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Capítulo 25 Objetos mágicos
Lucius le había encomendado a la elfina que iba a ocuparse de su nueva residencia, Poxie, que siguiera a Furmage y le mantuviera al corriente de todos sus movimientos, haciendo un especial hincapié en que no debían localizarla ni identificarla bajo ningún supuesto. Poxie había cumplido con su misión con la suficiente habilidad como para no acabar tan muerta como Bole y como para proporcionarle algunos datos de interés.
En un par de ocasiones Furmage, que por lo demás llevaba una vida aburrida, había salido de su casa después de cenar y se había marchado tomando tantas precauciones para no ser seguido que la elfina no se había atrevido a ir tras él. Lucius, que conocía bien el comportamiento de quienes andaban metidos en organizaciones secretas criminales, pensaba que aquello olía a alguna de sus reuniones.
A juzgar por los movimientos de Furmage, los Purificadores se reunían una vez a la semana, aunque no era siempre el mismo día. Poxie aprendió rápidamente a identificar las señalas que indicaban que Furmage iba a realizar una de esas salidas y en una ocasión fue capaz de avisar a Lucius con tiempo de que éste se Apareciera frente a la casa de los Furmage, oculto por un hechizo de Invisibilidad, y observara cómo se marchaba. Tal y como sospechaba, antes de Desaparecerse usó un hechizo que Lucius conocía bien; si alguien intentaba seguirle, se Escindiría grave, quizás mortalmente. Que él supiera, no existía manera de contrarrestar sus efectos. Al menos los aurores nunca habían podido superarlo cuando él y otros mortífagos lo habían usado.
Lucius estuvo pensando en la manera de averiguar a dónde iba Furmage. En ese momento envidiaba la habilidad de Rita Skeeter de convertirse en escarabajo, aunque él nunca había estado interesado en practicar para ser un animago porque consideraba indigno de un Malfoy convertirse en un animal. Y sólo tenía ciertas ventajas para el espionaje si uno se convertía en un animal discreto porque siendo una oveja, por ejemplo, difícilmente iba a pasar desapercibido. Pero con la forma de un insecto como Rita habría podido posarse disimuladamente sobre Furmage y Aparecerse junto a él a donde fuera que iba.
Aun así, Lucius disponía de algunos recursos. Una mañana se fue temprano a Gringotts y entró en una cámara del banco de la que nadie de su familia tenía noticia, ni siquiera Draco: éste sólo podría acceder a esa cámara cuando él muriera. Allí conservaban media docena de poderosos objetos por los que muchos anticuarios habrían matado a sus madres, como la mítica arpa Uithane, capaz de controlar la llegada de las estaciones, entre otras cosas o Andvarinaut, un anillo que permitía crear oro pero también traía la desgracia a quien lo usara. Pero lo que le había llevado hasta allí era una corona hecha de finos hilos de plata. La habían fabricado las ninfas, allá en Grecia, hacía más de dos mil quinientos años, y Lucius ignoraba cuántos siglos llevaba formando parte del patrimonio familiar. No era magia negra, pero era una magia peligrosa.
Aquella misma tarde, aprovechando que Draco y Astoria habían ido a casa de los Greengrass y que Narcissa había vuelto a quedar con su hermana, Lucius decidió hacer un experimento y se dirigió hacia la zona por donde solían estar los pavos reales a aquellas horas del día. Entonces atrapó uno y se lo llevó con un Levicorpus a una galería acristalada que daba a la piscina. Después lo hizo bajar al suelo y esperó con una paciencia desusada a que se calmara un poco. Cuando el animal se tranquilizó, Lucius dejó entreabierta la puerta de la galería, lo justo para que el animal pudiera salir después, y sacó la corona de su estuche. Con mucho cuidado se la colocó sobre la cabeza y, tal y como había leído en un viejo tomo griego, miró al animal a sus rojizos ojos y pronunció claramente una sola palabra, sin necesidad de varita.
-Zoofrenos.
Todo se volvió negro durante un segundo y algo pareció estirarle de las tripas, como cuando uno se Aparecía, y, de repente, se encontró mirándose a sí mismo, un Lucius inexpresivo, inmóvil. Su sentimiento de alegría al ver que había funcionado se tradujo en un aleteo un poco vergonzoso y trató de mantener el control sobre sus pensamientos y recordar en todo momento que era Lucius Malfoy, sangrepura, marido de Narcissa, padre de Draco, abuelo de Scorpius y Cassandra. El libro en el que había encontrado información sobre la corona de las ninfas alertaba del peligro de dejar que la mente, confinada en el cuerpo de un animal, olvidara su pasado humano. Más de un mago de la Antigüedad había quedado convertido en una cáscara vacía, como la de un dementorizado, porque habían cometido el error de dejarse llevar demasiado.
Lucius forzó al animal a salir por la puerta entreabierta y caminó por el jardín. Manejar aquel cuerpo no resultaba excesivamente complicado, aunque sí extraño, muy extraño. La mente del animal seguía allí y Lucius podía sentir su influencia, parecida a la que podían sentir los animagos. Los pavos pensaban, si es que se podía llamar así, en lombrices, en granos de maíz, en el aire que hacía temblar sus plumas. Su perspectiva, tan cerca del suelo, era algo a lo que también tenía que acostumbrarse.
Lucius estuvo analizando la forma en que la mente del pavo influía a la suya y explorando los alrededores con su nueva cuerpo durante unos diez minutos; después decidió volver. Era la primera vez que ocupaba el cuerpo de un animal y no quería arriesgarse a que algo saliera mal. Ahora sólo quedaba por averiguar si su mente conseguiría regresar a su cuerpo, algo que, en principio, no debía de resultarle difícil. Según el manual, esa parte no revestía ningún peligro especial. Y en efecto, en cuanto pensó con concentración el contrahechizo, Exozoofrenos, sintió el mismo instante de ceguera, la misma sensación en las tripas, que había sentido antes y se encontró de nuevo en su cuerpo, en la galería.
Sus labios se curvaron en una sonrisa satisfecha. Aún tenía que practicar más y probar con insectos, su objetivo. Pero en cuanto consiguiera dominarlo estaría listo para seguir a Furmage a sus reuniones.
Harry estaba en su despacho, leyendo informes y pensando si debería armarse de valor e ir de una vez a un bar muggle para gays cuando Chloe entró en su despacho acompañado de Lauren Shadows, una bruja de setenta u ochenta años de corto cabello blanco y brillantes ojos azules. Shadows era la directora del Departamento de Misterios; Harry había cruzado, como mucho, media docena de frases con ella en todos los años que llevaba trabajando en el ministerio.
-Madam Shadows, es una sorpresa verla. ¿En qué puedo ayudarla?
Ella se sentó en la cómoda silla frente a su escritorio.
-Tenemos un problema, jefe Potter. Alguien ha robado un objeto que se custodiaba en el Departamento de Misterios.
-¿Qué objeto? ¿Cuándo?
-Se trata de la Flauta de las Sirenas.
-¿La flauta de las Sirenas? –repitió Harry.
-Es un objeto muy peligroso. Las personas que escuchan el sonido de esa flauta se sienten impelidas a seguir al flautista, les lleve a donde les lleve.
-¿Cómo en el cuento del flautista de Hamelin?
La Inefable dio un respingo.
-¿Qué cuento?
-Es un cuento muggle.
-¿Los muggles saben lo que pasó en Hamelin?
-Sí, pero… se creen que es un cuento –explicó, atónito al descubrir que aquello había sido real.
A Harry se lo habían contado en el colegio. Un flautista se había ofrecido a acabar con una plaga de ratas que asolaba un pueblo a cambio de dinero. Después había empezado a tocar la flauta y las ratas le habían seguido al ritmo de la música hasta llegar a un río en el que habían muerto ahogadas. Sin embargo, la gente del pueblo se había negado a pagarle y él se había vengado llevándose a los niños. Era uno de esos escasos cuentos que no terminaban bien, pues los niños desaparecían para siempre y nunca llegaba a saberse cuál era su destino. A Harry nunca le había gustado ese cuento y ahora que sabía que estaba basado en un hecho real le gustaba aún menos.
Estaba claro que el poder de esa flauta no era nada despreciable.
-Vaya, algún Escuadrón Desmemorizante no hizo bien su tarea hace unos cuantos siglos –exclamó Shadows, sorprendida-¿Y dice que los muggles creen que es sólo fantasía?
-Sí.-No podía creerlo. ¿Hermione lo sabría? Tenía que enterarse si había más cuentos de hadas muggles que en realidad narraban un suceso real del mundo mágico.
-Bien…, en ese caso, no es tan grave. Bueno, entonces ya sabe cuál es el problema. Cualquiera que oiga la música de esa flauta, mago, muggle o incluso animal, seguirá irremediablemente al flautista a donde él quiera llevarlo. En malas manos puede ser un arma muy peligrosa.
Harry abrió mucho los ojos mientras una idea cruzaba por su mente.
-¿Podrían haberla usado para atraer a los desaparecidos fuera de sus casas?
-¿Quién sabe? Deja un fuerte rastro residual de magia, pero hay que buscarlo específicamente. Jefe Potter, sé que ahora mismo están con varios casos importantes abiertos, pero es imperativo que encontremos esa flauta antes de que el ladrón pueda usarla con sabe Merlín que propósitos.
Harry asintió, comprendiendo bien la urgencia de Shadows.
-Está bien, no se preocupe. Pondré a dos de mis agentes a investigar el robo. Pero van a necesitar toda la cooperación posible de sus empleados. Van a tener que entrar en el Departamento y examinar el lugar en el que fue robada. Y le agradeceríamos que compartieran toda la información que han encontrado mientras investigaban por su cuenta.
Ella asintió también.
-Tendrán esa información antes de una hora.
-También necesitamos saber cómo funciona esa flauta. ¿A cuántas personas es capaz de encantar a la vez? ¿Hay alguna manera de librarse de su hechizo?
-Por los que hemos podido averiguar, es capaz de encantar a un máximo de cien seres vivos de golpe. –Eso era distinto al cuento; allí la Flauta no tenía límites-. Una vez atraídos por la música resulta muy difícil sustraerse a su hechizo, casi tanto como una Imperius. Pero al contrario que ésta, la magia de la Flauta es limitada. La gente que la escucha se sigue impelida a seguir al flautista y se siente alegre y despreocupada respecto a su destino, pero el flautista no puede obligarlos a hacer nada. La mejor manera de enfrentarse a algo así es un hechizo que provoque sordera temporal, ya que sin oír la música la magia no surte efecto.
Harry apuntó mentalmente que debía dar la orden de que todos los aurores aprendieran ese hechizo, ya que no era uno que les enseñaran en la Academia.
-Si el flautista se detiene, ¿los afectados recuperan el control al momento?
-Hay unos segundos de desorientación, pero sí, suele ser bastante rápido. Y ese es el mayor punto débil de la flauta, porque si atacas al flautista éste tiene que defenderse sólo con una mano, y seguir usando la otra para crear música.
Cuando las mujeres se fueron, Harry se quedó pensando en la flauta de Hamelin. ¿Quién la habría robado y para qué? ¿Tendría relación con las desapariciones? Quizás no era el método que habían usado para llevarse a la gente, pero eso no quería decir que no la fueran a usar con algún otro propósito.
-Shacklebolt está apurando su margen –dijo Rookwood-. Me han dicho que se ha producido un robo en el Departamento de Misterios.
-¿Se sabe el qué?
-No, todavía no. Pero si los aurores o los vigiles no consiguen tampoco resolver este caso, va a ser el momento de presionar al Wizengamot y pedir un cambio.
-Pero eso es culpa de ese fraude de Potter –replicó Hesper Scrigmeour, despectiva-. Antes de dimitir, Shacklebolt estará dispuesto a librarse de él
Mientras los escuchaba, reunidos en Rookwood manor, Draco se encontró pensando que no le hacía ninguna ilusión contribuir a que Potter perdiera su cargo. De acuerdo, el Departamento de Aurores había conocido épocas de mayor eficiencia, pero sabía de primera mano lo que Potter estaba dispuesto a hacer por sus agentes. Y no había garantías de que Segal o cualquier otro auror fueran a tener más éxito con los casos sin resolver.
Rookwood, sin embargo, sonrió ante las palabras de Scrigmeour.
-Reconozco que nada me haría más feliz que Shacklebolt sacrificando a su reina para evitar el jaque mate. Una cosa es que el Wizengamot le obligue, pero si lo hace por su cuenta, le acusaremos de eludir responsabilidades y de no saber respetar a nuestro héroe nacional. Y entonces nosotros le daremos nuestro apoyo a Potter y prometeremos devolverlo a su posición. Eso nos garantizará las simpatías de la mayoría de sus admiradores más leales, que hoy en día, debo decirlo, siguen siendo una gran cantidad.
Draco comprendía las ventajas de ese movimiento, pero no le gustó. Era beneficiarse de la fama de Potter y eso le repateaba por una cuestión de principios, le cayera mal o bien.
-Preferiría que ganáramos sin recurrir a él.
Casi a la vez, Scrigmeur habló también con más veneno en su tono.
-Yo no quiero aliarme con Potter. No me uní a usted para eso.
La mirada ligeramente sorprendida y desconcertada de Rookwood fue de uno a otro.
-Hay una diferencia entre aliarse con alguien y utilizarlo –replicó Montague, adelantándose a Rookwood.
-Sí, yo no veo cuál es el problema –añadió Bullard.
-Tengo entendido que, a excepción quizás de Dumbledore, nadie ha conseguido nunca utilizar a Potter –intervino entonces Astoria, haciendo que todos se giraran hacia ella-. Señor Rookwood, sé que usted no toma decisiones a la ligera, pero si me permite que diga mi opinión, el riesgo de intentarlo y fallar es demasiado grande. Además, podríamos perder a cambio el apoyo de gente que está de nuestro lado precisamente porque somos una opción alejada de Potter y, especialmente, de su camarilla.
-Bien, veo que hay división de opiniones –dijo Rookwood-. Y ciertamente no necesitamos el apoyo de Potter y sus admiradores, no hasta el punto de crear disensiones entre nosotros. En cualquier caso, aunque no tratemos de atraer al señor Potter a nuestro terreno tenemos que pensar cuál será nuestra postura si Shacklebolt prescinde de él.
-¿Hay realmente posibilidades de que eso ocurra? –dijo Draco, preguntándose si Rookwood estaba hablando de todo eso por un motivo, si en ese caso, Potter sabría lo que se estaba gestando a sus espaldas-. No pongo la mano en el fuego por la lealtad de Shacklebolt, pero es un hombre inteligente. Debe de saber que se arriesga a que muchos lo vean como una traición por su parte.
-Es sólo una hipótesis –dijo Rookwood-. Como dice Hesper, la responsabilidad de los casos sin resolver recae sobre el Jefe de Aurores, no sobre el ministro. Si Shacklebolt empieza a considerarlo un lastre… Y todos hemos notado que su relación se ha enfriado un poco últimamente. Podría ser una señal.
-Usted mismo me da la razón, Rookwood –dijo Scrigmeour-. Es Potter quien está demostrando que no está a la altura del cargo. ¿Por qué diablos íbamos a querer devolverle a su puesto? ¿Para que siga demostrando su incompetencia? Si Shacklebolt lo destituye, mejor para todos.
Había algo en el odio que aquella mujer le profesaba a Potter que Draco empezaba a encontrar molesto, quizás porque sus propios sentimientos hacia él habían cambiado notablemente. Pero también porque le odiaba sin demasiados motivos. Lo único que Potter había hecho, como Astoria le había recordado sutilmente, era no dejarse mangonear por Rufus Scrigmeour durante su breve mandato, igual que no se lo había consentido a Fudge antes que a él. En la lista mental de Draco de personas con derecho a sentirse agraviadas respecto a Potter, Hesper Scrigmeour ocupaba un lugar muy bajo.
La discusión tampoco tenía mucho sentido porque no sólo se trataba de si Shacklebolt era tan idiota como para deshacerse de su jefe de aurores; también había que tener en cuenta las circunstancias. Pero Draco prefería con mucho que Potter se quedara donde estaba y que Rookwood sustituyera a Shacklebolt sin más.
Cuando la reunión terminó y Draco se disponía a marcharse, Rookwood le pidió que se quedara un momento y le sirvió un último trago de whisky.
-Quería preguntarte una cosa, Draco… ¿Habéis pensado Astoria y tú en acudir al próximo Baile de la Paz?
Draco tuvo que esforzarse mucho en no aparecer completamente estupefacto.
-No, la verdad es que la idea no se nos ha pasado por la cabeza.
-Pues deberíais pensároslo.
Pero Draco negó con la cabeza.
-No me parece muy aconsejable.
-Vamos, Draco, ¿crees que te estaría diciendo esto si pensara que vas a tener problemas? A excepción de un par de discursos, ese baile ya no tiene mucho que ver con la guerra. Sirve para recaudar fondos para obras benéficas y poco más. Y te aseguro que verías muchas caras amigas allí.
Draco dejó pasar unos segundos, simplemente porque sería poco educado negarse en redondo, sin dar la apariencia de estar considerándolo. Pero no podía. En ese baile no se le había perdido nada. Nunca había sido su objetivo. Él había anhelado el Baile de Solsticio de los Bagnold, el Baile de Primavera de los Withers y eso ya lo había conseguido.
-No me sentiría cómodo. Quizás otro año.
Rookwood lo miró con un ligero reproche.
-Habla con Astoria.
Draco le dijo que lo haría. Pero no creía que ella fuera a hacerle cambiar de opinión.
Fuera quien fuera quien había entrado en el Departamento de Misterios, no había dejado ninguna huella. La última persona que había visto la flauta de las Sirenas había sido un Inefable llamado Robbins, hacía ya unos cinco años; durante el interrogatorio afirmó haberla dejado en una de las cajas de seguridad, como era el procedimiento habitual. Sin embargo, él y todos los Inefables que iban interrogando se mostraron de acuerdo en que era imposible robar sin ayuda de alguien de dentro. Harry tenía algunas dudas porque su experiencia dictaba que entrar al Departamento de Misterios era cualquier cosa menos difícil, pero una vez vio las protecciones que tenían las cajas de seguridad cambió de idea.
Harry ya le había dado vueltas muchas veces a la posibilidad de que hubiera alguien en el ministerio relacionado con las desapariciones; ahora no tenían manera de saber si la Flauta y las desapariciones tenían algo que ver, pero el robo, en cualquier caso, también sugería un traidor. Lamentablemente, estaban muy lejos de tener base suficiente para ordenar un interrogatorio masivo con veritaserum entre los Inefables y tenían que conformarse con interrogatorios normales.
El hecho de que los secuestradores fueran un grupo mixto de muggles y magos, que usaran ametralladoras y furgonetas, hacía pensar que dichos magos tenían fuertes contactos con el mundo muggle. Quizás eran mestizos o sangremuggles. Quizás estaban casados con algún squib o con algún muggle. Era casi un tiro al azar, pero Harry le preguntó a Chloe cuántos Inefables había en esa situación.
-Hay una sangremuggle, Constance Lovejoy –contestó la auror, mirando sus informes-. También hay un mestizo, hijo de una muggle… Arthur Tottenham… y uno que está casado con una muggle y tiene un hijo squib, Julius Cavensham. Los dos primeros viven en el mundo mágico; Cavensham vive en Manchester.
-¿Puedes encargarte tú de sus interrogatorios?
-Claro, sin problemas.
Harry no sabía qué esperaba encontrar exactamente. Los Inefables, por otro lado, estaban más que acostumbrados a guardar secretos, lo cual hacía suponer que Chloe no lo iba a tener fácil en los interrogatorios.
Él fue uno de los más sorprendidos cuando, un par de días después, Chloe entró en su despacho con los ojos brillantes para decirle que Cavensham y su familia habían desaparecido. A juzgar por el estado de su casa, a la que se dirigieron rápidamente, se habían marchado a toda prisa, pero voluntariamente. Tanto su cuenta en Gringotts como en un banco muggle habían sido vaciadas y cerradas, los armarios de ropa estaban casi vacíos y no había una sola maleta en la casa.
Mientras examinaba la casa en busca de pistas, Harry le daba vueltas a mil teorías. Daba la sensación de que Cavensham había huido al darse cuenta de que parecían sospechar especialmente de los Inefables con conexiones muggles. El tiro al azar había dado en el blanco, después de todo, y ahora Harry estaba ya convencido de que Cavensham trabajaba para los secuestradores y que la Flauta de las Sirenas estaba en manos de éstos. Probablemente él era el traidor que les había contado a los secuestradores que no debían ir al hospital a encargarse de su hombre, Diop.
Mientras los aurores cosían a preguntas a los Inefables sobre su compañero, Harry convocó una reunión urgente a la que acudieron Shacklebolt, Hermione, Chloe, Marcus Belby y Shadows. Harry creía que había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa y contar todo lo que sabían sobre las desapariciones, las Bestias y Cavensham; la ventaja que habían esperado conseguir manteniéndolo en secreto no se concretaba en nada y el peligro que se cernía sobre la comunidad mágica era ya demasiado grande. Los secuestradores tenían ahora la posibilidad de llevarse a la gente de cien en cien y efectuar en ellos sus espantosos experimentos. Harry pensaba, además, que tenían que avisar también al ministerio francés, ya que era allí donde los secuestradores habían estado actuando en el último año.
-Me parece bien avisar al ministerio francés –dijo Shacklebolt-. Pero, ¿hacerlo todo público? No, eso sería un error.
-¿Por qué?
-Para empezar, porque no tenemos pruebas de que Cavensham trabaje para los secuestradores ni de que éstos tengan la Flauta ni de que realmente tuvieran relación con los desaprensivos que crearon a las Bestias. Admito que todo encaja, Harry, pero no hay pruebas de nada. Y como tú mismo has reconocido una docena de veces, si la gente supiera que hay muggles implicados en las desapariciones se desataría el pánico y la fobia hacia ellos. Todo lo que hemos avanzado en la normalización desde la guerra se iría al garete.
-Pero ya no podemos seguir ocultándolo. ¡El peligro es demasiado grande! Piense en lo que pasaría si el dueño de la Flauta se dirigiera a cualquier local público un poco aislado. ¡Cien personas podrían desaparecer de golpe!
-Mi Departamento no tiene objeción en que se haga pública la desaparición de la Flauta de las Sirenas –dijo Shadows-. Pero estoy de acuerdo con el señor ministro respecto al asunto muggle. La gente ya está demasiado preocupada por la escalada de violencia entre los Purificadores y los Vengadores.
-La gente es mayor de edad y tiene derecho a saber lo que está pasando –replicó Harry-. Yo soy el primero que pensaba que debíamos mantenerlo en secreto, pero las circunstancias han cambiado.
-Si los secuestradores son realmente los que tienen la flauta también podrían usarla en el mundo muggles –señaló Marcus-, y no veo que estéis pensando en ponerlos al corriente de todo.
-Sí, espero que no esté pensando en romper el Secreto por esto –dijo Shadows, con una ligera suspicacia.
-Eso está fuera de discusión –le aseguró Shacklebolt, antes de que Harry pudiera contestar-. Y lo mismo digo respecto a hacerlo ahora público. ¡Apenas hemos comenzado a buscar a Cavensham!
Harry meneó la cabeza.
-Esa es decisión del Jefe de Aurores.
-No si el ministro da una orden directa para prohibirlo –replicó Shacklebolt, frunciendo el ceño-. Harry, sé lo que me digo. Esto sólo daría alas a los Purificadores y sus simpatizantes. E imagínate cómo se pondría la situación para los sangremuggles incluso en Hogwarts. ¿Todo por unas suposiciones? La gente ya tomará medidas para protegerse si avisamos de lo de la Flauta, que es lo más importante. Piénsalo. ¿Qué ganas diciendo que parte del peligro proviene del mundo muggle? En ese sentido, la situación no ha cambiado.
Harry miró a Hermione para ver qué pensaba ella y se dio cuenta de que estaba encontrando cierta lógica a su pesar en las palabras del ministro. Hermione era sangremuggle y había vivido la discriminación de un modo mucho más directo que Harry o el propio Ron; sólo unos días antes, cenando los tres juntos, había comentado que algunas personas la trataban ahora de un modo más distanciado que antes. Y eso era sólo por los crímenes de los Vengadores.
Harry tenía dudas, muchas dudas. Y no le gustaba un pelo la actitud de Shacklebolt. Pero había pedido esa reunión para tener en cuenta la opinión de los demás.
-¿Qué piensas tú? –le preguntó a Chloe.
-Yo sólo quiero lo que sea mejor para las investigaciones. Creo que lo más importante es que la gente sea consciente del peligro que corre ahora que la Flauta de las Sirenas está en malas manos. Si les avisamos de eso, tanto aquí como en Francia, por mí lo demás puede esperar.
Estaba solo, pues. Eso no siempre bastaba para hacerle cambiar de idea, pero realmente no estaba seguro de qué era lo mejor. Igual Chloe tenía razón, y se habían mostrado de acuerdo en lo realmente importante, que era advertir a la población inglesa y francesa de los peligros de la Flauta.
-Está bien –dijo al final, a regañadientes-. Seguiremos ocultando lo de los muggles.
-Deberíamos haber usado la Flauta durante la salida a Hogsmeade de los alumnos.
Elizabeth Grudge miró a su amiga y cuñada con indulgencia.
-Querida, ya te he dicho que eso habría sido demasiado peligroso, precisamente por la cantidad de gente que había, aurores y vigiles. No habría funcionado con tantas y habría degenerado en una batalla campal. Tampoco es tan grave que sepan que la tenemos. No te preocupes, cuando llegue el momento nuestro contacto en Hogwarts nos conseguirá unos cuantos donantes. –Dio un pequeño suspiro-. Es una pena que tengan que ser niños.
-Es por el bien mayor –dijo la otra mujer, con filosofía-. Dime, ¿los Cavensham están bien?
-Sí, ya les hemos llevado a un lugar seguro. Está más claro que nunca que saben que entre nosotros hay magos y muggles.
-No es ninguna sorpresa, después de lo que pasó con Diop. Es una suerte que no pudieran sonsacarle nada antes de que muriera.
-Aunque no hubiera muerto, los hechizos de confidencialidad no le habrían permitido decir gran cosa.
También había sido una suerte haber podido neutralizar a Gowon antes de que averiguara nada sobre los Diop. Tenían pequeños contratiempos de vez en cuando, sí, pero en general todo les estaba saliendo a pedir de boca. Eso era sin duda una señal de que estaban haciendo lo correcto.
La otra mujer bebió un poco de té.
-¿Qué tal van los experimentos?
-Ha habido importantes progresos últimamente. Parece ser que nuestros científicos han encontrado una manera de limitar los efectos secundarios de la magia. Con los receptores squibs hay menos problemas; su cuerpo está de alguna manera preparado para contener magia, como un jarro vacío esperando para ser llenado. Pero los muggles no tienen ese jarro, por así decirlo. La magia les reventaba o… o bueno, producía mutaciones indeseadas en ellos.
-Sí, lo sé.
-Ahora las cosas van mejor. Los receptores mueren en cuestión de horas, pero cada vez esas horas son más, y no se producen alteraciones genéticas en ellos. Tuvimos un squib que llegó a durar vivo casi setenta y dos horas. Estamos ya al final del camino, puedo sentirlo.
Su cuñada le sonrió.
-Fantástico.
Ella asintió. El suyo era un plan ambicioso, revolucionario. Lo que estaba haciendo no sólo vengaría a su padre, también cambiaría el mundo a mejor. Las bajas eran un mal necesario. Y el caos que pensaba desatar en el mundo mágico, las muertes que se producirían… bueno, ellos se lo habían buscado.
Continuará.
