La historia es una adaptación del libro The Wall of Winnipeg and Me de Mariana Zapata y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Si tienes la oportunidad te recomiendo que leas el libro original.
La expresión horrorizada de Angela me advirtió lo que iba a decir antes de que en realidad lo vocalizara.
—Entra antes de que alguien te vea —siseó prácticamente.
Me aseguré de que me viera poner mis ojos en blanco mientras la rozaba al pasar al apartamento. Sí, sabía que tenía un milímetro de color natural de cabello asomando desde mis raíces, pero realmente no me importaba. La única razón por la que no lo había teñido a su marrón rojizo natural fue porque le había mandado un mensaje por primera vez desde Acción de Gracias para preguntarle qué caja de tinte de la farmacia me recomendaba y me había contestado:
Ya me estás hartando. Cómpralo y te mataré.
Lo cual era por lo que me encontré conduciendo una hora para visitarla en su día libre un par de semanas después de Acción de Gracias, tolerando la mueca en su rostro cuando su mirada deambuló por mi cabello de nuevo. Juro que podría incluso haberse estremecido un poco.
Su repulsión no fue suficiente para evitar que la besara en la mejilla y le diera a su culo un azote a modo de "saludo". Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos habíamos visto. Ella había pretendido estar enojada el tiempo suficiente.
Me dio un azote de regreso mientras sus ojos vagaban sobre mí brevemente.
—Aparte de tu cabello, te ves realmente bien.
Me sentía realmente bien.
—He estado corriendo cuatro días a la semana y usando una bicicleta estática una vez a la semana.
Angela me miró con cuidado de nuevo.
—Probablemente deberías comprar nueva ropa pronto.
—Tal vez. —Me encogí de hombros y le eché un vistazo, no tan subconscientemente buscando moratones con la forma de dedos en alguna parte de su piel expuesta. No encontré nada, pero noté las bolsas bajo sus ojos—. Te ves cansada.
El hecho de que no me sacara el dedo medio cuando esa hubiera sido su reacción normal, no me alcanzó hasta mucho más tarde.
—Estoy cansada. Me alegro de que lo hayas notado. —Sabía que no tenía que esperar que me disculpara—. He estado trabajando doble turno, no duermo lo bastante. Me estoy convirtiendo en ti.
—Una exitosa mujer trabajadora. Creo que voy a llorar.
—Oh, vete a la mierda. Entra en la cocina y quítate la camiseta —dijo. Ni siquiera tuve la oportunidad de hacer una broma sobre ella queriendo que me desnudara antes de que me detuviera con una mano—. Esto no es Striptease. No te voy a dar un dólar o llevarte a cenar primero.
—Bastante justo —murmuré y me dirigí a la cocina, donde me quité mi camiseta por la cabeza.
—Así que… ¿cómo has estado? —preguntó con lenta e intencionada incomodidad.
Usé el mismo tono aburrido.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien —replicó la voz de robot de mi mejor amiga.
Nuestros ojos se encontraron y ambas sonreímos. Me empujó por el hombro y traté de pellizcar su estómago.
—¿Estamos bien ahora? —pregunté con una carcajada.
—Sí, estamos bien. Ahora dime qué me he perdido.
Pasamos la siguiente hora hablando. Le dije sobre Acción de Gracias e ir al juego de Emmett. Veinte de esos minutos consistieron en nosotras repasando el día del juego de mi hermano pequeño, que Jessica apareciera, lo que Emmett le había dicho a su marido y luego explicar el odio en el rostro del grandote mientras había mirado fijamente a mi hermana. Le conté cuando me ayudó con el árbol de Navidad y las luces. Que se había metido en una pelea con Demetri, a quien ella recordaba claramente de esa noche en el bar porque había amenazado con patearle el trasero después de que le contara lo que había sucedido.
Para el final, me tenía bajo un casco que parecía algo sacado del programa espacial de la NASA y se veía aturdida.
—Jesús —dijo dos veces.
—Pensé que había terminado esta etapa en mi vida.
—No me digas. Es como algo sacado de esas novelas que mi madre veía.
—Las mismas que solíamos ver con ella —señalé. Así es como aprendí español.
Angela se rió desde el lugar que había tomado frente a mí, sentada con sus piernas cruzadas.
—Corríamos a casa después de la escuela y las veíamos, ¿verdad? —Hizo un sonido melancólico—. Parece que fue hace una eternidad, ¿eh?
Realmente lo hacía. Asentí. Eran algunos de mis más afectuosos recuerdos antes de que me hubiese mudado al otro lado de la ciudad y nunca los experimentara de nuevo. Mientras que vivir con mi madre me había dejado con un puñado de buenos recuerdos y una docena de algunos terribles, seguía siendo todo lo que había conocido.
Angie pareció alejar cual fuera el distante recuerdo en el que había estado pensando y preguntó:
—¿Qué vas a hacer entonces?
—¿Con qué?
—Con tu marido. ¿Quién más?
Podría haber estado hablando de mi hermana. Listilla.
—Nada.
Angela me dio esa expresión que decía: "¿Con quién te crees que estás hablando?".
—No me digas "nada". Todavía estás loca por él. Puedo verlo.
Abrí la boca para decirle que no estaba loca por nadie, pero alzó la mano de nuevo, deteniéndome.
—¿Realmente vas a intentar mentirme? Puedo verlo, Isa. Hola. No puedes esconder nada de la maestra. —Le había ocultado mi matrimonio, ¿pero por qué sacarlo a colación?—. Me parece que le gustas también. No creo que hubiera pasado tanto tiempo contigo si no fuera así.
Todo lo que pude hacer fue dejar escapar un contenido gruñido.
—Van a estar juntos durante los próximos cinco años. ¿Por qué no sacar lo mejor de eso? —mencionó.
Quería juguetear con mis gafas, pero mantuve mi mano bajada.
—Hicimos un trato, Angie. Se suponía que esto era un negocio. No es su culpa que sea una idiota.
—¿Por qué eres una idiota? ¿Porque quieres a alguien a quien amar?
—Porque él no ama nada. No quiere hacerlo. ¿Cuán incómodo sería si hiciera o dijera algo? No voy a arrepentirme de nuestro trato ahora. Se preocupa por mí, pero eso es todo.
Si había alguien en el mundo que me conocía tan bien como yo misma, era ella. Y lo que dijo a continuación lo confirmó.
—Isa, te quiero muchísimo. Eres mi hermana de otra madre, lo sabes, pero tienes una jodida concepción de lo que estás dispuesta a trabajar y arriesgar. No sé si él es capaz de amarte o no, pero, ¿qué es lo peor que puede pasar? Están casados. No va a divorciarse de ti ahora.
¿Qué era lo peor que podía pasar?
Perdería a mi amigo.
Angela extendió la mano y tiró del dobladillo de mis vaqueros.
—Haz lo que quieras. Solo deseo que seas feliz. Te lo mereces.
Arrugué mi nariz, no dispuesta a seguir hablando de Emmett; cada vez que lo hacía, especialmente cuando era con la palabra que empezaba por A en el tema, hacía que todo mi cuerpo doliera. Había amado a suficiente gente en mi vida que no me devolvió ese amor y no me molestaba en ocultarlo. Así que suponía que Angela tenía razón… había solo una cantidad de riesgo que estaba dispuesta a tomar.
Eso era deprimente.
Carraspeando, apunté al árbol de Navidad detrás de ella, preparada para hablar sobre otra cosa. No podía creer que faltara menos de una semana para que se terminaran las vacaciones. Cuando había trabajado para Emmett, el tiempo había pasado rápido, pero desde que lo había dejado, pasaba incluso más rápido que antes.
—¿Cuándo te vas con tus padres?
—Me voy la víspera de Navidad. Tengo que volver al trabajo el veintiséis —explicó—. ¿Vas a quedarte aquí?
¿Dónde más iría?
.
.
—Me voy ya —dijo Jasper desde el umbral de la puerta un par de días después.
Girando en mi silla, parpadeé antes de ponerme de pie.
—De acuerdo. Te acompañaré abajo.
—Ay, no tienes que hacerlo.
Puse mis ojos en blanco y empujé sus hombros cuando estuve delante de él.
—Quiero darte tu regalo de Navidad.
—En ese caso, lidera el camino, cariño —dijo mientras daba un paso atrás y me dejaba ir primero.
Las luces del árbol de Navidad estaban apagadas cuando llegamos abajo y aparté los regalos debajo para encontrar el de Jasper. Recogí las dos cajas perfectamente envueltas de la esquina donde las había guardado y se las entregué.
—Feliz Navidad.
—¿Las puedo abrir ahora? —preguntó como un niño pequeño.
—Adelante.
Jasper desgarró el papel de cada caja y las abrió con una sonrisa en su rostro. Dentro había pantalones de dormir y pantuflas. ¿Qué le regalabas a un hombre que lo tenía todo? Cosas que realmente le gustaran, incluso si tenía una docena de esas mismas cosas.
—Isa —balbuceó, abriendo su brazo con un regalo en cada mano.
—De nada —dije, dando un paso en su abrazo.
Me apretó y me balanceó de lado a lado.
—Gracias.
—Seguro.
Retrocedió y puso sus cosas en su bolsa antes de meter su brazo y sacar lo que parecía una tarjeta.
—Para ti, mi chica.
Tomé la tarjeta con una gran sonrisa en mi rostro, emocionada porque me hubiese comprado una. La abrí y saqué la tarjeta, abriéndola para encontrar una tarjeta regalo dentro para una de esas tiendas locales de artículos deportivos. Pero fue la horrible caligrafía lo que realmente llamó mi atención.
Para mi amiga más cercana,
Feliz Navidad, Isa. No sé qué hubiera hecho sin ti los últimos meses.
Te quiero
J.
—No soy bueno comprando regalos, así que cómprate unas nuevas zapatillas para el maratón, ¿me oyes? Mejor que las tengas para cuando vuelva a casa. No vayas a comprarle algo a nadie más —parloteó.
—Gracias —murmuré, dándole otro abrazo—. Prometo que me compraré algo. ¿Cuándo vas a volver?
—Me voy a quedar hasta Año Nuevo. Mi abuelo no está muy bien, así que quiero pasar un poco de tiempo con él. —Guiñó—. Y este verdadero encanto con la que solía salir en la escuela me mandó un mensaje hace unos días para ver si el gran tejano iba a estar en la ciudad.
Solté una risita. Gran tejano. No había manera de que ella se estuviera refiriendo a él como una persona.
—¿Qué sucedió con esa chica con la que hablabas aquí?
Jasper hizo un sonido.
—Estaba loca.
—Diviértete en casa, entonces.
—Lo haré. —Se inclinó y me dio un besito en la mejilla—. Ve a visitar a Angela si te sientes sola, ¿entendido?
—Estaré bien. —Estas no serían mis primeras Navidades pasadas sin un gran grupo. Sabía que sobreviviría. Le di una palmada en el culo cuando se volvió para ir a la puerta—. Conduce con cuidado y saluda a tu madre de mi parte.
Jasper me sonrió sobre su hombro y, solo así, se había ido y estaba en casa sola.
Cerré la puerta del garaje con una ligera sonrisa en mi rostro, con el regalo de Navidad de Emmett en mi mano, dividida entre sentirme bastante horrible y ligeramente emocionada por el pequeño tesoro esperando mañana por la mañana.
Correr dieciséis kilómetros más temprano me había agotado, pero no lo suficiente. Había horneado galletas de azúcar con forma de árboles, bastones de caramelo y estrellas, alejando mi mente de todo durante un par de horas, y entonces el timbre de la puerta había sonado y el cartero me había entregado cuatro cajas diferentes etiquetadas para mí. Las había abierto como una niña pequeña.
Mis padres adoptivos, Angela, sus padres y mi hermano pequeño me habían enviado regalos en diferentes niveles de envoltura. Había recibido un paquete de acuarelas, lápices de colores, varios pares de ropa interior nueva de la única persona que me compraría eso, un bonito reloj y pijamas.
Te echo de menos, decía la tarjeta regalo de mi hermano. Estaba pasando las vacaciones con la familia de uno de sus compañeros de equipo en Florida.
Les había enviado todos los regalos dos semanas antes, incluso le envié a mi madre y a su marido una cesta de regalo. Por suerte, no había esperado recibir un obsequio por parte de ellos, de otra manera, habría estado profundamente decepcionada. Los regalos servían para hacerme sentir amada y sola y no estaba segura de cómo demonios era posible sentir dos emociones tan conflictivas.
Emmett había estado en casa desde la tarde y podía decir que se encontraba de un extraño humor. Había estado extremadamente tranquilo, pasando su tiempo fuera y también trabajando en el rompecabezas de la mesa del desayuno mientras había hecho galletas y, luego, había ido arriba diciendo que iba a tomar una siesta. Me quedé abajo solo el tiempo suficiente para asegurarme de que Emmett estaba dormido; entonces, había salido para recoger su regalo. Por suerte, había seguido dormido cuando llegué a casa y dejé su regalo en el garaje, confiada de que Emmett no iría a ninguna parte y arruinaría su sorpresa. Dentro, encendí la televisión para amortiguar cualquier posible ruido que viniera del garaje, entonces me senté en el suelo y usé las acuarelas que mis padres adoptivos me habían enviado.
Me mantuve revisando el garaje cada hora desde entonces. Casi todas las luces de la casa estaban apagadas cuando me dirigí a la casa con el paquete en mi mano, mi espalda doliendo por haber estado tanto tiempo encorvada. En la parte de debajo de las escaleras, escuché por Emmett, pero no había ni pío. ¿Por qué lo habría? A pesar de ser la víspera de Navidad, se había tenido que levantar temprano y reportarse en la oficina central del equipo para hablar con los entrenadores ya que la parte baja de su espalda le había estado dando problemas el último par de semanas.
En el cuarto de lavado, dejé el cargador. Ya había puesto dos mantas dentro, rellenado la botella de agua cerca de la puerta y puesto comida en el pequeño bol también pegado a la puerta. Dejé que el diablillo saliera al jardín delantero y esperé hasta que hizo caca y pipí. El lindo rostro me miró a través de la rejilla y metí mis dedos allí para frotar su nariz.
Mientras que el garaje estaba bien aislado y sabía que no haría frío, odiaba la idea de dejarlo allí. Llevarlo a mi dormitorio estaba fuera de cuestión porque tenía la sensación de que ladraría. Dejé la luz encendida para él y volví a la cocina donde abrí el recipiente de las galletas de azúcar que hice e inhalé dos de ellas.
Apagué todas las luces, salvo las de debajo de los armarios de la cocina, llené un vaso con agua y fui arriba. En mi habitación, tomé ropa para tomar una ducha, sintiéndome totalmente apagada. Me quedé debajo del chorro más tiempo de lo que normalmente haría y salí de la bañera, diciéndome que dejara de ser tan aguafiestas.
Acababa de abrir la puerta del baño cuando escuché:
—¿Bella?
—¿Emmett? —De acuerdo, esa fue una pregunta estúpida. ¿Quién más sería? Con mi ropa sucia bajo el brazo, caminé por el pasillo. Su puerta estaba abierta. Normalmente, cuando iba a dormir, la cerraba y supuse que no había echado un vistazo cuando había subido las escaleras.
Sentado con su espalda contra el cabecero, una lámpara de mesa iluminaba parte de la habitación. La mitad de su cuerpo estaba bajo la colcha y la otra mitad estaba, desafortunadamente, cubierta por una camiseta de uno de sus patrocinadores. Emmett me dio una mirada especulativa.
—¿Te encuentras bien? —pregunté, apoyando mi hombro contra el marco de la puerta.
—Sí —respondió de forma tan seria y tranquila que no sabía qué hacer conmigo.
Eh.
—¿Qué estás haciendo? —La televisión no estaba encendida y había un libro en su mesita de noche.
—Estaba pensando en el juego de la semana pasada y lo que podría haber hecho diferente.
De todas las cosas del mundo, ¿por qué dio la casualidad de que eso fue directo a mis costillas y aferró mi corazón?
—Por supuesto que lo estabas.
Emmett levantó uno de esos grandes y musculosos hombros, sus ojos yendo al súper sexy pijama de franela de manga larga y con botones que llevaba puesto.
—¿Ibas a dormir? —preguntó, incluso mientras su mirada subía hasta mi rostro.
—No estoy tan cansada. Probablemente veré un poco más de televisión o algo.
Incluso en la oscura luz, podía decir que su mejilla se torció.
—Mírala conmigo —sugirió tranquilamente.
Espera. ¿Qué?
—¿No estás cansado?
—Tomé una larga siesta. No hay oportunidad de que vaya a dormir pronto —explicó.
Sonreí y froté mi pie en el borde de donde el suelo de madera se encontraba a medio camino con la alfombra de su dormitorio.
—¿Estás seguro de que no hay más juegos sobre los que quieras pensar?
Emmett me dio una mirada agria.
Me estaba invitando a ver televisión con él. Qué otra respuesta habría además de:
—¿Está bien?
Para el momento en que volví a su dormitorio después de depositar mi ropa sucia en el cesto de mi habitación, el grandote se había movido a un lado de la cama y encendido la televisión de cuarenta y algo pulgadas, colocada en una de sus cómodas. Con sus manos unidas detrás de su cabeza, me miró cuando entré, sintiéndome solo un poco incómoda.
Le di una pequeña sonrisa y mantuve el contacto visual mientras levantaba la colcha y me deslizaba bajo ella, esperando ver si se quejaría. No lo hizo. Había más o menos medio metro de espacio entre nosotros en la cama California King. Moví la almohada contra el cabecero y me acomodé con un suspiro.
—¿Bella?
—¿Hmm?
—¿Qué pasa?
Tirando de las sábanas hasta mi cuello, parpadeé hacia el techo.
—Nada.
—No me hagas preguntarte de nuevo.
Y eso solo me hizo sentir mal. Era fácil olvidar lo mucho que sabía sobre mí.
—Estoy bien. Simplemente me he sentido bastante deprimida hoy por alguna razón, tal vez son las hormonas o algo. Eso es todo. —Retorcí mis manos—. Es tonto. Me encanta la Navidad.
Hubo una pausa antes de que preguntara:
—¿No vas a visitar a tu madre?
—No. —Me di cuenta después de decirlo de lo desdeñosa que soné—. Mis hermanas la pasan con ella. Está casada ahora y tiene hijastros que vigilar allí. No está sola. —E incluso si lo hubiese estado, aun así no hubiese ido. Podía ser honesta conmigo misma.
—¿Dónde está tu hermano?
—Con su amigo.
—¿Tu amiga? ¿Angela?
Con lo ocupado que había estado, no habíamos pasado mucho tiempo juntos salvo para decir "hola" y "adiós" y ver un poco de televisión al mismo tiempo.
—Está con su familia. —Después de decirlo, me di cuenta de cómo sonó—. Lo juro, normalmente estoy bien. Solo me siento rara, supongo. ¿Qué hay de ti? ¿Estás bien?
—He pasado la mayoría de Navidades solo durante la última década. No es importante.
De todas las personas con las que pasar las vacaciones, era con el único cuya historia era un poco demasiado parecida a la mía.
—Supongo que lo bueno es que ya no tienes que pasarlas solo si no quieres. —No estaba segura de porqué dije lo que dije a continuación, pero lo hice—. Al menos, mientras estés atascado conmigo.
¿Podía sonar más patética?
—Estoy atascado contigo, ¿verdad? —preguntó con voz engañosamente suave.
Estaba intentando hacerme sentir mejor, ¿cierto?
—Durante los siguientes cuatro años y ocho meses. —Le sonreí incluso mientras esta increíble sensación de tristeza llenaba mi estómago como arena en un reloj.
Su cabeza se echó hacia atrás. La acción fue pequeña, pequeña, pero había existido.
¿O lo había imaginado?
Antes de que pudiera preguntarme demasiado si había reaccionado o no, el grandote, quien parecía ocupar por completo su cama, preguntó sin rodeos:
—¿Me vas a contar por fin qué te hizo tu hermana para molestarte?
Por supuesto que preguntaría. ¿Por qué no lo haría? No era como si lo considerara un secreto. Simplemente no me gustaba hablar sobre eso. Por otra parte, si había alguien en el mundo con quien podía hablar de Jessica, sería Emmett. ¿A quién se lo diría? La cosa era que incluso si tenía alguien a quien decírselo, si realmente pensaba sobre ello, era probablemente la persona más confiable que conocía.
No estaba segura de cuándo sucedió, pero no iba a preguntármelo demasiado, especialmente no la víspera de Navidad, cuando me había invitado a su cama y me estaba sintiendo más sola de lo que había hecho en un largo tiempo.
Moviéndome un poco en el colchón, apoyé mi cabeza en mi mano y simplemente lo solté.
—Me golpeó con su auto cuando tenía dieciocho años.
Esas increíblemente largas y negras pestañas se cernieron sobre sus ojos. ¿Estaban sus orejas enrojeciéndose?
—El accidente de auto —su voz era ronca—, la persona que me dijiste que te había atropellado… —Su parpadeo fue tan lento que podría haber pensado que había algo mal con él si no lo hubiese conocido—. ¿Fue tu hermana?
—Sí.
Emmett me miró fijamente, la confusión aparente en las leves líneas que se formaban en las esquinas de sus ojos.
—¿Qué sucedió? —preguntó con los dientes apretados.
—Es una larga historia.
—Tengo tiempo para ti.
—Es realmente una larga historia —insistí.
—De acuerdo.
Este chico. Tuve que estirar mi cuello como si calentara para esta tormenta de mierda.
—Todas mis hermanas tienen problemas, pero los de Jessica siempre han sido algo más. Tengo problemas de ira, lo sé. Sorprendente, ¿verdad? El único de nosotros que creo que no tiene problemas, es mi hermano pequeño. Creo que mi madre estuvo de juerga mientras se encontraba embarazada de nosotras o tal vez nuestros padres eran de diferentes niveles de imbécil, no estoy segura. —¿Por qué le estaba contando eso?—. De todos modos, las cosas siempre han sido malas entre nosotras. No tengo ni un solo recuerdo decente de ella. Ni uno, Emmett. Pasó esta cosa del armario, ella apareció y me abofeteó en el rostro sin razón, gritándome, tirándome del cabello, rompiendo mis cosas sin razón… Quiero decir, todo tipo de mierda. No contraataqué por mucho tiempo, hasta que me cansé de su mierda, justo cuando crecí para ser más grande que ella y finalmente tuve suficiente. Ella ya había estado bebiendo y consumiendo drogas para entonces. Sé que lo había hecho durante un tiempo. Pero no me importó. Estaba harta de ser su saco de boxeo.
»Bien, en esta ocasión, realmente pateó mi culo. Me empujó por las escaleras y me rompí el brazo. Mi madre estaba… No sé dónde estaba. Mi hermano pequeño enloqueció y llamó al 911. La ambulancia vino y me llevó al hospital. Los médicos o las enfermeras o alguien llamaron a mi madre. No respondió. No sabía dónde estaba y tampoco ninguno de mis hermanos. El hospital al final llamó a Servicios de Protección Infantil y me llevaron y luego se los llevaron. No sé cuánto tiempo le tomó a mi madre descubrir que todos nos habíamos ido, pero perdió la custodia. Pasé los siguientes casi cuatro años con mis padres adoptivos y mi hermano pequeño. Vi a mi madre unas pocas veces, pero eso fue todo. Justo después de salir de la escuela, empezó a llamarme para preguntarme qué iba a hacer durante el verano, diciéndome lo mucho que le gustaría verme. No sé qué diablos pensé entonces. Tenía un trabajo estable, así que fui… y no fue hasta que llegué allí que me di cuenta que no estaba viviendo sola. Jessica y mi hermana mayor vivían con ella. No las había visto en esos años.
»Debería haber sabido entonces que habría sido mejor para mí ir a otro lugar. Los padres de mi amiga Angela vivían todavía en la puerta de al lado, pero ella estaba haciendo algo ese fin de semana, así que no iba a estar en casa y no quería quedarme allí sin ella; mis padres adoptivos me habían dicho que siempre tendría un hogar con ellos… quiero decir, mi hermano pequeño seguía allí. Pero, por alguna estúpida razón, quería darle a mi madre una oportunidad. Jessica y yo empezamos a pelear en el momento en que llegué y, joder, debería haberlo sabido. En el momento en que la vi, pude decir que estaba en algo. Intenté hablar con mi madre sobre ello, pero no me hizo caso y dijo que Jessica había cambiado, bla, bla, bla. En serio, era mi segunda noche allí y había ido a la habitación de mi madre y la encontré rebuscando en sus cajones. Empezamos a discutir. Me llamó un montón de cosas feas, empezó a tirarme cosas y me dio con un jarrón. Apenas la vi tomar mi bolso de la encimera de la cocina cuando salió corriendo de la casa con cualquier otra cosa que hubiese agarrado antes de que la atrapara. Estaba tan molesta, Emmett.
»Es tan tonto cuando lo pienso ahora, y lo que es incluso más estúpido es que, aun así, la habría perseguido incluso sabiendo lo que ocurriría. Se metió en su auto y empecé a gritarle a través de la ventana cuando retrocedió en la entrada. No quería que me atropellara los dedos de los pies, así que me puse delante del auto cuando de repente se puso en camino y apretó el pedal del acelerador.
La ansiedad y la tristeza se apoderaron de mis pulmones mientras continuaba con lo que sucedió:
—Recuerdo su rostro cuando lo hizo. Lo recuerdo todo. No me desmayé hasta que llegó la ambulancia, lo cual fue después de que acelerara con rapidez y me dejara allí. Angela había llegado a casa pronto y estaba en su habitación cuando ocurrió y escuchó nuestros gritos. Salió justo después de que Jessica me golpeara y llamó al 911, afortunadamente. El médico me dijo más tarde que tuve suerte por tener mi cuerpo girado a la derecha y que ella solo me hubiese golpeado en una de mis rodillas y no en ambas.
¿Cuántas veces me había dicho que había superado esto? ¿Mil? Pero la traición todavía me escocía en un millón de diferentes y sensibles lugares.
—Suerte. Suerte porque mi hermana me golpeara con un auto y solo me hiriera una de mis rodillas. ¿Puedes creerlo?
Algo subió por mi garganta y hasta la parte de atrás de mis ojos. Algunas personas lo llamarían lágrimas, pero yo no. No iba a llorar sobre lo que había sucedido. Y mi voz definitivamente no se estaba rompiendo con emoción.
—Mi tendón se rompió. Tuve que perderme un semestre completo de la escuela para recuperarme.
El grandote me miró fijamente. Sus fosas nasales se ensancharon solo un poco.
—¿Qué pasó después de que te golpeara?
—Desapareció durante un par de meses. No todos me creyeron cuando les dije lo que había hecho, incluso aunque tenía un testigo. Estaba bastante segura de que había estado sobria cuando lo hizo… que es probablemente el porqué estaba robando dinero, para ir a conseguir lo que sea que quisiera. Mi madre quería que la perdonara y siguiera adelante, pero… ¿cómo podía pedirme eso? Sabía lo que había estado haciendo. Jessica le había robado dinero también. Había elegido hacerlo, ¿sabes? E incluso si había estado drogada, seguiría siendo su elección drogarse y robar mierda de la gente a la que se suponía que amaba. Su elección la llevó a ese momento. No puedo sentirme mal por eso.
No podía. ¿Podía? El perdón era una virtud o, al menos, eso es lo que alguien me había dicho, pero no me sentía muy virtuosa.
—Me fui y me quedé con mis padres adoptivos después. No había manera de que fuera a quedarme en la casa de Angela, justo al lado. Mi padre adoptivo me puso a hacer su trabajo contable, ser su secretaria, todo tipo de cosas, así al menos podía ganarme mi habitación y alojamiento porque no quería ser una carga para ellos. Entonces, volví a la escuela una vez que mejoré.
—¿Qué pasó con tu hermana? —preguntó.
—Después de golpearme, no la vi de nuevo durante años. ¿Sabes lo que me mata más, sin embargo? Nunca se disculpó conmigo. —Me encogí de hombros—. Tal vez eso me hace un poco cruel, pero…
—No te hace cruel, Bella —interrumpió "El Muro de Winnipeg" con un tono tajante—. Alguien en quien deberías haber podido confiar, te hirió. Nadie puede culparte por no querer darle un abrazo después de eso. He sido incapaz de perdonar a gente por menos.
Eso me hizo resoplar con amargura.
—Te sorprenderías, Emmett. Todavía es un tema doloroso. Nadie aparte de mi hermano pequeño entiende por qué estoy enojada. Por qué no lo supero. Entiendo que por alguna razón nunca les he gustado, pero todavía se siente una traición que respalden a Jessica en vez de a mí. No entiendo por qué. O qué hice para que sientan que soy el enemigo. ¿Qué se supone que haga?
Emmett frunció el ceño.
—Eres una buena persona y eres talentosa, Isabella. Mírate. No sé cómo son tus hermanas, pero no puedo creer que sean la mitad de lo que eres tú.
En listó los atributos tan despreocupadamente que no se sintieron como halagos. Se sintieron como declaraciones y no sabía qué hacer con eso, especialmente porque, en la parte de atrás de mi cabeza, sabía que Emmett no diría esas cosas para hacerme sentir mejor. Simplemente no era de ese tipo, incluso si se sentía obligado, a menos que quisiera hacerlo genuina y realmente.
Pero antes de que pudiera pensarlo más, admitió algo tan inesperadamente, que no estaba ni remotamente preparada.
—Podría no ser la mejor persona para darte consejos familiares. No he hablado con mis padres en doce años.
Seguí con ese tema al momento en que pude, prefiriendo hablar de él que sobre mí.
—¿Pensaba que habías ido a vivir con tus abuelos cuando tenías quince?
—Lo hice, pero mi abuelo murió cuando estaba en el último año de escuela. Vinieron al funeral, descubrieron que le había dejado todo a mi abuela y mi madre me dijo que cuidara de mí mismo. Nunca los he visto desde entonces —narró Emmett.
—¿Tu padre no dijo nada?
Emmett se movió en la cama, casi como si se estuviera tumbado sobre el colchón.
—No. Era diez centímetros más alto que él para entonces, unos veinticinco kilos más pesado. El único momento en que me hablaba era cuando quería gritar a alguien mientras vivía con ellos.
—Siento hablar así de tu padre, pero parece un imbécil.
—Era un imbécil. Estoy seguro de que todavía lo es.
Me pregunté…
—¿Es por él que no maldices?
Emmett respondió sin rodeos:
—Sí.
Fue en ese momento que me di cuenta de lo parecidos que éramos Emmett y yo. Este intenso sentimiento de afecto, de acuerdo, tal vez era más que afecto —podía ser una adulta y admitirlo—, apretó mi corazón.
Mirando a Emmett, reprimí la compasión que sentía y conservé la hirviente ira mientras observaba su cicatriz.
—¿Cómo te hizo eso?
—Tenía catorce años, justo antes de dar mi gran estirón. —Carraspeó, su rostro apuntaba al techo, confirmándome que sabía que lo sabía—. Había estado bebiendo mucho y estaba enojado conmigo por comerme la última chuleta de cordero… me empujó contra la chimenea.
Iba a matar a su padre.
—¿Fuiste al hospital?
La mofa de Emmett me atrapó totalmente fuera de guardia.
—No. No lo hicimos… no me habría dejado ir. Es por eso que se curó tan mal.
Sí, me deslicé más abajo en la cama, incapaz de mirarlo. ¿Qué era esto que estaba sintiendo él? ¿Vergüenza y rabia?
¿Qué se suponía que decía después de algo así? ¿Había algo? Yací allí, ahogando las inseguras palabras por lo que se sintió para siempre, diciéndome que no había razón para llorar cuando él no lo hacía.
—¿Es tu padre tan grande como tú?
—Ya no. —Dejó escapar una brusca risa—. No. Tal vez pesa unos setenta kilos y mide alrededor de uno ochenta, si acaso. Al menos, así era la última vez que lo vi.
—Ah.
Se movió en la cama por un momento antes de decir bruscamente:
—Estoy bastante seguro de que no es mi verdadero padre. Mi madre es rubia, como él. Son corrientes. Mis abuelos eran rubios. Mi madre solía trabajar con este tipo que siempre era realmente agradable conmigo cuando iba a su trabajo. Mis padres peleaban un montón, pero pensaba que era normal, ya que mi padre siempre intentaba pelear con alguien. Sin importar quién. —El parecido con el novio de Angela no se me escapó—. Mi abuela me admitió que mi madre solía serle infiel a mi padre.
Me pregunté si seguirían juntos o no.
—Eso suena como una miserable experiencia para ambos.
Asintió, su respiración lenta y su mirada pegada a la televisión.
—Sí, pero ahora veo que eran tan infelices juntos que nunca podrían haber sido felices conmigo, no importa lo que hiciera, y eso hace mucho más fácil seguir con mi vida. La mejor cosa que jamás hicieron fue renunciar a sus derechos y llevarme con mis abuelos. No les hice nada y estoy mejor con la manera en que las cosas salieron de lo que lo habría estado de otra manera. Todo lo que tengo, lo tengo por mi abuela y abuelo. —Volvió su cabeza y se aseguró de hacer contacto visual conmigo—. No estaba a punto de malgastar mi vida, molesto, porque fui criado por personas que no podían comprometerse con nada en sus vidas. Todo lo que hicieron fue mostrarme el tipo de persona que no quería ser.
¿Por qué se sentía como si estuviera hablando sobre mi madre?
Ambos yacimos allí por un tiempo, ninguno diciendo una palabra. Pensé sobre mi madre y todos los errores de los que me había responsabilizado durante todos estos años.
—A veces, me pregunto por qué demonios me molesto en seguir intentando tener una relación con mi madre. Si no la llamara, me contactaría dos veces al año, a menos que hubiera algo que quisiera o necesitara, o que se estuviese sintiendo mal sobre algo que recordara haber hecho… o no haber hecho. Sé que es una mierda pensarlo, pero lo hago.
—¿Le dijiste que nos casamos?
Eso me hizo soltar una risita.
—¿Recuerdas ese día que fuimos a la oficina de tu abogado y respondiste su llamada? Estaba llamando porque alguien se lo había dicho; reconocieron mi nombre. —La siguiente risita salió incluso más enojada—. Cuando le devolví la llamada, lo primero que preguntó fue cuándo iba a conseguirle entradas para uno de tus juegos. Le dije que nunca me lo pidiera de nuevo y se puso a la defensiva… Lo juro por Dios, incluso ahora, pienso en que nunca jamás quiero ser como ella.
Mis manos empezaron a contraerse y me obligué a relajarlas. Me calmé, intentando dejar ir esa ira que parecía aparecer de vez en cuando.
—Como he dicho. No conozco a tu madre y realmente no quiero conocerla jamás, pero lo estás haciendo bien, Bella. Mejor que muy bien la mayoría del tiempo.
Muy bien. La mayoría del tiempo. Las palabras que eligió me hicieron sonreír al techo mientras me calmaba incluso más.
—Gracias, grandote.
—Ajá —respondió antes de ir por ello—. Lo diría todo el tiempo, pero sé cuánto dinero debes en préstamos estudiantiles.
Me giré sobre mi costado para mirarlo. Por fin.
—Me preguntaba si ibas a sacar ese tema alguna vez —murmuré.
El grandote giró para enfrentarme también, su expresión libre de cualquier ira residual por sus recuerdos.
—¿En qué diablos pensabas?
Suspiré.
—No todo el mundo recibe una beca, as.
—Hay escuelas más baratas a las que podrías haber ido.
Uf.
—Sí, pero no quería ir a ninguna —dije y me di cuenta de cuán estúpido sonaba—. Y, sí, me arrepiento un poco ahora, ¿pero qué puedo hacer? Está hecho. Fui terca y estúpida. Y nunca hubiera conseguido hacer lo que quería hacer, supongo, ¿sabes? Solo quería alejarme.
Emmett pareció considerar eso por un momento antes de apoyar su cabeza en su puño.
—¿Alguien sabe sobre eso?
—¿Me tomas el pelo? De ninguna manera. Si alguien preguntaba, le decía que tenía una beca —admití finalmente ante alguien—. Eres la primera persona a la que alguna vez le he admitido eso.
—¿Ni siquiera se lo has contado a Jasper?
Le di una mirada de extrañeza.
—No. No me gusta decirle a la gente que soy una idiota.
—¿Solo a mí?
Le saqué la lengua.
—Cállate.
.
.
No importaba lo mayor que fuera, lo primero que venía a mi mente cada mañana del veinticinco de diciembre era: es Navidad. No siempre había habido regalos bajo el árbol, pero después de haber aprendido a no esperar nada, no le había quitado la magia al momento.
El hecho de que me despertara en una habitación que no era la mía, no contuvo mi entusiasmo. Las sábanas estaban subidas hasta mi cuello y me encontraba de lado. Enfrente de mí, se hallaba Emmett. La única otra cosa visible además de la cima de su cabeza, eran sus ojos soñolientos. Le di una pequeña sonrisa.
—Feliz Navidad —susurré, asegurándome de que mi aliento mañanero no llegara directamente a su rostro.
Apartando las sábanas y la colcha de donde habían subido hasta su nariz, su boca se abrió en un profundo bostezo.
—Feliz Navidad.
Iba a preguntarle cuándo se había despertado, pero era obvio que no había sido hace mucho. Alzó una mano para frotar sus ojos antes de dar otro bostezo mudo. Extendió sus manos hacia el cabecero en un largo estiramiento. Esos centímetros de bronceada y firme piel pasaron el cabecero, sus bíceps estirándose mientras sus dedos se alargaban, como un enorme y perezoso gato.
Y no pude detenerme de observarlo, al menos hasta que él me sorprendió.
Entonces, nos miramos fijamente el uno al otro, y sabía que ambos estábamos pensando exactamente lo mismo: la noche anterior. No la larga charla que habíamos tenido sobre nuestras familias —y esa honestidad que habíamos compartido—, sino sobre lo que sucedió después de eso.
La película. La maldita película.
No sabía qué demonios estaba pensando, total y malditamente consciente de que estaba deprimida, cuando le pregunté si quería ver mi película favorita de cuando era niña. La había visto cientos de veces. Cientos de veces. Se sentía como amor y esperanza.
Y era un idiota.
Y Emmett, siendo una buena persona que al parecer me concedía la mayoría de las cosas que quería, dijo:
—Seguro. Puede que me quede dormido durante la misma.
No se durmió.
Si algo aprendí esa noche, fue que nadie era insensible a cuando The Land Before Time perdía a su mamá. Nadie. Había puesto los ojos en blanco solo un poco cuando la película animada empezó, pero cuando lo miré, la estaba viendo atentamente.
Cuando esa horrible y terrible parte de "por qué le harías esto a un niño y al mundo en general" sucedió en The Land Before Tim, mi corazón todavía no había aprendido a hacerle frente y me sentía tan mal, el hipo era peor que de costumbre. Mi visión estaba nublada. Tenía un nudo en la garganta. Las lágrimas caían de mis ojos como el poderoso Mississippi. El tiempo y las decenas de veces que la había visto no me habían endurecido del todo.
Y mientras limpiaba mi rostro y trataba de recordarme que solo era una película y que un joven dinosaurio no había perdido a su querida madre, escuché un sorbido. Un sorbido que no era mío. Me giré no muy discretamente y lo vi.
Vi sus ojos brillantes y la manera en que su garganta sobresalía al tragar. Luego vi las miradas de lado que me disparaba y me senté ahí con mis propias emociones, y nos miramos fijamente el uno al otro. En silencio.
El grandote no lo estaba controlando, y si había un momento en el universo, viendo una película, éste era la causa de ello.
Todo lo que pude hacer fue asentir hacia él, ponerme de rodillas e inclinarme para poder envolver mis brazos alrededor de su cuello y decirle con una calmante voz que todo estaba bien.
—Lo sé, grandote. Lo sé. ―Incluso otra ronda de lágrimas cayó de mis ojos y posiblemente algunos mocos de mi nariz.
La parte milagrosa fue que me dejó hacerlo. Emmett se sentó ahí y me dejó abrazarlo, me dejó poner mi mejilla encima de su cabeza y hacerle saber estaba bien. Tal vez sucedió porque habíamos estado hablando de las relaciones defectuosas con nuestras familias o quizás porque un niño perdiendo a su madre era casi lo más triste del mundo, sobre todo cuando era un inocente animal, no sé. Pero era triste como la mierda.
Sorbió —en cualquier otra persona más pequeña habría sido considerado un sorbido— y apreté mis brazos a su alrededor un poco más antes de volver a mi lado de la cama, donde terminamos viendo la película. Entonces, se giró para mirarme con esos infinitos ojos marrones.
—Quédate aquí esta noche ―murmuró, y así fue.
¿Había querido irme a mi habitación? No cuando estaba tumbada en la cama más cómoda en la que nunca había dormido, acurrucada bajo las cálidas sábanas. ¿Qué iba a hacer? ¿Ponerlo difícil? No era tan tonta. Así que me quedé y Emmett finalmente apagó las luces, excepto una, y compartimos un breve "buenas noches".
Si no conociera mejor a Emmett, hubiera pensado que estaba avergonzado de estar triste por una película infantil, pero lo conocía. No se ponía tímido.
Pero no dijo una palabra sobre necesitar un momento y tampoco me pidió que saliera de su cama.
Ahora, estábamos uno frente al otro y ambos sabíamos lo que el otro estaba pensando. Ninguno iba a decir nada sobre eso, sin embargo.
Esbocé una sonrisa suave, tratando de olvidarlo.
—Gracias por dejarme dormir aquí contigo.
Hizo algo que parecía un encogimiento de hombros, pero ya que sus brazos estaban todavía más allá de su cabeza, no podía estar segura.
—No acaparas el espacio. ―Bostezó otra vez―. No roncas. No me molestas.
No estaba segura de qué decía sobre mí que me sintiera lúcida y muy descansada. Más que nada, me sentía inquieta como niña pequeña.
―¿Quieres tu regalo ahora? ¿O más tarde? ―le pregunté, sabiendo muy bien que quería darle su regalo ahora. Estaba tan atolondrada, y la realidad era que probablemente estaba más emocionada porque él iba a estar en un verdadero dilema, pero...
¿A quién le importaba? Si él no lo quería, yo me lo quedaría. Me encantaría muchísimo quedarme con el cachorro de ocho semanas de edad que estaba en la planta baja. Era un Golden retriever porque sabía que iba a tener que ser la cosa más dulce del universo para aguantar las chorradas de Emmett.
―Más tarde mejor ―dijo como un verdadero adulto en vez de como un niño pequeño ansioso por abrir sus regalos en la mañana de Navidad.
Por una fracción de segundo, me sentí totalmente desilusionada. Pero solo por una fracción de segundo antes de tomar una decisión.
—Qué mal. No salgas de la habitación. Regreso en un segundo.
Salté fuera de la cama y prácticamente corrí hacia el cuarto de lavado en la planta baja. Recogí al pequeño amarillo de su caja y maldije cuando me di cuenta que se había cagado encima y se ensució. En realidad, parecía que había rodado en ello.
—Maldición.
Le di un beso en la cabeza de todos modos y corrí por las escaleras para darle un baño, solo pasando por mi habitación para recoger el lazo que había comprado para él y que se había encontrado en mi cajón de la mesita de noche durante la última semana desde que había dejado un depósito por él. No podía darle a Emmett un cachorro lleno de caca, ¿cierto?
Mientras me dirigía al baño, le grité:
—¡Dame quince minutos, grandote!
Subiendo mis mangas, le di al pequeño unos suaves besos más en la cabeza y esperé para que el agua se calentara lo suficiente. Al segundo que estaba lista, tomé la botella de champú de perro de miel y almendra y comencé a enjabonarlo. Teniendo en cuenta que nunca le había dado a un perro un baño, fue mucho más difícil de lo que parecía. Tenía demasiada energía. Se hizo pis dentro de la bañera. Saltó por el borde, intentando salir o saltar sobre mí, no podía estar segura.
El jabón estaba en todas partes; podía sentirlo en mi rostro. Mi parte superior estaba empapada y seguía siendo uno de los momentos más felices de mi vida. Eso me mato solo un poco.
¿Por qué no había tenido un perro antes? ¿Para mí?
―¿Qué estás haciendo? ―preguntó la voz detrás de mí.
Me congelé allí con los brazos en la bañera; uno estaba ocupado con el perrito que tenía las patas en el borde mientras asomaba la cabeza y el otro en el grifo para cerrarlo. Mirando por encima de mi hombro, le fruncí el ceño, tomando la toalla que había dejado sobre el asiento del inodoro.
―Te dije que esperaras en tu habitación ―murmuré, solo un poco decepcionada porque hubiera arruinado la sorpresa de alguna manera. Solo tuve que mirar esos grandes y expresivos ojos marrones en el hermoso rostro del cachorro para superarlo.
Estaba enamorada.
Y una enorme parte de mí no quería entregarle el cachorro, pero sabía que tenía que hacerlo.
―¿Qué es eso? ―La voz retumbante de Emmett se volvió un poco más fuerte con curiosidad, tanta curiosidad.
Envolviendo la toalla alrededor de la húmeda, casi escuálida, bola de inocencia, lo acerqué a mí mientras me ponía de pie y lo acurrucaba por última vez antes de echarle un vistazo al hombre de pie en la puerta. Los ojos de Emmett se pusieron más amplios de lo que alguna vez los había visto. A sus lados, sus dedos se retorcieron. Esos oscuros ojos iban desde el bulto contra mi pecho a mi rostro y viceversa. El color rosa se elevó hasta las puntas de sus orejas y preguntó una vez más:
―¿Qué es eso?
Empujé al pequeño hacia adelante.
―Feliz Navidad, grandote.
El hombre conocido como "El Muro de Winnipeg" tomó el bulto envuelto en la toalla y simplemente lo miró.
¿Debería haberle regalado otra cosa? Le había comprado otros pequeños obsequios, pero éste era el más grande. El que me hacía temblar de emoción.
―Si no te gusta…
El perro dejó escapar un ladrido agudo juguetón que traspasó el aire. Pude ver como cuatro emociones pasaban por los rasgos de Emmett. Confusión, reconocimiento, sorpresa y alegría.
Llevó al bebé a su rostro.
Emmett miró fijamente al retriever durante un largo rato, empecé a pensar que había imaginado el júbilo que había en su rostro un momento antes. Pero sabía que le gustaban los animales y había mencionado una vez en una entrevista lo mucho que quería un perro pero que deseaba esperar hasta que tuviera más tiempo para ser un buen dueño.
Pero cuanto más aguardaba, observando, insegura de qué esperar, más sorprendida estuve cuando metió al suave compañero amarillo debajo de su barbilla y movió su brazo para acunarlo en su pecho como un bebé.
Ah, demonios. No había estado preparada. Mi cuerpo no estaba listo para ver a Emmett sostener a un perrito como a un bebé.
Mierda, mierda, mierda.
―Isabella... ―Estaba sin habla, empeorando la situación para mí.
―Feliz Navidad ―repetí con voz ronca, entre sonriendo y llorando.
Parpadeó, y luego parpadeó algunas veces más mientras su mano libre tocaba los perfectos y pequeños rasgos del joven e inocente rostro.
—No sé qué decir ―murmuró, con sus ojos pegados a su cachorro. Su barbilla bajó y juro que abrazó al perro más cerca de él―. Nunca... ―Tragó y levantó la mirada hacia mí, nuestros ojos encontrándose―. Gracias. Gracias.
¿Estaba yo llorando? ¿En serio estaba llorando?
―De nada. ―Podría, tal vez, haber sonreído ante la borrosa visión de estos dos―. Sé que has dicho que no tienes tiempo para las relaciones, pero no hay manera que no puedas hacer tiempo para él. Míralo. Lo amé desde el momento que lo vi. Estuve a punto de no dártelo cuando entraste.
Asintió rápidamente, demasiado rápido para que mi corazón pudiera manejarlo apropiadamente.
―Sí, tienes razón. Puedo hacer tiempo. ―Emmett lamió sus labios y me perforó con una breve mirada que me había congelado en mi lugar una vez más. Fue la expresión más dulce y más reveladora que alguien me había dado―. Estoy empezando a darme cuenta que siempre puedes hacer tiempo para las cosas que importan.
.
.
Horas después, estábamos sentados en el suelo de la sala de estar con el nuevo amor de la vida de Emmett, y pensé que estas habían resultado ser las mejores Navidades jamás. Habíamos pasado el día con el cachorro, lo que me sorprendió. Supongo que una parte de mí esperaba que Emmett se alejara y desapareciera para que pudiera disfrutar de su nuevo hijo solo, pero no había sido el caso en absoluto.
Tan pronto como se dio cuenta de que el cachorro todavía estaba mojado, me miró y dijo:
—¿Y ahora?
Durante la próxima hora, secamos al perrito sin nombre y lo sacamos para que hiciera sus necesidades mientras Emmett limpiaba su caseta y yo supervisaba. Luego, llenó los tazones de alimento que había traído con un poco de pienso y agua. Lo siguiente, fue desayunar en la cocina juntos con él corriendo, entonces, sacarlo otra vez después de que se hiciera pis en la cocina. Emmett ni siquiera lo pensó dos veces antes de limpiarlo.
Desde entonces, me bañé y bajé a la sala de estar para ver un poco de televisión y fue donde Emmett me encontró después de aparentemente haberse bañado... con su pequeño en sus brazos.
En serio, me estaba matando. Este gigantesco chico llevando a un perro de cuatro kilos en sus brazos por ahí. Dios nos ayude. Necesitaba encontrar algunos cachorros y pagarles a algunos modelos musculosos para que posaran con ellos. Podría enriquecerme si los ponía en un calendario.
O quizás solo era a Emmett al que encontraba tan atractivo sosteniendo a un cachorro del que claramente estaba enamorado.
No iba a sobre analizarlo demasiado, decidí muy rápidamente.
Con chimenea de gas funcionando, las luces del árbol de Navidad y todo tan tranquilo, el día se sentía correcto. Había llamado a mi extensa familia —a mi hermano, Angela y a mis padres adoptivos— después de bañarme para desearles una feliz Navidad.
Extendí mis piernas frente a mí, manteniendo un ojo en el rubito acurrucado en el suelo entre mis pies, cuando Emmett, que estaba sentado a mi lado, de repente se volvió y dijo:
—Todavía no te he dado tus regalos.
Parpadeé. ¿Qué? No había esperado nada, pero me sentiría como una imbécil si lo decía en voz alta.
―Oh. ―Parpadeé nuevamente―. ¿Me compraste algo?
Entrecerró un poco sus ojos, como si pensara lo mismo que yo hace un instante.
—Sí. ―Poniéndose de pie con más facilidad de lo que alguien de su tamaño debería, inclinó su cabeza en dirección a las escaleras―. Sígueme.
Así que lo seguí, por las escaleras, al pasillo y hacia... su oficina.
¿Su oficina?
Por delante de mí, abrió la puerta e inclinó la cabeza para que pasara.
Dudé en el umbral, mirándolo mirarme mientras lo hacía. La mano de Emmett se movió por delante de mi rostro y encendió el interruptor. Apilados encima de su gran escritorio de madera, había dos regalos cuidadosamente envueltos en papel de rayas color menta. No tenía que preguntar para saber que esas cuidadosas manos grandes los habían envuelto, y no un extraño.
Solo eso hizo que mi nariz cosquilleara.
―Abre el primero ―ordenó.
Le disparé una mirada sobre mi hombro antes de caminar dentro de la oficina y tomar el regalo de la parte superior. Lentamente, me deshice del embalaje y saqué la fina caja. Sabía lo que era al instante en que vi el nombre de la empresa. Era una nueva tablet. Era una marca nueva, una de las más importantes. Era una por la que la mayoría de diseñadores gráficos salivarían, pero que nunca en realidad comprarías porque podías convencerte de gastar menos dinero en algo casi tan bueno, muy fácilmente.
La sujeté sobre mi pecho, volviéndome para mirarlo con la boca abierta.
―Emmett…
Levantó su mano y puso sus ojos en blanco.
―Agradécemelo después de abrir el otro.
A punto de ignorarlo y darle un abrazo entonces, decidí ser una buena chica y abrí el siguiente regalo primero puesto que me lo había pedido muy educadamente. El próximo regalo estaba en una caja más grande, como la elegante caja en la que había visto a mi compañera de cuarto de la universidad guardar cosas. Al igual que el regalo anterior, lo abrí lentamente y saqué la caja con forma perfecta de cubo.
Rasgando la parte superior, no pude evitar desmoronarme al ver la pila de luces nocturnas y linternas. Había dos pequeñas con llaveros enganchados en su base, tres enchufes diferentes: uno con forma de Júpiter, otro de una estrella y el tercero era uno simple con forma de columna que prometía ser el mejor del mercado. Además, había cuatro linternas en varios tamaños y colores: rosa, rojo, verde azulado y negro. Recogí la rosa metálica.
―Me recordaron a tus colores de cabello
Oh, no.
―Emmett…
―Sé que no es mucho en comparación con lo que me diste, pero pensé que era lo suficiente al principio. No le había comprado regalos a nadie en años…
―Es suficiente, tonto ―dije, mirándolo sobre mi hombro, sosteniendo lo que era el regalo más reflexivo que nadie nunca me había dado.
El grandote aclaró su garganta.
—No. No lo es. Te lo debo.
¿Me lo debía?
―No me debes nada. Esto es... esto es perfecto. Más que perfecto. Gracias.
Jodidas luces nocturnas. ¿Quién lo habría pensado?
Dos grandes manos se posaron en mis hombros.
―Te lo debo, Bella. Confía en mí. ―Tan pronto como se habían posado, se retiraron, y añadió—: Esto no es un regalo, pero abre tu mano.
Lo hice, poniéndola por encima de mi hombro, curiosa de lo que iba a darme. ¿Chicle masticado?
Algo frío y pequeño cayó en mi mano. Era bastante pesado.
Cuando bajé mi mano, toda la saliva en mi boca se fue a casi todo el resto de mi cuerpo.
―No es un regalo. El joyero llamó ayer y dijeron que estaba listo. Te lo iba a dar, pero…
Al principio, sinceramente pensé que era una roca. Una gran y azulada roca. Pero debía haber estado tan confundida que no vi el oro blanco que yacía contra mi mano. Entonces, me di cuenta: era un anillo. Acercándolo más a mi rostro, volvieron a mí esos años de compras en las tiendas de segunda mano vintage. Una piedra verde ligeramente azulada, con corte esmeralda —aguamarina para ser exactos, mi piedra de nacimiento—, se amontonaba en la banda delgada. A cada lado de la piedra había tres diamantes. Justo debajo del sencillo oro blanco, había una simple banda de incrustaciones de diamante que se ajustaban alrededor del anillo más grande como un conjunto, muy sutil.
Parecía uno de aquellos anillos de cóctel que llevaban en la década de los cincuenta… excepto que podía decir, mi corazón podía jodidamente decir, que esto no era alguna imitación barata de un catálogo.
―Pensé que necesitabas un anillo de compromiso. Pensé que no te hubiese gustado un diamante. Este se parecía más a ti.
―Cállate. ―Miré boquiabierta el anillo un segundo más, mi respiración se volvió más intensa.
―No —espetó en respuesta―. Si no te gusta…
―Dejar de hablar, Emmett. Es el anillo más impresionante que nunca había visto. —Llevé mi mano más cerca de mi rostro y negué aturdida, mirándolo a sus ojos con el corazón en mi lengua—. ¿Es para mí?
―¿Para quién más sería? ¿Mi otra esposa? ―preguntó el molesto imbécil.
Me había comprado un anillo.
Y era…
Maldita sea. Maldita sea. Eso. No podía amarlo. No podía. No podía, especialmente no porque me hubiera escogido algo perfecto. Algo como yo.
Traté de alejar la emoción lo justo.
―Podrías haberme dado solo una banda. No me importa lo que todo el mundo piense ―susurré mientras deslizaba el anillo de boda en los correspondientes mano y dedo.
―Tampoco a mí me importa, pero lo compré para ti, de todos modos.
Este es sin duda uno de los capitulos más largos de la historia y tambien uno que rebela bastante sobre el pasado de nuestros personajes.
Que piensan del capitulo? Les gusto?
Gracias por sus comentarios, siempre se los digo pero me alegran bastante el día leerlos.
xoxo
