Capítulo 25: Calma antes de la tempestad.
Mañana del miércoles, 3 de agosto de 2005
Harry bajaba las escaleras abstraído, mostrándose muy serio y circunspecto. El agotamiento era el principal causante de su estado de ánimo, pero también influían los oscuros pensamientos que se agolpaban en su mente desde el dramático rescate de su primo Dudley. Presentía que, a partir de aquel fatídico momento, los acontecimientos iban a precipitarse de forma frenética, y tenía bien claro que su deber era estar preparado para poder afrontarlos, al menos mientras fuese capaz de ello. Porque su enfermedad, dotada de vida propia a costa de su salud, parecía haber intuido también el inminente desenlace: en los últimos días azotaba su cuerpo con cruel insistencia, cual amante posesiva, impidiéndole olvidarla ni un miserable segundo, ni siquiera obviarla, limitándole a sufrirla… en silencio. Sintió tentación de lamentarse, pero hacerlo era una pérdida de tiempo que ya no se podía permitir. Lo sabía.
No se había vestido para la ocasión. Esperaba encontrarse solo en Hogwarts, ya que todavía el gran castillo no había sido ocupado de nuevo por los alumnos, y la mayoría de los profesores disfrutaban de varios días de vacaciones veraniegas. Así que él, con su pantalón de chándal, su camiseta blanca de manga corta y sus zapatillas de deporte, daría un último vistazo a las nuevas edificaciones, y después dispondría de tiempo suficiente para recluirse en su despacho y concentrarse en sus próximos movimientos, que debían atajar la amenaza de Leman y su cohorte de mortífagos de una vez por todas. ¿Estrategias? Muy simple: luchar, vencer o morir. Y en su caso, vencer "y" morir, se dijo con sarcasmo. ¿Para qué negarlo ya? Mejor afrontar ese hecho de cara y aprovechar para llevarse por delante a unos cuantos mortífagos. Tendría compañía en el infierno. Al pensar esto sonrió para sí, negándose la piedad. Aquel día intentaría evitar toparse con su abuela en la medida de sus posibilidades, y también con Hagrid. Deseaba disfrutar de un buen mano a mano con su propia conciencia. Porque dentro de bien poco, debería dejarlo todo apunto y despedirse.
No sabía si le quedaría tiempo para poder mudarse a su nueva casa en Hogwarts, pero si así fuese, echaría de menos el Valle de Godric. De hecho, mientras acariciaba suavemente la fina y olorosa madera de la puerta de entrada a aquella familiar casa, que amaba con toda su alma por haberla compartido con sus padres, a pesar de que él no fuese capaz de recordarlo, y con su amada esposa, ya comenzaba a hacerlo. No deseaba ser descubierto, así que había decidido prescindir de la red flu o el traslador, a favor de métodos más… discretos. Por ello, giró el pomo sigilosamente, intentando pasar desapercibido, y la recia puerta se hizo cómplice de sus acciones abriéndose en cómodo silencio.
- ¿A dónde crees que vas?
Su corazón dio un vuelco y la garganta se le hizo un nudo. Acababa de suceder lo que más había temido. No quiso girarse, pues desearía quedarse si lo hacía.
- Me voy a Hogwarts, Ginny, tengo varios asuntos que solucionar allí. No tardaré mucho.
Intentó caminar hacia la calle, pero ya la puerta se había cerrado de nuevo ante sus narices, de un rápido empujón. No sabía cómo, pero la bella pelirroja, hacía unos segundos a varios metros detrás de él, lo contemplaba ahora, bloqueándole toda vía de escape, con mirada severa.
- Ni lo sueñes. El esfuerzo que hiciste al rescatar a Dudley, te mantuvo ayer postrado en cama durante todo el día. Hoy te encuentras un poco mejor, sí, pero no voy a permitir que salgas de esta casa, te pongas como te pongas.
- Gin, por favor, no tengo tiempo para escenas de este tipo. Es imprescindible que me marche ahora – exageró.
- Todo es imprescindible en esta vida, y por eso mismo, nada acaba siéndolo. Cuanto antes asumas que hoy vas a quedarte en casa a descansar, antes acabaremos con esto.
Él la observó, sorprendido, sin poder evitar sonreír.
- ¿Desde cuándo te has convertido en un sargento?
- ¿Qué es un sargento? – sus dulces ojos mostraban curiosidad y extrañeza.
- Un sargento es… es… un muggle que trabaja en el ejército profesional, quien realmente grita mucho y manda poco – explicó, manteniendo su sonrisa.
- ¿Eso crees? ¿Que mando poco? – se cruzó de brazos en actitud defensiva.
- Gin, mi amor… - insistió con impaciencia.
A lo que ella no respondió, pero tampoco se apartó de la entrada.
Pelear con su esposa, era la última cosa en el mundo que él deseaba. Así que calló, lo pensó dos veces, y finalmente asintió con gesto cariñoso.
- Has ganado, princesa sargento. Hoy me quedo contigo – total, se recordó, una de sus tareas pendientes era dedicar todo el tiempo posible a su amada antes de darle un último adiós. Por ello, y aunque en otro orden, también aquello entraba dentro de sus planes. – Pero ahora mando yo, el general – bromeó.
La tomó en brazos con ímpetu.
- Harry, no hagas esfuerzos, por favor…
Él no le hizo el menor caso y caminó con ella hasta el gran sofá del comedor, donde la depositó suavemente, para luego tumbarse él mismo cuan largo era y obligarla a hacerlo también, la espalda de ella bien pegadita a su cuerpo. Y la abrazó.
- ¿Qué haces? – preguntó la chica, sorprendida.
- No creerás que voy a descansar solo, ¿verdad?
Ella podía sentir la cálida respiración de él pegada a su cuello desnudo. Suspiró, deseando permanecer de ese modo para siempre.
- Harry…
- Dime, amor.
- Te noto extraño desde que volviste el lunes por la noche. ¿Puedes responderme una pregunta?
- Lo intentaré – su voz era más seria que de costumbre.
- ¿Cómo… te ha afectado la muerte de Cho? – se atrevió a preguntar, temiendo la reacción de él. Pero la necesidad de conocer los sentimientos de su esposo era más fuerte que sus miedos.
Él suspiró. Sentía que no era fácil hablar de aquel tema, que no había palabras que expresasen de forma acertada su extraño dolor, pero se esforzó por intentar hacerlo. Quizá le haría bien, y su mujer merecía conocer toda la verdad.
- Siento que no fui bueno con ella, Ginny – confesó.
- ¿A qué te refieres? – intentó observar sus ojos, pero él la tenía firmemente cogida y no pudo volverse para contemplarlos.
- Cho y yo tan sólo formamos una pareja real en Hogwarts, antes de que yo me diese cuenta de que estaba locamente enamorado de ti.
Ginny no puedo evitar sentir tristeza al recordarlo. Mientras Harry no se había declarado a ninguna chica, a ella le daba igual que tampoco se fijase en ella misma, pero cuando supo que el amor de su vida salía con otra, su corazón adolescente se estremeció de dolor.
- Entonces sí que fui su pareja porque deseaba serlo, y no para intentar escapar de mí mismo, como hice luego – continuó él con amargura – Después la utilicé cuando quise alejarte de mí, haciéndola pasar por mi nueva novia. Y es cierto que en Sidney le conté la verdad e intenté romper nuestra relación, pero ella me respondió que siempre había sabido que yo ya no la quería, y que a pesar de todo, se había propuesto reconquistarme, asegurándome que, fuese como fuese, lo conseguiría. Al conocer sus intenciones, yo debí ponerme firme y alejarla de mi vida para siempre, en vez de mantenerla a mi lado con la vil excusa de que yo no la estaba engañando, pues ella sabía toda la verdad. Con el paso de los años le cogí manía, incluso asco, pero Cho no fue la culpable, sino yo, que no hice las cosas bien. Me serví de sus sentimientos hacia mí una y otra vez, Ginny, y para colmo, cada vez me sentía más harto de su compañía. Me la quité de encima definitivamente cuando ya era demasiado tarde, cuando ya la había humillado hasta la saciedad – calló por un momento - Y a pesar de todo, ella ha muerto por mí.
- Pero esa mujer tampoco fue buena – trató de defenderlo.
- Eso no me exime a mí de culpabilidad. Hiciese lo que hiciese Cho, yo debí ser fiel a mis propios sentimientos, a mis principios, pero no lo hice.
- ¿La… amaste en algún momento? – apretó sus manos con fuerza, temiendo la respuesta.
- ¿Amarla? Tan sólo he conocido el amor una sola vez, y ha sido estando contigo. Cuando era adolescente, sentí cierta atracción por ella. Chang fue la primera chica en quien me fijé de un modo… romántico, pero al conocerla personalmente jamás me pude enamorar más que de su físico, y mucho menos amarla. Y se lo dije. Le dije que yo jamás la había querido, pero ella nunca quiso escucharme, nunca me creyó.
- Pero las revistas del corazón siempre la relacionaban contigo de forma seria, tan sólo a Cho Chang, a ninguna otra de todas tus conquistas – objetó, poco convencida.
- Porque ella fue la única capaz de continuar a mi lado a pesar de cómo la traté – se rió de sí mismo al recordarlo - Las demás se largaban corriendo nada más darse cuenta de que habían sido utilizadas, de que no habían sido capaces de convertirse en nada más que "la distracción de una noche cualquiera, dos a lo sumo", tal y como yo les había advertido.
La voz de Harry enmudeció, y ambos permanecieron en pensativo silencio.
- Me cuesta asimilar lo que me cuentas, amor – dijo por fin, convencida - Conmigo has sido siempre tan caballeroso, tan galán y protector… No puedo imaginarte haciéndome daño de ese modo.
- A ti no podría dañarte de ese modo, por mucho que me lo propusiera, porque te amo, Ginny. Durante años intenté luchar contra mí mismo y dejar de quererte, olvidarte… lo intenté todo para tratar de conseguirlo, pero tan sólo logré amargarme y amargar con ello a otras personas, incluida tú, aunque fuese en la distancia. Por eso siento que, en gran parte, no merezco nada de lo que ahora tengo.
- Entonces, ¿ni yo ni tus hijos lo merecemos tampoco?
Ella se liberó con firmeza de los fuertes brazos de él y se giró con cuidado, para encarar su mirada.
- Vosotros lo merecéis todo, amor mío – le aseguró él, decidido, sonriendo con infinita ternura.
- Pues tú eres la parte más importante de ello, jamás lo olvides.
Aquellas últimas palabras implicaban mucho más de lo que acababan de expresar, y ambos lo sabían.
- Oh, dioses, ¿qué he hecho para merecerte? – la pegó más a su cuerpo, anhelante.
- Darme la vida.
Harry observó los dulces labios de ella, desbordado de amor y de deseo, paseó sus dedos por ellos con adoración, mientras Ginny los besaba sin apartar sus ojos de los ojos de él, apenas conteniendo la emoción. Finalmente él la miró también, y ambos se besaron inocentemente al principio, reviviendo las primeras veces que compartieron hace muchos años, en que todo era nuevo y maravilloso para ellos. Poco a poco, aquellos besos se inflamaron de pasión, de deseo, de amor incontenible, y sin darse cuenta, Ginny se vio tumbada sobre su marido, intentando quitar de en medio aquella fastidiosa camiseta que la separaba de su musculoso pecho.
- Estamos en medio del comedor – gimió él, de pronto, conteniendo a duras penas las manos de su amada.
- Lo sé – volvió a besarlo – y me encanta.
Él la miró de forma maliciosa, y se adueñó de su cuello con la pasión de sus labios.
De pronto, el estruendo de un cristal hecho añicos contra el suelo los devolvió al mundo con cruel frialdad. La pareja se giró inmediatamente hacia donde provenía el ruido, sobresaltada, y allí hallaron a Dudley, observándolos con la boca abierta. Por su semblante, parecía conmocionado. Había dejado caer un vaso con agua, que llevaba en la mano, y el líquido se extendía ahora ante sus pies, junto con los minúsculos cristales.
- Yo, yo… lo-lo siento. Te estaba buscando para hablar contigo – dijo tímidamente a su primo, sintiendo que debía disculparse.
- Ahora no, Dud – Harry fijó sus ojos en él con aire divertido – Estoy muy, pero que muy, ocupado.
El moreno hizo que su esposa se levantase con cuidado y él se levantó también, la tomó de la mano con delicadeza, besándola con picardía, y se la llevó de allí, caminando tranquilamente hacia su habitación.
Su primo se vio obligado a sentarse, muerto de sorpresa y vergüenza.
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Horas después, mientras Harry se hallaba reunido junto a Dudley en su despacho, llegaron Remus y Tonks, Neville y Luna, Ron y Hermione, y también Samuel y Carol. Todos ellos estaban muy preocupados por la salud del joven director de Hogwarts y se confabularon para presentarse juntos en el Valle de Godric, con la excusa de hacer una reunión de amigos en su casa y poder disimular sus verdaderas intenciones. Ginny, avisada del plan y de su próxima visita, los hizo pasar al comedor, donde Nadia y Draco ya los estaban esperando, sentados bien lejos el uno del otro. Cuando todos se hubieron acomodado, se miraron unos a otros, sin saber cómo abordar el principal asunto que los había reunido allí.
- ¿Dónde está Harry? – comenzó Neville – Nos habías dicho que hoy has podido convencerle para que se quedase en casa a descansar.
- Está en su despacho, conversando con Dudley. Ambos acaban de encerrarse en este, así que creo que podremos hablar durante un rato todavía, sin que él pueda escucharnos – lo miró sintiendo cierta culpabilidad, aunque la desechó con rapidez y se apresuró a concentrarse en lo que necesitaba saber – Nev, quiero que me digas la verdad. Él se empeña en negármelo, pero siento que su salud está empeorando día a día. Podrá fingir ante cualquiera y ser capaz de engañarle, pero conmigo, eso es imposible.
Neville rehuyó su mirada, sintiendo que vería en los ojos de ella toda la culpabilidad que lo atormentaba. Enfocó la vista al suelo, incapaz de responder. Pero Ginny se puso frente a él y, tomándole de la barbilla, le alzó la cara suave pero firmemente, obligándole a enfrentarla.
- La verdad es que su enfermedad nos está venciendo a todos – fue la cruda respuesta del chico, quien no tuvo más remedio que armarse de valor y afrontar la realidad, lleno de frustración, desesperado - ¡Mierda! ¡Ya no sé qué hacer, Ginny! ¡Me siento impotente!
- Baja el tono de voz – le indicó Samuel, acompañando sus palabras con un brusco gesto de su brazo. Después encaró a Ginny para tomar el relevo de su amigo y compañero – Siento decirte esto, y me siento tan frustrado como Neville, pero ya hemos probado con Harry todo lo que se nos ha pasado por la cabeza, por muy extravagante y absurdo que fuese, sin resultado alguno. Y, como tú, somos perfectamente conscientes de que la salud de Harry se agota a ojos vista – todos se levantaron de un salto y rodearon a ambos sanadores, con desesperación – No debería estar sucediendo esto, sería lógico que su enfermedad evolucionase siguiendo la pauta que llevaba hace tan sólo un mes, pero la realidad es otra muy distinta: su dolencia se ha acelerado de forma exponencial, imparable.
- ¡Pero eso es imposible! – gritó Ron.
Todos lo miraron a modo de advertencia para que moderase el volumen de su voz, pero pensaban exactamente lo mismo que él.
- Con Harry nada es imposible, y lo sabéis perfectamente – volvió a Hablar Neville, hundido.
Ginny desenfocó la vista, sintiendo que le abandonaba el equilibrio. Antes de que nadie pudiese hacer nada por evitarlo, la pelirroja se desplomó en el suelo, desmayada. Inmediatamente, Draco la tomó en brazos y la llevó al gran sofá, donde la tumbó con cuidado, depositando un cojín bajo su cabeza. Samuel se apresuró a tomarle el pulso, y cuando se dio cuenta de que los latidos de la chica eran normales, respiró, aliviado.
- En su estado, tanta emoción la ha llevado al colapso. No uséis métodos bruscos para despertarla. Dejadla descansar. Os aseguro que en pocos minutos ella misma se recuperará – ordenó.
- ¿Cómo? – lo enfrentó Ron, plantándose frente a él de forma amenazadora.
- Hazle caso, amigo, sabe lo que dice – lo calmó Neville, agarrándolo con fuerza por el hombro para que el pelirrojo no tuviese más remedio que escucharle.
Al sentir su contacto, toda la determinación que había mostrado Ron le abandonó de golpe, y se abrazó a él desesperado, rompiendo a llorar como un chiquillo. Neville lloró también, acongojado.
- Esto es una tragedia – se lamentó Nadia entre sollozos, volviéndose a sentar en un sillón.
- No nos vamos a rendir, os lo juro por mi vida – les aseguró Neville, ya más calmado, palmeando la espalda de su amigo con complicidad, para intentar darle fuerzas – pero la verdad es que, al ritmo que está avanzando la dolencia de Harry, apenas nos queda tiempo para conseguirlo. Y dada la situación actual, todos sabemos que él no se va a dejar caer en nuestras manos como un dócil corderito. Por eso os pido que, pase lo que pase y veáis lo que veáis, seáis fuertes. Si él os ve derrumbaros, sufrirá todavía más.
- ¡Pero no podemos hacer una cosa así! – Casi gritó Hermione - ¡Hay que obligarle a entrar en razón! ¡Sea como sea! ¡Nosotros lucharemos, pero él debe abandonar la lucha ya! ¡Inmediatamente!
- Conociéndole como le conocemos, todos sabemos que eso no va a suceder – les aseguró Draco – Además, sé que él y Kingsley se traen un plan entre manos, algo gordo, muy gordo. El lunes pude escuchar parte de una conversación entre ambos en el Ministerio.
- ¿Qué? ¡Cuéntanos todo lo que sepas ahora mismo! – le ordenó Ron con impaciencia.
- Hablaron sobre un hechizo desmemorizador a gran escala, a nivel nacional, para que los muggles no recuerden nada sobre la magia, ni a los magos. Para ellos sería como si nunca hubiésemos existido.
- ¿Pero puede conjurarse un hechizo de esa magnitud? ¡Jamás nadie ha ejecutado un hechizo a ese nivel! – repuso Neville, totalmente sorprendido.
- Ahí es donde entra Harry. Él aseguró a Kingsley que será capaz de conseguirlo – aclaró, esperando su reacción.
- Merlín nos asista… - dijo Remus, atónito – Hay que impedir que lo intente siquiera. Si ejecuta un hechizo de ese alcance, pase lo que pase, morirá.
- ¿Y Kingsley está de acuerdo? ¡No lo puedo creer! ¿Va a permitir que Harry exponga su vida de ese modo? – se indignó Tonks.
- Kingsley no tiene ni idea de que él está tan enfermo. Nadie lo sabe – les aseguró Samuel – excepto los mortífagos, por orden expresa de Harry. Pero ese es otro tema.
El hombre había acaparado las miradas de sorpresa e incredulidad de todos los presentes.
- He estado infiltrado de doble espía. Los mortífagos creen que trabajo para ellos y que estoy administrando a Harry un veneno que está acelerando su enfermedad, pero os juro que eso no es cierto. Me tendieron una trampa e intentaron chantajearme con un tema personal algo… peliagudo, pero yo lo tenía muy claro y enseguida confesé a Harry lo que me estaba sucediendo y pedí su apoyo, y él decidió aprovechar la situación para hacer que se confiasen. A mí me pareció una buena idea, y así lo hicimos. Sobre eso tengo mucho que contaros, pero no ahora. Si Harry intuye siquiera que he descubierto mi doble juego ante vosotros, se enfurecerá. Él intenta que todos permanezcamos al margen de esta guerra lo máximo posible, limitando nuestras acciones.
- ¡De nuevo pretende asumir toda la responsabilidad solo! ¡Siempre solo! ¿Para qué narices somos sus amigos, entonces? – Remus no podía ocultar su enfado.
- Él no se niega a que le ayudemos, pero intenta no poner en peligro nuestras vidas. Ya sabéis cómo es – les aseguró Neville, con tristeza.
- Lo primero que debemos hacer, es obligarle a que nos cuente toda la verdad – sentenció Draco – y luego, quitarle de la cabeza esa idea absurda del hechizo, y convencerle de que debe haber otra forma de acabar con todo este problema. Pero no hoy, dejémosle descansar tranquilo durante unos días, y estemos alerta. Al menor indicio de cualquier movimiento por su parte, lo abordaremos.
Todos asintieron con fuerza, completamente de acuerdo con su amigo.
- ¿Cómo va el tema del intercambio de los niños? – preguntó Remus, ya más sereno.
- En Hogwarts todavía no tenemos fecha para ello, pero sé que será pronto. En cuanto tenga algún dato más, os mantendré informados – les aseguró – Y no os preocupéis, estoy usando todos mis contactos para mantener a los mortífagos vigilados, sobre todo a Leman: cualquier movimiento que este pretenda hacer, lo conoceremos con la suficiente antelación como para poder enfrentarlo con ciertas garantías, intentando proteger la salud de Harry todo lo posible. El hecho de que haya caído su máscara de "legalidad", que representaba Dudley, hará que pronto se revelen sus verdaderos planes. Pero a diferencia de lo que sucedió en la época en que Voldemort lideraba a los mortífagos, ahora muchos de ellos no están de acuerdo con todo lo que está ocurriendo, y a más de uno no le importará traicionar al tipejo ese.
Ahora sí que la sorpresa de todos ellos fue mayúscula.
- Hablas de Voldemort, de Leman y de los mortífagos como si verdaderamente pudieras recordarlos – Neville lo traspasó con una mirada suspicaz.
- Y puedo hacerlo, aunque ojalá fuese capaz de desterrar esos recuerdos de mi vida para siempre – ahora los miró con cierto orgullo – ha sido el golpe del pasado domingo el que me ha devuelto de pronto toda mi memoria, y muy oportunamente, gracias a Dobbie.
- ¿Y por qué no nos has contado nada sobre ello?
- Por motivos personales que no os incumben – Draco retó a Neville con postura firme – Lo estoy haciendo ahora, y punto.
- ¿Harry tampoco lo sabe? – inquirió Hermione, observándolo también con desconfianza.
- Créeme, lo sabe, a pesar de que yo no se lo haya confesado. Fui consciente de que él lo vio en mis ojos nada más darme cuenta yo de lo que acababa de suceder. Pero ha tenido la delicadeza de respetar mi decisión y fingir que no se ha enterado. Así que podemos disimular hoy todo lo que queramos, pero en cuanto él nos vea a todos aquí, sabrá perfectamente a qué hemos venido – intentó desviar la conversación hacia otros derroteros – Lo que se le pase por alto, será porque él mismo lo permita. Eso tenedlo bien claro.
Todos se miraron unos a otros, preocupados.
- De todos modos, hemos decidido ya lo que vamos a hacer. Así que hagámoslo sin dudar y luego ya veremos – afirmó Nadia, contundente, mostrándose segura de sí misma.
Pero la rubia no pudo evitar observar a Draco con una mezcla de sentimientos que sumió a su corazón en el dolor.
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Harry se hallaba sentado en su sillón de despacho, observando a Dudley con seriedad, en silencio. Su primo, sentado frente a él, no sabía hacia dónde mirar. El joven muggle tenía muchas cosas que decirle a su primo, que preguntarle, pero era consciente de que la confianza entre ambos prácticamente nunca había existido, y mucho menos ahora, que se habían reencontrado después de tantos años sin saber absolutamente nada el uno del otro. Pero lo cierto es que Dursley sentía la necesidad de explicarse, de agradecerle todo lo que su único primo había hecho por él, salvándole la vida. Por ello, apretó los puños con fuerza y se decidió a comenzar, preguntando lo que más le importaba saber desde que se había hospedado en aquella casa.
- Harry… ¿cómo te encuentras?
El moreno lo observó con sorpresa. Desde luego, no era la pregunta que él esperaba.
- Sé que ayer pasaste el día enfermo. No saliste de vuestra habitación, y tu esposa me confirmó que te sentiste débil. No puedo evitar pensar que fue por mi culpa.
Harry intentó serenarse, relajarse al máximo posible, para poder responderle con naturalidad.
- Fue culpa tuya y no lo fue, Dudley. Es cierto que, si ayer tuve que permanecer en cama, fue debido a la gran cantidad de magia que utilicé en tu rescate. Pero esto no me habría supuesto ningún problema si yo no estuviese tan enfermo.
- ¿Enfermo? ¿Cómo que estás enfermo? ¿Cómo de enfermo estás? – casi se le trababa la lengua, la noticia le había alterado por la sorpresa y el miedo que había sentido al escucharla.
- Muy enfermo, Dud.
De pronto, Harry se levantó del sillón y se acercó a la ventana del despacho, caminando con lentitud. Permaneció callado durante unos momentos, con la cabeza apoyada en el cristal: parecía estar luchando con demonios invisibles, que le acosaban sólo a él. Cuando, aparentemente, los hubo puesto a raya, se giró hacia su primo: su cara mostraba tanto dolor y sufrimiento, que Dudley se estremeció.
- Quiero pedirte algo – comenzó Harry.
- Claro, lo que quieras. Nunca podré pagarte en una sola vida todo lo que has hecho por mí – respondió el otro con decisión.
- Yo no he hecho nada por ti que no hubiese hecho por cualquier otra persona. Olvida eso. Tú eres mi familia, mi sangre. Mi abuela también, pero esto no puedo pedírselo a ella.
- ¿Tu abuela? – los ojos del joven orondo se desorbitaron por la sorpresa.
- La madre de mi padre. Pero esa es una larga historia, que no puedo contarte ahora. Lo que voy a pedirte es de suma importancia para mí, y supone una gran responsabilidad para ti, si decides aceptarla. Quiero que, cuando yo ya no esté, protejas a mi familia: a Ginny y a mis hijos. Ellos cuentan también con el apoyo de los padres de Ginny y de todos sus hermanos, pero me marcharé mucho más tranquilo si sé que también tú velarás por su felicidad.
- ¿Marcharte? ¿A dónde? ¡Por favor, Harry! ¡Explícate! ¡No entiendo nada! ¿Cómo puedes abandonarlos si ellos son lo que más amas en este mundo? ¿Y qué tiene que ver todo esto con tu enfermedad?
- Es cierto: ellos, y únicamente ellos, son lo que más amo en este mundo. Por eso te pido a ti que los protejas, con tu vida, si es necesario. Me estoy muriendo, Dudley – sus ojos traspasaron los de su primo con firmeza, mientras el otro sentía que un sudor frío invadía todo su cuerpo.
Dudley lo miró, pasmado.
- Pero eso no puede ser… - musitó.
- No voy a discutir contigo lo que puede o no puede ser. Ya te he dicho lo que quiero. Ahora tú debes darme una respuesta.
La incredulidad, la sorpresa, el miedo y el dolor hacían que Dudley se mostrase torpe, desvalido. No era aquello por lo que había buscado a su pariente con tanto ahínco, sino para intentar ganarse su perdón y su amistad. Y ahora, que aparentemente había conseguido la oportunidad que tanto deseaba, por la que tanto había luchado, se encontraba con que su primo, la única familia que realmente le importaba, quien debería haber sido su hermano si las cosas se hubiesen desarrollado como deberían haber sido, iba a abandonarle también, siguiendo el camino de los padres de ambos. Sintió cómo su mundo volvía a derrumbarse a su alrededor, exactamente igual al día en que recibió la noticia del fallecimiento de sus progenitores.
- ¿Por qué yo? – fue capaz de pronunciar, con demasiado esfuerzo.
- Ya te lo he dicho, porque tú eres de mi propia sangre.
- No me vengas con esas, Harry. Tú sabes lo que quiero decir. ¿Por qué yo, que tan mal te traté, que tanto te humillé, que fui la mayor causa de tu desdichada infancia en casa de mis padres?
- Porque eres buena persona, yo lo sé y tú lo sabes; porque me lo has demostrado en más de una ocasión, por mucho que tú no lo creas, en situaciones muy puntuales, y muy pocas veces, todo sea dicho, pero han sido suficientes. Y vuelvo a repetírtelo, porque tú eres mi sangre, mi familia.
- No puedes hacerme esto – se levantó con ímpetu y alcanzó a su primo, quedando a escasos centímetros de él. Lo observaba lleno de furia y frustración.
- Si no deseas cumplir lo que te he pedido, no tienes porqué hacerlo – Harry dijo sin más.
- ¡No! ¡Mierda! ¡Claro que lo haré! ¡Y con mucho gusto! ¡Pero tú no puedes morirte! ¡No puedes dejarme, ahora que por fin nos hemos reunido! ¡Ni dejar a tus hijos, ni a tu mujer! ¡No lo permitiré! ¡Haré lo que sea para impedirlo! ¡Eso no va a pasar! ¡Nunca! ¡Jamás! ¡Eres todo lo que tengo y… y…! ¡Te quiero! ¡Mierda! ¡Te necesito! ¡Y quiero que tú me necesites a mí!
Sin darse cuenta, Dudley había cogido a su primo por el cuello de la camisa y casi lo zarandeaba, gritando y llorando como un poseso. Harry sintió que el corazón se le partía en pedazos, que toda la frialdad con la que, durante años y años, se había prometido tratar al otro si algún día volvía a encontrarse con él, desaparecía como si un poderoso hechizo la hubiese arrastrado bien lejos de él. Sentía que lo quería, que siempre lo había querido, por mucho que se lo hubiese negado a sí mismo, que realmente lo necesitaba, y que deseaba poder tener la oportunidad de pasar tiempo con él, de hablarle, de escucharle, de compartir tantas cosas a su lado…
Harry agarró con fuerza las manos de su primo y le obligó a quitarlas de su camisa, y lo abrazó, como nunca antes lo había hecho. Allí estaban ambos, abrazados como dos niños emocionados por haber compartido un gran secreto, y que al hacerlo han creado un sentimiento tan fuerte y profundo que marcará sus vidas para siempre.
- Por favor, Big D, no me lo pongas más difícil – lo cogió por los hombros, dedicándole una triste sonrisa.
- ¡No, Harry! ¡No! ¡Dime que me mientes! ¡Que me lo he ganado! ¡Que soy un imbécil egocéntrico y petulante! ¡Vamos! ¡Dímelo!
El otro negó con la cabeza, casi no podía hablar.
- Ahora me doy cuenta de que hace mucho que te perdoné, a ti y a tus padres. Jamás te haría daño por el puro placer de hacerlo.
- No voy a rendirme – negó, cabezota – No, Harry, ni tú tampoco. Mañana mismo vas a acompañarme a que te visiten los mejores médicos. No sé lo que tienes, pero sea lo que sea, ellos te curarán, deben hacerlo. No voy a permitir que también tú me abandones. Has de saber que tengo bastante dinero y que gastaré hasta el último céntimo en curarte, eso te lo juro.
- Yo también lo tengo, Dud – volvió a sonreír – mis padres eran ricos, y yo he aumentado esa riqueza. No voy a ponerme en manos de más sanadores, ni de médicos tampoco. Sé perfectamente cuando las cosas llegan al final, y estoy cansado de que experimenten conmigo sin resultado alguno. Lo que debo hacer ahora es dejar mi legado a todos los que quiero, nada más, y mi legado no es otro que acabar con los malditos mortífagos de una vez y para siempre. Y en referencia a ese asunto, tengo planes para ti.
- Déjate de planes y hazme caso. Mañana, a primera hora, te vienes conmigo al hospital.
- Dud, no voy a ir, y esa es mi última palabra. Esa no es tu decisión, es la mía. Y no te queda más remedio que aceptarla. En mi casa y en mi vida mando yo, acostúmbrate.
- ¡Pero…!
- Sin peros. Y se acabó. Sé que es muy duro para ti lo que acabo de confesarte. Pues imagina lo duro que es para mí. Y no voy a hablar más de ello. Ahora quiero exponerte mi plan.
- ¿Qué narices de plan? A ver, ¿qué puede ser más importante que tu propia vida?
- La vida de aquellos a quienes amo, por supuesto. Como te decía, tengo planes para ti una vez hayamos terminado con la amenaza de los mortífagos.
- Yo no era consciente de haberme unido a ellos, Harry. Te ruego que disculpes mi ignorancia. Sé que he traído muchos problemas a los magos, y también a quienes no lo somos, pero haré todo lo que esté en mi mano por enmendar mi error. No me castigues por ello, por favor – pidió, abatido.
- No pensaba castigarte. Lo que voy a hacer es nombrarte alcalde y máximo responsable de un pueblo muy peculiar.
- ¿Qué? – su asombro no alcanzaba fin.
- Sentémonos y te lo expondré todo con detalle. Sé que este proyecto te va a entusiasmar a ti tanto como me entusiasma a mí.
- Bueno, pero luego pienso convencerte de… - no pudo terminar, pues su primo le cortó con un firme ademán.
- No, Dudley. No me vas a convencer, y como sigas tan pesado, te sellaré la boca con un hechizo, para que tan sólo puedas escuchar, y no hablar.
El otro observó la varita, que descansaba encima de la mesa del despacho, con un miedo reverente, y calló, pero el brillo de sus ojos mostraba que no se había rendido, ni mucho menos.
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Por enésima vez desde la noche del lunes pasado, Leman se había abandonado a un titánico ataque de furia: rompía todo lo que caía en sus manos, destrozaba con hechizos descontrolados cualquier objeto en el que se fijaban sus enajenados ojos, destruía, pateaba, mancillaba… pero sentía que nada de lo que pudiese hacer arrancaría de su alma la profunda humillación que había sufrido a manos de Potter. Veía la maldita imagen del auror allá donde mirase, sonriéndole con desprecio, burlándose del mejor y más experimentado de los asesinos que hubiese conocido la magia alguna vez, y recordándole que, no sólo una vez él había escapado de sus garras, sino dos, venciéndole rotundamente en la última ocasión. ¡Potter! ¡Potter! ¡Potter! Su mente gritaba ese nombre de forma obsesiva, volviéndole loco, y él sabía perfectamente que no pararía de hacerlo hasta que el causante de sus males yaciese a varios metros bajo tierra.
Después de unos minutos, agotado y frustrado por igual, el mortífago se dejó caer en el suelo, acompañado por la destrucción que había causado a su alrededor, y enfocó su mirada en un punto lejano que sólo él podía ver. Uno de sus hombres, que se había atrevido a observarlo en silencio desde la puerta, a la espera de que remitiese su arrebato de locura, osó aventurarse hasta el centro del mismo caos.
- Horts ha confesado – apenas se le oyó decir.
El otro pareció no escucharle.
- Todo ha terminado – se lamentó.
Al asimilar aquellas palabras, Leman apretó con fuerza la varita que conservaba en su mano derecha y, de un rápido ademán, lanzó la maldición Cruciatus a su acompañante. El hombre tan sólo tuvo tiempo de emitir un sonido gutural, antes de desplomarse como un peso muerto. Ya en el suelo se revolvió como una serpiente moribunda, falto de aliento; su sufrimiento era tanto y tan grande que se veía incapaz incluso de gritar. Agónicos segundo se sucedieron, uno tras otro. Pero cuando ya, sintiéndose moribundo, el desdichado se había abandonado a su destino, el dolor y el ahogo cesaron inesperadamente. El asesino bajó su varita, sin dejar de mirar fijamente a los ojos de su víctima.
- Nada ha terminado.
- Los aurores conocen nuestros escondites, nuestros planes y estrategias, nuestras vías de escape… ¡Todo! – osó decir el otro, entre jadeos, esperando recibir un nuevo ataque, que nunca llegó.
- ¡Nada de eso importa! ¡Lo único importante está aquí! –señaló su propia cabeza con ímpetu - ¡Y aquí! – puso su varita frente a las narices del otro - ¡Voy a eliminar a ese hijo del averno! ¡A su mundo! ¡A todo lo que le importa! ¡Lo borraré del mapa! ¡Así tenga que aniquilar el país entero para conseguirlo!
Cogió un trozo de silla destrozada que había junto a él y la estrelló con todas sus ganas contra la pared de enfrente. Luego volvió a centrarse en su compinche, planteándose qué hacer con él.
- Vamos a lanzar todas nuestras fuerzas contra Hogwarts – continuó – tomaremos su venerado castillo y le haremos morir en él, delante de toda la gente que le trata como a un dios. Destruiré todo aquello que él respeta, todo lo que ama, y le condenaré a un olvido del que jamás regresará – escupía las palabras, lleno de desprecio – Pero antes, sembraré el terror entre todos los magos y los muggles, ninguno de ellos merece vivir. ¡Malditos ilusos! ¿No han depositado toda su confianza en el Salvador? ¡Incluso su rastrero primo moriría por él! ¡Pues que mueran con él! ¡O que vivan siendo mis esclavos! ¡Se acabó fingir! ¡No habrá piedad para nadie!
El otro hombre le observaba, horrorizado, pensando que, definitivamente, aquel ser había perdido el juicio. Pero Leman sólo tenía ojos para su cruel venganza.
- Reúne a los hombres. Voy a daros instrucciones muy claras, y espero que las cumpláis a rajatabla. Os lo advierto, o estáis conmigo o estáis contra mí, y si decidís enfrentarme, ateneos a las consecuencias.
- Yo te seguiré. No he llegado hasta aquí para morir ahora – juró, intentando dar a sus palabras una firmeza que realmente no sentía. Las piernas le temblaban.
- Sabia elección, aunque tú morirás cuando yo lo disponga – sonrió con vileza – Una cosa más: quiero que Horts no pase de esta noche. Ya sabes lo que has de hacer.
Su secuaz asintió, dándole a entender que había captado a la perfección el sentido de sus palabras, e intuyendo que la conversación había terminado, se apresuró a marcharse.
- Potter, tu amiguito Smith me mintió, debí haber imaginado que pasaría, él nunca ha sido como ese tonto de Smiles aunque, quién sabe, quizá él también lo haya estado haciendo – murmuró para sí – Pero eso ya no importa, nada importa, tus días están contados, y también los del mundo tal y como tú lo concibes. Pronto sufrirás y morirás, y contigo, todo lo que amas.
Comentarios:
¡Por fin! ¡Por fin he podido terminar el capítulo! Llevo casi dos semanas con él, y por temas de trabajo y asuntos personales, me resultaba imposible poder terminarlo, y ya estaba empezando a desesperarme, jeje. ¡Pero aquí está! Espero que os guste, porque para mí ha sido muy emotivo escribirlo. Reconozco que ha habido momentos en que no he podido evitar llorar,y y confieso que el drama no ha hecho más que empezar. Los próximos capítulos serán muy tristes, muy... tristes. Con eso no quiero adelantar nada sobre el final, sólo digo exactamente lo que he dicho, jeje, así que no desesperéis todavía. Este capítulo es un poco más corto que los capítulos a los que os tengo acostumbrados, pero sentía que, por esta vez, debía cortar aquí. Ha sido muy curioso, pero al final este escrito ha resultado ser en parte lo que yo esperaba, y en otra gran parte muy distinto de lo que yo había imaginado. Esto último me pasa siempre que escribo, por eso crear los capítulos es como comprar un sobre sorpresa de Harry Potter: sabes que dentro te saldrá una figurita de Harry, de Ron, o de Hermione, o de... ¡Sorpresa! No sé si me explico. Es maravilloso.
Dedicatorias: A TODOS LOS QUE SEGUÍS EL FIC, Y SI HAY ALGUIEN QUE HA COMENZADO A LEERLO HACE POCO, TAMBIÉN A TI. ABSOLUTAMENTE A TODOS. INFINITAS GRACIAS.
Y por favor, dejadme vuestras opiniones. Necesito saber qué os ha parecido.
Saludos.
Rose.
