Capítulo 25. Ave César
El traqueteo del carro se prolongó por lo que pareció un periodo de tiempo infinito, pero a Astérix eso no le importaba, no quería llegar a Roma, no quería ir a ese lugar. El pequeño galo se había dado cuenta que algo le había sucedido nuevamente a su secuestrador. Volvía a actuar de ese modo frío y altivo que había utilizado mientras todavía estaban en la Galia, y Astérix no lo entendía, había creído que el romano realmente se preocupaba por él, que le cuidaba y se comportaba como… como un amigo, pero nuevamente algo había cambiado, y el temible romano había regresado, más duro y cruel que antes.
¿Quizás había hecho él algo para enfurecer al romano? Pero Astérix no era consciente de haber hecho nada malo, solo se había preocupado por ese hombre cuando le vio abatido mirando a ningún sitio en particular. Su única intención había sido la de ayudar, nada más.
Pero ahora Astérix no sabía qué pensar de ese hombre, no sabía qué decirle, por Tutatis, ni siquiera sabía si debía hablarle. La última vez que le había mirado, el senador le había devuelto la mirada con una sonrisa maliciosa, como si se alegrara de verle asustado de nuevo. Afortunadamente para el chico, su miedo no era tan fuerte como cuando el senador le cogió la primera vez, y eso era gracias a Ideáfix.
Sí, la mascota de su mejor amigo le había hecho ver que había quien se preocupaba por él, y le dio esperanzas de que Obélix vendría a por él, le hizo comprender que su mejor amigo no le abandonaría, que no le dejaría en manos de ese hombre malo, que le quería. Eso era todo lo que Astérix necesitaba saber.
"Oh, por fin ya estamos entrando en Roma"
Esas palabras sacudieron el corazón de Astérix y un nuevo nivel de temor le invadió por completo, si no hacía algo pronto, sería un rehén del mismísimo César y entonces la aldea, su hogar, estaría condenado. Afortunadamente, al llegar a Roma, la promesa que le había hecho a ese romano ya no era válida, pues el chico había prometido comportarse y que no intentaría escapar hasta que llegaran a Roma, y como ya habían llegado a Roma, ahora podía intentar escapar.
El niño galo estaba tan absorto pensando en que por fin podría escapar de las garras de ese romano que se sorprendió cuando el hombre habló de nuevo:
"Bien chico, ahora nos dirigiremos al palacio del César"
La respiración de Astérix se aceleró un poco ante esas palabras, no quería ver a Julio César, no quería estar aquí, necesitaba escapar cuanto antes si quería proteger la aldea. Por primera vez, el galo rubio estaba aterrado, pero no por él, sino por toda la gente del pueblo, todo esto era culpa suya, culpa de su inutilidad, tenía que hacer todo lo posible para proteger a su gente, ya que era él quien les había puesto en peligro.
Sin desearlo el galo rubio, las palabras de Esautomátix resonaron una vez más en su cabeza "Astérix es demasiado bajito para hacer algo bien, es un inútil" esas palabras le habían herido mucho cuando el hijo del herrero las pronunció, pero ahora se daba cuenta de que eran ciertas, todas y cada una de ellas. Su inutilidad, su baja estatura todo él no era nada más que un pequeño e inservible ser humano, alguien que si no existiera, probablemente nadie le echaría de menos, todo el mundo estaría mejor sin él.
Aun sin saber cómo lo hizo, el niño galo logró calmar lo suficiente su respiración para preguntar:
"¿Y qué pasará entonces?"
A pesar de no gustarle la idea de ser un prisionero de Roma, Astérix quería saber todo lo que le esperaba cuando finalmente fuera presentado al César. No le conocía o, mejor dicho, no le recordaba, pero cada vez que ese romano había mencionado al emperador del imperio, Astérix había sentido una sensación extraña, como si supiera inconscientemente que César era un oponente a tener en cuenta, que no podía menospreciarle ni subestimarle.
El senador romano por su parte se rio antes de contestar:
"¿Que qué pasará entonces? Lo que pasará es que te entregaré a él, te convertirás en su prisionero y estarás completamente a su merced, puede que con suerte te deje vivir, aunque dudo que eso pase en cuando descubra quién eres"
A pesar de lo que acababa de decir, Astérix no sentía miedo, bueno en realidad sí, por lo que pudiera sucederle a él, pero se preocupaba mucho más por la aldea, por su gente por todos a los que había puesto en peligro por sus acciones temerarias e imprudentes.
"¿Y qué será de mi pueblo?" preguntó con toda la valentía que pudo reunir.
El senador le miró nuevamente, a pesar de saber que el chico estaba aterrorizado, era admirable ver que anteponía a los otros salvajes por encima de él, ni siquiera entre sus compatriotas, a excepción de su madre, había visto semejante modo de proceder. Pero por muy noble que fuera el chico, no tenía porqué mentirle, a fin de cuentas, era gracias a él que por fin la victoria del César sobre la Galia sería total. Así con tono jovial el senador anunció:
"No creo que tengas que preocuparte por ellos durante mucho más tiempo"
La última sentencia del senador trajo dolor y tristeza a Astérix, y sus ojos comenzaron a brillar, amenazando convertirse en fuentes incontrolables de lágrimas. Por suerte, Astérix logró evitar llorar frente a ese romano. Iba a demostrarle que todavía le quedaba dignidad.
El muchacho se puso entonces erguido, intentando aparentar valentía, si iba a ser presentado como obsequio, al menos le demostraría a Julio César que los galos eran un pueblo orgulloso, fueran niños o adultos. Sí, no haría quedar mal a sus compatriotas.
Lucius Flordelotus vio la nueva postura de Astérix, y aunque estaba claro que trataba de mostrar valentía, sus ojos le traicionaron, pues en ellos se reflejaba claramente el miedo. Viendo esto, el senador resopló divertido, no podía esperar por entregar el muchacho al César.
Por desgracia, los dioses parecían haberse puesto nuevamente en su contra, pues además del bullicio que había en las calles, el senador se encontró que en el cruce frente a ellos un carro se había saltado las indicaciones que le daba el soldado de control de tráfico y había embestido de lleno a otro carro. Afortunadamente nadie había resultado herido, pero ahora los propietarios de ambos vehículos estaban discutiendo a pleno pulmón, y no solo eso, sino que además habían generado un atasco considerable y muchos otros conductores estaban comenzando a perder la paciencia al ver que la situación no se resolvía.
El senador romano maldijo en silencio al ver que él también se había visto obligado a parar y que en perspectiva no parecía que fueran a moverse hasta dentro de un buen rato. El senador cerró los ojos y exhaló un profundo respiro tratando de calmar sus nervios. ¿Por qué? ¿A qué retorcido juego estaban jugando los dioses? Primero le daban la oportunidad de acabar con el pueblo de bárbaros, a continuación se la arrebataban para volvérsela a dar al poco tiempo, y así había ido siendo, un baile entre darle algo y luego quitárselo. ¿Qué era esto? ¿Algún tipo de prueba? ¿Estaban poniendo en duda su confianza hacia ellos? Lucius agarró los bordes del carro con fuerza mientras que con respiraciones cortas trataba de controlar su ira creciente.
Cuanto más tiempo pasara, más probabilidades existían que ese galo gordinflón intentara algún tipo de rescate. De hecho el senador no dudaba que ese galo pelirrojo probablemente se estuviera encaminando en estos momentos a la capital, pero con suerte, todavía tenía al menos un par de días antes de que él llegara, pues a diferencia del senador, ese galo iba a pie, y por muy rápido que pudiera correr, seguro que en algún momento necesitaría descanso, abastecerse, reponer fuerzas… comer, pues por lo que le habían dicho los soldados de Babaorum, ese galo adoraba comer, parecía, además de luchar contra los romanos, una de sus mayores aficiones. Así que no, no podía permitir que ese galo llegara a la ciudad y le arrebatara a su rehén. Por Juno, eso no iba a suceder.
Astérix también se había dado cuenta de que se habían detenido. Dejando a Ideáfix en el suelo a su lado, el chico galo se levantó del lugar en el que se había sentado y miró a su secuestrador, el cual tenía toda su atención en lo que fuera que había sucedido frente a él.
Una idea vino entonces en la mente de Astérix. Si quería escapar del romano, este era su mejor momento. Así pues, haciendo señas al perrito blanco, ambos se movieron lentamente hasta el borde del carro, actuando tan sigilosamente como les fuera posible. Al llegar allí, el chico rubio miró nuevamente al senador, y al ver que seguía completamente absorto en sus propios asuntos, sonrió y saltó del carro, dispuesto a correr tan lejos como le fuera posible, Ideáfix siguió los pasos del niño y él también saltó. Estaba dispuesto a proteger a Astérix hasta el final.
Por desgracia para ambos, no todo el mundo estaba tan pendiente del accidente como el senador, por lo que Astérix se asustó cuando una voz gritó:
"¡Eh chico! ¿Adónde vas?"
La persona que había hecho ese grito estaba muy cerca, pues un buen número de personas nada más escuchar eso, miraron a su alrededor tratando de identificar a la persona a quien aludía ese comentario. Lucius Flordelotus fue una de esas personas, nada más escuchar el grito, miró hacia abajo y al ver que su prisionero no estaba allí, de inmediato lo buscó con la mirada hasta localizarle, corriendo para alejarse del carro. Rápidamente procesó lo que había sucedido y gritó tan fuerte como pudo:
"¡Qué alguien detenga a ese chico!"
Esas palabras llenaron de miedo el corazón de Astérix, quién se apresuró para acelerar el ritmo, no podía permitir que volvieran a cogerle, no esta vez, no cuando su aldea estaba tan cerca de ser destruida.
Sin atreverse a mirar atrás, el niño corrió tan rápido como sus pequeñas piernas le permitían, oía ruidos detrás de él, muchedumbre hablando, tratando de entender lo que sucedía, gente que al parecer habían por fin reaccionado a la petición del senador y parecían haber iniciado una carrera para cogerle.
Astérix siguió por la calle sin detenerse, tenía que alejarse de allí, tenía que hacerlo, pero de repente algo le agarró por detrás, por el cuello de la camisa y lo levantó del suelo. El pequeño galo dejó escapar un grito ahogado por la sorpresa de la acción, estaba a punto de comenzar a patear y gritar cuando de repente el hombre que le había agarrado gritó de dolor y lo dejó caer al suelo. Astérix miró sorprendido y descubrió que Ideáfix estaba mordiendo el antebrazo del romano que le había cogido hacía unos segundos.
Aunque sintiéndose mal por el hombre herido, Astérix sonrió al ver que era libre de nuevo. El chico se levantó a toda prisa y tras felicitar al perrito blanco por su trabajo comenzó a correr de nuevo. Sin embargo, los dioses no parecían estar de su lado, pues al doblar una esquina una patrulla de soldados apareció ante él bloqueándole el paso. El chico gimió con frustración al tiempo que los soldados miraban sorprendidos al niño que acababa de aparecer ante ellos, pues esos soldados estaban llegando allí atraídos por el griterío y no sabían qué era lo que estaba sucediendo.
Uno de los soldados vio que el niño que casi había chocado contra ellos estaba a punto de echar a correr de nuevo, por lo que alargando su brazo, le detuvo agarrándole suavemente por el hombro mientras decía:
"¡Eh, tranquilo chico! ¿Se puede saber a dónde vas tan deprisa?"
Astérix no respondió, simplemente comenzó a forcejear, tratando de liberarse del control de ese romano, pero el soldado no parecía dispuesto a soltarle, sino más bien lo contrario, incrementando un poco la fuerza, pero sin hacer daño al chico volvió a hablar:
"Tranquilízate pequeño, por Júpiter, no vamos a hacerte nada, solo queremos saber qué te pasa ¿por qué corres de ese modo?"
Astérix podía escuchar los pasos de sus perseguidores acercarse, tenía que salir de allí tan rápido como le fuera posible, así que redoblando sus esfuerzos por escapar dijo:
"Unos hombres me persiguen"
Al oir esto, uno de los soldados gritó sorprendido:
"¿Qué?"
Los demás miembros de la patrulla se miraron entre ellos y el que estaba sosteniendo a Astérix dijo:
"Tranquilo chico, quédate detrás de mí, nosotros nos encargaremos"
Astérix se sorprendió al escuchar eso, no sabía si fiarse de esos soldados, al fin y al cabo iban vestidos como los soldados que rodeaban su aldea, los soldados que en última instancia le habían cogido y le habían llevado lejos de su hogar. Aun un poco indeciso, el niño galo asintió con la cabeza y tras ser liberado, se situó detrás de la patrulla justo en el mismo instante en el que un grupo de cinco hombres apareció. El senador romano estaba en medio de ellos, y los cinco se vieron obligados a detenerse cuando los pilums de los integrantes de la patrulla apuntaron directamente hacia ellos.
El senador se adelantó un poco a los demás y con voz enojada preguntó:
"¿Qué significa todo esto soldados? ¿Por qué estáis defendiendo a mi prisionero?"
Al escuchar la palabra prisionero y de los labios de un senador, los miembros de la patrulla palidecieron, no dando crédito a lo que acababan de escuchar, tan desconcertados estaban que las preguntas no tardaron en aparecer.
"¿Cómo?" preguntó uno de ellos. Además otro añadió:
"¿Prisionero?"
Los soldados estaban desconcertados, ¿ese chico era un prisionero? ¿Un prisionero de un senador? ¿Qué estaba pasando aquí?
Uno de los integrantes de la patrulla después de mirar de reojo al chico rubio el cual no apartaba sus ojos asustados del senador se aventuró a preguntar:
"Pero este niño nos ha dicho que le estaban persiguiendo"
Lucius Flordelotus miró indignado al soldado que acababa de hablar y prácticamente gritando de furia exclamó:
"Sí, claro que le perseguíamos, porqué se me ha escapado"
Astérix se dio cuenta de que si no se daba prisa sería apresado de nuevo, así que lentamente junto con Ideáfix comenzó a alejarse de todos los presentes, pero por desgracia para él, uno de los soldados se dio cuenta de sus intenciones y se apresuró a cogerle y levantarlo del suelo para evitar que escapara. El niño de inmediato comenzó a agitarse tratando de escapar de los brazos que le mantenían cautivo. Ideáfix se puso a ladrar desde el mismo instante que el chico fue levantado del suelo. Se preparó para lanzarse hacia el soldado que mantenía cautivo al pequeño Astérix, pero antes de que pudiera hacerlo, otro soldado le agarró ambas orejas y le levantó también, incapacitando cualquier ataque que el perrito pretendiera realizar.
El soldado que sostenía al niño se acercó entonces al senador y le entregó al muchacho mientras decía:
"Lo sentimos senador, pero hay algo que no entiendo, ¿Por qué tiene como prisionero a un niño tan pequeño?"
El senador agarró a Astérix, quien trató con mucho más esfuerzo que antes escapar de su secuestrador. Pero desafortunadamente, sus esfuerzos fueron completamente inútiles. Lucius Flordelotus agarró al chico rubio tan fuerte como pudo antes de dirigirse nuevamente al miembro de la patrulla que le había entregado al chico y responder secamente:
"Eso no es de tu incumbencia soldado. Ahora debo irme, gracias por vuestro servicios"
Dicho esto, el senador romano se dispuso a alejarse con Astérix entre sus brazos pero otro de los soldados le preguntó:
"Disculpe senador ¿qué hacemos con el perro?"
Lucius Flordelotus miró al perrito blanco que estaba ladrando sin cesar, tratando de llegar hasta su dueño, pero no le dejaban, no podía liberarse, no podía llegar a Astérix, se sentía impotente, incapacitado, estaba fallado nuevamente en su misión para rescatar al niño galo.
El senador no tardó mucho tiempo en decidir qué quería hacer con Ideáfix
"Apartadlo de mi vista, por Júpiter" dijo airado, pues a pesar de ser tan pequeño, el senador tenía que hacer considerables esfuerzos para evitar que Astérix se escapara de entre sus brazos.
Cuando el chico rubio escucho que el senador pretendía hacer con el perro de si mejor amigo el pánico le asaltó, no podía, no quería quedarse completamente solo. ¿Cómo podría superar su situación?
"¡No, no! ¡Ideáfix, Por Belenos! ¡Dejad que se quede conmigo! Por favor" gritó el chico presa del pánico, pero el senador le miró con dureza y respondió:
"No chico, de eso ni hablar ¡Por Júpiter!"
Astérix sintió que le faltaba el aire, si le apartaban de Ideáfix estaría solo, completamente solo. Alargando los brazos hacia el perrito, el niño clamó desesperadamente:
"No, por Belenos no, por favor"
Pero fue inútil, el senador no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer, no esta vez. Había mimado demasiado a ese chico, ahora podía verlo, era por eso que el niño había tenido la gallardía de intentar escapar, pero eso se acabó. El chico sería tratado como lo que era, un esclavo. Así pues, ignorando las miradas de todos, el senador se dirigió nuevamente a su carro, seguido de uno de los miembros de la patrulla, pues el senador había ordenado a los soldados que le prestaran unas cadenas con las que atar a su prisionero.
De este modo entre los dos ataron a Astérix, quien había desistido en gritar pidiendo la compañía de Ideáfix. Cuando el pequeño galo estuvo atado, el senador dio las gracias al soldado y subiendo nuevamente al carro reemprendió la marcha, directamente al palacio del César.
A Ideáfix uno de los soldados le ató una cuerda alrededor del cuello y lo dejó en el suelo. Inmediatamente después, el perrito trató de correr tras Astérix, pero sus esfuerzos fueron infructuosos. El perrito ladró y ladró sin cesar, pero de nada sirvió.
El perrito estaba a punto de rendirse cuando de repente captó un olor, un olor conocido, mirando hacia otra dirección, el perrito vio aparecer en una esquina a Zumodemazanus seguido de sus padres, en la mente del perrito la esperanza floreció de nuevo, si podía lograr que sus amigos romanos le ayudaran, quizás podría salvar a Astérix. Con este pensamiento en mente el perrito comenzó a ladrar vigorosamente, tratando, con éxito, de captar la atención de la familia romana.
El primero en darse cuenta de los ladridos fue Zumodemanzanus, quien al reconocer al perrito galo, de inmediato llamó la atención de sus padres, quienes también reconocieron al animal blanco al verle.
"¡Oh por todos los dioses! Si ese es Ideáfix, ¿qué está haciendo aquí?" dijo Petriminus sorprendido de ver a Ideáfix, pues el día anterior cuando Obélix fue a visitarles, su hijo se decepcionó al ver que el perrito no estaba con su amo, pero lo comprendió en cuando Obélix le explicó el porqué, pero ahora, aquí estaba, atado por el cuello con una cuerda y llamando su atención.
Zumodemanzanus, aunque sorprendido como su padre de ver a su amigo canino, comprendía que les estaba ladrando pidiendo ayuda, así que agarrando a su padre por su túnica, le llamó la atención y le dijo:
"Papá eso no importa, esos soldados le han cogido, tenemos que liberarle y llevárselo a Obélix"
La madre del chico añadió:
"Tiene razón querido, además… si está aquí, quizás quiere decir que Astérix también está aquí ¿no?"
Petriminus comprendía que su esposa y su hijo tenían razón, así que con actitud decidida anunció:
"Tienes razón querida. Está bien, voy a ver qué puedo hacer"
E inmediatamente caminó hacia los soldados, habló con ellos, tratando de averiguar qué había sucedido y cómo se habían hecho con ese perrito. Tras un largo rato de conversación, y para sorpresa de Zumodemanzanus y su madre, los soldados entregaron a Ideáfix a Petriminus y acto seguido se alejaron.
El mosaista volvió entonces con su familia y entregó al perrito a su hijo. Nada más estar en los brazos del chico, Ideáfix comenzó a lamerle eufóricamente. Mientras tanto, Petriminus le explicó a su mujer:
"Esos soldados me han dicho que Ideáfix iba acompañando a un niño galo quien al parecer se había escapado de las manos de un senador. Por lo visto, los soldados han cogido a ese niño y se lo han devuelto al senador, pero al perro el senador no lo quería, así que se han visto obligados a atarlo porqué el animal parecía dispuesto a seguir al niño"
La mujer de Petriminus se cubrió la boca con ambas manos tratando de sofocar un grito, pero recuperándose rápidamente preguntó a continuación:
"¡Oh por Minerva! ¿Y qué más te han dicho esos soldados?"
Petriminus se aclaró la garganta y siguió explicando:
"Por la descripción que me han dado los soldados, ese niño se parece a Astérix, y concuerda con lo que nos contó ayer Obélix. También me han dicho que han visto que el senador que se ha llevado al niño iba camino al palacio del César"
Esta vez, la buena mujer no pudo evitar exclamar:
"¡Oh por todos los dioses! Pobre Astérix"
Petriminus iba a hablar de nuevo cuando sintió un nuevo tirón de su túnica, y al mirar hacia abajo, se encontró con los ojos de su hijo quien le preguntó:
"Papá ¿Cómo has conseguido que te dieran a Ideáfix?"
A pesar de la situación, Petriminus sonrío y acariciando la cabeza de su hijo respondió:
"Ah eso, me han dicho que ellos no podían ocuparse del perro, así que les he dicho que dicho que yo podía encargarme, que tú siempre habías querido un perrito y que ya me quedaba yo con él"
Su mujer le miró sorprendida antes de preguntar:
"¿Y esa explicación les ha parecido satisfactoria?"
Petriminus se encogió de hombros y simplemente respondió:
"Al parecer sí"
La madre romana junto las manos diciendo:
"Oh demos gracias a los dioses por eso"
Su marido asintió mostrando su conformidad, acto seguido se aclaró nuevamente la garganta y propuso:
"Sí. Esto, yo propongo ir a ver a Obélix y contarle lo que hemos descubierto"
"Sí esa es una gran idea" su mujer estuvo de acuerdo, y el pequeño Zumodemanzanus añadió:
"¡Sí! ¡Vamos a ver a Obélix!"
Mientras tanto, Lucius Flordelotus y Astérix habían llegado al palacio del César. Nada más llegar, el senador pidió audiencia con el emperador, alegando que tenía un asunto de enorme importancia del que hablar con él. Su petición fue prontamente atendida, así que senador y galo entraron en el recinto del palacio y fueron conducidos a la sala de audiencias en la que le dijeron al hombre de toga blanca que el César les esperaba.
Lucius Flordelotus temblaba de la emoción, ya faltaba poco, en breves instantes recibiría alabanzas por sus acciones, y en poco tiempo todo el mundo le conocería por ser el hombre que había logrado doblegar para el César a ese pueblo de bárbaros. Finalmente, los dos entraron en la sala, el senador delante y tirando constantemente de la cadena con la que había atado al niño rubio.
Astérix por su parte, andaba cabizbajo. Sin Ideáfix a su lado se solo y abandonado nuevamente, no había esperanza, ya no, había fallado a su pueblo, sabía que había fracasado, les había condenado a todos.
"Con ese tamaño nunca serás capaz de hacer nada bien"
"¡Astérix es un enano! ¡Astérix es un enano!"
"Astérix es demasiado bajito para hacer algo bien, es un inútil"
Las burlas de los niños de la aldea resonaron con fuerza en la mente del pequeño galo. Era verdad, todo eso, desde que se había despertado en la tienda de ese romano, no había hecho nada bien, y ahora se encontraba en Roma, siendo tratado como un objeto. ¿Por qué tuvo que escaparse?
El niño estaba tan sumido en sus pensamientos que no se dio cuenta de que se habían detenido frente a una figura que estaba sentada en una silla en lo alto de unas escaleras, dicha figura parecía malhumorada, pero Astérix no se dio cuenta de ello. No se dio cuenta de hasta que el senador romano comenzó a hablar.
"Ave César, es senador Lucius Flordelotus te saluda" proclamó el senador con voz orgullosa.
César por su parte, parecía aburrido y respondió con desdén:
"Ave, ave, ¿Qué es eso tan importante que quería decirme Lucius?"
El senador no pareció inmutarse por la falta de interés de su emperador, por lo que con el mismo tono alegre que utiliza quien proclama grandes proezas, el senador explicó:
"Oh César, he vuelto de la misión que me encomendaste en Armórica, y te traigo de allí un presente"
Tras decir esto, dio un tirón de la cadena e hizo avanzar al galo rubio hasta casi hacerle tropezar.
César miró sorprendido al muchacho, no se había percatado de su presencia, y ahora que lo veía, podía ver algo familiar en él, aunque no sabía el qué.
Disimulando la incertidumbre que le causaba el muchacho, el César preguntó:
"¿Un… niño? ¿Me traes a un niño?"
Lucius sonrió, sabía que César no quedaría satisfecho si solo se trataba de un niño, pero cuando se lo contara todo, seguro que estaría encantado. Con esto en mente, el senador explicó:
"No es un niño cualquiera divino emperador, es un niño de la aldea de los irreductibles, y además-"
El César se levantó al escuchar la procedencia del muchacho y habló con una voz que parecía una mezcla de ira y sorpresa:
"¿De la aldea de los irreductibles?"
Su acción repentina y el tono usado, provocaron que Astérix se encogiera involuntariamente, por todos los dioses, deseaba ahora más que nunca estar en su casa a salvo y no aquí.
Para Lucius Flordelotus también fue una sorpresa la reacción del César, pero él lo disimuló hablando nuevamente:
"Así es, Oh César, y hay algo más"
"¿Algo más? Si solo es un chico ¿Qué más puede haber?" preguntó el emperador romano mientras descendía las escaleras hasta situarse frente al senador y el niño.
A pesar del acto intimidatorio, Lucius Flordelotus permaneció firme era el momento de contarle quien era en realidad el chico. Así pues, aclarándose la garganta, el senador dijo:
"Divino emperador, yo tampoco lo creí cuando me lo dijeron, pero resulta que este niño en realidad es un galo adulto, y no un adulto cualquiera, sino que se trata ni más ni menos que del guerrero de esa aldea, es el galo ASTÉRIX"
Hola a todo el mundo, siento haber tardado tanto en actualizar, pero trabajando de "canguro" deja poco tiempo para escribir, y lo siento por eso. En fin dejando de lado mi vida personal, espero que hayáis disfrutado del capítulo, si es así, no dudéis en dejar un comentario, siempre es agradable saber qué opina la gente.
Como siempre, me gustaría agradecer a todos los que han leído esta historia, a los que la siguen y/o la tienen entre sus favoritos, y especialmente me gustaría agradecer a: Zeragii, PutMoneyInThyPurse, Fan de Basil de Baker Street vuestros comentarios, en serio, muchas gracias, es muy agradable tener lectores como vosotros.
En fin, nos vemos en el siguiente capítulo, el cual espero que no llegue tan tarde como éste.
Hata pronto
Pilyarquitect
