Los personajes no son mios
Yo solo espero que los disfrutéis
Tal y como Rosalie, había temido, la impetuosa acusación que hiciera en el baile de los Biers había creado un pequeño pero indiscutible distanciamiento entre ella y su marido. Deseaba disculparse y explicarle que no lo culpaba de nada. No obstante, todos sus esfuerzos por decirle que no se arrepentía de haberse casado con él eran suave pero firmemente rechazados. Emmett, que siempre estaba dispuesto a discutir cualquier asunto, se negaba en redondo a debatir aquella cuestión.
De forma involuntaria, lo había herido con la delicada precisión de un bisturí y la reacción de su marido revelaba cierto sentimiento de culpa por haberla separado del mundo de la clase alta al que ella había soñado una vez pertenecer.
Para alivio de Rosalie, su relación volvió rápidamente a ser como antes: divertida, estimulante e, incluso, afectuosa. Aun así, a ella le preocupaba saber que las cosas no eran del todo iguales. Había momentos en los que Emmett se mostraba un poco retraído con ella, puesto que ahora ambos sabían que tenía poder para herirlo. Parecía que sólo le permitía acercarse hasta cierto límite, y se protegía a sí mismo imponiendo una distancia prudencial entre ellos. De cualquier forma, le prestaba ayuda y apoyo cuando lo necesitaba... y ahí lo demostró la noche en que se presentó un problema que provenía de una dirección inesperada.
Emmett había llegado a casa a una hora inusualmente tardía, tras haber pasado todo el día en la fábrica de la Consolidated Locomotive. Pasar un día en aquel lugar equivalía a regresar al Rutledge con la ropa hecha un desastre y un fuerte olor a humo de carbón, a aceite y a metal.
—¿ Qué has estado haciendo? —exclamó Rosalie, divertida y alarmada a un tiempo por su aspecto.
—Pasear por la fundición —replicó Emmett, que se quitó el chaleco y la camisa tan pronto como atravesó la puerta de su dormitorio.
Rosalie le dirigió una mirada escéptica.
—Has hecho algo más que «pasear». ¿De qué son esas manchas que tienes en la ropa? Da la impresión de que hubieras tratado de construir la locomotora tú mismo.
—Hubo un momento en el que se necesitó algo de ayuda extra.
Su torso, de músculos bien desarrollados, quedó expuesto cuando dejó caer la camisa al suelo. Parecía estar de muy buen humor.
Al ser un hombre fundamentalmente físico, Emmett disfrutaba ejercitándose, sobre todo cuando encaraba la perspectiva de algún peligro. Con el ceño fruncido, Rosalie fue a preparar la bañera en el cuarto de baño adyacente y regresó para descubrir que su marido estaba vestido únicamente con la ropa interior.
Tenía un cardenal del tamaño de un puño en la pierna y una marca roja de quemadura en la muñeca que lograron que Rosalie exclamara con inquietud:
—¡Estás herido! ¿Qué ha pasado?
Emmett pareció momentáneamente perplejo por su preocupación y por la forma en que ella se había acercado a él.
—No es nada —dijo al tiempo que alargaba la mano para atrapar la cintura de su mujer. Ella le apartó las manos y se arrodilló para inspeccionar el moratón de la pierna.
—¿ Con qué te has hecho esto? —inquirió mientras rozaba el borde de la magulladura con la punta del dedo—.Ha sido en la fundición, ¿no es así? Emmett McCarty, ¡quiero que te mantengas alejado de ese lugar! Con todas esas calderas, grúas y cisternas la próxima vez, lo más seguro es que te aplasten, o que acabes hervido, o lleno de agujeros...
—Rosalie... —La voz de Emmett destilaba buen humor. Se inclinó para cogerla por los codos y la ayudó a ponerse en pie —.No puedo hablar contigo mientras estás arrodillada delante de mí de ese modo. No de forma coherente, al menos. Puedo explicarte exactamente... —Se detuvo un instante, y sus ojos oscuros adquirieron un brillo extraño al observar la. expresión de Rosalie—. Estás enfadada, ¿no es cierto?
—¡Cualquier esposa lo estaría si su marido regresara a casa en semejantes condiciones!
Emmett colocó la mano detrás de su cuello y le dio un ligero apretón.
—Estás reaccionando de una manera algo exagerada ante un moratón y una pequeña quemadura, ¿no te parece?
Rosalie frunció el ceño. —Primero dime lo que ha ocurrido y después decidiré cómo debo reaccionar.
—Había cuatro hombres tratando de sacar una plancha de metal de un horno con unas tenazas de mango largo. Tenían que llevarla hasta un bastidor donde podrían enrollarla y comprimirla. La plancha de metal resultó ser algo más pesada de lo que esperaban y, cuando se hizo evidente que estaban a punto de dejar caer esa maldita cosa, cogí otro par de tenazas y fui a ayudar.
—¿Por qué no lo hizo alguno de los trabajadores de la fundición?
—Porque dio la casualidad de que era yo quien se encontraba más cerca del horno. —Emmett se encogió de hombros en un esfuerzo por restar importancia al episodio—. Me hice el moratón al golpearme la rodilla contra el bastidor antes de que consiguiéramos dejar la plancha... Y la quemadura, cuando las tenazas de alguien me rozaron el brazo. Pero no es nada. Yo me curo rápido.
—Vaya, ¿y eso es todo? —preguntó Rosalie—. ¿No has hecho otra cosa que levantar cientos de kilos de hierro al rojo vivo en mangas de camisa?.. Soy una estúpida por preocuparme.
Emmett inclinó la cabeza hasta que sus labios rozaron la mejilla de su esposa.
—No tienes que preocuparte por mí.
—Pues alguien debe hacerlo. —Rosalie era consciente de la fuerza y la solidez de ese cuerpo, tan cerca del suyo. Ese esqueleto de huesos grandes estaba cargado de fuerza y elegancia masculina. Sin embargo, Emmett no era invulnerable, ni tampoco indestructible. No era más que un hombre y a Rosalie le resultó bastante alarmante darse cuenta de lo importante que era su seguridad para ella. Se apartó de él y fue a revisar el agua del baño al tiempo que decía por encima del hombro—: Hueles como un tren.
—Con una chimenea enorme —replicó él, que le pisaba los talones.
Rosalie resopló con sorna. —Si estás tratando de hacerte el gracioso, no te molestes. Estoy furiosa contigo.
—¿Por qué? —murmuró Emmett, que la atrapó desde atrás—. ¿Porque estoy herido? Créeme, todas tus partes favoritas se encuentran en plena forma. —La besó en un lado del cuello.
Rosalie tensó la espalda para resistirse al abrazo.
—Me importa un comino si saltas de cabeza a un tanque de hierro fundido; si eres tan estúpido como para ir a la fundición y no llevar la ropa apropiada...
—Sopa del infierno. —Emmett acarició con la nariz los delicados mechones de la nuca mientras una de sus manos ascendía para encontrar un pecho.
—¿Qué? —inquirió Rosalie, preguntándose si su marido se había limitado a soltar un nuevo juramento.
—Sopa del infierno... Así es como llaman al hierro fundido —Sus dedos rodearon el molde reforzado del pecho, elevado y rígido de forma artificial gracias al armazón del corsé—. ¡Por Dios Santo! ¿Qué llevas debajo de este vestido?
—Mi nuevo corsé modelado al vapor.
Esa ropa interior de moda, importada desde Nueva York, había sido intensamente almidonada y comprimida sobre una superficie de metal, lo que le confería más rigidez a la estructura que la del corsé convencional.
—No me gusta. No puedo sentir tus pechos.
—Se supone que no debes hacerlo —dijo Rosalie con finigida paciencia; puso los ojos en blanco cuando él alzó las manos hasta su pecho para apretar con el fin de comprobado—. Emmett..., el baño...
—¿ Quién fue el idiota que inventó los corsés en primer lugar? —preguntó con un gruñido mientras se apartaba de ella.
—Un inglés, por supuesto.
—No podía ser otro. —La siguió cuando ella se dirigió a cerrar los grifos de la bañera.
—Mi modista me ha dicho que los corsés solían ser túnicas que se vestían como símbolo de servidumbre.
—¿ Y por qué estás tan dispuesta a ponerte un símbolo de servidumbre?
—Porque todas las demás lo hacen y, si no lo hiciera, mi cintura resultaría, en comparación, como la de una vaca.
—Vanidad, tu nombre es mujer —recitó, al tiempo que dejaba caer sus calzones sobre el suelo de baldosas.
—Y supongo que los hombres llevan corbata porque son increíblemente cómodas, ¿ no? —preguntó Rosalie con dulzura, sin dejar de observar cómo su marido se metía en la bañera.
—Llevo corbata porque, si no lo hiciera, la gente creería que soy aún más incivilizado de lo que ya soy.
Descendiendo con cautela, ya que la bañera no había sido diseñada para un hombre de su tamaño, Emmett dejó escapar un siseo de agrado cuando el agua caliente le rozó la cintura. Rosalie se colocó a su lado y pasó los dedos por su abundante cabello mientras murmuraba:
—No saben ni la mitad. Espera..., no metas el brazo en el agua. Te ayudaré a bañarte.
Mientras lo enjabonaba, Rosalie hizo un placentero inventario del enorme y bien ejercitado cuerpo de su marido. Sus manos se deslizaban muy despacio sobre los duros músculos, en algunos lugares abultados y marcados y en otros, suaves y sólidos. Sensual como era, Emmett no se esforzó por ocultar el placer que le proporcionaba y la contempló de forma perezosa a través de los párpados entornados. Se le aceleró la respiración, si bien todavía era bastante regular, y sus músculos se volvieron como el acero debido a las caricias de las yemas de los dedos de Rosalie.
El silencio de la habitación alicatada sólo se veía roto por el ruido del agua y el sonido de sus respiraciones. De forma distraída Rosalie metió los dedos entre el vello enjabonado de su pecho mientras recordaba la sensación que éste causaba sobre sus senos cuando el cuerpo de su marido se movía sobre el suyo.
—Emmett —susurró.
Él alzó los párpados y sus ojos oscuros se clavaron en ella. Una de esas grandes manos se deslizó sobre la de ella para apretada contra los duros contornos de su pecho.
—¿Sí?
—Si alguna vez te ocurriera algo, yo... —Hizo una pausa al escuchar el sonido de una vigorosa llamada a la puerta de la suite. Su ensoñación se hizo pedazos debido al impertinente ruido—. Me pregunto quién podrá ser...
La interrupción provocó que una expresión de contrariedad apareciera en el semblante de Emmett.
—¿Has pedido algo?
Rosalie negó con la cabeza y estiró la mano en busca de una toalla para secarse las manos.
—No hagas caso.
Ella sonrió con amargura cuando los golpes se volvieron más insistentes.
— No creo que nuestro visitante se rinda con tanta facilidad. Supongo que tendré que ir a ver quién es.
Salió del cuarto de baño y cerró la puerta con cuidado para permitir que Emmett se lavara en la intimidad. Caminó a grandes pasos hasta la puerta de la suite y la abrió.
—¡Jeremy!
El placer que sentía se desvaneció al instante al ver la expresión de su hermano. Su rostro adolescente estaba pálido, con la mirada perdida y la boca apretada en una fina línea. No llevaba sombrero ni chaqueta y su cabello estaba completamente despeinado.
—Jeremy, ¿pasa algo malo? —preguntó mientras lo invitaba a pasar.
—Podría decirse que sí.
Al ver el pánico apenas oculto en su mirada, Rosalie lo observó con creciente preocupación.
—Dime qué ocurre.
Jeremy se pasó una mano por el pelo, lo que sólo consiguió que los abundantes mechones de cabello castaño dorado se quedaran de punta.
—La cuestión es que... —Se detuvo un momento con expresión confundida, como si no pudiera creer lo que estaba a punto de decir.
—¿Cuál es la cuestión? —quiso saber Rosalie.
—La cuestión es que... nuestra madre acaba de apuñalar a alguien.
La joven contempló a su hermano con perplejidad. Poco a poco, un ceño fruncido se instauró en sus rasgos.
—Jeremy —dijo con seriedad—, es la broma de peor gusto que jamás has...
—¡No es una broma! ¡Maldición, ojalá lo fuera!
Rosalie no hizo esfuerzo alguno por ocultar su escepticismo.
—¿ Y a quién se supone que ha apuñalado?
—A lord King. Uno de los viejos amigos de papá, ¿lo recuerdas?
De pronto, la sangre desapareció del rostro de Rosalie y una expresión de horror vino a sustituida.
—Sí —se escuchó susurrar a sí misma—. Lo recuerdo.
—Al parecer, el hombre fue a casa esta noche mientras yo estaba fuera con mis amigos, pero regresé a casa temprano y, cuando atravesé el umbral vi la sangre en el suelo de la entrada.
Rosalie sacudió la cabeza ligeramente mientras trataba de asimilar el significado de esas palabras.
—Seguí el rastro hasta el salón —continuó Jeremy—, donde la doncella de la cocina estaba en medio de un ataque de histeria, y el criado trataba de limpiar un charco de sangre de la alfombra mientras mamá permanecía inmóvil como una estatua, sin decir una palabra. Había unas tijeras ensangrentadas sobre la mesa..., esas que usa para la costura. Por lo que pude entender a los sirvientes, King entró en el salón con mamá, se les oyó discutir a voces y después King salió tambaleándose con las manos apretadas contra el pecho.
La mente de Rosalie comenzó a trajinar al doble de su velocidad habitual y sus ideas volaron de forma enloquecida. Lilly y ella siempre le habían ocultado la verdad a Jeremy, quien había estado en la escuela en todas las ocasiones que King había hecho una visita. Por lo que Rosalie sabía, su hermano no tenía conocimiento alguno de que King iba a su casa. Se sentiría destrozado si comprendiera que parte del dinero que pagaba las cuentas del colegio se había obtenido a cambio de...
No, no debía descubrirlo. Ya inventaría alguna explicación. Más tarde. En aquel momento, lo más importante era proteger a Lilly.
—¿Dónde se encuentra King ahora? — preguntó la joven— ¿Es muy grave su herida?
—No tengo la menor idea. Al parecer, se encaminó a la puerta trasera, donde lo aguardaba su carruaje, y lo ayudaron su propio lacayo y su cochero. —Jeremy sacudió la cabeza con frenesí—. No sé dónde lo apuñaló mamá, ni cuántas veces; ni siquiera por qué. Ella no lo dijo... Se limitó a mirarme como si no pudiera recordar ni su propio nombre.
—¿Dónde está ella ahora? No me digas que la has dejado sola en casa...
—Le dije al criado que no la perdiera de vista ni un segundo, y que no la dejara... —Jeremy guardó silencio y dirigió una mirada precavida por encima del hombro de Rosalie—. Hola señor McCarty. Siento mucho interrumpir su velada, pero he venido porque...
—Sí, lo he oído. Tu voz se escuchaba también en la habitación de al lado—. Emmett se quedó allí de pie mientras se introducía con calma los faldones de la camisa en los pantalones, pero su mirada, alerta no se apartó ni un instante de Jeremy.
Al darse la vuelta, Rosalie se quedó helada al ver a su marido. Había ocasiones en las que no recordaba lo intimidante que podía resultar Emmett, pero, en ese instante, con esos ojos inmisericordes y esa falta total de expresión, parecía tan duro como un asesino a sueldo.
—¿Por qué fue King a la casa a semejantes horas? —se preguntó Jeremy en voz alta, con una expresión de intensa preocupación en su rostro adolescente—. ¿ Y por qué diablos lo recibió mamá?
¿Qué la habrá provocado hasta un punto semejante? Debe de haberla molestado de algún modo.
Seguro que ha dicho algo acerca de papá... O puede que incluso le haya hecho una proposición deshonesta, ese asqueroso bastardo.
Durante el tenso silencio que siguió a las inocentes especulaciones de Jeremy, Rosalie abrió la boca para decir algo, pero Emmett negó levemente con la cabeza para silenciarla. Volvió su atención a Jeremy y dijo con voz fría y baja:
—Jeremy, corre hasta los establos que hay detrás del hotel y ordena que enganchen los caballos a mi carruaje. Y diles que ensillen mi caballo. Después de eso, ve a casa para recoger la alfombra y las ropas manchadas de sangre y llévalas a la fábrica de locomotoras: el primer edificio del complejo. Menciona mi nombre y el capataz no te hará preguntas. Allí hay un horno...
—Sí —dijo Jeremy, que comprendió de inmediato—. Lo quemaré todo.
Emmett asintió con brevedad y el muchacho corrió hacia la puerta sin decir otra palabra. Cuando Jeremy abandonó la suite, Rosalie se giró hacia su marido.
—Emmett, yo... quiero ir con mi madre...
—Puedes irte con Jeremy.
—No sé qué hacer con lord King...
—Lo encontraré —dijo Emmett con gravedad—. Tan sólo reza para que la herida sea superficial. Si muere, será endiabladamente difícil tapar todo este lío.
Rosalie asintió con la cabeza y se mordió el labio antes de decir:
—Creí que por fin nos habíamos librado de King. Ni se me ocurrió pensar que se atrevería a visitar a mi madre de nuevo después de que me casara contigo. Al parecer, no hay nada que lo detenga.
Él la agarró por los hombros y dijo con una suavidad casi escalofriante:
— Yo lo detendré. Puedes quedarte tranquila a ese respecto.
Rosalie lo observó con el entrecejo fruncido por la preocupación. —¿Qué planeas hacer al...?
—Hablaremos más tarde. Ahora, ve a coger tu capa.
—Si Emmett—susurró mientras se dirigía al armario.
Cuando Rosalie y Jeremy llegaron a casa de su madre, encontraron a ésta sentada en las escaleras, con un vaso de licor apretado entre las manos. Parecía pequeña, casi una niña, y a Rosalie se le encogió el corazón al contemplar la cabeza gacha de su madre
—Mamá—murmuró al tiempo que se sentaba en el escalón junto a ella.
Colocó un brazo alrededor de la espalda encorvada de la mujer. Entretanto, Jeremy asumió una actitud metódica mientras ordenaba al criado que lo ayudara a enrollar la alfombra del salón y a trasladarla hasta el carruaje que lo esperaba en la puerta. A pesar de la preocupación que la embargaba, Rosalie no pudo evitar darse cuenta de que el muchacho estaba llevando la situación extraordinariamente bien para un chico de catorce años.
Lilly alzó la cabeza y miró a Rosalie con expresión agobiada.
—Lo siento tanto...
—No, no lo...
—Justo cuando creía que todo estaba bien por fin, King vino aquí... Dijo que quería seguir visitándome y que, si yo no estaba de acuerdo, le contaría a todo el mundo el arreglo que manteníamos. Dijo que nos arruinaría a todos y me convertiría en una figura de escarnio público. Lloré y supliqué y él se echó a reír... Entonces, cuando me puso las manos encima, sentí que algo cedía en mi interior. Vi las tijeras cerca y no pude evitar cogerlas y... traté de matarlo. Espero haberlo conseguido. No me importa lo que me ocurra a partir de ahora...
—Calla, mamá —susurró Rosalie, que colocó un brazo alrededor de sus hombros—. Nadie va a culparte por lo que has hecho; lord King era un monstruo y... —¿ Era? —preguntó Lilly sin el más mínimo arrepentimiento—. ¿ Eso significa que ha muerto?
—No lo sé. Pero todo saldrá bien, sin importar lo que... Jeremy y yo estamos aquí, y el señor McCarty no permitirá que te ocurra, nada malo.
—Mamá—dijo Jeremy, que sujetaba uno de los extremos de la alfombra enrollada que el criado y él transportaban hacia la salida trasera de la casa—, ¿sabes donde están las tijeras? —.La pregunta fue realizada de una manera tan casual que uno creería que las necesitaba para cortar el cordel de un paquete.
—Las tiene la doncella de la cocina, creo —replicó Lilly—. Estaba tratando de limpiarlas.
—De acuerdo, se las pediré a ella. —Mientras avanzaban por el vestíbulo, Jeremy dijo por encima del hombro—: Echa un vistazo a tu ropa, ¿de acuerdo? Hay que deshacerse de cualquier cosa que tenga una mancha de sangre.
—Sí, querido.
Escuchándolos a los dos, Rosalie no pudo evitar preguntar se cómo era posible que su familia y ella tuvieran una conversación tan normal de jueves por la noche acerca de cómo deshacerse de las evidencias de un crimen. Y pensar que ella se había sentido superior a la familia de Emmett... Dio un respingo al recordar aquello.
Dos horas más tarde, Lilly se había terminado su bebida y estaba acurrucada a salvo en su cama; Emmett y Jeremy habían llegado a la casa casi a la par. Conversaron por un momento en el vestíbulo. Cuando Rosalie bajó las escaleras, se detuvo a medio paso al ver a Emmett envolver a su hermano en un rápido abrazo y alborotarle el cabello, ya de por sí despeinado. Aquel gesto paternal pareció tranquilizar enormemente a Jeremy y en su rostro se dibujó una sonrisa cansada. Rosalie se quedó helada al verlos a los dos.
Era sorprendente que su hermano aceptase a Emmett con tanta facilidad cuando ella había esperado que se rebelara ante la autoridad de su marido. Le produjo una sensación extraña presenciar el vínculo que se había formado al instante entre ellos, sobre todo sabiendo que no era fácil ganarse la confianza de Jeremy. Hasta ese momento, no se le había ocurrido el alivio que debía suponer para su hermano tener a alguien fuerte en quien apoyarse, alguien que pudiera solucionar problemas que él era demasiado joven para manejar. La luz amarillenta de la lámpara de la entrada se reflejó sobre los oscuros cabellos de Emmett y resplandeció sobre sus pómulos cuando la miró.
Deshaciéndose del perplejo nudo de emociones que la embargaba, Rosalie descendió el resto de los escalones y preguntó: —¿Encontraste a King? Y, si así es...
—Sí, lo encontré. —Estiró un brazo para coger la capa que colgaba de la barandilla y la colocó sobre los hombros de su esposa—. Ven, te contaré todo de camino a casa.
Rosalie se giró hacia su hermano.
—Jeremy, ¿te las apañarás si nos vamos?
—Tengo la situación bien controlada —replicó el chico, lleno de confianza masculina.
Los ojos de Emmett reflejaron una chispa de diversión mientras colocaba una mano en la cintura de
Rosalie.
— Vámonos —murmuró.
Una vez que estuvieron en el carruaje, Rosalie acribilló a su marido a preguntas hasta que él le puso una mano sobre los labios.
—Te lo contaré si eres capaz de guardar silencio durante un par de minutos —dijo.
Ella asintió bajo su mano y Emmett sonrió, inclinándose hacia adelante para reemplazar la mano con la boca. Después de ese beso robado, volvió a reclinarse en su asiento y su expresión se tornó seria.
—Encontré a King en su casa, donde lo estaba atendido el médico de su familia. Y menos mal que aparecí en aquel momento, porque ya habían llamado al alguacil y esperaban su llegada
—¿Cómo conseguiste que los sirvientes te dejaran pasar?
—Me las apañé para entrar en la casa y exigí que me llevaran ante King de inmediato. Había mucha confusión en la residencia y nadie se atrevió a rechazarme. Uno de los criados me indicó el camino hasta el dormitorio de arriba, donde el doctor estaba cosiendo la herida de King. —Un humor siniestro tiñó su expresión—. Por supuesto, podría haber encontrado la habitación gracias a los aullidos y los gritos de ese cabrón.
—Bien—dijo Rosalie con vehemente satisfacción—. Todos los dolores que esté sufriendo lord King no son suficientes ni de lejos, en mi opinión. ¿Qué tal estaba y qué dijo cuando apareciste en la habitación?
Una de las comisuras de Emmett se retorció a causa del desagrado.
—Tenía una herida en el hombro..., bastante pequeña. Y es mejor no repetir la mayor parte de las cosas que dijo. Después de permitirle despotricar durante unos minutos, le pedí al médico que esperase en la habitación de al lado mientras yo mantenía una charla privada con King. Le dije que sentía mucho lo de su malestar intestinal..., comentario que lo confundió hasta que le expliqué que le convendría mucho más describir la dolencia a sus amigos como un dolor estomacal en lugar de referirse a ella como una puñalada.
—¿ Y si no lo hace? —le preguntó Rosalie con una sonrisa desfallecida.
—Le dejé claro que lo cortaría en rodajas como si fuera un jamón de Yorkshire. Y que, si alguna vez escuchaba el más leve rumor que ensuciara la reputación de tu madre o de vuestra familia, le echaría las culpas a él, tras lo cual, no quedarían pedazos suficientes para hacer un entierro decente. Cuando terminé de hablar, King estaba demasiado aterrorizado como para respirar. Créeme, jamás se acercará de nuevo a tu madre. En lo que se refiere al doctor, lo compensé por su visita y lo convencí de que borrara todo el episodio de su mente. Me habría marchado en ese momento, pero tenía que esperar al alguacil.
—¿ Y qué le dijiste al alguacil?
—Le dije que había habido un error y que no se le necesitaba, después de todo. Y, por las molestias, lo invité a tomarse tantas rondas de cerveza como quisiera en la taberna Brown Bear cuando acabara el turno.
—¡Gracias a Dios! —Más aliviada de lo que podía expresar con palabras, Rosalie se acurrucó junto a él y suspiró sobre su hombro—. ¿Qué pasa con Jeremy? ¿Qué le diremos?
—No es necesario que sepa la verdad; sólo conseguiría que se sintiera herido y confuso. En lo que a mí respecta, Lilly reaccionó de forma exagerada ante los avances de King y perdió los nervios por un momento. —Emmett acarició su barbilla con la punta. del pulgar—. Quiero sugerirte una cosa, y quiero que la medites seriamente.
Preguntándose si su «sugerencia» iba a ser una orden encubierta, Rosalie lo miró con suspicacia.
—¿Sí?
—Creo que lo mejor sería que Lilly pusiera algo de distancia entre Londres (y King) y ella hasta que las cosas se calmen.
—¿Cuánta distancia? ¿ Y adónde debería ir?
—Puede unirse a la gira que van a hacer mi madre y mi hermana por el continente. Se marchan dentro de unos días...
—Ésa es la peor idea que he oído jamás —exclamó Rosalie—. En primer lugar, quiero que esté cerca, donde Jeremy y yo podamos cuidada. En segundo, puedo garantizarte que tu madre y tu hermana no se mostrarán muy complacidas...
— Enviaremos también a Jeremy con ellas. Tiene tiempo suficiente antes de que comience el nuevo curso y será un escolta excelente para las tres.
—Pobre Jeremy... _Rosalie trató de imaginárselo escoltando al trío de mujeres a lo largo y ancho de Europa—. No le desearía una tarea semejante ni a mi peor enemigo.
Emmett sonrió.
—Lo más probable es que aprenda un montón sobre las mujeres.
—Y nada agradable, por cierto —replicó ella—. ¿Por qué crees que es necesario sacar a mi madre de
Londres? ¿ Lord King supone todavía algún tipo de peligro?
—No —murmuró mientras le alzaba la cara con suavidad—. Ya te he dicho que jamás se atreverá a acercarse a Lilly de nuevo. Sin embargo, si resulta que hay algún problema con King preferiría solucionado mientras ella no está. Además, Jeremy ha dicho que no parece ella misma. Es comprensible dadas las circunstancias. Unas cuantas semanas de viaje harán que se sienta mejor.
Cuando Rosalie consideró la idea, tuvo que admitir que tenía cierto sentido. Hacía mucho tiempo que Lilly no se tomaba unas vacaciones. Y si Jeremy iba con ella; tal vez pudiese tolerar la compañía de las McCarty. En cuanto a la opinión de Lilly... parecía demasiado afectada como para tomar ninguna decisión. Era más que probable que accediera a cualquier plan que le propusieran sus hijos.
—Emmett —dijo muy despacio—, ¿me estás preguntando mi opinión o me estás contando lo que has decidido?
La mirada de Emmett barrió su rostro para hacer una evaluación rápida.
—¿ Cuál de las dos opciones tiene más probabilidades de que te muestres de acuerdo? —Se echó a reír al ver la respuesta en su expresión—. Muy bien, te lo estoy preguntando.
Rosalie sonrió con ironía y volvió a acurrucarse en el hueco de su hombro.
—En ese caso, si Jeremy está de acuerdo... yo también.
Lily por fin se ha plantado ante Royce
Gracias a dios, Emmett sabe resolver las cosas, ya veis que en esta historia Emmett es el inteligente, para variar. Jajajaja
Y, antes de que lo pregunteis, sí Rosalie iba a confesar algo importante cuando Jeremy interrumpió.
En breve subiré otro, estad atentas¡ :)
Un besito:
Masen1309 :)
