahí…
Me tomó de la cara y me besó con ternura.
— Sabes la verdad ahora y no me iré de tu lado — prometió—. Además, no permitiré que te marches lejos de mí.
— No me iré— le insistí—. Ahora que sé que me amas… Y que has accedido a casarte conmigo…
Bella se ruborizó y yo tomé su barbilla para que me viese a los ojos.
— Eh, no te avergüences. Me ha gustado la forma en que me lo dijiste, fue… Intenso — sonreí y ella me imitó—. Me gusta que me afirmes de ese modo, cariño... — y me acerqué a ella como felino—. Quizás debería hacer que me digas que si de esa forma.
— ¿Aja? — preguntó juguetona y enredó las manos en mi nuca con cariño.
— Aja — respondí iniciando una ronda de placenteras afirmaciones.
Cuando dejamos la cabaña, ella y yo subimos al caballo al amanecer. No teníamos que comer por lo que decidí que era mejor llevarla a la mansión Cullen.
— ¿Crees que sea buena idea poder llegar así a tu casa como si nada? — preguntó mientras yo apretaba mis brazos alrededor de su cintura.
— Claro que sí, eres mi prometida… Mi mujer — le besé la nuca—. Lo que es mío es tuyo, Bella.
— No sé si sea buena idea… — comentó evidentemente incómoda.
— Entonces ¿A dónde quieres ir?
— Pensaba que a mi casa…— musitó apenada.
— ¿Con tus padres? — Inquirí sorprendido.
— Bueno, sí…— respondió—. Ellos tienen que saber que me casaré y con quién.
Yo sonreí.
— ¿Estás diciendo que te quieres casar conmigo lo antes posible?
Ella se sonrió y se quedó en silencio.
— Pensé que te gustaban las afirmativas de otro modo…— contestó al fin.
Y yo no pude evitar besarla en la mejilla y apretarla contra mi pecho.
— Me fascinas — le susurré al oído.
Y en súbito suspiro, ella contestó.
— También tú.
El camino hacia la casa de sus padres fue rápido. No podía negar que me sentí tremendamente nervioso ante las expectativas, pero Bella me había dicho que tenía que estar calmado y tranquilo. Nos llenamos de sorpresa en cuanto notamos que varias personas estaban en el umbral, entre ellas los padres de Bella, la nana Rita, los niños y el tal Julian.
Al vernos llegar, todos se acercaron con prisa, ayudándola a bajarse de Demonio.
— ¿Dónde estabas? — preguntó con furia su padre tomándola del brazo.
— Estaba con Edward…— respondió ella con mucha valentía.
— Nos tenías preocupados, Bella— comentó la madre y luego me miró a mí, cuando me baja del cuadrúpedo.
— Ella estaba perfectamente — expliqué con cuatro pares de ojos encima de mí —. No quería que se preocuparan— y entonces me retracté al notar que nadie sabía quién era yo—. Disculpen, mi nombre es Edward Cullen Masen — y me quité el sombrero de manera respetuosa.
— Sé quién es — murmuró el padre llevándose a mi ángel tras su espalda—. Lo recuerdo bien. Usted es hijo de Carlisle Cullen, el cual salvó a mi hija de Jacob Black.
Asentí solamente.
— Y el que me golpeó con el caballo — continuó Julian y yo gruñí, yo lo odiaba.
— Eso fue un accidente — expliqué de nuevo—. Las curaciones corrieron por mi cuenta y usted está perfectamente.
— ¡Querías llevarte a Bella! — gritó el rubio enfrentándose a mí y casi golpeando su pecho con el mío.
El neandertal celoso amenazaba con salir de nuevo, llevarse a la chica y huir lejos, no sin antes partirle la cara al rubio.
— Yo jamás le haría nada que no quisiera y mucho menos la obligaría a estar conmigo— espeté tratando de guardar mi postura.
— ¡Mentiras! — vociferó.
— Julian— murmuró Bella—. Él no me hizo nada.
— ¿Cómo lo defiendes, Bella? — y me apuntó de manera grosera pero yo traté de que no me afectara—. ¡El caballo casi aplasta a Jimmy!
Y acto seguido, el niño comenzó a llorar asustado.
— Fue un accidente… — musitó de nuevo ella.
— No permitiré que esté cerca de ti — amenazó mirándome con frialdad.
El padre de Bella se interpuso entre los dos.
— Cálmate, Julian— le pidió alejándolo de mí mientras mi respiración se volvía errática. Giré para mirar a Bella, la cual se veía asustada.
— Señor— intervine mirándolo directamente a los ojos —, no quería alarmarlos. Su hija está perfectamente y yo jamás la dañaría. Lo que comenta el señor — dije casi gruñendo—, fue un accidente que no pasó a mayores. Pero eso no es el motivo por el cual estoy aquí.
» Las razones que me obligan a estar aquí tienen que ver mucho más con lo que confiere a la felicidad de su hija… Y la mía. Yo la quiero… La amo en realidad — confesé.
— ¡No! — gritó Julian.
— Por favor — dijo el jefe de la familia—. El joven está hablando— y asintió en mi dirección.
— No, no es cierto — insistió él—. ¿Cómo puede amarla si apenas hace poco se conocen? — Y miró a mi ángel que estaba atenta a mis palabras—. Bella… ¿Qué significa esto?
— Julian… Él es el hombre que yo he estado esperando — y me miró a la cara con dulzura—, yo lo amo desde hace años atrás…
— Pero… — susurró— ¿Este es el canalla que te dejó y por quien jamás me aceptaste?
Mi sangre se calentó por la rabia.
— Te voy a pedir de la manera más amable — solicité — que dejes de hablarle así. Solo te está diciendo la verdad — espeté.
Me miró con odio y recelo mientras la madre abrazó a Bella por la espala y le ordenó a Rita que se llevara adentro a los pequeños.
— ¿Cómo puedes venir aquí con toda la desfachatez del mundo a querer hablar sobre la felicidad de Bella? ¡Yo le pedí que se casara conmigo! — me escupió y yo abrí los ojos atónitos.
— Ella jamás aceptaría — lo reté.
Y sentí como mis palabras lo habían herido profundamente.
— Edward… — me llamó ella y noté que negaba con la cabeza.
— ¡TE ODIO! — me gritó Julian y se abalanzó sobre mí con furia.
— ¡PAREN YA! — Vociferó el señor Swan.
El rubio cayó encima de mí y yo lo sujeté por la solapa de la camisa, me rodé en el suelo y traté de no comportarme de forma violenta, pero debía defenderme de todo. Trató de golpearme la mandíbula pero fui lo suficientemente rápido como para evitarlo. En mi fuero interno, en una parte muy alejado de mi subconsciente, entendía el por qué se comportaba de esa manera. Todo aquello, era parte de una reacción completamente humana y normal de quien tiene miedo de perder algo que de verdad ama y le pertenece, en este caso, él quizás la quería pero Bella a él no y mucho menos le pertenecía.
Me veía yo como en su lugar y comprendí que si habría de estar en sus zapatos, yo incluso lo hubiese asesinado. Sin titubear.
Volví a la realidad, en cuanto me di cuenta de que golpeaba su mandíbula con mi puño.
— ¡Edward! ¡Detente! — gritaba Bella tratando de que parara aquella horrible escena y me separé de inmediato. No había sentido el golpe que el rubio me había logrado dar y entonces, de manera inconsciente, yo lo había golpeado.
Me paré y noté como Charles Swan se arrodillaba frente a Julian para comprobar que él estaba bien. Lo analicé superficialmente, no había nada de gravedad.
Este me miraba con gesto contrariado, limpiándose la sangre de los labios.
— ¡No pueden venir solamente y pelearse como si esto fuese una taberna de mala muerte! — Gritó el padre—. Respeten mi casa, mi familia— ordenó molesto y nos miró a ambos, dirigiéndose especialmente al abatido—. Esperaba más de ti, Julian.
— Señor…— murmuró con un dejo de decepción.
— Te lo dije, Julian — contestó—. No puedes obligar a que mi hija te ame solo porque me pidas que la convenza. Bella es una persona completamente libre de decidir con quién quiere estar — y la miró sonriéndole con ternura mientras ella le correspondía—, jamás la dañaría de ese modo.
— Yo soy la mejor opción para ella — insistió—, ¿qué puede esperar de un hombre que ataca a otro como si nada?
Yo gruñí.
— Julian — intervino la madre—, tú lo atacaste primero. Edward solo se defendió.
Pero parecía que las palabras no eran la mejor opción para que entrase en razón y se acercó a mi ángel, tomándola de las manos. Tuve que reprimir una maldición para controlarme. Los músculos de mi cuerpo se contrajeron con rabia, listos para el ataque, agazapándome de manera erecta desde mi impecable compostura.
— Isabella — le murmuró mirándola a los ojos, con tanta intimidad que los celos me revolvieron de nuevo—, no puedes estar hablando en serio… Yo te prometí que tendrías un futuro completamente asegurado conmigo… No tendríamos mucho, pero nada nos faltaría… Puedo hacerte feliz, de eso estoy seguro… Sólo… — musitó— Dame la oportunidad.
La muñeca de ojos castaños lo miró de modo apacible y lacónicamente, le sonrió.
— Siempre he estado muy alagada con las atenciones que me has dado pero… — suspiró— No puedo corresponderte… No del modo que necesitas. No me importa si tienes mucho o poco, en realidad eso es irrelevante. Te ofrecí mi amistad y me gustó lo que teníamos, en verdad…— se soltó de sus manos y soltó con firmeza—. Pero siempre he estado enamorada de ese hombre— me miró con firmeza—, lo amo y quiero estar con él.
Pero Julian Withlock no dijo nada, bajó la cabeza de modo educado y se retiró.
— ¡Julian! — gritó ella, pero él no se giró.
Me acerqué a Bella tomándola por los hombros y dándole consuelo, sabía que se sentía mal y culpable.
— Todo estará bien — le susurré.
— Pues bien— musitó Charles —, me parece que lo del joven Withlock no tiene más vuelta de página. El asunto es, ¿A qué ha venido usted? — y su esposa se colocó a su lado.
Yo me acomodé apenas perceptible la ropa y pasé mis manos por mi cabello de modo nervioso, para luego, colocar mi sombrero.
Bella tomó mi mano para darme su apoyo.
— Señores Swan… Sé que la reciente escena me dejó en el peor de los conceptos… Pero he venido aquí como caballero a responder por mis intenciones — carraspee y ellos me miraron desconcertados—. También, tengo bien en claro que tras mi reciente regreso, no soy digno de su confianza, pero desde el fondo de mi alma, solicito su bendición…
— ¿Bendición? — Inquirió la madre.
— Quiero la mano de su hija en santo matrimonio… La amo perdidamente y ella, milagrosamente… Me corresponde.
Sus ojos me miraron con expectación.
— ¿Matrimonio? — preguntaron al unísono.
— Matrimonio — respondimos ambos de las manos y con una sonrisa en los labios.
En un papel de color marfil, releí las palabras que tenían la invitación a mi maravilloso futuro. Sentado desde el sillón principal que daba hacia la tumba de mi madre, suspiré.
— Parecieran que han pasado años desde que tuve paz…
ISABELLA MARIE SWAN
Y
EDWARD ANTHONY CULLEN MASEN
JUNTOS CON NUESTRAS FAMILIAS, REQUIEREN EL HONOR DE SU PRESENCIA EN LA CELEBRACIÓN DE NUESTRO MATRIMONIO.
EL DÍA SÁBADO, TRECE DE AGOSTO DE MIL OCHOCIENTOS QUINCE.
EN PUNTO DE LAS CINCO DE LA TARDE.
— Deberías estar acomodándote la corbata — me regañó Esme mientras yo despegaba mí vista del papel. Llevaba un lindo vestido color perla, el cabello recogido y un collar de oro blanco adornaba su cuello
— ¿Me regañarás incluso el día de mi boda, madre?
Ella me sonrió con dulzura acariciando mi hombro.
— Trato de ayudarte, querido— musitó—. Estamos a nos minutos de que te cases…
— No llegaría tarde por nada en el mundo — expliqué—. He estado esperando años para estar agraciada fecha— comenté sonriente.
— En realidad, me sorprende que Charles Swan haya accedido a que se casaran con mucha apuración…
— Bueno… él sabía que yo tenía buenas intenciones desde la última vez que nos vimos… — Respondí.
— Siempre, querido… Siempre…
Y me paré de mi asiento mirando a través de la ventana. Había rosas blancas y rosas pálidas por todos lados, como hermosos pabellones de color blanco y dosel. Se veía como en un sueño, para la diosa de mi corazón. Luego pensé en mi madre, en las infinitas ganas de que ella estuviese presente.
— Ella estaría orgullosa de ti, Edward — murmuró Esme.
— Gracias…— y la tomé de las manos— Por todo lo que has hecho por mí, por mi padre… Eres el cimiento más importante de esta familia, mamá.
Comenzó a llorar de alegría.
— Eh no llores — le limpié las lágrimas—, mi madre no debe llorar…
— Todos lloran en las bodas — replicó sonriendo.
— Bueno… Espero que sea de felicidad— comenté besándole las mejillas.
Ella acomodó mi saco negro como si estuviese arrugado y luego acomodó mi corbata.
— Vamos, debemos ocupar nuestros lugares.
Le ofrecí mi brazo para escoltarla.
— ¿Me permite, señora?
— Encantada — contestó sonriente y nos dirigimos al umbral. En el camino nos encontramos con mi padre. El portaba un traje de color negro y mocasines, me dio un abrazo en silencio y entonces, avancé escoltando a mi madre.
Todos estaban ahí. Alice y Jasper, nos habían ofrecido a sus pequeños para que fueran los pajecitos. El doctor Emerson, estaba acompañado de su nueva novia, una amable enfermera que le había ayudado desde hacía algunos meses atrás. También noté que estaban las demás empleadas. Esteban sonreía feliz del brazo de Mercedes e incluso, noté la presencia de Bill Black al fondo, se veía relajado. Al llegar a mi lugar, mi madre me besó la mejilla y me sonrió y ahí, frente a la tumba de mi madre, el sacerdote nos esperaba.
Minutos después, todos se voltearon para ver llegar a la novia en una carreta de color blanco, guiada por Demonio. Su padre la ayudó a bajarla y mi hermoso ángel, descendió con su impecable vestido color nieve.
Su figura adornada por encaje blanco que le cubría los brazos y las muñecas y que hacía resaltar su hermosa piel blanca, una falda entallando su cintura y una cola infinita, portando en sus manos un ramo de rosas escarlata.
La marcha nupcial comenzó y bajo su velo, noté que sonreía.
Paso a paso, llegó hasta a mí…
Me fue entregada como el tesoro más precioso del universo y frente a la promesa silenciosa de su padre, yo prometí cuidarla.
Alcé su velo al llegar y ella me miró directamente a los ojos.
— Te amo — dije en silencio.
Colocó su mano izquierda en mi corazón y suspiró.
— Y yo a ti… Desde siempre…— contestó en un movimiento de labios.
La tomé de la mano y esperamos frente al sacerdote.
— Señoras y señores, estamos aquí reunidos este glorioso día para presenciar la boda de Edward Cullen y Bella Swan.
Alice y Jasper se pararon en seguida y nos lo dieron. La mujer me sonrió de manera amable y Jasper palmeó mi hombro con camaradería.
— Señor Cullen— me invitó el sacerdote.
La miré a los ojos y sonreí.
— Yo Edward Cullen, te tomo a ti Bella Swan para amarte siempre, en las buenas y en las malas, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en el dolor, amarte y atesorarte… Por el resto de nuestros días— le prometí con el corazón.
— Yo, Bella Swan te tomo a ti Edward Cullen para amarte siempre, en las buenas y en las malas, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en el dolor, amarte y atesorarte… Por el resto de nuestros días— juró.
El hombre sonrió.
— Señor Cullen, ¿acepta usted a la señorita Swan?
— Acepto— dije con el corazón en la mano.
El sacerdote, miró a la hermosa mujer que tenía enfrente.
— Señorita Swan, ¿aceptar usted al señor Cullen?
— Sí, acepto— dijo sin más y me miró divertida.
Y alguien al fondo suspiró.
— Por el poder que me confiere la iglesia, yo los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Y con un movimiento lento, la tomé de la cintura, la miré a los ojos y le sonreí. Bella tomó suavemente las solapas de mi traje. Nos besamos como si de eso dependiesen nuestras vidas y la existencia de los demás presentes. Su boca mojó la mía con adoración y yo comencé a gemir en silencio ante su roce. El beso fue pequeño pero hermoso y entonces, la tomé de la cintura y ella acercó su boca a mi oído derecho, susurrando.
— Estoy embarazada — dijo sin más y mi corazón se exaltó con la noticia.
— Señoras y señores… Les presento al señor y la señora Cullen.
Y una ova de aplausos reventó enfrente de nosotros. Miré a la mujer de mi vida con añoranza, por los dos regalos más importantes que me había dado: ser mi esposa y decirme que iba a ser papá.
— Te amo, te juro que te amo — le dije cerca de su boca mientras los demás estaban aplaudiendo—, te haré completamente a ti y a este bebé… Nuestro bebé…
Ella sonrió cerca de mi boca y me miró a los ojos… Verdes y cafés encontrándose con amor y valentía, no más mirada bestial ni espantosa… Aunque ella me habría amado de ese modo, estaba agradecido con el hecho de que ya no era más así.
Mire en retro expectativa y recordé todas las cosas que había vivido a causa del miedo que tenían ante mi mirada y justamente, al mirar por fin al ángel que mi madre me había prometido conocer para salvarme cuando era niño, sonreí. Porque solo ella había sido capaz de amarme, de aceptarme y curar las heridas del mal de los hombres injustos…
Simplemente y sencillamente porque Isabella Marie Swan, había visto mi alma y el amor verdadero, detrás de los ojos de la bestia.
FIN
PASEN AL EPÍLOGO
¡AHORA!
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