Twilight así como todos sus personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, la historia es una adaptación.
Algo Prestado
Sumary:
UNOS TRAGOS DE MAS Y... TOMA ALGO QUE NO ES SUYO
Bella Swan es una joven abogada de Nueva York, que siempre soñó con encontrar un gran amor.
En el día de su cumpleaños de 30 años, su mejor amiga Alice organiza una fiesta para ella, y Bella es sorprendida por un acontecimiento inesperado: en esa noche, después de unos tragos de más, ella acaba en la cama con Edward Cullen, un buen y viejo amigo de la facultad... que es el novio de Alice.
Capitulo 25
Al día siguiente, Alice se pone, finalmente, en contacto con Edward, que me llama enseguida para ponerme al día.
El corazón me da un vuelco. No me he librado del temor de que Alice logrará, no sé cómo, recuperar a Edward, deshacerse de su embarazo, cambiar de opinión y reescribir la historia.
—Cuéntamelo todo —digo.
Edward resume su conversación o, mejor dicho, las exigencias de Alice: tiene que sacar sus cosas del departamento antes de siete días —durante las horas de trabajo— o se las tirará a la basura. Debe dejar las llaves. Los muebles se quedan, excepto la mesa que la «obligó» a comprar, el tocador que él «aportó a esa burla de compromiso » y las «horribles lámparas» de la madre de Edward. Debe pagarles a sus padres el traje de novia y los depósitos no recuperables que han pagado por la boda y que incluyen prácticamente todo, más de cincuenta mil dólares. Ella se encargará de devolver los regalos. Se queda con el anillo de diamantes que él reemplazó solo unos días antes de su ruptura.
Espero a que termine y luego digo:
—Son unas condiciones demasiado arbitrarias y unilaterales, ¿no?
— Sin duda.
—Tendrían que dividir los gastos de la boda —digo—. ¡Está embarazada de otro!
—A mí me lo vas a decir.
—Y, técnicamente, el anillo es tuyo —continúo—. Según las leyes de Nueva York. No estaban casados. Solo se puede quedar el anillo si están casados.
—No me importa —dice—. No vale la pena pelear por eso.
— ¿Y qué hay del apartamento? Era tu apartamento antes de vivir con ella.
—Lo sé... pero ahora no lo quiero. Tampoco los muebles —afirma.
Me alegro de que sienta esto. No puedo imaginar cómo sería ir a verlo en el viejo piso de Alice.
— ¿Cuándo piensas mudarte?
—Voy a vivir contigo.
— ¿En serio?
—Era una broma, Bells... Eso lo pospondremos por un tiempo.
Me río.
—Ah... sí. Bien.
Estoy un poco decepcionada, pero sobre todo aliviada. Siento que podría vivir con Edward de inmediato, pero quiero que funcione, que esté bien, y no veo ninguna razón para apresurar las cosas.
—He llamado a varios sitios esta mañana... He encontrado un apartamento de una habitación en el East End. Me parece que podría quedarme con él.
Quedarme con él. Igual que hiciste conmigo.
— ¿Cómo vas a pagar Alice el alquiler ella sola? —pregunto, más curiosa que preocupada, aunque una parte de mí se interesa por su bienestar, por cómo se las arreglará, por lo que sucederá con ella y el bebé. No puedo desconectar el interruptor de «preocuparme por Alice» después de toda una vida cuidándola.
—Puede que James se mude a vivir con ella —dice Edward.
— ¿Lo crees?
—Van a tener un hijo.
—Supongo que sí. Pero, ¿de verdad crees que se van a casarse? —pregunto.
—No tengo ni idea. No me interesa —dice.
—No has sabido nada de James, ¿verdad?
—No... ¿Y tu?
—No.
—No creo que diga nada.
— ¿Vas a llamarlo?
—Algún día, tal vez. Ahora no.
—Hummm —digo, pensando que puede que algún día yo también llame a Alice. Aunque no puedo ni imaginar que sea hasta dentro de mucho tiempo—. ¿Y eso fue todo? ¿Dijo algo de mí?
—No. Me quedé sorprendido. Es una contención tremenda para ella. Seguramente, debe de estar recibiendo una formación intensiva.
— Es cierto. La contención no es el estilo de Alice.
—Pero basta de hablar de ella —dice Edward—. Olvidémonos de Alice por un rato.
—Lo haré si tu lo haces.
— ¿Qué quieres que hagamos esta noche? —Pregunta Edward—. Me parece que podré salir de aquí a una hora decente. ¿Qué programa tienes?
Ahora son las cinco y me quedan, por lo menos, cuatro horas más de trabajo, pero le digo que puedo salir cuando él quiera.
— ¿Quedamos a las ocho?
—Bien. ¿Dónde?
—Cenemos juntos en tu casa. Nunca lo hemos hecho.
— Bien, pero... no sé cocinar —confieso.
—Sí que sabes.
—No, de verdad que no sé. De verdad.
—Cocinar es fácil —dice—. Sólo lo vas haciendo sobre la marcha.
Sonrío.
—Eso sí que sé hacerlo.
Bien mirado, eso es lo que he estado haciendo últimamente.
Una hora después, me voy a casa, sin importarme si me cruzo con Caius. Tomo el ascensor hasta la planta baja y luego dos escaleras automáticas hasta la Grand Central Station. Me detengo para admirar la maravillosa terminal principal, tan conocida y tan asociada con el trabajo que, de alguna manera, se me pasa por alto su belleza cada día. Observo las escaleras de mármol a cada extremo del enorme vestíbulo, las ventanas arqueadas, las espectaculares columnas blancas y el elevado techo turquesa con las constelaciones pintadas. Miro a la gente, casi siempre con atuendo de negocios, que va en todas direcciones hacia los trenes con destino a las afueras, hacia los metros que alcanzan cada rincón de Nueva York y a la multitud de salidas que llevan a las atestadas calles de la ciudad. Miro el reloj que hay en el centro de la terminal, observo su esfera intrincada. Las seis en punto. Es temprano.
Me dirijo despacio hacia el Gran Mercado Central, una zona de comida formada por paradas individuales que venden delicias para gourmets, situada en el extremo este del vestíbulo. Con frecuencia, hemos pasado por aquí con Rosalie, para comprar, de vez en cuando, trufas de chocolate para acompañar nuestro café de Starbucks. Pero esta tarde, tengo una misión más importante. Voy de mostrador en mostrador , llenándome las manos de cosas deliciosas: quesos duros y blandos, panes recién horneados, aceitunas verdes de Sicilia, perejil italiano, orégano fresco, una cebolla de Vidalia perfecta, ajo, aceites y especias, pasta, productos rojos, verdes y amarillos, un caro chardonnay y dos pasteles exquisitos, como de restaurante. Salgo de la galería en Lexington, pasando junto a una cola improvisada de taxis y una multitud de agobiadas personas que vuelven a sus casas, en la periferia. Decido volver a casa andando. Las bolsas pesan, pero no me importa. No cargo con un maletín lleno de casos y libros de leyes; llevo la cena para Edward y para mí.
Cuando llego a casa, le digo a José que deje subir a Edward cuando llegue.
—Ya no es necesario que me avises.
Me guiña un ojo y llama al ascensor por mí.
—Ah. Entonces va en serio. Es bueno.
—Es bueno —repito, sonriendo.
Un momento después, estoy ordenando lo que he comprado... más comida de la que mi apartamento jamás haya visto nunca . Meto el chardonnay en el congelador, pongo música clásica y busco el libro de cocina que mi madre me regaló hace cuatro navidades, un libro que nunca había utilizado hasta hoy. Paso las páginas, brillantes e inmaculadas, hasta encontrar una ensalada y una receta de pasta que contiene, más o menos, los ingredientes que he comprado. Luego busco un delantal —otro regalo de estreno — y pongo manos a la obra, pelando, cortando y salteando. Miro el libro para orientarme, pero no sigo todas las instrucciones al pie de la letra. Sustituyo la albahaca por perejil, me salto las alcaparras. La cena no será perfecta, pero estoy aprendiendo que la perfección no es lo que importa. De hecho, es precisamente lo que te puede destruir, si se lo permites.
Me cambio de ropa; elijo un vestido blanco con breteles y con unas flores rosas bordadas. Luego preparo la mesa, pongo a hervir agua para la pasta, enciendo velas y abro la botella de chardonnay; lleno dos copas y tomo un sorbo de la mía. Miro el reloj. Me sobran diez minutos. Diez minutos para sentarme y pensar en mi nueva vida, en la sensación de ser el único y legítimo amor de Edward. Me pongo cómoda en el sofá, cierro los ojos, respiro profundamente. Buenos olores y unas notas claras y hermosas llenan mi casa. Me inundan la paz y el sosiego mientras observo que no siento nada malo: no estoy celosa, no estoy preocupada, no estoy asustada, no me siento sola.
Solo entonces reconozco que lo que siento bien podría ser la auténtica felicidad. Incluso la alegría. Durante los últimos días, cuando he notado el principio de esta emoción llenándome el corazón, me ha pasado por la cabeza que la llave de la felicidad no había que encontrarla en un hombre. Que una mujer fuerte e independiente debería sentirse realizada y completa por sí misma. Es posible que sea verdad. Y me gusta pensar que, sin Edward en mi vida, habría encontrado, de alguna manera, la satisfacción. Pero la verdad es que me siento más libre con Edward de lo que me había sentido nunca cuando estaba soltera. Me siento más yo misma con él que sin él. Puede que eso es lo que hace el verdadero amor.
Y amo a Edward. Lo he amado desde el mismo principio, en la facultad, cuando me decía a mí misma que no era mi tipo. Lo quiero por su inteligencia, su sensibilidad, por su coraje. Lo amo totalmente, incondicionalmente y sin reservas. Lo amo lo suficiente como para arriesgarme. Lo amo lo suficiente como para sacrificar una amistad. Lo amo lo suficiente como para aceptar mi propia felicidad y usarla, a mi vez, para hacerlo feliz.
Llaman a la puerta. Me levanto para abrirla. Estoy dispuesta.
Bien prácticamente este el final, el próximo capitulo es un colofón e incluye la famosa y presagiada sorpresa.
Les doy las gracias por haber seguido la historia y por dedicar eses preciosos minutos de su tiempo a escribirme un comentario. Les deseo lo mejor y que este año traiga muchas bendiciones a sus vidas.
Y ahora…
¿Díganme? ¿Hay alguien por aquí que no odie demasiado a Alice?
