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..•.¸¸•´¯'•.¸¸.ஐ CAPITULO 23 ஐ..•.¸¸•´¯'•.¸¸.

A la una de la madrugada, cuando trataba de escabullirse de la cama, Candy despertó a Albert.

—¿A dónde vas? —le preguntó, en un susurro adormilado.

—Abajo. Estoy hambrienta. No quería despertarte. Vuelve a dormirte.

Albert también tenía hambre. Mientras se ponía los pantalones, se golpeó un dedo del pie, y empezó a saltar por la habitación, murmurando maldiciones.

—Silencio —le indicó Candy, riendo—. Que no se despierten mis hermanos.

Ya era demasiado tarde: Albert había hecho tanto barullo quejándose por el pie, que despertó a todo el mundo.

Kuki fue el primero en aparecer en la cocina. Candy estaba cortando rebanadas de queso, sentada sobre el regazo de Albert y, en cuanto entró el hermano, se apresuró a ocupar su propia silla.

—No podía dormir —dijo Kuki, sentándose a horcajadas en la silla que estaba frente a Albert, y dirigiéndole una mirada dura—.¿Estás en condiciones de resolver esto?

—Si lo que quieres es una garantía, no puedo dártela, Kuki.

—Entonces, tendrás que ayudarme a convencer a Adam de que huya.

—No puedo. El solo tiene que adoptar la decisión. Respáldalo en esto, Kuki, pues él haría lo mismo por ti.

El hermano movió la cabeza.

—El no se quedaría quieto viéndome morir. Te lo juro aquí y ahora: si lo condenan, yo lo sacaré.

Candy perdía el apetito a toda velocidad, pues el temor le formaba un nudo en el estómago.

—Pienso que debemos tener fe en Albert, Kuki. Confía en que hará todo lo posible por salvar a Adam.

Albert le sujetó la mano y se la apretó.

—No soy un hacedor de milagros, pero te agradezco que confíes en mi.

—Al diablo con la fe —musitó Kuki.

Tom llegó a tiempo para oír el comentario del hermano. Se había puesto pantalones y una camisa de franela, de mangas largas. Pero la tenía mal abotonada, y Candy sonrió al advertirlo.

—¿Ya tienes un plan? —le preguntó a Albert.

—Mañana le enviaré un telegrama al abogado que tenía en St. Louis. Trabaja con un estudio grande. Es probable que conozca el nombre de algún abogado en Carolina del Sur. Encontraré uno, aunque tenga que ir yo mismo.

—¿Para qué?

—Para obtener una declaración jurada de Livonia y de Rose. Ahora, el tiempo es vital. Pero resultará. Yo lograré que resulte.

—¿De qué servirán sus declaraciones? —preguntó Tom.

—Confirmarán lo que Adam me contó. En este momento, son dos hombres contra uno. Lo que estoy haciendo es igualar los tantos. Espero que Livonia coopere. Tal vez esté demasiado asustada.

Los hermanos estuvieron de acuerdo.

—Adam va a resistirse, porque sabe lo que le pasará a la mujer cuando sus hijos vuelvan a la casa. No creo que te deje ir a solicitarle una declaración jurada.

Albert no discutió. Haría lo que fuera necesario para que Adam tuviese un juicio justo.

—Hablemos de otra cosa. Candy Rose está poniéndose nerviosa.

—No, no estoy poniéndome nerviosa.

—No comes.

Candy se alzó de hombros.

—¿De qué te gustaría hablar?

Entró Charlie y le respondió:

—¿Qué pasó cuando ella se fue de Londres? ¿Se desencadenó el escándalo? ¿La tía la calificó de ingrata? Eso es lo que Candy Rose creyó que haría.

Canfy fijó la vista en el plato.

—Lastimé a mi padre, ¿verdad?

Albert no suavizó la verdad:

—Sí.

—Ojalá pudiera entenderme —susurró.

—Cariño, tuvo tiempo de sobra para intentarlo. Jamás te dio una oportunidad. Pienso que, tal vez, le haya dado argumentos sólidos. Cuando terminé, me dio la impresión de haber entendido, aunque no estoy seguro. No quise quedarme a esperar y comprobarlo.

—¿Por qué no la querían? —preguntó Kuki.

—Querían tener de vuelta a Victoria. Ninguno de ellos pudo aceptar el hecho de que Candy Rose no fue una víctima todos estos años. Estaban convencidos de que, como no estuvo rodeada de riquezas, sufrió privaciones. Ninguno dedicó tiempo a conocerla, pues estaban muy ocupados creando a una persona imaginaria. Todo eso fue una locura. Tenían una imagen de la muchacha en que se habría convertido, y todos intentaban moldearla de acuerdo con lo que querían que fuese.

—Su obra maestra —dijo Candy.

—¿Por qué no golpeaste a tu tía cuando te dijo que te imaginaras como una tela en blanco? —preguntó Albert.

Para Candy, era una actitud absurda, y de sólo imaginarlo estalló en carcajadas.

—La tía Barbara me sugirió eso. Pero yo no podía lastimarla. Ella quería mi bien.

—Albert, ¿piensas llevarla de vuelta a Inglaterra e intentarlo otra vez? —preguntó Tom.

—No.

Los hermanos sonrieron. Esa noche, no necesitaban conocer los planes concretos.

Se quedaron media hora más sentados a la mesa, conversando. En un momento dado, la conversación volvió a Adam, pero para entonces Candy había terminado de comer.

—¿Cómo podemos ayudar?

—De muchas maneras —contestó Albert—. A medida que avancemos, os iré dando los pormenores. Cuando estemos en la sala de audiencias, no quiero que Candy Rose se siente junto a Adam. Kuki, tú te sentarás a la derecha de Adam, y yo, a la izquierda. Charlie y Tom flanquearán a Candy Rose, en la primera fila detrás de la mesa. Si hay un receso, cuando vuelvan a sentarse, ocuparán los mismos lugares.

—¿Por qué no puedo sentarme al lado de Adam?

—Quiero que te separes de él lo más posible —le contestó.

La brusquedad de Albert los sorprendió, aunque ninguno de ellos pareció enfadarse. Sí tenían curiosidad por saber el motivo.

—Si apoyas la mano sobre la suya, lo abrazas o lo palmeas, todos verán a una mujer blanca tocando a un hombre negro. En el pueblo, todos conocen la historia de vuestra familia y, en cierto modo, aceptan a Adam. No los presiones, Candy Rose. No es que quiera que olviden que es tu hermano. Lo que sucede es que ahora nos enfrentamos a un cargo por asesinato, y no será fácil. También estamos luchando contra los prejuicios. Y no quiero discusiones a este respecto —añadió, al ver que estaba a punto de discutirle—. Todos apoyaréis a Adam como una familia, no como individuos.

—¿Porqué has elegido a Kuki para que se siente junto a Adam, en vez de Charlie o yo? —preguntó Tom.

—Para intimidar. El pone a la gente nerviosa.

Kuki sonrió:

—Sí, ¿no es cierto?

—Sí. El jurado escuchará toda la evidencia, y Kuki va a fijar la vista en cada uno de esos doce rostros, como si estuviese memorizando la reacción de cada uno.

—Peleas sucio —dijo Kuki—. Eso me gusta.

—Debo recordaros que lo que estamos diciendo aquí es información reservada. ¿Entendido?

Candy bostezó, y Albert la llevó de inmediato al dormitorio.

—Tengo una sorpresa para ti. Siéntate en la cama y cierra los ojos.

Hizo lo que le indicaba. Espió una vez, y vio que su esposo sacaba ropa del bolso.

—¿Tienes los ojos cerrados? —le preguntó.

Los cerró con más fuerza. Sintió que le apartaba el cabello de la cara, y luego, algo frío en el cuello.

Supo lo que era antes de abrir los ojos.

—¡El medallón de mamá! —exclamó—. ¿Dónde lo...?

No pudo seguir. Rompió a llorar.

—Estaba metido entre el colchón y la cabecera de la cama.

Candy se arrojó en sus brazos y le dio las gracias una y otra vez. No pasó mucho tiempo antes de que la deseara de nuevo. Cayeron sobre las mantas, e hicieron el amor de una manera loca y apasionada.

Albert sabía que esa pausa bienaventurada no podía durarles mucho tiempo.

La tormenta se avecinaba.

La semana siguiente, Candy vio pocas veces a Albert. Pasaba la mayor parte del tiempo en la casa de Belle, revisando las cartas que todos ellos le habían mandado a Mamá Rose, y de las que se habían apoderado los hijos de Adderley. Por las noches, se sentaba en la biblioteca y leía las cartas que la madre les escribió a ellos. Garabateaba páginas y páginas de notas, y cuando no estaba trabajando, se sentaba en el porche a pensar y a formular planes.

Candy no necesitaba preguntarle qué progresos estaba haciendo. La expresión sombría de su esposo se lo decía todo. Se sentía inútil e impotente. Todas las mañanas le preguntaba si había algo que ella pudiera hacer para ayudar, aunque fuera insignificante, y su respuesta era siempre la misma: si se le ocurría algo, se lo diría.

Cuanto más se acercaba el juicio, más se preocupaba Albert. Pero Candy no se sentía desatendida si él subía a acostarse sin darle las buenas noches. Estaba pensando en el caso, que era lo más importante en ese momento.

Se reunieron, como una verdadera familia, para la cena del domingo. Candy se prometió que, costara lo que costase, sería una comida agradable. Por eso, cada vez que alguien mencionaba algo relacionado con el juicio, se apresuraba a cambiar de tema.

Todos captaron el juego, y se plegaron a él de inmediato. Charlie, hasta pudo sonreír por algo que ella le dijo.

—Kuki, nunca me preguntas nada acerca de Anny. ¿No tienes curiosidad por saber qué le ha pasado?

El hermano se alzó de hombros:

—¿Es feliz?

—Sí —contestó Candy—. Ahora trabaja para mi tía Lillian.

—¿El general? Anny tiene más coraje del que yo pensé. Bien por ella.

Albert sonrió.

—¿Llamas general a tu tía?

—Se comporta como si lo fuera —admitió Candy—. Ayer, Corrie me dejó una nota. ¿Queréis que os la lea?

—No —exclamaron los cuatro hermanos, al unísono, y después estallaron en carcajadas.

Su grosería no le molestó.

—Tendré gran placer en leértela a ti, Albert.

—Cariño, ya la he leído tres veces. Corrie quiere que le lleves otro libro.

—¿Y qué más?

—Está contenta de que estés de regreso. Qué hermosa te pones cuando te ruborizas.

—No me ruborizo. No me importa que mis hermanos se rían de mí. No pueden evitar ser maleducados en la mesa. No les hagas caso.

—Creo que eché de menos ser maleducado casi todo el tiempo que estuvimos en Inglaterra.

—Oh, Señor. ¿Acaso me he casado con un hombre igual a mis hermanos?

—Eso espero. Sería el mayor cumplido que podrías hacerme.

—Os dije que le agradábamos —dijo Kuki marcando las palabras, algo avergonzado por su propia reacción al elogio de Albert.

—Alguien se acerca a la casa —anunció Tom—. Lleva traje, y viene en un coche de un solo caballo.

Albert se puso de pie.

—Es Alfred Mitchell —adivinó—. Es el abogado que contratamos para que hiciera unos trabajos para nosotros. Esperad aquí —les dijo a los hermanos, al ver que hacían ademán de levantarse—.Primero, quiero hablar con él a solas. Después, os lo presentaré.

Salió de la habitación antes de que Adam pudiera pedirle que le explicara qué clase de trabajo estaba haciendo ese tal Mitchell. Le formuló la pregunta a Kuki.

—Albert quería obtener cierta información sobre los hijos de Livonia. Le envió un telegrama a un abogado de St. Louis pidiéndole que le recomendara a alguien, y le propuso a Mitchell. Debe haber andado día y noche para llegar aquí tan rápido. No sé cómo lo ha hecho.

—¿Podemos escuchar en la puerta? —preguntó Charlie.

—No haremos semejante cosa —afirmó Adam—. Respetaremos la petición de Albert.

Oyeron abrirse otra vez la puerta. Segundos más tarde, Albert volvía al comedor.

Parecía perplejo.

El motivo de su perplejidad estaba parado detrás de él. Candy se levantó, tambaleante:

—¡Padre!

Todos los hermanos se pusieron de pie, con la atención fija en lord Elliott. Albert observaba a su esposa, cuyo rostro se había puesto completamente blanco. Creyó que iba a desmayarse.

Corrió a su lado y la sujetó del brazo.

Elliott estaba allí, de pie en la entrada, contemplando a la familia. Aún no sabía qué era lo que iba a decirles. Eso lo había preocupado durante todo el trayecto. ¿Cómo podía decirles a los hermanos que los aceptaba como parte de su familia, y que esperaba que ellos lo aceptaran a él?

Albert vio su expresión afligida, y resolvió facilitar la reunión. Se inclinó hacia su esposa y le murmuró:

—Tu padre está muy nervioso.

Sabía que no era necesario añadir una sola palabra. Candy Rose se conmovió de inmediato. Corrió hacia su padre, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla.

—Me alegro mucho de volver a verte.

El hombre salió de su estupor con un estremecimiento, y le tomó las manos.

—Hija, ¿podrás perdonarme alguna vez? Siento mucho todo el dolor que te causé.

Los ojos de Candy se llenaron de lágrimas. Su padre había hablado en tono tan ferviente, que supo que sus palabras provenían del corazón.

—Oh, padre, te quiero. Claro que te perdono. Amo a Albert, y constantemente tengo que perdonarlo. El también me perdona. En eso consiste la familia. Lamento haberte hecho daño cuando me marché.

—No, no, me hiciste recuperar la sensatez. Hiciste lo correcto.

Los hermanos oyeron todas las palabras de disculpa, pero ninguno de ellos manifestó la menor reacción. Para Albert, podían haber estado tallados en piedra.

—Padre, aquí me llaman Candy Rose.

—Está bien.

—Está bien... ¿Está bien?

Se arrojó en sus brazos y lo abrazó.

—Cuando vayas a Inglaterra a visitarme, tal vez, de tanto en tanto se me escape y te diga Victoria. ¿Te importará?

—No, no me importará en lo más mínimo.

Elliott le palmeó el hombro, con una sonrisa tierna en el rostro. Su preocupación se alivió: había hecho lo que era debido.

Por fin, Candy recordó las reglas de cortesía. Se apartó del padre y le sonrió.

—Padre, quisiera presentarte a mis hermanos —anunció, con voz llena de orgullo.

Elliott los observó atentamente a todos. Albert se colocó junto a ellos, y el suegro entendió lo que significaba ese gesto. Era un modo de hacerle notar que el orden de importancia estaba determinado por los sentimientos de Candy Rose. Primero estaba su esposo, después sus hermanos, y por último su padre. Y no le importaba ser el último en la lista, porque ya sabía que ella tenía amor de sobra para todos.

Finalmente había llegado el momento en que Elliott reconociera a los hermanos como una familia. No se sintió presionado. Contempló a los fornidos jóvenes y, de repente, le pareció estar ante unos gigantes. Se sintió humilde y, al mismo tiempo, maravillado.

Eran la respuesta de Dios a sus plegarias. Todos esos años de angustia y terror, en la oscuridad de la noche, sintiendo que la desolación le devoraba el alma, había orado pidiendo un milagro.

Y todo ese tiempo, Dios le había dado cuatro.

Realmente, fue colmado de bendiciones. Tenía una hija maravillosa, un hombre noble como yerno, y ahora...

—Al parecer, tengo cuatro hijos.

28 de noviembre de 1877

Querida Mamá Rose:

Hemos votado, y me eligieron a mí para escribir esta carta, para pedirte que dejes de insistir: Mamá, pensamos que es un error por tu parte seguir fastidiando con que nos casemos. Sabemos que, según tú, Adam tendría que casarse el primero por ser el mayor, pero no lo hará, y así son las cosas. A él le gustan las cosas como están ahora, y a nosotros también, de modo que, por favor abandona tus ilusiones de tener nietos.

Nosotros esperamos que, algún día, Candy Rose se case. Ahora que está en el internado, podemos aflojar un poco la vigilancia.

Los hombres que tiene alrededor se pelean todo el tiempo por conquistar su atención. A ninguno de ellos le molesta que sea tan ingeniosa en sus réplicas. Pero la echamos de menos, hasta un punto que no nos imaginábamos. No tienes por qué preocuparte por ella en absoluto. Le he enseñado a cuidarse si algún hombre, en St. Louis, intenta molestarla. Se llevó la pistola de seis tiros, y dos cajas de balas. Con eso bastará.

Espero que no te enfades conmigo por haber sido tan franco contigo. Todos te queremos y desearíamos que vinieras aquí, a vivir con nosotros.

Kuki.

CONTINUARA