Disclaimer: Estos personajes no me pertenecen y por lo tanto no gano dinero haciendo esto, solo la satisfacción de recibir sus comentarios, quejas o sugerencias…

Avisos: Esta historia contiene Slash, yaoi, m/m, está basada en El Lienzo Perdido y en el inframundo de Saint Seiya Saga de Hades. Contiene las parejas Minos/Albafica, Thanatos/Manigoldo, Manigoldo/Albafica. Tendrá escenas de violación, sadomasoquismo y relaciones entre dos hombres.

Resumen: Hades se ha llevado la victoria y es el momento de recompensar a sus leales espectros. Minos y Thanatos desean al guerrero que los humillo como su esclavo y de ahora en adelante, Manigoldo y Albafica atravesaran un calvario que no parece tener fin. Minos/Albafica Thanatos/Manigoldo Manigoldo/Albafica

Inframundo.

Capítulo 25

Sangre.

A Lugonis no le importaba el castigo que recibiría del juez Minos en persona, su hijo debía comprender que estaba pasando, recuperar el brillo de sus ojos, pero parecía que fue un error, porque su milagro enfureció repentinamente al solo recordar el daño que le hizo, como los traiciono entregándose al dios de la muerte, convirtiéndose en una sucia ramera después de abusar de su confianza y respeto.

— ¡El sólo es un asqueroso traidor y espero que su dolor no tenga fin!

Aquella respuesta complació a Minos, quien perdono la necedad del santo de piscis, después de todo, no podía dañar las almas de los campos elíseos, y al mismo tiempo, esas palabras, aquella crueldad, lleno de horror a Lugonis, quien llevo una mano a la mejilla de su hijo, preguntándose si acaso eran ciertas sus palabras.

— ¿Qué te han hecho?

La mirada de Albafica por primera vez parecía cruel, cargada de odio, no era el mismo muchacho que abandono en su templo, sin embargo, seguía siendo su hijo a fin y al cabo, quien siguió sus pasos, quien dio su vida por la tierra, por lo que, a pesar de todo, no podría juzgarlo si de verdad se había enamorado de ese juez, si repentinamente odiaba a Manigoldo, quien también estaba en esos círculos, cuyo destino debía ser parecido al de su milagro.

— Nada.

Dijo al principio, pero después cambio de opinión, su padre tenía que saber la clase de hombre que había resultado ser cáncer, no le diría todo, pero lo suficiente para que ya no quisiera realizar más preguntas.

— Manigoldo me traiciono, me daño como nadie más jamás lo había hecho y después de eso se entrego al dios de la muerte.

Pronuncio, esperando que eso fuera suficiente para Lugonis, quien guardo silencio, sin decir una sola palabra, sin atreverse a contradecir a su alumno, ese no era el muchacho que conocía, pero la otra opción era que su hijo mintiera o que en todo caso, algo le hiciera mentir.

— Sólo espero que nunca abandone la protección de su amada muerte, porque cuando logre llegar a él, se lo hare pagar muy caro.

Las palabras de Albafica no pasaron desapercibidas por Minos, quien trago un poco de saliva, recordando que aquellas fueron las mismas que le dijo la primera vez que uso los hilos, tratando de olvidar aquella endemoniada duda, maldiciendo esta vez a Hypnos y su supuesto regalo, que más bien, parecía un castigo.

— Lo matare por esto, juro que lo hare en nombre de Athena.

Por el momento su lealtad seguía intacta, pero su amor por Manigoldo, uno que iba más allá de la atracción física, que por unos instantes creyó que podría culminar en algo grandioso, se había convertido en odio, uno que le daba miedo, porque temía, que si ese odio no era más que una ilusión, cuando supiera lo que hizo, si es que en realidad llegaba a cumplir su promesa, tal vez no podría perdonarse.

Para Lugonis aquella sería la peor de las traiciones y nadie podría sobrevivir un golpe como ese, para el antiguo santo de piscis era más que obvio que su milagro estaba cometiendo una equivocación, pero con el juez Minos presente, no podía pronunciar sus dudas, porque eso significaba no volver a ver a Albafica.

Sí eso pasaba su pequeño confundido estaría solo, sin Manigoldo porque él mismo lo mataría, sin su hermano y sin él, a la merced de ese juez, cuya mirada le causaba escalofríos por lo carente de sentimientos, haciéndole recordar una ocasión que pudo ver una obre de marionetas, esa mirada era la misma que usaba el dueño de aquellos juguetes.

Luco comenzó a temer por la seguridad de su hermano y colocándose delante de él, sus manos sobre los hombros de su hermano, quiso llamar su atención, esperando que esta vez si quisiera escucharlo, porque era obvio que cuando le dio aquella advertencia no lo hizo.

— Hermano, tal vez deberías guardar un poco la compostura, recuerda lo que conversamos con anterioridad, lo importante que era esta reunión para Albafica.

Lugonis recordó la advertencia de Luco y mordiéndose el labio, asintió, un gesto que paso desapercibido por Albafica, pero no por Minos, el juez que simplemente se limito a sonreír, parecía que la lealtad de los santos de Athena no era inquebrantable, pero como podría serlo, sí ellos pasaban una vida de tormentos para ofrendar su vida por personas que no se lo agradecerían nunca, que ni siquiera sabían que existían.

No era como su dios Hades, quien jamás permitía que perecieran, quien los compensaba por sus acciones, dándoles todo lo que alguna vez desearon si lograban llevarse la victoria, encerrar a los otros dioses, reunirlo con su esposa.

Sus castigos eran ejemplares, eso era cierto, pero estos generalmente nunca eran dados sin ningún motivo demasiado poderoso como para que no pudieran ganarse un perdón de cualquier otra forma.

Las traiciones eran inconcebibles porque sabias que al final serias recompensado con algo de valor, no un sentimiento confuso e intangible de honor, sino con regalos tangibles que podías cuantificar, como lo era su amada rosa.

La que sin saberlo era protegida por el mismo dios del inframundo, alejándolo del todo mal, tal vez hasta dotándolo de algunos dones especiales, pero eso estaba por verse, como la lealtad de Lugonis, que para sus ojos, no era tan fuerte como su amor de padre, ya que negando a su diosa estaba dispuesto a guardar silencio, tal vez, porque ya habían pagado con demasiado dolor su lealtad a cambio de nada, ni un mero agradecimiento.

— Debes saber que a pesar de lo mucho que te pueda doler Lugonis, Albafica me ama a mí, no a nadie más.

Pronuncio Minos, manteniendo su distancia, pero recibiendo una sonrisa radiante de su rosa, para profundo dolor de Lugonis, quien se preguntaba sí su milagro sobreviviría al finalizar ese tormento, creyendo que no lo haría, pero aun así, todo era mejor a no verlo más, sabiendo que estaba en las manos de ese sádico juez del inframundo, comprendiendo que al guardar silencio negaba la existencia de su diosa.

— La verdad siempre sale a la luz, juez Minos, así que te lo advierto, si tu lastimas a mi hijo, yo saldré de aquí y te lo hare pagar con tu sangre endemoniada, porque las rosas tienen espinas, algunas demasiado afiladas.

Minos asintió, pensando que de allí lo había sacado su rosa, ese odioso orgullo que cerraba sus ojos, el que le obligo a aceptar la ayuda de Hypnos, todo porque su rosa seguía negándosele, aunque se imaginaba, que las promesas de una rosa encerrada en los campos elíseos no podría cumplirse.

— Tomare en cuenta tu amenaza Lugonis, pero te aseguro que Albafica está seguro entre mis brazos.

Quienes intentaran separarlos por otro lado no lo estaban y Lugonis debía comprender aquella amenaza silenciosa, porque bajo la cabeza, como si ya no supiera que decir para después, enfocarse en su hijo, ignorando su presencia, comportándose como todo un padre haría cuando ha pasado demasiado tiempo sin ver a su retoño.

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Shion fue el primero en sentir el cambio de energía en las doce casas zodiacales, en la mera esencia del santuario de Athena, junto al nuevo grito de su diosa, la que se encontraba presa en los dominios de Hades, a los cuales ningún mortal podría llegar por mucho que lo intentaran.

Ellos habían perdido y por un acto de compasión, aunque ellos más bien dirían de burla, de Hades, dejaron vivir a un puñado de santos, solo dos dorados, algunos plateados y algunos pocos de los aspirantes.

Entre ellos un pequeño de cabello morado de su misma estirpe, quien se aferro a su capa cuando trato de salir de la casa del patriarca, sólo para ver como uno de sus templos, comenzaba a agrietarse como si un gigante invisible o una fuerza que no comprendían intentara destruirlo.

Inmediatamente pensó en Manigoldo y en la desaparición de su armadura, creyendo por unos instantes que aun seguía vivo, por eso su diosa estaba llorando, tal vez aquella razón era la causante de que la estatua de su diosa pareciera desolada, una idea absurda, porque solo se trataba de una estatua de mármol, no de Athena en persona.

Quien no sería liberada hasta que hubieran pasado tres cientos años o más, no sabía la razón del grito, ella solo lloraba cuando sufría por uno de sus santos, tal vez, aquel que moro en la cuarta casa.

El patriarca de cabellera verde vio con sumo horror como la cuarta casa se iba cubriendo de grietas y después ante sus ojos, la casa de cáncer, la que pertenecía a su hermano de armas Manigoldo se desmoronaba con un estruendoso sonido, como si ya no pudiera sostenerse más y al mismo tiempo, la llama siempre presente en el reloj, al principio ondulaba como si estuviera a punto de apagarse, para cambiar de color por un negro azuloso, que desapareció en un instante, cuando la última piedra de la Casa de Cáncer cayó al suelo.

— ¿Shion que fue eso?

Pregunto Dohko hincándose frente a las ruinas, tomando la arena en sus manos como si se trataran de las cenizas de Manigoldo, preguntándose en silencio, si acaso esa pesadilla no tenía fin, pero comprendiendo que aun faltaban demasiados siglos para un nuevo amanecer.

— No lo sé, ojala pudiera encontrar algo en las viejas bibliotecas, pero no hay nada…

Shion tomo entre sus manos un montón de arena, la cual comenzaba a ser llevada por el viento, perdiéndose poco a poco, seguro que antes de que iniciaran las guerras santas, la casa de cáncer no sería más que un recuerdo, si acaso vivían tanto para verlas.

— Si tan solo Athena respondiera nuestras plegarias…

Preguntándose si lo mismo ocurriría con la de piscis y si acaso, aquellos cambios tenían que ver con los antiguos moradores de los templos, Albafica y Manigoldo, pero como la casa de piscis seguía intacta, olvido aquel temor, diciéndose que sus amigos estaban muertos, que nadie, sólo Hades en persona, podía darle nueva vida a las almas de los difuntos.

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Como lo supuso Verónica, el santo de cáncer cuando pudo recuperarse de la impresión de tener una nueva armadura, de lo que significaban las palabras de su dios, quiso visitar a su maestro, el anciano santo de cáncer que pasaba sus días sentado en los campos elíseos, como si estuviera meditando, aunque Thanatos decía que estaba planeando su contraofensiva.

El espectro de cáncer decidió visitar a Sage, sin importarle sus consejos o sus palabras, lo único que deseaba, decía, era ver un rostro amigo, encontrando ridículas sus palabras, cuando le dijo que él era un rostro amigo, recordándole que su misión era servirle, que así no había forma alguna en la cual pudieran ser amigos, ni siquiera colegas, que solo era un chaperón o un eunuco.

Después de insultarlo con su desagradable franqueza, ya que se estaba poniendo a sí mismo en el papel de una concubina, suponiendo que habría más como él, cuando en realidad era el consorte de Thanatos, salió como le enseño, usando sus alas como quien siempre las ha tenido.

Todo ese tiempo ignorándolo rotundamente, sin pronunciar una sola palabra o darle cualquier clase de advertencia, solo deteniéndose cuando halló a su maestro, quien seguía sumido en su dolor, sentado en los verdes prados, pensando en sus errores.

Manigoldo dio el primer paso en los capos elíseos portando aquella extraña armadura, se sentía tan diferente, que lo único que necesitaba era un poco de normalidad, tal vez, su maestro podría dársela.

A sus espaldas se encontraba Verónica, quien no dejaba de pronunciar una letanía de absurdas advertencias, repitiéndole varias veces que si algo malo le pasaba Thanatos le haría pagar muy caro esa ofensa, que si no se preocupaba por su seguridad, al menos que no actuara en contra suya.

Para Manigoldo era muy difícil bloquearlo, pero lo hizo, buscando a la persona más importante de su vida, por quien haría lo que fuera, la que nunca lo rechazaba y la que tal vez, de alguna forma, le devolvería algo de normalidad a su vida, la que no era su diosa ni su amigo, sino su maestro, a quien veía como si fuera su padre, el único que recordaba al menos.

— Maestro…

Susurro al verle sentado, Sage se culpaba por lo que había pasado, creía que él fue quien lo entrego en los brazos de la muerte, lo que por supuesto era una mentira, porque a pesar de que sospechara cual era su destino, comenzaba a creer que nunca tuvo una opción realmente, que había nacido para ser el consorte de la muerte.

— ¿Manigoldo?

Pregunto el anciano patriarca, mirándolo de pies a cabeza, probablemente preguntándose qué era lo que vestía, que había ocurrido con su armadura y porque lo estaba acompañando ese espectro de cabello rubio.

De pronto era como si todos sus años de vida cayeran sobre sus espaldas, se veía viejo y cansado, tan agotado como nunca se vio en vida, todo por culpa suya pensó con remordimiento.

Cuando lo conoció era un hombre fuerte, gentil, sabio, ahora parecía que el dolor estaba destruyéndolo poco a poco, haciendo que su fortaleza también se perdiera un poco, logrando que sus ojos por un momento se llenaran de lagrimas, las que trato de controlar, sintiéndose humillado, un montón de basura, sólo una pieza de ajedrez de su amo.

— Necesitaba verlo…

Susurro mordiéndose el labio, apenas pudo pronunciar dos palabras antes de que su voz se quebrara delante de su maestro, sintiendo como los brazos de Sage lo rodeaban con ternura, permitiéndole que llorara, pero él no lo haría, no le mostraría el insoportable dolor de su incertidumbre.

— Lo siento tanto…

Los dos eran de la misma estatura ahora y aunque Manigoldo era mucho más musculoso para él siempre seria ese pequeño perdido en esa horrible aldea, a pesar de todo, seguía vivo en su corazón el afán de protegerlo.

— Maestro…

El hombre de cabello blanco comenzó a acariciar su cabello cerrando los ojos, maldiciéndose por su falta de previsión, sintiendo los temblores del cuerpo de su alumno, sus esfuerzos para no llorar, creyendo que de aquella forma podría mentirle, dejarlo ignorante de su dolor.

— ¿Qué llevas puesto?

Pregunto cuando Manigoldo se hubiera calmado lo suficiente, su alumno no quería llorar delante de sus ojos, así que no lo humillaría más de lo que ese dios ya lo había hecho, notando como se dibujaba una casi sonrisa, una mueca amarga en sus labios.

— Es mi vestido de bodas… o algo parecido Maestro.

Casi bromeó, pero se detuvo al ver el dolor de Sage, maldiciéndose en voz baja, esperando que Verónica no quisiera interrumpirlos, decirle que tanta suerte tuvo, pero el espectro guardo silencio, alejándose unos cuantos metros para que varias de sus moscas sobrevolaran esa zona de los campos elíseos.

— Soy el consorte de Thanatos, el dice que nunca tuve una opción y creo que es cierto.

Sage sintió que sus dos cientos años de vida caían sobre su espalda de golpe y de pronto, debía sentarse, sin creer lo que le había hecho a su alumno, todo por vengar a sus hermanos caídos en la primera guerra, la que sobrevivió, cuando lo que debió haber hecho era alejar a su alumno todo lo que pudiera del dios de la muerte, advertirle del peligro, pero sin sus dones, no podrían llegar con los dioses gemelos, no podían completar la primera parte de su venganza.

— ¿Qué es lo que he hecho?

Pregunto, al mismo tiempo que Manigoldo lo sostenía de los brazos, ayudándolo a sentarse, pensando que tal vez debía convencerlo de que estaba en buenas manos, que no lo lastimaban y que podía ser mucho peor, pero que según parecía, el dios de la muerte haría lo que fuera por ganarse su confianza.

— Me dio unos años de libertad querido maestro, de no haber sido por usted jamás habría conocido la vida, solo la muerte, por eso siempre estaré agradecido con usted.

Pero no podía hacerlo, no se atrevía a pronunciar las mentiras que Thanatos se esforzaba en repetir como si fuera un mantra, Sage sólo se preocuparía mucho más si las dijera como si realmente lo creyera, pero aun así, debía haber una forma de convencerlo de que nada de eso era su culpa.

— Hay muchas cosas que no quiso decirme, pero vi algunos fragmentos, se lo mucho que me amo y cuanto cuido de mi, pero también se, que nada de lo que usted hubiera hecho podría salvarme de él.

Su alumno ni siquiera alcanzaba a comprender lo mucho que le había traicionado, las palabras que no se atrevía a pronunciar, su desobediencia a su diosa, el dolor de saber que sin importarle la seguridad de Manigoldo de todas formas lo llevo con esa depravada criatura, como una oveja en el matadero.

— Debí haber hecho algo más… tal vez si yo…

Pronuncio, perdiéndose en su arrepentimiento, sintiendo esta vez como era Manigoldo quien rodeaba sus hombros con delicadeza, recorriendo su cabello con una de sus manos, al mismo tiempo que con la otra le daba pequeñas palmaditas en la espalda, aferrándose al mismo tiempo al calor de su alma o cuerpo, recordando sus primeros días en el santuario, lo mucho que le debía a este hombre, lo mucho que lo amo a pesar de saber lo que era.

— Nada de lo que usted hubiera hecho me habría apartado de mi destino, la muerte nunca me abandono, ni siquiera cuando cometí la tontería de besar a Albafica…

Al pronunciar ese nombre, su maestro se tenso de nueva cuenta, llamando la atención de Manigoldo, quien se alejo unos centímetros, tratando de comprender cuál era la razón de esa preocupación, era casi como si ya le hubiera visto, como si supiera algo que él no.

— ¿Qué ocurre?

Pregunto y su maestro volteo en dirección de sus espaldas, sí su alumno viera a su amor de juventud en ese momento no podría reconocerlo, por lo que sujetándolo de la muñeca, trato de evitar que se dirigiera hacia donde Lugonis hablaba con su hijo, quien caminaba en compañía del juez, como si realmente sintiera un amor profundo por él.

— No vayas Manigoldo.

Trato de advertirle, pero su alumno no le hizo caso y antes de que pudiera detenerlo, el propio Thanatos se hizo presente, interponiéndose en su camino, como si adivinara el desenlace que tendría ese encuentro, el cual no detuvo ni dejaría que lo evitaran, su fuego fatuo debía saberlo, comprender que su rosa no lo amaba, de esa forma podrían comenzar su futuro juntos.

— Ya es tarde anciano, él debe comprender…

Sage negó aquello con un movimiento de la cabeza y trato de esquivar al dios de la muerte, quien sin importarle lo valioso que era este anciano para su consorte, lo ataco por la espalda, inmovilizándolo en ese instante.

— Y tú, ya no te interpondrás entre nosotros, fallaste, te convendría aceptarlo.

El patriarca se levanto de un salto, comprendiendo que el dios de la muerte no lo dejaría marcharse, pero al mismo tiempo, no estaba usando su cosmos como cuando se enfrentaron a él, casi como si le estuviera dando una advertencia.

— Sólo criaste a ese muchacho para llegar a mí, para ingresar donde tú no podías…

Sage no negó aquellas palabras, apretando los puños a sus costados, implorándole a cualquier deidad que su querido alumno jamás escuchara esas palabras, no quería que le odiara por siempre.

— Sabías que yo lo protegía, que nunca permitiría que sufriera ningún daño a menos que yo lo realizara, no es verdad Sage.

Verónica estaba sorprendido al escuchar esa verdad, preguntándose como los santos de Athena podían condenar sus acciones, considerándolos como unos hipócritas, aunque suponía que había mas entre el viejo patriarca y el dios de la muerte, información que solo conocían ellos dos.

— Athena te ordeno que lo protegieras, pero también te dijo que él podría ser el siguiente santo de cáncer o vivir una vida plena, envejecer y tener descendencia en Rodorio, pero no, tú viste su valor, ustedes dos se decidieron a usarlo para destruirnos.

Thanatos no esperaba que Sage quisiera interrumpirlo, después de todo, no podría mentirle, él sabía que su amado alumno sería su consorte si perdían, pero al mismo tiempo, que él sería el único que podría llegar a él, así que se arriesgo, hizo una apuesta que perdió, entregándole a su compañero, después de enseñarle todo lo que sabía.

— Pero en el proceso te encariñaste con él, lo trataste como un hijo y por poco te arrepientes de tus acciones, pero ya era tarde, Manigoldo no se detendría hasta vengarse de la muerte, así que tu darías tu vida para encerrarme, tu hermano, encerraría al mío, y el Pegaso le brindaría las armas a su diosa para derrotarnos, pero fallaron, en una parte de tu plan de dos cientos años fallaste, entregándome a un hermoso tesoro, un esposo perfecto.

El veneno estaba en esos campos y debía tener cuidado, por lo que pensaba que ya era momento de retirarse, asegurarse de que Minos no lo engañara, permitiendo que su amado fuego fatuo sufriera un daño irreparable.

— ¡Déjalo ir!

Pronuncio de pronto Sage, hincándose en el suelo como quien pide por la vida de un condenado a muerte, el sabio patriarca del santuario se estaba humillando, todo por su hermoso alumno, para que se le concediera la libertad.

— Te lo suplico, deja que se vaya, deja que sea libre…

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Lo primero que llamo su atención fueron las moscas, las que comenzaron a pararse una por una en los pilares próximos a su padre y a Minos, el que decidió ignorarlas, el mismo que había guardado el más absoluto silencio.

Su padre no estaba contento por su relación con Minos, pero al menos, había guardado la compostura como tan graciosamente lo dijo Luco, limitándose a escuchar algunos de sus recuerdos, los que eran demasiado confusos.

Parecía que Lugonis deseaba decirle algo, pero con su amante presente, no se atrevía a decirlo y él, notando como las moscas observaban su conversación, suponiendo que eran los espías de ese desagradable espectro de nombre femenino, no se sentía con la libertad de pronunciar aquello que deseaba.

Tampoco quería que su padre se diera cuenta de que algunos de sus recuerdos estaban borrosos, él ya creía que Minos le estaba haciendo daño, sí acaso conocía acerca de sus dudas, estaba seguro que su paz, aquella alcanzada en los campos elíseos se perdería.

Albafica de pronto sintió un cosmos familiar, uno plagado de la muerte, el que reconoció inmediatamente como aquel perteneciente a cáncer, a Manigoldo, al monstruo que le hizo tanto daño, que lo humillo de una forma tan vil, que se prometió hacérselo pagar, aunque se tardara cien, dos cientos años, los siglos que fueran.

Ese traidor estaba cerca, podía sentirlo, se dijo en silencio ignorando las palabras de Lugonis, así como las de Minos, quien se levanto con lentitud, para caminar detrás de él, preguntándose si acaso los augurios de Thanatos estaban a punto de cumplirse.

Dudando si acaso no debía sentir temor, ya que ni siquiera él sentía el cosmos de cáncer a esa distancia, preguntándose como lo hacía Albafica y si acaso, el que lo presintiera, no tenía que ver con un destino que se vio truncado a causa de las guerras santas.

Negando aquel pensamiento, diciéndose que si los dos santos dorados no pudieron estar juntos no fue a causa del veneno, sino porque ellos no estaban hechos para amarse, Albafica era suyo y lo único que le orillaba a buscarlo, era el odio que sentía por aquel que daño su orgullo, quien no era cáncer, sino él mismo.

Su rosa volteo mirándole con una expresión que de momento le pareció incomprensible, para encender su cosmos poco después ignorando cualquier orden suya, corriendo en dirección de donde pensaba encontraría a cáncer, al que vio portando la armadura de uno de los espectros, la que se parecía demasiado a la misma armadura que portaba la última vez que lo vio, antes de la guerra, antes de que lo humillara como lo hizo.

De pronto su sangre hirvió a causa de la ira y del odio que sentía, elevando su cosmos, seguro que estaba actuando según los designios de su diosa, vengando una doble traición que no podrían perdonar, atacando a Manigoldo, el que apenas pudo quitarse de en medio, sus ojos abiertos de una forma ridícula, sorprendido de que él, a quien le hizo tanto daño, lo atacara.

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

— ¡Manigoldo!

El guerrero que lo atacaba no era el mismo santo que amaba, ni siquiera sus ojos brillaban como en el pasado y sus ataques, cada uno de ellos trataban de matarlo, haciendo que se preguntara la razón de ello, si acaso el que comiera de la granada era un acto tan terrible para que no pudiera comprender que lo hizo por el bien de su maestro.

— ¿Albafica?

Pregunto, sintiendo como un puñetazo se impactaba contra su rostro, seguido de muchos más, los que daban en puntos vitales, abriendo cortadas en la piel descubierta a pesar de la armadura, el santo de piscis, su amado hermano de armas, deseaba matarlo.

— ¡Eres un traidor!

Manigoldo retrocedió varios pasos, esquivando los golpes de Albafica por poco, estaba seguro ataviado con su nueva armadura pero temeroso de atacar el cuerpo desnudo de su amigo, el que no portaba ninguna clase de protección, pero al menos ya no era esa obscena túnica que mostraba su pecho, sus piernas y su espalda.

— ¡No eres más que un montón de basura!

Los golpes dolían, pero las palabras eran mucho peores, Manigoldo no entendía que estaba pasando, porque Albafica trataba de hacerle daño, evitando un último golpe, el que corto la palma de su mano, de la que broto sangre que cayó en las plantas de los campos elíseos.

— ¡Una sucia ramera!

Cada una de aquellas palabras eran recibidas como una puñalada, borrando su fachada de seguridad, porque a fin de cuentas, eran aquellas palabras lo que Manigoldo había comenzado a pensar de su propia persona, era un traidor, era basura y no era más que una zorra, no servía para nada más que calentar el lecho del dios de la muerte, nunca tuvo una opción, aunque por un momento quiso creerlo.

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

El dolor en el rostro de su enemigo no era más que una burla, después de lo que le hizo, de su humillación se atrevía a actuar como si le dolieran sus palabras, aunque suponía que eran ciertas, Manigoldo se había vuelto la ramera del dios de la muerte, un destino digno para un traidor como él, cuya armadura no mostraba más que su lealtad por él, por ese dios que despertaba el odio más visceral en su persona.

— ¿Acaso te duele la verdad Manigoldo?

Pregunto, notando como su sangre había manchado las plantas de los campos elíseos, al mismo tiempo que Manigoldo guardaba silencio, negando aquello con un movimiento de la cabeza, como si tratara de explicarse, tal vez pedirle perdón, pero no lo permitiría, no escucharía más de sus mentiras.

— No toleras que lo sepa, que soñabas con este momento cuando tratabas de llegar a mí, para traicionarme después…

Manigoldo no entendía la crueldad de Albafica, el nunca se había comportado de esa forma, era como si se tratara de otra persona, una que no sentía piedad, que le odiaba o tal vez, después de todo, esos eran los verdaderos sentimientos que despertaba en el.

— Eso no es cierto… eso…

Ese no era su amado, esa persona que trataba de matarlo no era Albafica, no aquel por quien hubiera dado toda su vida, su libertad, por una sola noche de amor, a quien necesitaba a su lado, quien jamás le correspondió, que ahora lo despreciaba, que no podía consentir un sacrificio, un único sacrificio por el bien de su maestro.

— Lo que no entiendo es… porque traicionarme, porque atacarme, si de todas formas te entregarías a ese dios a la primera oportunidad…

Aquellas palabras no tenían sentido para Manigoldo, él jamás le había puesto un dedo encima, pero no pudo preguntarle acerca de que le hablaba porque repentinamente, raíces o zarzas se elevaron como una barrera alrededor de Albafica, cuya sangre, parecía moverse a su voluntad, un truco que había estado perfeccionando con las molestas moscas de Verónica, con sus propias rosas, tal vez imitando los mismos hilos de Minos, quien observaba ese combate en silencio.

— ¿De qué estás hablando?

Pregunto Manigoldo, él que sabía que la sangre de Albafica era especial pero que nunca le había visto actuar de esa forma, como si tomara posesión de las raíces de aquellas plantas, las que se azotaban a su alrededor, las que se veían sumamente afiladas.

— ¡Guarda silencio!

Le advirtió, usando las zarzas como un arma, las que comenzaron a seguir a Manigoldo, el que apenas podía esquivarlas, y al ser creaciones del inframundo, aunque estas fueran dentro de los campos elíseos, el filo de sus espinas, la dureza de su corteza, era tal que podría dañar al antiguo santo de cáncer si llegaban a tocarlo.

— ¡No quiero escuchar más de tus mentiras!

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

— Deberías estar contento anciano.

Pronuncio Thanatos con una sonrisa de medio lado permitiendo que la pelea entre su consorte y ese veneno siguiera su curso, seguro que Manigoldo no podría responder a los ataques de Albafica, ni siquiera entendería que estaba pasando, solo que su hermoso amigo, le odiaba y culpaba de su destino actual, en el que si bien era inamovible, su fuego fatuo nunca tuvo una opción, más que entregarse a él, porque para eso había nacido.

— Yo cuidare de Manigoldo de ahora en adelante, no volverá a sufrir ningún daño y como recompensar por pulir a mi fuego fatuo, te has ganado mi agradecimiento.

Thanatos era un dios cruel, se vanagloriaba de su desesperación, sin importarle que en ese preciso momento, dos muchachos que se amaban profundamente, por su intercesión, ahora mismo estuvieran enfrentándose en un combate desigual, porque como el dios de la muerte suponía, Sage estaba seguro que Manigoldo no podría responder a la fuerza de Albafica.

— Deja que se vaya, él no se merece esto.

Volvió a suplicarle al dios de la muerte, quien ignoro aquellas palabras, creyendo que ya era el momento de interferir en aquel combate, seguro que Minos de grifo, no haría nada para evitar que su consorte resultara seriamente lastimado.

— Manigoldo fue creado para mi anciano, así que no deberías sentirte mal, aunque intentaste robármelo en nombre de tu diosa Athena, los designios divinos no pueden evitarse.

Sage por un momento pensó en atacar al dios de la muerte, quien como única advertencia levanto una de sus manos, elevando ligeramente su cosmos, esa discusión no había comenzado como esperaba, pero al menos el anciano maestro de su consorte, estaba dispuesto a escucharlo.

— Por eso, ya que comprendes que Manigoldo nunca tuvo una opción y que pasaremos el resto de nuestras vidas juntos, tal vez podrías darme un consejo de cómo ganarme su confianza.

Eso era absurdo, ya le había traicionado al no anticipar su derrota, no lo volvería a hacer, después de todo, saber que su alumno sufría por culpa suya era un castigo mucho peor que cualquiera que Thanatos quisiera imponerle.

— Los siguientes siglos pueden ser para él un paraíso en mis brazos o una pesadilla, todo depende de ti, Sage.

Sage respondió apretando los labios, señal de que no le diría nada, logrando que Thanatos por un momento quisiera atacarlo, pero se contuviera, estaba prohibido para cualquier espectro manchar de sangre los campos elíseos.

— Despídete de él, jamás volverás a verlo.

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Las espinas eran tan veloces que Manigoldo apenas podía esquivarlas y si no respondía a los golpes de su rival, el santo de cáncer se daba cuenta que no sobreviviría, pero al mismo tiempo no quería lastimar a su amigo, el que no tenía una armadura que lo protegiera, el que actuaba como si estuviera enloquecido.

De pronto una de las raíces logro tocarlo, cortando su mejilla al mismo tiempo que una de las espinas se encajaba en su hombro, logrando que un grito desgarrador pudiera escucharse en los campos elíseos.

Lugonis trato de interponerse, pero Luco lo evito, así como el juez Minos que lo sostuvo con sus hilos invisibles, sin perderse un instante de aquel enfrentamiento, admirando la fuerza de su rosa, la tenacidad y la intensidad de sus expresiones cuando se proponía derrotar a su enemigo.

El cangrejo apenas podía mantenerse alejado, cortando las raíces, las que no paraban de brotar de la hermosa tierra de los campos elíseos, Manigoldo grito de nuevo cuando una nueva espina se encajo en su hombro, inmovilizándolo apenas unos instantes.

— ¡Te odio!

Pronuncio Albafica, propinando varios golpes en el cuerpo ya magullado de Manigoldo, quien trato de evitarlo, cruzando sus brazos delante de su pecho, por todos los medios había tratado de que su amigo, su rival escuchara lo que tenía que decir, pero no le daba tregua, haciéndole comprender que no se detendría hasta matarlo, debía irse, pero no sabía cómo lograrlo.

— ¡No hago más que despreciarte!

Volvió a pronunciar, con cada nuevo golpe su furia se volvía en una ira contenida, la clase de furia que no se olvida hasta destruir aquello que lo causo, dañando cada vez más la psique de Manigoldo, quien ya no sabía de quien se trataba este guerrero que lo atacaba, sin poder comprender lo que estaba pasando.

Dos nuevas raíces emergieron del suelo chocando contra la espalda de Manigoldo, quien se estrello contra uno de los pilares de mármol, sintiendo que todo el aire de sus pulmones escapaba, cayendo al suelo con demasiado dolor.

El santo de cáncer se levanto con dificultad, sus rodillas aun en el suelo, escuchando los pasos de Albafica, quien se detuvo a una distancia prudente elevando de nueva cuenta esas zarzas negras que clamaban como cada creación del inframundo por algo de sangre fresca, la sangre de un mortal, la sangre de Manigoldo.

— Pero ahora más que nunca deseo que solo desaparezcas Manigoldo de cáncer, porque no eres más que basura, eres sucio y traicionero, eres un monstruo, y espero que al separarte de tu amado dios de la muerte, comprendas un poco del dolor que me has causado.

Manigoldo no se atrevió a levantar el rostro, aun Albafica pensaba que no era nada más que una zorra, probablemente, no, no era un quizás, el siempre leyó mal los movimientos de su antiguo colega, el no lo amaba, ni lo deseaba, tampoco soportaba su presencia y el odio que veía reflejado en sus ojos, no era más que una prueba de su equivocación.

— Yo… yo nunca quise lastimarte… no tuve otra opción.

Susurro esta vez levantando el rostro, notando como las zarzas ondulaban como serpientes gigantescas, como las colas de tres escorpiones monstruosos a punto de matarlo y como estas armas, las espinas de la rosa que había perdido su veneno, por lo tanto su fragancia, eran armas mucho más dañinas que las anteriores, las que estaban a punto de clavársele.

— Yo no te deseo, jamás lo hice y nunca lo hare, Manigoldo, tu eres basura.

Finalizo su condena bajando su mano, un movimiento que sus zarzas imitaron, las que Manigoldo no detuvo, permitiendo con un desgarrador sentimiento de seguridad que lo mataran, que se encajaran en su cuerpo, sólo que no lo hicieron, no del todo al menos.

Al abrir los ojos y sentir las puntas de las zarzas clavarse en su pecho, quiso creer que Albafica no tuvo el corazón para matarlo, pero no, apenas las puntas lograron tocarlo, la otra parte de las espinas logro hundirse en el cuerpo de Thanatos, cuya sangre comenzó a regarse en los campos elíseos, el que apenas pudo detener un golpe mortal en su contra, dado por la persona que pensó lo amaba y comprendía, quien maldijo en silencio e intento atacarlo de nueva cuenta, después de retraer aquellas espinas, siendo detenido esta vez por el juez Minos de grifo.

El santo de cáncer sufrió tres heridas como de dagas afiladas, las tres en puntos vitales, las que no llegaron muy profundo en su cuerpo, pero si en el dios de la muerte, quien cayó de rodillas, llevando una mano a su torso con una furia casi enloquecida.

— ¡Como te atreves!

Grito levantándose con algo de dificultad, escuchando como Verónica aterrizaba a sus espaldas y notando, casi adivinando, que Manigoldo seguía inmóvil, observándolos a ambos con sorpresa.

— Llévatelo de aquí Verónica.

Ordeno Thanatos, convocando su cosmos y una esfera de energía entre sus manos, su golpe más poderoso, advirtiendo que Minos de grifo se interponía entre ambos, elevando sus hilos a punto de atacarlo, tratando de finalizar ese golpe.

La sorpresa de Manigoldo duro poco tiempo e inmediatamente se soltó de las manos de Verónica, quería decirle a Thanatos que se detuviera, pero no encontró las palabras adecuadas para ello, aun así, su dios pareció entenderlo porque poco a poco fue controlando su enojo, bajando los brazos.

— ¡No te dejare lastimarlo Thanatos!

Le advirtió Minos de grifo, escuchando como los dos gemelos pelirrojos llegaban a ellos, para evitar que Albafica prosiguiera con su venganza, quien se negó a ver el profundo dolor en los ojos de Manigoldo, el que se acerco a Thanatos, cuyas heridas continuaban sangrando.

— ¡Detente Albafica, tu no deseas hacer esto!

Pronunciaron a las espaldas de Albafica, quien seguía tratando de liberarse, su mirada fija en el espectro que portaba el rostro de quien alguna vez considero su mejor amigo, aquel que apreciaba por sobre todos los demás, cuya mirada hablaba de traición e incomprensión, el que no tenía derecho alguno de portarla, porque no fue él quien había sido traicionado por su ser amado.

— Lo deseo, deseo vengar su ofensa y no me detendré hasta que lo haga.

Minos de nuevo uso sus hilos con Albafica, inmovilizándolo, permitiendo que Thanatos se marchara usando su poderoso cosmos, llevándose a Verónica y al traicionero Manigoldo de su presencia, cuyas heridas sangraban, pero no como las del cuerpo mortal del dios de la muerte.

— ¡No!

Pronuncio dejando de pelear, deteniéndose de pronto cuando Lugonis rodeo su torso con sus brazos, sin decir una sola palabra, pero preguntándole en silencio que era lo que había hecho, haciéndolo sentir incomodo, dudar de sus recuerdos de nuevo, del dolor ocasionado por Manigoldo, ansioso por realizar todas aquellas preguntas que lo perturbaban, cuya respuesta no comprendía pero sabía que no tenían respuestas, que alguien más se las había robado.

— ¡Tengo que vengarme, tengo que recuperarlos… por favor, deben dejarme terminar con esto!

Nada de lo que decía Albafica tenía sentido para nadie exceptuando Minos, quien sabía de que debía vengarse y que era lo que deseaba recuperar, tal vez pensaba que Manigoldo tenía que ver con sus recuerdos perdidos o distorsionados, uniendo su odio por él y su deseo de recuperarlos.

Creyendo que si lo mataba podría recuperarlos, pero no era así, Hypnos los destruyo y si ver a su amado cangrejo no era suficiente para romper su hechizo, por llamarlo de alguna manera, entonces, nada los traería de vuelta, haciendo que sonriera complacido, olvidando sus viejos temores, nada podría robarle a su rosa, ni su padre, ni su cangrejo, ni siquiera el dios de la muerte, cuya sangre aun seguía profanando los campos elíseos, un acto, que seguramente Hades, ya no perdonaría.

— Debemos irnos Albafica…

Pronuncio de pronto, dejándolo ir, sin darse cuenta que los hilos con que sostuvo a su rosa cortaron sus muñecas, que Albafica estaba demasiado perturbado y que Lugonis, comprendió aquella locura en ese instante, Minos le había hecho algo terrible a su hijo, de tal forma que ahora culpaba a Manigoldo por ello, haciendo que le odiara.

— Debes estar cansado y Leuca tiene que curar esas heridas.

Le comento limpiando la sangre de su mejilla, besando sus labios con gentileza, esperando que con eso fuera suficiente para que su rosa pudiera seguirlo de nueva cuenta.

— Pero, no le he dicho a mi padre lo que necesitaba decirle.

Susurro Albafica, odiando mucho mas a cáncer, ya que por culpa suya no había logrado hablar con su padre, quien se limitaba a guardar silencio, sin decir una sola palabra, pero sin perderse uno solo de los movimientos del juez Minos, quien actuando magnánimamente, supuso que nada perdería si le permitía ver a su padre, después de todo, a pesar de verlo sus recuerdos seguían perdidos, su rosa ya le pertenecía por completo.

— Podrás verlo cuantas veces quieras, Albafica, pero… tendrás que prometer que abandonaras esta idea de venganza, que me permitirás a mí vengar tu honor.

Albafica no estaba contento con esa petición, pero acepto, todo con tal de ver a su padre nuevamente, respondiendo al beso de Minos con pasión, con gentileza y deseo, permitiendo que el juez le mostrara a Lugonis a quien le pertenecía exactamente su premio, porque sin importar lo que pasara, no estaba dispuesto a dejarlo ir.

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Manigoldo estaba sorprendido, demasiado absorto en sus propios pensamientos al mismo tiempo que las ninfas del dios de la muerte curaban con prisa las heridas de Thanatos, quien yacía en una cama mucho más grande que la anterior, sus ojos cerrados, su cabello regado en los almohadones.

— Debería matarte en este instante.

Pronunciaron a sus espaldas, el dios del sueño, con una mirada fría, seguro de que por fin había logrado sus propósitos, esperando que su hermano comprendiera que su cangrejo no le amaba en lo mas mínimo, que solo el podría quererle como lo hacía.

— Estoy seguro que no entiendes lo que mi hermano ha hecho por ti, ni siquiera te importa, no es verdad… basura humana, pero tendrás que comprenderlo, antes de que yo mismo te castigue por tu ingenuidad al pensar que Thanatos podría amarte.

Manigoldo no dijo nada, no comprendía las reglas del inframundo, por lo tanto, no sabía que pecado había cometido el dios de la muerte para que Hades quisiera castigarlo, y es que estaba prohibido manchar los campos elíseos con sangre, ese sitio, un regalo para su esposa, debía mantenerse puro, perfecto, libre de cualquier clase de mancha.

— Le has hecho manchar los campos elíseos con sangre y ese acto, provocado por tu debilidad, lograra que mi hermano, mi amado hermano sufra un castigo ejemplar, todo por una basura como tú.

Las palabras de Hypnos no le dolían como lo hirieron las de Albafica, pero aun así, no tenía suficiente fuerza para moverse, limitándose a escuchar lo que tenía que decir el dios del sueño, viendo como Leuca se alejaba de Thanatos, cuyas heridas ya estaban curadas, pero seguía demasiado débil para moverse pero escuchaba atento las palabras de su hermano en contra de su dulce fuego fatuo.

— Manigoldo…

Susurro Thanatos, llamándolo hacia él, ofreciéndole una sola mano, esperando que la tomara, por un momento dudo si debía hacerlo, pero poco después, obedeció las ordenes del dios de la muerte, recostándose a su lado, pensando en las palabras de su antiguo hermano de armas, el dolor de su maestro y el sacrificio de Thanatos, quien llevo su mano libre a su cabeza, acariciando sus cabellos con suavidad, cerrando los ojos como si necesitara dormir sólo un poco, después de todo necesitaba recuperarse para recibir el castigo de Hades, por manchar el inmaculado campo de flores de su esposa.

— Mi dulce fuego fatuo…

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Hola de nuevo.

Creo que cada vez me quedan más largos los capítulos, espero que no sea un inconveniente, pero es muy importante que no corte los sucesos que se van desarrollando.

Ya alcanzamos los 25 capítulos, más 16000 lecturas y más de 100 comentarios, cantidades mucho mayores de las que esperaba cuando comencé a escribir esta historia, por lo cual, para agradecerles su atención, sus lecturas y sus comentarios hare lo siguiente.

Los próximos 5 comentarios que reciba recibirán un regalo, eso quiere decir que pueden dejarme una pequeña petición, de algo que quisieran ver en la historia, que no sea decisivo para la misma, por ejemplo pueden pedir un baile pero no que maten a Hypnos, sólo tienen que decir que desean que pase entre alguna de las dos o tres parejas.

Y para no cambiar la costumbre las dos preguntas de siempre, aunque la decisión ya está casi tomada, pero a lo mejor y me convencen de lo contrario.

¿A quién le gustaría que los espectros terminen seduciendo, convenciendo, obligando, o quedándose a sus premios?

¿Los santos sabrán o podrán perdonar lo que les han hecho? Ó ¿Sus acciones serán imperdonables para los dos santos?

Por el momento me despido, muchas, muchas, gracias.

Bye.

Seiken.