Hola, mis pequeños, peludos y esponjosos ratones de campo!

Ufff, hoy no fui a trabajar por enfermedad, así que acabé de meterle al capi y de hecho quedó más largo de lo que esperaba, peeeero, se lo merecen :D gracias por su paciencia!

Estoy tratando de alinearme a horarios, para no andar corriendo a ultima hora, pero es complicado :v ustedes no sean así, sean organizados para que no sufran como yo.

Respondo aquí a los reviews sin cuenta, y en privado a los que sí :) así termino antes y descanso la mano, que ya me duele de tanto escribir jiji tengo una lesión pero me gusta este desmadre así que me vale xD ustedes no sean así, cuídense sus manitos.

Como siempre, muchísimas gracias a todos ustedes por leer, por invertir un poquito de su tiempo en leer mis locuras :3 enserio, sin ustedes no habría historia!

Guest 1, bluensy, alexi, guest 2, yuki, guest 3, guest 5: *aporrea el libreto en la mesa… pero con amor* aquí tienen su capitulo! :D gózenlo *baila samba*

Guest 4: la verdad, también me gustan mas los recuerdos XD ya pronto sabemos más de Hela y que pasó con Sophie y Wade!

"Apuesto a que Wade tiene el trasero de Europa jajajaja está tan bueno como el cap, o mejor aww" JAJAJAJAJA! NECESITO HACER UNA BROMA DE ESTO EN EL FIC! Grell confirmará por todas XD casualmente, me lo imagino así como Chris Evans, solo que por el marco temporal del fic (2003 – 2005) no existía el casting :'v

Alois: YAS! Ya era necesario una ángel en el equipo XD pero no llores, bueno, no aun xD las cosas mejorarán, ya verás! Sí, es algo así como un RCP del alma, aunque me lo imagino mas incómodo que otra cosa, pero tu imaginatelo como quieras, sé feliz :D

Pronto sabremos más de James y Vetty juju 7u7 espera por ello!

Pinkimonster: wuuu! ya la escuché :( por que me hacs esto? Claro que volvería, lo prometí ;D hace poco tuve un colapso de inspiración, pero me di cuenta que fue en parte porque dejé de escribir con música, así que es super recomendable leer con ella, le da contexto a muchas emociones.

Muchas gracias por tu review nene, nos estamos leyendo! Y ya sabes, siempre volveré, hasta que se acabe esto! :D

Estrellita: YAY! Al fin! Si no quieres morir de tanta ansiedad, checate la página de facebook, mi vida con sebastian michaelis, allí siempre publico cositas, entre ellas cuando actualizaré. Chris es un rol de canela, cree que es rudo, pero es un rol de canela, pero hay otras cosas sobre él juju habrá recuerdos un poco más, así que disfrútalos ;D *yo viendo a Grim y Sylvette* a ver, cojan... COJAN YA! XD el buhó volverá, tiene una explicacón, lo juro, pero aun no es tiempo, yyyyyy nada más xD nos estamos leyendo chica, cuidate mucho y disfruta tu droga :D

Jane Nightray: Hola! Si me acuerdo de ti, como has estado? Hace mucho me comprometí terminar esta historia y así será :D aunque me cueste la vida (o el trabajo) pero habrá grimette, fellcraft y más para rato :D qe gusto saber de ti! no te pierdas mucho y cuidate! te mando un beso!

Silvia García: no sé como al inicio escribia capitulos de 10 paginas máximo, siento que ya no digo nada en tan poco espacio XD muchas gracias por el amor que le das a esta historia :3 espero te guste mucho este capi!

Rise: babea con él, te doy permiso xD siempre me lo he imaginado como el comandante malo de la peli de Avatar, de los bichos azules, no sé por qué. Yo amo a Sophie, creo que la amo por encima de Sylvette, quien es mucho más emmm pasiva? no sé como decirlo, en cambio Sophie es mucho más compleja por ser más madura. Pero sí, vetty es muuuuy tierna, eso no lo discuto *.* tengo planes interesantes para Blair 7u7 no diré nada, pero será bueno juju y también Chris y Hela, aparte cosas de sus pasados, intrigas, y recuerda que aun esta la nota que Morati le dio a James XD No puedo decir mucho más, pero ya verás poco a poco, como todo cae en su sitio juju aparte espera por la candencia! 7u7

Nos leemos chica, cuidate mucho y gracias por tu review :3

Dreamer: JILLIAN FTW! lo siento, tenía muchas ganas de meter a ese personaje desde hace tiempo XD habrá recuerdos para rato, así que disfrútalos mientras duren! juju! Bharus también fue una victima :( pray for bharus!

Fantasma: *se traga las galletas* siempre volveré :D soy como las cucarachas (espera, que?) por que no hay gritos? :( *le pegan con el mismo crucifijo* ayñ, juju espero que este te guste aun más, estoy pensando seriamente en continuar un poco más con los recuerdos 7u7 pero tambien quiero amor y candencia, pero no sé, juju creo Fellcraft será mas slowburn que el grimette 7u7 *baila sensualmente un alocado caramel dance* pero en este capi te dejo bastante info para que... bueno, ya verás 7u7 *se escabuye riendo entre las sombras*

Sasori: *le tira flores por su review* gracias :D siiii, y es que la verdad entre el trabajo, mi casa, mis cursos, se me va volando el iempo, luego tuve una lesión en la mano... ufff, para que te cuento, un show! Estos tratando de implementarme la meta de 1 cap por mes, pero si me es un poco complicado, pero pienso que es cuestión de programarse bien :3 nos leemos chica, gracias por tu review!

Alice: la mayoría quería ver todos los recueerdos juju así que siguen en el plan, don't worry! Pronto tendremos Sophie celosa, y más 7u7

Bueno, ya no digo más, solo que espero les guste el capi, yyyy ya XD

AL FIC!

.

.

.

Pesadillas…

Horribles visiones…

Ah… ¿Dónde estoy…?

¿Qué es…? ¿Qué es esto…?

"¿Qué más podría ser?"

Todo era negro a mi alrededor, pero esa voz era clara, una punta de acero partiendo en dos la oscuridad frente a mis ojos, poco a poco, tomando forma, hasta que la delgada línea pálida cobró vida propia, agitándose como una anguila oscilante en el medio de un río profundo, y frente a mí, la silueta blanca de Evilynn, toda resplandeciente, toda luminosa, se derramó como luz líquida delante de mí.

"Has agotado todas tus fuerzas…" dijo en voz baja, sus inmaculados cabellos danzando mientras se adelantaba hacia mí, como si quisiera atraparme en el medio de esa caída amortiguada en la que me hallaba. "Eres insufrible… ¿Hace cuánto no usas así tu presión?"

-Varios meses… -respondí, haciendo memoria…

La última vez que había usado mi presión así…

No quería pensar en ello…

"Estas fuera de forma…" replicó Evilynn, casi chasqueando su inexistente lengua "Ahora deberé usar mi presión, o será peor para las dos…"

-¿Moriremos…? –quise saber, incapaz de moverme siquiera. La idea de morir, aun como me hallaba, aun devastada por las heridas, la pérdida de sangre y el dolor, me parecía tonta-. No seas tonta, Eve… Tú y yo no moriremos hoy… Aún tenemos mucho que hacer…

"Que pensamiento más arrogante" murmuró, dividida entre la admiración y la incredulidad. Sus manos, sin ningún tipo de sensación en específico, me abordaron suavemente las muñecas, fluyendo hacia mi cuerpo, disminuyendo la velocidad de mi caída hacia ese abismo negro e infinito, "pero, tienes razón…"

Sentí que la oscuridad me engullía, aun cuando las manos de Evilynn tiraban fuertemente de mí, era como si estuviera succionándome.

La oscuridad dejó de ser etérea, y poco a poco se transformó en aire frío, denso. Aire que cobraba color y forma tras mis párpados cerrados.

Mas visiones, más pesadillas…

Habían llegado como una tormenta…

En silencio, sin dar aviso, sin revelar una pista de lo que pasaría…

"Aún nos queda mucho por hacer…"

.

.

.

Me arrojé en medio de los pilares de la vacía capilla de San Pedro. A las siete de la mañana, apenas había un alma allí dentro, y salvo una mirada curiosa de parte del joven sacristán que encendía todas las velas del altar, nada más podría haberme interrumpido. Pese a haber flores a reventar, el apeste a sudor y cebo parecía adherido a mi piel, a mi lengua. La ira me abrazó con su lengua de fuego, el asco, la desesperación, una mezcla insoportable que me aceleraba el corazón y me quitaba todo el aire.

Solo había sido una persona con su perro. Solamente un pobre transeúnte en el pueblo, paseando a su mascota, el timbrazo de la bocina de los automóviles, el agarre súbito del dependiente de la tienda. Todo coincidió, y el escándalo me sumergió de vuelta en ese infierno imaginario…

Escuchaba sus voces, el silbido de las cadenas, colgando de mis brazos, al rozar el piso y su tintineo al contonearse al asqueroso ritmo de sus movimientos. Podía casi sentir el nauseabundo hedor de sus cuerpos, el sabor de la sangre mezclada con otros fluidos…

Sentí que me ahogaba entre los recuerdos y el odio, pero apenas podía controlar mis movimientos por los temblores que me sacudían como un terremoto a un edificio. Había estado tan ocupada pensando en la situación de Wade que no le había prestado atención al terror que me asolaba, reptando en silencio, no hasta que hubo calma y pudo atacarme libremente.

Un vistazo más. Gibiran me arrojaba contra el suelo, su mano enorme aplastando mi mejilla contra el suelo de piedra. Los adoquines descarnando la piel de mis rodillas…

Corrí hacia el pasillo, conteniendo un grito ahogado hasta que por fin alcance la última banca del jardín interior de la iglesia. Comenzaba a ver todo borroso, las visiones se superponían a la realidad, los sonidos y las voces del pasado hacían eco en mi cerebro como un lastimero fantasma en una mansión embrujada. Podía sentirlos en mi piel, en mis manos, en mi espalda…

Una incomparable sensación de terror me sujetaba por el cuello y todas las extremidades, y el terror se hacía cada vez más y más intensa, más real, apabullante y mortífera. Una oscuridad abisal que se tragaba toda la luz a mi alrededor, su mano helada destrozándome el pecho desde dentro…

¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué me estaba pasando esto?

Tenía miedo…

-Basta… -exclamé con voz temblorosa, intentando sobreponerme a ese torrente imparable, conteniendo un sollozo, arrastrándome sobre la banca hasta que resbalé de sentón en los adoquines marrones, las rodillas lo más juntas que podía, luchando contra una fuerza que no existía pero que me acuchillaba desde dentro-. Basta…

No había nadie a mí alrededor, y aun así, sentía que las estatuas del patio podían verme con todo lujo de detalles, hasta el último de mis pensamientos. Me sentía expuesta ante el mundo…

-¡Sophie…! –allí estaba. Su voz sonaba lejana, pero muy probablemente acabaría encontrándome.

"No me veas así…" quería decirle, quería gritarlo. Se suponía que yo debería ser más fuerte, más valiente. Se suponía que yo debería estar recuperada, sana, estable…

-¡Sophie…! –apareció en el medio del umbral de la entrada, con el bastón en su mano, respirando agitadamente. Solo tenía cinco días de pie, apenas podía moverse y había corrido a mi encuentro. Una vaga observación a su figura delgada, envuelta en un abrigo de lana gris; parecía una columna de humo en medio de ese maremoto de horrores. No quería mirarlo a los ojos. No quería que se acercara a mí, no quería escucharlo…

Y era justo lo que hacía…

Quería hablar y decirle que se fuera, pero no podía. Quería gritar y explicarle que me dejara sola, tranquila. Tenía la sospecha que esto no era la primera vez que me pasaba, pero era mucho más intenso que otras veces. Me avergonzaba esto, me sentía terriblemente expuesta ante él, mucho más que la primera vez que nos vimos y no vestía una sola prenda.

-¿Estás bien? ¿Estás herida? –sonaba desesperado, tocándome los hombros, los brazos, intentando ubicar algún sitio donde estuviera dañada. No podía mirarlo; me sentía tan avergonzada, tan ridículamente vulnerable y traumatizada por unas simples visiones…

Yo era más fuerte que todo eso. Yo podía contra todo eso, ¿Por qué no era capaz de hallar esa fortaleza en mí en ese momento? ¿Dónde estaba mi fuerza de voluntad?

Quería cubrirme el rostro y hundirme en un agujero donde nadie pudiera encontrarme, la sensación tan desagradable de haber sido tocada de esa manera, contra mi voluntad, aun cuando traté de defenderme con todas mis fuerzas, no se iba, no desaparecía, seguía allí, latente en mi piel.

Tenía miedo de esos demonios…

Le apreté los brazos con los uñas, tratando de hacerle entender todo lo que quería decir o gritar, pero era como si se me cerrase la garganta, como si todo el aire del mundo no fuera suficiente más que para hacerme jadear y sollozar, llorar al grado de la histeria, al grado de que la ira oscura, caliente, me quemaba todas las venas del cuerpo…

¿¡Es que esto nunca acabaría!?

Lo empujé desesperadamente, como un animal enjaulado y torturado que se ha acostumbrado a que su comportamiento es erróneo y merece una paliza. Cada golpe seguido de un chillido, cada chillido perseguido por mas lágrimas y visiones horrendas…

Yo seguía dentro de la jaula…

No importaba que tan lejos estuviera de ellos, siempre estaría dentro de la jaula…

Lejos de abandonarme a la merced de mi estrés, sus manos me sujetaron firmemente por el cuello, sus dedos pulgares apretados contra mis mejillas, forzándome a levantar el rostro para que lo mirase, sacudiéndome lo suficiente para que, aun dentro de mi histeria, pudiera encontrar algo de coherencia, en un intento consternado por hacerme reaccionar.

-Mírame –ordenó severo, obligándome a detener mi lucha. Por largo rato, solo me observó, con esa misma expresión demandante, aunque lo suficientemente reconfortante como para que entendiera que tenía que tranquilizarme, pero no era tan sencillo decírselo a mi corazón. Realmente, creo que nunca he tenido muy buena comunicación con mis sentimientos-. ¡Respira, respira profundo…! -me sacudí como una loca; allí donde sus manos me sujetaban, se sentía como lengüetazos de fuego, como puñaladas. Hipada descontroladamente, llorando como una loca, seguía sin poder proferir más sonidos que los jadeos causados por la conmoción, por la vergüenza. Dentro de mí, aún seguía encerrada…

La jaula era real…

-¡Respira conmigo…! -Me soltó; sus dedos me apretaron la muñeca y aplastaron mi palma contra su pecho- ¡Siente el ritmo de mi respiración…!

Asentí, hecha un mar de lágrimas y gritos, apretando los ojos para evitar ver los monstruos del pasado que se paseaban delante de mí. Me encerré en mi misma, empujando con todas mis fuerzas esa puerta tras la cual asechaban las pesadillas, enfocando toda mi atención posible en el movimiento oscilante del pecho de mi amigo…

Inhala… exhala… inhala… exhala…

Mi cuerpo se resistía, se negaba a cooperar inicialmente, mas luego de unos minutos, quizás el mismo cansancio, la exasperación eran demasiado para tolerarlo y comencé a llevar un patrón más normal de inhalaciones y exhalaciones.

-Shh… -susurró, una vez que se aseguró que no volvería a ponerme como una desquiciada, que me quedaría quieta. Buscó alguna señal en mí, queriendo asegurarse de que en verdad lo escuchaba, y una vez que entendió que ya no necesitaba ser tan agresivo, su mirada se suavizó, lo único dócil en su cara huesuda, dejando atrás la dureza demandante para dar paso a la vaga calidez. Volví a cerrar los ojos, respirando controladamente, jadeando de a ratos, y sentí sus dedos limpiando cuidadosamente los lagrimones que me escurrían salvajes por las mejillas-. Todo está bien… Nadie puede tocarte ahora…

-E-ellos… -jadeé, la voz se me cortaba por el aire, los hipidos, y no supe por qué motivo su voz, tan cercana, tan profundamente suave no me inquietaba en esos momentos. En ese río de negrura, su voz parecía desterrar parte de las sombras…

Pero el horror…

El horror seguía allí…

-Haz que-e se d-detenga… -sacudí la cabeza, empapada en lágrimas y jadeando nuevamente-. N-no puedo…

-Nada de eso es real, eres libre ahora… -sus manos me frotaban los brazos, las mejillas, hasta que una de ellas se hundió en mi cabello, y a la otra no le fue difícil presionarme contra su cuerpo. Sus piernas dobladas a ambos lados de mí, los brazos sujetando todos mis pedazos rotos hacia su torso, su barbilla sobre mi cabeza -. Ya pasó…

Asentí temerosa, con la mejilla apretada hacia su torso, escuchando el sonido de la respiración pasar por sus pulmones, asiéndome con todas mis fuerzas a la realidad que me ofrecía ese vaivén: lo único que me separaba en esos momentos de las visiones, el hedor, el horrendo sabor sobre mí lengua, y me atreví a pasar mi brazo alrededor de él, aferrándome con más ahínco al grado de casi hundir mis uñas en su espalda. No me alejé, no quería alejarme, no hubiera habido forma de separarme de él en ese momento. Por primera vez en mucho tiempo, en verdad, me sentía segura… lejos de ellos, lejos de sus perversiones y las aberraciones que habían hecho conmigo.

Era tal la desesperación en mí que no consideré que fuera a rechazarme hasta que fue muy tarde…

Sin embargo, en vez de alejarse, fue como si él mismo hubiera estado conteniéndose. Curvó su cuerpo aún más sobre mí, estrechándome completamente entre sus brazos hasta que me hallé sumergida totalmente en ese refugio. Tan cerca el uno del otro que escuchaba con claridad el palpitar de su corazón, su voz inundando mis oídos sin piedad alguna.

Quería desahogarme y llorar, aun cuando nunca había dejado aflorar de ese modo el terror que me causaban esos abusos en el pasado, en ese instante, su presencia me causaba tanta seguridad que me era imposible detener mis lágrimas…

Aun cuando me parecía egoísta, porque él debería estar mucho más roto que yo, no podía detenerme…

Gotas de agua clara en ese mar oscuro…

-Tranquila… -suspiró, dejando que sus manos acariciasen mi espalda, mi cabello, mis brazos, como si quisiera esconderme del mundo, de las visiones. Cerré los ojos, abandonándome al arrullo de su voz, la vibración de su pecho por las palabras-. Estoy aquí… No permitiré que nadie te lastime mientras yo esté aquí… Te lo prometo…

.

.

.

25

En el Jardín de las Bestias VI

Puedo sentir la noche comenzando, separándome de los vivos.

Entendiéndome, después de todo lo que he visto,

Alineando cada pensamiento,

Encuentra las palabras para hacerme sentiré mejor.

Ojalá supiera como romperme a mí misma…

All that I'm living for – Evanescence

o.o.o

Todo lo que se escuchaba a través de la gruesa puerta doble de madera, era el vociferante discurso de la profesora Lassarette, y, en algunas ocasiones, la débil voz de Christopher, quien intentaba inútilmente explicar la situación, todo lo que había pasado, pero solo conseguía que Jillian hablase con mayor intensidad, como si fuera a devorarlo con todo y huesos.

No lograba comprender del todo lo que decían, pero estaba segura de que, en parte, todo aquel caos era por mi culpa. No por nada la señorita Lassarette me había correteado de allí como un perro a quien están a punto de pegarle con el periódico y, dado que todos aquellos que tenían idea de lo que había sucedido, salvo Chris, se hallaban heridos o inconscientes, sobre su cabeza cayó toda la ira de la recién llegada.

Una parte de mí seguía en profundo, tremendo shock. Jillian Lassarette, mi profesora de historia, era un ángel. Y no uno de esos que vemos en ilustraciones, sino, literalmente, como en las películas. Con alas enormes y todo, solo que ella no me daba la impresión de hablarme dulcemente de las bondades del Creador, sino más bien flagelarme hasta que declarase mi ferviente devoción hacia Dios Todopoderoso.

¿Eso significaba que Dios, como tal, existía?

Me sentía en una versión bíblica y teológica de Despertar de L. J. Smith. Uno de mis compañeros de clase era un demonio, mi profesora era un ángel, en mi armario dormía un segador de almas y una vieja amiga era una bruja.

¿Qué seguía? ¿Gemelos malvados sobrenaturales? No, esperen, según Gale, ya existen…

Y mientras tanto, allí estaba yo. Una simple mortal en el medio de un caos que apenas llegaba a comprender, y del cual apenas había salido con vida de mi segundo asalto.

Quizás no había sido tan buena idea formar parte de esto. Tal vez debería reconsiderarlo y pensar en una mejor forma de interactuar con ellos, alguna que no hiciese peligrar mi frágil vida humana. Era un pensamiento bastante sensato, considerando los últimos días. Sin embargo, debo admitir que la curiosidad ahora era más intensa que antes, y la idea de que, parte de estos riesgos, eran parte de la aventura de lo desconocido, me invadían tímidamente. Un delicado anhelo de mi corazón.

Por algo me estaría pasando esto a mí, ¿cierto? Llámese destino, karma, la guía del universo, una revelación divina, yo debería haber llegado aquí, a sus vidas, por un motivo de fuerza mayor, ¿no?

Pero, exactamente, ¿Cuál sería mi lugar allí? hasta ese momento, solo había conseguido poner a Grim en peligro, dos veces para ser precisos, y casi provoque que mataran a Sophie, además de las terribles heridas en Wade. Lo único bueno de esa situación era que, a juzgar por lo que decía Christopher, había sido gracias a mí que esa shinigami, Hela, había sido liberada.

Quizás mi misión incluía también ayudar a Gale y Edrick. Tal vez era eso. De lo contrario, quizás debería considerar que tanto quería involucrarme en todo eso.

Acerqué la frente hacia la puerta, buscando más un sitio de apoyo que enterarme con claridad de todo lo que decían en el interior de la sala, de lo cual, apenas lograba rescatar gritos y reclamos, tanto de Chris como de Jillian, al grado que hacían vibrar levemente la madera de la puerta.

-Eres un pajarillo bastante cotilla, ¿verdad~?

Me giré de un brinco, impactando suavemente mi espalda contra la puerta. Creo que tenía EPT residual luego de que Wade me diera el susto de la vida atravesando la pared con su puño a dos palmos de mi cabeza, y ahora los ruidos repentinos me atravesaban como una lanza en medio de mi pecho.

Quizás estoy exagerando; es más probable que tuviera EPT por todo lo que había pasado a lo largo de la noche. El pobre Wade no creo que tuviera nada que ver con esto.

Además, no es como si Grim no me pusiera nerviosa, especialmente cuando me hablaba de ese modo, como quien agarra a un perro a punto de robarse el pollo de la cena, y el pobre animal no supiera si había provocado una carcajada o la furia de su dueño. Tenía una sonrisa dispersa, haciendo juego con sus ojos adormilados, suaves por el cansancio, y al mismo tiempo, agudos sobre mí, sin su usual flequillo, retirado hacia atrás en una pequeña trenza, dejándome expuesta ante él.

-No estaba espiando –dije rápidamente, encogiéndome de hombros, buscando en automático la tela de la blusa blanca para retorcerla entre mis dedos.

Profirió una leve risilla, provocando un leve temblor en sus hombros, echándose hacia atrás.

-Nunca dije que lo estuvieras haciendo, hehe -negó divertido con la cabeza. Casi podía sentir el periodicazo, auto impuesto, en mi hocico imaginario, y sentí como se me acumulaba la sangre en las mejillas-. No eres una muy buena espía~

-¿No deberías estar allí dentro? –murmuré, señalando sobre mi hombro con la cabeza, tratando de llevar la conversación por otro lado.

Entrecerró los ojos, como considerando remotamente la posibilidad de hacerlo, con los dientes apretados en una mueca de dolorosa consideración. En ese momento, se escuchó un chillido y un griterío estremeció el saloncito.

-Ah, quizás más tarde –dijo despreocupado, ladeando el rostro hacia un costado-. Christopher tiene un talento especial para soportar que le griten… -se escuchó un nuevo grito, más cercano a nosotros. Grim compuso una risilla, y, haciendo un ademan con su cabeza, me indico que lo siguiera. Era una idea prudente. De pronto, me sentía muy asustada de la señorita Lassarette-. Yo suelo perder la concentración luego de un rato, hehe~ -se llevó un dedo a los labios, componiendo esa expresión perdida que solía caracterizarlo-. Como habrás notado~

-Aun así… -en otros momentos, aquello me hubiera sacado una sonrisa, pero no allí. No así. Algo no estaba bien; pero no sabía si era mi culpa, mi preocupación, mis dudas… no comprendía que me hacía sentir mal, o más bien, que me hacía sentir peor.

Caminé tras de él en silencio, siguiendo sus pasos como una sombra a través de los pasillos y pasajes de la gigantesca casona, de la cual aún no lograba acostumbrarme. Cruzamos el pequeño rellano superior, el cual guiaba a unas pequeñas escaleras que conectaban con una pequeña terraza, hasta alcanzar un pasillo estrecho que guiaba hacia una puertecilla de madera y marcos curvos, que, entreabierta, dejaba ver una luz ambarina y clara bañando el umbral. Él se adentró, sin siquiera mirar atrás, pero yo me detuve allí, donde el piso cambiaba, donde el marco de la puerta dividía el interior de esa habitación con el pasillo. No sé porque sentía que estaba cruzando un límite que no debería. Algo que no se supone que hiciera.

-¿Pajarillo? –preguntó, sacándome parcialmente de mi ensimismamiento. El cuarto, un pequeño estudio repleto de libreros detrás del escritorio al fondo, parecía custodiado por la noche, la cual asomaba a ambos lados del librero por dos ventanas que casi tocaban el techo y el suelo de madera. Había un cierto caos en ese orden, el escritorio estaba desocupado casi en su totalidad, aunque en un extremo, podía ver varios papeles revueltos, y algunos más, arrugados y abollados, en el suelo. En la pequeña mesita frente a la lumbre, ahora apagada, una caja repleta de carpetas y otros papeles, retozaba claramente fuera de lugar, rodeada de artículos de primeros auxilios y una caja plateada que probablemente contenía medicina no humana.

Quizás yo también era parte de ese caos. Quizás yo tampoco debería estar allí.

-¿Por qué no me dijiste sobre Edrick? –pregunté abiertamente, tan súbito, que me sorprendí por mi atrevimiento. Parpadeé un par de veces, intentando reaccionar por completo.

Grim se detuvo en lo que hacía, bajando hasta el montón de papeles sobre el escritorio, la carpeta roja que sostenía en sus manos. Su expresión, aunque tranquila, denotaba una cierta huella inquisitiva.

-Iba a hacerlo –murmuró, luego de unos segundos, caminando hacia el frente del escritorio. Andaba lentamente, y cuando lo hizo, la túnica negra que vestía se abrió un poco por el frente, revelando nuevamente el vendaje sobre su torso. De nuevo, lo había herido, en parte, por culpa mía (y de Sophie, si somos honestos). Sentí una punzada en el pecho-. Solo quería tener más información sobre sus intenciones. A eso fuimos precisamente hoy, todos nosotros. Pensé que podría ser peligroso; prefería tener todas las piezas, saber que tan riesgoso era, antes de involucrarte en ello.

-¿Cómo qué "saber que tan riesgoso era"?

-Si informarte de eso podría colocarte en una posición de mayor riesgo, no habría dicho nada –miró hacia un costado, observando de reojo la pared de piedra, la manera en que reflejaban la luz. Era como si quisiera ir hacia ellas. Se encogió de hombros, exhibiendo una amplia sonrisa que sugería un leve regaño-. Claro, no contaba con que tú misma corrieras de cara al peligro~

-Fue Sophie quien insistió que saliéramos… -musité, sintiendo de inmediato el peso de su voz; una reprimenda breve aunque severa reprimenda. Sentí que me empequeñecía, y los dedos se me enredaron entre la blusa-. Yo no quería, p-pero ella insistió… y…

-…Y obedientemente, fuiste tras de ella –se le escapó una risa, negando con la cabeza como si no pudiera creer en mi inocencia. Era cierto; ella había querido salir, aun cuando Grim instó en no hacerlo, y supongo que Wade lo hizo igualmente. Quizás yo debí detenerla, pero, ¿habría podido? Si algo sabía de Sophie, aun luego de tanto, es que era increíblemente terca- ¿Qué no sabes que le ocurre a los pajarillos que siguen a los gatitos?

-¿Se meten en problemas? –pregunté tímidamente, y supe que habría asentido enérgicamente-¿Cómo está, por cierto? Me refiero a Sophie…

-Estable –murmuró, apoyándose contra el escritorio. Pude ver una sombra de dolor en su rostro, pero fingió muy bien que no pasaba nada, o eran ideas mías-. Estaba muy drenada; la indujimos en una especie de "coma" para que pueda recuperarse. Es posible que despierte entre hoy y mañana, pero estará bien.

Solté un suspiro; no me di cuenta de lo tensa que me hallaba hasta que lo dejé salir, y los hombros me ardieron, como abrazados por el dolor.

-Qué alivio… ¿Y qué hay de la otra chica? ¿La… shinigami?

Abrió mucho los ojos.

-¿Te refieres a Hela? –preguntó sobresaltado, cruzándose de brazos. Asentí, sin estar muy segura de si era ese su nombre. Se encogió de hombros, con una mueca en su cara pálida-. No lo sé~ Se escabulló por la mansión en cuanto llegó Jillian. No tengo idea de donde pueda estar.

Eso no sonaba muy tranquilizador.

-¿No es…? No lo sé… -¿Cómo decirlo sin sonar grosera? - ¿Peligrosa?

-Si Hela hubiera querido hacernos daño lo hubiera hecho, querida~ -una cínica sonrisa se le dibujó en la boca. Ladeó la cabeza, y el plateado cabello cayó, suave y lacio, sobre su hombro, robándole el filo a sus palabras-. No hay razón para temerle…

-Oh… -exclamé, pasándome el cabello hacia atrás con ambas manos-. Creí que sí… digo, como te atacó… -dudé un poco sobre ese comportamiento- ¿Por qué lo hizo?

-¿Golpearme con su guadaña? –asentí, ansiosa, y él pareció algo confundido, quizás sorprendido por la pregunta. Quizás pensó que no recordaría eso, dado el shock del momento. Creo que consideró no responder la pregunta, pero al final, tal vez convencido de que la verdad saldría a la luz, con los ojos fijos en la alfombra de colores otoñales, respondió:-. Digamos que la última vez que nos vimos no acabamos en buenos términos… -unos instantes de silencio, sus ojos verdes buscando discrepancias en el perfecto patrón del enorme tapete que cubría casi todo el salón-. Me culpa de algo que sucedió hace mucho tiempo.

Creo que fueron ideas mías, pero Grim parecía, no triste, pero quizás un poco lejano. Distante de todo lo que decía. Como si recordar aquello lo hubiera transformado en un fantasma, y poco a poco perdiera contacto con él.

-¿Lo fue? –insistí de nuevo, dando un paso en su dirección. No razoné, que al hacer eso, había cruzado el umbral de la puerta, y con ojos temblorosos miré detrás de mí, como si pudiera ver en cámara lenta, lo que había hecho. Me quedé helada, viendo aquello, sin prestar atención a la silueta que se acercaba a pasos cortos hacia mí, cubriendo la luz que llegaba hacia mí.

-Haces muchas preguntas, pajarillo~ –dijo, a un metro de mí, tan alto como era, observándome como probablemente lo harían todos los shinigamis a los pobres mortales. La cercanía me incomodaba. Su actitud, aunque no era agitada, ni violenta, me resultaba intimidante-. Quizás es mi turno de hacer alguna…

-¿Por qué volviste por mí? -tragué saliva, luchando para mantener la compostura y mirarlo directo a los ojos, afilados.

-No evites el tema… –gruñí, con la mirada puesta en él, pero bajando lentamente la cabeza.

Sonrió, suavizando el puño de hierro con el cual sostenía mis ojos en los suyos, aunque seguían siendo filosos contra mí.

-No soy yo quien lo está evitando… -suspiró. No lucía burlón, ni divertido. No sabía exactamente qué significaba esa expresión en sus ojos.

Fruncí el ceño, extrañada.

¿A qué se refería? ¿Era otro de sus juegos? Consideré negarme a responder, pero dadas experiencias pasadas, sabía que eso no me llegaría a ningún lado. Sin embargo, responder, me llevaba por un camino que no había transitado antes con él. Y no sabía si era ese su plan.

Por unos segundos, me mantuve pensativa, dándole vueltas al asunto, retorciéndome los dedos en la blusa, considerando que tan mal o bien podrían acabar las cosas…

¿Debería arriesgarme? ¿Debería decirlo? ¿Exactamente que debería decir?

-Déjame ponerlo de otro modo… -prosiguió ante mi silencio, adelantase un poco más hacia mí, ahora tan cerca que sentía el olor a los vendajes, al alcohol, a todos los químicos que usó para limpiar sus heridas, el borde enrojecido, la sangre aun a medio secar, al borde de su pecho, la clavícula, y finalmente su rostro, su ojos exigiendo mi atención, ensombrecidos por la duda- ¿Por qué te preocupas tanto por mí, Sylvette? Quieres saber si soy culpable, quieres que no le haga daño a aquellos que te hacen daño, quieres que me mantenga al margen de ensuciarme las manos… ¿por qué? ¿Por qué te preocupas tanto? ¿Por qué volviste por mí?

-Estabas quien sabe dónde… -conseguí decir, bajando los ojos de vuelta al piso, incapaz de continuar mirándolo de frente. Su presencia me abrumaba, y ya no hablar de la cercanía-. Quería que estuvieras a salvo…

-No necesitas preocuparte por eso –refutó, un tanto serio, quizás un poco hastiado a mi negativa a responder o si quiera mirarlo-. Solo tienes que preocuparte por mantenerte a ti misma a salvo.

Me encogí de hombros; la severidad en su voz me había golpeado como una bofetada. Ahora me sentía estúpida, y en conjunto con toda la tensión pasada, sentía que se me llenaba de lágrimas los ojos.

-Está bien… -musité bajito, sin querer mostrar mi cara lacrimosa. No entendía porque su respuesta me había sonado tan dura, tan terrible. Quizás era el hecho de haberle expresado algo y recibir una cierta negativa como me había pasado en mi anterior relación. Lo cual era estúpido, porque Grim y yo… bueno, no éramos nada.

Él era un shinigami legendario de quien sabe cuántos años y yo una adolescente perturbada de apenas diecisiete años vividos.

Iba a darme la media vuelta, cuando sus manos me detuvieron, sujetándome por los hombros, muy suavemente.

-Pero no fue eso lo que te pregunté –insistió de nuevo, quizás buscando una manera de que lo mirase sin necesidad de forzarme a hacerlo, como era su costumbre. Quizás no deseaba intimidarme, aunque todo el contacto, su actitud, su voz, todo me ponía de nervios. Sentía mi corazón latiendo desacompasado, confundido entre la tristeza y el miedo de verse en una situación tan extraña- ¿Vas a decirme por qué?

-Yo… Porque no quiero que… porque… - finalmente, contra todos mis esfuerzo, se me llenaron los ojos de lágrimas, y el torrente comenzó a manar libremente por mis mejillas. Me ardía la garganta, me dolía el pecho, me dolía el corazón. Me sentía tan inútil. Intenté sacudir las manos, librarme de su agarre, pero por más que luchaba, por más que me sacudía no lograba soltarme, y no me atrevía a mirarlo a los ojos, no cuando estaba allí, de nuevo haciendo una escena como una niña tonta- ¡Ugh…! ¡Odio llorar por esto! ¡Odio que siempre me presiones a este grado! ¡Odio que te lo he dicho varias veces y no lo entiendes…!

-Sylvette…

-¡No! ¡No vengas con tu "Sylvette"! –exclamé, limpiándome el rostro con los hombros, como me era posible, intentando con todas mis fuerzas detenerme, descubriendo que no solo era incapaz, sino que empeoraba.

Era peor, y me dolía más…

Me dolía más por qué él era un tonto Shinigami que no entendía nada.

Y dolía más por qué yo tampoco me entendía a mí misma.

-Anoche… -balbuceé, casi temblando, con la cabeza inclinada hacia él, bañada en llanto. Aun no lograba recuperarme del todo, aun no podía dejar de pensar en eso. Era eso lo que me dolía tanto, ¿no?-. Creí que no volvería a verte… -la explosión, el derrumbe, las rocas cayendo sin piedad, cerrando el pasillo. El grito de horror que se arrastró fuera de mi garganta… Recordarlo me dolía tanto, me causaba aún más pesar, porque yo sabía que era una posibilidad que aún existía, porque era algo que podía suceder mañana, pasado, o cualquier día-. Creí que… creí que no saldrías de allí... Todo lo que podía pensar era que podrías morir, y nunca más volverías a pasarte con tu tonta sonrisa por la casa, que ya no habría nadie nunca durmiendo en el armario, porqué te habría ido… Que si yo hubiera sido capaz, aunque fuera, de haberme valido por mí misma, por tan solo un par de minutos, tú podrías haber huido con nosotros…

El corazón se me salía del pecho, las manos me temblaban tanto que apenas podía controlarlo, las lágrimas no dejaban de correr, tan libres como burlonas, riéndose de la tonta ironía que presentaba yo en ese momento, porque en realidad, él tenía razón.

Yo no podría hacerle frente a nadie, a ninguna de esas bestias sobrehumanas. Pero podía hacer una pequeña diferencia. Podía darles un minuto, dos de ventaja a mis amigos, cubrirles las espaldas sin esconderme, sin temer que fueran a herirlos, sería más que suficiente. No importaba si salía herida, yo solo quería ayudarlos…

Inspiré hondo, tratando de aclararme la garganta, luchando inútilmente por calmar mis sollozos…

Quizás ya ni siquiera estaba escuchándome, tal vez ya se había hartado de que, cada vez que hablábamos enserio. Pero era una lucha perdida contra mí misma; no podía detenerme. No había hablado con nadie desde lo ocurrido, y creí que el nudo que tenía en la garganta se desvanecería con el tiempo, mas solo había empeorado, y el solo recuerdo, el simple pensamiento de que Grim, de que James se había desvanecido con el viento…

Era tan doloroso…

-De verdad, Sylvette –dijo de pronto. No logré distinguir ni una emoción en particular en su voz, ni un timbre en específico. Era como si una estatua hubiera intercambiado de lugar con él, dejándolo helado, pétreo, donde alguna vez estuvo él-, nunca llegaré a comprenderte del todo…

Jadeé, enfadada, aunque no sabía si aquello había sido un bufido de rabia pura. Inspiré, enérgica y cansada al mismo tiempo. Me dolía la cabeza por el llanto, aun me dolía el pecho, rondaba en mí una sensación de derrota, porque él seguía sin entender nada, y solo había perdido mi tiempo.

-Yo tampoco… -gruñí, soltando una risilla derrotada, más frustrada que divertida, al tiempo que Grim me soltaba lentamente.

Vi una de sus manos elevándose hacia mi rostro, delineando el rastro húmedo de esa última lágrima que resbalaba sin permiso por mi mejilla. Un toque suave, escurridizo, escalofriante, y tan sugerente, que levanté la vista, justo en el momento que él se acercaba a mí, lento, pausado, con sus labios entreabiertos, recorriendo un camino que ya conocía…

Y lo empujé rápidamente, apartándolo de mi rostro, mientras la rabia me llenaba el estómago y la sangre el rostro.

¡Demonios! ¿Es qué no podía tomarse nada en serio? ¿Es que creía que eso era la solución para todo?

-¡D-deja de hacer e-eso! –exclamé furiosa, echando el rostro hacia un lado, sintiéndolo sobresaltarse por mi súbita reacción, aunque aún no me soltaba los codos, manteniéndome aun lo suficientemente cerca de él como para sentir el calor de su torso, el roce de su túnica contra mi piel. De repente, todo la amargura se había transformado en vapores que me sofocaban; de nuevo, esa intoxicaste sensación que me embargaba cuando él ser acercaba así.

-¿Hacer que cosa, pajarillo~? –allí estaba de nuevo, ni siquiera tenía que mirarlo para saber que estaba jugando conmigo. De nuevo. Al igual que los últimos días.

-¡Eso! –exclamé, mirándolo de reojo. Podía ver su ridícula sonrisa por entre los mechones de mi cabello- ¡Tratar de besarme! ¡Todo el tiempo! ¿Qué no sabes interactuar de otra forma conmigo?

-No~ -canturreó, tirando de mis brazos, tratando de estrujarme entre los suyos, aun contra mi voluntad. No quería acercarme más; cuando se ponía en esa actitud conmigo, no me dejaba pensar con claridad. Era como si toda mi mente se atrofiase, se rindiera ante él-. Es tu culpa, por decir cosas tan tiernas~

Volvió a tirar de mí, con un poco más de firmeza, y hundí los talones en el piso, poniendo un freno a su empuje. Maldito Shinigami empalagoso.

-¡Ya basta! –refuté nuevamente, ahora mirándolo con fiereza, al menos, con toda la que era capaz de emitir con mi rostro lacrimoso, ruborizado y mi voz quebrada por el llanto- ¡No sé por qué insistes tanto…! ¡Si todo este tiempo lo haces como si fuera un… un robot!

-¿Un qué? –se sobresaltó, sonriendo de forma ridícula, mirándome con los ojos muy abiertos y sorprendidos, con mi mano sobre su mejilla, deformando su expresión. Pese a todo, no me dejaba ir, no me soltaba.

-¡Un robot! –repetí, forzando con toda mi capacidad para alejarme, pero era como luchar contra una cadena de hierro, y estaba perdiendo el temple y la paciencia. Sentía que iba a llorar de nuevo, y no quería eso- ¡Como si fuera un… un tragamonedas! ¡Es casi mecánico!

-Tienes razón… -susurró, al tiempo que, con un esfuerzo insignificante, tiró de mí. Fue mínimo, aunque me lazó directo contra su pecho, utilizando su otra mano para sujetarme por el cuello, inmovilizándome de modo que pudiera verlo a los ojos, dejando que me asfixiara por el propio latir desacompasado de mi corazón, por la rabia que me abandonaba el estómago, vaciándome, olvidándome allí con mis nervios insoportables, con el calor de mis mejillas.

Con su mirada dulce, imponente, cálida como una caricia, tan confiada…

-No lo he hecho apropiadamente…

Apreté los ojos, cuando lo vi, de nuevo, avanzar hacia mí, con los labios entreabiertos, húmedos, buscando mi boca, sin rastros de temor, sin rastro de duda. Dejé de empujarlo antes de que me tocara, dejé de luchar porque una parte de mí, esa parte que estaba aún aterrorizada por el peligro vivido el día anterior, necesitaba eso.

Me rendí y apenas alcancé a sujetarme de su ropa, antes de que me tocase…

No hubo suavidad como antes: simplemente trabó su boca con la mía, mordiéndome con delicadeza, hincando sus dientes en mis frágiles labios, con tan afán que casi me hacía daño. Quizás, si no me hubiera tomado tan de sorpresa, me hubiera quejado. Quizás, si no sintiera el corazón latiendo tan dolorosamente fuerte, las piernas tan débiles que me quedaba sin equilibrio, quizás…

El pulso viaja febril por mis venas; podría jurar que podía escuchar el palpitar desesperado de mi corazón pidiendo que se detuviera y clamando por más, y que lo sentía a través de su ropa, tamboreando contra su propio pecho, porque sus manos me apretaban con tal afán, enredándose en mi cabello, contra mi piel, y yo sentía que se me iba el alma en ese beso…

Así que, torpemente, como la razón me daba a entender, coloqué las manos sobre su cuello, rozando su piel, dudosa, hasta apoyarlas del todo, atrayéndolo con indecisión suave, aún más cerca de mí, buscando una forma de hacerme partícipe, aunque fuera solo un poquito, en ese deleitable momento…

Que se volvió aún más deleitable, cuando, al darse cuenta que ya no luchaba contra él, sino que no solo quería estar allí, sino que ansiaba más de eso, su lengua irrumpió en mi boca, jugueteando sin el menor signo de cautela con mi propia lengua, con mis propios labios, sin tenerme piedad ni cuidado, aun cuando era obvio que me quedaba sin equilibrio, me dejaba sin aliento, sin la menor idea de donde estaba, como estaba o cuando estaba, y todo lo que podía hacer, era ofrecerle mi boca, y casi abandonarme a su merced…

Y en el medio de ese incendio que se había vuelto mi cuerpo, James se movió súbitamente, apartándose un momento para tomar aire, mirándome con los ojos líquidos, encendidos por una luz colérica que no había visto antes en él. Trató de decir algo, pero lo cierto es que no le presté atención. Una parte de mí continuaba inmersa en el momento, aun con las manos temblorosas aferradas a su cuello, sin separarme de él en ningún momento, sin esperar otro segundo para deslizar mis manos por sobre su cuello, el espacio sin tela de su pecho, entre su cabello…

Escuchaba las voces, diciéndome cosas horrendas de nuevo, pero no podía reconocer sus palabras ya. James sofocaba todo ese ruido, su errática respiración, sus jadeos insistentes, su inquisitiva lengua, el toque desesperado de sus manos…

-Sylvette, espera… -su voz reverberaba en mis oídos, sus labios me recorrían las mejillas, el mentón, el cuello… Jadeé de nuevo, consumida en escalofríos. Mi mejilla contra la piel caliente de su mandíbula plateada, todos los músculos de su cuello y sus hombros estaban tenso bajo el tacto leve de las yemas de mis dedos- ¿Por qué…? ¿Por qué te preocupas tanto por mí…?

Sus dientes hincándose sensualmente contra mi garganta, sus manos afianzadas a mi espalda, a mi cintura, casi clavándose en la piel…

-Necesito saber…

Su voz desesperada por una respuesta… era tan deleitable.

-Porque te… te necesito, Grim… -un delicioso beso en la base de mi cuello, su boca temblando contra la piel húmeda, lanzando chispas y relámpagos exquisitos por mi sistema nervioso-. Porque… yo te…

-¿Sí…? –insistió, sujetándome el rostro con ambas manos. Su expresión desencajada, tan abrumada como la mía era deliciosa; el cabello revuelto, desesperado por continuar con ese irresistible vals, por volver a saborear mi piel, tanto, que su agitada respiración se sentía rauda y cálida contra mi boca. Pero, se veía aún más ansioso por saber, por aquello que yo no lograba decir, tan consternado, que era como si la vida se le fuera en eso- ¿por qué…?

La respuesta era tan clara en esos momentos… Tan obvia como el alivio que me proporcionaba esas demostraciones de cariño… Tan evidente como el miedo de querer protegerlo, como el cuidaba de mí… No quería aceptarlo, pero lo supe desde el momento en que me atreví a arriesgar mi vida por él. Desde el instante en el cual supe que no quería vivir sin él…

Yo lo sabía… Lo sabía, porque realmente, me dejaba sin aliento solo con mirarme de ese modo tan dulce…

-Porque yo te… -mi corazón latía demasiado rápido, lo escuchaba rogándome que dijera esas palabras que me consumían por dentro, tal y como mi piel suplicaba por más ternura de su boca, más calidez de sus manos. Más de todo eso-. Yo… te a-

-¡ENCONTRÉ LOS ARCHIVOS, JAMES!

Grell, una vez más, al rescate (¿rescate?) de los pajarillos en peligro.

La puerta se abrió con suma brusquedad, y esta vez, no me dio tiempo siquiera de alejarme, brincar lejos de él, o fingir que no había estado haciendo precisamente lo que había estado haciendo. Grell se quedó con los ojos tan abiertos que creía que los parpados le darían vuelta a su cabeza, con la caja en las manos, mientras Grim me sujetaba de la cadera y la cintura como su caja de archivos personal.

Caí en cuenta de lo que pasaba demasiado tarde para gritar y muy pronto para fingir que esto era algo normal, en cuenta de mis propias manos enredadas en su cuello. Y, para empeorar las cosas, Grim habló.

-Grellie, querido~ -dijo con suave veneno invadiendo sus palabras, sin retirar sus manos de mi cuerpo, ni su boca de tan cerca de mí- ¿podrías tocar antes de entrar, la próxima vez…?

¿¡PR-PRÓXIM-MA!?

Di un salto lejos de Grim, acomodándome rápidamente el cabello, consciente, de pronto, de todo lo que había hecho y dicho, y estado a punto de decir. Me acomodé la blusa, la orilla del pantalón y, pidiéndole discretamente permiso a Grell, congelado en el pasillo, salí de allí tan rápido como mi caída dignidad me lo permitía.

o.o.o

-Podría tener mi propio aquelarre, ¿sabes? –me dijo Olga, un día con mucha ilusión, luego de aplicarme una pesada capa de maquillaje líquido por toda la cara. Se acercaba la última semana de diciembre, y pronto se llevaría a cabo una celebración muy conocida por todos, pero desconocida para mí; la navidad.

Habrían pasado cerca de una semana desde mi "ruptura emocional", y las cosas mejoraban poco a poco. Para empezar, entendí que era lo que me pasaba, porque de pronto tenía esos ataques de pánico, provocados por aparentemente las cosas más banales.

Minerva me habló de algo llamado Desorden de Estrés Postraumático, y que era algo muy común en aquellos que había pasado por algo tan terrible como nuestro caso. Que era algo que yo tenía también, aunque en cierto modo me negaba a aceptarlo. Luego de contarme algunos de los síntomas, depresión, culpa, incapacidad para dormir, pánico inexplicable, necesidad de autolesionarse, decidí que no la escucharía más. Lo había captado; estábamos probablemente rotos sin remedio, y no comprendía cuál era su punto. No me importaba. Si intentaba asustarme, no funcionaría.

Y aunque no deseaba admitirlo, desde que abrió los ojos ese día, de no ser por la terrible debilidad que lo arrastraba de vuelta al sueño, no creo que Wade hubiera sido capaz de dormir los primeros días, al menos, dormir más que solo intervalos de dos a tres horas. Se mantenía alerta todo el tiempo, con los ojos tensos a su alrededor, casi esperando que alguien entrase con una cadena y un bozal para arrastrarlo de vuelta las montañas. Cualquier ruido súbito lo ponía tenso, cualquier movimiento brusco lo hacía ponerse a la defensiva. Era algo extraño, porque aunque estaba así, parecía tener una extraña necesidad de salir de la habitación, de hablar con todo aquel que se le cruzara enfrente, e inclusive, al segundo día de haber despertado, vi a Christopher salir de la habitación, y a juzgar por su expresión, las cosas entre esos dos se habían resuelto. La dualidad de su comportamiento me parecía algo extraña, tenía la sensación de que no estaba siendo el todo honesto, aunque en parte lo creía natural; trataba de recuperar lo que había perdido, actuaba como lo fue antes de ser un prisionero, y sus reacciones eran únicamente parte de las cicatrices que quedaron en su mente y su alma. Además, yo conocía a Wade; sabía que era fuerte, confiaba en que ser libre le había devuelto parte del espíritu que debió perder mucho tiempo atrás, algo que yo no conocí.

En cierto modo, debo admitir que me agradaba este cambio. Su manera de interactuar con personas que no deseaban herirlo, me era grata. Tenía una manera muy jovial de dirigirse a otros, como si supiera exactamente que decir para hacerles soltar una carcajada o le contasen algo divertido sobre sí mismos. Inclusive incluía en esto a Minerva, quien me parecía alguien totalmente severa y respetable, pero Wade no dudaba en soltarle la primera broma que se le cruzara por la mente (como fingir un grito de dolor mientras ella le limpiaba la herida de su pecho, provocándole un sobresalto, solo para luego recibir una mirada glacial de parte de la Suma Sacerdotisa).

No todo fue fácil; luego de poder ponerse de pie, y una vez que se cercioraron de que era seguro usar su presión, comenzó la segunda fase de su recuperación y la primera de mi entrenamiento como bruja. Mientras Wade era forzado a usar su presión poco a poco, a mí me enseñaban a usarla conscientemente, pero no era sencillo. La forma más fácil de compararla, es como cuando tratas de llevar tu pie a tu frente, necesitas ser flexible, enseñarle a tu cuerpo a estirarse, pero te cansa, te duele, y eventualmente comienzas a cuestionarte por qué diablos quieres poner tu pie en tu frente.

Pero, volviendo al tema, la navidad se acercaba, y Olga estaba más preocupada en practicar sus técnicas de maquillaje en mí que ayudarme con mi presión, algo que yo había llegado a aceptar luego de que me ignorase abiertamente varias veces, insistiendo que "no era el momento".

A veces me sacaba de quicio, pero lo cierto es que había llegado a conocerla mejor, una vez que hubo menos estrés en mi vida y me permití relajarme y entablar conversaciones con las demás brujas, una de las cuales, claro, era la dulce Olga, quien había sido sumamente paciente conmigo, aun en mis momentos más insoportables.

Su nombre completo era Olga Percelli, y tenía veintisiete años, cosa que era toda una sorpresa, ya que parecía quinceañera, pero me explicó que las brujas y los centinelas envejecen más lentamente conforme van creciendo. Su crecimiento decrece rápidamente conforme pasan los años, de modo que, en sus palabras, ella podría cumplir setenta años y apenas verse entrada en la veintena. Aquello me hizo cuestionar mi edad verdadera, ya que yo me veía de entre los diecisiete y los veinte. Quizás había pasado mucho más tiempo encerrada del que creía.

Sin embargo no quería ahondar demasiado en eso. No en esos días. Estaba más ocupada tratando de comprender la facilidad con la que Olga hablaba tan fácilmente de cualquier cosa con todo el mundo. Yo no era tímida, pero encontraba complicado entablar conversación cuando el tema no era de mi interés o simplemente era algo banal. Pero Olga no; hablaba hasta por las orejas. Sobre el clima, las aves, la comida, lo mucho que le apretaba la pretina de los pantalones, el estado de los caminos, chismes del monasterio, lo que fuera. Cantaba, brincoteaba, y siempre estaba alegre. Me enseñó a trenzarme el cabello, a maquillarme, y otras cosas bastante más importantes como introducirme a las computadoras, la televisión por cable (vamos, que las brujas no vivían en cavernas), a las revistas de moda y su altar ilícito, tras su armario, para honor y adoración a Justin Timberlake.

Llevaba en Drei Gewasser casi quince años, y desde entonces había sido una leal aprendiz de Minerva Van Fellner, quien le había prometido que de alcanzar un cierto nivel en el control de su presión, la tomaría como una de las herederas de su legado, pasando a ser Olga Van Fellner.

-Podría tener un papel activo en la reconstrucción de los clanes de las brujas, y buscar más, otras como yo… o como tú –dijo, procediendo con sus ilusiones de tener un aquelarre propio.

-Eso suena como algo que me gustaría hacer –admití, intento no tragarme parte del maquillaje líquido que me embarraba alrededor de la boca...

-¿Imaginas que ambas fuéramos adoptadas? –preguntó, alejándose un paso para admirar el trabajo de resanado que había hecho con tanta pasta en mi cara-. La Señora ha mostrado mucho interés en ti, estoy segura que también está considerándote. Olga y Sophie Van Fellner –me guiñó un ojo-, suena poderoso.

-Suena arrogante –murmuré con una media sonrisa-. Pero está bien; Wade siempre dijo que lo soy. Y en cierto modo pienso que tiene razón. Me azotaron más veces por no mostrar miedo ni someterme que por ser desobediente o ineficiente. A los Inquisidores les gustaba el terror, les gustaba sentirse por encima de los sobrenaturales, o más bien, hacernos sentir inferiores. Con todo lo que sé ahora, me parece una total estupidez, ¡Como si ellos no fueran parte de los inmortales! ¡Como si no tuvieran sangre de aquellos a los que tanto desprecian!

-Se excusan diciendo que sus poderes son conferidos por los Iluminados, los ángeles –Olga continuaba absorta en el maquillaje, apenas permitiendo que el tema tocara alguna fibra de sus emociones-. Pero es una mentira, la Titánide Themis fue quien los guio desde el inicio de su rebelión. Hay testimonio de los viejos Oráculos de que Alessi Portinari pedía consejo a Themis a través de ellos, y que juró matarlos si contaban el secreto. Cuando todo ese pasó las cruzadas recién habían terminado, la religión tenía una influencia tremenda en las masas, y era mucho más fácil mover a sus seguidores diciéndole que sus vidas prolongadas, su capacidad de percibir y luchar contra el mal y sus espadas que cortaban a través de los espíritus eran realmente obra de los ángeles, que en sí, no es del todo una mentira, pues los Titanes son ángeles, pero el problema es que ellos los pintaron como seres infernales y culparon a sus seguidores de paganos. Además, luego de la Masacre de Imperia y la disolución de los Tratados de Hierro... hablar con los Titanes era visto como algo repulsivo…

-¿La Masacre de Imperia? –ahora era yo quien se sentía atraída hacia esa historia- ¿Te refieres a la matanza del Rey Pendragon y sus hijos?

-¡Oh, no! La Masacre de Imperia sucedió más de cinco mil años antes de que siquiera existieran los Pendragon –respondió con tono sorprendido, aunque seguía absorta en mi cara, ahora haciéndome un gesto para que cerrase los ojos-. Era cuando los humanos hablaban directamente con los dioses y los espíritus, y toda esa magia aun envolvía el mundo –la escuché suspirar ligeramente, como llevada por aquellas visiones de libertad-. Aquellos tiempos se han perdido para siempre, Sophie. Ya no hay sitio en el mundo moderno para la magia, los hechizos, los fantasmas y las hadas o brujas. Todo eso se ha perdido. Y en gran parte se debe a los eventos que te mencioné.

-¿Por qué? –insistí un poco más- ¿Qué pasó?

-¡Ay, muchas cosas tristes! –casi podía verla sacudiendo las manos y encogiéndose de hombros, como alejando esos pensamientos alienantes de su piel-. No son temas para conversar mientras una se aplica maquillaje –me embarró algo pegajoso en la frente. Dios santo, ¿por qué dejaba a esta maniática jugar con mi cara?

-Bueno, tengo dudas sobre como canalizar mi presión en el exterior de mi cuerpo –intenté-. Sé que puedo crear un…

-Wade Lovecraft –exclamó ella, y una luz roja brilló en mi mente. Iba a volverme feroz para ver directamente a sus ojos, pero sus manos sobre mi cara me lo impidieron.

-¿Qué tiene? –pregunté, un poco de mala gana.

-Exactamente eso me pregunto –murmuró con un tono pícaro- ¿Qué tienes con él?

-Nada –respondí, controlando las ansias de abrir los ojos de sopetón, un tanto incomoda por su súbita atracción al tema. Me recordaba un poco a Gillie, y no me sentía exactamente cómoda teniendo regresiones a esos tiempos tan poco amenos-. Es mi amigo.

-¿Enserio? –preguntó con tono aún más atrevido-. Entonces, ¿puedo invitarlo a salir?

-¿Salir a dónde? –bien, me estaba incomodando.

-A una cita –repuso-. Como Ross y Rachel, ¿recuerdas?

-¿De la serie esa con la que estas obsesionada? –el estómago comenzó a hervirme, y no sabía si se trataba del maquillaje, su entonación o la mugrosa serie que me hizo mirar por una semana entera, que me sacaba de quicio, especialmente la maldita rubia caprichosa que no sabía qué demonios quería, y el tipo moreno y llorón que necesitaba un par de pelotas para retomar su vida.

-¡Sí, exacto! –añadió con un saltito de emoción en su voz-. Ir a un lugar romántico y luego, no sé, ponernos…

-No tienes que contarme detalles –solté un poco del fuego de mi estómago, mi voz aporreada por el calor furibundo en mi interior-. Pregúntale si quiere, no tengo por qué darte permiso.

-¿Por qué esa cara? –preguntó con aire divertido, y eso me hizo sentir más irritada- ¿Te molesta?

-¡Por supuesto que no! –me hacía sentir con ganas de hacerla tragar la brocha que me restregaba en las mejillas, pero me sentía muy orgullosa como para demostrar mi molestia. Me enfadaba imaginarla con él, caminando agarrados de la mano, echándose miraditas como dos adolescentes enamorados…

-Ajá –rio. Qué bueno que no sabía los deseos que tenía de empujarla y patearla en el piso. Abrí los ojos, clavándole una mirada envenenada.

Olga me observó unos momentos, aunque ya no a mi maquillaje, sino a mí. Mi expresión. Parecía que estaba viendo una comedia romántica.

-¿Qué? –Pregunté abruptamente, y ella solo se echó a reír- ¿Qué?

-Nada –dijo aun entre risas-. Esto será interesante.

-¿Qué cosa? –insistí, ahora casi furiosa, pero ella seguía con la misma cara de idiota enamorada- ¡Olga!

-¡Nada, quédate quieta! –Ordenó, sujetándome la barbilla con una mano y poniéndome labial con la otra, ignorando mi cara de pocos amigos-. Va a ser muy interesante.

-¡OLGA!

-¡QUIETA!

.

.

.

-¿Bautismo de bruja? –pregunté, un poco confundida y, bueno, asustada al escuchar aquello.

Había estado viendo demasiada televisión por cable, cosa de Olga, quien descubrí que era fanática de las teleseries, y poco a poco, me dejé inminentemente arrastrar por ella a ese mundo de tinieblas, drama y risas pregrabadas. Ahora, en todo lo que podía pensar al escuchar aquello, era en el horrendo incidente ocurrido en el bautismo de Wyatt, en el último capítulo de "Charmed".

Le eché una ojeada rápida a Olga, quien se agitó silenciosamente emocionada en su silla, a un costado mío, como si fuera a darle un ataque de epilepsia. Intenté fingir una sonrisa, pero creo que su súbito explaye de emoción no me ayudó demasiado.

-Así es -Minerva asintió solemnemente, con toda la sobriedad que su persona, revestida en seda morada y su largo collar de sol y luna, proyectaban, aun sentada en su sillón, como una estatua de hierro recubierta por terciopelo-. Para que puedas llamarse finalmente brujas a sí mismas, y puedan adoptar el nombre de la familia Van Fellner, deberán ser bautizadas por medio de nuestros ritos. Es como dicta la tradición.

Tradición… aquí amaban esa palabra, por lo que podía ver.

-¿Qué son estos "ritos"? –pregunté de nuevo, mis ojos viajando rápidamente de Minerva hacia los dos que se hallaban de pie tras de ella, Christopher, severo y propio para una reunión así, y Wade, cuya sonrisa y expresión me instaba a preguntar hasta que mi curiosidad se hallase saciada- ¿Qué tenemos que hacer exactamente? ¿De qué trata?

-No tiene que sacrificar conejitos ni bebés a la luna, Sophs –añadió velozmente Wade, con brazos cruzados y actitud divertida. No estaba muy segura si reírme o sentirme aliviada.

Minerva suspiró profundamente, con los parpados entrecerrados y la boca tensa.

-Gracias, señor Lovecraft… -repuso con tono fastidiado; sin siquiera molestarse a mirar como el tipo se encogía de hombros ante su travesura-. No somos hechiceros, señorita Sophie, somos brujas; mezclamos nuestra presión con la naturaleza, tomamos fuerza de ella, respetamos sus ciclos. No ofrecemos vidas por vidas, ni sangre por sangre; eso involucra fuerzas oscuras más allá de nuestro control. Eso no debe tenerte preocupada, no hay razón.

Asentí, un poco más tranquila.

-Los ritos en sí son tres –levantó sus delgados dedos al frente, el pulgar, índice y medio-: La Presentación, la Larga Noche y el Bautismo. En sí, es un proceso que dura cerca de tres a cuatro meses. La Presentación es justo eso: llevarás una ofrenda a los bosques, y si al otro día han desaparecido, quiere decir que los espíritus encuentran grata tu ofrenda y el ritual continua con la Larga Noche, un periodo en el cual deberás estar sola en los bosques del atardecer al amanecer; los espíritus no te harán daño, cuando mucho intentarán alejarte del camino o te harán tener visiones extrañas, pero si pasas la prueba, significa que eres fuerte, y que respetan tu presión. Y, finalmente, el Bautismo, donde serás proclamada como una de los nuestros y podrás participar en el Banquete del Equinoccio, el 21 de junio.

No sonaba del todo mal, salvo la parte de pasar toda una noche a solas. No me asustaba la oscuridad, había pasado mucho tiempo en la oscuridad, y había aprendido a no temerle, y tampoco me asustaban los espíritus. Lo que me causaba algo de pánico, era las personas desconocidas que podrían andar rondando en la oscuridad…

Los Inquisidores…

Si Christopher nos había hallado cerca de allí, ¿no habrían Inquisidores aun rondando por estos lares? Habían transcurrido poco más de dos meses desde que huimos, si tenían la sospecha de que fuimos socorridos por alguien, quizás podrían deducir que no nos hallábamos lejos, o quizás ya sabían de las brujas.

Busqué a Wade, intentando hallar algo de apoyo, pero su expresión se ensombreció tanto como la mía, como si hubiera olvidado ese detalle y no le causase muchísima más gracia que a mí.

-No te preocupes –instó rápidamente Minerva, percibiendo el miedo que me esforzaba por ocultar. Aquello me causó una ligera molestia, que pudiera leerme con tanta claridad no era común para mí-, no estarán solas en el bosque. Habrá gente en vela vigilando la zona, y si algo parece sospechoso, acudiremos de inmediato.

-Estará todo bien –Olga, colocando la mano sobre mi hombro, ofrecía una tranquilizadora sonrisa. Su efecto, sin embargo, no me era suficiente-. He visto a muchas brujas y brujos pasar el ritual y muy pocas veces requieren ayuda, y casi todas han sido porque se asustan. Solamente he visto dos personas que llamen por peligro, y se trataba de animales del bosque, pero nunca hubo heridos.

-Sin embargo nunca antes hubo Inquisidores tan cerca de Drei Gewasser –Christopher, desde lo lejos, mostraba una actitud preocupada, mucho más que el mismo Wade. Se adelantó un paso, brazos tendidos hacia Minerva como si quisiera hacer una profusa sugerencia, aunque con el rostro bajo y los ojos tímidos, lo más respetuoso posible-. Quizás deberíamos…

-Drei Gewasser no ha sido atacado por Inquisidores desde hace varios siglos, señor Morningstar –replicó la Suma Sacerdotisa y aunque su rostro no cambió, su voz salió como un trueno de entre sus labios-. Siempre hemos sido un blanco, y nunca nos ha detenido eso. No veo porque deba ser diferente ahora- volvió la cabeza, muy lenta, altivamente, para mirarlo por sobre su hombro-. Así que, por favor, no asuste a mis brujas.

El shinigami retrocedió, con la misma actitud de un cachorro avergonzado, hasta volver a un costado de Wade, cuya expresión dejaba ver todo menos arrepentimiento. Estaba furioso, su ojo verde clavado en la espalda de Minerva como si quisiera reprenderla por su actitud, negando lentamente con la cabeza.

Aquello no me hizo sentir mucho más tranquila.

No pude dormir esa noche.

Rodando sobre las sabanas de algodón y la manta de lana, me debatía entre la realidad y los sueños, en ese bosque que ni siquiera conocía del todo, pero cuyos recuerdos me atormentaban al cerrar los ojos y pensar, solo pensar, en que me hallaría allí, sola, a merced de cualquier cosa que pudiera arrastrarse por las sombras.

Las pesadillas sobre Heirdermeister seguían persiguiéndome, aun veía entre sueños sus caras llenas de odio, escuchaba los ruidos de las cadenas y sus voces gritándonos, contando nuestras cabezas, arrastrando a los más débiles, a los traidores, a los problemáticos, a sus muertes.

Cerca de las tres de la mañana me puse de pie, harta finalmente de ser incapaz de descansar y conseguir únicamente recuerdos perturbadores. Con las manos sobre la cabeza, me ajusté el cabello en una cola, me coloqué la bata color azul marino sobre los hombros, encendí la luz del escritorio, y comencé a hurgar en los pesados tomos que había sacado de la biblioteca.

No eran tomos comunes y corrientes, mucho menos los que nos recomendaban para leer en clase; eran volúmenes del área restringida, libros guardados bajo llave, únicamente usados para que los sacerdotes y sacerdotisas realizaran consultas, revisaran hechizos muy poderosos o curas para combatir ataques de presión por hechiceros, por magia de sangre. Por energías negativas.

¿Y por qué los tenía yo? Era un modo de rebelarme contra todo ellos.

Cuando Wade se hallaba encerrado y aun no me permitían verlo, llegué a considerar que en uno de esos libros habría algún conjuro para hacerse invisible o algo por el estilo. O quizás una forma de liberar del drenaje a una maldita serpiente gigante que convirtiera a todos en piedra con solo mirarlos. Lo que fuera, solo algo que me ayudase.

Así que guiada por mi frustración, mi curiosidad, y mi reciente obsesión con Harry Potter, me interné en lo profundo de la biblioteca, buscando algo que pudiera ayudarme, y así fue con hallé varios tomos con encantamientos de alto nivel, inestables, información sobre el bosque, leyendas, historia. Saqué cuatro tomos de allí, a lo largo de casi dos semanas, siempre robándole las llaves al vigilante dormido y regresándolas antes de que siquiera cambiase de posición la cabeza.

Lo cierto es que no leí demasiado, más que algunas historias sobre bóvedas ocultas, demonios que alguna vez reinaron Egipto, crónicas de la guerra contra los Inquisidores, una vieja leyenda sobre un ángel llamado Devine, y algo interesante; los espíritus guardianes.

Al parecer, había seres Fae, criaturas que nacieron con presión sobrenatural, que también llegaban al mundo acompañado de un espíritu guardián, algo muy similar a un ángel de la guarda. A veces los guardianes podían servir para recordar eventos pasados, ser un apoyo de presión, e inclusive, como lo que eran, un guardián físico.

Si iba a enfrentarme a lo desconocido en un bosque, no lo haría sola. Y sabía exactamente quien podría ayudarme.

Las instrucciones no eran complicadas, y afortunadamente, tenía algunos ingredientes en mi habitación. Arrastré el espejo ovalado a la mitad del cuartito, de frente coloqué una silla, y al frente de la silla, una cubeta con agua, lo suficientemente grande para que alcanzasen mis dos pies. Ahora que sé un poco más sobre el ritual, puede resultar bastante peligroso para alguien como yo, que en ese momento, ni siquiera conocía del todo mi presión y no era una "bruja" en sí. El agua es un vínculo al mundo espiritual, el espejo es un portal, y el círculo de sal colocado alrededor, es un nexo con la tierra de los vivos. Básicamente, es como asomarte por una ventana al mundo de los espíritus, pero puedes ser absorbido por él, puedes contactar otro guardián que te tomé por un intruso o algo peor, o, Dios no quiera, quedarte allí, incapaz de romper ese vínculo, con tu mente rota por la presión.

El último paso, antes de sentarme, era cubrir el espejo con un trapo largo, que impidiera ver el reflejo por completo. Si el guardián estaba allí, o quería hablar, lo bajaría el mismo, si no, no pasaría nada.

Hice todo, y finalmente, tomé asiento, hundiendo los pies en la cubeta de agua fría, con el pantalón enrollado hasta las rodillas. Cerré los ojos, concentrando mi presión en el silencio, en el espejo, en mi misma. Repetí el proceso, la respiración, la presión, unas cinco veces sin respuesta, hasta que, finalmente, sentí un leve cosquilleó en los tobillos, en las piernas. La temperatura del cuarto no disminuyó, pero si hubo un cambio: había calor, como si pudiera estar totalmente desnuda allí y no sentiría ninguna molestia en mi piel.

Me retiré la baja, lanzándola lejos de mí para no romper el círculo, y cuando abrí los ojos para comprobar que no dañé la circunferencia, la sábana que cubría el espejo cayó estrepitosamente hasta el suelo, la orilla plateada del mismo se cristalizó, como si del otro lado una tormenta gélida se hubiera estrellado contra el cristal. Quise acercarme para ver mejor, sin embargo, tenía esa sensación de que algo más grande que yo me sujetaba con treinta manos y dedos de piedra contra el asiento de la silla. El reloj de la torre del monasterio comenzó a sonar, marcando las tres en punto, la primera campanada hizo eco en mi cuerpo, en las manos que me sujetaban, pero la segunda y la tercera nunca llegaron.

Aspiré con fuerza, intentando luchar contra ello, contra el tapón de hielo que súbitamente ahogó mi garganta, contra la necesidad de salir corriendo, huir de aquello que se materializaba, poco a poco, como si algo invisible del otro lado del espejo, fuera cobrando forma a medida que los copos de nieve se adherían contra su superficie traslucida.

La luz titiló un par de veces, brilló con intensidad, hasta que se apagó por completo, y en el espejo, de pie, apareció una silueta que paulatinamente cobraba forma, forma humana. El cabello negro y oscuro, largo, su piel blanca como la helada, con la misma ropa que yo, el mismo rostro. Con el alma congelándose en mi pecho, descubrí que lo único diferente entre nosotros eran sus vibrantes ojos dorados, y la pupila rasgada que observaban sorprendidos sus nuevas manos, su cuerpo, y entonces, hundió sus orbes en mí.

Nunca había visto ojos así. Ojos totalmente amarillos, sin esclera, sin iris. Solo ámbar. Solo amarillo.

Pasé saliva, con el cuello echado hacia atrás por una fuerza invisible, esperando, incapaz de gritar, que algo peor pasase.

Sin embargo, tras unos segundos de silencio, no hubo nada, y finalmente, habló.

-¿Sophie? –preguntó, con una media sonrisa en sus labios idénticos a los míos.

-¿Quién eres? –no le daría información si no estaba segura de que no era peligroso. Ladeó la cabeza, con suma reverencia, cruzando las manos sobre sus piernas.

-No voy a darte mi nombre así nada más… -susurró, entrecerrando levemente los ojos, aun con su enigmática sonrisa. Le devolví el gesto; nada mal, al menos no era una idiota-. Tú me invocaste, tú debes saberlo.

-Inicia con E…

-Y te ayudé hace poco…

-Para controlar la presión de Wade…

-Porque las brujas iban a sacrificarlo…

-Muy bien… -jadeé, sintiendo la tensión en mi cuello menos intensa-. Nada mal, Evilynn…

-¡Ah…! –exclamó, y de inmediato, todas las ataduras de mi cuerpo desaparecieron como si nunca hubieran realmente estado allí-. Eso es mejor. Aunque no esperaba menos de ti: no eres tonta. Nunca los has sido.

-¿A qué te refieres? –me froté las muñecas, aun algo recelosa, pero animada por sus palabras- ¿desde cuándo me conoces?

-No sé cómo responder a esa pregunta –admitió, echándose hacia el asiento con un suspiro desganado-. Un día "desperté" –prosiguió, haciendo las comillas con sus dedos- y ya estaba contigo. Pero no podías oírme, y por más que lo tratase, no lograba hacerte reaccionar.

-¿Cuándo fue eso? –quizás ella sabía la respuesta a mis preguntas, a mis dudas- ¿Cómo me veía? ¿Era más pequeña?

-No, lucías justo como ahora –declaró, observándome de pies a cabeza, mientras la decepción me golpeaba-. Pero no podías hablar. No te podías mover. Solo… estabas allí.

Me llevó una mano a la boca, dudosa. Tal vez debería cambiar la dirección de mis preguntas. Hacia ella, no hacia mí.

-¿No tienes idea de cómo llegaste conmigo?

Sacudió la cabeza.

-No –respondió, pero se quedó pensativa, como intentando atar dos cabos lejanos, el uno del otro, y buscara la manera de hacerlo. Negó una, dos veces, se tocó el pecho, muy suavemente, como si recordase algo muy doloroso-. No sé… Solo sé que desperté, y era Evilynn… Creo que por eso me veo como tú… creo que no recuerdo como era…

Sonrió, confundida, intentando ocultar la tristeza a través de una risita. No necesité ponerme en sus zapatos para comprenderla; conocía ese sentimiento mejor que nadie.

-¿No recuerdas nada?

-Recuerdo dolor… -apretó la blusa entre sus dedos. Sus ojos amarillos rondaban el suelo, como si fuera un enorme espejo que reflejase sus profundas emociones-. Recuerdo ser feliz, y luego estar sola… -se detuvo, sus manos, mis manos, titubeando hacia su abdomen, su rostro contrayéndose en un gesto de intensa ira roja-. Recuerdo odio… Recuerdo ojos rojos… sangre…

El agua de la cubeta comenzó a elevar su temperatura súbitamente, y el cristal del espejo crujió como si fuera a partirse en mil pedazos. Estaba desestabilizándose, tenía que calmarla.

-Evilynn –la llamé, con voz firme. Afortunadamente, aun no caía por completo en el embrujo del odio, y volvió sus extraños ojos hacia mí, tratando de verme como si un velo le cubriera los ojos-, necesito tu ayuda.

Bajó ambas manos a su regazo, mirándome aun con trazas de rabia en su rostro idéntico al mío.

-Estás asustada por la Larga Noche –declaró, y di un respingo.

-No creí que fuera tan obvio –me encogí de hombros, algo avergonzada.

-No lo es –dijo-, pero puedo sentir tus emociones, algunos pensamientos tuyos. A veces veo tus sueños, y sufro tus pesadillas… -se llevó la mano al pecho, sonriendo con cierta lástima-. No me gustan tus pesadillas, pero me gustan tus sueños. Sueñas mucho con la luz y con…

-Necesito de tu ayuda para la Larga Noche –repliqué, quizás muy abruptamente, fingiendo un tosido contra mi mano y cerrando los ojos con solemnidad. La verdad es que no quería que siguiera hablando de más y dijera algo vergonzoso. Suficientemente invadida me sentía sabiendo que algo o alguien conocía mis miedos más profundos-. Estaré sola en el bosque, y… Solo quiero tener refuerzos en caso de que algo aparezca en la oscuridad.

-La oscuridad… -volví los ojos a ella; se había quedado ensimismada, perdida entre algún recuerdo que parecía lejano ahora, nostálgico, perdido entre una marea de memorias que no tenían forma ni color. Hubo un suave cambio en ella, en su rostro estoico. Un abismo se abría entre ella y el conejo blanco al que perseguía, hasta que de pronto, cayó víctima de algo horrendo. Algo cruzó en su camino, y me miró con ojos muy abiertos, saturados de horror-. Hay… hay algo en la oscuridad…

Se puso de pie, respirando agitadamente, los ojos clavados en mí.

-¿Evilynn? –pregunté, intentando calmarla. No tenía idea de que podía pasar si ella perdía el control- ¿De qué estás hablando?

-Hay algo… -dio la media vuelta, las manos sobre su frente, los ojos apretados, girando como si fuera víctima de una torbellino interna que amenazaba con destruirla-. Hay… alguien…

-¿Quién? –exclamé, olvidándome del volumen de mi voz y levantándome de un salto. No comprendía que le pasaba, porque le pasaba. Solo sabía que necesitaba la respuesta, antes de que el hechizo expirase- ¿Quién está en la oscuridad?

-¡No vayas…! –soltó, volviéndose hacia mí, temblando como consumida por un fuego interno, y entonces emitió un chillido de dolor, se dobló sobre sí misma, sujetándose el abdomen con ambas manos, justo allí, donde los copos de nieve caían apresurados, manando como sangre blanca desde el centro de su torso, como si una mano invisible la hubiese herido de muerte. Me quedé paralizada, mirándola luchar contra el dolor, como escurrían lágrimas cristalinas de sus ojos, como su rostro se resquebrajaba como una estatua de hielo golpeada por una piedra- ¡No vayas… a la oscuridad…! ¡Él…! ¡Él está allí…! ¡Ah…!

Cayó de rodillas, y de inmediato, todo su cuerpo exploto en una lluvia de copos y hielo, arrastrando consigo toda la visión del espejo, como si el tiempo hubiera retrocedido, la sábana se elevó hacia el borde del espejo, cubriéndolo por completo, y de inmediato escuché la segunda campanada del reloj de la torre, seguido de la tercera.

Todo quedó en silencio. Fue como si el momento nunca hubiera existido.

Y aun así, me dejó la sangre helada en las venas.

¿De que hablaba Evilynn? ¿Quién se hallaba en la oscuridad?

Traté de contactar con ella una vez más, pero no hubo respuesta. La comunicación era de un solo lado, o ella no respondía, o quizás no quería hacerlo. Lo intenté la noche siguiente, a la misma hora, con la misma ropa, pero nada pasó.

Al cabo de tres días, tenía más dudas que respuestas, y ahora, ni siquiera estaba segura de sí contaría con ella para la Larga Noche.

Pensé en contarle a Christopher, pero considerando su amor por lo correcto, probablemente me echara de cabeza con Minerva, temiendo por mi seguridad, y Olga ansiaba demasiado ser adoptada; temí que intentando evitar el castigo, pudiera acusarme con otra bruja o con la mismísima Sacerdotisa.

Obviamente, antes de todos ellos, consideré a Wade. Era el único en quien confiaba ciegamente, y él único que estaba segura de que no buscaría meterme en problema, aunque no sabía que tanto conocía sobre los guardianes o sobre los espíritus y esas cosas. Supongo que bastante, había sido un shinigami, y tratar con almas fue su trabajo durante largo tiempo. Sin embargo, la siguiente semana fue muy dura para ambos; su recuperación era larga y lenta, y los siguiente días pasó mucho tiempo practicando con Karl Horst, mano derecha de Minerva y algo así como su segundo al mando, con su presión, y en varias sesiones donde los altos mandos de Drei Gewasser se reunían para hablar de asuntos serios que concernían a las brujas. Ni siquiera tuve tiempo para preguntarle sobre de que hablaban, ya que apenas nos veíamos para almorzar, nunca estábamos solos y no coincidíamos en habitaciones cercanas.

Para colmo, a los pocos días de cumplirse la semana de mi charla con Evilynn, algo pasó.

.

.

.

No fue difícil encontrarlo; a lo largo del pasillo, había cientos de puertas, pero aquella era la única cuyo pomo estaba manchado de sangre.

Nadie más lo vino siguiendo; afortunadamente, al ser los finales de enero, y luego de las celebraciones de diciembre, todo mundo estaba demasiado ocupado para andar vagando por los pasillos. Además, cualquiera que hubiese visto lo que pasó, probablemente estaría abajo, ayudando.

La abrí de golpe, percibiendo cada uno de mis pasos rápidos coordinados con el latido agitado de mi corazón, cerrando detrás de mí en cuanto me hallé dentro. Eché el pestillo casi en automático; esto no era un show, nadie tenía que entrar a ver.

-Vete… –espetó fríamente. Estaba con la espalda contra la pared, al fondo del cuartito, apenas divisible entre las escobas y otros trastos que se guardaban en la bodega. Apretando su muñeca con sus dedos crispados y empapados en sangre, como si estuviera poseída por un espíritu violento y fuera a volverse en su contra sin previo aviso. Todo su cuerpo estaba tenso, en posición de estar a punto de atacar. Sus ojos, bajos, ocultos tras su cabello, y aun así, era claro para mí lo que habría en ellos.

Lágrimas, vergüenza, dolor, terror, asco…

Uno de los perros del monasterio había estado jugando con él. Un cachorro que habían traído recientemente, y él y Wade habían desarrollado una extraña relación en la cual mi amigo le picaba la barriga y el perro se ponía a dar cabriolas…

Algo había pasado…

Algo lo hizo reaccionar…

Un sonido fuerte, algo, quizás el entrenamiento de las brujas atrás de nosotros, quizás los gritos, los ladridos del perro, la persona que lo tomó por sorpresa…

Reaccionó como quizás lo había hecho muchas veces en el pasado para salvar su vida…

Lo siguiente que vi, fue un charco de sangre, y el dueño del perro gritando sin control…

-Por favor… -gimió entre dientes, su respiración cada vez más superficial, como si el oxígeno no pudiera llenar el vacío que los rasgaba como tela desde su interior-. Déjame solo… No quiero herirte también…

Él también estaba roto; lo ocultaba, lo fingía, actuaba y pretendía ser fuerte y sano, pero la verdad es que seguíamos hechos pedazos, apenas unidos por un bienestar que era mañeramente físico…

¿Yo lo sabía? ¿Habría podido prevenir esto?

Consideré de nuevo la idea de decirle, más adelante, todos esos sobre Evilynn, lo que me dijo… pero no, no era el momento, y no era lo correcto. Apenas podía contra sus propios demonios internos como para que lo involucrase con los míos.

No, necesitaba mi ayuda, y eso es lo único que obtendría de mí. No más caos. No más problemas. No más dolor.

Caminé lentamente hacia él, mis manos extendidas con suavidad y precaución hacia él, mi parte racional gritándome que corriera en dirección opuesta, todas las señales me pedían dar la media vuelta y salir por la puerta…

Sin embargo, no era lo correcto… ¿Cómo podía dejarlo así, cuando él no lo hizo conmigo?

-No lo harás… -dije suave, con el dolor de su voz calándome el alma entera. Quería tocarlo, pero no sabía cómo, ni cuál era la manera correcta, o que decir para hacerlo sentir mejor-. Te lo he dicho; no te tengo miedo…

Soltó una risa hosca, desde el fondo de su garganta. No intentaba ser burlón, al menos, no buscaba burlarse de mí. Quizás, era más para sí mismo. De alguna manera retorcida, aquello le parecía ridículo.

- Si supieras lo que he hecho… -su voz tenía un tono horrorizado, casi como quien se cuenta una verdad que ha negado toda su vida y finalmente descubre que es cierta. Ya no tenía el tono oscuro de la celda, cuando me dijo aquellas mismas cosas; no sonaba orgulloso, intimidante, sino… horrorizado de sí mismo, de lo que era capaz de hacer y su propia existencia le causase repugnancia-. Si lo supieras no dirías eso… No vendrías aquí sola…

Tembló, como sobrecogido por los terribles recuerdos que probablemente asolaban su mente, acuchillándolo con terribles palabras, con olores, sensaciones y sabores tan terribles que resultaba insoportables. Di un paso más hacia él, percibiendo sobre los brazos la estática de su presión alterada, una capa eléctrica a su alrededor.

-No comprendes… la clase de aberración en la que me convirtieron… -aun con todos los dientes apretados, los sollozos continuaban escapando desgarradores y prófugos de su garganta, tirando de él hacia el abismo negro del cual salían esos terribles pensamientos- ¡Yo no pedí esto…! ¡Yo debería estar muerto…! ¿Qué clase de Dios… le perdona la vida algo como yo…?

-No digas eso… -insistí, reclinándome frente a él parsimoniosamente. No quería hacer movimientos bruscos, no quería exaltarlo, pero tampoco sabía cómo tocarlo o acercarme a él, y con las manos extendidas, traté de hallar un sitio donde establecer contacto-. ¿Quieres hablar de ello…? ¿Del pasado…? Te ayudaré a buscar una solución…

-¡No…! -sacudió la cabeza, como un caballo que se resiste a seguir las riendas. Las lágrimas le salpicaban la ropa, el pantalón, saltando de sus apretados ojos, como si temiera que al mirarme me transformase en piedra-. Por favor, no… No quiero que…

-¿Por qué no me lo dices? –siempre hablaba de ello. Lo mencionaba, con rabia, horror, pero jamás me decía la verdad. Acerqué mi cuerpo un poco, descendiendo aún más, bajando hacia su cara, buscando la forma de que me mirase a los ojos, de hacerlo salir de ese estado tan sofocante y abrumador. Una puerta que me permitiera alcanzarlo a través de la confusión y la inquietud. Algo, lo que fuera-. Wade, ¿por qué no hablas conmigo…?

Volvió a reír, ahora con más ahínco, y finalmente, levantó sus ojos hacia mí, revelando la expresión de completo pavor que le manchaba el rostro, los colores violáceos, azules y rojos del dolor, la rabia y la tristeza, destellando en sus ojos heterocrómicos. Nunca lo había visto así…

No quería verlo así de nuevo…

-Porque no quiero que me tengas miedo… -una máscara de horror, desgracia, asco y un profundo, intenso dolor. Tenía los dientes apretados, su cara manchada por la sangre y el llanto, sofocando tantas cosas que le resultaban imposibles de guardarlas más. Un niño que ha hecho un desastre y no quiere que lo vean sucio, desecho-. Tú no me ves como si yo fuera un monstruo… No quiero que me mires así…

Silencio…

Mi mente retrocedió a esa noche en la celda, a su voz, sus palabras…

Lo que le dije, mi actitud…

Ahora comprendía el efecto que tuvo en él…

Tomé su mano entre la mía, el borde de su nuca con la otra. Fue algo espontáneo, una reacción a su estado, sus palabras, el dolor en su voz. No hubo resistencia; un momento de duda, mientras hallaba la forma correcta de abrazarlo con todas mis fuerzas. Sus brazos, abiertos e inmóviles, a los lados de mi cintura.

-Tú no eres un monstruo… -palabras que no parecían mías. Sonaban lejanas, perdidas entre los jadeos sollozantes de Wade contra mi cuello, entre mis propias lágrimas-. Y si lo eres, no me importa… Para mí siempre serás quien me salvó… Para mí tú eres un héroe, Wade…

Lo escuché estremecerse, encogido en mis brazos, cerrándose a mi alrededor como si tuviera verdadero pavor de hacer algo indebido, muy lentamente, hasta que, por fin, se permitió quedarse allí, soltando en silencio el peso amargo que llevaba encima.

-Está bien… -murmuré, arrullándolo con palabras delicadas, dejándolo llorar aquello que lo envenenaba por dentro-. Estoy aquí…

.

.

.

Ahora que lo pienso, creo que todos notaron, mucho antes, lo que sucedía entre nosotros. La camaradería, la búsqueda por ayudar al otro a ser mejor, ya fuera consolándole por sus pesadillas, ayudándole a entrenar o simplemente a practicar algo nuevo. Había cosas que no noté, por el simple hecho de que no las consideraba demasiado anormales entre nosotros, como el hecho de que Wade se echaba a leer o dormir sobre mi regazo mientras yo leía o estudiaba, o que cuando me aterraba dormir sola, buscaba refugio con él. Se acostaba a mi lado, sin tocarme, únicamente haciéndome compañía.

Era algo común para nosotros; habíamos dormido así muchas veces, especialmente en los meses más fríos y la celda se volvía un congelador casi insoportable.

Ninguno de los dos se alejaba del otro al estar cerca, no me cohibía, salvo contadas ocasiones, cuando me miraba largamente y al final sonreía de lado, poniéndole la cereza al pastel con esa mueca autosuficiente que me dejaba sin palabras. Pero salvo esto, era todo lo que podría decirse que me "ponía incomoda", porque realmente no lo hacía. Es decir, lo hacía, más de una forma… agradable.

Creo que la manera más clara de explicarlo es como cuando alguien te pone enfrente una preciosa bandeja, repleta de pastelillos y chocolates… pero estás a dieta. Sabes que no debes comerlo, sabes que al otro día, te sentirás hinchado, y sin embargo, los miras…

No los has probado, pero se ven tan… deliciosos, tan elegantes, tan dulces y exquisitos… Y están allí, justo allí, al alcance de tu mano, y te mueres por probar un bocado…

¡Pero estás a dieta! ¿Por qué diablos quieres estar cerca de algo así, si estas a dieta?

Lo entienden, ¿no? Te gusta, pero te incomoda…

Me lo pregunté una noche. Exactamente, ¿por qué me sentía así cuando se acercaba mucho, cuando me sonreía alegremente al otro lado del corredor, cuando lo atrapaba observándome ignorando que lo notaba? Antes no me sucedía esto, no al inicio, recién conocidos, ¿era entonces una cuestión de amistad? ¿Mientras más convives con alguien más raro te sientes?

¿Era por eso que no quería que saliera con Olga?

Lo que no entendía del todo es ¿por qué estaba yo a dieta?

La respuesta llegó, más o menos clara, una tarde en el patio, mientras practicaba la conducción de mi presión fuera de mi cuerpo. El chiste, en sí, no era externarla, sino controlarla, hacerla salir poco a poco. Es más difícil de lo que suena, sin embargo, es muy similar a lo que sería cantar; la conducción correcta de la respiración, la posición de la boca y sus respectivos músculos. Es muy distinto gritar a cantar.

Volviendo al tema, Wade solía ayudarme con un ejercicio que constaba en colocarse uno frente al otro, con las palmas de las manos de las dos personas tocándose. La primera, en este caso mi amigo, debía expeler presión sobre sus manos, poco a poco, creando paulatinamente un escudo sobre su piel. La segunda persona, yo, debía hacer exactamente lo mismo. El chiste aquí era que si uno de los dos excedía su presión o la disminuía, desincronizándose del otro, recibiría un leve golpeteo por parte de la presión de la otra persona. Ambas presiones debía crecer al mismo tiempo para evitar el toque eléctrico.

Originalmente realizaba la práctica con Olga, pero a veces era tan lenta, y temía tanto darme un chispazo, que creaba su escudo con tanta parsimonia que me la pasaba electrocutándola cada dos por tres. También había otro chico, un poco menor que yo, pero la diferencia, era que no lograba controlar su presión y allí podíamos pasar una hora entera, electrocutándonos el uno al otro sin llegar a nada. Wade, por su lado, no era tan misericordioso conmigo, y gustaba de molestarme cada tanto en tanto dándome toques cuando menos me lo esperaba.

Ese día, él acababa de terminar de entrenar con el grupo de pelea del monasterio. No era tan difícil para él, después de todo, si algo había hecho estando prisionero, era pelear. Eran ya mediados de marzo, y el calor comenzaba a inundar cada rincón del edificio, aunque por suerte, aun teníamos días bastante frescos.

Ese día, Olga tuvo que irse casi una hora antes de finalizar mi sesión. Dijo tener un compromiso en las bibliotecas pero sospecho que estaba harta de recibir descargas de mi parte, solo que era muy educada para admitirlo.

Por suerte, o desgracia mía, Wade se ofreció amablemente a ayudarme. Llevábamos casi media hora allí, y luego del intento numero cincuenta, y ser electrocutada por lo menos diez veces, comenzaba a perder la paciencia. Le insistí que dejáramos por la paz aquello; llevaba varios días de pésimo humor por lo mismo; lo único que quería, era bañarme y sentarme a leer el resto de la tarde, pero él argumentaba que podía hacerlo. Además, el hecho de que faltase menos de tres semanas para el 21 de Marzo, el día del Solsticio de primavera y también el día que comenzaría todo el ritual del bautismo y necesitase demostrar que tenía un control aceptable de mi presión, no me ayudaba a relajarme.

-Concéntrate –me dijo, luego de convencerme de poner nuevamente mis manos contra las suyas. Percibí el empuje suave de su presión, y el chasquido de la mía al rebotar contra su barrera. Iba a ponerme a maldecir, más me cortó en plena frase-. Deja de pensar en lo que sea que estés pensando… -otro toque, y ahora dejé caer las manos.

-¡Ugh! ¡¿Qué rayos pasa conmigo?! –lo había hecho el día anterior con Olga. Una parte de mí, sospechaba que Wade, y su usual risa burlo eran lo que no me permitía concentrarme.

-Deja de lloriquear y concéntrate –gruñó ante mi berrinche, con las manos puestas al frente. Estaba a dos de sacar mi presión de golpe y darle la descarga de su vida, cuando me ordenó, con voz firme-. Cierra los ojos.

-¿Por qué? –quise saber de mala gana- ¿Vas a hipnotizarme?

-Cállate y hazme caso –refutó, sonriéndome con molestia, como si quisiera darme un toque pero estuviera conteniéndose. Rodé los ojos, considerando la posibilidad de que fuera a gastarme una broma. Iba a replicar, pero volvió a hablar, demandante y con expresión severa-. Cierra. Los. Ojos.

De mala gana, hice lo que me decía.

-Estas enfocándote en lo que pasa fuera de ti, no en tu interior –comentó con cierta sobriedad, cosa extraña en él-. Tu respiración te indicará todo; saca tu presión al ritmo que exhalas, y cuando te quedes sin aire, cortas el flujo. Al inicio, cuando te quedas sin aire pierdes control.

-No estoy entendiendo absolutamente nada… -abrí los ojos, enfurruñada, mirándolo contener el aire, y hacer una mueca de frustración ante mi comentario-. Eres un pésimo maestro…

-No es mi culpa que seas retrasada –le di un empujón, pero apenas conseguí hacerlo perder el equilibrio. Dio un traspié hacia atrás, aun con los ojos cerrados y sofocando una carcajada ante mis ridículos intentos de tirarlo al piso.

Pero no contaba con la ligera descarga que le propiné a la altura de las costillas, obligándolo a caer de sentón sobre el pasto…

Arrastrándome por las muñecas de paso.

Sentí el cambio de peso en media caída, y todo intento por liberarme fue en vano; su agarre era mucho más firme que el mío, y antes de notarlo, ya estaba tendida en el suelo, con la espalda cosquilleándome por las hojitas, Wade sujetándome las muñecas por encima de mi cabeza, y con su mano libre, concentrando su presión sobre las yemas de sus largos dedos, comenzó a picarme aleatoriamente en el abdomen y la cintura, provocando que me retorciera por las cosquillas.

-¡No, Wade…! ¡Ah…! –no podía evitar carcajearme como una verdadera loca, retorciéndome cual gusano sobre una sartén caliente para tratar de liberarme de esa divertida tortura, la cual Wade parecía disfrutar a lo grande, carcajeándose casi tan fuerte como yo, sin detenerse o darme tiempo para tomar el control o siquiera respirar- ¡N-No es justo…! ¡Ahaha…! ¡Hahaha…! ¡Ya…!

-¿Qué? –preguntó en voz alta, en medio de risotadas, deteniendo mi rodilla con una de sus piernas, para evitar mis pataletas, rotando de modo que su cuerpo quedó suspendido sobre el mío- ¡Lo siento! ¡No entiendo lo que dices cuando te ríes así!

-¡Q-que…! ¡Ahaha…! ¡Ya…! –pensé que me quedaría sin aire, cuando se detuvo, dejándome con el cuerpo tenso, y la necesidad de continuar riéndome por los nervios por casi un minuto más. Sentía la cabeza dándome vueltas, el abdomen rígido como si hubiera pasado toda la tarde entrenando, pero la tensión del ejercicio, de la frustración, se había ido.

Miré en su dirección, justo cuando dejaba de reír, aun con una amplia, radiante sonrisa en su rostro, cubierto a medias por el ciego que comenzaba a usar para ocultar su ojo demoniaco. Sin embargo, aun así, me parecía el rostro más libre y alegre que jamás hubiera visto. Así como estaba, suspendido sobre mí, muy cerca, me permitía apreciar el tono que estaba tomando su cuerpo, los músculos ocultos por la hambruna ahora salían a relucir a través de su piel, del tank top negro que usaba para entrenar. Todo me parecía delicioso, desde la delineada forma de su cuello, su clavícula, sus hombros, hasta la silueta varonil de sus pómulos y su nariz…

De pronto, me pareció altísimo, enorme en comparación mía. Aquella diferencia me provocaba un raro sentimiento de vulnerabilidad que no me molestaba en lo absoluto…

En efecto, me hacía sentir a salvo…

Dejé escapar una risita, percibiendo mi risa difuminarse mientras su expresión cambiaba paulatinamente, disminuyendo su amplia sonrisa, hasta volverse un gesto vago, sin esa fuerza divertida que iluminaba su mirada, volviéndose suave y ajena a él, como si alguien más hubiera tomado control de su cuerpo, y no pudiera evitar estudiar mi rostro dedicadamente, tímido ante mi reacción, ante mi atenta mirada.

No supe comprender porque, cuando se movió hacia mí, inclinándose un poco, rozándome la cintura con su mano libre, fue como si todo el aire de mis pulmones lo hubiera tomado él y necesitase que me lo diera de vuelta, de una solo forma…

Sin embargo, se detuvo apenas hubo empezado a moverse. Contuvo el aliento, componiendo su expresión, como quien despierta de un profundo sueño y se da cuenta de que aquello que estaba pasando era un producto de su imaginación.

Y yo también desperté. O, al menos, eso creo.

-¿Vas a estarte quiera? –preguntó con voz profunda y deliciosa, aflojando su agarre mucho antes de que le respondiera. Me dio la impresión de que estaba sorprendido por sus propias acciones o pensamientos, casi como si hubiera perdido el control sobre sí mismo por unos instantes. Asentí, escondiendo mis nervios bajo una breve sonrisa, dudando ante su vacilación, bajo el cobijo de su cuerpo. Se retiró, alejándose un poco. Ahora parecía culpable-. No te hice daño, ¿o sí?

-No… –dije quedito, perdida en la forma que sus labios daban forma a sus palabras-. Estoy bien…

Asintió, desorientado, y se retiró de encima de mí moviéndose rápido, siguiendo la curva natural de su cuerpo hasta que se sentó a poca distancia, con esa actitud que tienen los niños cuando realmente quieren algo pero no saben cómo pedirlo.

-Bien… -susurró, con los codos sobre sus rodillas y mirándome de reojo, cubriéndose la boca con el dorso de la mano. Me pareció ver un ligero tono rojizo en sus mejillas, pero no estaba segura y me sentía algo avergonzada para preguntar.

Pero lo cierto, es que yo si estaba sonrojada. Sentada sobre el pasto, no sabía qué hacer, ni cómo reaccionar. No comprendía que había pasado, porqué el ambiente cambió tan de pronto ni porqué tuve esas ansias de seguirle la corriente. Wade solía molestarme así, me decía cosas que me sacudían desde dentro, a veces ni siquiera lo hacía adrede, pero nunca lo había visto reaccionar así ante sus propios juegos. Como si hubiera caído en su propia broma y no supiera que hacer a continuación.

Sin embargo, cuando recordaba su expresión, el peso de su mano sobre las mías… Oh, ni siquiera sabía cómo me sentía… Más incómoda, asustada o molesta, no. No, claro que no…

Hubo unos momentos de largo silencio; el sol comenzaba a caer tras las colinas y las sombras crecían largas, cansadas, sobre Drei Gewasser. El ligero fresco de la noche llegaba como una caricia, el perfume de los altos pinos y cipreses de los bosques indicaba que pronto todo estaría oscuro, y que la hora de la cena estaba pronta, así que era necesario continuar con mis actividades.

Aún tenía que terminar la lección de historia con Madame Van Fellner; esperaba que la pudiera posponer para el día siguiente.

Disimuladamente, aceché sobre mi hombro para estudiar a mi compañero, quien se hallaba sumido en sus pensamientos, destrozando con descuido algunas hojitas de pasto. No estaba muy segura de como romper esa barrera invisible que se alzó entre los dos, la cual no comprendía en sí porqué se había alzado.

Así que hice lo único que se me ocurrió.

Me puse de pie, sin decir nada, me acomodé la blusa negra de ejercicio, me coloqué detrás de él…

Y le hundí los dedos índices en las costillas, hasta que soltó una risotada mezclada con un grito de sorpresa, que lo aventó de espaldas al suelo, esta vez, tan de repente, que tardó mucho en ponerse de pie, dándome el tiempo suficiente para que me alejara, riendo a todo pulmón, por los pasillos, escuchando sus pasos derrapando para alcanzarme, advirtiéndome a risotadas lo que haría si me alcanzaba.

Era todo muy extraño. Me sentía muy rara…

No lograba comprender por qué me sentía así…

.

.

.

-¿Quién es Alice?

No sé a quién de los dos tomó más por sorpresa aquella pregunta. Wade, con la guitarra que Christopher le regaló para navidad, se detuvo con la mano congelada sobre las cuerdas. Había estado sacando una cancioncilla de Johnny Cash que escuchamos en el pueblo, y me gustó tanto que le pedí que la aprendiese para poder cantarla juntos.

Ignoro totalmente que fue lo que me orilló a hacer aquella pregunta. Tal vez era el hecho de que, la posición en la que estábamos; desparramada en la alfombra, con la espalda contra el mueblecito y Wade, con la cabeza apoyada sobre mis rodillas, que me recordó a aquella ocasión. Tal vez la manera que la luz del moribundo sol se filtraba por las ventanas. Quizás quería evitar pensar en el ritual de aceptación, el cual era al día siguiente y ya estaba harta de tanto leer, o quizás el hecho de que no había podido contactar con Evilynn desde aquella noche, casi un mes atrás.

No lo sabía, pero la hice.

Bajé el libro que estaba leyendo, sintiendo la vergüenza colorearme de rojo el pecho y las mejillas, intentando no mirar a mi compañero, que ahora se incorporaba para sentarse, de espaldas a mí.

-Lo siento, no debí…

-No pasa nada –murmuró, cruzando las piernas, volviéndose para verme de frente. Frotándose la cabeza, compuso una expresión nostálgica, como si recordarse algo que en su momento le había hecho muy feliz-. Es solo que… Era una de los Trece...

Omití cualquier opinión, aun cuando me sentía un poco triste por él. Quería saber más, sin embargo, si él no daba la pauta, no le insistiría.

Titubeó un momento, jugando con una de las fibras sueltas de su camisa gris, girándola con sus dedos índice y pulgar.

-Alice era una buena amiga mía… -sonrió de lado, recordando algo que le causaba cierta gracias-. Era una bromista de lo peor –me miró de reojo, y sonrió aún más ampliamente, nostálgico-. Te habría sacado de quicio, sin lugar a dudas. Christopher apenas la toleraba.

-Suena como alguien que te seguiría el juego en tus locuras… -Emití una risilla.

-No tienes idea –exclamó, ahora con tono mucho más despreocupado. Hubo un pico de emoción, casi alegría, y de nuevo, como una montaña rusa, bajó de vuelta a la realidad, ensombreciendo el rostro de Wade, sus ojos diferentes. El recuerdo de algo terrible, aquello de lo que ninguno de esos dos hablaba-. Como sea…

Arrojó la fibra, lejos de él, buscando algo más con que juguetear.

-¿Por qué preguntas? –quiso saber de pronto, ahora volcando su atención en mí. Levanté la cara hacia él, encontrándome con sus intensos ojos, curiosos, buscando una explicación de mi parte.

Bueno, era lo justo. Si él alimentaba mi curiosidad, yo debería hacer lo mismo. El problema era que no sabía porque me interesaba.

-No lo sé… -susurré, cerrando el libro sobre mis piernas, mirando atenta sus páginas, como si fuera a hablarme y darme una respuesta a mi indecorosa curiosidad, hojeándolo torpemente, hasta que el separador salió volando por un lado. Mierda-. El día que llegaste intoxicado estabas delirando, y… -eché un rápido vistazo entre mis pestañas, su expresión se endureció levemente. Me encogí de hombros-. Me confundiste con ella, es todo…

-¿Con Alice? –hizo una mueca de extrañeza. Asentí, soltando un suave "mmh", tratando de hallar de vuelta la página del libro, fingiendo clavar toda mi atención en el papel- ¿Enserio? –asentí de nuevo-. No entiendo por qué, no podrían ser más distintas.

Levanté una inquisitiva ceja.

-¿A qué te refieres? –algo me decía que aquello no era precisamente un cumplido.

-Para empezar, Alice era poco más alta que tus piernas –dijo divertido, empujando la guitarra hacia el mueble. Se me escapó una risita-. Era revoltosa, y todo el tiempo… -frunció el ceño, como contándose un secreto que no lograba entender y le asustaba, moviendo la mano, buscando hacer un gesto desconocido para él-… estaba ridícula y estúpidamente alegre…

-¿Qué tiene de malo ser alegre? –estaba siendo ridículo, ¿Qué tan malo podía ser?

-Nadie es tan alegre -replicó con tono severo, cual doctor hablando de un trastorno mental-. Nadie normal... Llegaba a ser aterrador… Siempre se estaba riendo de las cosas más idiotas… Y hacía comentarios muy inapropiados sobre su cuerpo… ¡Qué por cierto, era de lo más hilarante cuando…!

Se detuvo allí, con los labios abiertos y el dedo índice extendido sobre su puño abierto, congelado a la mitad de la frase, cayendo en cuenta de que, quizás, diría más de lo que podía tolerar. Aquellos recuerdos eran agridulces; cálidos al inicio, pero esa misma calidez dejaba un pozo helado cuando se marchaba. Christopher también solía hacer eso; la diferencia es que Chris poco o nada decía sobre los Trece. A veces comentaba sobre sus nombres, o algo que había aprendido de ellos, o como les gustaba la comida. Comentarios simples que llegaban con una sonrisa y dejaban una sombra cuando desaparecían.

Regresó a su postura inicial, extendiendo la mano hacia el puente de la guitarra, con expresión abatida por la frialdad, el dolor del recuerdo, intentando hallar una forma de proseguir…

-En fin… -musitó, apagado. Pasó sus dedos por las cuerdas, descuidadamente, pensativo. Creí que allí acabaría todo; no me sentía con el derecho de preguntarle más, al menos no en ese momento. Supuse que poco a poco se daría- ¿Por qué ese súbito interés en Alice?

-Nada… -solté de inmediato, regresando mis ojos de sopetón al libro. Me había quedado mirándolo fijamente, como si pudiera ver a través de él. Seguro pensaba que era una loca.

Se dobló un poco, buscando quedar frente a mí. Estudiándome y negó, divertido.

-Nah… -su sonrisa se expandió, sospechosa y burlona-. Hay algo que no me estás diciendo…

-No –refuté de inmediato, intentando llevar la conversación a otro lado. Traté de pensar algo rápido- ¡Ojalá hablara francés! Me gustaría leer a Víctor Hugo en su lengua original…

No seas estúpida, Sophie, claro que lo hablas. Me golpeé mentalmente, mientras rogaba que no lo recordase.

- Ne changez pas de sujet, triche fille –dijo súbitamente, y, por supuesto, me quedé helada. Dudé en fingir o no, pero como se quedó mirándome expectante, y yo no dije nada, prosiguió, inclinando su rostro hacía mí, con expresión un poco irritada, echando un brazo por sobre el mueble y extendiendo una pierna a lo largo de la alfombra-. Francés para: "no cambies el tema, muchacha tramposa".

-¿Sabes francés? –en que lío acababa de meterme. Abrí los labios, pretendiendo asombro, y debí hacerlo muy bien, porqué se esponjó como un pavorreal.

-E italiano, alemán y portugués –presumió con una amplia sonrisa-. La verdad es que la mayoría los aprendí desde niño… mi educación requería vastos conocimientos. Pero siempre preferí aprender de las personas, viajar… Viví mucho tiempo de Roma, y en París, y en…

-¡Nunca me dijiste que habías estado en París! –añadí un poco molesta, pero igual emocionada, y curiosa. me acomodé frente suyo, acercándome un poco más a él, casi a la altura en la que su brazo reposaba sobre el mueble, y él, quizás buscando su comodidad, se irguió aun sentado, proyectando un cierto aire soberbio, pero sin quitarme la mirada de encima- ¿Cómo es? ¿Es grande? ¿Es hermosa?

Guardó silencio por unos segundos, y mientras más me miraba, más se relajaba su expresión, sus cejas, más se ensanchaba su amplia, arrebatadora sonrisa. Adoraba esa sonrisa, aunque me agitaba un poco el corazón…

-Ce n'est pas aussi beau que toi… -dijo sin titubear, sin desviar sus ojos de la expresión que se componía en mí. O, más bien, se descomponía en mí. Bajé los ojos, sonriendo tímidamente, como si aquello fuera algo secreto y nadie debiera saberlo.

Había entendido cada palabra, y tenía la sensación de que el corazón se me derretía en pecho…

-¿Qué significa eso…? –pregunté, fingiendo ignorancia y sorpresa.

Rio un poco, componiendo una expresión suficiente, sensual, en su rostro varonil. Sus ojos me parecieron mucho más penetrantes, desgarradores, obligándome a bajar la mirada y al mismo tiempo, exigiendo mi atención, solo para ellos.

-Preciosa… -respondió, con un suspiro oscuro y aterciopelado, retirando un mechón de mi cabello para colocarlo tras de mi oreja. Un movimiento suave, un roce que me causó escalofríos, y todo lo que atiné a hacer, fue fingir que algo llamaba mi atención, volviendo a mi libro con una risa nerviosa.

Retrocedí, abrumada por la tibieza de su voz, pretendiendo no notar la manera en que se mantuvo estudiándome por unos instantes, sus filosos ojos demandantes clavados en mí, hasta que finalmente, volvió a lo suyo.

De pronto me invadió un sentimiento muy extraño, casi como si la traviesa sonrisa confiada que dedicaba me obligase a alejarme de él, y al mismo tiempo quisiera quedarme justo allí.

Había sido extraño, me ponía nerviosa…

Pero… hubiera querido que continuase…

Una parte de mí, deseaba no haberme retirado…

.

.

.

Llegó, finalmente, el día de la Iniciación. Tal y como estaba planeado, la mañana del 21 de marzo me puse de pie, adormecida; eran las cuatro y media de la mana, y el cielo seguía totalmente oscuro, tal y como cuando me había ido a la cama la noche anterior. Arrastrando los pies y mi alma, me vestí como pude, colocándome el vestido blanco liso, la túnica blanca tejida, especial para la ocasión, y unos zapatos bajos del mismo color. Media hora más tarde, tocaron la puerta; afuera, Olga me esperaba junto con una procesión de seis personas tras de ella, entre las cuales se hallaba Christopher, y al igual que todos, sujetaba entre sus manos un pequeño recipiente de porcelana dentro del cual se quemaba un pedacito de incienso.

Olga, al frente, llevaba una pequeña bolsa de tela con ella, y adelantándose hacia mí, me pasó una rama de romero, desde la frente hasta los pies, y de regreso, un ramillete de lavandas.

-Hija de Gea, la tierra ha tocado tu puerta… -dijo con solemnidad, el verso que habíamos ensayado varias veces.

-Y yo he respondido al llamado –respondí, con la mano derecha sobre el corazón. Olga extrajo algo más de su bolsa; una corona de flores.

-Hija de Geb, tú que has acudido al llamado –incliné la cabeza, arrodillándome levemente, para que me colocase la corona sin problemas-, ven con el viento y las hojas, ven con tus hermanas y hermanos, y pide a la Madre que te reciba cuando hayas cumplido tu misión.

Me erguí, sintiendo el leve peso de la corona sobre mí. Christopher levantó un pulgar en señal de aprobación, y Olga me guiñó el ojo. Seguidamente, las brujas, formadas en dos filas, abrieron en espacio para llevarme en el medio, como símbolo de aceptación y protección en el grupo. Caminamos en silencio, mientras Olga y otras chicas entonaban una melodía suave y dulce, acompañada únicamente por una flautilla. A medida que avanzábamos por los pasillos a oscuras, veía como, en las puertas de las habitaciones, asomaban brujas y brujos, con veladoras encendidas o incienso entre sus manos; una forma de desear buena fortuna y deseos puros.

Llegamos al jardín principal, iluminado solo por cinco antorchas que formaban un círculo alrededor de otro grupo de seis personas, entre los cuales sobresalían Minerva, al frente, ataviada con un resplandeciente traje blanco, y Wade, al fondo, con su enigmática sonrisa, sosteniendo un recipiente con cuarzos rosados, al igual que todos los demás allí presentes.

Mi grupo se detuvo justo al frente de Minerva, y ahora era yo quien debería acercarse a ella, y eso hice.

-Hija de Jörd –comencé, haciendo una breve reverencia-, he venido aquí porque he escuchado el llamado de la Tierra a través de tu voz, y pido por favor ser llevada con el viento.

-Hija de Shala, írguete, pues si bien has sido elegida para el llamado, aún hay pruebas que deben presentarse –hice lo que me decía, enfrentando sus ojos violetas y salvajes. Extendió las manos hacia mí, entregándome uno de los dos recipientes con cuarzo que tenía-. Ven con nosotros, sigue las voces del bosque y el canto del viento. Pídele a la Tierra que te acepté como una más de sus montañas y uno más de sus ríos.

Me coloqué al lado de Minerva, el resto de la procesión se formó tras de nosotros, y finalmente, con pasos cortos, acompañados de canticos y la melodía de la flauta, nos encaminamos al bosque.

...

Eran aproximadamente las seis de la mañana cuando llegamos, el cielo comenzaba a clarear y las aves, curiosas del insólito movimiento, se asomaban para dedicarnos sus primeros cantos. Llevábamos aproximadamente una hora caminando, y la verdad, de no ser porque Olga me aseguró que Minerva conocía a la perfección el camino de vuelta, me hubiera asustado perderme en la espesura de ese enorme bosque.

Al frente, la Suma Sacerdotisa se detuvo, justo delante de un enorme roble, cuya enorme copa apenas era posible de ver al estar ante su sombra, y aun así, no había plena oscuridad bajo sus ramas.

La pálida bruja se inclinó ante él, y todos debimos hacer lo mismo.

-Oh, Madre de los Mil Nombres, hemos traído ante ti a tu hija, quien ha sido llamada por el viento y el agua, a tu hija quien ha respondido el llamado –su voz, tersa, solemne, me causaba escalofríos, y con la misma parsimonia, se incorporó, pero únicamente ella, y yo, hasta que se halló delante mío. Asintió con la cabeza, y avancé hasta donde ella había estado con anterioridad.

-Madre de los Mil Nombres, acepta esta pequeña ofrenda que hago en tu nombre –con la cabeza erguida, descendí hasta que una de mis rodillas tocó el suelo, y acerqué a las raíces los recipientes de barro, incienso y cuarzo, que cargaba en mis manos. El ritual era simple; si las ofrendas aparecían en su sitio al día siguiente, el ritual del bautizo no proseguiría, pues significaba que los espíritus consideraban que no estaba lista. Pero, si no se hallaban, quería decir que la Madre aceptaba mi entrega y podía pasar a la siguiente etapa-. Incienso para que tus noches nunca se hallen en la perpetua oscuridad, y cuarzo para que todas tus mañanas sean clara y pura. Gran Madre, ruego que el viento me arrulle, que el agua me limpie, que el fuego me temple y que la tierra me mantenga firme.

-Te lo pedimos, Madre de los Mil Nombres –repitieron todos detrás de mí.

La música no cesó en ningún momento, ni los cantos, ni el suave viento. Luego de unos minutos, cuando el sol ya despuntaba entre las copas de los árboles, nos pusimos todos de pie, y ahora, entonando un cantico entre todos, volvimos al Monasterio, con la misma solemnidad con la que salimos de él.

Al otro día, Minerva me citó en su despacho, situado en el corazón del monasterio. Apenas entré, se elevó un aire de inquietud y seguridad entre las personas allí presentes. Delante de ella, en su escritorio de madera, se hallaban los dos recipientes que dejé el día anterior, totalmente vacíos.

Asentí, intentando sonreír sin sentirme inquieta.

-El ritual procederá el 21 de mayo –declaró, una vez que me hubo felicitado, con la misma formalidad de siempre. Christopher me sonrió amable, y Wade, en un rincón, intentó hacer lo mismo, pero quizás vio la inquietud en mi rostro.

Fuera como fuera, ninguno de los dos dijo nada.

.

.

.

-No sé qué fue lo que pasó…

Evilynn, dando vueltas en su lado del espejo, jugueteaba con su cabello, el mismo reflejo del mío, pasándolo de un lado a otro sin pensar.

Luego de casi un mes tratando de llamarla, finalmente había logrado contactar con ella añadiendo algunos cambios al hechizo. Era mucho más fácil ahora que sabía más cosas, que mi presión era más estable y la controlaba mejor.

Aquella era una noche lluviosa de abril, corría la primera semana del mes, y el clima era mucho más clemente, menos cambiantes, y finalmente, la escasa capa blanca que llenaba de manchitas y patrones desiguales las colinas se derretía y permitía a la hierba y las flores silvestres asomar para ver el sol. El campo se llenó de vida, de aves grandes y pequeñas y diminutos mamíferos que correteaban de un lado a otro. En el monasterio, los jardines se colmaron de flores multicolores, y una pequeña cuadrilla de abejas que las visitaba cada mañana.

Sin embargo, últimamente poco tiempo tenía para visitar los jardines, ir a alimentar a los patos del estanque o juguetear bajo la lluvia. Cada día, la Larga Noche estaba más cerca, y la advertencia de Evilynn se volvía cada vez más palpable, más real, cobrando forma como una serpiente de humo de pesadillas.

Había algo en la oscuridad. Algo en los bosques.

-Cuando trato de ver más allá, todo se vuelve borroso –se frotó las sienes, con expresión cansada-. Es como ver a través de la lluvia torrencial.

Me puse de pie, andando a pasos cortos alrededor del círculo de sal. Había descubierto que la conexión era mejor si empapaba una sábana y sobre ella dibujaba la circunferencia, en vez de remojar los pies en el agua, además de darme mucha más libertad.

-Quizás deberíamos buscar la raíz del problema –comenté, con un dedo sobre los labios. Hasta ese momento, no tenía idea de qué era Evilynn exactamente, y aquello, además de darme muchas más pautas para confiar en sus palabras, podría decirnos porqué reaccionaba de ese modo ante esas visiones-; si se trata de una maldición, si alguien robó tus recuerdos, si los bloqueaste tu misma…

-Podría ser de ayuda, pero ¿por qué piensas que podrías tener recuerdos? –preguntó, claramente curiosa, buscando mis ojos con los suyos- ¿Crees que tuve "otra vida" antes de esto?

-No lo sé –declaré, plantándome delante de ella, aun pensativa-, pero no creo que sea coincidencia que ninguna de las dos recordemos nuestro pasado, quienes somos, que hubo antes de todo esto… Es como si… como si ambas hubiéramos olvidado al mismo tiempo… -la miré pensativa, recordando lo que me dijo cuando le pregunté porque se veía como yo, respondiendo que solo así podía presentarse, pues no sabía que había pasado con su cuerpo-. Sin embargo, dijiste que recuerdas tener un "cuerpo"; no siempre fuiste así. Algo pasó que te separaron de él…

-Quizás… -consideró, plasmando ambas manos en el espejo, volviéndose una sombra, y reapareciendo como si, de su lado, las cosas se hubiera invertido, y se hubiese puesto de cabeza. Sin embargo, seguía severa- ¿Qué eventos tendrían que darse para que ocurriera algo así? ¿Por qué quedaría encerrada en ti, entonces?

-Tal vez fue una forma de sobrevivir… -solté, dejándome caer en la silla. A lo lejos, las nubes se arremolinaban detrás del valle de pinos, robles y abetos, cubriendo con su negra columna la escasa luz de la luna-. Tal vez tuviste que hacerlo…

-¡Ah! –exclamó de pronto, cambiando radicalmente de posición el espejo, casi como si diera una vuelta de carro sujetándolo entre sus manos-. En la biblioteca leíste algo que podría ser importante...

-¿Cómo sabes que leí? –pregunté con actitud recelosa.

-Soy parte de tu mente –se encogió de hombros-, a veces puedo ver a través de tus ojos –sentí que se me ponían de punta todos los vellos de la espalda, y estuve a punto de reclamarle su indiscreción cuando sacudió un dedos, tranquilizador, en mi dirección-. Oh, no te preocupes; no veo nada que tú no quieras. Pero eso no importa; leísta algo sobre los efectos de la transmutación humana…

-Era un manga, no un libro de texto, estúpida…

-¡No seas idiota! ¡No me refiero a tus dibujos con texto en círculos! –refutó, abriendo mucho sus enormes ojos amarillos y rodándolos con obvio hastío-. Era algo sobre eventos relacionados con la transferencia de la vida… -chasqueó los dedos, mordiéndose los labios como yo lo hacía-, hablaba de una cinema, una cinta…

-¿El registro cinematográfico?

-¡Exactamente! –declaró apremiante, casi dando un salto, empujando levemente el cristal y alejándose, casi flotando, volviendo lentamente a donde se hallaba al inicio-. Había un apartado sobre la transferencia del registro cinematográfico en cuerpos humanos, como este es parte esencial del alma, y como puede prologarse artificialmente la vida después de la muerte al empatar el final con un fragmento en blanco.

-Son especulaciones, Evilynn –comprendía a que se refería, pero no habían pruebas de que eso hubiera funcionado antes. Recordaba el tomo que decía, y también la teoría de la que hablaba; los experimentos realizados para intentar resucitar humanos a través de un empate al final de su registro cinematográfico con una nueva cinta, prolongando aquella vida de manera antinatural.

Iba a decirle que no había pruebas de que funcionase, que era algo tonto… sin embargo, me plateé una posibilidad.

De acuerdo, en todos los libros, registros y crónicas que había leído, la prolongación de la vida por medio de un nuevo registro era manejado como una fantasía o una aberración. Los pocos casos documentados decían haber fallado trágicamente, a veces costándole la vida al "fabricante". Según esto, nunca hubo casos exitosos, y estaba terminantemente prohibido debido a los peligros potenciales de hacer volver a alguien de manera tan violenta, ignorando siquiera si lo que volvería sería la misma persona o solo un cuerpo impulsado por instintos básicos, o peor, algo que pudiera amenazar a la vida como la conocemos.

Viéndolo así, sonaba demasiado loco considerar que nosotras podríamos ser el milagroso experimento que salió bien, que de entre miles de pruebas, nosotros éramos esa casualidad inevitable en el universo, aun así, no sonaba muy loco pensar que, si bien no éramos ese éxito rotundo, podríamos estar relacionadas con algún experimento de esa índole.

-No digo que seamos algo así… -me senté al borde de la silla, aun atando cabos y viendo como sus ideas fluían en la misma dirección que la mía-, pero sin duda tendría sentido: quizás mi registro fue colocado en ti…

-…para conservarte viva –completé, y ella asintió. Sonaba lógico, sin embargo, quedaba lo más importante. Me puse de pie, con las manos sobre la cintura. La sal crujía levemente bajo mis pasos, fría por la humedad de la sabana empapada-. Pero, ¿por qué?

-¿Para evitar mi muerte? –ladeó la cabeza, un poco ensimismada, dejando su cuerpo flotar hasta quedar en paralelo con el espejo, adoptando una postura demasiado infantil para alguien como ella; las manos bajo la barbilla, los pies asomando sobre su cabeza, como si se hallara tendida en una cama-. La otra pregunta es, ¿por qué nos unirían?

-No lo sé –susurré, volviéndome hacia la ventana empapada. Afuera, la lluvia había cambiado de dirección, obligando al agua a golpear recia contra el cristal de mi ventana, casi rabiosa, como queriendo silenciar nuestras suposiciones, o tal vez, hacernos retroceder en nuestros pasos y encargarnos de lo importante.

Desganada, anduve hasta el borde del círculo, preguntándome si era lo correcto confiar en Evilynn. No soy idiota; para ese entonces, no la conocía del todo, ni sabía si sus palabras eran del todo ciertas. El verdadero motivo por el cual hablaba tan abiertamente con ella, es porque no lo hacía. Había cosas mías que no le decía, y tampoco me arriesgaría a invocarla sin tener una forma de cortar la comunicación si las cosas se salían de control.

Hasta ese momento, no tenía motivos para creer lo que decía, pero tampoco para no hacerlo. Lo más prudente, era no bajar la guardia.

-Por ahora, estoy demasiado preocupada por la Larga Noche…

Dio una vuelta en ese ambiente ingrávido en el que se hallaba, sus ojos denotaban abierta curiosidad, algo de temor.

-¿Vas a ir al bosque?

-Tengo que hacerlo –me derrumbé en el suelo, con la espalda contra la silla, tallándome la cara con una sola mano y apoyándome en la otra. Comenzaba a sentirme cansada; no era solo el hecho de que eran pasadas las doce de la noche, sino que mantener abierta la comunicación el Evilynn drenaba mi presión rápidamente-. Hasta ahora, mi identidad como bruja es la única pista que tengo para saber quién soy, y también… -titubeé, pensando en lo claro que me parecía todo. Me parecía demasiado frío de mi parte considerar esa posibilidad, pero era una forma de sobrevivir-, en caso de no tener nada, de que no haya nadie afuera esperando por mí, quisiera tener un sitio al cual llamar hogar. Poder volver a algún lugar. Un plan B.

-¿Qué hay del shinigami? –preguntó con aura inocente, como un niño que señala un vergonzoso detalle del cual los adultos se niegan a hablar. Levanté el rostro de inmediato, con la mano titubeante sobre el puente de mi nariz- ¿Qué hay de Wade?

-¿Qué con él?

-¿Qué harás si hay alguien afuera esperando por ti? –sus ojos eran insistentes, aún más que su pregunta- ¿Qué harás si no hay nadie?

Había pensado en ello, claro que lo había hecho. Si tenía que marcharme para siempre de Drei Gewasser, si aparecía una familia por allí, perdida en el mundo, que me reclamaba como miembro suyo… ¿Qué haría? ¿Qué pasaría con él?

¿Qué haría él al respecto?

Sin embargo, el hecho de haberlo pensado, no significaba que hubiera llegado a una conclusión, mucho menos a una decisión plausible.

El reloj del escritorio marcó, con tres timbrazos, la una de la mañana, y aproveché aquel discorde en el silencio para matar la conversación.

-Debo irme ya –decidí, poniéndome de pie. Ella parecía querer decir algo más, pero, quizás por prudencia, no lo hizo- ¿Estarás conmigo durante la Larga Noche? ¿Puedo contar contigo? Me sentiría mucho más tranquila así.

Dio un giro en su ambiente sin gravedad.

-Por supuesto… -estaba seria, pero no quise prestarle más atención-. Que descanses, Sophie.

-Gracias, y adiós, Evilynn.

.

.

.

Lo encontré en el patio trasero, de espaldas a mí. Tenía un carcaj llenó de flechas colgado del hombro, y apuntaba robóticamente hacia la diana, en cuyo centro habían cinco flechas, probablemente disparadas previo a mi llegada.

No estaba muy segura de que es lo que le habrían dicho, pero tenía más o menos una idea de por dónde iba el asunto. Hacía un par de meses Wade me comentó que Madame Van Fellner le planteó la posibilidad de extirparle el ojo demoníaco y su presión, además de que, dada su presión restaurada, quizás su ojo verdadero podría regenerarse. Sin embargo, para poder hacerlo, debían llevarse una serie de procedimientos en su presión, sobre su sello, y de allí, determinar si su presión de shinigami podría adaptarse sola, ante el vacío que dejaría el retirar la presión invasora.

Ese día, se suponía que llevarían a cabo el tercer y final diagnóstico. Y a juzgar por lo que hacía, la furia con la que cargaba el arco y disparaba, no habría buenas noticias.

Caminé lentamente, rodeando las zonas donde el pasto estaba más crecido, de modo que no me molestara por debajo del largo vestido azul media noche que portaba; ahora, a mediados de la primavera me resultaba insoportable usar cualquier otra cosa que no fuera puro algodón y ropas ligeras, al menos mientras me ejercitaba.

-¿Qué pasó? –pregunté, a unos metros de él.

-Nada –espetó secamente, sin dedicarme un segundo de su atención, cargando una nueva flecha, la cual disparó justo en el medio de otras tres, haciéndolas caer-. No pasó nada.

Ladeé la cabeza ante su frívola respuesta. Era obvio; lo peor había pasado.

-Minerva dijo que había altas probabilidades de que estuviera demasiado arraigada en ti –di un paso más, intentando componer el tono más amable que podía, tratando de pensar en una solución-. Sabíamos que era un escenario posible...

Su única respuesta fue una mueca endurecida, la rabia y frustración tan afiladas como las flechas que disparaba sin parar hacia el blanco.

-Wade, esto no es el final –proseguí, con el mismo tono condescendiente. Se detuvo, titubeando al colocar la siguiente flecha contra el marco del arco, pero al final, la aseguró y disparó con experta precisión-. Podemos hallar una solución…

-Llévate tu lástima a otro lado –di un respingo; apenas recordaba la última vez que me había hablado de ese modo. Aun éramos prisioneros, y él era un necio, renuente a tener un poco de esperanzas. Sentí como retrocedí en el tiempo; de nuevo, me hallaba delante de ese hombre endurecido por la frustración…

Sin embargo, ya no estábamos en la celda, y yo ya no tenía tanta paciencia para eso.

-No, tú llévate tu lástima a otro lado –gruñí, cruzándome de brazos. La flecha que había cargado salió disparada hacia el blanco, pero esta fue la primera que falló el centro, y acabo hundida en los anillos exteriores de la diana. Wade giró hacia mí, sus ojos enrojecidos, encolerizados, los brazos tensos sosteniendo el arma, como si apenas pudiera soportar tenerme allí-. No es momento para esconderse; es momento de buscar una solución, una mejor solución a todo esto. Tenemos que…

-¡No, no "tenemos qué"! –avanzó hacia mí, arrojando el arco al suelo y el carcaj, tan encendido de ira que casi lanzaba llamas por la boca. Su rostro estaba descompuesto por el coraje, una máscara de piedra le cubría todas sus facciones, su enorme silueta delante de mí, intentando hacerme ceder- ¡Esto no es de tu incumbencia! ¡Estoy harto de escuchar tus estupideces del futuro, de que me llenes de falsas esperanzas, de tus ilusiones ridículas cuando todo en mi vida es un jodido desastre!

-¡No es así! ¡No estás pensando claro! –no cedí ni un paso, aun cuando todo en mi tiraba en dirección contraria suya. No le tenía miedo, sabía que no me dañaría, al menos no físicamente, pero sus palabras, aunque trataba de convencerme de que no era enserio, hicieron mella en mí… en parte, porque de aquello que hablaba, esa culpa, aunque él no lo sabía, sí era cierta. Yo me sentía responsable por eso. Dio un paso atrás, recogiendo el carcaj, ignorando algunas flechas que cayeron entre el césped- ¡He estado allí! ¡Me he sentido así! ¡Lo entiendo, pero no tienes derecho de hablarme así! No quieras culparme solo porque estás asustado de…

-¡No estoy asustado! –exclamó, volviéndose enardecido hacía mí, aventando de nuevo el carcaj. Parecía un toro al que le han ondeado al frente una bandera roja. Jamás me había dedicado una expresión así, esa furia que desbordaban su único ojo visible- ¿Por qué demonios debería estar asustado? ¿A qué le debería tener miedo?

-¡A tu pasado, a lo desconocido, a…! ¡No lo sé! ¡Solo dime lo que…! –intenté levantar las manos en su dirección, pero me quedé paralizada cuando volvió enardecido hacia mí, cortando las palabras en mi boca.

-¡¿Qué diablos quieres saber?! –gruñó, elevando la voz por encima de la mía. No llegó a gritar, sin embargo, jamás se dirigió antes a mí de esa forma. Sentí un vacío en el estómago, pero la garganta me ardía de pura bilis, quizás la misma que infectaba a mi amigo, la misma que lo hacía plantarse delante mío con la misma expresión que dedicaba a los Inquisidores; amargura, frustración, rabia- ¿Quieres saber de dónde vienen las cicatrices? ¿Qué herramienta infernal usaron para cada una? ¿Qué te expliqué lo que se sentía ser abierto en canal y mutilado teniendo consciencia de todo el dolor hasta el grado que deseas que te maten para acabar con tu sufrimiento? ¿Quieres un conteo exacto de todos los inocentes que maté? ¿Ah? ¿O cuantas Inquisidoras me usaron como juguete sexual mientras me hallaba atado a una mesa de disección? ¿El asco que me tengo a mí mismo por todo eso? ¡Haz la pregunta y saciaré tu maldita curiosidad!

-¡No quiero saber por curiosidad…! –no habría caído en cuenta de lo afectada que estaba hasta que mi voz salió resquebrajada de mi garganta. No solía perder el control en las discusiones, pero escucharlo así, su tono envenenado había calado profundamente en mí. Me encerré en mi misma, intentando que no se notara ese rasgo que evidenciaba mi vulnerabilidad, no quería mostrarle esa faceta mía- ¡Quiero saber porque quiero ayudarte…!

-¡No necesito tu ayuda! –me pareció altísimo, enorme a mi lado. Su voz era un trueno y sus palabras una tormenta, y yo era el único pararrayos allí- ¡No soy un juguete roto al que tienes que reparar! ¡Déjame en paz! ¡Vete y déjame en paz!

-¡Wade…!

-¡Vete, Sophie! ¡Lárgate! -Inmóvil, esperó una respuesta de mi parte, con el brazo extendido señalando hacia los edificios, como si hubiera lanzado su mejor golpe y estuviera pensando algo con que contrarrestar mis palabras, y luego, como si no pudiera creer lo que había dicho. Tragó saliva, buscando en mis ojos inundados de lágrimas, encendidos por la pelea, algo, algún rastro de contrataque, de deseos de continuar.

Pero no había nada.

-Bien… -finalicé, encarándolo con todo el odio que podía contener en mi semblante. No iba a seguir con esto; no cuando se estaba comportando así.

Me di la media vuelta, avanzando con pies de plomo, sintiendo como se me hundía el alma hasta los pies. Cada una de sus palabras se sentía como flechas sobre mi espalda, enterrándose más profundas con cada paso que daba. La rabia me mantuvo exánime, al menos, lo más posible, hasta que alcancé a llegar al patiecillo tras las escaleras. Una vez que me aseguré que no había nadie cerca, me senté en una banca, llevé mis manos a mi cara, y me eché a llorar.

.

.

.

Era ya tarde cuando salí de la biblioteca, con los libros que había estado repasando bajo mi brazo. Sabía que estaba prohibido sacar material no autorizado, pero poco me importaba en esos momentos. La pelea con Wade la tarde anterior me había dejado con ganas de discutir, y solo esperaba que una pobre alma se cruzara en mi camino para desquitarme.

Bueno, tal vez estoy exagerando. Probablemente no desataría mi ira sobre esa pobre criatura, pero si se llevaría una buena reprimenda.

Todo estaba en perfecto silencio, desde los corredores iluminados por farolas amarillas, hasta los jardines sumidos en la suave penumbra de una clara noche de verano. El viento, juguetón entre las hojitas, el pasto, las copas de los árboles, era lo único que parecía romper aquel hechizo precario que hacia parecer a Drei Gewasser, más que un monasterio habitado por casi trescientas brujas, un sitio perdido en el tiempo.

No me sentía precisamente cansada; a diferencia de otros días, lejos de lo que yo necesitaba, había sido un día de lo más aburrido. Horatio, un brujo de mediana edad, de pecoso rostro y cuerpo regordete, era el encargado de instruirnos a mí y a otro puñado de brujas sobre la historia de los Centinelas, la cual podía llegar a ser bastante interesante, y otras veces imposiblemente monótona y soporífera… como el día de hoy. El tema era básicamente lo que sucedió con los Centinelas durante la postguerra con los Inquisidores, lo cual era, en resumidas cuentas, una sucesión de asentamientos, migraciones, cambios de nombres para ocultarse y reubicación de guaridas por toda Europa, cosa que lejos de ser interesante, lograba hacerte sentir tan confundido que llegaba al grado de querer salir corriendo.

Que si los Moerang se volvieron los Grandome, que si los Portinari pasaron a ser los Phantennari, los Alighieri a ser los Ehridietari, las brujas se volvieron caballos, los caballos perros, los perro en locos, los locos más locos…

En fin, una verdadero caos que lograba ponerme a dormir…

Llegué, finalmente, al pequeño saloncito que preludia mi recamara. Luego de ser señalada como una posible heredera Van Fellner, Madame Minerva había pedido mi reubicación a una zona más vigilada del monasterio, ubicada en el ala oeste del edificio medieval, donde un nivel más arriba, se hallaba el dormitorio de la misma Minerva.

Usualmente, el saloncito se hallaba ocupado por Olga o Berrick (o ambos), otro chico, de espeso cabello rizado y mejillas con hoyuelos, que también figuraba en los planes de Minerva de ser adoptado después de nosotras. Sin embargo, al ser más de las once, ya ambos se encontraban en sus respectivos dormitorios, probablemente, sumergidos ya en su tercer sueño.

Ese día, no obstante, había alguien más ocupando el sillón grande. Alguien que sostenía un ramo de rosas rosadas, vistiendo un sobrio conjunto negro y una mirada de profundo arrepentimiento.

Lo miré unos segundos, deteniéndome en seco al verlo incorporarse, ansioso, en cuanto sus ojos se cruzaron con los míos. Consideré la posibilidad de decir algo, volver a insistir en lo sucedido el día anterior, mas no le hallé sentido. En el fondo, aún existía esa punzada amargada al recordar sus palabras, la ira con la que les permitió golpearme.

Finalmente crucé sin hablar hacia mi habitación, tan rápido como mis pasos me lo permitían, y aun así, no fui tan veloz como quise, y antes de poder cruzar el umbral, Wade me cortó el paso, colocándose delante de mí con actitud titubeante. No parecía seguro de lo que hacía, ni si de hacía lo correcto. Era un poco gracioso; era enorme, pero en esos momentos, se comportaba como si no fuera mucho más alto que yo. Todo lo que alcanzó a hacer, fue tender el ramo en mi dirección.

-¿Qué es esto? –pregunté, sin hacer intento por tomarlas en mis manos. Olían delicioso, eran diez perfectas rosas de color pastel, sin ningún otro color que las manchase. Me hubiera sentido rebosante de alegría en otro momento.

-Una disculpa –su voz era un murmuro, apenas perceptible. Sus ojos usualmente sagaces se hallaban empapados de silenciosa súplica, de claro arrepentimiento. Vaciló, quizás esperando que aceptase su ofrenda, pero al no hallar respuesta, continuó, un tanto temeroso, cambiando nervioso el peso de un pie a otro-. Perdóname… por lo que dije, la forma en la que te hablé. Estabas tratando de ayudar, y me porté como un imbécil… -sacudió la cabeza en negatividad, mirando las flores, mis manos. Aspiró con fuerza, hallando la manera de colocar sus ojos sobre mí. Ojos que parecían suplicarme que comprendiera lo que me decía, la veracidad en sus palabras-. Estaba molesto, no estaba listo para hablar de lo que pasó, no supe explicarte eso. Fui cruel contigo sin motivo alguno.

Apreté los parpados, intentando contener aquello que creí que eran deseos de soltar toda la ira roja que cargaba conmigo, pero en cuanto abrí la boca, sentí que se me hacía un nudo en la garganta, un nudo que me provocaba deseos de llorar.

El dolor giraba en mi pecho como un globo de helio a la deriva. Todo el día, había estado pensando en lo que le reclamaría si cruzaba palabras conmigo, y ahora que lo tenía delante de mí, mi mente estaba totalmente en blanco, inundada por una incesante repetición de sus palabras, de las cosas que había dicho.

Sacudí la cabeza ligeramente, queriendo apartar de mí esos oscuros pensamientos.

-Sé que dije que no necesitaba tu ayuda pero sin tu ayuda, yo estaría muerto… Sin tu ayuda, yo seguiría encerrado allí… - comenzó, incentivado por mi gesto, quizás tomándolo como una posible negación. Inmediatamente, tendió una mano en mi dirección, enredando sus trémulos dedos en mi palma, clamando un poco de atención. Y yo, movida más por el roce de su piel que por el tono de su voz, hice caso de ese ruego tímido, hallando sus ojos líquidos sumergidos en profunda, dulce y cálida suplica- ¿Podrías perdonarme?

Un instante en silencio, un momento para pensar.

Le dediqué una mirada firme, no fría, ni cruel, ni furiosa. El remolino de ira se ablandó, se deshizo un poco, dejando una breve inquietud en mí, borrando levemente la herida en mí.

Pasé a su lado, ignorando las flores, rehuyendo sus penetrantes, afligidos ojos, su rostro no me siguió, no se volvió para insistirme, ni para ver qué haría a continuación. Dejé los libros sobre la cama, mi libreta en el pequeño escritorio al lado de la ventana, y me detuve en seco, pensando en lo que estaba haciendo, a lo que le daba la espalda. Sí, se había portado como un idiota, pero ¿realmente lo era? ¿Era tan grave para continuar molesta?

Dos pasos en su dirección, y él se volvió para recibirme con los brazos abiertos, estrechando mi cuerpo tiernamente contra sí, dejándome hundir mi rostro contra su pecho, mis manos en su espalda, su silueta, curva, eclipsando mi cuerpo con el suyo. Suspiré con tanta fuerza que me dolieron los pulmones, hasta que me fue imposible negar el alivio que era sentirlo cerca de mí, sus manos sujetando mi espalda como si no quisiera dejarme ir.

-No seas un imbécil de nuevo… -dije, con voz sofocada contra su ropa. Sus brazos se cerraron con más ahínco a mí alrededor, riendo tímidamente contra mi oído y mi cabello, causándome un tremor de dulces escalofríos.

-Lo intentaré…

.

.

.

-¿Es casi imposible entonces? ¿Removerla?

Yacíamos uno al lado del otro, sobre la cama y sus múltiples sabanas de algodón, como dos pilares tendidos sobre el césped.

Luego de su disculpa, nos quedamos charlando un rato en el umbral de la habitación, sobre lo tonto que había sino su comportamiento y lo ridículo que parecía todo ese embrollo en ese momento, cuando ya estaba todo resulto. No creí que tocáramos el tema, pero fue él quien se decidió a hablar sobre lo ocurrido con Minerva, lo que le dijeron sobre su presión.

Aspiró con fuerza, dejando salir un pesado suspiro de sus labios.

-No del todo, pero requiere de un recipiente igual de poderoso –otro suspiro, pero ya no sonaba tan intenso ni cansado como el anterior. Apretó su único parpado visible, queriendo liberarse de un pensamiento que no era correcto-… y no sé a quién podría pasarle esta maldición solo para quitármela de encima… También está la cuestión de que se ha enzarzado con mi presión vital, tendrían que extirparme el ojo, y eso podría afectar para siempre mi condición…

-Pero Minerva te dijo también que era posible mantener la presión demoniaca controlada reforzando el sello cada dos o tres meses –añadí, volviendo el rostro para mirarlo -. Si no mal recuerdo, dijo que podrías vivir así por el resto de tus días…

-Lo sé, pero…

-¿Pero, qué? –insistí, ya no tan alarmada por mi curiosidad, sino porque quería comprender sus motivos. Si algo lo estaba deteniendo, no podía ser tan simple.

Me miró largamente, sin hablar, sin producir sonido alguno. Me dio la impresión de que buscaba trazas de duda, de insistencia terca en mí, pero al no hallarlas, finalmente cedió. Se irguió, solo lo sentarse sobre el colchón, girando en mi dirección.

-Aceptar eso es vivir con una espada colgada sobre mi cabeza hasta el final, es ponerle a todas las personas que me rodean, una espada sobre sus cabezas –dijo, desganado-. Cualquier día, por cualquier cosa, el sello podría romperse, y esa espada caería sobre mí y sobre todos ustedes. Me preguntaste a qué le tengo miedo; pues es eso, a eso le tengo miedo… -musitó, evocando una breve sonrisa, como si pidiera disculpas por representar una amenaza, como si fuera un pecado estar allí, a mi lado, cuando ni él estuviera seguro de que nada pasaría-. Tengo miedo de perder el control un día, y… Tengo miedo de no poder distinguir amigos de enemigos… Tengo miedo de hacerte daño…

-No lo harías… -me senté de inmediato, abrumada por su negatividad. No podía pensar así, no cuando las cosas estaban mejorando.

-No, Sophie, sí lo haría… -añadió rápidamente, con tono firme-. Minerva me lo dijo; ni siquiera te reconocí esa noche. Fui por ti, para atacarte. De no ser por el dolor y por ella, no sé qué hubiera pasado…

-No lo hiciste antes –no podía basar sus expectativas en una sola experiencia-. En Heirdermeister, en la base Inquisidora… fui yo quien te hizo reaccionar. Me defendiste, no eras tú del todo, pero de algún modo, sabías quien era yo, y no me atacaste.

-No te ataqué porqué era a ti quien estaba buscando…

Di un respingo, inconscientemente soltando su mano que, hasta entonces, no noté que sujetaba entre mis dedos.

-¿A que te refieres? –proferí, entre sorprendida, asustada y confundida. Creí que volvería a cerrarse en sí, a esconder lo que pensaba, lo que quería.

Pero no lo hizo; se volvió transparente, se volvió accesible, y extendió la mano para volver a tomar la mía, delineando cada uno de mis nudillos con su pulgar, estudiando las formas que tomaba mi piel sobre los huesos, los dedos.

-Me hicieron mirar, ese día… -aspiré, conteniendo el aire, pero no me alejé. Una embriagadora sensación de vergüenza me inundó hasta el cuello, y me puse a repasar todo lo que sucedió aquella tarde. La forma en que me arrancaron la ropa, las cosas que dijeron, los gritos, mi llanto. Parte de mí, se enorgullecía de que, salvo la primera vez que nos vimos, él nunca más presenció verme rota y despojada de toda dignidad, azotada como un perro. Me sentí tentada a alejarme, a soltarlo, sin embargo, su voz no sonaba como un reproche, ni como si quisiera avergonzarme con sus palabras. Más que nada, era como si él mismo se sintiese abatido por lo que vio-. Me hicieron mirar tu tortura, me hicieron mirar tus azotes, me hicieron creer que si cooperaba te dejarían vivir, y cuando les di todo lo que querían, los vi ordenar que te asesinaran…

¿Lo vio? ¿Lo vio todo?

¿Qué le pidieron?

-Quería salvarte a cualquier costo, y creo que el sello se rompió parcialmente por eso… -una tímida sonrisa, abochornada por aquella confesión, sus dedos afianzados sobre mi mano-. Aquel día trataba de evitar tu sentencia, estaba buscándote, por eso no te hubiera hecho daño... –y, finalmente, me miró de frente, con su único ojo verde, con su voz pacifica, y aun así, si me hubiera gritado no habría provocado el mismo efecto en mí-, pero en caso de que no, en caso de que te cruzaras en mi camino, dios mío, no quisiera…

-¿Qué…? –entonces era cierto. Lo solté, y le apreté la cara con las manos, impulsada por un rayo de ira, frustración. Lo que decía Christopher era cierto; era en parte mi culpa lo que pasó. Y este idiota venía ahora y me lo contaba así como así- Wade, ¡no puedes…! ¿Estás loco acaso? ¡Casi te mueres…!

-Lo sé, pero…

-¿Pero qué…? –exclamé, sacudiéndolo de atrás hacia adelante frenéticamente. No sé si fue mi súbito ataque o que no supo que responder, pero se quedó mudo, con el ojo cuadrado, parpadeando repetidamente, con cara de niño regañado por estar haciendo alguna idiotez peligrosa de la cual no tenía idea que lo iba a matar- ¿Qué excusa tienes? ¿Por qué harías algo tan ridículamente peligroso?

-Era para ayudarte, tonta –graznó, frunciendo las cejas, contrayendo toda su cara en una infantil expresión que buscaba parecer sería. Mis manos, apretando sus mejillas sobre sus parpados inferiores, su boca en un puchero, sin embargo, le quitaron toda seriedad a su rostro, más no la fiereza de sus palabras- ¿por qué no lo haría?

Era un idiota. Lo pensé una y otra vez, sin soltarle la cara, sin dejar de apretarle las mejillas. A este ritmo iba a ser más probable que nos matáramos intentando ayudar al otro. Dejé ir su cara, jalando su cuello hacía mí, rodeándole los hombros con ambos brazos.

-Todo estará bien –conferí, acariciando su cabello con la punta de mis dedos, apoyando mi cabeza contra la suya. Estaba asustado, tanto como yo-. Todo se resolverá. Estamos juntos, estamos a salvo ahora, y tenemos tiempo para solucionarlo… No tengas miedo…

Jadeó con claro hastío.

-Ultimadamente no tengo miedo de eso –dijo, hablando perezosamente sobre mi hombro, desganado-. Más bien me tiene en jaque todo eso de la Larga Noche y la idea de imaginarte a solas en el bosque…

-Sí –conferí, apartándome lentamente de él. Me alegraba, en parte, que hubiera sacado el tema al aire. Ahora que estábamos confesando nuestros terribles miedos, parecía el momento ideal para hablarle de Evilynn, lo que me dijo. Aquello aterrador que moraba en la oscuridad-. Hablando de eso…

-¿Sí? –preguntó, buscando en mi rostro una pista de aquello que de pronto me puso tan tensa. Diablos, no me di cuenta hasta que fue muy tarde. No era mi intención lucir tan asustada, y mucho menos que lo percibiera. Sus dedos contra mi cuello, temblorosos, eran un claro indicio de que no era tan buena idea contarlo- ¿Qué pasa?

Quizás no estaba listo. Quizás yo no estaba lista. Quizás necesitaba conocer más a Evilynn, antes de involucrarlo con ella.

-Nada… -negué suavemente, tomando su muñeca. El hueso de su mano se sentía como hierro bajo la tela de su ropa. Lo miré, de la manera más confortante que podía, intentando transmitirle mi fingida calma de la forma más eficiente posible-. Es solo que tengo un poco de miedo; los Inquisidores aún me causan pesadillas… Pensar que podrían estar en el bosque…

-No estarás del todo sola –aparentemente funcionó; se oía tenso, pero no más de lo esperado por mi confesión. Inclinado sobre mí, con actitud afianzada, acercó su rostro, intentando transmitirme, ahora desde sus ojos, la misma mirada tranquilizadora que le dediqué minutos antes-. Habrá patrullas cerca toda la noche, y si necesitas ayuda, toca la campanilla, Minerva ya te lo explicó, ¿no? –asentí. El protocolo era ese; se suponía que nada debería aparecer en los bosques, nada demasiado peligros o con que yo pudiera lidiar. Si algo aparecía, debería tocar una pequeña campana de plata, la cual alertaría de inmediato a las brujas. Nada había pasado en cientos de años, la campana no había sido usada desde hacía mucho y ahora lo consideraban más un artilugio ceremonial que una verdadera señal de alarma-. La gente irá de inmediato, y yo estaré despierto, muy cerca, en caso de que me necesites…

-¿Enserio? –pregunté suplicante.

-¡Por supuesto! –inquirió, ahora era él quien me sujetaba las mejillas con ambas manos, sus ojos feroces, seguros. Sonrió un poco, considerando una divertida posibilidad-. Probablemente Minerva me encadene ese día para evitar que corra a tu lado apenas caiga la noche, pero buscaré la forma de rondar por allí.

-¿Me lo prometes? –necesitaba estar lo más segura posible. No es que no creyera en él, mucho menos que no confiara en que estaría allí de necesitarlo, pero pocas veces necesitaba tal reafirmación, y el motivo era que, verdaderamente, me hallaba aterrada.

No sé si fue la noche tranquila, demasiado silenciosa, lo cual enfatizó el tono de mis palabras, el ruego punzante detrás de mí expresión supuestamente firme, o tal vez, solo el hecho de que me conocía demasiado bien como para ocultarle la verdad. Fuera como fuera, hubo un cambio en él, cuando retrocedió un centímetro, estudiando cada rastro de mi cara, mi cuerpo, el arco tenso que formaba mi cintura y mi cadera, mis hombros contraídos contra el torso, defensivos, y viera el panorama general, el todo de mi lenguaje corporal. Pudo ver el miedo, y yo, su expresión sorprendida al ver que no era capaz de ocultarlo…

Se acercó hacia mí, haciendo presión bajo mi mentón con clara intención de elevar mi rostro hacia él. No hubo nada repentino en sus movimientos, pero el cambio, precario, me dejó sin aliento, y apreté los parpados, incapaz de ver como su boca se acercaba, sin temor hacia mí, presionándose gentilmente sobre mi mejilla.

Me quedé sin voz, sorprendida, observando su amable expresión, dulce, al volver a su posición inicial. Había cierta satisfacción en él, cierto orgullo en su porte, ante la reacción obtenida.

-Te lo juro… -voz grave, voz cálida. Se echó de nuevo en la cama, con la mano derecha tras la nuca. Sentía sus ojos sobre mí, pero no me atrevía a mirarlo.

Al final, me dejé caer en sobrecama, con los ojos en techo. Me ardía la piel, allí donde sus labios me tocaron, y sentía el corazón demasiado agitado como para tranquilizarme rápidamente. Sin embargo, no estaba asustada, no estaba molesta…

-Gracias… -susurré, con los ojos fijos en el techo, dejando a mi mano vagar sobre la tela, rozando con el dorso de mi palma, la corona de huesos que formaba sus nudillos. De reojo, pude ver el momento exacto en el que sonrió, el mismo en el cual extendió los dedos, apenas cruzándolos con los míos.

Y ahora, yo también sonreí, como las idiotas enamoradas que salían en las series que Olga tanto adoraba.

-De nada.

.

.

.

Los ritos de la Larga Noche no eran muy diferentes a los de la ceremonia Inicial.

El día 21 de mayo, Olga llegó a mi puerta, acompañada de la procesión de seis personas que originalmente caminaron a mi lado la primera vez. La única diferencia, además de que el ritual se realizaba antes del anochecer y no antes del amanecer, era que esta vez, Christopher, allí presente, no me miraba con actitud orgullosa, ni cómplice. Estaba serio, con actitud de reproche, como si supiera que había hecho algo malo, que estaba ocultando algo que podría comprometer el ritual y mi propia seguridad.

Y, en cierto modo, tenía motivos.

La noche anterior, Chris tocó a mi puerta, justo cuando me hallaba hablando con Evilynn. Tuve que cortar todo de tajo, acabarlo rápido, ya que Chris tocaba cada vez más insistente, y sabía que aquello no era bueno. Ya dos veces antes me había agarrado en pleno ritual, y sabía que era cuestión de tiempo que supiera que había algo que no estaba diciéndole. Era demasiada coincidencia.

-¿Está todo bien? –inquirió una vez que hube abierto la puerta. Más que una pregunta, sonó como una orden, una afirmación a que había algo mal. Como si ya supiera que pasaba-. Escuché voces.

-Era yo, practicado mis diálogos de mañana –repuse de inmediato. De verdad no quería sonar fastidiada por su insistencia; como ya dije, era la tercera vez que aquello sucedía, pero estaba cansándome.

-No sonaba como tú –disimuladamente, trató de ver por encima de mi hombro, pero inmediatamente salí del cuarto, cerrando la puerta a mis espaldas. Naturalmente, dio un paso atrás, con actitud retadora. Comprendí demasiado tarde que fue una manera de confirmar sus sospechas-. Sophie, ¿Qué estás haciendo? ¿Pasa algo?

-No pasa nada –repusé secamente. Su interrupción pudo no haberme molestado, pero sus intentos de espiar, sí lo hicieron-. Todo está bien. No hay nada que ver.

Estaba rígido, como un árbol al cual ha golpeado un rayo, dejándolo inflexible desde la copa hasta las raíces.

-Si es así, ¿por qué no quieres que vea lo que hay en tu habitación?

-Porque es algo privado –refuté, apretando el pomo posesivamente entre mis dedos, sintiendo una débil corriente de presión cosquillearme las manos-. Tengo derecho a tener secretos; Minerva y los demás no tienen que saber todo.

-Sophie, soy tu amigo –parecía ofendido. Me dio la impresión de que lo tomó como algo personal, como un ataque a la confianza entre nosotros, cuando no era así. Incrédulo, retornó al punto de origen, intentando hallar una brecha ante el muro que coloqué entre los dos-. Si hay algo mal, si tienes dudas de mañana… si estás haciendo algo que pueda afectar el ritual…

-No estoy haciendo nada –estaba empezando a molestarme-. Debo ir a dormir, mañana será un día cansado… -retrocedí, evitando abrir demasiado la puerta, abandonándolo en el pasillo, con la boca entreabierta, las palabras aun tomando forma, actitud ofendida, incrédula. Pensé que abriría la puerta de golpe y tendría que aventarlo de una descarga, pero no hizo nada, ni dijo nada-. Vete a dormir, Christopher.

Cerré la puerta y no me ocupé más del asunto, ni tampoco contacté de vuelta a Evilynn. Pensé que la situación sería mejor en la mañana, sin embargo, a juzgar por su expresión, mis predicciones fueron erróneas.

Solamente esperaba que no hubiese abierto la boca.

Salvo el silbido del viento entre las hojas, y murmulló de los insectos que revoloteaban en la noche, nada perturbaba el silencio en lo profundo del bosque.

La tienda en la cual me habían dejado era una carpa circular, similar a los puestos de las ferias gitanas, con telas de sobrios estampados en todos anaranjados, amarillos y rojos, con flores y vides bordadas, retorcidas entre los tejidos, todo armónicamente combinado con la alfombra naranja y verde oscuro que funcionaba como piso, aislando el frío de la tierra, el diván rustico cuyo color me recordaba a las natillas, la mesita repleta de manzanas rojas, peras y fresas, y el fuego que crepitaba en una pequeña almenara dentro de la tienda, la única luz que había en el interior.

Tenía quizás unas cuatro horas allí sola, y no había salido desde que el sol se hubo ocultado. Mis intenciones habían sido hablar con Evilynn allí mismo, en parte para matar el tiempo y en parte para tranquilizarme, pero olvidé el saquito de sal sobre mi cama, lo cual me preocupaba un poco. Si Christopher lo hallaba, podría sacar conclusiones de ello.

Consideré la posibilidad de dormir para no pensar demasiado en lo que me atormentaba, las palabras de Evilynn, los inquisidores, los malditos osos. Sin embargo, el maldito diván era terriblemente incómodo y no creo que hubiera podido calmarme lo suficiente para pegar ojo, aun cuando estuviera exhausta. Aquello era una porquería; la incapacidad de hacer nada, de no tener nada con que entretenerme, me recordaba demasiado a mis días encerrada en una celda, esperando únicamente a que vinieran por mí, y eso no era mucho más tranquilizador.

Decidí que lo mejor era salir de allí, aunque fuera darle una vuelta a la tienda, y volver allí. Si me quedaba quieta, estaría mucho más histérica y ociosa, así que me dirigí a la cortina que hacía de puerta, titubeante ante si era algo prudente. Me causaba un poco de miedo levantar la tela y descubrir un rostro horrendo del otro lado, un arma apuntándome a la cabeza… o a un enorme roedor salvaje.

Pero no había nada, así que, con pasos temerosos, salí hasta hallarme con ambos pies en el pasto, el vestido blanco ondeando contra mis piernas, las largas mangas arrastrándose a mis costados. Anduve con pasos lentos, precavidos, bordeando las cuatro antorchas colocadas alrededor de la tienda como iluminación externa, hasta que finalmente, me hallé de vuelta en la entrada. Me sentí tan tranquila, enfrentando la oscuridad externa, que decidí dar una vuelta más, y otra, y otra más. Cuando me di cuenta, llevaba cerca de una hora afuera, me había sentado junto a la puerta y me entretenía trenzando las largas hojas de hierba y pasto que yacían a mí alrededor.

Sin embargo, de la manera más abrupta, hubo un cambio en el viento. Tardé un poco en comprenderlo, en entender que todo el bosque había contenido la respiración, todo había quedado en perpetuo silencio.

Me puse de pie de un salto, observando la espesura del bosque alrededor del claro donde me hallaba, la forma que tomaba la luz de la luna entre las copas de los árboles. Súbitamente, sentí las manos y los pies helados, como si la misma muerte estuviera sujetando todas mis extremidades contra su boca putrefacta. Di un paso hacia la tienda, sin darle la espalda a la oscuridad, mientras las palabras de Evilynn hacían eco en mi cabeza.

-¿Eve? –necesitaba llamarla. Quizás yo no podía establecer contacto con ella sin el ritual, pero ella había hablado conmigo antes sin necesidad de tanta ceremonia. Esperaba que eso se diera…

-¡…phie…! –escuché su voz, lejana, casi detrás de mí. Instintivamente miré hacia la tienda, y cuando noté mi descuido, volví los ojos al frente- ¡So…!

-¡Evilynn! –grité, incapaz de controlarme, olvidando por completo que alguien más podría oírme. Y si me oían, genial, de verdad, no es como si fuera a molestarme.

El frío se expandió hasta mis codos y rodillas, escaló como miles de arañas, y mientras más crecía, menos podía moverme.

Por primera vez en mucho tiempo, estaba paralizada…

-¡Sophie…! –el grito resonó en mi cabeza, la voz de Evilynn, súbitamente tragada por la fuerza del viento que volvió de golpe, con la intensidad de un huracán, su silbido fantasmagórico sacudiendo los arboles con su lengua viperina, las almenaras titilaron violentamente, lanzando agónicas imágenes sobre las superficies que la luz tocaba, las formas, los volúmenes.

El viento se llenó de chillidos, y luego de susurros, vocecillas que me rodeaban, giraban conmigo danzando a mí alrededor como si me hallase en el medio de un juego de niños y ahora fuera mi turno para correr, solo que las piernas se me entumecían, la voz se secaba en mi garganta construida por el miedo, la desesperación. Di la vuelta, sin alejarme de la antorcha a un costado de la puerta, y finalmente, al volver hacia donde inicialmente me hallaba, la luz parpadeó de nuevo, revelando un contorno antropomórfico, a dos metros de mi posición.

La silueta negra, alta, se tragaba toda la luz que llegaba hasta ella; comprendí que no era que el fuego revelase sus formas, sino que iluminaba todo a su alrededor, dejando un agujero negro donde se hallaba. Lo vi, medio segundo allí, incapaz de moverme o gritar, eché una rápida mirada hacia atrás, recordando la campana de plata sobre la mesita, dentro de la carpa.

Giré con intención de correr, con el cuerpo helado por el terror, abalanzándome hacia el interior de la carpa, pero una fuerza invisible me lanzó de golpe al suelo, me cubrió los labios, asfixiando le grito de horror que se atoraba en mi pecho.

Entonces, barrido por una ventisca, todo el fuego se apagó.

.

.

.

Abrí los ojos cuando el cielo ya clareaba, entre tonos lavandas, rosados y amarillos. A través de las hojas, veía parches luminosos, el canto de las aves reverberaba pacíficamente en el bosque, entonando ese suave cantico tranquilizador que caracteriza a la naturaleza.

Rodé sobre mí misma, abrumada de pronto por un ligero dolor en la espalda, probablemente, por haber pasado la noche durmiendo, nuevamente, en una posición bastante incomoda, por decir algo. Tenía mala costumbre de dormir tensa, y eso me provocaba tener la espalda rígida como una tabla toda la semana.

Finalmente, logré incorporarme en el pasto, preguntándome en qué momento había cerrado los ojos allí afuera, por qué no me había marchado hacia dentro de la carpa.

Y luego estaba ese horrible sueño…

No le presté la importancia que debería, principalmente, porque estaba muy segura de que había sido eso, solo un sueño. No había marcas en mis tobillos o muñecas, nada que indicase que aquello realmente había sucedido. El fuego aun ardía cuando Minerva y los demás llegaron, solemnes como solo ellos sabían serlo, y el rito procedió sin más. Wade, al fondo de la fila, se colocó lo más cercano a mí, extendiendo lentamente su mano para rozar la mía, y no escatimé en entrelazar mis dedos con los suyos, quizás porque estaba un poco nerviosa, intranquila por lo sucedido y mis difusos recuerdos.

Fuera como fuera, no sucedió nada más, salvo la programación de mi bautizo, el día 21 de junio, exactamente en un mes.

Lo único que podría haberme perturbado en ese momento, era que Christopher no apareció por ningún lado durante el rito. Solamente lo vi en el comedor, cuando se realizó el brindis a mi nombre con sidra de manzana, hecha por las mismas brujas. Levantó su copa, pero no sonrió, ni cruzó palabras conmigo.

Eso, y el hecho de que, a partir de ese día, me fue imposible contactar con Evilynn.

Sin embargo, me olvidaría del asunto un par de semanas después. Las cosas marchaban viento en popa en el monasterio; había mejorado en el control de mi presión, Minerva reconoció, durante el banquete del último sábado del mes, mi evidente mejoría, y pidió que alzaran sus copas en honor mío. Comenzaban a dejarme participar en rituales y creación de pociones básicas, algo que me estaba prohibido antes, y Olga, luego de insistirme por todos esos meses que me uniera a su rutina mañanera de ejercicio, consiguió convencerme, cosa de la cual no me arrepentía, pues dormía mucho mejor y me sentía más enérgica durante el día.

En tanto, Wade continuaba con sus entrenamientos para regularizar su presión, usualmente ayudado por Gerry, un brujo de piel oscura, casi entrado en la treintena, con quien solía combatir ferozmente al entrenar y reír a todo pulmón al finalizar, o, en su defecto, con Christopher. A veces los veía hablar, desde lejos, mientras combatían con bokens o manoplas de boxeo. Me preguntaba si hablaban de mí, pero si lo hacían, ninguno de ellos decía nada ni yo preguntaba.

Todo parecía en orden, y salvo las cosas ya mencionadas, y la mujer de ojos dorados, que a veces llenaba de preguntas mi mente, nada podía perturbarme. Algunas veces pensé mencionarle a Wade a esa persona, preguntar si la conocía, si era amiga suya o algo por el estilo, mas siempre perdía la oportunidad, o solo no quería hacerlo. Por primera vez, lo veía libre, casi totalmente ajeno a los horrores vividos en Heirdermeister… ya no quería preguntarle más sobre el pasado, no, a menos que él sacara el tema a relucir.

Me gustaba verlo sonreír, me gustaba mirarlo entrenar, la agresiva que tenía de moverse, la autosuficiente risa que emitía al ganar un set o el combate entero. Descubrí lo agradable que me parecía admirar su semblante saludable, las líneas hoscas de su rostro y su mandíbula ya no daban la impresión de rasgar su piel, sino más bien, de darle fuerza y estructura su faz, como lo hacen los arbotantes a una catedral.

Si bien siempre me pareció apuesto, ahora me resultaba, además, encantador. Había algo embrujante en sus gestos amplios, su risa estruendosa, la forma tan libre que tenía para moverse, y aunque la mayor parte del tiempo estuviera serio, con actitud reservada, alrededor de aquellos que no lo conocían, sabía que siempre habría una sonrisa dedicada para mí.

Fue en esos días cuando comencé a estar consciente de lo mucho que me atraía, no únicamente sus actitudes, no solo su trato para conmigo, sino él. Sus gestos, lo alto que era, la elegante línea de su cuerpo al erguirse, el ancho de su espalda y el contraste entre su estrecha cadera.

Recuerdo mucho haberlo aceptado una tarde, cuando buscando algo que me pidió de su habitación (una camisa o su guitarra, ya no lo recuerdo), jalé un monton de ropa de una silla, y un pequeño libro cayó al suelo, abriéndose de par en par y desperdigando varios papeles que guardaba en su interior, y al recorgerlos, hallé algo que no me esperaba.

Era una pequeña foto, muy vieja, parcialmente corroída por la humedad, y se notaba que alguien no le había dado el mejor trato posible, dado que podía ver las marcadas líneas donde unas manos la doblaron en cuatro para hacerla más pequeña.

En ella, se mostraba a un hombre sentado en la barra de un bar, con un enorme tarro de cerveza sujeto entre sus nudosas manos, mirando fijamente en dirección al sujeto que estaba a la izquierda del encuadre, agitando descuidado un vaso mientras observaba a alguien más a sus espaldas, difuminado, como si se hubiera movido al último momento. Era casi tan alto como el primero, de anchos hombros, de cabello despeinado, y actitud mucho menos reacia que la de su acompañante. No podía ver su rostro completo, salvo parte de su sonrisa. Aparentemente la persona a la cual buscaba era un sujeto alto, de peinado prolijo y rostro rectangular, quien por lo que podía ver, llegaba por la puerta, sujetando a una chica bajita, cabello en corte de hongo, de un brazo y a su lado había un muchacho que podría jurar que era Christopher, pero dada la opacidad de la foto por el tiempo, no estaba segura.

La giré, buscando, alguna referencia a los que allí aparecían, hallando, en una esquina, un pequeño texto:

"Wade, Logan, Alice, Alex & Christopher (der a izq)– 1860"

Con el ceño fruncido, di la vuelta, intentando corroborar los nombres, pensando que quizás me había equivocado o vi mal, pero no: el orden era correcto.

El sujeto de la foto no era feo; para nada, (si Ares hubiera cobrado forma humana, supongo que así se vería), pero tenía esa apariencia tosca de las estatuas de piedra, como un gólem vuelto a la vida, cuyo ceño fruncido era el punto central de su rostro. Su cabello corto, peinado hacia atrás, le confería un aspecto meramente militar, que era resaltado por sus facciones cuadradas, las pesadas cejas sobre sus ojos pequeños, felinos, y penetrantes.

Arrugué la nariz, algo molesta. Es muy probable que se debiera a la antigüedad de la foto, el ángulo o simplemente la dura expresión de su rostro, pero dicha imagen no le hacía justicia a mi antiguo compañero de celda.

Su rostro no era tan cuadrado, ni sus manos tan toscas. A mí parecer, sus ojos eran ligeramente más grandes y felinos, sus cejas más pronunciadas, dándole ese aspecto de estar planeando un complot. En general, su complexión me parecía exagerada, tosca a comparación con la perteneciente a quien yo conocía, aunque eso podría ser simplemente causa del ejercicio, la desnutrición de la cual finalmente se hallaba saliendo. Definitivamente, Wade no era fotogénico, cosa que me causaba gracia.

Sin embargo, lo que más me molestaba, era ese gesto de desagrado plasmado en su boca le robaba amplitud a sus labios.

Su boca era mucho más agradable, más elástica, y considerablemente más seductora...

Recordé la dulce sonrisa aquel día, antes de la Larga Noche. La manera tan dócil como me besó en la mejilla, el gesto amable de su boca, y de nuevo, me asaltó esa sensación calurosa en el pecho, y la vaga necesidad de volver a verla, de tenerlo así de cerca.

No, eso eran tonterías. Tenía muchas cosas en que concentrarme, y esa no era una de ellas. Abandoné el libro en su lugar, con sus respectivos papeles, y me marché de allí con aquello que me fue requerido. Aun así, seguí pensando en mis anhelos toda la tarde, todo el día.

Comenzaba a pensar que Olga tenía razón en sus insinuaciones. A la distancia, es muy claro ver que sí, pero cuando te hayas en ese embrollo, a menos que sean ridículamente obvios contigo, no eres capaz de leer los pequeños detalles, las miradas, los roces entre manos. Creo que es por el miedo, ¿saben? El temor al rechazo…

Quieres señales claras.

Es divertido, gracioso, incluso. Si hubiera razonado todo eso, en aquel entonces, no me habría expuesto del modo como lo hice…

.

.

.

-¿Qué es eso? –pregunté, intentando mirar a través de la venda que me cubría totalmente los ojos, avanzando con pasitos temerosos con ayuda de Wade, cuyas manos sujetaban las mías firmemente, evitando que me cayera al subir aquel terreno rocoso.

Nunca había sentido ese aroma. Sal, frescura, plantas, humedad. La curiosidad estaba matándome, y es que el condenado shinigami no me dio ni la más mínima pista de a dónde íbamos. Todo lo que me dijo la noche anterior fue que me pusiera algo ligero, y que lo viera detrás de la torre del reloj antes el amanecer, entre los árboles, asegurándome de que nadie me viera.

Pues bien, eso fue lo que hice. Cuando estuvo lo suficientemente claro para ver mis pies entre la oscuridad, me escabullí hacia el patio trasero, por las escaleritas del cuarto de servicio. Nadie transitaba a esa hora por allí, y finalmente, salí del edificio colándome por un espacio muy amplio de los ventanales, donde faltaba un barrote. Al llegar atrás de la torre del reloj, encontré a Wade de espaldas, con dos mochilas a sus pies, husmeando hacia el lado contrario de donde yo llegaba, probablemente intentando divisarme entre la oscuridad. Usando mi presión para amortiguar el sonido de mis pasos, corrí hacia él, sacudiéndolo del brazo, corriendo en dirección a la salida trasera del monasterio, pero luego del susto inicial, tiró de mí en sentido contrario, señalándome una zona repleta de enredadera que cubrían una de las murallas. Empujó el montón de hojas, descubriendo un amplio agujero en la piedra que nos serviría de ruta de escape.

Salimos de allí como almas llevadas por el diablo, en dirección al bosque. Conocía la ruta; el camino se cruzaba con la carretera, y veinte minutos después, nos encontrábamos montados en la camioneta de batea que Minerva cedía a Wade cuando queríamos ir al pueblo.

Pero, luego de tres horas de viaje, sin tener la menor idea de a donde rayos íbamos, Wade se detuvo, y me colocó una venda en los ojos, ordenándome que no espiara. Para ese entonces, el sol brillaba en todo su esplendor en el cielo, el calor de su luz matutina era delicioso sobre mi rostro, el viento me sacudía todo el cabello.

Cerca de media hora después, nos detuvimos. Wade apagó el auto, y me ayudó a bajar para que no tropezase.

Y así llegamos al comienzo de este recuerdo; una bruja muerta de curiosidad, y un shinigami que se mordía los labios para no carcajearse. De mí.

-Ya verás –respondió, sin soltarme, guiándome para encorvarme, quizás para evitar una rama. Olía a tierra, así que deberíamos estar en el bosque o un sitio con árboles. Escuchaba aves cantando, piando con notas agudas en sus chillidos, totalmente distintos a las voces de los gorriones a las que estaba acostumbrada. Levanté un poco la cabeza, buscando mirar por el espacio de dejaba la venda en medio de mi pómulo y el puente de la nariz, pero de inmediato lo notó- ¡No espíes!

-¡Bien! –estaba empezando a perder el buen humor.

Por suerte, salimos de la arboleda rápidamente, y el viento, que antes era una caricia fresca, se transformó en una ventisca salvaje que hacia ondear los extremos de mi blusa azul marino, mi cabello suelto, con la misma intensidad de cuando íbamos en el auto. Tenía la sensación de estar en un sitio alto, en terreno abierto, y eso me causaba algo de ansiedad, mucho más cuando mi compañero giró a mi alrededor, sujetando mis hombros, como queriendo asegurarse de que me hallaba en el sitio ideal.

-De acuerdo –su tono parecía contener una enorme carcajada. Solo esperaba que no fuera una broma-. Ya puedes quitarte la venda.

-¿Ya? –levanté las manos a los lados de mi cabeza, listos para entrar en acción.

-¡Ya, ya!

Como pude, me desbaraté el moño que mantenía la venda atada tras mi cabeza, luchando inútilmente, hasta que finalmente, harta, casi me arranque el trapo de encima de la cara, revelando ante mí, un paisaje salpicado de luz, donde todo lo que había frente a mis ojos, era el borde del acantilado donde estábamos de pie, el extenso cielo azul, salpicado de nubes inmaculadas…

Y el vasto océano, infinitamente profundo, infinitamente zafiro.

Solo lo había visto en fotos, en la tele; le perdí cierto interés, inclusive, pero la verdad, es que ninguna de esas representaciones de hacía justicia.

Me cubrí la boca con las manos, conteniendo un jadeo de pura emoción, súbitamente embrujada por la manera que las olas chocaban contra ellas, como brincaban, echando cabriolas, meciéndose traviesas con el viento, la brisa salada, intentando competir con las gaviotas que se lanzaban en picada hacia sus aguas. Había tanto azul, adoraba ese color azul…

Con ojos lacrimosos, me volví para ver a Wade, cuyo rostro iluminado por el sol exhibía la sonrisa más extasiada que he visto jamás.

-¿Cumplo o no mis promesas? –preguntó, adelantándose para tomarme por los codos, ansioso por una respuesta positiva.

-Wade… -musité, aun con la emoción tapándome la garganta. Sentía que si hablaba, me echaría a llorar, y todo lo que quería hacer era reír hasta desmayarme. No podía creerlo, no entendía como algo así, como esa visión, podía ser tan perfecta-. No sé qué decir…

-Puedes empezar con un "gracias" –respondió juguetón, regresándome de frente a ese paisaje celestial, quitándome todo el cabello del rostro, quizás queriendo asegurarse que no perdiera ni un solo detalle de toda esa agua preciosa, de la emoción de total libertad que se apoderaba de hasta el último rincón de mi cuerpo-. Cuando recién me volví un shinigami, encontré este sitio, y se volvió uno de mis favoritos en el mundo… -sus manos estrecharon mis hombros cariñosamente-. Ahora es tuyo… solo espero que no le tengas miedo a las alturas.

-¡No, no! –dije rápidamente, sintiendo como me soltaba poco a poco, abandonándome al frente, dejando que el viento me golpeara con toda su intensidad, con toda su frescura- ¡Es perfecto! ¡Es precioso!

-Me alegra que así sea–su voz sonaba extrañamente lejana, como si hubiera regresado a la arboleda, pero no le presté atención-. Ahora, ¡respira hondo!

¿Respira hondo?

-¿Qué…? –ni siquiera pude voltearme para ver de qué rayos hablaba, pues cuando lo hice, él ya se hallaba atrás de mí, levantándome en brazos como si fuera un montón de trapo, corriendo a toda velocidad hacia el borde del acantilado.

Debí soltar el grito más histérico de mi vida, abrazándome a su maldito cuello y rezándoles a todos los santos y dioses que conocía mientras nos apresurábamos hacia el mar, casi a diez metros abajo del acantilado.

El agua fría me golpeó como un martillo; no me dolió, pero la sensación no es precisamente la más agradable. Salimos a flote, media minuto después de caer; nos sumergimos tanto que apenas podía ver el sol desde el fondo, sin embargo, Wade no me soltó en ningún instante, ni yo a él.

Al menos, hasta que salí a la superficie.

-¡ERES UN IDIOTA! –exclamé, empujándolo lejos de mí, salpicándolo con agua mientras él no dejaba de carcajearse.

-¡Ah…! ¡Lo siento…! ¡Ahaha, ah, dios santo…! –ojala siguiera riéndose así cuando se ahogase con su propia lengua. Maldito shinigami demente- ¡Perdón…! ¡No pude evitarlo…! ¡Ven, vamos a la orilla…!

-¡Sí, vamos a la orilla…! –chillé, sujetándome a su brazo. Que me cargase, es lo menos que podía hacer el pedazo de idiota- ¡Allí podré estrangularte como es debido…!

-¡Como si fuera posible, con tus manitas de hámster…!

-¡Cállate y nada!

-Siento como si…

-¿Cómo si hubieras pasado toda la tarde jugando en el mar bajo el sol?

Lo miré, sonriéndole retadora. Aun en la oscuridad podía ver su maliciosa expresión burlona, con las manos sobre el volante.

Acabamos de volver de la playa, luego de una extenuante tarde buscando conchas marinas, enseñándome a sumergirme para tocar el lecho de arena, y logramos subir al acantilado justo a tiempo para presenciar la puesta de sol. Ahora, la noche había llegado, y pese a haber tenido un día de ensueño, todo lo que quería ahora era llegar a mi habitación, tomar un baño de burbujas e irme directamente a la cama. Creo que había dormitado un par de veces en el camino, cosa que no creí posible al principio, pero una vez que me puse ropa seca (de una de las mochilas que llevaba Wade consigo, cortesía de Olga), y me hallé sentada, abrigada con una toalla, fue imposible no sucumbir al cansancio.

-Aun me debes una –mascullé entre dientes, recordando su loca idea de saltar del acantilado. Se echó a reír, deteniendo el auto a un costado del camino, dentro de los límites del monasterio, pero lo suficientemente lejos para no ser vistos. Aparentemente, Minerva había accedido a que me llevara al pueblo, no a la costa, a tres horas de allí, donde nadie podría ayudarnos si nos metíamos en líos.

Era un poco exagerado de su parte, pero entendía su preocupación. Sin embargo, parte del trato era que llegáramos antes del anochecer, y dado que eran más de las nueve de la noche, nos ganaríamos una regañiza si nos veían entrar a estas hora, además de que el olor a sal dejaría claro que no estábamos en el pueblo.

Así que volvímos, tal y como salimos, en total silencio, como dos prófugos recién salidos de Alcatraz.

-¿Estás emocionada por tu bautizo? –preguntó, andando por la arboleda. A lo lejos, podía ver las luces del monasterio, la muralla que rodeaba el recinto.

-Un poco –dije, intentando no tropezar en la semi oscuridad-. Me agrada la idea de tener una familia aquí, pero…

-¿Pero…?

-Una vez que sea una bruja, tendré responsabilidades, no podré ir y venir como me plazca –aquello no sonaba tan mal, y de hecho, no lo era. Olga me explicó que, en sí, podría tener vida normal, ir a la escuela y cosas así, solo que cada tanto tendría que acudir a reuniones, pasar allí vacasiones, veranos, especialmente si planeaba ser adoptada. Llegamos al agujero en la pared, tras las enredaderas. Con una mano, libró el camino, y con la otra, me ayudó a cruzar sin tropezar con las piedras y ladrillos que yacían en el paso-. Pero creo que exagero, no es como si fueran a confinarme aquí por el resto de mis días.

-Es normal tener dudas –dijo, un tanto distraído-. Ya no hables; cualquier podría oírnos. Solo sígueme.

Le hice un gesto con la mano, llevando mis dedos a la sien, y luego hacia su dirección, ganándome una sonrisa divertida. Seguimos el mismo sendero que tomé yo para llegar, solo que él pasó de largo el cuarto de servicio, quizás previendo que, al no ser de madrugada, aun podría haber alguien allí. Avanzamos en silencio detrás del monaserio, inclinando la cabeza para sortear las ventanas, hasta alcanzar el jardín interno, el mismo que se hallaba frente a la sala donde, tiempo atrás, intentaron ponerle fin a su vida.

Ignoré el escalofrío que me sacudió desde dentro, corriendo detrás de él, escurriéndose por la pared del fondo, hasta llegar al pasillo que conectaba con el corredor que guiaba hacia las escaleras y el otro patio. La vía mas rápida eran las escaleras, pero tambén la más visible, así que optó por correr por con dirección al patio grande, sin embargo, a medio camino, escuchamos voces que provenían del pasillo que cortaba perpendicularmente el corredor, y retrocedimos como dos ratones acorralados, descubriendo que detrás de nosotros, otra voces llegaban, desde el jardín interior.

Pensando rápido, Wade abrió la primera puerta que cedió, sin seguro, y por suerte, se trataba de una habitación vacia, la cual usaban ahora como bodega de artículos de limpieza. Estaba tan repleta de estantes, que nos acomodamos, casi emparedados uno contra el otro, en medio de dos armarios, rezando porque nadie tuviera la brillante idea de mirar por la ventana.

Era divertido, de una forma loca, porque eso de huir enserio era lo peor del mundo, pero esto, escondernos como dos fugitivos de la ley, era emocionante.

Las voces se detuvieron a medio pasillo, y luego, el grupo que llegaba desde el jardín interno pasó, opacando la luz que entraba por la ventanilla, deteniéndose poco después de la misma, probablemente charlando con el otro grupo.

Levanté la vista, observando a mi compañero, quien tenía una mucha mejor visibilidad de las brujas en el pasillo, ya que la ventana quedaba en un ángulo del cual no tenía que torcerse el cuello para ver el corredor, e incluso, las espaldas de las mismas brujas.

Quizás el también hallaba emocionante aquello, era la única explicación que le encontraba a su revoltosa sonrisa, combinando a la perfección con su cabello despeinado.

Su cuerpo se sentía muy tibio bajo mis palmas, y también podía percibir el latido de su corazón.

De pronto me invadió un sentimiento muy extraño, casi como si la traviesa sonrisa confiada que dedicaba a las descuidadas brujas me obligase a alejarme de él, y al mismo tiempo quisiera quedarme justo allí.

Era todo muy extraño. Me sentía muy rara…

-¿Nunca pensaste en hacer algo? –pregunté, intentando continuar con la plática que murió con anterioridad. Hablaba muy bajito, apenas lo suficiente para hacerme oír entre el espacio cerrado del armario. Wade regresó la cabeza hacia mí, con el ceño un poco fruncido, como si le hubiera hablado en otro idioma, y trazas de la sonrisa aun en sus labios- ¿No te… tentaba la idea?

No parecía entender de qué le hablaba, y ahora no sabía si solo eran ideas mías, o realmente me observaba con cierta añoranza en sus ojos. Como si quisiera atrapar algo en mis palabras.

-Como no tienes idea… -murmuró, inclinándose un poco hacia mí. Su voz estaba muy cerca, y apenas pude contener la risa nerviosa- ¿Y a ti?

Pasé saliva, desviando los ojos hacia un costado, casi como si me hubiera embrujado.

¿Por qué me sentía tan nerviosa últimamente estando tan cerca de él?

-Ser libre, ir y venir a tu antojo, cuando te volviste inmortal…

Se irguió de nuevo, tenso, súbitamente.

-Hablas de eso –dijo, ahora con voz despejada y lo miré de inmediato. Parecía… decepcionado.

-Sí –comenté, repentinamente asaltada por un subidón de esperanza- ¿de qué creíste que…?

-No, nada –dijo, ahora era él quien desviaba los ojos de mí, un tanto divertido-. No tiene importancia. Es una tontería.

-Ah… -y ahora era yo quien se sentía vagamente decepcionada, aunque no lograba comprender por qué. El lejano sentimiento de sentirme demasiado cerca de él se había desvanecido levemente, y ahora me asaltaba una nueva sensación. Sentía como si tuviera que disfrutar ese pequeño momento, antes de que acabase. Odiaba eso, odiaba no comprender que pasaba, pero suponía que quizás tenía que ver con lo que Wade no quería decirme- ¿Es algo malo?

-No es nada, Sophie –sacudió la cabeza, pasando sus manos sobre mis hombros, como si estuviera listo para apartarme de él.

-Dímelo –comenzaba a impacientarme su terquedad.

-¿De verdad quieres saber? –di un respingo, viéndolo levantar una inquisitiva ceja. Casi podría jugar que su ojo violeta resplandeció brevemente, aun cuando no sonreía.

¿De verdad este sujeto había vivido tanto tiempo conmigo? Parecía que no me conocía en lo absoluto.

Asentí de inmediato, y lejos de suspirar derrotado, el gesto confiado en su rostro se volvió una amplia sonrisa abrumadora, torcida.

¿Eran ideas mías o hacía calor de repente?

-¿Qué me darás a cambio de esa información? –ladeó la cabeza, sin quitarme sus penetrantes ojos de encima, sueltos como dos lobos impiadosos que buscaban causarme salir huyendo si continuaba enfrentándolos- ¿Tienes algo que ofrecer?

-Te daré la mitad de mi rebanada de pastel del postre de mañana–fue lo primero que atiné a decir. Y creo que lo único que se me ocurrió. Y también lo más ridículo que pude decir.

-No me interesa la mitad de tu pastel –su tono era seco, firme como un golpe, pero grave y sedoso. Parecía cada vez más confiado, como si se alimentara de la poca seguridad que me quedaba. Quería poner espacio entre nosotros, me estaba poniendo demasiado nerviosa, pero no conseguía obligar a mi cuerpo a moverse. Pensaba, "si dice algo más, lo haré", pero dudo haberlo pensado enserio. Creo que notó su efecto en mí, aunque no se detuvo, y continuó mirándome así, sus manos tensas sobre mis hombros, aunque la única tensa allí era yo.

Pasé saliva, rodando los ojos para poder recuperar la compostura, fingiendo que algo en la lejanía capturó mi atención, como si pudiera mirar a las afueras del pasillo, cuando todo lo que ocupaba mi campo visual era la orilla de la puerta y una columna. Eso tendría que bastar.

-Bien, te daré toda la rebanada –mascullé entre dientes. Quité las manos de encima suyo; no había notado que apretaba su camisa entre mis crispados dedos. Un poco más y le arrancaría la tela de encima. Ya no me hacía tanta gracia todo eso, y ahora me sentía verdaderamente con deseos de salir corriendo de allí.

Sin embargo, esa ansiedad de salir huyendo se desvaneció sin ningún tipo de resistencia cuando, con los dedos al costado de mi cuello, Wade me levantó la cara con la punta de su pulgar, regresándome a esa batalla entre sus ojos y los míos antes de que pudiera siquiera terminar de recuperarme.

Dios, si la sonrisa de antes me quitaba el aliento está bien podría haberme matado…

-No quiero el maldito pastel –confesó, acompañando sus suaves palabras con un tono profundo, disonante con las palabras que usó -. Pero sí quiero algo dulce… -hizo una pausa, sus ojos viajando disimuladamente al sur de mi rostro, y de vuelta a mi mirada. El gesto me provocó un escalofrío que luché por disimular inútilmente, y él soltó una breve risilla entre dientes-. Algo muy… muy dulce…

Di algo Sophie.

Di algo.

Lo que sea, cualquier cosa es buena en este tipo de situaciones.

Enserio, lo que sea.

¡Cualquier cosa!

-¿Qu-qué ta-tan…? –Por dios, contrólate, mujer, no seas ridícula. Me aclaré la garganta, apretando los ojos un segundo, ante su mirada pesada, demandante- ¿Qué tan… dulce es eso que quieres?

-Imagino que exquisito, pero no lo sé… –murmuró profundamente divertido, casi malicioso, inclinándose un poco más, como si fuera a contarme una confidencia-. Aún no he tenido oportunidad de probarlos…

Sentí que me quería reír como una idiota, pero me contuve, apenas liberando una sonrisa, solo para morderme los labios para suspirar con tal nerviosismo que casi no podía mirarlo. Tenía miedo de asomarme bajo mis pestañas. Estaba demasiado consciente de mí misma, de él, de lo cerca que estaba, del calor de su cuerpo.

-¿No?

-No –continuó, con su mismo tono de "tengo todo bajo control, incluso a ti, pequeña ratoncita"-. Cuando iba a hacerlo… algo malo pasó…

¿Hablaba de lo que pasó antes de que huyéramos? ¿De ese momento…?

De pronto las ideas se acabaron de aclarar en mi cabeza y comprendí que no hablaba realmente de un pastel. Bueno, eso ya lo sabía, pero no de lo que decía. Aquello dulce que quería…

Las imágenes en mi mente, sobre el shinigami besándome con mucha suavidad, apretándome contra su pecho se hicieron tan vividas, tan reales, que la situación solo consiguió ponerme mucho más consciente de lo que sucedía a mí alrededor. Y así como subieron las ideas, de igual modo subió la sangre a mi cara, tan rápido que no tuve tiempo de disimular siquiera. Aquello era un asco, por un lado. Usualmente mantenía el control de mis emociones, pero así, así de cerca, con él hablándome así…

El borde de su pulgar se deslizó sobre mi mejilla, la sonrisa maquiavélica se desdibujó un poco, cubierta por una nueva emoción que endulzaba sus facciones. Aun cuando sus ojos continuaban siendo agresivos, pesados, su sonrisa era diabólicamente encantadora…

-¿Crees que el momento es ahora…? –la actitud de su cuerpo, la inclinación de la cabeza, solo centímetros lo separaban de aquello que quería, y aun así, había hecho aquella pequeña pregunta. Disimuladamente, buscando averiguar si eso que el ansiaba era correspondido.

Creo que nunca antes me habían pedido permiso para realizar un contacto personal conmigo. Luego de una historia de abusos, que alguien pusiera ese poder en tus manos era, entre muchas cosas, liberador. Ya no me sentía tan insegura, el pulso me temblaba por la impaciencia, quería sentirlo cerca de mí, saber si aquello era tan dulce como él suponía.

El pulso me derretía por dentro, se acercó, lento, quizás igual de inquieto, pero temiendo que cualquier movimiento pudiera arruinar el momento…

-Wade…

-Buenas noches, Madame Minerva–nos volvimos de inmediato hacia la puerta, como si hubiéramos estado dentro de una burbuja que se revienta de forma abrupta al ser pinchada por una aguja. La aguja, en este caso, tenía nombre y apellido.

Nos tensamos; afuera, por la ventanilla, podía ver su larga trenza color paja. Hablaba con todo ese grupo de brujas, con la misma firmeza de siempre. Aquella visión me traje de vuelta a la realidad, dejándome rígida por la adrenalina, y por la tensión de aquel momento que había pasado. Me sentía como si no hubiera sido yo, como si no hubiera sido mi cuerpo, mi mente, y al mismo tiempo, como algo que era únicamente para mí. Bajo mis manos, percibía su agitado corazón, tan abrumado como el mío, quizás manchado por el mismo tipo de frustración.

Permanecieron allí fuera por casi diez minutos, hasta que finalmente, escuchamos sus pasos andar hacia el jardín interior, las voces alejarse paulatinamente, hasta que todo quedó en silencio total.

-Vámonos –murmuré, acomodándome el cabello y recuperando la compostura. Wade asintió, componiendo su usual expresión, con el único detalle de sus ojos había un destello de frustración, aunque quisiera disimularlo con una sonrisa-, antes de que regresen…

Me volví, ignorando que debería hacer, mirando a ver si él tenía las respuestas, sintiendo que el momento había desaparecido sin siquiera darme tiempo a disfrutarlo.

Se movió, permitiéndome librar primero el montón de artículos que yacían en el suelo, hasta que llegué a la puerta. Esperé que rodeara los obstáculos, y cuando finalmente, en el umbral, nos aseguramos que nadie permanecía cerca, salimos disparados escaleras arriba, hasta llegar al rellano, donde la escalinata se abría en dos secciones, una que continuaba en ese piso, y otra que conducía al tercero, donde se hallaba mi habitación.

-Aquí nos separamos –dije rápidamente, proponiéndome subir con la misma prisa de antes.

Sin embargo, la mano de Wade me detuvo, sujetando la mía por la muñeca. Giré, apresurada para saber que quería, un poco alarmada por frenar tan de repente.

-Veme mañana a las siete en la torre del reloj–me dijo, con una esperanzada sonrisa, sus felinos ojos suplicando el ser escuchado, y cuando notó que tenía mi atención, su gesto se expandió, contagiando esas ansias por todo su semblante-. Hay algo que necesito decirte…

Una promesa, o una amenaza.

No sabía de qué se trataba, pero… aquella ansiedad, me invadió también. Una chispa de esperanza me incendió desde dentro.

Sin decirle nada, incliné mi rostro hacia él, y tomando su cara entre mis manos, le di un rápido beso en la mejilla.

-Allí estaré –dije sonriéndole, quizás, con la misma picardía con la que él me sonreía a mí. Pude deleitarme en ese breve momento de sorpresa reflejado en su cara angulosa, el ligero color rojo que le tiñó la descompuesta expresión-. Lo prometo.

Lo solté, subiendo a toda prisa el tramo de escaleras que me faltaba, andando como debió hacerlo Cleopatra al pasar, triunfante y segura, delante de Marco Antonio. Aquella era una sensación embriagante, poderosa…

E irresistiblemente dulce…

Le eché una última mirada por encima de mi hombro, examinando al hombre que me devolvía el gesto, jovial, desarmado por ese último detalle.

Me encogí de hombros al doblar la esquina y continué, riendo por el pasillo, hasta llegar a mi habitación.

Hubiera sido mucho más épico si no hubiese volteado atrás.

.

.

.

-Viniste…

De inmediato, giré hacia su voz. Llevaba quince minutos allí, dando vueltas como una tonta, pero era normal. Me había dicho a las siete, y yo ya quería presentarme allí desde las cuatro de la tarde, pero me controlé lo suficiente para no ponerme el vestido azul sino hasta las cinco, y no pintarme los labios hasta las seis… solo para quitarme el labial diez minutos después. Si pasaba lo que imaginaba, quizás lo mejor sería no usar pinturas… pero, tal vez sería más disimulado usarla, así me dejaría en evidencia.

Como fuera, algo saltó en mí al escuchar su voz, muy cerca. Le sonreí sin reservas, avanzando ruidosamente, mientras mis zapatos haciendo tronar los adoquines, el lado malo de los tacones.

En el sitio indicado, había una farola solitaria, bajo la cual me mantuve dando vueltas como león enjaulado hasta ese momento. Apenas podía controlar mi pulso, estaba tan ansiosa que nisiquiera intenté disimular el color rosa que me salpicaba las mejillas.

-Claro que vine –dije, extasiada, hasta que noté su aspecto. Llevaba la misma ropa del entrenamiento, parecía como si se le hubiera olvidado aquella cita, o no supiera porque lo había hecho, en primer lugar. Su rostro, usualmente efervescente, estaba carente de toda emoción, de toda alegría. Parecía un fantasma, un despojo de Wade, con los ojos exánimes, la boca incapaz de formar una sonrisa-. Wade, ¿Qué pasa? –insté, caminando lentamente hacia él, temiendo que hubiera tenido un ataque de ansiedad, una pesadilla- ¿Estás…?

-Me marcho mañana… -declaró, soltando sus palabras como una lanza de hielo. Sentí que esa misma frialdad me hundió los pies en el suelo, me dejó sin aliento. Tragó saliva, con la boca seca, por el efecto de lo que dijo.

-¿Qué…?

-Me voy de aquí, mañana, a primera hora –otra lanza, y él ni siquiera intentó que no me diera de lleno en el pecho. Era una persona totalmente distinta, había una barrera entre ambos que jamás había estado allí, y ahora, no podía verlo con claridad, no me escuchaba-. No tengo planeado volver. Al menos, no pronto…

¿Qué estaba pasando? ¿Qué significaba todo esto? ¿Era una mala broma?

-¿Esto es lo que ibas a decirme? –pregunté, aclarándome la garganta, tragándome el nudo que me apretaba cada vez más. Intenté sonar lo más firme posible, lo más estoica. Lo más similar a alguien a quien no le importa.

No me miró, no se dignó a hacerlo. Era como si el suelo le mostrase algo que yo no podía ver.

-Sí –finalizó, arrastrando la mirada hacia mí. Había una mancha de tisteza en él, frustración, pero todo eso estaba salpicado por indiferencia. No parecía importarle la manera en que eso me estaba rompiendo el alma en mil pedazos-. Lamento sí…

-¡Oh, no! –me apresuré a decir, pintándome una sonrisa en la cara. Si a él no le importaba, tampoco debería a mí. No iba a darle el gusto. No le preguntaría más. Sacudí la mano, negando con la cabeza-. Está bien. Nos escribiremos, supongo. Imagino que luego de volver tienes muchos asuntos sin resolver…

Me miró largamente, como si la daga helada ahora lo hubiera cortado a él. Abrió los labios, quizás para decir algo más, o solo como un intento desesperado para detenerme, pero enseguida caminé hacia él, plantándome de frente. Antes, lo habría tocado, inevitablemente, y ahora, la simple idea me aterraba, me incomodaba. Me sentía como una estúpida…

-Espero que tengas un buen viaje, Wade.

-Sophie…

Le sonreí una última vez, antes de desaparecer por el corredor. Subí, sin decir nada, sin mirar a nadie. Entré a mi habitación, cerré con llave y me quedé largo rato con la espalda contra la puerta, incapaz de asimilar lo que había pasado, el corazón me dolía como si me hubiera apretado con un hierro al rojo vivo.

¿Qué esperaba, exactamente? ¿Qué quería que hiciera?

¿De eso se había tratado? ¿Todo eso… para esto?

¡Bien, que se largara! ¡Que se fuera al diablo! No lo necesitaba, estúpido shinigami mediocre.

No logré dormir esa noche, al menos no, hasta las dos de la mañana. No soñé nada, ni para bien, ni para mal.

Y cuando desperté a las nueve de la mañana, descubrí, por medio de unas brujas que cuchicheaban en el comedor, qué Wade se había marchado ya.

Se había ido aquel día, a las siete de la mañana, en la misma camioneta en la que fuimos a la playa…

Ni siquiera tuvo el valor de despedirse de mí…

Ni siquiera pudo hablarme…

En pleno desayuno, me puse de pie, dejando mi bandeja sobre la meseta. Creo que Olga me habló, pero no quise mirarla.

Caminé, muy rápido, pasando por los jardines, con la misma prisa que corre alguien a quien persiguen pero no desea perder la compostura. Sorteé los jardines, pasé cerca de dos brujas que me saludaron amistosamente, y apenas me detuve a asentir en respuesta. Temía que si dejaba de trotar perdería el aire y sería incapaz de continuar avanzando.

Finalmente, crucé el arco que dividía la huerta privada de Minerva, rodeé la bardita y finalmente encontré el agujero en la pared por el cual se podía acceder allí. Entré como un toro en una tienda de porcelana, apenas deteniéndome en seco entre las plantas colgantes, los enormes helechos y los rosales, dando vueltas como un animal enjaulado que busca desquitarse con lo primero que se le cruce en el camino.

No entendía la exaltación que envenenaba mi alma, no comprendía porque, la imagen de ese imbécil, alejándose por la carretera, me dolía tanto como me hacía sentir furiosa.

¿Qué esperaba exactamente de todo esto? ¿Qué quería?

¿Por qué sentía que me asfixiaba?

¡Estúpido shinigami! ¡Estúpido fuera él y sus malditas formas de elevar la expectativa!

¡Yo estaba bien! ¡Yo no esperaba nada!

¡Qué se fuera al demonio! ¡Si quería largarse, que lo hiciera! ¡Si de quemar puentes se trataba yo también podía hacerlo sin problemas!

¡No me importaba! ¡Al diablo todo esto!

Giré bruscamente y le di un empujón a una macetita de barro. Salió disparada hacia un costado, haciéndose añicos contra las piedras del piso. El sonido del material espaciéndose por el piso me atravesó de un modo que no puedo comprender hasta el día de hoy.

Me quedé estática, con ojos apretados, los puños hechos piedras a mis costados.

-Minerva va a estar molesta por eso -murmuró alguien. Con ojos entornados, vi a Christopher acercarse lentamente, con las manos en los bolsillos. Aunque su tono fue despreocupado, su cara denotaba cierta incertidumbre. Se detuvo frente a mí, estudiando mi lenguaje corporal un momento, intentando descifrar si lo golpearía en caso de estar muy cerca- ¿Estás...?

-¡Bien! ¡Sí! -espeté, girando sobre mí, con mi mano quitándome el cabello de la cara. Tenía la sensación de que el estómago me saldría por el trasero y el corazón por la garganta- ¡Estoy perfecta! ¿Por qué no lo estaría?

-Porque Lovecraft se fue -dijo con tono suave, casi materno, y se me escapó una risa entre dientes-. Era alguien muy cercano a ti, tienen una conexión que yo no comprendo, y se fue. Tienes derecho a estar triste.

-No estoy triste -gruñí, con las aletas de la nariz palpitando, todos los músculos de mi cuerpo tensos como arco-. No sé qué me pasa, pero no estoy triste, deja de suponer como me siento. No estoy triste, ni rota, ni deprimida... Estoy... ¡estoy furiosa! ¡Estoy tan enfadada que podría prender este jardín en llamas! ¡Quiero romper todo! ¡Quiero golpearlo en la cara! ¡Estoy así de cerca de alcanzarlo en auto y abofetearlo! ¡Quiero tirarme al piso y retorcerme hasta que me duela el cuerpo! ¡Quiero…!

Se me iba el aire, gritaba tan fuerte que me dolía la garganta. Se me cerraba el alma, el corazón.

Con las manos sobre el pecho, sentí todo ese dolor que quería expulsar de mí, acumularse en mi corazón, sepultándome bajo una tonelada de recuerdos y palabras y sueños. Me sentía pequeña, diminuta, demasiado débil para todo eso que me rasgaba el alma. Ya no me dolía lo que no dijo, sino lo que sí…

¿Por qué lo hizo? ¿Por qué…?

- ¡Quiero algo que me quite esta piedra del corazón...! –ya no podía, y me dejé caer sentada sobre la orilla de una enorme maceta, con las piernas rotas por el pesar, perdida en los recuerdos de sus ojos, de sus manos entre las mías, de su voz. Quería arrancarme todo eso de la mente, quería dejar de sufrir de ese modo- ¡Ya no quiero esto! ¿Por qué estoy tan enojada? ¿Por qué duele tanto, Chris?

-Porque…–dijo, con la misma inflexión comprensiva de antes, avanzando a tientas. Escuché su voz muy cerca, pero ya no me importaba-. Porque lo amas, Sophie, es por eso…

Tensa, levanté los ojos a él, a su expresión derrotada, afable. Su frase me dejó tensa, aún más de lo que me hallaba, y me puse de pie, quizás buscando pelea, alguna forma de sacar el odio y el sufrimiento que estaban destrozándome por dentro. Sin embargo, no había malicia en él, solo duelo. Solo el deseo de ayudar. No lo decía por ser cruel…

Lo decía porque era la verdad…

La verdad que tanto tardé en ver… y que era tan obvia…

-Lo sé… –exclamé, dándome por vencida, dejando de luchar contra todo el dolor que se abría paso por mi pecho como un ariete violento. Sentí como me rompía, toda la coraza, toda la armadura, cediendo finalmente, llenándome los ojos de lágrimas-. Maldición…

Sacudí las manos, incapaz de hablar… y justo cuando el llanto me golpeó de nuevo, Christopher se apresuró para sujetar mis pedazos rotos. Me abrazó con tantas fuerzas que podría haberme hecho daño y aun así, sentía como si nunca nada pudiera componerme de nuevo…

Él se había ido…

Sin mirar atrás, sin remordimientos…

Se fue y me dejó atrás…

Como un juguete roto…

o.o.o

Es muy probable que el siguiente capítulo sea el último sobre las memorias de Sophie, para ya enfocarnos en la historia principal :) lo que sí, es que hay mucha info aquí que será relevante, aunque parezca que no.

Terminó rápido porque quiero subirlo antes de las 12 :'v no sé si lo logre.

Muchas gracias por sus buenos deseos, y si creen que me merezco un review, déjenlo por aquí abajito :) cada review es una cooperación para la barra de pan y el refri. Aparte de que me encanta leer sus comentarios :D

Nos estamos leyendo, ratones!

Cuídense mucho, y que la fuerza los acompañe!

Slinky-Pink, cambio y fuera!