CAPÍTULO FINAL.

Candy rodeó su cintura y respondió a su beso demostrando la misma necesidad, ansiando estar ya desnuda y en su cama junto a él. Echó un vistazo al jardín donde antes había estado a punto de morir, y en cambio, había muerto Elisa. Hasta eso podía esperar.

Papi, ¿nos vamos mañana a la casa? —preguntó Zack sentándose en la cama de sus padres mientras Christopher saltaba en el colchón. A ninguno de los dos se le veía intención de irse a dormir y Candy suspiró.

Ya habían pasado por esto antes, y en muchas ocasiones, simplemente debían resignarse y esperar a que les diera sueño para luego llevarlos a la cama. Terry dejó en el suelo el pequeño maletín donde tenía dos cambios de ropa y miró a Candy interrogante. De ella dependía si se iban al día siguiente o no.

—¿No tienes que estar allá? —preguntó ella en vez de contestar— ¿Es seguro que estés aquí?

—La organización fue desmantelada —le informó Terry metiéndose en el pequeño baño privado desabrochando los botones de su camisa—. Hemos capturado a Douglas McDaniel.

—¿Lo capturaron? —preguntó Candy con ojos grandes de esperanza, dándose cuenta de que le costaba creerlo. Terry la miró fijamente.

—¿Es él? ¿La principal cabeza de la organización? —Candy asintió—. Pues ya está tras las rejas… —iba a decir algo más, pero se detuvo ante el gesto de asombro de Candy, que se acercó a él de inmediato analizando su pecho, que seguía enrojecido por el impacto de bala que había sufrido esa mañana.

— ¿Qué te pasó ahí?

—Nada—. Candy lo miró ceñuda—. Me dispararon —admitió él reconociendo esa mirada que le advertía que lo mejor era que dijera la verdad o habría consecuencias nefastas para él. No pudo sino sonreír; Candy en verdad estaba de vuelta.

—Te… —Candy se atragantó un poco por la impresión, pero al final fue capaz de preguntar:

— ¿Cómo?

—Lo intentó el mismo McDaniel. Tiró a matar, pero yo tenía un chaleco antibalas. Ya sabes, soy un chico listo.

—No tan listo si estuviste en la línea de fuego.

—Pero no me pasó nada.

—Pudo haberte pasado. ¿Y si te hubiese apuntado en una parte que el chaleco no te cubría?

—¿Como mis partes nobles? —bromeó él.

—¡Te estoy hablando en serio!

—Yo también, cariño.

—¿Nos vamos a Chicago? —preguntó otra vez Zack, que no se había olvidado del tema e interrumpiendo a sus padres. Terry lo miró al fin.

—Tal vez nos quedemos otro día aquí.

—¿Es posible? —le preguntó Candy. Terry se encogió de hombros.

—Tengo personal que se está encargando de todo lo que se hizo hoy.

—¿Y qué se hizo hoy?

—Muchas cosas —le dijo él de manera enigmática, y Candy entendió que delante de los niños no podría contarle nada.

Lo vio meterse a la ducha y se encaminó a la habitación de los niños para buscar sus pijamas. En la sala vio a Max sentado en el sofá con Gabriela dormida en sus brazos.

—Ah… llamaré a Victoria —dijo Candy sonriendo un poco avergonzada.

—Está dormida —dijo Max, y Candy lo miró confundida—. Me refiero a Victoria —aclaró Max.

—Y… ¿por qué tienes tú a Gaby?

—Ya estaba acostada, pero hace unos minutos se despertó y salió de la habitación sin avisar a su mamá. Me buscó y henos aquí.

—Ah, ya veo. Está muy apegada a ti.

—Lo cual es muy extraño. Nunca me ha pasado con otros niños. Es decir… mis sobrinos me quieren, lo sé, pero ellos…

—Ellos tienen a sus padres, por eso no añoran el amor de otro adulto—. Max sonrió con cierta melancolía.

—Entiendo lo que quieres decir.

—A Gaby se le romperá el corazón cuando tenga que volver a separarse de ti —susurró Candy acercándose.

—Pero es algo inevitable, ¿verdad?

—Candy frunció el ceño.

—Yo no diría tanto.

—¿Qué quieres decir?

—No quiero decir nada.

—Candy…

— ¿Qué? —él la miró a los ojos con mil preguntas en su mirada, y Candy no pudo menos que sonreír—. Yo no sé nada —contestó ella a esas preguntas—. Lo único que te puedo decir, es que, si verdaderamente quieres algo, tienes que luchar—. Max hizo una mueca.

—Gracias.

—Oh, perdona. ¿No es lo que querías escuchar?

—Ni de lejos.

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer—. Antes de que él pudiera preguntar algo más, Candy dio la vuelta y se encaminó a la habitación de los chicos. Max se quedó allí, con el ceño fruncido, tratando de encontrar alguna buena noticia en las palabras de Candy. No la había, se dijo, y se puso en pie para llevar a Gabriela a su cama.

La cama de la niña era la misma que la de Victoria, se dio cuenta. La puerta estaba abierta y pudo entrar. Victoria seguía dormida, así que, silenciosamente, dio la vuelta para acostar a Gabriela al otro lado. La niña se movió un poco y volvió a quedarse dormida, pero los ojos de Max estaban sobre la hermana de su cuñada, en la curva de su cuerpo sobre el colchón. Tragó saliva y apretó los dientes. ¿Cómo era posible que alguien hubiese rechazado esto? Una mujer tan hermosa, y tan… caray, tan sexy. Y por andar en la luna, tropezó la cama al dar la vuelta, lo que hizo que Victoria se despertara sobresaltada.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, y de inmediato encendió la lámpara de su nochero, encontrándose a Max que enseñaba las palmas de sus manos—. ¿Tú?

—Perdona, no quise despertarte.

—¿Qué haces aquí?

—Vas a despertar a Gaby —susurró él en voz muy baja, y Victoria apretó sus dientes.

—Te metiste a mi cuarto a media noche y…

—¡La niña se despertó y fue a buscarme! —explicó él—. Volví a dormirla y la traje de vuelta aquí. No quería despertarte—. Victoria lo miró con desconfianza, pero miró a Gabriela. Desafortunadamente, eso era muy posible.

—Perdona —dijo sentándose, y Max salivó al darse cuenta de que ella dormía sin sostén. Ella amontonó la sábana sobre su pecho, privándolo de esa visión.

—No… no te preocupes. Me tropecé con la cama, no quería despertarte—. Victoria lo miró por un momento, y Max se quedó allí clavado en su sitio, sabiendo que era momento de irse, pero incapaz de dar el paso.

—Gracias por traerla de vuelta —dijo Victoria luego de lo que pareció una eternidad en el silencio—. Está encariñada, pero ya se le pasará cuando… te devuelvas a tu casa.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Dónde estarás?

—No sé a lo que te refieres.

—¿Volverás a tu casa? ¿O te quedarás en Chicago?

—¿Por qué me preguntas eso? ¿Crees que es el momento y la hora para hablar de ese tema?

—Nunca lo será. Y nunca contestarás —dijo él dando la vuelta al fin.

—Y si me quedara, ¿qué importancia tendría?

—Que yo sabría dónde encontrarte.

—Para qué.

—Para enviarle de vez en cuando un regalo a Gaby, por supuesto.

—¿Qué tratas de decir, Maximilian GrandChester ? —Max se quedó quieto en el umbral de la puerta. Se dio la vuelta lentamente y miró de nuevo a Victoria. Nunca esperó que ella fuera tan directa, que lo espetara así. La miró a los ojos.

—Asustarte, eso es lo que busco—. Victoria sonrió burlona.

—No lo conseguirás.

—Yo, por el contrario, creo que ya lo conseguí —y dicho esto, salió de la habitación cerrando la puerta. Victoria miró la puerta con su ceño fruncido por demasiado tiempo, deseando ir tras él para aclararle un par de puntos. Pero no lo hizo, y sólo siguió mirando feo la puerta.

Luego de ponerse sus pijamas, Zack y Christopher se acomodaron en el centro de la cama mirándolos como si fuera lo más normal del mundo que los cuatro compartieran cama. Terry los miró con las manos en su cintura, pero no tuvo ánimo para mandarlos a su habitación, así que se metió en la cama y aceptó el abrazo de Kit, que sonreía feliz.

—Lo siento —sonrió Candy mirándolo en la penumbra de la habitación—. Pero es que te han extrañado mucho.

—Y yo a ellos. No tienes que disculparte por nada —dijo él extendiendo su mano hasta tocar el rostro de su esposa, que la atrapó para besarla en la palma.

—Y yo siento que no estamos juntos desde hace una eternidad—. Terry sonrió de medio lado.

—Sólo espera a que estos se duerman y verás—. Candy soltó una risita que combinaba expectativa por una travesura y alivio, alivio porque al fin él estaba aquí. Y ella también, tuvo que decir. Por poco y no se da así.

—Vi una prueba de embarazo sin usarse en el baño —dijo Terry, y Candy abrió grandes sus ojos. Había olvidado que Mariela y Vicky habían ido al pueblo a buscarla.

—Oh… bueno. Es una sospecha.

— ¿Crees que al fin sea la nena? —Ella sonrió con ilusión. —Ojalá. Mañana a primera hora me la hago.

—Qué bien. Esperare ansioso. Pasados los minutos Terry comprobó que ya los niños estaban dormidos, así que con cuidado se levantó de la cama y tomó a Kit en sus brazos. Candy lo miró sonriente, sobre todo, cuando en puntillas de pie volvió por Zack.

— ¿De qué te ríes? —Candy se mordió los labios cuando él entró por la puerta otra vez. Sin pérdida de tiempo, él se quitó la camiseta que llevaba puesta y se metió en la cama poniéndose encima de ella.

La sonrisa de Candy se desvaneció al volver a ver el enrojecimiento en su pecho.

—Pudiste haber muerto —dijo, y Terry sólo la miró a los ojos. —Al igual que tú, en ese accidente—. Candy hizo una mueca.

—Yo no lo hice a propósito.

—Pero, ¿de veras fue así? ¿Un accidente? —preguntó él sentándose a su lado. Ya no sonreía.

—Sí. Fui imprudente.

—Ya —dijo él sin emoción en su voz.

—Lo siento —susurró ella—. Caí en una trampa—. Él guardó silencio mirándola, y se recostó en la cabecera de la cama cruzándose de brazos.

—Me vas a contar todo? —Candy hizo una mueca que pareció una sonrisa.

—Cuéntame primero lo que hiciste hoy, y cómo es eso de que la organización fue desmantelada—. Terry suspiró. Tomó en sus dedos un mechón de cabello rizados de Candy y suspiró.

—Contacté con dos personas —empezó—, Frederick Gordon y Ethan Morgan—. Candy lo miró un poco ceñuda.

—¿Ethan?

—Nos ayudó muchísimo. Más que Frederick, en verdad; resultó ser un corrupto. Ethan nos dio la idea de sobornar a unos cuantos de los que estaban dentro de la organización. Me resistí al principio, pero resultó ser lo mejor. Cuando estuvimos dentro, involucramos a mucho personal que se hizo pasar no sólo por contratados para transportar, sino también por pasajeros inmigrantes. Necesitábamos pruebas y no había mejor manera de tenerlas. Ellos no sospecharon nada, y los recibieron sin saber que cavaban su propia tumba. El golpe se dio esta mañana.

— ¿Tú… estuviste allí?

—No. Sólo llegué al final.

—Y casi te matan.

—Siempre estuve protegido. Es sólo que no me pude resistir a ver a Douglas McDaniel ser capturado. Ahora tenemos todas las pruebas que los acusan y estarán encerrados muchos años. Lo último que supe es que han empezado a confesar al ver la pena que les espera, y eso hunde más a los jefes—. Candy bajó la mirada y suspiró.

—Yo había avanzado un poco en las investigaciones —dijo mirando lejos—, pero ellos se dieron cuenta y destruyeron todas las pruebas. Mi secretaria… no sé dónde está, y ellos tuvieron que ver.

—Esta con su familia.

—Tuve mucho miedo qué hubiese muerto.

—Pero nunca me contaste.

—Lo iba a hacer.

— ¿Cuándo, Candy?

—Cuando tuviese la oportunidad. Te iba a contar, amor. De verdad. Pero… sucedió lo del accidente.

— ¿De dónde venías? —Candy0 cerró sus ojos recordando todo lo que había pasado ese día, los días pasados, todas las últimas semanas infernales, y empezó a contarle con detalle. Terry la escuchó atentamente y la abrazó reconfortándola, consolándola, y Candy sintió que, por primera vez en mucho, mucho tiempo, podía respirar en paz. Se acostaron juntos y abrazados, en un silencio que decía muchas cosas, que revelaba tanto.

—Te he echado mucho de menos —susurró él, y Candy sintió su corazón oprimirse un poco por esa declaración.

—También yo.

—No, tú me habías olvidado, no había modo en que me echaras de menos.

—Pero sí tenía un vacío en el alma, y sabía que era por ti —él se separó de ella mirándola con una sonrisa traviesa—. Es un milagro que ambos estemos aquí, ¿te das cuenta?

—Sí, es verdad. ¿Celebramos? —preguntó él besándole el cuello y Candy cerró sus ojos dejando salir un suspiro de placer.

—¿Por qué has tardado tanto en proponerlo? —él levantó la cabeza para mirarla con su ceño fruncido, y Candy se echó a reír. Sin perder tiempo, él la tomó de las caderas y la puso sobre él, y Candy lo miró desde arriba disfrutando de la vista. Su marido era hermoso, y todo suyo, y en este momento no quería ser nadie más que ella misma, así que bajó la cabeza y lo besó profundamente, un poco duramente también, y con sus manos empezó a tocar todo su cuerpo, a reencontrarse con él, porque sentía que no lo había tenido en meses, años, toda una eternidad.

—Te amo —le dijo una y otra vez—. Jamás quiero volver a separarme de ti.

La prueba dio positivo, y Candy y Terry lo celebraron en la intimidad. Abrazándose y llorando, tomando esta noticia como el augurio de un nuevo buen comienzo.

Victoria abrazó a su hermana felicitándola, sabiendo cuánto ella había anhelado tener otro hijo.

—Ojalá esta sí sea la niña —dijo Victoria sonriéndole—. Ya basta de niños —Candy se echó a reír.

—Sin embargo, si fuera otro niño, no me importaría.

—Lo sé, lo sé. Max también la abrazó, y cuando Candy le preguntó si se quedaría un tiempo en Chicago, él sólo se encogió de hombros.

—Me quedaría, pero no tengo muchas motivaciones para eso —contestó—. Y he abandonado ya mucho tiempo mi empresa en Londres.

—Seguro que tu pequeña tienda resiste otro tiempo sin ti —le dijo Terry, y Max lo miró con ojos entrecerrados.

—Por ser una pequeña tienda es que necesita más de mi presencia.

—¿Qué… qué vendes en Londres? —preguntó Victoria sintiendo curiosidad.

—Autos —contestó él simplemente, y no la miró más tiempo del necesario.

Los días siguientes al regreso de los GrandChester a Chicago se resumió en citaciones con jueces y abogados.

Candy declaró no sólo por su implicación en los sucios negocios del tráfico de inmigrantes, sino también por la muerte de Elisa. Tuvo como restricción salir de la ciudad en esos días, pero Terry se mostró tranquilo, diciéndole que la verdad estaba de su lado, además de los mejores abogados para que su nombre no se viera manchado. Maximilian GrandChestet volvió a Londres luego de dar su propia declaración, y la más afectada por esto fue Gabriela, que lo lloró toda la tarde. Victoria se resignó a verla llorar, y luego, enfurruñada. En cambio, cuando él llamaba y la pasaban al teléfono, la niña se iluminaba como un árbol de navidad. Estaba en serios problemas con esos dos. Lo peor era saber que Max le había dejado un mensaje muy claro la noche que se lo encontró en su habitación. Ella no le había dado una contestación; ni en ese momento, ni después, cuando se despidió, a pesar de que él la miró a los ojos esperando, aunque fuera una pequeña señal. ¿Qué habría pasado? Dudaba que él se hubiese quedado por ella, dejando su pequeña tienda de autos sólo por la posibilidad de tener algo con ella. Y ni siquiera estaba segura de que eso era lo que él quería. Sí, estaba asustada, y no podía sentirse culpable por eso, así que lo dejó ir.

En las noticias se mencionó el hecho de la caída de la gran red de tráfico y los guarda costas tuvieron mucho que hacer en esos días, sobre todo cuando uno de sus jefes, Frederick Gordon, salió salpicado con toda la porquería que se estaba sacando a la luz.

El testimonio de Antonio Davis fue la mejor parte; ayudó a develar toda la parte administrativa, las cuentas y todos los millones que se escondían tras nombres falsos. Fue su declaración lo que finalmente absolvió a Candy, aunque para ello, tuvo que revelarse y pagar una condena que, frente a la de los demás, sería realmente corta. A pesar de su sacrificio, Candy no se vio con él ni una sola vez para darle las gracias. Fue Terry quien le transmitió de mala manera su agradecimiento, pues en su concepto, no se lo debía; todo lo contrario, era Anthony quien debía rogarle mil perdones y de rodillas.

—Me arrodillaría —fue lo que dijo Antonio—, pero estoy seguro de que no la volveré a ver, así que no tengo ante quien arrodillarme.

—Es una pena —le contestó Terry—. De verdad que quería verte arrodillado; el daño que le hiciste tardará un tiempo en olvidarse, y todavía considero que te merecías más años de cárcel—. Antonio no refutó nada ante sus palabras, y Terry lo dejó en su celda prometiéndole hacerle el favor de nunca más volver a acordarse de él.

A pesar de todo el escándalo, y de la cantidad de personas que fue a la cárcel en varios niveles de la sociedad, Terry no recibió ni una llamada de su padre para decirle "tenías razón", o "bien hecho", ni ninguna otra cosa. Cuando le enviaron la postal diciéndole que Candy tendría una niña, pues eso era lo que mostraba la ecografía, recibieron una de vuelta que simplemente decía: Felicitaciones.

James Samuels, el médico de los GrandChester. atendió nuevamente a Candy en su nuevo embarazo.

Cuando Terry le hizo la pregunta de si había estado implicado en todo el asunto con Elisa, él simplemente se mordió los labios y se disculpó profundamente por haberse dejado manipular de Elisa.

—No te engañó sólo a ti —le dijo Candy restándole gravedad al asunto y poniendo una mano en el brazo del médico que se veía terriblemente azorado—. También me engañó a mí, y yo era su amiga de toda la vida, la que creía conocerla mejor que nadie. No te sientas mal.

—Pero pudo haberte hecho mucho daño, y habría sido mi culpa.

—No, James. —Cuando me preguntaba por ti, yo de verdad… de verdad pensaba que estaba preocupada. Soy un idiota.

—Lo eres —murmuró Terry, que había acompañado a su mujer a la visita al médico. Candy le dirigió una dura mirada y volvió a centrarse en el médico.

—Entonces yo también lo soy —dijo—, y todos los que estuvimos alrededor de ella. Por favor, no te sientas mal. Ella ya pagó el precio de sus mentiras—. James asintió con una expresión de dolor en su rostro, y Candy se dio cuenta de que tal vez James sí sentía algo por Elisa, y no pudo sino imaginarse lo mal que estaba por haber sido tan engañado. Pues no era el único, pensó.

Pasaron los meses, y el vientre de Candy empezó a crecer. Los niños ya esperaban a su hermanita con ansias y todos los días preguntaban cuándo nacería. Fueron ellos quienes decidieron que su nombre sería Rebecca.

—Para decirle Becky —había argumentado Zack. Y ya no hubo modo de cambiarle el nombre a la bebé. Una tarde, Annie se presentó en casa de los GrandChester sin aviso. Victoria fue la primera en verla, y se acercó a ella tratando de relajar su expresión, pero no fue capaz.

—Vine a ver a Candy.

—Qué te hace pensar que dejaré que entres a su casa.

—Eso, precisamente; que es la casa de Candy, no la tuya—. Victoria la miró con ojos entrecerrados—. Me enteré de lo de Elisa, quería… ver cómo estaba.

—Está perfecta. Un poco acostumbrada a la traición de las amigas, como comprenderás—. Annie sonrió con sorna.

—Aún no olvidas lo que pasó? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar?

—¿Cuánto tiempo debe pasar según tú, Annie?

—Olvídalo ya —dijo Annie—, supéralo. Encuentra a otro hombre, hay miles en el mundo.

—Miles de hombres en el mundo y tú te quedaste con uno que ya estaba casado. ¿No es irónico que me des ese consejo?

—Entonces seré más específica —contestó Annie dando un paso hacia ella—. Encuentra uno que esté enamorado de ti, y no de otra—. Victoria sintió esas palabras como duros aguijones en su corazón. Dolió, y no fue capaz de contestar nada.

—¿Annie? —preguntó Candy acercándose, viendo a su hermana tensionada frente a ella y a Annie con una sonrisa desagradable en su rostro.

—Hola, Candy —saludó Annie componiendo su rostro—. Quería saber cómo… Dios, estás embarazada.

—Muy observadora—. Annie la miró fijamente.

—Ya… ya recordaste. —Y aunque no hubiese recordado, Annie, no podría volver a ser tu amiga sabiendo que aún eres capaz de hacerle daño a mi hermana.

—No me ha hecho nada —masculló Victoria.

—No pienso así. Si viniste a saber cómo estoy —continuó Candy dirigiéndose de nuevo a Annie—, pues te digo que estoy bien. Supiste de la traición de Elisa, ¿no es así? Y que está muerta. Pues así terminan algunas, ellas mismas se lo buscan.

—Candy…

—Al menos, ella al final reveló sus verdaderas intenciones, aunque eso no le resta gravedad a su traición; pero tú, Annie… eres el peor tipo de mujer, el tipo que espera que otra se descuide para birlar su marido.

—Yo amaba a Archy mucho antes de que conociera a Victoria. ¡Fue ella la que intentó quitármelo!

—No eras mi amiga —dijo Victoria con voz grave—, pero si tan sólo me hubieses contado lo que sentías por él, yo me habría hecho a un lado.

—Es un código que pocas conocen —dijo Candy con voz dura—. Espero de verdad seas feliz con Archy, para que compenses la miseria que debes estar sintiendo por saberte una traidora. Si es que tienes conciencia. Candy tomó la mano de su hermana menor y entraron a la casa dejando a Annie sola en el jardín y con lágrimas en los ojos.

Fue en los días antes del nacimiento de Becky que Victoria entró a trabajar en las oficina de Terry.

Max volvió a Chicago, para llevarse a Vicky a Londres, un año después, cuando por fin Victoria le dijo:

— Si. Acepto.

Terry vio que loos niños jugaban en el jardín, lo que le indicó que Candy estaba cerca. No había vuelto a las oficinas desde que volvió de la cabaña y supo que estaba embarazada. Ahora con tres niños, habían acordado que se estaría una larga temporada sin trabajar, hasta que Becky fuera autosuficiente, y para eso faltaban años. La encontró sentada en el muelle, como solía hacer, balanceando una pierna y tocando con los dedos de sus pies el agua, mientras Becky ya crecida y miraba el horizonte del mar con una sonrisa soñadora. Él se sentó a su lado y le dio un beso en la sien.

—Qué bueno que viniste —dijo ella recostándose de inmediato en su pecho—. Ya necesitaba ayuda—. Terry se echó a reír, pero no dijo nada, Sólo tomó a su hija de un año y se quedó allí, a su lado mirando con Candy el agua azul, mientras el ruido de los niños al jugar se mezclaba con el de las palmeras al ser mecidas por el viento. No necesitaba nada más. Todo su mundo estaba aquí. Había estado a punto de perderlo en más de una ocasión y en más de una forma, pero otra vez, este amor había superado la prueba. Se felicitaba hoy más que nunca por haberse atravesado entre Candy y ese auto que estuvo a punto de arrollarla hacía ya catorce años. Por haber insistido, por haberla conquistado. Suspiró. Si otra prueba venía en el futuro, estaba seguro de que la volverían a superar.

FIN.

Es un honor para mi, el poder compartir una novela más de Virgina Camacho. Una mente brillante. Les recomiendo leer la novela original.

Yo NO te olvidaré.

Gracias a Candy Candy Animé. Personajes de

Kyōko Mizuki.

Muchas, muchas, más gracias a los queridos lectores en FanFiction, que terminan hoy este Fic de Candy y Terry, con su servidora. JillValentine, con la intención de tener un buen. rato de lectura.

Virginia Camacho Copyright 2017 Virginia Camacho Twitter e Instagram: @virginia_sinfin Blog: www.virginiacamachoonline. Primera Edición para JIllValentiness.

Diseño Portada: Laura Zuluaga Revisión y Corrección: Ana María Baldovino – Mayerly del C. Mercado ISBN-10: 1542802903 ISBN-13: 978-1542802901

DESCRIPTION. del libro.

Haces promesas de no olvidar jamás a esa persona que amas.

Juras estar con él y para él hasta la muerte.

Te imaginas que será así, fácil y sencillo, porque sabes que tu amor es verdadero, puro, real, y el amor es una fuerza poderosa que puede contra todo.

Pero… ¿por qué la vida se empeña en poner a prueba amores que ya antes mostraron ser auténticos?

Eva Herrera conocerá un nuevo significado de luchar por el amor; experimentará la pérdida a niveles nunca antes vistos.

¿Podrá conservar lo más precioso en su vida aun cuando no es consciente de que es suyo?

Yo NO te olvidaré, tal vez sea una promesa que no puedas cumplir…

DEDICATORIA. {de la autora}

A todas las personas que, sin cansarse, están allí para apoyarme en este camino. A los que no desisten en considerarse mis amigos, aun cuando mi mirada se halle perdida en ese mundo de historias y fantasías que mi mente insiste en crear.