Epílogo

Arnold se inclinó y levantó en brazos a Aura. La pequeña se estrujó contra él, rodeándolo con sus piernas y brazos sin intención de soltarlo. Él sintió la pequeña nariz infantil rozarle la mejilla, restregarse contra su pómulo haciéndolo reír. Inmediatamente supo que sus abuelos estaban comentando sobre lo buen hermano mayor que sería, que era obvio que tenía don para los niños.

Solo esperaba que fuese verdad.

Solo rogaba que así fuese.

La risa de su madre le animó, como campanas. Desde que había iniciado el tercer trimestre de embarazo lucía mucho más animada y aunque aún no podía moverse mucho, ya podía sentarse y compartir con todos.

Él se había comprometido en regresar en agosto para estar en los últimos tres meses de gestación. Pero al final habían vuelto para la última semana del mismo mes, apenas con unos días libres antes del inicio de su segundo año de preparatoria, el décimo grado sophomore, en septiembre. Aun así, habían realizado una gran celebración por el cumpleaños de Gretel en la casa von Bismarck, el veinte de agosto, donde la chica no había dudado en pedir que todos le cumplieran cinco deseos a su propio capricho y para seguirle el juego, la habían tratado como una reina. La alemana había lucido curiosamente radiante y Helga le explicó a Arnold que ella nunca había tenido tanta gente deseándole que tuviese un grandioso día, ni compartiendo con ella. Entre Jaimie, su mellizo Ray, Scott que había llegado a la madrugada de ese día y apenas podía quedarse pero que "Por nada del mundo se perdería ese día" y el grupo original, Gretel había tenido siete voces despertándola a coro con un "¡Feliz Cumpleaños!". Arnold pudo jurar que por un momento la alemana estuvo a punto de llorar de la emoción. También se había puesto nerviosa cuando los padres de Arnod, los de Will y hasta el de Lila le habían llamado para desearle lo mejor.

Pero, después de todas esas aventuras, a Arnold en parte le alegraba volver y sentirse en casa pero extrañaba con fuerza a Jaimie. Además, se admitió, mirando a los oscuros ojos de Aura, que parecía fascinada con mirarlo fijamente, había esperado ese momento con ansias.

Sus ojos leyeron el gran letrero que adornaba la sala de huéspedes "Bienvenida a la familia, Aura von Bismarck". Todos los papeles habían sido hechos y oficialmente Gretel era hermana mayor. Arnold se sentía con el derecho de burlarse cada vez que Aura tomaba a la alemana de la mano y la arrastraba de un lugar a otro, sin que esta estuviese muy segura de qué hacer. Pero en ese momento se daba gusto de ser egoísta y hundir su nariz en el largo cabello negro de Aura, sintiéndola reírse con regocijo.

- ¿Cuántos dulces has comido? –le regañó, al sentirla saltar entre sus manos.

- Papá dijo que puedo comer todo los que quiera hoy. –se defendió, mordiéndose los labios color vino tinto, que armonizaban con su piel acanelada.

- Eso no responde mi pregunta…

- ¡Muchos! –se rio, bajándose del protector abrazo y corriendo hacia Elizabeth, sabiendo que así huiría de un sermón.

La pequeña no dudó en subirse al regazo de la mujer, sin importarle que en el proceso no solo arruinaba su propio vestido rojo con mangas de princesa y el de la mujer. Elizabeth luchó por bajarse la falda, que entre los juegos infantiles, había subido descaradamente por sus piernas ligeramente bronceadas hasta casi la indecencia. Aun así, Elizabeth lucía más relajada, con el cabello negro cayéndole a un costado de su hombro en ligeras hondas y su redondeado rostro acentuado con maquillaje azulado que iba a tono con su vestido añil. Pero eso parecía lo de menos para Aura, porque tenía la boca abierta, mimada, esperando a que Elizabeth compartiera de su pastel con ella. Por un momento parecía que la mujer iba a regañarle pero luego suspiró, entre resignada y divertida, dándole una cucharada grande del cremoso postre.

Arnold soltó una pequeña risa, entretenido. Aura había encontrado una familia poco convencional, en verdad, pero que se notaba que le profesaban un profundo afecto.

Y que ya sabía que táctica usar con cada miembro para ganárselos.

- Elizabeth parece toda una mamá –comentó Helga, cuando llegó junto a él- Solo tiene veinticinco años, pero su mirada es muy… ¿Antigua? Si, tal vez sea la palabra adecuada.

- Entiendo a lo que te refieres. –el chico asintió, observando a todas las personas a su alrededor y deteniéndose en más de una ocasión en el vientre de su madre, prominente y llamativo, que la mujer no dejaba de acariciar descuidadamente- Pero no creo que la edad importe en este tipo de situaciones.

- En parte, tienes razón. –Helga asintió, mirando en la misma dirección de él- ¿Ya terminaste de armar la cuna para la bebé?

- Geraldine. –le corrigió Arnold, divertido- Mi pequeña hermanita se llamará Geraldine, te agradecería que usaras su nombre.

La rubia soltó un pequeño gemido de pena. Uno muy pequeño, a su defensa. Aunque el día que Stella y Miles habían anunciado el sexo del bebé y como deseaban llamarla, Helga solo había abierto los ojos terriblemente asustada y se había desmayado. Sin más. Ninguna pelea. Ninguna protesta. Cuando se había recuperado, había entrado en una etapa de negación demasiado divertida y hasta ese día, no tenía el valor para mirar a sus suegros a la cara. Ella entendía que ellos estaban agradecidos por todo lo que había hecho por ellos y por Arnold. Todo. Aunque su papel crucial en San Lorenzo había sido la parte más importante y que ellos se sentía eternamente agradecidos. Así que para ellos era un honor llamar a su pequeña bebé de esa manera. Aun así, la rubia quería morirse por los halagos.

El Almirante había estado de acuerdo con el nombre, aunque obviamente solo era una opinión. Para Arnold había sido interesante ver a su novia pasar por todos los colores de rojo hasta los más translúcidos blancos.

- Como sea… ¿Ya terminaste con la cuna?

- Papá y yo terminamos con eso esta mañana. Todo el cuarto de Geraldine –recalcó, con gusto, le encantaba ese nombre, tenía la carga perfecta de dulzura y era refinado, por alguna razón le hacía pensar en tiempos antiguos y sofisticados- esta preparado. Solo falta que decida acompañarnos.

- Yo espero que no decida que ese día sea hoy. –pidió Helga, mirando a todas las personas que estaban ahí.

Entre sus padres, los de Will, los von Bismarck y los Shortman ya eran muchos. Y eso que por inconvenientes militares los tíos de Gretel, por lado materno, no estaban ahí. Si bien la Casa de Huéspedes era grande, no estaba segura que fuese buena idea que la madre de Arnold comenzara con las contracciones con tantas personas a su alrededor. Además, faltaban dos meses para que fuese la fecha indicada, así que sería mejor tener tanto a la bebé como a la madre, del mejor humor posible.

- Es una pena que Gerald y Phoebe no estén aquí. –comentó en voz alta Arnold, observando alrededor.

- Bueno, el Almirante no los conoce mucho como para invitarlos a una reunión así. Y Gerald acompañó a Phoebe a visitar a su abuela en Kentucky. –Helga rodeó con su brazo los hombros del chico y se apoyó contra este, con una sonrisa ladeada- Tú sabes, no podemos ponernos renegones al respecto. Nosotros estuvimos fuera por dos meses.

- Ya… pero por lo menos hablaba con él más seguido. La casa de la abuela de Phoebe no tiene Internet… -Arnold observó su celular- Y pensaba molestarlo un poco. Él estaba realmente nervioso por ese viaje… iba a ser mi venganza.

- ¿Arnold Shortman hablando de venganzas? –Helga fingió sorpresa- ¿Qué tipo de ejemplo he sido para ti?

- Al parecer el mejor. –bromeó el chico y sonrió cuando notó un nuevo mensaje.

Jaimie: Recuerda que el Burning Man es toda la primera semana de septiembre.

Una sonrisa se formó en sus labios. No faltaba conversación en donde la chica le recordara tan apabullante evento.

Oh… era increíblemente tentador ir, todo el verano había escuchado cosas geniales sobre ese lugar. Además, le alegraba leerla tan animada. Cuando supo que su relación con Will terminaría el día anterior a su regreso a Hillwood, él se había preocupado. Pero Jaimie se había mostrado tranquila y aun en los momentos en que habían compartido solo los dos, ella le había asegurado que se encontraba bien. Tanto Will como ella habían iniciado esa relación sin intenciones románticas, aunque con una fuerte química. Pero no todo podía salir bien. Por lo menos, Jaimie no había pasado por lo mismo que Maria y Nadine. Arnold sonrió ligeramente, lo que ocurría es que su amiga no solo tenía un gran corazón, sino una mente sensata que había controlado la situación para protegerse.

Jaimie: Puedes ser ciudadano de Black Rock City por toda una semana. Tú y yo sabemos lo tentadora que te suena la idea de una ciudad que solo vive por unos días.

Arnold soltó un pequeño quejido. La chica sabía justamente donde tentarlo. El festival de Burning Man se desarrollaba en Nevada, en el desierto Black Rock y cuando el enorme festival se alzaba, la gente decía que su locación estaba en la Black Rock City. Una ciudad ficticia para un evento colosal ¡Y él en verdad tenía curiosidad por ir! Esa era una aventura enorme y tendría el respaldo de una bien apreciada amiga ¿Qué más podía pedir?

Aun así, escribió "Esa semana iniciamos clases". Lo hizo con dolor, porque Jaimie lo sabía. Él lo sabía. Y debía ser responsable, pensar en la universidad, tomar créditos extras, tal vez unirse a un taller cultural. Tal vez dos. También debía ser buen nieto, hijo y próximo hermano. Así que no podía llegar y volver a irse. Por muy tentador que fuese. Por mucho que fantaseara con la idea…

- ¡Arnold! –la voz de Lila lo tomó por sorpresa y antes de darse cuenta ya estaba siendo arrastrado por la pelirroja hacia un rincón de la sala.

Totalmente extrañado, la miró. La pelirroja había estado en la cocina, con Marie y Gretel, terminando los últimos preparativos para la cena. Aun así, con el aroma a deliciosa comida a su alrededor, se veía refinada, con su cabello recogido y el delicado vestido que usaba. Pero tuvo poco tiempo para admirar la manera en que una chica tan joven podía equilibrar las labores del hogar y el don de anfitriona, dado porque Lila le puso su celular casi contra la nariz.

- Tienes que hacer algo… -rogó, empujando más el celular contra él.

A lo que Arnold lo apartó lo suficiente para leerlo.

Jaimie: Si, entiendo que tu Academia es importante. Nosotros solo viajamos para el Burning Man y volvemos a Alemania. Mis padres nos matarían si no asistimos. Además, me muero por ir. Ray está entusiasmado, el año pasado conoció a una mujer misteriosa ahí y la quiere volver a ver.

Y una foto de Jaimie con su hermano, que sostenía unos pantalones de un curioso brillo similar a la gasolina derramada. Arnold enmarcó una ceja, extrañado, porque parecían extremadamente ajustados.

Lila: ¿Y eso le regalaron a Ray en el último Burning Man?

Jaimie: Claro, nada se compra, todo se intercambia, se regala o se hace truque ¡Y brillan en la oscuridad! Oh, claro, y fue un regalo de su misteriosa mujer.

El chico no pudo evitar soltar una carcajada ¿Por qué estaba viendo eso? Bien, él sabía que Jaimie no solo se había metido en su vida y se había ganado un puesto especial. También lo había hecho con Lila, quien había sufrido mucho al separarse de Jaimie, como si la conociera toda la vida y no solo unos meses. Las dos chicas se habían conectado terriblemente bien y a pesar de tener diferencias, era obvio que había mucho en común entre ellas.

- ¿Quieres que… me compre unos pantalones así? –consultó, mirando a Lila- Porque se ven bien ajustados.

- ¿Qué? –observó su celular- ¡No! –se quejó, apretando sus labios y bajando más en la conversación- Lo siento, eso no que era lo que quería que vieras. Esto. –lo observó con seriedad- Tú tienes que evitar esto.

Arnold contuvo un suspiro y asintió, con el tiempo había aprendido que era mejor no pelear cuando a Lila se le metía algo entre ceja y ceja. Así que prefirió concentrarse en el problema.

Jaimie: No te lo tomes así… Resulta que el pueblo de Scott asiste al Burning Man. Y ahora que nos conocemos, quedamos para vernos en el festival. Siempre es bueno tener amigos en estos festivales.

Oh…

- ¡Tienes que hacer algo! –rogó la pelirroja, tomándolo de los hombros- Scott… ese… ese… -la chica fulminó con la mirada el celular- no tiene intenciones buenas con nuestra Jaimie.

- Pero no puedo ir al festival con ella… -Arnold levantó la mirada al techo, completamente frustrado- Y obviamente tú tampoco.

- Mi padre me mataría. –la chica suspiró, mirando su celular- Solo podemos confiar en que Ray no la deje sola…

- Bueno, en la vigilancia de él fue que Jaimie y Will salieron… -el rubio se cruzó de brazos, apoyándose contra la pared- Así que por muy protector que sea… sigue respetando la independencia de su hermana. Por lo que…

- Debes hacer algo. –sentenció Lila- Ambos… algo… -lo miró fijamente- Lo que sea… pero no podemos permitir que Scott y ella terminen juntos.

- Tal vez Jaimie no quiera nada con él y solo te estás preocupando. –Arnold observó el celular, leyendo una y otra vez el mensaje- Aunque…

- Tú y yo sabemos que si él desea algo, específicamente a alguien… -la voz de la chica flaqueó- lo va a obtener. Y Jaimie no lo ve como el…

- ¿…demonio? –sugirió.

- Terrible. –corrigió- Terrible hombre que es.

- Tal vez debamos recordárselo. –sugirió Arnold, rascándose el mentón meditabundo y luego bajó la vista, con un brillo travieso en su mirada- Muy sutilmente. Además, debe parecer como que no hemos hablado de esto entre nosotros. Ya haré que me cuente sobre Scott y la aconsejaré al respecto. Tú debes proceder, recordarle lo asfixiante e intenso que es.

- ¡Arnold! –regañó Lila, pero su voz sonó muy poco convincente y una pequeña sonrisa, ligeramente divertida, se formó en sus labios- Tú eres el demonio…

- Oh, no se lo cuentes a nadie. –bromeó, guiñándole un ojo- Entonces ¿Qué dices? Va a ser nuestro secreto. Ya sabes que Gretel y Helga le tienen aprecio a Scott.

- Lo sé… -levantó la mirada- ¿Y podríamos decirle a Will…?

- Él no va a apoyar esto. Ya sabes cómo es él… -Arnold giró los ojos- Para Will es importante que sus antiguas novias sigan con su vida. Aun si es con Scott.

Lila miró el piso, meditabunda, seguramente tentada ante la posibilidad de arruinar cualquier posibilidad al gitano y al mismo tiempo sintiéndose terriblemente culpable por interponerse contra alguien, aun cuando esta persona parecía tan letal.

Pero no tuvo que escoger ningún camino. No por ese momento. Porque la voz de Marie, desde la cocina, fue suficiente excusa para que ella regresara a una de las tareas que sabía manejar diestramente. Arnold la vio partir, volviendo a la habitación de vapores y deliciosos aromas. Pero él sabía, profundamente, que ya había decidido cuál sería su plan de acción. Jaimie era una amiga valiosa. Tal vez y pudiese decir que era su mejor amiga. Así que le deseaba lo mejor. Y definitivamente Scott no era lo mejor para ella.

- ¡Señor lobito! –la voz de Gretel le hizo dar un ligero brinco en su lugar- ¡Cuñado! –rogó.

Y eso era nuevo. Porque las pocas veces que había usado esa palabra, se debía a una urgencia. Arnold levantó la vista, notando como la alemana luchaba por salir de la cocina, desesperada y tanto Marie como Lila, la arrastraban al interior. Una pequeña risa se escapó de los labios del rubio, mientras perezosamente… muy perezosamente, para el fastidio de la alemana, se acercó a ella.

- Diles que no se cocinar. –fue la primera frase de ella- Ni lavar platos. Ni limpiar. Ni… nada…

- Bueno… -dirigió su atención a Marie, la madre de Will, que lo observaba con maternal superioridad- Ella en verdad no sabe hacer nada de eso. En realidad, no sabe hacer muchas cosas. Pero… podrían enseñarle.

- Traidor… -gruñó la alemana- ¡Eres un traidor! –siseó.

- Todos han ayudado en la cocina. Y tú decidiste trabajar toda la mañana y tarde. –regañó Lila, con las manos a la cadera- No te vas a escapar.

- Y solo debes revolver el jambalaya mientras absorbe sabor. –Marie extendió su mano hacia la alemana- Este es uno de los platos favoritos de Will.

- Mi buena señora. –Gretel se giró y sonrió de forma encantadora- El jambala…

- Jambalaya. –le corrigió Lila, en un susurro.

- Eso. –la alemana agitó su dedo índice para pasar del tema- El jambalaya puede ser el plato favorito de su hijo, pero eso no significa que quiera aprender a cocinar. Muy posiblemente haga que averigüe cuál es el restaurante que vende la mejor comida cajún y se la compre. Pero, la seguro, que puedo usar mis grandiosas habilidades en otros campos. Aun así, si le sirve de consuelo, los gustos gastronómicos de mi novio son importantes.

Arnold enmarcó una ceja y luego se relajó. Oh, verdad, Gretel fingía ser la novia de Will para que Marie dejara de insistiré a su hijo que buscara su primer amor de toda la vida. Y Will fingía ser el novio de Lila, para, entre otras cosas, que su padre no se enterara sobre la bisexualidad de su hija. Solo faltaba que por alguna locura Lila fingiera ser la novia de alguien, por lógica debería ser de Gretel, para cerrar el círculo, pero sorpresa, sorpresa, eso ya era verdad.

A veces el rubio sospechaba que todo eso, desde hace mucho tiempo, era algún tipo de plan de Gretel ¿Podía ser…?

- Yo te puedo ayudar a salir de aquí. –susurró Arnold, con humor renovado, concentrándose en el presente- Pero solo a cambio de algo.

- ¿Qué te permita dormir con mi desgarbada y ser el futuro padre de la noble descendencia von Bismarck no te basta? –susurró la alemana, mirándolo con curiosidad ante la sonrisa peligrosa que tenía el chico- Bien, Bigby ¿Qué quieres?

- Dime un secreto sobre ti que ni Helga sabe y te garantizo que te alejaré de la cocina. –susurró, ampliando más su sonrisa malvada.

- Oh… -la chica bajó la mirada, luego observó hacia la cocina y por último al chico- Malo…

- ¿No quieres mi ayuda…? –el atentó con enderezarse, relajado.

Después de todo sería bueno que Gretel aprendiese a sobrevivir por su cuenta.

- Lyudmila… -susurró y se acercó más a él- Lyudmila.

- ¿Qué…?

- Mi segundo nombre. –susurró apresuradamente- Mi segundo nombre es Lyudmila. Gretel Lyudmila von Bismarck Nóvikova. Ese es mi nombre completo y la desgarbada no lo sabe… ¿Feliz?

- ¿Lyudmila? –el chico contuvo las ganas de reír pero era obvio que el fuerte intento por morderse la comisura del labio solo lograba graciosas muecas- ¿Lyudmila…?

- No-te-rías… -le advirtió, adelantándose lo suficiente para clavar su dedo índice sobre el esternón del chico- No me importaría dejarte temporalmente asexuado con el cierre de mi puño. –juró.

- Lyudmila… -susurró el rubio se controló, meditando- No tienes cara de Lyudmila…

- Y tú no tienes cara de alemán, Arnold. –Gretel se cruzó de brazos- Porque tu nombre es de origen alemán, un tátara tío se llamaba así. Pero ese no es el punto. Lyudmila es a honor de la mejor francotiradora de la Historia, Lyudmila Pavlichenko, del Ejército Rojo, al servicio de la Unión Soviética, a sus veinticinco años ya había asesinado trecientos nueve enemigos. –desvió la mirada- Ahora… sácame de aquí.

El chico sonrió ¿Quién hubiese creído que su atrevida cuñada tuviese un nombre tan inocente? No importaba si era uno que teñía de rojo la Historia o fuese a honor de una combatiente. Lyudmila seguía sonando increíblemente inofensivo. Y ella lo sabía.

- El Almirante quería hablar con Gretel. –anunció Arnold, mirando a Marie- Algo sobre Aura.

- Oh… -la mujer dejó caer sus hombros, resignada e hizo una señal para que se retirara- Aun así no te has salvado, jovencita.

- Entre más batallas se ganan, es más probable conseguir la victoria en la guerra. –canturreó la chica, arrastrando a Arnold con ella, cuando se separaron de la cocina, lo miró indignada aunque con cierto brillo de orgullo en sus ojos- ¿Por qué no me dijiste antes que el Almirante quería hablar conmigo?

- Porque me dijo que cuando te desocupes te mandara a llamar. –aclaró, tranquilo.

- Interesante… -la chica lo buscó por todos lados y cuando lo localizó soltó una pequeña risa burlona- Aura lo ha agarrado en bajada… yo nunca hubiese echo eso.

Arnold siguió su mirada y asintió con diversión. La pequeña niña estaba sentada en el regazo del hombre y al parecer le daba una larga explicación sobre peinados. Él lucía increíblemente concentrado, intentando hacerle una coleta alta, pero Aura negaba constantemente y el Almirante retomaba sus acciones, más analítico y serio.

- Quédate con ella. –ordenó el antiguo militar hacia Arnold, cuando llegaron a ellos y levantó a la niña con un brazo, pasándosela como si fuese algo ligero.

- ¿No puedo ir? –consultó Aura, agarrándose al costado del rubio y mirando tanto a Gretel como al Almirante.

- No.

- Ya oíste al mandón. –bromeó la alemana pero su mirada se tiñó de extrañeza cuando Elizabeth se acercó- ¿Qué… ocurre?

- Ya he hablado con Miles Shortman. Así que usaremos su estudio para tener privacidad. –explicó el Almirante, señalando el camino.

- Bien… -Gretel miró a un lado y otro- ¿No viene Helga?

- Primero hablaremos contigo. Luego, con ella y él. –el Almirante señaló con la mirada a Arnold- Vamos.

El rubio se sentó, extrañado y acomodó a Aura sobre su regazo. La niña lucía tan o más curiosa que él, pero ambos se quedaron en su lugar. No importaba la edad que tuviese Aura, ella parecía muy consciente de la importancia del asunto.

- ¿Gretel se metió en problemas…? –susurró la pequeña.

- No lo creo. –Arnold negó y luego sonrió ampliamente- Y bien ¿Qué le estabas diciendo a tu… papá? –aun le costaba usar esa palabra, pero luchó por sonar natural.

- Solo quería recogerme el cabello como Helga. –la niña abrió su mano, revelando un broche de cabello en forma de estrella, con rubís rojos incrustados- No es muy complicado… -sentenció.

- Yo puedo ayudarte con eso. –la rubia apareció junto a ellos, con una sonrisa divertida y se sentó junto a Arnold- ¿Quieres peinarte así? –y señaló su coleta alta, con el lazo rosa arriba y el broche de calavera en el centro.

- También quiero un lazo como el tuyo. –Aura se encogió de hombros, ligeramente resignada- Pero aquí no hay.

- ¿Quién dice que no? –Arnold se levantó, dejando a la niña en las piernas de Helga- Yo tengo un lazo para ti, tan rojo como tu vestido.

- ¿En serio? –la pequeña abrió los ojos grande.

- Tú solo espera aquí. –prometió, saliendo de la habitación.

Arnold recorrió el camino rápidamente y entró al departamento sin pensarlo. Él sabía que no era correcto entrar a la habitación de Gretel sin permiso, pero sospechaba que a ella le agradaría su plan. En realidad, pensó, mientras tomaba el costurero que estaba sobre el escritorio, tampoco era correcto tomar cosas sin pedir permiso, pero estaba completamente seguro que Lila encontraría su idea magnífica. El chico cerró su agarre en una larga cinta suave al tacto y ligeramente transparente de color ojo. Arnold sonrió, al imaginar que podía ser el pequeño adorno que podría conectarlos con Aura. Un ligero silbido escapó de sus labios, mientras salía del departamento y bajaba los escalones de dos en dos.

- ¡Gretel!

Y la chica tropezó con él, torpemente, pero esta se disculpó rápidamente en lo que él sospechaba era alemán y salió a la calle, torpemente, cerrando la puerta atrás de sí.

- ¿Qué…? –parpadeó extrañado y miró a Elizabeth, parada junto a él con la mano extendida, agarrando el aire.

La puerta volvió a abrirse y Gretel entró rápidamente, estrellándose directamente contra el pecho de la mujer y abrazándose con fuerza a ella. Elizabeth pareció que podía respirar otra vez y la estrechó cálidamente, con una expresión tan dulce que Arnold nunca creyó que fuese posible.

- Siempre has sido mi familia. –susurró Gretel- Y siempre te estaré en deuda por cuidarlo. Por cuidarnos. –volvió a ocultarse en el voluptuoso pecho de la mujer, temblando ligeramente- Yo…

- Lo sé… mein mädchen. Mi niña. –besó suavemente su frente- Lo sé.

- Pero necesito tiempo a solas. –sentenció, secándose las lágrimas que habían aparecido en sus ojos y levantó con seguridad su mirada hacia su padre, que la observaba con seriedad desde el marco de la puerta- Admiral. –saludó, arrastrando la "r" y casi desapareciendo la "l" del final.

Y la chica volvió a pasar junto a Arnold, sin mirarlo si quiera y saliendo de la casa. Por puro instinto, él dio un par de pasos en su dirección pero una gran mano se cerró en sus hombros. Al regresar a ver, notó unos helados ojos grises y por un segundo juró que era el Almirante, pero las cobrizas pestañas y el gesto suave que se impuso en la expresión delató a Will.

- Yo voy por ella. –susurró, dándole una pequeña sonrisa- Ese es mi lugar.

- ¿Tu lugar…?

- Junto a ella. –el pelirrojo asintió y mientras se ajustaba la chaqueta de aviador, salió de la casa, cerrando la puerta con fuerza.

- Helga. –la voz poderosa del Almirante resonó sin necesidad de gritar y luego observó a Arnold- Entra. –ordenó.

El rubio tragó en seco. Klaus von Bismarck tenía setenta años, pero si lucía de cincuenta, solo se debía a su completamente blanco cabello en un perfecto corte militar. Todo su gran porte y musculatura aun pertenecía al de un hombre de cuarenta y las arrugas en su frente y ojos se podían acreditar a años duros, en completa seriedad o calculación fría. El Almirante lucía dueño y señor de todo lugar, más cuando Helga llegó al pequeño despacho del padre de Arnold y Elizabeth cerró la puerta para crear privacidad.

- Ya tuvimos esta charla con tu prima. –comenzó el hombre, cruzándose de brazos, apoyado ligeramente en el escritorio de madera- Pero esto te concierne a ti y por ende a tu pareja. –sentenció, mirándolos fríamente- Por mi edad, creo que sospecharás que aun con la autorización de la madre de Aura, fue difícil conseguir su adopción.

- En realidad, tenía curiosidad por saber cuántos abogados y políticos habías sobornado. También porque eres viudo. –Helga apoyó sus tobillos sobre el escritorio, completamente relajada, sin impresionarse por la aplastante aura de su tío.

Y Arnold le jaló de la falda para que bajara las piernas del antiguo escritorio de trabajo que su padre usaba.

- Eso se debe a que no soy viudo.

- Y a pesar de mi edad, si algo le llegara a pasar a Klaus, que obviamente no ocurrirá, el patrimonio familiar me permitiría criarla de la mejor manera. –Elizabeth avanzó hasta el escritorio y se paró junto al hombre.

Helga abrió los ojos con sorpresa cuando notó el anillo familiar. Por varias generaciones, un juego de anillos se había heredado para que los hombres de la familia unieran a sus esposas a la familia. Cuando estas fallecían, volvían a la caja de seguridad y se sacaban para la siguiente generación. Estos anillos, por un tiempo, habían sido usados como distintivos sociales y muchos bancos o tiendas importantes abrían créditos a las dueñas de los famosos anillos, sabiendo el gran prestigio y poder que traía el apellido von Bismarck. Todo eso hasta la Primera Guerra Mundial y la crisis monetaria que había azotado a Alemania. El Almirante aseguraba que del juego de diez anillos, muchos debieron ser empeñados en fronteras o posiblemente en Estados Unidos cuando miembros de la familia huyeron del país. Ahora solo existían cuatro y uno de ellos lo había usado por corto tiempo la madre de Gretel. Ese mismo anillo lo estaba usando Elizabeth, de plata, con un círculo perfecto en la parte superior y de estos salían pequeñas hojas en filigrana, como helechos; en el centro del círculo había tres esmeraldas que formaban un trébol, sobre plata moldeada delicadamente entorno a estas. La joya era una preciosidad. Pequeña, llena de detalle.

Y estaba en Elizabeth.

- ¿Qué…? –Arnold, perdido ligeramente de toda la importancia familiar que recaía en tan fina y antigua joya, solo podía aferrarse a la parte más importante- Disculpe mi atrevimiento pero ¿Ustedes están casados?

- Exactamente. –el Almirante clavó su mirada en los ojos de Helga- No te informamos de esto porque no era necesario…

- ¿Cuánto tiempo? –la chica se levantó de golpe, aferrándose a los brazos del sillón- ¿Cuánto tiempo llevan ocultándonos esto? –miró a su tío, sorprendido- ¿Cómo…? –sus ojos corrieron hacia Elizabeth- No tenías que hacerlo… Muchas otras mujeres hubiesen aceptado encantadas. Tú eres joven…

- Helga. –por primera vez, la mujer habló directamente con ella, sin títulos, ni posiciones sociales.

Y Arnold notó el natural poderío que ejercía. Elizabeth tenía una belleza que irradiaba poder, como una emperatriz. La mujer era voluptuosa, de caderas anchas, muslos increíblemente carnosos y una figura singular. Arnold recordó que las últimas veces que la había visto, parecía ocultarse atrás de la ropa formal. Pero en ese momento, con el vestido corto pero elegante, el escote mostrando sus anchos senos, no solo se veía hermosa, se notaba que se sentía de esa manera, segura de su figura. Casi de la misma manera en que hacía su rol de asistente y mano derecha, de la misma manera ejercía con naturalidad su rol de esposa, parada junto al Almirante. Y a pesar de no estarse tocando, se notaba lo compenetrados que estaban. Pero siempre había sido, se dio cuenta el chico, siempre habían parecido un solo equipo que funcionaba sincronizados.

- Quiero que me oigas bien. –Elizabeth avanzó y apoyó su mano sobre el hombro de la chica, que se removió ligeramente incómoda- Yo amo a tu tío. Lo he hecho por mucho tiempo, desde antes de entender mi rol en la familia von Bismarck. Nunca aspiré a esto, ni en mis más fervientes sueños…

- Lo sé… -interrumpió la rubia, recordando aquel tiempo en que había llegado a Alemania por primera, totalmente destruida y sola, una niña con el corazón roto. El tiempo en que esa misma mujer que la miraba, sin idioma que las ayudara, había cuidado de ella de mil maneras- Lo sé… -nunca creería que Elizabeth había planificado eso, a veces ella lucía más leal a la familia que Gretel y ella misma juntas- Lo sé… -susurró, mirando seriamente al Almirante- ¿Por qué…?

- Tú sabes que no exagero al decir que mi vida sería un caos si Elizabeth desapareciera. Todo lo que somos hoy en día, Gretel, nuestros negocios, el legado familiar, yo. Todo, es gracias a Elizabeth. –el hombre intentó sonar comprensivo, era obvio que nunca había necesitado explicar sus acciones y no veía necesario hacerlo en ese momento.

Pero lo intentaba.

Y la mujer junto a él lo miró con gratitud ciega, solo un segundo, pero con tanto poder, que Arnold apartó la mirada.

- Entonces… -el chico carraspeó- ¿Elizabeth es la madre adoptiva de Aura? ¿Ella lo sabe?

- Si. Le pedimos que guardara el secreto.

- Hasta que tu prima y tú, Helga, estén listas, -continuó el Almirante- Elizabeth cuidará del patrimonio familiar. Pero ustedes tomarán sus respectivos lugares y posteriormente lo hará Aura. Los tiempos han cambiado. Ustedes son dueñas de su propio destino.

- Gracias por no avisarme que me tenías un pretendiente escondido o algo así… -ironizó la chica, hundiéndose en su asiento.

- Cuando creamos que llegó el momento correcto. –continuó el hombre, indiferente a las palabras de la chica y dejó caer su pesada mirada en Arnold- Te entregaremos el anillo designado para Helga, para formalizar su compromiso.

Y por la forma en que habló, parecía consciente del pequeño secreto que ambos jóvenes guardaban.

- ¿Por eso Gretel salió corriendo? –consultó Arnold, mirando a los adultos frente a ellos.

- Nunca busqué ser el reemplazo de su madre. –Elizabeth juntó sus manos sobre su regazo, mirando al vacío- Pero ella siempre fue mi niña, mein mädchen. La eduqué con dedicación y siempre busqué ayudarla.

- Gracias a Elizabeth es que Gretel vino a Hillwood. –le explicó Helga a Arnold- Ella abogó por ambas.

- ¿Usted no apoyaba la idea? –consultó el chico, sorprendido ¿Alguien podía vencerle en argumentos al Almirante?

- La educación en Alemania se divide por la capacidad de sus estudiantes. Gretel estaba en el nivel más alto, con las posibilidades de ir a cualquier universidad de la Unión Europea. –explicó el hombre, al notar a Arnold ligeramente perdido- ¿Y ella quería estudiar en una preparatoria pública de Estados Unidos? Cuando tantos países nos burlamos de la educación de este país… ¿Cómo iba a permitirlo? –frunció el ceño, parecía que aún le desagradaba la idea- Obviamente me iba a negar. Para mí, tenía más sentido llevar a Helga a Alemania.

Y gracias a todo el universo que no fue así, pensó Arnold.

- Pero Gretel no tenía amigos. –intervino Elizabeth y la pesada mano del hombre cayó sobre la de ella, dándole muestras de respeto de esa forma- Y las personas que ella conocía eran hijos de amigos de la familia. Para mí era más importante que Gretel tuviese una adolescencia más tranquila, sin tantos tutores privados y tan solitaria. Y no me equivoqué, en Hillwood hizo amigos, creo vínculos.

- Por eso sigue aquí. –y el Almirante habló como si fuese obvio que, si se hubiese dado otro resultado, no solo se hubiese llevado a su hija, sino a su sobrina con él- Y ahora Aura se criará aquí.

- Al parecer te debo más de lo que creía. –Helga levantó la mirada a Elizabeth, aun sorprendida, pero procesando la idea- ¿Estás segura de esto…?

- No tienes que preocuparte por mí. –la mujer sonrió, ligeramente divertida.

- Bien… entonces… -la rubia observó a un lado y al otro- ¿Eso es todo…?

- ¿Quieres otra noticia reveladora que te ponga mal? –preguntó Arnold, sorprendido, ligeramente divertido.

Y el Almirante soltó una carcajada lobuna, que resonó con fuerza en la habitación solo un par de segundos.

- Buena…

- Gracias, señor.

- Oh, no… no hagas alianzas con mi novio. –Helga se levantó y jaló a Arnold con ella- Me niego a que ustedes dos se lleven bien.

- Exagerada. –el rubio inclinó ligeramente la cabeza en dirección de los dos adultos- Oh, por cierto, felicidades. Aun siendo atrasadas, felicidades. Ambos hacen una buena pareja. –y en un parpadeo se encontró en el pasillo, con la puerta cerrándose atrás de si- ¿En serio? –preguntó, sorprendido- ¿Vas a ponerte así?

- Un poco de castigo por no contarme a tiempo… -se defendió Helga, sonriendo de lado- Eso les pasa por hacer las cosas a escondi…

Y se detuvo cuando escuchó un fuerte grito.

- ¡Mamá! –gritó Arnold, corriendo hacia la sala, seguido de cerca de la chica.

Stella estaba abrazada a su vientre, inclinándose sobre el mismo con fuerza y negando varias veces a lo que estaba pasando. Pero para cuando Arnold llegó a su lado, era obvio que había roto fuente.

- Parece… -jadeó la mujer- que Geraldine no quiere perderse la fiesta. -lamentó, con lágrimas en los ojos.

- Querida… -Miles llegó a ella, rápidamente, mientras la gente se movía de un lado a otro, llamando a una ambulancia o despejando el área- Tranquila…

- Esto es muy pronto. –la mujer respiró por la boca- Esto es demasiado pronto.

- Tal vez quiere ocasionar un terremoto como regalo para Aura. –bromeó Miles, aunque era obvio que estaba completamente nervioso.

- La ambulancia está viniendo. –Marie llegó rápidamente, de la mano de su esposo Norman- Stella, necesitas recostarte…

- No, la llevaré al hospital yo mismo. –Miles buscó en sus bolsillos las llaves del auto- La ambulancia puede tardar... ¿Dónde están las llaves?

- Usa estas. –la voz del Almirante resonó en la habitación a la par que lanzaba un llavero ligero que Miles atrapó- El auto de afuera es mío y es amplio. Tu mujer podrá ir recostada en el asiento de atrás.

Arnold asintió cuando su padre dio algunas explicaciones ligeras y él mismo se dispuso a ayudar a su madre, antes de darse cuenta Helga estaba al otro lado, siendo el apoyo de la mujer que débilmente, pero con voluntad, daba un paso a la vez, avanzando despacio.

- ¿Qué ocurrió? –Gretel llegó corriendo junto a Will- Tus…

Pero se quedó callada, al ver a Stella. Ambos jóvenes lucían agitados y despeinados, tenían las mejillas sonrojadas y parecía que habían luchado contra una bestia para volver a la habitación.

- Vamos con ustedes. –sentenció el pelirrojo.

Arnold negó, con seriedad.

- Esto es algo que necesitamos hacer la familia. –y cuando sintió que Helga se retrasaba, la observó- Toda la familia.

- En realidad… -Stella se aferró a la rubia y miró a Will y a la alemana- Me gustaría que ustedes cuidaran de los abuelos… -contuvo un gruñido, avanzando poco a poco- No quiero asustarlos… ellos subieron a ver… algo para la bebé… me gustaría… salir de aquí antes.

- Nosotros nos encargamos. –prometió Gretel, manteniendo la puerta de salida abierta- Ustedes traigan una bebé chillona y olorosa.

Stella soltó una pequeña risa y asintió. Arnold la guio hacia el colosal auto blanco que esperaba afuera, su padre se movía nerviosamente y por un momento dudó entre correr hacia ellos o mantener las puertas abiertas. Al final, se decidió por eso último. Stella entró al asiento trasero y jaló con ella a Helga, para usar su regazo como almohada y sus manos como apoyo. La chica luchó por no hacer ninguna mueca de dolor y tanto ella como Arnold, se mantuvieron en el trayecto hacia el hospital diciendo que todo estaría bien. Geraldine estaría bien. Nada podía salir mal.

Stella tenía un poderío sorprendente. No, no era eso. Un instinto maternal, sería la palabra correcta. Un instinto maternal más allá de cualquier expectativa. Aun con la preocupación en sus ojos y las constantes contracciones, se las arreglaba para mirar a Arnold y Helga con una mirada de calma, queriendo infundirlos del valor y la calma que creía ellos necesitaban. Stella los apreciaba y admiraba por cientos de cosas, pero seguía viéndolos como un par de adolescentes con algo enorme entre sus manos y ella como la adulta que debía cuidarlos. Aun cuando el dolor le hacía removerse con inquietud.

Cuando llegaron al hospital, Miles se bajó, dejando el auto encendido y mal estacionado. En un parpadeo, un enfermero llegó con una silla de ruedas, reconociendo a Stella inmediatamente y jurándole al hombre y a los dos jóvenes que él vigilaría que todo estuviese bien. Los tres se quedaron por un momento, en silencio, frente a las puertas que no les dejaban pasar. Arnold apoyó su mano en el brazo de su padre, rogando que este no sintiera el temblor en sus dedos y que sus ojos no delataran el temor que sentía.

Todo iba a estar bien.

Miles le sonrió y sacó de su cuello una alargada cadena de oro de donde colgaba un rudimentario medallón en forma de ojo con una enorme esmeralda verde en el centro. Sin decir palabra, dejó caer el collar sobre el cuello de su hijo y rebeló en su mano otra cadena similar que le puso a Helga.

- En el quirófano no podemos tener joyería. –explicó, dejando sus bronceadas manos sobre los delicados hombros de la chica- Así que ustedes van a cuidarlos por nosotros ¿Verdad?

- Pero… -protestó Arnold, observando las puertas selladas que se habían llevado a su madre.

- Solo puedo entrar yo. Y la familia vendrá tarde o temprano. –Miles observó de un lado a otro, meditando sus palabras y luego sonrió- Ustedes van a ser embajadores y guardianes de Geraldine ¿Lo entienden?

Los dos jóvenes asintieron con solemnidad, guardando bajo sus ropas los collares de oro. En ese momento llegó un doctor, colega de Stella, que saludó amigablemente a Miles, dándole palabras de ánimo, explicándole que la posibilidad de que ella diera a luz a entre los seis y siete meses de embarazo era una probabilidad considerable, pero que tenían las manos más expertas para ayudarlos. Miles asintió, impaciente y se despidió de los chicos, siguiendo al hombre. Helga se dejó caer en una silla cercana y Arnold se vio arrastrando a su lado al darse cuenta que en algún momento se habían tomado de las manos y no se habían soltado.

- Todo estará bien. –buscó animarla.

- Yo debería decirte eso. –Helga levantó la mirada, suavemente pálida- Yo debería ser tu apoyo…

- Lo eres. –Arnold descansó su cabeza en el hombro femenino, cerrando los ojos- La razón por la que no estoy corriendo en círculos, gritando…

- ¿…y con las manos en el aire? –consultó la rubia, con un tono burlón.

- Exacto. –el chico se unió a su risa y estrechó con más fuerza la mano femenina- La razón por la que estoy aquí y no estoy haciendo todo eso, es porque estás conmigo.

- La forma en que tus padres… el Almirante, la madre de Will… todos… -Helga agitó ligeramente su cabeza, ordenando sus ideas- Tú sabes… la forma en que actuaron tan en control… -miró su mano izquierda, donde el anillo de oro blanco con el zafiro incrustado descansaba- Me hizo sentir lo jóvenes e inexpertos que somos.

- No lo sé… -Arnold se enderezó, para mirar el perfil de la chica- Si, somos jóvenes y no tenemos la sabiduría que los años les han dado a ellos. Pero somos más maduros que otras personas de nuestra edad. Nosotros hemos vivido cosas que otros ni siquiera hubiesen soñado. –observó hacia la puerta que custodiaba a sus padres y su pequeña hermana- Mi corazón late desesperadamente, pero al mismo tiempo estoy tranquilo. No se cómo explicarlo, pero sé que todo estará bien.

- Bueno, espero que tengas razón, chico que detuvo y tal vez también ocasionó que un volcán erupcionara ¿Quién sabe qué hará esta bebé? –levantó la mirada al cielo, con un tono ligeramente dramatizado- ¿Un temblor como dijo tu padre? ¿Un huracán? Tal vez… una tormenta de nieve.

- Helga…

- Una tormenta eléctrica…

- Helga… -frunció el ceño- Deja de darle poderes del clima a tu tocaya.

- ¡Un tornado con tiburones adentro! –golpeó su puño sobre la palma de su otra mano- Definitivamente será eso.

- ¡Ven acá! –y aunque Helga ahogó un grito, Arnold la arrastró hacia su regazo, sentándola ahí y abrazándola con fuerza- No puedo creer que en serio viéramos esa ridícula película donde el villano era un tornado con tiburones adentro.

- Tiburones vivos. –sonrió la chica- Y terriblemente hambrientos, al parecer. Nada mareados, además.

Arnold contuvo las ganas de reír para no atraer la atención del personal del hospital. Un largo suspiro escapó de sus labios, un poco aliviado y hundió su rostro en el cuello femenino.

Helga se relajó y lo abrazó con fuerza, deslizando sus dedos por el cabello del chico.

- Gracias. –susurró el rubio, sintiendo aun la sonrisa en sus labios.

- Cuando quieras, cabeza de balón. Cuando quieras. –prometió Helga, hundiéndose más en él.

Una hora después toda la Casa de Huéspedes había llegado al hospital. No solo los invitados, sino los residentes universitarios que ahora vivían ahí. Todas esas personas habían creado fuertes vínculos con Stella y Miles, así que estaban genuinamente preocupados. Para sorpresa de Arnold, su tía abuela Mitzi llegó al hospital, agitando su bastón y dando ligeros golpes al suelo cada vez que exigía saber quiénes eran todas esas personas.

Dos horas después, una enfermera apareció frente al enorme número de personas. Los ojos de la mujer danzaron de un lado a otro, buscando al familiar más cercano y Arnold tuvo que levantar la mano para llamar la atención de la pobre enfermera. Todo estaba bien, repetía la mujer. Algunas dificultades normales dado el nacimiento prematuro, pero no debían preocuparse. Arnold asintió, con solemnidad y se dejó caer, sentado, agotado e impaciente.

- Todo irá bien.

Y para su sorpresa era la voz del Almirante, firme, mirándolo a los ojos, como si por fin reconociera que había alguien ocupando ese espacio. No, no solo eso, era la primera vez que el hombre parecía ver a otra persona ajena a la familia como si fuese otro ser humano. Un igual. El imponente Almirante, que parecía estar fuera del tiempo, la edad y la dureza de la humanidad, lo observó fijamente.

Arnold sintió que su garganta se secaba. En ese momento supo lo que estaba mirando en la fría mirada del antiguo militar, la cabeza de una familia que había visto glorias y derrotas y el hombre que había ido a la guerra y vuelto a su hogar incontables veces. Lo que Arnold miró fue comprensión. El Almirante había perdido a su esposa cuando esta había dado a luz. Si, años atrás, pero sabía la preocupación que se podía sentir, la desesperación y al mismo tiempo la necesidad de ser fuerte para otros.

- Gracias… -susurró Arnold.

- Nuestra familia siempre sale adelante. –explicó el hombre, antes de apartarse y volver junto a su hija.

El chico abrió los ojos con sorpresa, levantando el rostro como si hubiese sentido un resorte moverse dentro de su cuerpo. Pero el hombre no lo miró ni una sola vez.

- ¿Arnold Shortman? ¿Helga Pataki?

La voz del médico llamó su atención. Ambos se miraron solo por un segundo antes de levantarse y encaminarse al hombre con la bata.

- Todo ha salido bien. –explicó el hombre, sonriendo ampliamente- La madre está descansando ahora y el padre… -una muestra de diversión brilló en sus ojos- cayó desmayado después de ver a la bebé. La pequeña está en completa salud, pero dado que es prematura necesita quedarse en incubación por un tiempo. Pero la doctora Shortman nos pidió con antelación el permiso para que ambos pudieran visitar a la bebé.

- ¿Los dos? –Helga abrió los ojos, con sorpresa.

- Exactamente. –el doctor les indicó el camino- Por aquí.

Los jóvenes lo siguieron por un largo pasillo y llegaron a unas enormes puertas. En el interior, les hicieron limpiarse y usar uniformes especiales. El doctor les explicó que tal vez pareciera algo chocante al inicio, pero debían entender que la bebé estaba bien, pero necesitaba cuidados solo como precaución y cuidado. Arnold notó las incubadoras, pequeñas cunas cristalinas, pero estaba demasiado nervioso. No pudo reparar en los pequeños cuerpecitos que se movían en algunas, aunque el sonido constante de las máquinas se incrustó en su memoria.

- Aquí. –el doctor se detuvo en una de las cunas- Solo tengan cuidado. Yo me quedaré cerca.

El hombre se apartó y Arnold sintió un ligero pánico ¿Qué debía hacer? ¿Cómo…?

La risa de Helga llamó su atención, ahogada pero francamente divertida.

- Se parece a ti. –le explicó, haciéndole espacio para espiar por el cristal.

El chico abrió los ojos y se apresuró junto a su novia. Ella tenía razón. Aun entre los cables que recorrían su cuerpo y la pequeña sábana rosa que se había arremolinado en su vientre. Geraldine tenía los ojos cerrados y su piel lucía ligeramente rojiza, estaba dormida boca arriba y su pequeña cabeza ovalada tenía unos cuantos cabellos color caoba. Arnold se aferró a la incubadora y una sonrisa alargada se formó en sus labios.

- Geraldine… -susurró, sintiendo el corazón latirle con fuerza y apoyó su frente contra el cristal- Geraldine…

Su pequeña hermanita. Tan, tan pequeña.

Y la bebé abrió los ojos, como si supiera que la llamaban. Arnold sabía que era normal que los recién nacidos tuvieran un color de ojos y con el tiempo cambiaran. Así que cuando vio el intenso tono plateado, no le extrañó.

- Mete la mano, Arnoldo. –susurró Helga, conmovida por sus nervios- Por ahí. –le indicó los dos pequeños agujeros para que los brazos pasaran.

- Pero…

- Así. –la chica metió su brazo izquierdo, acariciando suavemente uno de los pies de la bebé- ¿Ves? No pasa nada.

Él asintió y metió su brazo derecho, buscó con sus dedos la pequeña mano y acarició sus dedos, despacio, sintiendo el calor de estos.

- Hey… -saludó, inclinándose para mirarla de cerca- Soy tu hermano, Arnold y ella… digamos que es tu hermana, Helga.

- ¿Digamos? –preguntó la chica divertida.

- Cuñada es una palabra complicada. –bromeó el rubio, retomando su atención a la bebé- Nuestra madre está descansando, te adelantaste bastante. Aura estaba ligeramente enojada porque no llegó a comer el pastel, pero te perdonará.

- Y tu papá se desmayó. –Helga también se inclinó, acariciando el empeine del diminuto pie- Ya te acostumbrarás.

- Todos están esperando conocerte. Hay una gran familia afuera. –Arnold sintió sus ojos picarle, pero continuó- Y nunca, pase lo que pase, te dejaré. Ninguno de nosotros. Tal vez no lo sepas, pero tienes una gran manada a la que perteneces.

- Tienes unos abuelos increíbles y un primo… raro en el campo. –Helga se apoyó contra el costado del chico- Uno muy raro. Pero descuida, no es hereditario.

- Y una prima atrevida y mandona, pero descuida, eso se pega. –bromeó Arnold, pensando en Gretel- Y con ella viene una prima dulce y amable, un primo muy sincero y divertido. –dijo, refiriéndose a Lila y a Wil- También te presentaré a un primo muy sociable y carismático y su increíblemente inteligente y hábil novia. Pero no te puedes enamorar de él, porque Gerald se burlaría de mí toda la vida.

- ¿Por cuándo Timberly tuvo ese enamoramiento por ti? –Helga solo por respeto contuvo su carcajada- Oh, ella ni siquiera debe recordarlo, fue algo tonto. Timberly es una rompecorazones ahora. Ya eres historia pasada y olvidada.

- ¿Auch? –Arnold la fulminó con la mirada y retomó su atención a la pequeña mano de Geraldine que seguía acariciando suavemente- Puedes enamorarte de quien desees y ser quien tú quieras. Yo siempre te apoyaré. Bienvenida Geraldine Shortman.

Y la bebé cerró su agarre en el dedo índice del chico, con firmeza y sus ojos, él pudo jurar, lo miraron con alegría.

Una nueva generación había llegado.

Fin

¡Saludos Manada! Y aquí, oficialmente, termina "Cacería" ¡Ha sido un largo viaje! Literalmente… el doble que "Cómame señor lobo".

Ahora, tal vez se pregunten ¿Qué viene? Pues bien, habrán dos publicaciones semanales. El lunes se publicará "Cazando Desafíos" y el jueves "Cazando lo Desconocido". Cuando se terminen estas publicaciones seguiremos con las otras dos.

Por cierto, este es el contenido extra que será publicado. No olviden que ustedes pueden pedir que desean leer en cada uno:

"Años Venideros": Una serie de capítulos únicos que tratarán sobre momentos importantes de nuestros personajes. Las aventuras no han terminado, solo faltan ser contados.

"Historias de Danzón y Oscuridad": El equivalente al "Rojo y Negro", contará eventos íntimos y apasionados ocurridos durante "Cacería" y también historias llenas de desenfreno y desinhibición dentro de "Años Venideros".

"Cazando Desafíos": Aquellos propuestos por ustedes serán publicados en este grupo, universos alternos parejas curiosas y tramas increíbles.

"Cazando lo desconocidos": Para aquellos desafíos que suben de tono y acaloran la mente, inimaginables situaciones con apasionados desenlaces.

¿Les agrada? Ustedes pueden pedir que desean ver en estas publicaciones ¿Qué creen que quedó pendiente? ¿Qué desearían saber más? Y no olviden:

¡Desafía a Nocturna! No olviden buscar el video "IDC CXIX Noticias de Nocturna" para encontrar el link a la Paleta de desafíos ¡No olviden participar y dejar sus retos en los comentarios de este capítulo!

Ha sido un largo viaje ¡Espero verlos en la siguiente aventura!

Reglas de la Manada: Un lobo evoluciona, no comete los errores de sus antepasados ni vive con los prejuiciosos sin sentidos que pudo heredar. Evolucionar, mejorar, aprender, eso hace a un lobo la digna criatura que se adapta.

¡Nos leemos!

Nocturna4