Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia lo diré al final.

CAPITULO 23

ISABELLA POV

Su colonia era más dulce de lo que la recordaba. Era más embriagadora de lo que esperaba, pero en aquel momento no me importó. Yo era completamente suya. Echada de espaldas junto a él, me amoldé a su cuerpo como si estuviéramos hechos el uno para el otro. Seguía desnuda desde la noche, mi piel expuesta tocaba cada centímetro de la suya y él tenía uno de sus brazos acomodado alrededor de mi cintura. Abrí un ojo con precaución, no quería molestarle al mirar la hora.

Las cinco y veinticuatro de la mañana. Debíamos ir al aeropuerto en tres horas para reunirnos con la gira en Lincoln, Nebraska, para la actuación de esa noche. Nunca tuve el deseo de ir a Nebraska, pero cuando me moví para volver a apoyar la cabeza sobre su hombro, me rendí al hecho de que seguiría a Edward a donde fuera sin pensarlo. No sabía si él me seguiría a mí también.

Desconocía esa realidad mientras repasaba la vista de sus musculosos hombros alzados sobre mi cuerpo mientras trabajábamos el uno con el otro a un ritmo lento, expresando unas emociones desbordantes que no era consciente de haber reprimido durante tanto tiempo. Nunca me había sentido tan cómoda permitiendo que alguien entrara en mí de esa forma. Emocional y físicamente. No hubo preguntas, no hubo pausas incómodas mientras hacíamos la transición de una medida a la siguiente, con nuestra canción antaño silenciosa resonando entre nosotros.

«Te quiero, Isabella». Ya nos habíamos dicho esas palabras mutuamente antes. Pero volver a oírlas, después de tanto tiempo y tanto dolor, y sentirlas como las había sentido entonces… no, era mejor. Más sinceras, mientras nos mirábamos a los ojos, abiertos el uno al otro bajo el tenue brillo de la luna que se colaba por la ventana de la habitación de hotel. Edward se movió y apretó el brazo a mi alrededor, inspirando mientras me daba un suave beso en el hombro.

Sonreí, sin moverme, disfrutando de la elegancia del momento. La atracción del siguiente paso era tentadora, mientras apretaba sus caderas contra las mías, endureciéndose con cada beso que plantaba por mi espalda. Involuntariamente moví las caderas, empujando contra él a la vez que soltaba un pequeño suspiro.

Deslizó su mano firme por mi costado, complaciéndome. Mis músculos se sacudían mientras él me pasaba los dedos por la piel vergonzosamente cosquillosa de la base de mis costillas. Sentí su sonrisa contra mi hombro mientras su mano cabalgaba la curva de mi cadera y avanzaba, resbalando entre mis muslos.

—Mmm…

Me revolví un poco, separando las piernas para dar total acceso a sus dedos. Movió la boca rápidamente a mi cuello y sus dientes mordisquearon suavemente mi piel mientras él daba rápidas bocanadas, sus dedos se deslizaban con facilidad dentro de mí. Mientras movía el pulgar sobre mí en círculos perezosos, me moví otra vez, necesitaba verlo. Para recordar que todo eso era real. Sus ojos cristalinos brillaron cuando sonreí, sosteniendo su cara entre mis manos. Se mordió el labio y sonrió, juguetonamente, inclinándose para besarme.

—Buenos días. —Pudo decir después de que su lengua fisgoneara en mi boca. Su voz sonaba muy sexy por la mañana, con una aspereza indisciplinada.

Tuve que cerrar los ojos durante un momento mientras sus dedos trabajaban con rapidez, mis caderas se movían con ansiedad bajo él. De repente, Vivaldi bramó desde el teléfono en la mesita de su lado de la cama, sorprendiéndonos a los dos. La frialdad de la realidad me cayó como una bola de plomo en el estómago mientras él apartaba torpemente la mano de mí y se sentaba al borde de la cama. Me quedé echada, sin moverme, desterrando la verdad de mi fantasía un rato más. Sólo un minuto más. Por favor.

— ¿Hola? —Carraspeó y volvió a decirlo.

Rogué silenciosamente al universo que fuera alguien de la gira. Joseph McIntosh, quizá, felicitándonos por el trabajo bien hecho de la noche anterior o confirmando nuestra hora de llegada a Lincoln más tarde ese día. Aunque apenas eran las seis en punto. No era otra persona.

—Hola —dijo de nuevo—. Ajá. Sí. Yo también.

La ronquedad insinuante de su voz había desaparecido. Toda la vida de la habitación quedó drenada cuando me senté, apoyando la espalda contra el cabezal afelpado y acurrucando las rodillas contra mi pecho. Edward descansó los codos contra las rodillas mientras hablaba, agarrándose el cabello con los dedos mientras soltaba un profundo suspiro.

—Sí, el vuelo sale en un par de horas, así que tengo que… sí. Por supuesto. Lo haré. Y tú.

El teléfono resbaló de sus dedos cayendo sobre la cama, junto a él. Miró por encima del hombro, con una expresión de dolor en la cara. Abrió la boca para hablar, pero no podía escucharle. No sabía si se arrepentía de lo que habíamos hecho por la noche o porque su mujer nos interrumpiera por la mañana, pero ninguna de las dos opciones era apropiada. Ni aceptable. Ni mejor que la otra.

—No —dije, envolviéndome con la sábana mientras me levantaba del colchón.

—Isabella —suspiró.

Di una bocanada profunda, caminé a su lado de la cama y me acuclillé, observando su mirada torturada.

—No —repetí, besándole una vez.

No quería una disculpa ni una excusa para la última noche. Había sido increíble. Igual que nosotros. Quería dejarlo como estaba antes de que tuviéramos que volver a la realidad. Mientras me alejaba, se puso en pie, agarrándome de la mano y estirándome hacia él. Me tomó de la cara con las manos a la vez que suavizaba su expresión. Pero la mancha del arrepentimiento permaneció. Siempre lo hace.

—Te quiero —susurró como si no estuviéramos solos en la habitación.

En realidad, no lo estábamos. Con las lágrimas escociendo en mis ojos, de repente necesitaba una ducha más de lo que nunca la había necesitado. Tragué saliva con fuerza, asintiendo mientras intentaba encontrar mi voz.

—Lo sé.

Me encogí de hombros y le mostré una sonrisa tímida mientras me apartaba de él y me encerré en el lavabo. Miré mi reflejo y observé dos patéticas lágrimas deslizándose por mis mejillas. Lágrimas burlonas. Lágrimas que no merecían ninguna compasión de mí o de mi conciencia.

Amaba a Edward Cullen con cada fibra de mi ser. Y sabía que él me amaba a mí. Era tan innegable como siempre lo había sido. Debíamos estar juntos. Pero, por cada bocanada de aire que daba, siempre había una exhalación que me recordaba lo que acabábamos de hacer. Me acosté con el marido de otra mujer. Y no podría deshacerlo nunca.

EDWARD POV

Para cuando tomamos un taxi en el Aeropuerto de Lincoln, mi paciencia se había agotado. Isabella salió con prisas de la habitación de hotel esa mañana. Con tanta prisa que yo apenas sabía qué estaba pasando y para cuando me vestí y salí por la puerta detrás de ella, ya no estaba, y no sabía cuál era su número de habitación. Al final nos reunimos en el vestíbulo, donde tomamos un coche en silencio hacia el aeropuerto.

Excepto para comunicarme la información más escueta, como a qué puerta íbamos, no me habló en el aeropuerto, ni durante el embarque. Cuando el avión ganó altitud, se recostó en el asiento, se puso los auriculares y se apartó de mí, cerrando los ojos. Nunca me había sentido tan inseguro y confundido en toda mi vida. Entendía la confusión. Entendía los sentimientos contradictorios. La amaba muchísimo. Pero el hecho de que yo estuviera casado lo complicaba todo.

Lo que no podía entender era por qué estaba tan enfadada como para ignorarme. En cuanto empezó el servicio de a bordo, pedí un gin-tonic, con mucha ginebra, y me bebí el primero rápidamente. Ella durmió durante todo el vuelo. O fingió dormir, si había aprendido algo sobre fingir durante las noches que pasé junto a Kate. Saqué mi vieja libreta y comencé a escribir. Había empezado a utilizarla simplemente como un registro.

Un lugar donde apuntar mis pensamientos sobre actuaciones o prácticas concretas que salían bien o mal. Aunque últimamente cada vez era más una válvula de escape, un modo de dar forma a mis pensamientos antes de tener que lidiar con Kate. Por fin, el vuelo terriblemente largo llegó a su fin, y aterrizamos en Lincoln, Nebraska. Nunca había estado en Nebraska. Nunca había planeado ir a Nebraska. No quería estar en Nebraska.

Mientras el avión hacía la aproximación final, todo lo que podía ver fuera era terreno llano, extendiéndose de forma ininterrumpida durante millones de kilómetros en todas direcciones. ¿Quién vivía por voluntad propia en un lugar así? Isabella estaba lo bastante despierta para moverse en el asiento y quitarse los auriculares durante la aproximación final. Treinta minutos después estábamos aterrizando en la explosiva luz del sol del centro de EEUU, el olor del polvo y del humo de los coches lo impregnaba todo mientras metía cuidadosamente mi violonchelo en el maletero de un taxi.

—Por favor, háblame —dije mientras entrábamos en el asiento trasero—. ¿Por qué estás enfadada conmigo, Isabella?

Me miró, con una expresión confundida en la cara.

—No estoy enfadada contigo.

— ¿A dónde? —preguntó el taxista.

Mierda. Había apuntado la información del hotel en algún sitio, pero no tenía ni idea de qué había hecho con ella. Mientras rebuscaba en mi cartera y mis bolsillos, Isabella agarró algo de su bolso y leyó la dirección del Marriott Cornhusker.

—Hay muchas obras por ahí —dijo el conductor—. Puede que tardemos un poco.

—Bien —dije, sintiéndome irritado—. Simplemente conduzca.

—No hace falta ser grosero, Edward. No es culpa suya que estés casado.

—Maldita sea —murmuré en voz baja—. ¿Es por eso?

Me lanzó una mirada firme mientras el taxi arrancaba. Después dio una bocanada profunda y dijo:

— ¿Qué esperas de mí, Edward?

—Espero que no me ignores.

Inclinó la cabeza, mirándome fijamente. Sus ojos marrones eran enormes. Seductores. Bellos. Y completamente indescifrables. Odiaba el hecho de no tener ninguna idea de qué pensaba ella. Fuera, la brillante luz del sol iluminaba la que podría ser la vista más deprimente de mi vida. La hierba se extendía hasta el horizonte, interrumpida solamente por unos pocos árboles y edificios. Era agobiante. Mientras el conductor se aproximaba a la autopista, mi teléfono sonó y me quedé helado. Había bastantes probabilidades de que fuera Kate. El teléfono sonó otra vez. Isabella levantó una ceja.

—Quizá debas responder al teléfono, Edward.

La miré fijamente. Entonces saqué lentamente el teléfono. Era, por supuesto, Kate.

— ¿Hola?

— ¿Edward? ¿Estás solo?

—No, me temo que no. Estoy en un taxi.

Me incliné ligeramente hacia delante, manteniendo la mirada apartada de Isabella. Nos dirigíamos a lo que parecía ser una zona más urbana, gracias a Dios. Pero el taxi disminuía la velocidad a medida que el tráfico se hacía más denso.

— ¿Estás con ella?

Se me tensó todo el cuerpo.

— ¿Qué importa eso? De verdad que no veo qué relevancia tiene eso, Kate.

—Por supuesto que no. Eso es porque eres un puto desalmado, Edward. No sé por qué me casé contigo. Y no entiendo por qué…

Su voz se apagó un poco mientras yo mantenía el teléfono alejado de mi oreja. Aún podía oírla hablar. Igual que Isabella, y el taxista, y probablemente las personas del coche a nuestro lado. Cerré los ojos, intentando recobrar el equilibrio. Entonces apreté el botón rojo, colgando la llamada. Isabella bajó la mirada al suelo. Parpadeó. No sabía si estaba intentando contener las lágrimas o la rabia.

—Siento que tuvieras que oír eso —dije.

Sacudió la cabeza, con un movimiento leve y contenido.

— ¿Por qué?

— ¿Por qué, qué?

— ¿Por qué lo sientes? Es la realidad. Estás casado.

El taxi se había detenido y el taxista hacía sonar el claxon. Me incliné hacia delante. Había docenas de coches detenidos ante nosotros. Caía un sol de justicia, un calor abrasador entraba por el cristal del parabrisas. Al ver el muro de coches ante nosotros sentí una tensión inmediata. Me di la vuelta. Había más coches alineándose detrás.

— ¿Qué está pasando? —pregunté al conductor.

Se encogió de hombros, mostrando las manos.

—Las obras. Os lo dije cuando entrasteis.

— ¿Tienes prisa, Edward? —Isabella tenía una sonrisa irónica en la cara—. Creía que querías hablar.

—Quiero que dejes de comportarte como una cría.

Abrió los ojos de repente y contestó, pronunciando cada palabra con cuidado.

—No me estoy comportando como una cría. Pero, sin embargo, sí que necesito tiempo para pensar.

— ¿Qué hay que pensar? Nos amamos el uno al otro.

Al decir esas palabras, me limpié la frente con el brazo.

Se inclinó hacia mí y siseó: —Nos amamos el uno al otro. Y tú estás casado. Con otra persona.

— ¿Esperas que eso cambie de la noche a la mañana?

—No sé qué espero.

Ella tenía los ojos vidriosos y apartó la mirada de mí. Suspiré y me recosté en el asiento. El taxista sacó un teléfono y marcó, entonces comenzó a hablar con alguien. Me incliné hacia delante y dije:

— ¿Puede encender el aire acondicionado? Hace un calor abrasador aquí.

Sacudió la cabeza y movió la mano, ninguneándome.

— ¿En serio? —dije, intentando contener mi rabia.

—Edward —dijo Isabella—. Relájate.

— ¡Esto es sofocante!

— ¡Edward! —dijo ella con un tono abrupto—. No es por el calor. Es por nosotros.

Me volví hacia ella y dije: — ¡No sé qué hacer, Isabella!

Sacudió la cabeza, violentamente, y dijo:

—No sé en qué estaba pensando. ¿Pretendes que esa sea yo algún día?

— ¿Qué?

Señaló mi bolsillo, donde había guardado el teléfono.

—Algún día serás capaz de colgarme. Como le has hecho a ella. Y eso será el final. —Su voz empezó a temblar, y puso los ojos en blanco, mirando al techo del taxi—. No sé en qué estaba pensando —murmuró.

—Isabella…

Súbitamente agarró la puerta del taxi y la abrió. Al instante, el conductor de un camión hizo sonar su claxon. Antes de que pudiera parpadear o respirar, ella había salido del coche, al calor achicharrante. Me moví tras ella, pero cerró la puerta de un portazo, fuerte, entonces se dio la vuelta y se alejó al trote, corriendo delante de otro coche y después a la acera.

Caminaba con la espalda recta; la cabeza hacia atrás, con su orgullo intacto. ¿Pero a dónde iba? Nuestro equipaje estaba en el maletero del taxi. Y mi violonchelo. Mi violonchelo de setecientos cincuenta mil dólares, que no iba a abandonar en el taxi. ¿Qué fue lo que había dicho ella el día anterior? ¿Que era el momento en el que se iba?

—Usted pagará su tarifa —exigió el conductor. Porque ahora sí podía interrumpir su maldita llamada telefónica.

Isabella casi había desaparecido de la vista, caminando por la acera. Y después desapareció completamente, girando la esquina de un edificio. Y entonces sonó el teléfono. Otra vez.

— ¿Qué? —gruñí.

— ¿Edward? Soy Joseph. ¿Estás bien?

Tosí. Joseph McIntosh, nuestro director.

—Estoy bien, Joseph. ¿Qué pasa?

— ¿Dónde estás?

—En un taxi, de camino desde el aeropuerto.

— ¡Oh, bien! Necesito hablar contigo y con Isabella.

Cerré los ojos.

—Me temo que no está conmigo… Ella, esto… se fue por separado. Para hacer algunos recados.

—Maldición —murmuró—. Bueno, ya hablaré con ella después. El caso es que las reacciones al espectáculo de anoche han sido extraordinarias. Los dos estuvisteis fantásticos y casi se han vendido todas las entradas para los espectáculos de la gira. Fue una actuación absolutamente increíble. Estuvo muy inspirada, y ni siquiera sé cuándo tuviste tiempo para practicar los cambios con ella.

No tenía ni idea de qué responder a eso, así que no lo hice. No fueron mis cambios, y no los había practicado. Simplemente seguí la dirección que ella puso.

—Bueno —dijo—, añadiremos vuestro dueto al resto de la gira. Los dos sustituiréis el primer acto tras el intermedio.

—Joseph, no sé si es una buena idea…

—Nada de falsa modestia, Edward. No encaja contigo. Haréis el dueto. Sin discusión.

No tenía palabras. Miré hacia delante, a través del tráfico, pero seguía sin poder verla. Se había ido.

—Bien, Joseph —dije—. Lo que tú digas.

Lo que quería decir era «Que te den, Joseph». Pero eso no hubiera ido bien. Colgué el teléfono y me hundí en el asiento.