Capítulo 25: Unas vacaciones calurosas.

Las gotas de agua chocaban sin cesar contra el vidrio de su ventana, produciendo un repiqueteante sonido que nublaba su mente cada vez más. Pero siendo sincero, ni aunque ese día se presentara plenamente soleado podría centrarse en un pensamiento coherente. Una pluma danzaba entre sus dedos, tiñiéndolos ligeramente con los restos de tinta de usos anteriores. Frente suyo estaba el pliego de pergamino que él mismo había colocado allí, horas atrás. Completamente absorto a su entorno, permitió que la lluvia desplegara su efecto hipnotizante. Fascinado, contempló casi con rigor científico como las pequeñas motitas se unían entre sí. En determinado momento, su volumen se tornaba insostenible y caían inevitablemente, pasando a formar parte del charco del alféizar.

"Una perfecta analogía de lo que siento", pensó. Su fatal error y mayor debilidad residía en acumular. Las oportunidades de expresar lo que sentía habían sido muchas; pero una y otra vez, se había dicho que no era propicio, reparando en situaciones ajenas a sus necesidades. Entonces esperaba.

Todo empezaba con pequeñas cosas, insignificantes quizás, vistas por sí solas. Pero al confluir, se tornaban en un río caudaloso e incontrolable que rompía todo a su paso con la fuerza de mil cañones. Después del paso de la tormenta, nada quedaba en pie. Mucho menos, él mismo.
Eso era exactamente lo que sucedió; lo anticipado. Hacinó sus sentimientos, hasta que un buen día, la carga fue demasiada y estalló.

Sintió sus piernas entumecer por la posición, pero no les prestó atención. Se había sentado frente a su escritorio resuelto a escribirle una carta, pero al intentar comenzarla, apareció el primer interrogante.

Una carta para decir, ¿qué?

Lo primero que se le ocurrió fue disculparse, sin embargo, se lo pensó un poco mejor. ¿Disculparme por ser sincero? ¿por esperar la misma honestidad de su parte? No. No pediría perdón por eso.

De cualquier manera, le urgía saber de ella. Aún comprendiendo y aceptando estar enojado y dolido, necesitaba saber que luego de esa catastrófica conversación y su comportamiento posterior, ella seguiría teniéndole al menos, cierto aprecio.

"Pero Albus, ella no te quiere. Lo ha dejado claro", recriminó su mente. El muchacho asintió, dándole la razón a su consciencia.

Así, sus cavilaciones le habían dejado en esa especie de letargo y él no albergaba intenciones de salir de ello.

Un mes de vacaciones había pasado ya, y a pesar de los esfuerzos de su familia por hacerle compartir sus preocupaciones, solo conseguían que Albus se retrayera más, pasándose días enteros encerrado.

Una mañana, la más pequeña de los Potter despertó decidida. Ya había tenido suficiente de semejante circo por parte de Albus. Llamó a James, explicándole brevemente lo que se le ocurrió hacer al respecto.

Entró a la habitación de Albus sin llamar. Sabía que la cortesía en esas circunstancias era un estorbo.

No se sorprendió al encontrar al ojiverde enfundado en su pijama, sentado frente a su escritorio, con expresión ausente. James sí saludó a su hermano, pero Albus no dio cuenta de ello.

Cada vez más furiosa, Lily llegó hasta el armario, sacando de éste una muda de ropa. Lanzó las prendas sobre el regazo de su hermano, sin un atizbo de remilgos.

—Vístete. Te esperamos en diez minutos en la sala.

Por alguna razón, Albus le sostuvo la mirada a su hermana. A simple vista, se podía decir que los ojos de Lily eran del mismo color que los de su madre, Ginny. Pero si se tenía un poco de detalle al observarlos, había un destello verde en ellos, probablemente, regalo de su padre. Esos ojos eran capaces de las más grandes hazañas, pensó Albus; dispuestos a infundir un cálido cariño como una real amenaza.

Albus asintió a su hermana y ella salió de allí tan pronto como había llegado.

El muchacho bajó las escaleras, encontrándose con James, quien sostenía las escobas de ambos. El hermano mayor alargó su brazo, tendiéndosela.

—Lil nos espera en La Madriguera —anunció con expresión neutra. Sin esperar respuesta, se perdió en la chimenea. Albus lo siguió.

Emergieron al otro lado, cubiertos de pies a cabeza de hollín.

El ojiverde había esperado tener a su abuela encima al momento que pisara la casa. Las últimas veces que le había hecho una visita, la mujer se había puesto en plan de detective, dispuesta a averiguar la causa de su cambio de humor. Se llevó una sorpresa cuando aquello no ocurrió. No había rastro de la abuela Molly.

Salieron al jardín, donde Lily aguardaba pacientemente, con su escoba al hombro. Cuando les vio llegar, una leve sonrisa tranquilizadora inundó su rostro.

—Sé que no es simple para tí, Al. Eres un Gryffindor un tanto extraño. James y yo somos más parecidos a mamá. Decimos lo que queremos y cuando nos parece. Tu no eres así. Eres demasiado considerado y prefieres sacrificar un poquito de ti antes que lastimar a alguien. Eso es, inconfundiblemente, la parte mártir de papá. Pero debes entender que no es sano para ti. Ceder tu bienestar en beneficio de otros no está bien, Al. Te lastimas a ti mismo.

Si bien James no emitía palabra, se podía ver con claridad que se sentía profundamente orgulloso de su hermana, mientras hinchaba su pecho y sonreía de medio lado.

Albus sopesó cuidadosamente lo dicho por Lily. A regañadientes, tuvo que admitirse que estaba bastante acertada.

—Enana del demonio... ¿Desde cuándo sabes tanto? —dijo Albus, negando con incredulidad el hecho que su hermana ya había crecido tanto como ellos.

—Te conozco, eres mi hermano. Sé perfectamente quién eres. Con tus fallas y tus virtudes, al igual que tu conoces las mías. Ahora lo que queremos, e incluyo a toda la familia, es que dejes de lamentarte por lo que ya está hecho. No permitas que un revés te aísle. Si Alexa tiene las agallas de corresponderte, lo hará. Y sino, bueno... —Lily se encogió de hombros—. Ella se lo pierde —finalizó, tomando la mano de Albus.

—Debes prometerlo —aclaró James, serio—. Promete que no dejarás que ésta situación te gane.

—Prometido —contestó Albus, sin vacilar.

—Bien, ahora... Quidditch —dijo el mayor de los hermanos, sosteniendo una snitch que ya batía sus alas, pidiendo ser liberada—. Todos contra todos. El primero en atraparla se libera de los quehaceres por dos semanas. ¿Trato?

Lily solo salió disparada en su escoba, volando verticalmente, perdiéndose en el reflejo del sol.

—Supongo que eso es un "sí" —dijo Albus, e imitó a su hermana, pegando una buena patada al suelo.


—Pero, mamá... No puede ser absolutamente necesario que yo vaya también.

—Louis, no lo volveré a repetir. Es el cumpleaños de tu abuela. Todos iremos. Fin de la discusión.

Dando el tema por zanjado, Fleur volvió a atender la sartén en la cual cocinaba el tocino para el desayuno. Bill compartió una sonrisa disimulada con Dominique. Todos los años se repetía aquella escena. Los últimos días de cada julio, la familia se tomaba un fin de semana y viajaban a Francia, para asistir a la fiesta de cumpleaños de Apolline Delacour. Y cada verano cuando surgía el tema, para dolor de cabeza de su madre, Louis intentaba zafarse con alguna pobre excusa. Claro está que jamás lo lograba.

—Ted y Victoire vendrán con nosotros, ¿verdad? —consultó Dominique, dándole un respiro a su tazón de avena. Su hermana mayor no se perdería aquel viaje por nada, pero los horarios de trabajo de Ted en El Profeta a veces eran incordiosos.

—Sí, confirmaron su Traslador la semana pasada —aseguró Bill, intentando que con aquella información, su hijo se interesara un poco más en el inminente viaje. Louis era muy compinche de Ted, considerando que era solo un crío pequeño cuando la pareja había comenzado su noviazgo. Sin embargo, el muchacho no mostró ningún cambio.

—¿Harán la usual celebración? —preguntó la pelirroja a su madre. Louis dio un pequeño bufido.

Los abuelos Delacour pertenecían a la alta sociedad de la comunidad mágica francesa, algo así como los Malfoy eran en el Reino Unido. Por tal causa, su definición de fiesta distaba mucho de lo que ellos estaban acostumbrados con los Weasley. Probablemente por eso su hermano detestaba visitarles. Louis, a pesar del gran parecido físico a la familia de su madre, era más Weasley que ella, si cabía tal opción.

—Sí, cariño, ¿por qué?

—Es que me he probado algunos vestidos y me quedan, eh... algo pequeños. Tengo el negro. El que me dio la abuela cuando volví a viajar el verano pasado, pero no sé si cuenta como opción. Ya lo usé en sociedad y todo ese rollo —Dom enrojeció sin proponérselo, recordando que cada prenda que se había puesto, le quedaba pequeña de busto o le ceñía las caderas como una faja.
Además, en el mundo de los ricos no existía eso de repetir un atuendo.

—Oh... Pues no te preocupes, cariño. Esta tarde debo ir al Callejón Diagon a por algunas cosas. Miraremos algo —dijo su madre, comprendiendo exactamente el porqué del sonrojo de Dom. Tuvo el suficiente atino como para no ahondar en el tema, teniendo en cuenta que los oídos de un padre impresionable estaban presentes. Dominique le agradeció en silencio.

La pelirroja ayudó a su madre con los restos del desayuno y habiendo terminado, subió a poner un poco de orden en su cuarto. No era un completo desmadre, pero había algunas cosas tiradas, ropa que debía lavarse, y por supuesto, su equipaje del colegio.

Se arrodilló frente a su viejo baúl, que en la tapa ostentaba un gran escudo de Gryffindor. Hacía alrededor de un mes desde que las vacaciones comenzaran, pero solo lo había vaciado a medias. Aún quedaba algo de ropa y todos sus libros y útiles escolares. Suspirando sonoramente, se puso a ello. Quitó cada prenda, revisando que ningún calcetín rebelde se quedara sin su par. Sacó los libros, apilándolos a un lado, con intenciones de guardarlos en los estantes de su dormitorio. Acercó su cesto de basura, arrojando allí trozos de pergamino escritos a medias, probablemente, borradores olvidados de alguna tarea; plumas altamente usadas y tinteros secos.

Volvió a tomar los libros, revisándolos uno por uno. Tenía la costumbre de dejar pequeñas anotaciones desperdigadas que le ayudaban a estudiar. Ojeando su volumen de Transformaciones Avanzadas, encontró un papel que le resultó algo extraño. Era un trozo de pergamino de menos de un palmo. La caligrafía no era suya, definitivamente. Pero no solo eso le pareció raro. Las letras eran incorcondantes entre sí, como si cada una de ellas hubiera sido escrita por una persona distinta. "Alteradas por un hechizo", pensó. Lo más inquietante era el mensaje.

Disfrútalo, mientras puedas...

Un escalofrío corrió por su espina dorsal. Intentó hacer memoria. Buscó en sus recuerdos por algún detalle, algún momento que explicara cómo podía haber llegado ese papel hasta allí, aunque nada llamó su atención.

"Bah, seguramente era una broma para alguien más, y el gracioso lo puso en el libro equivocado", se dijo. Sin darle más vueltas al asunto, abolló el pergamino y lo desechó.

Una lechuza golpeó el cristal de su ventana con insistencia. Viendo que se trataba de Dánae, se apresuró hasta allí. Eso solo significaba una cosa: carta de James.

Desató el rollo de la pata del animal, que se quedó pacientemente esperando en el marco. Seguramente, James le había indicado no regresar sin una respuesta.

No aguantaré un día más sin verte. ¿Tienes libre ésta tarde?

J.

Dominique rio por la urgencia del mensaje. Era casi telegráfico.
Tomó una pluma y se sentó a escribir una respuesta. James podía ser un completo maleducado cuando se desesperaba por algo.

Gracias por preguntar cómo he estado estos días, me maravillas con tu preocupación y tus modales.

Lamento decirte que no tengo la tarde libre. Acompañaré a mi madre al Callejón Diagon.

Aunque tengo tantas o más ganas que tú, tendremos que esperar a la semana entrante para vernos.

D.

Ató la nota a la pata de la lechuza, que ululó, esperando una recompensa.

—Lo siento, linda. No tengo golosinas aquí. Pero sospecho que te volveré a ver en poco rato, así que conseguiré algunas —dijo la chica, acariciándole las suaves plumas del lomo. Dánae pareció entender y remontó vuelo.

Dominique retornó a sus quehaceres. Reorganizó sus estantes para que cupieran sus libros de Sexto. Cambió las sábanas de su cama, sumando las usadas a la pila de ropa que lavaría más tarde. A su edad, ya le causaba algo de vergüenza que su madre se ocupara de toda su lavandería. Ya tenía suficiente con su padre y el guarro de su hermano. Bajó las escaleras con cuidado de no tropezar, dejando el montón en la cocina. Luego que su madre prometiera que no tocaría esa ropa, volvió a su habitación para terminar con lo que había comenzado.

No le sorprendió que al abrir la puerta, la pobre lechuza estaba esperando en el alféizar por segunda vez. Recordando su promesa, había llevado consigo unos trocitos de tostada. Se las ofreció y el animal aparentó estar agradecido.

¿He hecho algo digno de venganza? Porque es la única razón que se me ocurre por la cual no podemos vernos hasta el lunes, siendo jueves.

J.

Dom rodó los ojos. Imaginó con toda claridad la expresión de James al leer su primera respuesta. Por la manera en que ésta nota estaba escrita, a las apuradas y con la palabra "jueves" repetidamente subrayada, el rostro del chico ha de haber sido todo un poema.

Siento tener que ser quién te dé la noticia, pero no todo gira alrededor de tus acciones. Mañana por la tarde, nos vamos a Francia con la familia y volveremos el lunes a primera hora. Sé un buen chico e intentaré no comprarme un vestido demasiado corto para la ocasión.

D.

Sonrió para sí misma sabiendo que estaba siendo un poco cruel. James se pondría aún más inquieto, pero no podía evitarlo. Le encantaba picarle la moral, y para ser sinceros, no costaba tanto trabajo lograr que saltara cual resorte.

Cuando estuvo satisfecha con el orden de su habitación, salió de allí, rumbo a la cocina. Lavaría el hato y le daría una mano a su madre con el almuerzo.

La casa tenía una pequeña lavandería que se conectaba con la cocina. Su madre estaba hablando con una amiga por Red Flu, así que no se molestó en interrumpir. Estaba de tan buen humor que comenzó a tararear una vieja canción que le había enseñado su tío Charlie.

Abrió el grifo, humedeciendo las prendas, separadas por color y calidad. Comportamiento obsesivo – compulsivo dirían algunos, pero a ella le agradaba hacerlo así. Apuntó con su varita a los diferentes contenedores y la ropa comenzó a lavarse por sí sola. Un sincero alivio había sido cumplir los diecisiete y poder hacer magia en casa.

—Creo que nunca te había oído tararear de esa manera —interrumpió su madre, con una gran sonrisa en la cara.

—No sabía que existía más de una manera de hacerlo —comentó la pelirroja, restándole importancia.

—Oh, sí que las hay —dijo Fleur. Dominique realmente le encomendó a todos los poderes mayores que le borraran esa expresión suspicaz del rostro de su madre—. Esto llegó hace un momento para ti, creo que la trajo la lechuza de Albus.

—Ah, probablemente sea de Lily. Gracias, mamá —Nunca había agradecido tanto por la existencia de su excelente relación con su prima—. ¿Dánae no esperó la respuesta?

—No, ¿por?

—Por si necesitaba contestarle. Ya sabes, una cuestión de practicidad... Pero la llamaré por Red Flu, en todo caso.

Fleur estudió a su hija por un momento más. Por un instante, Dominique pensó que su madre la acribillaría a preguntas allí mismo, pero en lugar de eso, la mujer comenzó a hablar sobre la importancia de tener una lechuza en casa, resolviendo que le consultaría a Bill si encontraba buena idea comprar una.

Asintiendo frenéticamente para llamar la atención lo menos posible, Dom balbuceó que iría a leer la nota y volvería enseguida. Llegó hasta la sala de estar, tratando de oír si su madre estaba en la cocina todavía. Desplegó el pergamino a toda velocidad y leyó con premura.

Creo que tendré que inspeccionar en persona el largo de lo que elijas. Te extraño demasiado...

J.

Una sonrisa involuntaria bailó en los labios de Dominique.


Rose tomó un puñado de polvos Flu y lo echó a la chimenea. Las llamas se tornaron al usual verde y ella hundió su cabeza.

—¿Hola? —intentó, cuando la visión de la sala de estar del número doce de Grimmauld Place se aclaró.

Pero no hubo suerte. Nadie contestó su llamado.

"Deben estar en el Valle de Godric", pensó. Probó nuevamente, con el cambio de locación en mente y esta vez sí obtuvo respuesta.

—¡Rosie! ¿Cómo estás? —exclamó una sorprendida Ginny.

—Hola, tía. Muy bien, ¿tú?

—No me quejo... Pero no te quedes allí, cariño. ¡Pasa! —instó la mujer, haciendo un ademán con sus manos.

Rose accedió, después de todo, llamar mediante Red Flu no entraba en su lista de pasatiempos favoritos. Sus rodillas acabarían entumeciéndose y las cenizas le dejarían ese picor en la garganta que no le hacía ninguna gracia.

—¿Qué te trae por aquí, linda? —comenzó su tía, casualmente; aunque su semblante se tornó serio e indagó más—. ¿Ha pasado algo?

—No, no. Nada ha pasado —se apuró en contestar—. Simplemente, quería hablar con Albus, ¿está por aquí?

—Están en el cobertizo, buscando no sé qué cosa. Ve, y de paso diles que más les vale dejar el lugar en condiciones cuando terminen.

Ginny desapareció escaleras arriba, probablemente para continuar con sus quehaceres. Rose salió al patio. El día se presentaba muy agradable, con un sol apenas interrumpido por algunas nubes indiscretas. Una suave brisa del Sur mecía las puntas algo descuidadas de los setos, pero las miradas las robaban los brillantes colores de las flores de los parterres. Obra de Lily, seguramente.

La chica llegó hasta el umbral de la caseta, tratando de ajustar sus pupilas a la escasa iluminación en comparación con el exterior. Vio a Albus y Lily en cuclillas frente a una parva de cajas. Algunas, prolijamente apiladas; otras desperdigadas alrededor de ellos. Los hermanos discutían sobre la suerte de un pequeño cofre de madera con snitchs de práctica. Ella, evidentemente harta, sostenía que su madre debía haberlo desechado sin pensárselo dos veces, pero el chico de ojos verdes no se daba por vencido, alegando que quizás estaría en la siguente que abrieran.

Rose carraspeó ligeramente para hacerse notar. Ambos Potter giraron demasiado rápido. Combinando la pobre posición con el hecho que Lily intentó sostenerse tirando de Albus, se dio el único resultado posible. Se fueron de bruces al suelo.

Riendo, Rose les ayudó a incorporarse, tratando de evitar una trifulca por quién había hecho caer a quién.

—Ya, dejen eso —les reprendió Rose. Luego continuó—. Oye, Al, he venido para ofrecerte algo —El aludido alzó las cejas, en señal de sorpresa, pero no dijo palabra —. Scorpius me ha enviado una lechuza esta mañana, invitándome a Malfoy Manor y me pidió que te avise, por si querías ir.

—No sé si sería buena idea. Hace mucho que no se ven y pueden tener un rato a solas. Me sentiría como el pobre solterón —finalizó, bajando la cabeza mientras negaba.

—No seas tan dramático, hombre. Además, hablas como si no me conocieras. ¿Realmente crees que me morrearía frente a los padres de Scorp sin ningún tipo de escrúpulo? —preguntó Rose, incrédula. Lily dio un resolplido de risa ante la perspectiva.

—Pero, y si quisieran... —Albus no tuvo chance de continuar con su razonamiento al ser interumpido por un elocuente gesto de su prima.

—Nada. Les ayudaré a juntar este desastre y avisarás a tu madre que pasarás el día en casa de los Malfoy, conmigo. Así, mi padre no me dará mal, sabiendo que no iré sola a meterme en la boca del lobo, o lo que sea que pasó por su mente cuando se lo comenté.

—Ya sabía yo que la propuesta no era cien por ciento altruísta. Clara influencia de Scorpius —dijo el chico, con sarcasmo.

Rose puso su mejor mueca de desaprobación y estaba a punto de objetar, pero Lily se le adelantó.

—Ya has oído. Andando, esclavo. Protege la virtud de la doncella. Yo me encargaré de esto —anunció, sin ofrecer derecho a réplica.

Albus tuvo que reír, aunque Rose aparentaba haber sido terriblemente ultrajada. Lily prácticamente los echó del cobertizo, asegurando que era totalmente capaz de apilar cajas. Los dos primos comentaron a Ginny donde estarían y le pidieron que avisaran a Ron.

Se metieron en la chimenea, yendo directamente a Malfoy Manor. Del otro lado, les esperaba un elfo de apariencia curiosa que, con voz chillona, anunció a sus amos sobre los recién llegados.


Dominique pasaba perchas y más perchas con algo de desgano. Con su madre, habían caminado por un buen rato, atendiendo recados por todo el callejón, para terminar en aquella tienda relativamente nueva. Varios colgadores estaban en exibición. Cada uno de ellos contenía vestidos, trajes y túnicas para todos los gustos. "A excepción del mío", pensó la pelirroja, sintiéndose vencida.

Fleur, de vez en cuando, le llamaba para mostrarle algún hallazgo. Dominique sospechaba que su madre lo estaba haciendo adrede y con malicia, porque cada cosa que sostenía en alto era más horrorosa que la anterior.

Una dependienta se le acercó. Probablemente, tenía una increíble expresión de extravío en su rostro y la muchacha no pudo hacer más que apiadarse de su alma.
La chica, que no aparentaba superar los veinte años, le hizo algunas preguntas sobre lo que buscaba. Cuál era la ocasión, si tenía algún estilo en particular o quizás, una idea en mente. Dominique solo pudo responder a un tercio de ellas, pero pareció ser suficiente. La empleada, con una velocidad admirable, encontró cinco vestidos. Dom trató de disimular su cara se sorpresa, ya que le gustaban. Se dijo dos cosas: primero, no debería haber subestimado a esa chica; y segundo, preferiría mantenerse alejada de las compras por un buen tiempo.

Sintiéndose ligeramente más animada, marcó rumbo hacia los vestidores, para terminar una de buena vez con esa pantomima.

Los primeros tres fueron un "no" rotundo. A cada uno de ellos le había encontrado una pega. "Mucho escote". "Muy corto". "Color aberrante con mi piel". Su madre había estado de acuerdo. El cuarto era un vestido de un rojo bastante similar a su cabello, sin tirantes y ceñido hasta la cintura. Desde allí partía una falda voluminosa que llegaba un poco por debajo de la rodilla. Se lo probó y le quedaba perfecto. Nunca había tenido ropa hecha a medida, pero suponía que llevarla se sentiría así.

Abrió la cortina del probador, esperando que su madre diera el veredicto, pero al hacerlo se percató que Fleur no estaba allí. Miró hacia ambos lados, pero no había señales de la mujer. Justo cuando estaba resignándose a esperarle, sintió que alguien le tomaba del antebrazo y la jalaba al cubículo contiguo. No tuvo chance de emitir sonido porque su secuestrador le cubrió la boca con la mano. Instantáneamente, se maldijo por tonta. Había dejado su varita junto con sus jeans y su camiseta. Genial, estaba indefensa. Se preparó para un hechizo, pero éste no llegó. Entonces, enfocó su vista en quién tenía enfrente suyo. Sonrisa pícara, cabello desordenado, ojos ámbar.

—¡Merlín bendito! ¡Me has dado un susto de muerte! —exclamó Dominique, rayando el enfado.

James rio mientras llevaba su índice hasta los labios, en señal que debían guardar silencio. Eran los vestidores de mujeres, por lo cual, él no podía estar allí. Pero estaba.

Acto seguido, y sin ningún preámbulo, Dominique se lanzó sobre él, abrazándolo.

—Eres un idiota —dictaminó ella, para después fundir sus labios en los de James.

El beso comenzó como un simple toque, añorante de contacto. Pronto, se volvió más profundo e intenso, viva señal de la urgencia de sentirse luego de días sin verse. El muchacho inspiró profundamente cuando ella entreabrió su boca, entregándose al momento. Las lenguas se rozaron sin rastros de timidez, familiarizadas una con la otra, pero jamás acostumbradas.

James ajustó su agarre, cerrando aún más sus brazos alrededor de Dominique, si cabía posibilidad. Ella dejó escapar un gemido ahogado que murió en la boca del chico. Sintieron el calor subir, quemándolo todo a su paso. Las manos de la muchacha encontraron el camino a la espalda de él, por debajo de su camiseta. Una caricia suave pero enloquecedora que provocó el abandono definitivo del raciocinio por parte de James. Él llevó sus manos hasta las caderas de ella, territorios altamente inexplorados hasta entonces y apretó con ansias. Ella volvió a gemir y eso le animó a más. Un grácil salto y ella estaba encima suyo, con su espalda apoyada contra la pared y sus piernas abrazando su cintura. El deseo era palpable y a ninguno de los dos parecía importarle el hecho que estaban en un lugar poblado de compradores y extraños.

Se separaron unos centímetros en busca de aire. Labios hinchados y enrojecidos eran los testigos de esas ansias, hasta ahora reprimidas. James contempló a Dominique, sonrojada y respirando con dificultad, pero con los ojos encendidos. Ella sonrió de medio lado mientras le sostenía de la nuca y jugueteaba con su cabello. Aferró sus piernas aún más, aumentando el contacto; ciñiendo tentadoramente la firmeza manifiesta en los jeans de James. El frenesí volvió a tomar el control y sus labios chocaron una vez más, tan dispuestos a todo como ellos mismos.

La batalla de gemidos, caricias y besos los arrojó a la locura, dando paso al desenfreno, lamiendo el punto de no retorno.

—¡Dom! Encontré otro vestido que creo que te gustará.

Se despegaron inmediatamente, tratando de hacer el menor ruido posible. Oyeron como Fleur abría las cortinas del probador en el cual la pelirroja se había estado cambiando originalmente y luego, pasos alejándose.

Suspiraron aliviados. Al menos por el momento, se habían zafado de una situación la mar de incómoda.

Reticentemente, James bajó a Dominique, sintiéndose algo abochornado. Por su parte, en la mente de ella, mil preguntas e inquietudes comenzaban a formarse, mientras arreglaba su vestido lo mejor posible. Realmente habían estado a punto de tener sexo allí mismo. La imagen de Rose reprochando su comportamiento apareció en su cabeza, pero ella la hizo a un lado. Ya tenía suficiente con su propia consciencia.

—Eh... Supongo que deberías regresar —masculló James, ruborizado.

Dominique alzó sus ojos hasta las orbes ámbar de él. Se asemejaba a un niño pequeño al que habían atrapado en una travesura que había valido la pena. En ese instante, las molestas vocecillas de la razón cerraron el pico. Entendió su deseo y lo aceptó, porque era él, su mejor amigo, su compañero de siempre quien lo provocaba. Ni aunque quisiera podía negarse a esa mirada.

Se acercó al muchacho y le dio un suave beso. Un gesto simple, pero que bastaba para saber que todo estaba bien, que nadie se echaría atrás ni se inventaría alguna excusa. Él sonrió satisfecho.

—Sí, tengo que volver. Te escribiré cuando volvamos de Francia —prometió.

La pelirroja salió del probador justo a tiempo. Su madre apareció momentos después, preguntando por su paradero. Ella explicó que había tenido que usar el baño. Quizás, la mujer no se había comprado ni la mitad de su cuento, pero si así fue, nada dijo al respecto.

Un cuarto de hora más tarde, Dominique y Fleur salían de la tienda con varias bolsas. La muchacha miró atrás y vio como James se escabullía entre los colgadores. Sonrió ampliamente, diciéndose que cada vez que visitara aquel local, tendría que darse una vuelta por los vestidores. Les había tomado un poco de cariño.


lunaticanit: ¡Muchas gracias! La universidad es una combinación de líos, trabajo, alguna que otra noche sin dormir y muchos buenos momentos. Sin dudas que vale la pena. No cambiaría por nada mis años allí.
¿Qué le vamos a hacer? Albus es un poquín sensible y tiende a tomarse las cosas a la tremenda. Pero, afortunadamente, no todos a su alrededor comparten su visión.
Me alegra que te haya gustado, pero creo que éste te va a emocionar más. Ya me dirás...
Ah, y que conste que el nombre del capítulo ya estaba pensado antes de tu comentario. Cuando leí lo que escribiste, tuve que reír por la coincidencia. Verano calentito... Creo que el hada madrina te concederá tu deseo. ¡Un beso!

Como siempre, espero que les haya gustado. ¡Nos leemos pronto!