25. Amor

-Si vas a hacer las cosas así, será mejor que no vuelvas. –establecí después de un rato de discusión.

-¿Qué? –preguntó Jacob, con un tono desesperado.

-Que hasta que no te comportes como una persona coherente, no te acerques a mí.

-No puedes estar hablando en serio.

-¡Y tanto que sí! ¿Qué es eso de decidir por los demás? ¡Podrías haber causado la muerte física de Charlie o la muerte psíquica de Bella! ¿Por qué no piensas antes de actuar? Mira, lárgate antes que suelte más cosas que no quiero soltar.

-Pero…

-¡Largo! –terminé, alargando el brazo y señalando la puerta con el dedo índice.

Seguí con la mirada a Jacob mientras salía de la casa.

Cabreada, subí las escaleras corriendo.

-¿No cenas? –preguntó Rose al ver que me iba.

-¡No tengo hambre! –le chillé, sin parar de subir hacia mi habitación.

Abrí la puerta de un manotazo y la cerré con otro. Sin pararme, me tiré en la cama boca abajo, me puse de rodillas luego y empecé a golpear la almohada, hasta que fallé en un golpe y caí de morros en el blando colchón. Entonces es cuando salieron las lágrimas. Me puse las manos en la nuca ocultándome entre ellas.

¿Por qué es tan estúpido e irresponsable? ¿Por qué le sigo amando después de esto? ¿Sería cosa de la imprimación? No, él era el que estaba imprimado de mí, no yo de él. ¿No me podía enamorar de Embry, que era más racional? ¿Por qué mis sentimientos preferían al lobo rebelde?

Oh, mierda… Ahora lo sé. Ahora sé que estoy totalmente enamorada de Jacob, y ninguna circunstancia va a cambiar eso.

Pasé una semana entera cabreada con él. Sí, yo soy muy radical. Y lo peor es que cuando me enfado con una persona, lo hago con todas las que están a mi alrededor. Así que el resumen de la semana sería: horrible.

Buen resumen, ¿eh?

Por la noche no dormía bien, me limitaba a llorar un poco y cuando me dormía tenía pesadillas que me despertaban en plena noche. Por la mañana no hablaba con nadie, sólo lo necesario, y por la tarde me iba a casa y la pasaba con mi familia, con mejor humor. Ellos eran la alegría que hizo que no me desesperara en ésa semana.

A la segunda semana, Jacob no se comunicó conmigo para demostrarme que lo había pensado y que a partir de ahora sería más responsable, así que decidí volver a casa. No tenía ganas de estar con los Cullen, ya que Seth se pasaba la mayor parte del tiempo allí con Nessie, y verlo me recordaba a Jacob, además que en la casa, mi novio era el principal tema de conversación.

En casa volví a dormir bien, sin pesadillas quiero decir, porque en cuanto al rato de llorera, tengo que señalar que continuó, sólo que el rato era menor.

Esta mañana me había levantado pronto para recoger la casa, ya que mis padres trabajaban y los niños iban al cole. Yo no quise matricularme en ninguna universidad, y mis padres lo entendieron. Así que decidí buscar trabajo, y lo encontré. Me dieron empleo en una empresa de Seattle como recepcionista, pero tenía que esperar un tiempo largo para poder empezar, ya que la recepcionista que había en ese momento tenía contrato de un año.

-Va, te ayudo con la casa. –me propuso Embry, plantado de repente en la cocina mientras yo cogía una galleta para desayunar.

-¡Ah! –exclamé del susto. –Embry, por favor, ¿no puedes entrar por la puerta? ¿O llamar? ¡O hacer algo que no me asuste! –le reñí.

-Lo siento. Perdón. –se lamentó con la carita de perrito bueno.

Suspiré.

-Gracias por ayudarme, pero, ¿cómo sabías que iba a recoger la casa? –le pregunté, extrañada.

-No es normal que te levantes pronto, a no ser que limpies la casa.

-Espera, ¿cómo…

-Te he estado vigilando. No podía dejarte desprotegida.

Intercambiamos una mirada llena de agradecimiento y cariño. Yo abrí los brazos y me dirigí a él, quien me recibió de igual forma.

-Gracias. –le susurré mientras le abrazaba por la cintura, como siempre había hecho.

-A ti por ser simplemente .

-Te quiero.

Él me contestó con una sonrisa oculta entre mi pelo.

Seguía en pijama cuando acabamos de limpiar toda la casa, que era grande, y yo personalmente acabé sudando. Decidí que sería un buen momento para ducharme y me dirigí al baño. Al acabar de ducharme, me dirigí al armario, ahora ordenado, y elegí un conjunto formado por unos shorts y una camiseta de cuello ancho, que me ajustaba para que descubriera mi hombro izquierdo. Entonces oí unas llaves y una puerta abriéndose.

-¡Hola! –saludaron dos voces.

-¡Hola, papá! ¡Hola, mamá! –dije saliendo de mi habitación y yéndoles a recibir con un abrazo a cada uno.

-Hola, Rafa. Hola, Carolina. –saludó Embry, saludándoles como si fueran amigos de toda la vida.

-¿Cómo ha ido en el trabajo? –pregunté, dirigiéndome a la cocina con Embry detrás.

-La verdad es que cansado. –contestó mi padre, con tono agotado.

Alguien encendió la radio y la subió de volumen para que llegara hasta mí.

-A mí aburrido. No ha venido ninguna emergencia ni ningún caso grave. –contestó mi madre, aburrida.

Embry y yo íbamos sacando todo lo necesario para hacer la comida mientras nos contaban eso.

-¡Hola a todos! –saludaron tres voces al unísono.

-¡Hola! –contestamos nosotros.

-¿Cómo va? –preguntó Marc, asomándose por la puerta de la cocina. –Hola Embry.

-¿Qué tal, Marc? –saludó el aludido.

-Bien. ¿Y a ti? –dije yo, contestando la pregunta de Marc.

-Bien. Hoy me he divertido en la clase de física.

-No sé cómo te puede gustar eso. –dije, incrédula.

-Pues como yo no entiendo que te guste el latín y el griego. –replicó él.

Yo le saqué la lengua y Embry rió.

-Muy buena. –dijo mi mejor amigo, chocando la mano con mi hermano.

Oh, genial. Había olvidado que a Embry también le gustan esas cosas.

-¿Qué hay hoy para comer, Albi? –preguntó Manel.

-Bistec con patatas fritas. –de las que venden en sobres, vamos, congeladas.

-¡Bien!

En la radio, era el momento de las llamadas telefónicas.

-Hola Alba. ¿Has dormido mucho, hoy? –preguntó David entrando en la cocina.

Él siempre me ayudaba a preparar la mesa y después a recogerla.

-Sabes que no. Hoy Embry y yo hemos limpiado la casa de arriba abajo. Por cierto, podríais bajar las latas de refresco a la basura de vez en cuando, ¿no? –le reñí yo.

-Lo tendré en cuenta. –me dijo con una sonrisa.

-Más te vale.

-Sí, sí.

Decidí concentrarme en la radio mientras hacía el bistec.

-Hola. ¿Quién llama? –decía en ése momento el presentador.

-Hola. Bueno, yo llamo desde Forks.

-De Forks, muy bien. ¿Y tu nombre es?

-Jacob. Jacob Black.

Se me resbaló el plato de las manos en el que iba a colocar el tercer bistec. Por suerte, Embry estaba ahí para cogerlo a tiempo.

-¿Y por qué motivo llamas, Jacob? –preguntó una vez más el presentador.

-Bueno, quisiera dedicarle unas palabras a alguien que sé que está escuchando.

-Dinos ésas palabras y a quién.

-Vale. Alba, esto es para ti.

Y por la radio empezó a sonar una guitarra española, y oí la voz de Jacob cantar al compás de la música.

Apagué el fuego y coloqué los bistecs en los platos, y los platos en sus respectivos sitios. Dejé a Embry a cargo de las patatas y fui directa al comedor para escuchar la radio. Seguro que él lo comprendería.

-A comer. –avisé, haciendo que todos se retiraran a la cocina para comerse los bistecs.

Yo me puse al lado de la radio y crucé los brazos en el mueble para apoyar la barbilla en ellos.

Él sabía que Jesse McCartney me encantaba, y había elegido "Tell her" porque se aplicaba a nuestra situación, más o menos.

De repente olvidé todo el enfado, las lágrimas, la situación y la discusión. Me fundí en cada palabra que cantaba Jake, cuando sonó el timbre.

-¡Oh, por Dios! –dije, molesta, levantándome del suelo con rabia y dirigiéndome a la puerta.

Abrí la puerta cansada y cabreada.

-¿Se puede saber qué… -me interrumpí al ver el rostro de la persona que había llamado.

-She's the one thing I could never live without. Oh, oh, oh, oh… -continuó cantando él, ahora con una sonrisa en el rostro.

Siguió cantando para mí mientras yo le observaba sujetando la puerta abierta, reteniendo las lágrimas de felicidad que querían salir. Él me dedicaba su sonrisa mientras cantaba con el móvil entre su oreja y su hombro, para que la gente que escuchaba la radio no se perdiese el acontecimiento.

Cuando acabó la canción, el presentador habló por el móvil, el cual estaba en modo altavoz.

-Guau, eso sí que es música en directo. Gracias, Jacob, y esperamos que Alba lo haya escuchado.

Cogí el móvil y hablé al micrófono de éste:

-Te aseguro que sí que lo he escuchado, y a mí también me gustaría decir algo.

-Oh, Alba supongo, eh… Claro, dinos. –comentó el presentador, sorprendido.

-No me vas a convencer sólo con esto. –dije, dirigiéndome a Jake.

Él sonrió sabiendo a lo que me refería, y presionó sus labios contra los míos para fundirse en un beso dulce.

Alguien cogió el móvil y dijo:

-La pareja feliz se está dando un beso de película.

Embry.

Le ignoré y enrollé mis brazos en el cuello de Jake. Él retiró la guitarra hacia su espalda y me rodeó la cintura para acercarme más a él.

-Te amo. –me susurró él en la oreja.

-Y yo. –le murmuré, introduciendo su delicioso olor en mi cuerpo.

-Menos mal que lo arreglasteis. –comentaba Embry, sentado a mi lado, en mi cama. –Me estaba cansando de las diferentes maneras que tenía Jacob en la cabeza para disculparse contigo.

Yo reí.

-¿Y qué tenía pensado? –pregunté, curiosa.

-Subir por tu ventana recitando Shakespeare, enviarte invitaciones para una cena romántica, usarme a mí como cebo, presentarse en tu puerta con un ramo de flores y una limusina…

-Aprenderme el baile de "Dirty Dancing", ponerle tu nombre a una estrella, enviarte 365 cartas, alquilar una barca, dar un paseo en caballos… -continuó Jake apareciendo por detrás. –Me he tragado todas las películas de amor que he encontrado para disculparme "de película", y al final he elegido la mejor.

-¿Y cuál es?

-La mía.

Le sonreí y bajé la mirada. Después miré a Embry.

-Entonces… ¿estábamos hablando nosotros, no? –dije, indirectamente.

Embry sonrió.

-Sí. Estábamos hablando… déjame pensar… ¿solos?

-Sí, exacto. Solos.

Los dos dirigimos la mirada hacia la puerta de mi habitación para mirar a Jacob. El aludido sonrió.

-Está bien, ya me voy. –dijo, retirándose del umbral.

-¡Gracias! –dijimos los dos al unísono.

-Bueno, ¿cómo va con Natalia? –pregunté.

-Oh, muy bien. Va… muy bien. –dijo, con ésa sonrisa suya llena de admiración y felicidad.

-Me alegro. –dije, sonriendo.

Sentía toda la felicidad que rodeaba a Embry cuando hablaba de ella. Natalia era su foco de felicidad.

¡Oh!... Entonces me acordé de la luz de emergencia de la que me había hablado Jasper.

Natalia es la luz de emergencia de Embry. La mía es Jacob.

-¿Sabes? Me alegro de haberte conocido. –comentó Embry sin motivo aparente.

-Oh… ¿En serio? –le dije, esperanzada.

-Sí. Eres la persona que me ha ayudado a seguir adelante cuando los demás no podían hacer nada por mí.

-Yo tampoco es que haya hecho mucho.

-Escucharme. Darme esperanzas por muy remotas que fueran. Y te pido que me perdones por lo que voy a decir ahora, pero me alegro de haberte roto dos costillas hace unos cuantos meses.

-¿Sabes? Yo también me alegro que me rompierais ésas dos costillas. –admití, sonriendo. –Yo también me alegro de haberte conocido.

-Pues no sé por qué. Yo no he hecho nada por…

-Calladito. –le interrumpí. -¿Quién me salvó de los neófitos? ¿Quién me vigila sin que se lo pidan? ¿Quién me ha dado más amor en todo este tiempo, más cariño, más confianza? Embry, no te quites mérito. Eres como el hermano que siempre quise tener, sólo que mejor.

Él sonrió y me abrazó. Yo le devolví el gesto.

-Te quiero. –le susurré. –Y no hay nadie mejor que tú.

-Lo mismo digo, Allie.

Los dos sabíamos que, ahora, estaban presentes nuestras parejas. Y los dos sabíamos que no había nada como ellos. Pero su amor era una cosa, y el nuestro era otra.