¡Muy bien! Veo que los sueños eróticos despiertan más comentarios de calabazas, ¡pero qué guardadas estaban!… ¿que pasará cuando haya sexo? Porque lo va a haber, y uff… bueno, saben cómo me gusta describir.
Retomemos la historia. Hoy no hay Faberry, ya lo saben, pero habrá incógnitas que necesariamente deben ser reveladas… y con dramatismo… buhh =). Prometo compensar, como así prometí empezar a subir más seguido.
Caro S, ¿qué podría decirte? Si te tuviera enfrente te daría un enorme beso agradecido, no por tus hermosas palabras, sino porque sé, a través de ellas, que he logrado construir sensaciones que terminan siendo tuyas y solo tuyas. Ese es mi súmmum, mi antorcha, mi cima.
La verdad es que para las palabras e historias no hay límites, y cuando sucede la conexión es irrefrenable.
Ahora yo pregunto, ¿qué pasaría si les contara que tengo en mi bolsillo preferido una historia maravillosa, llena de praderas verdes, magia y faldas femeninas?, que nada tiene que ver con universos Faberry (FanFiction es la última plataforma y formato a los que me integro, pero no son los únicos), y que les auguro un enamoramiento absoluto de ella.
¿Qué me dirías Caro S, allí también me seguirías?
Fuegos otoñales para ustedes, mis queridas cortesanas.
El hombre apretaba el vaso de whisky con fuerza, a la vez que observaba sin ver las luces de la ciudad de Columbus por el ventanal de su despacho.
A media luz, el espectáculo podría haber sido de calma y contemplación, pero él no lo veía así.
Esperaba a uno de sus hombres. Lo había enviado hacía dos días para que le informara cómo estaba la situación en Lima; él no había podido ir en persona, la última vez que lo hizo se le fue la mano. ¡Qué imbécil! No se pudo controlar… ella le había rogado y descargó su furia: la había molido a golpes. La bestia de su interior no estaba tranquila y la negación de esa mujer ya lo volvía paranoico.
Lo tenían apretado de los cojones, y si no recuperaba la información que le exigían, todo empeoraría. Esas escuchas podrían enviarlo no solo a él a la ruina, sino a lacras mucho peores.
Por eso había mandado a su gente.
No podía aparecer… no debía, y sin embargo lo había hecho a pesar de la denuncia perimetral que había llegado al despacho de su abogado por parte de su ex esposa, y que le impedía acercársele a un radio menor de doscientos metros.
Por primera vez en meses recibió esa basura, y se burló de las advertencias de su abogado, sabiendo que él se encargaría, para eso le pagaba, mas por primera vez igualmente se sintió refrenado en sus acciones… entonces supo que lo mejor sería guardarse por un tiempo. ¡Era un Senador, no podía mancharse por ese tipo de nimiedades!
No obstante había hecho falta una llamada para que se volviera loco y arremetiera, y comenzó su fustigación una vez más. ¡Quería lo que estaba seguro ella tenía en su poder! ¡Inmunda ramera!
Los esperados golpes en la puerta frenaron los pensamientos que lo estaban alterando verdaderamente, y lo alejaron de la ventana. Con una mano aflojó el nudo de su corbata e hizo una mueca, secándose el sudor de la frente.
—Adelante —dijo hosco.
Al instante un hombre joven, fornido y vestido de negro entró a paso vivo.
—Tardaste —murmuró con fastidio Russel Fabray, tomando otro trago que le quemó la garganta.
—He hecho todo lo que pude, señor —respondió aquél, entrelazando las manos en su espalda.
—Ya está —lo cortó en seco Russel—. Dame algo que me sirva, Philip. ¡Dame algo ya!
Aquél bajó la cabeza unos segundos, y luego lo enfrentó apretando las mandíbulas.
—No tengo buenas noticias, Senador. La casa está totalmente vacía, como si nadie estuviera viviendo allí.
Los ojos azules del hombre se volvieron más fríos que de costumbre. Sus facciones se transformaron por la fiereza, a la vez que avanzaba y se quedaba a pocos centímetros de su secuaz.
—Cómo que no hay nadie —siseó entre dientes—. ¡Cómo que no hay nadie!
El otro se obligó a no retroceder. La ira de Russel Fabray era incontrolable, especialmente si se trataba de su ex esposa.
—La casa está a oscuras. He estado vigilando durante un día entero y no hubo indicios de que alguien la habitara.
—¡Maldita sea! —gritó Russel, golpeando el aire viciado de esa habitación con los puños—. ¡Eres un inservible! —insultó, tomando de una vez el contenido completo del vaso, y después lo apoyó nerviosamente en una consola del siglo XIX que adornaba el lugar—. ¡¿Y esa caritativa vecina?! ¡¿Apareció para darle de comer a esa ramera?!
Philip arrugó el ceño, negando rápidamente con su cabeza calva.
—No, señor; averigüé con algunas personas de alrededor y un par ratificaron que han ido a buscarla en una… ambulancia. Otros directamente se negaron a responder.
—¡Carajo… carajo! —se meció los cabellos, dando vueltas por el lustroso piso de madera con la expresión desencajada—. Esto está mal, está mal. ¡Me pisan los talones!
Russel se secó el sudor que corría profuso por su rostro. ¿Ambulancia? No podía ser. ¡Dónde demonios estaba Judy! No debía perderla de vista. Había pasado por encima de la denuncia y por ello le habían prometido limpiarlo… ¿y si no lo conseguían? Ahora tal vez la Interpol lo buscaba.
—¡Por los infiernos! —murmuraba peligrosamente fuera de sí, hasta que se detuvo con los ojos inyectados de veneno.
Se giró hacia Philip con una mirada que logró petrificarlo en el suelo; caminó hacia él y lo agarró con violencia del cuello de la camisa, acercándolo.
—Tú volverás y me traerás más información —masculló amenazante—. Me traerás todo lo que necesito para encontrarla; y si es necesario entrarás a la casa de esa buena samaritana y la harás hablar. Serás una sombra, ¿entiendes? Porque si te pillan, yo te mataré antes de que te puedan sacar información.
El hombre trago saliva, sintiendo que el aire le faltaba por la presión que Russel ejercía en su cuello.
—Sí… señor... —respondió entre jadeos.
Russel asintió, desorbitando los ojos como si estuviera viendo a una criatura horrible entre las sombras detrás del maleante.
Con un fuerte ademán lo soltó, se quitó el saco y lo arrojó sobre un sillón. Regresó al vaso de cristal para llenarlo de whisky. De un solo tragó bajó más de la mitad de la medida.
—¿Tienes el teléfono y el número? —interrogó sin mirarlo.
—Sí —confirmó el otro, sobándose le cuello al tiempo que extraía de su bolsillo un móvil nuevo—. Está listo para llamar.
—Bien. Déjalo sobre el escritorio y márchate.
—Sí, Senador.
Tras esas palabras y después de haber acatado la orden, Philip se marchó rápidamente.
Rusel resopló con más fuerza, apoyó una mano en la pared y recargó su pesado cuerpo en su brazo extendido.
Las cosas estaban más complicadas de lo que había esperado. Desde el llamado de su hija habían ido a los tumbos.
Tonta niña… no tendría que haberse metido, se lo aclaró a Judith. Si inmiscuía a Quinn le iría mal, y no le hizo caso; la muy zorra la involucró y tuvo sus consecuencias.
No entendían que él necesitaba estar solo para realizar sus negocios y vivir la buena vida. ¡No lo entendían!
Russel degustaba del poder en todo sentido, lo paladeaba como un vicio adictivo, y desde que había entrado en la política mucho más. Jamás había visto tanto dinero como el que dejaba el polvo blanco, y él adoraba los billetes.
Pobres idiotas los que querían cambiar al mundo, el mundo ya estaba acabado desde el primer aliento. Había que vivir y ya, y él lo hacía muy bien detrás de una fachada bastante conveniente.
Y quería más; la ambición lo excitaba, lo volvía loco de placer. Pero para eso nada más necesitaba que lo dejaran en paz… pero no… Judith encontró algo que le pertenecía, un desliz, y se convirtió en una amenaza. Lo seguía siendo, ¡y ahora había desaparecido!
Aflojándose un poco más el nudo de la corbata para sacársela por la cabeza, tomó el móvil nuevo de su escritorio y un pequeño papel a su lado. Allí estaba el número de Cloeney, aquel bastardo que lo más leve que tenía encima era lavado de dinero.
Desde la poca suerte que se habían echado por esas putas escuchas, trataban de comunicarse lo menos posible por teléfono, y si era necesario cambiaban los aparatos cada pocos días.
Refregándose los ojos, Russel marcó el número y esperó.
—Amigo mío, esperaba tu llamado.
El hombre mostró los dientes ante el tono acerado y falso del otro cuando atendió.
—Cloeney, supe que me estuviste buscando.
—Por supuesto, quiero saber si conseguiste algo.
—Todo está controlado —musitó fríamente, volviendo hacia la ventana para observar el exterior.
—¿Estás seguro? Tu jueguito lleva demasiado tiempo, "amigo", y odiaría que mi rutina fuera interrumpida.
Russel dibujó una horrible mueca.
—Tu rutina seguirá como siempre, y baja los humos porque estoy tan metido como tú, así que a ninguno de los dos nos conviene.
—Eso espero. No quiero encargarme de las cosas yo mismo; ya has visto lo que le sucedió a Carol Deveraux.
El hombre frente a los cristales apretó el aparato contra su oído. Era un infeliz si creía que iba a espantarle el cuerpo sin vida que habían mostrado los diarios de la zorra que le entregó las escuchas a su ex esposa; se equivocaba mucho.
—No me amenaces, "amigo". Yo tengo los pantalones bien puestos, al contrario de Whitman.
Russel escuchó su risa demoníaca y ensombreció sus facciones raudamente.
—Espero que así sea, Fabray. Hay una entrega mañana y vendrá en avioneta a las dos de la madrugada; necesito que despejes.
—Será despejado, descuida. Pero antes quiero a un par de tus hombres; tengo un acto púbico en Cincinatti.
—No hay problema, te los mandaré.
—Eso es todo Cloeney, ahora déjame en paz —resolvió Russel, ya con la paciencia perdida.
—No, no es todo. Creo que te gustará saber que tu muñeca ha dejado Los Ángeles hace un tiempo.
—¿Qué mierda estás diciendo? —su cuerpo se irguió en toda su estatura.
—Que espero que tu ex esposa no haya metido a tu hija en el barro. De lo contrario se complicaría todo, ¿verdad?
El calor en el rostro de Russel se volvió insoportable, y nuevamente apretó el móvil con su mano.
—Por el bien de los dos, no vuelvas a mencionar a mi hija —amenazó con una voz que no parecía la de él, ronca y penetrante; percibió velozmente cómo el cosquilleo de la rabia le dormía el brazo que sostenía la comunicación.
—Yo cuido tu trasero, tú cuidas el mío. Se trata de eso.
Luego de esa "recomendación", el intercambio llegó a su fin. Al no escuchar más al interlocutor, Russel dejó finalmente que la ira poblara su cuerpo entero, elevó el brazo que ya temblaba y estrelló el teléfono contra la pared.
—¡Estúpida perra! ¡Te encontraré, te juro que te encontraré! —bramó con desquicio, fuera de sí, tomando el vaso para arrojarlo también contra la pared…
Fuera, la noche corría y se extendía, cómplice de perpetradores de sucesos, amantes y solitarios.
La noche siempre acompañaba y en ciertos casos cobijaba; en sus sombras se escabullían los que no querían ni podían ser vistos. Así sucedía con esta mujer, ésta por la que lloraban, que era tan buscada y a la que perdieron para hacerla aparecer después de una recuperación física y psíquica que todavía no tenía fin.
Judith Ballard ya no se pertenecía, eso lo tenía claro, y ella misma era la completa responsable de aquello. No era dueña de su ropa ni de sus horas, solo la rodeaban personas desconocidas y una sensación de protección que la asfixiaba.
Bajó la mirada y arremangó un poco su sweater de cuello alto para ver sus muñecas flojamente vedadas. Sus heridas aún no cicatrizaban pero estaban bien; el daño en su mente tampoco sanaba. Ése particularmente la envolvía cual abrazo silencioso y amargo, no obstante ello tenía a su disposición psiquiatras y ansiolíticos a cualquier hora y en cualquier lugar.
El encargado de que todo ese complejo engranaje funcionara, era ese hombre que veía discutiendo detrás de los vidrios de aquella sala que carecía de intimidad, ya que sus paredes eran paneles de cristal. La mesa oval y las sillas dispuestas a su alrededor mostraban que la retenían dentro de una sala de juntas.
Si bien jamás había estado allí, sabía muy bien de qué se trataba, porque sabía quién era ese hombre: uno de los seres que le salvó la vida, uno que había permanecido en su memoria a pesar de los años. Él era su primer gran amor de juventud. El único que había tenido en su vida vomitada de apariencias.
Levar Damprey le había dado unos minutos valiosos de despedida con su amada hija antes de llevársela a New York en helicóptero, en un operativo y demostración de poderío sin igual.
Luego, los siguientes días habían sido un cuento blanco y constantemente repetido. Había vivido en una clínica de la que no poseía información alguna, y mientras su cuerpo recuperaba su color y fuerzas, la visitaban médicos y un par de psiquiatras a los que ella solo les decía que necesitaba a su hija, que desesperaba por verla.
Pero aquellos nada podían hacer, quedaba evidenciado… A Judith no se le brindaba ningún tipo de información. Ellos tenían que sacársela a ella para que comenzara una recuperación en todo el sentido de la expresión. Mas a la madre no le importaba recuperarse, únicamente ansiaba abrazar a su Quinnie y pedirle todo el perdón que pudiese, hasta que su voz desapareciera; decirle que la amaba… y salir de ese encierro para irse con ella como tanto le había rogado.
Se llevó una mano trémula a la frente y despejó algunos cabellos que se habían salido de su trenza.
Tenía presente que lo que se avecinaba era peor y tenía miedo, un miedo atroz por su hija y por Karen, su querida amiga y compañera de largas veladas.
No podía evitar sentirse hondamente traicionera y culposa. Entre las cosas de sus hijas que le había entregado aquella vez, se encontraba la única prueba que él buscaba con tanto ahínco e impunidad… ¡Pero no confiaba en nadie más!... y mientras no dijese nada sobre ello, estaba segura de que continuaría protegiendo a las personas más importantes.
Después de todo no merecía estar allí, no tendría que estar sentada en esa oficina seguramente secreta, rodeada de agentes. Con su muerte se hubiera asegurado tantas cosas… sin embargo el destino era cruel con aquellos que no querían la vida y tenían una segunda oportunidad.
Había salido por primera vez después de su internación, y había visto el sol desde otros cristales que no fueran los de esa tediosa y reconfortante habitación, ésta vez dentro de un auto que la había trasladado cuando todavía era de día.
No hizo otra cosa más que callar desde que pisó ese lugar y observó el reloj de pared.
Ya era de noche, y la noche se pronunciaba como su enemiga, abarrotándola de temor…
Levar se mecía los cabellos, examinando brevemente la espalda hundida de Judy desde el exterior.
Con un murmullo, se plantó otra vez ante el rostro enjuto de su colega y amigo.
—Te lo repito, Levar, si no habla, yo la haré hablar —repitió aquél, un poco más amenazante.
—¡Tú no harás hablar a nadie, Tylor! —refunfuñó Levar con cansancio, refregándose los ojos.
De algún modo tenía razón. Se encontraban en esas oficinas hacía más de cinco horas, intentando que la única testigo se decidiera a declarar, pero la mujer era demasiado testaruda.
Lo que nadie sabía allí, era que esa testigo era muy importante para el sargento Damprey; que no conseguía recobrarse aún de la impresión de ver en semejante contexto a la mujer que jamás olvidó, desde ese día en que se obligaron a decirse adiós.
—Al demonio, Levar. Son las nueve de la noche y quiero llegar a ver a mi hijo antes de que se acueste. Tenemos a la DEA mordiéndonos el culo. ¡Si no declara ahora, ellos se harán cargo y tu testigo predilecta se irá de tus manos!
Al escucharlo, Levar apretó sus puños a las caderas, maldiciendo en voz baja. Estaba en lo cierto, Jud tenía que hablar. Si no lo conseguía, no tendría tanto acceso a ella, y por nada del mundo la entregaría tan fácilmente. No se alejaría, ya no.
—Dame más tiempo, Tylor.
—Si no desembucha será cómplice, amigo— lo señaló con un dedo acusador—. Te estás jugando la carrera por esta mujer.
Levar lo enfrentó con el rostro en sombras.
—¿Cómplice? ¡Tú viste su rostro desfigurado! ¡Sus muñecas! ¡Demonios!
—Eso no me sirve de nada si ni siquiera respira. Cómo tampoco servirá que sea la madre de una dulzura rica de Hollywood.
Era suficiente para el otro, que se le acercó un poco más. Su comentario no le había gustado en lo más mínimo.
—Ya vete con tu hijo, Tylor. Esta noche solucionaré esto.
Moviendo la cabeza, el otro se colocó el sobretodo y se acomodó la bufanda.
—Espero que tú te puedas ir también, Damprey.
Con un gesto de descontento, Levar entró a la sala y cerró la puerta con un poco de brusquedad.
El ruido sobresaltó a la mujer que levantó la vista y se encontró con un rostro profundamente enjuto.
Tylor no se equivocaba. Se jugaba el pellejo, y por primera vez en su carrera sentía que trastabillaba en su labor, y no se lo podía permitir. Tenía una responsabilidad enorme en sus manos.
Como se lo repetía a sus subordinados, la agencia era él también y debía responder por ella. Pero resultaba difícil cuando la respuesta a sus sentimientos se ubicaba frente a él: Judith Ballard, y no solamente ella, sino también Rachel Berry y Quinn Fabray.
Jamás hubiera pensado que las cosas se retorcerían de esa manera. La hija de sus amigos de toda la vida estaba siendo salpicada por toda esa basura, y si no hacía las cosas correctamente, todo se iría al demonio.
—¿Quieres beber algo? —inquirió con voz profunda.
—No, gracias —rechazó ella suavemente—. Quisiera saber dónde me llevarán ahora, y si me van a dejar ver a mi hija.
Levar bufó, desajustándose el nudo de la corbata.
—No estás en condiciones de pedir; estás más obligada a responder y a tomar una decisión. Ya no hay más tiempo.
Las palabras y actitud de aquél eran tan duras que Judy se estremeció; del mismo modo se sentía exhausta y con los nervios a flor de piel.
Levar se acercó y apoyó las dos manos sobre la mesa; desde esa posición parecía más inmenso que nunca. Sus ojos grises la taladraban.
—¡Háblame, maldición! ¡No entiendes que el protocolo se volverá en tu contra! ¡No te conseguiremos proteger si no hablas!
Judy lo miró con amargura.
—Déjame ver a mi Quinnie —rogó temblorosa.
Levar hundió la cabeza entre sus hombros.
—No me hagas esto, Judith —murmuró, perdiendo la paciencia—. Sabes que ahora no se puede… pero te daré algo —anunció resuelto, enderezándose.
Movió las manos hacia su cintura y en un parpadeo se quitó el arma de su espalda. En un giro de su brazo la dejó entre los dos con un sonido seco.
Judy proclamó un grito aterrado y retrocedió en la silla, mirándolo condenatoria.
—¡Qué haces!
—¡Te estoy dando una solución mejor que un cuchillo! —exclamó alterado—. ¡A la mierda con la psicología!
—¡Estás enfermo! —prorrumpió, abrazándose muy asustada—. No hace falta que me reflejes la miseria que soy…
—No comprendes nada, ¿verdad? —interrumpió él con voz ronca, inclinándose más hacia ella—. ¿Recuerdas a la mujer de Whitman?
Judy le respondió con un asentimiento lleno de culpa y una visible humedad en sus ojos.
—Por supuesto… Carol Deveraux —musitó apenas con voz.
—Muy bien, porque apareció muerta hace dos días. ¡Flotando!
Esa revelación la golpeó furiosamente en el rostro, el que cubrió con ambas manos, como si pudiera detener el horror que le describía.
—No puede ser —masculló apagadamente, con un sollozo contenido.
Levar apretó los labios, volviendo a guardar el arma con malestar.
—También se ha visto un auto rondar tu casa los últimos días.
Las palabras parecían retumbarle a medio centímetro de su rostro, y no por sobre una lustrosa mesa a metro y medio.
—¡Oh, dios, Karen! —exclamó afligida, elevando el rostro hacia él.
—Con una palabra cambiará todo. Tú sabes que será así; sé nuestro testigo —zanjó, comprendiendo que ella por fin estaba cediendo.
—Qué-qué pasará con mi hija, ¡dónde está, Levar! —empezó a expresarse con desesperación, alarmándose a cada segundo.
Bajando un poco su ímpetu y percibiendo que después de tanto esfuerzo estaba teniendo frutos, él se acercó a ella, cuidando de que sus sentimientos privados no le jugaran una mala pasada. Rodeó la mesa y le apoyó una mano consoladora en su hombro frágil.
Él, un lobo estepario, se confesaba y admitía que podría hacerlo todo por ella; por su Jud.
—Sabrás todo lo que necesitas. No debes preocuparte por ellas, sino por ti. ¿Nos darás tu testimonio?
Judy sostuvo la intensidad de ese hombre en silencio durante un tiempo que le pareció eterno.
—Levar… —titubeó insegura.
—No solo dirás que el miserable te golpeó y te amenazó hasta llevarte a causar un daño irreparable, sino que dirás todo lo que sabes de él —trataba de inducirla con ansiedad reprimida.
Al escuchar su estrategia que era ni más ni menos que la verdad, Judy lo miró por primera vez con un deseo agotador de venganza.
"Mátalo, mátalo, Levar", se susurró y se espantó al tiempo de que su consciencia primitiva revelara ese mal trago.
—Está bien —capituló.
—Tendrás que testificar delante de un fiscal, y eso no va a ser todo. ¿Sabes lo que significa eso?
—Lo sé. Lo haré por mi hija, por todo lo que amo.
Y que dios la ayudase si cometía un error, si lo que estaba a punto de hacer, en su omisión o conformidad, se equivocaba.
Todo debía recaer en ella; si confesaba lo que sabía, no solo la vida de Quinn sería una locura, sino la de Rachel también, por eso ese secreto nada más debía firmarse con su nombre.
Su nombre…
Sin contenerse sollozó, y también sin contenerse, Levar rozó con el dorso de sus dedos esa mejilla húmeda.
Sin mirarlo, entre suspiros, Judith se aferró a ella.
