Amor Italiano

-¡Inuyasha, ven ahora mismo! – le gritó su padre más enojado que nunca. El muchacho apareció en la sala con cara de pocos amigos y sosteniendo su cabeza con una mano, pues le dolía mucho.

-¿Podrías hablar más bajo? Mi cabeza va a reventar – pidió el albino molesto, mirando al viejo.

-Estás castigado – sentenció con severidad.

-¿¡Qué! ¡¿Por qué? ¿Qué hice ahora? – Preguntó confuso – Porque si es por el jarrón roto, ese fue Sesshomaru.

-Que infantil eres al culpar a tu hermano – comento irritado por la actitud de su hijo – y eso ya lo sé, él mismo me lo contó.

-¿Entonces qué? – preguntó agarrando esta vez su cabeza con las dos manos, pues el elevar la voz le había provocado que el dolor aumentara.

-¡¿Y lo sigues preguntando? – Los ojos de Inu no Taisho parecían rojos de rabia - ¡Es la tercera vez esta semana que llegas borracho a la casa ¿y preguntas que pasa?

-¿Y? – Claro, su padre no entendía como se sentía por dentro, nadie, ni su familia o "amigos" sabían que había visto a Kagome en su viaje a Francia, sólo la señora Higurashi, pero él no lo desconocía eso. No comprendían como se sentía por dentro, el verla de nuevo y no poder tener el derecho de abrazarla, acurrucarla entre sus brazos y besarla con pasión y amor lo había devastado hasta llevarlo al estado de emborracharse por lo menos una vez a la semana, ya fuera sólo en su habitación o en algún bar. Había desahogado su sufrimiento mediante el alcohol, era eso o un psicólogo, y no iba a pagar para que un viejo loco le dijera todo lo que ya sabía, que él mismo había provocado todo eso.

-Y si vuelves a llegar con una sola gota de alcohol a esta casa, te quitaré el auto, tus tarjetas de crédito, tu teléfono y tu computadora, así que no me provoques.

-¿Me estás amenazando? – preguntó desafiante.

-Esto no es un juego, Inuyasha, hablo en serio.

-OK, no llegaré más con alcohol a esta casa, porque me voy mañana mismo a mi departamento.

-¡¿Qué?

-Papá baja la voz, por favor – pidió no soportando el dolor de cabeza.

-Explícate ahora mismo, ¿De qué departamento hablas? ¿Cómo conseguiste el dinero?

-He ahorrado desde los quince años para uno, pedí un préstamo al banco para lo que me faltaba y lo compré hace un mes – contestó fríamente el chico – y ahora que está todo listo para que viva ahí, me iré.

-No permitiré eso.

-Tengo veintidós años, soy mayor de edad, no puedes prohibirme nada.

- O -

Caminaba de un lado a otro con el teléfono pegado a la oreja, sin conseguir respuesta, de nuevo. Séptima vez que lo llamaba aquella mañana y él no contestaba. Como odiaba eso, si había activado las llamadas internacionales para llamarlo únicamente porqué se lo había pedido ¿¡por qué ahora no contestaba!

-¿Aló? – contestó el joven desde el otro lado cuando estaba a punto de colgar.

-Te he llamado toda la mañana ¿por qué no contestabas? – preguntó Kagome sin siquiera saludarlo.

-Perdón, se me había quedado el celular en el auto. – Se produjo un pequeño silencio, a la espera de que alguno de los dos hablara, hasta que fue él quien lo rompió - ¿No deberías estar en el avión?

-Por eso te llamaba, hubo un problema y el avión se retrasó.

-OH, ¿estás en el aeropuerto?

-Si, pero por lo que me dijeron – continuó ella – llegaré a eso de las tres de la mañana, así que dame la dirección y pediré un taxi…

-¿Estás loca? Ningún taxista aquí habla inglés, y menos japonés, además no dejaré que ningún pervertido se te acerque, yo iré por ti a la hora que sea.

-Pero es muy tarde…

-No importa, además con un simple taxi no llegarás a mi casa. – comentó con un tono misterioso, el cual sólo dejó con mayor intriga a la chica.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Lo verás cuando llegues.

Las horas pasaron y finalmente llamaron a los pasajeros del vuelo 501 con destino a Venecia, Italia para embarcar. La muchacha le envió un mensaje de texto a Leonardo diciéndole que abordaría el avión y lo abordó. Simplemente fue el peor vuelo de toda su vida, jamás le había gustado viajar por los aires, lo debía admitir, pero esta vez, superó a todas las anteriores. Notó que había algo así cómo una tormenta de viento, o quizás era una con rayos y lluvia abundante, pues hubo turbulencia la mayor parte del trayecto, no permitiéndole dormir, ya que el estómago lo tenía revuelto. Además el anciano que iba sentado junto a ella, no paraba de roncar, y la estaba desesperando.

Pero, finalmente, luego de unas largas y tortuosas horas, aterrizaron en el aeropuerto internacional "Marco Polo" de Venecia. Por suerte, la gente que trabajaba en policía internacional hablaba inglés, así que no tuvo problema en eso. Luego de explicarle su situación al hombre que la atendió, diciéndole que venía de vacaciones a la casa de Leonardo Monticello, por el verano, le dieron permiso a entrar y fue directamente a buscar su equipaje al lugar donde le indicaron.

Tomó las dos maletas que había llevado y las colocó en un carrito para poder trasportarlas al exterior, donde se encontraría con su amigo. Miró la hora en el reloj que había en la pared, eran las 3.18 AM, tal como le había dicho al joven, así que de seguro estaría esperándola. Siguió a las personas que habían viajado con ella para poder encontrar la salida y al estar ahí, muy pocas personas esperaban a los pasajeros y entre ellos no vio a Leonardo. Extrañada observó el lugar, a la izquierda sólo había un hombre trapeando el piso y a la derecha unos asientos, con, esperen, alguien sentado, aparentemente dormido. Sonrió enternecida al reconocerlo, de seguro había tenido un día duro y se había quedado dormido ahí esperándola.

Caminó hacia él con sigilo y se sentó a su lado, observando cada destalle de su rostro sereno. Al parecer no había notado su presencia, por lo que rió por debajo. Se acercó a él y beso dulcemente su mejilla. Leonardo se dio cuenta de este gesto y abrió sólo un ojo, para mirarla. Al ver que era ella, sonrió, pero volvió a cerrar el ojo.

-Vamos dormilón, descansarás en tu cama cuando lleguemos – le dijo la azabache agarrándolo del brazo para que se moviera.

Leonardo bostezó perezosamente y se levantó, casi con los ojos cerrados. Se acercó a ella, tomándola de la cintura, la apegó él y besó seductoramente su mejilla. Ella le sonrió y tomó su brazo para que se fueran de ahí. El joven tomó el carrito donde llevaba las maletas y lo condujo hasta el exterior del lugar, con la chica aún tomada del brazo. Caminaron hasta el aparcamiento, como era de esperarse a esas horas de la madrugada, éste no contaba con muchos automóviles estacionados, de seguro, la mayoría de ellos era de la gente que estaba esperando a los de su vuelo. Anduvieron así por lo menos unos cien metros, hasta que ella se abrazó más a él y descansó su cabeza en el hombro de él. A decir verdad sus tacones rosas la estaban matando, sólo quería quitárselos de una buena vez.

Suspiró cansada.

-¿Qué ocurre? – preguntó Leonardo, al escucharla suspirar de esa manera.

-Estoy exhausta, el vuelo fue un desastre, no pude cerrar los ojos ni dos minutos por las turbulencias y los abuelos roncadores, y estos zapatos me están matando – Leonardo rió entre dientes, se detuvo, y con sólo un brazo la levantó y la sentó encima del carrito - ¿Qué haces?

-¿No te dolían los pies? – Preguntó con aire de travesía – Ya no te quejes, sólo descansa ahí.

Kagome lo miró agradecida y volvió a apoyar su cabeza en él, cerrando sus ojos. En menos de cinco minutos Leonardo se detuvo, por lo que se obligo a abrir nuevamente los ojos. Sin poder evitarlo se sorprendió al ver el majestuoso Dodge Charger Rt plateado frente a ella. El italiano volvió a tomarla en sus brazos y la bajó, abrió la puerta del copiloto, para que ella entrara. Luego fue a guardar las maletas en el compartimiento trasero y volvió para que pudieran irse de ahí.

-Lindo auto – comentó Kagome.

-Gracias – le sonrió.

Leonardo salió del aparcamiento y luego de los terrenos del aeropuerto. Trece kilómetros los distanciaban de la cuidad, por lo que Kagome pensó que no tardarían más de veinte minutos en llegar a la casa del chico. Sin embargo cuando él detuvo el auto frente a una marina, se extrañó.

-¿Dónde estamos? ¿No vivías en Venecia? ¿Qué es esa marina?

-Bueno no exactamente en Venecia, vivo en Murano, una isla a dieciséis kilómetros de aquí.

-¿Una isla? ¿A dieciséis kilómetros? ¿Qué pasará con el auto? – volvió a formular tantas preguntas que hizo reír a Leonardo, que en ese momento le pasaba las llaves a un viejito que se les acercó.

-Haces muchas preguntas ¿sabías? – Ella se ruborizó – no te preocupes, Antonio lo guardará, ahora sólo tenemos que sacar tus maletas y abordar el yate.

-¿Qué? ¿Yate? Pero…

-Sólo déjate llevar, carina.

Más que desconcertada, decidió hacerle caso. Leonardo la subió a un magnifico y resplandeciente yate blanco, el cual conducía bastante bien. ¿Qué era? ¿Un Alien? ¿Por qué hacía todo bien? ¿Y qué me dicen del yate? ¿Por qué lo conducía él y no un marinero o como se llamasen?

Pero cuando preguntó, resultó ser que el barco era de su familia. Vaya, que sorpresa. De pronto se sintió pequeña, e intimidada por la magnitud de la billetera de su amigo.

-¿Leonardo? – lo llamó - ¿Seguro que esto no es molestia? Es decir, puedo conseguir un hotel donde quedarme y…

-En serio, no lo es…

-Pero tal vez a tus padres le incomoda…

-¿Desde cuando te importa la opinión de los demás?

-Desde que volví a ser yo misma – respondió ella encogiéndose de hombros -, bueno, no es que me importe todo, solamente la opinión de mis seres queridos… y sus familias…

-Aw, ¿me quieres? – preguntó en tono burlón.

-Ya cállate, esto es en serio – Kagome estaba realmente avergonzada.

-Kag, relájate, mi padre cree que es lo mejor, dado tu historial médico y mi madre esta muy emocionada de que vengas este verano, eres la primera chica que se queda en esa casa desde que mi hermana se casó.

-¿Tienes una hermana? No lo sabía.

De cierta forma lo que el joven italiano le había dicho la había tranquilizado un poco, aunque no sabría la verdad hasta conocer a sus padres por la mañana, pues claro, no los despertaría a las 4 AM. El cambio de conversación la hizo olvidar su preocupación y luego de pocos minutos por fin tocaron tierra firme. Y como era de esperarse, había otro gran auto aguardando para llevarlos a casa.

Y por fin, luego de cuarenta minutos después de que el avión aterrizara, llegaron a su destino. A simple vista, la casa parecía enorme y hermosa, iluminada con unas pocas luces del vecindario. Y luego de todo lo anterior, no pudo sorprenderse al ver a varios hombres de uniforme azul patrullando los patios de la propiedad. Leonardo sacó un pequeño control de su bolsillo y apuntó a la reja frente a donde estaban parados, y de inmediato, ésta se comenzó a abrir. Después de que estacionaran el auto y sacaran las maletas, entraron sigilosamente a la casa. Subieron la gran escala, atravesaron un largo pasillo, doblaron a la derecha, a la izquierda, luego a la derecha de nuevo y finalmente el italiano se detuvo frente a una puerta. La abrió dejando a Kagome más que maravillada.

-Este es el cuarto de huéspedes, ¿no te molesta cierto?

-¿Estás loco? Claro que no – contestó observando el lugar -, Wow, su este es el de huéspedes, ¿cómo será el resto de las habitaciones normales?

-¿Quieres ver la mía? – preguntó con picardía y burla el chico.

-Mañana, pervertido, cuando haya luz – esto provocó que él soltara una pequeña risa y luego saliera del cuarto para entrar luego con las maletas de ella.

-Ahí hay un baño, es sólo tuyo – le indicó apuntando a una puerta del otro lado del cuarto. -Ahora descansa, nos vemos en la mañana.

Leonardo se fue dejándola sola para que así pudiera dormir al fin. Kagome no se molestó ni en buscar su pijama en las maletas, pues sabía que le tomaría por lo menos media hora en encontrarlo o más. Se quitó los zapatos, el chaleco y se metió en la cama, quedándose dormida de inmediato.

Despertó a eso de las diez de la mañana, cuando los rayos del sol atravesaron su ventana y chocaron con su rostro. Se levantó con gran energía, no había dormido en una cama tan cómoda en mucho tiempo. Comenzó a observar el cuarto con más detalle. La cama estaba en el centro, del lado derecho grandes ventanales que daban hacia un gran y hermoso jardín. En la pared frente a la cama había unas puertecillas, las cuales supuso que era el armario, a su lado, una cómoda con un televisor encima. Un gran espejo al lado izquierdo de la cama, un librero y una pequeña mesita.

Abrió sus maletas y comenzó a guardar su ropa en el armario y algunas en la cómoda. Colocó algunos de sus libros en el estante, y dejó su notebook sobre la mesa. Cuando ya tuvo listo, se metió al baño para ducharse. Al terminar, se vistió y fue a peinarse frente enorme espejo.

Alguien tocó a la puerta.

-Kag ¿ya despertaste? – preguntó Leonardo del otro lado.

-Si, pasa Leo.

Cuando él entró, la miró con aprobación, mas no le dijo nada. Conversaron de cómo había dormido, entre otras cosas, mientras ella se terminaba de arreglar y él, sentado en su cama, la observaba. Luego de diez minutos, ambos bajaron a tomar desayuno y conocer a la familia. Kagome no quería que llegara ese momento, ya que pensaba que, tal vez, no sería bien recibida. ¿Por qué tenía ese miedo a las personas adineradas? Con el padre de Inuyasha también le había ocurrido, y al conocerlo, supo que era la persona más sencilla y cariñosa del planeta.

Un momento ¿por qué se acordaba de su antiguo suegro ahora?

Negó con la cabeza, alejando aquellos pensamientos, ahora estaba en Italia, no en Japón, y acompañada de Leonardo, no de…

El italiano abrió la puerta del comedor y dejó entrar a Kagome primero, la que miraba con timidez. Sentado en la cabecera estaba el que supuso que era el padre de Leonardo. Hombre alto, a pesar de estar sentado, corpulento, de cabello castaño, como el de su hijo, pero con canas plateadas. Sus ojos reflejaban bondad y confianza, haciéndola sentir tranquila al momento en que los posó sobre los de ella. A su lado, estaba la madre, rubia, delgada, parecía una súper modelo. No obstante le dedicó una sonrisa encantadora, que la hizo sentir en casa.

-¡Querida! ¡Por fin estás aquí! – dijo la mujer levantándose emocionada para ir a abrazarla. - ¿Estás bien? ¿Ya te instalaste? ¿Cómo estuvo el vuelo?

-Mamá, déjala respirar – comentó Leonardo.

-Estoy bien, gracias – respondió la muchacha sintiéndose con más confianza – soy Kagome Higurashi, y de nuevo, gracias por dejar quedarme.

-No tienes que agradecer nada – al parecer a la señora Monticello le gustaba sonreír – llámame Ágata, y mi esposo – el cual se había acercado a ellos – Lorenzo.

Lorenzo Monticello extendió los abrazos y la recibió gustoso, en un fuerte y cariñoso abrazo paternal. De nuevo, se había equivocado con respecto a las personas con dinero, aquella familia era tan sencilla y cariñosa como cualquiera que hubiese conocido. Todos juntos se sentaron a desayunar, felices, conversando, riendo.

-Díganme, ¿qué harán ahora? – preguntó Ágata.

-Pensaba llevarla a ver la cuidad – contestó su hijo – claro, si ella quiere.

-¡Sí, eso me encantaría!

Cuando terminaron de comer, Kagome fue por su bolso a su habitación, sin embargo, se equivocó de puerta, y entró a una especie de estudio. Había un gran estante con archivadores, un escritorio en el medio y varios diplomas enmarcados. Se acercó a verlos, muchos de ellos eran del señor Monticello y unos de Ágata. Pero hubo uno que la sorprendió bastante.

Diploma de Graduación

Universidad de Roma III

Leonardo Máximo Monticello

Ingeniero Comercial

¿Ingeniero comercial? ¿Qué? Pero si Leonardo recién tenía veintitrés años.

-¿Kagome?

La muchacha salió del cuarto encontrándose con el italiano.

-Perdón, me perdí.

-Ya me di cuenta – comentó él divertido.

Luego de ir a recoger su bolso, ambos salieron de la casa. Kagome le pidió caminar por la cuidad, pues así podría apreciar mejor todo. Tenía que admitir que esta cuidad era hermosa, y sólo estaban en Murano.

-¿Una tienda de Cristales? – preguntó Kagome.

-Si, en el comienzo, Murano estaba habitada mayormente por pescadores, sin embargo los cristaleros venecianos debieron mudarse aquí debido al riesgo de la actividad.

-Parece que conoces mucho del lugar… - él sólo sonrió - ¿Tiene que ver con la misteriosa empresa de tu padre, que no me has contado de que es?

-OH, eres inteligente – comentó coquetamente. Pasó su brazo por encima de los hombros femeninos y ella por su cintura – un de mis ancestros era uno de esos cristaleros. Partió con una pequeña tienda en el centro de la cuidad, pero mediante iban pasando los años y las generaciones, ésta se fue agrandando poco a poco, hasta lo que es hoy, una gran fábrica, con cedes en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, China, India y Japón.

-¿Japón? – Preguntó sorprendida - ¿En que cuidad?

-Osaka, y pronto inauguraran una nueva en Tokio – la muchacha no paraba de mirarlo anonadada -, es una cuidad hermosa, la vista nocturna en verdad es impresionante y los templos espirituales que hay, son bellísimos.

-¿Conoces Tokio?

-Lo visité unas cuantas veces cuando viví en Japón.

-¿Viviste en Japón? – la muchacha no podía dejar de sonar sorprendida.

-En Osaka, a los doce años.

-¿Por qué no me habías contado?

-No pensé que fuese necesario…

-¿Cómo lo hiciste con la escuela?

-Nunca fui a la escuela, ni en Japón, Alemania, Estados Unidos, China, India o aquí – Kagome estuvo por preguntar ¡¿Viviste en todos esos lugares? Pero contuvo el impulso y dejó que siguiera – tenía tutores que venían a mi casa, pero después de unos meses, renunciaban.

-¡Por Dios! ¿Qué les hacías?

-Nada, simplemente ya no tenían nada que enseñarme, pues ya lo sabía todo…

-Presumido – bromeó -, lo que me recuerda ¿cómo es que ya tienes un título universitario?

-Cuando tenía dieciséis años, mis padres iban a volver a Alemania, así que me dieron a elegir, entre ir con ellos o quedarme con mi abuelo en Roma e ir a la universidad. Así que me quedé con lo segundo, en verdad, nunca me gustó mucho Alemania, eran muy… alemanes – eso hizo reír a Kagome – Bueno, hice la prueba y entré de inmediato, a ingeniería comercial. Era el más joven de la clase, creo que de la universidad y el más genio, por lo mismo me envidiaban y un par de veces me golpearon – los ojos de Kagome se pusieron como dos platos – pero descuida, no podían hacerlo muy seguido, pues, ya sabes, mi abuelo es senador, se estarían metiendo con el gobierno.

-¿Por qué dejabas que te golpearan?

-Era un flacucho en esos tiempos – comentó mirándola de una manera en que ella no pudo descubrir – de todas formas, con mi intelecto, pude adelantar algunas clases y en tres años pude estudiar lo que otros hacen en cinco, me gradué con diecinueve años y estaba listo para heredar la empresa de mi padre, o al menos administrarla.

-Pero no lo hiciste.

-Me di cuenta de que era aún demasiado joven y que no había vivido las emociones que un chico normal de mi edad debía vivir. Es decir, salir con amigos, con chicas, viajar, conocer lugares…

-¿Qué hiciste?

-Mis padres no me permitieron dármelas de vago, o trabajaba con mi padre o estudiaba algo. Pero ya estaba aburrido de tanta seguridad, horarios, protocolo, sirvientes, así que decidí apuntarme en Oxford y vivir en la residencia.

-¿Y estudias leyes, derecho, como sea, por la empresa?

-Bueno, si, era eso o medicina, pero no quería pasarme la vida en un hospital, es un ambiente muy triste.

-Mm… a ver, déjame entender, ¿eres un príncipe genio millonario políglota que es heredero de una compañía de cristales?

-Me gusto la parte del príncipe… - Kagome roló los ojos divertida, no entendía cómo un hombre como él podía ser tan sencillo, tenía razón de sobra para presumir y mirarla con desdén.

En esos momentos caminaban por una zona de restaurantes, todos, hermosos y repletos.

-¿Leonardo Monticello? – lo llamó una voz femenina a sus espaldas. El mencionado soltó a Kagome y se volteó, al igual que la azabache.

Frente a ellos estaba una chica alta y esbelta, de cabello rojo y ojos azul cielo. Sonría a Leonardo con dulzura y se acercó a él para abrazarlo cariñosamente.

-¡Diana! ¡Que sorpresa! Creí que volvías el próximo mes. – le dijo el italiano, sin dejar de abrazarla.

-Si, bueno, mi padre me dijo que te había visto hace una semana, - el chico asintió, separándose – así que decidí venir antes, pues, ¿qué mejor que pasar mi verano contigo? – aquello hizo sentir extraña a Kagome.

-Oye, te presento a mi amiga, - comentó el indicando a la azabache – Kagome Higurashi, Kag, ella es mi mejor amiga de la infancia, Diana Parigi.

-Mucho gusto Kagome – dijo la chica, estrechando la mano de ella.

-Igualmente…

-¿De donde se conocen? – le preguntó a Leonardo.

-Vivimos en la misma residencia, en Oxford, y somos buenos amigos desde hace un tiempo.

-OH, ¿y te estás quedando en algún hotel de la cuidad? – esta vez, la pregunta era para Kagome.

-Emm… No, me quedo en casa de Leonardo…

-OH – repitió.

No entendía por qué, pero aquella chica no se le hacía de confianza.

-Iré por unas sodas – dijo el italiano indicando un pequeño kiosco a unos metros de ellos – Diana, té helado, con canela – ella asintió - y Kagome ¿qué te gustaría tomar?

-Una limonada... – contestó a penas, algo desconcertada por el hecho de que el joven supiera lo que la pelirroja quería beber.

-OK, vuelvo en seguida – Leonardo se giró y se fue al kiosco. De cierta forma, el estar a solas con ella, la ponía incómoda a Kagome.

Decidió romper el silencio.

-Así que conoces a Leonardo desde pequeños… ¿? – trató de ser amigable.

-Arg, cierra la boca – escupió Diana, sorprendiendo a Kagome.

-¿Perdón?

-Escucha mocosa, Leonardo fue mío primero, no vas a quitármelo – le advirtió con un odio acumulado, como si la conociera hace años.

-No sé quien te crees para hablarme así – comentó Kagome molesta por la actitud de la chica – pero él y yo sólo somos amigos.

-Más te vale.

-¿Qué…? – su pregunta fue interrumpida cuando la expresión detestable de Diana cambió al adorable rostro que tenía al conocerla.

-¿Y? ¿De qué me perdí? – preguntó Leonardo apareciendo por detrás de Kagome. El chico tendió su mano para entregarle a Diana su té helado y luego le dio su limonada a la azabache.

-No de mucho – contestó la pelirroja con una amplia sonrisa – sólo le decía a Kagome lo buenos amigos que somos.

Kagome ladeó la cabeza, entrecerró los ojos y la miró confundida por su cambio de actitud tan rápido.

Lo entendió de inmediato.

Nota mental para Kagome Higurashi: Personas como Yumi Wada hay en todas partes.

Leonardo y Diana conversaban de cosas triviales que al parecer sólo ellos entendían, pues Kagome se perdió en el medio. Así que prefirió ignorarlos, y contemplar el bello paisaje de su alrededor.

-Bueno, debemos irnos, - dijo el italiano - llevaré a Kagome a conocer la fábrica.

-¿Puedo ir con ustedes? – Preguntó emocionada Diana – Quiero saludar a tu padre.

Por un momento Kagome tuvo la esperanza de que Leonardo le dijera que no, pero…

-Obvio, el estará encantado de verte.

Desde ese día, Diana se colaba a todas sus salidas o por "casualidad" se los encontraba en la calle cuando andaban por ahí paseando. Y como era de esperarse, cada vez que las dos chicas se quedaban a solas, la pelirroja no hacía más que molestarla y cambiaba su actitud justo cuando Leonardo se acercaba. Por esto, Kagome trataba de mantenerse lo más alejada de ella. Cuando iba a la mansión Monticello, se excusaba con que se le había ocurrido una gran idea para su libro, por lo que se quedaba encerrada en su cuarto hasta que Diana se iba o la llamaban a cenar, por lo menos así, tendría testigos si intentaba molestarla o insultarla.

Había intentado decírselo a Leonardo unas cuantas veces, pero siempre tenía el mismo resultado, algo los interrumpía antes de contarlo todo.

Pero aquella noche sería la excepción. Supuestamente habría un eclipse lunar a altas horas de la noche, por lo que, milagrosamente, se encontraban solos, tirados en el césped mirando el cielo.

-¿Qué tal si mañana nos vamos a Roma? – preguntó Leonardo de repente, luego de un largo y cómodo silencio.

-¿Roma?

-Si, bueno, ha pasado ya tres semanas desde que volví a Italia, y mi abuelo demanda de que vaya a verlo.

-¿Cosas de trabajo? – interrogó ella, girándose hacia él, quedando así de lado, con su cabeza apoyada en la palma de su mano.

-No realmente – él imitó la posición – es un viejo sentimental, Isabela – su hermana - y yo somos sus únicos nietos, y como ella vive allá, es a mi a quien más extraña.

-Aw, eso me recordó a mi propio abuelo… - prefirió cambiar de tema de inmediato, ya que le producía dolor hablar de él, puesto que llevaba mucho tiempo sin verlo – Oye, pero ¿no tienes que trabajar mañana?

-OH, no, es sábado, y además no pueden esclavizarme ahí – le sonrió – nos vamos mañana luego de desayunar y volvemos el lunes ¿Qué te parece?

-Me parece bien – contestó sonriente y volvió a mirar el cielo, al igual que él.

Luego de unos minutos, Kagome volvió a hablar.

-¿Podemos ir los… dos solos?

-Claro ¿por qué no?

-Entiendes ¿cierto? Me refiero a sin… - no se atrevía a mirarlo, cuando él giró su rostro hacia ella.

-¿Sin Diana? – Con el silencio de Kagome asumió que la respuesta era sí - ¿Qué tiene que te desagrada tanto?

-Es sólo que ha estado… molestándome.

-¿Molestándote? – Preguntó extrañado, al mismo tiempo en que se sentaba y se apoyaba en su brazo derecho – Imposible.

-Pues lo hace – contrarrestó sentándose también.

-Ella no es mala, Kagome – la expresión de Leonardo no podía ser más seria -, dame una buena razón por la que te insultaría.

-Porque está enamorada de ti – comentó con un tonó de voz de que era obvio lo que ocurría.

-¿Y? – eso la enfureció, mas trató de controlarse.

-Mira, ya tuve suficiente con amantes celosas – sin poder evitarlo recordó los tiempos en que Inuyasha salía con Kikyo, de cómo ésta se ponía como loca con sólo verlos pelear en el pasillo del instituto, y se recordó a ella misma, cuando Yumi volvió a hacer aparición – no quiero a otra más molestándome, pero creo que se me hará imposible perderla de vista, si tú siempre la tienes colgada del cuello.

-¿No serás tú la celosa?

Seguramente en otro contexto, aquello habría salido de la boca de Leonardo en forma de burla y coquetería, pero ahora, la irritación quemaba sus ojos.

-¿Por qué lo estaría?

-No deberías estarlo, porque tú y yo somos simplemente compañeros de casa – aquello fue un golpe demasiado bajo, y fuerte. El dolor atravesó su corazón y apartó la mirada. Creyó que por lo menos eran amigos.

Silencio. Ninguno se veía a los ojos.

-Hay algo entre ustedes ¿verdad? – en su voz no se podía disimular la decepción – Algo más allá de una simple amistad.

El silencio de Leonardo era más ruidoso ante la noche estrellada.

-¿Un enredo amoroso, talvez? – cuestionó con una ironía hiriente que atravesó el corazón de ambos.

Y de nuevo, más silencio.

-Somos amigos – declaró aún sin mirarla.

-¿Y antes?

Pausa.

-Fuimos novios el verano pasado.

¿Verano pasado? O sea que cuando él fue a Oxford para programar su horario de clases, la había visto por casualidad y la había cortejado… ¿ESTABA DE NOVIO DE DIANA?

La verdad cayó de bruces delante de sus ojos. El Ángel Guardián, el Príncipe Encantador, el hombre perfecto que creía era Leonardo, no era más que un Don Juan, seductor, en el que no podía confiar. La experiencia le decía a gritos salir de ahí antes de verse más involucrada.

-Eres un Don Juan – bramó con inquina.

Y como su el joven hubiese escuchado su pensamiento, se giró hacia ella con la mirada más fría que había visto alguna vez en aquellos ojos pardo.

-Tu madre pidió que te cuidara, estoy cumpliendo mi promesa, pero mi vida privada queda fuera de esto – escupió con desprecio – al igual que la tuya.

Kagome entendió de inmediato el otro sentido de aquellas palabras. Se puso de pie furiosa, con los puños apretados.

-¡¿A qué hora cambiamos de tema? – El italiano se puso de pie también, elevó una ceja - ¿Estás resentido porque no te he hablado de mí, siendo que tú ya lo hiciste? – más que una pregunta, era una afirmación – OK, te diré ¿quieres saber por qué soy tan desconfiada? ¿Por qué era una chica tan fría? ¿Quieres saber quien me lastimó? Te lo contaré todo de una buena vez, para que no vuelvas a…

Lo que ella quería decir era: "no vuelvas a pensar que soy una malcriada". Leonardo, por otro lado, pensó en: "no vuelvas a meterte en mi vida", y no estaba dispuesto a escucharlo, su orgullo ya estaba muy herido.

-No me interesa.

El shock de aquellas palabras fue como una descarga eléctrica sobre la muchacha.

-OK. Pero escucha algo, siempre he sabido cuidarme sola – claro que no, Inuyasha siempre la salvaba cuando estaba en apuros – no necesito que lo hagas por mi.

Aquello le dolió tanto a ella como a él, ninguno dio el brazo a torcer para admitir, sin embargo. El italiano resopló mostrando lo harto que estaba de la conversación, ella roló los ojos y se fue.

- O -

***Flash Back***

-¿Ves eso, Inuyasha? – preguntó apuntando el cielo.

-¿Qué cosa?

-El manto de estrellas – Inuyasha se acercó a ella y la abrazó por la cintura – es algo mágico… el cielo.

-¿Por qué lo dices, cariño?

-Bueno porque, el cielo se puede ver de cualquier lugar, no importa que tan lejos estés de alguien, de cierta forma puede conectarlos… Si alguna vez estamos separados, él nos unirá.

-¿Crees que alguna vez estaremos así de lejos, uno del otro?

-La vida siempre puede dar giros…

***Fin Flash Back***

-Kagome – el albino es encontraba mirando el eclipse lunar, sentado solo en su departamento, recordando el pasado – ¿el cielo nos está conectando ahora?

- O -

A la mañana siguiente…

Toda la noche se había arrepentido de haber peleado con Kagome, no entendía por qué le había dicho cosas tan crueles. Ambos sabían que ellos no eran simplemente compañeros de casa, eran mejores amigos y quizás algo más. Además, Leonardo sabía perfectamente que Diana no era ninguna santa y que molestaba a Kagome, de verdad no sabía por qué había actuado así.

Se despertó a eso de las nueve de la mañana, estaba dispuesto a pedirle perdón a la chica y así ambos se fueran a Roma, como lo habían planeado. Se levantó y fue al cuarto de ella, tocó a la puerta y esperó.

-Kagome – la llamó – sé que estás enojada y no quieres hablar conmigo, pero te vengo a pedir perdón, actué como un imbécil, sé que Diana no es una santa y… ábreme por favor – no escuchó nada, ni pasos acercándose a la puerta, ni nada, pero era casi imposible que ella siguiera dormida – si no abres a las tres, lo haré yo – amenazó. – Uno… Dos… Tres – nada ocurrió - ¿Kagome?

Giró el picaporte y lentamente abrió la puerta, preparado para cualquier golpe que le fuera a dar la chica, sin embargo lo que lo sorprendió fue ver que la habitación estaba vacía. La cama hecha, como si ella no hubiese dormido ahí. Miró alrededor, todas las cosas de ella había desaparecido, abrió la puerta del armario, nada, no estaba su ropa.

Volteó nuevamente a la cama y vio una pequeña nota encima. La tomó y leyó:

Leonardo:

Perdón por todas las molestias, ten un buen verano.

Kagome.

-Demonios, se fue.

Salió rápidamente de la habitación y corrió escaleras abajo, encontrándose con sus padres en el comedor, como siempre estaban a esa hora.

-¿Alguno vio a Kagome?

-Ella… se fue esta mañana – comentó Ágata muy triste.

-¿Te dijo donde? – preguntó algo alterado.

-Tomaría un vuelo a Japón…

-Me llevaré el auto.

-¿Qué fue lo que le hiciste? Parecía triste y enojada.

-Luego te cuento, ahora debo impedir que tome ese avión.

Condujo hasta la marina donde estaba el yate de la familia, pero en lugar de dirigirlo a la isla de Venecia, fue directamente al aeropuerto en él, se ahorraría unos minutos así. Al llegar, corrió al tablero de anuncios, el cual daba información sobre los vuelos. El vuelo a Japón salía en siete minutos.

Se acercó a un mostrador para comprar un boleto de cualquier vuelo que fuera internacional, aunque no pretendía viajar, más bien, evitar que ella lo hiciera. Corrió por el aeropuerto, le mostró el boleto a quienes tenía que mostrárselo y fue directamente a la puerta J16, la cual era la de ella, pero al mirar por la ventana, vio que el avión ya no estaba. Se agarró la nuca con ambas manos, y se puso de cuclillas, apoyado en la pared.

-Soy un idiota – murmuró. Se quedó así unos minutos, hasta que las piernas le comenzaron a temblar. Se puso de pie y levantó la mirada, sorprendiéndose al ver una hermosa chica, de ojos chocolate, ensombrecidos por la tristeza, y brillante cabello azabache. Kagome estaba ahí, sentada sobre su maleta y con la vista perdida en algún punto del suelo. Sin pensarlo dos veces, se acercó a ella, quien de inmediato lo miró.

-¿Qué haces aquí? – preguntó, sus ojos estaban vidriosos, por las lágrimas acumuladas.

-Vine a disculparme y pedirte que no te vayas… creí que te habías ido.

-No fui capaz de subirme al avión. No sería correcto irme, pero tampoco quedarme, por eso estoy aquí, sentada en mi maleta, pensando en el lugar al que pertenezco.

-Perteneces aquí – le dijo él rogándole con los ojos – mi madre te quiere mucho, al igual que mi padre, debes quedarte.

-No lo haré – Kagome se puso de pie – sólo estoy estorbando aquí, y la verdad es que no quiero volver a sentirme la número dos. Creo que tomaré el siguiente avión, y no me detendré con nada que digas – tomó sus maletas y dio unos pasos, para ir a hacer los tramites para el vuelo.

-Dices que soy Don Juan… Entonces sé mi Doña Inés – la muchacha se detuvo, pero se negó a mirarlo – Te amo, Kag.

-¿Qué? – esta vez si tuvo que voltearse, incrédula.

-Te amo, y lo sabes bien – le repitió, caminando hacia ella.

-Estás hablando muy fuerte…

-¿Y qué? ¡Qué todos sepan que amo a Kagome Higurashi!

Se escuchó un fuerte Aw en el lugar y luego vinieron los aplausos.

-No lo entiendo, creí que Diana y tú…

-Escucha, no sé cuando comencé a sentir esto, pero me he dado cuenta de que no puedo vivir sin ti.

La ternura invadió la sonrisa de Kagome, y levantó su brazo para acariciar la mejilla de él. Leonardo poco a poco se acercó y la besó, sintiéndose tan plena y tranquila como hace mucho no lo estaba.

-¿Podrías convertirte en mi novia? – interrogó aún rozando sus labios.

-Claro.


Hola! Como estan? Bueno aqui vuelvo el capitulo más largo que he escrito en toda mi vida, la verdad es que me tomó unas 13 hojas de word :|

Hace unos días estuve a punto de tirar la toalla con este fic, no quería escribir más, pues quería que estuviera terminado ya! y no parecía avanzar nada, pero luego pense en todos los fanfics que he leido que no lo han continuado hace tiempo y senti que no podía abandonarlas. Espero que la inspiracion llegue pronto, ahora que entre a clases no tengo mucho tiempo y mas aun xq este año hago la prueba para la universidad, sin embargo tratare de terminarlo antes de que todo se vuelva muy pesado.

Bueno respecto al contenido, amé la ultima escena, y para que lo sepan, no es presisamente venida de mi cabeza, hace un tiempo estaba viendo Jonas en la TV y en un capitulo sale algo así y no pude resistirme, esque en verdad me encantó. Les aclaro algo, de aqui en adelante, se adelantara un poco el tiempo, por cuestiones de no alargar tanto el fic, (aunque por ahi le leido en sus comentarios que no quieren que se acabe *.*)

Aquí me despido, ojala pueda subirles el proximo capitulo pronto, resen por que me llegue la inspiracion xD

Y ustedes saben que me encanta leer sus lindos comentarios, dejen reviews para saber su opinion del capitulo... Eso, besos y cuidense mucho, nos vemos en la próxima.

MRS Taisho-Potter