Muchas cosas tendrían que cambiar de ahora en adelante, no tenía la más mínima idea del tiempo que le llevaría priorizar su libertad ante sus sentimientos. Pues aquellos mismos eran lo equivalente a una gran ensalada de la cual todos los ingredientes estaban perfectamente mezclados sin oportunidad alguna de separarlos. No se comprendía a si misma, y aunque la razón, la ecuanimidad y el sentido común eran algo de lo que orgullosamente podía presumir sencillamente parecía que actuaba con el instinto.

Deseaba estar sola, anhelaba tener el tiempo suficiente para luchar contra ese debate interno que cargaba a cuestas. Constantemente recibía llamadas de Ginny seguramente para preguntar lo relacionado con Harry, pero no le apetecía tener que relatar que su novio fue uno de los artífices de un secuestro junto a quien en el pasado fuese su peor enemigo.

Apagó el celular con decisión, se sentó sobre la cama mirando fijamente hacia la nada preguntándose a si misma desde cuando Damon Salvatore se había convertido en parte fundamental en su vida. Apretaba sus dientes, frotaba sus manos con frenesí a causa de la ansiedad y la impotencia. Por ahora no deseaba llorar, no había tiempo para eso hasta que las cosas se resolvieran de la mejor manera, y si no se daba prisa podría ser catastrófico tener que enfrentar un centenar de averiguaciones encabezando los tabloides "Crimen Pasional en Mystic Falls".

Volvió a tomar los libros relacionados con el folklor de Mystic Falls pero en aquel momento no parecía interesada en la investigación sintiéndose tan eufórica. No tenía la concentración necesaria para deducir o siquiera pensar, tampoco deseaba salir de la habitación y tener que encontrarse con un Damon lo bastante molesto. Sabía que no le haría daño, sin embargo no era idóneo sostener una conversación que acabaría en rencilla marital.

Sin preocuparse de la hora, tomó su celular, su varita y su bolso para salir de la casa y dirigirse a un lugar que seguramente la reconfortaría. Tal vez de esa manera estaría mas tranquila y sin preocupacion latente por el momento, pero antes de dirigirse a la puerta decidió hacer una llamada.

-¿Diga?

-Parkinson ¿No está Draco contigo?

-"Hola Parkinson ¿Como estas? !Oh Si! !Perfecto querida!" - La morena contestaba con un tono exagerado.

-Perdon… ¿Como estas?

-Pues bien, Draco acaba de llegar a la habitación y vimos un charco de sangre ¿Tu marido está alimentándose entre comidas? Pues dile con claridad que mi amigo y yo no estamos en el menú.

-¿Sangre?- Bufó exasperada al entrar a su coche e introducir la llave para ponerlo en marcha- ¡Por Dios!

-Un bozal sería lo ideal, una correa y bueno… creo que tengo un tomo de "La venus de las pieles" por si te interesa.

Hermione no deseaba perder mas su tiempo con los sarcasmos frescos de la Slytherin, aunque aquella imagen llegaba a su cabeza provocandole una leve sonrisa.

-Estaré en ello, prometo que Damon no les pondrá un dedo encima, pero necesito que no dejes que Draco salga solo al pueblo.

-¿A qué te refieres?

-No tengo tiempo para detalles, si quieres saberlos que te lo explique- Daba un largo suspiro- Solo sé que no es buena idea dejarlo sólo en este momento.

-Te recuerdo que soy su amiga, no su niñera.

-Pues al parecer desde ahora necesitará una. Nos vemos Pansy.

La castaña colgaba la llamada emprendiendo marcha al coche y dirigirse al pueblo. No sabia el rumbo exacto pero seguramente desembocaría en la Hays St, donde la congregación de negocios estarían abiertos junto a un lugar que al principio lo sintió como su casa, un sitio que apesar de estar cerca de todos aquellos pintorescos locales se parecía un poco a la biblioteca de Hogwarts que tanto le gustaba.

Se acomodó las gafas de sol, y aunque la luz del día pocas veces se reflejaba enteramente en los espesos bosques, no quería que notaran algunas lágrimas traicioneras que brotaban por sí solas de sus acaramelados ojos. Tomó la saliente a la interestatal ingresando por la Floyd St Ne; una calle que desembocaba en la calle principal donde el Mystic Grill esperaba a una decena de comensales durante la media tarde. Tan solo esperaba que el pequeño negocio de libros usados continuara abierto.

Afortunadamente en un pueblo como Mystic Falls el tráfico era el menor de los problemas, por lo que inmediatamente pudo localizar un lugar propicio para estacionarse. Apagó el motor acomodándose después el cabello hacia atrás, se quitó las gafas tratando de fingir una sonrisa apacible y condescendiente aunque tras lo ocurrido en la mañana resultaría una actuación casi merecedora del oscar.

Se encaminó debidamente al establecimiento donde al abrir la puerta sonaba una campanilla, y esa misma le indicaba al dueño que había un cliente potencial visitando su negocio. Hermione se encaminaba por los estantes, no le interesaba nada en especial, aunque en cualquier caso siempre le gustaba coleccionar libros postergando su lectura hasta que fuese el momento idóneo; no obstante aún no se encontraba relajada para disfrutar de un manuscrito.

El hombre de edad avanzada, ojos color marrón y tez clara se acomodaba su cabello cano con la ayuda de un peine de cola que seguramente llevaba el la bolsa de la solapa. Sonrió al ver que una hermosa chica llegaba a visitar el lugar hambrienta de literatura, una potencial devoradora de libros que por su facha no los trataría después como simples pisapapeles o patas improvisadas para muebles desnivelados. Se encaminó con lentitud procurando no sobresaltar a su visita.

-Buen dia señorita, veo que los libros que se llevó no le fueron suficientes. - Hermione volteaba con lentitud dándose cuenta que el dueño de la librería la miraba de manera apacible, un gesto que bajo esas circunstancias era difícil de encontrar para ella.

-Buen dia señor- Contestó de inmediato sin elevar el tono de voz quizá acostumbrada al ambiente bibliotecario desde que era una niña. -No busco nada en especial, solo deseaba salir de mi… rutina y hacer algo diferente. -Ella le regresó la mirada tomando un texto al azar con estampado azul cielo.

-Mal dia ¿He?-

-Ni se lo imagina señor…

-Frederick- El hombre estiró su mano mostrando su piel cubierta de ligero paño, una capa tan delgada como la dermis de una cebolla.-

-Hermione Sal… Hermione Granger- Corrigió al momento devolviendo el saludo

-Mi esposa solía decir que en los momentos más tensos de la vida, lo único que podía disipar los malos pensamientos era un buen libro de más de seiscientas páginas-

Hermione sonrió con el comentario, pues aquel mismo le recordaba sus momentos de euforia llegando a sancadas a la biblioteca de Hogwarts. Afortunadamente no existía un encargado o de lo contrario en aquel entonces la hubiese silenciado un millar de veces.

-Creo que nos parecemos en eso.

-¿Disculpe?

-Su esposa y yo.

El hombre de edad avanzada contemplaba a la castaña como si fuese una pieza única, como una joya que entraba deliberadamente a sus aposentos por voluntad propia. Frederick Granger admitía que esa mujercita era casi el vivo retrato de su esposa. La sonrisa, los hoyuelos que se producían al sonreír, el cabello castaño, incluso podía asegurar que el timbre de voz era demasiado parecido.

-Yo creo que son mucho más parecidas de lo que se imagina- Aquel dueño de la librería volvía a dirigirse al mostrador para sacar de su bolsillo un reloj de oro que contenía el retrato de su mujer volviendo a mirar a su clienta y percatarse que ese parecido no era producto de su imaginación o la ausencia.

-¿Puedo hacerle una pregunta? Si no es indiscreción-

-No se preocupe-

-Es usted la esposa de uno de los hermanos Salvatore ¿Es verdad?

Hermione estaba a punto de contestar aquella pregunta, su instinto le imperaba declarar que afirmativamente era la pareja legal y sentimental de Damon; sin embargo su lado cerebral frenaba cualquier impulso de cometer una imprudencia. Acarició el lomo del libro por unos segundos agachando su mirada ante la evidente curiosidad del hombre de edad avanzada ocultando cualquier indicio de nerviosismo con una sonrisa.

-Veo que es un pueblo chico- Respondió por fin.

-No se moleste conmigo señorita, solo fue para entablar conversación- Frederick volvía a tomar asiento detrás del mostrador sin perder contacto visual con ella.

-Comprendo- Suspiró- No es que haya sido el evento del año pero tratandose de este lugar puede que lo fuera.

-Pero debería estar feliz por su matrimonio, he escuchado que muchas mujeres han querido tener ese lugar-

La castaña sintió un hueco en el estómago al pensar la cantidad de chicas que su marido tuvo no solo en la última década, sino a lo largo de su vida como vampiro. Los celos poco a poco se hicieron presentes y por consiguieente apretaba la pasta del libro con la yema de sus dedos. Desvió la mirada por unos instantes considerandose tan ilogica como irracional al albergar aunque fuese ese sentimiento por un hombre que dificilmente podía brindarle confianza.

-Soy feliz, en serio que lo soy, y me siento… honrada al ser la ganadora- Soltó por nerviosismo una risita, sin embargo el hombre de edad avanzada arqueaba la ceja.

-Yo que usted- El anciano colocaba sus brazos sobre el mostrador fijando su mirada en ella. -Haría todo lo posible por dejar a ese hombre.

-Pero…

-No debe importar lo que le prometa, lo que le diga, todo en ese hombre o mejor dicho, en ese monstruo es un engaño.

Hermione se levantó del asiento un poco contrariada, sabía que Damon Salvatore no era precisamente una persona querida o popular en el pueblo de Mystic Falls; no obstante la mirada de ese hombre mostraba una sinceridad impresionante, un brillo especial que ni ella misma podía explicarse.

-¿Quien es… En realidad Damon Salvatore?- Preguntó con suavidad colocando las palmas de sus manos sobre el mostrador para prestar toda la atención posible. En cambio el hombre solo la observaba con cuidado, como si lo que estuviera apunto de decirle terminaría por decepcionarla.

-Solo le puedo decir, que una señorita inteligente y culta como usted no se merece a un desgraciado como él-

-A estas alturas no puedo distinguir entre lo que merezco y lo que no.

Contestaba al fin intentando calmar su ansiedad, su angustia, incluso intentaba serenarse y no mostrarse como una esposa celosa. Dió una sonrisa cálida al hombre sacando de su bolso el efectivo que necesitaba para pagar el libro, pero se vio impedida por una mano que no era la suya.

-Va por mi cuenta señorita Granger.- Puntualizó de inmediato.

Le brindó de nuevo otra sonrisa, pero antes de retirarse se acercó a la mejilla de aquel hombre para darle un beso en agradecimiento. Hermione podía sentir que aquel señor era mucho más que un bibliotecario, más que un vendedor que seguramente pasaría sus ultimos días en aquel negocio subsidiado por su cuenta de retiro. Ese hombre de cabello cano y ojos café oscuro le podían recordar incluso a su padre mismo, no entendía la razón, el motivo, pero sencillamente la ternura que le provocaba escuchar su voz era impresionante.

-Gracias Frederick, es usted un sol- Dio un suspiro antes de retirarse.

La campanilla de la puerta sonó una vez más cerrando el establecimiento, la miró marchar sin perder cada detalle en sus facciones, sus gestos, la manera presurosa en que insertaba las monedas en el parquímetro, el fruncir de cejas introduciendo su mano presurosamente para alcanzar las llaves de su automovil, su cabello castaño cayendo sobre sus hombros, pero sobre todo aquella sonrisa que le recordaba demasiado a su esposa. A su devota, amada y finada esposa.

-Perdoname Cassandra, por mi culpa no llegaste a conocerla- Desviaba su mirada un poco escuchando a su vez que el teléfono fijo timbraba. Curvó media sonrisa al comprobar que esa llamada podría significar una salida a todas sus plegarias. -Me encargaré de resarcir el daño.- En aquel instante descolgó el auricular.

-Frederick Granger.

-Está autorizado- Indicaba una voz masculina. -Mi jefe se pregunta la fecha en que nos entregará el resto del efectivo.

-Mañana a primera hora, pero es importante que se haga el trabajo esta semana, deben ser discretos y no dejar huella. - Dió un largo suspiro mirando que el coche de Hermione se retiraba de la calle.

-Somos los mejores en nuestra labor señor Granger- Pudo escuchar una risotada aguardentosa. - Por generaciones nos hemos dedicado a erradicar al mundo de esa peste caminante, no tendríamos por que fallar esta vez.

El hombre sonaba seguro de sí mismo, tan contundente y directo que sorprendía cada vez mas a Frederick, por otro lado comenzaba a llenarse de preocupación. Hermione no debía enterarse del plan ni mucho menos la verdadera razón de su estancia en ese pueblo chico.

-Tiene que parecer un accidente, o de lo contrario no verán ni un centavo- El señor Granger trataba de sonar enérgico, totalmente en control aunque por dentro su adrenalina corría de forma acelerada.

-Por eso recomiendo que no sea dentro del pueblo, es importante que Damon Salvatore salga de ahí para poder proceder-

-¿Eso que tiene que ver?- Interrumpió el anciano hombre. - Dentro o fuera del pueblo hay maneras de hacerlo parecer un accidente.

-Es nuestro único requisito señor Granger, el señor Salvatore debe dejar Mystic Falls Virginia.

-Veré que puedo hacer- Hizo una pausa. -Mañana tendran el adelanto,deseo su cuerpo intacto, si lo presentan calcinado o en otras condiciones no les pagaré.

-Como usted diga Señor Granger. -Escuchó una pausa. -Mi jefe estará complacido con esta noticia.

El contacto colgaba el auricular dejándolo pensativo. Recargaba sus manos sobre la cubierta del mostrador buscando con la mirada la botella de jerez que conservaba para casos de necesidad. Con cuidado logró sentarse, sus huesos no tenían la misma fuerza que algunos años y las articulaciones comenzaban a engarrotarse a cualquier oportunidad. Se llevó la mano al pecho por un minuto para después disponerse a servir en una copa de vidrio tres cuartos de la fermentada bebida.

-No descansaré hasta verte hecho polvo Damon Salvatore- Finalizó dando un sorbo a su jerez.

oo**oo**oo

La chimenea no solía permanecer encendida durante el dia, pero en aquel instante poco le importaban los detalles, a final de cuentas necesitaba algo de luz después de la oscuridad a la que Draco Malfoy lo había confinado. Sus ojos aguamarina cambiaban de color a un negro siniestro a causa de la misma ebullición de su propia sangre. Había sido el cuarto vaso de cristal que rompía sin intención alguna, pues cada que su mente regresaba a esos instantes la cristalería siempre le pagaba los daños. Prefirió tomar la botella de Bourbon, con esto evitaría estrellarla sin antes pensar que no tendría más recursos para beber.

Se recargó en el respaldo del sofá mirando fijamente el fuego que se esparcía y calcinaba los maderos, no se molestaría en atizar para acomodarlos, lo único que importaba era tratar por todos los medios de relajarse y olvidar cualquier pasaje vivido en aquel lugar. Era cierto que estaba acostumbrado a torturas más intensas, pero ignoraba totalmente que Hermione justificara la acción cometida por aquel rubio.

-"Pensé que no eras como él"- Se repetía. -"Pensé que no eras como él"- Estaba apunto de arrojar la botella cuando la cordura regresaba a su sentidos. - ¡Rayos!. - Dio un par de tragos profundos aún con la mirada perdida en el fuego.

-Claro que no soy como ese imbécil-

No llevo la cuenta de las horas que había desperdiciado en su sala, además su condición de vampiro le permitía hacerlo en demasía. Bailoteó los dedos de su mano izquierda en el brazo del sofá mirando a su vez el reloj de pared que se ubicaba justo arriba del escudo de hierro cruzado por un par de flechas. Consideraba tonto aclarar el malentendido con Hermione, pues deseaba pensar que lo había dicho por mero impulso o quizá para mediar un altercado entre ambos. Se moría por saber la respuesta, y a su vez no deseaba escucharla.

-Si yo te contara lo que pasó hace tiempo… tendrías un jodido concepto diferente de mí.

Soltó un suspiro volviendo a mirar la chimenea.

Debía estar loco para permanecer cuatro años en un lugar fijo, siempre estuvo acostumbrado a viajar a todas partes del mundo haciendo de él un suculento banquete que no tendría fin. Ahora su destino estaba ligado sin intención alguna a una niña que estaba a un paso de convertirse en una mujercita.

El tiempo le preocupaba, no quería obligar a una pequeña a permanecer a su lado en contra de su voluntad, sin embargo la promesa realizada en el pasado era mucho más fuerte, más intensa. Se encontraba en la sala de los menesteres vestido para una ocasión especial, un smoking negro azabache junto a una pajarita azul cielo; quizá el color de sus ojos le había ayudado en su elección.

Se aseguró de no ser visto, pudo colarse por algunos pasadizos abiertos evitando el murmullo de los retratos chismosos que seguramente delatarían ante los demás la presencia de alguien que no pertenecía a los alumnos ni al profesorado. Sin embargo con el paso de aquellos cuatro años pudo adaptarse de la mejor manera.

Observó un centenar de estudiantes de otros colegios, nombres tan poco comunes como Beaubatonx y Durmstrang se escucharon alrededor de esas gruesas paredes a través de otros idiomas. Llegó a sus oídos que aquel inmenso castillo sería la sede de la "Copa de los tres magos"; el solo repetir el título le causaba unas ganas imperiosas de reír al no estar acostumbrado. Pensaba que era lo más parecido a los juegos olímpicos en aquel universo.

Pareció aliviado al saber que Hermione no participaría en un torneo tan arriesgado, sin embargo debía tener cuidado y vigilar de cerca la amistad que sostenía con Harry Potter; quien al parecer se encontraba en el ojo del huracán donde varios enemigos deseaban su muerte. Por otro lado consideraba que era mejor concentrarse en la niña dejando de lado la popularidad del muchacho.

Aún recordó el momento en que no pudo protegerla de la inmensa serpiente salida de las cloacas. Se sentía culpable al acudir demasiado tarde a la biblioteca para darse cuenta que ella estaba totalmente petrificada. Tan solo observó al reptil escabullirse por las tuberías del colegio. En aquel entonces, no era prudente que saliera todavía; y sus encuentros con el director del colegio eran cada vez más escasos.

Esperaba que nada de eso apareciera aquel día, aunque la presencia de los Dragones lo intimidaba debía admitir que eran unas majestuosas criaturas que hasta ese momento pensaba eran producto de la imaginación humana. Cuatro años de su vida en esa escuela bastaban para darse cuenta que todo podía suceder.

Cuando llegó al gran comedor trató de mezclarse con alguno de los alumnos más grandes del colegio. Aquello era una ventaja, pues para los del colegio mismo, aquel hombre era un completo extraño que debía formar parte del profesorado de Durmstrang, y los contrarios pensaban que lo era en Hogwarts.

Se encaminó despacio para servirse un poco de ponche y mirar detenidamente a los invitados, muchos estudiantes vestidos de etiqueta para la ocasión, las damas estilizadas y engalanadas con unos vestidos de tela exquisita. No cabía duda que los magos conservaban su buen gusto en la vestimenta cuando se lo proponían dejando de lado las túnicas ridículas cotidianas.

Habían pasado unas cuantas horas desde su llegada, sin embargo la castaña aún no hacía acto de presencia y sin entenderlo, se llenó de leve preocupacion. No le gustaba pensar que aún continuaba en su habitación y que nadie en aquella escuela se había atrevido a invitarla. Por algún motivo no deseaba que sufriera una humillación conociendo la personalidad del pelirrojo llamado Ron Weasley. De ser necesario obligaría a uno de los muchachos a invitarla usando la hipnosis.

Pudo observar a Harry Potter llegar junto a Ron quien vestía una túnica parecida de olanes ridículamente pesada. Haciendo un esfuerzo grandioso se cubrió la boca mirando a otro lado para evitar una sonora carcajada. Los minutos pasaron y ahí se encontraba ella.

Hermione bajaba las escaleras con timidez y a la vez con elegancia, la inocencia envuelta en un vestido de color violeta elaborado en satin era lo que ahora acaparaba las miradas de quienes ansiosamente esperaban por otras parejas. Damon arqueó una ceja poniendo especial atención en su hermosa apariencia, en sus tacones medianos, cerró sus ojos para aspirar el aroma a fresas que emanaba de su piel y por instinto pudo sentir la sangre hervir cerca de sus pómulos.

Se desconcertó al experimentar eso nuevo.

-Rayos- Intentaba serenarse y no mostrar su bestialidad ante un aquelarre de brujas experimentadas. Se alejó a una distancia prudente observando que su protegida se apoyaba en el hombro de un chico corpulento. Un individuo parecido a los Quarterback en todas las escuelas públicas.

-Es solo una niña Damon- Se repetía a si mismo. -Solo una niña.

Apretó sus dientes, cerró sus ojos con una fuerza sobrenatural emprendiendo retirada. No era conveniente rodearse de personas con sangre en las venas cuando su líbido y su temperamento se encontraban en el punto máximo de ebullición. Le había prometido al profesor Dumbledore no cobrar víctimas y a cambio le racionaría cierta cantidad de sangre de dragón para subsistir.

Al encontrarse fuera del colegio aspiró una gran cantidad de aire, y gracias al corazón del alma que llevaba en el cuello podía tener las sensaciones que los humanos; era por eso que su piel comenzaba a experimentar los copos de nieve que se fundían en ella. Algunas de las chicas que desafortunadamente iban solas lo contemplaban como un recurso milagroso, no obstante aquel vampiro solo les curvaba una media sonrisa junto a una educada reverencia.

Se dirigió a la torre de Astronomía; un sitio que regularmente no estaba concurrido y el cual le ayudaba a despejarse. Se liberó bruscamente de la pajarita, recargó sus manos sobre el frío barandal mirando al precipicio pensando en lo acontecido hace unos minutos. Apretaba el hierro con mucha fuerza sin llegar a romperlo asqueado de sí mismo.

No podía, no debía tener aquellos deseos tan primitivos e impuros con una niña.

La había visto crecer, desarrollarse, y aunque al principio llegó a considerarla como una carga con el tiempo fue ganando su aprecio, su cariño e incluso su devoción. Quizá la había visto como la hija que nunca tuvo, Hermione Granger era una buena chica, tan inteligente, terca, tan noble que no podía creer que estuviera destinada a algo mucho más fuerte que la ya tan trillada profecía sobre Harry Potter.

-Me doy asco- Se recargaba en la pared con mucha fuerza frotando su rostro con algo de furia. Miraba al oscuro techo esperando que alguien le diera una salida.

"Cuando la encuentres, promete que harás lo posible por retenerla. Tendrás que valerte de lo que sea, cualquier medio para llegar a ella. Es necesario que se unan, solo así no podrán encontrarla, debes prometerme… debes prometer que la protegerás"

Hizo remembranza de aquel inicio en su aventura, sin embargo consideraba descabellado unirse a una persona aún no nacida. Siempre que observaba a Hermione estudiar, caminar con sus amigos, disfrutar de su niñez y ahora su adolescencia podía sentir su corazón partirse en mil pedazos. No quería eso para ella, no deseaba condenarla, ella merecía una vida normal a pesar de su condición de bruja.

Buscaría la forma de liberarla, y la única de procurar su estabilidad emocional… era hacerla olvidar, borrar el recuerdo de sus encuentros.

Ahora todo era distinto, algo cambió después de verla en ese vestido. Se cuestionó sobre sus sentimientos por Katherine Pierce; aquella mujer a quien juró liberar de la tumba a sabiendas del terrible monstruo que se había convertido, de haber jugado con sus sentimientos vendiendole una idea equivocada sobre el amor. Deseaba aferrarse a la idea que alguna vez volvería a verla y probablemente estuviese libre de esa promesa del pasado.

Los minutos transcurrían, podía escuchar claramente el repicar del gran reloj indicando que todo estaba tranquilo; no obstante para sus oídos aquel sonido era devastador. Dio una gran bocanada de aire fresco, lo necesitaba, su hambre debía ser calmada. No podía soportarlo más, tenía que buscar a Dumbledore para que adelantara su ración de sangre de dragón para saciarse, y por más que desabotonaba su camisa el calor subía como el infierno mismo dentro de su cuerpo.

-¡Mierda! ¡Mil Veces mierda!- Se repetía a sí mismo sintiendo el imperioso deseo de bajar a la fiesta para aunque sea probar un poco de sangre fresca.

De pronto escuchó unos pasos aproximarse a ese sitio, aquellos mismos eran firmes, por su manera de pisar pudo deducir que no se trataba de una mujer. El sonido se asemejaba a un par de mocasines que despedían un aroma penetrante pero exquisito, aquel caminante tenía un excelente gusto en el calzado. El charol no era tan usado para las fiestas pero sí ante un grupo selecto de personas en las tertulias más refinadas.

Decidió restarle importancia, consideraba prudente mantener cierta distancia y si era astuto, podía beber un poco de ese individuo sin que nadie lo notara. Hasta ahora nadie sabía de la existencia de un vampiro salvo el profesor Albus, por lo que podía comportarse de manera discreta ante sus selectas o imprevistas presas.

El sujeto se aproximaba, miró de reojo la silueta que se acercaba a la parte más alta de la torre de astronomía y pudo distinguir una cabellera rubia. Había visto a ese chico antes, de hecho más de las que quisiera durante su estancia en el colegio. Recordó al instante que era el mismo que molestaba a su protegida, aquel que descaradamente se dirigía a ella de forma despectiva como "Sangre sucia". Desconocía el significado, pero en un mundo de magos aquel término era considerado aberrante y denigrante.

Tuvo la descabellada idea de divertirse con aquel muchacho un poco, quizá hipnotizarlo para que dejara de intimidar a Hermione, pues si bien no podía atacarlo por norma estricta del colegio al menos le daría un buen escarmiento.

-Perdon, no sabia que habia alguien aqui- Lo escuchó decir. - Debe ser de Durmstrang, de donde es el imbécil de Viktor Krum- Bufó mientras se acercaba. -No me lo tome a mal pero su monigote estrella es un verdadero…

-Hijo de puta- Interrumpió.

-Pero no se supone que usted…

-No tengo favoritismos por nadie- Damon concluyó la frase y posteriormente decidió darle la cara. -¿Acaso no es el que estaba bailando con aquella chica?

-Profesor, si no se ha dado cuenta hay muchos bailando en pareja.

-Eso ya lo se- Cortó lo más sutil posible. - Me refiero a una castaña de ojos preciosos, la amiga de ese tal Harry Potter.

Notó que aquel rubio desviaba la mirada escuchando con claridad un rechinar de dientes, un crujir de nudillos y una evidente impotencia. Decidió no acercarse para observarlo; no se comportaba como siempre, al menos no como lo hacía frente a ella en oportunidades contadas. En aquel instante supo lo que pasaba realmente, pues ese rubio petulante estaba perdidamente enamorado; sin embargo pudo sentir el debate interno entre el amor y el odio.

-Si-Respondió.

-Bueno, admito que la niña es un bomboncito.

-Profesor- Draco lo miró con furia. -Ella es menor de edad.

-Te sorprendería lo que el cabrón desarrollo hace en las personas- Con una actitud descarada, el vampiro se recargó en el barandal fijando su mirada en aquel rubio ahora ruborizado de la ira. -Aunque por la finta que traes puedo deducir… - Alzó el dedo caminando lentamente a su dirección. -Que estas que hierves de celos muchachito.

Con media sonrisa curvada el vampiro pelinegro se burlaba de Draco, mientras tanto aquel jovencito platinado apretaba los puños en señal de impotencia, de coraje y de rabia que incluso desconocía en si mismo.

-No me interesa esa sangre sucia inmunda.

De nuevo el término, de nuevo el mecanismo de defensa que se empeñaba en sacar a relucir ante lo evidente. No obstante Damon solo lo observaba preguntándose si aquel individio petulante sería capaz de merecerla.

-Entonces no le veo el caso que la molestes como lo haces cabroncito-

-Pero qué….

Draco no terminó la frase cuando el vampiro fijaba su mirada en él esperando que en su cuerpo no corriese ninguna gota de verbena; así mismo rogaba por que el anciano Dumbledore no se le ocurriera pasear curioseando los rincones del colegio en plena ociosidad.

-¿Desde cuando estas enamorado de Hermione Granger?

-Desde la primera vez.

-¡Vamos progresando!-Festejaba para si mismo para despues volver a la hipnosis. -¿Por qué la molestas cada que respira?

-Solo quiero que me vea, que me note, que me mire…

-¿Por qué la llamas sangre sucia?

-Por que es hija de padres muggles.

-¿Y eso es malo?

-No necesariamente, pero mi padre me despelleja vivo si se entera de mis sentimientos por ella.

-¿Y estas de acuerdo con lo que tu papito querido piensa?

-No.

-¿Por qué te fijaste en ella y no en otra?

-Porque… es inteligente, noble, y esa sonrisa…-De pronto aquel platinado comenzaba a hablar suave y en completo estado de ensoñación. En aquel instante una idea descabellada comenzaba a rondar por la cabeza del vampiro. Siempre gustaba el gastar bromas a sus víctimas, pues era uno de los tantos que les gustaba "jugar con la comida antes de engullirla".

-Todo irá bien… Franco.

-Mi nombre es Draco.

-¡Como si eso me importara!- Rodó los ojos. -Deberías relajarte, pues todo estará bien, ella se quedará contigo, será tu novia y pasearán por las calles tomados de sus pubertas y sudorosas manos.

-¿En serio?- Draco sonreía.

-Mmm, de hecho no- Chasqueó la boca. - Todos tus temores, todos tus peores miedos están a punto de hacerse realidad- Arrastró cada palabra, cada sílaba con la intención de infundir pánico en su víctima. Aquella acción resultaba a pedir de boca, pues el platinado comenzaba a temblar como si fuese una gelatina de limón.

-No, no quiero… No por favor-

Damon comenzaba a reír progresivamente entre dientes, cruzaba sus brazos ideando el castigo perfecto para ese petulante y presumido jovencito.

-Hay una forma de que no suceda Ricky Ricón- Hacía una pausa. - Solo tienes que colocarte ahí - Señalaba el borde del barandal.- Quitarte los pantalones gritando "¡Me gusta que me den por culo!"

-Pero eso no es cierto.

-Eso no me consta- Volvió a rodar los ojos. -Y a decir verdad no me interesa Casper, además debes recordar que si no lo haces tus peores miedos se harán realidad.- Sonrió. -¡Anda niño monopoly! ¡Me quiero divertir!

Draco temeroso caminaba hasta el barandal donde una altura considerable y fatal lo esperaría. Mientras tanto el vampiro podía visualizar aquellas pálidas manos perder dos tonos de su color natural junto a una temblorina. Cuando por fin se aproximó al sitio lo observó fijar sus manos en el hierro helado antes de deshacerse de sus pantalones, sin embargo lo disfrutó como nunca.

-No te escucho Paco

-Soy Draco.

-¡Ya te dije que no me interesa!- Sonrió con descaro.

El platinado desabrochó la hebilla con miedo, su mirada gris se fijaba en la media luna que les hacía compañía y que sería testigo de aquella travesura. Bajó su cremallera hasta que por fin la pesadez del cinturón hacía deslizar la delgada tela del pantalón hasta sus pantorrillas. Damon alzaba sus cejas poniendo atención en la ropa interior color gris que portaba el rubio, miró así mismo sus piernas pálidas un tanto delgadas, sin embargo notó en el unos muslos fuertes para tratarse de un chico adolescente.

-Tengo mas nalgas que tu.- Soltó una risa.

El platinado restó importancia al comentario, pues la hipnosis provocaba que sus movimientos fueran mecánicos sin oportunidad de tomar el control de ellos en cualquier instante. Fue entonces que con voz trémula comenzaba a repetir la petición del vampiro.

-Me gusta… que me..- Intentaba frenarse, sellar sus labios si era preciso, pero la compulsión era demasiada para tratar de contrarrestar sus efectos. - Me gusta que…

-¡Solo dilo con un carajo!

-Me gusta que… me den por culo-

-No te escucho Wacko.

-Soy Draco.

-¡Ya te dije que no me interesa! ¡Dilo más fuerte incoloro amigo!

-Me gusta que…

De pronto unos pasos comenzaron a sonar en la torre de Astronomía, aquellos mismos eran presurosos, como si ese individuo que se aproximaba tuviera una una urgencia por llegar hasta la cima. Damon se movió a velocidad supersónica tomando los hombros del muchacho volviendo a fijar la mirada en sus grisáceos ojos.

-Olvidarás todo lo que ha pasado, dirás que has venido a masturbarte porque en público no pudiste hacerlo, y si la próxima vez vuelves a humillar a Hermione Granger ten por seguro que rogaras por este castigo de mi parte… el que te espera es mucho peor muchachito. Olvidaras mi nombre, mi rostro y no me reconocerás cuando me veas.

Draco tan solo asentía con la cabeza de manera desesperada, mientras tanto aquellos pasos se hacían más sonoros y presentes conforme los segundos transcurrían. En aquel momento el vampiro se lanzaba por el barandal no importando caer en una superficie dura y adoquinada; tan solo esperaba que el corazón de cristal no le permitiera sangrar o lastimarse como los humanos comunes.

Treinta segundos después apareció un hombre alto con su túnica oscura rozando sus zapatos, la nariz achatada y el cabello grasiento le daban el aspecto de un hombre estricto, temible, rígido y hermético. Observó que el joven platinado se encontraba en el barandal con la mirada fija todavía en la luna.

-¿Qué es lo que haces en este lugar Draco?

Acto seguido el joven despertaba sintiendo no solo sus piernas frías, miró que su mano agitaba de manera efusiva su miembro genital.

-Admito que este lugar es propicio para pensar Draco- Snape se acercaba con cuidado mirando aquel acto sin sorprenderse. -Pero también existe la comodidad de tu habitación para que puedas descargar cierto… tipo de necesidades.

-Severus yo…

-Agradece…-Arrastró la palabra fijando su mirada gélida en su ahijado. -Que fuí yo, y solamente yo quien ha presenciado esta evidente… falta de respeto y recato.

-Pero yo no me di cuenta de…

-Comprendo…-Interrumpió de manera contundente pero apacible. -Que tus hormonas necesiten control… y claro está que aquí no hay… control.

Draco estaba desconcertado, no podía explicarse aquella acción que pondría en juego su reputación como príncipe de las serpientes. Aquella noche seguramente tendría muchas cosas que pensar y razonar antes de dormir si es que llegaba a conciliar el sueño. Por otro lado un Damon Salvatore sonreía de manera triunfante para sí mismo, había logrado poner en su lugar a ese niñato que hasta ese momento se dedicó a molestar a su protegida cada vez que se le presentaba la oportunidad.

Se acomodó debidamente el smoking,se encaminó de nuevo a la entrada del gran comedor donde observaba a las parejas disfrutar de un baile lento, recargó su espalda en la pared no sin antes tomar una manzana de la mesa para calmar de esa forma su ansiedad de sangre. Mientras agresivamente la mordía pudo darse cuenta que Hermione no se encontraba junto al joven corpulento que había sido su pareja.

Cerró sus ojos tratando de apartar los sonidos a su alrededor para concentrarse en ella, y al cabo de algunos segundos escuchaba unos sollozos. Alguien la había hecho llorar aquella noche, por consiguiente apretó los puños deseando que su acompañante no fuese responsable, y de serlo, podría jurar que no la pasaría bien.

Se dirigió a paso lento hasta donde el sonido se hacía mas claro, atravesó tan solo unos metros de distancia entre la entrada y el gran comedor. Hermione se encontraba sentada en las escaleras hecha un mar de lágrimas, el vestido lila que tan suavemente adornaba sus piernas ahora se ensuciaba con el frió adoquín de ellas.

Temía en acercarse, no obstante decidió vencer aquel miedo y colocarse frente a ella con una sonrisa apacible.

-Si alguien te hizo llorar, yo lo sostengo y tu lo golpeas- Damon curvó sus labios.

La castaña desvió su mirada colocando especial atención en ese par de ojos aguamarina tan hermosos, expresivos y a la vez misteriosos. En medio de la tristeza, de la discusión que tuvo con su mejor amigo no evitó concentrarse en aquel hombre apuesto frunciendo el ceño en respuesta.

-¿Nos… conocemos?

Damon se inmutó solo un poco, recordó que la última vez que utilizó compulsión en ella fue el año pasado cuando la obligó a darle un puñetazo a Draco Malfoy en la cara. Aquel momento tan épico y especial no lo olvidaría. Sin embargo ahora debía inventar una nueva excusa.

-Probablemente- Alzó los hombros. -Quizá eres más popular de lo que crees señorita Granger.

-¿Cómo es que usted sabe…

-¿Ves como si eres más popular que Britney Spears?

-¿Quién es usted?

-Alguien que detesta verte derramar una lágrima por un imbécil y… -Le tendió la mano con suavidad llegando a centímetros de su rostro. - Deseo bailar una pieza contigo.

Hermione pudo correr, pedir ayuda o continuar indagando la procedencia de aquel misterioso y apuesto hombre. Cualquier chica de su edad pensaría que las intenciones de un individuo como ese no solo se reducirían al baile. Sin embargo por alguna extraña razón no se sentía atemorizada, ni un gramo en efecto. Los ojos azul aguamarina que se fijaban cual piedras preciosas en los suyos propios, un aroma exquisito, varonil, envolvente llegaba a sus fosas nasales.

La chica le extendió la mano, y al tocarla pudo sentir una leve corriente electrica, algo indescriptible, armonioso, una experiencia que incluso no había tenido con su acompañante de Durmstrang. Se levantó despacio aún con el ceño levemente fruncido, con una serie de preguntas que no le importaba si aquella noche fueran contestadas.

-Siento que te conozco…- Respondió ella. -¿En serio no nos conocemos?

-Quizás, Quizás… Quizás, como dice la canción. -Damon no tardaba en gastar bromas a la menor oportunidad, alusiones tan descabelladas que afortunadamente eran captadas por la chica viniendo de un mundo similar al suyo.

-Es raro..- Declaró ella en susurro mientras se dirigían a la pista de baile secando sus lágrimas con un pañuelo.

-Raro es ver bailar a dos gigantes vestidos de etiqueta- Señalaba con discreción a una pareja de semi gigantes que se acurrucaban entre sí al compás de la música.

-Hagrid y Madame Maxime- Se apresuró la castaña con una leve risita. -Pero es como si te conociera de otro lado, como si no fuera la primera vez que te veo.

-Deberías dejar tus conjeturas y disfrutar del baile señorita Granger. - Al llegar a la pista de baile, aquel vampiro le dió un giro lento que desembocó en sus brazos. - Esta noche, es tu noche.

Hermione sintió que los colores se intensificaban en su rostro, y alrededor de ellos algunas de las chicas de Beaubatonx se preguntaban en qué momento un hombre tan apuesto y gallardo había hecho acto de presencia sin que se dieran cuenta. Por algunos instantes, toda la atención era dirigida a ese pelinegro advenedizo con ojos hermosos.

-¿Puedo saber tu nombre?

-Angel.

-¿Ángel?- Preguntó ella en respuesta.

-Mmm, alguna vez me llamaron así.

Ella desviaba la mirada, y con delicadeza él la tomaba de la cintura para comenzar la pieza de baile. La música comenzó a sonar, la esfera de cristal giraba de forma lenta reflejando las luces en cada rincón haciendo un excelente acorde; así mismo la iluminación iba decreciendo gradualmente, sus ojos encontrados, sus cuerpos unidos, ambos corazones latiendo al ritmo de uno terminaron de adornar el espacio convirtiendo el afamado baile del campeonato en el suyo propio.

-Angel… Damon… -Ella repetía constantemente, balbuceaba, deliraba.- Angel… Damon…

El sonido estruendoso del claxon hizo que despertara de un profundo sueño, abrió sus párpados poco a poco sin darse cuenta de aquellas suaves palabras que pronunciaba aún en ese estado. Observaba a su alrededor donde una leve neblina le hacía compañía, y así mismo el señalamiento de la interestatal le avisaba que ahora estaba en el kilómetro cincuenta hacia Salem, Massachusetts.

Se había detenido para descansar un poco después de conducir por horas, se acomodó su cabello castaño mirando de reojo los libros que había conseguido de la tienda. Tomó entre sus manos uno con empastado grueso, algo desgastado por el tiempo con el grabado en color plateado.

"Nomos Sanguinem"

Había tomado los manuscritos antes de desviarse a carretera, y junto a ese mismo se encontraba el diario de Jhonathan Gilbert y Stefan Salvatore. Pudo leer lo suficiente acerca de Katherine Pierce, sin embargo no había nada relacionado con las verdaderas intenciones de Damon hacia a ella.

-Damon.. en Hogwarts- Se repetía a si misma en susurro emprendiendo de nuevo la marcha al automóvil. Pensó que solo se trataba de un sueño pasajero, quizá el subconsciente solo le jugaba una mala pasada burlándose jocosamente de su dividida situación sentimental, pero por ahora le preocupaba demasiado encontrar respuestas.

En aquel instante su móvil le indicaba una llamada entrante, decidió no contestar en determinado caso que su esposo o incluso el mismo Draco la buscaran. Sin embargo era un número distinto.

-¿Diga?

-Señora Salvatore, estaré lista mañana para nuestra entrevista.- Contestaba una mujer de mediana edad. - ¿Tiene usted la copia del contrato de sangre que firmó su abuelo y su marido?

Hermione tenía un serio conflicto de emociones con aquellos términos pero debía aceptar su situación para de esa manera mejorarla.

-Los llevo conmigo Profesora Warren, pero… ¿Usted es experta en leyes vampíricas?

-¿Un doctorado en subespecies le parece suficiente?

-Disculpe- Hermione cerraba los ojos ante su falta de juicio. - Es solo que en el ministerio no me ayudaron del todo.

-Una copia del contrato será más que suficiente para elaborar la demanda de divorcio.

-Temo a las represalias- Respondió Hermione sin perder la vista en el camino.

-Como le mencioné antes de nuestra previa entrevista, las leyes vampíricas de Lilith son absolutas y aplicables a todas las jerarquías de la especie, y si en algún momento el señor Salvatore incide en alguna conducta antinatural fuera de la regulación su castigo será la muerte verdadera. La pregunta es- Notó la pausa en la llamada. - ¿Usted desea proceder?

Hermione desviaba solo un poco la mirada, por un lado le emocionaba por completo su libertad, retomar sus deseos individuales, sus metas. Pensó a su vez en Draco considerándose un tanto culpable por la forma en que actuaba, sólo de aquella manera, en completo albedrío podría amarlo, cortejarlo, retomar los sueños rosas que quedaron estancados. Sin embargo también estaba Damon, sus ojos, su sonrisa, la manera en que socarronamente la retaba, la forma tan exquisita y salvaje con que le hizo el amor en la alcoba. Era cierto, Hermione estaba completamente enamorada de su marido y le dolía perderlo, pero su relación con él era tan inestable como una casa construída en la punta de una montaña.

Tomó un respiro apretando sus labios.

-Estoy completamente segura profesora Warren, quiero proceder con el divorcio.

El kilometro ciento diez era testigo de aquella contundente y firme decisión, no había marcha atrás, no dejó aviso de su partida, solo sabía que esta vez tendría argumentos para liberarse. Aunque sin querer un par de lágrimas corrían por sus ojos nublando su vista.