Era tarde en la ciudad infestada por bandidos. Sólo unos pocos podían salir a la calle sin preocuparse de que les hicieran daño, y entre ellos estaban Oda Nobunaga y su socio Akechi Mitsuhide, afortunados colaboradores de Toyotomi que habían visto sus ingresos dispararse al momento de tomar todas las inversiones robadas a las familias yakuza.

Los dos hombres, que se conocían desde hacía años, habían salido a cenar por cuestiones de negocios, y abandonaban tranquilamente del restaurante cuando Nobunaga invitó a Mitsuhide a tomar café en su casa.

El de cabellos blancos había accedido, dirigiéndose los dos a la hermosa casa que los Oda tenían en el barrio de Aki. Kichou, la esposa de Oda, y Ranmaru, su hijo, dormían tranquilamente mientras el amo de la casa entraba tratando de no hacer ruido. Las mucamas ya se habían ido a sus casas, por lo que la enorme cocina estaba sola.

–Ve a mi estudio, Mitsuhide, enseguida voy –pidió Oda, sacando un par de tazas y conectando la cafetera.

Akechi sonrió con una expresión que resultó difícil de leer, saliendo de la habitación y perdiéndose en la oscuridad del pasillo. Nobunaga no lo vio, pero sus pies lo llevaron al piso superior.

Tras casi diez minutos, el de cabellos negros se dirigió a su estudio, llevando una taza en cada mano. Se había quitado el caro saco y tenía las mangas de la camisa arremangadas.

–Aquí tienes –dijo, dejando la taza humeante frente a Mitsuhide, quien le esperaba sentado en la más absoluta calma. Oda rodeó el escritorio y se sentó en su lugar, bebiendo un sorbo de su café.

–Nobunaga-ko, quisiera saber si has pensado en lo que te dije –la voz de Akechi era suave y grave. Tomó la taza y bebió un largo trago de la oscura bebida.

–Te lo dije ese día, no me interesa... Estoy bien con Toyotomi al frente, nos resta muchas responsabilidades.

–Podrías tener más dinero del que tienes, y mucho más poder.

–La codicia te va a hundir, Mitsuhide, no deberías desear más de lo que puedes manejar.

El aludido frunció los labios, mirando al suelo y respirando resignado.

–Te lo ofreceré una vez más, Nobunaga-ko... –susurró, dejando la taza sobre la mesa–. Ven conmigo, le tenderemos la perfecta trampa a Toyotomi y repartiremos todo en porciones iguales una vez que lo hayamos eliminado.

El hombre de cabellos negros le dirigió una mirada severa.

–Lo lamento, pero rechazaré la oferta –ingirió el necesitado café y agregó–: Te deseo suerte, en todo caso.

Akechi se recostó en su silla, observándolo con una expresión indescifrable.

–Qué pena, Nobunaga-ko. Qué pena que empieces a perder todo por lo que tanto has trabajado.

–¿Qué quieres decir? –preguntó el hombre, arrugando el entrecejo–. Sin contar algunos pormenores, las cosas van mejor que nunca...

El de pelo blanco se removió en su silla, levantando un brazo. Llevó la mano a su nuca y recorrió su cabello, tironeando de un largo mechón. En su otra mano, algo brilló.

–Hermosa la sala de armas que tienes acá abajo, nunca te lo había dicho –replicó, con una cara que comenzaba a desencajarse–. Y precioso el anillo que le regalaste a Nouhime-sama –añadió, levantando la mano y enseñándole que lo tenía puesto.

Oda sintió que el estomago se anudaba, poniéndose de pie instintivamente.

–¿Por qué...

Akechi lo imitó, retrocediendo hacia la puerta y riendo de manera enfermiza.

–Me fascinan las guadañas, no podía creer que tuvieras una, tuve... tuve que probarla –se carcajeó, con los ojos fijos en Oda.

Tenía que ser una broma de mal gusto. El dueño de la casa rodeó rápidamente el escritorio para correr hacia la puerta, hizo a su socio a un lado con toda su fuerza y corrió al cuarto que compartía con su esposa, rogando mentalmente porque fuera una de las estúpidas bromas del otro.

Un olor férreo lo recibió apenas traspasó el umbral. Encendiendo la luz con un ademán tembloroso, la imagen del horror cobró vida. Kichou Nouhime yacía en la cama destrozada, rodeada por jirones que antes fueran sus sábanas y cobijas, doblada sobre sí misma, con los brazos abiertos y el rostro desfigurado en una expresión de terror. La había cortado en pedazos.

El alma dejó su cuerpo en ese instante. Se giró aterrado hacia la puerta que enfrentaba la de su habitación y, al ver que estaba entreabierta, pensó que colapsaría.

–Ranmaru... –susurró, tragando muy duro, dando lentos pasos, no queriendo enfrentar lo que pudiera haber en el cuartito.

El cuerpo de su hijo yacía igualmente entre pedazos de tela, colgando de la cama, con la cabeza unida al cuello apenas por una tira de carne.

Oda cayó de rodillas. Su cuerpo no podía procesar aún toda la situación, incapacitándole de pedir por ayuda o siquiera derramar lágrimas por su familia.

–Te preguntarás por qué no oíste nada... –la voz de Akechi lo sacó de su trance–. La cinta adhesiva puede resultar muy útil, lo mismo las puertas... Te has hecho una casa muy fuerte, Nobunaga-ko.

Lo miraba desde la puerta, con una larga guadaña entre los brazos.

–No me extraña, siendo que eres el magnate de las construcciones... –dio un paso dentro de la habitación–. Oh, y gracias por los cobertores plásticos para las camas, sin ellos estaría bañado en la sangre de tu mujer y tu hijo...

Comenzó a reír desquiciadamente, sujetándose la cabeza.

Oda se puso de pie, despacio. Sus ojos brillaban con un destello homicida.

–Mitsuhide... –susurró, con su voz cavernosa.

–Muy tarde, Nobunaga-ko –murmuró Akechi–. Puedo tomar las riendas de nuestra sociedad sin tu presencia... y lo sabes.

Esa mañana gris, toda la zona de Aki estaba detenida, se habían bloqueado la mayoría de calles y no podía pasar un alma sin ser interrogada por los policías. Había periodistas de todas las cadenas esperando a que soltaran un poco de información, pues se había cometido un brutal asesinato.

El jefe de la policía, Honganji Kennyo, sucesor del impresionante Matsunaga, esperaba a que éste llegara. Nadie había tocado la escena del crimen pues, al instante en que se había sabido la noticia, Matsunaga había ordenado claramente a Honganji que aguardaran su presencia.

El hombre, de proporciones y músculos exagerados, lucía bastante nervioso. El traje le quedaba algo apretado y consultaba su reloj a cada rato.

Cuando el ex policía llegó, varios subordinados le recibieron con grandes reverencias. Su cara no mostraba expresión alguna, pero era la primera vez en muchos años que se metía en un caso.

–Matsunaga, venga por aquí... –Kennyo levantó uno de los cordones policiales para que pudiera pasar–. Nadie ha tocado nada, como lo ordenó. Pero... me temo que le tengo terribles noticias...

–¿Qué pasó? No omita ni un detalle.

Mientras entraban a la casa, un pestilente hedor a sangre invadió sus narices.

–Por aquí... –indicó el hombretón, subiendo la escalera.

El olor se hacía más fuerte conforme ascendían. Un reguero de sangre decoraba el piso alfombrado del pasillo del piso superior.

Poniéndose unos guantes, Honganji metió la mano en una de las habitaciones y encendió la luz. Los ojos de Matsunaga se abrieron como platos al descubrir, muerta y descuartizada, a la mujer de su mejor amigo.

–La familia Oda... –murmuró Kennyo–. Ha sido... Ha sido asesinada.

–¿Todos? –preguntó Hisahide, tratando de mantener la compostura.

Kennyo dio vuelta y salió hacia el cuarto enfrentado, encendiendo la luz y mostrándole al pequeño Ranmaru, que yacía enredado en sus cobijas.

–Todos... –el hombre señaló las pisadas sobre el suelo ensangrentado–. Es evidente que aquí hubo una pelea... Kichou-sama y Ranmaru-sama debían estar dormidos cuando fueron atacados... pero...

Lo llevó por el pasillo hasta el baño.

–Nobunaga-sama... estaba consciente cuando lo descuartizaron.

El cuerpo del hombre de cabellos negros estaba cortado en dos. Lo habían arrojado en la bañera, como si se tratase de un muñeco roto. Múltiples heridas cortantes en sus brazos, torso y rostro, y una expresión en éste que helaría la sangre de cualquiera.

No mostraba miedo o dolor, no, el semblante del Oda Nobunaga mostraba el odio y furia que sentía en el momento en que había muerto.

Los puños de Matsunaga se apretaron con fuerza, temblando imperceptiblemente.

–¿Pasó algo más? ¿Se llevaron algo? ¿O vinieron explícitamente a matarlos?

–Tendríamos que revisar a fondo, señor, pero superficialmente parece que sólo vinieron a... esto...

–Ya veo... –fue todo lo que dijo Matsunaga, abandonando la escena. Cuando bajaron por las escaleras, reparó en una puerta que estaba apenas entreabierta, una que solía estar bajo llave por seguridad del pequeño Ranmaru.

–El salón de armas de Nobunaga-sama... –murmuró Kennyo. No conocía mucho al hombre, pero había estado en su casa un par de veces.

Entraron a la oscura habitación, donde todo parecía en orden; pero a los ojos del ex jefe de policía faltaba algo, siendo que él le había regalado al otro gran parte de esa colección.

–¿Sucede algo, Matsunaga...? –preguntó Honganji.

–No... Revisen todo, cada centímetro de la casa, si algo está fuera de lugar, quiero saberlo... Y envíen a alguien a hablar con Mouri, siendo su zona alguien tuvo que ver u oír algo... –era imposible que el asesino simplemente desapareciera, menos aun cargando algo tan grande.

Aunque tenía un par de sospechosos en mente, no quería actuar precipitado.

Kennyo miró por las tablas de la persiana.

–Parece que Mouri ya está aquí... –murmuró, espiando por entre las rendijas de luz.

El hombre hablaba con un policía en la entrada, haciendo ademanes nerviosos.

Hisahide sabía que Motonari no se atrevería a acabar con un aliado de Toyotomi, siendo el único lazo que le permitía seguir en la ciudad; pero recordó su última plática, su intento de amenaza, y no pudo evitar sentir la necesidad de aplastarlo como a un bicho. Eran pocas las cosas que valían el interés de Matsunaga, y la familia de Oda era una de ellas.

Matsunaga y Honganji salieron al jardincito de la casa, y el primero ordenó al oficial que dejara pasar a la cabeza de los Mouri.

–Y que alejen de una vez a todos esos malditos fotógrafos –masculló, mirando ausentemente hacia la calle.

Kennyo dijo que sí con la cabeza y descendió hasta la acera, transmitiendo las órdenes a los policías. Mientras unos cuantos se ocupaban de los periodistas, otro le indicó a Motonari que podía pasar. Temblaba de pies a cabeza cuando llegó junto a Matsunaga.

–¿Es... Es cierto? –preguntó, con el ceño fruncido.

–Esperaba que tú pudieras decirme un poco más al respecto –replicó la voz acusadora del hombre de los mechones blancos.

Mouri se retorció interiormente. La situación actual lo tenía cerca de sufrir un paro cardíaco, y ahora Matsunaga se atrevía a relacionarlo con ese incidente.

–No sé nada de esto. Pregunta a cualquiera de tus espías, no he dejado mi casa desde el atentado en Sekigahara –consiguió defenderse al fin, tragando muy duro.

–Alguno de tus hombres tuvo que ver algo, Mouri –Matsunaga estaba empezando a perder la paciencia–. Quiero que le preguntes a cada uno de ellos, no me importa si es un rumor o algo que se imaginaron, lo quiero saber.

–Así se hará –aseguró el de cabellos castaños, asintiendo con la cabeza–. No dejaremos una piedra sobre su lugar en este barrio.

–Bien, puedes irte...

Motonari notaba que su cobrador estaba alterado, pero no estaba en posición de recalcarlo así que se retiró sin más, muy apretado a su gigantesco guardaespaldas.

Kanbei observó con ojos desconfiados al ex jefe de policía. Al vivir toda su vida en aislamiento, no sabía quién era, pero sabía distinguir una amenaza.

–Motonari-sama... –murmuró, mientras lo seguía hasta su coche.

–Ni una palabra. Te lo explicaré después.

El joven asintió y le abrió la puerta del auto, para luego abordar su lugar.

Honganji se volvió a reunir con su antecesor, preguntando cómo se dispondría de los cuerpos.

–Sáquenlos de aquí con cuidado y que se encarguen de ellos en alguna funeraria, para darles una despedida apropiada.

–Sí, señor...

–Y Kennyo –lo cortó con tono un tono de voz amenazante–. Si una sola fotografía de esta desgracia se filtra a los medios, será tu responsabilidad.

Honganji tragó muy duro, sintiendo un súbito resquemor en la nuca.

–No... –añadió Matsunaga, dándole la espalda–. Yo los enterraré.

Nadie podía explicar el extremo cuidado e interés de Hisahide en el asunto, pero sin duda le ponía los pelos de punta a todos. Temían no dar la talla y, sobre todo, no dar con el culpable.

La vela de los cuerpos se realizó en la misma casa del ex policía, donde sólo él y su fiel Kotarou oraron por las almas de sus queridos amigos.

La hermana del occiso había caído en un shock nervioso al enterarse de la noticia, por lo que le habían impedido ir, pero su fiel esposo iba en su nombre, sufriendo por los dos.

Por alguna razón que Nagamasa no logró comprender, Matsunaga no le permitió la entrada.

–Nobunaga nunca estuvo feliz con el matrimonio de su hermana. Lárgate –le espetó, de pie en la puerta de calle.

Eso enfadó terriblemente al hombre, pero era la verdad y no era ocasión ni lugar para generar un escándalo. Muy a regañadientes, regresó al lado de su esposa. Ichi no dejaba de llorar, hundida entre las almohadas de su cama.

Mientras tanto, en la casa de Akechi Mitsuhide, el abogado de cabellos blancos lamía insistentemente la hoja de la guadaña que se había llevado consigo.

–Qué dulce es tu sangre, Nobunaga-ko... –susurró, pasando los dedos por el filo.

Disfrutaba de su reciente victoria, un ritual enfermizo antes de unirse a sus socios. Takenaka le había informado de la lamentable muerte de Oda y lo había puesto al tanto del funeral y de todos los cuidados que estaba teniendo Matsunaga con la familia.

–Qué bueno que Nobunaga-ko cuente con amistades tan leales... –decía Mitsuhide, con su tono enfermizo–. Iré a presentar mis respetos al funeral...

Se separó muy a su pesar de la brillante y antigua hoz, maquinando planes extremos para continuar subiendo y conseguir a alguien que tomara el lugar de su socio muerto.

Al día siguiente, una horda de policías recorría de un lado al otro el cementerio, mientras Matsunaga y algunos más se despedían de los tres difuntos.

Toyotomi, Takenaka y Akechi, seguidos por Oda Ichi y su esposo Nagamasa, observaban en silencio el descenso de los ataúdes.

Mouri, en un costado, miraba insistentemente a Kanbei, vigilando que no se alejara de su lado.

Había pasado toda la noche en vela, gritándole a todos sus hombres, atormentándolos para conseguir algo, lo que fuera, y lo que había obtenido no era para nada convincente; pero Matsunaga había sido terminante y el entregaría lo que había encontrado, sólo esperaba el momento indicado.

Cuando los pocos presentes se iban retirando, Mouri se acercó a Matsunaga, tratando de lucir lo más compuesto posible.

–Matsunaga... –llamó, para atraer su atención y separarlo de las personas con las que hablaba.

El hombre de coleta lo observó con los ojos entrecerrados, siguiéndolo.

–¿Qué tienes?

–Hice lo que me pediste... –comenzó el frágil hombre–. Pero no hay más que las palabras de un ebrio que rondaba la zona por la madrugada...

–Cualquier cosa servirá. Habla –exigió Matsunaga, en mal tono.

–El sujeto dijo... –Motonari se detuvo, inseguro por la sarta de estupideces que le habían transmitido, pero la mirada de Hisahide no admitía que se arrepintiera–. Dijo que, cerca de las cuatro, cuando salía de un bar, tuvo una visión... Que vio a un fantasma... –respiró hondo, sintiéndose tonto, pero continuó–. Que más que un fantasma, era como la muerte, delgada, alta, con cabello largo... y una hoz manchada de sangre.

–¿Dijo de qué color era su cabello? –cuestionó el ex policía con una urgencia inusual, estrechando la mirada.

–Sólo que era claro, no mencionó un color en específico... Luego de eso, se echó a correr histéricamente, no me pudo dar más detalles.

Hisahide se quedó muy quieto, con la mirada perdida. Sus guantes de cuero crujieron cuando apretó las manos.

Sin decir nada, dio la espalda a Motonari y se echó a caminar hacia el jefe Honganji.

–Voy a cazar al asesino de Nobunaga, y más vale que ninguno de ustedes intente detenerme.

–N-No, señor... Es... Es su caso.

El actual jefe de policía tragó duro y aumentó su nerviosismo cuando, al avanzar un par de metros, vio que aparecía de la nada el fiel ayudante Fuuma, siguiendo a Hisahide como una sombra.

–Matsunaga... No sé si sea conveniente que Kotarou-kun...

–Es al único que necesito.

Kennyo bajó la cabeza, intimidado. Conocía al ex jefe desde hacía años, pero había algo en el aura de Hisahide que advertía a cualquiera que no era prudente jugar con él.

–Si se le ofrece algo, un solo llamado y estaremos donde lo disponga –murmuró, haciéndose a un lado para que el hombre pudiera pasar.

El hombre de la coleta caminó hasta el improvisado estacionamiento. Tenía que poner en claro cómo procedería, fallar no estaba entre sus temores pero haría que el culpable sufriera hasta desear su propia muerte.

La larga figura del socio de Oda dibujó una sombra igualmente larga junto a sus pies.

–Matsunaga... ¿Ya se va? –inquirió Akechi, caminando parsimoniosamente–. Bueno, sí, ha de estar agotado, con todo lo que ha hecho por el pobre Nobunaga... Ojalá su alma encuentre descanso.

–Lo hará... –aseguró el ex policía, ocultando de su semblante todas sus previas maquinaciones–. Creí que ya te habrías marchado... Debe ser terrible perder a tu socio principal y mayor cliente...

–Nobunaga-ko era más que eso... –replicó Mitsuhide, con un resignado suspiro–. Realmente. Mucho más que eso.

Levantó una mano y se echó el largo cabello hacia atrás. En sus dedos brillaba un anillo de oro con una piedra púrpura engarzada, una hermosa amatista que despedía reflejos dorados y naranjas, muy inusual en verdad.

La mirada de Hisahide se perdió en el brillo de ésta. Ya no le cabía duda, conocía al culpable. La joya era tan inusual, tan perfecta, que él mismo la había regalado a su querido amigo.

Mientras abandonaba el cementerio a toda prisa, con el mudo Kotarou a su lado, el ex policía rememoraba amargamente aquellos recuerdos, esos trozos de su memoria, el único lugar donde Nobunaga existía ahora.

–No sé, Matsunaga... No estoy seguro de esto.

Los dos jóvenes caminaban despacio por el centro comercial, en el piso dedicado a las joyerías.

–Eres tonto, Oda, sabes que nunca encontrarás a nadie igual... –lo regañaba el jefe de policía–. A veces me sorprende lo cobarde que puedes llegar a ser.

Nobunaga frunció los labios, rascándose la nuca. Su cabello negro estaba atado en una coleta alta.

–¿Y si no quiere casarse? Quiero decir, estamos bien siendo novios, pero...

–Ella te ama, y hace una semana tú fuiste el que llegó diciendo que ella era la indicada... ¿Cambiaste de parecer?

El joven que ya presentaba unos extraños mechones de canas se detuvo de pronto, era el lugar que le quería mostrar a su amigo.

Se trataba de un gigantesco local con fachada hindú. Cada artículo ahí, desde las esculturas de la entrada hasta la más pequeña joya, era único en su clase.

–Me da miedo que la convivencia nos arruine... –decía Oda, cuando sus ojos se perdieron en la inmensidad que los rodeaba.

–Eso, mi querido amigo, es algo a lo que todos le temen, son pocos los que enfrentan ese temor y aun menos los que triunfan... Pero… –apoyó una de sus manos sobre el hombro del indeciso novio y le sonrió, de un modo que solo podía hacer para él–. Confío en ti, sé que si dices que ella es la indicada es porque podrán pasar cincuenta años y seguirán siendo los tórtolos que son ahora.

Nobunaga miró a su amigo con una expresión que rayaba entre la inocencia y la desesperación. Al final, sólo lanzó una profunda carcajada.

–Bueno... A lo que vinimos, mejor... sino seguiré quejándome.

Observaron interesados cada rincón de la tienda. Matsunaga le hablaba de la historia de varias de las obras ahí, el porqué de los diseños y su valor; no el monetario, ése ya estaba decidido por la tienda.

Al final se pararon frente al hombre en el mostrador sin haber podido encontrar algo que "satisficiera sus necesidades".

–¿Qué es lo que buscan? –preguntó el sujeto, con un acento curioso.

–Algo como para... –empezó Oda, indeciso.

–Necesitamos algo que impresione a su novia –intervino Hisahide–. Verá usted, el chico es un blando y teme que ella pierda el interés.

La cara de Nobunaga se transformó.

–¡¿Cuándo dije algo semejante? –exclamó, poniéndose totalmente rojo, pero no de vergüenza sino de rabia.

–Oh, una dama exigente –murmuró el vendedor, entre risas.

–Eso podría decirse –replicó Matsunaga, mirando hacia arriba con aire soñador.

–No quiero algo extremadamente caro –masculló Oda a su amigo, mientras el vendedor revolvía unas cajas de fieltro–. No me importa pagar por Kichou, pero tampoco voy a excederme.

–No te preocupes por esas cosas, amigo mío, para mí... –el policía se interrumpió disimulando un suspiro, aunque la sonrisa triste en su rostro no la pudo borrar–. Tu felicidad no tiene precio... Será mi regalo, porque al fin encontraste lo que tanto buscabas.

Los ojos oscuros de Nobunaga se abrieron.

–Cómo... ¿Cómo dices?

–Será un regalo de mi parte –repitió Matsunaga, volviendo su atención a la persona encargada, que regresaba con un par de cajas empolvadas entre sus manos.

–Esto es de nuestros objetos más antiguos... Dejamos de ponerlos en vidriera porque nadie los compraba –sonrió el hombre, abriendo las dos cajitas de fieltro y poniéndolas frente a ellos–. Ésta es una hermosísima perla del Océano Índico, como pueden ver es de un tamaño considerable pero fácil de llevar para una dama, y el anillo está labrado con plata muy fina.

Los dos jóvenes observaron la perla. Realmente luciría imponente en la mano de Nouhime.

–Y la otra opción... –levantó la cajita–. Una amatista púrpura, engarzada en oro de primera calidad. Si observan los haces de luz que refleja, verán que tienen matices dorados y anaranjados.

Los amigos pensaron inmediatamente en Nouhime vistiendo su kimono preferido, una pieza oscura con degradado en naranja, lleno de mariposas doradas y púrpuras.

Cuando Oda vio el precio, atado al anillo por un hilo plateado, tironeó la manga de su amigo para hablarle en voz baja.

–Es... Es demasiado caro...

–¿No crees que se vería hermoso en la mano de Nouhime? –preguntó Matsunaga.

El joven bajó la mirada con un pesado suspiro.

–Totalmente...

–Mira, si hasta parece que lo hicieron para ella. Señor, lo llevamos –sonrió el policía al vendedor, sacando su billetera.

Expidió un cheque con más ceros de lo que el arquitecto hubiese deseado, pero a Matsunaga no le importaba. En su mundo no había nada más importante que su querido amigo, y si un gasto como ese podría hacerle feliz, estaba dispuesto a hacerlo las veces que fuera necesario.

–Matsunaga... –murmuró Oga, cuando el vendedor había colocado la cajita en una elegante bolsa y los dos caminaban fuera del local.

–¿Qué sucede? –preguntó el aludido con aire ausente.

–¿Por qué...? No tenías que...

Hisahide sonrió para sí mismo con tristeza. Jamás podría decirle el porqué de muchos de sus actos, jamás arriesgaría la confianza y cariño que depositaba el arquitecto en él.

–No tenía que... Pero quería hacerlo... Sé que Nouhime te hará muy feliz, Oda, no debes desperdiciar la oportunidad de sorprenderla...

Nobunaga siguió caminando, con la vista baja.

–Ven a cenar con nosotros hoy –pidió, sin mirarlo.

–Muy bien... –aceptó Matsunaga, casi en un susurro, pero rápido cubrió su hilo de tristeza con una broma para levantar los ánimos y valor de su amigo–. Espero que no me estés invitando para que te apoye a la hora de declararte, Oda.

–¡C-Claro que no! Eso lo haré cuando tú te largues y nos quedemos solos –espetó el de cabello negro, con una expresión de ira.

El policía lo miró, divertido.

–Ahí estaré.

Como habían acordado, Matsunaga estuvo presente en la comida, en un lujoso restaurante tradicional que los había obligado a todos a vestir antigua pero formalmente. Kichou estaba tan radiante que incluso el policía sintió que él también podía enamorarse de ella.

Y, cuando se quedaron solos, Oda llevó a su novia a pasear por unos jardines antiquísimos, llenos de la calma y la quietud de tiempos antiguos, y allí se puso de rodillas para rogarle que pasara el resto de su vida a su lado.

La hermosa mujer, con la más dulce de sus sonrisas y un par de lágrimas que se habían juntado en sus ojos por la emoción pero que se negaba a dejar caer, aceptó, juró pasar el resto de su vida con él.

Su boda fue a la usanza antigua, con la novia vistiendo un bellísimo kimono blanco y un opaco velo sobre su cabeza.

Desde entonces, los recuerdos de Matsunaga se volvían más difusos. Su tarea como jefe de la policía absorbía casi la totalidad de su tiempo, y con el establecimiento de su estudio de arquitectura y la naciente familia, Nobunaga tampoco tenía muchos momentos libres para dedicarle.

Sin embargo, otro de los momentos que más presente estaría en la memoria del hombre había sido el día del nacimiento del hijo de Nobunaga y Nouhime.

Recordaba haber corrido al hospital para encontrarse con la feliz pareja. Kichou tenía a su bebé en brazos y lo arrullaba dulcemente, con su voz melodiosa.

–Matsunaga –Oda lo había recibido con un cálido abrazo–. Míralo... Dime si no es el muchacho más guapo que hayas visto.

Hisahide miraba a la pequeña criatura con mucha sorpresa, admiración, cariño y un sinfín de emociones más. Era el fruto del infinito amor de esas dos personas y, también, una pesada piedra más que se agregaba al saco de penas del policía. Bajo ningún concepto sentía algo negativo por el pequeño, pero había sacado a flote todos los sentimientos que creía haber logrado enterrar con el tiempo.

–Hisahide-sama –Nouhime le dedicó una hermosísima sonrisa. Lucía tan lozana y llena de vida, como nunca la había visto antes–. Gracias por venir... a compartir nuestra alegría...

–No me lo habría perdido por nada en el mundo... –aseguró el hombre–. Felicidades... A ambos, es... es un pequeño increíble...

–No sabemos aún qué nombre ponerle, no pudimos decidirlo –dijo Nobunaga, acariciando la cabecita de su hijo.

–¿Quisieras darle tú un nombre? –ofreció Kichou, con una expresión radiante–. Has hecho tanto por nosotros, por Nobunaga-sama.

Era un tormento, un delicioso y magnífico tormento ser parte de la vida de la persona que tanto amaba, sin podérselo decir, sin poder compartir una sola palabra al respecto con el mundo y, sin embargo, poder recibir parte de su alegría. Después de todo, la felicidad de Oda Nobunaga era la suya.

–Ranmaru... –susurró el hombre–. Es un nombre fuerte...

–Ranmaru... Oda Ranmaru –probó Nobunaga.

–¡Me encanta! –exclamó Nouhime.

Matsunaga sonrió tristemente, herido hasta el alma, pero más feliz que en cualquier otro momento de su vida. ¿Cómo podía alguien sentir celos o rabia hacia aquella mujer? La quería, porque era la luz en la vida de su amigo, y aunque lo hubiese alejado de su lado no podía odiarla.

–¿Quieres cargarlo? –Kichou levantó los brazos, acercándole al bebé.

Matsunaga extendió sus manos para sostener a la fragilísima criatura, admirarlo con su entera atención. Sus movimientos tan faltos de control, sus apenas visibles mechones negros… realmente era algo maravilloso.

Las luces borrosas de un semáforo le hicieron volver al presente, tenía la mirada nublada por lágrimas que se habían juntado en sus ojos. Lágrimas... ¿Cuándo había sido la última vez que había sentido ese ardiente líquido en su rostro?

–Kotarou, vamos a buscar al asesino de Oda... y lo vamos a torturar hasta que pida a gritos ser ejecutado.

Fuuma miraba distraídamente por la ventanilla, o eso parecía.