N/A: ¡Hola a todos! Espero que se encuentren muy bien. La nota que quiero añadir al capítulo es algo larga, por lo que irá al final. Y para que esta intro no interrumpa su lectura. De todos modos, espero que se queden a leer mis comentarios al final.

(PD: Escuchen Truth, de Ramin Djawadi. Es perfecta para el cap. Game of Thrones auspiciándome con música siempre xD )

¡Disfruten la lectura!


Capítulo 25: Familia

Parte 2: Raíces.

―Es natural que cuando algo te produce rechazo, realices todos los esfuerzos posibles para generar una distancia cómoda o que te garantice, concretamente, una lejanía absoluta. Es natural evitar los encuentros cercanos con nuestros enemigos, excepto para darles fin y, sin embargo, aquí estás; sin intenciones de atacarme, sin intenciones hostiles, sin siquiera una expresión que muestre aborrecimiento. ¿Qué es lo que quieres de mí?

―Es inconmensurable ―comencé, con voz relajada, mientras observaba la figura encorvada y cansina―… la cantidad de cosas que anhelo de ti.

Se removió, enderezando su espina dorsal y sonando como un árbol viejo al hacerlo, por la tela del abrigo que traía, por los guantes de cuero, por sus huesos entumecidos por la vejez…

―No ―carraspeó―. No, tal vez sea una sola cosa…

―Aun no te digo por qué te cité aquí. ¿Cómo podrías saberlo?

―Porque yo, simplemente, lo sé ―su tracto resonaba a cada palabra, silbando a veces, roncando otras.

―¿Y qué sabes?

―Tú verdad, Mikasa Ackerman ―rio con suavidad―. Aquella que temes revelar por miedo a romper con tus ideas arbitrarias.

―¿Cuál es mi verdad? Si es que sabes tanto.

―Que eres como yo… persigues ser como yo… terminarás como yo.

―¿Por qué querría ser una asesina? ―escupí, recelosa.

―No se trata de que lo quieras ―rio de nuevo―. Tus raíces, tu naturaleza indómita te arrastrarán a ello…

Huir del castillo no había sido obstáculo para llevar a cabo mi objetivo.

Había conseguido sortear a mis conocidos para así evitar las preguntas que vendrían de la mano con cada encuentro: ¿Dónde vas?, ¿Qué vas a hacer?, entre otras. La mera curiosidad de mis compañeros y mis superiores se volvió en aquel momento mi peor enemiga, por lo que decidí alejarme de las agrupaciones de soldados que llevaban a cabo una tarea, incluso Armin fue víctima de mis intentos de separarme del resto. Debíamos reunirnos para conversar sobre las medidas a tomar durante los meses siguientes de embarazo, pero le mentí, diciéndole que no me sentía bien y que prefería descansar, que debía ser en otro momento.

Eso fue todo. Y al cabo de un instante, cuando solo quedaban minutos para el medio día, me escabullí hacia el bosque sin que nadie me viese y reseguí el camino que había utilizado en el primer encuentro con Kenny Ackerman.

Mi corazón estaba bombeando enérgicamente, como si en vez de dirigirme hacia el peligro, estuviese huyendo de él. Y aquello me llevó a pensar en mi afán inconsciente de siempre rozar los riesgos más innecesarios, de llamar a la adrenalina a ser partícipe de mi vida. Tal vez Kenny Ackerman estaba en lo cierto, y yo tan solo estaba evadiendo mi destino, mi verdadero ser que yacía dormido en mi interior.

Cuando llegué al bosque y me adentré hacia el claro, Kenny ya estaba ahí, sentado frente al estero que permanecía medianamente quieto, oscilando ondas casi imperceptibles de agua. Apenas oyó mis pasos acercarse, volteó el rostro sobre su hombro para vislumbrar mi posición.

No nos saludamos. No dijimos nada.

Dejé caer mi cuerpo sobre la fina hierba, usando más cuidado de lo usual debido a mi estado.

No pretendí bajo ningún punto ocultárselo a él, porque él ya lo sabía. Y de todos modos, la camiseta holgada que traía puesta en conjunto con el faldón que se afirmaba a la altura de mi cadera no dejaban mucho a la imaginación; el viento removía la tela, haciéndola bailar en mi cintura y podía entreverse la pequeña barriga que comenzaba a crecer, una barriga que tenía la forma de una pequeña media luna. No podía evitarlo, porque Hange no me tenía permitido utilizar ningún tipo de prenda ajustada.

Ahora estaba junto a Kenny allí. Su renuencia a creer en mi encuentro habían sido sus primeras palabras.

―Si no es lo que pienso, dime, ¿por qué me hiciste venir? No te sirvió la información que te entregué hace un tiempo ―inquirió, mirando hacia el agua cristalina.

―Sí sirvió ―encogí los hombros―. Vengo a negociar.

―¿Y qué oferta tan imperdible puedes ofrecerle a un hombre moribundo? ―sonrió con sarcasmo, mientras me observaba atento, y yo me sentía absurda.

Titubeé unos segundos. Al final, decidí callar.

―¿Ahora te das cuenta? De cuán poco podría importarme un negocio… no hay nada que pueda acaparar mi interés…

―Eso es mentira ―aseveré, intentando ganar aquel juego con las mismas técnicas que él solía utilizar.

―¿Y cómo lo sabes?

―Porque eres un Ackerman ―espeté, y él volvió a sonreírme.

―Estás aprendiendo ―murmuró.

El viento sacudió las hojas de los árboles, creando, gracias al sonido del roce de las ramas, una instancia sedante que alivianaba la tirantez que se producía entre ambos. El viento cepillaba la hierba, calmando los sentidos, y de seguro ese era el motivo por el que conservábamos la diplomacia.

Kenny Ackerman estaba demasiado silencioso para mi gusto. Conocía de él la risa escandalosa y brusca, el tono de voz violento, las burlas despiadadas y su crueldad, mas no su silencio, no su paz… aquella paz que me hacía sentir en casa, tan serena, como si nos conociésemos de toda la vida. Aunque en un sentido figurado había sido de ese modo.

―Kenny ―acaparé su atención―, no te llamé para quedarnos mirando el lago en completo silencio ―y jamás creí que soltaría las palabras que dije a continuación―: Necesito tu ayuda.

Giró la cabeza lentamente, sin alterar su expresión, y aun así dejándome en claro lo sorpresiva que había resultado mi petición.

―¿Ayuda? ¿Estás pidiéndome ayuda a mí? ―su socarronería picaba.

―Estás enfermo, moribundo… llevas muchos años buscándole sentido a la vida. Dime, tan solo dime, ¿lo has encontrado? ―utilicé más firmeza en mi tono para dejarle en claro que el encuentro, aunque pacífico, no era amistoso, no del todo.

Kenny meneó la cabeza en negación.

―Quieres que te ayude a cooperar con la Legión ―dio con el punto.

No tenía motivos para negarlo si al fin y al cabo esas eran mis intenciones. Iba a decírselo yo, pero él había facilitado mi trabajo.

―¿Por qué no? Nunca hiciste algo que te hiciera sentir vivo. ¿Por qué no te vas de este mundo sintiendo que hiciste algo que mereció la pena? ―mi poder de convencimiento era terrible, por no decir nulo. Sabía que me dejaba en evidencia porque era una pésima mentirosa y que jamás nunca lograba persuadir a nadie, pero realicé mi mejor intento.

―¿Y se supone que ayudar a la Legión va solventar mis crisis existenciales? ―rio, haciéndome sentir torpe e ingenua.

Agaché el rostro y concentré mi atención en los botines de mis pies, jugueteando con ellos mientras intentaba formular una propuesta convincente que él no pudiese refutar.

Ensimismada como estaba, no percibí con anticipación el segundo en que Kenny se acercó a mí, sentándose a mi lado hasta rozar mi hombro. Espabilé solo cuando sentí su cuerpo demasiado cerca del mío y cuando su lánguida figura hizo sombras que me cubrieron. Al tenerlo tan cerca pude percibir su aroma: madera, tabaco, empero su aroma personal era dulzón, como el de Levi Ackerman.

Alcé la barbilla para mirarlo fijamente. El tiempo se detuvo ahí, mientras nos observábamos en silencio. Sus ojos eran tan bellos como los de Levi, pero su rostro era más alargado, y las arrugas emergían de cada rasgo, como raíces de un viejo roble, agrietando la tierra reseca.

No pude evitar el momento en que sucedió, porque tampoco me di cuenta. No hasta que sentí su fría mano palpar mi vientre y acariciarlo con un cuidado que nunca le hubiese atribuido a él.

―Mocosa tonta ―negó con la cabeza, apretando los párpados―. Tonta, tonta. Te lo dije.

―No te atrevas ―refunfuñé, tensando la mandíbula, quitando su mano, creyendo que quizás él osase a estar en mi contra.

―¿Atreverme a qué? ¿Crees que voy a hacerte daño? ―gruñó―. No te hubiese advertido de la Facción en primer lugar.

―¡Entonces ayúdanos! ―me exacerbé―. ¿Piensas llevarte todo tu conocimiento a la tumba y no decírselo a nadie? ¿Cómo pretendes que seamos reyes de nuestro legado, si ni siquiera quieres ayudarnos? ¡Tú sabes cosas que nosotros no!

Me moví rápidamente para tomarlo de las solapas de su abrigo y zarandearlo, pero coartó mis movimientos con la misma habilidad que yo poseía; era, al fin y al cabo, una lucha sin sentido. Me sostuvo de las manos y me obligó a recostarme sobre la suave hierba, mientras él ejercía presión en mis muñecas, reteniéndome allí.

No fue violento bajo ningún punto, aun cuando estuviese pendiendo sobre mi figura.

―Mocosa Ackerman ―vociferó―¸ creo que no te das cuenta con quién estás hablando.

―Con un jodido asesino ―mascullé.

Kenny carcajeó, haciendo emerger aquella faceta suya tan despreciable. Sin embargo, instantes después retomó la compostura, esbozando una mirada triste, dura, fría, solitaria.

―Busca a Historia Reiss ―enunció de pronto―. Yo haré el resto.

Sentí como si los engranajes de mi cerebro hubiesen dejado de trabajar, estacándose con torpeza, crujiendo y rechinando obstaculizados debido a mis imperantes intentos por darles arranque.

―¿Quién es ella? ―manifesté sin poder ocultar mi desbarajuste facial.

―La verdadera heredera del trono real.

Mi mandíbula se deslizó unos centímetros, pero conservé la cordura sin dejarme apasionar por las verdades que sabía que me resultaban aterradoras y fascinantes a la vez.

―¿Por qué condenados rayos no me hablas claro? Explícamelo todo, explícame y enséñame ―mi voz se alzaba progresivamente.

―Eso quería oír ―admitió, mostrando aquella sonrisa sardónica y perversa―. De nuevo.

―No estoy para juegos ―escupí con fiereza.

―Pídelo… sabes que en el fondo es eso lo que quieres…

Hice crujir mis dientes, mirando a Kenny con desdén y desconfianza. Mas sabía que para poder avanzar debía cooperar. Finalmente cedí.

―Enséñame ―le di en el gusto si eso suponía hallar más respuestas.

Me liberó, soltando sus amarras suavemente a la vez que retraía su cuerpo para volver su anterior posición.

Se mantuvo en silencio durante unos minutos, al parecer cavilando y sopesando cada palabra que diría a continuación.

No podía asegurarlo con exactitud, pero Kenny Ackerman parecía tener todas las respuestas que nosotros llevábamos años buscando. Y me hubiese gustado haber tenido una mano gigante para tomarlo y apretarlo repetidas veces hasta hacerlo confesar, como si las palabras fuesen algo que pudiese escurrir de sus poros.

―Uri Reiss salvó mi vida hace muchos años ―comentó de pronto―. Él fue quién detuvo la cacería de los Ackerman.

Abrí la boca, mas no emití sonido alguno. Sentí que decir cualquier cosa en ese momento provocaría que Kenny detuviera su discurso.

―Él me ayudó cuando yo intentaba escapar… incluso, me pidió perdón por la cacería sanguinaria que se había decretado bajo su gobierno. Ah, pero tú no has de tener idea quién es Uri Reiss… como mucho has oído su nombre―esbozó una expresión melancólica―. Él era el rey en aquel entonces…

―¿Y él rey actual? ―inquirí, levantando una ligera sospecha.

Kenny sonrió.

―Una escoria que no merece vivir… junto a su jodida Facción ―murmuró roncamente.

Uri Reiss había sido el anterior rey, y había gobernado en plenitud durante muchos años. Rod Reiss era su hermano y mayor consejero, y juntos querían liberar a la humanidad de la prisión que se había generado a causa de los titanes. Uri Reiss desconfiaba de los Ackerman y de su fuerza inigualable, sin embargo, tras conocer a Kenny Ackerman sus percepciones respecto al asunto cambiaron rotundamente. Aun cuando Rod Reiss se había opuesto rotundamente a perdonarles la vida a los Ackerman.

Antes de Uri Reiss como gobernador, estuvo su padre, y fue él quien utilizó a los Ackerman como una herramienta de defensa. Por muchos años, la familia Ackerman sirvió a los Reiss otorgándoles su fuerza para protegerles y custodiar sus propiedades. No obstante, con el pasar de los años surgió un plan. Un plan que Kenny Ackerman desconocía, que todos desconocíamos, un plan que era la pieza restante para poder hilar toda la serie de eventos y reconstituir una secuencia lógica. La única pista que Kenny traía para esclarecer el panorama era que el anterior rey quiso eliminar los recuerdos de las personas para que olvidasen como había sido la humanidad anterior a los muros. Los Ackerman resultaron inmunes al tratamiento. Entonces, luego de manifestar sus conflictos de intereses, comenzó la cacería.

Aquel sujeto llamado Uri había muerto hacía tiempo ya. No obstante, Rod seguía con vida, mas no se sabía donde hallarle. Rod Reiss había tenido una hija llamada Historia Reiss, y a ella debía encontrársele en la inmediatez que fuese posible, para que asumiese como la verdadera heredera del trono actual. Esto porque el rey que nos regía era una pantalla propuesta por los Reiss para protegerse… ¿pero de qué?

Para ocultar seguramente que eran poseedores del poder de los titanes, y que lo traspasaban de heredero en heredero.

―Esto es una mierda ―confesé en un susurro, luego de oír la historia completa―. ¿El poder se transmite mediante un suero? ¿Una familia real que se esconde dejándole el peso de su responsabilidad a un cretino? ¿Cómo mierda se supone que deba decirle esto al Comandante Erwin Smith? ―exclamé retóricamente.

―Mikasa ―tosió―, este «cretino» mantiene esta Facción funcional. ¿Entiendes por qué nadie puede saber de ti y el pequeñajo…?

―Lo sé… ―musité.

Sin embargo, había algo en todo ese caos que carcomía mi entendimiento, puesto que no conseguía realizar las conexiones.

―Más importante aún, Kenny Ackerman, ¿de dónde obtuviste el suero que le inyectaste a Levi? ―intenté conservarme en una sola pieza, forzando entereza para plantarme frente a la adusta situación.

Pensé que no me respondería, que dudaría… pero la tragedia había sido regada. No quedaba nada más por decir.

―Estuve con Rod Reiss hace un tiempo… fue la razón por la que conseguí aquel suero y por la que logré trabajar un tiempo con la Policía Militar. Rod Reiss tiene un suero… para su hija cuando llegue el momento de que ella asuma el trono real… y para que eso suceda, la labor de la Legión es efectuar la guerra civil. Tienen que dar el golpe…

―¿Y dónde se supone que debemos encontrar a Historia Reiss? ―clamé sonando sarcástica, queriendo ridiculizar la existencia de una persona que me resultaba superflua.

―En la Legión ―dijo sin más.

En el mismo instante en que enunció las palabras, sentí como mis ojos se expandieron, amenazando con escaparse de mis cuencas. La avalancha informativa estaba robándome el oxígeno y las fuerzas, sobre todo por la manera en que intenté retener cada palabra para no perderme nada, para funcionar como un informe que sería leído por todos los superiores cuando hiciese la entrega.

―Esa mocosa está escondida en la Legión… es todo lo que sé ―carraspeó―. Rod Reiss huyó tras enterarse de mis intenciones ―rio con suavidad―. Le quité un suero y al darse por enterado, escapó de mí hasta que no pudiese encontrarle… temía que el suero fuese a hacer efecto en Levi… y le aterraba aún más que su fuerza portentosa se fusionara con el poder de titán.

Hice un análisis breve sobre los pros y contras que eso hubiese supuesto.

―¿Le aterraba? Levi hubiese sido un titán perfecto ―admití, aun cuando estaba totalmente en contra de eso―. Y trabajando al servicio de la humanidad… ¿no es eso lo que Rod y su hermano querían? Que la humanidad fuese salva.

Kenny me contempló compresivo, porque a continuación reveló la verdad más estremecedora de todas.

―Precisamente…―comentó―. Se armaría una buena revuelta… ¿recuerdas a los titanes ágiles?

Mi espina dorsal fue invadida por un hielo despiadado luego de oírle hablar. Había pasado mucho tiempo ya desde que el concepto había sido mencionado. Mucho tiempo desde que, incluso, uno de ellos apareciera. Y de todos modos, nuestras peticiones de expediciones a las afueras de los muros estaban en estado de retención hasta que se hallasen soluciones a todas las complicaciones que estaban surgiendo.

―Sí…―tartamudeé, recordando, al menos, todas las veces que nos habían atacado. Y aunque había pasado tiempo desde el último ataque, aún podía recordar su aspecto que era aún más repulsivo que el del común de los titanes.

―No son titanes normales ―dijo despectivo, y yo asentí dándole en la razón―. Ustedes lo saben… Rod Reiss tenía más sueros y fueron robados… Rod Reiss estaba a cargo de la Policía Militar, y esta misma trabaja para el rey cretino que nos gobierna ahora.

―¿Él robó los sueros? ―realicé los enlaces―. ¿El rey?

―Para crear titanes a raíz de ese suero; titanes imposibles de derrotar, a no ser que se trate de un escuadrón completo, increíblemente capacitado. Titanes tan habilidosos que ningún Ackerman pudiese derrotar.

La conclusión cayó sobre mí por consecuencia.

―¿La Facción? ―jadeé, entendiendo el objetivo macabro detrás de eso―. Los titanes ágiles son manipulados por la Facción. Fueron creados para acabar con los Ackerman ―el aire me faltaba―… los últimos Ackerman, nosotros…

Kenny Ackerman asintió.

Y a pesar de que el impacto golpeteaba en mi pecho, robándome el aire, todo pasó a segundo lugar en el momento en que lo vi sostenerse el pecho con una mano y resoplar violentamente, mientras su cuerpo se encorvaba creando un ángulo que lo llevaba en picada al suelo.

Me removí para alcanzarlo en el acto y sostenerlo de los hombros, mientras intentaba asistir sus dolencias.

―¿Estás bien? ―consulté con extrema urgencia.

―Esta mierda duele mucho a ratos.

―Intenta respirar ―sugerí con torpeza, a sabiendas de que no podía hacer mucho para ayudarle. Y eso se volvió inquietud en mi interior.

¿Por qué quería ayudarle?, me pregunté. Del mismo modo en que me pregunté por qué insistía en verle tanto.

Volqué mi atención hacia él nuevamente. Respiraba con pesadez y el sudor había perlado su frente. Entendí que Kenny se había agitado relatando la historia y, contra todos mis intereses, desistí de exigirle más respuestas para no ocasionarle mayor malestar. Solo quedaba una cosa por hacer, y aquel era el verdadero motivo del encuentro.

―Si tan solo vinieses con nosotros ―insistí―. La Legión te proveería cuidados, incluso no tendrías que morir. Puedes reivindicarte con Levi, conmigo… puedes ayudarnos a dar el golpe y ser reconocido como parte de un linaje destruido pero honorable…

―No lo entiendes ―me sonrió, reponiéndose de su ahogo―. No somos honorables. Y cuando llegue la hora de proteger a tu familia, te darás cuenta de ello.

Sus palabras me dolieron, y ni siquiera pude entender el por qué.

―Kenny. ¿No piensas en que podrías vivir más aún? Te estás rindiendo.

―¿Por qué tan amigable, Mikasa? ―sonó burlesco―. Hace tiempo Uri Reiss y yo acordamos que las grandes amistades comienzan con una gran batalla ―me dejó concluirlo por mí misma―: Tú y yo nos hemos peleado a muerte…

―Yo tan solo… ―y aunque comencé hablando impetuosa y segura de mí, la voz me falló momentos después. No supe qué decir; ¿qué diría de todos modos? Si es que había algo que decir.

―¿Quieres ser amigable con un asesino? Eso no es honorable, ese es el estilo Ackerman en su máxima expresión. Y aun sabiéndolo, ¿seguirás renegando?

Volvimos a mirarnos; él ansioso por una respuesta venenosa de mi parte, yo con los ojos húmedos por la expectación y la sensibilidad de mi embarazo. Todo se hizo demasiado peso sobre mi trémula figura, y sin embargo fui capaz de responder con la verdad, aquella que había evitado develar y que emergió de mis labios como si hubiese esperado desde hacía mucho por tal libertad.

―Quiero que conozcas a mi hija ―musité con voz temblorosa. Y con eso, logré romper todas las barreras que Kenny Ackerman había construido a su alrededor.

Su rostro se desfiguró por completo y me enseñó la expresión más humana que podía tener. Relajó la postura de sus hombros, suspirando en el acto, su rostro apaciguó la inquina característica de su expresión, suavizando sus rasgos para mostrarse conmovido.

―Tal vez ―sonrió―, tal vez esa pulga revoltosa necesite alguien quien le enseñe a disparar un arma.

Hizo que mi corazón quisiera escapar de mi pecho, y que martillase contra él con vigor y fuerza. Eso era una respuesta afirmativa, aunque no supiese cuando se fuese a cumplir.

―Ve con tu jefe, ve con Levi y los demás… cuéntales ―tosió por última vez―. Cuéntales y empiecen a trabajar. Yo buscaré a Rod Reiss. Y quiero que le entregues algo a Levi, algo que siempre le perteneció… y que yo… no le entregué.

Mi desconcierto quedó atrapado en mi mirada, en cuanto alcé la mirada para fijar mis ojos en los suyos.

―Es la carta que Kuchel le dejó antes de morir. Aquella que yo leí, no estaba dirigida a mi realmente…

.

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.*.

.

.

No debía cabalgar a ese ritmo, no en mi estado. Pero arranqué a toda velocidad, haciendo bufar al caballo por el exceso de velocidad con el que atravesábamos el bosque. Los árboles se volvieron rayas difusas a mí alrededor, mientras mi único objetivo era llegar cuanto antes al castillo para ver al Comandante Erwin Smith y contar toda aquella verdad que él ansiaba; soñaba con la misma tras irse a descansar cada noche, y fantaseaba con tenerla en sus manos para así trabajar en una solución.

Una solución.

Sonaba tan lejano, porque primero se necesitaba la verdad.

La verdad… la amarga verdad, y la nueva tarea que debíamos llevar a cabo.

Eren me lo había dicho antes: la guerra civil era inminente. Pero nunca había creído que estuviese tan cerca, tan cerca de nuestros tiempos.

Todo lo habían arruinado los conflictos de intereses de quienes se llamaban reyes en la antigüedad… y hoy en día, la mentira de los Reiss había confinado a mi linaje a la muerte nuevamente, porque éramos demasiado fuertes. Ahora, aquel rey que vigilaba las murallas tenía una herramienta infalible contra los Ackerman: titanes ágiles e inteligentes que nos superaban. Eran un arma, un arma para acabar con nosotros… o bien, un arma en todos los sentidos, si es que se salía de control.

Supe, en aquel entonces, que más que nunca debía ser fuerte y luchar. La hostilidad existía tanto fuera como dentro de los muros, y el mundo estaba convirtiéndose en el último lugar próspero para vivir. A menos que probase de la mano dura, de un cambio abrupto, de un borrón y cuenta nueva, del fin de los tiempos como los conocíamos hasta ahora. Por otra parte, sentía a mi hija crecer con vigor en mi interior, y la fortaleza recorría mis venas a modo de impulsor, impeliéndome a resistir, a no temerle a nada, porque debía protegerla de todo cuánto quisiera hacerle daño.

El castillo no tardó en aparecer frente a mis ojos, y era evidente que se debiese a la velocidad que estaba exigiéndole al caballo. Tras cruzar el sendero de ingreso, pude divisar la figura de Petra en la distancia, quien me observaba atónita desde los escalones de entrada al castillo. Llamó mi nombre varias veces, y en un esfuerzo supremo logré mirarla de soslayo, mientras pasaba de ella a toda velocidad.

Sé que intentó seguirme, pero no tuve otra opción más que ignorarla de momento. Aseguré a mi caballo en los corrales, y corrí de vuelta al edificio.

Necesitaba al Comandante Erwin Smith de inmediato.

Recorrí los pasillos con renovada energía, buscando y buscando, hasta finalmente dirigirme directamente a su oficina. La inmediatez imperaba.

Y allí lo hallé, trabajando arduamente, con el cansancio reflejado en la mirada brillosa y la expresión serena mientras rellenaba y rellenaba reportes. Atravesé el umbral de la puerta, boqueando para conseguir oxígeno, acaparando su atención con mis jadeos insistentes. Erwin me observó confuso y al cabo de unos segundos con temor en la mirada, al notar que mi rostro enrojecido y sudado no era otra cosa sino una señal de alerta.

Respiré profundamente, sin dejar de mirarlo en ningún momento, mientras él dejaba la pluma de lado, entendiendo que en aquel momento no había nada más importante, nada que pudiese tener más significado que lo que estaba a punto de ocurrir.

Las respuestas que le habían tomado años de trabajo y sacrificios estaban frente a su escritorio en su oficina, ansiosas de exponerse como un libro abierto, y sin embargo, todo lo que pude hacer fue tomar aire con calma, reponiendo mi organismo, esperando que fuese Erwin quien instase a la conversación.

Vi su labio temblar, a causa de sus intentos por enunciar algo. Y la compasión cayó en mis hombros pesadamente. Entonces hablé:

―Vi a Kenny Ackerman ―admití, y todo lo que vino después fue una cadena de consecuencias y eventos inevitables.

Sobre todo, la charla inacabable que supuso la noticia.

.*.

Desde aquel día, fue como si el mundo se hubiese detenido, como si una larga etapa de la vida que se creía inacabable hubiese muerto allí mismo. El giro de los eventos sucedió en aquel entonces. Fue el punto de quiebre: la confesión de Kenny Ackerman.

La reunión se llevó a cabo con el Comandante Erwin y Hange, y con el Escuadrón de Operaciones Especiales, en aquella oficina destinada a dichos encuentros, con aquella mesa extensa repleta de sillas y tazas de té que nadie quería beber.

El Comandante Erwin Smith parecía satisfecho y, a la vez, tan aturdido, que durante un momento de la reunión, permaneció con la mirada perdida, mientras una vaga sonrisa decoraba su rostro.

«Si todos los titanes provienen de la aplicación de sueros, ¿hemos estado asesinando gente todo este tiempo?», había concluido.

Entonces todos nuestros principios se habían ido al carajo.

Pero en aquel momento, todo dejó de importar. Porque todo cuánto habíamos creído no era más que una planificación turbia que aún no hilaba ni tenía sentido. Y no lo tendría jamás. La realeza carecía de potestad, y no importaba qué motivos los hubiesen llevado a tomar decisiones tan extremistas; nada podría justificar el hecho de encerrar a seres humanos entre tres murallones que nos protegían de un peligro que ellos mismos habían creado… de algún modo. Uno que desconocíamos.

Y mientras más lo analizábamos, masticando la idea con resignación, todo parecía perder más sentido. Todo.

Por tales motivos, mi único interés se redirigió hacia el clan Ackerman y su pasado, su presente y su futuro. Eren tenía razón, de nuevo: ya no caminaba en la misma vía que él y Armin y todos los demás, ahora tenía un nuevo objetivo, una familia que proteger, mi vida en sí había dado un giro inesperado y ese era mi destino. No había otra cosa en que poner toda mi concentración. Mi clan era mi nueva misión en la vida; todo lo demás para mí era secundario.

Por otro lado, estaba mi labor como soldado.

Realizar el golpe tomaría tanto trabajo como planificar dos misiones a las fueras de los muros, dentro de una misma temporada: mucho tiempo, muchos recursos… y sin embargo, el Comandante Erwin Smith decidió que esforzarnos arduamente era todo lo que podíamos hacer. Puso a sus hombres a trabajar sin descanso, creando instancias de entrenamiento en horarios que no eran usuales.

Si Erwin Smith alguna vez tuvo ojeras que ya eran suficientemente horribles, esta vez terminarían siendo mortíferas.

Eren, por su parte, no lograba comprender lo que estaba sucediendo, y cómo era que su padre había conseguido un suero de titán. Tenía vagos recuerdos y ni siquiera le ayudaban a entender. En conjunto con Armin, se dedicaron a recopilar todos los datos para efectuar teorías viables y soluciones para las problemáticas. Hange también participó de ello, creando reuniones con Eren para conversar de sus futuras pruebas de transformación, puesto que por cada vez que Eren cambiaba a su forma de titán, terminaba rememorando algún evento importante.

Y Levi…

Levi tan solo calló, intentado comprender las ramificaciones enredosas que reconstituían toda la explicación de nuestra situación. No era que no tuviese algo que decir, tan solo meditaba intentando entender, buscando el modo de ayudar a su manera.

Yo aún guardaba la carta de su madre, e incluso había tenido tiempo de leerla. El dolor que me produjo el contenido equiparó al dolor que experimenté el día en que perdí a mis padres, como si la desesperación pudiese solidificarse para cogerte el estómago y estrujarlo en su puño. Demasiado para resistir las lágrimas ardientes que se propulsaron de mis ojos. No solo por el amor que Kuchel le había profesado a Levi en vida. Sino por mi orgullo absurdo y mi actitud altanera frente a él, quién en repetidas ocasiones había querido acercarse a mí para conversar, pedir perdón tal vez, y yo me había negado.

Podía percibir su aura, él no estaba bien. Tras el tiempo que llevábamos juntos, no había manera de que Levi pudiese esconder sus sentimientos de mí. Entendía cada expresión, cada gesto, cada palabra hosca que salía de su boca cuando tenía que aportar algún argumento en las reuniones. Su semblante se había ensombrecido por completo, llevándolo a la imagen que le era propia hacía un tiempo atrás, antes de que ambos comenzáramos a hablarnos siquiera.

Estaba preocupado, yo lo sabía. Lo había notado durante las cenas en el castillo, al verlo en la distancia desde la mesa que compartía con mis amigos; podía vislumbrar su rostro alicaído y aletargado; su mano sosteniendo su cabeza y a veces, sus dedos sobándose en el entrecejo, como si buscase y buscase soluciones, pero no hallase ninguna.

Y ya no podía verlo así.

Mi orgullo fue una nimia excusa… no logré resistirlo durante más tiempo.

Luego de una reunión sobre las medidas a tomar, Levi me siguió camino a los establos. Y no era que yo pretendiese ir por mi caballo. Lo había sentido caminar a mis espaldas y había buscado cualquier pretexto inútil con tal de quitármelo de encima. No me sentía lista para entablar una conversación con él, o al menos eso creía en ese momento, porque en realidad, era todo lo que necesitaba.

Sentí sus pisadas detrás de mí; el crujido de las piedrecillas bajo sus botas siendo el eco de mis pasos.

―¿Vas a seguir ignorándome? ―preguntó sigiloso y, a la vez, inquieto.

Y allí murió mi determinación.

―No te estoy ignorando ―mencioné, sin siquiera voltearme a verlo, y me sentí absurda. Tan solo tenía que voltear y acabar con toda esta riña sin sentido.

―¿Qué quieres que haga? ¿Qué necesito hacer para que me perdones? ―exigió, avanzando más rápido, a la vez que mis pasos se hacían más largos.

―¡No lo sé! ―exclamé, sin siquiera saber que decir, puesto que ni siquiera yo misma sabía qué quería, qué pretendía.

Me sentía aturdida con todos los eventos vertiginosos que comenzaban a desencadenarse. Y aunque sabía que podía proteger a mi familia a toda costa, lo desconocido me inquietaba, me angustiaba.

Estaba confundida, agobiándome con mi nueva realidad, puesto que era demasiado peso sobre mis hombros. Sin embargo, detrás de mí, caminando con exasperación, había alguien que nivelaría esa carga. ¿Por qué era tan difícil voltear?

―Mikasa, voltea ―me pidió, intentando no sonar como el despiadado que solía ser cuando enfadaba.

―Levi, deberías volver a trabajar ―el camino que seguíamos no tenía sentido. Merodeábamos por el sendero de árboles que rodeaba el castillo.

―¡Mikasa, voltea! ―me exigió, y yo apuré el paso.

Entonces le oí gritar:

―¡Nunca antes me había pasado algo igual! No sé qué hacer. ¡Por favor, dime qué hago!

Y allí, dejé mi orgullo.

Volteé y me abalancé contra él, haciendo uso de toda mi fuerza para sostenerlo del rostro y besarlo con la pasión contenida que hervía en mis venas. No medí las distancias ni el impulso, por lo que terminé estampándolo contra un árbol, aprisionándolo allí, mientras sentía sus labios cálidos respondiéndome con ansiedad.

Fue cuando comprendí que hasta entonces me había estado congelando, que sin Levi había perdido el disfrute del calor. Tan solo él podía abrigarme de esa forma, calmando tanta angustia cizañera.

Con todo el amor que sentía por él, tomé su cabeza, enredando mis dedos en su cabello, acariciándolo con cuidado, como si fuese a romperse bajo la yema de mis dedos. Comencé a oír los gruñidos progresivos que soltaba tras ser víctima del hambre de mi boca afanosa sobra la suya, de mis labios capturando los suyos en cada tirón, de mis labios encarcelando su lengua en cada succión.

Hambre, no existía otra palabra. Hambre.

Sus brazos me rodearon y los míos a él, obligándolo a sostenerme cuando el peso del mundo me hizo caer sobre mis propias rodillas.

―Perdóname ―sollocé, mientras me afirmaba de sus brazos, percibiendo su fortaleza bajo la tela de su chaqueta.

―Vamos, no puedes estar aquí ―protestó―. Vamos a mi oficina, podemos conversar.

Y así sucedió.

Me llevó de vuelta a su oficina, cargándome nupcialmente. Se negó en todo momento a permitirme ejercer más movimientos. Indicó que en mi estado debía tomar más consideraciones y recibir la ayuda que me brindaban. No tenía fuerzas para protestar de todos modos, por lo que decidí ceder y dejarme llevar por los firmes brazos bajo mi cansada figura.

Tras llegar a la oficina, Levi me recostó en el sillón de inmediato. Volvió para cerrar la puerta, aunque no la aseguró. Se dedicó a ordenar sus enseres por un momento, mientras yo respiraba profundamente para tranquilizarme. Ya había pasado lo peor, el primer paso había sido dado, y había resultado perfecto.

Aun así, mi organismo no resistía las sobrecargas emocionales, y me preocupaba de sobremanera pensar en el día en que no pudiese sufrir ninguna, porque eso era imposible; pero significaba que podría poner en riesgo a Niiv. Suspiré pesadamente, obligándome a distraer mis pensamientos. Lo logré cuando Levi volvió para centrar su atención en mí.

Se hizo un lugar a mi lado, mientras me observaba atento, como si tras solo pestañear yo fuese a desaparecerme de su vida.

Tal vez así era, tal vez así lo sentía él.

Acerqué mi mano a su rostro y lo acaricié.

Me pregunté por qué tenía que ser tan injusta con él, por qué siempre tenía aquella actitud arrogante y dura, cuando él era la última persona que me traicionaría, aun si sus reacciones no eran las mejores, él siempre estaba ahí… siempre, siempre. Nunca se iba, y no pedía nada, absolutamente nada.

Aun cuando debía pedirme todas las explicaciones del mundo, aun cuando debía recriminarme el encuentro con Kenny Ackerman… nada de eso. Solo una pregunta genuinamente curiosa, y que no me hubiese esperado en un millón de años.

―¿Por qué Niiv? ―averiguó―. ¿Qué significa ese nombre?

Lo contemplé unos segundos antes de responder. Sus ojeras estaban más marcadas… pero ni eso, ni su palidez provocada por el cansancio podrían afearle algo. Era lindísimo así, tal y como estaba.

―Kenny ―comencé, con voz tenue y quebrada―… él dijo que tu madre había escogido ese nombre para ti en caso de que nacieras mujer― los ojos de Levi se dilataron ampliamente―. Creyó que sería significativo decírmelo… y yo, por supuesto, lo escogí. Espero que no te molest…

―En lo absoluto ―murmuró, observándome con preocupación y una expresión que siempre veía; aquella que era mía, que solo yo conocía.

Sostuvo mi mano, apretándola como si con ese gesto retribuyera sus carencias conmigo. Entonces lo recordé… vino a mi mente como una imagen fugaz.

Me removí en el asiento para hurgar en mis prendas. Y allí estaba. La carta de Kuchel. La llevaba conmigo constantemente, esperando el momento apropiado para entregársela, solo que hasta ese día no había llegado.

Con los ojos humedecidos, e intentando conservar la calma, le extendí el documento, aquel que debió leer hacía muchos años atrás, aquel que le había pertenecido por derecho y que Kenny Ackerman ingenuamente le había arrebatado en un afán por protegerlo, para que no supiese nunca de sus raíces. O sino, lo hubiese expuesto a la exhibición; lo hubiesen encontrado y asesinado.

Levi recibió el documento, y casi pude a imaginar a Kuchel de pie a su lado, sonriéndole, acariciándole el cabello, orgullosa de él…

Levi sostuvo la carta como si fuese un informe que había llegado recientemente de la ciudad; casi con despectivo desinterés, hasta que la leyó… entonces lo supo. Supo de quién era, y la leyó nuevamente con renovado interés.

Sus manos comenzaron a temblar mientras sostenía el añoso trozo de papel que podía deshacerse al ejercer exceso de presión, y sin embargo, no tuvo las fuerzas para destruirla. No era que hubiese querido de todos modos. Se trataba de que el golpe emocional que eso había significado lo había superado hasta lo impensable. Del mismo modo en que había sucedido conmigo tras enterarme de que mis padres habían perseguido un sueño conmigo: la idea absoluta de protegerme contra todo mal. Y ahora era el turno de Levi. Su turno de leer con sus propios ojos el esfuerzo de su madre y sus más profundos deseos, y no solo eso: el amor infinito que tuvo por él desde el primer momento.

Hubiese querido que llorase, porque era humano. Mas no lo hizo. Cerró los párpados con fuerza y respiro profundamente mientras seguía sosteniendo la carta en sus manos. No tardó en doblarla y guardarla en el bolsillo de su chaqueta.

Nuevamente su atención estaba sobre mí.

―Kenny me la entregó ―balbuceé torpemente―. No encontraba el momento para…

―Está bien ―Levi sostuvo mi rostro.

Sus ojos enrojecidos decían muchas cosas. Pero no lloró, desesperándome, haciéndome querer zarandearlo y reclamarle que era humano, que podía llorar, no era un error. Era inherente de todos nosotros, sentir, sufrir, extrañar, el dolor…

Quise hacer tanto más por él, y solo pude sostenerlo cuando cayó en mis brazos con resignación, para liberar un suspiro agónico.

―Gracias ―enunció en voz baja.

Mis brazos lo rodearon, y pequeños besos míos cayeron sobre su frente, consintiéndolo para mermar aunque fuese en una mínima cuota todo el dolor que debía clavar en su pecho.

―Levi ―llevé su rostro frente al mío para verlo mejor―, todo está bien.

―Perdóname por no reaccionar como hubieses querido ―me dijo, tragándose el orgullo a bocanadas.

―¿Eres estúpido?

―Lo soy, según tú ―fue sarcástico, mas no cizañero.

Me sonrojé suavemente al oír sus palabras, recordando las sandeces que le había gritado aquel día en la oficina de Hange.

―Yo también fui estúpida ―asumí, sonriendo débilmente―. No importa nada más… sé que no lo esperabas, digo, este bebé. Supongo que era natural que reaccionaras de ese modo. Yo tampoco reaccioné de la mejor manera: ocultándotelo. Hagamos que esto no sucedió y volvamos a empezar. Niiv nos necesita ―terminé susurrando.

Levi me observó unos segundos, para luego redirigir su atención hacia mi vientre y concentrar toda su vigilancia allí, en el pequeño bulto inofensivo. Por primera vez en mucho tiempo reparó en que estaba allí, y con la delicadeza de un sastre, retiró la tela de mi camiseta, desvelando a la luz la media luna que comenzaba a crecer cada día más.

Su mano tembló al acercarse para acariciarla, impidiéndole avanzar con pericia, por lo tanto, decidí ayudarle, cogiendo su mano para acercarla hasta mi abdomen con mayor confianza. Terminó relajando sus tensiones, abriendo la palma por completo para deslizarla sobre mi piel. Al verlo de ese modo, se me antojó como un niño curioso, como si intentase comprender cómo funcionaba todo eso, y a la vez, sentí que no podía creerlo, que no acababa de creerse que allí dentro un ser humano viviese y creciese sin límites.

Siguió acariciando todo a su paso, deslizando las manos por mi cintura, hasta reclinarse por completo para depositar besos sobre mi vientre, como una lluvia explosiva, rebosante de amor, de un amor que Levi jamás había conocido ni sentido hasta ahora, hasta ahora que juntos habíamos creado lo más hermoso, lo más perfecto.

Lo sentí enloquecer hasta que terminó haciéndome cosquillas. Y reí suavemente, a pesar de las lágrimas que caían incesantes por mis mejillas.

En cuanto me oyó gimotear, ascendió hasta mi rostro para besarme en los labios.

―Lo siento ―me excusé―. Esta niña me hace llorar más de lo usual.

―¿Y eso está mal? ―inquirió Levi.

No, no estaba mal. Aquello era inherente, no podía hacer mucho al respecto. Sin embargo evité decir algo más y como toda respuesta obtuvo mis brazos alrededor de su cuello, encerrándolo en un fuerte abrazo. Le había necesitado tanto, tanto como el aire, como el agua, como todo lo vital.

No obstante, Levi sí quería hablar, había algo que quería decirme, algo que estaba asfixiándole desmedidamente y no tardó en hacer efectivas sus palabras:

―Desobedéceme, Mikasa ―dijo―. Desobedéceme todo lo que quieras, pero no me mientas, ni me ocultes cosas. Porque prefiero saber que tomaste una decisión y que fui parte de ella, aunque estuviese en desacuerdo, a que me dejes en claro que mi opinión no te importa en lo más mínimo.

Aquello había dolido. Un puñal gélido clavando en el más austero orgullo, sentenciándolo a morir como condena de la vergüenza, de la soberbia, de todos los sentimientos que debían atacarme por mi tonta arrogancia.

Sabía que así sería, que siempre habría algo en lo que estuviésemos en desacuerdo, y yo haría de todo por llevar a cabo mis ideas. No podía atar mi propia naturaleza, y a raíz de ese pensamiento decidí que yo también tenía algo para decir.

―Tenemos que encontrar un equilibro ―hablé con seguridad, porque en ese aspecto me sentía más clara que nunca―. Somos una pareja formal ahora. Te necesito de mi lado. Si no caminas conmigo, asumo que caminas contra mí, y por ende terminaremos bajo el mismo trato si esa actitud persiste.

Levi se sostuvo sobre sus propios brazos, pendiendo sobre mi rostro, contemplándome atento y sorprendido ante mi discurso. Advertí, entonces, que le había pillado desprevenido.

Aquello que había revelado en mis palabras era lo que me había molestado en primer lugar, no su reacción, no que se preocupase por los peligros que nos rodeaban; todo aquello resultaba intrascendental cuando analizaba la integridad de nuestra relación. Teníamos que asumir que fuera de la Legión y sin el uniforme puesto, no éramos más que simples seres humanos. Durante la jornada de trabajo, él era mi jefe; al terminar, él era mi prometido, y como tal me debía respeto, honestidad y compromiso. Yo se lo debía del mismo modo.

Cuando estábamos solos nadie era superior ni inferior; él no era un simple hombre, él era mi compañero y yo su compañera. Pedir matrimonio no era un ritual al azar, significaba decirse: «estemos juntos toda la vida». Y tan solo quería que lo entendiese. Se lo expliqué, no dudé en hacerlo, atiborrándolo de palabras absolutas que él recibió conforme, porque sabían que era la verdad.

―Entiendo perfectamente― asintió―. No te pedí matrimonio porque me hubiesen ganado las pasiones momentáneas. Lo que interpretaste tú es lo que significa. No hay otra cosa que pueda decir ―encogió de hombros, manteniéndose serio.

Asentí con suavidad, mientras llevaba mis manos hacia su rostro para consentir sus mejillas con masajes insistentes.

―Sabes que no puedo prometerte nada ―dudó―. Toda esta mierda que nos rodea… me aterra pensar que uno de los dos pueda ser el mártir de esta guerra. Pero aun así, lucharé hasta el final, para que esta mocosa preciosa crezca sana y salva. Vamos a darle la vida que se merece. Yo entregaré mi vida para eso. Eso sí puedo prometerlo.

―Vamos a hacerlo ―aseguré―. Los dos.

Y el asintió vehementemente.

―Nos hemos apropiado del destino para siempre, Mikasa ―declaró―. ¿Te das cuenta?

―Y es todo lo que podíamos hacer, ¿no? ―sonreí.

Suspiró, aceptando nuestra realidad, por difícil que fuese. El perdón cayó sobre nosotros con dulzura. Y nos cubrió con un manto de protección que hacía nuestros lazos cada vez más irrompibles.

Fue cuando lo comprendí: Levi no quería disculparse, no del todo. Levi quería reclamar, como siempre; reclamar su derecho a tener algo que decir. Y eso estaba bien, se mirase por donde se mirase, porque yo también había exigido mi derecho a voz.

Levi recostó la mitad superior de su cuerpo sobre la mía y fue descendiendo progresivamente hasta hallar comodidad en mi regazo. Apoyó su mejilla contra mi vientre y se quedó allí, murmurándole cosas a Niiv, cosas que no alcancé a oír, porque sus susurros me hicieron arrullos, obligándome a dormir.

Y al despertarme a medianos intervalos descubrí que Levi se había dormido también. No dudé en peinar su cabello con mis dedos, para hacer su descanso más ameno. Su piel opaca y sus ojeras acusaban todo el trabajo que había cargado durante días, sumado a las preocupaciones que yo misma, absurdamente había ocasionado.

―Perdóname―musité, sin dejar de acariciarlo―. Perdóname…

―Sí que lo hará ―di un ligero respingo tras ver una manta caer sobre nosotros―. Él siempre lo hace.

―Hange ―mis manos quedaron pendiendo sobre la cabeza de Levi, y el sonrojo fue inminente.

―No digas nada, Mikasa. Descansen, les hace tanta falta. Perdona la intromisión, venía de paso, pero veo que sobro ahora mismo ―susurró para no despertar a Levi, y a pesar de que sus susurros eran exageradamente forzados, él no se movió ni un centímetro. Estaba cansadísimo.

Unos días más tarde, Levi asintió al control que Hange había agendado para mí. Y aunque insistí en que no tenía que hacer ese tipo de cosas, no pude revocar su decisión. Sé que tenía todo su derecho ―y deber― de presentarse en los momentos más relevantes del desarrollo de mi embarazo, pero con todo el trabajo que había por hacer, no podía perder tiempo. Mas él insistió hasta el final: no había manera de hacerlo cambiar de parecer… aquel apego que había crecido en mi interior hacia Niiv, ahora comenzaba a surgir en Levi, aunque por algún momento sentí que en él se hacía mucho más fuerte.

Y comenzó consentirla aun cuando todavía no nacía.

El grito que profirió Hange en medio de su laboratorio nos hizo pegar un brinco formidable. Estaba tan emocionada que no pudo evitar chillar y manotear al aire conmovida en cuanto vio a Levi entregarme una caja atada por un precioso lazo. Al abrirla, dentro de ella enfilados se hallaban zapatitos de todos los colores y diseños; preciosos zapatitos que parecían sacados de los cuentos de princesas que nos leía Armin en nuestra infancia.

―¡Muchas gracias, papi! ―chillaba Hange, tras quitarme la caja de zapatos y abrazarla.

Levi la fulminó con la mirada.

―Cuatro ojos, detén tu carnaval.

―¡Eres el mejor papi del mundo! ―y nada lograba sacarla de su ensueño―. Ven, déjame abrazarte ―se burlaba.

―Como oses a tocarme…―le amenazó con voz grave.

Aquel cuadro memorable me robó una sonrisa de ensueño, aunque con un deje de melancolía. Pensaba que allí dentro, en aquella oficina cálida con olor a madera, éramos felices. Empero, afuera… afuera existía el caos, la muerte, la guerra. Sabía que en tales condiciones era ineludible y lo que restaba era luchar hasta el final.

Me limité a abandonar mis cavilaciones, para abrazar a Levi y robarle un beso tras darme cuenta de que Hange había volteado para tomar algunos recipientes de su estantería. Agradecía enormemente nuestra capacidad de aplicar soluciones. Estaba orgullosa, ciertamente.

La felicidad era dura en aquellos días, pero no inexistente.

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Un par de semanas más tarde, el luto cubrió el panorama. Había fallecido un militar importante, un general que había estado a cargo de la corte marcial hacía tiempo atrás. Había sido el mejor amigo de Darius Zacklay y a su vez, su mentor; el único que se había tomado la ardua tarea de enseñarle todo lo que debía saber respecto al mandato. Se llamaba Gregor Durston, y Gregor había sido el anterior juez en la corte. Por lo tanto, resultaba evidente que había sido él quien le había confiado la noble labor a Darius.

No debía suponer un gran hito para la Legión, pero lo cierto era que el Comandante Erwin Smith tenía un rol importante dentro de ello. Él también era buen amigo de Darius, por lo que él, en conjunto con el Escuadrón de Operaciones Especiales, en nombre de toda la Legión, debía presentarse en la ceremonia fúnebre que se realizaría en una catedral lejana de la aglomeración, para que resultase más sobria y familiar.

Como consecuencia, la invitación llegó a mí de igual forma.

Como una manera de mostrar respeto y discreción, se encareció vestir ropajes de civil que no tuviesen colores extravagantes, ni mucho lujo, debía ser de la manera más simple posible, y sobre todo, no portar ningún tipo de armas, porque de lo contrario podía tomarse como una consigna agresiva y fuera de lugar para la ocasión.

La noche anterior a la ceremonia, pasé la noche junto a Levi. Amanecí como no hacía desde hacía bastante tiempo: plena. Me desperté al sentir su cuerpo presionar con el mío, su abdomen alineándose contra mi espalda, su mano aventurándose por mi cintura, hacia mis caderas para finalmente sobar mi muslo y apretarlo con cariño. Tras abrir los ojos, suspiré con alivio. Adoraba con fervor poder despertarme así y no con el temor de pensar que Levi no estuviese más a mi lado. Podía sentir su respiro a mis espaldas, el aire caliente chocando en mi nuca y entonces… un pensamiento fugaz se avecinaba: recordaba la carta de Kuchel. Y comprendía muchas cosas. Ahondaba en las descripciones que ella había realizado, sobre todo «el significado de despertar al lado del ser a quién amas», aun cuando alguna vez había pensado que eso jamás podría ocurrirme a mí.

Al despertarme esa mañana, me levanté para caminar hasta el tocador que Levi había adquirido para su habitación. Lo había hecho para que, cuando decidiese pasar la noche a su lado, pudiese mirarme en el espejo al día siguiente. Había sido un gesto muy agradable, aunque sentí que era invasivo de mi parte. No obstante, él lo hizo de todos modos, ignorado mis reproches.

Me senté frente al tocador y peiné mi cabello, intentando no demorar en la preparación del vestuario antes de partir camino a la ceremonia. Deslicé el cepillo con pereza, mientras respiraba profundamente, obligando a mi cuerpo a despertar. Tras contemplarme unos segundos, reparé en cuánto había crecido mi cabello: hasta llegar más abajo de mis hombros y cubrirme el pecho. Me quedé perpleja unos segundos, analizando la imagen y recordando como lucía mi madre. Resultaba doloroso y hermoso en la misma medida recordarla de ese modo.

Sin que pudiese percatarme, Levi se sumó a mi lado, apoyando su mentón sobre mi hombro y pegando su rostro al mío. Ambos miramos hacia el espejo, examinando el paralelismo.

―Esta niña será bellísima ―declaré con determinación.

―Tendrá a la madre más hermosa. No me cabe duda ―respondió Levi, sin dejar de mirarme a través del espejo.

―Tendrá al padre más bello. Tampoco me cabe duda alguna ―rebatí.

―Loca ―suspiró.

―Bello ―insistí, sin dejar de conservar la seriedad.

―Ciega.

―Si estoy ciega, entonces eres más bello de lo que alcanzo a percibir ―comenté, sosteniendo su rostro con mi mano, apegándolo más a mi cara, con la vista fija en el reflejo frente a nosotros.

Levi esbozó una pobre sonrisa, y luego giró su rostro para mirarme. Pude reconocer cada movimiento, porque no quité la vista del espejo, y desde allí fui testigo de la mirada penetrante que estaba dándome. Una que me hizo sonrojar e intimidarme.

Volteé a verlo también. Su rostro a un segundo del mío, tangible y tan irreal a la vez.

―Nunca he asistido a un funeral ―comenté.

―Nunca ―Levi frunció el entrecejo―. ¿Tus padres…?

―Cuando mis padres fueron asesinados, el doctor Jaeger se encargó de entregarles sagrada sepultura. Yo no asistí al funeral, porque no podía soportarlo. Los vi morir… yo los vi. Supongo que decidí que no quería ver más. Mas sí sé dónde están sepultados.

―¿Dónde?

―Cerca de la cabaña en que vivíamos; tumbas de piedra bajo un roble enorme. No los he visitado en años… pienso que tal vez me vería ridícula hablándole a un pedazo de piedra.

―¿Y? ―inquirió, con voz prepotente, como regañándome por pensar así―. Si quieres hacerlo, entonces deberías. Puedo acompañarte si lo precisas.

Volteé a verlo con grandes ojos de sorpresa. Nunca hubiese esperado que un momento como aquel llegase.

―¿No te sería incómodo? ―indagué, arqueando las cejas con timidez.

Tan solo la distorsión de su rostro contestó mis interrogantes. Asentí entonces, con vigor, para suavizar la situación.

―Está bien. Iremos, algún día.

Y tras un «sí» y presionar un beso contra mi frente, añadió:

―Toma un baño y vístete. O Erwin terminará odiándonos aún más por llegar tarde ―bromeó.

El Comandante Erwin Smith no nos odiaba; claramente no. Pero aquel dicho se había vuelto tradicional entre nosotros; un poco para distender la incomodidad y hacer más amena la interacción entre nosotros. De todos modos, con el paso del tiempo, aprendimos a sobrellevar mejor nuestra convivencia, e incluso, Erwin se acercó a conversar conmigo en extenso sobre las razones por las cuales había accedido a brindarnos su ayuda. Y en el fondo, cuando se examinaba en detalle, se podía determinar que era una sola: nos tenía aprecio, y aunque él no lo verbalizó en concreto, yo pude descifrarlo en el tono de su voz, sus miradas, y la sonrisa nerviosa que se escapó en medio de un diálogo protocolar y tirante.

Por inconsecuente que se oyese, los ánimos mejoraron tras la noticia del funeral. Esto porque las preocupaciones imperantes pasaron a segundo plano por un momento, y entonces toda nuestra atención se centró en la visita protocolar que realizaríamos. Una visita triste, pero un respiro dentro de toda la turbulencia que ahora afectaba al trabajo de la Legión.

A las diez de la mañana, y antes de partir camino a la catedral, me observé atenta en el espejo. Llevaba puesto un vestido azul oscuro, largo como un manto de noche, plisado y elegante. Una capa negra cubría mis hombros, y también mi cabello liso en el comienzo y con pequeños rizos en las puntas; rizos que Christa había decidido añadir. Durante aquella mañana decidí volver a mi habitación por un par de cosas, y Christa estaba allí conversando con Sasha. Se emocionó al verme usar un vestido tan refinado y me aseguró que llevar un peinado lo haría mejor. Luego, frente al espejo comprendí que un peinado, para Christa, incluía un poco de maquillaje también. No obstante, la añadidura perfecta provino del colgante de media luna y su piedra negra pendiendo de mi cuello, más el anillo de plata y piedra azul en mi mano.

Cuando me dirigí hacia el frontis del castillo, dispuesta a subirme a la carreta, observé con gusto la mandíbula de Levi caer, tras verme bajar los escalones y reseguir mi trayectoria, sin espabilar en ningún momento. Y también noté como sus ojos se clavaron en mi abdomen; la elección del vestido tenía un motivo: su diseño ocultaba a Niiv perfectamente. Y había sido idea de Christa.

Luego de sumarme al resto del equipo, el Comandante Erwin Smith me tendió su mano para ayudarme a subir a la carroza. Y tras ser yo la última a quien esperaban, emprendimos camino hacia la catedral.

.*.

La ceremonia había sido todo cuánto podía esperarse de un funeral; y aunque nunca antes hubiese asistido a uno, supuse que todos debían ser igual. El cajón negro estaba situado frente a toda la congregación, y un cura estaba dispuesto en el altar, hablando y hablando, consolando a los presentes con efímeras, pero tranquilizantes palabras. El Escuadrón de Operaciones Especiales se situó en la fila de asientos a la derecha; la posición estaba reservada para todos los militares. En la fila izquierda, se hallaban los familiares.

La catedral era enorme, tanto, que alzar la vista hacia el cielo provocaba un ligero vértigo. La distancia desde la entrada principal hasta el alzar era tediosamente espaciosa. La edificación contaba con extensas escaleras laterales que dirigirían a los palcos superiores. Los ventanales eran tan gigantescos como la puerta de ingreso, gruesos pilares sostenían toda la edificación, y por cierto, todo era luminoso y demasiado blanco.

La ceremonia se extendió lo suficiente como para agotarnos a todos. Vi a Auruo cabecear de sueño en diversas ocasiones, de no ser por los ligeros empujones que le daban Petra y Gunther intercaladamente. Yo sentía las piernas entumecidas tras el extenso sermón, y cuando todo finalizó, todo aquello resultó como un respiro.

El entierro se llevó a cabo por los familiares. Todos quienes pertenecíamos a las entidades militares nos quedamos en la catedral por un momento, a la espera de que el Comandante Erwin Smith diera la orden de marcharse. No obstante, se quedó conversando con un sujeto que no recordaba haber visto con anterioridad.

Y por cierto, vi muchos más.

Sujetos que merodeaban entre los pasillos, con la cabeza gacha y evitando mirar directamente a los demás. Se escabullían sigilosos, pretendiendo no estar allí, pretendiendo pasar desapercibidos, solo que no pude comprender de qué.

Me retiré hacia las afueras de la catedral, para encontrar a Levi discutiendo con el carretero. Había soltado a los caballos para que pastaran, y los animales se habían adentrado hacia una arboleda que rodeaba el sector.

―¿Qué sucede? ―me sumé al encuentro.

―Tendré que ir a buscarlos yo ―espetó Levi, con aquella capacidad de enojarse que yo había olvidado que poseía.

El carretero insistía en que no se había percatado del escape de los animales, y aunque los había buscado, no los había encontrado. Para hacer las cosas más expeditas, Levi decidió ir él mismo por los caballos. En cambio, prefirió dejar que su escuadrón se retirase en la carroza contraria que estaba lista. Decidió que nosotros podíamos esperar.

Hange, Erwin, Levi, Eren y yo, quedamos a la espera de los caballos de la carreta. Y aunque Eren podía irse con el resto del Escuadrón, prefirió quedarse con nosotros, puesto que quiso ayudar a Levi a traer los caballos de vuelta.

Y a mí todo eso se me hizo absurdo. Tan extraño, que un frío punzante recorrió mi columna de principio a fin, haciéndome estremecer.

«Los caballos de las carrozas siempre están preparados para su uso, ¿quién suelta a los animales a pastar en medio de un servicio?», me pregunté, mientras intentaba conectar las ideas en mi cabeza. Mi corazón se agitó violentamente, bombeando sangre con un flujo acelerado a modo de alerta.

Algo no andaba bien.

Me devolví hacia la catedral, intentando averiguar las razones de mi desequilibrio. Y frente al altar, Erwin Smith seguía conversando con aquel curioso sujeto. Fingí que teníamos prisa, que Levi le necesitaba. Ese era mi plan para sacarnos de ahí cuanto antes. Mis corazonadas, usualmente, tenían razón.

Mas una fuerza resistente me haló con fuerza, y terminé estampada contra el vértice de un pilar y un muro. Allí había sombras y no podía ver bien, pero sí podía oler… y reconocí el aroma perfectamente.

Su enorme mano cubría mi boca, mientras siseaba, exigiéndome silencio.

―No hables ―su voz temblorosa, su presencia misma en ese momento lo corroboraban todo: algo estaba mal.

―Kenny ―musité.

Movió su mano para tomarme de la mandíbula y hacerme prestarle atención.

―No se te ocurra cometer algún arrebato ―masculló―. Debes sacar a tu jefe de aquí cuánto antes, pero sin causar el más mínimo revuelo ―su voz trémula y sus dedos tensos en mi mandíbula me dejaron en claro que no mentía―. Ellos están aquí…

Mis ojos se desbordaron ante la inesperada noticia. Sabía lo que eso significaba…

Aquellos sujetos extraños merodeando el sector… la Facción… estaban allí. No podía decir si era un emboscada, o si simplemente había dado la coincidencia de que el funeral fuese la instancia perfecta. Pero había dado en el clavo, nos tenían rodeados.

―Si llegas a armar un alboroto, no te darán tiempo de escapar ―respiró intentando tragar abundante aire, pero sin resultar ruidoso―. Finge que todo está bien, pero ve y busca a Smith. Salgan de aquí ahora… yo voy a cubrirte las espaldas.

¿Cubrirme las espaldas?

Sus palabras me hirieron, dolieron gélidamente, porque eran las palabras de un asesino… pero las palabras de un asesino que se robaba mis pensamientos, que me hacía sentir en casa, que me hacía desarrollar un malsano sentido de pertenencia, un sentimiento familiar que creía olvidado.

Y el hecho de que él, siendo quién era, me ofreciese protección, significó la rotura instantánea de mi coraza de hierro.

Tomé su brazo con firmeza al sentir que se alejaba de mí y le contuve por un momento más:

―¿Cómo lo supiste, Kenny? ―murmuré jadeante por todo el asombro.

―Podremos conversarlo en otra ocasión ―me sonrió, y al mismo instante desfiguró el rostro para observarme con total preocupación y severidad―. Ve ―insistió.

Desapareció entre las sombras, valiéndose de su lánguida figura, dejándome aquel enorme desafío entre las manos. Me mantuve resguardada tras el pilar unos segundos, y luego volteé a mirar hacia el altar. Allí estaba el Comandante Erwin, a su lado se había sumado Hange.

Apresuré mi andar, mas no demostré ansiedad. Articulé los movimientos con determinación, sin embargo, intentando mostrar una postura desinteresada que no develase los desaforados latidos de mi corazón.

Al llegar al lado del Comandante, Hange fue la primera en reparar en mi presencia. Y ella me conocía bien, tanto, que me escrutó con interés y algo de preocupación. Erwin permanecía inmerso en la conversación con aquel sujeto, ignorando por completo mis primeros llamados que luego fueron acompañados por los de Hange. Espabiló tras unos segundos, y me dirigió una mirada aprensiva luego de verme allí tan cerca de él, halando de su abrigo.

―Comandante, es hora de partir ―declaré con un tono firme y exageradamente protocolar, de modo que pudiese percibir la segunda connotación en él.

Erwin me observó confundido, arrugando el ceño y encorvando sus espesas cejas. Hange intentó ayudar y le indicó que debíamos seguir trabajando.

―Señor ―se dirigió al sujeto―, me parece que esta conversación deberá tener lugar en algún futuro.

Luego de despedirse cordialmente, Erwin bajó los escalones del altar, haciendo bailar la capa que llevaba tras sus hombros. Y sin embargo, aunque junto a Hange le seguimos los pasos, la voz del sujeto nos detuvo a todos.

Nos dimos cuenta también: las puertas de la catedral estaban cerradas y diversos hombres vestidos con uniformes militares, que no pertenecían a ninguna de las tres divisiones, rodearon el área, portando armas en sus manos. No eran muchos, pero nosotros no teníamos ni un arma al alcance, nada con qué defendernos.

―Erwin Smith ―dijo el sujeto, haciéndonos voltear a los tres al mismo tiempo.

Y antes de que pudiésemos haber hecho algo, un grupo de tres sujetos traían, amordazado y con un arma en la cabeza, a Darius Zacklay. Gregor Durston estaba ahí, provocándonos a todos una agitación dolorosa; lo sé, porque percibí los jadeos de Erwin y Hange, y al voltear a ver sus rostros, el terror había hecho lo suyo.

―Thomas Olsson ―replicó Erwin Smith ―, ahora lo entiendo.

Y yo también lo entendí: Thomas Olsson era el nombre del líder de la Facción; Erwin lo había sabido tras su extensa charla. Y Gregor Durston, al haber sido partícipe del anterior mandato de la Corte Marcial, evidentemente había participado de la toma de decisiones de la cacería del clan Ackerman. Todo se conectó vertiginosamente. Gregor había fingido su muerte, y de seguro estaba castigando a Darius por sus actos de humildad con Erwin Smith.

―Erwin, honorable Erwin. Quién hubiese pensado que tu honor sería el responsable de terminar con tu vida ―habló sarcástico, duro y belicoso―. Todo por defender a un lacra; a un adefesio parido desde el mismo infierno ―y de pronto sentí su mirada filosa sobre mí.

No dudé en fruncir todo el rostro, enseñando mi recelo y mi furia. No dudaría en combatir de ser necesario.

―Lamento estar en desacuerdo con esa proclama ―indicó Erwin, intentando ocultar por todos los medios su alboroto interior, y de cierto modo, lo hizo por no alterar el ritmo de las cosas. Podían acribillarnos ahí mismo si lo querían. Erwin estaba moviéndose lentamente para no llevar las cosas más lejos.

―Claramente ―enunció el sujeto―, recibes a toda la mierda que sobra para reclutarla en tu Legión: un criminal repugnante que viene del pútrido subterráneo ―en un impulso, avancé contra el sujeto al saber que se refería a Levi, pero Erwin me detuvo―; un titán, un enemigo de la humanidad, un monstruo; y por cierto, una zorra ―dijo, indicándome con un gesto de su cabeza―. ¿Crees que el vestido ayuda a ocultar el hazmerreír que traes ahí abajo, perra Ackerman?

―Creo que están confundidos ―Hange intentó, pobremente, de resolver la situación.

Sin embargo, la silenciaron con un golpe que no vio venir. La azotaron con un brazo, lanzándola al suelo… rompiendo sus gafas.

―¡Hange! ―intenté ayudarla, pero antes de que intentase acercarme a ella, posicionaron el cañón de una escopeta contra mi mandíbula.

―Los días de gloria se terminaron, Smith.

―Gregor ―indicó Erwin, ignorando el discurso de Thomas Olsson, haciendo fruncir los labios de furia―, ¿por qué?

La pregunta era sencilla, pero la respuesta lo era todo.

―Porque debía evitar que todo esto se fuera a la mierda por los caprichos de tus consentidos.

La catedral crujió y tembló, haciéndonos espabilar a todos por un momento. Los hombres que habían estado armados custodiando las puertas ya no estaban ahí, comenzaban a retirarse del lugar. Y no debía ser de ese modo, no podía creerme bajo ningún punto que fuesen a dejarnos escapar.

Entonces, un trueno resonó, vibrando a través de los muros de la estancia, generando un eco tenebroso e intimidante.

Un trueno grave, oscuro.

Un trueno que logré reconocer de inmediato.

―¡Comandante! ―exclamé, alertando a Erwin, pero él no me miraba. Su rostro estaba fijo en un ángulo hacia arriba, con los ojos ensanchados por el asombro.

Por acto reflejo, miré en la dirección que él tanto contemplaba. Y entonces lo vi.

Medía unos tres metros, así que era pequeño para todo lo que habíamos visto. No obstante, no menos peligroso. Su boca enorme y su mirada terrorífica eran la sinonimia de un inferno sobre la tierra. Era un titán ágil, uno que pensaba, como todos los titanes ágiles y que estaba a la espera de sus órdenes.

―Dijiste que los titanes eran monstruos ―Erwin quiso conservar su entereza.

―Para ti. No dije que para mí lo fuesen ―indico Thomas―. No voy a matarlos con simples balas que puedan esquivar, les dejo el desafío de enfrentarse a mi mejor arma.

Y por primera vez en aquel momento, Erwin Smith se movió. Volteó tan rápido como se lo permitió su fornido cuerpo, y me gritó, desfigurando su rostro:

―¡Corre!

El tiempo se volvió intrascendental, irreal.

La sangre bombeaba en mis oídos, tamborileando estridente, bloqueando mis sentidos, mientras el pasillo de la catedral parecía cada vez más extenso.

El titán saltó, brincando en el aire con tanta energía que pudo anteponerse en mi camino. Yo era el objetivo, y la bestia no descasaría hasta cerciorarse de que aquel día fuese el último de mi vida.

El suelo de la catedral era de un material suave y resbaloso. Los zapatos de suela plana se convirtiendo en mis enemigos cuando intentaba correr, desequilibrándome y haciéndome trastabillar, quitando tiempo vital para que pudiese escapar del lugar.

El titán dio puñetazos al suelo, puñetazos que intenté esquivar, fallando en algunos que me botaban a causa del rebote de los mismos. Las caídas terminaban en violentos rodamientos que eran la única medida que podía utilizar para alejarme rápidamente del agarre de la mano gigante y ansiosa que, expectante, esperaba un descuido para estrujarme en su palma.

Erwin Smith y Hange intentaron combatir contra algunos de los sujetos de la Facción que estaban ahí, intentando defender a su mascota. Las miradas que escaparon fugaces me entregaron el panorama: no era esperanzador. Ambos se habían hecho con un par de armas que habían recogido del suelo, de algunos cadáveres resultado del arrebato del titán; el monstruo los había terminado aplastando. Hange aún estaba aturdida por el golpe, pero a cubierto tras una silla volteada, parecía luchar con todo su ímpetu. Y aunque mi desesperación quiso llevarme de vuelta a ayudarles, sabía que mi único objetivo era llegar hasta la puerta de la catedral.

Cerré los ojos con fuerza, dejándolos atrás, con el dolor clavando en mi pecho.

Seguí adelante.

El titán ágil era veloz, mas todo el inmobiliario de la catedral se volvió un obstáculo para un ente de tan solo tres metros. En diversas ocasiones, resbaló con el mismo piso que me botaba a mí, y se enredó con las hileras de sillas de madera, reponiéndose de inmediato, sin dejarme ni un solo segundo de ventaja.

Sin embargo, todo dejó de importar. Todo se volvió vertiginoso en el momento en que consiguió cogerme de la capa para tomarme y azotarme contra los palcos superiores. Y lo peor de todo, fue ser testigo de cómo aquel ser consciente atrapado en un cuerpo deforme estaba disfrutando con todo aquello. Me sostuvo frente a sus ojos un momento; supe que no sería rápido, entendí que lo haría lento, doloroso. Alzó la mano en el aire para darme fin con un azote firme contra el concreto.

Antes de que se consumase el desenlace, antes de que pudiese ver el suelo contra mi rostro por última vez, percibí una estela fugaz atravesar el aire, oí el ruido estruendoso y el brillo del relámpago enceguecedor que detuvo mi caída.

Todo sucedió muy rápido, y tras el haz deslumbrante, mantuve los ojos cerrados en todo momento. No sentí la caída, no sentí tampoco que me alzaran, y la curiosidad fue más fuerte. Para cuando volví a abrir mis párpados, di un respingo ante la impresión; mi corazón se agitó violentamente, mi abdomen comenzaba a doler.

El titán de Eren estaba sobre mí, actuando de escudo protector. Yo estaba en el suelo, sentada. Eren me había situado con una delicadeza inconmensurable.

―No la toques ―masculló la enorme figura; una voz profunda y grave.

―¡Eren! ―exclamé, por poco desgarrándome la garganta ante el impacto.

Era la primera vez que oía a su titán decir algo.

Su cuerpo se había desenvuelto en un tamaño más pequeño. Tal vez cuatro metros o cinco. Cabía dentro de la catedral gateando, encorvándose y chocando contra todo. Los reflejos involuntarios producto de la incomodidad que estaba experimentando, propiciaron los derrumbes que comenzaron poco a poco.

No tardé en comprender que si no salía de ahí, iba a morir.

Eren me observó severamente, mientras aquel otro titán jadeaba expectante ante la aparición de Eren en la escena. No se atrevía a tocarle, como si le temiese, o más curiosamente aún, como si le respetase. Intercalé vistazos entre el enemigo y Eren, intentado hallar mi cordura en medio de todo ese caos despampanante, que me atiborraba de aturdimiento.

―Mikasa, vete ―me dijo, haciéndome espabilar y estrujando mi corazón con su determinación―. Vete ahora.

Mi rostro se desfiguró al darme cuenta de lo que pretendía hacer.

―¡Eren! No se te ocurra ―grité desesperadamente.

―Vete ―insistió―. Salva… tu hija.

Había dolido. Pero sabía que así debía ser.

En mi desesperación, miré en todas direcciones buscando algo con qué defenderme. Pero allí, bajo una catedral a punto de derrumbarse, sin armas, sin la fuerza que me era característica, y con un bebé en mis entrañas, supe que no podría hacer nada.

Reuní mis últimas fuerzas, y me puse de pie cuanto antes para salir corriendo. Al moverme, noté que había alcanzado a sufrir un golpe a la altura de mis costillas, que me hacía tambalear de tanto en tanto. Apresé mi abdomen entre mis manos con temor, intentando de aquella pobre manera proteger a mi hija si tras mis inútiles intentos de mantenerme en pie terminaba cayéndome de todos modos.

En cuanto me alejé de la escena, Eren se abalanzó sobre el titán ágil para luchar contra él. Los trozos de concreto comenzaron a caer del cielo como lluvia, una lluvia asesina y peligrosa que a cada escombro que caía destruía el suelo, haciéndolo trisarse, destruyendo su belleza.

Deambulé en zigzag, escapando a cada trozo de murallón que atentaba contra mi existencia; brincaba de un lado a otro, viendo como parecía que la salida se hacía cada vez más lejana. Y los titanes luchando dentro de la catedral no hacían más que empeorar la situación con los golpes estruendosos, los rugidos, el forcejeo.

No tardé en concluir que el edificio iba a desplomarse, y si nos salíamos de ahí, íbamos a morir todos. Para ese entonces, no pude determinar dónde se encontraban Erwin y Hange… tampoco supe qué sucedía a las afueras de la catedral. Mi única preocupación se volcó sobre mi hija y qué tanto importaba que yo saliese de aquel lugar de inmediato.

De pronto, oí disparos.

No solo el ruido tenebroso del concreto resquebrajándose, sino disparos de último minuto; aquellos que quise evadir sin dejar de zigzaguear. Traía la capucha de la capa puesta, cubriéndome del polvillo molesto. No tardé en darme cuenta de que los disparos iban dirigidos a mí, en cuanto percibí los zumbidos volar fugaces a mi alrededor, incluso percibiendo las ráfagas por los costados de mis oídos.

Entonces, mi cuerpo fue empujado. Rodé violentamente, mas mi abdomen se mantuvo a salvo gracias a la presión de otro cuerpo. No obstante, ese otro cuerpo recibió el disparo que estaba dirigido a mí.

No podía abrir los ojos. Sentí cómo me arrastraron hacia un lugar en específico, entonces pude ver de quién se trataba.

―¡Kenny! ―chillé, tomándolo de los hombros. Estaba aturdido y con la mano presionaba la herida que la bala le había producido en la cintura―. ¡Estás herido! Vámonos de aquí, ahora.

―Estás loca, mocosa ―rio amargamente―. Siempre he estado preparado para morir.

―¡No! ―persistí, arrastrándolo con fuerza, que no fue suficiente―. Vamos, no puedes rendirte.

―¡Vete a la mierda, ahora! ―me gritó, exasperado, zafándose de mí y empujándome hacia la salida―. ¡Vete!

Mis piernas temblaron, mi corazón ardía, clavaba, mi pecho se contraía hasta doler, mi garganta me asfixiaba. No tenía fuerzas para luchar, en mi estado todo era peligroso para mí. No hubo manera de poder sobrellevar la situación. Si seguí allí, Niiv y yo íbamos a morir.

Mis manos se aferraron a la chaqueta de Kenny Ackerman una vez más y lo sostuvieron con fuerza:

―Te perdono, Kenny. Pero ven conmigo ―insistí.

Me tomó del cabello con fuerza, apretándolo a causa de los nervios y besó mi frente con torpeza.

―Dile a Levi que me perdone.

Y partió, corriendo, jadeante y aun así, valiente. Luchando y disparando contra los hombres de la Facción que se habían quedado para cerciorarse de mi muerte.

Lo observé por última vez…

Y abandoné el lugar a toda velocidad, corriendo al ritmo que mis dolores me permitían. No hubo momento más tranquilizante que cuando me vi salir de la puerta para bajar los escalones hacia los jardines de la entrada. El carretero estaba muerto, no había carreta. No había nada.

Volteé sobre mi hombro para mirar hacia atrás y fui testigo de cómo el edificio comenzó a derrumbarse pieza a pieza, haciéndome gritar ante el impacto de saber que la gente que quería estaba allí dentro.

El silbido potente me hizo espabilar y reconocí a Levi, corriendo en un caballo de vuelta a la catedral. Sus ojos ensanchados fueron la evidencia del momento en que dimensionó lo que estaba sucediendo.

Y no nos dieron tiempo de pensar. Los disparos volvieron a oírse vigorosos, sin pausa.

Eché a correr nuevamente. Rápido, vertiginosamente.

Levi avanzó hacia mí a toda carrera, extendiéndome un brazo, y yo me abalancé hacia él. Fugaz, como los mismos balazos, llegó hasta mí y me tomó del suelo en un solo movimiento para subirme al caballo junto a él y escapar del lugar. Me obligó a vestir la capucha de la capa que había terminado resbalándose de mi cabeza y él vistió la suya.

Volví a mirar hacia atrás por última vez; Thomas Olsson y sus hombres nos disparaban.

―¡Qué no escapen! ―y parecía que los pulmones iban a salírsele por la garganta―. ¡Que no escapen, inútiles de mierda!

Lo último que vi antes de que huyésemos del todo, fue la catedral caer como una cascada hasta volverse un montículo en el suelo.

.

o*o*o*o

.

El derrumbe devastó a la edificación por completo. No quedó un solo pilar en pie, y el silencio que precedió a tan impresionante tragedia, resultó ser sepulcral. Una nube de polvo denso se había formado sobre el montículo de escombros que permanecía amontonado en el suelo, y el viento que soplaba a ratos no hacía más que esparcir la nube, haciendo el aire difícil de respirar.

Thomas Olsson se quedó de pie mirando los resultados del espectáculo. Llevaba una pipa en la boca, y un pergamino en sus manos forradas por guantes de cuero. Uno de sus hombres apareció tras sus espaldas, nervioso. Sabía que Thomas estaba enfermizamente furioso, que no había nada más que odiara excepto los fracasos; y ahora, Mikasa Ackerman y Levi Ackerman seguían con vida, y peor aún, su engendro. El pergamino que portaba era el acta de confidencialidad que habían firmado para el rey, y allí estaba adscrito el precio de las cabezas de los Ackerman. Aún había mucho trabajo por hacer, sobre todo porque jamás hubiese creído que Kenny Ackerman, aquel vejestorio decrépito, iba a entrar en acción.

―Señor ―la voz del hombre vibraba con temor―, órdenes.

Thomas Olsson alzó la cabeza con pedantería y, con el desdén de quién mira por sobre el hombro, escrutó a su subordinado.

―Es hora de retirarnos ―masculló, volteando dispuesto a retirarse, mas antes de partir añadió―: Pensaba que Nile Dawk se había deshecho de ese sujeto, Kenny Ackerman. Nile Dawk va a pagármelas muy caro.

Y se alejó, dispuesto a distender su enojo para pensar con frialdad y formular un plan más efectivo.

.*.

Debió pasar al menos media hora desde el incidente. Los hombres de la Facción seguían merodeando el perímetro, mientras se dedicaban a remover los escombros con el fin de recuperar el cuerpo de aquel titán ágil. Tal vez aún estuviese con vida. Los titanes ágiles se caracterizaban por ser, como en el antiguo mundo se conocían, kamikazes, de cierto modo. Los kamikazes se jugaban la vida, rodeando sus cuerpos de explosivos y en caso de ocurrir lo peor, se suicidaban, explotándose a sí mismos con todos a su alrededor. Los titanes ágiles eran seres humanos suministrados por el mismo suero que todos los titanes, con una ligera modificación que les permitía tener consciencia. No podían volver a ser humanos, como Eren. Se quedaban así para siempre, y por ende, recordaban a aquellos soldados que entregaban su vida definitivamente. Lo hacían por una causa, se convertían en armas, y asumían que algún día deberían morir.

Aquel titán que había atacado en la catedral era un buen titán, como solía decirle Thomas Olsson. Y la recuperación de su cuerpo tan solo se debía al hecho de que buscaban la posibilidad de reanimarlo. No obstante, tras darse cuenta de que la nube no era de polvo, sino el humo proveniente del cuerpo del titán, perdieron toda esperanza.

Y reanimaron todo temor al ser testigos de cómo los escombros comenzaron a removerse. Eren Jaeger seguía con vida.

Sus gruñidos monstruosos alertaron a los hombres que corrieron a ponerse a cubierto con las armas en mano.

Eren abrió los ojos y notó el desastre a su alrededor. Mas inmediatamente quiso cerciorase de que su cometido se hubiese cumplido. Había anticipado el derrumbe, y justo antes de que ocurriese, había logrado morder la nuca del titán hasta matarlo. Cuando el techo comenzó a volverse muy pesado en su espalda, intentó oponer resistencia. Tras mirar al suelo, vio al Comandante Erwin Smith y a Hange Zöe, heridos en el suelo, intentado resguardarse.

Alzó su cuerpo con fuerza, provocando que los hombres diesen un respingo violento y soltasen disparos al azar. Entonces, comprendió que la situación no era favorable y decidió moverse con mayor cuidado. Al mirar el hueco que se había formado en el ángulo entre su abdomen y el suelo, vio a Erwin Smith y Hange sanos y salvos.

Supo que debía irse cuanto antes.

No obstante, había hecho algo más. Y tras levantar la palma de su mano y ver la cueva protectora que había creado, se preguntó por qué lo había hecho, qué motivos había tenido. Sin embargo, no obtuvo respuestas. No de momento y era imposible quererlas siquiera. Se contentó con saber que había hecho bien, o eso pensaba.

Para que no lo viesen tomar nada del suelo, se recostó nuevamente, causando incertidumbre en los hombres que cautelosos decidieron comenzar a avanzar.

En aquel momento contempló a Erwin Smith, quien apenas lograba abrir los ojos con desconcierto.

―Suba ―el eco de la voz de Eren pasó desapercibido como un rugido del viento, mas Erwin Smith logró comprenderlo a la perfección.

Se encargó de tomar a Hange, para levantarla, así de atolondrada como estaba y hacerla subir hasta el hombro de Eren para resguardarse en su cabello. Hange berreaba incoherencias, destacando insistentemente que no quería morir, que tenía frío y que estaba asustada. Erwin musitó que se calmara y la tomó en brazos para ayudarla a subir.

―¡Hay personas vivas! ―un hombre que se había acercado lo suficiente, los había descubierto―. ¡Que no escapen!

La alerta había sido dada. Eren comenzó a desesperarse, y Erwin Smith le dijo que no desesperase. Apenas estaba terminado de subir a Hange a sus hombros.

―Hange, ¿puedes afirmarte? ―Erwin inquirió presuroso.

―Sí, está bien ―ella contestó, trémula.

Entonces, Erwin Smith hizo acopio de todas sus fuerzas para darse impulso y subir al titán. Una vez que Eren se cercioró de que ambos fuesen seguros en su cuello y cabello, comenzó a distender sus músculos para moverse y salir corriendo. Dio una última mirada a la palma de su mano, mas ignorarlo, de momento, era lo mejor que podía hacer.

Comenzó a andar en sus cuatro extremidades, removiéndose para librarse de los escombros, usando sus manos para darse impulso de vez en cuando y poder erguirse del todo.

Y las ráfagas de disparos no tardaron en llegar, clavando absurdamente en su cuerpo gigantesco que no parecía inmutarse ante el ataque. Oyó los gritos de los hombres gritándose órdenes, protestando ante el nuevo fracaso que tenían en escena: el titán de Erwin Smith se les estaba escapando.

Eren consiguió escapar, corriendo a toda velocidad, haciendo que Hange y Erwin rebotasen sobre su cabeza, mientras intentaban aferrarse a las enormes hebras de cabello.

―¡Yahoo! ―exclamó Hange, quién de pronto había recuperado toda su entereza.

―¡No es momento para…! ―los botes que daba el cuerpo de Eren, no le permitieron a Erwin continuar.

Estaban a salvo. Y era todo cuánto podía importar.

.*.

Eren los llevó a una colina lejana de todo aquel lugar. Estaban a pocos minutos de llegar al castillo, mas fue necesario efectuar una parada previa, puesto que Hange estaba herida. Había perdido mucha sangre, pero Erwin Smith había entrado en acción de inmediato haciéndole un torniquete en la pierna, lugar donde se hallaba su herida.

Hange parecía más tranquila entonces. Sin embargo, lucía terrible. La mirada perdida sobre las flores regadas en la hierba, y Erwin Smith a su lado no se veía muy diferente. Los dos en trajes, sin embargo, sucios, cubierto de polvillo, sangre y sudor. Habían conseguido defenderse hasta el final.

Eren atisbaba hacia las lejanías, valiéndose de su altura para asegurarse que no hubiese nadie alrededor, o que hubiesen conseguido seguirles. Mas no parecía el caso.

―Eren, si quieres que te saquemos de allí, debes pedirlo. Todo esto ha sido una tragedia, pero estamos a salvo y necesitas descansar ―sugirió Hange.

Pero Eren sabía que el castillo aún estaba lejos como para llegar a pie, y tampoco quería arriesgarse a quedar totalmente desarmado. Si al menos, en su forma de titán, ya era un arma en sí mismo. Negó repetidas veces con su cabeza, volviendo a mirar hacia el horizonte. Erwin comprendió que no solo buscaba enemigos en las cercanías.

―Mikasa debe estar a salvo ―comentó el Comandante―. Alcancé a notar que escapó. Debemos confiar en ello y volver al castillo.

El enorme titán bajó la mirada, en un gesto extrañamente melancólico, si así pudiese definirse. Mas al cabo de un segundo, recuperó su semblante tirano y malicioso. Tomó a sus superiores en las manos para echárselos a los hombros y partir camino al castillo.

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o*o*o*o

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Levi llevaba el caballo a toda rapidez. Y tuve que intervenir a mitad del camino para indicarle que no me sentía bien, y que los movimientos del caballo me hacían empeorar. Entonces, disminuyó la velocidad hasta lograr una cabalgata suave a ritmo de paseo. Mi cabeza martillaba violentamente y mi bajo abdomen dolía, como si fuese a venirme el período. Sentí temor en primera instancia, pero tras recibir diversas caricias por parte de Levi, y palabras de aliento, el malestar comenzó a hacerse más llevadero.

Nos llevó camino al lago de hacía tanto tiempo atrás; aquel que habíamos visitado en aquella noche de insomnio en que nos bañamos allí y saldamos nuestra relación, y que frecuentamos en otras ocasiones para darnos un relajo.

La primera y última vez que había cabalgado con Levi de esa forma, había sido en aquella misión donde pasamos la noche juntos a la intemperie. Levi me contó de su vida, encendimos una fogata y miramos las estrellas. A la mañana siguiente, mi dolor de cabeza tras la caída que sufrimos, no me permitió cabalgar, por lo que decidió llevarme consigo. Aún recuerdo el momento en que abrí los brazos, cargando mi cuerpo contra el suyo, y el viento soplando en mi rostro.

Y ahora ocurría del mismo modo.

Él salvando mi vida, como tantas otras veces.

Al llegar al lago, me bajó del caballo en brazos y me cargó hasta un tronco donde pude tomar asiento. Se arrodilló frente a mí y comenzó a revisarme desesperadamente.

―Estoy bien, Levi ―protesté, ante su agonía―. Estoy bien, te digo que estoy bien.

Sus labios se estamparon contra los míos violentamente, callándome. Finalmente me abrazó.

―¿Aún te duele algo? ¿Cómo está Niiv? ¿No estás sangrando? ―exigía mientras revisaba mi vestido.

Tomé su rostro entre mis manos y le ordené mirarme fijamente.

―¡Levi, estoy bien! Ya estoy mejor ―señalé.

Jadeó con preocupación y se permitió tomar oxígeno por primera vez en todo ese tiempo. Aferró sus manos, que estaban una a cada lado de mi figura, al tronco, y oí el viejo madero crujir por la fuerza aplicada.

―¿Qué mierda está pasando? ―inquirió, con un tono agresivo que no estaba dirigido hacia mí, sino que mostraba su frustración, su ira, su infinita preocupación.

―La Facción ―contesté sin chistar―. Nos encontraron ―gimoteé, tomándome el abdomen tras una pequeña punzada.

Levi volvió a desesperarse sin saber qué hacer. Su atención estaba dirigida totalmente hacia mí, pero era consciente de que él era un soldado, y que su honor y responsabilidad eran agentes imperantes al momento de decidir. Sabía que Erwin y Hange se habían quedado atrás. No sabíamos si vivían o si habían muerto, y solo quedaba volver castillo para estar a salvo. Levi no tuvo otra opción más que establecerme como su prioridad, y valoré enormemente cómo reunió el valor para hacer eso. Él no supo cuánto.

Necesitaba calmar mis nervios y el pánico que me había atacado de pronto. Por ende, Levi decidió que lo mejor para mí era tomar un baño en el lago. El sol había tocado el agua durante toda la mañana, proveyéndole de una temperatura agradable. Serviría para relajar mis músculos y distraer mi mente de lo que acababa de suceder. Debía ser así imperantemente. Porque los nervios estaban haciéndome daño… a mí y a Niiv.

Mientras flotaba en el agua, miré al cielo y me concentré en las manos de Levi que limpiaban mi cuerpo del polvo y el sudor. Sus manos se paseaban por mis piernas y mis caderas. A ratos, me acariciaba asegurándome que todo iba a estar bien. Y en ocasiones, me sonreía, aunque suavemente, para crear una atmósfera aletargante que mermara mis inquietudes.

Entonces recordé a Kenny Ackerman.

Me enderecé de inmediato, flotando frente a Levi quien me contemplaba absorto.

―Kenny salvó mi vida ―musité, mirándolo, con la angustia desbordando de mis ojos.

Y esa oración encerraba un significado tan potente como trascendental. Levi se quedó en silencio, manteniendo su estoicismo, mas sus ojos siempre develando su verdadero sentir.

No necesité decir nada más. Levi lo había entendido.

Me besó suavemente.

Kenny quería perdón. Levi le había dado su perdón.

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o*o*o*o

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No sabía que motivos había tenido. Pero le había salvado la vida.

Kenny Ackerman había conseguido escabullirse entre los escombros para que no lo encontrasen. Presionaba contra su reciente herida un trozo de tela que había rasgado de su propio pantalón. El dolor lo hacía permanecer encorvado y caminando a un ritmo sereno, con algunas turbulencias en su trayectoria.

Se había despertado en el momento en que la enorme mano del titán se había levantado para descubrir su figura en el suelo. Y no había sido mera casualidad. Kenny estaba seguro del momento en que el gigante había llevado su mano hasta él. En un principio pensó que iba a matarlo, aplastándole. Sin embargo, cuando se dio cuenta de la cueva protectora que había creado para él, entendió que matarlo era lo último qué pensaría hacer. Y no entendía él por qué.

Mas creyó que Mikasa Ackerman tuviese que ver en ello.

Recordó como el titán lo había mirado antes de irse, como indicándole que debía huir por las suyas, puesto que no haría más nada por él. Y también, a modo de cuestionarse si aquella era la decisión correcta.

De momento, Kenny aprovechó su oportunidad. Corrió hacia el bosque más cercano para esconderse y lograr llegar a zona segura. Su taberna favorita era un buen lugar. Un vino caliente era una buena opción.

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o*o*o*o

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Levi:

Lo primero que leerás de esta carta es eso precisamente: tu nombre. Y tal vez te preguntes por qué quise llamarte así. Vamos paso a paso. Aunque creo que no tengo mucho tiempo para explicártelo y, de hecho, no podré hacerlo en un futuro. Por lo tanto, he decidido dedicarte estas líneas, las últimas de mi vida, porque las mereces y, cielos, tú te mereces tanto más.

Levi, voy a morirme. El asunto es tan concreto como eso, no hay manera de decirlo de forma más sutil, y aunque intentase sería mentirte, y siento que llevo mucho tiempo mintiéndote, construyéndote una vida a base de inventos de último minuto para hacerte feliz. Pero eres tan astuto, tan vivaz… te has dado cuenta de todos modos de cómo coexistimos en este mundo enfermo.

Hay muchas cosas que quiero decirte antes de irme, cosas que no quiero que te quedes sin saber.

La primera de ellas es que nunca te esperé, y sin embargo resultaste ser todo cuanto quería. Desde que supe que te llevaba en mi vientre fue que te quise, no dudé nunca de ello; quería tenerte con tanto afán. Perdóname si no resultó como lo esperaba, perdóname si sólo fue el capricho de una madre joven repleta de ilusiones. Todo fue por amor.

Muchas veces sufrí por no poder darte lo mejor, sufrí por verte con los harapos que cubrían tus consumidas extremidades, y más sufrí al verte tan delgado. Pero te quería vivo, te quería conmigo y luché, atreviéndome a arriesgar todo lo que tenía por ti. Haz de saber que una madre es capaz de hacer «cualquier cosa» por sus hijos, y yo he hecho «cualquier cosa» para verte sano y salvo, y «cualquier cosa» me está matando ahora. ¿Cómo podría luchar tanto por la vida y perderla al mismo tiempo?

Todo ha sido por ti. Por ti y tus preciosos ojos azules, por ti y tus mejillas de querubín, por ti y tus manos pequeñas y blanquecinas, por ti y tu suave voz, por ti y tu pura existencia, que a su vez me ha mantenido con vida a mí.

Extrañaré que duermas en mis brazos, mientras acaricio tu frente y peino tu cabello, mientras siento tu respiro en mi rostro, tu calor. Amo con fervor analizar cada movimiento responsable de tu vida, cada engranaje que circula hasta hacerte existir. Sentía que podía quedarme flotando contigo y meterme en un mundo surreal que solo existe contigo. Tú me haces sentir en casa. Siempre amé apoyar mi mejilla en tu pecho para percibir tus latidos.

Créeme, Levi. Lo más hermoso que me ha pasado en la vida es escucharte vivir.

Y eso debes hacer para hacerme feliz, aunque ya no esté contigo; pero aquí en este mundo ―tal vez―, porque nunca te abandonaré. Puedes estar seguro de ello. Por eso vive, vive, vive, vive… ese siempre fue mi mayor deseo para ti.

Y no quiero que estés solo. Conocerás a alguien que te hará compañía, una jovencita como tú, y estará ahí para ti. Cuando leas esta carta, espero que Kenny ya esté contigo y te la entregue. Quiero que sepas que confié en dos personas muy buenas que cuidarán de ti, junto a su pequeña y entonces ya no tendrás que pasar frío y hambre nunca más. Sé que no será lo mismo, sé que te será difícil adaptarte, porque eres una personita de tradiciones, con valores arraigados y con ideas fijas… pero lo harás, porque por sobre todo eso eres fuerte. El más fuerte de todos… siempre lo serás: el más fuerte de la humanidad.

Y por eso te llamas Levi. Significa «el que une a los suyos». Y tú lo harás. Tú serás capaz de hallar tus raíces. Partiste conmigo, pero sé que tu camino será más largo.

Fuiste mi héroe, Levi. Que nunca nadie te diga que no has salvado una vida, porque me la salvaste a mí. Que nunca nadie te diga que no eres valiente, porque eres un guerrero. Que nadie nunca te diga que no puedes hacer algo, porque tú lo puedes todo. Y que nunca nadie ose a decirte que no eres bello… porque eres bellísimo, bellísimo. Eres una tormenta, porque eres torrencial, incontenible, llegas y de pronto lo eres todo; tu presencia es densa, eres pequeño, pero tu humanidad es espaciosa.

Nunca amé a nadie como te amo a ti. Juro que de no haber sido tu madre, me habría encantado ser tu amiga. Tú fuiste el único gran amor de mi vida… y Dios, cómo hubiese deseado tener más años, años para entregarte, muchos más años para amarte… para verte vivir.

Porque sí, Levi. Es todo lo que puedo desear, todo lo que hubiese querido. No anhelo otra cosa, no ambiciono nada más.

Por eso, antes de partir, quiero que lo sepas.

La vida, Levi, la vida siempre fue tuya. Y siempre lo será.

Kuchel


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N/A-Continuación: Termino por hoy. Wow. Ha sido un viaje intenso. Yo les comenté desde un principio que tenía una propia versión de los hechos para mi fic, y aunque en algún momento quise involucrar eventos del manga, decidí que haría las cosas a mi manera, con guiños del manga. Por algo es un fanfic, y por algo es mío. Espero de todo corazón que les guste el rumbo de mi historia y que no los mate la vorágine de momentos fundamentales que mostré de una; onda, como que dejé mucho al descubierto, pero eso no quita que siga más aún :D jajaja así soy.

Se preguntarán qué irá a pasar con Christa y Mikasa ahora. Qué irá a pasar con la seudo amistad que pretendo desarrollar. Uff, hay harto que escribir aún.

Hubo un aspecto muy importante del capítulo que busqué destacar. Levi es el superior de Mikasa, pero no es "superior" a ella. El rango es algo que ellos desempeñan laboralmente, pero en su relación ninguno es mejor, son un equipo, deben apoyarse, ir codo a codo. Y eso fue muy importante de destacar para mí. Mi fanfic es más humano que la mierda, lo sé. Tal vez mi concepción diste un millón de años de lo que ustedes esperan o de lo que nos provee Isayama, pero al fin y al cabo esa ha sido mi idea con este fanfic: por alguna vez leer algo que me haga feliz. Ok, sí, tiene drama. Pero ya les dije, el final es feliz. La idea es que al mirar en retrospectiva entendamos que todo pasa por algo y que todo está destinado a ser.

Este capítulo me hizo sufrir y llorar. Sobre todo la carta de Kuchel.

Preciosos, salí de vacaciones, celebré mi cumpleaños hace unos días 1313, y ahora… EGRESÉ. Así que esta actualización es un seudo regalo hahaha. Ahora empieza otro proceso difícil. Hacer mi práctica jaja. Pero seguiré con el fanfic hasta el final, como siempre he destacado. Por cierto, este fic cumplió dos añitos, y no si sentirme orgullosa o pensar que actualizo como la mierda xD

Anexo: si se preguntan por qué Mikasa demoró tanto en salir de la catedral fue porque, a parte de ser grande jaja estaba la cagá adentro. Por si no quedó claro xD

Gracias por su reviews, hermosos ;u; los amo! y espero recibir muchos ahora porque muero por leer qué piensan de este capítulo. Espero que les guste la línea del fanfic. Si lo hacen, entonces amarán el final.

Espero que todos pasen una bella navidad y que la espera haya valido la pena!

Nos estamos leyendo,

Matt.