Capítulo 25: Siempre 1895
Sherlock Holmes, consultor que hace cucharita, se despierta con el recuerdo de que el cabello de John es muy parecido a John. Corto. Puntiagudo. Con un color miel bajo la luz del atardecer. Por lo menos es parcialmente lacio. Y, si es que la cosquilluda intrusión dentro de las fosas nasales de cierto detective consultor da algún indicio, es empeñado en conseguir alguna unión física con Sherlock.
Despertado por un estornudo indignante contra su nuca, John bosteza, se mueve un poco hacia atrás y envuelve el brazo derecho de su novio contra su cuerpo con más fuerza. A Sherlock le recuerda a un adicto a la adrenalina abrochándose el cinturón para subir a su montaña rusa favorita.
—¿Aún estás allí?
John quiere saber.
—Pensé que soñé contigo.
Sherlock muerde meditativamente la parte posterior de la oreja de John. Parece el tipo de gesto que lo debería ayudar a pensar. Lo hace.
—¿Pesadillas? ¿Ha vuelto tu estrés postraumático?
—Já. Me gusta soñar contigo. No eres exactamente Afganistán.
—En serio —pronuncia Sherlock. Parece una pregunta abierta.
John se da la vuelta, se apoya sobre su espalda, e inspecciona a su compañero de piso. Sherlock alza una ceja, inspeccionándolo también, y John ríe.
Es devastador después de un orgasmo, piensa Sherlock, disfrutando la vista. Débil. Sin afeitar. Sociable. Feliz. Quiero mantenerlo así por siempre.
Sherlock no puede saber si este tren de pensamientos está bien o no está tan bien. Está a punto de cuestionarlo cuando John lo interrumpe.
—Te tengo un regalo —anuncia.
—Ya me has dado un regalo.
Sherlock acerca más a su compañero y le da una embestida intencionada a su cadera.
—Cretino pervertido.
—¿Ese es tu diagnóstico oficial?
—Sí. Te tengo un regalo de todas formas. Uno de verdad, no uno que tenga que ver con mi culo.
—Argh —gruñe Sherlock—. Día de San Valentín. Debería haber… Quise…
—En tu forma estúpida, lo hiciste. Quédate aquí. Es mi turno.
John se dirige a la habitación del ático y regresa con un pequeño paquete rectangular. Cuando regresa, Sherlock está sentado erguido sobre el sofá, murmurando algo sobre el frío y la inconveniencia de cierto médico militar huyendo con toda su fuente de calor. Técnicamente, casi todo el calor era de John, para empezar, pero usar el posesivo en tercera persona con John parecía innecesariamente restrictivo. Sherlock continúa pensando en su compañero de piso y en todas sus pertenencias en el posesivo de primera persona: mío.
John coloca el regalo sobre el regazo consultor de Sherlock. El detective tiene que concentrarse con fuerza en el regalo para evitar que dicho regazo le ofrezca a John su segunda consulta del día.
Papel: el tipo usado en las mesas de exámenes médicos. Cinta: aplicada hace 40 o 48 horas. Moño: carece. Técnica de doblado…
John sonríe.
—Te diste cuenta. Me lo robé del quirófano. No el regalo; sólo el envoltorio. No te hagas ilusiones. No es un globo ocular.
—Los globos oculares son aburridos —dice Sherlock—. Ahora me interesa la vesícula biliar. Vaya, vaya. Un robo insignificante. Dada tus preferencias hasta el momento, no puedo decir que estoy sorprendido. ¿Hay algún crimen que no cometerás en mi nombre? Los compañeros de piso tienen que saber lo peor de uno.
Los amplios hombros Watsonianos se encogen.
—No he notado ningún límite. ¿Debería haberlo?
—No.
Sherlock ladea su largo cuello hacia atrás, invitándolo, y John, más alto que él por primera vez se inclina hacia abajo y lo besa.
El beso termina, Sherlock abre su boca para decirle a John que nunca nadie le había dado un regalo de San Valentín antes. Llega a decir "Yo nunca…" antes de que John lo interrumpa.
—Detente —gime John—. Sólo detente. ¿Tienes alguna idea de lo pronunciado y… variado que es mi fetiche de la virginidad? Todos tus "yo nunca" van directamente a mi sistema límbico. Aquí estás, tratando de mostrarme lo emocionalmente desastroso que eres, y yo solamente quiero tirarme encim tuyo y follarte hasta que quedes ciego. Si alguna vez vamos a levantarnos del sofá, necesitas dejar de excitarme.
Sherlock parpadea cuando las implicaciones de este interés sin descubrir lo golpean. Claramente no todas las variables que constituyen a la ecuación que es John han sido resueltas.
—Tomaré eso bajo consideración —dice con dificultad, su garganta seca.
—Hazlo —dice John—. Vamos, ábrelo.
Sherlock abre el paquete. Allí, a la luz de mediados de Febrero, hay un antiguo cuaderno con una cubierta derruida color rojo sangre. Es el que vio con John por primera vez hace un par de meses, entre las filas de gabinetes oscuros que se erguían como sarcófagos en la subasta de Julien de murderabilia. El nombre escrito en el borde superior es "Holmes".
Sherlock siente una vibración en los alrededores de su laringe.
—Espera, ¿acabas de chillar?
—John…
—En el adulto mayor promedio, las cuerdas vocales miden unos 21 milimetros de largo. Las tuyas, si tuviera que adivinar, deben medir un metro y medio. No debería ser posible que puedas chillar. ¿Debería publicar este nuevo descubrimiento en mi blog, o ir directamente a la revista Lancet?
Sherlock se rehúsa a arruinar lo que está resultando ser un día magnífico al darle a John recomendaciones de donde podría publicarlo.
—¿Tienes idea de qué es esto?
—Algo que querías.
—¿Y algo más que eso?
—¿Más que eso, qué? Lo viste en la subasta, caíste de rodillas en frente de él y empezaste a hiperventilar. Eras… te veías… hermoso.
—Así que no lo sabes. Seguramente que…
—No estaba viendo el libro, idiota. Te estaba mirando a ti. Tu estabas… sin aburrirte. ¿Tienes idea lo hermoso que te ves cuando no estás aburrido? Estabas emocionado, en tu área. Posiblemente enamorado. A decir verdad, esa vez tuve que esforzarme en no meterme dentro de tus pantalones y tocarte contra el vidrio. Estuve celoso por, bueno, meses, pero cuando pensaba lo mucho que te gustaba esa maldita cosa tuve que intentar conseguirlo.
—John Watson, eres…
—¿Increíble? ¿Fantástico? ¿Extraordinario?
—Sí.
John besa la cabeza enrulada de Sherlock.
—Bien —dice—. Tus poderes de observación son asombrosos. Escucha, ¿qué te parece si hago un par de deducciones sobre el regalo que te hice? Me equivocaré en todo y tendrás tu orgasmo habitual de lo ignorante que soy, y luego tendremos queso y galletitas como postre.
—Eres bienvenido a hacerme venir de nuevo, pero difícilmente creo que necesitas persuadirme con el postre. Vamos, deduce para mí. Eres más capaz de lo que crees.
John se sienta en el sofá, al lado de Sherlock, y agarra el cuaderno.
—Es viejo —dice—. Oh, deja de sonreír.
John señala el borde superior.
—El nombre de aquí está escrito con una pluma estilográfica. Hay manchas donde la tinta se corrió.
—Bien. ¿Qué más?
—Es lo suficiente viejo para que la tecnología de la pluma sea incierta, pero lo suficiente nuevo para que no estemos lidiando con un rollo de papiro. La cubierta es de cuero, en cambio ahora se usa plástico. Parece producido en masa, así que es post revolución industrial. Todo pareciera que se cayera a pedazos. Bastante viejo, pero también algo nuevo… ¿del siglo 19?
—Correcto. Y sí, fue producido en masa. Revisa la parte posterior.
John le da vuelta al cuaderno y lee el nombre impreso al final en voz alta:
—J. W. Butler.
—Una compañía papelera que operaba en Chicago. La compañía fue fundada en 1840, pero este tipo de encuadernación no se hizo popular sino hasta 1880. Estos dos hechos respaldan y perfeccionan tus suposiciones.
—Yo nunca supongo —entona John, abriendo sus fosas nasales. Sus ojos canalizan un tipo de locura liberal.
—Cuando succionas tus mejillas, ¿es para imitarme? Porque se ve ridículo.
—No voy a responder eso, princesa.
John pasa un dedo por encima del nombre escrito en el borde superior.
—¿Tu primo de la época de la colonia?
—Ya quisiera. Ábrelo.
John abre el cuaderno.
—Dibujos arquitectónicos. Bueno, garabatos. Eso es extraño.
—¿Qué cosa?
—Un verdadero arquitecto… puede que me equivoque, pero un verdadero arquitecto, ¿no usaría papel para dibujo técnico? Esto no es un dibujo técnico preciso. Es esbozado. Mal hecho. Es un principiante.
—¿Qué te hace pensar que el autor es un hombre?
—Tiene que serlo, ¿no? Mira la forma en la que escribe.
—Eso no prueba que el autor sea hombre. Con ese nivel de ilegibilidad, podríamos estar lidiando con una…
—Eres insufrible, ¿lo sabías? ¿Crees que en los hospitales se puede hacer tiempo durante rondas para hacer un trabajo de campo en caligrafía?
—No pensé nada similar a eso.
—Bien, sabelotodo. Incluso si fuera doctor, es muy probable que fuera hombre. Difícilmente una escuela médica del siglo 19 aceptaba a mujeres.
—Estás que ardes. ¿Qué más?
—Eso es todo.
—No, eso no es todo. ¿A dónde lleva esta puerta?
—A ningún lado. A una pared. Te dije que era un principiante.
—¿Y esta escalera?
—Bueno, se supone que va al primer piso, obviamente.
John pasa la hoja.
—Excepto que no ha dibujado donde termina.
—¿Lo que significa que va a...?
—Ningún lado, supongo.
Sherlock asiente con la cabeza.
—¿Qué es esta marca?
—Bueno, de nuevo, no tiene sentido. Ha dibujado el símbolo para una puerta, pero está en el medio de un pasillo. Es como si lo hubiera puesto en el piso. ¿Quién pone una… Espera.
John se muerde el labio.
—Oh, mierda. A eso te refieres. Es una trampa.
—Imagina que alguien cae en la trampilla. ¿Dónde terminaría?
John rebusca en el cuaderno.
—En una bóveda bancaria.
—Muy fuerte, muy segura, muy pesada. En ese tiempo la gente solía instalar bóvedas en sus sótanos, dado que allí es donde la gravedad quiere que vayan los objetos pesados. Esta bóveda no está lejos del dormitorio principal. De hecho, está justo en el medio del segundo piso. Fíjate que hay una tubería de gas alimentándola directamente. ¿Dónde esperas encontrar la manija de una puerta de bóveda bancaria anticuada?
—Que hijo de puta —murmura John—. Afuera.
—Te dije que eras capaz.
—Sí, pero pensé que estabas hablando de mamadas.
—Eres habilidoso en múltiples disciplinas —aclara Sherlock—. ¿Qué es este espacio aquí?
—Bueno, aparece en el tercer piso, segundo…
John pasa las hojas.
—Primero, planta baja, sótano. No es muy amplio. No lo suficientemente amplio para ser una habitación de todos modos. ¿Por qué continúa colocándolo? Es como si…
John pone una mano sobre su propia boca.
—Mierda. Simplemente… mierda. Es un conducto. Ha conectado todos los pisos con un conducto hacia el sótano.
—¿Por qué haría eso?
John mira a Sherlock a los ojos.
—Porque allí es donde arroja los cuerpos.
Delicioso. John es completamente delicioso. Sherlock deja salir un largo y tembloroso suspiro.
—Si te besara en la boca en este momento, eso sería…
—¿Retorcido? Sí. Realmente lo sería.
—Ah.
Sherlock se inclina hacia atrás y juguetea con sus manos sobre su regazo.
John lo agarra de los hombros y lo besuquea hasta el hartazgo.
—¿Así que nunca has escuchado hablar del Dr. H. H. Holmes, el monstruo de la calle 63?
—Nombre pegadizo, pero no.
—Fue antes de tu época, supongo. Era carismático, elegante. Un doctor. Un mujeriego. Un sociópata. Construyó un hotel del tamaño de una cuadra en Chicago, completo con todos los servicios: bóvedas bancarias que ocultaban las cámaras de gas. Un sótano lleno de tinas de ácido y óxido cálcico. Un crematorio escondido como un horno para hacer vidrio. Implementos de tortura de su propio diseño, incluido el presunto "determinador de elasticidad". Dicen que se inspiró en Poe, quien estaba, después de todo, interesado en métodos de castigo. Es casi muy probable que se haya inspirado en Procusto.
John entona un grave silbido.
—Este determinador de elastiqué. ¿Un potro de tortura?
—Exacto. Habían acres de habitaciones sin ventanas, cada una ofreciendo un ambiente ligeramente distinto en el cual morir. En total habían trampillas, pasillos secretos, escaleras que no llevaban a ningún lugar, y el conducto que los llevaba al sótano. Los vecinos lo llamaban el Castillo. El fiscal lo llamó un laberinto.
Sherlock frunce el ceño. La combinación de castillo y laberinto le recuerda algo, pero no logra recordar qué.
La voz de John lo trae de nuevo a tierra.
—¿Cuántas víctimas?
Qué típico de él, musita Sherlock. Incluso extraños que han muerto hace cien años son considerados compañeros de batalla.
—Las cifras varían. Unos dicen veinte; otros dicen diez veces más que eso. Nadie está completamente seguro. Contó la historia siempre de manera distinta cada vez que le preguntaban, y su castillo de asesinatos se incendió bajo sospechosas circunstancias cuando esperaba su juicio en 1895. Incluso si no hubiese sido incendiado, él no enterró los cadáveres que habían en el lugar. En cambio, limpió los esqueletos con cal y los vendió a sus compañeros médicos. Uno de sus golpes maestros fue conseguir casi doscientos dólares del Hospital Universitario de Hahnemann por el esqueleto de una señora embarazada. También prendió fuego a su mejor amigo, su único amigo, para cobrar el dinero de su seguro. El hombre estaba vivo en ese momento. Holmes luego dijo que la víctima había sido más cercana que un hermano.
John niega con la cabeza.
—Que estupidez lo que hizo.
—El fiscal también pensó lo mismo. Lo interesante es que Holmes tenía sus límites. Hasta donde sabemos, nunca lastimó a ninguna de sus esposas.
—¿Esposas? ¿Cuántas tenía?
—Tres, creo, todas vivían y aún estaban casadas con él cuando fue a juicio. Jamás lastimó a ninguna de ellas. Cuando el juicio se desarrollaba la única vez que lloró fue durante el testimonio de su tercera esposa.
Sherlock se encoge de hombros.
—Sentimental.
—Me alivia que hayan atrapado al hijo de puta.
—Casi no lo hacen. La policía tenía su porción de Andersons incluso entonces. Holmes dejó huellas dactilares en todos lados, pero nadie las buscó. La única razón por la cual fue a juicio fue porque alardeó a alguien sus planes de estafa a los seguros de vida. Al hombre le encantaba tener público.
—¿Estás seguro que no es tu primo?
—Por supuesto. Holmes era su apellido de batalla. Su verdadero apellido era más ordinario.
Sherlock arruga la nariz.
—Mudgett. Yo también me lo hubiera cambiado.
—Sherlock, estoy bromeando. No se parece en nada a ti. En un día malo eres aborrecible, pero nada como él.
—¿Qué te hace pensar que no lo soy?
—Todo. Ayudas a las personas. Me has ayudado a mí. No con los quehaceres, obviamente, y algunas de tus ideas necesitan mejorar, pero me das motivos para estar agradecido que aquella bala afgana no haya caído un poco más a la derecha. Nombra a alguien que es mejor persona que tú.
—Tú.
—Sí, bueno, sabía que dirías eso. Yo no cuento; he desconcertado a tu cerebro con sexo. Tiene que ser alguien que no te suba los niveles de dopamina, feromonas y oxitocina las 24 horas del día. ¿Donovan? ¿Anderson? ¿Tu hermano? Todos tenemos nuestros problemas. Incluso la Sra. Hudson estuvo complacida con que su esposo fuera mandado a la silla eléctrica.
—Sí, y yo fui quien lo mandó allí. A pesar de que aprecio tu optimismo, no lo comparto. Justo antes que me conocieras, estaba empezando a…
Sherlock estira los dedos de su mano y observa los espacios entre ellos.
—Aburrirme, de nuevo. Imprudente. Si no tengo un proyecto que me mantenga ocupado inventaré uno, incluso si es que tengo que trabajar con jeringas y granadas de mano. H. H. era igual. Fácilmente podría ser como él.
—No.
El labio inferior de John se asoma, y Sherlock está temporalmente descarrilado por su parecido a un bulldog. Es más encantador de lo que debería ser.
—Eres mejor persona que lo que crees.
—Admito que soy mejor que lo que era, pero eso en gran parte se debe a tu presencia. No es por ningún mérito mío.
—Te equivocas.
—¿Por qué dudas de eso? Es una fenómeno conocido. El hecho de que estás en mi vida, de que estás observándome, cambia mi comportamiento. Ya sabes lo que dicen sobre la mecánica cuántica.
—¿Parezco alguien que sabe lo que dicen sobre la mecánica cuántica?
Sherlock suspira.
—No creerías que simplemente observar partes de un átomo cambiaría la forma en la que actúan, pero la evidencia muestra que sí. Un electrón observado tiende a comportarse como una partícula. Un electrón no observado es más probable que actúe como una onda. Similarmente, un detective consultor observado…
—Se comporta como un cabrón arrogante, sí. Pero eres mi cabrón arrogante, y eres sensual e increíble, y majestuosamente brillante. No te cambiaría por nada. Y también tu punto es irrelevante. No voy a irme a ningún lado.
Sherlock mira al hombre pequeño y feroz acunado contra él en el sofá y siente algo interesante, algo que no es muy distante a la liviandad y aturdimiento del amor. Le recuerda a la vez en el que usó la parte puntiaguda de un compás para hacerle un agujero a uno de los globos metalizados del cumpleaños de Mycroft. Inhaló todo el helio, y luego pasó los siguientes cinco minutos tratando de prevenir que sus pequeños y regordetes miembros de niño volaran lejos de él.
—Afortunado —dice John, como si leyera su mente—. A cualquiera que le gusten los hombres le gustaría estar justo donde estoy yo, a tu lado. Soy afortunado.
Ah. Está resuelto. Sherlock tira de su compañero de piso para acercarlo y descansa su barbilla contra la rubia cabellera.
Hay una sola cosa que no tiene sentido. El detective simplemente optaría por no preguntar, pero la curiosidad saca lo mejor de él.
—John.
—Sí.
—¿Cómo conseguiste el cuaderno?
Nota de la Autora: El título de este capítulo está inspirado en el poema "221B" de Vincent Starret, el cual dice en cierta parte: "Aquí, aunque el mundo explote, estos dos sobreviven. Y siempre es mil ochocientos noventa y cinco."
