Brisa
Saint Seiya ni sus personajes me pertenecen, son de propiedad exclusiva de Masami Kurumada.
¿Cómo doblarle la mano al destino? Es imposible, desde el día en el que se convirtieron en hermanos estuvieron condenados, aprisionados en un amor pasional a pesar de ser hermanos. La misma brisa llevaba las palabras de esa verdad. Era inevitable.
Siegfried suponía aquello como un sueño, pues no podía ser nada más. Sigmund era una persona muy orgullosa, pero se estaba sometiendo a sus deseos. Habían comido con tranquilidad los postres, y el vino había sido compartido en cantidades cuantiosas. Fue la acción inicial de Sigmund fue lo que comenzó todo. Fue un simple beso, cálido, anhelante y húmedo, probando la crema del pastel de avellanas desde la boca de Siegfried. Se suponía que debía ser de esa manera, caliente, pasional, lascivo. Siegfried no aguantó más. Llevaba tiempo queriendo compartir más que una simple caricia con Sigmund, el maldito deseo de lo oscuro y desconocido lo tentaban. Sus pensamientos con respecto a su hermano mayor nunca fueron sanos, siempre quiso más de él, y ahora que era solo suyo no se detendría.
Siegfried coló una de sus manos por la cintura de Sigmund, tocando sin pudor el cuerpo de su hermano. Sigmund se acopló con facilidad sobre el cuerpo de Siegfried, La hoguera había sido encendida y ya no había forma de detener el feroz fuego que se apoderaba de ambos cuerpos. La brisa se atravesó por ambos cuerpos haciéndolos temblar. Siegfried y Sigmund se miraron en entendimiento mutuo. Ambos hermanos se dirigieron con prisas hasta la habitación del mayor de los rubios. La cual sería testigo de la entrega de ambos.
Aquel día, sin importarle el lazo de sangre que compartían se unieron en un solo cuerpo, enredados con sus pieles desnudas y sus ojos satisfechos. Ya no había arrepentimientos, su amor los hacia lo que eran. Hermanos y amantes.
