La historia ni los personajes me pertenecen. La historia es de David Levithan y los personajes son de Stephenie Meyer.


Día 6017

Llevo dos días sin pensar en Nathan, pero está claro que él es incapaz de pasar dos días sin pensar en mí.

LUNES a las 19.30:

Sigo queriendo pruebas.

LUNES a las 20.14:

¿Por qué no me hablas?

LUNES a las 23.43:

¡Esto me lo has hecho tú! ¡Merezco una explicación!

MARTES a las 6.13:

No puedo seguir durmiendo. Me pregunto si vas a volver. Me pregunto qué me harás. ¿Estás enfadado?

MARTES a las 14.30:

Tienes que ser el diablo. Solo el diablo me dejaría así.

MIÉRCOLES a las 2.12:

¿Te haces a la idea de cómo me siento?

Siento el peso de la responsabilidad; un peso con el que es muy difícil lidiar. Me vuelve lento, hace que tenga peores reflejos. Aunque, al mismo tiempo, impide que salga volando hacia el sinsentido.

Son las seis de la mañana. Vanessa Martinez se ha despertado temprano. Después de leer los mensajes de Nathan, pienso en lo que dijo Isabella, en sus miedos. Nathan se merece, al menos, una respuesta:

No volverá a suceder. Te lo aseguro. No puedo explicarte el por qué, pero estoy seguro: nunca sucede dos veces. Siempre salto a otro.

Me responde en dos minutos:

¿Quién eres? ¿Por qué debería creerte?

Sé que corro el riesgo de que, en cuestión de segundos, cuelgue en la página web del reverendo Poole cualquier respuesta que le dé. No quiero darle mi nombre de verdad, pero tengo la sensación de que si le doy un nombre, dejará de pensar que soy el diablo y empezará a verme como lo que soy: una persona, como él.

Me llamo Edward. Tienes que creerme porque soy la única persona que entiende realmente lo que te sucedió.

No me sorprende que responda:

Demuéstralo.

Respondo:

Fuiste a una fiesta. No bebiste. Hablaste con una chica. En un momento dado, te preguntó si querías ir al sótano a bailar.

Quisiste.

Y, durante, aproximadamente, una hora, bailaste. Perdiste la noción del tiempo. Perdiste la noción de ti mismo. Y fue uno de los mejores momentos de tu vida. No sé si lo recuerdas pero puede que, algún día que estés bailando así, te resulte familiar. Sabrás que ya lo has hecho. Lo hiciste ese día que has olvidado. Así es como lo recordarás.

No es suficiente:

Pero ¿qué hacía allí?

No quiero complicar las cosas:

Fuiste para hablar con esa chica. Porque aquel día, querías hablar con ella.

Pregunta:

¿Cómo se llama?

No puedo involucrarla. No puedo explicárselo todo. Así que decido darle largas:

Eso no importa. Lo importante es que, durante un rato, mereció la pena. Te lo estabas pasando tan bien que perdiste la noción del tiempo. Por eso estabas en la cuneta. No bebiste. No tuviste un accidente. Simplemente, te quedaste sin tiempo.

Sé que debiste de pasar miedo. Sé que entenderlo es difícil. Pero no volverá a pasar.

Las preguntas sin respuesta pueden acabar contigo. Pasa de esto.

Es la verdad, pero no es suficiente:

Para ti sería mejor, ¿eh? Que pasase.

Cada oportunidad que le doy, cada verdad que le cuento, aligera el peso de la responsabilidad.

Simpatizo con su confusión, pero no siento nada hacia su hostilidad:

Nathan, no es problema mío lo que hagas o lo que dejes de hacer. Tan solo intento ayudarte. Eres un buen chaval. Sencillamente, nuestros caminos se cruzaron. Pero, ahora, son divergentes.

Me marcho.

Cierro la ventana y abro una nueva para ver si Isabella aparece en ella. Me doy cuenta de que, aún, no sé a cuánto estoy de ella. Me descorazona saber que está a casi cuatro horas. Le cuento las novedades con un mensaje y, una hora después, me responde que, igualmente, hoy iba a ser difícil que nos viéramos. Así que lo dejamos para mañana.

Mientras tanto, he de contender con Vanessa Martinez. Corre al menos tres kilómetros cada mañana, pero se me ha hecho tarde y hoy tendrá que correr la mitad. Siento cómo me reprende por ello. Durante el desayuno, no obstante, nadie dice nada —es como si sus padres y su hermana le tuvieran miedo—. Este es el primer indicio que tengo de algo que voy a ir viendo una y otra vez a lo largo del día: Vanessa Martinez no es buena persona.

También lo noto cuando se encuentra con sus amigas al llegar al instituto. Ellas también le tienen miedo. No se visten de forma idéntica, pero es evidente que todas siguen las mismas premisas sartoriales, y ya imaginas quién las dicta.

Tiene una personalidad venenosa y me doy cuenta de que incluso yo soy susceptible a ella. Cada vez que se puede hacer algún comentario negativo de algo, todas las miradas se centran en ella, a la espera de un comentario. Hasta los profesores lo hacen. Y me encuentro atrapado en esos silencios… con palabras envenenadas en la punta de la lengua. Me fijo en todas las chicas que no visten de acuerdo a las premisas de Vanessa y me doy cuenta de lo fácil que me sería hacerlas trizas: « ¿Habéis visto la mochila de Lauren? ¿Es que va a comportarse como una niña hasta que le crezcan las tetas? Y, ¡ay, Dios mío!, ¿por qué lleva Felicity esos calcetines? ¿Son de gatitos? Pensaba que solo los pederastas tenían permitido llevar calcetines así. Y, ¿os habéis fijado en la camiseta de Kendall? Creo que en la vida no hay nada más triste que una chica nada sensual vestida con ropa sensual. ¡Qué pena me da! Deberíamos hacer una colecta para ella. Hasta las víctimas de un tornado dirían: "No, de verdad, no nos des a nosotros el dinero, que no lo necesitamos tanto como esa pobre chica"».

No quiero tener pensamientos así. Lo curioso es que cuando me reprimo, cuando impido que Vanessa los haga, no tengo la impresión de que ninguna de las personas que me rodean se sientan aliviadas. Siento, por el contrario, decepción. Están aburridas. Y su aburrimiento es de lo que se alimenta mi mezquindad.

El novio de Vanessa, un deportista llamado Jeff, cree que la chica está rara porque tiene el periodo.

Su mejor amiga y su primera acólita, Cynthia, le pregunta si se ha muerto alguien. Saben que pasa algo, pero nunca sabrán qué es realmente. Evidentemente, no van a pensar que ha sido poseída por el diablo; en cualquier caso, pensarán que el diablo se ha tomado el día libre.

Sé que sería una pérdida de tiempo intentar que cambiase. Podría apuntarla a un comedor caritativo esta tarde pero, mañana, cuando fuera de nuevo, lo único que haría sería reírse de la ropa de los indigentes y criticar la calidad de la sopa. Lo mejor que podría hacer es poner a Vanessa en una situación comprometida para que alguien la chantajeara: « ¿Habéis visto el vídeo de Vanessa Martinez paseándose en tanga por el pasillo mientras canta la canción de Barrio Sésamo? ¿Y cuándo se mete en el baño de las chicas y mete la cabeza en el inodoro?». Pero eso sería ponerme a su nivel y estoy seguro de que usar su propio veneno contra ella misma haría que parte de ese veneno me infectara a mí.

Así que no hago nada por cambiarla. Simplemente, refreno la cólera por un día.

Resulta agotador intentar que una mala persona actúe como si fuera buena. Te queda claro por qué les resulta más fácil ser malos.

Quiero contárselo todo a Isabella. Porque cuando me pasa algo, ella es la persona a la que quiero contárselo. Ese es el indicador más básico del amor.

Tengo que conformarme con el correo electrónico —pero no es suficiente—. Empiezo a cansarme de confiar en las palabras. Están llenas de significado, sí; pero carecen de sensaciones. Escribirle no es lo mismo que ver la cara que pone mientras me escucha. Que me responda al mensaje no es lo mismo que escuchar su voz. Siempre le he estado muy agradecido a la tecnología pero, ahora, me siento como si cada interacción digital me dejara claro la separación que existe entre ambos. Quiero estar allí. Y eso me da miedo.

Todas mis comodidades «desconectadas» habituales empiezan a derrumbarse ahora que he experimentado la comodidad de la presencia.

Nathan también me escribe (me lo imaginaba):

No puedes marcharte ahora. Tengo más preguntas.

No tengo narices de decirle que esa es la manera incorrecta de afrontar la vida. Siempre va a haber más preguntas. Cada respuesta desemboca en más preguntas.

La única manera de sobrevivir es dejar algunas sin respuesta.