CAPITULO XXV
Esto también, pasará.
Chicago
Junio de 1915.
Sábado – Día uno
-¿Olvidaste decirme algo, Berth? – William se volvió para mirar al príncipe heredero, con una ceja arqueada.
-Sí – respondió, dubitativo – ¿Podría...? bien, sé que Candy está aquí. ¿Me permitirías hablar con ella?
-¿Ahora?
-Sí, ahora.
-No me parece buena idea, Berth. Lo lamento.
-¿Está enferma?
-No es grave, pero tu hermano estuvo cerca de conseguirlo.
-¿Cómo dices? ¿Qué le sucedió?
-No creo que quieras saberlo – molesto, Albert fue hasta la puerta del estudio y lo invitó a salir con él – ¿Suponías que trataría a Candy con la misma amabilidad con la que la acosó todo este tiempo?
-Déjame verla, por favor.
-Absolutamente – se negó Albert -. Tu padre ya se ha ido. Será mejor que lo sigas.
-Al menos podrías preguntarle. Si sabe que soy yo…
-No le diré nada. No pienso alterarla de ninguna forma.
-Si pudiera reparar todo el daño que le hemos hecho…
-Tengo la palabra de tu padre de resarcir el daño que causaron en el orfanato, además de no molestarnos nunca más. Por el momento, eso es suficiente. Yo me encargaré del resto.
-¿Dónde está la niña? – preguntó de repente.
-Berth, lo siento. No es mi intención ser rudo contigo, pero será mejor que te vayas sin ver a ninguna de las dos.
-Albert, te lo suplico.
-Pronto volveremos a Lakewood. Tenemos que empacar, así que, si me disculpas…
-¡No! – Berth se interpuso en su camino, extrañamente nervioso – no te vayas. Aún no.
-¿Por qué no?
-Quisiera saber si Candy…
-Pensé que habíamos terminado de hablar de ella.
-Sí, pero…
-No quiero a tu hermano un instante más en esta casa – le advirtió -. Váyanse ahora.
-¡Levántate! ¡Aún no hemos terminado!
Inerte en el piso, Edward respiraba con dificultad. Rodó sobre su costado mientras su boca sangraba profusamente. Terry lo miraba con furia negra. El fino traje de su majestad se enlodó y su real postura se redujo a nada. Aquella escena significaba apenas el principio de la revancha de Terrence.
-¡Esto lo vas a pagar muy caro! – advirtió Edward.
-¡¿Vas a levantarte?! – vociferó el actor, sujetándole el cuello de la camisa – ¡¿O quieres que te de una mano?! – enseguida, Terry lanzó a su majestad con toda su fuerza a más de medio metro de distancia.
-¡Vete al infierno!
-¡Tú primero!
Rabioso, energúmeno y desbocado, Terrence arremetió contra Edward sin darle oportunidad de recuperar el aliento. Lo alzó con ridícula facilidad, nuevamente por las solapas de su fino traje, y apuntó con su rodilla a su estómago. El príncipe escupió su última bocanada de aire y cayó vencido.
-¿Qué pasa? – jadeó Terrence – ¿No sabes pelear?, estoy aburriéndome.
-Maldito seas – dijo Edward, con un hilo de voz.
-No me maldigas aún – sonrió el aristócrata –, todavía falta mucho.
Sin piedad, Terry se aproximó y le pegó un puntapié en las costillas. El heredero gimió como un animal herido. Terrence lo gozaba, disfrutaba de su dolor. Experimentó un súbito placer al verlo derribado y desvalido.
-¿Dónde está tu real séquito? – inquirió Granchester –. Te hace falta una mano.
-¡Berth!
-¿Llamas a tu hermano? – sonrió sin benevolencia –, buena idea. Que venga a recoger lo que quede de ti.
Terry levantó la pierna para lanzarle un segundo puntapié, pero inesperadamente, Edward estiró el brazo a tiempo y contuvo el golpe, haciendo trastabillar al actor. Éste, no contuvo el equilibrio y cayó al suelo de espaldas.
-¡Bastardo! – vociferó Edward, y lanzó el puño contra su rostro. Hábilmente, Terry rodó a un costado, esquivándole con facilidad.
-¿Eso es todo? – le retó con la guardia arriba –, peleas como ciego. Un ciego muy idiota.
-¡Te arrancaré esa estúpida sonrisa de una vez por todas! ¡A ti a esa zorra!
La sola mención de Candy en su boca, bastó para que Terrence saltara sobre él y rodaran por el piso como animales salvajes. Brazos y piernas se confundieron en el aire mientras uno trataba de asesinar al otro. La rudeza se tornó cruel. Ninguno de ellos permanecía inmóvil aunque sangraran y gimieran de dolor.
Descuidadamente, en una caída, Terrence golpeó la cabeza contra una roca de afilada figura. Nubló su mirada y se sintió confundido. Parpadeó con una punzada taladrando su cráneo y Edward aprovecho ese momento para fustigarle una patada en el vientre. Mareado y sin aire, el actor cerró los ojos y centró sus pensamientos. Tenía que ponerse de pie antes de un nuevo ataque. Así lo hizo, segundos antes de que Edward lanzara un segundo puntapié dirigido a su rostro. Sujetó al aire la pierna de su majestad y lo arrojó lejos, como una marioneta.
Extenuados y cada vez más débiles, ambos se pusieron lentamente de pie. La mirada de Terry siguió la mano de Edward al verla introducirse en su bolsillo. Fue fácil imaginar lo que buscaba y sacaría de ella.
-Un obsequio de cumpleaños – Edward le mostró su navaja con cobarde petulancia -. ¿Te gustaría hacer los honores?
A Terry le dio igual. Un arma, una navaja, una flecha o un hacha le habrían significado lo mismo: nada. Edward era lo bastante estúpido como para lastimarlo. No podría con él, que había probado la salvaje vida en los barrios decadentes de Londres. Su majestad solamente jugaba a matar. Él, si le daba la gana, le mostraría la forma correcta de hacerlo.
El rostro de Edward aún lucía ileso a comparación del de Candy. El aristócrata se despejó la frente y pensó en otras cien maneras de torturarlo. Cien o mil, hasta que el sufrimiento de Candy resultara un juego de niños.
-Ni siquiera sabes lo que es – le provocó Terrence –. ¿Fue tu obsequio por haber aprendido a hablar? Imagino lo que te dará tu padre cuando aprendas a leer.
-Dame el placer, Granchester.
-El placer es mío.
A su embestida, Terry bajó al piso y cogió un puñado de tierra que lanzó a los ojos de Edward. Éste quedó cegado y adolorido, restregándose los párpados inútilmente. Terrence, entonces, sujetó su muñeca y la golpeó contra su pierna para deshacerse de la navaja. Pero el príncipe se aferró a ella hasta que le sangrara la mano y en un repentino revés, asió al Duque del cuello, con la punta de la navaja introduciéndose en su piel.
-¡Pobre cenicienta! ¡te preguntará qué te paso en la cara, así que no olvides mencionar mi nombre!
-¡Vete al infierno!
-Después de ti… hijo de perra.
La sangre Baker que corría por sus venas estalló. Terry liberó su ira. Su fuerza volvió como una bocanada de aire a sus pulmones y golpeó a Edward justo en medio del rostro al sacudir violentamente la cabeza. La nariz de Edward se derramó en sangre. Terrence consiguió liberarse, no sin antes llevarse una herida bajo el mentón con el filo errático de la navaja.
-¡Que fastidio! – insistió Terry, a rabiar - ¡Los ebrios y vagabundos pelean mejor que tú!
-Lo sabes porque eres uno de ellos, bastardo.
-Cuando te refieras a mi madre – reviró el actor -, es "señora Baker". Lo anotaré en tu cara para que no se te olvide.
-Una zorra, una cualquiera, eso es Eleanor Baker. ¡Igual que Candice! ¡Igual que todas!
Edward levantó los brazos y se movió más rápido que Terrence. Volvió a tomarlo por el cuello y clavó con odio los dedos sobre su piel. Cayeron al piso nuevamente, uno encima del otro. Su majestad, con las facciones transfiguradas, oprimió con fuerza para asfixiarlo. No lo soltaría hasta deleitarse con su último aliento. Por su parte, el rostro de Terry enrojecía. El aire y la vida se le escapaban por la boca. Creyó ser capaz de deshacerse de Edward, pero su entereza falló y su vista comenzó a oscurecerse. Con impotencia, forcejeó aunque rápidamente perdió las energías. Unos segundos bastaron para que dejara de ver, oír y respirar.
Un golpe seco fue lo último que escuchó y de pronto, el enorme peso que lo sometía se desvaneció en una ráfaga de aire. El cuerpo de Edward fue despedido contra los matorrales del jardín, y la espalda de Archibald surgió difusa frente a los turbios ojos de Terrence.
-¿Pensabas divertirte tú sólo? – le preguntó, mirándole de soslayo –. Yo también tengo cuentas pendientes con su majestad – agregó Archie –. Y yo que pensé no volver a verte, Edward. Que agradable sorpresa.
-Lárgate – murmuró Terry, en medio de un acceso de tos – es mío.
-Era tuyo – Archibald sonrió a su presa y saboreó el festín –, ahora es mi turno.
-¿Qué fue eso? – William desvió la mirada hacia la ventana y escuchó con atención.
Berth intentó distraerle nuevamente, pero con un movimiento enérgico de su brazo le pidió silencio. Fijó su atención en el jardín y supo de inmediato que sucedía.
-Aguarda, William.
-¿Qué pretendías, Berth? - inquirió Albert, molesto antes de atravesar la puerta – ¿Ganar tiempo?
-Se merecía una lección – musitó Berth para sí mismo y siguió al patriarca Andrey –. Albert, espera.
-¡¿Por qué?! – demandó Archie, al golpear sin descanso el rostro herido de Edward - ¡Ellas no se merecían esto! ¡Annie no merecía morir! ¿Por qué, maldito, por qué?
-¡Basta! – Terry tiró del brazo de Archibald pero no pudo apartarlo - ¡Es suficiente! – insistió al darse cuenta del ciego ataque de su rival que podría terminar en una tragedia.
-¡Déjame! ¡Yo sí voy a matarlo!
-¡No seas estúpido! – vociferó el actor - ¡Míralo! ¡Ya basta!
-¡No! ¡Él no conoce la piedad, así que no la tendré con él!
-¡Archie! – la voz de Albert cruzó el jardín y llegó hasta su sobrino que, trastornado, le ignoró - ¡Suéltalo!
-¡NO!
-¡Dije que lo sueltes! – William utilizó toda la fuerza de sus brazos para, de un tirón, separar a la víctima de su victimario - ¡¿Qué demonios pasa contigo?! ¿Perdiste el juicio?
Berth se aproximó a su hermano y lo ayudó a incorporarse. Pudo haber sentido lástima por él, su aspecto era lamentable, sin embargo, el recuerdo de Candy y de todo el dolor que había causado a gente inocente, evitó su piedad.
Repentinamente, Edward se deshizo Berth, empujándole lejos para empuñar de nuevo su navaja. Nadie reaccionó a tiempo y el noble se lanzó contra Archibald con el único fin de atravesarle el pecho. Albert se le adelantó con extraordinarios reflejos y se interpuso entre el arma y su sobrino. La navaja cumplió con su cometido, pero la destreza de William consiguió evitar una herida mortal. Un sencillo, aunque escandaloso rasguño, fue lo que marcó su costado derecho, manchando su camisa de sangre. El brazo de Terrence surgió de la nada y anudó la mano de Edward a su espalda. Consiguió desarmarlo y someterlo al fin. Alarmado, Archie sostuvo a Albert quien examinó su propio pecho para notar la incipiente hemorragia que consideró pasajera e inofensiva.
-¡Largo! – exigió Terry antes de liberar a Edward y clavar la mirada en Berth - ¡Fuera de aquí los dos!
-Albert ¿estás bien? – preguntó Archibald, con culpabilidad.
-Sí, tranquilízate, sólo es un rasguño.
-Pero sangras demasiado.
-No es nada – insistió William, sosteniendo el brazo torpe de su sobrino –. No te asustes. Estoy bien.
-¡No olvidaré esto, William! – vociferó Edward a lo lejos.
-¡Bien! – respondió Albert en afrenta - ¡Recuérdalo cuando intentes acercarte a nosotros de nuevo!
-Vamos – Berth arrastró a su hermano con él –. No te preocupes William, esta será la última vez que nos veamos – finalmente, metros más adelante, los príncipes herederos desaparecieron por la puerta del jardín sin mediar otra palabra.
-¿Qué sucedió? – Stear se acercó a toda prisa, dándose cuenta que había llegado tarde.
-Llama de nuevo al médico – pidió Terrence - Albert, ¿cómo estás?
-Ya les dije que no es nada. Únicamente un arañazo.
-Entremos – dijo Archibald, pasando el brazo de William sobre sus hombros – te ayudaré.
-Me ayudarían más – refutó el joven patriarca –, si dejaran de comportarse como niños.
-Lo siento – se disculpó su sobrino – no debiste interponerte.
-Entremos – sugirió el aristócrata –. No quiero que Candy se dé cuenta de esto.
-¿Que si no escuché qué?
-Esos gritos – Candy desvió su mirada hacia la ventana, segura de lo que acababa de oir.
-No sé de que hablas – Tom se interpuso a su vista y le obsequió una brillante sonrisa - ¿Quieres un vaso con agua?
-N-no. Ayúdame – la pecosa estiró el brazo, sacando la pierna del colchón.
-¿Ayudarte a qué? ¿qué haces?
-Quiero saber qué fue eso.
-¿Que fue qué?, olvídalo – el vaquero la obligó a volver a la cama –, ¿Sabes lo que me haría el Duque si te ve levantada?
-¿A quién le importa?, ayúdame.
-A mí me importa.
-¡Tom!
-¡Candy!
-Bien – resolvió, deshaciéndose de las mantas – no necesito de ti.
Segura de lo que había escuchado, y de lo que su corazón le decía, Candy acomodó a una dormida Ivie a un costado de su cama. Procuró no despertarla y mientras tanto desarrolló una cruenta batalla de murmullos con Tom.
-¡Basta de caprichos! ¡vuelve a la cama!
-¡No! – arguyó ella, manoteando.
-¡Cabeza dura!
-¡Cabeza de piedra!
En su irresponsable intento por ponerse de pie y dar un paso hacia su armario en busca de su bata, Candy sufrió un intenso mareo que enseguida le provocó náuseas. Se dobló por la mitad y de inmediato la costilla rota la hizo gemir de dolor.
-¡Ay! ¡¿Por qué me duele tanto?!
-Estás lastimada – Tom la sostuvo y la devolvió a la cama cuidadosamente - ¿te lo explico con manzanas?
-Pero, tengo que...
-Curarte, Candy. Eso tienes que hacer ¿quieres preocuparnos más? – le recriminó al arroparla bajo los cobertores - ¿No has visto la cara de todos?, no han dormido en días.
-Lo lamento.
-No lo lamentes. Sólo cuida de ti. Tal vez escuchaste a Terry y Archie riñendo como de costumbre. Lo hacen a diario, no es extraño.
-¿Cómo?
-Tenerte cerca los vuelve locos – bromeó el vaquero, guiñándole un ojo –. Y necesitan demostrártelo.
-No digas eso – gruño Candy – no es gracioso.
-Sus caras sí lo son.
-¿Podrías averiguar qué sucedió?
-¿Yo? ¿Por qué yo?
-Por favor.
-Pero...
-Por favor... – le suplicó de nuevo –, prometo quedarme aquí y portarme bien.
-No pongas esa cara – refutó Tom –, aunque ahora comprendo de dónde la aprendió Ivanna. Pero ni siquiera así vas a convencerme.
-Averigua si todo está bien.
-Todo está bien. No necesito ir.
-¡Tom!
-¡Candy!
Albert fue conducido hasta su recámara. Allí, les mostró a todos que la herida en su pecho era en efecto superficial e inofensiva. Consiguió hacerlos desistir de llamar al médico y se limitó a curarse el desgarre con gasa y alcohol.
-¿Y bien? – Albert lanzó la pregunta, con toda la ecuanimidad de la que fue capaz – ¿Quién fue el que ideó todo esto?
Stear carraspeó por lo bajo y su tío supo que él era el primer descalificado. Solamente quedaron dos posibles responsables.
-¿No piensan responder? – insistió.
-No lo planeé con Terrence – confesó Archie – pero no pude resistirlo. Además – arguyó el chico –, Edward estaba a punto de asesinar a este idiota. Alguien tenía que ayudarlo.
-¿Terry, es cierto?
-¿Te sientes mejor, Albert? – fue su parca respuesta.
-Sí, pero quiero una explicación de lo que...
-No tengo porque darte nada – zanjó el aristócrata – o explicarte algo.
-Estás en mi casa – le recordó William –. La merezco y la exijo. ¿Te diste cuenta que tal vez has puesto a Candy y a esa niña en un peligro mayor? Alimentaste el rencor de Edward. ¿Por qué?
-Si ya estás mejor – le ignoró Terrence –, me retiro.
-Maldito necio – murmuró el joven patriarca, sacudiendo la cabeza –. Al menos arréglate la cara y ponte algo de hielo en esos golpes – añadió antes de verlo desaparecer por la puerta –, así no preocuparás más a Candy.
-Yo también me voy – dijo Archie – con permiso. Lamento lo sucedido.
-Pero, Archie... – el otrora vagabundo, se quedó boquiabierto sintiéndose completamente ignorado.
-Si no estuviera seguro que Archie es mi único hermano – repuso Stear al sentarse junto a su tío – diría que Terry es su mellizo.
-¡Hey! – Archie se volvió al escuchar el enérgico gritó de Terry sobre su hombro.
-¿Qué es lo quieres?
-No me gusta deberle nada a nadie.
-¿Y eso qué?
-A nadie – repitió –, mucho menos a ti.
-No me debes nada – resolvió Archie, molesto – no lo hice para ayudarte. Si alguien está interesado en que desaparezcas de nuestras vidas soy yo. Intervine sólo para divertirme. Lo que te suceda es lo que menos me importa en este mundo.
-Por primera vez uno de tus deseos te será concedido. Estás de suerte.
-¿Qué?
-Tú y yo nunca podremos ser amigos – declaró el actor.
-Eso es evidente. Dime algo que no sepa.
-Pero hay algo en lo que coincidimos – continuó –. Nos guste o no.
-¿Y eso es...?
-Su felicidad – Terry miró a Archie fijamente a los ojos, como si intentara, por primera vez, comunicarse con él.
-Imaginas que para ella eso significa estar a tu lado ¿cierto?
-Imaginé mal. Está es tu oportunidad. La última que tienes.
-¿Qué dices? – Archibald arqueó las cejas pronunciadamente y le observó como si hablase en otro idioma.
-Detesto la idea de verte junto a ella – le confesó, airado.
-¿Supones que debo solicitar tu consentimiento para acercarme a mi propia familia?, eres un…
-¡Cállate y escucha!
-¡¿Qué?! ¡Habla de una vez!
-¡Volveré por ella! ¡Haré hasta lo imposible por recuperarla! – Terrence pronunció aquellas palabras como un juramento – Pero si no es así, si no lo consigo…
-¿Estás diciendo que te vas?
-Más te vale cuidar de ella, o yo mismo te asesinaré sin piedad.
-¿Adónde? ¿Cuándo?
-¿Por qué? – rió Terrence con desgano – ¿Vas a escribirme?
-¿Sabes cuánto vas a lastimarla? – inquirió Archibald, azorado – ¿Por qué lo haces?
-¿Por qué de pronto te importa?, es lo mejor que te podría pasar. Serás tú quien tenga la oportunidad de consolarla y quizás, hacer que me olvide.
-No seas idiota – increpó su rival –, no quiero verla sufrir. Esa no es la forma en la que quiero estar a su lado.
-Entonces, busca la correcta.
-¿Te rindes? – lo desafió – ¿Eso es lo que pasa?
-Deuda saldada, Cornwell.
-Salvarte la vida – le dijo - no me alcanza para comprar su corazón.
-No lo compres – aconsejó el aristócrata –. Conquístalo.
Terry dio media vuelta para ir a su recámara. Archie lo siguió con la mirada, tratando de darle un significado a sus palabras. Dubitativo, entró a su alcoba sin sentir, extrañamente, el goce o el festejo de aquella partida anunciada.
-No se ve nada desde aquí.
-Por eso quiero que bajes – objetó la pecosa.
-Seguramente escuchaste mal. No veo a alguien arrancándole la cabeza a otro.
-¡Sé lo que oí!
-¡Claro que no!
-¡Claro que sí!
-¡Silencio! – advirtió Tom – ¡Despertarás a la niña!
-¡Tú también, silencio!
En ese momento, sigilosamente, la puerta de la alcoba se abrió para dar paso al dueño de la mansión. Tom y Candy respectivamente callaron en respuesta a la cálida sonrisa de Albert.
-¿Interrumpo?
-No – aseguró pecas -, adelante.
-Si tienes ánimos de discutir – dijo William – es porque posiblemente te sientes mejor. ¿Me equivoco?
-Tom y yo discutíamos – explicó ella – porque sé que algo sucedió en el jardín y él piensa que miento. Y no me digas lo mismo porque no voy a creerte.
-¿Qué pudo haber sucedido? – la herida en su pecho le recordó que el mentiroso era él, pero continuó con la farsa.
-Albert, dime la verdad. ¿Archie y Terry pelearon de nuevo?
-No estoy seguro.
-¡Albert!
-No te exaltes, pequeña. No es bueno para tu salud. ¿Tienes hambre?
-¿Comida? – los ojos de la pecosa brillaron como un lucero a mitad de la noche.
-Me llevaré a la niña para que ustedes puedan platicar a solas – Tom se acercó a la cama de su hermana y tomó a Ivanna entre sus brazos –. Quizás también ella tenga hambre.
-Pero sigue dormida – refutó Candy.
-Está exhausta – explicó William – ayer pasó todo el día con los Britter.
-¿Con los Britter? – inquirió la pecosa, arqueando una ceja.
-Volveremos pronto – dijo Tom antes de salir con Ivanna de la alcoba.
-Candy – murmuró Ivie sorpresivamente.
-¿Si, cielo?
-¿No te irás otra vez, verdad?
-No – le aseguró desde el fondo de su corazón –. Aquí me quedaré. Te lo prometo.
-Permiso – añadió el vaquero y salieron.
Al fin, padre e hija adoptiva estaban solos. La explicación no sería larga pero tampoco sencilla, Albert lo sabía.
-El doctor dijo que debes comer bien. Estás desnutrida.
-¿Qué pasa, Albert?, quiero saberlo.
-Pasan muchas cosas, ¿Con cuál quieres empezar?
-¿Quién peleaba en el jardín?
-Terry.
-¿Por qué? ¿Era con Archie?
-Nadie de los que te hemos visto – respondió con un hondo suspiro – ha ignorado las marcas en tu cara. Es doloroso no poder haberlo evitado.
-No es su culpa.
-Lo sabemos, pero alguien que te quiere tanto como Terrence no resistió quedarse de brazos cruzados. Desgraciadamente, utiliza sus propios métodos y no siempre son los más adecuados.
-¿Qué le pasó?
-Edward estuvo aquí. Él, su hermano y su padre.
-¿Aquí? – súbitamente, las manos de la pecosa comenzaron a temblar sin que ella misma se diera cuenta – ¿Él… estuvo aquí?
-No te asustes – Albert las cobijó bajo las suyas, protectoramente –, ya se han ido.
-Así que fue él con quien Terry peleaba.
-Sí. Y aunque prometí no mencionarlo, a tus preguntas necesito responder con la verdad. Nunca te he mentido ni lo haré.
-Gracias.
-No te sientas mal por eso – apuntó William, acariciando su mejilla –. No es tu culpa. Terry lo decidió así.
-Todos han sufrido por mi causa. He complicado tanto las cosas que…
-Te dije que no te culparas.
-Es la verdad – sollozó sin remedio –. Lo lamento tanto.
-Empiezo a disgustarme contigo. Deja de hablar de esa manera.
-¿Cómo está, Terry? ¿Se hizo daño?
-Hablas como si no lo conocieras. Tiene unos cuantos raspones en la cara pero sobrevivirá.
-Bruto – dijo Candy, combinando graciosamente la risa con el llanto –. Cuando le vea será como verme a mí en el espejo ¿no?
-Igual – sonrió Albert y le apretó la nariz cariñosamente –. Deja de llorar. Has pasado la mitad de tu vida llorando. Lo has hecho desde el día en que te conocí.
-¿Desde el día en que…? – Candy entrecerró los ojos, desconcertada –. No lloraba cuando me conociste. Estaba a punto de ahogarme pero no recuerdo haber…
-No te conocí ese día. Te conocí años antes.
-¿Años antes?
-Sí – Albert respiró profundo y miró al techo, en remembranza –. Te vi por primera vez en cierta colina un día soleado de verano, donde cierta niña lloraba amargamente con una pequeña carta aferrada a su mano.
-¿Qué?
-Allí te conocí, pequeña llorona.
-En la colina… en la colina de… tú… ¿Tú?
-Respira – le pidió William al verla ofuscarse de golpe.
-¿Qué respire?, pero… pero tú… ¿Tú eras…?
-Obedece. Respira. Estás perdiendo el color en tus mejillas.
La pecosa obedeció a regañadientes y aspiró hondo.
-¿Mejor? – preguntó el joven patriarca y sujetó su mano.
-Mejor. Ahora repite lo que acabas de decir.
-Hace casi diez años te encontré en la Colina de Pony, Candy – declaró con firmeza – Sí, el niño rubio con la gaita en su regazo era yo.
-Albert, tú… ¿El príncipe de la colina?, ¿Mi príncipe?
-Fue muy lindo de tu parte llamarme así. Gracias.
-Dios... – exhaló pesadamente – esto parece una broma. No lo es, ¿cierto?
-No, y hay más.
-¿Más? – chilló Candy – ¿Y tú eras quien jamás me había mentido?
-No te mentí. Únicamente no te había dicho toda la verdad. Aún falta lo más importante, ¿estás lista?
-Creo que no.
-¿Qué? ¿Hablas en serio? – Tom, boquiabierto y asombrado, ajustó con excesiva fuerza el vendaje de Terrence, sin notarlo.
-¡Ay!, ten cuidado. Todavía duele.
-No se compara al dolor que sentirás cuando te rompa las piernas – dijo y terminó el último nudo - ¿Cómo que te vas? ¿Por qué?
-Déjalo – el aristócrata le arrebató la gasa y terminó de curarse la rodilla – eres más torpe que Candy.
-Responde. ¿Por qué te vas?
-Volveré con mi padre. Se lo prometí.
-¿Desde cuándo?
-Ayer.
-¿A eso vino? ¿A llevarte con él?
-¿Tengo que responderte de nuevo?
-Pero... – Tom sacudió la cabeza, como si sus pensamientos hubiesen naufragado – ¿Y Candy?
-¿Qué pasa con ella?
-¿Te quedaste idiota de golpe? ¿Qué clase de pregunta es esa?
-Ella estará bien. Hablas como si ella fuera la tonta.
-Juraste que…
-¡Yo no juré nada! – estalló el actor -. Y deja de hacer tantas preguntas.
-No entiendo. Se supone que ustedes…
-No hay un "ustedes". Nuestro viaje juntos terminó.
-¿Cuándo se lo dirás?
-No lo sé.
-No lo sabes – repitió el vaquero, incrédulo –, eso es muy reconfortante.
-No es tan fácil.
-¿Para ti o para ella?, si quieres que sea fácil para ti, deja una nota diciendo: sé feliz, gusto en conocerte. Ella lo amará.
-Tal vez sea mejor no decirle nada.
-Idiota – resopló Tom –. Juro que si le haces eso, romperé cada hueso de tu cuerpo.
-No quiero irme – confesó Terrence, como si hablara consigo mismo –, si pudiera quedarme con mi madre… pero…
-¿Pero qué?
-¿Quieres saber la razón por la que tengo que irme?
-¿Te parece que no quiero?
-Tendrás que prometerme callar. No quiero que nadie lo sepa.
-No te garantizo nada. No si Candy es la más perjudicada.
-No lo es – admitió con tristeza –, soy yo quien la pierde a ella.
-¿Cómo podré pagarte todo, Albert?, ¿Cómo podría?
-No quiero que me lo pagues, Candy – sonrió Albert, besando su mano –. No lo hice por eso. Únicamente he querido tu felicidad desde el día en que te conocí hasta hoy.
-En Lakewood, en Londres, en todas partes. Sabías dónde me encontraba y cuidabas de mí. Aparecías por casualidad, o fingías que lo era, pero en realidad me seguías para vigilarme.
-Vigilarte como mi amiga. No como mi prisionera.
-Siempre que tenía un problema, apareces milagrosamente para solucionarlo. Y yo que creí que era mi buena suerte.
-¿San Albert?
-¿San Albert? – rió la pecosa – ¿quién te...? ah, espera – comprendió de golpe – ya sé de dónde salió ese sobrenombre.
-Acertaste, tarzán pecoso.
-Quiero verlo – Candy sintió un deseo irrefrenable de oír su voz y mirar sus ojos - ¿dónde está?
-Curándose las heridas de la cara. Le pedí que lo hiciera para que no te preocupara.
-¿Tan mal está?
-No lo suficiente como para retenerlo en su habitación, sabiendo que tú quieres verlo.
-Albert...
-¿Qué pasa?
-Yo… - la pecosa tragó saliva con dificultad y respiró hondo –, quisiera preguntarte…
-¿Sí?
-¿Terry puede ir a Lakewood con nosotros?
-Si él acepta, no tengo por qué oponerme.
-¿Cuándo volveremos?
-Si tu salud mejora, pasado mañana.
-Yo me siento muy bien. De verdad.
-Me alegra escuchar eso – William enmarañó cariñosamente su cabello –, en ese caso le diré a la tía abuela que estás lista para comenzar con tus lecciones.
-¿Lecciones?
-Las que dejaste pendientes en el Colegio San Pablo. No piensas dejar de estudiar, ¿o sí, Candy?
-¿Eh?
-Le llamaré para decirle que ya puedes recibirla. Le dará mucho gusto verte.
-Mmh… yo… Albert…
-¿Quieres saludarla?, puedo ayudarte a bajar si quieres.
-¡Ay! – Candy se llevó la mano al torso, fingiendo una terrible punzada de dolor - ¡Me duele!
-¿Te duele? – Albert enarcó una ceja y se cruzó de brazos –. Comprendo. Y la cabeza también, asumo.
-Oh, si. Mucho. Y ya que lo mencionas – se colocó la mano sobre la frente y empezó a respirar fatigosamente – creo que tengo fiebre.
William esbozó una sonrisa cómplice y miró a su pequeña embustera con dulzura.
-De acuerdo. Las clases de la tía abuela pueden esperar hasta que lleguemos a Lakewood.
-¿Por qué se mueve tanto el piso? – Candy le observó por el rabillo del ojo, pretendiendo un mareo.
-Bien – Albert elevó los ojos al cielo, derrotado –. No tiene que ser la tía abuela tu nueva maestra. Pensaré en otras opciones.
-Parece que ya me siento mejor. Sólo necesito descansar y comer mucho.
-Tramposa – el joven patriarca le obsequió un beso en la frente antes de salir de la habitación –. No se te ocurra ponerte de pie ¿me escuchaste?, vendré con tu cena.
-¡Sí, señor!
-Estoy seguro que lo vi. ¿Dónde esta?
Aquello, sabía Archibald, era una mala idea. La evidencia de sus malos modales. Sin embargo, mientras registraba las pertenencias de Stear, le importó poco menos que nada. Al menos no tanto como averiguar lo que pasaba por la cabeza de su hermano. Alistear llevaba días comportándose de manera ausente y pensativa. Leía los diarios cada mañana con extraña fascinación. Parecía meditar por los rincones de la mansión, como si ideara un nuevo invento. Pero Archie sabía que no era así. Su alegría por el regreso de Candy era indudable, pero la lejanía de sus pensamientos también.
-Fuerza aérea francesa... – leyó Archibald cuando al fin halló el anuncio de periódico – ¿Francia? ¿Por qué le importa tanto?
Apuntes, anotaciones, recortes y una hermosa fotografía de un Biplano flete modelo 17 eran, entre otras cosas, las pertenencias que Archibald acababa de revolver con descuido sobre el escritorio.
-¿Qué te pasa? – musitó para sí.
-Eso tendría que preguntártelo yo a ti... – dijo su hermano mayor a sus espaldas - ¿Qué pasa contigo? ¿Qué haces en mi habitación hurgando entre mis pertenencias?
-Stear, pensé que estabas en…
-¿Qué tienes en la mano? – el inventor señaló el brazo que Archie escondía detrás de sí.
-Na-nada.
-Déjame ver.
-Perdóname, no debí haber entrado en tu cuarto de esta forma. Será mejor que me vaya.
-Un momento – dijo al obstruirle el paso – te pregunté qué tienes en la mano.
-Nada.
-¿Qué escondes, Archie?
-¿Yo? – finalmente, Cornwell estalló –. ¿Por qué no te haces esa misma pregunta, Stear?, has estado actuando de manera extraña sin decirle nada a nadie. El que esconde algo eres tú.
-Tonterías.
-¿Tonterías?, ¿Esto es una tontería? – el brazo de Archibald se alargó para mostrarle el trozo de papel que guardaba en la espalda.
-Te dije que no significaba nada – objetó –. No es importante.
-Si no es importante ¿por qué lo guardas entre tus libros? ¿ahora coleccionas tonterías y basura?
-Dámelo.
-No. Responde.
-Dámelo, te digo – Stear intentó arrebatarle el anuncio pero Archie, hábilmente, lo evitó –. Deja de jugar, Archie.
-No te lo daré ni te dejaré en paz hasta que me digas qué te sucede.
-¡Archie!
-¡Habla! – le demandó, yendo de un sitio a otro de la alcoba – ¡Dime qué te pasa!
-No me pasa nada. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
-Las necesarias hasta que me convenzas. ¿Qué ocurre, Stear? ¿Ya no confías en mí?
-Por supuesto que sí – el inventor se rindió y decidió sentarse sobre su cama para deshacerse de sus anteojos y restregarse la cara –. No es importante, Archie – le repitió –. Sólo tenía curiosidad.
-¿Por ir a la guerra? ¿En qué estás pensando? ¿Estás aburrido o te volviste loco de golpe?
-No he dicho que iré a ninguna parte.
-No te lo permitiría.
-No puedes prohibirme nada, hermano – le sonrió con tristeza.
-Entonces – repuso Archibald, con un nudo en la garganta – ¿lo has considerado?
-N-no. Claro que no.
-Mientes.
-¿Y si así fuera qué? – Stear le enfrentó con los ojos firmes en los suyos –. Nadie puede decirme qué hacer o qué pensar.
-¡Stear!, ¡Jamás permitiré que vayas a un sitio como ese para morir estúpidamente!
-¡No es estúpido luchar por algo en lo que crees!
-¡Es estúpido y no te dejaré hacerlo!
-Archie… - conmovido pero a la vez harto, el inventor exhaló pesadamente y desvió la mirada –, no voy a discutir contigo.
-No te irás – insistió con vehemencia –. Si lo haces, no te lo perdonaré.
-¿Te importaría dejarme solo, por favor?
-Demonios… – Archibald maldijo por lo bajo, arrojando el papel periódico a la basura –. De acuerdo, quédate sólo. Tú y tú misterios me fastidian.
Sin meditar en lo que acababa de decir, Archibald dejó la habitación con un azote de puerta. Stear conocía a su hermano, y sabía que estaba asustado. Sintió pena y remordimiento. Sus planes, aún trazados en su mente a manera de borrador, podrían ocasionarle un daño irreparable a su familia. Ya se la pasará, pensó el inventor al recostarse en su cama. Archie pensó lo mismo al llegar a la suya. Tal vez al volver a Lakewood, Stear volvería a ser el de siempre.
Tal vez.
O tal vez no.
Como un animal en cautiverio, Terry recorría lo largo del pasillo, dudando en decirle a Candy lo de su partida. Si hubiese caminado sobre la alfombra veinte minuto más, habría hecho un enorme agujero en el piso que lo hubiera conducido al centro de la tierra.
¿Pero qué le voy a decir? ¿Y cómo?
-¿Terry? – William lo había estado observando con atención durante un par de minutos. Sabía lo que le pasaba e inevitablemente quiso animarlo.
-¿Sí?
-¿Es tu turno de cuidarla?
-Ah, sí. Sólo estaba…
-Está bien – se aproximó unos pasos y tocó su hombro – todo está bien. Lo único que tienes que hacer es abrir esa puerta y entrar. La persona que te conoce mejor está allí dentro, no tienes nada que temer.
Recorrer los cinco metros que lo separaban de la persona que lo conocía mejor que nadie, le pareció tan largo y exhaustivo como recorrer cinco mil kilómetros bajo el sol del desierto.
Una feroz batalla se libraba en su mente y en su corazón. Albert podía escucharla con facilidad. No hubiese sido complicado intervenir y salvarlo de su indecisión, pero Terrence era el encargado de su destino. El único que debía resolverlo.
-Oye, rebelde – le dijo antes de verlo entrar a la alcoba. Terry reparó de reojo, con la mirada turbia y ausente.
-¿Sí?
-Esto también… pasará.
-No, no lo haré – resolvió rotundamente Elizabeth – No puedo.
-Mi amor...
-No puedo – repitió la mujer, con el llanto contenido en la garganta.
-Tú también te has encariñado con esa niña, no lo niegues. Vi cómo la mirabas, cómo…
-Sí, pero esa niña no es Annie – reviró –. Deja de torturarme.
-No – aceptó estoicamente el señor Britter –, no es nuestra hija pero si ambos lo deseamos podría llenar ese vacío tan grande.
-Annie es irremplazable. ¿Cómo puedes decir algo así, Robert?
-Vamos, linda – el gentil hombre se arrodilló frente a su esposa y tomó sus manos –. Comprendo tu angustia, pero eso no puede detener nuestras vidas. Nuestro deseo de ser padres y de colmar de amor a una criatura aún sigue allí. Ivanna nunca reemplazará a Annie, pero también es cierto que Annie no volverá.
-Basta, por favor.
-Sé que nuestra hija nos mira en este momento y desea nuestra felicidad. Elizabeth, a través de esa pequeña, podremos seguir amándola y recordándola como ella a nosotros.
-Robert – la mirada de infinita tristeza de Elizabeth se fundió en la de él - ¿Estás seguro de lo que dices?
-Sí. Por supuesto que sí.
-¿No tienes miedo?
-Mucho. Pero tengo más miedo de renunciar a esta oportunidad que al fracaso de haberlo hecho.
El matrimonio Britter se abrazó fuerte, confortándose el alma que aún añoraba la de Annie. Se estrecharon hasta no dejar espacio para la duda o el temor. En silencio se prometieron enfrentar el reto más peligroso e incierto de la vida: amar. Amar y entregarse nuevamente a alguien con la plena consciencia de que podrían ganar o perder. No obstante, el precio de perder no se comparaba con el de obtener, valientemente, un obsequio celestial llamado hijo. Lo harían, lo intentarían de nuevo. Por ellos, por Annie y por la nueva integrante de la familia Britter.
-¿Candy?
Terrence abrió la puerta de su alcoba y observó a su pecoso ángel cobijado entre las gruesas y blancas sábanas de su cama. Su rubia cabellera esparcida en la almohada, parecía oro líquido que acariciaba su blanca piel. Estupefacto, el aristócrata se aproximó al borde y la llamó por segunda vez, sin dejar de contemplar con embeleso lo hermosa que era.
-¿Estás dormida, Candy?
-Sí – murmuró ella, con media sonrisa asomando a su rostro – profundamente.
-Lo sabía. Ni siquiera en sueños puedes dejar de hablar. ¿Qué necesitas para lograrlo? ¿Comida en la boca?
-¡Hey!
Say goodnight, not goodbye
You will never leave my heart behind
Like the path, of a star
I'll be anywhere you are
Candy abrió los ojos con las cejas encorvadas y fingiéndose molesta, intentó incorporarse pero Terry la detuvo.
-No lo hagas. Todavía no es bueno que te fuerces a nada.
-Estoy bien. Si no muevo mi cuerpo me siento más cansada y ya no quiero seguir en la cama.
-No seas necia.
-No soy necia.
-Sí lo eres. Estás discutiendo conmigo.
-No lo estoy.
-Sí lo estás.
-No.
-Sí.
-¡No! – exclamó y se inclinó hacia él para pegarle en el brazo. Desafortunadamente, las costillas rotas seguía allí - ¡Ay! ¡me duele!
-¡Tonta! ¡Te lo advertí!
Terry la sujetó entre sus brazos pero Candy, antes que preferir apoyarse en las almohadas nuevamente, se sostuvo con fuerza de él y se acercó a su rostro para mirar sus hermosos ojos azules. Su boca era un poderoso magneto que la hipnotizó por completo. El actor siguió su mirada y adivinando sus pensamientos, evocó al romance.
-Si con mi boca por demás indigna, profano este santo relicario– dijo –, he aquí la gentil expiación: mis labios, como dos ruborosos peregrinos, están prontos a suavizar con un tierno beso tan rudo contacto. (1)
-No sé – murmuró Candy, temblorosa y extasiada –, qué es lo que sigue.
-No importa – Terry deslizó los brazos por su espalda y atrajo su frágil cuerpo al suyo – deja que hagan los labios lo que las manos hacen. Ellos te rezan, accede tú para que la fe no se cambie en desesperación y no te muevas mientras recojo el fruto de mis plegarias (2)
En el mismo instante, como si lo hubiesen planeado, ambos cerraron los ojos y buscaron en la oscuridad de su mirada, sus labios. Cálidos y dispuestos se encontraron uno frente al otro. Terry saboreó la tierna piel de su boca mientras Candy, sin resistencia, correspondió a su demanda. El actor deseó estar en ella. Quedarse a su lado perpetuamente, sin interrupciones, sin mañanas siguientes. Acarició sus mejillas y grabó cada línea. Aunque pecara contra el mundo, congelaría ese instante en su memoria y lucharía fieramente contra el olvido. Maldito olvido y distancia que amenazaban quitarle lo único real que había poseído en toda su vida. Pero no sería esa noche. Aquel momento era de ellos, y la besaría hasta agotarla para después suplicarle continuar.
In the spark that lies beneath the coals
In the secret place inside your soul
Keep my life, in your eyes
Say goodnight, not goodbye
-Te quiero – susurró Candy sobre sus labios.
-Te amo, pecosa – Terry absorbió su aliento y acalló sus deliciosos murmullos femeninos con su húmeda boca que reclamaba su entrega.
No quiero dejarte, no quiero…
-No te vayas – Terry abrió los ojos, sorprendido, cuando Candy pareció adivinarle el pensamiento.
-¿Qué? – preguntó inquieto.
-Ven conmigo a Lakewood.
-¿Lakewood?
-Sí.
Cabizbajo, Terrence pensó demasiado tiempo en la respuesta.
-¿Qué pasa?
No podía decírselo. Todavía tenía unos días, sólo unos cuantos y después…
-Terry, ¿qué es?
-Nada - le sonrió, haciendo gala de sus dotes como actor – me gustaría ir con ustedes. Estar contigo allí.
-¿De verdad? – los ojos de Candy saltaron emocionados.
-Sí. ¿Cuándo nos iremos?
-Albert dijo que pasado mañana.
-Entonces, pasado mañana será.
-Gracias – la pecosa, desbordante de felicidad, se abrazó a su cintura hasta que la punzada en el torso apareció de nuevo – ¡Auch!
-¿Quieres estarte quieta? – la reprendió y le ayudó a recostarse en la cama.
-¿Te quedarás conmigo un rato más?
-Es mi turno cuidarte. Velaré tu sueño toda la noche, si así lo deseas.
-Así lo deseo.
Don't you fear, when you dream
Waking up is never what it seem
Like a jewel buried deep
Like a promise meant to keep
You are everything you ought to be
So just let your heart reach out to me
I'll be right, by your side
Say goodnight, not goodbye
-Pero – apuntó Terrence, con hondo sarcasmo –, procura no roncar. Es vergonzoso y puedes despertar a los vecinos.
-¿Qué?
-Hablo en serio. Podrías pasar fácilmente como un oso.
-¡Terry!
-¡Es cierto! ¡Lo he comprobado!
-¡Bruto! – le gritó antes de mostrarle la lengua.
-No me provoques – el actor entornó la voz y miró sus labios amenazadoramente –. No hagas eso de nuevo o no respondo.
-¿Cómo? – Candy se quedó pasmada y boquiabierta.
-Ya me escuchaste – dijo, acariciando su barbilla y amenazándola con el incitante brillo de su mirada.
El instinto en la piel le gritaba al aristócrata que tomara a esa mujer entre sus brazos y la besara hasta hartarse. Algo imposible en realidad. Hartarse de Candy era inconcebible. Jamás podría saciar aquel sentimiento que compartía con ella: intenso, vivo, urgente y suyo.
-Buenas noches, Terry.
-Hasta mañana, pecosa – dijo y besó su frente – y recuerda no roncar.
Contenido hasta la locura, Terrence arropó a su pecosa y se limitó a mirarla dormir. Nadie perturbaría su sueño. No mientras él la custodiara como al más preciado tesoro de la tierra.
Durante la madrugada, para no incomodarla, se mudó al sillón que hizo las veces de cama frente a la de ella. Como un lobo vigía, nunca la perdió de vista. En un par de ocasiones, contempló la luna a través del ventanal y sus delgadas cortinas. Se imaginó el amanecer del séptimo día y sintió nauseas. Tenía que aceptarlo, aquella no era una noche más junto a Candice, era una menos.
You are everything you ought to be
So just let your heart reach out to me
Keep my life, in your eyes
Say goodnight, not goodbye
Beth Nielson Chapman
Continuará...
Notas originales:
Querido Dios: Casi nunca te entiendo, casi nunca… y a pesar de que en ocasiones he osado hacerlo, siempre pierdo la batalla cuando se trata de demostrarnos mutuo amor. Me olvidaba que en los momentos más solitarios, el único que se queda junto a mi eres tú… y que justamente en esos instantes es cuando te manifiestas en una mirada, en una sonrisa, en los ojos de alguien a quien jamás había visto y que ahora, sólo ahora, me ha hecho recuperar por poco tiempo, la ilusión de volverme a enamorar… y digo por poco tiempo para no perder la costumbre de la autocompasión y de la deliciosa sensación de la tristeza…
Este capítulo lo dedico al amor… al profundo amor que inunda mi corazón y que se había olvidado de las formas de ese sentimiento borrado en mi memoria. Tal vez sea sólo una ilusión en medio del desierto, pero el agua de ese oasis me ha mojado los labios para poder seguir caminando en busca de mí… y de ti… quien quiera que seas.
Gracias por leerme. Gracias de verdad.
Emera
p.d. A todas aquellas (os) quienes hayan visto alguna vez el final de la primera temporada de Dawson's Creek, cuando por fin Dawson besa a Joey, recordarán esta canción que he transcrito al final. Es muy linda ¿no?
NOTAS ACTUALES:
Reeven: No tengo idea de cambiar el final. En lo particular a mi me gustó porque es acorde a los animes japoneses. No es triste, para todas aquellas que no han leído esta historia. Pero bueno, no hablemos más de eso para no hacer un spoiler, va? de todas maneras, gracias Reeven por tus bellas palabras y conceptos. Ojalá te siga divirtiendo y quizás, la idea para Azul sea un epílogo o una segunda parte, no lo sé aún.
Irlanda: El oasis son sus mensajes que me curan de muchos ratos de imnominia. Arigato. Gracias por ser y estar.
Roni: Si un día logro sacarte una lágrima en el trabajo, y te reclaman por eso, diles que se arreglen conmigo. Que no arruinen el momento. Gracias por leer.
Dayana: De pronto se me olvida que hay gente gentil, sincera y con un gran corazón que todavía lee lo que escribo con el único ánimo de disfrutar de un rato de esparcimiento. Dejaré de preocuparme por las pequeñeces que a veces molestan mi concentración, pequeñeces y gente pequeña, y pondré más atención en la gente como tú. La que sí cuenta y vale para mí. Gracias
Sumomo-chan: me encantan tus mensajes porque me tardo un buen rato en descifrarlos! hehe, lo digo con todo cariño. Gracias por darte el tiempo de dejar un mensaje aunque estés apurada. Se te agradece de corazón. Beso a Hideki.
Leyla: la adicción a Candy la compartimos, y quizás, como homenaje a esa historia que me cambió la vida, que me la salvó, me esfuerzo por dejar a quienes les interese, un trozo de ese homenaje. Gracias por darte el tiempo de releer la historia y ojalá te guste más ésta versión, porque también la reescribí como signo de respeto para quienes merecen buena redacción y gramática. Eres muy linda, te agradezco tus conceptos y cariño virtual.
Les mando un abrazo a ustedes, y a quienes anónimamente le dan un click a este cuento Azul. Gracias.
Ja!
Emera-chan
p.s. Ya casi termino el capítulo de Yume. Estén pendientes este fin de semana. Un beso.
Referencias:
(1) Fragmento de: Romeo y Julieta. Acto Primero. Escena V. Salón en casa de Capuleto.
(2) Fragmento de: Romeo y Julieta. Acto Primero. Escena V. Salón en casa de Capuleto.
