Inglaterra caminaba por el camino de tierra de ese bosque, solo. Recordaba lo que había pasado hacía unos momentos.

Pero si es Inglaterra—había dicho Francia—Podrías tener amigos si no fueras tan psicópata, ¿sabes?

No se sentía tranquilo estando en Europa. Sabía que ningún país lo quería allí. Tal vez hubiera alguna excepción, pero no tenía ningún amigo allí.

— ¡Tonto Inglaterra! —Gritó el niño pelirrojo— ¡Por fin viniste por mí!

El inglés miró a su pequeña colonia, el fututo Estados Unidos, correr hacia él sujetando un palo.

Hello, My Little boy~—saludó.

— ¡Inglaterra, Inglaterra, adivina lo que inventé! —exclamó el niño tendiéndole una pequeña pelota.

— ¿Qué has hecho?

— ¡Inventé un juego nuevo! ¡Lánzamela! —el inglés le hizo caso y cuando la bola se aproximó a él, el pequeño americano la golpeó fuertemente con el palo. Lo hizo con mucha fuerza. Inglaterra estuvo a punto de aplaudirlo, pero la pelota se estrelló contra su frente. Cayó al suelo, poco consciente a causa del golpe.

— ¡Oh, no! ¿Qué he hecho? —preguntó alarmado el pequeño—Bueno, en cierto modo se lo merecía, por no venir a visitarme tan seguido.

Fue hasta dónde estaba el británico, un poco zombi, y comenzó a zarandearlo.

—Despierta, England, ya que no vienes nunca, ¡vamos a aprovechar el tiempo juntos!

—Estoy despierto—murmuró él, algo mareado, revolviendo los cabellos rojizos.

—Eso espero. ¡Vuelve a lanzarme la bola!

—…Mejor hagamos otra cosa.

—Ah, hacía mucho que no comía algo preparado por ti—comentó el pequeño América, observando el plato de comida que lucía apetecible. Claro, la comida del inglés era deliciosa, excepto porque a veces podía llegar a envenenarla, o echarle droga, o cualquier tipo de sustancia peligrosa para el organismo. No es que podían morir, pero podía quedar con el estómago revuelto durante días.

—Me gustaría estar aquí para hacerte el almuerzo todos los días~—dijo Inglaterra. El estadounidense asintió, y comenzó a comer. Era, simplemente, la comida de los dioses.

Instantes después, el inglés se encontraba vomitando en el baño.

Y Estados Unidos siguió comiendo, alegre de haber intercambiado los platos.

Suiza caminaba por los pasillos de su casa. Su hermana lo llamó. Dio media vuelta, para ver a la liechtensteiniana con su ropa de siempre, sosteniendo un paquete entre sus manos. Tenía las mejillas rojas, y el suizo estaba seguro de que no se debía al maquillaje.

—Toma—fue lo único que dijo ella, extendiéndole el paquete bruscamente.

—Esto es…

—Por comprarme el listón. Y bueno, yo te obligué a cenar con el tipo raro. Tómalo como una forma de estar a mano—después de decir eso, subió rápidamente a su habitación.

Suiza observó el regalo. Estaba desprolijamente envuelto, y era blandito.

Más tarde, en su habitación, el rubio se acostó sobre su cama (con una colcha con motivos de cabras) y se dispuso a desenvolver el regalo. Tenía una tarjeta que decía la tienda dónde había sido comprado.

Era un pijama de color rosa. Parecía un poco afeminado, pero lucía increíblemente cómodo.

Bueno, no perdería nada por usarlo. Después de todo, nadie lo vería jamás en pijama, y era una de las pocas cosas que demostraban que su hermana le tenía cariño, muy en el fondo.

El pequeño Suiza llevaba al pequeño Austria en su espalda. El austríaco era un poco pesado para él, pero el suizo tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para poder rescatar a aquél que, a pesar de todo, consideraba su amigo. El de cabello negro prácticamente se había echado a dormir sobre la espalda del rubio, con una sonrisa en la cara.

De nuevo te derrotó Hungría—murmuró el suizo—Ay, Austria, eres todo un caso~

Hago lo que puedo.

Eres más fuerte que eso.

Tal vez.

Entonces demuéstralo. ¡Me comienza a doler la espalda! Siempre soy yo el que tiene que cargarte…

Bueno, me gusta que me lleves en tu espalda.

Pero… es demasiado… ¿cuántas veces van? —dijo Suiza, que se había ruborizado.

Creo que cincuenta y un veces.

Cincuenta y dos.

Se hizo un silencio.

Es extraño—dijo el austríaco.

Tú eres extraño.

A pesar de que fui creado para pelear, siempre pierdo en las batallas.

Tal vez pelear no sea lo tuyo.

Pero me crearon para eso.

Las cosas no siempre terminan siendo lo mismo que al principio.

Eso que dices es interesante…

Bueno…

Entonces, se podría decir que al principio tú y yo somos amigos, pero luego podemos ser algo, más, ¿no?

Suiza casi dejó caer a Austria al escuchar eso.

No digas esas cosas—dijo el rubio, sonrojado.

Me refería a que podíamos pasar de ser amigos a súper mejores amigos. No sé en que pensaste.

El silencio volvió a reinar.

La próxima vez te vuelves solo—fue lo único que dijo el suizo.

Siempre dices lo mismo.

La nación suiza abrió los ojos. No entendía porque, de todas las cosas, había soñado con ese recuerdo. Su subconsciente empezaba a jugarle bromas pesadas. No quería pensar en el austríaco, no después de todo lo que había pasado. Intentó formar una de sus sonrisas de siempre, pero le era un poco difícil.

Y hablando de sonreír. Cada vez le parecía que Austria sonreía menos.

Excepto cuando lo miraba a él.

Suiza sabía que siempre lo hacía sonreír.

Liechtenstein miró a su hermano de arriba abajo. No pensó que andaría desayunando con el pijama que le había regalado.

El suizo ni se inmutó de la mirada castaña de su hermana sobre él. Tomaba su chocolate caliente, mientras pensaba en las cosas del pasado.

Austria y él siempre tuvieron una relación cooperativa. Eran buenos amigos. Y entonces, todo se acabó luego del cambio de superiores que sufrió el austríaco. Esos hombres comenzaron a tratar al suizo como territorio austríaco. A Suiza no le había gustado eso, y la larga relación comenzó a quebrarse poco a poco.

Alguien golpeó la puerta. La rubia fue a abrir, y saludó al recién llegado con una sonrisa seductora. Suiza levantó la mirada. Era Alemania.

—Tengo que hablar contigo—dijo el alemán.

—De acuerdo—dijo el suizo, poniéndose de pie.

—Suiza…

— ¿Sí?

—Bonito pijama—comentó Alemania, ahogando una risa.

Liechtenstein terminó de escribir la carta para uno de sus tantos pretendientes. Miró a su hermano, que se encontraba sentado en un banco, observando un lago. Suspiró. Desde la charla con el austríaco, el suizo había estado completamente abstraído en sí mismo. Ya no iba por la calle silbando y tarareando canciones, o paseando por la montaña mientras comía chocolate y buscaba Edelweisses. Tal vez la época de Guerra tampoco se prestaba demasiado para ir por ahí cantando. A pesar de que su hermano Suiza era territorio neutral, sabía que estaba aunque sea un poco envuelto en la Guerra.

La chica fue a tomar asiento junto a su hermano.

—Si te sigues esforzando así, me desmayaré—amenazó ella, y luego tomó la mano de su hermano entre la suya. No era normal que ella hiciera eso, pero comenzaba a hartarle la situación. Los dos tenían las personalidades un poco revueltas en esa época.

Suiza sonrió levemente. Tal vez su hermana escarmentaría y dejaría de querer tirar su niñez de lado.

Pero la forma en la cual ella agarró su mano, le recordó demasiado a cierto austríaco.

Austria y él, de niños, sentados sobre un banco, con sus manos unidas.

Gracias por ser mi amigo—había dicho el austríaco. El rubio simplemente sonrió.

Hizo una mueca de desagrado. Y Liechtenstein bufó. Estaba segura de que el austríaco estaba otra vez en la mente de su hermano.

— ¡¿Por qué tengo que recordar a ese tipo?! —exclamó Suiza, pataleando y golpeando un inocente árbol.

Continuará~


Próximamente: La Silla maldita de Busby ataca. ¡Témanle! A menos que sean rusos, KolKolKol~