Hola gente linda... cómo han andado? Espero que bien. Qué les está pareciendola historia?

Como verán esta es una historia de época, y en ese tiempo la acción si se daba era muy escasa por el tema de la etiqueta y por las costumbres que se tenía en ese tiempo. Imagínese que si la misma pareja bailaba mas de 2 veces ya estaban comprometidos!!! O era mal visto ver a uba mujer sola si era soltera sin una carabina.

Acción acción, solo se verá muy contadas veces...

Así que pido disculpas de ante mano por no poder darles lo que quieren. Al ser una adaptación yo no puedo cambiar toda la historia. Espero lo sepan entender.

Como bien saben es una adaptación de Laura Lee Guhrke Amor prohibido (esta adaptación es el primer libro de la serie *Seducción* de esta autora).

A disfrutar... (éste chicas viene con algo de acción ;)

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Capítulo 25

Tal como le había prometido a lady Tsukishiro, Shaoran aceptó su invitación a la partida de cartas, aunque sabía de antemano que eso serviría para alimentar aún más los rumores.

Quería ver a Sakura. Deseaba que el hecho de comportarse correctamente no estuviera en contradicción con poderla ver en secreto, pero verla entre un grupo de personas era mejor que no verla en absoluto. Aun así, al llegar a la casa de Russell Square, obtuvo lo que había deseado encarecidamente: una oportunidad para estar con ella a solas.

La usual excitación que se producía con la llegada de un duque siguió con las pertinentes presentaciones del resto de invitados y acabó con un incómodo silencio. Lady Tsukishiro carraspeó y, dirigiéndose a su marido, sugirió:

—¿Quizá deberíamos empezar?

—Sí, sí, gran idea, Nakuru —dijo sir Yue al instante—. Que empiece el juego. Aunque me temo que dos de nosotros tendremos que contentarnos con jugar al piquet, en vez de al whist. El señor Jennings ha pillado un resfriado y su mujer no nos ha avisado hasta última hora de que no podrían asistir, así que nos faltan dos personas para el whist.

Sakura se dirigió a Shaoran y, mientras señalaba un pasillo que llevaba a una habitación anexa, sugirió:

—¿Quizá su señoría preferiría jugar al ajedrez en vez de a cartas?

El silencio que siguió fue, más que incómodo, molesto. Por algún motivo, Sakura quería una entrevista privada con él y aunque dudaba que los motivos de ella fueran los mismos que los suyos, Shaoran aprovechó rápidamente la ocasión.

—Me encanta el ajedrez, señorita Kinomoto —dijo él—. Sería un honor para mí.

—Excelente —respondió Sakura, y se dirigió a la habitación anexa, donde se había apartado el tablero de ajedrez para dejar sitio para la partida de cartas.

Él saludó a los otros invitados y la siguió. Cuando ella se sentó, él se sentó en la silla opuesta a la suya.

—Señoría —dijo sin tapujos—, tiene usted que parar. —Y se interrumpió al verle la sonrisa en la cara—. ¡Por Dios! ¿Por qué me miras de esa manera?

—Porque mañana todo el mundo en Londres sabrá que estamos prometidos. —Señaló el tablero y continuó—. Las mujeres empiezan.

—¿De qué hablas? ¡No estamos prometidos! —Ella frunció el ceño mientras adelantaba un peón dos casillas totalmente abstraída—. Y no me importa lo más mínimo lo que piense la gente.

—Delante de todos los presentes en la sala, me has invitado para estar a solas conmigo —señaló mientras adelantaba su peón—. La conclusión evidente es que estamos prometidos. Si hubiera sabido que iba a ser tan sencillo, me las habría apañado antes para que me invitaras a jugar al ajedrez.

Sakura ojeó impacientemente el pasillo y adelantó otro peón.

—Eso es ridículo. No estamos solos, y las puertas están abiertas. Lady Tsukishiro nos puede ver perfectamente desde donde está sentada.

—No importa. Nos hemos ido a otra habitación y estamos manteniendo una conversación privada. Nadie que no esté prometido puede permitirse esa libertad. —Movió su caballo y le dijo esbozando una sonrisa—: ¿Cuando te estuviste informando de las normas de etiqueta, te perdiste esta parte?

—Shaoran, debes parar esto. El hecho de que necesite libros de etiqueta demuestra lo pésima duquesa que sería.

—Serás una duquesa estupenda cuando le pilles el truco. Todo lo que haces lo haces bien.

—Eso no es cierto, y de todas formas no es de lo que estamos hablando. No voy a casarme contigo.

—Si quieres sigue así, pero espero que un día te des cuenta de mi tormento y sientas pena de mí. —Apuntó al tablero—. Es tu turno.

—¿Por qué haces esto? —preguntó sin importarle para nada la partida—. ¿Porque soy una locura temporal? Y cuando pase esta locura, ¿qué le seguirá? ¿Volverá Meiling a tu cama? ¿O quizá una nueva amante? Por cierto, ¿cuántas amantes has tenido ya?

—Más de una y menos de una docena.

—¿Has...? —se reprimió un instante y apartó la mirada. Shaoran sintió una chispa de esperanza cuando ella prosiguió—: ¿Has vuelto a ver a esa mujer?

Le importaba. Le debía de importar si había formulado esa pregunta. Él dijo la verdad.

—Sí, la vi una vez en el Row. A unos veinte metros de distancia. Ya le había enviado una carta comunicándole que nuestra relación había acabado. —Le agarró cariñosamente la barbilla con las manos, devolviendo su atención hacia él, y preguntó con gentileza—: ¿Acaso estamos jugando ahora a las Veinte Preguntas en vez de al ajedrez?

—No, pero... —Apartó su mirada de la suya y miró alrededor, como si estuviera pensando cómo expresar lo que quería decir—. Una vez dijiste que yo era un misterio, pero eres tú el que no ha revelado nada. Desde aquella cena con los Terada yo te he contado muchas cosas sobre mí. Mi vida, mi trabajo, mi padre, mis... mis sentimientos hacia ti. Pero hasta ahora tú sólo me has contado pequeñeces. No te conozco lo suficiente como para casarme contigo.

—¿Qué querrías saber? Pregunta sin tapujos. Voy a entrevistarme para el puesto de marido.

—¡No te estoy entrevistando para ningún puesto! Y esta conversación me está demostrando que nada de lo que te pueda preguntar se puede satisfacer con palabras. Ni con flores. Tú no me amas. Tú sólo me ofreces tu nombre porque estás seguro de que con eso basta, y porque eres tan obstinado y arrogante y...

—¿Y dices que no me conoces lo suficiente como para casarte conmigo?

Se sintió ofendida y se levantó. Le dio la espalda y atravesó la alfombra persa en dirección a la chimenea. Echó una mirada a la otra habitación y se percató de que lady Tsukishiro estaba completamente concentrada en las cartas. Él se levantó de la silla y se acercó a Sakura, que estaba mirando el fuego. Se puso detrás de ella y le susurró al oído:

—Me conoces más de lo que crees, Sakura. Nadie me conoce mejor que tú. Nunca nadie me conocerá mejor que tú.

Ella empezó a hablar, pero él la interrumpió al instante.

—Escúchame. Llevo toda la semana intentando decirte y demostrarte lo mucho que te deseo. Sé que las palabras no son lo más adecuado para convencerte, pero no sé otra manera de hacerlo. ¿Qué más puedo hacer, Sakura? —Le puso las manos en la cintura y la atrajo hacia él—. ¿Podría decírtelo con mi cuerpo?

Sakura cerró los ojos, pero algo había cambiado en ella. Algo la había conmovido, suavizado. Ella levantó la mano y apretó el puño en el aire.

—No, Shaoran, no.

Él aprovechó su ventaja.

—Me deseas. Sólo hace unas semanas me deseaste en la antika. —Se apartó un poco—. ¿Te has olvidado de eso?

—¡En absoluto! —contestó ella con un susurro apasionado—. Tampoco he olvidado que no soy yo con quien te querías casar.

—Pero yo nunca la deseé a ella de la manera que te deseo a ti. —Sonó muy torpe, pero era la verdad y estaba desesperado—. Eres tú quien ya no me quiere.

Ella negó con la cabeza con los ojos todavía cerrados y los labios apretados, mientras emitía un leve sonido de disentimiento.

—Dices que no —continuó—, pero te niegas muchos de los placeres de la vida. ¿Por qué, si yo te los puedo dar todos?

Un ligero gemido se le escapó cuando las manos de él subieron desde sus costillas hasta los pechos.

—Yo te deseo —admitió con un susurro—. No es eso. Nunca ha sido eso. Yo siempre...

—Demuestra lo que dices entonces. —Miró por encima del hombro hacia la puerta y la besó en la oreja—. Si me deseas, pasa el resto de la noche conmigo. Podemos ir a mi casa. Todos los invitados que están aquí se habrán ido a medianoche y a la una y media estarán durmiendo. Lleva algo para cubrir tu rostro. Te esperaré en el pasaje con mi carruaje y estarás de vuelta antes del amanecer. Ven.

—No lo haré.

—Te esperaré igualmente. —La besó en la mejilla—. ¿Lo ves, Sakura ? El honor no es mi única motivación, porque en este momento me siento bastante deshonrado. Te deseo más de lo que nunca he deseado algo en toda mi vida.

No creyó que ella se presentase. Las tres horas que siguieron a su ilícita proposición fueron insoportables para ambos, simulando que estaban jugando al ajedrez, y aparentando disfrutar de la cena, del madeira y de la charla a lado y lado de la mesa. Al acabar la fiesta, pensó que seguramente ella habría cambiado de opinión.

Pero no. Unos minutos después de que el reloj de la iglesia marcara la una y media, vio una figura abrigada y con capucha salir de los establos hacia el pasaje en el que se encontraba su carruaje. Él abrió la puerta y ella subió de un salto. Al quitarse la capucha apenas había luz para poderle ver la cara, pero era suficiente.

—¿Estás segura de esto? —le preguntó él.

—Sí.

Aquello era suficiente. Ya tendría tiempo después de comprender los motivos que la habían llevado a cambiar de opinión. Pero en aquel momento, no le importaban en absoluto. Cerró la cortinilla, golpeó el techo con su bastón y el carruaje se puso en marcha.

Con la última cortinilla bajada, estaba tan oscuro dentro del carruaje que no podía ver nada de ella. Con el sonido del vehículo no podía ni oír su respiración. Ella no hablaba. Sólo la esencia de cerezo le decía que ella seguía allí.

Esa noche en la antika, la vio sólo a la pálida luz de la luna. Esta vez, en cambio, encendería todas las velas que encontrara. Esta vez la iba a ver mientras le hacía el amor. Miraría las curvas perfectas de sus pechos y caderas, miraría sus largas piernas, la expresión de su cara cuando llegara al clímax.

Shaoran se puso cómodo, concentrándose en el sonido de las ruedas del carruaje, en controlar la excitación y la ansiedad de su cuerpo. El trayecto hacia Grosvenor Square parecía interminable.

La condujo a través de los establos hacia la parte de atrás de la casa, porque siempre había carruajes entrando y saliendo de la plaza a esta hora, llevando a gente a casa después de fiestas como la de ellos de aquella misma noche. Y a pesar de que el cabello de Sakura estaba oculto bajo la capucha, no quería arriesgarse a que nadie la reconociera.

Tomándola de la mano, la llevó arriba por la escalera trasera, a través de las oscuras habitaciones y pasillos que conducían a su habitación. Fue al vestidor, despertó a Wei y le dijo que avisara a un sirviente para que encendiera el fuego, y le comunicó que ya no precisaría sus servicios hasta la mañana siguiente. Su mayordomo salió echando sólo un ligero vistazo a la mujer encapuchada que estaba al lado de la cama y de espaldas a él. Cuando el sirviente apareció, Shaoran le ordenó que encendiera todas las velas de la habitación, así como el fuego de la chimenea. Cuando el lacayo se fue, cerró la puerta con llave. Por fin, pensó, tomando aire a fondo y soltándolo despacio. Finalmente estaban solos.

Shaoran se volvió. Ella hizo lo mismo.

Se quitó la capucha, y él la miró bañada por la tenue luz de las velas. Se acordó de la primera vez que la había visto. Tenía casi el mismo aspecto entonces que ahora. Sin sombrero de paja, pero con la misma cara solemne y de buhito, y con un abrigo. Aunque esta vez no era uno manchado de polvo que ocultara su cuerpo. La luz se reflejaba en sus gafas doradas y no le dejaba verle los ojos. Ella era más o menos la misma en todos los aspectos superficiales, pero ahora supo que era muy diferente en otros aspectos más difíciles de definir.

Esa noche, él quería demostrarle todo lo que sentía cuando la miraba, no sólo lo que veía. Tal como le había dicho, si las palabras y las flores no eran suficientes, usaría su cuerpo. Sólo esperaba poderse comportar. Una gran excitación atravesaba todo su cuerpo anárquicamente, pero las siguientes horas no eran para él. Eran para ella.

Se puso delante de Sakura. Le quitó las gafas y las dejó en la mesita de al lado de la cama. Le apartó el abrigo de los hombros. Ahora no llevaba un simple vestido beige de algodón, sino el vestido de seda azul oscuro que había llevado en la fiesta. Resiguió su clavícula con la yema de los dedos, le acarició la mejilla y le echó la cabeza hacia atrás mientras acercaba su boca a la suya.

—Sakura —fue todo lo que consiguió decir antes de besarla.

Bajo él, sus labios se separaron al instante, dulce y suavemente, con un ligero sabor a madeira. Los ojos de ella estaban cerrados, los de él abiertos, porque quería ver cualquier pizca de sentimiento que pudiera arrancarle con sus manos y su boca. Él deslizó los dedos entre los cabellos de ella; por suerte, no se había convertido en una víctima de la moda del momento, que llevaba a muchas mujeres a ponerse lazos y flores de seda en el pelo. Sin horquillas, sólo peinetas que, a medida que él se las quitaba, dejaban caer su espesa cabellera por la espalda. Las peinetas fueron cayendo al suelo, mientras paseaba las manos por su sedoso cabello. La besó profundamente, saboreando la dulzura de su boca.

Ella emitió un pequeño y ahogado sonido de deseo y le rodeó el cuello con los brazos, apretando el cuerpo cada vez más contra el suyo y encendiendo las ganas que tenía él de estar en su interior. Esa necesidad que él estaba intentando mantener a raya.

Para ganar tiempo, apartó los labios de los de ella y empezó a besarle los hombros hasta llegar al filo del vestido azul pálido y siguió otra vez de vuelta. Sus manos dejaron el pelo y se deslizaron hasta sus caderas. La quería totalmente desnuda, pero se forzaba a sí mismo a contener sus movimientos hasta que el cuerpo de ella estuviera preparado para el siguiente paso.

Cuando ella empezó a temblar en sus brazos y a emitir pequeños gemidos contra su camisa, supo que estaba lista. Subió las manos que tenía en su cintura y le acarició la espalda. Se separó un poco para verle la cara cuando le apartó el pelo y se lo colocó encima de un hombro para poder desabrocharle el vestido.

Ella, con los ojos cerrados, separó los labios e inclinó la cabeza hacia atrás, pero a medida que él le deslizaba el vestido por los hombros abrió los ojos y él notó cómo temblaba un poco, aún tímida, pero él siguió con lo que estaba haciendo.

Ella lo miró.

—¿Este tipo de cosas suele hacerse con tantas velas encendidas?

—Oh, sí. Definitivamente sí. —Él seguía deslizándole el vestido por los hombros, pero cuando le liberó los brazos y la prenda estaba ya casi a la altura de su cintura y él podía ver su ropa interior, ella se apretó contra su torso para detenerlo.

—Shaoran, creo que deberíamos apagarlas.

—¿Por qué? —Él agachó la cabeza para besarle el cuello—. Quiero verte. ¿Tú no quieres verme a mí?

—Yo no puedo ver nada —susurró ella—. Me has quitado las gafas. Otra vez.

Él se rió, y el suave aire acarició el cuello de ella, que durante unos instantes no se movió.

—Sakura —dijo él finalmente—, yo quiero verte desnuda en mi cama. Quiero ver tu pelo sobre mi almohada. Quiero ver tu cara cuando te toco, porque para mí tú eres preciosa, y porque necesito desesperadamente saber qué sientes cuando te acaricio. —Hizo una pausa preguntándose si estaba diciendo tonterías—. Pero si tú estás más cómoda a oscuras, si prefieres que apague las velas, lo haré.

Ella no contestó. En vez de eso, se mordió el labio y acarició las solapas de la chaqueta de él. Después de un momento, ella empezó a quitársela por los hombros.

—No —dijo—, déjalas encendidas.

Shaoran se estuvo quieto un momento y dejó que ella lo desnudara. Dejó que ella le desabrochara la camisa y se la quitara. Esperó, obligándose a permanecer inmóvil mientras Sakura le acariciaba el pecho desnudo con las manos y le besaba la piel. Esperó temblando de placer mientras ella estaba llevando su control al límite. Cuando notó la punta de su lengua en el pezón la detuvo.

—¡Dios, Sakura, basta! —gimió, y sus manos se enredaron en el pelo de ella. La apartó suavemente un instante para recuperar la respiración—. Creo que te gusta atormentarme.

Ella levantó la vista y lo miró sonriendo.

—Creo que podría acostumbrarme.

—No tengo ninguna duda. —Puso la mano en sus hombros desnudos y tocó el borde de su ropa interior—, ¿Lazos en la camisola? —dijo él tratando de recuperar algo de control, ya que el deseo que sentía empezaba a desbordarlo—. Sakura, estoy sorprendido de esta extravagancia.

—La señora Avery me dijo que cualquier camisola tiene que tener un lazo, aunque si no puede verlo nadie no le veo la gracia.

—Yo sí —dijo él fervientemente mientras desabrochaba la delicada pieza—. Lo único que te pido es que nunca te pongas un corsé.

—Pero así mantendría mi postura perfecta cuando caminara, ¿no? Creo que fue precisamente usted, señor duque, quien me aconsejó que me pusiera uno.

—He cambiado de opinión. Los cierres de los corsés son demasiado difíciles de desabrochar. —Él deshizo finalmente los lazos de la camisola y bajó la prenda por sus hombros dejando sus pechos totalmente desnudos. Eran sensuales, del color de la crema y rosados a la luz de las velas. Se le hizo la boca agua.

Se los agarró con las manos, levantó la vista y vio cómo el deseo se reflejaba en la cara de Sakura, y cuando cerró los ojos y se recostó en la pared que había tras ella, pensó que era lo más bonito que había visto en toda su vida. Le apretó suavemente los pezones y los pequeños suspiros de placer que ella emitía lograron que él perdiera por completo el control.

Reticente, apartó las manos de sus pechos y las colocó sobre la ropa que se había amontonado en su cintura. Deslizó el vestido y la camisola por las piernas y se arrodilló frente a ella con la vista fija en la alfombra para mantener a raya su lujuria.

Cuando todas las prendas de ropa llegaron al suelo, su cuerpo estaba ardiendo. Ella se apoyó en el hombro de él mientras se apartaba de ellas.

Shaoran le quitó entonces los zapatos y los dejó a un lado, mientras sus manos empezaban a subir desde los tobillos hasta sus rodillas. Le acarició la parte de atrás y notó cómo un escalofrío le recorría todo el cuerpo. Le desabrochó la ropa interior y la deslizó hasta el suelo junto con las medias.

Sólo cuando estuvo totalmente desnuda, Shaoran se atrevió a mirarla de nuevo. Pero lo hizo despacio, se deleitó en sus preciosas piernas, en lo largas y perfectas que eran, y pensó que ningún hombre podría imaginar unas piernas como aquéllas.

—Dios, Sakura, yo...

No pudo continuar. Shaoran le acarició los muslos y luego, con las manos en sus caderas desnudas, la atrajo hacia él y besó los suaves rizos que cubrían el vértice de sus piernas, inhalando el aroma de cerezos y el de la excitación femenina.

Ese beso fue demasiado para ella. Jadeó entrecortadamente y tuvo que apoyarse en los hombros de él, pues las piernas ya no la sostenían.

Shaoran se levantó y la alzó en brazos. Dándose la vuelta la depositó en la cama, y luego se sentó a su lado y se quitó las botas. Volvió a ponerse de pie y no dejó de mirarla mientras se desabrochaba el pantalón. Cuando los labios de ella se separaron en un oh de sorpresa, le dieron ganas de saltar de lo contento que estaba.

El colchón cedió bajo su peso cuando se acostó a su lado. Se apoyó en un codo y la observó un momento, luego empezó a tocarla. Apoyó la mano en su estómago deslizándola despacio hacia abajo, entre sus piernas, e introdujo la punta de su dedo corazón dentro de ella.

La notó húmeda y excitada cuando le rozó suavemente el clítoris con su dedo. Él apenas se movió, sin dejar de mirar el rostro de ella mientras sus caderas se movían frenéticamente contra su mano a medida que se acercaba al clímax. Ahora ya no le escondía lo que sentía: cada línea de su cara reflejaba la felicidad y el éxtasis que la inundaban en ese momento. Shaoran sintió cómo los temblores iban desapareciendo a medida que las últimas llamas de aquel orgasmo la consumían, y se dio cuenta de que había obtenido más placer mirándola a ella que en cualquier otra experiencia sexual de su vida.

Apartó la mano y se colocó encima de ella. La penetró, quería moverse despacio, darle placer una vez más, pero ella lo ceñía con tal fuerza que al sentir cómo le envolvía todas sus buenas intenciones se fueron al traste.

Él oyó sus propios gemidos viscerales y sintió cómo crecía dentro de él la tensión hasta hacerse insoportable. Ahora ya no podía ser cuidadoso, no podía contenerse. Aceleró el ritmo, penetrándola con más fuerza, su pasión finalmente le había vencido y no podía controlarla. Su eyaculación fue como un torrente, las sensaciones explotando dentro de él con toda la fuerza de unos fuegos artificiales.

Después, él siguió encima de ella, con las manos cariñosamente tras su espalda, y vio que abría los ojos.

—Dios mío —suspiró Sakura tratando de recuperar el aliento—. Ahora entiendo por qué los romanos pintaron todos esos frescos.

Él se rió tan fuerte que probablemente despertó al sirviente que esperaba medio dormido en el pasillo. Se dio la vuelta sin soltar su abrazo, arrastrándola con él para que quedara así encima.

El cabello le caía por la cara cuando la besó. No sabía si esa mujer le hacía sentir como un dios romano o como el mejor amante de toda Inglaterra, pero en cualquier caso, aquello era más de lo que nunca se había atrevido a soñar.

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Y? Qué les ha parecido este capítulo con un poquito de acción?... Recuerden lo que dije al principio sobre las normas de etiqueta..

Espero hayan disfrutado de esta hermosa adaptación como yo de adaptarla para ustedes.

Y como todo llega a su final, tengo el honor y porqué no un poco de tristeza de decirles que este ha sido el penúltimo capítulo. La semana que viene llega el último.

Por eso quiero agradecerles por haber seguido esta adaptación, por sus consejos, por sus favoritos, por seguir la historia y por la buena onda que me han dado.