Disclaimer: Rowan y Arah son personajes nacidos para el universo de los Juegos del Hambre y nos pertenecen a Cora y a mí.
¡Disfruten!
Capítulo 25
Arah
Esta casa se siente más mi hogar ahora de lo que alguna vez se ha sentido la casa de mis padres. Me doy cuenta de ello mientras recorro los pasillos con confianza, bajando las escaleras y empujando la puerta de la cocina.
No hay nadie. Ya es lo suficientemente temprano, pero se supone que el duque, la duquesa madre y Jess no están aquí y todos deben asumir que Cherise y yo estamos demasiado agotadas como para pensar en un desayuno temprano.
Hay carne conservada en sal y pequeños bollitos de pan que debieron ser horneados en las últimas horas de la noche. Tomo uno y lo siento cálido al tacto.
No me he volteado en todo el camino para ver si Rowan me sigue. Su presencia, un par de pasos por detrás, es tan intensa que no es necesario que lo haga.
En la cocina solo quedan los restos del fuego, leños que relucen con motitas naranjas en medio del gris de la ceniza, las llamas deben haberse extinguido hace poco, porque la cocina desprende calidez. Resulta muy agradable con respecto al frío pasillo.
―¿Qué haces? ―pregunto cuando veo al duque dirigirse a la media docena de campanas que cuelga de la pared del fondo de la cocina.
―Llamo a alguno de los encargados de la cocina. Ya deberían estar aquí.
Me río.
―Para empezar, las campanas no funcionan en esa dirección. Están en las habitaciones para llamar a la cocina, no al revés ¿o acaso tu cocinera te llama constantemente? ― él me dedica una mirada enfadada y luego sus mejillas se colorean de un rosa desvaído―. Además, dado que Jess y la duquesa no están aquí y tú en teoría no deberías estarlo, lo más probable es que hayan aprovechado para dormir unas horas de más.
Él frunce el ceño.
―Y usted no va a hacer nada para llamarles la atención. Después de todo el trabajo que tuvieron durante el baile, se merecen un descanso.
―Las cosas no funcionan así, Arah. Si tengo hambre, alguien tiene que servirme.
Me adelanto y lo tomo de las muñecas, elevando sus brazos hasta ponerle las manos frente a la cara.
―Puede que le sorprenda, pero sus manos están perfectamente capacitadas para encargarse de eso por una vez en la vida.
Él enarca una ceja y yo le suelto las muñecas. Sus manos descienden lentamente.
―Ahí hay pan y carne. Estoy segura de que encontrarás fruta en esa canasta y aquí― digo mientras me agacho y saco los restos de un pollo asado de debajo de un trapo― tienes suficiente para alimentarte ¿o es que no te sientes en capacidad de llenarte un plato?
Él duque encaja los dientes con un sonido audible.
―Créeme, tu título seguirá ahí después de que te llenes la barriga por ti mismo.
Le sostengo la mirada. Sus ojos azules han perdido parte de la calidez que parecía llenarlos cuando estábamos en mi habitación. Está claro que no está acostumbrado a que lo reten ni le digan que hacer. Pues, ¡mala suerte!
Finalmente, él suspira.
―Tengo sed― dice él y su voz suena tan normal como siempre, está claro que es muy bueno controlando sus emociones―. ¿En dónde está el vino?
―¡Es demasiado temprano para beber vino!
―¿Y qué supones que voy a beber? ¿Agua?
―Mira― digo hurgando entre las frutas. Encuentro tres preciosas naranjas, probablemente cosechadas en algún invernadero. Él sujeta una entre sus largos dedos, haciéndola girar con un leve movimiento de muñeca.
No sé si se está haciendo el tonto, si trata de ser pesado o si realmente no tiene idea de lo que le estoy sugiriendo. La mirada en sus ojos azules es inocente y no burlona, lo que me lleva a pensar en la última posibilidad, pero resulta tan inverosímil que termino riéndome entre dientes.
―¿En serio nunca ha exprimido una naranja?
Él observa la fruta entre sus dedos con seriedad y, por algún motivo, lo imagino como un niño, con el mismo rostro grave y a la vez burlón. Parece como si esta fuera la primera vez que entra a la cocina.
Ah…
Suelto un suspiro y busco un cuchillo.
―¿Qué haces?
Parto una de las naranjas por la mitad y le paso el cuchillo mientras busco dos copas.
―No puedo creer que el gran señor nunca se haya preparado su propio jugo― mascullo mientras exprimo la primera mitad de la naranja en mi propia copa. La fruta es de primera calidad y llena el recipiente hasta la mitad. Ni siquiera volteo a verlo mientras termino con mi propia fruta y, ante mi negativa, él debe concentrarse en la suya.
Lo veo levantar el cuchillo y apoyarlo sobre la piel de la naranja y luego, como si se arrepintiera, vuelve a levantar la afilada hoja, la mueve un milímetro hacia la derecha y entonces hace presión, dejando la naranja dividida en dos mitades perfectas. Una arruguita se forma entre sus cejas mientras hace presión para sacar el jugo. Sujeto la base de su copa cuando se tambalea ligeramente. Por fuera de la boca de la copa cae un fino hilillo de jugo y eso parece molestarle, tiene especial cuidado con la segunda mitad, hasta que su copa se llena sin derramar ni una gota más.
―Bien. Ahora te prepararás tú mismo tu comida. Todo ya está cocinado, así que no deberías tener problema.
Él se dirige hacia el trozo de jamón sobre la mesa, mientras yo tomo el pollo. Desmenuzo la carne en pequeños trozos mientras él corta finas lonchas. Está claro que está perdido aquí dentro, porque debe revolcar varios aparadores y cajones para encontrar un plato. Está tan concentrado colocando su obra, tajadas del mismo grosor que caen formando suaves ondas en el plato, que no parece ver como las dos muchachas que, imagino, debían encargarse de poner en marcha el trabajo en las cocinas, entran por la puerta del servicio.
Niego fervientemente con la cabeza y a pesar de que ambas parecen horrorizadas por ver al gran señor de la casa haciéndose su propia merienda, las chicas inclinan la cabeza hacia mí y se retiran discretamente.
Me lavo las manos y tomo un racimo de uvas, lo parto, dejándole a él la porción más grande y preparo dos platos con el pollo, los panecillos y las uvas, a lo que él agrega el jamón.
―¡Muy bien! En nuestra próxima lección, tal vez te enseñe a preparar tu propio baño.
―¿Es eso una solicitud para verme desnudo?
Le arrojo el trapo con el que acabo de secarme las manos, pero me río cuando veo la expresión pícara en su cara, resulta inevitable.
―No― digo cuando estoy lo suficientemente serena como para no ser traicionada por una risita inoportuna o peor, un sonrojo―. Es una invitación a ser autosuficiente.
―Soy autosuficiente.
―Claro que no. Puede que seas muy hábil administrando todo esto― digo haciendo un gesto que abarca todo a mi alrededor―, pero está claro que ni siquiera sabes en dónde se encuentran las cosas en la cocina y, al parecer, esta es tu primera excursión por esta parte de la casa ¿no?
Hay una pausa, casi puedo ver los engranajes en su cabeza funcionando, decidiendo si contarme algo o no.
―Esta no es una de las partes de la casa que tenía permitido visitar.
―¿Qué?
Él se encoje de hombros.
―¿Cocinabas mucho en tu casa?
―A esto difícilmente se le puede llamar cocinar― digo mientras gano tiempo metiéndome una uva en la boca―. Pero la respuesta es no. Puede que estuviéramos arruinados, pero siempre pudimos permitirnos una cocinera.
―No estaba intentando implicar…
―Lo sé― y lo más irritante es que es cierto ―. Supongo que se pregunta si horneaba o algo así con mi madre.
―Maman fue criada por monjas, así que aprendió a cocinar, coser y no sé qué más.
―Cualidades extrañas en una duquesa.
―No es como que haya tenido muchas oportunidades de ponerlas en práctica, pero me parece que en algún momento le enseñó a Jess a hacer tarta de limón o algo parecido― se estremece―. O al menos lo intentó. Está claro que mi hermana no nació para la cocina.
―¿Y a ti?
―¿Y a mí qué?
―¿No intentó enseñarte a ti también?
Hace rodar una uva entre el índice y el pulgar, con el ceño fruncido. Un mechón de pelo rebelde le cae sobre la frente y la luz que entra por las ventanas hace que se le marquen las ojeras. Parece un retrato hecho con carboncillo.
―Como ya dije, no se me permitía venir aquí. Hay lugares que son exclusivos para las mujeres.
―Pensé que, como duque, todo esto era tuyo.
―Y lo es. Pero incluso padre tenía lugares a los que no se metía. La cocina es de las cocineras. Y maman tiene su sala de bordado. Tú tendrás tu propio lugar, ya lo decidirás cuando elijas los colores de la habitación de la duquesa y todo lo demás. Tendrás un lugar al que nadie, ni siquiera yo, pueda entrar.
Lo observo, ahora yo con el ceño fruncido.
―¿Tienes tú un lugar así?
Él levanta los ojos, muy claros a la luz del día.
Ladea la cabeza.
―Mi despacho, supongo.
―¿Supones?
―Olvídalo.
―No. Quiero saber a qué te refieres con "supongo".
Él suspira.
―Mira. Mis padres se amaban, eso lo tengo clarísimo, pero eran muy diferentes y querían cosas diferentes. Maman al final cedió y decidió vivir la vida que padre quería para ella. Y cada quién tenía su propio lugar para ir cuando no quería que el otro le molestase. Y, además, padre era varios años mayor que maman así que había gustos que simplemente no compartían, de manera que, cuando así lo querían cada quien se quedaba en su espacio y todos contentos.
―Eso no es una explicación.
―Ya te dije que lo olvides.
Sé que estoy a punto de jugarme una carta muy peligrosa, pero la tentación de obtener información es demasiado grande para resistirla:
―¿Cómo esperas que acepte convertirme en tu esposa si ni siquiera eres capaz de explicar cosas como esa? Dijiste "supongo" y quiero saber por qué, eso es todo. ¿Realmente resulta tan difícil?
Cuando levanta los ojos, siento el deseo de echarme atrás y es precisamente eso lo que hace que me quede clavada en mi lugar, mirándolo con la misma intensidad con que sus ojos azules parecen quemarme. Un músculo salta en tensión en su mandíbula y me doy cuenta de que lo que le molesta en este momento es el sentirse así de vulnerable. Lo que estoy preguntando es mucho más personal de lo que imaginaba y todo él se resiste a decirme la verdad.
Espero, pacientemente, mientras tiene lugar su lucha interior. Es tan obstinado como yo, quizá incluso más, porque como hombre y como heredero de su título, siempre ha estado acostumbrado a que los demás hagan lo que él quiere.
―Es que no se me ocurre un momento en el que no me gustaría que estuvieras conmigo― dice finalmente―, o en el que no quieras que esté contigo.
Suelto un sonidito estrangulado, completamente involuntario y el aprieta el puño sobre la mesa y me sorprende el hecho de que, con todo y el hecho de que esta noche he querido estrangularle, varias veces, me he sentido más a gusto en ese momento que en los días en que se ha encontrado lejos. ¿En qué momento se volvió casi una necesidad en mi vida?
Y me doy cuenta de que de manera lenta pero inexorable, este hombre se ha encargado de convertirse a sí mismo en algo que necesito en mi día a día, una necesidad que no tiene nada que ver con el interés económico de Emma o los intentos de mi padre de que yo no cayera en desgracia junto con su apellido. No es su título ni su riqueza lo que quiero.
Tengo ganas de golpearlo, de estampar el puño contra su nariz para que deje de ser recta. Hace un rato, en mi habitación, él me había preguntado que había sido lo primero que me había gustado de él, ¿su cara o su personalidad? Y la verdad es que el día en que nos conocimos, aún sin saber quién era, me había sentido atraída hacia él. Estaba de más decir que él resultaba atractivo o inteligente e, incluso en ese momento, había sido encantador. Pero la química había surgido en el momento en que, hablando con él, me había dado cuenta de que podía pasar cada día de mi vida haciendo simplemente eso. Hablar. Nunca, hasta ese momento, había contemplado la posibilidad de compartir mi vida con alguien.
Me horrorizaba darme cuenta de que en algún momento en las últimas semanas había dejado de lado la lucha contra la idea de convertirme en su esposa. ¿Era eso amor? Yo tenía muy claro el hecho de que amaba esta vida. A pesar de mi reticencia inicial, había sido más feliz aquí que en la casa de mis padres. Y luego estaban las personas…
Para la duquesa yo no era un medio para conseguir un fin y de alguna manera había actuado más como una madre cariñosa en las semanas que llevaba viviendo aquí de lo que Emma lo había hecho en toda mi vida. Jess no quería ni verme en este momento, pero también tenía claro el cariño que sentía por ella y que lo que pasaba ahora con nosotras era simplemente una de esas rencillas, tan comunes, que se daban a veces entre hermanas. Adoraba a Cherise, con su mente distraída, con sus secretos y su mundo oculto. Y podía verme a mí misma desempeñando el papel que me correspondería si aceptaba convertirme en la duquesa. Pero ¿y Rowan?
¿Qué era exactamente lo que sentía por él? Me atraía, evidentemente. Estaba claro que a mi cuerpo le gustaba y sentía una profunda curiosidad por todo el espacio inexplorado que teníamos los dos en ese aspecto. Pero ¿y lo demás? Era la persona más inteligente que conocía y me impresionaba la soltura con que se había hecho con el título que no se suponía que heredara hasta dentro de unos cuantos años, si su padre no hubiera sufrido una muerte prematura.
Todo él exudaba poder y no era solo por el hecho de que traía consigo un derecho de nacimiento. Tenía ese aire de un lugar que se había ganado, bastaba ver la forma en que lo veían sus sirvientes o escuchar la manera reverente en que algunos, como Amara, se expresaban de él. Era evidente que, si me decidía a hablar con otros, encontraría cosas parecidas.
Lo respetaba, lo admiraba y lo deseaba, pero ¿le amaba? Eso no lo tenía tan claro. Le echaba en falta cuando no estaba y me gustaba pasar tiempo con él, aún y cuando la mitad de las veces acabáramos discutiendo y era precisamente eso, el hecho de que prefería discutir con él que estar en paz con cualquier otra persona, lo que hacía que la cabeza me diera vueltas en este momento.
―¿Arah?
Parpadeo, saliendo de mi mente por un momento. Parece preocupado y me doy cuenta de que se trata de esa misma vulnerabilidad que ha exhibido al decirme eso. Ha dado un salto al vacío y ahora está asustado.
No tengo en claro mis sentimientos, así que no puedo tranquilizarlo de esa manera, así que le digo la única cosa que, se me ocurre, puede equilibrar la balanza.
―Creo que no me gustaría tener una sala de bordado.
Él parece impaciente.
―Puedes tener una sala de dibujo o lo que sea.
Ruedo los ojos.
―A lo que me refiero― digo mientras avanzo un paso y pongo los dedos sobre la mano que tiene apoyada sobre la mesa, junto a su plato a medio comer ―, es a que creo que no me gustaría tener una habitación en la que no puedas entrar.
―Ah― dice él y hay un brillo triunfal en sus ojos―. Bien.
Ninguno dice nada después de eso. Resulta demasiado arriesgado romper esta burbuja apacible con cualquier palabra que pueda servir como preludio a otra pelea. Así que nos limitamos a comer en silencio, robando miradas que se convierten en sonrisas cómplices cuando, de vez en cuando, nuestros ojos se encuentran.
Creo que estos dos cada vez están más equiparados en cuanto al nivel que alcanzan sus sentimientos. Y como me ha recordado Cora hoy, esta historia va ya para dos años y me parece increíble (y algo vergonzoso) que ya haya pasado tanto tiempo.
En mi defensa, la había concebido como un short fic, de unos diez capítulos, pero no había contado con que Arah iba a ser difícil de convencer y que las historias de otros personajes iban a entrelazarse.
Creo que queda aún bastante historia que contar y lo cierto es que, mientras Cora, Mildred, Roja y cualquier otra persona quiera seguir leyendo, yo sin lugar a dudas disfruto escribiendo.
Aprovecharé de momento el hype y la inspiración.
Un abrazo, E.
