Buenas noches, gente!

Aquí les caigo con otro capi más! Uhmm... Estoy pensando en convertir esta segunda temporada en un fic independiente de este, pero creo que lo haré mejor cuando termine la temporada. :-).

Besos!

Vicka.


MEMORIAS DE TINTIN PARTE IV.

REVELACIONES I: CONOCIENDO EL CREDO DE LOS ASESINOS.

Iniciando secuencia genética número 3… Listo.

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Era más de medianoche y la Luna iluminaba la ciudad de Estambul; Tintin estaba en la azotea del hotel donde se hospedaba con el capitán Haddock, vigilante y a la vez contemplativo, reflexionando sobre lo acontecido horas atrás en el pequeño restaurante.

Por más que le buscara, no podía entender la presencia de Nikolai Pavlov, el director del orfanatorio en donde él había crecido, ni cómo ese hombre se había enterado de que ese par de hombres intentaban matarle. Sabía que esos hombres pudieron haber sido enviados por Ali Abu-Grahib, el dirigente de un grupo de realistas que intentaban por todos los medios destruir la actual República de Turquía y devolverle su antigua gloria como Imperio, ya que el chico y su amigo habían descubierto recientemente una conspiración para matar al presidente Mustafa Kemal "Attatürk" días atrás en París.

De hecho, esa era la razón por la cual él estaba en Estambul: Quería advertir al presidente sobre la conspiración, contando con que el grupo de Abu-Grahib les seguía los talones.

¿Qué estará haciendo Pavlov aquí?, pensó muy intrigado mientras observaba la Luna. ¿Cómo supo sobre esos hombres…?

A Pavlov lo conocía de toda la vida; de hecho, ese hombre fue el que le había enseñado todas las tácticas de lucha y combate cuerpo a cuerpo que había aplicado en cada una de sus aventuras, con o sin armas. Él fue el que le había enseñado a usar fuerza e inteligencia como una sola entidad; él fue quien le había enseñado varios idiomas que domina con fluidez, desde el turco hasta el rumano, la lengua materna de su madre. Fue él quien le había enseñado el arte del desplazamiento, el parkour, así como el manejo de las armas de fuego.

Fue él quien le había enseñado a dejarse guiar con el instinto en situaciones de peligro y fue él quien le había inculcado la ideología de defender la libertad del hombre.

No obstante, había cosas en él que no cuadraban con el cargo de encargado de un orfanato, y eran justamente la educación espartana que tanto a él como a sus compañeros y amigos del orfanatorio les había prodigado, así como el extraño traje negro con esa insignia que portaba esa mañana… Una insignia que él acababa de recordar que se lo había visto antes durante su estancia en Rumania.

- Esa insignia – susurraba el chico-… Ahora recuerdo que se lo había visto antes. Fue…

- Cuando eras un niño – le interrumpió una voz.

Tintin se volvió y, muy sorprendido, exclamó:

- ¡Nikolai!

El aludido, con una sonrisa, se acercó a su joven ex protegido y, tras abrazarlo, le dijo:

- Me da gusto ver que estás bien.

- Igualmente, Nikolai – replicó el castaño rojizo.

Ambos se volvieron hacia la Luna, inmensa y brillante. Blanca como la nieve, parecía que se convertía en el testigo silencioso de todo lo que aconteciere en todos los distritos de los llamados confines del mundo. Las estrellas, sus eternas compañeras, adornaban el firmamento oscuro, dándole a la Luna una especie de realce.

Tintin observó con detenimiento a su antiguo mentor, quien al parecer estaba muy concentrado en observar las estrellas; con un poco de temor de ofenderle, se aventuró a preguntarle:

- ¿Cómo sabías que esos hombres intentaban matarme?

Pavlov se volvió hacia el adolescente y, con seriedad, le respondió:

- Un pajarito me lo dijo.

El periodista le miró con suspicacia; Pavlov, sonriente, añadió:

- Veo que has perfeccionado tu habilidad de cómo distinguir una verdad de una mentira. Lo puedo ver en tu forma de mirarme.

- Tú me lo inculcaste, si mal no recuerdo.

- ¡Je! Entonces supongo que te estarás preguntando sobre mi presencia aquí y en otras partes del mundo a dónde has viajado.

- Eso y más…

El rumano ladeó con la cabeza.

Definitivamente aquél muchacho no había perdido para nada el entrenamiento que le había prodigado en el orfanatorio. No por nada varios lo consideraban como el mejor de su generación; de hecho, sentía un enorme orgullo por haberle entrenado… A pesar de que desconociera muchas cosas que tarde o temprano debía de revelarle.

Suspirando hondamente, miró a la Luna y, en tono grave, le explicó:

- Hay muchas cosas… De las cuales poco a poco te enterarás… Si tienes la suficiente curiosidad para hacerlo.

- ¿Eh?

El rumano lo miró a los ojos y añadió:

- ¿Alguna vez te has preguntado el porqué de la educación tan peculiar que tú y tus compañeros del orfanatorio han recibido desde su infancia hasta ahora?

Tintin, mirándolo con consternación, le respondió:

- Muy pocas veces lo he hecho, aunque en general no tengo nada de qué quejarme. Al contrario: Te estoy agradecido por haberte encargado de mí después del accidente de mis padres.

Pavlov no pudo evitar sentir una punzada de dolor en el pecho; el pobre chico no sabía aún la triste verdad acerca de la muerte de su familia, y si bien prefería sostenerle la mentira de un supuesto accidente automovilístico en una carretera a Bucarest, sabía que el chico conocería de una u otra forma esa verdad.

Tintin, por su parte, le observaba con preocupación.

Su instinto le decía que Pavlov estaba sumamente incómodo al respecto del tema; era como si él le ocultara algo que se esforzaba por no revelar. Lo sospechaba desde que era pequeño; podía ver cómo el hombre parecía incomodarse cada vez que le tocaba el tema en cuestión. Bien decían que los ojos son la ventana del alma… Y cuando Tintin veía a su antiguo mentor a los ojos, éstos parecían reflejar un dolor indescriptible.

- Valentine – dijo el hombre de la capucha negra -… Yo… Yo… ¡Dios!

- ¿Qué pasa, Nikolai?

- Tintin… N-no sé cómo decirte esto… No sé cómo hacerlo, aunque sé que tú… Que tú te volverás vulnerable y tal vez incluso me odies.

- ¿Odiarte? ¿A ti? ¿A mi mentor? No entiendo.

El hombre observó la Luna nuevamente y, pasando su mirada a la de su antiguo pupilo, decidió ir directo al grano:

- Valentine… Tus padres no murieron en un accidente.

Tintin le miró sorprendido mientras Pavlov añadió:

- Tus padres murieron asesinados.

- ¿C-cómo?... ¿Q-qué e-estás…?

El chico se sintió repentinamente mal, al grado de desmayarse ante la impresión; Pavlov logró atraparlo y, sentándolo con cuidado, se puso junto a él y, con tristeza, le narró:

- Tú naciste en una cabaña en el bosque de Targoviste durante un amanecer nevado. Masha, mi esposa, fue la partera que te trajo al mundo…

- ¿Masha?

- Sí… Tus padres estaban felices de tenerte con ellos, Valentine. De hecho… Fueron ellos quienes te pusieron el nombre; fue una querella de tu madre con tal de honrar la herencia belga de tu padre. No obstante, esa misma mañana, unos hombres con quienes tu familia tenía un serio pleito dieron con ellos… Y tu padre, decidido a protegerles a ti y a tu madre, decidió enfrentarles. Tu madre, presintiendo tal vez su muerte y la de él, te dejó en manos de Masha, no sin antes darte su primera y última bendición, para luego ir en auxilio de tu padre.

Tintin no podía creer lo que estaba escuchando. De hecho, se negaba a creer aquellas palabras de su mentor; quiso levantarse e irse corriendo a su habitación para llorar en silencio, pero Pavlov, con firmeza, le detuvo diciéndole:

- Tus padres recibieron el mismo entrenamiento que tú.

El adolescente se volvió hacia él y exclamó:

- ¡¿Qué?!

Pavlov, mirando una vez más a la Luna, le respondió:

- Como dije antes… Hay cosas que tarde o temprano terminarás por enterarte… Y qué mejor momento y lugar que el aquí y el ahora.

- No… No lo entiendo.

- Valentine… Desde hace siglos existen dos grupos enfrentados. Uno quiere dominar al hombre y esclavizarlo de tal manera que nunca se rebele y defienda sus creencias, sus virtudes y su discernimiento entre lo bueno y lo malo. Ese grupo, llamado los Templarios, lo conforman hombres sumamente poderosos que poseen recursos económicos ilimitados, ya sea a través de la explotación de países pobres o a través del comercio y las ciencias.

- ¿Templarios? ¿No fue esa una orden de las Cruzadas?

- Mhm… Eso es lo que quieren que creas… Pero son algo más que eso…

- ¿Y el otro grupo?

- El otro grupo, mi querido muchacho, es a donde tú y yo pertenecemos: Los Asesinos.

Tintin palideció mientras que Pavlov, echándose a reír, aclaró:

- ¡Cálmate, muchacho! ¡No es lo que piensas!

- Pero dijiste "asesinos", Nikolai. O sea que pertenecemos a gente que asesina a otros.

- Eso es algo que te aclararé ahora, hijo mío. Nosotros los Asesinos no matamos por placer ni por necesidad; solo lo hacemos porque no nos queda de otra…

El chico le observó muy extrañado.

- Valentine… Nosotros los Asesinos somos una Orden que ha jurado proteger la libertad del hombre de aquellos que intenten suprimirla en todas sus formas, es decir de los Templarios. La educación que te prodigué fue en realidad el entrenamiento por la que pasan los Asesinos desde su infancia; el hecho de inculcarte la lucha a favor de los inocentes forma parte de nuestro Credo y de nuestras tres reglas principales.

- ¿Un Credo?

- "Laa shay'a waqi'un moutlaq bale koulun moumkine".

- "Nada es verdad… todo está permitido".

Pavlov asintió con una sonrisa.

- Es un Credo demasiado cínico – puntualizó Tintin.

- ¡Je! Si fuera una doctrina, sí, pero no lo es… Verás… Nuestro Credo es una mera observación de la naturaleza de la realidad, Valentine.

- ¿Observación de la realidad?

- Sí. Al decir "nada es verdad", estás diciendo que los pilares de nuestra sociedad son muy frágiles, especialmente en cuestiones relacionadas con la religión, la moral y la política, por lo que nos toca a nosotros ser los labradores de esa realidad. Al decir "todo está permitido", estás diciendo que nosotros, al ser los arquitectos de nuestra realidad, debemos aceptar las consecuencias, buenas o malas, de todas las acciones que hagamos, por lo que un Asesino nunca se detiene a pensar si infringe o no la ley, sino todo lo contrario: sabe que sus actos pueden traer buenas o malas consecuencias.

- Cielos… Suena… Complicado.

- En realidad es sencillo de entender después de que conozcas los Tres Pilares del Credo, es decir, las tres normas básicas que todo Asesino que comprende bien el Credo debe seguir.

- ¿Y esas normas son…?

- La primera: Aparta tu arma de la carne del inocente. Nosotros no asesinamos a inocentes; nosotros eliminamos a los Templarios, sobre todo a los peces gordos. Si asesinas a alguien por error, se te será perdonado, puesto que nadie es perfecto. Si asesinas a alguien nada más porque sí, la sanción sería tu expulsión por traición.

- ¿Por traición?

- Sí. No debemos matar a inocentes, ya que ellos prácticamente o no tienen idea o tienen poca idea de esta guerra oculta. Matar a gente inocente es un acto de traición a nuestro Credo.

- Wow…

- Ahora bien, la segunda norma es que debes de mezclarte entre las personas en plena luz del día. Es decir, siempre busca una forma de pasar desapercibido.

- ¿Por qué?

- Por la tercera norma, que es que, bajo ninguna circunstancia, no comprometas a la Hermandad con tus actos. Al comprometerla, lograrías que los Templarios nos echaran encima y exterminaran tanto a los miembros de la Hermandad como a sus familias.

- Cielos...

- Es por eso que nosotros actuamos en las sombras para servir la luz, hijo mío: Para pelear por la libertad del hombre… Que es lo que has estado haciendo durante todo este tiempo al igual que tu padre, tu madre y tus abuelos maternos antes de ti.

- ¿Mis abuelos maternos? ¿Por qué mis abuelos maternos? ¿Acaso mis abuelos paternos desconocen de esta especie de guerra oculta?

- No, Tintin. No lo desconocen… Ellos lo saben mejor que nadie.

- ¿Y entonces?

- Bueno… Tu padre… Tu padre fue un ex Templario.

Tintin se quedó francamente sorprendido mientras que Pavlov añadía:

- Tu padre fue mi mejor amigo de la infancia. Fue mi mejor amigo a pesar de que ambos éramos de distintos bandos; él se había negado rotundamente a terminar su amistad conmigo debido a la pertenencia de mi familia a la Hermandad y yo me había negado rotundamente a terminar esa amistad por el mismo motivo. La realidad era que tu padre simpatizaba mucho con los Asesinos, a tal grado de convertirse en uno de nuestros informantes clave. No obstante, lo que le hizo cambiar de bando fue algo más fuerte que la profunda amistad que teníamos.

El adolescente, con los labios temblorosos, susurró:

- M-mi madre…

- Exacto. Tu madre… Mi prima.

- ¡¿T-tu prima?!

Aquellas palabras terminaron por turbar al joven reportero; Nikolai, al notar aquella reacción, le explicó:

- Tu madre fue hija de la hermana de mi padre. Ella conoció a tu padre durante una misión de recolección de información, aunque sabía de sobra mi amistad con él. Ambos se enamoraron y eso motivó a tu padre a traicionar a los Templarios de manera definitiva. Los dos fueron los mejores, Tintin. Fueron Asesinos de alto rango, temidos, respetados y queridos por varios miembros de la Hermandad; su muerte supuso un duro golpe para todos, especialmente para mí… Aunque me consuela el hecho de que esté a mi lado su vivo recuerdo.

Tintin sonrió y, desviando su mirada, observó la Luna y las estrellas. Nikolai, por su parte, se levantó y, ofreciéndole la mano, le dijo:

- Ven.

- ¿Eh?

- Tenemos que ir a donde Kamal Attatürk y advertirle de la conspiración de Abu Grahib.

- Bie- Espera… Aún no respondiste a mi pregunta sobre tu presencia aquí en Estambul.

Pavlov, con una sonrisa, le repsondió:

- Te lo explicaré en el camino, muchacho. Lo prometo, pero por ahora, ven conmigo.

- Sí… Tío.

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Sincronización 100% completada.