Pequeña Nota previa:
Este capítulo sucede paralelo al de Maxon.
Cuando America despierta Maxon está trabajando en el palacio y ya discutió con Celeste. Aún no ha sucedido la reunión con Valiant ni con Marlee.
Este capítulo está dividido en dos días. Temporalmente la primera parte de este capítulo sucede antes de que Maxon hable con todos.
En cuanto al argumento:
Espero que con este capítulo entiendan que Maxon sigue siendo el mismo de siempre. Y que NO es culpable de nada. (Más que de estar enamorado de ella).
En el capítulo anterior fueron los personajes quienes lo inculparon de algo que en realidad fue un acto muy valeroso. Y además, le hicieron sentir que había cometido un error.
Pero no es así.
Todo lo que él ha hecho por America lo hizo en secreto para protegerla del villano en esta historia: su padre.
Él sabía que si actuaba frente al rey tendría consecuencias negativas para ambos (como sucedió con los diarios y él tuvo que enfrentarse a los azotes).
Así que para protegerla y poder prepararla para un regreso donde ella demostraría todo lo que vale, decidió hacer todo eso del plan con Nicoletta a escondidas.
Lo que sucede es que los otros personajes vieron solo la parte superficial, no el trasfondo de lo que hizo, lo mucho que sacrificó por ella y todo lo que ella creció con ese plan.
En fin, en este capítulo espero que quienes lo odiaron en el anterior, se vuelvan a encantar.
Y también espero que recuerden que esta historia es un Fanfiction y no el libro original. Ningún fanfiction se apega 100% al argumento real. Lo que he hecho aquí es, como expliqué en el primer capítulo, lo que siempre quise leer en los libros.
Más madurez, más rudeza, más problemas emocionales y más enfrentamientos e introspección por parte de cada personaje.
Dejando aclarado ese tema, ¡los dejo con el capítulo! Y gracias por los que se han quedado.
(Una de las fans está de cumpleaños y me pidió que la saludara, así que ¡felicidades Priscila-Horan!)
…
XXIV
No soñé nada y si lo hice, no lo recuerdo.
Seguía sintiendo el cuerpo y la cabeza pesados. Respiré hondo. Me invadió un perfume que no conocía mezclado con comida.
Mi estómago dio una sacudida y me invadió una ola de asco. Me llevé la mano a la boca y controlé mi respiración aún sin abrir los ojos. Tenía la cabeza hundida sobre una mullida almohada y los cobertores se sentían suaves y cálidos.
Abrí los ojos lentamente. Escuché movimiento, pero aún no enfocaba bien.
—Oh, genial. Finalmente despiertas —dijo una voz amigable. ¿Quién era?
Volví a cerrar los ojos y moví la cabeza. Algo húmedo cayó a mi nariz. Llevé una mano a la cara y quité un trapo mojado.
—Déjalo un rato más, órdenes de Mera —escuché. No sabía quién era pero esa voz la había escuchado varias veces. Me reacomodó el paño en la frente y lo sentí situarse a los pies de la cama.
—¿Quién…?—susurré. No tenía siquiera fuerzas para abrir los ojos. Oí un suspiro.
—Carter…—dijo. Creí que lo había imaginado, entonces logré abrir los ojos. La cortina estaba cerrada así que entraba poca luz a la habitación. No tenía cómo saber qué hora era.
—¿Carter…?—A pesar de estar levemente consciente mi imaginación armó el peor de los escenarios. Intenté sentarme pero él lo impidió—. ¿Marlee? ¿Le sucedió algo a Marlee?
—¿Qué? ¡No! —parecía divertido, pero de inmediato sentí que con sus manos intentaba contenerme para que no me moviera—. Debes quedarte quieta. Sufriste un desvanecimiento y tienes fiebre. Llevas dormida ocho horas, son casi las seis de la tarde —explicó, abrí los ojos con fuerza—. Marlee ya no puede seguir ayudando con la comida así que lo haré yo mientras Paige se recupera de sus quemaduras.
—¿Qué… qué le ocurrió?... ¿a Marlee?
Intenté mantener los ojos abiertos hasta que finalmente mi visión comenzó a estabilizarse. Y con ello también vino el dolor de músculos, de huesos, de cabeza y todo lo demás.
—Nada, por suerte —dijo con un tono de voz extraño—. ¿Cómo te sientes?
Respiré hondo.
—Me duele todo…—jadeé. Suspiró—. ¿De verdad estuve todo el día desmayada?
—Bienvenida al mundo de los soldados —parecía que lo quería decir como chiste pero había cierta lamentación en sus palabras—. Suele suceder después de un gran impacto.
No quería pensar en lo que implicaban.
—¿Dónde está Marlee? —pregunté preocupada para hablar de otra cosa. Cuando finalmente logré enfocarlo noté numerosas heridas en sus mejillas, manos y brazos. Me sonrió con pesadumbre.
—Descansando… —dijo abatido—. No sé qué ocurrió anoche pero llegó muy agobiada cuarto. Algo debió haberle sucedido porque lloró mucho y le causó molestias…—suspiró—. Por eso estoy aquí.
Lo miré sin comprender y traté de sentarme un poco sobre los almohadones.
—¿Cómo que molestias? ¿Qué tipo de molestias? —pregunté asustada. Cuando logré sentarme lo pude ver mejor. Su expresión no distaba mucho de la que yo debía tener. También se veía sumamente cansado.
—Contracciones —dijo suspirando. Luego me miró con cautela—. Algo le ocurrió, no me quiso decir, pero estaba muy angustiada. Mera tuvo que darle un tónico para relajarse.
Parpadeé confundida. ¿Cuánto le había afectado la historia de Mera? Se supone que ella la conocía. Tal vez al estar embarazada sus emociones recibieron aquel relato de otra manera.
—¿Y no te dijo nada?
—Ni una pista —se encogió de hombros entonces me miró con una sonrisa curvada y amistosa. Tenía que admitirlo, Marlee tenía buen gusto. Carter era de los pocos soldados guapos. Es decir… la mayoría tenía buen físico por su entrenamiento, pero no todos eran atractivos.
Carter sí lo era.
—¿Y te pidió que me cuidaras? —intenté sonreír, frunció los labios.
—Todas las doncellas tienen el día libre por hoy, así que me pidió que te ayudara. Vieras el palacio, es gracioso. Está repleto de hombres trabajando haciendo el trabajo de las chicas…—se pasó una mano por la cabeza riendo. Alcé una ceja—. Es decir, quiero decir… ¿un soldado haciendo el trabajo de una doncella? ¡Es gracioso! Andan sacudiendo los muebles y haciendo camas, ¿te lo puedes imaginar? —sacudí la cabeza.
—Ya lo hice —dije con el ceño levemente fruncido—, No sé qué es lo gracioso, ¿qué tiene de malo?
—Cierto, cierto… eso fue machista —carraspeó y se sonrojó. Aquello me hizo sonreír. Se quedó en silencio un rato, luego me miró risueño y exclamó divertido—: ¡Pero admite que es gracioso! Butler ya ha quebrado tres jarrones, Fewek no sabe usar la aspiradora, Roger mezcló la ropa blanca con la de color en la lavandería y ahora todas las sabanas están rojas, y Marnigton confundió el azúcar con la sal en la cocina. ¡Es un desastre!
Me imaginé el escenario y estallé en una carcajada.
—¿Estás bromeando? —exclamé. Ambos comenzamos a reírnos. Cuando nos calmamos suspiré y le sonreí—. Gracias por alegrarme.
Apretó los labios con una mueca bonachona.
—Me alegra haberlo hecho —se volvió a aclarar la garganta y finalmente me miró—. Ahora que estás un poco más despierta, ¿crees que tengas un momento para conversar? — Fruncí el ceño. Asentí—. Bien… eh…—se mordió la boca y luego me miró—. Quería pedirte que hablaras con Marlee —parpadeé confundida—. Es una chica intensa, le gusta estar en todos los lugares a la vez, hacer lo posible por ayudar a otros… —suspiró y miró hacia el frente, intenté sentarme un poco más pero me dolió la espalda en el intento—. Después del ataque quiso ayudar a todo el mundo. Cuando sucedió lo de Lucy le pedí que se quedara conmigo, pero estaba decidida en ayudarla. Supe que la trajo hasta aquí, yo me quedé en las cocinas ayudando con el desastre a los demás soldados... —se llevó las manos a la cara y respiró cansado—. A diferencia de ella no tengo cómo esconderme. Me dejé crecer el cabello y la barba… pero mis rasgos no puedo ocultarlos bajo una cofia como ella lo hace, así que estoy obligado a mantenerme en las penumbras, escapando de gente que pueda reconocerme. Temo por ambos. Aún estamos aquí y aunque nuestras identidades están ocultas en cualquier momento podrían descubrirnos…—me miró finalmente, sus ojos estaban cargados de preocupación—. Tengo miedo que nos descubran, que la descubran a ella, especialmente. Ya se lo he dicho, le he pedido que al menos por nuestro bebé deje de exponerse tanto —suspiró abatido—. A veces la entiendo, porque es muy difícil vivir encerrados como ratas tratando de que nadie nos descubra, que nadie nos reconozca mientras luchamos esta guerra secreta contra el rey… —me miró con tristeza—. Queremos tener nuestra casa, nuestra vida… pero pareciera que se hubiera energizado con un deseo de justicia que antes no estaba ahí. Me sorprende claro, me enorgullece también. Pero temo que ese coraje la meta en problemas… —se acercó y me tomó una mano—. Sé que no nos conocemos mucho, pero, por favor… si a mí no me escucha, ni a Mera ni a nadie… al menos trata de convencerla. Habla con ella, dile que se mantenga al margen. Sé que te escuchará… —movió la cabeza negativamente—. Anoche salió urgente de la cocina junto a Aspen y Mera para traer a Lucy. Le pedí que no fuera, que era peligroso, que el rey podía volver y descubrirla en los pasillos. No ocurrió gracias al cielo, pero… pero regresó angustiada. Estaba tan triste y alterada que de no haber guardado reposo tal vez hubiera corrido la misma suerte de Lucy y…—jadeó llevándose una mano a la cabeza—…y… no quiero ni pensarlo, ella y ese bebé son mi vida… si algo les pasa por culpa de no haber sido suficientemente cuidadosos… jamás, jamás me lo perdonaría…
—Cielos… —susurré impactada—. Carter, no tenía idea… creí que Marlee tenía todo bajo control, no sabía que arriesgaba tanto.
—Lo hace, sí, pero ella cree que estará todo bien, siempre cree que estará todo bien… pero yo soy más práctico y prefiero hacer las cosas con calma, ella solo actúa —soltó una risa—. Eso amo de ella, es tan… natural, tan impulsiva… —me miró—. ¿Me ayudas? Por favor… ya no sé a quién acudir.
Asentí con un suspiro.
—Claro, cuenta conmigo —acepté con efusividad—. Tampoco quiero que les pase nada, ni a ella, ni a ti, ni a ese bebé.
Sonrió agradecido.
—Gracias… espero que a ti te escuche…
—No puedo prometerte eso —reí desganada, asintió con tristeza.
—Lo sé, pero al menos sabré que lo intentaste —Le tomé la mano para que entendiera que lo comprendía. Entonces noté que en su dedo anular había algo enredado. Lo miré curiosa.
—¿Qué es…?
Quitó la mano y se miró el dedo con una sonrisa triste.
—¿Patético, no? —rió como si fuera divertido, pero parecía avergonzado—. Como no tenemos dinero para un anillo de bodas nos colocamos estos aros de paja. No es mucho pero al menos tenemos un símbolo que representa nuestra unión.
Lo miré enternecida y se me apretó la garganta.
—Creo que es sumamente romántico —halagué. Ladeó la cabeza.
—Es lo que Marlee cree —rió—. Ustedes las chicas tienen una forma especial de ver el romanticismo. Con Marlee he descubierto que no son los besos y las flores lo que considera más romántico, son los detalles. Que recordemos fechas, que le prepare el desayuno, que le bese la barriguita…
Me llevé una mano al pecho y exclamé un "oooow" muy agudo.
—¡Eso es adorable! —dije enternecida. Un extraño vacío se apoderó de mi pecho al escucharlo decir aquello. De repente descubrí que deseaba lo mismo para mi vida. No me importaba la casta ni el lugar donde viviera mientras el hombre que estuviera a mi lado me amara como Carter amaba a Merlee.
Él rió.
—Ese es mi punto —sonrió—. Se te acaban de poner los ojos brillantes solo por escucharme decir eso… son un verdadero misterio —se puso de pie y se alisó los pantalones—. Bien… creo que iré a ayudar con la limpieza en el jardín. No quiero pasearme mucho por los pasillos por si ya sabes quién me descubre.
—Claro —asentí—. Gracias por cuidar de mí —agradecí. Me sonrió.
—Te traje algo para que cenes —avanzó hasta el tocador y recogió una bandeja—. Mera te envió un té, dijo que lo bebas despacio. Te ayudará a descansar esta noche.
La depositó sobre la cama. Destapó un plato y el aroma a verduras asadas y pollo cocido me despertó el apetito—. Es liviano, tampoco tiene sal, por si te da nauseas. Órdenes de Mera —sonreí.
—Gracias Carter.
—Y antes que lo olvide, te llegó esto —del bolsillo del pantalón sacó un sobre blanco levemente arrugado. Fruncí el ceño—. Debe ser importante porque no llegó a través del correo habitual. Lo recibió tu madre y ella lo envió hasta aquí a través de la madre de Aspen.
Agarré el sobre con curiosidad. No tenía remitente ni dirección de envío. Solo decía mi nombre.
—No, espera…—le pedí a Carter que se había dado vuelta para marcharse. Me miró curioso—. Si son malas noticias no quiero estar sola… —me miró preocupado y asintió.
¿Qué podía ser esa carta? ¿Quién la habría enviado de manera tan resguardada para hacerla llegar hasta mí?
Había pasado por tantas emociones las últimas horas que si era otra mala noticia temía colapsar nuevamente.
Rompí el sobre y saqué un papel doblado. Cuando lo desdoblé descubrí una letra pulcra, una manuscrita perfecta.
Leí en silencio:
«Estimada America:
Tal vez no esperabas ninguna novedad de mi parte, pero era primordial que te advirtiera sobre el primer ministro de Nueva Asia.
Cheng es un hombre rudo, violento y odia a Illea por encima de todo. El legado de su familia se vio deshonrado cuando Gregory Illea ganó la guerra.
Durante años la descendencia Cheng ha tratado de volver a recuperar el antiguo imperio de los Estados Unidos de China, pero al no verlo consagrado se dedica a establecer pactos y negociaciones peligrosas para el país. A veces hasta para las personas.
Cuando fui una seleccionada el rey Clarkson me preguntó muchas veces qué cosas podríamos negociar con Cheng para mantener la paz. Él quería que yo fuera la elegida para afianzar alianzas con Nueva Asia, de modo que el país no se viera invadido.
Por favor, no pienses mal de mí, tenía miedo. Pero me vi en la obligación de darle ideas para negociar. Una de ellas tuvo consecuencias terribles que jamás imaginé, porque le costó la vida a la hermana de Natalie.
¡Pero juro por mi propia vida que jamás creí que atentarían contra las personas! Nunca pasó por mi cabeza que arriesgarían a un condado completo por dinero.
Hasta el final de mis días viviré con aquella culpa sobre mis hombros. Jamás me perdonaré lo que sucedió.
Todos creen que fueron los rebeldes y el rey ayudó que se entendiera de ese modo. Le echó la culpa a un grupo del norte adjudicando el ataque a las castas. Pero la verdad es que la localidad donde vivía la familia de Natalie era una de las más ricas en petróleo.
Cheng exigió un buen pedazo de tierra petroleada a cambio de paz. Y Clarkson se lo dio.
America, ten cuidado. Cheng es un hombre peligroso. Cualquier paso en falso puede diseminar una guerra y en la pérdida de múltiples vidas.
Especialmente la tuya.
Aquí se hablan cosas y creemos que tienen un plan para hacerte caer.
Ten cuidado.
Por favor, quema esta carta, destrúyela antes de que caiga en manos equivocadas.
Con mis más sinceros deseos,
Elise.»
Cuando dejé de leer, la hoja cayó sobre las mantas. Tenía los ojos fijos sobre la bandeja de comida.
—¿America?... ¿Estás bien? —Negué con la cabeza y le mostré la carta sin decir nada. La leyó en silencio. Cuando terminó se llevó una mano a la boca—. No es… ¿Acaso es…?
—La amenaza que el rey traerá para destruirme —adiviné—. Va a negociar la paz de Illea conmigo…yo soy su contraoferta…—temblé. El frío se coló por todos lados—. ¿Qué pretende? ¿Cómo…?
—Aguarda —dijo Carter. Se movió con rapidez por la habitación y cogió una caja de fósforos que había sobre la chimenea apagada. Ante mis ojos quemó la carta y la dejó incendiarse hasta que se volvieron cenizas negras—. Listo. Evidencia destruida —me miró fijamente—. Tenemos que advertirles a todos. Tenemos que estar preparados… con los ojos sobre ti.
Asentí. El pánico comenzó a apoderarse de mí. ¿Acaso Clarkson pensaba venderme a los chinos? ¿O les había pedido matarme a cambio de un pedazo de tierra? ¿Qué? ¿Qué harían conmigo?
—Tengo miedo…—admití, Carter se acercó y se sentó en la cama. Me miró fijamente.
—No lo tengas… estaremos contigo, todos… nadie te hará daño.
Asentí y respiré lentamente.
—¿Dónde nos vinimos a meter, Carter?
Se mordió el labio y agachó la mirada.
—A la cueva del diablo… —murmuró—. Ahora queda encontrar un modo de salir vivos de aquí… Y lo haremos. Solo… ten algo de Fe, ¿sí?
Asentí a medias. A esas alturas mi optimismo poco a poco iba menguando y el miedo se abría paso a través de las paredes.
Pero al menos ahora tenía algo extra: una advertencia.
Ahora sabía quién era Cheng Tsiu Lang y podía tener una idea previa de a qué atenerme.
…
Carter se retiró apenas quemó la carta y era probable que a esa hora ya les hubiera avisado a los chicos lo que había ocurrido con la advertencia de Elise.
Elise… ¿quién iba a pensar que ella iba a ayudarme de este modo? ¿Qué tan peligroso se estaba volviendo todo en Illea que ella se vio en la obligación de enviarme en secreto una advertencia como aquella?
Me apoyé en el balcón. Necesitaba aire. No había abandonado la habitación en lo que restaba del día y tampoco tenía ánimos de hacerlo. No me había bañado y llevaba una bata delgada sobre el camisón.
Debería haberme colocado un suéter, pero parecía que el frío me ayudaba a aclarar las ideas.
Nunca me pregunté quién me había cambiado de ropa… y tampoco quería saberlo. Miré hacia arriba.
Eran casi las ocho de la noche y el cielo seguía nublado. No había ninguna estrella.
¿Dónde estaba la luna? Al menos podría llover, pero ni eso. Solo un cielo oscuro decoraba el firmamento.
Miré el jardín. A la luz de las farolas vislumbré surcos negros que rayaban el césped como serpientes gigantes.
Cerré los ojos y una brisa fresca me azotó el cabello. Me sentía un poco más descansada, al menos aquel desmayo me había ayudado a dormir. No había vuelto a soñar con el rebelde muerto.
De tan solo recordarlo me invadió un escalofrío. Me llevé una mano a la boca y la otra la poyé en el barandal.
Tenía que aprender a vivir con eso sobre mi conciencia. Tenía que velar por lo positivo de aquella acción, de aquella decisión.
Al menos Valiant seguía con vida.
Sonreí con tristeza y cerré los ojos disfrutando la brisa. Entonces escuché golpes en la puerta. No me giré. No quería visitas.
Aunque el corazón inevitablemente saltó en mi pecho. ¿Podría ser…? Me volteé y quedé de espaldas al barandal viendo la puerta.
Maxon ni siquiera había dicho algo cuando tuve el ataque de pánico en el refugio, ¿por qué se iba a aparecer? Seguramente aún andaba solucionando los problemas en el palacio.
Golpes de nuevo.
Esperé a que se marchara.
Al cabo de un rato de silencio, otra vez.
Dos golpes suaves.
Suspiré. Si insistían debía ser importante.
—Adelante —invité despacio.
Cuando la puerta se abrió me estómago dio un vuelco. Valiant asomó la cabeza.
—Hola… —saludó temeroso—. Disculpa… no quería molestar, pero…
—Pasa…—dije finalmente. Asintió con timidez y cerró la puerta a su espalda. Se quedó parado ante ella. Nos miramos y de repente tuve unas horribles ganas de llorar.
Noté su rostro totalmente magullado. Tenía todo el costado izquierdo de la cara amoratado, apenas podía abrir un ojo. La nariz estaba cubierta por un parche y tenía un horrible corte en la boca.
Entré a la habitación viéndolo asustada. Noté que estaba levemente inclinado, una mano estaba vendada mientras con la otra se agarraba el abdomen.
—Por Dios…—jadeé—. ¿Qué te ocurrió?
Apretó los labios, notoriamente incómodo. Me miró asustado.
—Sabes qué me ocurrió… —susurró adolorido—. E impediste que fuera peor…
Me llevé las manos a la boca y sin poder aguantarme comencé a llorar.
—Lo lamento…yo…—no sabía qué decir. ¿Por qué me lamentaba?
—Ey…ey… —se acercó cojeando y agitó la cabeza—. No te pongas así, vine a agradecerte… quería… —me sequé las lágrimas, él suspiró y descubrí que le dolía hacerlo—… Quería agradecerte por salvar mi vida. Creo que tendré para siempre esta deuda contigo —sacudió la cabeza y se acercó otro paso. Lo escuché respirar con dificultad—. Si necesitas algo, lo que sea… por favor no dudes en pedirlo…
Sonreí con algo de gracia.
—Si estamos todo el tiempo devolviéndonos favores no vamos a terminar nunca de hacerlo —reí con lágrimas en los ojos. Él intentó reír pero se detuvo cuando algo le dolió. Lo miré curiosa—. ¿Qué te pasa?
—Las costillas —dijo levemente ahogado—. Ese rebelde me quebró dos. Al menos sanarán pronto. Mera me está haciendo beber una cosa que sabe horrible, pero el dolor es más soportable que ayer.
Temblé y mi cabeza trajo a flote el hombre baleado. Agaché a cabeza y me abracé como si repentinamente sintiera frío.
—¿Cómo lo hacen? —pregunté finalmente. Me miró sin entender—. Los soldados… ¿Cuándo ustedes…? ¿Algunas vez tú… tú…? —me mordí la boca y cerré los ojos. Temía solo mencionarlo. Por suerte él pareció entenderlo.
—La primera vez que maté a alguien fue la peor sensación del mundo…y lo sigue siendo —susurró, se acercó otro paso—. Fue a los pocos meses de entrar al palacio. Hubo un ataque en pleno día, en un almuerzo con los reyes de Swendway. Las balas volaban hacia todos lados —frunció el ceño y miró un punto vacío en el suelo. Su voz se había tornado rasposa—. Uno de los rebeldes intentó…—se mordió los labios—… estos hombres hacen lo que sea además de matar, si ven una oportunidad ellos…—percibí su rabia. El dolor que le provocaban las heridas lo hacía ver casi miserable—…Eighton nos ordenó matar, no había opción para rehenes, era matar o nada… corrimos hacia los bosques persiguiéndolos y entonces ahí lo vi…entre los matorrales—su ojo bueno se abrió como si viera una película de terror—... uno de esos hombres había cogido por el brazo a una de las mucamas que servía el almuerzo y estaba a punto de…de…
—Para, no…—agité la cabeza temblando—. No… no quiero escucharlo…
Sentí su mano buena acariciar mi brazo. Una sensación cálida se coló por mi pecho eliminando el frío que estaba sintiendo.
—No tuve opción… ella era una niña, tenía solo catorce años…y tenía a ese hombre… sobre ella—masculló con rabia—. No lo pensé, solo lo hice… tal como tú —lo miré con los ojos temblorosos, los suyos estaban igual—. Nunca se me olvidará lo que hice, pero me consuela saber que esa niña hoy vive sin un recuerdo que podría haberla traumado para siempre…y no soy el único. Todos los soldados cargamos con más de una muerte en la conciencia, solo nos conforta saber que hay vidas inocentes que pudieron ser salvadas—suspiró—. Cuando eres soldado te entrenan para esas cosas. Es una guerra constante… intentas verle el lado positivo a tus acciones, aunque te pesen los actos atroces. Es… parte del oficio.
Asentí y agaché la cabeza.
—Pero yo no soy un soldado —gemí—. No sé cómo… cómo enfrentarme a eso...
Se quedó en silencio un segundo y cuando elevé la mirada estaba sonriendo amigablemente.
—¿Estoy vivo, no?... gracias a ti mi hermana no se quedó sola…
Aquello fue como si se rompiera algo dentro de mí, agaché la cabeza y temblé aguantando un sollozo. Entonces de repente lo sentí rodearme. Y me abrazó.
Lo escuché quejarse por el dolor de las costillas, pero dejó que apoyara la cabeza en su pecho.
Nunca supe cuánto rato estuve así, pero de alguna manera llorar la culpa con él causó un efecto de depuración diferente al de la noche anterior.
Tal vez porque estaba expurgando mis culpas con alguien que entendía lo que había hecho.
Cuando me tranquilicé me separé y me quedó viendo preocupado.
—¿Mejor? —preguntó. Asentí.
—Disculpa…—me alejé un poco—. Gracias…
—No es un consuelo, pero al menos te puedo asegurar que con el pasar del tiempo sabrás vivir con ello…
Asentí con una sonrisa, un poco más tranquila.
—Gracias…
Nos quedamos en silencio, entonces se removió incómodo. Aún tenía su mano ilesa afirmando mi brazo.
—Escucha… yo…También vine porque quería disculparme…—dijo de repente. Alcé la mirada y lo noté levemente nervioso. Había desviado la vista hacia uno de los cuadros de la pared. Sabía a qué se refería pero aquel recuerdo solo me puso más nerviosa—… nunca debí hacer eso…
Levanté un hombro y tampoco lo miré. Suspiré.
—Descuida…no le des importancia… fue un impulso…—agité la cabeza.
Entonces nos miramos, como si aquellas palabras hubieran surtido algo en él que no esperaba.
—Sí… un impulso —dijo mirándome incómodo.
Fue algo extraño. Quedé prendada de sus ojos como si un imán me atrajera hacia ellos. Había algo magnético y cálido que vibraba alrededor.
Su mano en mi brazo me acarició suavemente y levanté el mentón. Entonces… golpearon la puerta.
Nos separamos abruptamente.
Él se quejó agarrándose las costillas nuevamente como si se le hubiera olvidado que estaban quebradas. Por la impresión casi se quedó sin aire.
Golpearon de nuevo.
Mi espalda se congeló. ¿Y si era Maxon?
Tragué saliva. Los dos nos miramos con el mismo temor impregnado en la mirada. No estábamos haciendo nada malo ¿cierto?… solo conversando. Y me había servido de consuelo para entender algunas cosas.
Tragué saliva y desvié la mirada hacia la puerta.
—¿Quién es? —pregunté. Esperé.
—America, soy Kriss —respondió—. ¿Puedo pasar?
Con Valiant nos volvimos a mirar y soltamos el aire de golpe. ¿A qué le había temido? ¿Por qué estaba tan nerviosa?
Me crucé de brazos.
—Claro, entra —invité. La sonrisa amigable de Kriss se asomó por el resquicio. Abrió completamente y nos quedó mirando.
—¿Interrumpo algo? —preguntó curiosa. Valiant negó y le hizo una inclinación con la cabeza.
—Vine a asegurarme si Lady America se encontraba bien luego de lo de ayer —Hizo una mueca de dolor, Kriss lo miró preocupada.
—¿Eres tú? —quiso saber. Valiant ladeó la cabeza sin comprender, Kriss me miró a mí, pero no hizo ningún comentario—. Deberías ir a descansar para recuperarte de esas heridas.
Él asintió.
—Eso haré mi Lady —dijo formalmente—. Pero tengo algo que hacer antes… si me disculpa…
Kriss se hizo a un lado cuando él se dirigió hasta la puerta. Valiant se giró hacia las dos y nos hizo una reverencia que le dificultó la respiración, sin embargo sus ojos me dijeron algo más, como si quedara algo pendiente.
—Espero haber sido de ayuda —me dijo antes de abrir la puerta. Sonreí y asentí.
—Lo fuiste. Gracias —dije apretando los brazos contra mi pecho. Pareció sonreír, pero la herida de la boca se lo impedía.
—Me alegra…—inclinó la cabeza levemente—. Que descansen señoritas. Buenas noches…—se despidió.
—Buenas noches —dijimos las dos. Y se fue dejándonos a las dos en un incómodo silencio.
Kriss me miró con preocupada.
—¿A él lo salvaste, cierto? —preguntó. Asentí lentamente—. Lo supuse. Es con quién cantaste.
Volví a asentir.
—Me vino a agradecer —me encogí de hombros y caminé hasta la cama, me senté en la orilla—. ¿Ocurre algo? —quise saber. Ella apretó los labios. Las heridas de la noche anterior volvían a estar cubiertas.
—Sé que es algo tarde y probablemente quieres descansar, pero Silvia me tiene algo cansada con sus horarios y agendas y quiere todo para ayer…—sacudió la cabeza y se llevó una mano a los ojos—. Hoy estuve todo el día viendo los preparativos para la recepción del príncipe italiano —parpadeé. Había olvidado que quedaba una semana para la llegada de Philippo—. Silvia tiene algunas ideas que quiere que lleve a cabo, pero sé que él te pidió a ti que la organizaras. Supongo que sabes qué cosas le gustan —respiró cansada—. ¿Crees que sea posible organizar juntas esta recepción? No tengo idea de qué cosas le gustan a él y Silvia insiste en hacer algo parecido a cuando vino Nicoletta. Pero esto es de noche, no es un almuerzo en el jardín y tengo la sensación de que él no es de fiestas de gala, ¿o sí?
Sonreí divertida pero cansada. Un leve dolor en la frente comenzaba a molestarme.
—Para nada —reí—. Philippo quiere una fiesta temática. De Mardi Grass.
Kriss abrió los ojos con sorpresa.
—¿Es broma? —exclamó—. ¿Sabes lo qué es eso?
Fruncí los labios.
—Poco… ¿una fiesta de máscaras, no?
Kriss agitó la cabeza riendo con incomodidad. Se rascó la nuca.
—Por lo que he leído en los libros de historia universal que tenían mis padres, Mardi Grass era una fiesta que tuvo sus inicios hace muchos siglos, se realizaba antes de una celebración religiosa llamada Semana Santa —explicó—. En aquellos siglos, hace miles de años, aquella celebración religiosa se utilizaba para expiar culpas, pecados, no se bebía alcohol ni se comía. Prácticamente se vivía en purga hasta que los días santos pasaban —dijo. Se sentó a mi lado, parecía divertida—. Mardi Grass fue una invención de los antiguos cristianos para hacer lo que quisieran antes de Semana Santa. Después de todo, luego vendrían los días donde expiarían sus culpas, así que aprovechaban la semana anterior para desbandarse bebiendo, comiendo y… teniendo sexo con cualquiera.*
Me sonrojé abruptamente. No me sorprendía que Philippo quisiera una fiesta así.
—¿Y las máscaras? —pregunté. Kriss sonrió.
—Para que nadie se reconociera ni se vieran las caras, las máscaras se utilizaron como una forma de ocultar del mundo a los culpables de sus pecados —contestó—. Ya con el pasar de los siglos se volvió algo más como una tradición, pasó de ser una orgía a una celebración costumbrista con máscaras y disfraces —cerró un ojo, recordando—. Aunque antes que Illea fuera el país que es, cuando era Estados Unidos, también se celebraba esa fiesta con un poco más de escándalo. Hay varias versiones de Mardi Grass en el mundo. ¿Qué crees que quiera Philippo?
Quedé con los ojos fijos en un punto sobre la alfombra.
—¿Podemos quedarnos solo con las máscaras? —pregunté sonriente. Nos miramos y comenzamos a reír—. Me gusta más la idea de los disfraces.
Kriss izo una mueca.
—Dudo que el rey quiera otra fiesta de disfraces —frunció la nariz—. La del año pasado en Halloween la aceptó solo porque habíamos muchas chicas, pero esta recepción es para un príncipe.
—Un príncipe que no dudaría en vestirse de payaso si se le ocurre —rodé los ojos. Kriss me miró divertida.
—¿Es tan así? —preguntó. Sonreí.
—Es… diferente a lo que estamos acostumbradas —recordé a Maxon y algo en mi pecho se calentó—. Por ejemplo, Maxon es más formal, cuida su forma de moverse y de hablar, es políticamente correcto —fruncí los labios—. Philippo es lo opuesto. Odia la formalidad, no le gusta andar de traje, le encanta el vodka y la cerveza, va de fiesta en fiesta como si en eso se le fuera la vida y por sobre todo… sé que no quiere ser rey.
—¿Ah no? —preguntó con sorpresa—. ¿Por qué lo crees? ¿Te lo dijo?
Me encogí de hombros y negué con la cabeza.
—Él quedó como sucesor al trono solo porque su hermana mayor abdicó a ser la heredera —expliqué. Recordé cuando Philippo iba a las reuniones con su padre para comenzar con su preparación real. Siempre salía enojado o con sueño—. Si le ofrecieran ser rey o estar en una balsa de goma flotando en medio del océano, créeme, eligiría lo segundo.
—Pero, si no quiere ser rey ¿por qué no renuncia?
Agité la cabeza.
—Creo que teme decepcionar nuevamente a su padre después de todas las cosas que ha hecho —alcé un hombro—. Y aquí entre nosotras… dudo que vaya a ser un buen rey, es demasiado… intenso —extendí los brazos como si con ello abarcara todas las cosas que podían decirse de Philippo—. Es una gran persona, pero dudo que sea un buen gobernante.
—Eso no es bueno para Italia —observó Kriss, asentí.
—No, no lo es… —dije, pero sonreí inevitablemente al recordar lo que tenía en mente—. El rey Marco Antonio solo aceptaría que su hijo abdicara si tiene algún propósito en la vida que no sean las fiestas.
—¿Y crees que lo vaya a encontrar?
Me mordí el labio.
—Eso espero…—dije—. De lo contrario habré perdido tiempo valioso si no resulta —mascullé bajito apretando los dientes.
—¿Resulta qué?
Sonreí y negué con la cabeza.
—Nada, nada… —me rasqué la cabeza—. Cuenta conmigo para ayudarte a organizar esa recepción. Será divertido.
—Como cuando vino Nicoletta —dijo sonriente—. Espero que así Silvia deje de molestar.
Reí y pensé en algo.
—¿Te parece que en lugar de disfraces les solicitemos a los invitados que vengan con trajes de gala coloridos y con máscaras? —recordé un libro que tenía Kenna donde sus personajes solían vestirse así, Kriss pareció pensarlo.
—Tendría el misterio de las máscaras, el colorido de la fiesta, la tradición italiana, pero seguiría siendo de gala… ¡me gusta!
Amplié mi sonrisa.
—Y podríamos agregar algún detalle para hacerlo más divertido —puntualicé. Ella se llevó una mano al mentón.
—¿Qué te parece solicitar pelucas y joyería de colores para quitar la formalidad clásica de los peinados? Estoy aburrida de hacerme moños todos los días.
Amplié mi sonrisa.
—Me parece perfecto —la punzada en la frente se hizo más intensa—. ¿Pero te parece que lo veamos otro día? —Pedí cansada—. Por favor…
Kriss asintió.
—Sí, claro —se puso de pie—. Te dejaré descansar.
La vi moverse con incomodidad, como si algo le doliera. Achiqué un ojo.
—Kriss —la llamé, me miró. A pesar del maquillaje había notado un poco las marcas en su boca. Recordé lo feas que se veían esas heridas la noche anterior.
No supe por qué lo hice. Fue como si algo dentro de mi cabeza me pidiera que fuera cuidadosa. Recordé la carta de Elise.
De repente todo pareció encajar. Pero no quería apostar a la nada.
—¿Pasa algo? —me preguntó al verme callada.
Me llevé un dedo a los labios pidiéndole silencio. Ni siquiera sabía por qué, pero la advertencia de Mera de que las paredes tenían ojos y oídos me estaba comenzando a aterrar.
Me moví con rapidez, saqué del cajón del velador un cuaderno pequeño y escribí:
"Asiente si es cierto o niega si es falso. ¿Esas heridas que tienes en la cara te las hicieron los rebeldes?"
Le mostré el cuaderno. Cuando lo leyó sus ojos se abrieron con pánico.
—¿Qué…? —susurró. Me miró asustada. Dio un paso hacia atrás. Se quedó callada, creí que no contestaría, entonces…entonces negó con la cabeza imperceptiblemente.
Bingo.
Volví a escribir.
"¿Conozco a la persona que te hizo esas heridas?"
Kriss dio otro paso atrás cuando vio el cuaderno. Estaba aterrada. No contestó.
—Tengo que irme, hablamos otro día —anunció. Entonces corrí hacia ella y la agarré por la muñeca.
Escribí rápidamente.
"¿Fue el rey?"
Sus ojos se pusieron brillantes. Se soltó de mi mano y corrió hasta la puerta, pero antes de abrirla se detuvo y agacho la cabeza un segundo sin hacer absolutamente nada. Al cabo de unos segundos de incómodo silencio puso la mano en el pomo y me miró.
Y asintió.
Entonces me dejó sola.
El cuaderno cayó a mis pies.
Kriss era otra víctima. ¿Kriss estaba siendo torturada? ¿Acaso significaba aquello que ahora venía yo?
La pregunta era… ¿por qué a ella primero? ¿Por qué era una rebelde?
Recogí el cuaderno y corrí hacia la chimenea. Arranqué las hojas y las quemé con los fósforos hasta que quedaron transformadas en polvo y cenizas.
Tenía que saber más. Tenía que acercarme a ella, averiguar todo.
Si ella era una víctima y era la futura princesa… ¿qué me esperaría a mí que era la mujer que el rey odiaba?
…
Me bebí el té que Carter me había dejado y maravillosamente dormí toda la noche del segundo día sin tener pesadillas.
Mera debió de haber preparado algún tónico relajante.
Esa mañana me duché y coloqué uno de mis confortables pantalones que tanto amaba. Amarré m cabello en una coleta desprolija y saqué una camiseta de algodón.
Ese día no quería ser nadie más que yo misma. Necesitaba distraerme. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, demasiadas emociones mezcladas.
Pensaba ir a dar un paseo a los jardines cuando golpearon la puerta. Como siempre mi corazón se aceleró, pero no era Maxon. Era Roger.
—Hola —me saludó—. Disculpa por entrar sin esperar una respuesta pero me pidieron que te entregara esto urgente.
En sus manos tenía un papel doblado. Mi corazón se aceleró del miedo. ¿Y si era otra advertencia? ¡Ya tenía suficiente de problemas!
No obstante algo me hizo dudar cuando Roger sonrió burlonamente.
—Anda, recíbelo.
Cuando lo tuve en mis manos se retiró sonriente. Miré el papel y lo desdoblé con cuidado. Mis ojos reconocieron la letra y el calor en el pecho se expandió.
"Creo que es hora de conversar.
¿Puedes venir a la azotea del cuarto piso en diez minutos?
Maxon."
Me llevé una mano al pecho.
—¿Hace cuánto rato te entregaron esto?
Roger intentó disimular una sonrisa pero no lo consiguió.
—Hace cinco minutos.
Miré hacia todos lados y sin decir nada salí de la habitación dejando a Roger atrás. Y corrí hacia la azotea.
No sabía qué me impulsaba a actuar así, pero había algo dentro de mí que ya no aguantaba la tensión entre ambos.
Si quería conversar en una zona apartada del palacio, entonces lo haríamos. Quería solucionar lo que ocurría entre los dos. Ya no podía evadirlo por más tiempo.
…
La azotea del cuarto piso era un balcón. Estaba situado justo al fondo de un pasillo y siempre estaban las puertas cerradas porque solía llegar ruido de la calle más próxima a la entrada del palacio, y era molesto.
Comprendí entonces que Maxon había elegido un lugar donde no seríamos escuchados. Mi corazón golpeó con fuerza el pecho. Cuando abrí la puerta él estaba apoyado en el balcón de espaldas a mí.
El ruido de los motores de los automóviles, camiones y motocicletas llegaba justo por una de las esquinas.
No era un ruido ensordecedor, pero al menos servía para camuflar las voces.
—Maxon —llamé cuando cerré la puerta. Se giró y me sonrió. Se veía cansado y estaba encorvado, como si cargara con peso sobre sus hombros.
—Viniste…—sonrió con amabilidad. Asentí, me acerqué y me apoyé en el balcón a su lado.
Respiré hondo. Lo miré de costado y agaché la cabeza volviendo la vista al frente.
—Gracias por hacer esto…—dije, me miró de lado—. Creo que nos hemos comportado como dos niños desde que llegué…
—Lo sé…—suspiró—. Ha sido difícil…—apretó la boca—… tenerte cerca —confesó.
Asentí a pesar del calor en mis mejillas.
—No creas que no lo ha sido para mí…—admití. Mantuvimos la vista al frente, como si los bordes de los edificios que se asomaban detrás de las paredes fueran interesantes.
Un rayo de sol escapó entre las nubes y nos golpeó la cara. Cerré los ojos disfrutándolo.
—¿De qué querías hablar? —pregunté. Vi que tenía los codos sobre el barandal y las manos colgando hacia afuera. Aprecié como las juntaba y apretaba, agachó la cabeza.
—Quería disculparme no haberte ayudado en el refugio… por… dejarte caer —agitó la cabeza con pesadumbre—. Siento que he cometido un millón de equivocaciones y no sé cómo disculparme por ello.
Me mordí el labio.
—No has hecho nada malo —susurré, cerré un ojo cuando una motocicleta pasó haciendo ruido—. Ese día en el refugio estabas tan en impactado como yo. Era lógico que no reaccionaras.
Sonrió con timidez.
—Debí haberlo hecho. Kriss se veía tan mal como tú y ella hizo todo —cerró los ojos y resopló—. Siempre creí que la vida aquí dentro era simple, pero ¿sabes? Jamás he abandonado estas paredes —indicó mirando hacia el otro lado de la barrera que separaba la ciudad del palacio—. La única vez que salí de aquí fue cuando fuimos juntos a reunirnos con…—se quedó callado. Asentí. Se llevó una mano al pelo y tiró de él—. Desde que sucedió la Selección todo en mi vida cambió. Nunca había tenido tantas chicas a mí alrededor —reí—. Entonces apareciste tú, Celeste, Kriss, Elise… —temblé al escuchar su nombre—. Jamás había sentido emociones como esas. Sentirme realmente atraído por una chica, sacarla a bailar, hacerle un regalo, tener que lidiar con cosas que me pasaban por la cabeza cuando se ponían un lindo vestido… —se sonrojó, yo solo apreté la boca—, verlas llorar aún me aterra—reímos juntos—. Pero eran cosas simples. Creía poder lidiar con ello. Así que cuando te derrumbaste en el refugio fue como un golpe a la realidad. Solo ahí comprendí que eso es lo que pasa con las personas cuando colapsan por sus emociones. No supe qué hacer, jamás he vivido cosas así, jamás había visto a alguien desplomarse de ese modo. Aquí adentro siempre estuve protegido…—se desabotonó las mangas de la camisa y las arremangó, vi magulladuras en sus antebrazos pero decidí preguntar luego—. Aquí solo era huir de los ataques, mantenerme oculto en un refugio, dejar que otros sufrieran lo que tú sufriste por proteger a otra persona —tembló y apretó los puños—. Pareciera que desde que te conocí e incluso después de tu regreso todo mi mundo se hubiera abierto a algo nuevo, a algo diferente… más real… y si te soy sincero… no sé cómo lidiar con eso —respiró erráticamente, seguía con la vista fija en el horizonte—. No sé cómo enfrentarme a las cosas que he visto, que siento… incluso hasta con Kriss —entonces me miró preocupado—. ¿La has visto bien? Parece enferma. He tratado de hablar con ella pero me esquiva brillantemente cada vez que lo intento —agachó la cabeza avergonzado, me recorrió un escalofrío al recordarla responder mis preguntas. Pero no podía decirle nada a Maxon hasta no tener la certeza de lo que ocurría, temía poner en peligro a Kriss—. Pero la verdad es que no sé si pueda enfrentarme a lo que le suceda… porque no sé cómo hacerlo, qué decirle, cómo ayudarla, sea lo que sea…—se llevó las manos a la cabeza con los codos aún apoyados en el barandal—. Siempre todo fue perfecto e equilibrado y de repente el mundo aparece delante de mí con una realidad completamente diferente a lo que conocí toda mi vida —respiró con fuerza, no quise decir nada porque sabía que necesitaba hacer eso, así que solo lo miré con calma, esperando que echara todo afuera. Miró hacia el jardín donde había un gran número de personas trabajando por reforestar parte de lo quemado—. Quería que supieras que si me he comportado como lo he hecho hasta ahora es porque no sé de qué otro modo actuar. Me aterran las consecuencias que pueda traer a mi vida dar un paso en falso —se mordió la boca—. Me aterra que…que mi padre les haga daño a los que quiero solo por intentar ayudar, por intentar ser parte del mundo. Es como si me quisiera mantener apartado… Y lo consiguió —jadeó—. Porque no sé qué hacer con todo lo que me está ocurriendo… y no sé cómo solucionar el daño que puedan hacer mis acciones…
Se escuchaba tan abatido, tan… dolido que me acerqué el palmo que nos separaba y apoyé mi mano en su brazo. Quedó viendo mi mano con sorpresa.
—Está bien sentir miedo, es humano —sonreí—. Y si quieres ser parte del mundo —miré al jardín—, podrías partir por conocer un pedazo de él.
Indiqué a los jardineros y él frunció la nariz.
—¿Crees que me dejen ayudar? —preguntó dubitativo—. ¿Y si mi padre me ve? Él me educó para ser un rey detrás de un escritorio —sonaba abatido—, solía decirme que un rey tiene que manejar el país como si observara de lejos, para proteger su vida y la de los que ama, porque nunca se sabe si alguien saltará con un cuchillo para cortarte el cuello.
Me mordí el labio y miré a la gente que trabajaba a nuestros pies.
—Es un riesgo que deberás correr si quieres ser parte del mundo —puntualicé. Miré a los jardineros arar y llenarse las manos de barro—. Ellos no necesitan un rey Maxon —apreté mi mano en su brazo para que me mirara. Cuando nuestros ojos se encontraron el calor se expandió en todas direcciones. Se sentía infinitamente correcto estar ahí con él, en aquel preciso momento—, necesitan un líder. Alguien que los guíe y compartan el mismo sendero. No a un soberano que observa todo desde su trono de cristal mientras los otros van por diferentes caminos. Al final, quien terminará solo eres tú, no ellos…—señalé al jardín con la otra mano—. Ellos se tienen unos a otros, ¿y tú? Un rey sin súbditos no sirve de nada, pero un líder con seguidores pueden conseguir grandes cosas —le acaricié una de las marcas del brazo y lo escuché suspirar, su respiración me hacía cosquillas en la frente—, por eso eres perfecto para ese rol. Porque no estás hecho para ser un rey, nunca lo has estado —me miró con una expresión graciosa, entre ofendido y sorprendido—, estás hecho para ser algo mejor…
Sus ojos brillaron de un modo diferente, entonces rió aliviado. Colocó la otra mano sobre la mía.
—Me alegra que seas tú la que me diga eso…—miré nuestras manos apoyadas en su brazo, pero no tuve el valor de quitarla. Desde mi llegada no nos habíamos comportado de ese modo y podía entender que desde el último ataque algo hubiera cambiado. Me alegraba que todo volviera poco a poco a un cauce más estable. Sus ojos se enfocaron en los míos y me sonrojé inevitablemente. Pero había algo en su expresión que me parecía extraño. Como si tuviera miedo de decirme algo—… también serías una extraordinaria soberana, probablemente mejor que yo, y no tuviste que nacer en una cuna de oro para conseguirlo —dijo entonces. El calor emergió de diferentes direcciones y se desplazó por todos lados. Quité los ojos de los suyos, lo escuché reír con suavidad—. ¿Crees…? —se quedó en silencio, lo miré de lado—. ¿Crees que podamos volver a ser los de antes?
Parpadeé confundida.
—¿Qué quieres decir?
Me soltó la mano y se la volvió a llevar al pelo. Era un gesto que me encantaba porque lo dejaba vulnerable. Tal vez él no se daba cuenta, pero era una expresión autentica de su humanidad.
—Amigos —dijo con un suspiro. Parecía que no le agradaba la idea… y a mí tampoco—. Los de antes de todo esto, antes de… de que te fueras —sentí que mi cuello se calentaba y me llevé una mano para calmar la adrenalina que subía poco a poco—. Extraño nuestras charlas sobre la vida, tus consejos… cuando te jalabas la oreja…
Reí suavemente.
—Aún lo hacemos…—susurré avergonzada. Asintió.
—Pero no como antes —movió la cabeza—. Desde que llegaste me he comportado terrible. He estado jugando a algo que no me ha llevado a ningún lado. Quiero… quiero volver a ser el mismo contigo, el mismo de antes, el Maxon que tú conoces, no el que trata de… seducirte mientras está comprometido —dijo lo último totalmente avergonzado. Se llevó las manos a la cara y rió frustrado—. ¿Sabes? Intenté imitar a Philippo muchas veces —abrí los ojos sorprendida—. Creí que te gustaría que fuera más… osado.
Parpadeé mil veces y agité la cabeza. Me giré completamente hacia él y alcé un dedo.
—Ni se te ocurra —advertí—. Que no se te vuelva a pasar por la cabeza tratar de ser como Philippo —me miró ceñudo—. ¿Acaso sabes a quién trataste de imitar? ¿Realmente quieres ser como él? ¿Lo conoces al menos?
Bufó.
—Solo sé que es mucho más interesante de lo que yo podría ser.
—¿Interesan…? —parpadeé choqueada— ¿Pero de dónde sacas esas ideas? ¿Interesante para quién? —alzó una ceja en mi dirección, fruncí el ceño—. ¿Para mí? —curvó la boca en una mueca graciosa— ¿Te volviste loco? Con Philippo solo somos amigos y nada más podría prestarse entre los dos. Lo que tiene de amigo le falta de soberano. Si Philippo llega a ser rey y lo va a ser, no sé qué será de Italia, ¡que alguna deidad los ampare si eso pasa! —agité los brazos, él soltó una risa divertida—. ¿Quieres imitar a un hombre fiestero, irresponsable e inmaduro solo porque crees que es interesante para las personas? ¡Puedes ser interesante de muchas formas! Pero Philippo es un pésimo ejemplo para imitar —exclamé. Maxon me quedó viendo con una sonrisa poco creíble.
—Pero creí que te gustaba…—dijo curioso. Negué con la cabeza.
—Es guapo —admití, el frunció el ceño—. ¡Pero no es algo que esté en discusión! A lo que me refiero es que si no me enamoré de Philippo es porque es imposible que pueda confiar en él —confesé—. No podría enamorarme de alguien que puede prometerme el sol y si da vuelta la cara se besa con otra. ¿Quieres ser como él? ¿De verdad?
Parpadeó confundido.
—¿Realmente Philippo es así…de verdad?
Asentí.
—Es un gran amigo y realmente quiero que venga a Illea porque será divertido tenerlo cerca —su expresión cambió abruptamente—. Pero definitivamente no es mi tipo de hombre.
No podía leer su expresión, tenía un montón de emociones cruzando su rostro. Esperé en silencio y finalmente se movió con rapidez y me agarró de la muñeca jalándome hacia la puerta.
—¡Oye! ¿Qué…?
—Quiero ayudar en el jardín—dijo de la nada. No sabía a qué había venido eso pero parecía totalmente decidido.
—¿Qué…? ¿Por qué…?
Se detuvo y se giró hacia mí con una sonrisa entusiasta que lo hizo ver muy atractivo.
—Quiero ser el hombre que te mereces.
Se me calentó la cara, los brazos, el abdomen, todo. Sabía que parecía un farol mientras él me jalaba por los pasillos totalmente entusiasmado con alguna idea. Intenté frenarme varias veces sin resultado.
—¡Maxon! —lo llamé por quinta vez, se volteó con una sonrisa cuando estábamos a pocos pasos de la puerta que daba al jardín—. ¿Y Kriss?
Sabía por qué preguntaba por ella. Me había arrastrado por casi todo el palacio jalándome de la muñeca a pesar de su estatus en términos de estado civil. Respiró hondo y pareció pensar un segundo.
—Somos amigos —dijo decidido—. Y quiero ir con mi amiga a ayudar en el jardín para olvidarnos de nuestros problemas. ¿Qué tiene eso de malo? Kriss te ayudó en el refugio ¿no? ¿Por qué no puedo hacer lo mismo? Tú tienes amigos, yo tengo amigas. El mundo está en paz. ¡Anda, ven!
Quise contestar qué era lo que había de malo en todo aquello, especialmente la parte donde había sentimientos implicados, pero estaba tan entusiasmado que solo atiné a reír.
En tan solo un rato en aquel balcón había dicho tantas cosas que ya no sabía a cuál idea aferrarme. Primero dijo que quería dejar de seducirme porque se había tratado de comportar como Philippo, algo que aunque había sido tentador en un principio, solo nos había distanciado. Luego que quería ser el hombre que yo merecía, y finalmente soltaba eso de los amigos.
Aunque no me molestaba volver a tener esa complicidad con él seguía existiendo algo realmente malo en todo eso, pero él parecía decidido a hacer lo que fuera para recuperar lo que habíamos perdido.
Y por primera vez desde que pisaba ese palacio desde mi regreso se sintió totalmente correcto. Pero no sabía por qué.
Porque él seguía comprometido….
Entonces… ¿qué era lo que me hacía confiar?
…
Para mi sorpresa resultó que Mera era la jefa del departamento de jardinería junto con un hombre barbudo y barrigón que había visto algunas veces en los alrededores.
Cuando Maxon se presentó ante ella y le dijo que quería ayudar, Mera, en lugar de decirle que no y devolverlo al interior del palacio, le entregó unos guantes de goma y algunas herramientas de jardinería.
—¡Ya era hora! —había exclamado ella a modo de broma. Pero yo sabía que había mucho de serio en sus palabras.
Yo recibí los mismos guantes y herramientas más pequeñas. Nos indicó unas macetas pequeñas que estaban depositadas en algunas carretas que resultaron ser pequeños árboles frutales. La idea era reforestar los que habían sido incendiados en el ataque.
Mera me indicó que me reuniera con algunas chicas que trabajaban en el jardín. Estuve toda la tarde haciendo agujeros en el suelo con un rastrillo y plantando macetas. Mis pantalones quedaron repletos de barro, al igual que mi camiseta y qué decir de mi cara.
Pero no me importaba. ¡Había sido genial! Me había distraído y conocido gente nueva.
Mientras terminaba de enterrar las raíces de un último árbol escuché ruidos de un camión acercarse por un costado. Edwin, que era el barrigón barbudo, se subió en la parte de atrás y abrió las puertas. Dentro había una gran cantidad de costales enormes. Me pasé una mano por la frente. El sol había comenzado a brillar finalmente y las nubes ya se disipaban.
Con sorpresa me fijé que Maxon se subía al camión y ayudaba a bajar los sacos. Llevaba el cuello de la camisa abierto y los pantalones arremangados, al igual que las mangas. También se había descalzado para poder pasar por las zonas húmedas. Tenía barro en todos lados.
Lo quedé mirando mientras cargaba sacos al hombro y se los entregaba a otros chicos que trabajaban en el jardín.
Me mordí el labio sin darme cuenta. Lo vi trabajar toda la tarde arduamente en la reforestación del jardín. Incluso lideró a un grupo de jardineros para encontrar el lugar exacto donde colocar la tierra que provenía de los sacos.
Pero lo que más me sorprendió fue verlo trabajar junto a Edwin para idear un nuevo plano para el invernadero.
Le vi pasarle al hombre una mano por los hombros de modo amistoso y ambos rieron cuando llegaron a un acuerdo.
Al caer la tarde tenía el barro incrustado en mis uñas a pesar de haber usado los guantes y me picaba la cabeza de sudor.
Maxon se acercó pasándose un brazo por la frente y se sentó a mi lado en el césped. En la otra mano traía una botella con agua. Me la entregó.
—Jamás había trabajado tanto en mi vida —dijo mirando a todos los trabajadores que bebían agua o reían en medio del jardín—. Suena terrible, porque creía que el papeleo era mucho trabajo, pero estos chicos… ¡cielos! Son geniales. Es realmente gratificante ayudarlos.
—También me divertí —sonreí. Bebí un poco de agua.
Le pasé la botella y bebió también. Se apoyó hacia atrás soportando el peso en los codos. Lo miré de costado. Se veía tan relajado, tan… normal, que de no haberlo conocido nunca habría creído que era un príncipe.
Con toda la ropa embarrada, sin zapatos y con la cara llena de tierra pasaba por un siete.
Me volví a fijar en sus brazos y en las magulladuras. Mi cabeza dibujó las heridas de Kriss y me aterró pensar que Clarkson le hubiera hecho algo a Maxon también.
Tenía que saberlo…
—¿Qué te ocurrió en los brazos? —pregunté intentando sonar casual. Pero para mi sorpresa sonrió. Me miró de costado con un ojo cerrado producto del sol que chocaba contra las ventanas del palacio. Me quedé sin aire un segundo.
Con barro y todo, se veía guapo… mucho.
—Es el entrenamiento —contestó. Fruncí el ceño.
—¿Qué entrenamiento?
Volvió a reír. Tenía una risa tan refrescante que parecía que el pasado tortuoso por el que habíamos pasado no existiera.
—Con Aspen —contestó. Se sentó cruzando las piernas y me mostró los antebrazos—. He estado practicando con los soldados. Golpes, patadas y un montón de cosas que han hecho que me duelan músculos que no sabían que existían —rió—. También he estado practicando con sus armas. Sé usar escopetas para cazar, pero no es lo mismo apuntar a un animal que no te ha visto que a un rebelde de dos metros y cien kilos que corre hacia ti.
Temblé al recordarlo, pareció darse cuenta porque me quedó viendo preocupado.
—Disculpa, no debí mencionarlo…
—Está bien… debo aprender a vivir con eso —dije mirando al frente hacia unas chicas que comían manzanas recién cosechadas del huerto.
—La valentía que te sobra a mi me falta —dijo de repente. Sentí que su mano agarraba la mía sobre el césped. Las miré y mi corazón latió con tanta fuerza que me golpeó la garganta.
No sabía a qué se refería. Siempre lo creí muy valiente.
—Tú eres valiente —susurré quitando los ojos de las manos—. Haces cosas por otros sin pensar en las consecuencias solo por protegerlos—nos miramos un segundo y quité mi mano llevándola a mi rodilla—… tienes maracas que te quedarán de por vida por ser demasiado valiente.
Suspiró.
—Entonces convengamos que ambos tenemos cicatrices que nos recuerdan lo que hicimos por otros… no del mismo modo, pero adquieren el mismo significado.
No daba más con los latidos de mi corazón. Doblé las rodillas y apoyé la barbilla en ellas rodeando las pantorrillas con los brazos. Me quedé en silencio sopesando sus palabras.
—Cierto…—mientras él tenía su espalda herida por mí, yo cargaba con la muerte de un rebelde por Valiant.
Tal vez no me recuperaría del todo de lo que había hecho, pero tenía que grabarme a fuego que había sido por una buena razón.
El sol comenzó a esconderse poco a poco detrás del bosque. Los últimos rayos comenzaron a desaparecer y la humedad del barro, ya gredoso en mis manos, se sentía frío y áspero contra mi piel.
Los jardineros comenzaron a retirarse después de limpiar los últimos desmanes del jardín. Poco a poco se comenzaba a ver como al principio.
Imaginé que para el rey todo se arreglaba mágicamente mientras él no movía un dedo.
El palacio podía caer con un ataque pero siempre habría alguien para volver a levantarlo. Y no era él quien lo hacía. Era su gente.
Dormiría cada noche después de un ataque con las murallas caídas, pero a la mañana todo volvería a estar impecable.
Miré a Maxon de costado, también parecía inmerso en sus propias ideas. Recordé la carta de Elise.
Tenía que saberlo.
Teníamos que estar preparados.
—Maxon —llamé. Me miró—. ¿Sabes dónde…—miré al rededor—… podríamos hablar sin ser escuchados? —me vio con sorpresa, me sonrojé. Por su expresión era probable que se hubiera imaginado otra cosa—. Es algo importante… algo de lo que me enteré esta mañana.
Achicó los ojos mirando hacia abajo, como si pensara.
Negó con la cabeza.
—Solo conozco uno y no podría asegurarte que no seamos escuchados.
Suspiré.
—Peor es nada…
Se puso de pie y me ofreció su mano.
—Entonces vamos, antes que nos vean.
…
Fue una grata y aterradora sorpresa descubrir que aquel lugar del que me hablaba era la azotea donde habíamos bailado bajo la lluvia.
Miré alrededor con algo de nerviosismo. ¿Lo había hecho a propósito?
Me miró avergonzado.
—No sé dónde más podría ser —se llevó una mano a la nuca—. De todos modos será mejor ser breves, ya sabes que mi padre tiene ojos en todos lados…
Asentí. Tenía las mejillas calientes. Recordar aquel instante bajo la lluvia, en aquel lugar…
Sacudí la cabeza y suspiré.
—Bien, entonces será mejor hablar rápido —miré hacia el horizonte y tomé aire—. Recibí una carta de Elise.
—¿Elise? —preguntó extrañado.
—Y me preocupa lo que escribió…
—¿Qué decía?
Tomé aire y le conté todo lo que la carta decía.
Para cuando finalicé los ojos de Maxon estaban tan abiertos que creí que le había causado un ataque nervioso.
—¿Estás segura?
Asentí.
—De cada palabra —contesté—. Carter tuvo que quemarla para que no fuera descubierta.
Movió la cabeza con rapidez.
—Claro, claro —se llevó una mano al mentón y comenzó a dar vueltas como un gato enjaulado.
Lo noté nervioso, asustado, sus hombros temblaban.
—No puedo creer que mi padre… que él…—la mano la subió a su boca y me vio con dolor—. No sería capaz… ¿Oh sí?
Tuve que morderme la lengua para no decirle todo lo que sabía de su padre.
—¿Crees en Elise? —le pregunté—. Ella siempre fue muy correcta, dudo que juegue con algo así…
—Cierto…—dijo abrumado—. Tampoco habría confesado lo que le sucedió a la hermana de Natalie con tanta libertad. Si lo escribió es porque es cierto.
—¿Qué crees?
Me miró asustado.
—¿Qué creo? Que debemos estar preparados para cualquier propuesta que Cheng quiera hacer —se llevó las manos a la cabeza, agotado. A pesar de que se había colocado los zapatos y abrochado las mangas de la camisa tenía toda la ropa sucia. Se seguía viendo como un siete—. Debemos pensar en qué ofertar cuando quiera renegociar la paz —murmuró pensativo—. Cuando fui a Nueva Asia mi padre estuvo encerrado por horas con Cheng intentando llegar a un acuerdo… —me miró espantado—. ¿Crees que haya sido…?
—¿El ataque que mató a la hermana de Natalie? —susurré, asintió—. No lo sé… Pero, es probable…
Volvió a girar como si sus pies estuvieran atados a un imán en el suelo. Se detuvo de repente, respirando agitado.
—No quiero pensar que mi padre pueda llegar a negociar la seguridad de sus ciudadanos con tal de que él pueda tener una buena relación con Nueva Asia, me niego a creer que sea así de monstruoso —murmuró asustado.
Me acerqué y lo detuve. Coloqué una mano en su pecho, el corazón le latía con fuerza.
—No sacas nada con imaginar lo que puede y no puede hacer…—me mordí la boca—. Sabes de lo que es capaz, conoces su mano…—miró el suelo, abatido—. Por ahora sospechemos, ¿sí? Es mejor sospechar que confiar, ¿no crees? Al menos para tener un plan de respaldo.
Asintió.
—Tienes razón…—hizo una mueca angustiosa—. Ya ni siquiera sé quién es ese hombre…
Respiré con suavidad.
Sin tan solo tuviera el valor de decirle…
—Es tu padre. Al menos eso es seguro — quise que aquello sonara gracioso pero detrás de mis palabras se escondía una ironía bastante grave.
—Un padre que cada vez me aterra más…
—Entonces usemos ese miedo para encontrar una solución a lo que Cheng quiera hacer. Al menos así estaremos preparados. ¿Te parece?
Me sonrió. Nos miramos.
Estábamos los dos solos en aquella azotea que traía tantos recuerdos, en medio de un hermoso anochecer. No había lluvia pero la emoción era la misma.
Sentí su respiración rozar mi frente y su corazón precipitarse contra mi mano. La quité rápidamente y di un paso atrás.
A pesar de lo que habíamos conseguido ese día, de aquella tregua, tenía que pensar en Kriss. No podía dejar que nada sucediera con Maxon hasta que viera resuelto aquel compromiso.
Porque después de todo lo que habíamos pasado ambos sabíamos que el sentimiento seguía ahí. Pero lamentablemente no podíamos dar un paso al frente.
—Será mejor regresar…—me dijo. Se miró la camisa—. Debería darme un baño. Estoy lleno de tierra y no quiero presentarme así ante mis padres a la hora de cenar.
—Por supuesto…—contesté con un leve tono de resignación.
—¿No quieres…? —frunció la boca—. ¿Acompañarnos?
Me sonrojé.
—Gracias, pero no creo que sea buena idea —me encogí de hombros. Asintió pasándose a llevar el pelo con las manos.
—Tienes razón…—nos quedamos mirando nuevamente. La noche había comenzado a caer y solo nos iluminaban las pocas luces que llegaban desde el jardín.
Lo vi agachar la cabeza, yo alcé los ojos. Escuchaba mi corazón palpitar contra mis oídos.
El magnetismo que existía entre los dos jamás lo había sentido tan fuerte como aquel momento. Era como si jamás hubiera sucedido nada. Como si la propuesta de ser su esposa aún siguiera en pie.
Pero bastó con que pensara en eso para que me alejara otro paso y cortara el hechizo.
Se aclaró la garganta y también retrocedió.
—Bien… nos vemos —me despedí con torpeza.
—Sí… nos vemos.
—Saldré yo primero… para que no sospechen —dije alejándome.
—Buena idea…
Caminé hasta la puerta sin mirar atrás. Pero apenas la abrí, me detuve y me volteé.
—Me alegra que volvamos a ser nosotros mismos…
Sonrió.
—Lo mismo digo…—frunció un poco el ceño y luego me sonrió—. Si necesitas algo…
—Lo sé —dije, y me jalé del lóbulo. Él sonrió e imitó el gesto.
Entonces me fui.
Para cuando llegué a mi habitación no estaba Roger, y por supuesto tampoco Valiant. Pero tampoco les puse atención a los soldados que estaban plantados ante mi puerta.
Tenía el corazón palpitando tan fuerte que en lo único que podía pensar era que aquel día desde que había regresado, había sido el mejor de todos en el palacio.
Me lancé sobre la cama con una sonrisa estúpida. Mágicamente, de todas las cosas que me habían sucedido, Maxon había sido el único capaz de hacerme olvidar lo que había hecho.
Sabía que no se me olvidaría jamás y cargaría con ello toda mi vida. Pero si él estaba ahí para ayudarme a enterrar ese horrible recuerdo… entonces… quería luchar por recuperarlo.
…
NOTAS
¿Y?
Ya era hora que las cosas volvieran a ir por buen camino.
Sabía que querían un beso, pero les pido calma, porque les prometo que vendrán… y muchos.
Bien, vamos al punto. Después de las conversaciones a las que Maxon tuvo que enfrentarse algo dentro de él se remeció, así que era hora de dejar de actuar tan al azar. Era hora de que volviera a enfocarse en lo que quiere.
Y lo mejor de todo es que America descubrió que ahora es ella quien quiere luchar por él. A pesar de todo.
Curiosidades del capítulo: La historia de la fiesta de Mardi Grass es similar a como Kriss la contó. Le cambié algunos detalles para que calzara con el argumento.
Pero sí es una fiesta que se creó para desbandarse antes de la cuaresma, ya que en Domingo de Ramos se expurgaban los pecados.
En el próximo capítulo ¡chan! ¡Llega Philippo!
Pero hay algo más importante que su llegada, y es que America y Kriss tendrán una conversación muy importante que podría cambiar el rumbo de la historia.
Espero que se lea que quiero formar una linda amistad entre las dos.
Supongo que ya notaron que a medida que se acerca el final, como les había dicho, ya la historia se comenzó a tornar más oscura. Han aparecido secretos de Clarkson poco a poco y eso no se termina ahí.
Y pronto sabrán quién es el enemigo que salía en las imágenes que publiqué al principio de esta historia (y no, no es Cheng).
Siempre me preguntan cuántos capítulos tendrá. Al principio iban a ser 22. Luego subieron a 30 y al parecer es probable que sean un poco más de eso. Porque por cómo voy desarrollando el desenlace es posible que dé para más capítulos. Pero honestamente no sé cuántos tendrá. Espero que menos de 40 (aunque sé que quieren que sean muchos, pero dudo que dé para tantos).
Les recuerdo mis redes sociales a quienes aún no me siguen:
En Facebook es: Kathleencobac (junten los espacios, Wattpad me borra las direcciones URL si están juntos los caracteres).
Y en Instagram y Twitter es: Kathleencobac
Y aunque sé que son poquitos los interesados, les quiero contar a los seguidores de mi libro que a principios de noviembre revelaré el título ¡y estoy trabajando en un Booktrailer!
Eso por ahora.
¡Qué tengan una linda semana!
Kate.
