hola queridas lectoras y lectores! he vuelto! Estoy muy feliz con este capítulo porque lo he podido escribir sin presiones, a gusto, con tranquilidad, dándole el tiempo que se merecía. Tiene como 60 páginas en word, si no es que más, ya no lo recuerdo con exactitud. Es BIEN extenso, así que tendrán bastante para leer. !Disfrútenlo! Gracias a todas y todos por sus mensajes, realmente me siento muy apoyada por ustedes, eso me pone muy contenta; es fabuloso cuando nos divertimos de parte y parte, ustedes al leer y yo al escribir. Es por eso que el mundo del fanfiction me llamó tanto la atención en primer lugar. Me pareció un espacio único :) lo sigo considerando así.
Bien, solo me queda decirles que se pasen por el blog del fic rojoynegrofanfic. blogspot. com quitando los espacios. Encontrarán un FANTABULOSO video de Fabiana, y otros dos FANTABULOSOS videos hechos por sakura: uno de Megara y Albus, y otro de Lysander y Roxanne. Están fantásticos créanme! también encontrarán el link de descarga para un soundtrack del fic que diseñó una lectora, chibi lunatic tripolar. A todas ellas hay que agradecerles por su contribución a la historia, así que ya saben, pásense por el blog y dejen mensajes felicitándolas, que nada de eso lo hice yo sino ellas y se merecen un aplauso!
Daniela: vi que dejaste un regalo, supongo que una imagen del fic, pero cuando trato de abrirla me sale una cosa rara de que no puedo entrar a la página :/ me da una pena porque en verdad quisiera poder ver el regalo!
Eso es todo, LOVE AND ROCKETS.
Capítulo XXIV
Yo soy fuego
1.-
- Morgana…- dijo Uther. – Es mi hija.
Rose se llevó las manos a la boca y contuvo la respiración. Por unos instantes, la mirada se le nubló; fue como si por unos brevísimos segundos lo único que pudiera ver fueran sus propios pensamientos. Éstos eran caóticos y bullían en su interior como una olla hirviendo. Pestañeó repetidamente. Sus ojos azules buscaron los grises de Scorpius. El slytherin permanecía inmóvil, con una expresión de completa incredulidad.
Uther, ante la perplejidad de Gaius, continuó:
-Fue hace 18 años, cuando marchamos para batallar contra los invasores del norte.- dijo el rey, apesadumbrado. – La madre de Arturo ya estaba con cinco meses de embarazo. En esas tierras lejanas, lejos de mi familia, creí que vería el fin de mi vida solo. Caímos en una aldea. Allí encontramos gente que nos ayudó, y conocí a la madre de Morgana.- Uther hizo una pausa, su voz se volvió lejana, como si él no estuviese realmente en la habitación. – Fue una noche. Solo una. No sabía nada de ella ni ella de mí. Meses después una anciana llegó a Camelot y pidió una audiencia conmigo. Llevaba consigo a una bebé.
Gaius abrió los ojos con completa sorpresa.
-Morgana…- murmuró. – Pero, usted dijo que…
-Dije que era la hija de uno de los caballeros que había muerto en batalla, y que me haría cargo de ella. Pero en realidad, la anciana me reveló que era mi hija.- Uther miró a Gaius con ojos llorosos. – Lo supe de inmediato cuando vi su pequeña espalda. Tenía una marca de nacimiento igual a la mía, en el mismo lugar.
Scorpius se volteó y miró a Merlín por el resquicio de la puerta entre abierta. Sus ojos estaban húmedos y parecía en completo desconcierto y confusión. Era, en definitiva, una noticia desestabilizadora…y que de ser expuesta a la luz podría cambiarlo todo.
Rose se descubrió los labios y tragó saliva.
-Scorpius…- susurró.
El slytherin se pasó una mano por el cabello rubio, echándolo hacia atrás.
-La madre de Morgana era una druida.- dijo el slytherin, caminando de un lado a otro por la habitación, sumergido en sus meditaciones. – Uther no lo sabía. No sabía que había tenido relaciones extramaritales con una bruja.
-Scorpius…
-¿Te das cuenta de lo que esto significa?- preguntó el rubio, mirando a Rose a los ojos. – Todo lo que sabemos, toda la historia oficial es una completa farsa. Morgana La Fey es Morgana Pendragon: la media hermana de Arturo.
-Scorp…
-Nada de lo que sabemos es real.- dijo Scorpius, sin dejar de caminar de un lado a otro. – Toda la historia, ¿qué es sino lo que unos pocos magos lograron rescatar? Fragmentos de la realidad, no la verdad completa. ¿Cuántas cosas más se habrán perdido en el tiempo? ¡No sabemos nada!
-¡Scorpius!- gritó Rose repentinamente. El rubio se detuvo, respirando con agitación y la miró despertando de su impresión. La pelirroja levantó su dedo índice y le señaló a Morgana con una expresión de profunda angustia.
Scorpius miró a Morgana.
Una lágrima caía por la esquina de su ojo derecho, mientras que sus dedos temblaban sobre la cama.
Rose contuvo el aliento.
- Morgana…- murmuró. – Está consciente.- miró al slytherin a los ojos con temor. – Lo ha escuchado todo.
Scorpius tragó saliva. Rose tenía razón: Morgana parecía débil, pero consciente. Intentaba fingir que continuaba dormida, mas unos pequeños movimientos involuntarios la delataban. Si Gaius o Uther hubieran fijado sus ojos en ella, se habrían dado cuenta.
- Sálvala.- le dijo el rey al anciano. – Cueste lo que cueste.
Uther caminó hacia la puerta y tras siete zancadas la alcanzó. Cuando la abrió, Merlín ya no estaba allí. Salió con gran rapidez.
Gaius se mantuvo estático en su lugar, con la mirada perdida en un vacío insondable. Merlín entró a la habitación pocos segundos después.
Rose vio cómo los ojos azules del joven mago se posaron en los del anciano con desesperación. Gaius comprendió de inmediato.
- Lo escuchaste todo…- aseveró.
El anciano caminó hacia él y lo empujó fuera de la habitación. Rose y Scorpius salieron con ellos justo antes de que la puerta se cerrara.
- Merlín.
- Es la hermana de Arturo.- dijo el moreno, desorientado. – Es la hija del rey.
- ¡Eso no cambia nada!- exclamó Gaius. – Sigue siendo la bruja que amenaza con destruir el futuro que tú debes llevar a cabo. La profecía del dragón sigue en pie.
- ¡Esto lo cambia todo!- gritó Merlín, furioso.
Gaius tomó Merlín por la cabeza con ambas manos y lo miró con firmeza.
- Muchacho. Reacciona.- le dijo. – Esta es una guerra. Tu destino es eliminar los obstáculos que se interpongan para que Arturo llegue al trono. Morgana es uno de ellos. Ella debe morir.
Merlín se soltó del anciano.
- ¿Y qué es lo que piensas hacer? ¿ah?- lo interrogó con violencia. - ¡Uther te pidió que la salvaras!
- Dijo que hiciera lo que pudiera.- dijo el anciano.
- Dijo que usaras magia si era necesario.
- No conozco a nadie con el poder suficiente para sanar una herida como esa.- dijo Gaius. – Va más allá de mis posibilidades. Tal vez, lo mejor sea que la dejemos ir.
- Merlín meneó la cabeza de un lado a otro, negando.
- Yo puedo sanarla.- le dijo.- Yo tengo el poder suficiente, y lo sabes.
Gaius lo miró con angustia.
- ¿Te has vuelto loco!- le gritó. - ¡Tus poderes…debes reservarlos para cuando sea única y netamente necesario! El dragón fue muy claro en ello: Morgana debe morir.
Merlín levantó sus manos, mostrándole al anciano cómo éstas estaban cubiertas por guantes de cuero negro.
- ¿Lo ves? ¿Ves esto, Gaius?- le preguntó. – Morgana me lo hizo. Me quemó. Con sus propias manos.
- Merlín…
- ¡No pude curarlo!- le gritó el moreno. Sus ojos azules estaban clavados en Gaius. – No pude sanar las cicatrices porque su fuego no es normal. Es mágico…e indeleble.
Gaius tragó saliva y su mirada se llenó de temor.
- El dragón nos advirtió…que su poder es más grande de lo que imaginamos.
Merlín asintió con torpeza, aún turbado por la exaltación de la discusión.
- ¿Sabes lo que yo hice?- le preguntó el moreno. – Nada. No hice nada. Mientras ella me quemaba, yo solo forcejeé para intentar quitarle un brazalete que le dio Morgause, para salvar a Iselda, y cuando lo hice, los dos caímos por la escalera y yo…no pude salvar a Iselda.
- No hubo tiempo para ello…- justificó Gaius.
- No.- dijo Merlín. Sus ojos se llenaron de lágrimas. – Hubo tiempo, pero no lo hice. – Rose notó que sus ojos se veían más atormentados que nunca. – La dejé morir.
Gaius bajó la mirada.
- Merlín…- murmuró con debilidad.
- La dejé morir porque no pude entregar a Morgana.- dijo el moreno. Su expresión era como la de alguien que se detestaba a sí mismo, alguien que sentía asco de las palabras que pronunciaba. – Dejé que una inocente muriera de la peor forma posible, porque no pude entregar a la verdadera culpable. – Merlín bajó la voz y dio un paso hacia el anciano. – No soy mejor que ella, Gaius. Soy igual, o peor.
- No digas eso.- dijo el anciano, apenado.
- Lo soy. – dijo el moreno. – Ella confió en mí una vez, y yo…yo la dejé sola y luego intenté matarla.- tragó saliva. – Después, dejé morir a una chica inocente. ¿Eso en qué me convierte, Gaius? ¿En qué sino en una basura?
- Nadie dijo que cumplir tu destino sería fácil.- dijo el anciano mirándolo a los ojos. – Tu labor es, quizás la más ardua que ha tenido que librar alguien jamás. Haces lo mejor que puedes. Y yo estoy contigo, sosteniéndote en el camino, ayudándote.
Merlín cerró los ojos y se apoyó contra la pared.
- No puedo dejarla morir, Gaius.- dijo el moreno. – Soy igual de culpable que ella.
- No puedes dejar que Morgana te arrastre. ¿Es que no lo ves? ¡Te está hundiendo con ella!
Merlín negó con la cabeza.
- No, Gaius. No lo entiendes.- dijo el moreno, mirándolo a los ojos. – Morgana y yo…estamos atados el uno al otro con una cadena pesada e irrompible. Nos hundimos juntos desde el momento en el que supe que era mi enemiga. No hay salida. Los dos nos hemos convertido en algo muy distinto de lo que éramos antes. Por eso no puedo dejarla morir…porque quizás…no somos otra cosa que el reflejo del otro.
Gaius desvió la mirada, apesadumbrado.
- Merlín.- le dijo con voz débil. – Me hubiera gustado que no hubieses tenido que nacer con este destino sobre tus hombros. Me hubiera gustado…que fueras feliz.
Merlín se despegó de la pared y con la mirada nublada y perdida, le respondió:
- Ya es tarde para eso.
Con esas últimas palabras, el moreno se dirigió a la puerta de la habitación de Morgana y la abrió. Rose y Scorpius se apresuraron a seguirlo. Pudieron entrar justo antes de que Gaius cerrara la puerta consigo en el exterior, seguramente custodiando que nadie los interrumpiera.
Scorpius tomó a Rose por el brazo y la hizo girar abruptamente hasta quedar frente a frente con ella.
- ¿Estás segura de que está despierta?- le preguntó a la pelirroja. En su mirada había precipitación.
Rose asintió ignorando el hecho de que el slytherin, sin darse cuenta de ello, estaba apretando su brazo con bastante fuerza.
- Estoy segura.- reiteró.
Scorpius la soltó y botó aire, cerrando los ojos.
- Si Merlín la cura…ella va a saber.- dijo el slytherin, angustiado. – Morgana va a saber que Merlín tiene magia.
Rose, quien no había pensado en aquello debido a lo impresionada que estaba por la noticia de la verdadera identidad del padre de Morgana, contuvo el aliento. Scorpius tenía razón: Morgana iba a saber. La bruja estaba débil, pero Rose sabía que podía escuchar y percibir lo que sucedía a su alrededor. Estaba convencida de que había escuchado la confesión de Uther. Aquella lágrima que había corrido por la comisura de su ojo no había sido sin motivo alguno.
Merlín caminó con lentitud hacia la cama en donde descansaba Morgana y se sentó en un pequeño banco junto a ella. La observó en silencio, tragando saliva, con los ojos humedecidos, atormentados, duros. Rose se dio cuenta de que el moreno ya no la miraba más como antes: en sus ojos azules ya no había ternura ni admiración, ni comprensión hacia la bruja. Rose veía en ellos frialdad, distanciamiento y un poco de rencor. Merlín tenía razón: él y Morgana estaban unidos el uno al otro en contra de su voluntad. Era como si el destino hubiese establecido desde siempre que serían enemigos, dos caras opuestas de la misma moneda, y aunque fuera para luchar el uno contra el otro, aún así sus vidas estaban entrelazadas irremediablemente.
- Es una maldición…- murmuró Rose para sí misma.
Merlín bajó la cabeza y se la sostuvo con ambas manos. Soltó un pequeño gruñido. Levantó la cabeza. "Cuánto ha cambiado", pensó Rose al verlo. Cuando los sueños iniciaron, su rostro, sus expresiones, sus ojos, eran aún puros, llenos de sabiduría y madurez, de inocencia; ahora, aunque la sabiduría permanecía, sus ojos y sus expresiones se habían vuelto mucho más duras, como de quien guarda cicatrices imborrables dentro de sí.
Merlín respiró hondo y colocó su mano sobre la frente de Morgana, cubriéndola toda, incluso la herida. Cerró los ojos y murmuró unas palabras imposibles de entender. Scorpius dio un paso hacia delante. El rostro pálido de Morgana empezó a cobrar vida otra vez y la bruja se estremeció perceptiblemente, frunciendo el ceño. Merlín mantuvo su mano sobre la frente de la morena por unos cuantos segundos más y luego la alejó con brusquedad.
Sobre la frente de Morgana no había herida alguna.
Scorpius fijó sus ojos metálicos en Merlín. El moreno temblaba y ahora era él quien había empalidecido. Era evidente que sanar a Morgana lo había agotado terriblemente. El rubio estaba impresionado. Le parecía inverosímil cómo antes de que aparecieran las varitas los magos y brujas lograban realizar actos mágicos como aquellos solo con el dominio de su magia interior. Por supuesto, gracias a las varitas en la actualidad los magos no se cansaban cuando realizaban curaciones o cualquier otro tipo de hechizos. Merlín estaba visiblemente descompuesto.
Gaius abrió la puerta.
- Vámonos, Merlín.- le dijo. – Es peligroso.
El moreno se puso de pie con gran esfuerzo y se tambaleó. El anciano corrió a su auxilio, colocando uno de los brazos de Merlín sobre sus hombros.
- Ay muchacho.- dijo Gaius. – Vas a necesitar descansar.
Merlín sonrió con debilidad y algo de ironía.
- Ni todo el descanso del mundo acabaría con todo lo que me agobia, Gaius.
Juntos salieron de la habitación. Scorpius se apresuró a seguirlos, pero Rose lo tomó de la muñeca, deteniéndolo. La puerta se cerró.
- Rose…- le dijo él sin comprender por qué lo había frenado. Pero entonces lo vio:
Morgana había abierto los ojos.
Rose contuvo la respiración. La bruja miraba al techo, inmóvil, con la mirada absolutamente hueca. La piel se le erizó: en aquellos ojos no había nada, eran como dos pozos interminables, sin fondo, en los que solo había aire y oscuridad. Después de unos segundos, una nueva lágrima corrió por la comisura de su ojo derecho. Rose notó que, casi imperceptiblemente, el cuerpo de la bruja tremulaba mientras su respiración se iba volviendo cada vez más agitada. De repente, sus ojos verdes se fueron llenando de algo denso y terrible. Rose no pudo evitar dar un paso hacia atrás, sintiéndose de repente amenazada por lo que empezaba a emanar de los iris de Morgana. Era odio, un odio tan puro, tan perfecto, tan grande que parecía ser capaz de acabar con el mundo entero. La bruja empezó a llorar sin producir sonido alguno. Se incorporó de la cama en perfectas condiciones y caminó hacia el espejo. Al verse en éste, al ver que no quedaba marca alguna sobre su frente, se llevó una mano al estómago y se clavó los dedos en éste, como si quisiera apagar un grito que luchaba por emerger de ella. Las lágrimas corrían por su rostro sin tregua. Se agachó un poco, como si sintiera un dolor profundo en el vientre y soltó un gritillo agudo y casi silente. Todo su cuerpo había empezado a temblar con fuerza.
Rose cerró los ojos, podía sentir la ira y el dolor en Morgana. No solo se había enterado de que Uther, el ser que más detestaba, la había engañado toda su vida negándole su paternidad; sino también que Merlín, durante todo aquel tiempo, había tenido magia igual que ella. ¿Cuántas veces ella no le había pedido ayuda, suplicado alguna guía, aterrada por no poder entender o controlar sus poderes? ¿Cuántas veces él no la había visto sufrir por ello? Todo aquel tiempo en el que ella lo creyó su amigo, él le ocultó la verdad. Le negó su ayuda. La dejó sufrir sola. En la más absoluta de las soledades.
Morgana no podía entender eso, mucho menos perdonarlo.
Rose sabía exactamente lo que la bruja estaba pensando, lo que le dolía, lo que la atormentaba. Era como si pudiera estar dentro de su cabeza. Una sensación aún más fuerte que la que sentía con Scorpius al compartir sus sensaciones. Morgana no pensaba en que Merlín había acabado de sanarla; pensaba en cómo vivió durante toda su vida engañada por dos figuras masculinas que en algún punto habían sido importantes para ella. Lo consideraba la peor traición de todas, lo más repugnante. Su propio padre la había negado toda la vida, diciéndole a ella y a todos que era la hija de un caballero de Camelot con tal de proteger su reinado. Y Merlín…él, quien había sido su amigo más íntimo, la había dejado hundirse en la desesperación sin prestarle la más mínima ayuda. Morgana no podía concebir cuánto tiempo ellos habían abusado de su ingenuidad, de su inexperiencia.
Scorpius dio un pequeño salto cuando los espejos en la habitación comenzaron a romperse al igual que los cristales de las ventanas. Todos los objetos, velas, candelabros, vasos, jarrones, cómodas, comenzaron a temblar como en un terremoto. Morgana tenía un aro amarrillo alrededor de sus pupilas.
- Rose…- la llamó Scorpius extendiéndole la mano, preocupado por su seguridad.
Rose no tuvo tiempo de tomarla.
El escenario cambió ante ellos con gran velocidad.
Inmediatamente se vieron en el salón del trono. Uther sonreía con Morgana a su lado y Arturo la tomó de la mano, depositando un beso sobre sus dedos. Guinevere parecía contenta junto a Gaius, quien se mantenía inexpresivo al igual que Merlín.
- Ahora que estás completamente rehabilitada puedes ayudarnos entrenando a las mujeres de Camelot.- dijo Arturo. – Le he dicho a papá que en caso de una guerra las mujeres también deben saber manejar una espada. Tienen derecho a defenderse y no solo a ser defendidas.
Morgana asintió.
- Me parece una idea espectacular.- dijo la morena. Sus ojos verdes parecían muertos, como los de un maniquí, pensó Rose. Pero nadie se daba cuenta de ello, todos veían solo la sonrisa que se dibujaba en su rostro. "Todos ven solo lo que quieren ver", se dijo a sí misma. – Puedo encargarme de dar clases a la población femenina de Camelot.
Uther pareció dudar.
- No lo sé, Morgana, acabas de recuperarte.- dijo el rey. – Además, las mujeres pueden ser perfectamente defendidas por los hombres de Camelot.
Arturo rió.
- Papá, Morgana es una chica y es mejor que yo con la espada, aunque me duela admitirlo.- dijo el rubio, levantando una ceja. – No creo que sea conveniente subestimar a las mujeres de Camelot. No les hará daño aprender a defenderse en caso de una situación extrema.
- No lo sé. – reiteró el rey.
- En todo caso, no te opones.- dijo Arturo.
Uther lo miró por unos segundos.
- No, no me opongo.- les dijo. – Hazlo, si te place.
Arturo sonrió de oreja a oreja y miró a Morgana. Rose se estremeció. Por unos breves instantes creyó ver odio destellando en la mirada de la morena, odio dirigido hacia Arturo. Aquello jamás había sucedido antes.
Algo había cambiado.
Scorpius frunció el ceño.
- Morgana.- dijo el rubio. - ¿Lo viste?
Rose asintió.
- Sí…- murmuró. – No entiendo por qué miró así a Arturo….no entiendo.
Scorpius se cruzó de brazos.
- Yo sí lo entiendo.- le dijo el rubio con seriedad. – Es su medio hermano. Aquel que tiene todo lo que a ella le fue negado: apellido, familia y la promesa del trono.
Rose negó con la cabeza, confundida.
- Pero…ella lo quería. Lo sé.- dijo la pelirroja.
- Eso era antes.- dijo Scorpius. – Morgana ha cambiado.
Arturo habló:
- Te pondré al tanto de cuándo podrás empezar.- dijo el rubio. – Te facilitaré un espacio apropiado, y armas…todo lo que necesites.
- Qué amable de tu parte.- dijo Morgana con cierta sequedad. – Muero por empezar.
Arturo sonrió y caminó hacia la salida del salón.
- Vamos Merlín, hay mucho qué hacer.- le dijo.
El moreno miró a Morgana casi por accidente antes de voltearse y seguir a Arturo. Cuando lo hizo, la sangre se le heló. Ella había posado sus ojos en él también, y algo fuerte y desagradable despedía de ellos hacia él. Merlín levantó el mentón y se mantuvo imperturbable mientras giraba. No quiso demostrar la más mínima debilidad.
O quizás, ya estaba acostumbrándose a la fría mirada de Morgana, pensó Scorpius.
- Vamos.- dijo el slytherin a Rose, tomándola de la mano.
Los dos salieron del salón siguiendo a Arturo y a Merlín por los pasillos del castillo.
- Bien.- dijo el Arturo. - ¿Qué te pasa?
- ¿Perdón?- preguntó Merlín, desconcentrado.
- Algo te pasa.- dijo el príncipe. – Te conozco. Mejor que nadie.- dudó por unos instantes. – Bueno, tal vez Gaius te conozca mejor. Pero después de él, voy yo.
- Claro.- dijo Merlín, sonriendo con sarcasmo.
- Nadie conoce lo ilimitado de tu ineptitud, como yo.- dijo Arturo, sonriendo. – Así que habla. ¿Es por lo de tus manos? Déjame decirte, que te quemaste de la forma más estúpida de todas.
Merlín asintió.
- Sí. La más estúpida.- dijo con una voz grave y su mirada se perdió por unos segundos en el vacío.
Arturo sonrió y le dio una palmada en la espalda.
- Vamos Merlín.- le dijo. – A las mujeres les gustan las cicatrices. Nos hacen más interesantes. Es más, puedes inventar que te las quemaste en una batalla o algo por el estilo. Te respetarán más.
Merlín rió y miró a Arturo como se ve a un niño. Scorpius comprendió que, aunque los dos tenían aproximadamente la misma edad, Merlín había madurado a fuerza del peso que cargaba sobre sus hombros mucho más rápido que Arturo. El príncipe era noble, puro de corazón, algo arrogante y pedante, pero noble. Scorpius podía entender por qué Merlín depositaba toda sus esperanzas en él. Aún así, el slytherin no comprendía cómo aquel joven rubio que tenía frente a él había llegado a convertirse en el rey más valiente, honorable y poderoso de la historia monárquica inglesa.
- Y los guantes negros de cuero te hacen ver más misterioso.- siguió comentando Arturo, con la evidente intención de animarlo. – Nadie sospecharía que eres un reverendo inútil en el campo de batalla.
Merlín, con la mirada perdida, asintió.
- Tienes razón.- dijo en un tono ausente, casi triste. Parecía, pensó Scorpius, estar meditando sobre sus propios problemas. – No soy bueno librando batallas. El destino fue injusto contigo, Arturo. Te mereces un mejor ayudante.
Arturo se detuvo bruscamente y paró a Merlín colocándose frente a él. Sus ojos se fijaron en los del moreno con severidad.
- Merlín, no tengo idea de qué cosas pueden estar volando por tu cabeza en estos momentos, y si no quieres contármelas está bien. He aceptado tu distanciamiento los últimos meses porque respeto tu privacidad, si es que tienes una.- dijo con burla. Inmediatamente volvió a ponerse serio. – Pero si hay algo que no voy a tolerar, ni a permitir, es que cuestiones tu valía. Para mí, no existe nadie que sea capaz de cubrir tu lugar. ¿Está claro?
Merlín lo miró a los ojos sin decir nada, era como si por primera vez, desde que salieron del salón del trono, lo estuviese escuchando. Parecía haberse quedado sin palabras, o no saber bien qué decir.
No eres precisamente un guerrero, ni un estratega de batalla… y sin duda no eres fuerte ni ágil…ni rápido.- dijo Arturo, enumerando los defectos del moreno. – Pero para todo eso tengo a cientos de caballeros en Camelot. No es eso lo que necesito de ti.
- ¿Y qué es lo que necesitas de mí, entonces?- preguntó Merlín.
Arturo se cruzó de brazos y frunció el ceño. Sus ojos seguían clavados en los del moreno.
- Cuando pasan cosas, son tus palabras las únicas que escucho; son las únicas que tienen sentido para mí.- dijo el joven príncipe con una abrupta sinceridad que sorprendió a Scorpius. – Yo…no suelo tener claras mis ideas en momentos de caos. Tú haces que los caminos a seguir sean obvios cuando no puedo verlos. Eres inteligente, Merlín. Y eres mi amigo. Confío en ti. Tienes un puesto que nadie más ocupa.
Merlín sonrió.
- ¿En verdad crees que estoy tan deprimido que necesito que me confieses tu amor?
Arturo entornó los ojos y le dio un golpe en el hombro que, por la expresión del moreno, resultó doloroso.
- A pesar de todo eso sigues siendo un inútil.- dijo el rubio. – Así que no te hagas falsas ilusiones. De cualquier modo, cuando sea rey, tendré que inventarme un puesto para ti.
Los dos retomaron su caminata por el pasillo.
- ¿Cómo cuál?- preguntó Merlín.
Arturo se acarició la barbilla, meditando.
- Serás el Consejero Real.- le dijo, y sonrió, contento con su idea. – Es perfecto. Porque claro, para lo único que sirves es para dar consejos.
Merlín rió sonoramente.
- Algún día, espero no muy lejano.- le dijo. – Descubrirás cuán imprescindible soy en realidad para ti.
Arturo rió y levantó una ceja.
- Bromeas, seguro.- le dijo. Suspiró. – Es un alivio que Morgana se haya recuperado tan rápido, ¿no?
El rostro de Merlín se ensombreció y la sonrisa se borró de su rostro.
- Sí.- fue lo único que dijo.
En cuestión de un pestañeo Rose y Scorpius se vieron en las inmediaciones de Camelot, cerca del bosque. Morgana caminaba a unos metros con un sobretodo terciopelado. Morgause la esperaba junto al tronco de un árbol.
- Hermana.- dijo la rubia, extendiéndole la mano. – He estado tan angustiada. Mordred dejó de verte en sus sueños por varios días…dijo que no podía percibirte en lo absoluto.
Morgana tomó la mano de Morgause y la besó. Sus ojos eran dos témpanos de hielo que forzaron a la rubia a fruncir el ceño, extrañada.
"Morgause también la encuentra diferente", pensó Rose.
- Muchas situaciones han acontecido, hermana.- dijo la morena, clavando sus ojos verdes en ella. – Situaciones que me han abierto los ojos del todo. Para siempre.
Morgause la miró con incomprensión.
- No entiendo…- le dijo.
Morgana perdió su mirada en el vacío. Su rostro era inexpresivo.
- Cuando entré a Camelot con el fin de acabar con Uther, tenía mis reservas.- dijo la morena. – No quería….dañar…a ciertas personas que consideraba ajenas al reino del terror que ha comandado Uther. Puse límites, lo sé. Límites que no aprobabas y que causaron demoras y tropiezos en nuestros planes.- miró a los ojos a Morgause. – Quiero decirte que no habrán más aprehensiones de mi parte. De ahora en adelante no tendré contemplaciones por nadie dentro de ese muro. Lo juro.
Morgause tomó a Morgana por la barbilla, preocupada.
- Hermana, ¿qué ha sucedido?- le preguntó.
Morgana se mantuvo fría e inexpresiva.
- Soy la hija de Uther.
Morgause la miró con completa sorpresa y confusión. La soltó. Por unos segundos se mantuvo en completo silencio, observándola, midiendo cuánto de verdad había en sus palabras. En cuanto supo que la bruja no bromeaba, tragó saliva.
- ¿Cómo…?
- Merlín me empujó por las escaleras.- continuó ella. – Me arrebató el brazalete que me diste. Quería, el muy iluso, usarlo como prueba de mi magia y salvar a Iselda. Asumo que sabes que Mordred se encargó de inculparla…
- Lo supe.
- Merlín no alcanzó a salvarla, tengo entendido.- dijo la morena. – Estuve varias horas debatiéndome entre la vida y la muerte. Estoy convencida de que lo único que me mantuvo viva fue el odio. No hay sentimiento más fuerte dentro de mí.- elevó el mentón. – El torpe de Uther creyó que no podía escuchar nada, que estaba inconsciente. Lo escuché confesárselo a Gaius. Que soy su hija.
Morgause respiró hondo.
- Esto sí que es inesperado.- murmuró.
Morgana continuó:
- ¿Sabes por qué sigo viva?- le preguntó.
Morgause pareció desconcertada. La morena se respondió a sí misma:
- Merlín me salvó.- le dijo.
Morgause dio un paso hacia atrás.
- ¿Qué?
Morgana esbozó una media sonrisa hueca.
- Usó magia.- le dijo, y su sonrisa se borró. – Merlín es un mago.
Morgause empalideció.
- ¿Ese sirviente? ¿Cómo puede ser que no nos hubiésemos dado cuenta antes?- preguntó, consternada.
- Gaius lo sabía.- dijo Morgana. – Los dos lo supieron todo el tiempo.- sus ojos verdes se llenaron de odio y rencor. – Me vieron agonizar en mi propio temor, en el miedo que me producía no saber lo que me ocurría, y jamás dijeron nada.
Morgause meneó la cabeza.
- No comprendo…- dijo, confundida. - ¿Por qué te salvó? Ese criado…¿por qué te sanó ahora cuando antes trató de matarte?
- Es un misterio.- dijo Morgana. – De cualquier forma, es irrelevante.
Morgause asintió.
- Tienes razón. Lo es.- dijo la rubia, caminando de un lado a otro. – Hay cosas más importantes ahora en qué pensar. ¿Te das cuenta de lo que todo esto significa? Eres Morgana Pendragon. Tienes derecho al trono.
La morena continuó mirando al vacío.
- Tengo tanto derecho a la corona como Arturo.- dijo en un tono calmo y distante. – Esa corona debe ser mía, hermana.
- Estoy de acuerdo.- dijo Morgause, sonriendo. – Tú debes ser la reina de Camelot. Es tu lugar.
Rose y Scorpius se miraron brevemente. Aquello no podía significar nada bueno. Era evidente que el corazón de Morgana se había endurecido aún más tras los eventos recientes y nada ni nadie impediría que sus planes se concretaran.
Morgana miró a los ojos a Morgause.
- Como reina de Camelot podré abrir las puertas de la ciudad a los magos y brujas. Las leyes cambiarán, y la magia tendrá el lugar que se merece dentro de la sociedad.- sus ojos verdes brillaron por unos instantes. – El primero. Y que el resto de seres humanos simples se adapten a ello. Quienes no lo hagan, morirán. Es la ley del más fuerte. La ley de la naturaleza.
- Cambiaremos el mundo.- dijo Morgause, sonriendo. – Nuestra gente ya no tendrá que huir y ocultarse. Ya no tendrán que temer. Seremos libres.
- Gobernaremos, hermana. – dijo la morena. – Somos superiores, ¿por qué seguir estando a merced de esos infelices?
Morgause sonrió ampliamente. Morgana caminó hacia ella.
- Esta vez, haremos lo que tenga que hacerse.- dijo la morena.
- De acuerdo.- dijo la rubia. – Pero, ¿puedo entonces proceder con un plan que no tenga que excluir a tus protegidos?
El rostro de Morgana se deformó con una sonrisa fría y muerta.
- ¿Protegidos?- preguntó. - ¿Te refieres a personas como Gaius…Arturo?- Morgana borró la sonrisa de su rostro. – Gaius estuvo medicándome como una enferma mental durante años cuando sabía bien que lo que tenía no era una enfermedad sino una manifestación de mis poderes. Y Arturo…él jamás estuvo allí para mí en esos momentos de soledad y temor. Estaba más preocupado por el filo de sus espadas que por lo que podría sucederme, ¿por qué tendría que sentirme diferente respecto a él?
Morgause asintió.
- Es justo.- le dijo. – Lo entiendo. Estaba esperando que dejaras tu pasado atrás y asumieras a tu nueva familia: nosotros.
- Familia.- murmuró Morgana. – Ellos nunca fueron tal cosa. A la familia no se la trata como a mí me trataron durante años: con indiferencia, frialdad y mentiras. Un perro conoce más calidez de la que yo conocí en Camelot. No, ellos no fueron familia para mí. Aunque debo agradecerles que me hicieran conocer la clase de mundo en el que vivimos. – Morgana acarició un tronco mientras pasaba cerca de él con las yemas de sus dedos. – Las personas son viles…egoístas…sucias. La bondad no es más que una bella pintura que muchos se detienen a observar pero saben que jamás podrán imitar. Así que cuando llegan a sus casas toman un lienzo y hacen el deforme y brutal esbozo de lo que vieron, y luego tiran el lienzo a la basura.
Morgause caminó lentamente hacia un árbol, meditando las palabras de su hermana. De repente, un asunto pareció consternarla.
- Ese chico…Merlín.- dijo ella. – Ahora que sabemos que tiene magia todo ha cambiado. Puede ser un peligroso oponente. Tenemos que saber hasta dónde se extienden sus poderes.
Morgana miró a su hermana con algo de preocupación. Rose notó que era la primera vez en todo el encuentro con su hermana que su rostro mostraba alguna emoción.
- ¿Crees que sean más poderosos que los míos?- le preguntó.
Morgause sonrió y negó con la cabeza.
- Nadie es más poderoso que tú, Morgana.- le dijo. – Tus poderes no tienen igual. Escúchame bien: no lo tienen.
Morgana pareció tranquilizarse.
- Yo me haré cargo de Merlín.- dijo la morena. – Su lealtad está con Arturo y a su lado él es fuerte. Pero sé cómo debilitarlo. Sé cómo aplastarlo.
Morgause meditó.
- Sé que si me das tiempo puedo reunir un ejército.- dijo la rubia. – Mayoritariamente de magos y brujas. Puedo convencer a algunos desertores de los Druidas.
- ¿Por qué no a los druidas mismos?- insistió Morgana. - ¿Es que acaso no están cansados de ser perseguidos por humanos corrientes?
- Los druidas son pacíficos. Se niegan rotundamente a usar la violencia. Recuerda que es por esa razón que Mordred y yo nos hemos convertido en desertores.- dijo la rubia. – Pero no te angusties; como nosotros, hay muchos.
Morgana frunció el ceño.
- No me gusta que estemos separados.- dijo la morena. – Nosotros, las brujas y magos, debemos estar juntos en esta batalla…apoyándonos. Los otros están unidos, ¿por qué nosotros no?
Morgause suspiró.
- Por ahora, no cuentes con los druidas.- dijo la rubia. – Cuando seas reina de Camelot tendremos formas de coaccionarlos si es necesario. Déjame el asunto del ejército a mí. Puedo hacer una alianza con uno de los reinos enemigos de Camelot, ofrecerles el reino…y cuando ya no los necesitemos, acabarlos.
- Necesitamos reclutar.- dijo Morgana. – No puedo encargarme yo misma de ello porque estoy encerrada en este calabozo, y por el momento, me conviene seguir conviviendo con las ratas. Pero es preciso buscar a los magos y brujas desertores de los druidas….aquellos que están hartos de huir, de vivir una vida en las sombras. A ellos tenemos que encontrarlos.
- Y ofrecerles la promesa de tu reinado.- dijo Morgause, sonriendo. – Un reinado que acabará con el dolor de la población mágica. Hermana, tu idea es brillante.
Morgana pareció no escuchar el halago de su hermana.
- Tómate el tiempo que sea necesario para ese ejército. Recuerda que Camelot es una ciudad fuerte, y no podemos atacarla con un ejército débil.- la morena se ajustó el sobretodo. – Yo me encargaré de debilitar a Camelot desde adentro.
Morgause la miró con intriga.
- ¿Cómo?- le preguntó. – Debes tener cuidado con Merlín…
- De él me encargaré primero.- dijo Morgana rápidamente, elevando el mentón. – Voy a distraerlo, dándole en donde más le duele. Luego, podré proceder sin que obstaculice mis planes.
- Hermana.- dijo Morgause, acercándose a la morena. – Te das cuenta de que…Arturo, tu hermano, debe morir, ¿no es así?- le preguntó. – Solo de ese modo serás la heredera directa del trono.
Morgana miró con sequedad a su hermana.
- ¿Hermano dices?- le preguntó. – Solo tengo una hermana: tú. Arturo no me trató más que como una huésped, a pesar de que crecí junto a él no tuve de su parte mejor trato que el que le dio a Merlín.- su tono era frío y despectivo. – Aún así, le daré una oportunidad: si me cede el trono voluntariamente le permitiré huir y no regresar nunca más a estas tierras. Si se niega, conocerá el mismo destino que tengo deparado para su amado padre.
Morgause miró a Morgana en silencio durante algunos segundos. Rose no supo detectar qué era lo que la rubia parecía buscar en las facciones de la morena.
- Hermana, ¿segura que estás bien?- le preguntó.
Morgana clavó sus ojos verdes en los oscuros de Morgause.
- Ahora entiendo mi sueño.- le dijo, ignorando la pregunta de su hermana. – Merlín…en la niebla…acechándome. Es mi Némesis. Es mi más grande obstáculo. Mi más grande enemigo. Lo subestimé demasiado….tiene magia. Es más inteligente y astuto de lo que creí. Siempre fue más que un sirviente. Es como un león disfrazado de liebre. Su ventaja sobre mí estaba en mi desconocimiento de sus poderes, pero ahora las cosas han cambiado.
- Hermana, no descuides ni restes importancia a tus sueños.- dijo la rubia. – Tus poderes psíquicos son, quizás, tu arma más valiosa. Si ellos te han advertido de Merlín, es porque no se trata de un enemigo que debamos subestimar. Debe ser poderoso.
- Dijiste que no lo sería más que yo.- dijo Morgana.
- No, pero eso no significa que no pueda causarle muchos problemas.- le advirtió Morgause. – Ya estuvo una vez a un paso de matarte. Y aún tiene una ventaja: no sabemos nada sobre sus poderes.
Morgana respiró profundo.
- Mordred.- murmuró. – Él puede averiguarlo. Sabe entrar y salir de Camelot sin ser visto es…bastante talentoso.
Morgause sonrió.
- Mordred es más que talentoso, querida hermana.- le dijo la rubia. – Mucho más que solo eso.
Abruptamente el escenario cambió y tanto Rose como Scorpius se vieron en la casa de Gaius. Merlín se encontraba trabajando con trozos de madera y algunas hierbas que parecían ser pociones. Rose pensó que era una verdadera suerte que Gaius fuera un médico, de lo contrario, bastaría que alguien se asomara por la ventana y viera a Merlín con el caldero para que lo acusaran de hechicero. Scorpius se acercó al moreno. Merlín trabajaba con profunda concentración. Su cabello negro azabache estaba algo desordenado, igual que siempre. Sus ojos azules eran inteligentes, centrados, y contrastaban con la juventud de sus rasgos. Sin embargo, Scorpius notó que su rostro había adoptado ya un semblante maduro, algo rígido tal vez. Del joven fresco, optimista y vivaz que conoció la primera vez que soñó con el pasado quedaba realmente poco. Lo único que aún permanecía intacto en Merlín era esa expresión sabia y generosa en sus ojos. Todo lo demás había cambiado.
- Scorpius…- lo llamó Rose, señalándole la puerta con una expresión lívida.
Scorpius entreabrió los labios.
Morgana estaba en el umbral de la puerta.
Pasaron algunos segundos antes de que Merlín se percatara de que lo estaban mirando, pero cuando lo hizo, fue como si hubiese sentido una llama quemándole la espalda. Por unos instantes pareció perder el aire. Lentamente giró la cabeza y se encontró con los ojos verdes de Morgana, intensos, fríos y a la vez seductores; como dos reptiles.
Como dos serpientes.
- Lamento interrumpir tus tareas domésticas.- dijo Morgana, levantando una ceja con superioridad. Entró y cerró la puerta tras de ella.
Merlín la miró con evidente molestia.
- No creo que lamentes absolutamente nada de lo que haces.- le dijo.
Morgana rió. Rose sintió escalofríos: era la risa más artificial que hubiese escuchado jamás.
- Debe ser realmente incómodo…- dijo mientras pasaba un dedo por la mesa en donde descansaban hierbas e instrumentos de Gaius con desdén. Se miró las manos y se las sacudió, como si encontrara el lugar desagradable. - …trabajar con esos guantes todo el tiempo.
Merlín cortó el contacto visual y continuó limando un trozo de madera. Scorpius notó que empezó a hacerlo con algo de brusquedad y fuerza exagerada. Parecía molesto.
-Estoy acostumbrándome.- le dijo con sequedad.
- Poco a poco te darás cuenta de que las cicatrices que dejo suelen ser permanentes.- le dijo con naturalidad mientras seguía paseándose con altivez por la reducida sala. Elevó sus manos y las miró con algo de admiración. Los rayos de sol que penetraban los cristales de la ventana cayeron sobre sus dedos, iluminándolos. – Mis poderes son grandes. Lo son tanto que no lograba controlarlos, ¿recuerdas?- le preguntó, sonriendo. – Estaba tan asustada, creía que la magia era un atributo de personas malvadas. Así me lo había hecho creer el reinado de Uther. Temía ser malvada, oscura….temía ser asesinada como tantos otros…- la mirada de Morgana se perdió en el vacío por unos segundos. Bajó las manos y volvió a sonreír de forma hueca. – Qué tonta, no sé por qué te cuento esto si ya lo sabes. Además, ¿cómo podrías comprenderlo? – su tono se volvió abruptamente irónico y provocador.- No tienes magia.
Merlín partió en un sonido seco un pedazo de madera y su rostro se tensó. Se dio la vuelta y miró a Morgana a los ojos, cruzándose de brazos.
- ¿Qué es lo que quieres?- le preguntó. - ¿Qué viniste a buscar?
Morgana elevó el mentón y la sonrisa en su rostro de desvaneció. Scorpius no lograba comprender cómo en un rostro tan joven, tan hermoso como el de la bruja, habían nacido nuevas líneas de expresión que solo guardaban odio y rencor. También en ella nada quedaba de la chica que había visto al principio, durante los primeros sueños. Lo único que permanecía igual, quizás, era su belleza. Aunque, conforme Scorpius la observaba con más detalle, se daba cuenta de que era otra belleza muy distinta a la de antes: su cabello negro azulado, largo y ondulado seguía siendo el mismo, su piel blanca como porcelana permanecía intacta, sus ojos verde esmeralda brillaban cual piedras preciosas y sus labios tenían el mismo color carmín de antes; sin embargo, la calidez y la inocencia que solía transmitir Morgana ya no anidaban en ninguno de sus atributos. Se había transformado en una belleza fría, como la de un maniquí o una escultura; una belleza inanimada, sin vida, como la de una de esas piedras de colores que se encontraban en el fondo de los ríos.
"Han pasado casi dos años…" pensó Scorpius. Si hacía los cálculos, habían pasado ya dos años en el tiempo de los sueños: Morgana había permanecido fuera de Camelot un año, y antes y después de su llegada habían transcurrido ya varios meses.
Morgana dio un paso hacia delante.
- Busco a Gaius.- le respondió en un tono muerto.
- No está.
- Voy a esperarlo.- dijo ella.
- No es necesario.- dijo Merlín, manteniéndose firme.
Morgana levantó una ceja.
- ¿Estás echándome, Merlín?- le preguntó.
El moreno se mantuvo inexpresivo.
- No puedo hacer eso.- le respondió.
- Pero ciertamente te encantaría.- le dijo la bruja, sonriendo.
- Sería un placer.- le dijo Merlín esbozando también una sonrisa fingida.
Morgana rió.
- Debes comprender que tengo que agradecerle el haberme salvado la vida.- dijo la morena. – De no ser por él habría muerto…lo que habría sido bastante conveniente para ti. Lástima que las cosas volvieran a salirte mal. Tienes muy mala suerte.- Morgana esbozó una media sonrisa. – También lo digo por lo de la pobre de Iselda. Supe que no llegaste a tiempo para salvarla de las llamas. ¡Qué destino tan horrible, morir quemado! ¿no crees?
Merlín caminó violentamente hacia Morgana pero se detuvo a dos pasos de ella. Su mano se quedó quieta, extendida en el aire, como si hubiese pretendido encarcelar el cuello de la bruja y quebrarlo. Morgana sonreía de oreja a oreja. El moreno cerró los ojos sosegando su ira y cerró la mano en un puño. Lentamente, la dejó caer a un lado de su cuerpo.
Abrió los ojos. El azul de su iris se había vuelto tormentoso y algo oscuro.
- No vuelvas a mencionar su nombre.- le dijo en un tono amenazante. – Te queda demasiado grande.
Morgana dio un paso hacia él, acortando aún más la distancia. Sus ojos verdes estaban clavados en los del moreno; fríos, huecos, como dos pozos oscuros. Su rostro se volvió plano, inexpresivo. En sus pupilas no había más que odio.
- ¿Sufres por su muerte?- le preguntó.
Merlín se mantuvo inmóvil, batallando con la mirada penetrante e incisiva de la bruja. Un ligero temblor en el océano azul de sus ojos delató todo el dolor que guardaba en su interior. Morgana pudo verlo con claridad.
- Estás en intenso dolor.- murmuró ella, sin cortar el contacto visual. – Bien…me alegro.
Merlín frunció el ceño y sus ojos se volvieron cristalinos, húmedos. De repente, pareció buscar con fiereza algo en los ojos duros de Morgana.
- ¿Quién eres?- preguntó con una expresión de disgusto y dolor. - ¿En dónde está Morgana, la de siempre?
Morgana endureció aún más su rostro.
- No seas patético, ¿quieres?
La puerta de la estancia se abrió y Gaius entró. El anciano se detuvo en seco al ver a la morena en el centro de la sala y sus ojos pasaron de ella a Merlín un par de veces, confundido e incómodo.
La bruja lo miró y una sonrisa forzada se dibujó en su rostro. Rose pudo sentir un ardiente odio emanando de cada poro de la piel de Morgana hacia el anciano. Jamás le perdonaría lo que le había hecho.
- Gaius…mi fiel Gaius.- dijo la morena caminando hacia él con los brazos abiertos. Cuando llegó a él lo abrazó con fuerza. El anciano parecía confundido y descolocado. Después de unos extensos segundos Morgana se separó de él y pasó su mano por la mejilla de Gaius en una caricia que pareció erizarle los vellos al médico. Sus ojos verdes y serpentinos estaban fijos en los de él, y aunque sonreía, su mirada la delataba. – Vine a expresarte mi infinita gratitud; has salvado mi vida. Arturo me contó cómo lograste hacer lo que ningún médico habría podido con mi herida. El rey tiene razón en tenerte: contigo sirviéndole a la corona nada malo puede pasarnos.
Gaius sonrió con debilidad.
- No fue nada, solo me limité a hacer mi trabajo.- dijo pausadamente y sin corresponder la afectividad de la morena.
- Por supuesto.- dijo Morgana. – Aún así no podía dejar de agradecértelo y decirte que nunca...- su tono se oscureció. -…nunca olvidaré lo que has hecho por mí.- hizo una pequeña pausa. – Ten por seguro que voy a retribuírtelo todo….absolutamente todo.
Gaius y Morgana se sostuvieron las miradas durante algunos segundos más, pero poco después el anciano tuvo que doblegarse y mirar hacia otro lado. La intensidad en los ojos verdes de la bruja parecían haberlo agotado.
- Los dejo, entonces.- dijo Morgana, volteándose para ver a Merlín. – Bellos guantes. El cuero negro te sienta.
Con esto, la bruja salió.
Y Rose, cientos de años más adelante, abrió los ojos.
2.-
DÍA 2
Yo, Rojo
Rose abrió los ojos bruscamente. La bruja líder estaba arrodillada ante ella y parecía haberla zarandeado pues sus manos permanecían sobre los hombros de la pelirroja. Los ojos azules de Rose se clavaron en los de ella con sorpresa y desconcierto. Tardó unos segundos en recordar que estaba en la selva con una tribu por la que aún no sentía confianza del todo, pero cuando lo hizo se sentó sobre el tapete de piel en el que había dormido. Se percató de que estaba sudando; también se dio cuenta de que el anillo no le quemaba el dedo esta vez.
Los tatuajes móviles en el rostro de la líder estaban sosegados y se deslizaban por sus mejillas, frente y barbilla como peces en el agua.
- Sígueme.- le dijo la bruja poniéndose de pie.
Rose se incorporó no sin algo de dificultad. Estaba agotada, como si no hubiese dormido lo suficiente. Cuando emergió de la cúpula al exterior se dio cuenta de por qué su cuerpo, efectivamente, le exigía más horas de sueño: el cielo aún estaba oscuro y denso. Debían ser las 5 de la madrugada.
Sin embargo, ya varios miembros de la tribu empezaban a salir de sus tiendas y comenzar el día. Era evidente que no desperdiciaban el tiempo en lo absoluto.
Rose siguió a la líder e ignoró algunas miradas que se dirigieron a ella como a una extraña, una extranjera no invitada y en la que no se podía confiar del todo. Rose tenía claro que la tribu le permitía caminar entre ellos porque la líder lo había dispuesto así. Si en algún momento aquello cambiaba, su suerte también lo haría.
Caminaron hacia un claro vacío que aún estaba rodeado por el pequeño fuego mágico creado para ahuyentar a la bestia. Aún el sol no había salido, por lo tanto, la tribu no había extinguido las llamas.
- Siéntate.- le ordenó la líder.
Rose así lo hizo, y mientras se arrodillaba sobre la tierra y se sentaba sobre sus talones se percató de que su cabello estaba suelto. ¿Desde cuándo?, se preguntó. Probablemente su cinta había perecido bajo el fuego, cuando la quemaron viva. Sus rizos rojos resbalaban por sus hombros en grandes espirales. Eran como aros interminables de fuego. De repente, se sintió incómoda.
La líder se sentó a pocos metros, de frente a ella, y la miró con seriedad.
- El fuego, eres tú.- le dijo. Los vellos de Rose se erizaron, pero trató de ocultarlo. – Tú, eres el fuego.
Rose le sostuvo la mirada a la bruja líder sin pronunciar palabra alguna. La líder guardó silencio por unos segundos, luego continuó:
- No puedes temerle al fuego, niña.- le dijo. – No puedes temerte a ti misma.
Rose se humedeció los labios.
- El miedo..- soltó. - …no es algo que se pueda controlar.
- ¡Absurdo!- gritó la bruja con violencia. La pelirroja tembló. - ¡Todo puede controlarse!
La bruja se puso de pie y Rose bajó la mirada a la tierra. Aquella mujer no podía comprenderlo; Rose había luchado contra su terror al fuego desde niña, y nunca había podido superarlo. Odiaba sentirse vulnerable ante una fogata, o ante una simple vela encendida en una habitación, pero el miedo en ella era como un monstruo indomable. Nada lo ataba, nada lo calmaba.
- El miedo no es otra cosa que el reflejo de lo que creemos que nos puede hacer daño.- dijo la bruja. – Pero el fuego no puede hacerte daño.
Rose levantó la mirada y frunció el ceño. Jamás lo había pensado así. Jamás había, tampoco, corroborado que el fuego no podía lastimarla. Se había mantenido tan alejada de las llamas que nunca había tenido un accidente con ellas. El descubrimiento de ayer había sido tan sorprendente que no había tenido tiempo para pensar en lo que significaba. La bruja tenía razón: el fuego, ese al que tanto le había temido durante años, no podía lastimarla. Y sin embargo, el miedo seguía allí.
- El dolor.- dijo Rose. – Eso puede hacerme daño.
- El dolor es una sensación.- dijo la bruja. – Y ninguna sensación es eterna. – empezó a caminar alrededor de la pelirroja. – El fuego puede causarte dolor, intenso dolor, un dolor como el que experimentaste ayer bajo las llamas; pero no puede destruirte. Por lo tanto, el fuego es débil. Y tú eres fuerte.
Rose meditó.
- El fuego es débil.- murmuró. – Y yo soy fuerte…
La bruja líder sonrió.
- La única razón por la cual has temido al fuego durante tanto tiempo es porque has permitido que éste tome control de ti.- le dijo. – Pero ahora, si quieres domar a la bestia negra, debes domar al fuego. Debes domarte a ti misma.
Rose clavó sus ojos azules en los de la bruja líder.
- ¿Cómo…?- le preguntó.
La bruja líder se detuvo frente a ella y, desde arriba, la miró con seriedad.
- Debes demostrarte a ti misma que eres tú quien controla el fuego, y no él a ti.- le dijo.
Rose pestañeó dos veces seguidas y miró a la bruja con confusión.
- Pero, ¿cómo lo hago?- le preguntó.
La bruja líder se inclinó en el suelo hasta estar a la altura de la pelirroja. El sol, tras ella, empezó a salir espantando la oscuridad y sosegando las ligeras llamas que rodeaban el área de la tribu. Sus ojos oscuros se clavaron en los de la gryffindoriana.
- Conviértete en fuego.- le dijo, y esbozó una media sonrisa. – Deja que el fuego recorra tu cuerpo sin miedo.
Rose frunció el ceño. No lograba comprender.
- Lo que estoy diciéndote es que, debes incendiarte a ti misma.- le dijo. Rose empalideció. – Que sea tu fuego, no el mío ni el de nadie más, el que cubra tu cuerpo. Solo entonces vas a sentir tu poder en carne viva, y solo entonces, le perderás el miedo.
Los ojos de Rose se humedecieron y su rostro cobró la expresión del terror mismo. Cerró los párpados con fuerza. Las náuseas empezaron a invadirlas conforme el miedo iba mareándola desde el interior. No, no podía volver a pasar por lo que había experimentado ayer. Había sido demasiado.
Las manos de la bruja líder se clavaron en los hombros de Rose, sosteniéndola con firmeza. La pelirroja abrió los ojos.
- Hey, niña.- le dijo la bruja con algo de agresividad. – Nadie dijo que sería fácil. Nadie dijo que ser miembro de la Orden sería simple. Si tus prioridades están claras, si tengo frente a mí a la misma joven que ayer me dijo estar dispuesta a todo para crecer, entonces vas a superar tus traumas. – hizo una ligera pausa. – Cueste lo que cueste.
Rose, temblando, murmuró:
- A veces los precios son muy altos.
La líder tomó a Rose por la barbilla y la forzó a mirarla a los ojos.
- Escúchame bien: ningún precio es demasiado alto para conseguir lo que uno quiere.- le dijo. – Aceptaste estar bajo mi tutela, y no tolero a derrotistas, ni a cobardes.- la bruja la soltó y se puso de pie. – Tienes hasta que el sol se ponga para conseguirlo. Si no lo haces, el entrenamiento habrá terminado para ti, y no serás más recibida en nuestras tierras.
Rose cerró los ojos y trató de tragarse todo el miedo que parecía querer emerger por cada poro de su piel al exterior. Sintió cómo la bruja líder se alejaba, caminando fuera de aquel claro. También la sintió detenerse de repente.
De espaldas, escuchó su voz:
- Nunca, en todos mis años de vida, he visto a una bruja con tanto potencial…para ser grande y también para destruirse a sí misma.
Cuando Rose abrió los ojos, la bruja ya se había ido.
El sol reinaba en el cielo.
Yo, Negro
Scorpius despertó con una sensación de calidez y tibieza sobre su pecho y su abdomen. Abrió los ojos lentamente y tardó unos segundos en enfocar bien la mirada. Sobre su pecho estaba Hyorin, sonriendo, y mirándolo muy de cerca. El color verde claro de su iris lo petrificó durante algunos segundos. Eran unos ojos bellísimos y femeninos.
- Buenos días, mercurio.- le dijo ella, y cortó la poca distancia que había entre ellos para depositar un beso sobre los labios del rubio. Luego se puso de pie.
Scorpius permaneció acostado, inmóvil. "Así debería despertar todos los días", pensó. Mentalmente reemplazó los ojos verdes de Hyorin por los azules de Rose. Su cabello rojo intenso y su cuerpo desnudo junto a él, todas las mañanas. Esbozó una sonrisa. Solo imaginarlo le causaba un placer indescriptible.
- Levántate, papá quiere empezar con tu entrenamiento.- le dijo Hyorin. – Ellos ya deben haber empezado a entrenarla a ella.
Scorpius frunció el ceño y se sentó sobre el tapiz de piel que le había servido de cama.
- ¿Ellos?- le preguntó.
Hyorin lo miró a los ojos.
- Los otros.- le dijo. – Los que juegan con fuego.
Scorpius la miró con incomprensión y se puso de pie mirándola con seriedad.
- Escucha: alguien que es importante para mí está con ellos.- le dijo.
- ¿Qué tan importante es ella?- le preguntó Hyorin. – Tu amiga.
Scorpius dudó por unos instantes.
- No lo sé. Solo lo es.- le dijo, no dispuesto a debatir sobre sus sentimientos con la chica. – Necesito saber qué clase de tribu es en la que ha caído.
Hyorin se encogió de hombros.
- Todos caen en las tribus que merecen.- le dijo. – Todos caen en las tribus que necesitan. Ya te lo dije: cada uno de nosotros tiene un camino qué seguir. Ese camino es único e irrevocable.
Scorpius entornó los ojos. Odiaba cuando le hablaban de forma mística y poco práctica. Había hecho una pregunta y lo único que esperaba era una respuesta. Nada más.
Hyorin sonrió.
- Ella está con los suyos. Y tú, con los tuyos.- le dijo. – Ahora sígueme, o papá se enojará.
La joven caminó por uno de los túneles y Scorpius se apresuró a seguirla. Durante el camino recordó que estaba sin camisa, pues se la había quitado para dormir. Ignoró el asunto, pues sería absurdo regresar por ella teniendo en cuenta la prisa que con la que Hyorin lo había convocado. Además, bajo tierra hacía aún más calor que en el exterior; si hubiera podido, con gusto se habría deshecho de toda su ropa.
Pronto empezaron a subir en empinada y Scorpius supo que estaban dirigiéndose al exterior. Aún así el calor no había cedido. Avalon era en verdad una isla bastante calurosa.
No tardaron en llegar a uno de los tantos hoyos que rodeaban el sector. Aquel, sin embargo, tenía tierra seca y pedregosa, fácilmente escalable. Seguramente, pensó Scorpius, habían hoyos hechos para entrar y no salir, y otros que permitían emerger al exterior con facilidad.
Afuera, el sol pegaba con fuerza. Scorpius tuvo que adaptar sus ojos a la luz y por algunos segundos no pudo ver con claridad. Su cabello rubio y lacio estaba desordenado y caía por su frente. A unos metros, junto a un gran roble, estaba el padre de Hyorin, el líder de la tribu.
"Es hora de que tu transformación empiece", le dijo mentalmente.
Scorpius lo miró con incredulidad.
- ¿Cómo puede hacer eso?- le preguntó. – Hablar…sin hablar.
El anciano líder rió.
- Es una habilidad psíquica.- le dijo, esta vez usando sus propios labios para hacerlo. –Mi hija también la posee, como ya lo habrás descubierto.
Hyorin le sonrió a Scorpius. El rubio quedó nuevamente impresionado por su belleza. Jamás creyó que una chica sin un solo cabello podría tener el atractivo de diez slytherianas con melenas largas juntas.
- Si te incomoda, puedo hablarte de forma corriente.- dijo el anciano.
Scorpius esbozó una media sonrisa.
- No me incomoda.- le dijo. – Es solo que conozco a varios magos con poderes psíquicos. En Hogwarts hay uno que me da clases de adivinación. Y jamás lo he visto usar esa…habilidad.
- En el mundo exterior, quienes poseen este tipo de habilidades acaban por dejarlas de usar.- dijo el líder. – Hace que la comunicación sea un poco…difícil.
El anciano tocó con su mano el roble y esté pareció mover sus ramas al segundo. Scorpius no supo definir si fue debido al contacto o por el ligero viento que corrió refrescándolos algunos instantes.
El líder clavó sus ojos azules en los de Scorpius.
- Intuyo que hay algunas cosas que quieres preguntarme.- le dijo.
Scorpius asintió.
- Quiero saber cómo es que parece saber exactamente los motivos de mi llegada sin que se los haya explicado antes.- dijo el rubio. – Y lo de la transformación...- Scorpius se cruzó de brazos. – …eso también despierta en mí algunas interrogantes.
El anciano asintió.
- Estás en todo tu derecho.- le respondió. – Y obtendrás las respuestas que exiges: sabemos lo que es necesario saber de ti desde mucho antes de tu llegada, si somos precisos, nuestra tribu lo sabe desde hace más de diez siglos atrás, mucho antes de mi nacimiento, y del de mi padre, y del de su padre…Lo sabemos por la profecía de Morgana le Fay.
Scorpius sintió un vuelco en el interior de su pecho. ¿Había en verdad escuchado lo que creía haber escuchado? "La profecía de Morgana le Fay" ¿qué sabía aquel hombre sobre uno de los textos más importantes y a la vez desconocidos de la historia mágica?
- La profecía…- murmuró Scorpius, paralizado. - ¿La tienen..?
El anciano rió.
- Por supuesto que no.- le dijo. – Esas escrituras no están en Avalon, y tengo entendido que se encuentran perdidas. Nadie que conozca tiene acceso a tal texto.
- ¿Entonces…?- preguntó el slytherin con impaciencia.
Hyorin intervino.
- Cuando Morgana le Fay estuvo encarcelada en la torre del risco, un miembro de nuestra tribu, fallecido hace mucho tiempo atrás, era el encargado de llevarle comida diariamente. La vio durante años escribir, obsesionada, en un grueso tomo de cuero cuyas páginas eran de papiro.- Hyorin hizo mímicas con sus manos. – Un día, él le preguntó qué escribía. Ella le respondió: "el futuro".
Scorpius miraba a Hyorin con estupor e intenso interés. La joven continuó su relato.
- Morgana le dijo que muchos años adelante llegarían a Avalon dos jóvenes, una mujer y un hombre. La mujer carecería de importancia para nosotros pues tenía otro camino marcado; pero el hombre, uno de ojos de mercurio, llegaría a nosotros para domar la bestia del bosque. Nos pediría, dijo ella, que lo ayudásemos. Y nosotros, para hacerlo, tendríamos que transformarlo en lo que debe ser. Ayudarlo a reconocer su poder.- Hyorin sonrió. – Por eso, cuando vi tus ojos en el fondo del pozo, lo supe. Eras tú el de la leyenda.
El anciano asintió.
- El relato que acabas de escuchar se transmitió generación por generación en nuestra tribu. Hemos esperado tu llegada.
Scorpius frunció el ceño.
- Hay algo que no entiendo.- dijo el rubio. - ¿Por qué están tan dispuestos a ayudarme? ¿Por qué cuando la profecía ha venido de la boca de una bruja que inspira desconfianza, como Morgana le Fay?
- Morgana no es una figura que nos provoca desconfianza, sino todo lo contrario.- dijo el anciano. – Ella fue peligrosa para aquellos que no tenían magia, pero jamás intentó dañarnos a nosotros. Para ella, nosotros éramos su gente. Su pueblo.
Hyorin dio un paso adelante.
- Además, ella lo dejó muy en claro: "Ayuden al hombre ojos de mercurio, ayúdenlo a hacerse fuerte. Su poder está en la tierra. Nace de ella, florece en ella."
Scorpius los miró con escepticismo.
- ¿Por qué querría ella que me ayudaran?- les preguntó.
- Eso no lo sabemos.- confesó el anciano.
Scorpius desvió la mirada a un lado. ¿Sería posible que la profecía de Morgana hablara de él y de Rose? ¿Con qué motivo? ¿Qué relevancia podrían tener ellos en las predicciones de la bruja? Aquel, sin duda, era un descubrimiento inesperado y extraño. No tenía sentido.
- Tus habilidades.- le dijo el anciano, interrumpiendo sus pensamientos. – Sin uso alguno de varita, ¿cuáles son?
Scorpius clavó sus ojos grises en el líder.
- Puedo manipular ramas.- dijo el rubio. – Algunas. A veces.
El anciano sonrió.
- Para manipular ramas, tienes que manipular a los árboles. – le dijo. – Y para manipular a los árboles, debes poder manipular la energía de la tierra. Es en realidad, la tierra sobre la que ejerces poder.
Scorpius se mantuvo en silencio. Jamás lo había pensado de ese modo, y se sintió algo estúpido al no haberse percatado de ello. Si era así, entonces su poder se extendía a mucho más que mover unas cuantas ramas de vez en cuando, como lo había estado haciendo en las clases de Control Mágico. Se sintió frustrado y enojado consigo mismo al pensar cuánto tiempo había perdido ignorando la extensión de sus capacidades.
De repente, Scorpius se vio halado por una fuerza brutal. Cayó de espaldas contra la tierra, golpeándose, y luego fue arrastrado un par de metros hasta quedar pegado contra el tronco del roble que el líder había tocado minutos antes. Adolorido y aturdido se dio cuenta de que sus tobillos estaban enlazados por raíces finas pero resistentes, y que su torso estaba pegado al tronco del roble, rodeado por raíces gruesas y ásperas que lo apretaban con gran intensidad. Scorpius gruñó al sentir cómo la presión le causaba un profundo dolor en las costillas. Levantó la mirada y vio a Hyorin y a su padre mirándolo con absoluta quietud a unos metros.
- Tu entrenamiento ha empezado.- le dijo el anciano. – Debes poder librarte de un roble como ese. Tu poder debe permitírtelo.
Scorpius cerró los ojos e hizo el intento de manipular las raíces de aquel roble, pero fue inútil. Con potencia sintió la barrera mágica que se lo impedía. Abrió los párpados.
- Es un árbol mágico.- le dijo, agitado. – Solo puedo hacerlo con árboles normales.
El anciano sonrió.
- He ahí el reto.- le dijo. – Por cierto, es un árbol mágico, tienes razón, pero es aún más especial.- hizo una ligera pausa. – A los de su tipo solemos llamarlos Trituradores. Se alimentan de sangre animal, cualquier sangre animal. Suelen atrapar a sus presas y…triturarlas, para extraer su sangre. No creo que te quede mucho tiempo, a lo sumo, hasta el anochecer. De modo que debes apresurarte. – sonrió. – Te esperaremos en la aldea.
Scorpius vio a Hyorin y al líder de la tribu dar media vuelta y caminar alejándose del lugar.
- ¡HEY!- les gritó, pero pronto se dio cuenta de que no había sido una buena idea. El aire se le acabó de inmediato, y cuando intentó llenar sus pulmones éstos solo pudieron contener la mitad de lo normal de oxígeno. La presión de las raíces era demasiado fuerte. Scorpius soltó un nuevo gruñido de dolor y cerró los ojos.
Cuando los abrió, ya no había rastro de Hyorin o su padre.
3.-
- ¿Qué es lo que está pasando?- preguntó Fred a sus primos, sentándose en la mesa gryffindoriana. Había entrado aquella mañana al gran comedor para desayunar y se había encontrado con todo el alumnado alterado. Ravenclaws corrían a mesas de hufflepuffs, y hufflepuffs corrían a mesas gryffindorianas. Los únicos que solo hablaban entre ellos eran los slytherins, pero aquello era usual. En las mesas se pasaban El Profeta como pan caliente.
Louis clavó sus ojos miel en los de su primo.
- Mataron a Gothias Gozenbagh, ¿puedes creerlo?- le soltó.
- ¿Quién?- dijo Fred, rascándose la cabeza.
- Es un miembro de la Orden de Merlín, tonto.- dijo Dominique, sentándose junto a Hugo. - ¿Has sabido algo de Rose?
El castaño se mantuvo en silencio. Sus ojos marrones parecían lejanos y preocupados. Lily frunció el ceño.
- No entiendo cómo pueden seguir con la competencia como si nada.- dijo la pelirroja, aruñando la mesa en el mismo sitio con constancia. – Los otros miembros de la Orden deberían cancelarla. Ha sido un asesinato no un pequeño accidente.
Lucy llegó corriendo a la mesa gryffindoriana.
- ¿Han sabido algo de Rose?- preguntó la pelinaranja. - ¿Es cierto que la competencia va a continuar?
- No entiendo en qué están pensando esos imbéciles.- dijo Hugo, interviniendo por fin, con la mirada perdida. – Rose tiene solo 17 años. No pueden exponerla a tal peligro, no es legal, ¿o sí?
Albus suspiró y clavó sus ojos verdes en los de su primo.
- Dudo que suspendan la competencia ahora que la Orden ha perdido a uno de sus miembros.- dijo el moreno. – Ahora más que nunca necesitan de la competencia para renovar su equipo.
- Me encantaría escuchar lo que piensas respecto a todo esto, hermanito.- dijo Lily, mirando a Albus con agudeza.
El moreno se encogió de hombros.
- Pienso que el asesinato de Gothias Gozenbahg es, indudablemente, una provocación; un desafío, una amenaza.- dijo Albus, y todos parecieron escucharlo con atención, como si sus palabras fueran las más importantes de la mesa. – la muerte de un miembro de la Orden desestabiliza el poder, hace ver a la Orden endeble. Y si la comunidad mágica no siente seguridad en su organismo principal, ¿en qué otro?
Lyssander se aproximó a la mesa con parsimonia. Tenía ambas manos introducidas en su pantalón y parecía despreocupado por los asuntos recientes.
- ¿Qué tal todo?- les preguntó.
- Ahí.- respondió Fred.
- Podría ser mejor.- dijo Louis.
Lyssander asintió con algo de desinterés y clavó sus ojos celestes en Dominique.
- ¿Has visto a Roxanne?- le preguntó.
Dominique negó con la cabeza.
- No. En realidad no.- dijo la rubia.
Lyssander aceptó la negativa y tomó una manzana de la mesa de Gryffindor. Fred sonrió.
- ¿Tan pronto se te está perdiendo mi hermana?- le preguntó.
Lyssander rió y caminó hasta estar justo atrás del pelirrojo. Luego, de forma inesperada, le dio una palmada fuerte en la espalda que estuvo a punto de hacer que el gryffindoriano escupiera la comida.
- Qué gracioso eres.- le dijo Lyssander. – Qué bueno que en unos cuantos años seremos familia.
Fred tosió un par de veces.
- Lo ansío.- dijo con sarcasmo, y sonrió, esta vez de forma genuina.
- ¿Todo esto sucedió ayer y recién lo difunden hoy?- preguntó Dominique, leyendo con atención el diario. - ¿Por qué?
- Seguramente estaban esperando el momento oportuno.- dijo Louis.
Dominique lo miró como a un niño.
- Claro Louis; porque siempre hay un momento oportuno para hablar de un asesinato a un líder mágico.- le dijo con sarcasmo.
- ¡Hey!- exclamó Louis a su hermana, ofendido. – Te está haciendo mal pasar tanto tiempo con Roxanne.
Lucy se acarició la trenza.
- ¿Creen que tío Ron y tía Hermione estén de acuerdo con que Rose continúe en la competencia?- preguntó la hufflepuff.
- No.- respondió Hugo inmediatamente. – Por supuesto que no.
- Lamento bajarte de tu nube, Hugo.- dijo Lily. – Pero poco importa en esto lo que tus padres tengan por decir.
Hugo no miró a Lily y la ignoró. Era evidente que estaba molesto. Lily entornó los ojos: supo al instante que aún estaba resentido por la discusión que habían tenido en el corredor.
- Lily tiene razón.- dijo Albus, apoyando ambos codos sobre la mesa. – La Orden es la Orden. Y la competencia no es solo una competencia: es un evento legal que acaba con el posicionamiento de una persona en el cargo mágico más alto de nuestra sociedad. Nadie puede pararlo.
Más allá, en la mesa de slytherin, Megara revisaba El profeta con atención. Alexander estaba a su lado, los dos casi empujándose para leer el diario. Lorcan, quien estaba sentado frente a ellos, le arrebató el periódico a un alumno de cuarto año, quien solo refunfuñó por lo bajo pero no se atrevió a reclamar.
- Vaya, vaya.- dijo Lorcan mientras leía. – Cada vez las cosas se ponen más extrañas en el mundo mágico, ¿no lo creen?
- Ya lo creo.- dijo Megara, mordiéndose el pulgar mientras seguían con avidez la lectura. – Me pregunto si Scorpius estará bien…
- Claro que lo está. – dijo Alexander. – Él siempre está bien. Ni siquiera debe estar realmente asustado.
- Pues yo sí estoy asustada.- dijo Megara, mirando a sus amigos con el ceño fruncido. – Son demasiadas cosas en el mundo mágico, demasiados…incidentes. Es como el granizo antes del huracán.
- ¿Creen que eso es lo que estén pretendiendo? ¿Asustar a la gente?- preguntó Lorcan. – Es decir, es lógico pensarlo: primero, se revela el mundo mágico a los muggles, luego, los ataques aislados, ahora, la muerte de un miembro de la Orden. – los ojos celestes de Lorcan brillaron. –…es como una conspiración. ¿Lo imaginan?- preguntó, entusiasmado. – Tratan de desviar la atención de los magos y brujas hacia estos pequeños problemas, y luego, ¡BOOM!
Megara le arranchó el periódico a Lorcan y lo miró represivamente.
- ¿Pequeños problemas?- preguntó la morena con sarcasmo. - ¿Hablas en serio? ¿Te parece que estos incidentes son…pequeños?
- Comparado con lo que puede venir, sí.- dijo Lorcan, tomando un poco de jugo.
- Scamander, eres mala compañía durante las tragedias.- dijo Alexander. – Me deprimes.
Megara suspiró y miró al techo. El cielo aparecía despejado y brillante.
- En verdad, espero que Scorpius esté bien.
4.-
Me llamo Rojo
Habían pasado ya tres horas. Tres largas y extensas horas. Y Rose no había logrado prender fuego ni a uno solo de sus dedos.
Había permanecido sentada sobre sus talones, en el suelo, inmóvil, temblando; convenciéndose a sí misma que no había marcha atrás, que debía superar aquella monstruosa prueba o lo perdería todo; no solo la competencia de Merlín, sino el respeto por sí misma. Si perdía lo primero, quedaría devastada. Si perdía, además, lo segundo, no habría posibilidad alguna de recuperación.
Si había algo que Rose no toleraba era el fracaso. En eso, Scorpius y ella eran iguales. Sin embargo, aquel año se había dado cuenta de que sus victorias, absolutamente todas, eran insignificantes al lado de las del slytherin. Scorpius había tenido que trabajar duro para ganarse el respeto de los de su casa, de los profesores, y del colegio. Ella, en cambio, había llegado con dos apellidos que la colocaban por encima del resto. Sus compañeros siempre la habían aceptado, los profesores también; no había tenido que esforzarse demasiado para demostrar que era brillante, pues era eso lo que habían estado esperando de ella al ser hija de Hermione Granger. Aquel año se había dado cuenta de que al lado de Scorpius, ella era una niña con poca experiencia en asuntos difíciles; una niña con poca experiencia saltando grandes obstáculos, simplemente porque jamás los había tenido. Eso la había deprimido durante bastante tiempo, y la había hecho sentirse débil.
Y ahora, tenía la oportunidad de superar sus debilidades: si lograba hacer lo que la bruja líder le había exigido, si lograba incendiarse a sí misma, no solo superaría sus miedos, sino que también se demostraría a sí misma que estaba hecha de una coraza dura, tan sólida como la de Scorpius, y que podría sobrevivir a cualquier embate.
Pensando en aquello, Rose se daba ánimos a sí misma para continuar. Aún así, su cuerpo temblaba como una hoja al viento.
No lograba entender cómo había conseguido salir ilesa de aquella hoguera. Había sido quemada viva con fuego mágico, y no tenía una sola marca en su cuerpo para probarlo. Recordaba muy bien el dolor: había sido indescriptible, agonizante, insufrible. Fue un dolor que se anidó en cada poro de su piel y se expandió hasta sus órganos. Había, sin duda alguna, sentido lo que era ser quemada viva; pero no había muerto, ni siquiera resultado levemente herida. Rose no podía explicarse lo sucedido, y por ello estaba confundida. Aún así no tenía mucho tiempo para pensar en el asunto: tenía que usar sus poderes, y sus poderes involucraban el fuego. Era hora de dejar de temer lo inevitable.
El problema era que Rose no sabía si podría controlarlo. La pelirroja recordaba muy bien el incendio cuando era una niña, y cómo no pudo hacer nada para replegar las llamas que quemaban su habitación y amenazaban con herir a Hugo. Era cierto que en ese entonces ella era solo una niña, y que no sabía con certeza que el fuego había provenido de sí misma; pero después, en Hogwarts, en las clases de Control Mágico, se había atrevido a usar pequeñas llamas, y éstas se expandían por doquier sin que ella pudiera apagarlas. El fuego nacía de Rose, pero luego cobraba libertad y autonomía y hacía lo que quería sin que ella pudiera evitarlo.
Rose miró sus manos. Si quería dominar el fuego, debía aprender a dominar el dolor. El dolor era lo único que las llamas podían producirle; si lograba vencer esa barrera, podría tomar control de su poder y tendría las mismas posibilidades de Scorpius de ganar la tercera prueba.
Rose cerró los ojos. Sus manos temblaron espasmódicamente.
Soltó un leve grito y cejó caer su cabeza y brazos sobre la tierra, llorando. Su cuerpo entero temblaba. Respiró profundo, haciendo todo lo posible por dominar el miedo, y se sentó recta otra vez sobre sus talones, erguida. El sol quemaba su cabeza. Elevó sus dedos a la altura de su rostro y abrió los párpados. Sus ojos azules se clavaron en la suave piel de sus manos. Mientras apretaba los dientes tensando las mandíbulas. Cada músculo de su cuerpo estaba contraído por la tensión.
Un ligero rayo amarillo brilló en su iris azul.
La yema de su dedo índice se prendió fuego, y éste se extendió hasta el nudillo, cubriendo el dedo en su totalidad. El dolor fue inmediato e insoportable. Rose gritó mientras gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas. Rápidamente el fuego se extinguió de su mano, pues el dolor la desconcentró y no le permitió mantenerlo. Ella era el combustible, y de ella dependía que las llamas se expandieran. Rose se dejó caer nuevamente sobre la tierra, derrotada, adolorida, atemorizada, y abrazó sus rodillas en posición fetal; temblando.
Era demasiado difícil.
Era imposible.
Me llamo Negro
Scorpius estaba bañado en sudor y su respiración se mantenía entre cortada y agitada. Llevaba más de tres horas enlazado a aquel roble, y no había logrado obtener resultado alguno. Conforme los minutos iban pasando, el dolor se hacía más intenso en sus costillas. Casi podía sentir cómo éstas estaban a punto de romperse, trituradas por la presión de aquellas gruesas raíces que lo envolvían. No solo el dolor y la presión lo afectaban, sino también el sofocante calor y la imposibilidad de respirar con normalidad. Su cabeza había empezado a dolerle por la falta de oxígeno, y sus ojos no enfocaban bien nada a su alrededor. Ya no podía sentir sus brazos.
Y eso, sin contar la nueva situación a la que había sido expuesto tan pronto Hyorin y su padre desaparecieron de vista.
Al parecer, el roble tenía otros métodos de extraer la sangre de su víctima hasta el preciado momento de la trituración. Scorpius había sentido, no sin intenso dolor, cómo la punta de una raíz se había clavado en su espalda baja, y desde entonces había sentido cómo, lentamente, su sangre le era drenada. Consciente de que podría morir allí, hizo todo lo que pudo por ejercer su poder sobre las raíces que lo aprisionaban, pero éstas no le obedecían. No era en lo absoluto como los árboles del bosque prohibido en Hogwarts. Estaba realmente en un grave aprieto.
Nunca antes Scorpius Hyperion Malfoy se había sentido cercano a la muerte. La sensación era terrorífica. El slytherin no dejaba que el dolor y el agotamiento lo vencieran precisamente por el temor que sentí a morir; si se desvanecía debilitado por la falta de oxígeno, sangre y por el dolor, seguramente no volvería a despertar.
Hacía ya una hora que no sentía sus brazos.
Scorpius hacía lo que podía por mantener la calma; consideraba una muestra de vulnerabilidad y debilidad imperdonable permitir que el miedo lo poseyera. Casi se sentía avergonzado de encontrarse tan exaltado como estaba y no haber conseguido resultado alguno.
Las raíces que rodeaban su torso tensaron más su presión contra el tronco.
Un sonido ligero, seco, y un dolor punzante al lado derecho hizo que Scorpius gritara fuertemente, y que su grito se extendiera hasta las copas de los árboles de la selva.
Una de sus costillas se había roto.
5.-
La biblioteca estaba algo llena para el gusto de Megara. Nuevamente –y muy a su pesar- había tenido que volver a aquel sitio. Le estaba yendo mal en Aritmancia, y si quería pasar la materia, debía empezar por llenar los vacíos que su desconcentración en clases había provocado. Por supuesto, prestaría los libros necesarios y se dirigiría directamente a su sala común. Detestaba la biblioteca. Encontraba el lugar bastante categórico. Estaba hecho para el estudio, y únicamente para ello. Prefería estudiar en el campo de quidditch, o en su sala común. En un lugar en donde no le negaran hablar demasiado alto, o comer; y que no oliera a la colonia de su abuela.
Estaba sacando un libro de una estantería cuando vio a Albus Potter en el corredor charlando con una chica de ravenclaw. La chica estaba sonrojada y reía con torpeza. Se despidieron casi inmediatamente, y el moreno siguió su camino hacia la misma estantería en la que estaba la slytherin. Cuando levantó la mirada, sus ojos verdes se encontraron con los oscuros de la morena.
Megara, quien había tenido el libro abierto entre sus manos, lo cerró con un sonido seco y entornó los ojos. Se dispuso a caminar en sentido contrario pero la voz de Albus la detuvo.
- Megara, ¿podemos hablar?- le preguntó en un tono bastante casual.
La morena bufó.
- No eres nada perceptivo. – dijo ella, mirándolo de frente, en un tono sarcástico que simulaba ser amable. – Hablar contigo es precisamente lo que estoy evitando.
Albus, quien tenía un libro bajo el brazo, lo depositó sobre la mesa sin dejar de mirarla.
- Sino hablamos, no podremos aclarar nada.- dijo el moreno con gran serenidad. – Y por lo que me dijiste ayer en el pasillo, asumo que estás malinterpretándome.
Megara soltó una risa corta.
- Potter. Guárdatelo.- le dijo, y continuó su camino pasando al lado de él y alejándose.
Albus se volteó con algo de hastío.
- ¿No crees que ya estamos bastante grandes para esto?- le dijo.
Megara se detuvo bruscamente y giró.
- ¿Perdón?- preguntó, sin comprenderlo.
Albus dio tres pasos hacia ella.
- Esto.- le dijo. – Pelear como niños. No sé si es así como estás acostumbrada a solucionar problemas, puede que sea así, no te conozco.- dijo el moreno sin alterarse en lo absoluto. – Pero yo no. Yo no peleo. No encuentro inteligente el sarcasmo, tampoco me impresionan las actitudes infantiles. No voy a seguir insistiendo si no quieres hablar, pero te recomiendo que termines de leer el artículo de Zeller. Si vas a enojarte, al menos que sea por una buena razón.
Y con esto, Albus recogió su libro y caminó hacia la estantería, como si no hubiese tenido más que una charla sobre el clima con la slytherin.
Megara se mantuvo quieta, con la boca semiabierta, incapaz de ordenar sus ideas o de encontrar algo apropiado qué decir. ¿La había llamado inmadura? ¿infantil? ¿era eso lo que le había dicho? Megara se sentía ofendida, pero a la vez, dolida; no precisamente por las palabras de Albus, sino porque no tenía nada qué decir al respecto. El moreno no la había insultado, tampoco agredido, ni siquiera se había comportado de forma desagradable con ella; sus palabras eran tan honestas y directas como siempre, sin tapujos, respetuosas pero verdaderas. Y lo peor de todo, era que estaban en lo correcto.
Cuando Megara entendió esto último, en silencio, dio media vuelta y se alejó.
Camino a la salida de la biblioteca cruzó un corredor en donde, si no hubiera tenido su mente en otra parte, habría visto a Alexander. El slytherin estaba con una chica de hufflepuff, besándola sin importarle en lo más mínimo que el lugar no fuese el apropiado. El nombre de la chica era Romina Fuher. Había tenido más de un encuentro sexual con ella desde quinto curso. Alguna vez, Romina había querido ser más que una novia casual, pero Alexander fue enfático cuando le explicó que él no estaba listo para aquello. En realidad, evitó decirle que además de no estar listo, jamás comenzaría una relación con una chica tan banal como ella. Eso se lo reservó para sí mismo. No quería herir sus sentimientos que –aunque no muy profundos- seguro los tenía.
Desde entonces, Romina los buscaba de vez en cuando de forma casual y sin ningún compromiso. Aquella tarde, después de clases, le había enviado una nota por medio de una chica de slytherin pidiéndole que se encontraran en la biblioteca. Alexander no se entusiasmó demasiado con la cita: tenía algunas materias en las cuales debía ponerse al día si no quería reprobar innecesariamente –las materias no le resultaban difíciles-, pero le pareció grosero no ir aunque fuera un momento para disculparse con Romina. El plan era explicarle que debía hacer deberes y quedar para otro día, pero las cosas no salieron como el slytherin las planeó. Romina tenía sus formas de persuasión, y eran formas muy eficaces.
Así que allí estaba Alexander, besando a Romina contra una estantería mientras la chica aferraba sus dedos en su cabello castaño y lo halaba de su corbata verde slytheriana.
Y entonces, una voz dulce y ligera que reconoció al instante lo hizo detenerse abruptamente.
- Madame Prince, ¿han prestado el libro de arte mágico renacentista?- preguntó Lucy en el pasillo contiguo. Alexander, aún con Romina pegada en la estantería y confundida, miró por entre los libros.
Lucy estaba al otro lado.
- No, querida.- dijo Madame Prince. – Nadie pide ese libro. Debe estar donde siempre.
- Muchas gracias.- dijo Lucy, sonriendo.
La pelinaranja dio la vuelta y caminó hacia el pasillo.
- ¡Mierda!- soltó Alexander y empujó lejos de él a Romina justo a tiempo, pues Lucy cruzó diagonal a ellos y los vio.
La hufflepuff sonrió ampliamente.
- Hola Alex, ¿qué haces aquí?- le preguntó.
Alexander miró a Romina. La chica se sostenía el brazo derecho que accidentalmente se había golpeado cuando el slytherin la empujó. Parecía furiosa.
- Vine a ver unos libros, para hacer unas tareas.- dijo el castaño, tratando de ocultar su nerviosismo con una amplia sonrisa. – Ya sabes, lo de siempre.
- Ya veo.- dijo Lucy, acariciándose la trenza y sonriéndole con amabilidad. – Bueno, ¡nos vemos!
Alexander suspiró, aliviado, al verla alejarse hacia la sección de arte. Pegó la espalda contra la estantería y cerró los ojos, pensando en lo cerca que había estado de ser descubierto. No quería meter a Rose en problemas, pero aquella farsa de ser gay estaba empezando a molestarle profundamente.
Cuando abrió los ojos, Romina había desaparecido.
- Genial.- murmuró para sí mismo.
Con pesadez caminó hacia la sección de arte, tras los pasos de Lucy. La encontró en una mesa, leyendo atentamente y tratando de abstraerse de las pequeñas risitas que soltaba una chica de Ravenclaw en una mesa cercana mientras un chico le hacía cosquillas con una pluma.
Alexander volteó una silla y se sentó en ésta, justo frente a Lucy. La pelinaranja levantó la mirada y al encontrarse con los ojos verdes del slytherin sonrió.
- ¿Pasa algo?- le preguntó ella. – Pareces decaído.
Alexander negó ligeramente con la cabeza. No podía explicarle que probablemente se había ganado el odio de una chica por empujarla lejos de él mientras se besaban, todo para ocultárselo a ella.
- No es nada. Ya se me pasará.- dijo el castaño. – No es importante.
La risa de la ravenclaw en la mesa de enfrente se volvió sonora de repente, pero se apagó al instante cuando el chico le tapó la boca. Lucy miró al ravenclaw y entornó los ojos.
- Odio a esa clase de chicos.- comentó mientras volteaba una página.
Alexander volteó y miró al muchacho. Era Frederick Swan. Lo conocía, aunque no eran amigos.
- ¿Esa clase de chicos?- preguntó el castaño, interesado. - ¿Qué clase?
Lucy lo miró a los ojos.
- ¿Sabes que esa chica es la tercera con la que lo he visto en esta semana?- le preguntó. – Esa clase de chicos. Esos que tienen más novias que pares de zapatos.
Alexander se aclaró la garganta y se sonrojó levemente, algo avergonzado por la alusión inconsciente de la hufflepuff.
- No veo qué puede tener de malo eso.- dijo el slytherin, sintiendo la repentina necesidad de justificarse. – Es decir, si es aceptado por ambas partes…no siempre todos quieren estar en una relación.
- No entiendo.- dijo Lucy. – ¿Quieren besarse y tocarse con una persona pero no compartir una relación con ella?
- Sí.- dijo Alexander. – Una relación implica algo más complicado que solo…
- Sexo.- completó Lucy. – Puedes decirlo, no soy mojigata.
Alexander levantó un poco las cejas, sorprendido. En realidad no se había dado cuenta de ello, pero la imagen que tenía de Lucy era precisamente esa, la de una chica excesivamente inexperta y pudorosa.
Lucy suspiró.
- Lo que pasa es que siempre que veo a chicos así me da la impresión de que son inmaduros y evitan tener una relación estable por miedo.
Alexander sonrió.
- ¿Miedo?- le preguntó, sintiéndose algo ofendido, pero sin demostrarlo. – No creo que ese sea el caso en lo absoluto.
- Ayúdame a entender, entonces.- dijo Lucy, cerrando su libro. – Explícame.
Alexander se aflojó un poco la corbata y apoyó sus codos sobre la mesa.
- Es simple.- dijo el castaño. – Los hombres son mucho más…físicos, que las mujeres. Y con esto no digo que las mujeres no sean sexuales, solo que, usualmente, los hombres tenemos más urgencia respecto a ello. Es hormonal. Y a veces, los hombres solo quieren satisfacer esa necesidad.
Lucy lo miró con algo de incomprensión.
- Pero…todo eso lo pueden hacer si tienen una novia.- dijo la pelinaranja, con inocencia.
Alexander sonrió. La ingenuidad de Lucy le parecía extrañamente encantadora.
- Sí, pero, cuando un chico comienza una relación con una chica, usualmente es porque disfruta hacer con ella más cosas que solo satisfacer sus necesidades físicas.- dijo el castaño. – No todos funcionan así, pero, algunos lo hacen. Creo que tal vez la clase de chicos que no te agradan son más honestos que otros y no prometen cuando no tienen intención de cumplir.
- Puede ser.- concilió Lucy. – Aún así no me agradan. – los ojos avellana de la hufflepuff se iluminaron de repente al abrir el libro. – Wow…me alegro no haber tomado el tomo de pintura renacentista… ¡Tienes que ver esto!
Alexander no se movió de su puesto.
- ¿Qué cosa?- le preguntó con algo de desinterés.
Lucy lo miró a los ojos.
- Ven.- le dijo. – En verdad, vale el esfuerzo de ponerte de pie.
Alexander se desperezó y lentamente se levantó como si tuviera una mochila de ladrillos sobre la espalda. Tardó unos segundos en dar la vuelta a la mesa y sentarse al lado de Lucy, pero cuando sus ojos se fijaron en la página del libro, el color verde de sus irises se intensificó.
Lo que vio fue una pintura que capturó todos sus sentidos. Los colores, las formas, había algo en aquella imagen que lo conmovió, algo invisible, una belleza intangible. Leyó la nota al pie: decía, "La virgen, de Gustav Klimt". Era la pintura de varias mujeres retozando entre mantos mosaicos. Parecía sencillo, simple, pero algo profundo emanaba de los colores y de los rostros suaves, adormecidos, de aquellas mujeres.
Lucy y Alexander permanecieron en silencio observando la imagen durante varios minutos, cuando el slytherin salió de su abstracción volteó a ver a la hufflepuff. La pelinaranja continuaba viendo la imagen y en su mirada podía percibirse la admiración con la que lo hacía. Era como si, una vez más, Lucy pudiera ver más allá de las cosas, mucho más allá de lo que él podía.
- Es fantástico, ¿no te parece?- preguntó la pelinaranja, sin dejar de mirar la pintura.
Alexander se dio cuenta, de repente, que estaba realmente cerca del rostro de Lucy. Podía ver su piel blanca, sin gota alguna de maquillaje, y sus facciones como con una lupa. Sus ojos verdes recorrieron con inocente interés la pequeña nariz de la chica, y sus labios con forma de corazón. Se dio cuenta de que las pestañas de Lucy eran largas y claras, tan claras que parecían invisibles. La veía como hacía unos pocos segundos había estado mirando la pintura de Kilmt; no como un hombre solía mirar a una mujer aceptablemente bonita, sino con la distancia y el ascetismo con el que se observa una pieza de arte.
- Klimt…- dijo Lucy, leyendo la nota al pie. - ¿Cómo puede ser que recién lo descubra? Debe ser un pintor muggle.
Alexander volvió a mirar la pintura.
- Mira.- le señaló. – Estás ahí.
Lucy observó a la mujer de cabello naranja que dormía en la parte superior de la imagen y se percató de que, sorprendentemente, tenía un aire a ella.
- Vaya.- dijo sonriendo, divertida por el descubrimiento. – Es mi cabello.
Alexander pasó la página y los dos miraron absortos el siguiente cuadro cuyo nombre era "Danae". Era, otra vez, una mujer de cabellos naranjas, semidesnuda entre mantos mosaicos.
- Otra vez, eres tú.- dijo Alexander, sonriendo. – Eres la musa de Klimt.
Lucy rió por lo bajo, intentando no hacer ruido. Los dos voltearon la página. Esta vez se detuvieron por más tiempo. La pintura se llamaba "El beso", y era otra vez aquella mujer de cabellos naranja, pero esta vez estaba casi completamente cubierta por un manto mosaico, y junto a ella estaba un hombre quien, gentilmente, posaba un beso sobre el rostro adormilado de la chica.
- Es…hermoso…- soltó Lucy, cautivada, y sus ojos de repente se llenaron de lágrimas. – Pero no sé por qué, me hace sentir triste…
Alexander se mantuvo en silencio pues no quería decir nada inapropiado, pero la pintura, a pesar de su excepcional belleza, le produjo gran incomodidad. Supo de inmediato a qué se debía: el hombre que depositaba el beso sobre la mejilla de la chica tenía el cabello castaño oscuro y rizado, como el de Ben Wilson. El slytherin frunció ligeramente el ceño. La sensación que le produjo aquella imagen fue como la de usar zapatos una talla más pequeños y trotar por los campos de Hogwarts con ellos.
- Los otros me parecen más interesantes.- dijo el castaño tomando la punta de la hoja del libro. - ¿Te parece si pasamos la página?
Lucy miró al slytherin a los ojos por unos segundos, algo aturdida, sin saber muy bien qué responder.
- Está bien.- dijo la pelinaranja, finalmente. – Nadie puede quedarse en la misma página de un libro por siempre.
6.-
Rojo & Negro
Faltaba poco menos de una hora para que el sol se ocultara otra vez trayendo la oscuridad a la selva de Avalon y dándole la bienvenida a la bestia.
Faltaba poco tiempo, y ni Rose ni Scorpius habían logrado lo que se les había exigido para volver a estar a salvo antes de que la noche llegara.
Los dos podían sentirse, pero no podían pensar el uno en el otro. Creían que ninguno podía estar viviendo o experimentando algo peor que lo que vivían y por ende, ignoraban las sensaciones ajenas. Debían pensar en ellos mismos si querían sobrevivir; de modo que, por primera vez en mucho tiempo, tanto Rose como Scorpius se olvidaron el uno al otro.
Rose temblaba sobre la tierra, bañada en sudor, boca arriba, con sus ojos azules clavados en el cielo rojizo de la tarde, húmedos, llorosos, pero ya sin derramar una sola lágrima. Su cuerpo tremulaba ya no solo por el miedo, sino por el dolor que había tenido que soportar tras las numerosas ocasiones en las que intentó prenderse fuego a sí misma, alcanzando en la más exitosa a encender su brazo entero; sin embargo, el intenso dolor acababa por nublar su mente, su entendimiento, su fuerza, y entre gritos el fuego iba amainando hasta desaparecer, y entonces solo quedaba Rose, temblorosa, adolorida, asustada, débil.
Y con el extinguir de las llamas, el martirio debía comenzar otra vez.
Rose estaba agotada tanto física como psicológicamente. Su extremidades temblaban víctimas de la tortura a las que las había mantenido sometidas durante horas. No había probado bocado desde hacía ya casi dos días, solo aquella sábila nutritiva que había bebido a medias el día anterior. Allí, echada boca arriba como un cadáver, podía ver cómo el cielo iba tiñéndose de rojo, naranja y violeta, anunciándole el acabose de la tarde y el comienzo de la noche.
El cielo parecía estar incendiándose.
La respiración de Rose se volvió densa y pesada, mucho más rápida de lo que ya estaba. El ritmo de su corazón tomaba una velocidad apremiante. Cerró los ojos con fuerza y gritó como si estuviese partiéndola en dos.
Su grito se elevó y se extendió por la selva; Rose pegó a la tierra con sus puños cerrados, aún boca arriba, inmersa en la frustración, el dolor y la agonía. Ya ni siquiera era el miedo lo que la paralizaba e impedía conseguir su propósito; era el dolor, el maldito dolor que extenuaba su cuerpo y la desconcentraba al poco rato, provocando que las llamas cedieran hasta desaparecer. ¿Cómo mantenerse concentrada? ¿Cómo seguir produciendo el fuego cuando su cuerpo era martirizado? ¿Cómo despejar la mente cuando lo único en lo que ésta podía pensar era en el intenso y agónico dolor?
Todo estaba en la mente, todo dependía de ello y permanecía allí; su poder, sus miedos, el dolor. Tenía que poder educar su mente, el problema era que el tiempo del que disponía era ridículo: había escuchado de magos, brujas, incluso muggles que soportaban intenso dolor sin emitir un solo grito y permanecían inmóviles, a veces cantando, leyendo, realizando otras actividades, de modo que no era imposible hacer que su cerebro se dividiera en dos: una parte que soportara el dolor, y otra que mantuviera la concentración necesaria para seguir expandiendo el fuego por su cuerpo. Estaba segura de que era posible. Pero, ¿podría hacerlo en los pocos minutos que le restaban?
Scorpius, muy lejos de allí, también hacía lo que estaba en sus manos por ignorar el dolor.
También trataba de ignorar la debilidad que sentía adueñarse de cada una de sus extremidades mientras su sangre continuaba siendo drenada. Si hubiera podido verse a sí mismo, sin duda alguna se habría alarmado: su rostro había empalidecido y, cubierto por gotas de sudor, semejaba más al de un cadáver que al de un joven de 17 años. El dolor de su costilla rota era intenso, pero lo era aún más cada segundo, cuando las raíces incrementaban la presión en su torso, triturando su cuerpo, sus huesos, como si fuese un insecto. Había intentado establecer conexión con el árbol, ordenarle –como hacía con los del bosque prohibido- que se moviera a su voluntad. Sin embargo, a pesar de sentir el roble, de percibir claramente su magia, no podía en lo absoluto manipularlo. Debía ser un roble bastante viejo y por tanto, contener una magia natural antigua y sólida; difícil de penetrar.
La cabeza de Scorpius cayó y su mentón golpeó su propio pecho. La levantó inmediatamente con gran esfuerzo, negándose a sí mismo la derrota. No podía fracasar. No podía morir.
Entonces, una mano suave le acarició el rostro. Scorpius abrió los ojos y se encontró con Hyorin, quien lo miraba muy de cerca, arrodillada frente a él.
"Papá me envió a buscarte", le dijo, "Quiere saber qué tal te está yendo"
Scorpius encontró fuerzas suficientes para esbozar una media sonrisa débil.
- De maravilla…- murmuró de forma casi inentendible.
"No puedo ayudarte. Esto debes hacerlo por ti mismo, ojos de mercurio", dijo le dijo Hyorin.
- Creo que moriré…- soltó, agónicamente el rubio, cerrando los ojos para que éstos no lo cansaran más de lo debido.
"No morirás." dijo Hyorin "No aquí, no hoy. Ese no es tu destino. Tienes que salvarte a ti mismo hoy. Ni mi padre ni yo sabemos cómo vas a hacerlo, pero lo harás, porque hoy no es el día de tu muerte. Así que sabemos que hoy, no perecerás entre las raíces de este árbol."
Scorpius no dijo nada. No creía demasiado en el destino. Odiaba las clases de adivinación, y todo lo que fuera supersticioso lo irritaba, así que las palabras de Hyorin no le traían ningún alivio. Tenía que escapar de aquel árbol en ese mismo instante, costase lo que le costase.
"Por eso papá no tuvo miedo de dejarte a merced de El Gran Triturador", le dijo Hyorin, poniéndose de pie. "Es el árbol más peligroso y más fuerte de todo Avalon. Su magia es antigua y muy poderosa. Papá dijo que sería perfecto para poner a prueba tu poder natural."
Scorpius soltó otro pequeño quejido al sentir cómo una nueva costilla empezaba a romperse. ¿En verdad aquella chica estúpida estaba diciéndole todo aquello como si nada? Era mejor que aquel árbol acabara por tragárselo vivo de una vez, porque de lo contrario, si lograba escapar, Hyorin correría serio peligro.
Scorpius apretó las mandíbulas conteniendo un grito de dolor. No, no iba a permitir que un estúpido árbol anclado en una estúpida isla poblada por estúpidas tribus acabaran con él. Ese no podía ser su fin.
El rubio levantó la cabeza y abrió los ojos. Hyorin retrocedió un paso al ver cómo lo gris en la mirada de Scorpius había casi desaparecido dando paso a un color negro espeso. Su pupila se había dilatado hasta casi cubrirlo todo.
- Voy… a ganar… esta…competencia….- murmuró de forma casi inaudible pero firme. – No voy a morir hoy.
Y entonces, Scorpius clavó sus dedos en la tierra como dardos.
Al mismo tiempo, en otro lado de la isla, los miembros de la otra tribu organizaban todo lo necesario para el ritual nocturno que los protegía de la bestia. Colocaban ya caminos alrededor del sector por el que transitaría el fuego mágico con despreocupación, acostumbrados a la labor diaria que significaba aquello. La líder miró al cielo: lo violeta estaba superando lo rojo. En unos cuantos minutos, la noche los abrasaría.
A unos veinte metros, Rose hizo su aparición.
Los miembros de la tribu la miraron, extrañados y confundidos, como si no supieran bien si debían recibirla o no. La bruja líder fue una de las últimas en percatarse de la presencia de la pelirroja, y cuando lo hizo, la miró inexpresiva. Rose permaneció de pie a la misma distancia. Su cabello rojo caía como resórteres sobre sus hombros, y su cuerpo temblaba ligeramente. Estaba pálida y sudada, evidentemente extenuada; pero había algo en sus ojos azules y grandes que desencajaba con el resto, una especie de fuerza que no había antes, y que la bruja encontró desconcertante.
La bruja elevó su voz para que todos, incluída Rose, la escucharan:
- Soy mujer de palabra, niña.- le dijo. – Si no has conseguido lo que te pedí esta mañana, te sacaremos del nuestra área y deberás arreglártelas sola con la bestia. El sol está poniéndose.
Todos los de la tribu se mantuvieron quietos, mirando a Rose con la misma indiferencia e inexpresividad con la que la bruja líder lo hacía.
A varios kilómetros de distancia, Hyorin mantenía sus ojos verdes clavados en Scorpius.
El slytherin tenía los ojos abiertos, negros como dos pozos, mientras que sus dedos habían desaparecido entre la tierra. Hyorin no dijo nada ni hizo nada cuando sintió la tierra temblar, primero ligeramente, luego, como si cientos de elefantes estuvieran dirigiéndose hacia ella. Se volteó observando a su alrededor, buscando en la selva de dónde provenía aquello que parecía acercarse a gran velocidad bajo tierra. Entonces, sin que pudiera preverlo, la tierra bajo sus pies se elevó como una pequeña ola y ella tuvo que esforzarse manteniendo el equilibrio para no caer. La ola subterránea se adelantó hacia donde estaba Scorpius, y solo entonces, el motivo del temblor emergió del suelo.
- Por todo Avalon…- murmuró Hyorin.
Cientos, miles de raíces gruesas y delgadas, largas y cortas, salieron de la tierra y empezaron a envolver y trepar por el Gran Triturador. El temblor en la tierra no se detenía y a cada segundo llegaban nuevas raíces que emergían de la tierra como lanzas poderosas y trepaban por el enorme roble. Eran las raíces de muchos árboles; eran las raíces de todos los árboles de la isla.
- Está…- murmuró Hyorin. - …está invocándolos a todos los demás…
Al otro lado de la isla, Rose permanecía inamovible de su lugar, quieta, silente, con los ojos clavados en los de la bruja pero sin justificar de ningún modo su repentina aparición. La bruja líder pareció cansarse, y tras dar dos pasos adelante, le dijo:
- Si no lo has conseguido, si es por eso que guardas silencio, esperando clemencia, bien puedes ahorrarte cualquier tipo de súplica.- le dijo. – No estamos para…
De repente, el camino que la tribu había preparado alrededor de la aldea como protección se encendió con llamas cortas, pero constantes. Pronto, todo el sector estuvo rodeado por ellas, asegurándolos.
La bruja miró a Rose y esbozó una media sonrisa.
- Conozco tus habilidades, niña.- le dijo. – Pero no fue eso lo que te pedí. No fue esto lo que acordamos como condición esta mañana. Tus trucos, por más talentosos que sean, no me impresionan con tanta facilidad.
Entonces, Rose cerró sus ojos y respiró profundo. Con gran lentitud y precisión fue despegando sus brazos de su cuerpo y elevándolos, poco a poco, como si fuera un ave a punto de desplegar sus alas.
Todos en la tribu soltaron sonidos de asombro cuando las dos manos de la pelirroja se encendieron como dos bolas de fuego, y luego, contuvieron la respiración cuando elegantemente el fuego fue subiendo en espiral por la piel blanca y brillante del antebrazo de Rose, escalando hacia su hombro, esparciéndose por su torso, pelvis, piernas, pies, hasta que las llamas fueron subiendo como serpientes domadas por el frágil cuello de la gryffindoriana, continuando por su mentón, y justo antes de que cubrieran los párpados cerrados de Rose, éstos se abrieron.
La bruja líder vio el azul intenso de su mirada antes de que las llamas en espirales de fuego tragaran por completo la cabeza de la pelirroja.
Nadie sintió el ligero temblor bajo sus pies, pues sus ojos estaban clavados en la joven de fuego, cuyos brazos extendidos simulaban a un fénix apunto de renacer. Pero lo cierto era que la tierra temblaba, y lo hacía en toda la isla mientras las raíces de los árboles eran convocadas por Scorpius.
Hyorin, frente al rubio, se mantenía boquiabierta y sonriente, maravillada por el escenario que tenía ante sus grandes ojos verdes. El roble triturador había sido totalmente cubierto por las raíces de la mayoría de los árboles en Avalon, y éstas lo apretaban con fuerza, clavándose en la madera vieja del roble, dañándolo. Scorpius no cedía; sus dedos continuaban clavados en la tierra mientras el Gran Triturador se retorcía aún con su presa atrapada, negándose a soltar su fuente de alimento. Sin embargo, las raíces continuaban llegando y clavándose como lanzas en el roble, atacándolo, torciéndolo.
Scorpius soltó un grito de dolor cuando las raíces del triturador por fin cedieron y lo soltaron. Aquella raíz que había estado en su espalda salió con brusquedad, causándole también intenso dolor. El rubio se arrastró lejos del roble, pero aún con sus manos clavadas en la tierra continuó haciendo que las cientos de raíces castigaran al Gran Triturador. El espectáculo era admirable: parecían cientos de látigos de madera enlazando, ahorcando, y apuñalando al roble que había estado a punto de asesinar a Scorpius. Los ojos negros del rubio estaban ahora clavados en el roble que le había causado tanto pesar mientras continuaba manipulando a las otras raíces que cobraban venganza por sus manos.
Al otro lado de la isla, las llamas que rodeaban el cuerpo de Rose en espirales parecían danzar sobre la piel de la pelirroja. Ya no se la veían en lo absoluto, pues a medida que pasaban los segundos, las llamas se intensificaban y simulaban mantos rojos que volaban con el viento. Los miembros de la tribu fueron inclinándose ante ella como piezas de dominó hasta quedar arrodillados en el suelo, todos rodeando la figura del fénix rojo en el que Rose se había convertido. Era un círculo de adoración, un círculo de profundo respeto ante el poder mágico que se alzaba frente a ellos.
La bruja líder permanecía de pie, con los labios entre abiertos y una expresión de completa sorpresa y admiración en su rostro. Miraba a la pelirroja cubierta en llamas: Rose estaba quieta, serena, libre, como si lo que recorriera su cuerpo no fuese más que agua.
- Al fin…- murmuró la líder. – Ha despertado.
A kilómetros de distancia, el Gran Triturador se encogía, torciéndose sobre sí mismo, atacado por cientos y miles de raíces. Y el ataque hubiera continuado de no ser que el dolor y la pérdida de sangre hicieron que Scorpius perdiera el conocimiento. Hyorin vio cómo la cabeza del rubio cayó sobre la tierra y sus ojos se cerraron.
Las raíces se fueron encogiendo, retirándose y regresando a su lugar natural.
Del Gran Triturador no quedó más que un trono torcido, cortado y sangrante.
7.-
Después de cenar, Roxanne fue directo a su sala común. Quería descansar de inmediato: estaba realmente agotada. Había pasado el día en clases, y cuando por fin había salido de ellas, tuvo que ayudar a una chica de primero con sus materias pues la jefa de la casa Ravenclaw se lo había pedido. No solo estuvo ocupada a tiempo completo, sino también preocupada. Su mente no podía dejar de pensar en Rose y en lo sucedido con el asesinato de Gothias Gozenbagh. Había recibido la noticia de parte de Dominique durante clases y desde entonces el tema no había dejado de rondar por su cabeza. Roxanne no solía preocuparse, pero tenía un presentimiento extraño, no sabía si era bueno o malo, pero en todo caso, era algo que la forzaba a pensar en el asunto.
Cuando llegó a su sala común respiró, aliviada. Algunos ravenclaws aún jugaban junto a la fogata o conversaban en las mesas. La morena fue directo a las escaleras y se dirigió a las habitaciones. Estaba contenta de que, por disposición general desde el año pasado, todos los alumnos que estuvieran en cursos inferiores a sexto podrían tener habitación propia. Durante los últimos años las salas comunes habían sido remodeladas, especialmente el sector de las habitaciones. En Ravenclaw, por ejemplo, habían creado todo un ala nueva de cuartos. Ya no tenían que estar tan apretados como antes, lo cual resultaba bastante cómodo. Era bueno llegar y descansar sin que nadie pudiera interrumpir su sueño.
Entró a su habitación y dejó sus cosas en una mesita sin prender la luz. Se sacó la túnica y se aflojó la corbata. Caminó con su varita encendió la luz y entonces, saltó y pegó y pequeño grito.
Lysander se encontraba de pie, apoyado contra una pared, mirándola. Roxanne se llevó una mano al pecho.
- ¿Quieres dejar de hacer eso?- le preguntó, molesta. - ¿Es que acaso la palabra PRIVACIDAD no significa nada en tu vocabulario?
Lysander sonrió.
- No, en realidad no.- dijo el rubio.
Roxanne, aún bajo los efectos de su sobresalto, bufó. El ravenclaw caminó hacia ella parsimoniosamente.
- De cualquier forma, es tu culpa.- dijo el rubio. – Eres tú quien ha desaparecido del mapa. Me obligaste a venir a buscarte. Por cierto, tienes una ropa interior muy….interesante.
- ¡Lysander!- exclamó la morena, sonrojándose y enojada. - ¿Revisaste mis cajones?
El rubio enlazó sus brazos alrededor de la cintura de Roxanne y la pegó a él. Ella trató de empujarlo, pero no funcionó. Sus ojos celestes estaban clavados en los oscuros de la morena.
- Chocolate…- le dijo casi en un susurro, y depositó un beso corto en el cuello de Roxanne. - ¿En dónde has estado?
Roxanne cerró los ojos y tragó saliva. Quería responder, pero Lysander había empezado a darle besos en el cuello y la sensación que sus labios le producían era abrumadora.
- Tuve…que…ayudar a una chica de primero…- murmuró entrecortadamente mientras el ravenclaw la apretaba aún más contra su cuerpo y continuaba besándola en el cuello. - …me lo pidieron…
Roxanne se estremeció cuando sintió la humedad de la lengua de Lysander sobre su clavícula.
- Ayer en la biblioteca…- susurró el rubio mientras dejaba correr su mano por la parte baja de la espalda de la morena. - Me ignoraste.
Lysander mordió suavemente el cuello de Roxanne y ella soltó un gemido.
- …estábamos estudiando…- murmuró ella. – Estabas con Emiliana.
Lysander sonrió y acercó sus labios a la oreja de Roxanne, rozándolos con el lóbulo de su oreja. La morena estuvo a punto de perder el equilibrio.
- No me digas que estás celosa, Chocolate.- le susurró.
Roxanne lo empujó y caminó hacia en espejo en donde fingió estar interesada en arreglarse el cabello negro y lacio. En realidad, solo quiso escapar rápido de los brazos de Lysander antes de que, desconcentrada por sus caricias, dijera algo de lo cual después se avergonzaría.
- No soy celosa.- dijo la morena con naturalidad.
Lysander se cruzó de brazos y sonrió ampliamente.
- Me extrañaste tanto como yo.- le dijo el rubio. – Admítelo.
Roxanne se volteó y lo miró a los ojos en silencio durante algunos segundos.
- ¿En serio revisaste mis cajones?- le preguntó.
Lysander rió.
- No evadas la conversación.- la reprendió.
La morena le sacó la lengua y le dio la espalda. Lysander cortó la distancia y la apretó contra sí, haciéndole cosquillas.
- ¡Lysander no!- exclamaba la morena entre risas. - ¡Para! ¡para!
- Primero di que me extrañaste.- le ordenó el rubio sin dejar de hacerle cosquillas.
Los dos cayeron sobre la cama, Roxanne riendo al borde de la asfixia y Lysander in dejar de mover sus dedos por el cuerpo de la morena.
- ¡Basta! ¡Te extrañé! ¡Te extrañé!- exclamó la morena.
Lysander dejó el ataque a un lado y cayó sobre ella, sonriendo. Sus narices se acariciaron un par de veces mientras se miraban a los ojos a milímetros de distancia. Lysander depositó un beso lento y profundo en los labios de Roxanne. La morena arqueó la espalda cuando la lengua del rubio penetró su boca. Lysander perdió el aliento y rodó lejos de la morena, a un lado de la cama hasta quedar boca arriba con los ojos cerrados.
- ¿Pasa algo?- preguntó Roxanne, mirándolo.
- Todo.- dijo Lysander, esbozando una sonrisa en su rostro. – Por eso me alejé. Es mejor que me vaya.
El rubio abrió los ojos y se puso de pie. A Roxanne no pareció gustarle la idea.
- No soy una niña, ¿sabes?- le dijo ella, sentándose sobre la cama y sacándose la corbata.
- No, no lo eres.- dijo el rubio sonriendo. – Pero, estás en quinto, y soy tu primer novio. Solo no quiero que hagas algo de lo que después te arrepientas. – Lysander caminó hacia la puerta. – No tengo prisa. De cualquier modo, serás mía.
Roxanne lo vio salir y cerrar la puerta tras de sí. Bufó y se dejó caer sobre la cama. Decidió que, antes de dormir, tomaría un baño.
Con agua muy fría.
8.-
Día 3 (y reminiscencias de día 2) de Rojo y Negro
Parte 1
Scorpius y Rose tuvieron experiencias fuertes con la llegada de la noche del día dos. Ambos consiguieron usar sus poderes, explotarlos a un nivel que no sabían podían llegar a alcanzar. Rose, por su parte, aquella noche mientras se convertía en una flameada figura roja, pudo sentir en su interior una adrenalina que la alejaba del miedo y del dolor que siempre había padecido por culpa de su poder. Allí, frente a la tribu inclinada ante ella, se sintió como nunca antes se había sentido. En sus venas corría sangre caliente, hirviendo, podía sentir el poder envolviéndola y ella controlándolo. Jamás se había sentido tan completa, tan segura de sí misma, tan satisfecha de sus logros. Esa noche, bajo las llamas, nadie pudo ver que Rose lloraba; no del dolor ni por el miedo, sino por la inmensa alegría que cobijaba su corazón como con una manta tibia. Solo entonces se dio cuenta de que durante años, desde lo sucedido en su infancia con el incendio, había vivido con terror de sí misma, atemorizada 24horas al día, presa del espanto. Se había acostumbrado a vivir así de tal manera que no conocía lo que era ser libre de aquel peso psicológico. Aquella noche, Rose se liberó de esas cadenas, y lloró porque el sabor de la libertad, de la ausencia de miedo, era el más dulce y tibio que existía.
Después de demostrar que había conseguido lo pedido, Rose, agitada, permitió que las llamas –las cuales habían empezado ya a debilitarse- cedieran en su cuerpo hasta desaparecer. Pudo sentir su corazón latiendo como un tambor y sus extremidades temblando, como si hubiera corrido kilómetros de distancia sin detenerse ni un segundo. Se sintió débil, y estuvo a punto de desfallecer. Uno de los miembros de la tribu, un hombre alto, musculoso y de tatuajes violentos, corrió hacia ella y la sostuvo. Inmediatamente la cargó en sus brazos como si fuera una pluma.
- Binädon me nüdug.- dijo la bruja líder.
Rose fue conducida a la cúpula de descanso, ese refugio que compartía con la líder de la tribu. Le dieron agua, sábila, y frutos frescos que devoró con ansiedad. Antes de acostarse a descansar, unas mujeres la bañaron con agua fresca, masajeando su cuerpo, ayudando a que éste dejara de temblar. Rose permitió que la tocaran sin ninguna reserva; su timidez parecía haber cedido ante el cansancio. Con los ojos cerrados dejó que la vistieran nuevamente con pieles y le exprimieran el cabello. Mientras se acostaba en el tapete de piel, cálido, que la llamaba al sueño, escuchó la voz de la bruja líder dirigiéndose a ella:
- Quisiera saber…el proceso.- dijo la bruja. – Tú proceso para hacer lo que hiciste.
Rose, acostada, con los ojos cerrados, se humedeció los labios y respondió:
- Estaba echada sobre la tierra, temblando, adolorida, agotada, sintiéndome a punto de desfallecer. No sabría decir si era mi cuerpo el que sufría más, o mi mente. ¿Es el miedo algo físico? Al menos, el dolor lo es. El miedo era el dolor de mi mente. – hizo una pequeña pausa y continuó: - Lo intenté una y otra vez sin conseguirlo…soportar el dolor era difícil, pero lo que realmente me impedía incendiarme era que el dolor no me permitía concentrarme. No podía dividir mi cerebro en dos: una parte que soportara el dolor, y otra que extendiera las llamas. Pensé que no lograría hacerlo…pero entonces…tuve una idea.- Rose abrió los ojos, mas no miró a la bruja sino al vacío. – Pensé que…tal vez…sí conseguía creer que solo el fuego acabaría con el dolor que sentía, mi mente, en defensa propia, trataría de mantener la concentración para que el fuego me cubriera por completo y así terminar con el sufrimiento. Lo curioso fue que…una vez que empezó a funcionar y el fuego bajó de mis hombros a mi pecho, el dolor en realidad fue cediendo. Era como si, mientras menos fuego hubiera en mi cuerpo, más doloroso fuera; y si las llamas iban cubriendo espacios amplios entonces la agonía desaparecía.- Rose volvió a cerrar los ojos. - El fuego…brillante y rojo…me abrazó con suavidad y gentileza, y el dolor se volvió secundario, como nubes alrededor de un sol resplandeciente…
La bruja guardó silencio durante varios segundos. Notó que Rose ya no estaba con ella, sino en el mundo de los sueños. Se acercó y retiró el anillo planteado del dedo de la pelirroja. Lo colocó al lado de Rose, sobre el tapete de piel.
- Esta noche, necesitas descansar.- murmuró.
Y así, al otro lado de la selva de Avalon, Scorpius permanecía inconsciente; agotado, exhausto, mientras Hyorin junto con otras mujeres lo bañaban y atendían sus heridas con magia sanadora. El líder de la tribu estaba sentado en una gran silla de roca, esperando a su hija. Tan pronto Hyorin acomodó a Scorpius para que durmiera plenamente, acudió al llamado de su padre.
- ¿Es cierto lo que dicen?- le preguntó a la joven. – Que invocó a todos los árboles de la isla…
Hyorin asintió, sonriendo.
- Comprendió que no podría hacer que El Gran Triturador lo soltara, así que buscó otro método.- dijo ella. - ¿Es él, no es así? Es el de la profecía.
El líder miró al vacío.
- Está entonces, en nuestras manos prepararlo todo lo que podamos en el poco tiempo que nos queda.- dijo el mago. – De ello depende que el futuro esté lleno de luz, o sumergido en las tinieblas.
Hyorin esbozó una media sonrisa.
- ¿Crees que hicimos bien al no decirle nada de lo que sabemos de su amiga?- preguntó la joven. – Quizás debemos advertirle que…
El líder levantó una mano en el aire, silenciando a su hija.
- No es nuestro deber revelar el futuro.- dijo el anciano. – Nosotros solo tenemos que ayudarlo en su transformación, nada más.
Hyorin asintió, y después de despedirse de su padre fue a la estancia en donde descansaba Scorpius. Le acarició la cabeza y depositó un beso en sus labios. Luego, como una niña, se acomodó a un lado del cuerpo tibio del rubio.
Pasaron la noche juntos, dándose calor. La calidez del cuerpo de Hyorin arrulló a Scorpius, y no despertó sino dos horas después de que el sol había salido en el exterior.
Toda la noche, Scorpius tuvo el mismo sueño de hacía ya varias noches atrás. Él estaba sentado en un gran mueble dentro de una habitación de tapiz barroco. Miraba un cuadro que le resultaba misterioso: el óleo de un bosque siendo consumido por intensas llamas. Luego, las manos de Rose resbalaban por su pecho y aparecía ante él, con su uniforme de Gryffindor, y algo distinto en su mirada. Era deseo, era una mirada lujuriosa que no parecía pertenecer a ella, pero a la vez, tenía su marca; única e irrepetible. La pelirroja, al igual que el sueño anterior, se sentó en su regazo con las piernas abiertas. Él, igual que antes, acarició su muslo. Ella, repitiendo la misma secuencia, cerró los ojos disfrutando de la caricia. Atrás de ellos, nuevamente, las llamas salieron del cuadro y empezaron a incendiar el muro, aniquilándolo.
Agitado y algo asustado, como si hubiese tenido una pesadilla y no un sueño erótico, Scorpius se despertó. Al principio no pudo ver con claridad lo que lo rodeaba. Hyorin se había levantado y lo miraba a poca distancia, con incomprensión.
- ¿Estás bien, mercurio?- le preguntó.
Scorpius, recordando en dónde estaba, se tranquilizó y pasó una mano por su cabello rubio. Inmediatamente, las imágenes de lo sucedido el día anterior regresaron a su cabeza: El Gran Triturador, el esfuerzo sobrehumano que tuvo que hacer para invocar a los árboles de la isla; la magia que había sentido recorriéndolo durante el proceso. Se preguntó por qué no había vuelto al pasado en sus sueños. Era evidente que Rose no había usado el anillo. ¿Estaría bien? La sombra de la preocupación volvió a nublar su mente. Trató de percibir a la pelirroja, cerrando los ojos, pero no obtuvo nada de ella, solo el vacío.
- Come.- dijo Hyorin, mostrándole los alimentos que había dejado junto a él. – Cuando termines, empezaremos la segunda parte de tu entrenamiento. Lo has hecho todo muy bien. Muy bien.
Scorpius observó su pecho: sus costillas estaban reparadas. Sin embargo, tenía algunas cicatrices por los cortes que el Triturador había hecho en su piel al apretarlo con sus raíces. Parecían cicatrices de guerra.
Después de devorar lo que le habían ofrecido de desayuno acudió nuevamente al llamado del líder de la tribu. No hubo plática. Scorpius se dejó llevar otra vez por uno de los túneles oscuros. Sin embargo, ahora podía manejarse con facilidad. No tenía idea de por qué, ya que seguía sin ver nada a su alrededor cuando estaba en ellos. El calor era fuerte, pero ya no lo sofocaba. Parecía, de una forma extraña, estar adaptándose a la vida en aquella tribu.
Scorpius se sentía orgulloso de sí mismo. También se sentía, por mucho, más fuerte que cuando había entrado en la selva. Mientras avanzaban por el túnel pensó que, sin duda, aquella era la prueba más difícil y a la vez, más importante que hubieran tenido antes. El slytherin podía desde ya sentirse otra persona. Sabía, estaba convencido de que cuando la prueba terminara, quien emergería de la selva al exterior de Avalon no sería el mismo Scorpius que había entrado. Sería, sin temor a equivocarse, un mejor Scorpius, un mejor competidor. Se preguntaba si era eso a lo que se referían todos con la transformación: el explotar y empezar a controlar sus poderes naturales. Nunca antes se había sentido tan conectado con ellos.
Scorpius no tardó en darse cuenta de que esta vez, en lugar de ascender, descendían por el extenso túnel. Creyó que el centro de la aldea era lo más subterráneo que se podía estar, pero parecía haber estado equivocado. Esos túneles habían sido construidos por las tribus, y por tanto, a donde fuera que éstos lo llevaran continuaba siendo área tribal.
El slytherin se detuvo cuando el líder lo hizo. Era curioso cómo en la oscuridad total ahora podía apreciar siluetas de oscuridad más densa que identificaba como personas. Era como si sus ojos se hubiesen acostumbrado a ver en la negrura más espesa. Estaban en un espacio circular bastante pequeño. La única entrada y salida era aquel túnel por donde habían llegado.
- Ahora que reconoces el origen de tu poder, podrás regresar al mundo mágico y entrenar hasta controlarlo.- dijo el líder. – Lastimosamente, no tenemos tiempo suficiente como para entrenarte con nosotros. El superarte será una labor ardua que deberás llevar a cabo solo.- hizo una ligera pausa, y Scorpius sintió la mirada del mago sobre él. – Solo podemos ayudarte en una cosa más.
Scorpius sintió al líder algo lejano, no estaba seguro de su concreta ubicación. Escuchó su voz dentro de su cabeza:
"Debes agudizar tu oído, tus instintos. La tierra está viva, y debes poder comunicarte con ella. Si no logras hacerlo, serás su esclavo. Si no logras hacerlo, nunca serás quien debes ser"
Scorpius caminó rápidamente hacia el túnel por donde había llegado, pero entonces se dio cuenta de que tal túnel había desaparecido. Estaba en un lugar completamente sellado metros bajo tierra, en la oscuridad absoluta.
El aire empezaba a volverse pesado y escaso.
"Comunícate con la tierra, y encontrarás el camino de vuelta a nosotros."
Y fue lo último que escuchó antes de que el silencio se convirtiera en un pitido agudo en sus oídos.
Parte 2
Rose, por su parte, despertó revitalizada. La sábila, igual que la vez pasada, le había devuelto la energía. Vio el anillo plateado descansando junto a ella y se lo puso. Al recordar lo pasado el día anterior se revisó el cuerpo: las únicas heridas y marcas eran de hacía dos días, cuando había sido capturada por la tribu. Ninguna de ellas eran hechas por el fuego.
Rose supo, al ponerse de pie, que su cuerpo había cambiado. No estaba segura si el cambio había venido del interior y se manifestaba en el exterior, o viceversa; pero estaba convencida de que era diferente. Ella era diferente. Ya no se sentía frágil y quebradiza, como siempre; ya no se sentía como una hoja al viento, inestable y volátil. Esbozó una ligera sonrisa y respiró profundo. ¿Era así como se sentía estar libre del miedo? No podía creer que toda su vida la hubiese vivido como si tuviera un cuchillo contra su garganta, amenazándola. Ahora que sabía que el fuego no podía dañarla y que el dolor se convirtió en un obstáculo soportable, el miedo que antes la consumía al punto del vómito y la pérdida del conocimiento se había transformado en uno controlable; uno que podía -si se esforzaba lo suficiente- ignorar.
Al salir de la cúpula de descanso, Rose recibió los rayos del sol como una caricia cálida sobre su rostro. Estaba orgullosa de su progreso y dispuesta a continuar con lo que hubiese que hacerse: ya nada podía ser peor de lo que había experimentado. Nada.
La bruja líder le sonrió astutamente al verla emerger del refugio. Varios miembros que pasaban cerca se inclinaron ante Rose y la pelirroja hizo un gesto de saludo con la cabeza, confundida por las intensas muestras de respeto que recibía.
La líder le hizo un gesto con la cabeza indicándole que la siguiera. Rose así lo hizo. Pronto llegaron a un nuevo refugio; una cúpula cuatro veces más grande que en la que había descansado. Aquel lugar, totalmente construido por enramados, tenía el aspecto de un auditorio. Rose siguió a la líder hasta el centro y vio, no sin cierta curiosidad, cómo los miembros de la tribu empezaban a entrar al lugar y a, ordenadamente, formar un círculo amplio alrededor de ellas. En cuestión de segundos, la estancia tuvo llena. Y la gente seguía ingresando.
- Tu mente afecta tu realidad.- dijo la bruja líder. – Eso lo descubriste ayer. El dolor, el miedo, todos los obstáculos que frenan tu poder están en tu mente. Domina tu mente, y lo dominarás todo. – la bruja caminaba en círculos alrededor de Rose, perforándola con su mirada. – Aún no puedes controlar del todo tus poderes, eso solo lo conseguirás con el tiempo y el entrenamiento constante. Pero ahora, solo nos queda un día para transformarte en lo que debes ser, y nada mejor para ello que avivar las llamas.
Unos hombres musculosos de tatuajes violentos en su rostro arrastraron, atrás del gentío, algo con unas cuerdas. Rose no podía ver de qué se trataba, pero escuchó el claro relincho de un caballo. Los miembros de la tribu fueron abriéndose poco a poco para darle paso a los hombres y a la bestia que se resistía a ser domada. Rose retrocedió un paso cuando, al fondo de la estancia, vio a un cabello negro como la noche pararse en dos patas, intentando liberarse de las sogas que permanecían atadas a su cuello. Rose vio brevemente la musculatura del corcel, marcada, con algunas cicatrices. Poco a poco los hombres musculosos halaron a la bestia de entre la multitud, y la colocaron en el círculo, frente a Rose y a la líder.
La bruja sonrió.
- ¿Puedes sentirlo?- le preguntó a Rose mientras la pelirroja clavaba sus ojos azules y grandes en el caballo. - ¿Puedes sentir su poder?
Rose no respondió. Su mirada estupefacta estaba fija en los ojos rojos del caballo inyectados de sangre que la miraban con intensa violencia. Por sus fosas nasales salía humo caliente, y su pecho se inflaba cada vez que inhalaba aire para respirar. Sus venas se marcaban como caminos cruzados en su musculatura animal. Más que un caballo, habría parecido un toro, de no ser por su estilizada figura. Rose tenía la impresión de que, de no ser por aquellas gruesas cuerdas que los hombres sostenían con fuerza, aquel caballo sería tan peligroso como una pantera. Quizás más.
- Acércate.- le dijo la bruja. – Tócalo.
Rose miró a la bruja con dubitación. No estaba convencida que acercarse a aquel animal fuera realmente algo seguro. Tragó saliva. No tenía opción: cuestionar los mandatos de la bruja líder no iban a darle ningún resultado. Estaba allí para transformarse, y debía hacer caso a los extravagantes pedidos de los miembros de aquella tribu. Aún recordaba el consejo de Rizieri: "no desafíen a las tribus", les había dicho.
Rose respiró hondo y dio un paso inseguro hacia la bestia. El caballo, aún con sus ojos rojos fijos en ella, no hizo más que botar humo por sus fosas nasales. La pelirroja tragó saliva. "Vamos, Rose", se animó a sí misma, "Esto es un chiste al lado de lo que ya has superado".
Dio otro paso hacia delante, acortando considerablemente la distancia. El caballo relinchó botando fuego por sus fosas nasales, y se paró en dos patas, agitando las delanteras peligrosamente a escasos centímetros de Rose. La pelirroja retrocedió atemorizada hasta golpearse con la bruja líder. La bruja la tomó por los hombros y se colocó frente a ella.
- ¿Sabes qué animal es este?- le preguntó.
Rose negó con la cabeza. En realidad, no lo sabía. Pero estaba convencida de que no era un caballo común y corriente.
La bruja clavó sus ojos oscuros en los azules de la gryffindoriana.
- Es un caballo de fuego.- le dijo. – Un macho cabrío. Una especie rara en nuestras selvas, al borde de la extinción, al menos en Avalon.
Rose miró al caballo, incrédula. La bestia continuaba botando humo por su hocico.
- ¿Sabes por qué te rechazó al igual que lo hace con todos nosotros?- le preguntó la bruja. Rose guardó silencio, ignorante a la respuesta. La líder continuó: - Porque su instinto animal te percibió igual a nosotros. Te colocó en la misma categoría.
Rose seguía sin comprender. Lo que la bruja le decía era demasiado obvio. ¿Por qué el caballo tendría que considerarla diferente, si era, al igual que ellos, un ser humano? Ante los ojos del animal, y de cualquier otro, ella pertenecía a la misma especie humana.
La bruja la miró con seriedad y algo de impaciencia.
- Sigues sin comprenderlo, niña tonta.- dijo la líder. - ¡El caballo de fuego tiene la misma magia que tú posees, todos los animales que manipulen el fuego la tienen!- gritó, caminando alrededor de la pelirroja. - ¡Te rechazó porque no sintió tu magia, al igual que tú no percibiste la de él; te rechazó, porque tu fuego es tan débil que se vuelve casi imperceptible!
El caballo volvió a relinchar, enojado, e intentó soltarse de las sogas pero los hombres halaron más de éstas, domándolo y restringiendo sus movimientos. Rose miró al vacío: era cierto que no había sentido nada del caballo cuando éste ingresó a la estancia. ¿Tendría que haber sentido que sus poderes eran similares? Si así era, entonces, ¿se debía su falta de sensibilidad a que su fuego era débil? La bruja líder tenía razón. Rose sabía que sus llamas eran pequeñas y le costaba gran cantidad de energía mantenerlas vivas durante más de cincuenta segundos. Cuando intentaba llevarse hasta el límite y producir más fuego, la respiración le fallaba y empezaba a descomponerse.
La bruja líder se detuvo frente a Rose.
- Solo podrás avivar tus llamas e incrementar el poder de tu fuego mágico con intenso entrenamiento. Puede tomar años.- le dijo. – Pero, existen otros métodos que pueden ayudarte con más velocidad. Son métodos extremos.
Rose frunció el ceño.
- ¿Cuáles son…esos métodos?- preguntó.
- Asumo entonces que piensas aceptarlos.- dijo la bruja líder.
- Siempre y cuando no involucren ir el contra de mis principios.- dijo la pelirroja.
La bruja sonrió, y poco a poco fue soltando una risa seca y ajena a la situación.
- ¿Principios, dices?- soltó, y volvió a adoptar una expresión seria. – Creí que tus principios estaban centrados en ganar la competencia. ¿No es eso lo que quieres? ¿No es eso lo que me dijiste el día que me rogaste quedar bajo mi tutela, niña estúpida?
Rose miró con desagrado a la bruja, pues encontraba sus palabras ofensivas, y a la vez, bastante cercanas a la realidad. Sí, era cierto que aquellas palabras habían salido de su boca. Era cierto que la competencia era su meta principal.
La bruja líder acortó la distancia y tomó fuertemente a Rose por el mentón, casi clavando sus dedos en la piel de la pelirroja.
- Vi dentro de tu cabeza, recuérdalo.- dijo la bruja. – Sé quién eres y quién puedes llegar a ser. Estás aquí, porque quieres convertirte en lo que debes; porque estás cansada de ser la niña atemorizada, la débil, la quebrantable chica indefensa que cayó en nuestras manos la primera vez. Admiro tus logros, y admito que tu perseverancia te ha llevado más lejos de lo que imaginé. Pero hay un camino largo que debes transitar, un camino que separa el desear algo de conseguirlo. – la bruja acercó su rostro al de Rose y bajó el tono de voz. - Es un camino duro y ponzoñoso, árido, lleno de espinas. Es el camino que separa a los exitosos de los mediocres. Decídelo tú.
Rose se acarició el rostro cuando la líder la soltó bruscamente. Se sentía intimidada y agredida, pero guardó silencio. Recordó las palabras que alguna vez Scorpius le había dicho "Estás acostumbrada a que todos te traten bien…ni siquiera sabes cómo defenderte porque nunca has tenido que hacerlo." En ese entonces a Rose le habían dolido esas palabras, pero admitió que eran ciertas. Si quería ser mejor, debía endurecerse. Resistir mejor las situaciones tensas, y llegar hasta las últimas consecuencias.
Rose miró a la bruja líder a los ojos.
- ¿Qué es lo que tengo que hacer?- le preguntó con voz firme.
La bruja sonrió.
- Debes comer su corazón.
Rose contuvo el aliento y clavó sus ojos en el caballo. No necesitó ninguna explicación para saber que la bruja hablaba del corazón de la bestia. La sola idea le pareció macabra y oscura. Retrocedió dos pasos, meneando la cabeza. La bruja se le acercó.
- Escúchame bien, niña.- le dijo. – Ese caballo es un animal, es puro instinto; su magia es pura, ineducable, natural, indomable. Es eso, esa pureza mágica, esa fuerza instintiva natural lo que tu fuego necesita para avivarse. Comer el corazón de este animal será suficiente para avanzar en tu entrenamiento, lo suficiente para que tus llamas aumenten de tamaño considerablemente, y que tu fuego se vuelva más intenso.- sus ojos estaban fijos en Rose. – No hará de tu fuego el fuego que debe ser, para eso, requerirás más tiempo, más entrenamiento, y sin duda más corazones de animales que tengan en su sangre fuego mágico, animales más elevados que este simple caballo de fuego. Pero, este corazón que te ofrecemos, será suficiente para despertar del todo tu poder, tu magia. Y con ello, tu transformación estará completa.
Rose miró al caballo con los ojos húmedos. La idea de sacrificar a aquel animal le parecía horrible.
- ¿Qué sucederá si me niego a hacerlo?- le preguntó a la bruja.
La líder la miró de forma inexpresable.
- Si te niegas, tu transformación quedará a la mitad y no habrás conseguido despertar tu poder natural.- le dijo. – Y quedarás muy atrás de los pasos de tu amigo competidor.
Rose miró con sorpresa y confusión a la bruja.
- ¿Qué es lo que saben de él?- preguntó la pelirroja, aturdida. No recordaba haberle hablado en lo absoluto de Scorpius.
- Sabemos que está con otra tribu, lejos de aquí, logrando lo que tú no tienes el valor de lograr.- dijo la bruja. – Y lo peor de todo es que él no tiene el potencial que tú tienes; tu rival jamás podrá ser la mitad de poderoso de lo que tú podrías, si no fueras una niña cobarde y estúpida.
Rose desvió la mirada y apretó sus manos en puños. Si no hacía lo que aquella bruja le decía, Scorpius volvería a ganar aquella prueba, dejándola atrás, como siempre. Estaba cansada de dejarse vencer de ese modo, estaba cansada de no ser más que una chica inteligente. Aquella competencia le había abierto los ojos durante aquel año. Se había dado cuenta de que todo lo que había logrado en sus años de estudio había sido relativamente fácil, nada complejo, nada espectacular. Que todo lo que estaba orgullosa había llegado a ella de forma simple mientras que a otros como a Scorpius les había costado duro trabajo. También se había dado cuenta de que lo que realmente valía no era la cantidad de conocimientos que albergara –después de todo, poco le había servido saber tanto de todas las materias a la hora de competir-, sino lo que hiciera con ellos, es decir, las actitudes, acciones y riesgos que tomara para conseguir lo que debía. Tanto le había costado darse cuenta de que debía empezar desde cero, que Scorpius le había tomado la delantera. Simplemente porque el slytherin había aprendido años atrás lo que ella había tenido que aprender en unos pocos meses. Porque Scorpius estaba mas endurecido que ella, y también más dispuesto a tomar riesgos ya hacer lo que era necesario hacer.
Rose cerró los ojos. Aquella competencia era importante para ella. Se lo debía a sí misma: tenía que demostrarse que era más que solo la hija de héroes de guerra. Tenía que demostrarse que más que Rose Weasley Granger, ella era ROSE. Un individuo fuerte y válido por sí mismo. El próximo miembro de la Orden.
"Quiero dedicar mi vida a proteger al mundo mágico, y para protegerlo, debo convertirme en alguien fuerte", pensó, "alguien que cuide bien del mundo que Merlín creó para todos nosotros; un mundo de paz y armonía, un mundo para magos y brujas." Abrió los ojos. "Si no soy una bruja fuerte, no podré proteger a nadie. No podré ser miembro de la Orden."
Rose se humedeció los labios y miró a la bruja.
- Lo haré.
Parte 3
Somos Rojo y Negro
Scorpius cayó sobre la tierra en la oscuridad después de varias horas de estar encerrado. Estaba seguro de que el oxígeno se le estaba acabando pues respirar cada vez era más difícil y, a pesar de que no veía nada, sabía que estaba mareado. No tenía idea de cómo establecer el contacto con la tierra que le permitiría salir de allí. Había intentado lo usual: clavar sus dedos en la tierra y percibir algo vivo que no fueran los árboles, pero eso era lo único que sentía, no a la tierra sino a lo que se alimentaba de ella. Pensó en llamar a las raíces de los robles una vez más, aquello lo rescataría, pero desistió; era cierto que saldría de allí, pero no lograría completar su transformación. No establecería contacto con la verdadera fuente de su poder: la tierra.
De modo que Scorpius se negó a rendirse, aún cuando podía sentir los estragos de la falta de oxígeno en su cuerpo.
Al otro lado de la isla, Rose veía cómo con un afilado cuchillo degollaban al caballo, permitiendo que la sangre corriera por unos canales fuera de la estancia. Los relinchos fueron fuertes y ensordecedores. Casi sin aliento, la vio cómo los ojos del animal seguían clavados en ella mientras la energía lo abandonaba. Rose quiso pedir su varita y acabar con aquello rápidamente. Una Avada Kedavra habría liberado al pobre animal de su agonía. Sin embargo, bien sabía que pedir su varita podría haber sido considerado una ofensa. No debía criticar o desafiar los rituales de aquella tribu. Por los canales en donde era vertida la sangre asumía que no era la primera vez que desangraban a un animal.
Fue claro para Rose el momento en el que la bestia perdió la vida. En ningún momento ella abandonó la mirada roja del caballo, y cuando ésta se volvió artificial, nula, vacía, como dos grandes e inútiles canicas, la pelirroja supo que el animal había muerto. Los otros miembros de la tribu que habían ayudado al asesinato de la bestia no tardaron en saberlo también. Solo entonces se inició la extirpación del corazón.
Mientras esto sucedía, Scorpius, quien empezaba a quedarse inconsciente, escuchó latidos lejanos. No eran los suyos, de eso estaba convencido. Aún en la tierra el rubio pegó su oído contra el suelo y sus manos, palmas abiertas, acariciaron la superficie. Los latidos se volvían más densos, más profundos, más claros para sus tímpanos. Abrió sus ojos grises. Sí, podía sentir los latidos de la tierra. Estaba viva. Se colocó boca abajo, permitiendo que su pecho desnudo tocara el suelo, que sus latidos se mezclaran con los de la tierra. Poco a poco percibió un calor interior, y pudo sentir miles de capas subterráneas, cada una de las que envolvía a la tierra moviéndose. Estaba ahí, vivas, en constante movimiento pero nadie más podía sentirlo, solo él. Scorpius sonrió. De repente, se sintió conmovido. Allí, atrapado, escuchando los latidos de la tierra, percibiendo sus movimientos, entendió que la vida estaba en todas partes, incluso en aquello que parecía inanimado. Pensó que le hubiera gustado que Rose estuviera allí, con él, escuchando lo mismo que él escuchaba. Solo ella habría podido entender lo que él sentía. Quizás ahora, donde sea que estuviera, lo estaba sintiendo.
Pero Rose, a kilómetros de distancia, no sentía lo mismo que Scorpius. Estaba demasiado concentrada viendo el gran corazón que la bruja líder colocaba en sus manos como para percibir la sensación lejana del slytherin. Su mente estaba en otro sitio.
- Debes comerlo todo.- le dijo la bruja mientras soltaba el corazón y éste quedaba, sangrante, en las manos de la pelirroja. – No debe quedar nada de él.
Rose miró el órgano caliente que descansaba sobre sus manos. La sangre caía, cálida aún, por sus muñecas hasta su codo y luego al suelo. Era un pedazo de carne enorme que ocupaba en su totalidad el tamaño de sus dos manos unidas. Al verlo, sintió un profundo asco. Levantó la mirada: los miembros de la tribu la miraban con exigencia y ahora era ella la única que permanecía en el círculo, pues la líder se había unido a los suyos, observándola en silencio.
Rose miró el corazón caliente en sus manos, sangrante; era un corazón de fuego, pensó. Allí, descansando entre sus dedos, despedía una energía extraña que Rose percibía sin dificultad. Había magia en ese pedazo de carne equina. Levantó la mirada nuevamente hacia la tribu que la rodeaba, impaciente, y supo en su interior qué era lo que debía hacer.
- Yo soy fuego.- dijo Rose.
Y le dio una mordida al corazón.
En otro lado de la selva de Avalon, metros bajo tierra, Scorpius se sintió en comunión con su poder. Había descubierto que éste venía del centro de su pecho, en donde se anidaba un calor tibio y que compartía con los movimientos terrestres. No tuvo que esforzarse demasiado; tan pronto estableció la conexión, pudo sentir las capas de tierra moviéndose alrededor de él, y pronto, sin poder ver absolutamente nada sintió claramente un túnel abriéndose y aire puro y fresco penetrando en sus pulmones. La tierra lo estaba liberando. La tierra lo salvaba. Scorpius tosió, y tardó un poco en poder ponerse de pie. Bajo sus pies sentía el movimiento y los latidos de la tierra, más viva que nunca, guiándolo. Su magia natural venía de allí, y el comprenderlo, el sentirlo, lo hacía sentirse por primera vez claro en cuanto a sus habilidades. Por primera vez sabía exactamente quién era él. Su magia lo definía.
Mientras Scorpius emergía por el túnel que la tierra creaba solo para él, Rose masticaba ascéticamente el quinto pedazo de corazón frente a una tribu que la aclamaba y que en gritos de apoyo salvaje le exigían continuar con el ritual. Para Rose, el primer bocado había sido el más difícil. El sabor a sangre y carne y músculo era repugnante. Pero entonces, mientras lo tragaba, una extraña energía empezó a envolverla. Era como lava en su interior, era estimulante, excitante, poderosa. Podía sentir hondas de electricidad recorriéndola, y la fuerza del fuego entrando en ella. A cada bocado, la sensación aumentaba. Podía sentir su propio corazón latiendo velozmente, como un caballo pura sangre corriendo a campo abierto. Escuchaba el clamor de la tribu lejano, como si estuvieran a kilómetros de distancia. Rose podía sentir su propia sangre fluyendo por sus venas, escuchaba cada sonido de su organismo, cada palpitar. Cada vez que ella mordía y desgarraba con fuerza un pedazo del corazón del caballo de fuego, la tribu se enardecía. Voluntariamente daba mordiscos grandes, fuertes, desgarrando el músculo con sus dientes. Poco a poco el corazón iba desapareciendo de sus manos, y la sangre, cayendo al suelo en un charco pequeño. Los ojos azules y grandes de Rose permanecían abiertos mientras comía. La sangre manchaba su boca y sus mejillas. La bruja líder la miraba con inexpresable satisfacción.
A la vez, Scorpius llegaba al centro de la aldea. Allí, pudo ver el árbol luminoso y a toda la tribu reunida, esperándolo. Avanzó hacia el líder.
Rose dio el último bocado. La tribu gritó en ovaciones poderosas. Ella respiró profundamente y sonrió. Sentía una energía poderosa recorriéndola de pies a cabeza. Su pecho se inflaba con nada respirar, como antes lo había hecho el caballo de fuego. El clamor de la tribu se volvió ensordecedor.
A kilómetros de distancia otra tribu también estallaba en ovaciones. Scorpius se detuvo, respirando agitadamente, con el torso desnudo, frente al líder. Todos lo aclamaban, era como si hubiese logrado algo imposible.
El líder sonrió.
- Te dejamos en lo que nosotros llamamos, el agujero negro.- dijo el anciano. – Es en donde la tierra no permite invasión humana, está tan profundo, que ni las raíces de los árboles más grandes lo alcanzan. Nadie jamás ha logrado escapar el agujero negro. Hemos mandado allí a nuestros prisioneros, a traidores. Todos han muerto y la tierra los ha consumido. Eres el único que ha logrado salir de ese lugar.
Scorpius clavó sus ojos grises en el mago.
- Sentí la tierra.- le confesó. – Sentí sus latidos, sus movimientos. Y ella sintió los míos. Fue como si…por unos momentos, nos volviéramos una sola cosa. Como si fuésemos un mismo ser.
El líder asintió.
- Tu poder viene de la tierra.- le dijo. – Tú eres tierra.
Al otro lado de la selva, la bruja líder se abrió paso entre la tribu que ovacionaba a Rose en el centro del círculo. Se detuvo frente a ella, mirándola directamente a los ojos.
- Tú eres fuego.- le dijo. – Ahora que sabes quién eres, te has transformado.
El líder de la otra tribu miró a Scorpius a los ojos.
Ahora que sabes quién eres, tu transformación está completa.
- Te has convertido en lo que debes ser, - dijo la bruja a Rose. – y de ahora en adelante, solo deberás transitar el camino que ha quedado abierto ante ti. Para tu nuevo yo, para tu verdadero yo, hay un nombre con el que hoy vamos a bautizarte.
- El día de hoy, nace un nuevo tú.- dijo el líder a Scorpius, caminando alrededor del slytherin. – Y por ello, te bautizaremos con un nuevo nombre; un nombre que representa lo que eres, en lo que te has transformado.
- De ahora en adelante, tu nombre será tu marca.- dijo la bruja líder.
- De ahora en adelante, tu nombre, serás tú.- dijo el mago líder.
- Desde hoy y para siempre.- pronunció la bruja en voz alta. – Te llamarás Rojo.
- Tu nuevo yo, se llamará Negro.- dijo el líder.
Las tribus estallaron en clamor general.
Rose escuchó las ovaciones fuertes de su tribu y miró con curiosidad a la bruja líder.
- ¿Por qué Rojo?- le preguntó.
- ¿Por qué Negro?- preguntó, a kilómetros de distancia, Scorpius.
Los dos líderes sonrieron antes de responder.
- El negro es la combinación de todos los colores. Es el color de la tierra, que sostiene a todo, que es la base de todo. El negro, también, tiene la cualidad de absorber la luz, la energía, igual que la tierra. Tú eres tierra. Tú, eres Negro.
- El rojo es el color más intenso de todos, el más fuerte, el más enérgico.- dijo la bruja a la pelirroja. – Es el color de la sangre, fluído que corre por las venas de casi todos los seres vivos. También, es el color del fuego. Tú eres fuego. Tú, eres Rojo.
Rose pestañeó varias veces.
- Mi nombre es Rojo…- murmuró para sí misma.
- Mi nombre es Negro.- dijo Scorpius, asumiendo su nueva identidad.
Y mientras Rose y Scorpius eran bautizados, el sol se puso y llegó el final del día 3.
9.-
- ¿Quieres jugar ajedrez?- le preguntó Alexander a Megara mientras se echaba sobre un sillón de la sala común de Slytherin.
La morena, quien tenía un grueso tomo sobre sus piernas, interrumpió su lectura para mirarlo con algo de molestia.
- ¿Es que acaso no ves que estoy leyendo?- le soltó ella.
Alexander miró el libro y levantó una ceja.
- ¿Desde cuándo te gusta leer?- le preguntó.
- ¿Insinuas que soy tonta?- dijo Megara, dedicándole una mirada asesina.
Alexander rió.
- Claro que no.- dijo el castaño. – Estás muy lejos de serlo. Solo que eres más numérica, algebráica, física…lo tuyo no es específicamente la lectura. Al menos de lo que te conozco.
Megara suspiró. Alexander tenía razón, lo suyo no eran los libros. Sin embargo, después de su última charla con Albus no pudo evitar regresar al libro en donde estaba el artículo de Gemina Zeller. Era la tercera vez que lo leía completo aquella noche, y se sentía fatal. Al final del extenso artículo, Zeller hablaba de una convocatoria para cronistas deportivos. Seguramente Albus quería que ella viera eso y participara, nada más. La morena cerró los ojos y volvió a suspirar, llevándose una mano a la frente.
- Alex.- dijo Megara, abriendo los ojos nuevamente y cerrando el libro. - ¿Qué se supone que haces cuando, equivocadamente, trataste mal a alguien que no se lo merecía en lo absoluto?
Alexander se encogió de hombros y la miró despreocupado.
- Supongo que lo maduro es disculparse.- dijo el slytherin.
Megara frunció el ceño y desvió la mirada.
- Eso es humillante.- dijo la morena.
Alexander asintió.
- Sí, implica perder algo de dignidad.- dijo el castaño. – Porque es aceptar delante de otros que te equivocaste. Pero lo repito: es lo maduro.
Megara bufó.
- Odio la madurez.
Alexander lo meditó.
- Tiene sus altos y bajos.- terminó por decir.
La morena se estiró en el mueble y con el libro en los brazos se puso de pie. El castaño la observó caminar hacia el sector de las habitaciones.
- ¿Ya vas a dormir?- le preguntó.
Megara asintió sin darse la vuelta o dejar de caminar.
- Es mejor que descanse y me prepare para perder mi dignidad mañana.- dijo la morena.
10.-
La tercera prueba
La noche del día tres Rose no usó el anillo para dormir. Quería que su cuerpo tanto como su mente descansaran a plenitud, sin nada que pudiera agotarla antes de la prueba. Por ello, tanto ella como Scorpius descansaron profundamente esa noche, lejos el uno del otro.
Al día siguiente, tan pronto el sol se elevó en lo más alto del cielo, las tribus se encargaron de despedirlos.
- Debes alejarte desde ahora de esta área.- le dijo el líder a Scorpius, devolviéndole su varita. – Así, cuando caiga el sol, estarás a gran distancia de la tribu, en la zona céntrica de la selva, donde merodea la bestia.
Por su parte, la otra tribu despidió a Rose con señas de respeto y ausencia de palabras. La bruja líder se le acercó para ponerle la varita en la mano, y justo antes de que la pelirroja diera media vuelta y emprendiera su camino fuera de la tribu, la tomó del brazo y le dijo en voz baja:
- No olvides quién eres, Rojo.- le dijo. – Tus poderes van más allá de lo que imaginas.
Rose la miró con cierta incomprensión que trató de disfrazar manteniendo su rostro inexpresivo. Asintió e hizo un gesto de despedida con su mano. Luego volteó y siguió su camino.
Mientras avanzaba por la selva caminando despreocupadamente, Rose se dio cuenta de que habían pocas cosas que le daban miedo en aquel lugar ahora que había estado en manos de aquella tribu y sobrevivido para contarlo. Cuando recién ingresó, la selva le había parecido un lugar arisco y lleno de posibles peligros. Ahora, el único peligro que sentía tangible era el de la bestia, los otros, eran manejables. Pensó, sonriendo, en que pronto vería a Scorpius. Debía admitir que, durante aquellos largos y duros tres días, lo había extrañado.
Scorpius, al otro lado de la isla, caminaba despreocupadamente también por la selva. En su pensamiento estaba la bestia a la que debía enfrentarse cuando el sol se ocultara, una bestia de la que no sabía absolutamente nada. Tratar de intuir qué especie sería adivinar infructuosamente, al azar. No tenía dato alguno de aquel animal, a excepción de que solo emergía durante las noches, y era extremadamente peligroso.
También, en su mente, ocupaba un gran espacio la ansiedad por volver a ver a Rose.
Al darse cuenta de ello, Scorpius entornó los ojos. "Fueron solo tres días por Merlín", se reprendió a sí mismo. "¿En qué clase de imbécil me estoy convirtiendo?"
Y así deambularon los dos por toda la mañana, dirigiéndose hacia el centro, acortando cada vez más la distancia el uno del otro. La selva, esta vez, les pareció amistosa, fresca, agradable bajo los rayos del sol. Scorpius, al haber estado tanto tiempo bajo tierra, disfrutó más que nunca de la luz y del aire libre. Corrió algunos minutos, saltando por encima de raíces prominentes que emergían del suelo. Rose, en cambio, caminaba sobre las raíces intentando mantener el equilibro, entreteniéndose con sus formas sinuosas. Los dos, aquella mañana, olvidaron los problemas: la muerte de Gothias, el estado actual del mundo mágico, la peligrosa prueba que en unas horas debían enfrentar…Todo desapareció. Solo estaba la naturaleza y ellos, y la buena relación que habían establecido con sus poderes.
Cuando la tarde llegó, los dos vieron al cielo, reconociendo que cada vez faltaba menos tiempo.
Al bajar la mirada, se encontraron el uno frente al otro a metros de distancia.
Se mantuvieron quietos, como estatuas, mirándose. No hubo ni un solo sonido en la selva, ni un solo murmullo. Se miraban a los ojos directamente, pero no decían nada. Aquel silencio extenso se prologó por un minuto entero, entonces, Scorpius pareció salir de su abstracción y tragó saliva.
- Así que sobreviviste sin mí, después de todo.- dijo el rubio.
Rose, a metros de distancia, esbozó una ligera sonrisa.
- A penas.- le respondió.
Scorpius sonrió. Solo escuchar la voz de la pelirroja había llenado su pecho de una calidez que no sabía había perdido a lo largo de esos tres días. Los dos caminaron sin prisa, acortando la distancia, y solo se detuvieron cuando hubo no más de tres metros separándolos. Entonces, manteniendo el espacio entre ellos, empezaron a caminar en un círculo imaginario, mirándose.
- ¿Qué le pasó a tu ropa?- preguntó Scorpius en tono burlón, mirando a la pelirroja de arriba abajo. Tenía prendas de piel que escasamente cubrían su cuerpo, y unas botas de cuero.
- ¿Qué le pasó a la tuya?- inquirió Rose, devolviendo el golpe de sarcasmo. Scorpius sonrió al darse cuenta de que su ropa estaba rota en algunas partes y manchada a pesar de que había sido lavada por la tribu varias veces.
- Supongo que los dos hemos tenido…inconvenientes.- dijo el rubio, mirándola a los ojos.
Los dos se detuvieron y Rose se sonrojó intensamente al sentir algo tibio en la zona baja de su vientre. Pudo ver, claramente, que los ojos grises de Scorpius empezaban a mirarla con una intensidad que poco a poco iba transformándose en deseo. El silencio se volvió aún más denso. Casi podían escuchar sus respiraciones. Ni siquiera se estaban tocando, pero la mirada del slytherin era suficiente como para despertar en Rose una excitación que la hizo sonrojarse y contener el aliento. ¿Cómo podía él causar eso en ella con una simple mirada? ¿Era eso algo normal?
Scorpius, mirándola fijamente pero sin hacer ademán de cortar la distancia entre ellos, rompió el silencio:
- Di que me extrañaste.- le exigió.
Rose se humedeció los labios y tragó saliva.
- ¿Tú me extrañaste?
- Esta vez no voy a ser yo quien lo diga primero.- dijo el rubio, mirándola cada vez con más intensidad. Era como si lo único que lo frenara en cortar la distancia y tomar a Rose entre sus brazos fuera ese deseo de escuchar lo que le exigía. – Esta vez, quiero escucharlo de tus labios.
Rose volvió a tragar saliva. El deseo en su interior crecía desmedidamente y empezaba a marearla. Su respiración se volvió agitada. Quería sentir los labios de Scorpius contra los de ella, sus manos recorriéndola; lo necesitaba. Era un deseo poco pudoroso que la hacía sonrojarse y avergonzarse, pero la parte baja de su vientre ardía y podía sentir la atracción entre los dos como si fueran imanes resistiendo inútilmente su magnetismo natural.
- ¿Por qué me preguntas…?- quiso evadir la pelirroja.
- Rose.- la llamó por su nombre, mirándola con intensidad. – Solo dilo.
- Pero…
- Necesito escucharlo.- le dijo el rubio. En su tono de voz había sinceridad y firmeza. – Necesito saber que no soy el único que está perdiendo la cabeza aquí.
Rose cerró los ojos y suspiró, derrotada. Confesar lo que sentía era, probablemente, una de las cosas más difíciles para ella. Sus inseguridades la hacían sentirse expuesta si admitía sus sentimientos. Scorpius jamás podría entender cuánto le costaba a ella decir lo que él le pedía, porque él estaba lleno de confianza, de seguridad en sí mismo; porque él ni siquiera tenía la seguridad de que sus sentimientos no tuvieran que ver con los anillos. En cambio ella sabía muy bien lo que sentía, y sabía que los anillos nada tenían que ver con ello.
Rose abrió los ojos y miró a Scorpius directamente, de forma penetrante.
- Eres un estúpido, Malfoy….- dijo la pelirroja con suavidad, pero a la vez firmeza. – Te extrañé desde el momento en el que nos separamos… ¿Por qué quieres que te lo…?
Pero Rose no pudo terminar, pues Scorpius cortó toda distancia entre ellos y la besó, colocando ambas manos en el rostro de la pelirroja, acariciándolo, y quitándole el aliento con un beso profundo, hambriento, lleno de necesidad. Rose enlazó sus manos en el cabello rubio del slytherin, enterrando sus dedos en él, y gimió cuando las manos de Scorpius bajaron de su rostro hacia su pecho, masajeando sus senos por encima del ropaje. Scorpius bajó, depositando besos y pequeños mordiscos por el cuello de la gryffindoriana, mientras que con su otra mano soltaba la parte de arriba de la ropa de piel de Rose. Cuando ésta cayó al suelo, los senos redondos, de pezones rosados, como pétalos, aparecieron ante él destruyendo cualquier rezago de autocontrol. El slytherin tomó a Rose entre sus brazos y la elevó hasta que su cabeza estuvo a la altura de sus pechos. Besó uno de sus pezones, succionando y pasando su lengua sobre éste mientras la llevaba hacia un roble. Rose gimió cuando su espalda chocó contra la madera de un árbol. Sus piernas se enlazaron alrededor de la cintura de Scorpius, apretándolo contra ella, sintiendo su erección contra su zona pélvica. A los dos los quemaba algo por dentro, era una necesidad apremiante de sentirse, un deseo incontrolable que pedía a gritos consumarse.
Scorpius no paraba de besar el torso desnudo de Rose; sus hombros, su cuello, su clavícula, sus senos, su barbilla, sus labios, todo parecía poco e insuficiente. Con un brazo la sostuvo contra el tronco, y con la otra se desabrochó y bajó el cierre del jean. Elevó la falda de piel que cubría el sexo desnudo de Rose hasta la cintura de la gryffindoriana, y con un solo movimiento, mirándola a los ojos, entró en ella.
Rose contuvo la respiración y clavó sus uñas en la espalda del rubio.
Algunos pájaros volaron desde las copas de los árboles directo hacia el cielo.
