IN FRAGANTI
Por: Tita Calderón
CAPITULO XXIV
La puerta de cristal ligeramente abierta dejó que una ráfaga repentina de viento agitara las cortinas y también sus cabellos; los acomodó un poco con la mano y luego la volvió a posar en el libro que sostenía. Antes no era muy asidua a la lectura pero últimamente disfrutaba leyendo, era una manera de estar junto a Albert mientras él terminaba de revisar documentos y correspondencia antes de dormir.
A veces solían acostarse tarde, pero siempre se acostaban juntos. Al principio él intentaba convencerla de no trasnocharse junto con él, pero a los pocos minutos claudicaba, nada podía hacer para meterla a la cama sin él, algo que por cierto disfrutaba de sobremanera.
Se reclinó un poco en el respaldo del cómodo sillón, sólo para comprobar que no importaba como se sentara, siempre era placentero estar allí.
A la distancia pudo ver vastas extensiones de horizonte verde fundiéndose con el firmamento. Sólo Lakewood le podría regalar esta visión tranquila de la naturaleza.
Habían tenido que viajar a Lakewood para arreglar ciertos asuntos pendientes, no eran urgentes y George podía haberse encargado tranquilamente, pero había sido el pretexto perfecto para escaparse un fin de semana de Chicago.
Candy había subido a la antesala de la terraza para leer, mientras Albert se reunía con algunos trabajadores. Estando allí, descubrió que le gustaba éste lugar más que cualquier otro, tal vez porque fue aquí, en este preciso lugar que descubrió la verdadera identidad del tío abuelo.
Sonrió con ternura recordando aquel día, lo nerviosa que estaba antes de llegar y lo sorprendida que quedó cuando al fin descubrió su identidad. Lo había imaginado como un viejito bonachón, pero nunca imaginó que el famoso tío abuelo sería tan endiabladamente guapo y joven.
Y ahora era suyo, sólo suyo, completamente suyo. El corazón se le ensanchó en el pecho con orgullo desmedido.
Su sonrisa siguió expandiéndosele en el rostro al caer en cuenta que se había casado con el mismísimo tío abuelo, si alguien se lo hubiera dicho se le hubiera reído en la cara hasta morir.
-¿Candy?
El sonido de aquella voz hizo que el corazón se le parara en seco, para luego continuar con latidos rápidos y atronadores, aun no se acostumbraba a la ternura que desprendía su voz cuando pronunciaba su nombre.
Se quedó muy quieta al percatarse que él no podía verle, sentada como estaba, mirando hacia el enorme ventanal y escondida tras el sillón.
-¿Estás aquí? - insistió Albert al no recibir ninguna respuesta, la había estado buscando por toda la casa, por suerte, una de las sirvientas le dijo que le pareció ver a la señora dirigirse hacia la terraza.
El sillón le daba las espaldas y parecía no haber nadie sentado allí.
-¿Acaso, es todo lo que tienes que decirme? - preguntó Candy sin girarse, disfrutando enormemente este intercambio de papeles.
Si mal no recordaba, estas fueron las mismas palabras que él utilizo aquel día antes de descubrir su identidad.
Candy se había quedado paralizada al escuchar aquella voz que le resultaba tan añoradamente conocida y familiar que se quedó sin pensamientos durante unos cuantos segundos, para luego quedarse sin aire en los pulmones al descubrir su identidad.
El tío abuelo era Albert, "su Albert". Bueno, en ese tiempo no era tan suyo, pero igual, fue todo un impacto verlo levantarse y mostrarse ante ella con tanta tranquilidad mientras ella estaba a punto de sufrir un paro cardiaco.
Albert sonrió mientras se encaminaba hacia ella. Recordaba muy bien "esas" palabras, él las había utilizado antes de darle la cara como el tío abuelo William.
Candy asomó la cabeza por un lado del respaldo para verlo venir hacia ella. Sus pasos eran insonoros al pisar sobre la tupida alfombra.
Albert se inclinó para besarla con ternura. Sus grandes manos tomaron su rostro y su boca se apoderó suavemente de la de ella.
Era incómodo besarla en esa posición así que optó por arrodillarse, este movimiento, los obligó a separarse unos instantes.
-¿Terminaste de hablar con los trabajadores? - preguntó Candy en cuanto su cerebro empezó a funcionar nuevamente.
-Si. Querían agradecernos por las nuevas monturas para los caballos que les dimos.
-Que bueno que les gustó.
Ambos miraron el libro que Candy sostenía en la mano.
-Me gusta leer a Alejandro Dumas - le aseguró Candy mientras ponía el libro a un lado.
-Muy buen escritor.
-¿Lo has leído?
-Casi todos sus libros.
Una brisa fuerte empujó a la puerta de cristal que se encontraba levemente abierta, obligándola a abrirse por completo. Albert se giró sobre sus rodillas para que la brisa le diera en la cara, luego de un momento se sentó en la alfombra y usó de respaldo las piernas de Candy, ahora que la había encontrado podía relajarse.
-Este es un buen lugar para leer, es el más tranquilo de toda la casa…- le comentó mientras apoya la cabeza en los piernas de Candy.
-Sí, es muy tranquilo - corroboró Candy - Pero lo que más me gusta de este lugar - hizo un leve suspiro - …Es imaginar, ¿en qué estarías pensando aquella vez cuando descubrí al fin que eras el tío abuelo?
Albert sonrió, al recordar aquel día…
-¿Sabías que venía? – le preguntó Candy.
-No – y que suerte que no se había enterado que Candy venía en camino porque no hubiera sabido que hacer. A lo mejor y se volvía nuevamente un vagabundo.
-Entonces, ¿te tomé totalmente desprevenido? – la voz de Candy dejaba ver que esto le resultaba divertido.
-Por supuesto – Albert meditó si contarle que le había dado algo muy cercano a un paro cardiaco cuando escuchó su voz.
-¿Me sentiste llegar?
-No. En realidad me sorprendiste - le confesó mientras recordaba aquel preciso instante…
"…Había estado pensando precisamente en ella, es más, últimamente siempre estaba pensando en ella. Candy ocupaba la primera plana de todos sus pensamientos. Se decía que estaba preocupado por su bienestar, pero ahora que lo veía en perspectiva, confirmaba que era otro sentimiento el que lo empujaba a no parar de pensar en ella, un sentimiento que en ese tiempo estaba bien oculto y camuflado.
Se había tensado como si alguien lo apuntara con un revolver cuando ella le había llamado: Tío William, era este el motivo por el cual no sabía cómo revelarle su identidad…no quería su agradecimiento, quería seguir siendo simplemente Albert para ella…"
Candy empezó a jugar con su cabello y esto lo trajo al presente.
-No esperabas que me presentara, tan de repente. ¿Verdad?
-No, la verdad no - contestó Albert - Se suponía que nadie debía saber que estaba aquí. Y cuando me llamaste; "Tío William", me sentí muy incómodo...
-¿Por qué?
-Porque no quería que me vieras de ese modo, Candy. Quería seguir siendo simplemente "Albert" para ti. Y cuando empezaste a agradecerme…fue…fue incluso más incómodo…Pero lo peor era que me trataras de "usted", era como si se hubiera abierto un abismo entre los dos…
-Pero es que yo te debía tanto, mejor dicho: te debo tanto…- se corrigió al darse cuenta que ahora le debía más que antes…porque ahora él le daba su amor.
Albert agitó la cabeza negándolo todo.
-No lo niegues, sabes que es verdad. - reconfirmó Candy con vehemencia.
Candy buscó sus labios desde su altura para callar sus protestas con un beso que los hizo flotar a ambos.
-Acabo de ir a la luna - dijo él cuando ella paró de besarlo, olvidando los últimos 2 minutos de conversación.
Candy sonrió pagada de sí misma, adoraba ver como sus ojos se enturbiaban cuando lo besaba de esa manera…
-Y yo contigo – confirmó Candy.
-Jajajaja - ambos rieron mientras se miraban.
-Sabes… - empezó diciendo Candy -…aun no entiendo, ¿por qué no me dijiste que habías recuperado la memoria?
Albert levantó la cabeza de las piernas de Candy y enfocó la mirada en el fondo de la terraza.
Él, sabía muy bien que tendría que partir cuando recuperara la memoria y cuando la recuperó, se dio cuenta que aún no estaba preparado para marcharse.
Cada día pensaba: "sólo un poco más..." y mientras se reunía con George a escondidas siempre tenía un pretexto para dilatar su estadía con ella.
¡Por todos los cielos!. Es que era tan fácil vivir con ella.
-Cuando recuperé la memoria, ¿sabes a quiéen fue la primera persona que encontré en mis recuerdos? - preguntó Albert.
-No. ¿A quién? – preguntó con curiosidad y porque no admitirlo, con celos.
-A ti - contestó como si fuera obvia la respuesta - Fueron tus ojos, fue tu rostro…los lugares que nos encontramos, desde el primero hasta el último…tú fuiste la primera en llenar mis memorias perdidas…
El corazón de Candy se estremeció de puro amor, mientras sus infundados celos volvían a disiparse. Definitivamente era hora de empezar a buscar ayuda profesional, no podía ser que sintiera celos basándose en expectativas.
-Siempre supe que cuando recuperara la memoria, debería macharme, pero cuando llegó el momento, no podía hacerlo…no quería hacerlo…no sabía cómo hacerlo. Por eso no te lo dije…- la voz de Albert se había vuelto casi un susurro.
-Pero…pero - balbuceó Candy tras comprender que él no había querido separarse de ella. El corazón le estalló en el pecho.
-Nuestra convivencia era de enfermera y paciente - continuó Albert al entender las dudas de Candy filtrase en su titubeo -…al menos eso era lo que debería haber sido, pero luego me di cuenta que no era "esa" la relación que teníamos…era mucho más…
Candy también miraba al frente, tampoco para ella era ese tipo de relación, siempre fue un poco más. Entonces recordó lo que sintió al despertarse sola en el departamento, tapada por una manta que él le había puesto y con tan solo una carta de despedida, y que por cierto aún conservaba.
-Me sentí muy sola cuando encontré tu carta - le confesó.
-No eras la única – aceptó Albert – Yo me marché sintiéndome más solo que nunca…no sabes lo que me costó dejarte…- admitió Albert casi en un susurro.
Recordó que al pisar la calle sintió un doloroso impulso por regresar a ella, por seguir como estaban. Y sin querer, miró hacia la ventana, esperando inútilmente verla por última vez…
¡Oh por Dios!, como había dolido pensar que no sabía cuánto tiempo pasaría antes de volver a verla. Caminó, mejor dicho, deambuló por las calles sintiéndose perdido, desolado, desvalido, cortado por la mitad; en resumidas cuentas: simplemente vacío.
-Pudiste haberme despertado - le reclamó Candy sutilmente
-Si te miraba a los ojos, no hubiera podido marcharme…no sabes lo difícil que fue saber que me estabas buscando…y no poder hacer nada para acercarme. – el dolor de aquel tiempo lo golpeó nuevamente por unos instantes y se volvió a sentir desolado.
-¿Lo supiste? - lo miró sorprendida, aunque él no podía verla por la posición en la que estaban.
-Si, George trajo un afiche que encontró…con mi rostro. Por cierto dibujas muy bien eh.
-Jajajaja no lo dibujé yo, sino el doctor Martin - reconoció - El que yo dibujé, parecía salido de un comic mal hecho - se sonrojó.
-¿Por qué me buscabas Candy? Nosotros nos habíamos separado otras veces…y nunca me buscaste tanto…
-Es que te extrañaba…necesitaba verte, hablarte, necesitaba escuchar tu voz…me hacías tanta falta…tanta…Eras lo único real que tenía. - la angustia de haberlo perdido la había devastado, aun hoy tenía pesadillas con aquellos días.
Él también la había extrañado tanto, tanto, tanto que todo lo que le rodeaba le recordaba a ella. No importaba cuantas cosas tenía que hacer para su presentación a toda la familia, Candy siempre estaba omnipotente en sus pensamientos y perenne en cada una de sus respiraciones.
Albert se giró lentamente buscando sus labios y ella no lo decepcionó…ambos se fundieron en un beso poderoso, corroborando que sin darse cuenta aquella separación había sido el preludio de su amor.
-Alguien puede venir - murmuró Candy en medio de un risilla nerviosa luego que él la tendiera sobre la alfombra para tener un mejor acceso a sus labios.
-Nadie que quiera seguir trabajando en esta casa nos interrumpirá…- le aseguró con voz ronca.
-Jajaja - Candy rió entre sus labios…y enroscó con familiaridad los brazos en su cuello. Ella también quería ir más allá…
¡Virgencita Santa! cuanto amaba a este hombre.
Este hombre, que había sido su primera ilusión.
Este hombre, que le había salvado no sólo de morir, sino de la soledad.
Este hombre, que le había dado una familia, un apellido, un hogar y que ahora le daba su amor.
-¿De qué te ríes? - le preguntó Albert, al escucharla reír de repente entre sus labios…
-Jajaja - Candy volvió a reír con más ímpetu... - Es…es que jajaja
-¿Candy? - la presionó nuevamente sin evitar sonreír.
-Es que acabo de caer en cuenta…que estoy besando al mismísimo tío abuelo jajajaja
-Jajajajaja - rió con ella - Candy - le advirtió, fingiéndose resentido.
-Es que es así…jajaja
Albert se puso a horcajadas sobre ella para hacerle cosquillas…algo que Candy no podía resistir porque Albert era mucho más fuerte que ella.
-Basta…basta…- le suplicó entre risas. - Tengo algo importante que decirte…
-¿Qué me amas?
-Si, también eso.
Candy lo tomó del cuello y lo trajo hacia ella para besarlo en cuanto él dejó de hacerle cosquillas.
-Feliz "Mesversario" - le dijo Candy separándose un poquito de sus labios - Hoy cumplimos un mes de casados. ¿Lo sabías?- añadió.
-Claro que sí - dijo él con un brillo especial en sus ojos - Feliz "mesversario" mi princesa. Me gusta este término. ¿De dónde lo sacaste? - añadió con un beso.
-Se me ocurrió mientras pensaba en como decírtelo jajaja
Albert sonrió con ternura. La amaba más que a su vida.
-Por cierto, ya que estamos de mesversario, tengo un regalo para ti…- le manifestó Albert mientras se ponía a un lado.
-¿Para mí? ¿En serio? ¡Que lindo!
-Sí, bueno, a decir verdad son algunos regalos…pero vamos a ver el primero. ¿Quieres?
-¡Sí! - contestó con emoción mientras tomaba su mano para levantarse.
Albert le ayudó a acomodarse el vestido y un poco con el pelo también.
Tomados de la mano, Albert la condujo hacia la biblioteca principal.
-Detrás de este cuadro - le indicó un paisaje que estaba a un lado, no era tan grande. - Aquí está la caja fuerte.
Candy miraba con ojos bien abiertos donde Albert le indicaba.
-No sabía que había una caja fuerte aquí. - comentó asombrada.
-Hay una aquí y la otra está en Chicago, ¿recuerdas?
Candy hizo un asentimiento de cabeza.
-La clave es: dos a la derecha, tres a la izquierda y cinco a la derecha.
-Me voy a olvidar. - le advirtió Candy mientras miraba con atención como Albert giraba la perilla.
-No te puedes olvidar. Esta clave sólo la sabemos tú y yo…
-Pero, pero…
-¿Candy?
-Está bien, está bien, me la aprenderé…ya pareces la tía Elroy jajaja
-Jajaja - rió con ganas ante la comparación - La voy a cerrar y tú la abres. ¿De acuerdo?
Candy volvió a hacer un asentimiento de cabeza.
Al tercer intento al fin Candy pudo abrir la caja fuerte. Sabía que de aquí en adelante Albert le haría guardar y sacar documentos para que ella se aprendiera la clave de memoria. Así había sido con la caja fuerte de Chicago estos últimos días.
Detrás de esos papeles hay una caja pequeña. - le indicó Albert que estaba parado detrás de Candy mientras ella estaba de puntillas.
-Ya la encontré. - dijo luego de un momento de tantear a ciegas con la mano.
Candy sacó la caja y la abrió, allí había una llave un poco rara.
-¿Qué abre? - preguntó al mirarla detenidamente en su mano.
-Tu regalo.
-¿Qué es?
-Ya lo vas a ver…
Albert la llevó a la habitación principal, que era la de ellos, luego de cerrar la caja fuerte y dejar todo como si nada hubiera pasado.
A un lado de la cómoda, Albert abrió una puerta que no parecía puerta, allí en la parte derecha del fondo había una especie de cerradura. Albert le pidió la llave y le indicó como debía colocarla, luego de dar un par de vueltas se abrió un cajón. Albert sacó una caja de madera que abrió con la misma llave.
-Esto es tuyo - le dijo Albert mientras le daba la caja.
La caja pesaba más de la cuenta. Así que Albert le ayudó a ponerla sobre la cama.
Al abrirla, los ojos de Candy se desorbitaron, había una colección de brillantes joyas. La caja tenía varios niveles de estanterías: una para los brazaletes, otra para los collares, otra para los aretes y otra para los anillos.
-Esto…esto…es demasiado - balbuceó Candy atónita por el brillo dorado de las joyas.
-Son las joyas de la familia Andrew. Y ahora son tuyas - le aseguró Albert sin dudar.
-Pe…pero…
-Pruébate los anillos, algunos eran de Pauna, y otros de mi madre…pero no hay problema si no te quedan, mandaremos al joyero de la familia para que los deje a tu medida.
-Pe…pero…no podría.
-Claro que si, ahora son tuyos. - aseguró Albert mientras tomaba un anillo y le ponía en el dedo tembloroso de Candy.
-Parece, que los de Pauna te quedan bien…pruébate éste…era de mi madre…
-Es…es…que…- seguía balbuceando.
-Mmm, estos tendrán que achicarlos un poco…
-No…no podría…eran de tu mamá, Albert…significan mucho para ti…
-Candy - le dijo Albert mientras la miraba profundamente. - Eres mi mujer y ahora todo esto te pertenece.
-Es que es demasiado…
-Eres mi esposa, la señora Andrew. – le recordó con infinita ternura. – Puedes hacer con ellas lo que quieras, incluso regalarlas – le sugirió con sutileza.
-No, no – se apuró asegurando Candy – Yo no podría desprenderme de algo que significa tanto para ti.
-Tú significas todo para mí, el resto es secundario – le aseguró Albert mirándola con profundidad.
Los ojos de Candy dejaron escapar gruesas lágrimas por los costados. Albert secó sus mejillas con una tierna caricia.
-No sé ni como agradecerte… - dijo entre sollozos, mirándolo borrosamente
-¿Con un beso? - le propuso.
-Con muchos.
Y así lo hizo, por cada joya le fue dando un beso pero al poco rato se rindió y le dio un beso largo, lento, enamorado…
No es que las cosas materiales significaran mucho para ella, era el valor sentimental de estas joyas y el gesto de Albert al dárselas, lo que le conmovía de sobre manera.
Candy con dedos tímidos hurgó un poco entre las joyas, todas eran hermosas, imposible decidirse por alguna…entonces encontró una pulsera delgada como si fuera un denario.
-Es hermosa - exclamó al tenerla entre sus dedos. El oro brillaba titilante en las pequeñas esferas que se unían las unas a las otras casi imperceptiblemente.
-Deja que te la ponga…
Albert le colocó la pulsera con delicadeza sobre la muñeca derecha.
Candy estiró y movió la mano haciendo lucir la pulsera, entonces recordó que ella también tenía algo para él.
Yo también tengo un regalo para ti - le confesó Candy sopesando que su regalo no era ni la milésima parte de lo que Albert le acababa de dar.
-¿En serio? ¿Qué es? - preguntó Albert ansioso.
Candy presurosa fue a buscar un paquete que había traído desde Chicago cuidadosamente envuelto. Antes de darle, tomó una bocanada de aire y con manos temblorosas se lo entregó.
Albert totalmente conmovido lo abrió. No importaba lo que hubiera dentro, sabía que fuera lo que fuera le gustaría.
-Ya sabes mi manía por comprarnos cosas a juego…y…pensé que dos chalecos a juego nos quedarían bien - se mordió un labio.
Albert sonrió ampliamente mientras tomaba los chalecos de cuero que había en el interior de la caja. Los observó detenidamente por un momento. En el bolsillo de la derecha tenían labrado una C y en el otro una A.
Su corazón latía a mil, cada detalle que Candy le daba a su vida era único, invaluable, imborrable.
-El que tiene la "C" es tuyo, y el de la "A" es el mío. Tal vez no fue tan buena idea intercambiar las iniciales – dudó al ver que Albert no decía nada.
-Me gusta así – confesó Albert con una sonrisa emocionada.
Albert se probó el suyo, mientras Candy hacía lo mismo.
-Me gusta – confirmó Albert complacido mirándose el chaleco. – Es más, me gusta cómo nos queda. – su sonrisa se amplió, mientras Candy respiraba aliviada.
Se acercó, se inclinó hasta quedar a su altura y la besó con infinito amor.
-Gracias…- la miraba con tanto amor que Candy sintió que la sangre se le diluía en las venas…
-¿En serio te gustó?
-Me encantó. Me gusta estar a juego contigo. – confesó juguetón.
El estar a juego con ella siempre fue divertido, ella había compadro varias cosas a juego cuando vivieron juntos y pese que al principio lo tomó desprevenido, este pequeño gesto le hizo sentirse parte de algo, parte de ella…él que ni memoria tenía, le hacía sentirse seguro, querido, cuidado…
-¿Qué te parece si vamos a lucir nuestros chalecos y nos vamos de picnic? - le propuso Albert
-¡Si! Pero primero guardemos, esto - dijo Candy refiriéndose a la caja de joyas.
Albert tomó la caja y la guardó.
-Esto nos lleva a otra sorpresa - le dijo mientras salían de la habitación.
-¿Otra sorpresa? - preguntó abochornada - No, por favor…mira que con las joyas ya es más que suficiente por el resto de mi vida…no quiero nada mas...- casi suplicó.
Le avergonzaba mucho recibir regalos tan valiosos que ella nunca podría retribuir en modo alguno.
-Jajaja, esta sorpresa te va a gustar más que las joyas, estoy seguro. – predijo Albert.
-Pero…pero…
-Nada de peros…- le dijo con voz suave mientras bajaban las gradas.
En ese momento se cruzaron con el mayordomo.
-¿Robert, ya está listo lo que te pedí? - le preguntó Albert al mayordomo
-Sí, señor. - contestó solemne mientras le extendía una cesta de comida.
-Gracias.
El mayordomo sonrió encantado al verlos salir tomados de la mano, hacían una linda pareja sobre todo ahora que lucían chalecos a juego, hizo un gesto de aprobación con la cabeza, porque nunca imaginó verlos a juego, eso no era muy común en aquella época.
Albert la condujo cerca de la orilla del río y luego caminaron siguiendo el cauce hasta llegar a una parte frondosa del bosque, se adentraron con cuidado mientras Albert iba viendo los árboles con detenimiento como si buscara algo.
-¿Qué buscas? – le preguntó Candy en voz baja porque veía a Albert muy concentrado.
-Ya lo verás – le contestó en un susurro.
Caminó un par de metros más y luego se detuvo.
-Aquí es – le indició con una sonrisa pero conservando el mismo tono bajo de voz. – Espera y verás.
Dejó la cesta a un lado, soltó la mano de Candy e hizo un silbido algo raro un par de veces.
Candy estaba muy quieta cuando escuchó que de la rama más alta bajaba algo… ¡era Puppet¡
-¡Puppet! – gritó Candy emocionada de volver a ver a la mofeta.
Abrió los brazos para recibirla con caricias cariñosas.
-Pensé que no te volvería a ver – le dijo a la mofeta como si ella la entendiera mientras le rascaba la cabeza. – ¿Estás bien?
-Muy bien – contestó Albert por la mofeta – Mira de quien cuida ahora.
Albert tenía en las manos una mofeta pequeñita, muy parecida a Puppet.
¡-Oh, por Dios, Puppet eres mamá! – dijo emocionada acercándose a Albert para ver a la mofeta pequeñita.
Le acarició la cabecita con mucho cuidado mientras la mofeta hacía pequeños ruidos de satisfacción.
-¿Cómo lo descubriste?
Puppet me trajo hasta aquí luego de hablar con los trabajadores para enseñarme a su cría.
-Que linda es ¿verdad?
-Si…
Candy estiró las manos y Albert con mucho cuidado le puso la cría de Puppet, parecía de peluche por lo pequeñita que era.
-Tenías razón.
Albert levantó los ojos para mirarla sin saber a qué se refería.
-Esta sorpresa me encantó.
-Lo sabia – dijo él.
Albert la miró detenidamente, la amaba cada día más…con ella se sentía completo. No le hacía falta nada más, bueno, tal vez si le hacía falta algo…algo en lo que nunca se había detenido a pensar seriamente. Algo que sólo se podía desear con la mujer que amaba: tener un hijo con ella…
Continuará…
NOTAS DE LA AUTORA:
Me disculpo enormemente por esta demora sin medida, pero con la partida de mi papá también se fue algo de mí con él…
Con esta entrega empiezo a reivindicarme por mi desmedida demora. Claro si es que quieren seguir leyendo.
Nada más necesito de un review, no es cierto, necesito cientos de reviews para tomar viada.
Su opinión es muy importante para mí y me gustaría saberla por medio de un review.
