Esa noche sería la indicada. A Dieciocho se le quedaban cortas las caricias y los besos, le aburría el que Krilin parara el camino de las manos traviesas que querían conocer la piel de su compañero. Se había propuesto para esa noche ser la que marcara el ritmo a seguir.
Esperó pacientemente a que el anciano se despidiera para dormir y que ellos se quedaran a solas en la sala de estar, e hizo como si se quedara viendo un insulso programa en la televisión, con gente absurda mostrando talentos absurdos.
Los minutos pasaban. Krilin llevaba más tiempo del habitual recogiendo los chismes de la cocina y le daba la impresión de que la estaba evitando, ya que desde última hora de la tarde lo había observado algo distraído y tenso. Forzaba su sonrisa en una demasiado afectuosa cuando, un instante más tarde, le rehuía la mirada y fingía no estar pendiente de ella.
Se levantó de su sitio y fue hasta él, que le daba la espalda y recolocaba innecesariamente una pila de platos que previamente había quitado de donde los estaba poniendo de nuevo.
Él, por su parte, pensaba en la conversación telefónica que había mantenido con Bulma por la tarde, poco antes de la cena. Se había dispuesto a cocinar unas delicias de pescado y gambas cuando el teléfono hubo sonado, y había apagado el fuego rápidamente antes de haber ido a contestar, pues supo que su maestro no lo haría y que Dieciocho, aunque se encontraba en ese momento el baño, tampoco habría respondido si no hubiera sido así.
—¡Hola, Bulma! ¡Qué de tiempo sin saber de ti! —le había dicho al descolgar el teléfono.
—Y más tiempo que podrías pasar sin saber... ¡si no te llego a llamar yo!
El anciano Roshi, frente al televisor, como de costumbre, había mirado por detrás de los cristales oscuros de sus gafas el brinco que había dado Krilin entonces.
—Bueno, y ¿qué tal estáis todos? Trunks debe ser ya todo un hombrecito —había respondido él, habiendo pasado por alto el reproche de su amiga.
—¡Oh, muy bien! Trunks está guapísimo y más fuerte cada día. ¿Sabes que está aprendiendo a volar? ¡Si ni siquiera se le entiende bien cuando habla! —había dicho entre risas—. Gracias por preguntar. Dime, ¿cómo van las cosas por ahí? Me ha dicho un pajarito que Dieciocho sigue viviendo allí y que vais en serio...
—Te lo ha dicho Yamcha.
—¡Claro que me lo ha contado él! —había exclamado la científica—. Pero como no me fiaba de él porque tiende a exagerar las cosas, he querido preguntarte directamente.
—Ah, claro... Pu-pues, verás, sí que es en serio...
—¡Qué buena noticia, Krilin!
El nombrado se había separado el auricular del oído para evitar el impacto de la voz de Bulma.
—Gracias, Bulma.
—¿Hay planes de boda, entonces? —había querido saber la del pelo azul.
—Aun no... No... No estoy seguro.
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo es eso posible?! —había gritado Bulma desde el otro lado y Krilin sudaba por la frente por el respeto que le infundía su amiga cuando se indignaba—. Al menos se lo habrás pedido ya.
—Todavía no.
—¡¿Y qué te retiene?!
Krilin había suspirado.
—Porque no creo que le guste la idea y no quiero que me rechace.
—Por Dios, Krilin, llevas esperando esto toda tu vida —le había animado—. Sólo lo sabrás si se lo preguntas. ¿Habéis sacado el tema, al menos?
—Estoy en ello —había dicho de forma escueta el guerrero. No quería que la conversación saliera de entre ellos dos.
—De acuerdo, pero no te demores, que aunque yo no me case tengo ganas de una buena fiesta —había dicho y Krilin se la había imaginado al otro lado guiñando un ojo—. Cuenta conmigo para lo que necesites, ¿de acuerdo?
—Gracias, Bulma. Así lo haré —había dicho y se hubo despedido luego—: Hasta pronto.
Luego de esa charla, había pasado el resto de la tarde y parte de la noche, pensando en cómo pedirle su opinión a Dieciocho con respecto a eso, de mil y una formas. Sin embargo ninguna le convencía de evitar un desplante o una burla hiriente de ella.
Le daba vueltas, entonces, mientras movía sin sentido unos trastos en la alacena, a la fórmula más eficiente, la que menos dolor le causara en vista a un más que probable rechazo de la idea, cuando se vio envuelto por los brazos de su amada, que se extendían desde sus hombros y se cruzaban sobre su pecho para atraerlo al de ella.
Se quedó estático cuando estaba dispuesto a tomar otro plato al que subir al armario, sintiendo el aliento de Dieciocho detrás de la oreja y el cabello de esta haciéndole cosquillas en la parte posterior de la cabeza.
—Di-Dieciocho, no te he sentido llegar —se disculpó azorado.
—Lo sé, quería pillarte por sorpresa —dijo ella con un tono de voz exclusivo para él, sin elevarlo una décima más de lo necesario—. No me haces caso desde hace un rato.
Krilin tragó saliva. El rubor cubría su rostro hasta las orejas y una terriblemente cálida y placentera sensación se le instaló en el bajo vientre. Ya sabía a lo que venía Dieciocho y cada vez le costaba más darle evasivas a la hora de complacerla, porque nunca era suficiente. ¿Se debería a eso de poseer energía infinita? Desde luego, esa característica tenía muchos inconvenientes si se detenía a pensarlo.
—Im-Imposible, sabes que vivo pendiente de ti —replicó con la voz entrecortada.
Ella rio suavemente, haciendo que la piel del cuello de su novio se erizara en respuesta.
—Por eso mismo —rebatió ella y, con un toque liviano, pegó los labios al borde de su oreja. Se obligó a no reír cuando notó que el cuerpo de Krilin temblaba bajo su abrazo—, siempre lo haces y noto perfectamente cuando haces por ignorarme.
La androide lo estrechó un poco más fuerte y comenzó a repartirle escuetos besos detrás del oído y en la base de la mandíbula.
Ya casi lo tenía, Krilin se deshacía debajo de su cuerpo y tenía ese gesto de abandono total que tanto adoraba. Sólo quedaba no dejarle ni un momento de respiro, privarle de la lucidez necesaria para rechazarla. Realmente, no entendía porqué lo hacía, si se veía a leguas que tenía tantas ganas como ella, pero si se descuidaba, componía ese gesto compungido tan encantador que le dolía negarle algo, aunque fuera lo que ella más deseaba. Sin dudas, eso no pasaría esa noche.
O no...
—Di-Dieciocho —susurró sin hacer que la otra se detuviera—... Lázuli.
Entonces se detuvo, fastidiada porque aquello debía ser importante y, a todas luces, daba a entender que aquella noche tampoco sería la noche. Se separó de él, se cruzó de brazos y se puso seria:
—¿Qué pasa?
Él se dio la vuelta, con la sangre bullendo alocada en su organismo, pero con el miedo de no saber cómo empezar a contarle lo que quería. "Le he cortado y se ha enfadado. Mal asunto", pensó.
—Sólo —dijo finalmente—... sólo quería saber qué opinas sobre... —murmuraba mientras juntaba los dedos y fijaba la vista en ellos. Era realmente difícil.
—¿Sobre qué? —se impacientó Dieciocho.
Krilin la miró con un poco de miedo. Sería mejor que lo soltara de una vez, pues su humor iba empeorando por momentos.
—Sobre el matrimonio —dijo apretando los párpados, como lanzando una patata caliente que le abrasara las manos.
—¿Matrimonio? ¿Me estás pidiendo que me case contigo?
—¡No, no! —se apresuró a decir Krilin antes de escuchar una respuesta desagradable a una pregunta no formulada—. Me... Me gustaría saber qué opinas al respecto —dijo. "Pues no era tan difícil", pensó más aliviado.
Dieciocho entornó los ojos, comprendiendo la raíz de la pregunta y lo nervioso de su comportamiento ese día. No tenía sentido que le consultara acerca de nada que no tuviera en mente, además le parecía que a Krilin esa idea le hacía especial ilusión, así que decidió que sería entretenido torturarle un poco. Sólo un poquito.
—Qué tontería —respondió—. Es una pérdida de tiempo, ¿qué diferencia hay entre estar casada y no para una pareja?
Por mucho que se hubiera temido una contestación similar, su reacción inmediata e inconsciente fue palidecer. Luego del shock inicial, fingió una sonrisa y se rascó el cuello, avergonzado.
—Ya me lo parecía a mí —dijo él tratando de hacer más liviana en su pecho la confesión de Dieciocho—. S-sí, es cierto, no debe haber ninguna diferencia, je, je —"Salvo el compromiso verdadero y el querer formar una familia", se dijo.
—Eso es —coincidió ella, sonriendo taimada—. Y, ahora... ¿por dónde iba?
Descansó los antebrazos sobre los hombros de su chico y se inclinó sobre él para retomar la tarea pausada de seguir sembrando de besos la parte inferior de su rostro, con lentitud, hasta llegar a sus labios, pero él no la correspondía con la efusividad de costumbre.
Estaba profundamente decepcionado. Que el sueño de su vida fuera incompatible con la mujer de su vida era un descubrimiento terrible. La única conclusión positiva que sacaba de todo aquello fue el no haber cometido la estupidez de hincar la rodilla en tierra y hacerle el regalo que con tanto esmero estaba preparando y que, desde su último viaje a Ciudad Satán, había encargado pulir en un taller de joyería. Sería un bonito regalo de aniversario... a secas.
Puso las manos en la cintura de ella, acortando distancias, admitiendo la derrota personal en su fuero más interno y abriendo barreras a otro tipo de acercamiento a Dieciocho. Porque, entonces, ¿de qué servía seguir esperando?
Subió una mano a la mejilla de la androide e intensificó el nivel de sus besos, indagando con la lengua lugares que él mismo, hasta entonces, vetaba su paso.
Para ella, ese cambio de actitud aparentemente banal, no pasó desapercibido y aprovechó para seguir avanzando, probando el límite de su guerrero. Deslizó una mano desde su hombro a su pecho e imitó el danzar exquisito de su lengua, lamiendo y sorbiendo para hacer que aquel se dejará caer con mayor ahínco en su red.
—Vamos arriba —pidió ella casi sin despegar los labios de los de él.
—Amor, ve... ve tú primero —contestó el otro poniendo más espacio entre los dos—. Tengo que buscar una cosa.
—No tardes —dijo y le dio un rápido beso en los labios antes de subir a la habitación.
No se lo podía creer: ¡por fin! Era extraño que accediera sin poner trabas estúpidas como no estar preparado o el cansancio, pero no quería darle más vueltas de las necesarias a algo que no había que darle más importancia de la que tenía y que finalmente tendría lugar luego de tantos meses de espera. Subió las escaleras con un plan perfectamente trazado en su mente, uno que ya tenía preparado desde hacía tiempo para una puesta en escena memorable.
Por su parte, Krilin se quedó en el mismo sitio un buen rato, presionando con la pinza de los dedos el espacio entre los ojos.
Esa noche debía renunciar a su mayor meta en la vida. Sin embargo, le daría a Dieciocho la mayor muestra de compromiso que podía ofrecerle: su entrega en cuerpo y alma. No quería posponerlo más ahora que sabía que era innecesario, aunque también quería hacérselo saber y que ella fuera consciente de lo que significaba para él hacer el amor.
No tenía ningún objeto simbólico para regalarle, como él hubiera querido, pero no por ello dejaría de hacerle saber el paso tan trascendental que suponía para él.
Así pues, pensó en otra cosa de vital importancia para ese evento: protegerla.
Una cosa era tender sexo y otra dejarla embarazada y, de eso estaba seguro, ninguno de los dos contemplaba esa posibilidad, incluso diría que a Dieciocho ni se le había pasado por la mente.
Miró por la estancia, pensando donde podría haber una caja de preservativos. Él no compraba, lo había considerado innecesario, pero sí sabía que el maestro en sus contadas noches de escarceo, se preparaba de sobra para que no hubiera ningún inconveniente. Y lo sabía porque lo había invitado infinidad de veces, exactamente las mismas que él había rechazado cortésmente, y de paso veía como en su cartera cabían envoltorios de diversos colores, según su finalidad, así como entradas exclusivas a garitos con una consumición o dos y algún descuento en según qué servicios. Lo cierto es que el maestro Roshi vivía con bastantes comodidades para considerarse un ermitaño.
Resignado y nervioso, aunque ilusionado en cierto modo por el cambio de expectativas, rebuscó en los cajones del mueble del televisor buscando la dichosa caja de condones. Abandonaba el sueño de su vida, pero lo hacía por la mujer de sus sueños, por tanto, nada se perdía.
Encontró un paquete en un cesto pequeño de mimbre, detrás de un montón de cintas de vídeo antiguas, y se paró a considerar si los que quedaban en el envase serían adecuados, suficientes y estarían en fecha. "Todo está bien. Si no fuera porque no podré hacerle oficialmente mi mujer, diría que nunca en mi vida he tenido tanta suerte", se lamentó por última vez antes de tomar la canastita y subir a la habitación.
Porque una vez que llegó sus lamentaciones se fueron desvaneciendo en el aire de una en una: una por la imagen de Dieciocho sentada en el alfeizar de la ventana; otra por el kimono de seda negro que se ajustaba a su cuerpo por la cintura y que dejaba al descubierto sus blanquísimos y torneados muslos; otras tantas por cada vela aromática que había encendido y seguía encendiendo para ambientar el dormitorio, y la última, si es que quedaba alguna tribulación en su cabeza obnubilada, por ese gesto tan personal de ella al echarse el cabello detrás de la oreja antes de fijar la vista en él, esa vista fría pero divertida que lo dejaba atrapado donde fuera y cuando fuese.
Era suyo y sólo suyo, más que nunca. Arrojó el cestito al mullido futón y se aproximó a ella, caminando los escasos metros seguro como jamás en su vida lo estuvo. Ya no había más miedos ni inseguridades con ella, todo estaba claro como el azul de sus ojos.
Tomó su rostro con las dos manos y la besó con absoluta entrega y devoción, siendo él mismo ofrenda para la diosa de su amor.
Ella aceptó la dadiva, correspondiendo con la misma pasión y encerrándolo en la red de sus brazos por la espalda y la cintura del guerrero. Levantó la barbilla, exponiendo su cuello para los labios de Krilin, sonriendo complacida con cada beso que el le salpicaba la piel de la mandíbula hasta la clavícula.
Delicadamente, con un dedo retiró parcialmente la tela que cubría su hombro, dando así la pista a su hombrecillo para el camino a seguir, y él se inclinó un poco más sobre ella para descubrirlo al completo, al tiempo que dirigía su boca hacía aquél y su mano hacia el pecho que se insinuaba, indecentemente, debajo de la fina capa de tela.
—Krilin —le susurró en un suspiro. Estaba acalorada y tanteaba su piel debajo de la camiseta. Quería que se la quitara.
Así pues, obedeció a su petición y, mientras tanto, ella desabotonaba con soltura su pantalón corto, entusiasmada. No podía creer lo fácil que estaba siendo todo esa noche y se emocionaba de pensar en lo que estaba por venir.
Él se echó la prenda a los pies. Aún se sonrojaba en situaciones como esa. Entonces, ella se levantó, retiró el nudo de su cinturón y dejó que la bata cayera al suelo deslizándose por sus hombros, ondeando débilmente en el aire al mismo tiempo que caía.
Krilin la contempló con asombro. Era la primera vez que la veía así, de pie, desnuda y demandante. Verdaderamente, al contemplarla con la luz dorada de las velas, la androide podría pasar por la perfecta talla de una auténtica diosa de la feminidad.
Abrió los brazos y acogió los hombros de Krilin entre ellos, que se aferró a su cintura extasiado. Se miraron a los ojos unos segundos, con esa mirada única que se dedican los enamorados y con la que parecen estar hablando en un idioma exclusivo entre ellos.
—Lázuli —la llamó él con dulzura, acariciando con el dorso de los dedos su mejilla—, te amo —le confesó por enésima vez y ella se ruborizó como si fuera la primera—. Apareciste de pronto en mi vida y te convertiste en el centro de mi existencia. Gracias por estar aquí, Lázuli, haces que me sienta bendecido. Ahora —dijo mientras recolocaba el pelo de ella detrás de su oreja—, quiero decirte que no sé qué va a pasar esta noche —dijo riendo escuetamente y ella se contagió— pero voy a poner todo de mi parte para hacer que sea inolvidable para ti.
La atolondraba con su ternura, era demasiado bueno para ese mundo y era sólo para ella, ¡se lo acababa de decir! Sin embargo, esa declaración guardaba un significado que a ella se le escapaba del entendimiento e intuía débilmente que estaba relacionado con la conversación que habían tenido unos minutos atrás. Necesitaba saberlo.
—Krilin, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro, mi amor —contestó él.
—¿Por qué hoy y no antes? ¿Qué ha cambiado?
La pregunta lo tomaron por sorpresa. En un principio no sabía a qué se estaba refiriendo, pues el resto del mundo y de sus problemas se habían esfumado en cuanto atravesó la puerta. Sin embargo, arrugó un poco el ceño al recordar su reciente y dolorosa renuncia.
—Nada, amor. Simplemente, me he dado cuenta de que no sirve de nada seguir postergando algo que es inevitable que pase.
La sonrisa amarga de Krilin le dijo exactamente lo que había pasado sin paños calientes. No podía ser verdad que no se hubiera dado cuenta antes.
—Me lo ibas a pedir —masculló ella, con los ojos desorbitados de la impresión—... Me ibas a pedir que me casara contigo porque estabas esperando a estarlo para hacerlo.
—De eso nada, amor, son mis inseguridades, ya sabes, mis preocupaciones tontas... —quiso restarle importancia.
Pero la tenía. Sólo entonces Dieciocho se enteró del valor que tenían para su pequeño guerrero esos dos hechos aparentemente tan desconectados y anodinos para ella.
—Oh, dios mío, ¿qué he hecho? —dijo tapándose la boca con la mano.
Sólo pretendía divertirse un poco a su costa, no hacer que renunciara a sus principios por ella. Una cosa era adaptarse a los deseos del otro, priorizarlos por encima de los propios, pero otra muy distinta era renunciar a ellos. Y Krilin era capaz de hacerlo por ella. Hasta ese punto él la amaba.
—¿Qué has hecho? —preguntó él, asustado y confuso.
—Utilizarte —dijo cortante.
Se separó de él y agarró el kimono del suelo para cubrirse nuevamente. Estaba avergonzada y arrepentida de lo que había hecho sin intención, ahora tocaba enmendarlo como pudiera y eso quizá resultara igual de doloroso para él que ya se había hecho a la idea de ceder esa noche. Dos rechazos en una noche. Pobre Krilin, no se merecía en absoluto tenerlo a sus pies.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? Amor, no entiendo nada.
Dieciocho cruzó los brazos sobre su pecho y evitó mirarle directamente para responderle:
—Lo siento, Krilin, estaba bromeando contigo.
—¡¿Qué?! ¿Esto es una broma?
—¡No! No, esto no, lo de antes, lo que te dije abajo.
—Me dijiste que no quieres casarte —dijo con toda la frialdad que pudo, fingiendo sentir indiferencia por ello—, ¿y qué?
—¡No te dije eso! —dijo. Suspiró, lo miró fugazmente y continuó—: Te dije que me da igual, que me parece una tontería, pero no me preguntaste si quería hacerlo o no.
—Lázuli... —susurró y sus ojos brillaban de emoción. Ojalá tuviera a mano el regalo para ella en ese mismo momento.
—Te gasté una broma porque creí que te hacía ilusión, nada más. Pero... no... sabía fuera tan importante y que todo esto tuviera algo que ver. Porque es así, ¿verdad?
Él asintió con una mueca mal parecida a una sonrisa, agachando entonces la mirada. Se sentía tan abochornado.
—Es así.
—Bueno, y ¿a qué esperas? —demandó ella.
—¿A qué espero? —reformuló él la pregunta, sin captar el mensaje.
—Para pedírmelo —dijo encogiéndose de hombros.
El levantó la vista, incrédulo todavía. Contuvo las lágrimas y se le hizo un nudo en la garganta que le impidió decir las palabras que se atoraban en ellas, queriendo salir de un golpe.
—¿E-eso es... es que sí? —pudo decir al fin.
—No lo sabrás hasta que no me lo pidas —dijo ella con su característica soberbia, matizada por la suavidad de su voz.
Se echó sobre ella de un salto, haciéndola caer sobre las mantas y aplastando el cestillo de mimbre con su peso. Krilin lloraba abrazado a ella de impotencia de no poder decirle, por culpa de los nervios, que le iba a preparar la mayor sorpresa que hubiera imaginado para la ocasión. Y también lloraba de emoción por concederle el honor de hacerle tal petición que, ahora sí, presumía no sería rechazada. ¿Acaso podía ser más feliz?
—Ya basta, hombrecillo —dijo ella, burlona—. ¿Qué harías si te dijera que sí? Voy a tener que pensarlo bien. Eh, oye —le avisó mientras se sacaba de debajo del trasero algo parecido a un disco de enea—, ¿qué es ésto?
Krilin le dio espacio, restañando sus lágrimas con las manos. Miró lo que le mostraba ella y lo tomó para ver si el contenido estaba bien.
—Creo que han sobrevivido —dijo al abrirla. La cesta estaba inservible, así como la cajita del interior, pero lo genuinamente útil estaba en perfectas condiciones de uso.
—¿Para qué es? ¿Piensas ponerme eso en el dedo? —quiso saber ella, divertida.
—No —dijo él riendo. Luego sus mejillas enrojecieron—. Es para... no... dejarte embarazada —terminó de decir con un hilito de voz.
La cara de estupor de Dieciocho no tenía desperdicio. Por una parte, tenía más que asumido que era prácticamente imposible que ella, un ser artificial, pudiera engendrar vida. Ni se había planteado el sentirse mal por esa razón. Por otra parte, no dejaría nunca de sorprenderse por el grado de consideración que Krilin tenía para con ella.
Se echó a reír de forma estridente y Krilin esperó a que se calmara y le contara el chiste, porque no lo entendía.
—Ay, Krilin —pudo decir por fin. Le dolían las mejillas y el vientre de tanto reír. Le puso la mano en la mejilla—. Tienes demasiada fe en mí. Sabes que no soy humana...
Él posó la mano sobre la de ella, notando el poso de dolor que llevaba esa afirmación que salía de sus labios.
—Yo diría que no es así, me lo demuestras a cada momento —dijo sin apartar sus ojos de los de ella y luego besó la palma de su mano—. Y puedo probarlo ahora.
Una chispa de picardía destelló en su mirada.
—¿De veras? ¿Y cómo? —dijo ella, incitante.
—Ya lo verás...
O
N/A:
Siento la tardanza, pretendía daros una sorpresita en compensación por la espera, pero... nah! A sufrir! Jsjajajajajajajajjajaja!
Sólo un par de cositas, bueno tres:
1. Gracias por estar ahí, 4everever 3.
2. Cuando Krilin piensa en lo que significa el matrimonio para él, plasmo eso, su opinión. La mía personal tiene más matices. Lo digo porque entiendo que todo el mundo no la comparte y no pretendo imponer nada, vaya por delante.
3. 18 lleva un kimono de seda esa noche , como Chichí en "Noche de bodas" 7w7 Sólo cambia el color.
Listo, me callo una semana. Hasta el viernes si Dende quiere 3 3 3 3 3 3
