Escaque: Cada una de las 64 casillas cuadradas e iguales, blancas y negras alternadamente, en que se divide el tablero de ajedrez.

Uff... ¿A vosotros también se os han hecho muy largos estos Enero y Febrero? Si casi parece que hayan pasado siete meses de mi última actualización...

Igual os conviene leeros el cap anterior. O los diez anteriores. Yo lo he tenido que hacer XD En fin, ¿qué estaba pasando por Midgar...?


Tan pronto Rufus abandonó la azotea seguido de cerca por el líder de los Turcos, a Cloud le acompañó hacia el interior del edificio un cortejo bien distinto. Cuatro agentes de seguridad lo escoltaron metro a metro hasta el salón principal de la residencia del presidente. Si bien resistieron la tentación de llevarle hasta allí agarrándole de los brazos, los guardias mantuvieron en todo momento una actitud vigilante y una separación con él nunca mayor de un metro, formando a su alrededor como la quinta cara de un dado. En cuanto alcanzaron el mentado destino e introdujeron a Strife, la puerta se cerró a la espalda del joven, llevándose consigo la molesta compañía.

Cloud lanzó una mirada desdeñosa por encima del hombro. Parecía que seguían sintiendo la necesidad de tratarle como a un preso, trasladándole de una habitación a otra y cerrando la puerta al salir, por absurdo que resultara al estar ésta desprovista de pestillo. No les culpó por ello… también a él se le hacía extraño. Había ascendido demasiado rápido de estar encadenado a tener libre albedrío por la residencia privada del Presidente Shinra… Si ni el propio Cloud entendía cómo había llegado hasta ese punto, menos lo harían los soldados.

Caminó por el distinguido salón con aire taciturno y las manos en los bolsillos, arrastrando los pies y la mirada, con la cabeza llena de un espeso enmarañado de dudas y aprensiones. Pero antes de que tuviera tiempo de pensar demasiado, por ejemplo en cómo iba a gastar las horas que estaría confinado allí, sus ojos se posaron en un espejo de pie decorativo que le devolvía la mirada, encontrando de golpe un buen tema en qué pensar.

Detuvo sus pies en seco en cuanto clavó la vista sobre él.

Se sintió asqueado de su propio reflejo: esa ropa cara que seguía envolviéndole, la lujosa habitación que tras él servía de escenario a tan elegante maniquí y hasta la aparente indiferencia en su inconsciente postura… Los guardias tenían más sentido común que él si percibían lo incoherente de esa situación mejor que Cloud. Si todo el problema que creía tener en esos momentos era un simple enfado con Rufus por una bofetada… no estaba siendo en absoluto consciente de la peligrosa realidad.

A través de ese cristal juraría estar viendo a otra persona, dentro de un escenario paralelo en el que al fin había sucumbido al retorcido ideal de Rufus. Creyó ver cómo el Cloud del otro lado del espejo le dedicaba una socarrona sonrisa. Vio en esa imagen el reflejo de lo que Shinra había intentado hacer con él, de sus venenosas palabras:

Puedo hacer que todos los problemas que te han perjudicado hasta ahora desaparezcan de un plumazo —recitó su reflejo, observándole desde una postura altanera, con la cabeza ladeada y las manos en los bolsillos del pantalón del esmoquin—. Que no tengas que volver a ser mercenario…Malvivir por un par de guiles… Volver a pasar hambre, frío o necesidad… Considera esas ventajas. ¿No te gustaría?

No recordaba haber aceptado esa oferta. Sin embargo… ¿Quién, viéndole así, o la noche anterior enredado entre los brazos de Rufus, lo negaría? ¿Es que ahora dejaba que un poco de amabilidad, de cortesía y seducción le camelaran hasta el punto de olvidarlo todo? ¿Por unas migajas de gentileza…? De ser así, lo que veía a través de ese cristal no era un falso escenario… Era la cruda y siniestra realidad.

—Y una mierda —se respondió. Una repugna indecible le invadió por dentro. De repente aquella ropa le quemaba.

Se quitó a tirones la chaqueta del esmoquin, arrojándola al suelo con furor. Hizo lo mismo con la camisa, arrancando varios botones en su ímpetu. Hubo de forcejear con los puños de las mangas cuando se trabaron en sus grilletes, exasperándose aún más. Al menos no tuvo que pelearse con la corbata ni el fajín; no se había molestado en volver a ponérselos.

Una vez lo logró, sin embargo, el cuadro no mejoró. Su reflejo le mostraba ahora las múltiples marcas dejadas por la pasión de la noche anterior: su piel era un mapa de chupetones y arañazos que exponía su pecado. Aventó la camisa con violencia contra el espejo deseando hacer desaparecer esa imagen de sí mismo. Salió de aquel cuarto y se encaminó por los pasillos hecho un huracán.

Alcanzó el primer dormitorio del lujoso y aséptico apartamento y comenzó a buscar con premura su ropa. Tiró cajones al suelo, abrió armarios y arrojó una silla a un lado en su furiosa exploración sin hallarla. De repente esa búsqueda se había convertido en algo de vital necesidad. Al fin tuvo éxito en el armario de una de las habitaciones de invitados… Un nombre muy pretencioso para esa alcoba tratándose de la guarida de semejante sociópata. Cloud se quitó a prisa y con coraje los zapatos de piel y los elegantes pantalones, terminando por caer sentado en la cercana cama a causa de su urgencia.

Cuando se hubo enfundado en sus prendas, sus pantalones anchos y toscos y su jersey sin mangas típicos de SOLDADO, se sintió extrañamente aliviado. Paseó las manos por los puntos de la prenda, sintiendo reconfortante su tacto mientras respiraba hondamente. Localizó un espejo en la cómoda del cuarto y se colocó frente a él.

Como un adolescente en plena crisis nerviosa, necesitaba reafirmar su identidad, volver a verse tal y como se conocía y no a esa especie de títere creado por Shinra al cual comenzaba a descubrir y a odiar. Observó su imagen con una actitud más tranquila, dejando caer las manos a los lados del cuerpo… hasta que algo le llamó la atención de nuevo. Se llevó despacio la diestra a la cara, tocándose la mejilla.

Pretender creer que la tumefacción dejada por la palma y los dedos de Rufus seguiría allí era un disparate; no le había pegado tan fuerte ni de coña. Pero quedaba un resquicio de la feroz bofetada en su pómulo, una pequeña señal rojiza que sólo se notaría al contrastar con el otro lado de su cara. Cloud rozó apenas el prominente hueso con la punta de sus dedos, sin querer ni tocarlo… Le bastó para recordar la sensación en su piel.

Menudo imbécil estaba hecho, confiándose así delante de Rufus… Y, ¿cómo había acabado? Con Shinra cruzándole la cara a la mínima señal de insurrección. Le había prometido que no volvería a hacerle daño y Cloud, como el necio del que estaba haciendo gala ser, le había creído. ¡Gilipollas! Rufus sólo dejaba de ser él mismo para lo que le era conveniente; todo eran mimos y arrumacos con tal de llevarle a la cama y follarle hasta cansarse, pero en cuanto obtenía lo que buscaba, se acabó. Las demás horas del día no debía ser capaz de mantener puesta esa piel de caballero amable y tolerante; quizás era ésa la razón de tenerle apartado de sí, para que no se le escapara su verdadero yo en un desliz.

Pero, vaya por dónde, disimular era más difícil de lo esperado, ¿eh, Rufus? Se había dejado ver accidentalmente por culpa de un descuido temperamental, con la mala suerte de hacerlo en su cara. Literalmente. ¿Pero cuándo se había vuelto Cloud tan fácil de engañar? Porque necesitaba aferrarse a un clavo ardiendo, ¿tal vez? Aunque ese clavo fuera aquel hijo de puta…

El rostro al otro lado del espejo le devolvía un brillo colérico a través de sus azulísimos ojos. Ya no se reconocía en absoluto. Ni siquiera era ésa su propia ropa; Rufus se la había proporcionado a los días de estar cautivo allí. Todo lo que veía era una obra suya… el mismo cuerpo, la misma cara pero con un interior bien distinto, vaciado e inyectado paciente y minuciosamente por Shinra con alguna destilación de su propio veneno. Y por supuesto… No podía pasar por alto el ineludible verdor que irradiaba de las esposas de sus manos. Que no era un prisionero, ¡los cojones! ¿Y aquello qué era entonces? ¿Qué prueba había más indudable de serlo que llevar grilletes?

Apretó los puños y los estrelló contra el cristal, fragmentándolo y desfigurando su imagen. Por lo menos dejó de verla. Pero el inconfundible aviso del Mako no se hizo esperar, respondiendo con tal diligencia a su arrebato como si se tratara de una extensión del propio Rufus Shinra, obligándole a cerrar los ojos y a bajar la cabeza hasta que cesó.

Mas, por variar, en esta ocasión no le dio la gana rendirse. Estaba más que harto de doblegarse, ¡y unos putos grilletes no iban a decirle que no podía sentir ni siquiera rabia!

Iracundo, se llevó una mano a la otra tironeando del grueso metal, haciendo acopio de toda su cólera y toda su fuerza para intentar quebrarlo, metiendo los dedos entre el aro y su piel lacerada, haciendo caso omiso del dolor que se provocaba.

No obstante, aunque se hallara completamente solo en el cuarto, aquella batalla era entre dos y su adversario contraatacó de inmediato con más fuerza que la suya.

—¡Argh…! —Una quemazón se propagó desde las venas de sus antebrazos como fuego líquido hacia su cabeza, obligándole a detenerse. La vista se le nubló ligeramente y trastabilló… Sacudió la cabeza con furor para despejarla y reanudó su enajenado afán de partir esas esposas, golpeándolas contra todo lo que estuviera a su alcance— ¡Ngh! ¡Nghh!

Cada vez más fuera de sí, enmudecía sus gritos coléricos contra los dientes, tratando de resistir lo más que pudiera el ataque de ese Mako parásito, con la esperanza de poder quitarse de una vez por todas aquellas pulseras infernales si lograba aguantar el envite aunque fuera un poco más…

No fue así. Como todas las veces anteriores, su rival acabó venciéndole. Llegó un momento en que, al margen de su voluntad, el cuerpo no le respondió más. Resollando, agotado del esfuerzo de resistir el dolor que él mismo se provocaba, estrelló su cuerpo contra la pared y resbaló hasta el suelo. Perdió la noción de sus extremidades, la vista y el resto de sentidos durante unos segundos.

Hubo de quedarse inmóvil un buen rato hasta que los niveles de Mako de su cuerpo se normalizaran. Jadeando, observó sus manos al final de unos brazos exangües. El fulgor de las esposas se iba atenuando lentamente, dejando tranquilas sus entrañas cuando consideró que no iba a seguir peleando. Se había abierto los nudillos, pero ni siquiera había arañado la superficie de las esposas… Hojo había hecho un magnífico trabajo. Contrajo la cara con pesar y cerró los ojos, reteniendo las insoportables ganas de llorar de rabia. Volvió la cara contra la pared en la que se apoyaba, como si así pudiera escapar de todo aquello…

Pero ni a solas estaba a salvo.

Cloud…

Una voz conocida hizo que su corazón se constriñera. Cerró los ojos con más fuerza y fingió no oír.

Cloud —insistió aquélla. Una dulce voz femenina. Su timbre suave, casi temeroso, susurrante y tan reconocible… La había oído muchas veces durante esas últimas semanas, poblando sus pesadillas cada vez que cerraba los ojos, negándole el descanso.

—No, por favor… —rogó Cloud a media voz, quebrándosele por una nota de angustia. No en ese instante, no en esa habitación…

No quería volver la cabeza y arriesgarse a ver ese rostro atormentado, esos verdes ojos implorantes llorando sangre o echándola por la boca, por la herida del pecho o empapando sus manos. Había contemplado todas las facetas posibles en sus interminables sueños.

—Vete, por favor —imploró—. Estoy despierto… Vete, Aeris.

Te han herido… —musitó más cerca, o más alto… Era difícil ponerle dimensiones a una alucinación. Y continuó repitiendo como una macabra grabación una tras otra las últimas palabras que salieron de boca de ella durante sus breves instantes finales juntos— No te preocupes… Todo acabará pronto…

—Basta —suplicó apretando con más fuerza los ojos y los dientes. Recuperado el control de sus brazos, se llevó las manos a cubrirse la cabeza como si así fuese a dejar de escucharla… pero no era a través de sus oídos por donde penetraba aquella voz—. Estoy despierto… Déjame en paz…

—Cloud, mírame, por favor… No estás bien… Déjame verte… ¿Qué te ha hecho?

—Cállate…

No cesaba. Aquella infernal voz repetía una y otra vez las últimas frases que le escuchó decir hasta que se le agotaban, momento en que se entregaba a una retahíla de súplicas y palabras de preocupación trilladas. No podía acallarla ni huir de ella. Y no era a Aeris a quien se refería… Sabía muy bien que eso no era ella.

—¿Por qué le dejas tratarte de este modo? Cloud… ¿Qué te está ocurriendo? Tú no eres así —Sus propios remordimientos se colaban en el recuerdo de la voz de Aeris—. Déjame ayudarte… No quiero verte así, Cloud… —Cloud se encogió más sobre sí mismo, intentando desesperadamente ignorarla— Mírame… Déjame ayudarte… Te quiero tanto, Cloud…

Él suspiró.

—No… Ella nunca dijo eso.

Negó con la cabeza, abatido. Su mente podía torturarlo cuánto quisiera, pero no engañarlo.

—Tú no eres ella… Sólo una ridícula imitación creada por mí… Deja de hablar, déjame tranquilo. ¡Lárgate…! ¡LÁRGATE!

Abrió los ojos de golpe. Sólo había silencio. Giró la cabeza y encontró el cuarto desierto. Lo recorrió de esquina a esquina con la mirada atenazada por el miedo. Suspiró desazonado. ¿Había perdido la consciencia durante unos segundos o es que ahora también la oía despierto? Se miró las manos temblorosas y sangrando por la piel levantada de sus nudillos y dedos antes de abrazarse como un niño indefenso. Primero hablaba con su propio reflejo y ahora con un fantasma… Estaba perdiendo el juicio definitivamente.

Enfocó la ventana frente a sí. Setenta pisos… Ni siquiera él sobreviviría a una caída así. Estaba encerrado bajo esa asfixiante cúpula de nubes grises que no dejaba pasar ni la luz ni el aire. No había escapatoria. Y pensar que sólo una hora antes contemplaba por una ventana similar a esa un cielo abierto, azul y claro, sintiendo una brisa fresca y revitalizante que parecía capaz de llevarse todo su pesar… Y anhelando que las cosas fueran a mejorar.

Mera ilusión. Todo lo era: el Rufus afectuoso y el déspota cabrón, Costa del Sol y Midgar… La ilusión y la cruda realidad.


.

En la segunda ciudad de Midgar nadie extrañaba el cielo azul. Bajo la placa que sostenía la masiva urbe nunca llegaban ni los rayos del sol ni la claridad del cielo abierto, por lo que un aire enrarecido y polvoriento flotaba densamente a la luz artificial de las farolas y los generadores, a todas horas encendidos. A merced del potencial incendio de cables enredados y cañerías temblorosas, la gente de los suburbios hacía su vida con toda la normalidad que suponía tratar de subsistir bajo la auténtica ciudad, olvidados por ella, marginados por ella.

Un mercado formado por placas de uralita y chapa era ahí abajo un vergel donde nunca faltaba bullicio. Una sucia posada emplaza en un viejo edificio que llevaba años desafiando toda ley física para mantenerse en pie, había acostumbrado a su dueño a no hacerse preguntas ni respecto a los inexistentes cimientos ni respecto a su clientela.

En el segundo piso de aquella torre de Jenga gigante se alojaba un variopinto grupo formado por un pistolero, un piloto, un minero, una tabernera, un arquitecto, una ninja y una especie de perro. Seis de sus siete integrantes se hallaban en la habitación, cubierta ya por la humareda de varios cigarrillos consumidos a tal ritmo que no daba tiempo a dispersar el humo de uno antes de que surgiera el del siguiente. Barret se acercó a abrir la ventana, dejando que entrara el denso aire de la calle o saliera el del tabaco, el que tuviera mayor fuerza, antes de buscar para su trasero un asiento de los pocos que quedaban, hallándolo en una mesilla que crujió bajo el peso de sus posaderas.

—Bien… La cosa está jodida —continuó hablando con áspera voz el piloto que, cigarro tras cigarro, había ido exponiendo los detalles de su actual situación, una que no pintaba demasiado bien—: El motor tres de la Highwind está hecho mierda. Puedo conseguir las piezas y hasta incluso repararlo, pero ni de coña ensamblarlo aquí abajo. Hasta que lo arregle, con los demás motores sólo puede volar bajo. Si no podemos acercarnos al edificio por el aire, sólo nos quedan las opciones de tierra: a pata hasta la fachada o desde abajo como los topos.

—Desde abajo ya lo intentamos y fue una cagada… —intervino Barret.

—Porque nos estaban esperando —puntualizó Tifa.

—Pero por esa razón no hubo guardias hasta llegar al edificio —arguyó Nanaki—. Ahora no será igual. —Miró a Reeve quien, sentado pensativo en la cama, asintió.

—Podríamos hacernos con un plano de las alcantarillas. Aquí abajo será relativamente fácil conseguir uno —dijo Cid no muy convencido, reclinándose hacia atrás en su silla y cruzándose de brazos—. Si vamos dando un rodeo, llegaríamos desde muy lejos sin que nos detectaran, nos colaríamos por las cañerías de Shinra…

—No, no… Eso no es posible —interrumpió Reeve—. Las cañerías entran al edificio por los conductos de los reactores, no hay forma de llegar a través de ellas.

—¿Y qué hay del muro oeste? —inquirió ahora Vincent.

—¿Cuál? ¿El de los generadores? Está en pleno Sector Uno…

—Ya nos metimos en el Sector Uno una vez —mencionó Barret—; imposible no es. Y si no me falla la memoria, ese reactor ya no funciona… —añadió con sorna.

La discusión continuó sin que apenas ninguno se percatara de la puerta abriéndose y la llegada del séptimo huésped. El último miembro de la troupe se introdujo hasta el centro de la habitación quitándose la polvorienta capa de encima.

—¿Qué tal por ahí abajo? —saludó Tifa.

—Eh, ¿has traído lo que te he encargado? —abordó Cid de inmediato mirando a Yuffie de arriba abajo con premura.

Ella descargó con cansancio una bolsa que sonó a metal.

—Sí, sí, aquí están tus cachivaches… menos los cojines esos, de eso no había…

—¡Cojinetes! ¿Y cómo coño no iba a haber? —bramó Cid saltando de su asiento para revisar la bolsa sin dejar de farfullar.

—¡Olvídate de tus trastos! —interrumpió la ninja— Mirad lo que he encontrado:

Plantó la mano con estrépito en la cama, delate de Reeve. Bajo sus dedos dejó un folio. Todos se inclinaron hacia delante para observarlo. Una fotografía en blanco y negro ocupaba dos cuartas partes del papel bajo unas letras grandes y llamativas que rezaban «SE BUSCA».

—Eh… es mi foto de archivo de Shinra —comentó Reeve con un matiz casi ofendido. Vincent cogió el cartel de inmediato, llevándoselo a los ojos.

—¿Dónde lo has encontrado, Yuffie?

—Están por todo el Mercado Muro. Me he llevado todos los que he visto —añadió al tiempo que vaciaba sus bolsillos, poblados de carteles arrebujados.

—¡¿Dos mil guiles?! —Barret le arrebató el papel a Valentine de las manos en cuanto leyó la cifra numérica que hacía de pie de foto— Nunca han puesto un precio así de alto por nuestras cabezas… Por la de ninguno de nosotros.

—Vaya, me siento honrado… —ironizó Reeve.

—Joder… sí que has debido cabrear a Rufus —dijo Cid asomándose para mirar el cartel con ojos como platos—. Ese mamón no suelta dos mil guiles así como así…

Reeve alargó la mano hacia el fornido minero y éste le tendió el papel. Procedió a leer la información detallada, aumentando el diámetro de sus órbitas con cada palabra.

—«Unido al grupo terrorista AVALANCHA… Se le considera armado y peligroso…» ¿Armado y peligroso? ¡No he estado ni sido ninguna de las dos cosas en mi vida!

—Eso no va a echar para atrás a nadie. Como alguien lo vea, estamos pero que bien jodidos —musitó Barret—. Es más dinero del que ninguno de los desgarramantas de aquí abajo verá en su puta vida… Y nos incluyo.

—Y tanto… Me están entrando ganas de entregarte hasta a mí —comentó Cid medio en broma medio en serio. Sus ojos no se despegaban del papel— ¿Dice algo de «vivo o muerto»?

—¡No tiene gracia! —reprendió Tifa, arrancándole el papel de las manos a Reeve y lanzando una severa mirada a los tres—. Ahora sí que tenemos un grave problema. Mirad: son dos mil guiles sólo por aportar información —releyó, mostrando el cartel a los demás—. Es muy jugoso, cualquiera nos delatará si nos ve… O si nos ha visto ya. Cid, ¿cómo de bien está oculta la Highwind?

Él se quitó el cigarrillo de la boca sosteniéndolo entre índice y pulgar para darse importancia antes de responder.

—Como un perro calvo y rosa en una pocilga. Nadie la distinguirá de un montón de chatarra ni aunque se dé de bruces con ella.

—Bueno, ¿y entonces qué hacemos? —intervino Yuffie, cruzándose de brazos con impaciencia— ¿Esconder aquí al barbas hasta que se nos acabe el dinero?

—Eso va a durar poco, porque no nos queda mucha pasta… —comentó Barret con amargura.

—No pasa nada, podemos volver al Séptimo Cielo o a la iglesia del Sector Cinco —sugirió Nanaki.

—No es una buena idea —objetó Vincent—. Esta clase de búsquedas las orquestan los Turcos. Ellos ya conocen nuestros escondites habituales, apostarán agentes cerca de ellos o en zonas de paso; si no han dado aún con el Séptimo Cielo pondríamos en peligro su ubicación. No debemos acercarnos a ningún sitio conocido.

—Pero a nosotros no nos buscan… ¿O sí, Yuffie? —Red XIII enfocó su único ojo sobre la ninja, que negó con la cabeza.

—Sólo he visto carteles con su geta —dijo señalando con la cabeza a Reeve.

—Eso no es relevante —continuó Valentine—. Shinra acaba de dejarnos en libertad, no puede ponernos en busca y captura públicamente a riesgo de contradecirse y crear una gran confusión. Pero que no pueda detenernos, no quiere decir que no nos busque… Si los Turcos nos localizan, no perderán la oportunidad de utilizarnos para dar con Reeve…

—Vale, vale… Está bien —A la mención de su nombre, el aludido le interrumpió de repente, alzando las manos y poniéndose en pie—. Esto es absurdo. No voy a poneros en peligro…

—¿No estarás a punto de decir la gilipollez que parece? —Cid le lanzó una escéptica mirada.

—Si me entrego, se calmará, os dejará en paz…

Apenas había empezado a hablar cuando el grupo prorrumpió en protestas, silenciando sus palabras.

—¿Se te ha ido la olla?

—¡Reeve, no, de eso nada!

—Por favor, que alguien le dé una hostia…

Una mano enorme se posó en su hombro y le hizo volver a sentarse con tanta fuerza que sintió que le acababan de poner un yunque encima.

—Vuelve a apoyar el culo ahí y cállate, héroe —ordenó Barret con hosquedad—. Si ninguno de nosotros va a cobrar esos dos mil, tú tampoco.

—¿Qué? No, ¿no lo veis? Vincent lo ha expuesto muy claro, no puede ir tras vosotros… En el momento en que me tenga, ya no tendrá motivos para perseguiros, os dejará en paz y os será todo más fácil.

—No vamos a librarnos de ti como si fueras lastre, Reeve —dijo Tifa, indignada. Él le dedicó una expresión sombría.

Soy lastre. Seamos sinceros, yo no aporto nada aquí. No piloto, no sé manejar armas ni Materia y tampoco sé luchar… ¡Sólo soy arquitecto, por amor de Dios! Fuera de Cait Sith, no soy más que… En fin. Esto —concluyo, señalándose entero.

Se hizo un incómodo silencio hasta que Cid levantó la cabeza hacia él desde la mano en la que apoyaba la barbilla y le lanzo una seria mirada.

—Una preguntita, Reeve… ¿Qué crees que va a hacer el cabrón de Rufus contigo? ¿Piensas que va a extenderte el finiquito y a despedirte? ¿Adiós, gracias y ya nos veremos? —Tomó el papel ahora él, mostrándoselo mientras apuntaba con el dedo a la cifra bajo la foto— Dos mil guiles, macho… No es una puta broma. Te quiere y te tiene muchas ganas. No va a limitarse a darte un rapapolvo. ¿Me pillas?

Él abrió la boca para hablar, pero al no hallar las palabras que buscaba, arrojó un brusco suspiro mientras sacudía la cabeza.

—Te guste o no, eres uno de los nuestros —dijo Barret abruptamente—. Y en AVALANCHA no se abandona ni se entrega a un compañero. Tú no vas a ninguna parte.

—Además de eso, Reeve —La oscura voz de Vincent reclamó los ojos de Tuesti—, ¿no te has percatado de que un arquitecto es precisamente lo que necesitamos ahora?

—¿Qué? —Le miró con el ceño fruncido. Tifa apoyó la mano en su brazo, obteniendo su atención.

—Ninguno de nosotros, ni con una nave, armas, Materia o fuerza bruta podemos entrar en Shinra y sacar a Cloud. Lo que necesitamos es alguien que se conozca ese edificio de los cimientos al tejado. Ahora mismo, tú eres nuestra mejor baza. ¿Por qué crees acaso que Rufus ofrece tanto dinero por ti? Porque lo sabe y está muerto de miedo.

—¡Con los cojones de corbata! —realzó Barret haciendo el gesto correspondiente.

Reeve alternó su atribulada mirada entre ellos terminando en Valentine, recibiendo del pistolero y ex-Turco una firme expresión afirmativa. Una cuarta voz le sorprendió a continuación, encontrándose con los negros y tenaces ojos de Yuffie frente a sí.

—Barbas… —le llamó, antes de coger aire por la nariz, hinchándose de valor para hablarle— No te arrugues ahora. La última vez casi salió bien… Y a la tercera va la vencida —Esbozó una ligera mueca que podría interpretarse como una media sonrisa. Yuffie se mordió el labio bajando brevemente la mirada como si no fuera capaz de aguantar esa expresión mucho rato, antes de terminar dedicándole un amistoso puñetazo en el brazo—. Vamos… No puedes dejarnos tirados. Y a Cloud tampoco.

Reeve la contemplaba como si todo el peso del mundo pudiera disiparse con sus solas palabras. Era como si llevara esperando oírle decir eso desde aquella desastrosa noche… Pues seguía convencido de que la princesa de Wutai le guardaba rencor por ese fracaso, un fracaso del que se hacía responsable. Sintió un inmenso alivio. Suspiró bajando la cabeza y cerrando los ojos momentáneamente.

—Está bien. Prometo que no iré a ningún lado —declaró con una triste sonrisa, logrando que los demás le devolvieran el gesto… salvo Vincent, para quien era pedir demasiado. Reeve se palmeó las piernas frunciendo de nuevo el ceño con preocupación—. Pero eso no quita que estemos en problemas… ¿Qué vamos a hacer?

—No tenemos nave operativa, no tenemos apenas dinero y no tenemos escondite seguro en todo Midgar… —recapituló amargamente Nanaki, sacudiendo luego su melena con un gruñido de frustración.

—¿Hacía falta el resumen? —farfulló Yuffie.

Cid, que se había levantado, asomaba la mirada por la ventana abierta de espaldas al grupo con aire meditabundo. Se quitó de la boca el cigarrillo consumido desde hacía más de lo que quería aparentar y lo lanzó por ésta de una toba.

—No le falta razón al peludo —masculló con rabia antes de volverse hacia el resto con los brazos en jarras—. No tenemos nada. Y si no tenemos nada, no tenemos con qué hostias ayudar a Cloud. Como tampoco le ayudaremos desde un calabozo si nos dejamos coger. Creo que sólo hay una opción…

Cruzó su mirada con la de Vincent, quien la bajó al instante abrumado por el pensamiento mutuo que acababan de compartir.

—Debemos abandonar Midgar.


.

Los papeles volvían a atestar su mesa. Trabajo acumulado que Tseng se había tomado la molestia de ordenar de más a menos urgente, sin tener en cuenta que el presidente no iba a prestar la menor consideración a ese orden. Pasando por encima de todos ellos, su interés pleno se centraba en una serie de facturas recientes con su firma impresa de hacía poco más de cuarenta y ocho horas. Reflejaban la compra de varios aparatos y un fondo extra con destino al Departamento Científico. Esos papeles ya estaban firmados y archivados, pero había sentido el impulso de sacarlos para volver echarles un vistazo.

En sus ojos cristalinos se reflejaba el brillo de la pantalla del ordenador, donde buscaba una serie de archivos fechados entre su salida a Junon y su regreso, incluyendo informes de este departamento. Él no tenía acceso a ellos desde su ordenador, solamente Hojo y su personal científico sabían qué demonios se llevaba a cabo en los laboratorios de la empresa. Sin embargo, a raíz del celoso empeño de Rufus por saber en qué y cómo se invertía su dinero, desde que había asumido el cargo de presidente exigía informes semanales a todos los departamentos. Esa semana el del Científico se había retrasado.

Qué casualidad…

Rufus sabía bien que no era Hojo quien los redactaba de su puño y letra pues, palabras textuales del propio profesor, «su tiempo era demasiado valioso para malgastarlo en gilipolleces». ¿Pero por qué ninguno de sus subalternos había entregado el informe correspondiente de esa semana? ¿Qué había hecho Hojo con Cloud que no quería que él supiera? Si simplemente se había limitado a usarlo para extraer información, y encima con su permiso, no tendría nada que ocultarle…

Sus ojos fijos analizaban el monitor; su mentón descansaba sobre el puño, cubriéndose con él la boca con un aire pensativo que rayaba en lo perturbador… Aquel sería sin duda el momento menos oportuno para ser interrumpido. El interfono de su mesa, restituido tras arrojarlo al suelo violentamente horas atrás y ajeno a su inoportunidad, timbró estridentemente provocando a Rufus un sobresalto, una maldición y que presionara el botón con más violencia de la necesaria.

—¿Qué?

Señor Presidente, la direct… perdón, la señorita Scarlet desea que la reciba.

—Dile a la señorita Scarlet que sus deseos no son de mi menor interés.

Insiste en que es muy importan…

—Me da igual —interrumpió y colgó abruptamente.

Volvió a centrar la mirada en el monitor del ordenador, pero apenas lo contempló unos segundos más antes de cerrar de golpe la pantalla y dejarse caer sobre el respaldo de su silla, mesándose los ojos con agotamiento.

Qué día llevaba… Parecía que cuando no estaba él pendiente de hasta el menor detalle, revisando diariamente que cada engranaje de La Compañía funcionara correctamente, ésta se venía abajo como un reloj desvencijado. Pero quizás, de todos, el asunto que más le tocaba los huevos era el de Hojo y sus sospechosas incongruencias.

No quería dar veracidad a las airadas insinuaciones vertidas por Cloud, pero debía reconocer que los hallazgos con los que se estaba topando inclinaban la balanza cada vez más a su favor. El mayor problema que se le presentaba para aclarar ese asunto era que debía debatirse entre dar credibilidad a las acusaciones resentidas del ex-SOLDADO o confiar en Hojo y su capacidad para entender y acatar órdenes… Ninguna de las dos tenía mucho a su favor. Para colmo de males, parecía que el infame científico hubiese olido el asunto desde el otro lado del mar y desaparecido a tiempo de evitar que Shinra pudiera interrogarle, avivando sus sospechas.

Abrió los ojos de nuevo. El irritante interfono volvía cortar el hilo de sus pensamientos con ignominiosa insolencia. Liberó un hastiado bufido entre dientes que sonó como el siseo de una cobra antes de descolgar e inquirir de malos modos.

Señor Presidente, es la directora Scarlet otra vez —La voz de la secretaria temblaba ligeramente, consciente de la osadía que suponía insistir, motivo por el que no se percató de su error al referirse al cargo actual de Scarlet. Rufus resopló con notorio enfado.

—Esto es el colmo…

Sin preguntar o esperar a que la mujer expusiera el motivo de tanta urgencia, se levantó abruptamente de la silla y cruzó a zancadas el despacho. Atravesó la puerta, dobló la esquina y se presentó frente a la mesa de la secretaria, a quien poco le faltó para retroceder espantada hasta la pared. Pero no era ella su objetivo. Shinra alargó a mano para arrancarle el teléfono de las suyas y acercárselo a la boca.

—Te he dado una oportunidad de oro dejando que te pudras en el Departamento de Comunicaciones, Scarlet, pero si no quieres ese puesto o te parece que mi consideración contigo ha sido inadecuada, encantado redactaré yo mismo tu hoja de despido. Vuelve a llamar a mi despacho una sola vez más y estarás fuera de este edificio antes de que tengas tiempo de colgar.

Hizo él lo propio con tanta violencia que le provocó a la secretaria otro brinco. Rufus recobró la compostura al instante, observando el reloj de su muñeca con su habitual semblante imperturbable. Las manecillas marcaban las dos y cuarto.

—Me voy a comer. Volveré a las cuatro. No me pases llamadas hasta que vuelva.

Dicho esto, le dio la espalda a la pobre y alterada mujer y marchó en dirección al ala oeste de la planta.

Los dos guardias habituales que custodiaban la entrada a su residencia inclinaron la cabeza al verlo pasar. Shinra se encaminó con andar sereno por los pasillos asomando la mirada por las diversas habitaciones vacías, figurándose dónde podría encontrar a su huésped. Al pasar frente a una en concreto, le llamó la atención el desorden que se vislumbraba a través de la puerta entreabierta. Intrigado, detuvo sus pasos y se recondujo hacia ésta. Una expresión estupefacta se dibujó en su cara al ver la que se había armado ahí dentro: mobiliario arrojado al suelo, impactos en las paredes, cristales rotos… Era como si alguien hubiese desatado a un bégimo furioso en su interior. Asombrado y confuso, dejó atrás el cuarto vacío y acrecentó su empeño en encontrar a Cloud.

Lo halló al fin en el patio. De pie al fondo, apoyado de costado contra el enorme ventanal de suelo a techo que proporcionaba luz a la estancia, aparentemente concentrado en las vistas. Desde ahí arriba el verdor iridiscente de la ciudad y el techo de nubes grises que la asfixiaba se apreciaban con absoluta claridad. Más allá, el horizonte se difuminaba por el resplandor de los gigantescos reactores.

—Ah, estás aquí —murmuró Shinra, haciéndose notar. Ignoró el modo desabrido en que el ex-SOLDADO viró brevemente la cabeza para constatar su presencia antes de centrar de nuevo la vista en la ventana. Rufus se aproximó a él— No sabes la mañana que llevo…

Dioses, cómo necesitaba a Cloud en ese momento… Relajarse en sus brazos, no pensar en todos sus quebraderos de cabeza…

—Estoy fuera dos semanas y no pasa nada, pero desaparezco poco más de doce horas y todo se pone patas arriba —Llegó hasta él sin dejar de hablar con un tono distendido y flemático. En cuanto le tuvo al alcance de la mano, la alargó para acariciarle la nuca y girar suavemente su cabeza para besarle—. Debimos quedarnos en Costa del Sol…

Lamentablemente, había olvidado que uno de esos quebraderos de cabeza concernía precisamente al joven ex-SOLDADO. La reacción que recibió de él fue la misma que la de un imán repelido: apartó el rostro con tanta rapidez que dejó a Rufus sujetando el aire. La tenue sonrisa de Shinra desapareció tan de golpe como se abrieron sus ojos.

—¿Te pasa algo? —interrogó Rufus con el mismo tono condescendiente que emplearía para preguntarle a un niño ceñudo. Cloud parecía que ni respiraba mientras clavaba su fría mirada lejos de él, bajo un ceño gravemente fruncido— Ah, ya… ¿Aún te duele la bofetada? —aventuró, mirándole comprensivo y hablando con extrema gentileza— Ya te dije que lo sentía, se me fue la mano… No va a volver a pasar —aseguró con una edulcorada voz, inclinándose para buscar sus ojos. Percibió que Cloud expulsaba aire por la nariz; parecía estar conteniendo una bocanada de fuego. Rufus cambió de estratega—. Mira, ya sé: si te vas a sentir mejor… Te dejo que ésta me la devuelvas. Es una oferta irresistible, no dirás que no. Pero no te pases… —añadió en tono de broma, alzando sendas manos.

La idea de esa arrogante cara como diana para su palma abierta era tan tentadora para Cloud que, de ser consciente de ello, Shinra habría reconsiderado sus palabras seriamente… Pero por suerte para aquel hijo de puta, existía una pequeña complicación.

—Sabes tan bien como yo que no puedo —dijo Cloud, rompiendo al fin su silencio.

Sin siquiera mirarle, alzó los grilletes, recordándole su existencia. A la mínima que concentrara algo de fuerza en su brazo para tan sólo pensar en golpearle, recibiría una dosis extra de Mako, y como se le ocurriera llegar a hacerlo, sobrevendría la ya familiar descarga. Rufus frunció el labio al recaer en ello.

—Hmm, cierto… —musitó aparentando compunción. Mas, cuando sus ojos se apartaban ya de esas esposas, sintió la necesidad de volverlos, llamándose la atención no respecto a éstas… sino respecto a las manos de Cloud— Pero… ¿Qué te has hecho?

Su intención de tomarle de una de ellas se vio frustrada cuando el ex-SOLDADO le sorteó con rapidez, aprovechando para alejarse unos metros de él. Pero al notar los interrogantes ojos de Shinra clavados con fijeza en su espalda, amenazando con no quedar satisfecho sin respuesta, se detuvo tras apenas dar dos pasos. Cambió de tema con hosquedad antes de dar a Rufus la oportunidad de abordarle nuevamente.

—¿Qué haces aquí si estás tan ocupado? —preguntó fríamente. Resistió la tentación de frotarse los magullados nudillos para no volver a atraer la atención de Shinra sobre ellos.

Su evasiva pareció funcionar, al menos por ahora. Pudo visualizar, sin tener que mirarle, la sonrisa en los labios de Rufus por el tono en que respondió.

—Nunca estaré lo bastante ocupado como para no poder comer contigo. ¿Tienes hambre?

La mirada de Cloud se afiló. Otra vez usando un verbo en futuro…

Le buscó por encima del hombro. Shinra sólo le prestaba sus oídos; había girado por completo su cuerpo hacia el ventanal y observaba la panorámica de Midgar a través del cristal con las manos en los bolsillos, con el porte de un rey contemplando su vasto imperio. La arrogancia que destilaba podría llenar toda la estancia y parte de las contiguas. Le ponía enfermo… Cloud taladró su coronilla con unos ojos rebosantes de desprecio hasta que agotó la capacidad que tenía para seguir mirándole, y los clavó en el suelo unos instantes antes de lograr arrancarse la pregunta que le estaba quemando por dentro:

—¿Cuál es mi papel aquí?

Rufus no se molestó en volverse.

—¿Qué quieres decir?

—¿Voy a estar siempre aquí encerrado hasta que te apetezca follar?

Ahora sí lo hizo. Giró el cuello y buscó por encima del hombro al ex-SOLDADO. Su expresión dejaba entrever algo de molestia e indulgencia a la vez.

—No es así…

—¿Ah no? —Cloud alzó una de las esposas, cansado, dirigiéndole una mirada escéptica— Mírame a los ojos y dime que no soy tu prisionero. Que puedo irme cuando quiera.

—Cloud, puedes hacer lo que te plazca. ¿Qué es lo que te gusta hacer? —dijo él esquivando su pregunta con donaire. Viró el cuerpo hacia Cloud para observarle mejor— No tienes ninguna obligación. Pídeme algo que quieras tener y si está en mi mano lo tendrás.

—Quítame estas cosas.

Vio en los ojos de Rufus crisparse su paciencia. Pero el presidente logró controlarse desviando la mirada al suelo al tiempo que se aproximaba a pasos lentos hacia él, hablando tan despacio y tan suavemente como le permitía la clara exasperación que intentaba contener.

—Si no te quito esos grilletes aún es porque no puedo confiar en ti. Los dos lo sabemos —añadió alzando la mirada y elevando una ceja—. Si te los quito ahora te marcharás. Si te los quito me partirás la cara de un puñetazo; podrías hasta matarme si quisieras. Pero sobre todo… si te los quito ahora sé que no volveré a verte. O si lo hago, será como enemigos.

Ni el intento de sonar lánguido ni su expresión afligida lograron ablandar a Cloud. No después de la mañana que llevaba… Apretó los dientes, negando con la cabeza.

—¿Qué otra puta cosa te crees que somos ahora mismo si no, Rufus?

Lo dejó helado. Los labios entreabiertos del presidente reflejaron que tenía una palabra en la boca que no lograba escupir… o bien que continuaba buscando una. Tras no lograr ni una cosa ni la otra, Rufus lanzó un suspiro jactancioso, curvando los labios en una sonrisa petulante.

—Ah, ¿pero qué diablos te pasa? —Empleó de nuevo ese insidioso tono benevolente en un intento por cambiar el clima que se había desatado, aproximándose hasta él para tomarle de los codos— ¿Dónde está el Cloud de anoche, el que se rió conmigo? Vale que no estuvieras en tu salsa al principio pero te relajaste, estabas a gusto, incluso esta mañana mientras desayunábamos… ¿Qué ha podido cambiar tanto en cuatro horas?

Los puños y el ceño de Cloud se crispaban más con cada paso que Rufus acortaba. Cuando tuvo sus manos encima, esa crispación había alcanzado tal nivel que tuvo que apartar la mirada para reprimir las ganas de aceptar su primera oferta y asestarle un puñetazo, reflejadas en cómo brillaron repentinamente sus esposas. Shinra, ignorándolo deliberadamente, prosiguió cambiando el tono a uno más serio, algo reprensor:

—Desde que he vuelto de Junon no he hecho otra cosa que intentar complacerte. He sido todo lo amable contigo que he sabido ser. Admito que fue un error llevarte al restaurante, pero te di la opción de no entrar, y en cuanto me dijiste que querías irte nos fuimos, ¿verdad? Dijiste a dónde y te llevé; no querías volver a Midgar esa noche y nos quedamos en Costa del Sol; incluso te di el poder de decidir no acostarte conmigo y, por Dios, dime que no fui cuidadoso y servicial al hacerte el amor —añadió llevándose las manos al pecho. Aguardó unos segundos a que Cloud respondiera o siquiera le devolviera la mirada, pero al no ocurrir ninguna de las dos, suspiró con cansancio dejando caer las manos—… Hice todo lo que tú quisiste; cada paso que di anoche fue según tu voluntad. Pero parece que da igual lo que haga… Que nunca es suficiente. Me porto contigo mejor que con nadie, te consiento lo que no le permito a ningún otro ser humano, pero te doy una simple bofetada, un descuido que tengo, y de repente es como si todo eso se esfumara, como si no hubiera hecho nada bueno. Es frustrante y agotador… ¿Cómo puedo demostrarte lo que me importas, lo que puedo hacer por ti si nada de lo que haga es bastante? ¿Hasta dónde tengo que llegar, Cloud? Dímelo…

Su exasperación parecía muy real, pero ese victimismo no hizo sino endurecer la mirada de su interlocutor, que arrojó sobre Shinra tan afilada como un cuchillo azul eléctrico.

—Una sola noche de amabilidad no compensa todo por lo que me has hecho pasar —sentenció entre dientes.

—¿Y a qué más me ha dado tiempo? —demandó el presidente, alzando inconscientemente la voz. Trató de controlar su tono al continuar— Me he portado muy mal contigo, lo sé, precisamente quiero arreglar lo que te he hecho, pero dame cuartel, ¿quieres? ¿Qué es lo que hago tan mal?

—¡¿A ti qué te parece?! —Harto de tanto dramatismo, Cloud mostró nuevamente una de sus manos engrilletadas— Me separas de los míos, me encierras, me llevas y me traes de un sitio a otro como a un jodido perro, haces conmigo lo que te da la puta gana, ¿y no ves el problema?

—Te aferras todo el rato a lo mismo… Es como darse contra una pared… —resopló Shinra posando una mano en la cintura y llevándose la otra al entrecejo, cerrando los ojos con cansancio— No entiendo ni qué quieres de mí, Cloud… Eres dificilísimo de contentar…

No era la primera vez que Cloud escuchaba esa frase e irremediablemente hizo mella en él.

—¿Difícil? ¿Que soy difícil? ¡¿Tan descabellado o tan complicado de entender te parece lo que te estoy pidiendo?! —preguntó atónito, llevándose una mano al pecho y siendo ahora él quien buscaba la mirada de Shinra, que permanecía con los brazos en jarras y actitud de ser el hombre más incomprendido del planeta. Regresó sus ojos hacia el ex-SOLDADO, pero esta vez se mostraron gélidos y arrogantes.

—Dime tú ahora que si te quitara esas esposas y te dejara salir a tu aire, ibas a volver aquí —dijo con un tono retador.

Se aguantaron la mirada durante unos segundos con obstinada seriedad. Cloud no dijo ni palabra, pero a Rufus no le fue necesario; de su silencio extrajo la respuesta. Asintió con suficiencia.

—… Lo que imaginaba. No me tomes por idiota, Cloud.

Pareció que el presidente quería zanjar ahí la discusión, porque se pasó la mano por el pelo con desaliento y esquivó a Cloud, encaminándose con andar lánguido hacia la puerta. Pero una vez más, la voz del ex-SOLDADO mostró su desacuerdo.

—Plantéate porqué —ni siquiera alzó el tono, como si no pretendiera ser escuchado—. Por qué prefiero estar en cualquier lugar con cualquier otra persona que aquí contigo.

Pero vaya si le escuchó. Rufus se detuvo en seco y se volvió hacia él, mostrando más indignación en un segundo que en los cinco minutos que llevaban hablando. A pasos extremadamente lentos, desanduvo su escaso recorrido regresando hasta Cloud con una mirada y un talante muy distintos. A ojos inexpertos podía aparentar serena altivez, pero para un buen entendedor esa actitud vaticinaba furia. Cloud intentó disimular tras sus fieros ojos la tensión que le agarrotó cuando Rufus se detuvo a tan poca distancia de él que le hizo sombra. Shinra alzó el mentón con suficiencia, clavándole sus pérfidos ojos… Mas, justo cuando separó los labios para hablar, la puerta se abrió con la oportunidad de una campana.

—Señor… Lamento la intrusión, señor —Era la voz de uno de los guardias que custodiaban el umbral de la residencia y quien, a juzgar por su tono, debió advertir que acababa de interrumpir una delicada situación—. Tiene una llamada urgente desde Junon.

Rufus ni parpadeó mientras seguía sosteniéndole la mirada a Cloud. No dejó de hacerlo ni para responder. El ex-SOLDADO advirtió un leve tic en su cara.

—Dije claramente que no se me pasaran llamadas.

—Cierto, señor, lo dijo —se disculpó el guardia—, pero el director Palmer aseguró que no perdonaría usted no haber sido informado de inmediato de la resolución del contrato de Junon… Y ha amenazado con llamar a todos los departamentos hasta que logre contactar con usted.

Shinra tomó aire por la nariz como si aspirara paciencia, mordiéndose el labio inferior. Debió lograrlo, pues cuando posó la mirada de nuevo sobre Cloud, su cara componía la misma calma sonriente que exhibía cuando entró.

—Los idiotas me reclaman. Hablaremos esta noche. Cuando se te haya pasado este nuevo ataque de gilipollez, ¿vale? —susurró dulce y asquerosamente arrogante. A continuación le tomó de la cara con sendas manos, con la suficiente firmeza para que sintiera su fuerza y rehusara zafarse, y le miró intensamente a los ojos— Rompe cosas si te apetece, destrózate las manos contra las paredes… Y avísame cuando quieras discutir como personas civilizadas, ¿de acuerdo? Pero si me dejas proponerte algo que hacer… Te sugiero que inviertas tiempo en pensar en lo que acabas de decir. Porque aún puedes volver abajo si no estás a gusto aquí conmigo —Sin soltarle, acercó su boca a la oreja de Cloud para susurrar:—. Yo en tu lugar preferiría no decir esas cosas.

Depositó un beso helador en su mejilla. Le dedicó una última mirada, sonriéndole más perversamente antes de soltarle. Luego se dio la vuelta para seguir al guardia que esperaba en la puerta, abandonando el patio tan tranquilamente como entró.

Cloud, furioso y agitado, aún permaneció unos segundos en la misma posición, mientras notaba su respiración tornarse más violenta por momentos, hasta que estalló en un desquiciado grito entre dientes y una colérica patada con la que aventó un robusto macetero contra el suelo de mármol, haciéndose más daño él en el pie del que logró provocarle al objeto.

Al instante caía de rodillas con un jadeo de dolor, presa de la eficaz advertencia de sus esposas.


.

La secretaria no levantó la mirada de su ordenador cuando el presidente pasó frente a su mesa, encogida de miedo al verlo volver casi un instante después de ordenar estrictamente no ser molestado. Pero Rufus Shinra ni detuvo su atención sobre ella ni parecía particularmente contrariado; simplemente entró en su despacho con su característico paso regio y cerró tras de sí, a la espera, sin necesidad de orden alguna, de que ella le transfiriera la llamada. Aliviada, la secretaria suspiró y cogió el auricular, comunicándole al director Palmer que le pasaba con el presidente.

Rufus ocupó su silla y se reclinó resignadamente en ella, echando la cabeza hacia atrás. Se dio el lujo de ignorar el pitido del interfono unos segundos, girando la butaca y paseando la mirada por el despacho con la mente dispersa. No, si ya había deducido él desde aquella mañana que ése no iba a ser un buen día… ¿Cómo iba a hacer las paces con Cloud si éste se comportaba de un modo tan insoportable? No le daba ni un poco de margen… Algo había pasado, algo ajeno a él y a su altercado de esa mañana para que ahora se encontrara tan cerrado sobre sí mismo. Y lo peor era que no tenía ni idea de de qué manera arreglarlo. Debía encontrar de nuevo algo, lo que fuera, que distrajera a Cloud de la obcecada idea de escapar de él para volver a atraerle a su lado…

Necesitaba pensar y el gordo idiota de Palmer era sin duda la última persona con la que querría hablar en ese momento. Sólo cuando finalmente su resistencia alcanzó su límite y venció el deber, agarró el auricular y descolgó la llamada.

—Ya pueden ser buenas noticias, si no, no me hagas perder el tiempo —exigió a modo de saludo. Sin embargo quedó sorprendido al no escuchar voz alguna al otro lado de la línea. Una arruga se formó entre sus cejas— Palmer… —llamó con voz autoritaria. Mas, en lugar de respuesta, lo que obtuvo fue el inequívoco sonido de colgar. Extrañado, separó el auricular de su oreja y lo miró como si usando los ojos en vez de los oídos fuese a encontrar respuesta a lo que ocurría— ¿Pero qué…?

Cuando ya estaba a punto de maldecir a aquel tremendo idiota, la puerta se abrió, dando paso a un invitado no deseado que relevó a Palmer como diana de la ira del presidente.

—¿Qué estás haciendo aquí? —inquirió Shinra de malos modos a la voluptuosa mujer que acababa de irrumpir en su despacho— ¿Tan impreciso soy cuando hablo o es que repentinamente estás sorda?

Scarlet no sólo no detuvo sus pasos, sino que se permitía exhibir una insolente seguridad en sí misma mientras cruzaba todo el despacho con andar ligero. De hecho sonreía. Rufus frunció más gravemente el ceño; ¿dónde estaba Dark Nation cuando le hacía falta? Se lo habría echado encima sin dudarlo.

Ya estaba a punto de levantarse de la silla con una nueva y feroz amenaza en la boca, cuando Scarlet alcanzó la mesa. Sin mediar palabra, posó contundentemente una mano en ella, mirando al presidente derechamente a los ojos. No había un atisbo de preocupación en los de ella, y eso que se la estaba jugando pero que mucho con ese atrevimiento. Rufus congeló sus acciones y desvió la vista a los dedos de la mujer, que se retiraban para mostrar un pequeño objeto: un pen drive plateado con el logotipo de la empresa. Las cejas del presidente se curvaron en un ángulo desigual y volvió a clavar su heladora mirada sobre Scarlet.

—¿Qué es esto?

Ella sonrió aún más soberbia que cuando había entrado.

—Algo que le interesará ver… Señor Presidente.

.

Fin del vigesimoquinto capítulo.


Odiadme. Vuestro odio me alimenta.

Ya, ya sé que dije que volvería después de exámenes... De Enero. Pero esta ausencia y austeridad han merecido la pena, porque... ¡LO LOGRÉ! ¡Me he graduado! ¡SOY VETERINARIA! :D Bueno, tengo que entregar un trabajo final de carrera en Septiembre, pero exceptuando formalismos... ¡SOY VETERINARIA! Así que este sacrificio de tiempo para con el pobre Fanfic y vosotros al menos ha merecido la pena...

Así que, me odiéis o no, os haya gustado este capítulo o lo hayáis aborrecido más que ningún otro y, si por algún milagro, me queda algún lector, os invito a dejarme vuestras amenazas, increpaciones, insultos, llantos, gritos, teorías e incluso, si se da el caso excepcional, halagos, más que nada para saber si es sólo a mí a quien le interesa lo que ocurra en esta absurda historia...

¡Aurel sigue viva y escribiendo! Nos leemos~