Los personajes pertenecen a la maravillosa Stephenie Meyer, yo solo dejé fluir mi imaginación creando una historia un tanto diferente.


···+···

—1—


«El amor les brinda a los demás el poder para destruirte»

Stephenie Meyer


Decoy-Paramore


Los ojos de un joven Edward se abrieron bajo las grandes luces de la casa de los Masen. Sus padres lo miraban desde el centro del salón, donde miles de pequeñas conversaciones se desarrollaban entre la música suave del jazz y el tintineo de las copas de cristal llenas de champán. La mirada verde de Edward I lo vigilaba mientras que los brillantes ojos manzana de Elizabeth seguían sus pasos por la mirilla.

No era exactamente un gesto de paternidad abnegado, era más la vigilancia de una gran mano oscura que guiaba al instrumento hacia su fin deseado. Elizabeth consiguió una sonrisa sobre sus labios segundos después, al ver la mirada maravillada del mequetrefe de su hijo posarse sobre la niña de cabellos rubios y brillantes ojos azules.
Su prima en casi tercer grado.

El jazz cambió a una tonada mucho más rápida, consiguiendo que las risas en la tertulia aumentaran con fuerza. Elizabeth se deslizó fuera del brazo de su marido y caminó con pasos apresurados hasta encontrar a las hermanas Callaghway, la menor abrazada a la mayor.

—Brigitt, Rebeca, están hermosas esta noche —Su voz aguda murmuró un alago algo vacío mientras las dirigía a la barra junto a la pared donde el inútil de Edward descansaba, algo intimidado. —Muchas gracias por venir.

—Cariño, ha sido todo un placer. Siempre es bueno salir de casa—La hermana mayor contestó mientras sus ojos brillaban al notar la pequeña presa que jugaba con el champán en la copa. — ¿Tu hijo?

—Es mi pequeño Edward II —Elizabeth se deslizó junto a su hijo y le regaló una sonrisa suave al señalar a las dos mujeres rubias a su lado. —Bebé, conoce a las hermosas hermanas Callaghway.

—Rebecca —la mayor murmuró deslizando su mano huesuda por el brazo de Edward II, una sonrisa lenta marcó sus labios como si todas sus intenciones estuvieran a punto de hacerse realidad.

Edward respondió la sonrisa, pero sus ojos bailaron en dirección a la menor, la de la sonrisa más dulce, sensual y femenina.

—Soy Edward —él mismo se presentó deslizando un beso casto en la mejilla de ella— es un gusto conocerte.

—Brigitt —La rubia murmuró y Edward captó el pícaro y travieso tono de voz que ella utilizó al hablar. —También es bueno verte.

—Sus padres fueron personas sumamente dedicadas al trabajo y con aquel esfuerzo, han obtenido su propia fortuna, cariño. Tienes que aprender un poco de ellos —Elizabeth se rió al notar los ojos de polluelo enamorado que Edward II ya tenía y no podía ocultar, y la divirtió aún más la mirada carnívora que Becca le regalaba al muchacho.

— ¿Estás estudiando algo, querido? —La hermana mayor le preguntó, mientras unos brillantes labios rojos se alzaban para revelar una hilera de largos y blancos dientes.

—Apenas he salido del internado, pero estaré en primer semestre de Marketing y Economía en unos días.

Edward entrelazó sus manos detrás de la espalda mientras las dos hermanas lo conducían hacia la barra, un cosquilleo de nerviosismo le recorrió el pecho al sentir la delicada mano de Brigitt tratando de deslizarse entre las de él.

Edward abrió los ojos como platos al sentir el toque de ella, cálido como una pluma.

—Relájate —ella susurró, mientras Rebecca ordenaba bebidas con Elizabeth de su lado—ninguna de las dos muerde.

Edward soltó una risita y luego tomó un trago consistente de golpe del vaso de whisky que el barman contratado le había entregado.

—Así qué ¿Economía? Apuesto a que eres todo un cerebrito, con eso de los números y la política.

Edward contuvo un resoplido al escucharla hablar. Todos pensaban eso de él en el grupo de amigos de sus padres.

—Es más como una previsión del futuro. El dinero y el liderazgo son cosas que siempre gobernarán al mundo, porque los seres humanos nacieron para tener un líder que disponga del dinero. Además, tengo que aprender a manejar las empresas de la familia —él se encogió de hombros tratando de esconder sus nervios.

La niña era tan bonita.

Tenía los ojos azules con los que él siempre había soñado, el cabello rubio le caía en ondas perfectas sobre la espalda, los hombros y alrededor de la cara y la sonrisa pícara de labios rosados complementaba su angelical rostro.

En el internado muchas niñas se habían visto casi como ella, los mismos gestos y facciones, el mismo color de cabello, pero ninguna jamás había llamado su atención. Con todas ellas él había sido tan coqueto y relajado. Y ahora no podía controlar las sonrisas tímidas que le salían al mirarla beberse sus coctel.

Era una mierda estar nervioso.

Jamás le había pasado esto, siempre era él, el de la sonrisa sugestiva, incluso era el de los susurros atrevidos. Ahora, mirándola, lo único que podía hacer era aguantarse los nervios y el deseo y tratar de comportarse como un caballero frente a este par de hermanas y su madre.

— ¿Y tú? —Esta vez lo intentó hablando él primero— ¿Estudias algo?

Dos dientes blancos se clavaron en el labio inferior, rosado y rechoncho de ella antes de hablar. Las pestañas de Brigitt batieron el aire alrededor y Edward sintió el pantalón de tela apretarle las piernas.

—Diseño. Me encantaría diseñar Lencería.

Los ojos verdes de él refulgieron brutalmente entre la atmósfera de jazz y humo de cigarrillos al pensar en lencería y el cuerpo de ella juntos. No pudieron detenerse, recorrieron el perfil de ella en ese corto vestido fucsia que hacía sus piernas kilométricas en conjunto con los grandes tacones.

Cuando finalmente los ojos de él se encontraron con los de ella, Brigitt soltaba una risita mientras se bebía un trago más del coctel. Edward no dejó que la mirada pícara lo intimidara, tenía que volver a ser él mismo y él no era del tipo de pendejos que se acobardaba.

Podía hacer esto.

Lentamente, una sonrisa se dibujó en sus labios mientras sus dedos golpeaban el cristal del vaso de whisky, con la mano libre se arregló el cabello hacia un lado y estuvo a punto de hablar antes de escuchar la arrugada y amarga voz de Rebecca.

—Creo que ambos podrían estudiar en la misma universidad, Eli me ha dicho que podrías recoger a Brigitt las primeras mañanas. —Edward le sonrió al sentir la mano de su madre posarse sobre su hombro.

—Bebé, te dejo en buena compañía, tengo que seguir saludando a nuestros adorables invitados —la madre se desligó del hijo para caminar junto al padre, que presumía de su hijo y de la vuelta de la familia Masen a la sociedad con aquel cabello rojo brillante y las canas blancas que flanqueaban su cabeza.

—Edward —ella susurró en su oído antes de sonreír a todos los inversionistas con los que su esposo estaba hablando— ¿Puedo hablar contigo un momento?

—Por supuesto, preciosa. —Él murmuró un par de despedidas y asintió con la cabeza antes de dejarse guiar por su mujer hasta una esquina apartada. — ¿Y bien? ¿Se las has presentado?

—Llegaron a tiempo, Edward no pudo quitarle los ojos de encima a Brigitt y Rebecca, a él. Todo va viento en popa —ella se rió con verdadera alegría engarfiando sus dedos alrededor de los hombros de su marido—, es como si mis sueños se estuvieran haciendo poco a poco, realidad. Estoy feliz.

—Todo va a salir bien, cariño. Tal como lo quieres —Edward I le susurró contra la piel de su cuello—, todo lo que pasamos por aquel embarazo finalmente parece valer la pena. El animalejo va a cumplir su función y luego podrá volver con los Cullen si es lo que tanto quiere.

—No quiero —Elizabeth negó mientras sus labios hacían un puchero diabólico. —Esme tomó algo que era mío durante mucho tiempo, y no quiero ver la satisfacción en su rostro cuando lo tenga de vuelta.

Edward I soltó una carcajada masculina mientras le apretaba la cintura a su mujer.

— ¿Y qué otros planes tienes para él, entonces?

—Si una de las Callaghway muere, la fortuna entera será para la otra. Y así Edward no tendrá que manejar a ambas, tenemos que, de vez en cuando darle un respiro. —Los ojos de Elizabeth fulguraron mientras su esposo la elevaba al ritmo del jazz que resonaba en el salón.

—Amo cuando eres inteligente —él se rió después de hacerla girar en la pista. —Pero no sé cómo exactamente piensas hacerlo, porque ninguna de las dos es tonta, y el animalejo aún no confía lo suficiente en nosotros.

—Es cosa de tiempo —Ella le restó importancia riendo al girar una vez con swing—, no hay nada que el amor de padres no pueda lograr.

Ambos rieron y una mirada de pasión los conectó antes de que sus labios se rozaran delicadamente, a pesar de todas las ideas que podían correr a través de las mentes de ambos, y que a ojos del resto del mundo, si las supieran serían horrendas, ellos se amaban con desesperación; era esa la única razón que hacía a Edward I seguir los pasos del amor de su vida, a donde sea que ella fuera. Él siempre sería aquel chico enamorado que ella engatusó, domó y transformó hasta convertirse en el hombre de los sueños de Elizabeth. Edward I, aun dejando su propia sangre —la de su hijo— correr sobre la de otros, jamás dejaría a su mujer. Sin importar los riesgos que corriera, el plan que ella había trazado esa primera noche en sus brazos, llegaría a su fin, él le daría lo que fuera, lo que ella quisiera.

Y fue la idea de una pareja feliz la que llenó, los ojos de Edward II que miraba a todos lados, desesperado por encontrar a Brigitt entre tantas personas.

Ella lo había dejado con la palabra en la boca cuando Rebecca se había acercado a él, se había disculpado fingiendo tener que saludar a un grupo de personas que él sabía, ella ni conocía. Desde entonces, la voz amarga de Rebecca le resonaba en los oídos una y otra vez, mientras ella le contaba de la muerte de sus padres, de cómo ellas habían logrado manejar la fortuna por sí solas y de lo mucho que a veces hacía falta un hombre para las Callaghway. Los dedos — huesudos, y que marcarían una etapa en la vida de Edward II, como constantes recordatorios de como ella siempre querría tocarlo— se deslizaban por el brazo del blazer, tocando el hombro, el cuello de la chaqueta, incluso arreglando el nudo oscuro del lazo que él llevaba en vez de corbata.

Donde Rebecca lo tocaba, una picazón incesante lo asestaba. Edward II no podía sacudirse lo suficiente como para alejar el escozor que la mujer dejaba.

—Entonces Brigitt entró en la secundaria —y fue así como, por primera vez, Becca consiguió la atención del cobrizo. Aprendió entonces una técnica que siempre utilizaría para conseguir que su niño la mirara. —, fue todo tan difícil, éramos solo dos niñas, y sin papá cualquiera podía aprovecharse de nosotros.

— ¿No tiene usted esposo? —La pregunta voló fuera de sus labios por inercia. Los pensamientos que tenía Edward II solo le conducían a la idea de que la mujer necesitaba un hombre que le calentara la cama y le cerrara la boca de una buena vez, tal vez así dejaría de tocarlo. —Quiero decir— se corrigió al ver los mofletes inflados por la ofendida ira de ella—, debe usted haber tenido un novio, pretendientes —quiso explicarse— ¿Es usted casada?

—Querido —la rabia aún no se había marchado de los ojos de ella, pero Rebecca supo disfrazarla tan bien que Edward soltó un suspiro de alivio al escucharle la voz—, tenía tan solo 25 años cuando padre se fue. No supe que hacer, más que dedicar mi vida a criar a Brigitt y seguir con el negocio familiar. Y deja de hablarme de usted —ella se rió—, ambos somos jóvenes.

Edward II recibió el primer guiño de Rebecca de una larga serie que duraría todo su matrimonio, esa noche.

—Disculpa —él se atrevió a decir sonriendo, mientras veía la sombra de los tacones fucsia de la hermana menor—, solo pensaba que tan…— ¿Y cómo podía alagar a una mujer que solo le causaba fastidio por la única conversación que tenían? Se acordó de Alice y de su mentira a todas sus enemigas— que una mujer con tan buen gusto, ¿Cómo ibas a estar sola?

Tal vez era bueno ganarse la voluntad de su futura cuñada, Edward se dijo a sí mismo. Así Brigitt podría salir con él las veces que fueran.

Rebecca se sonrojó ante el comentario de él, las fantasías le rodeaban la cabeza.

—Siempre he sido una mujer de bien, respetable y de casa. No quise dar pie a las malas lenguas.

—Tenías derecho a conseguir a alguien —él opinó sin segundas intenciones.

—Aún puedo —Becca declaró deslizando una de sus uñas escarlata por el borde de su escote—, Brigitt ya está lo suficientemente grande. Aún soy una mujer.

Una muy fastidiosa, Edward II tuvo que reconocer después de darle una sonrisa falsa y beberse lo que quedaba del whisky en el vaso.

Fue cuando la vio.

Brigitt lo miraba con esa sonrisa pícara, moviendo su índice hacia ella mientras su boca murmuraba un "Sácame a bailar" sin sonido alguno. Y para él, fue como llamado del cielo.

—Disculpa, creo que iré a socorrer a tu hermana.

— ¿Qué?

Pero era muy tarde, Edward ni siquiera había escuchado la pregunta porque todos sus sentidos estaban conectados a los de Brigitt, como si su olor lo llamara, como si sus manos fueran las que lo hubieron tocado todo este tiempo con la hermana mayor. Era como si no pudiera correr, acercarse lo suficientemente rápido al encanto que ella emanaba.

En un santiamén estuvo a su lado, extendiendo su mano para tomar la pálida de ella.

—Si me disculpan, Brigitt, me habías prometido esta pieza.

— ¡Oh! Lo había olvidado —la rubia se disculpó silenciosamente al negar con la cabeza—, tendré que pagarle al anfitrión lo que le debo entonces.

Ambos se alejaron de los ojos que los podían ver, aunque la mirada de Elizabeth los perseguía por todo el salón desde el balcón de las escaleras sin que ellos lo supieran. Edward la guío hasta el centro del salón, donde él creía que podía bailar un poco más a gusto con ella, lejos del recuerdo de Rebecca.

—Gracias por esa —ella murmuró colocando sus manos en los hombros de él, mientras Edward le rodeaba la cintura para bailar la pieza lenta que sonaba. —Esa familia es tan…—ella resopló girando los ojos como un reloj, lo que consiguió una risita de Edward—, es decir, la hija tiene el peor gusto de toda la escuela. Y sus padres creen que ella podría casarse con uno de los Backstreet Boys o algo así.

—No pasa nada —él negó con la cabeza para restarle importancia, arrastrando ambos cuerpos un poco más rápido por el nuevo swing que acababa de empezar.

— ¿Qué tanto hablabas con mi hermana, señorito anfitrión?

Edward no podía dejar de mirar los labios de ella moverse al formar cada palabra.

—Tú fuiste la que me abandonó a su merced —él se sinceró apretándole más la cintura mientras la hacía girar una y otra vez sobre sí misma. Los dedos le quemaban al rozar las franjas de piel que quedaban libres por el escote de la espalda del vestido— ¿Qué más podía hacer si no escucharla?

—Becca es un poco parlanchina —Brigitt se rió mientras regresaba a los brazos de él que la acunaron como un pequeño bebé antes de soltarla—, aprenderás a tratarla luego de que la conozcas.

— ¿Y por qué voy a conocerla? —Edward rogó porque la respuesta fuera la que él estaba buscando, y aunque no consiguió lo que quería, sus ánimos no decayeron al escucharla susurrarle al oído una respuesta antes de girar una vez más por el swing.

— ¿Por qué crees, señorito Masen?

Una sonrisa inmensa se deslizó en los labios de él, mientras ella se reía y la sonrisa pícara volvía a esos labios que de pronto, lo llamaban en susurros y rogaban por ser besados.

Nunca antes había tenido una reacción como la que tenía hacia ella.

— ¿Ya no quieres bailar? —Ella le preguntó con un puchero al notar lo tieso que él se quedaba mientras la miraba de pies a cabeza.

—No, no —él negó divertido, retomando el baile donde lo habían dejado—, solo estaba pensando.

La giró una vez más y ella aprovechó para deslizar sus dedos entre los de él en un solo movimiento, Edward negó con la cabeza, pero la pegó más a su cuerpo y los deslizó a ambos de un lado al otro del círculo interior en el salón.

— ¿No hay un lugar más interesante en tu casa? —Brigitt preguntó de repente, subiendo sus manos desde los hombros de él hasta su cuello, donde los pequeños mechones cobrizos esperaban por ella.

Edward II se retorció al recibir las pequeñas olitas de placer que le golpeaban el pecho al sentir el cálido tacto de los dedos de Brigitt sobre su piel, sin embargo, siguió bailando con su cuerpo más pegado al de ella, y le habló conteniendo los nervios.

Como quería decir "mi habitación".

—Está el jardín, que es uno de los lugares preferidos de mi madre —susurró en respuesta apretando más su cintura—, la sala de la televisión— Brigitt deslizó toda una mano entre los cabellos de su nuca, tocándolos apenas y llenándolo de tantas sensaciones—, que no es tan divertida. Y Humm, la biblioteca.

— ¿En qué piso queda? —Ella le preguntó.

—Arriba.

—Llévame arriba —Brigitt le susurró al oído alejando sus manos de él para mantener la distancia mientras caminaban. Le dedicó esa sonrisa pícara que Edward jamás olvidaría el resto de su vida mientras le apretaba la mano.

Él asintió, y movido por un impulso desconocido, la sacó del salón de baile y, mientras los dedos de ambos se entrelazaban, Edward la llevó sobre las escaleras casi a volandas. Para cuando llegaron al corredor, Brigitt jadeaba entre risas y Edward la miraba extrañado.

— ¿Te pasa algo?

— ¿Por qué tienes tanta prisa? —Una de las cejas de ella se elevó inquiriendo y fue cuando Edward comprendió lo ridículo que debió haberse visto al correr con tanta prisa.

El cálido tacto de la mano de ella se deslizó sobre su frente y el dedo índice le quitó el cejo, que se había fruncido mientras él pensaba en la mala impresión que acababa de dar.

— ¿No vas a llevarme a la biblioteca?

—Disculpa —él murmuró sincero, en aquel entonces la inocencia aún podía filtrarse en la voz de Edward—, no quiero que pienses que…

—Cállate —ella susurró jugando con el lazo que él llevaba por corbata—, no he pensado más de lo que tú me has dado a entender. ¿Vas a llevarme o no a ver todos esos libros con los que te llenas la cabeza?

—Claro.

Edward le tomó la mano a la delicada rubia y la esencia a margaritas junto con el poderoso pecaminoso perfume de la canela se hundió hasta su cerebro. Tomados de la mano, él la llevó hasta la puerta de madera —que en tiempos de Bella permanecería cerrada para evitar recuerdos— y dejó que el delgado cuerpo de ella se deslizara antes del suyo.

Los dedos —cada uña manicurada en tono fucsia— de Brigitt, se deslizaron por los lomos de los libros de Economía mundial y manejo de personal que Edward había dejado separados en el escritorio izquierdo, frente al gran ventanal que ocupaba el escritorio de su padre.

— ¿Lees mucho?

—En el internado teníamos mucha carga horaria respecto a literatura, y además, cada uno de mis profesores adoraba enviarnos libros para leer cada dos o tres semanas —él se encogió de hombros— no es gran cosa.

Los ojos de Brigitt se abrieron ante la poca importancia que él le daba.

—No lo creo. Yo odio leer —ella se rió deslizando su cuerpo entre los grandes libreros que rodeaban los escritorios, su voz se oyó lejana mientras Edward caminaba hacia él pequeño Bar, que su padre insistía en tener lleno, y las manos le temblaban un poco al pensar lo "nerd" que ella podía creerlo. — no entiendo cómo es que las personas hablan de "comerse" los libros. Nunca encuentro algo que me guste.

—Puedo sugerirte un par de libros, si quieres —Edward elevó su voz mientras se servía un whisky en un vaso con cáscaras de naranja y dos cubos de hielo—, tenía una amiga que— tenía el mismo mal que tú— no gustaba de los libros hasta que encontró los correctos.

—Me encantaría, si los lees conmigo —ella respondió sonriéndole de nuevo y haciendo que el corazón del cobrizo latiera un poco más rápido de lo normal— ¡Oh! ¿Vas a beber y no me haces uno a mí?— Su delicado dedo señaló el vaso de whisky, ahora algo amarillento por la cáscara de fruta.

—Perdona —él se disculpó tomando un vaso y extendiendo la mano, vacilando y sin saber que botella tomar. —Tú…

—Querría lo mismo que tú, cerebrito. Pero si me das a elegir… —Brigitt soltó una carcajada delicada y sus rizos rubios se sacudieron sobre sus hombros desnudos mientras se deslizaba entre el cuerpo de Edward y la barra, tomando un vaso y llenándolo con ron, algo de coke y dos cubitos de hielo. —Siempre puedo cambiar de parecer.

El pelirrojo sintió sus pantalones apretarse ante la espalda y todo el cuerpo de ella tan cerca del de él. Los rizos le hacían cosquillas en la barbilla mientras ella se bebía un trago del vaso. Porque ella no se movía, él no tenía idea, pero la idea de tenerla tan cerca lo hacía sudar frío, sus manos estaban a punto de atraparla de la cintura cuando ella, deliberadamente, se movió fuera de su alcance y caminó, sacudiendo el trasero y las caderas hasta llegar al escritorio de él y fingir leer uno que otro papel.

— ¿Practicabas cálculos? —Ella se burló, levantando hojas llenas de números y operaciones.

—Ayudaba a mi padre.

— ¿Ya lo ayudas en la empresa? —Ella le dio la espalda de nuevo y levantó una de sus piernas disimuladamente, dejando que la piel nívea de ambos músculos internos quedara a plena vista de él. ¿Qué carajo…?

Ella plantó ambos tacones en el suelo alfombrado del estudio antes de regresar sus brillantes ojos azules a los verdes de él.

— ¿Y? ¿Ayudas a Edward I en las finanzas de la empresa?

—Algo así —Edward no sabía cómo describir las ideas de su padre, y todo el empeño que éste ponía para tratar de hundir el imperio de sus padrinos después de tantos años de liderar el mercado. Tan solo sabía de economía lo que había aprendido en el internado, aún tenía mucho que aprender, pero su padre no lo entendía. Solo insistía en sonsacarle todos los secretos que él podía recordar de los Cullen.

— ¿Es éste tu escritorio? ¿Qué hay en estos cajones? —Ella se dobló un poco y el escote de su vestido llenó la visión de Edward II. La piel tersa y nívea, blanca y pálida de sus pechos parecía chocolate blanco a punto de deslizarse fuera de la seda fucsia que los sostenía débilmente en su lugar.

¿Lo hacía a propósito o no?

Como fuera, había una tienda en los pantalones de Edward cuando ella finalmente decidió alejarse del escritorio caoba que contrastaba tanto con su nívea piel.

— ¿Me sirves un poco más? —La mano de Brigitt le rozó el pecho después de que él tomara el vaso en silencio para llenarlo con algo de Ron y coke, los cubitos de hielo aún no se habían desleído y él no supo cómo, de pronto en la habitación hacía tanto calor. Edward se sacudió en silencio mientras el ron frío le cubría los dedos por el descuido que Brigitt había causado cuando su mano había tanteado el muslo derecho de él, por error. Las gotas heladas del licor se deslizaron entre sus dedos mientras ella los levantaba.

—Eres un desastre —ella se rió y le levantó la palma de la mano empapada por el ron. Cuando Edward menos lo pensaba, la lengua rosada y suave de ella se deslizó por donde el alcohol había estado, encendiendo cada terminación nerviosa que el pelirrojo pudo haber tenido en su cuerpo.

Si los ojos azules de ella se clavaban en algo que no fuera su cara, se daría cuenta de los resultados de sus actos. ¿Qué estaba pasando?

Las manos de Edward se deslizaron alrededor de la delgada cintura de ella y levantaron el esbelto cuerpo hasta que ambas narices se rozaron; él respiraba agitado y tenía el ceño fruncido mientras la veía, divertida y relajada, incluso algo sonrojada de las risitas que salían de su boca. Ella, aprovechando que Edward II la sostenía tan cerca, dejó que sus dedos jugaran de nuevo con los mechones cobrizos de la nuca y soltó una segunda carcajada al ver su expresión.

Las aletas de la nariz del pelirrojo estaban abiertas, como si él tratara de tomar todo el aire posible antes de abrir la boca.

— ¿A qué estás jugando? —Edward apretó sus dedos en la piel nívea de Brigitt hasta casi marcarla mientras ambos cuerpos se rozaban, su voz había disminuido hasta convertirse en la de un depredador, hambriento y furioso porque alguien había estado jugando con su alimento. — ¿Qué es lo que quieres?

—Quiero que me beses —la rubia le susurró abriendo su boca para formar una pequeña "o" con sus labios, cuando las manos de Edward se deslizaron hasta encontrar el borde apretado del vestido en sus muslos. Una mano aún la sostenía en su sitio, y la otra serpenteaba en busca de algo entre sus piernas.

—Solo tenías que pedirlo —él gruñó antes de que sus labios se abrieran como fauces voraces, a la cacería de la boca rosada y perfecta de ella.

Las manos de ella jalaron mechones de cabello, no solo de la nuca, sino de toda la cabeza tratando de acercarlo más mientras las manos de Edward unían ambos cuerpos. Los dedos de él jugaban y se deslizaban lentamente en el pedazo de encaje que ella llevaba por panties, y cuando los fríos dedos de él le tocaron la piel, Brigitt soltó un gritito mientras el beso continuaba. Ella le mordió los labios, jugueteó con su lengua y le exploró la boca mientras él hacía lo mismo, tocándola además por todas partes, con una mano entre sus piernas y la otra en su cintura.

Las respiraciones de ambos eran brutalmente agitadas cuando Edward despegó sus labios de los de ella para deslizarlos hacia la piel debajo del oído, ese punto de unión entre la nuca y la oreja que siempre volvía locas a todas. Succionó despacio, una y otra vez mientras sus dedos se deslizaban por la piel interna de los muslos de una Brigitt que jadeaba contra su oído.

La cabeza de ella estaba sobre su hombro derecho, las manos habían dejado de jugar con el cabello para arañarle la espalda sobre el blazer. El peso del cuerpo de ella estaba en los brazos de Edward, que la mantenía flotando a centímetros del piso.

— ¿Vas a hacer algo o no? —Ella jadeó con una especie de gruñido mientras deslizaba una mano hasta encontrar la de él en su entrepierna, él levantó su cabeza y ambas miradas se conectaron por el fuego que casi quemaba la habitación— Así —ella susurró hundiendo sus dedos junto con los de él entre los labios externos en busca del lugar donde a ella le gustaba ser tocada —quiero lento primero, vuélveme loca— le ordenó mientras los dedos de él se deslizaban una y otra vez al ritmo que ella había pedido. La mano de ella se alejó hasta encontrar el bulto en sus pantalones y apretarlo —y luego, rápido, cuando estés dentro de mí, Edward, muy rápido— casi le rogó mientras los dedos de él encontraban sus paredes internas y comenzaban a entrar y salir.

Brigitt movió su mano sobre el bulto, arriba y abajo, pero no pudo seguir con su parte del trabajo porque su cabeza volvió al hombro de él mientras jadeaba su nombre.

—Llévame a tu habitación —ella le pidió y su voz casi se había vuelto débil y vulnerable, mientras le rogaba con los brillantes ojos azules—, por favor. No quiero… aquí, todos pueden…

Edward estaba caliente, pero aún tenía la cabeza en su sitio, o al menos un poco, además de que los principios de caballerosidad que Esme le habían enseñado, siempre salían a flote con una mujer; así que después de asentir, difícilmente caminó con ella en brazos, con una mano entre sus piernas, pero sin moverse hasta que llegó a la oscura habitación —que también permanecería cerrada en tiempos de Bella— que era suya, con una mano deslizó el cerrojo en su sitio y cerró las cortinas, una actividad tras otra, hasta que pudo deslizar el cuerpo de la niña jadeante en la cama.

Sus narices se rozaron en la oscuridad de la noche, pero Edward pudo notar los rubios cabellos de ella regados sobre sus almohadas y esa se convirtió en una de sus visiones favoritas. Sus labios tocaron los de ella de nuevo, pero esta vez él trató de ser delicado, suave, quería demostrarle que a pesar del ataque que ella había provocado, aún podía ser un caballero.

Brigitt le respondió el beso, ambas manos le deslizaron la chaqueta fuera de los hombros y luego llegó hasta la camisa, donde fue abriendo todos los ojales uno por uno. Él fue entonces la visión del pecado para ella, con la camisa abierta, el pecho fuerte y blanco y un pequeño moño travieso como corbata. Ella abrió los ojos mientras la boca de Edward se deslizaba hasta su cuello delicadamente.

No. Edward sintió la negación de Brigitt cuando sus propias manos se desgarraban el vestido fuera del cuerpo. Ella no quería esto así. Sabía cuán salvaje él podía ser. Lo había visto en sus ojos después del ron.

—Despacio —él trató de proponer bajando sus besos un poco más hacia su escote.

—¡NO!—ella negó jadeando, abriéndose el cierre de lado del vestido y mostrándole la lencería oscura que llevaba de golpe —despacio no, ¡muévete ya!

La mano de ella volvió a guiar la de él hasta que pronto, los dedos de Edward salían y entraban y los pechos, aún cubiertos, rebotaban; mientras Brigitt se enredaba las manos en los rubios mechones por la desesperación que la sensación de él le brindaba. El sonido de carne contra carne era bajo y lento.

—Quiero más —ella susurró clavando sus dedos en la espalda de él para sacarle la camisa. Después de lanzarla por algún lado de la habitación, hundió sus uñas en la piel sobre las clavículas de él y le plantó un beso desesperado en la boca. —Más.

Edward movía su mano lo más rápido que podía, quería darle todo, sus dedos jugaban con aquella perlita de placer, que Brigitt misma se encargaría de enseñarle a manejar pronto, pero la rubia quería otra cosa.

—Sácatelos —ella tosió tratando de alcanzar el límite de sus pantalones con manos temblorosas. Un espasmo le recorrió el vientre y gimió mientras volvía sus uñas a la espalda de él— ¡Vamos!

Edward había tratado de ser caballeroso, pero los sonidos que ella hacía mientras él la tocaba eran tan calientes. El rozar de sus pieles elevaba más la temperatura de la habitación y su voluntad fue vencida después que ella susurrara esas últimas dos palabras. No había nada más que él quisiera en ese momento, así que salió de ella, que ahora le lamía la piel del cuello y de los hombros, la de los oídos y le besaba el rostro susurrando palabras sin sentido y se despojó de sus pantalones y los costosos bóxers.

Brigitt y él cerraron los ojos cuando los muslos de ambos chocaron y él se deslizó dentro de ella, tratando de acoplarse al calor asfixiante que lo rodeaba. Edward la besó y su lengua jugó con la de ella mientras la embestía y ella jadeaba. Nunca se miraron a los ojos, convirtiendo esa en una de las tradiciones que los acompañaría el resto de su relación.

Cuando todo acabó, cuando el mundo explotó en diferentes colores, él serpenteó sus brazos alrededor de su cuerpo y la pegó a su pecho.

Edward pensó entonces que jamás la dejaría ir.

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.

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Edward caminaba con una sonrisa estúpida en el rostro mientras sus dedos jugaban con el llavero de su nuevo auto. La vida era buena. Tenía una novia hermosa y caliente, había pasado todas las materias en su primer semestre y las ganancias de su padre le habían permitido comprarse un Mercedes.

No podía pedir nada más.

Sus pies se deslizaron hasta la cocina, donde una muy joven Matilda preparaba la ensalada para la cena con los hombros encogidos y los ojos llenos de miedo. Edward le regaló una sonrisa mientras tomaba una coke de la nevera y luego se retiró escaleras arriba, buscando su libro preferido para pasar una tarde tranquila antes de llevar a su rubia a cenar y luego bailar.

Brigitt aún odiaba leer, pero de unos meses para acá había dejado de insistir en que él dejara ese aburrido vicio. Ella era más de baile, de embriagarse y hacer el amor toda la noche.

La amaba.

La amaba tanto que su pecho le parecía a punto de explotar, estaba seguro que un día de estos terminaría casándose con ella, porque no podía vivir sin sus sonrisas, sin su piel, sin sus inentendibles monólogos de la ropa y las cosas que podrían hacer ambos con esa lencería.

Y Edward —para aquel entonces— estaba casi seguro que ella lo amaba tanto como él a ella. Brigitt aún se negaba a declarar que eran pareja frente a la sociedad, o incluso frente a sus padres, pero salían juntos todo el tiempo, así que era cuestión de días hasta que la gente se diera cuenta. Llevaban seis meses escondidos, jadeando en silencio mientras se entregaban en una esquina oscura para que nadie los viera.

Iba caminando a su dormitorio, cuando escuchó sollozos provenientes del estudio, como si la voz de su madre llorara en silencio acompañando a otra delgada, pero amarga voz. Sus pies casi lo llevaron a volandas y sus ojos se deslizaron por la pequeña mirilla de la puerta entreabierta.

—Cálmate, querida —Rebecca sollozaba acariciando el hombro de Elizabeth—, todo tiene solución. Ya lo verás.

—No puedo creer que nuestro sueño, el de toda una vida se vea destruido así —la mujer Masen chilló, limpiándose las lágrimas con los pulgares mientras se levantaba para abrazar a Becca—, ¡Oh, Dios! ¿Qué le voy a dejar a mi hijo? Edward dice que podemos levantar la empresa con un poco de capital, pero no tenemos suficiente dinero en este momento.

— ¿Edward II lo sabe? —Becca trató de sonreír y en los ojos de Edward apareció esa primera imagen que había tenido de ella la primera noche que Brigitt había sido suya.

—No —Elizabeth fingió una risita adolorida—, su padre no quiere que lo sepa. Le ha comprado un auto ayer solo para que piense que todo está bien.

Entonces era por eso, Edward II pensó al recordar el rostro adolorido de su padre al firmar el contrato.

—Deberías decírselo, ustedes dos no pueden con esta carga. Él es su hijo y tiene el derecho a saber.

—Lo amamos —la mentira se filtró en los oídos de un ciego y sordo Edward II que jamás— ni aún casado con Bella —pudo haberla detectado—, pero vamos a perderlo todo ¡Todo! —Elizabeth gimió de dolor y más lágrimas brotaron de sus ojos— Edward se quedará con nada.

—Al menos tú tienes quién herede ese capital, tus esfuerzos y los de Edward. Yo en cambio —Rebecca lloró abrazando de nuevo a la mujer Masen— perderé toda mi empresa porque simplemente no sé cómo manejarla. No sirvo para números. ¡He malgastado tanto dinero en estúpidos negocios! Brigitt también se quedará en la calle por mi mala cabeza ¡Por mi maldita incompetencia!

Ambas mujeres sollozaron fuertemente, pero la vista de su madre fue la que caló hondo en el pecho de Edward II, que se apretaba una mano contra el sitio donde estaba su corazón, al casi sentir las lágrimas de una madre que había hecho todo lo posible para recuperarlo.

La mano libre empujó la puerta tan fuerte como pudo, y las dos damas de sociedad —que dentro de sí se regocijaban al ver los ojos húmedos del chico— se separaron abruptamente, fingiendo.

— ¿Mamá? —Él preguntó— ¿Está todo bien?

Elizabeth se sorbió la nariz y corrió a refugiarse en los brazos del hombre que ahora era su hijo. Lo triste fue que, aunque ella esperaba el perfume a astucia de su Edward I, lo único que encontró impregnado la mujer Masen, fue el hedor a bondad y amor que Carlisle y Esme Cullen dejaban en todo lo que tocaban.

—Hijo, solo abrázame —susurró.

Rebecca se limpió las lágrimas una última vez, antes de dedicarle una falsa sonrisa de disculpa a Edward II y salir corriendo fuera de la habitación con una horrible bolsa verde en mano.

Cuando Elizabeth sintió que las lágrimas habían sido suficientes se separó de su hijo.

—Perdona, siempre me pongo sentimental.

— ¿De qué hablabas con Rebecca Callaghway?

—Cosas de viejas —ella murmuró dulce mientras le besaba una mejilla a su hijo. —No tienes de que preocuparte.

—Quiero saberlo, soy parte de esta familia. —Edward insistió apretando fuerte a su madre entre sus brazos— Puedes confiar en mí, mamá.

—Lo sé, cariño, lo sé. Pero no te preocupes. —Le dio una última sonrisa antes de salir de la habitación lentamente.

— ¡Le preguntaré a papá! —Edward II amenazó.

Elizabeth sonrió verdaderamente para sí misma mientras caminaba para atormentar a Matilda en la cocina.

Eso era exactamente lo que ella quería.

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.

Edward no había dormido en toda la semana, el rostro triste de su madre, e incluso la mueca compungida con la que Rebecca Callaghway lo saludaba cuando buscaba a Brigitt, lo habían vuelto loco. Incluso la sonrisa de su preciosa rubia había decaído cuando estaban juntos, ella seguía siendo ardiente como el infierno, apasionada y libre solo cuando ambos estaban en la cama, pero cuando hablaban, Edward casi podía sentir la tristeza flotando fuera de ella. Y él casi podía jurar que todo era obra del problema que había escuchado hablar a las dos mujeres el otro día en su casa.

Había amenazado con preguntar a su padre muchas veces cuando estaba solo en casa con su madre. Las vacaciones de fin de semestre no eran buenas, le carcomían la cabeza haciéndolo pensar en exactamente qué estaba pasando con las empresas de ambas familias.

Y como hace mucho no pasaba, la voz de Carlisle se deslizó por sus oídos, entró a su mente y golpeó a su conciencia tan fuerte que casi lo empuja fuera del sillón en el que estaba recostado.

Aun cuando la historia de sus padres amándolo y adorándolo desde lejos no le cubrían la cuota de preguntas, él lo había dejado pasar por el miedo latente a escuchar algo que no quisiera escuchar. Su madre acusaba a Esme Cullen de ser un bicho rastrero escondido tras alas de mariposa, que además de haberle arrebatado a su único hijo, había ido tras las huellas de su marido. A Edward no entendía, los Cullen se amaban demasiado, pero lo dejaba pasar de nuevo, porque de verdad quería creerle a su madre. Mientras, su padre repudiaba a Carlisle, jurando y perjurando que había sido un ladrón de sus ideas originales de construcción de grandes bloques cuando tan solo estaban en la Universidad.

Para Edward, y a pesar de las mentiras que sus padrinos habían usado para esconderlo de sus padres —aún a pesar del sentimiento de exclusión que a veces sentía al verlos jugando con Evan y Bree mientras él estaba en el internado— los Cullen eran buenas personas. No eran ladrones de ninguna clase, pero estaba tan embebido en la idea de tener a sus verdaderos padres a su lado, unos que de hecho se parecían a él en lo físico y que no le hacían preguntas a donde fuera, unos que le llenaban el pecho de inclusión, que siempre lo dejaba pasar.

A fin de cuentas, los comentarios no herían a nadie si no llegaban a la persona de quién se trataban.

Mientras se bebía la octava coke del día, las palabras de Carlisle de hace algún momento volvieron a sus oídos una y otra vez, como olas grandes contra rocas desgastadas.

"Cuando no puedas resolver algo, Edward siempre puedes preguntárnoslo. Hay cosas, hijo, que aprendemos con el tiempo, no nacimos sabiéndolo todo, por eso vamos a la escuela, luego a la universidad y por eso tenemos padres. Porque ellos siempre podrán ayudarnos con su conocimiento. Así que Edward, si un día quieres saber algo, no digas que me lo preguntarás, ni siquiera amenaces con hacerlo. Y por Dios, no pienses en no hacerlo. No temas. Solo suelta la pregunta. Si yo tengo la respuesta, ten por seguro que siempre te la daré."

Carlisle le había prometido eso cuando tenía siete años y apenas estaba aprendiendo a sumar. Había sido un desastre haciendo la tarea, pero su padrino le había dicho que tenía que preguntárselo. Y aún, el último día que lo vio, cuando se marchaba de su casa sin mirar atrás, sin siquiera decir gracias por todo lo que ellos le habían dado, por como lo habían criado, Carlisle había cumplido. Le había dicho todo lo que él sabía de sus padres.

¿Cuánta era la diferencia entre Carlisle y Edward I? Él se preguntó, obteniendo la respuesta muchos años después, cuando recibía su visita en la clínica recomendada por Eleazar.

Ambos eran buenos padres, apenas estaba conociendo a su padre por consanguineidad, pero estaba seguro que sería un gran apoyo y siempre estaría allí para ayudarlo con sus dudas. Tal vez su madre no quisiera responderle, pero Edward I seguro lo haría, porque los padres eran más frontales, definitivamente iban más al grano.

Edward, con sus cortos 19 años de vida, pensó que su padre siempre le diría la verdad. Edward I sin siquiera saberlo, ya tenía la confianza de su "animalejo" depositada en sus manos.

Entonces, el chico dejó su habitación y caminó hacia el estudio que ambos compartían. Tenía unas preguntas que hacer.

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Cuando Edward I vio a su hijo atravesar la puerta del estudio que compartían, se dio cuenta que el plan de su mujer había funcionado a la perfección. Incluso hizo una nota mental para contárselo todo a ella cuando se vieran en la noche.

Todo marchaba sobre ruedas.

Si la desesperación llenaba por completo a Edward después de los meses que Elizabeth había designado para eso, él haría lo que fuese. La bondad y el amor al prójimo que Carlisle había deslizado dentro del cuerpo del niño jamás se irían, de hecho brotarían cuando menos tendrían que hacerlo.

— ¿Papá? ¿Puedo hablar contigo un momento?

Edward I se pasó las manos entre los costados del cabello, blancas hebras con algunas rojizas le daban un aspecto irresistible aún a su edad. Fingiendo, soltó un suspiro de reproche y adolorido mientras dejaba caer los papeles que sostenía en la mano y regresó sus ojos al hijo que la vida le había regalado como respuesta a la plegaria de su esposa. Una sonrisa falsa y triste acompañó la mirada del hombre.

—Edward, pasa.

Ambos homónimos se deslizaron en las sillas del escritorio de nogal más grande del estudio, el padre detrás del mueble y el hijo de frente.

—Tú dirás.

Edward II no sabía exactamente como comenzar su perorata. Tenía muchas dudas, pero no quería sonar como un niño tonto que solo había escuchado tras las puertas. Se rascó la nuca mientras una mueca le cruzaba la cara.

—La otra noche, hace como dos semanas llegué a casa con el Mercedes, y encontré a mamá y a Rebecca Callaghway llorando —murmuró —No sabía porque estaban en ese estado.

— ¿Escuchabas detrás de la puerta? —El padre sabía que el buen ser humano criado por los Cullen jamás haría algo repudiable, pero al ver la duda en los ojos del niño se dio cuenta de lo fabulosa que había sido su mujer al montar la escena. La puerta había estado planeada para estar abierta solo para sus ojos y sus oídos, pero él ni siquiera lo había notado.

—Solo pasaba y escuché sollozos. Quería saber quién era —él se excusó.

—Tu madre y Rebecca son muy unidas, hijo —Edward I murmuró fingiendo un dolor que no sentía— y con el paso del tiempo, por coincidencias del destino, las lágrimas les han llegado a ambas al mismo tiempo.

— ¿Es algo grave? —El chico se alarmó— ¿Mamá está enferma o algo?

—No —el hombre negó con la cabeza mientras soltaba una risa amarga—, su salud y la mía, incluso la de Becca están bien. No es eso lo que atormenta a tu pobre madre.

— ¿Entonces qué es?

—Cosas que no tienes de que preocuparte, animalejo —murmuró el padre restándole importancia. La psicología a la inversa siempre funcionaba con los de buen y curioso corazón. — Los adultos siempre lo podemos resolver.

El ceño del hijo se frunció y sus mofletes se inflaron casi hasta el límite, como si tuviera cinco años de nuevo y Esme no quisiera darle su porción de pastel. ¿Por qué no podían considerarlo parte de la familia, como un adulto más? Podía ser una carga financiera, pero trabajaba también en la empresa de la familia siguiendo todos los deseos de su padre, y todo lo aprendido lo aplicaba. Producía dinero. ¿Qué le faltaba para ser adulto?

—Soy lo bastante responsable de mis actos como para ser llamado adulto —él refunfuñó cruzando los brazos sobre el amplio pecho que se formaba—, ¿Por qué no puedo ayudar a resolver lo que sea que se esté cocinando en esta familia?

—No tienes forma de ayudar —Edward I volvió a negar y luego repitió todas las líneas que su mujer le había repetido toda la noche para que se las memorizara—, haces todos tus esfuerzos estudiando y ayudando en la empresa. Ese es el lugar de un hijo, para el resto estoy yo.

—Papá, sé que sea lo que sea, puedo hacer algo. Ayudar. Déjame ayudarte —rogó el hijo.

—Me basta con que te controles, y cumplas tu lugar. El resto puedo hacerlo solo.

Edward I hizo una salida tremendamente triunfal azotando la puerta del estudio mientras dejaba al hijo abandonado, con la cabeza llena de más preguntas y dudas y sintiéndose más impotente que nunca.

El padre caminó por toda la casa, fumándose uno de esos habanos que él y Elizabeth habían comprado cuando apenas tenían tres años de casados y todos sus planes recién se formaban como ideales. El humo del cigarro se prendía en las cortinas del salón y exterminaba temporalmente el color de las flores rojas que su esposa insistía en colocar en todos los floreros visibles. Sus zapatos de cuero hacían rechinar cada madera del suelo brillante de las habitaciones y el corredor hasta que llegó a aquel lugar que solo él y su mujer conocían.

La encontró allí, sentada en su sillón de flores favorito y con el cabello tan rojo como el suyo en rizos envolviéndole el rostro. Una copa llena de algo blanco le coronaba los labios, mientras las pestañas oscuras le tocaban las blancas mejillas.

Edward I amaba tanto a su esposa como Edward II lo haría en tiempos de Bella. Era esa misma pasión oscura y quebradiza, al mismo tiempo tan roja y llena de colores vívidos y tiempos por poseer que los dejaba a ambos sin respiración y barría sus almas y mentes eliminando cualquier otro sentido, sensación o deseo que no fuera el de tocarlas y guardarlas para siempre.

—Hola, preciosa —murmuró besándole lentamente una mejilla.

Elizabeth se sonrojó como cuando adolescente y con ojos tristes le acercó la copa a los labios para que él bebiese obedientemente.

— ¿Qué pasa?

—Es… nada —murmuró la pelirroja sin saber que decir después de su reunión con Rebecca.

—Habla mujer —Edward I pidió mientras la acomodaba en su regazo en el mismo sillón donde hace minutos ella había estado.

—Rebecca quiere un cambio en el plan que no estoy dispuesta a admitir —Ella confesó temerosa. Su respiración era errática y lágrimas se formaban en sus ojos mientras sus dedos largos y algo avejentados se hundían como garfios en la camisa de su marido, ella estaba siendo tan real como podía ser en toda su esencia, las lágrimas casi le quemaban las mejillas al deslizarse—, no puedo cambiar los planes. No quiero. Lo que ella quiere es inaceptable.

—Entonces no hay que cambiar el plan —Edward I trató de razonar besándole la coronilla para que se calmara, más las lágrimas de ella no dejaban de brotar—, nena, nada que no quieras tiene que cambiar. Todo va a salir bien, el animalejo incluso ha ido a verme hace unos minutos. Todo está funcionando como lo quieres— él la reconfortó apretándola contra su pecho—, va a salir así.

—Rebecca dice que si no cambiamos esto —Elizabeth chilló hundiendo su rostro en el cuello de su marido—, Edward no accederá a casarse. Dice que él es inteligente, que la bondad no puede más que el dolor y la necesidad. Pero no quiero— los sollozos se incrementaron y Edward I comenzó a tararear una nana dulce, como la que su hijo luego compondría para el amor de su vida, mientras mecía a Elizabeth de un lado al otro. Sus manos se movían en círculos sobre la espalda de ella mientras besos caían sobre sus oídos.

Odiaba ver a Elizabeth llorar.

— ¡Oh, Ed! No puedo, no quiero. Son nuestros planes, tenemos ambos derechos de disfrutarlos. Lo juro por lo más valedero que podemos tener. No puedo, no puedo. No quiero… —ella lloraba una y otra vez besando el cuello húmedo de su esposo donde las lágrimas caían incesantemente— No quiero, no puedo…

Elizabeth lloró hasta que las lágrimas de sus ojos se secaron. Edward I la acunó hasta que ella pudo conciliar algo de sueño, luego la subió a la cama, le besó la frente y se metió bajo las cobijas abrazando su cuerpo caliente.

En el fondo, Edward I siempre había visto a las Callaghway como un obstáculo entre sus planes, pero uno muy necesario. Ellas eran la fuente de la recompensa por el intercambio. Pero sea lo que fuera que había puesto en ese estado a su mujer, no podía existir más. Él mismo podría eliminar el cambio si fuera necesario.

Y con ese pensamiento se durmió. Con él se levantó el resto de días hasta su muerte.

.

.

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—S…s…si —Brigitt siseaba empuñando las sábanas de su cama, su cabello rubio estaba asperjado por todas sus sábanas y sus pechos bamboleaban al compás de las embestidas de Edward II. Una de sus manos viajó al pecho de él hasta llegar al cuello fuerte y masculino y atraerlo a su boca para plantar un beso voraz con los ojos cerrados, mientras el calor de la penetración los envolvía a los dos. —Más— soltó un gemido fuerte cuando ambas bocas se liberaron y los dedos de él, sintiendo el momento finalizar, se deslizaron alrededor de su lugar preferido antes de que ambos explotaran.

Edward se corrió mientras ella le clavaba las uñas en los hombros, pero siguió moviéndose segundos después hasta que salió de ella para desechar el condón en el tacho de basura. Cuando regresó a la habitación —se había colocado de nuevo los pantalones y tenía el rostro, las manos y la piel del cuello limpias y oliendo a jabón— encontró a Brigitt sobre la cama, con una camiseta de ella y panties nuevos, mientras hacía zapping en la inmensa televisión que descansaba contra la pared de su habitación.

El pelirrojo se deslizó a su lado, le pasó una mano por la cintura y se abrazó a su cuerpo mientras percibía orgulloso su propio olor sobre la piel y el cabello de ella.

— ¿Tienes hambre? —Le preguntó en un susurro.

Ella negó y siguió cambiando los canales hasta encontrar una película de acción donde su actor favorito disparaba hasta matar a medio ejército y él salía ileso.

— ¿Quieres dormir un poco?

Brigitt volvió a negar, sus ojos seguían concentrados en la gran pantalla mientras una mueca frustrada se formaba en los labios del pelirrojo.

— ¿Quieres hacer algo? No sé, ¿Quieres que me vaya?

Brigitt regresó sus grandes ojos azules a los de él, su ceño se había fruncido un poco al escuchar sus preguntas. El sonido de la película era ahora lo único que inundaba la habitación, mientras ambos se miraban, la molestia en la chica y la desesperación en Edward.

Lo cierto era que él amaba complacerla, pero después de haber estado juntos íntimamente, Brigitt siempre se negaba a hablar con él, era como si mantuviera los ojos abiertos mientras se convertían en uno solo, pero al volver a la vida real se negaba a mirarlo, a ser tocada de nuevo por él. La chica solo quería estar en silencio, viendo películas sangrientas mientras él le rogaba por algo de atención, esa era la dinámica de toda su relación después de los momentos en la cama, y porque Edward no entendía que pasaba en ella, nunca lo dejaba estar, le preguntaba cosas una y otra vez hasta que ella explotaba o lo mandaba callar.

Esta era la primera vez que Brigitt lo miraba de frente buscando una respuesta a sus insistentes preguntas.

—No tengo hambre, no quiero algo en especial y no tienes que irte. Cierra la boca y déjalo pasar— ella murmuró deslizándose de vuelta a su cama, con los ojos clavados en el techo rosa de su habitación.

—Siempre terminas tan tensa— Edward susurró recostándose a su lado sin siquiera tocarla—, nunca sé que hacer para que te sientas mejor.

—No es tu culpa, haces lo que tienes que hacer— rubia murmuró ausente, sin siquiera saber ya como sentirse acerca del chico que ahora descansaba a su lado..

— ¿Qué dices?

Él no había entendido una palabra de lo que ella había dicho. ¿Cómo que hacia lo que tenía que hacer?

Los ojos azules de Brigitt notaron un destello gemelo en la puerta y sin decir palabra, mientras la rabia y la ira bullían dentro de su cuerpo, se montó a horcadas en la cintura de Edward II, le clavó las uñas entre los mechones de cabello y lamió los labios masculinos hasta que obtuvo la respuesta que quiso.

El pelirrojo la volteó sobre la cama violentamente hambriento y clavó sus caderas junto a las de ella de nuevo. La rubia estaba adolorida, apenas y sentía las piernas por la forma ruda en la que siempre le exigía sexo a Edward, pero no podía ser suave. Él no podía dejarla pensar. Cuando ambos rostros se separaron, Brigitt acercó más su rostro al de él y le lamió la boca sin besarlo, dando todo un espectáculo.

— ¿Estás segura? —Él gimió chocando sus dientes unos con otros mientras la llama violenta y verde de la ambición y el hambre se encendía en sus ojos— No te…

—Siempre me das lo que quiero ¿No es así?— Brigitt jadeó mientras abría sus piernas y una de sus manos— la que no sostenía el rostro de Edward contra el suyo— deslizaba las pantaletas hasta sus rodillas. Edward soltó un sonido ronco al sentir el calor de la entrepierna femenina cuando los delgados dedos de ella deslizaban sus pantalones vaqueros lejos de la erección que lo asfixiaba. —Quiero esto, Edward. Entra en mí.

Brigitt mantuvo sus ojos abiertos, el dolor se filtraba en sus poros mientras él se deslizaba lentamente, aún siendo cuidadoso, las piernas de ella temblaban y la piel delicada se estremecía. Cuando él comenzó a moverse lentamente, ella le dio un tirón a los mechones de cabello cobrizo casi contra su voluntad y lo obligó a salir violentamente antes de entrar de golpe.

Sin besos. Sin juegos previos. Sin caricias dulces o movimientos lentos.

Siempre era así con ellos. Salvaje, sucio y ruidoso.

Después de unos pocos minutos, ambos jadeaban y Brigitt acumulaba toda su fuerza antes de abrir la boca.

—Me amas ¿No es así? —Gimió apretando su pecho contra el de él. Aún seguía—adolorida— con las piernas abiertas y las rodillas flexionadas, la imagen de Edward entrando y saliendo de ella se podía ver claramente —Te enamoré bien, te di lo que qu…querías.

—Shh —Edward murmuró con esfuerzo, concentrado en arreglarle los mechones de cabello rubio alrededor del rostro. No podía aceptar sus sentimientos sabiendo que ella no sentía lo mismo, o al menos no estaba dispuesta a admitirlo— no hables.

— ¡Di que me amas! —Ella ordenó jalando mechones de cabello para enfrentar su rostro— Grítalo. Sé que me amas. Lo hice bien esta vez, Edward. me amas.

La voz de la rubia ahora se había vuelto desesperada, las lágrimas causadas por el dolor de su cuerpo, la culpa, la rabia, la ira y la desesperación, goteaban y empapaban sus mejillas y brazos de Edward.

—Di que me amas —rogó en un jadeo, con lágrimas en la voz mientras las embestidas de Edward se volvían más potentes—, sé que esta vez lo hice bien.

—Te amo —él confesó en un susurro besándole lentamente la piel del cuello y luego las lágrimas que le mojaban el rostro. Haría lo que fuera porque ella detuviera esa letanía que parecía arrancarles el pecho a ambos—, estoy perdidamente enamorado de ti. Y no sé si lo has hecho bien, pero estoy loco por ti. Te amo.

Fue como oír rezar a los ángeles para Brigitt. Le pasó los brazos por el cuello por primera vez en seis meses y dejó que la siguiera besando hasta que ambos culminaron con un grito voraz.

Después de un suspiro, ambos se quedaron recostados. Ella al menos tenía un poco más de paz al saber que su parte estaba cumplida. Edward no podía respirar después de su confesión.

Estaba más enamorado que nunca.

La puerta de la habitación se cerró lentamente, sin siquiera que ellos lo notasen.

Las manos de Becca temblaron mientras se arreglaba los mechones de cabello corto y oscuro tras las orejas. Su hermana se había asegurado de mostrarle que su trabajo estaba realmente bien hecho, por primera vez en todos sus planes desde que Brigitt tenía 15 años. Sin embargo, ver la confesión y escuchar la voraz pasión en la voz de Edward cuando había susurrado que la amaba, le había roto un poco el orgullo. Y estaba tan caliente.

No podía esperar a tener a ese niño solo para ella. Sin que Brigitt le presumiera en silencio que era mucho más mujer que ella. Una vez que Edward se casara, no importa por qué razones, sería solo suyo.

Solo tenía que apresurar un poco las cosas.

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Cuando Brigitt abrió los ojos, el calor se filtró por su cuerpo al sentir la firme figura de Edward tras sus espaldas, calentándole la piel del cuello con su respiración y dibujando figuras sin sentido, aún dormido, en su vientre.

Le había dado el mejor espectáculo que pudo a su hermana. No había sido planeado, Brigitt era mucho mejor haciendo que los hombres rogasen clamando que la amaban, pero con Edward siempre le era todo un poco diferente y mucho más difícil. Él era dulce, tierno, solo hacía lo que ella quería y tenía su misma edad, los mismos gustos excepto en eso de leer. Siempre la cuidaba. Edward II Masen era totalmente diferente a todos los viejos que había tenido que aceptar por Rebecca, así que, aunque manejarlo había sido mucho más fácil, aprender a alejarlo de su corazón, le resultaba cada día más imposible que el anterior.

El amor emanaba a gotas de los ojos de Edward, pero Brigitt no estaba segura de si esa era una buena o mala señal. Algo dentro de su pecho le decía que terminaría matando al pobre chico, y con ello a los corazones de ambos.

La llovizna golpeaba fuerte las ventanas y el techo de su habitación cuando se levantó del lecho y caminó hasta su armario para ponerse unos shorts oscuros y amarrarse el cabello en un moño improvisado. Hacía frío así que el deseo de volver a la cama era inmenso, el calor de Edward era tan bueno, pero al mismo tiempo tan peligroso.

No podía enamorarse de él.

Como su hermana le había dicho cuando solo tenía quince años, al presentarle al primer candidato que enamoraría para que Rebecca pudiera deshacerse de él, hay muchos tipos de muñecas.

Muñecas de caja, esas que jamás nadie toca y permanecen perfectas toda la eternidad. Muñecas de porcelana, tan delicadas y frágiles que el soplo del viento las arruina. Muñecas fuertes, de piel gruesa, cabello largo y corazón de metal, esas que jamás están en los escaparates, que nadie mira pero con las que todo mundo juega. Muñecas perfectas, de cuerpo y sonrisa perfecta, esas que todas quieren pero que nadie tiene excepto unos pocos porque son tan caras. Muñecas comunes, las soñadoras y con el corazón esperando por ser comido de un mordisco proveniente de su único dueño.

Y muñecas rotas, como ella.

Muñecas a las que siempre les faltaría una parte de sí mismas, una inocencia que por nada del mundo recuperarían. Muñecas que todo mundo querría hasta encontrar el defecto, la falla, la pieza faltante, entonces las dejarían en una esquina, porque no estaban completas y así no servían de nada.

Rebecca le había dicho que tendría, como su hermana mayor, que exprimir a los hombres que la tocasen antes que la desecharan. Porque nunca nadie querría una muñeca rota como ella.

Así que Edward —Brigitt razonó mientras se limpiaba las lágrimas frente al espejo— en algún momento se daría cuenta de la verdad y se alejaría sin piedad, partiéndole el alma en dos. No podía enamorarse de él, sino quería salir fragmentada en más pedazos de los que estaba.


Adorables agradecimientos a: Zoe Hallow, monikcullen009, silviafarro, jupy, Cullen Vigo, Nela 08, Melyna-Ortiz, , indii93, Laurita261, Mariale Olivares Mary28Cullen, beakis, VIVIORD'Cs , Penny love Edward, Guest, wen liss, Alexia, stefanny93, maryroxy, Denisse-Pattinson-Cullen, judy73, Vaneomega, I'mdeporcelana, janalez, lili, mariana, ImaZombie, Rateaga, , Alexandra CM's, sam Salvatore, Soemarie Grey, Stefi Martinez, lili Cullen, Palitajcullen, Denissevel.


Hola! Yaaaa... sé que todas están pensando, ¿Y a ésta tipa como se le ocurre aparecer así como así años después de la última actualización?

Lo único que diré es que la historia sigue. Tomará tiempo y las actualizaciones serán cuando pueda. Yo nunca dije que la historia la dejaba abandonada, aunque ustedes lo pensaron así haha. Necesito mi tiempo para muchas otras cosas, pero sé que no es justo dejarlas en la mitad cuando la historia está en mi cabeza. Me disculpo. Las de los rr saben que escribí el outtake que prometí, pero me salió una cosota de 62 páginas O_o así que lo dividí en tres capítulos, y los subiré cada dos días esta semana santa.

Gracias como siempre por leer, los favoritos y los follow. Me siento muy afortunada de tenerlas como lectoras, son hermosas y adorables chicas. I love Ur support guys, massiv thank U always. 3

Este está beteado por Vhica Tia Favorita del grupo de betas FFAD. Por cierto, he subido tres adelantos en el grupo de fanfics FFAD y las que los leyeron no me dejarán mentir.

Si quieren preguntarme estaré todo el día dispuesta a escucharlas y responder todo aquí arrobaCherryValh y búsquenme en facebook solo como Valheria Cárdenas, pero por favor díganme que son de FF, para incluso poder etiquetarlas en FFAD.

No olviden el REVIEW=PREVIEW

Gracias por todo y nos leemos en dos días.

Besos

Valhe