CAPITULO 23

El caballo de James se sobresaltó y saltó hacia un lado, relinchando nerviosamente, pero su jinete lo tranquilizó con un hábil tirón de riendas.

Un rayo partió el cielo en dos, y cayó en el campo baldío que había a su izquierda. Una nube de polvo se levantó en el punto de impacto de la descarga eléctrica. Las nubes, antes blancas, se habían oscurecido rápidamente, hasta convertirse en una cadena de algodón sucio que serpenteaba hacia ellos desde la izquierda. El viento comenzó a soplar con fuerza, y mientras sus silbidos crecían en intensidad, las tropas se aquietaron.

De repente, Alec detuvo a su animal, esforzándose por otear la gran extensión de tierra baldía.

James siguió la mirada de su hermano. El campo vacío se extendía hasta el oscuro horizonte gris. El fin de la tierra baldía no estaba a la vista por ninguna parte. Un trueno resonó encima de sus cabezas y un punto oscuro apareció en el horizonte, claramente visible contra el impoluto cielo gris.

Un rayo iluminó de nuevo el firmamento, esta vez en lo más alto, y el trueno que siguió pareció un toque de alerta al ejército. El punto negro en el campo creció hasta que pudieron ver que se trataba de un caballo, un caballo cuyo jinete lo obligaba a galopar sin descanso.

El estallido de otro trueno hizo que algunos caballos levantaran las patas delanteras, arremetiendo con ellas contra el aire turbulento.

El jinete continuaba galopando hacia ellos, acompañado por el brillo de los relámpagos, saludado por truenos ensordecedores.

James sacó su espada y, al salir de la vaina, el metal silbó en el aire como una serpiente en el momento del ataque.

—Al demonio lo recibimos con la muerte.

—¡Espera! —dijo Alec, agarrando las riendas del corcel de James para impedir que se moviera—. Conozco ese caballo.

James volvió la vista hacia el jinete y, lentamente, los rasgos de su cara indicaron que lo había reconocido.

—Dios mío —murmuró.

Un nuevo trueno resonó en el cielo cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a aporrear la tierra.

El jinete se detuvo a menos de veinte pasos de James. Su blanco caballo de guerra piafaba en señal de desafío.

Durante un largo rato nadie se movió, hasta que James volvió a envainar la espada, parpadeó para quitarse la lluvia de los ojos y murmuró:

—Bienvenida, Ángel.

Isabella se quitó el yelmo. Lo notó resbaladizo; el metal estaba frío y húmedo a causa de la lluvia, ahora intensa. Con reverencia, colocó el yelmo en el suelo, al lado de la estera que le serviría para dormir. Alec le había sugerido que, si al final iba, compartieran su tienda, y ella había aceptado. Después de días de continuo cabalgar, le dolían hasta los más pequeños huesos.

El ejército había llegado a Rouen poco antes del atardecer. Ella se quedó con los hombres para levantar el campamento mientras sus dos hermanos iban a la aldea a buscar al condestable Charles d'Albret, el comandante del rey que dirigía la lucha contra los ingleses.

Isabella se dispuso a desatar las correas de cuero que sostenían las protecciones metálicas de sus hombreras.

Alec no le había preguntado qué estaba haciendo allí, y James ni siquiera le había dirigido la palabra.

Tras quitarse las protecciones de los hombros, procedió a hacer lo mismo con las de los brazos. Era difícil quitarse la armadura sin la ayuda de un escudero, pero no podía pedirle ayuda a nadie. Su orgullo no se lo permitía. Y al no saber lo que el destino le tenía reservado, había preferido dejar a Mel y a Gavin en el castillo.

Finalmente, quitó la última capa de su armadura: la cota de malla. Isabella no había sido invitada a la reunión con el condestable y, en cierto sentido, se alegraba de ello. Si él también sospechaba que ella era una traidora… Ya había sido suficientemente duro cabalgar al lado de los hombres, a muchos de los cuales conocía desde hacía muchos años, y ver que se burlaban de ella. Había percibido el continuo cambio de posición en las filas, el constante apartarse cada vez que ella se les acercaba, y había visto que la gente que solía respetarla ahora la miraba con amargo desprecio.

Isabella desenvainó la espada y, al girarla, vio que su cara se reflejaba en la superficie del frío metal. El pelo le caía hasta la cintura, enmarañado y lleno de sudor y de polvo. Alrededor de sus ojos se dibujaban anillos de preocupación y el cutis parecía de lino. ¿Cómo podía haber pensado Edward que ella era bonita? Recordó cómo sus fuertes brazos la estrechaban y cómo su aliento masculino le calentaba las mejillas y el cuerpo entero. Y sus ojos. Cómo brillaban de deseo al recorrerla, inflamándola de pasión con el resplandor de sus pupilas.

De repente, la recorrió un escalofrío. Sintió que unos ojos la miraban.

Unos ojos encendidos por el deseo. Suspiró y levantó la cabeza.

Pero la tienda estaba vacía.

Durante un momento, había creído que Edward… Fantasmas.

Sacudiendo la cabeza tristemente, volvió a mirar su arma. La empuñadura estaba fría, el filo agudo. No era, sin embargo, un consuelo. No podía amarla, y ella tampoco podía devolverle amor. Ya no, porque ahora la imagen de un hombre se le había grabado en el corazón. Su piel ansiaba sus caricias, su corazón ansiaba su presencia.

«¿Qué estoy pensando? ¡Está muerto! Nunca más lo veré».

Isabella se recostó en la estera que le servía de cama e intentó dormir. Pero la cara del Príncipe rondaba en la oscuridad, justo encima de ella, como lo había hecho desde que saltó por la ventana. Esa noche, una inquietante sensación en la parte baja del abdomen le haría imposible conciliar el sueño.

Un sonido amortiguado. Isabella se apartó instintivamente de él. A través de la oscuridad, vio los contornos ensombrecidos de un hombre y el resplandor de la hoja de una espada que se clavaba en las mantas, a pocos centímetros de ella.

Isabella saltó del lecho, mirando cómo el hombre retiraba la espada de las mantas y se le enfrentaba como una cobra dispuesta a morder en cualquier momento. Dirigió la vista hacia la estera, en busca de la espada que yacía debajo. Dio un paso atrás, esperando que el intruso se alejara de su arma. Aun en la oscuridad, Isabella podía ver el odio que brillaba en aquellos ojos. El hombre se enderezó y se puso de pie sobre la estera.

—Traidora.

El gruñido salió de la oscuridad como una flecha, perforando el corazón de Isabella. Al seguir retrocediendo, el hombre sacó una daga y la embistió. Ella pensó que estaba preparada para esquivar la arremetida, pero el cuchillo logró hacerle un corte en la mano y un dolor agudo le atravesó el brazo. Rápidamente apretó la mano contra la herida abierta y continuó retirándose hacia atrás. Había subestimado los reflejos del intruso.

Debía olvidar el dolor, debía controlarlo, se dijo en silencio. Sólo tenía que llegar hasta donde estaba su espada. Vaciló un momento ante la mirada del intruso y, como era previsible, el hombre se le acercó para matarla. Ella golpeó el brazo que sujetaba la daga con su puño ensangrentado y le enterró una rodilla en el estómago antes de darse la vuelta y lanzarse sobre su espada.

Rozó con los dedos la empuñadura metálica de su arma. ¡La tenía!

Entonces el hombre la agarró del pelo, echándole la cabeza hacia atrás.

Ella soltó un pequeño grito al ser alejada de su espada, con la mano vacía.

Entre aguijonazos de dolor, oyó el crujido de la cortina de la tienda al abrirse. Luego escuchó el choque del metal contra el metal y, de repente, el dolor se había ido. Isabella saltó hacia delante cuando el hombre le soltó el pelo, logró empuñar la espada. Se dio la vuelta y se irguió con el arma en posición de combate.

Dos eran ahora las sombras que se recortaban contra la tienda blanca. El brazo con el cual James sostenía su arma estaba extendido, y la punta de su espada se alojaba en el pecho del hombre desconocido.

El atacante se desplomó.

Una sensación de alivio la inundó de manera tan completa que por un momento se olvidó de las dolorosas pulsaciones de su brazo, y sólo cuando el dolor volvió a hacerse presente se acordó de que estaba herida. Soltó la espada, se agarró la mano y se sentó pesadamente sobre la estera.

James sacó su espada del pecho del intruso y miró a Isabella.

—¿Por qué tuviste que venir aquí? ¿Por qué te has unido a mi ejército? —le preguntó con rudeza.

Isabella lo miró desconcertada.

—¡Sabías que esto iba a pasar! —continuó diciendo su hermano—. Los hombres ya no confían en ti.

Había sido advertida por su padre, pero no había querido admitir que uno de sus propios soldados pudiera querer matarla. El dolor era insoportable.

—Dime tú, ¿por qué permitiste que me uniera a tu ejército? ¿Por qué no me enviaste de nuevo a casa?

James encendió una vela y su pálida luz iluminó la tienda. No hizo caso a la pregunta de su hermana.

—¿Por qué no te fuiste a un lugar seguro? ¿Por qué no te marchaste con Kate y su marido?

—¡Sabes muy bien que eso no podía hacerlo! —gritó ella—. ¿Cómo puedes pedirme que me interponga entre Kate y su marido? —gritó, apretándose la mano en medio de una mueca de dolor.

James se le acercó.

—Estás herida, Isabella.

Ella miró la mano y se alejó.

—No es nada —contestó con terquedad.

James miró al hombre muerto, sacudió la cabeza y se dirigió a su hermana.

—Aquí no hay sitio para ti —dijo con la voz calmada.

—Eso ya me lo has dicho —contestó Isabella.

James fue hasta una mesa cercana, retiró una servilleta de lino que había sobre su superficie y se la entregó a la joven.

—Si no hubiera pasado por aquí casualmente, estarías muerta.

Isabella recibió la servilleta y distraídamente se limpió la sangre.

—Y si me caso con el conde Dumas, el resultado será el mismo.

Los ojos azules de James bailaban a la luz de la vela cuando la miró y le dijo:

—Preferiría que te unieras a mi ejército antes de casarte con ese viejo ermitaño.

Isabella levantó los ojos, sorprendida, hacia su hermano, y cuando el desconcierto se desvaneció, apartó la mirada.

—No iré al castillo de los De Swan, ni siquiera después de la guerra —anunció.

—¿Y qué harás, entonces? —preguntó James con una mezcla de incredulidad y rabia en la voz.

—No soy una inútil. Viviré de mi habilidad.

—¿Te volverás una mercenaria? —preguntó él con disgusto—. Nadie te contratará. Nadie contratará a una traidora.

—¡No puedo regresar!

—No volveríamos a verte de nuevo —respondió él en voz baja.

James tenía razón. Nunca más volvería a ver a su familia, a menos que, por alguna casualidad, Alec o James entraran al servicio del mismo señor que la había contratado a ella. Tragó saliva con dificultad.

—Debes decirle a Kate que la echaré de menos. Y que no soy una traidora.

James trató de mirarla a los ojos, pero ella lo esquivó.

—¿Crees que vas a morir en la batalla contra los ingleses?

—Si no me derriba un caballero inglés —sonrió Isabella con tristeza—, uno de nuestros propios hombres me apuñalará por la espalda.

—¡Entonces no luches, vete! —replicó James con furia.

Isabella se quedó mirándolo, extrañamente pensativa.

—Tengo que hacerlo —respondió—. Tengo que luchar como nunca antes he luchado. Tengo que derribar a cuantos enemigos sea posible derribar. Es la única manera de recobrar mi honor.

—No tienes que hacerlo —dijo James, agachando la cabeza.

—Sólo desearía poder convencerte de que nunca he traicionado a nuestro reino.

James apretó los dientes, pero cuando levantó los ojos hacia ella, Isabella vio una cosa extraña. Los ojos azules de su hermano, tan parecidos a los suyos, estaban llenos de lágrimas. Quedó tan sorprendida que no pudo decir una palabra.

James se irguió en toda su estatura, hasta quedar muy por encima de ella. Asintió con la cabeza y se dio la vuelta, caminando hasta la entrada de la tienda. Salió, y sólo después de que lo hiciera, Isabella se preguntó si sus lágrimas eran de remordimiento, de culpa o simplemente de amor y pena.

Tres semanas después, Isabella tenía al ejército francés a sus espaldas: cincuenta mil hombres que bloqueaban el camino a Calais. Cuando los ingleses se aproximaron, los caballeros franceses se pusieron sus relucientes armaduras y desplegaron sus banderas, que rápidamente se inclinaban ante las arremetidas constantes del viento y de la lluvia.

Isabella estaba montada en su blanco caballo de batalla, cuyos cascos, al salpicar en su elegante marcha, le habían manchado de barro la capa. Los ingleses se desplegaban sobre la planicie que tenía ante ella, igualmente empapados por el aguacero. Estimó que serían unos diez mil hombres en armas. Durante un instante recordó a Edward sudando bajo los efectos del polvo de la verdad…, cuando le había dicho que no había sino cinco mil de aquellos soldados. Isabella frunció el ceño. Un mal presagio se instaló, como un peso tremendo, en la boca de su estómago. ¿El rey Enrique había recibido refuerzos? Esa debía de ser la respuesta. ¿De dónde más podían venir los hombres adicionales? Sin embargo, en número de soldados el ejército francés seguía siendo cuatro o cinco veces mayor.

—¡Los aplastaremos como a insectos! —anunció el conde de Alençon blandiendo el puño amenazadoramente hacia los ingleses.

Sus palabras fueron seguidas por más amenazas de venganza, de muerte y de tortura. Por el campo se extendió un auténtico clamor. Isabella no se sumó a las voces guerreras. Miraba silenciosamente al enemigo. Había algo en aquella situación que la inquietaba. Podía ser la manera tan calmada en que los ingleses miraban a los franceses, o podía ser la actitud arrogante de los soldados que la rodeaban, una excesiva confianza que fácilmente podía conducirlos a la derrota. Una sensación de fatalidad se apoderó de ella. Era tan intensa como el hedor de la guerra, y luchó por deshacerse del extraño sentimiento.

—Hoy no atacarán —le dijo Isabella a Alec.

Alec miró hacia la puesta del sol, oculto tras nubes grises.

—Creo que tienes razón.

—Deberíamos acampar en Maisoncelles.

—Deja que los hombres duerman donde están —intervino James—. Esperaremos las primeras luces del día.

—Que así sea —replicó Alec, y empezó a cabalgar por el campo, pasando la voz.

Mientras las banderas y demás enseñas eran enrolladas en sus respectivas lanzas y los caballeros comenzaban a quitarse las armaduras empapadas por la lluvia, Alec regresó al lado de Isabella, espoleando su caballo hasta quedar junto a ella.

—Estás temblando —le dijo—. Deberías quitarte esas ropas mojadas.

Isabella apenas lo oyó. Sintió que su caballo se resbalaba y miró hacia abajo. Una gruesa capa de lodo amenazaba con tragarse las patas del animal, cubriéndole los cascos.

Observó con atención el campo y vio que el suelo estaba en todas partes húmedo y que los hombres y sus caballos, mientras iban de un lado para otro, creaban todavía más barro. A sus costados se elevaban varias hileras de árboles gigantescos cuyas ramas más altas parecían vigilar el campo como si estuvieran ansiosas de ver la batalla que iba a comenzar tarde o temprano.

—Este campo no es apto para combatir a los ingleses. Deberíamos retirarnos hacia un suelo más sólido —dijo Isabella al tiempo que Alec, en silencio, inspeccionaba los alrededores—. El suelo está resbaladizo, y con el peso de nuestras armaduras, por no hablar de nuestros caballos, me temo que tendremos problemas.

—Los hombres del rey Enrique han recorrido un largo camino— contestó Alec—. Están cansados y lejos de sus casas. Serán fáciles de derrotar.

—El campo es demasiado estrecho y nuestros hombres están demasiado apretados los unos contra los otros —musitó Isabella—. Tendremos problemas para maniobrar y utilizar a nuestros arqueros. No sé en qué está pensando el condestable al aceptar la batalla en este sitio.

—Estoy en desacuerdo contigo. Con todos nuestros hombres, ¿cómo podemos perder?

Su hermana lo miró con la frente arrugada.

—No te preocupes, Isabella. El día de mañana nos traerá la victoria.

«Esta arrogancia será la perdición de los franceses», pensó Isabella.