Esta historia pertenece a Linda Howard, al terminar dire su nombre real. Los nombres y descripciones de algunos personajes perteneces a Stephenie Meyer.

El libro contiene desde los primeros caps un alto contenido sexual y de violencia, por lo que si lo leen, ES BAJO SU PROPIO RIESGO :D

El 11 viajare a LA por lo que el fic lo tratare de subir antes del 10 de ese mes

XOXO

Dhampi


Sentimiento de Traición

Bella se despertó la siguiente mañana con el sonido de la llave rechinando en la cerradura. Se incorporó en su nido a cuadros, echándose el pelo fuera de la cara.

Solamente había dormitado durante la mayor parte de la noche, hasta que la fatiga finalmente había pasado factura y hacia el amanecer finalmente se había dormido.

Edward permanecía de pie en la entrada observándola, con cara inexpresiva, y ella se puso de pie con dificultad. Tenía cada músculo rígido y dolorido pero sus piernas en particular no querían cooperar.

—Venid conmigo —dijo él, tendiendo su mano, y ella cojeó hacia la puerta.

Ella caviló que si tan sólo hubiese dicho esas mismas palabras aquella noche en la mazmorra de Cayo, ahora no le dolería por todas partes.

La condujo hacia su alcoba, guiándola dentro con una mano grande, caliente en la parte baja de su espalda. Un fuego brincaba alegremente en la gran chimenea, disipando el frío de la mañana. Una gran tina de madera de forma redonda había sido colocada delante del fuego, y el vapor ascendía finamente del agua que la llenaba.

—Para vos —dijo él, señalando la tina—. A pesar de los golpes que me disteis anoche, vi que os movíais con cuidado. Sospecho que tenéis el trasero ulcerado —ella tomó una respiración profunda, clavando los ojos en ese agua caliente maravillosa.

—Lo tengo.

—Entonces meteos en el agua, muchacha, antes de que se enfríe —él extendió la mano y desató la pañoleta de alrededor su cintura. Bella dio un palmetazo a su mano, echándose para atrás.

—Me puedo desvestir sola —dijo con cautela—. Pero no lo haré con vos en la habitación —esas cejas negras se alzaron elocuentes.

—Vos me visteis desnudo —apuntó—. Y no es como si no hubiera habido ninguna intimidad entre nosotros —ella se sonrojó. Tener una espada acercándose a su cabeza la noche anterior, la había distraído de la vergüenza que esperaba sentir, pero ahora él había sido lo suficientemente amable para recordársela.

—Aquello fue un error — dijo ella llanamente—. No ocurrirá de nuevo.

—No soy de la misma opinión —dijo él suavemente, con su mirada deslizándose hacia abajo por su cuerpo.

Recordando cuán delgado era el vestido que llevaba, le volvió la espalda, su sonrojo poniéndose más abrasador. Él rió entre dientes, y aunque ella no le oyó acercarse estuvo repentinamente justo detrás de ella, tan cerca que podría sentir su calor. Con las puntas de los dedos acarició ligeramente el costado de su cuello, la tierna parte inferior de su mandíbula.

—Os daré privacidad para tomar un baño — murmuró—. Luego Alice traerá sus gachas de avena, y hablaremos —Bella tembló mientras él salía del cuarto. Las primeras dos cosas sonaban maravillosas; la última la aterrorizaba. ¿Hablar? La seducción había estado de su voz, en los pequeños contactos, en la forma que se mantenía de pie tan cerca de ella. Por algún motivo —enfado, sorpresa, sospecha— él no había intentado llevarla a su cama ayer por la noche, pero esta mañana evidentemente había decidido que esa razón ya no importaba.

La deseaba. El pensamiento hizo sus rodillas se debilitasen mientras se desvestía rápidamente y se deslizaba en el agua caliente, gimiendo en voz alta a medida que el calor empapaba sus músculos doloridos. Por debajo de todas sus recelosas preguntas estaba esa conciencia animal aguda entre ellos, forjada durante meses de fantasías compartidas. Él había estado muy excitado durante ese beso devastador. Tenía los mismos recuerdos que ella, de esos sueños. Tal como ella sabía cómo era yacer debajo de él, él sabía cómo era montarla. Yin y yang, ella conocía el movimiento que la estiraba alrededor de su erección, él conocía el deslizamiento caliente y húmedo que le atraía a su interior.

Ella conocía la dureza de sus manos; él, la blandura de sus pechos.

¿Cómo podía resistirse a él? ¿Por Mike, cómo podría no hacerlo? Se entretuvo lavándose vigorosamente, primero su pelo y luego el resto de sí misma.

Apenas había terminado, cuando la puerta se abrió y entró una robusta mujer de pelo gris, llevando una bandeja de madera que tenía un tazón tapado, una cuchara, y una taza.

— ¡Qué cabello! —exclamó, apresurándose a ir a la mesa y colocando la bandeja encima.

Levantando una jarra pesada, llegó al lado de la tina.

—Mi nombre es Alice; administro la casa para Lord Edward. Levantaos, muchacha, y derramaremos el agua limpia sobre vos —Bella sentía su cara calentarse otra vez, pero se puso de pie fuera del agua protectora. Alice vació el agua sobre su cabeza, aclarado los restos del jabón. Recibió una sábana de lino con el cual secarse, y otra, más pequeña para enrollar alrededor de su cabeza. Alice chasqueó la lengua.

—Necesitáis poner carne en vuestros huesos, muchacha. Me encargaré de alimentaros, ahora que estáis aquí. Sentaos, ahora, y comed mientras el porritch está caliente —envuelta en el lienzo, Bella se sentó en el banco y sumergió la cuchara en las gachas de avena. No sabía ni parecido a la harina de avena que había comido antes, estaba enriquecida con mantequilla y leche, y sazonada con sal. Se lo comió todo, y bebió el agua de la taza.

—Estaba buenísimo —suspiró. Después de un año de ausencia, su apetito parecía haber reaparecido.

Alice se había sentado en silencio mientras Bella comía, pero ahora iba de un lado a otro. Pronto Bella se encontró vestida con un blusón de lino suave, más suelto que su vestido de algodón, con mangas cortas, y encima un sobreveste marrón y sin adornos.

Le proporcionaron medias limpias, y zapatos de cuero que se ajustaban mal porque estaban hechos para calzar bien en cualquiera pie. Sus mocasines cosidos a mano fueron descartados para ser limpiados. Luego Alice se dispuso a trabajar en el pelo de Bella, sentándola en el banco delante del fuego y pasando lentamente un peine de madera a través de las hebras mojadas.

—¿Cuál es vuestro nombre, muchacha? — preguntó desahogadamente.

—Isabella, aunque prefiero Bella —el movimiento del peine en su pelo era tranquilizador. Los párpados de Bella casi se cerraban.

—Tenéis un pelo precioso, tan grueso, brillante y suave. ¿Sin embargo tarda un poco en secarse, verdad?

—Algunas veces lo trenzo mientras está todavía mojado —dijo por respuesta.

La puerta se abrió detrás de ella, y reconoció el ruido de pasos calzado con botas.

—Yo terminaré, Alice —dijo Edward, tomando el peine de su mano. Alice se llevó los lienzos mojados y la bandeja cuando salió.

—Date la vuelta —dijo Edward y Bella se dio la vuelta en el banco, poniendo su otro costado hacia el fuego. Él era tan experto como Alice con el peine, deslizando su antebrazo musculoso bajo su pelo y levantándolo, dejando que el calor del fuego lo secarse más uniformemente.

Su latido se había acelerado cuando él entró. Aunque se quedó sentada en silencio mientras él la peinaba, el efecto sedante había desaparecido. En lugar de eso ese sentimiento de ser ultrasensible la había apresado otra vez, tensándole la piel, enviando dolores punzantes a través de sus terminaciones nerviosas.

El pánico comenzó a tensar su estómago. Se había fortalecido contra una seducción a gran escala. Ésta sutil gentileza era mucho más peligrosa para su determinación.

—Pedisteis comida ayer, en las cocinas —dijo Edward en tono de conversación—. Estabais débil por el hambre, sin haber comido durante dos días, dijisteis. Luego desaparecisteis, y nadie os vio durante horas, hasta que entrasteis en mi cámara. ¿Dónde estuvisteis?

—Os lo dije anoche —Dijo ella con tono tan calmado y sin calor como el de él—. Me escondí, y me quedé dormida.

—¿Dónde os escondisteis?

—En una alcoba —ella giró su cabeza para echarle una mirada sobre su hombro—. ¿O pensáis que me transformé en murciélago y me encaramé a vuestro campanario?

—Creag Dhu no tiene campanario —dijo él divertido—. Decidme donde habéis estado durante dos días, si dejasteis el Torreón Hay apenas me fui yo. ¿Por qué vinisteis aquí? Creag Dhu es para forajidos y hombres sin clan, no para muchachas adorables con manos suaves como las de un niño.

—No pude escapar de inmediato —Bella explicó—. Tuve que esconderme en el granero durante varias horas, hasta que todo el mundo se durmió otra vez. Robé un caballo, pero había niebla... me perdí. —ella giró otra vez, esta vez para mirarle furiosamente—. Si vos no me hubierais dejado atrás, no me habría perdido.

—Quedaos quieta —ordenó, girándola de nuevo—. Vais a hacer que os tire del cabello —el peine reanudó sus pasadas a través de su pelo—. En cuanto a que no os traje conmigo, la razón es la pregunta que os hice y que vos no respondisteis. ¿Por qué vinisteis aquí? Anoche dijisteis por comida, y refugio, pero cuando vinisteis aquí ni siquiera intentasteis pedirme esas cosas a mí —ella guardó silencio, buscando una respuesta plausible. No podía decirle que por los sueños, porque en la mayoría de los casos habían sido de naturaleza abiertamente sexual, y no hacía todavía una hora que le había rechazado.

—Además había otro refugio, más cercano que dos días cabalgando, si eso era lo que queríais en realidad —continuó suavemente—. Y una vez que estuvisteis aquí, todo lo que teníais que hacer era preguntar por mí, en lugar de engañar para entrar en el castillo. Si pensasteis que os rechazaría, muchacha, entonces vuestro empeño de venir aquí no es muy lógico. Todavía tengo la misma pregunta. ¿Por qué Creag Dhu? —él era implacable, y se había dado cuenta de todos los fallos en su lógica. No había venido a esta época esperando que todo el mundo fueran bárbaros ignorantes, a los que pudiera aventajar con facilidad, pero a pesar de todo estaba totalmente desalentada por la naturaleza sofisticada de su razonamiento.

Edward no estaba en desventaja aquí. Ella lo estaba, tropezando con sus propias acciones. Él estaba en lo cierto. Simplemente acercándose a la entrada y preguntando por él habría sido mucho menos sospechosa.

Agachó la cabeza, mirando sus manos retorciéndose juntas en su regazo.

Toqueteó su anillo de boda, y por una vez trató deliberadamente de traer la imagen de Mike a su mente. Le necesitaba ahora, sentada aquí delante del fuego con las suaves manos de Edward el Negro en su pelo.

Pero era difícil concentrarse, y no podía juntar los detalles.

—Estaba demasiado avergonzada —barbotó. El peine se detuvo.

—¿Lo estáis, ahora? —la voz profunda era poco más que un susurro. Él deslizó su mano alrededor de su cuello, bajo su pelo, y ella dio un brinco por la sorpresa. Él canturreó algo tranquilizador en gaélico, y su pulgar comenzó a frotar su nuca—. ¿Por qué os di placer, en la mazmorra? Admitiré que estaba un poco sorprendido, pero luego lo disfruté enormemente. A un hombre le gusta que una muchacha tiemble y gima en sus brazos —ella temblaba ahora, tanto en respuesta al recuerdo como a la caricia del pulgar en su cuello. Él desplazó su mano apenas un poco, para rozar y masajear los tendones que unían su cuello y su hombro, y ella contuvo un gemido. El deseo estalló profundo en su vientre, entre sus piernas, y en sus pechos tensos. Era un hombre peligroso que conocía la sensibilidad del cuello de una mujer, donde una caricia era como un rayo a través de su cuerpo. Un contacto en el pecho era más íntimo — sino que un toque en el cuello era más seductor. Edward sabía bien lo que estaba haciendo.

Ella trató de controlar su respiración, la cual llegaba en pequeños e irregulares chorros.

—No lo estoy. Pero... ¡apenas nos habíamos conocido! —él se rió, un sonido suave completamente varonil y confiado.

—Eso no es verdad. Habéis estado en mi cama muchas veces —ella hizo acopio de fuerzas, tratando de inyectar una nota de firmeza en su tono.

—Eso eran sueños, no realidad.

—¿Lo eran? Cuando despierto con mi simiente saliendo a chorros de mí, lo que siento es malditamente real para mí —las palabras estaban llenas de irónico sentido del humor masculino.

La respiración de Bella quedó apresada en una oleada de anhelo tan abrupta e intensa que era como un dolor. Quería sentirle dentro de ella, quería sentir esa tensión poderosa de su cuerpo y que se convulsionara mientras ella le mantenía cerca, quería observar su cara.

—¿Te gusta esa idea? Tus pezones se han puesto tan duros como pequeñas bayas —ella no era la única excitada. Lo podía escuchar en el ligero espesamiento de su acento.

Cerró sus ojos y por un momento el único sonido fue el de sus respiraciones, rápido y errático.

El peine fue tirado a un lado y él pasó por encima del banco para quedarse de pie delante de ella. Sus manos se deslizaron debajo de sus brazos, poniéndola de pie. Ella clavó la mirada en el pulso que latía en la base de su fuerte garganta.

—Ven conmigo a la cama —murmuró, rozando su espalda ahora, cada caricia impulsándola sutilmente más y más cerca de él. Sus pezones hormigueaban de anticipación. Más cerca... sus cuerpos se tocaron, y ella tragó una boqueada.

—No. Yo... —su negativa desarticulada se desvaneció, olvidada a medida que sus brazos se cerraban alrededor de ella, la levantaban de puntillas para juntarles más firmemente.

—No os haré daño —ella sentía su respiración caliente en su oreja mientras él mordía el lóbulo, y lamía la pequeña depresión debajo.

Ella sabía que probablemente se lo haría, aunque no deliberadamente. Le había visto desnudo, aunque había intentado no pensar obsesivamente en eso. Le había sentido en sus sueños. Su gran tamaño no se limitaba a su altura. Para su consternación, el pensamiento de tal incomodidad íntima no era el elemento disuasivo que ella hubiese preferido.

Sus manos se aplastaban contra su pecho, y ella tenía que mantener los puños cerrados para evitar que se deslizasen alrededor de su cuello. Hasta una rendición tan pequeña sería un paso más allá del límite, porque estaban ambos temblorosos, asombrados, ella sentía el temblor de ese cuerpo firme, resultado de una necesidad feroz estrechamente contenida.

—Muchacha... —su boca se deslizó por la parte inferior de su mandíbula, sembrando besos pequeños a su paso.

Sus manos no conocían límites. Se pusieron alrededor de su trasero, levantándola para conseguir un contacto aun más cercano.

Su erección empujó con fuerza contra la unión de sus muslos.

Mike. Con desesperación Bella se retorció y escapó hacia el otro lado de la mesa, una barrera frágil de la que él podría deshacerse con un ligero roce de su mano si así lo quería, pero ella sabía que él no la forzaría. Seducirla, sí, con su devastadora técnica de alternar sutileza con atrevimiento. Tampoco era un hombre que encontrase la fuerza deseable o necesaria.

Él estaba muy quieto, la observaba por debajo de sus pesados párpados. Ella juntó sus manos, girando su anillo de boda una y otra vez, usando el pequeño símbolo para tener presente la lealtad y la traición. El anillo le quedaba tan flojo ahora que se preocupaba por perderlo, y había desarrollado la costumbre de tocarlo para asegurarse de que estaba todavía allí.

Él esperaba.

—Soy viuda —dijo, diciendo a la fuerza la palabra. Su garganta se constriñó, y tragó—. Mi marido es el único hombre que hay en toda mi vida — se detuvo, y no pudo decir más. No le hizo falta.

—¿Le amabais entonces? —ella tragó otra vez por su rápida comprensión.

—Sí —las palabras fueron casi inaudibles.

Él dio la vuelta a la mesa. Ella se mantuvo firme, aunque quería escapar. Edward le tocó la cara, con un asomo de sonrisa en sus labios firmemente moldeados, y comprensión en sus ojos oscuros.

—Esto es nuevo para vos, desear a otro hombre. Pensáis que es una traición hacia él que vuestro cuerpo, que sólo lo ha conocido a él, se acelere contra el mío.

—Lo es —murmuró ella.

—Pero vinisteis aquí, sabiendo cómo es entre nosotros. Vuestro cuerpo está preparado. Vuestra mente necesita un poco más tiempo —él se inclinó y la besó en la frente—. No os forzaré, muchacha, pero no os dejaré por mucho tiempo en una cama vacía. Os gustarán mis besos, y mi contacto, mientras vuestros pensamientos se tranquilizan —ella pensó que él la besaría entonces. Sus labios se separaron en previsión de la presión, el sabor, la fiereza. En lugar de eso él dejó caer su mano y anduvo con paso descansado hacia la puerta, su cuerpo alto, musculoso tan grácil como el de un bailarín—. Me gustaría pensar que vinisteis a Creag Dhu por mí, y por lo que ambos deseamos —Él habló en inglés preciso ahora, sin el leve ronroneo de su acento escocés—. Pero si la gratitud no me convierte en tonto, la lujuria tampoco. Hasta que sepa vuestra verdadera razón para estar aquí, no tendréis libertad dentro de mi castillo. Alguien estará con vos en todo momento durante el día, y de noche estaréis encerrada dentro de vuestra cámara o —hizo una pausa, y sus ojos verdes brillando intensamente—. O dentro de la mía.