"Si el rey Pigmalión hubiera tenido en su mano todo el conocimiento que hay en la actualidad en el campo de la ingeniería genética humana, no me cabe ninguna duda que habría tenido éxito en su misión de sacar a la reina perfecta de la prisión de piedra de su mente soñadora y traerla a la realidad." Fragmento del diario del doctor Sauler.


Mair Rainder, 17 años

Sparkly Lane


Llegamos. Este debe ser el lugar del que se halla en el libro. Los laboratorios del doctor Sauler comienzan aquí.

Eris no baja su arco y yo tengo el látigo preparado, listo para usar. Siento que el cualquier momento algo va a venir a por nosotros, ya sea un elemento de la Arena o un tributo. Desde que salimos del escondite hasta ahora no nos hemos encontrado a nadie, pero no me creo que nadie más haya sido seducido por la idea de venir a por el premio.

—Casi rogaría por algo de movimiento —susurro—. Este silencio no hace sino ponerme nerviosa. Como si todo fuera a ser peor cuando por fin pase algo.

Eris se para en seco.

—Yo también tengo esa sensación. Hay algo que se nos está escapando... Algo que si no lo tenemos en cuenta nos va a costar caro. Pensar, sentir, observar... ¿Qué puede ser?

Si sentimos que el peligro se acerca pero no sabemos desde donde, lo más probable es que estemos a punto de encontrarlo.

Eris y yo no nos movemos del sitio hasta que no hemos examinado y analizado el pasillo entero. No hay nada, no se oye nada... Pero hay algo. No puede ser todo tan fácil.

Avanzamos despacio poniendo extrema atención a todo. Cuando el pequeño artefacto blanco aparece cerca del techo, Eris y yo lo vemos a la vez. Una vaina. No podría olvidar su forma aunque quisiera. Intercambiamos miradas y no hace falta decir nada más, ambas sabemos sin que nos digan que el peligro está aquí.

La mayoría de las vainas tienen un sensor de movimiento que las activa, aunque también hay otros métodos como la presión, e incluso se pueden programar con temporizador o manualmente.

—Atrás —susurra Eris con la vista clavada en la vaina.

Mientras retrocedemos, carga la flecha de nuevo en su arco, apunta y dispara. Una llamarada sale del mismo envuelta en un denso humo negro que se extiende por el pasillo hasta nosotras.

Corremos hacia un pasillo perpendicular al que nos encontramos. Eris se tapa la nariz con la solapa de la gabardina y yo la imito de forma que cuando la nube de humo nos alcanza, a penas tosemos.

—¡Monóxido de carbono! —dice Eris, su voz suena amortiguada a través de la tela—. ¡Esperemos a que se disipe!

Ambas estamos lagrimeando. Ese humo es irritante y hace que me piquen los ojos. Esto nos está haciendo bajar la guardia y me preocupa. Agarro a Eris de la ropa y retrocedemos hasta una habitación donde el aire está limpio.

Mis manos tienen una ligera capa de hollín que las hace verse grisáceas. La cara y el cabello de mi aliada también se ven así, por lo que doy por hecho que yo debo verme igual.

—Tus ojos están rojos —musita Eris.

—Los tuyos también. Quizá deberíamos limpiarlos antes de salir ahí de nuevo.

—De acuerdo.

Eris saca una botella de agua y moja un pedazo de venda. Con mucho cuidado, limpia mis ojos y mi cara. El paño está completamente sucio para cuando termina. Luego es mi turno. Repito el proceso y comienzo a limpiar sus ojos. Jamás los vi tan cerca. Son hermosos, de un cristalino tono de verde y unas leves, casi imperceptibles pinceladas amarillentas.

—No tienes por qué esmerarte tanto —dice, cuando siente que estoy empleando demasiado tiempo en limpiar su cara.

No me gusta que esté sucia. No debería estar sucia.

—Está bien, tenemos tiempo hasta que no se disipe el humo —digo.

—Quizá deberíamos dejar un poco sin limpiar, Mair. Toda esta suciedad que llevamos encima es el producto de lo que estamos viviendo aquí dentro. Un símbolo de los obstáculos que nos lanzan y que vamos superando. Tendremos más en el futuro, heridas, moratones... O algo peor. Esta es sólo el primero de todos los que están por venir. De hecho, he decidido que no quiero deshacerme de él. Mis ojos están bien ya... El resto no importa, pero gracias de igual modo.

Mi mano se detiene y lentamente la voy retirando. Una paulatina sensación de tristeza invade mi interior. Un símbolo. El primero de todos los que están por venir.

"¿Qué harías si tuvieras un dilema y ambas opciones tienen tanto ventajas como inconvenientes?"

"Seguiría mi instinto."

Revivo la escena de nuestra conversación, la noche antes de venir aquí. En aquel entonces ambas acabábamos de pasar por nuestro último tratamiento de belleza y Eris estaba radiante con aquel vestido de cientos de colores, dispuesta a hacer lo que sea porque su entrevista contase para parar el proceso. Si cierro los ojos aún parece que pueda aspirar su perfume con base de lentisco y heliotropo.

Esa iba a ser nuestra última oportunidad de salvarnos a todos... Y ahora estamos aquí ella y yo, a punto de entrar en los últimos diez, habiendo perdido a dos personas por el camino y con el cerco cerrándose cada vez más.

Quedamos muy pocos. Demasiado pocos. Cada vez menos.

Y yo quiero volver con Johann. No sólo por lo mucho que lo necesito a mi lado, sino porque él no tiene a nadie más. Yo que me quedé sola no puedo dejar que le pase lo mismo a él. No puedo permitirlo. Pero al mirar a Eris a los ojos, una parte de mí siente repulsión ante la idea de levantar una mano en contra de ella. Si quedamos solas en este lugar... ¿Qué harán ellos? ¿Qué haremos nosotras? Nos imagino luchando, yo contra ella, siendo obligada a matarla. Y años después, Johann viendo esos vídeos. Yo, su madre, matando a una amiga.

Eris no sonríe. Me devuelve una mirada triste y desesperanzada. Muy posiblemente sabe lo que se me está pasando por la cabeza.

—Sea lo que sea, no pienses en eso —susurra—. Debemos centrarnos y desanimarnos aún más no ayudará.

No contesto. Sólo la abrazo. Lo hago porque quiero, porque es lo que siento. Aprieto fuerte, tal vez demasiado pero ella no se queja sino que responde a mi abrazo. Permanecemos así por varios minutos, sin decir nada, y en ese tiempo decido algo: Que voy a proteger a esta chica con mi vida. Que no me van a volver en contra de ella y que si llegamos juntas al final tendrán que sacarnos vivas o matarnos a ambas. Temo que cuando el número de tributos vaya menguando más mi supervivencia y el hecho de que mi hijo en el fondo me necesita a su lado, se impongan. Pero eso no quita que lo otro sea verdad: Matar a una amiga no es el ejemplo que quiero darle a mi hijo.

Katniss y Peeta pudieron. ¿Por qué no nosotras? El amor entre ellos les sirvió para que la gente se solidarizase con ellos y pudieran estar juntos. La amistad para mí es igual de poderosa, aunque tal vez algo infravalorada. Es lo que Panem necesita en estos momentos más que nunca. Mi nuevo enfoque hace que me anime. Cuando suelto a Eris, estoy sonriendo y ella lo hace también.

—Vamos. Tenemos unas cuantas vainas que destruír —digo.


Eryx E. Dorinday, 18 años

Capitol Hill


El humo del pasillo hace que no se vea nada con claridad a partir de una distancia de unos cinco metros de donde estamos. Las paredes originalmente blancas, están ennegrecidas y mi nariz registra un intenso y desagradable olor a quemado.

—Un chico como yo no debería estar en un lugar así —suspiro resignado.

Quiero volver al Capitolio, a mi arte, a mis noches de insomnio observando la inmensidad del firmamento... O mejor eso último no. Ya estoy en el firmamento y estoy francamente harto, por no decir una grosería. Ahora mismo lo único que quiero es volver a la Tierra y sus cosas mundanas.

Pero antes tengo algo que salir de esta.

—Bueno, parece que aquí acaba de haber fiesta —comenta Roenna.

—En efecto, eso parece. No hace mucho, de hecho. ¿Qué crees que ha pasado?

—Alguien se ha hecho con algún juguetito interesante... Y puede que aún estén por la zona así que saca esas dagas tuyas.

—Es un buen punto. Pero caminar por un pasillo por el que no veo a más de cierta distancia no es que me parezca la mejor idea del mundo. ¿Quién no dice que estemos caminando de lleno a una emboscada?

—Ja. Que lo intenten. A mí sólo me basta un simple corte con mi arma para tenerlos agonizando en el suelo —susurra.

—Aún así no es bueno lanzarse así como así, prefiero esperar a que se disipe el humo.

Roenna no puede esperar a tener el premio en sus manos y yo opino que se está precipitando. Hasta ahora nos hemos llevado bien, conectamos desde el principio. Pero últimamente diferimos algo en cuanto a opinión y me preocupa que su impulsividad me arrastre a algo que supere mis capacidades y acabe malherido o muerto. Eso es definitivamente algo que quiero evitar.

—Eryx, sólo piensa en los posibles tributos que estén adelante de nosotros, más cerca del premio que nosotros y que si no nos damos prisa van a acabar ganado.

—Si yo pienso eso, no se me olvida ni por un momento. Quiero el premio tanto como tú pero a parte de los tributos que estén por delante debemos pensar en los que están por venir y por supuesto en nuestros estimados vigilantes que deben tenernos alguna sorpresa de las suyas orquestada. ¿No nos estaremos abriendo demasiados frentes?

—¡Precisamente por eso tenemos que seguir! Así pillamos a los de delante, los acorralamos y nos distanciamos de los de atrás.

—Pero no sabemos lo que nos espera delante. ¿Qué nos cuesta esperar un poco? —argumento.

No es como si todo se fuera a arruinar de repente. No veo el punto de seguir si no podemos ver bien.

—Espera tú si quieres —dice sonriendo levemente—. Alcánzame cuando te hayas dado cuenta que seguir avanzando es lo mejor.

Siempre he estado acostumbrado a salirme con la mía. Incluso cuando mi padre me prohibía hacer algo, o cuando me obligaba a hacer algo, si a mí no me parecía una decisión lógica me gustaba tener la última palabra. Le decía que sí, pero todo era diferente cuando se daba la vuelta. Ahora, aunque me tiente dejarla ir y que se las arregle, debo reconocer que Roenna me da algo de miedo. No sabría exactamente decir por qué, pero algo en ella es intimidante.

Al final, acabo propulsándome en el suelo hacia adelante, aunque decido mantener las distancias. Pero no he avanzado ni cien metros cuando veo a Roenna petrificada en medio del pasillo.

—¿Qué pasa? —digo.

Entonces señala una vaina verde brillante que cuelga de un hilo del techo, balanceándose levemente a más o menos metro y medio del suelo. Otra trampa. La señal de estamos muy cerca del premio.

—No podemos pasar —dice—. Necesitamos armas a distancia y no tenemos ninguna.

—Bueno, al menos sabemos que nadie más ha pasado. Somos los primeros —digo—. Podríamos... Esperar escondidos a que venga alguien más, se deshaga de la vaina por nosotros y cuando lo hayan hecho salimos y les damos por la retaguardia.

—Me gusta esa idea —contesta—. Hagámoslo.

Pero justo cuando nos damos la vuelta, por el rabillo del ojo distingo algo. La vaina comienza a brillar y sea lo que sea lo que tenga adentro nos va a caer encima.

—¡La están activando manualmente! —grito.

—¡Mierda. Que te jodan, Johanna Mason! —maldice entre dientes.

Un líquido plateado parecido al mercurio cae de la vaina al suelo y una vez ahí, el charco comienza a tomar otra forma. La silueta resultante va cobrando altura y adquiriendo detalles, es algo más alta que nosotros. Roenna saca su cuchillo, avanza y comienza a apuñalarla, pero su textura líquida se recompone. Viendo que es inútil, vuelve hacia atrás.

—Debía intentarlo —dice.

Por fin parece solidificarse, y colorearse, hasta que el resultado final es expuesto ante nosotros. Una serpiente plateada con dibujos dorados, ojos amarillos sin pupula, perfilados de negro. Tiene brazos, una túnica negra y un tocado dorado en su frente. En sus manos sujeta una especie de lanza negra y dorada. Hay algo humano en ella.

—La he visto antes —susurro—. En el libro ese. Era una quimera creada por el doctor Sauler. Un cruce entre humano y serpiente. Así que nuestra siguiente prueba es vencer esta cosa...

—Es como una lamia... —murmura.

—¿Una qué?

Pero Roenna no tiene tiempo de contestar, porque el muto nos apunta con su lanza y repta hacia nosotros. Su velocidad es mayor de la que esperamos. Ella salta hacia la derecha y yo hacia la izquierda, dejando que el muto pase por el centro. Con estas armas de corto alcance nos va a costar hacerle si quiera cosquillas.

Si no le encontramos un punto débil en un rato nos va a masacrar. Por muy determinada que esté ella lo mejor es irnos.

—Creo que ya no quiero el premio —murmuro.

Ella no lo escucha.


Isamere "Izzy" Gates, 18 años

Star Valley


—No me inspira confianza esta ruta —digo con firmeza.

—A mí tampoco, no es normal que haya tanto humo.

—Saquemos el mapa, quiero ver qué alternativas hay.

Meto la mano en la gabardina y saco el libro del bolsillo interior. Tengo un envoltorio de galletas saladas vacío marcando la página. Ethan se coloca a mi lado y ambos estudiamos el lugar.

—Este pasillo de aquí debe ser ese —dice, señalando el plano—. La forma de este rellano coincide. Podemos rodear por aquí, es más largo pero acabaremos en el mismo sitio y habremos evitado el pasillo del humo.

—Adelante, pues.

Conforme nos acercábamos a la zona. Mi espada está preparada para lo que sea que venga, también la ballesta de Ethan. La zona está tranquila pero de un momento a otro nos vamos a encontrar con un tributo y no es algo que podría pasar. Es algo que pasará.

Al contrario del otro pasillo, el cual estaba hecho una ruina, este está impoluto, pero dado que estamos tan cerca de nuestro destino, debemos dar por hecho que las pruebas de la yincana están ahí en alguna parte.

Reviso el suelo, las paredes y el techo con atención hasta que finalmente la veo.

—Hey, Ethan —susurro señalando la vaina colocada en el suelo, justo en el centro del pasillo—. Mejor no demos un paso más hasta que eso detone.

—Déjamelo a mí —contesta apuntándola con su ballesta—. Atrás.

Se toma un tiempo para apuntar y a la vez que dispara, damos un gran salto hacia atrás.

La vaina detona con una estridente explosión, acompañada de un intenso chispazo amarillo que alcanza hasta el lugar en el que estábamos antes. Mi cabello se eriza, como si lo hubiera acercado a la pantalla del televisor.

Ethan seca con la manga del uniforme su frente cubierta en sudor.

—Una descarga eléctrica. El aire se ha ionizado —dice, girándose para mirarme—. Te sienta bien.

—Seguro —digo riendo—. ¿Alguien tiene un espejo? Quiero adoptar este nuevo estilo. Tal vez incluso se ponga de moda.

Él sonríe conmigo antes de dirigir su mirada a los pequeños robots redondeados que han salido de la vaina. Navegan sin rumbo por el aire, cambiando de dirección cada vez que chocan con la pared. Si uno de ellos colisiona contra otro, se produce un chispazo.

—Creo que nos quieren freír —digo—. ¿Cómo vamos a pasar ahora?

—A no ser que podamos predecir algún patrón en la trayectoria de los robots, va a ser prácticamente un suicidio intentar llegar al otro lado.

Pero tras observarlos por un par de minutos, no sacamos nada en claro. Los chispazos se suceden cada pocos segundos, no dejando ningún hueco lo suficientemente grande como para poder escurrirse.

—Hmmm... Podría ser —murmuro—... ¿Recuerdas la victoria de Beetee? Construyó un pararrayos usando con chatarra y electrocutó el lago entero matando a la alianza primaria al completo... Él se protegió con unas botas de goma.

—La goma no conduce la electricidad... —agrega él— ¿Crees que nuestras botas son de goma también?

Me quito una de ellas, examinándola desde varios ángulos. Parece que lo es. Una bombilla se enciende en mi cabeza para conseguir pasar por entre todo este caos.

—La suela es de goma. Suficiente.

—No estarás pensando en...

—Se me acaba de ocurrir una idea pero necesito que estés atento y te quites una de las botas. Voy a pasarte los robots de uno en uno para que tú los mandes hacia atrás hasta que el camino quede despejado.

Ethan abre mucho los ojos.

—Izzy... Tal vez sería mejor que...

Pero antes de que pueda terminar, yo ya he comenzado a acercarme a los robots. Mi miedo aumenta a la vez que avanzo. Curiosamente, eso me motiva más.

Un paso en falso y estarás muerta. Uno tan solo y no tendrás segunda oportunidad.

—Isamere Gates... Que sepas que si muero de un infarto será culpa tuya.

Me giro hacia Ethan y me llevo un dedo a los labios. Sólo vi esa expresión preocupada cuando salté de la azotea hacia abajo, antes de venir a la Arena.

—¡Atento! —le digo.

Uno de los robots se aleja ligeramente del grupo y usando mi bota lo empujo hacia atrás, separándolo más del resto. Los cortocircuitos estallan a mi alrededor. Estoy muy cerca de ellos y el sonido que hacen es aterrador. Mientras empujo con mi bota el robot hacia Ethan, noto que me tiembla ligeramente el brazo.

Mi aliado se aparta, pegándose a la pared. Observa el robot por unos segundos antes de golpearlo con la suela del zapato, lejos de nosotros.

—Es como jugar a balón prisionero con un toque de... Muerte —dice al fin—. Pásame el siguiente.

Repetimos el proceso varias veces. Los chispazos se vuelven menos y menos frecuentes y al final, cuando sólo quedan unos pocos, consigo encontrar un hueco lo suficientemente seguro como para pasar al otro lado.

Ethan me sigue sin problemas. Nos chocamos los cinco, para celebrar que nuestro plan ha tenido éxito, sonriendo ampliamente. A pesar de que debemos estar por encontrarnos con otro problema, puede que aún mayor que este.

Igual, un obstáculo menos es un obstáculo menos.

Nuestra celebración acaba cuando a lo lejos, detectamos movimiento. Entrecierro los ojos, desenfundando mi espada de nuevo mientras Ethan carga otra saeta.

—Parecen varias personas. Acerquémonos con precaución —dice.

Hay un muto, y parece ser de los grandes. Primero vemos a Roenna y Eryx de Capitol Hill. Luego a Eris y Mair. La nieta de Coriolanus no está por ninguna parte. ¿Habrá sido suyo uno de los cañonazos que hemos escuchado antes?

—Voy a consultar el bestiario —digo, buscándolo en mi bolsillo.

"Neolamia. Un híbrido entre humano y serpiente inspirado en las lamias mitológicas. Otro de los logros más aclamados del doctor Sauler. Esta fue la primera vez en la historia de la humanidad que se cruzó exitosamente un humano con un animal no mamífero, en este caso un reptil. Las neolamias fueron usadas como centinelas por un tiempo por su gran inteligencia, implacable habilidad de combate y resistencia debido al grosor de su piel. Con las generaciones siguientes, fueron perdiendo la obediencia a los humanos en favor de su propia comunidad, pasando a ver a los humanos como los que las habían oprimido por décadas. Tras la desaparición de varios niños, presuntamente devorados por neolamias, se ejecutó a la comunidad entera."

—Y yo que pensaba que no podían superar a la ficción en detalles grotescos... —dice Ethan.

—Lo que más me sorprende es ver a dos alianzas trabajando juntas. Debe ser uno de esos momentos en los que los vigilantes obligan a los tributos a unir fuerzas para luego hacerlos volverse los unos contra los otros de nuevo.

—Pues mejor vamos a ayudar —dice Ethan—. No creo que consigan matarla solos.

El muto tiene una lanza en las manos, la usa con rapidez y maestría. Lo único que pueden hacer de momento es esquivarlo.

—¿¡A qué esperan!? —dice el tal Eryx— ¡Vengan a ayudar o no podremos pasar ninguno!

Su arma no es demasiado apropiada para la lucha. Tampoco la de su compañera. Eris con el arco es otra cosa. El muto ya tiene dos flechas clavadas, una en la parte del cuerpo inmediatamente posterior a la cabeza y otra en uno de sus brazos escamosos.

Trato de rodear al monstruo para atacarlo por detrás mientras está concentrado en los otros tributos, pero él parece darse cuenta de mis intenciones y esquivo su estocada por muy, muy poco, protegiéndome con la espada. El choque metálico retumba en mis oídos. Eris aprovecha la posición para clavarle otra flecha cerca del nacimiento de su brazo cosa que parece molestarlo. Le ha dado en un punto débil.

Mientras se la quita, Ethan ataca. La saeta atraviesa el ojo derecho del muto, que se queja con un sonido silbante. Es el momento que Mair escoge para atrapar el mango de su lanza con el látigo y tirar. Parece que va a conseguirlo, pero a pesar del dolor que la neolamia debe estar sintiendo, no lo suelta. Ataco por el flanco izquierdo aprovechando que lo tiene desprotegido. El muto da un tirón de su lanza, lo cual hace que Mair, con el látigo aún enganchado a la misma, salga despedida y choque conmigo. Acabo aplastada contra la pared, con su cuerpo frente a mí cuando el muto se abalanza sobre nosotras y clava sus colmillos en su cuello.

Doy un grito al ver la cara del muto tan cerca de la mía. Al otro lado, oigo a Eris gritar también.

—¡Suelta a mi aliada ahora mismo, bestia inmunda!

Esta vez, se abalanza sobre el muto y le clava un puñal en lo alto de la cabeza una y otra vez. Sus ojos desprenden furia, una furia que parece implacable. Su cara queda salpicada de sangre verdosa cada vez que hunde el cuchillo. En el bestiario ponía que su piel era gruesa. Vamos a necesitar más que el cuchillo para matarlo. Trato de mover la espada para ayudarla, pero temo lastimar a Mair que aunque en el futuro sea de nuevo mi rival, de momento debemos trabajar juntas. El hombro izquierdo me da un fuerte tirón. Mordiéndome el labio para distraerme del dolor, consigo liberarme y empuñar la espada.

El muto se da cuenta de que soy una amenaza más grande que Mair, por lo que la suelta y va a por mí. Nuestros aceros vuelven a chocar. Siento que está enfadado, tiene mucha más fuerza que antes, tanta que noto como cedo levemente.

Es Roenna quien ataca esta vez, derramando el líquido de un tubo de ensayo sobre las heridas de la cabeza. Por la forma de actuar, diría que es un corrosivo. Se vuelve a escuchar ese sonido silbante, la neolamia enloquece más. Agita su lanza sin ton ni son.

—¡Vamos! ¡Le queda poco! ¡Un esfuerzo más! —digo para motivar a los demás.

Y entonces, alguien más aparece. Cae del aire, justo enfrente de mí, toma impulso en el suelo y vuelve a saltar, pasando más allá del muto que ahora está ciego. Roselia Snow.

—¡Perra de mierda!

El apelativo de la que yo creía su aliada me sorprende. Roenna deja la pelea y va tras la nieta del fallecido presidente, cuando uno de esos perro-gatos de pelaje rosado que salieron el segundo día se estrella contra su cara, retrasándola.

Pero más sorprendida me quedo aún cuando Eris se pone en pie, carga una flecha en su arco y se la lanza. No al muto, sino a Roselia. La chica da un grito de dolor cuando la flecha se clava en su omoplato, pero sigue corriendo seguida por Roenna, que ha degollado al pequeño animal y reanudado su persecución.

Que me caiga un rayo si entiendo algo de lo que está pasando.

—Mejor me voy a vigilarla, sin mí seguro que se mete en más líos —se disculpa Eryx, suspirando con hastío.

El premio. Roselia se nos adelantó y ahora los de Capitol Hill aprovechan para desaparecer y dejarnos con el muto, aunque comprensiblemente, no nos deben nada.

—Ethan. Si no nos damos prisa toda esta caminata no va a servir de nada. Los de Capitol Hill se van a quedar el premio y lo usarán contra nosotros —digo.

Él asiente.

—Vamos.

Atrás dejamos al muto agonizante y a Eris, que no tiene pinta de querer moverse de allí. La herida de Mair tiene mala pinta y aunque ella le discute para que la deje allí y vaya a por el premio, Eris no cede.

Sonrío al perderlas de vista. Por mucho que quieran negarlo, en los Juegos del Hambre también florece la amistad y ahí está la prueba.


Roenna Agaponi, 18 años

Capitol Hill


Sabía que la rata saldría de su madriguera con un as en la manga. Debí haber imaginado que lo haría justo en el momento más propicio para ella. Con mis cinco sentidos puestos en el muto y en que los demás tributos no me apuñalasen por la espalda, no la vi venir a ella. A la persona que he intentado quitar de en medio desde el principio del proceso.

No la dejaré llevarse el premio. No puedo permitirme eso, lo que quiera que sea que nos han preparado, será mío y lo usaré para destruírla.

La flecha que le disparó la chica de Carnation Crest quedó en un lugar clave, me motiva más imaginar que está sintiendo el dolor de la misma incrustada en su piel con cada salto que da. Querría ser yo quien le provocase mucho, mucho más dolor que ese. He estado aguantando por semanas pero ahora por fin no tengo que hacerlo.

Roselia deja una pequeña estela de gotitas de sangre por donde pasa. No es demasiada, pero todo ayuda. Mira hacia atrás y hacemos contacto visual. Sabe qué es lo que va a pasar ahora tan bien como yo y eso hace que intente tomar velocidad.

Detrás de mí viene Eryx, quien no ha podido ser de gran ayuda contra el muto ya que sus armas son de corto alcance y que espero que continúe al margen de esto. Soy yo quien debe hacer esta tarea y nadie más, la cual, en el fondo, me duele inmensamente. Coriolanus Snow es una de las personas a las que más admiré en mi vida y sé que donde quiera que esté ahora, no lo aprueba. Y no lo hace porque sé muy bien que su deseo hubiera sido vernos unidas, así como mi madre y él lo estuvieron, pero eso no puede ser. Desde el momento en que ella decidió declararme la guerra y mover todos los hilos que pudo para alejarme de su abuelo, toda la simpatía que pude haber tenido por ella se marchitó.

No me gusta tener que hacer esto, pero no me arrepiento. No quiero hacerlo, pero debo ser yo.

La velocidad a la que vamos es tal, que no vemos la siguiente vaina hasta que no la tenemos encima. Oigo a Roselia ahogar un grito. Hasta ella se ha asustado, pero es lógico cuando se hace evidente que la vaina de contenido desconocido nos va a explotar encima.

Por un instante, siento que me invade un gran temor, un pensamiento que vamos a morir todos aquí como moscas, mientras veo el pasillo transformarse ante mis ojos. Cientos de estalagmitas y estalactitas puntiagudas comienzan a brotar tanto del suelo como del techo. Paro en seco para agarrarme a una y evitar que las demás me atraviesen. Roselia también ha parado. Tiene una flecha en la mano. Primero me refugio tras un gran obstáculo, pero cuando veo que su objetivo son las estalactitas justo encima de mi cabeza, sigo avanzando.

Esto sólo hará que sienta más satisfacción al matarte.

Avanzo despacio por el suelo resbaladizo, lleno de trampas mortales. Roselia dispara. Veo el dolor reflejado en su rostro cuando lo hace. No ha acertado. La flecha ha dado a las estalactitas de atrás. Me cubro la cabeza con los brazos para protegerla de cualquier daño y cuando vuelvo a concentrarme en avanzar, compruebo con alivio que ninguna de las estalactitas caídas me ha rozado.

—No eres tan buena ahora con esa puntería tuya. ¿Cierto? —digo.

El muro que se ha formado me impide ver si Eryx está bien, pero no se escucha ningún cañonazo así que doy por hecho que sí. Deberá cuidarse a sí mismo hasta que regrese de mi misión.

Al darse cuenta de que va a tener que soportar mucho dolor cada vez que tenga que disparar sin que su puntería se vea afectada, mi ex aliada deja de intentarlo y sigue avanzando, ambas entorpecidas por el terreno lleno de obstáculos.

El pasillo acaba en una puerta diferente a las demás, grande y metálica. No son compuertas automáticas como la mayoría que hemos encontrado hasta ahora.

Es obvio que el premio está ahí en ese otro lado. La distancia entre Roselia y yo disminuye, pero no parece que vaya a alcanzarla antes de entrar. Ansiosa por hacerlo, acelero pero no resulta ser una buena idea. Gano un poco más de terreno pero lo pierdo cuando tropiezo con una estalagmita de baja estatura. Paro la caída con mis manos, justo a tiempo pues el pico puntiagudo queda a pocos centímetros de mi estómago.

Casi... Casi no lo cuento.

Enojada, suelto un gruñido al incorporarme y seguir mi camino. La puerta del final del pasillo está abierta y no se ve a Roselia por ninguna parte.

—Mierda. Mierda, mierda, mierda. ¡Mierda! —repito mientras trato de llegar a la puerta, cada vez más ansiosa, cada vez más enojada.

Al fin llego, pero ella me lleva tanta ventaja que por un momento pienso en dar media vuelta e irme. Pero algo me lo impide. No me criaron para huir de los problemas. Paso con cautela sin perder de vista la puerta en caso de que me vea superada por la situación. El laboratorio del doctor Sauler es tal y como se veía en las fotos del libro. No veo a Roselia inmediatamente. Se ha debido esconder como alimaña para pillarme desprevenida.

Sigo un poco más. El silencio es casi absoluto y eso nunca es bueno, hasta que la encuentro frente a un tanque de agua que va del sueño al techo... Y en el cual hay una persona metida.

La gabardina agujereada de Roselia está tirada en el suelo. También el suéter exterior y la flecha ensangrentada. Un tarro y una tapadera de crema regenerativa están tirados a medio camino entre ella y la ropa.

La camiseta interior que aún lleva puesta está empapada en sangre y sobrepuesta a la misma, está la crema blanca.

Al voltearse, Roselia toma una flecha, la carga en su arco y me apunta. El arma ha cambiado. Ahora se ve más grande, elaborada y amenazante, señal de que ha vuelto a matar, aunque en el fondo siempre supe que la muerte de Melody era suya.

—Esa crema tarda varias horas empezar hacer ocurrir la magia —digo—. Vas a fallar tu tiro y hacerte aún más daño, sólo digo. No me das miedo.

No está en condiciones de lanzar, puedo esquivarlo sin problemas.

—Me da igual, no quiero matarte, sólo disuadirte. Ya no somos aliadas, no te debo nada ni tú a mí, pero no olvido que lo fuimos y por eso estoy dispuesta a...

—¡Ya basta de tonterías que nadie se cree y muestra tu verdadera cara!

Ella me dedica su mirada más pura e inocente.

—¿De qué estás hablando, Roenna?

—Lo sabes mejor que nadie. Puedes engañar a los demás, pero no a mí. Sé lo que eres.

—Siempre me detestaste. Lo sé... Y también sé la razón. Pero déjame decirte algo, mi abuelo te apreciaba —al mencionarlo, me da un vuelco el corazón, pero sé que es un truco, está intentando reblandecerme y no va a funcionar—. De verdad lo hacía, pero nunca supe por qué. Tal vez porque apreciaba demasiado a tu madre pudo hacer la vista gorda con ciertas características tuyas nada deseables.

Disimuladamente, agarro la probeta con el veneno en mi bolsillo mientras pongo el cuchillo frente a mí, como si pareciera que lo uso para defenderme. Podría mojarlo en el veneno, avanzar hacia ella y clavárselo. Sólo necesitaría un toque para estar condenada ya lo probé con Romulus y funcionó.

—¡Repite eso si te atreves! ¡Eres tú la indeseable aquí! ¡Que le caiga otro asteroide al mundo si alguien como tú gana los Juegos! —la incito.

Ella no se enoja, al contrario, mira al suelo con fingida tristeza.

—No sé si ganaré... Los prejuicios contra el nombre de mi familia son mi enemigo más poderoso, a pesar de que yo nunca he dado motivos. Por eso ya hace mucho que me hice a la idea de que no voy a salir viva de esta. A ti sin embargo, ya te he ganado. Otra vez.

—¿¡Qué!?

Pongo el resto del veneno en la hoja del cuchillo y la asalto en un ataque que ella parecía estar esperando y esquiva. Repentinamente, la persona que está dentro del tubo, abre los ojos y de un par de puñetazos rompe el cristal, haciendo que el aire se llene de esferas de agua y fragmentos cortantes.

Una vez en el suelo me doy cuenta de que no es más que una niña cuyo cabello largo y blanco le tapa la mitad de la cara. Va descalza, y su única ropa es una camiseta blanca de lycra sin mangas y un pantalón corto del mismo color y material.

Roselia por un segundo parece tan sorprendida como yo cuando la chica se echa a sus brazos.

—¡Felicidades, fuiste la primera en descubrirme!

Su voz es aniñada y aguda. ¿Podría ser... aquella niña del libro? ¿Es este el premio? Decido observar un poco más antes de lanzarme ciegamente a atacarla. Ha roto el cristal de un puñetazo, es obvio que es poderosa.

—¿Tú eres mi premio? —dice sonriendo.

—Lo soy. Estaré siempre contigo y haré todo lo que tú me digas.

—Interesante. Porque tengo algo muy importante que pedirte.

—¿Qué es? ¡Lo que sea que tú quieras es una orden para mí!

Roselia alza la vista hacia mí y la niña me mira. Algo en sus ojos grandes y redondos no está bien y es perturbador.

—Mátala.

La sonrisa de la niña se ensancha, mostrando los dientes.

—De acuerdo.

Y cuando por el rabillo del ojo la veo correr hacia mí, yo no necesito más señales para saber que no es una buena idea quedarse. Doy media vuelta y corro hacia la salida. Necesito replantear mi estrategia.


Roselia Snow, 15 años

Capitol Hill


En un primer vistazo pensé que era un muto humanoide creado a imagen de Jelly. Sería la venganza perfecta para Johanna hacia mi abuelo que Roenna me matase usando una mutación idéntica a mi primera víctima, símbolo de que soy tan sanguinaria como él. Pero la versión oficial es que yo no maté a la niña deliberadamente y eso es en teoría verdad.

Pero no. No es Jelly sino la hija del doctor Sauler, la que salía en la foto. Un muto creado a su semejanza, con la historia de los experimentos que llevó a cabo su padre para devolverla a la vida y que acabaron en tragedia poco después de su resurrección, teniendo que intervenir el ejército para acribillarla a balazos.

—Mátala.

Lo digo con tranquilidad y con mi voz desprovista de cualquier tipo de emoción. Con ella fuera de la competición, hay un obstáculo menos en mi camino. Uno muy peligroso.

Quiero que me tema como nunca antes haya temido a nada. Quiero ser su peor pesadilla en estos últimos momentos de su vida.

Roenna se da la vuelta rumbo a la salida pero mi regalo la alcanza fácilmente, tirándola al suelo y poniéndose a horcajadas sobre ella. Tengo curiosidad por saber lo que puede hacer. Con el cuchillo, mi ex aliada le hace un corte en el brazo y otro en el cuello a tientas, pero sea lo que sea esa criatura, no sangra.

—¡Ay, me hiciste daño! —grita, agarrándola del cuello.

Me acerco lentamente, mirando cómo su rostro se vuelve más y más rojo, luchando por tomar aire.

—Espera un momento, afloja el agarre, amiga.

Ella me obedece y Roenna toma aire deseperadamente. Definitivamente mi abuelo comenzaba a chochear, de lo contrario jamás habría acogido bajo su protección a esta chica de dudoso origen, por mucha amistad que tuviera con su madre.

—Nunca pudiste quitarte de la cabeza ese rencor tuyo, desde el principio tu objetivo principal fue eliminarme, ibas a matarme tan pronto Akiva muriera, tú misma lo confesaste —digo consternada—. Y no puedo perdonarte eso. No confío en ti ya. Tal vez sin tu sabotaje podríamos haber llegado más lejos los cuatro. Akiva estaría vivo aún y tú no estarías a punto de morir.

—Z-zorra... Embust... —dice con tono a ahogado y gutural.

Suspiro apenada.

—Continúa —ordeno con indiferencia.

La niña vuelve a obedecerme y yo observo impasible cómo hace su trabajo, cómo el color de su cara cambia de blanco a rojo y de rojo a violáceo, retorciéndose en vano.

La desesperación hace que se lleve la mano al bolsillo y yo me pongo en guardia. Cuando veo la probeta con un líquido color ámbar dentro, sé que ese es su as en la manga.

—¡Cuidado, tiene algo ahí!

De un manotazo, mi nueva aliada lo tira al suelo.

—¿De donde sacaste eso? —exijo saber tras hacer un gesto al muto para que afloje el agarre.

Ella ríe con dificultad, a carcajadas. Me pregunto qué es tan gracioso.

—Yo también... sé pedirle cosas a Peeta —dice.

El maletín. Un premio estrella que suele salir en banquetes. Se lo pidió a Peeta, y ese debe ser uno de los objetos. Veneno, antídoto, corrosivo y explosivo. La vi usar el corrosivo antes, así que debe ser uno de los otros. Por el color, deduzco que el explosivo.

—Ya veo —murmuro deduciendo sus intenciones.

—No pienso... Dejar que me mates. No pienso darte esa satisfacción... Así que si puedo llevarte al infierno conmigo... Me iré en paz.

—¡Ya basta! ¡Continúa estrangulándola! —digo molesta—. ¡Aprieta todo lo que puedas!

Roenna mueve los brazos a la desesperada, intentando agarrar la probeta, poniendo todo su empeño en hacerlo. Y lo está logrando, pues cada vez más cerca de la misma. No puedo jugármela dejando que mi premio la mate, voy a tener que forzar la herida una vez más. Saco la flecha, a la vez que Roenna logra por fin agarrar la probeta.

No...

Cargo la flecha, apuntando a una rosa blanca invisible en el lado izquierdo de su pecho.

Su mano libre se mueve para quitar el tapón.

Tenso y disparo, mordiéndome la lengua para mitigar el intenso dolor.

Ella arranca el tapón y lo tira al suelo.

Ignorando el brote de miedo, doy un salto hacia atrás para escapar de la explosión resultante. El estruendo lastima mis oídos y siento el inmenso calor desprendido en mi espalda. Me refugio detrás de una mesa metálica a esperar que todo pase. La llamarada ha remitido pero el humo amarillento con un intenso hedor a azufre inunda todo. Me cubro con la ropa para mitigarlo mientras calmo mi estado de ánimo. Una de las reglas sobre los ajustes de cuentas es no perder tiempo, pero era demasiado tentador el recrearme por fin en un momento con el que tanto fantaseé y quería disfrutarlo. Como en las historias, casi me cuesta caro. Demasiado caro.

Pero he sobrevivido, es lo que importa. A partir de ahora seré cuidadosa.

—Amiga...

La voz lastimosa, en mi estado de ánimo, me pilla desprevenida y hace que mi pulso de un acelerón. El muto está ahí, frente a mí. La mitad de su cara parece haberse derretido haciendo que su ojo esté mucho más abajo de lo que debería estar. La otra está quemada. Su pelo antes largo y blanco no está, tan sólo unos cuantos mechones ennegrecidos permanecen. Su cuerpo tiene un gran agujero en el abdomen, que me hace preguntarme cómo es que sigue funcionando.

—¿Q-qué pasa?

—Me duele...

Lo que me faltaba, un muto... Un muto averiado e inservible. Enobaria no se equivocaba cuando dijo que era un premio poderoso. Con esto podría haber quebrado los cuellos de todos y cada uno de los tributos restantes como si fueran ramitas. Y no me ha durado ni diez minutos.

—¿Está Roenna muerta?

—Lo está.

Sonrío. Para otros será un tributo menos, pero para mí significa más, mucho más. A Johanna Mason le va a dar como mínimo acidez de estómago. Por fin puedo respirar tranquila.

—Gracias. Mil gracias.

Ella tuerce su horroroso labio deforme en lo que creo es otra sonrisa.

—De nada.

Entonces el muto se cae de bruces, y no se vuelve a levantar.


Bendito sea Nanowrimo, tengo este capítulo listo en un tiempo récord. Tenía muchas ganas de llegar a la yincana, porque muchas de estas escenas de cómo los tributos reaccionan a las vainas las tenía pensadas desde hace mucho. La pelea conjunta y facetas que no habían sido tan exploradas hasta ahora por no mencionar la lucha final entre Roenna y Roselia.

Tenía dos muertes programadas para este capítulo, pero por manías, por romper la simetría de que en los pasados han ido saliendo a dos por capítulo decidí poner sólo una y posponer la otra un poco más.

11º Roenna Agaponi. Capitol Hill

Encomios:

Roenna, una no deja ir a sus tributos consentidos sin un enorme sentimiento de pesar. Planear esta escena fue duro, pero en cuanto recibí ambos formularios y supe de vuestra rivalidad por el favor del presidente, supe que una iba a morir a manos de la otra. Por aquel entonces no sabía aún cual de las dos porque a pesar del odio, ambas eran muy, muy parecidas y todo podría haber pasado. Las variables a un lado y a otro de la decisión estaban en equilibrio y fue el abandono al final lo que decantó la balanza. Pensaban de antemano, eran cuidadosas y astutas, y supe que cuando el momento llegase, sería grandioso y extremadamente reñido. Una no habría sido digna rival de la otra si no hubiese estado a la altura de las circunstancias. Siempre serás la perra oficial de causa y efecto y ese es un título que ya nadie te va a arrebatar.

No puedo creer que esto haya pasado, pero no podía tener mejor escena para entrar en la fase previa a la final, es motivador mirar hacia atrás y ver que la historia ha avanzado tanto, ya estamos en los últimos diez y con más muertes a la vuelta de la esquina. T_T

En cuanto a los planes futuros, mi plan inicialmente son dos capítulos más antes de los últimos 5. Eso son 5 muertes más. Luego las cosas no salen nunca como uno espera, pero en principio sería así.

-¿POV favorito?

-Suponiendo que tu tributo llegue a los últimos ocho... ¿Qué le preguntarías a alguno de sus seres queridos si fueras el entrevistador?

De todos modos, me voy ahora mismo al cine a ver "Animales fantásticos y dónde encontrarlos" y os dejo con el capítulo. ¿Han ido ya al cine a verla? Espero que les haya gustado xD Voy con altas espectativas y tengo miedo jaja.

¡Gracias por leerme y hasta el siguiente!

Alpha