Era una necesidad el morderle, no por la sangre, si no por el echo de morder. Porque la piel de Zero era demasiado limpia, demasiado clara como para dejarla intacta; era como un lienzo en blanco. Le mordía el cuello, la mandíbula, la clavícula, los hombros, el pecho, los muslos, la espalda… quería morderlo todo. A veces le hacía sangrar, otras a penas dejaba marca. No eran solo los colmillos los que le gritaban que le mordiera.

Solo necesitaba sentir la carne de Zero contra sus dientes para sentir que abría las puertas del infierno en el mejor sentido posible.