CAPÍTULO 25
La decisión correcta
Edward abrió los ojos a regañadientes cuando un cálido rayo de sol se posó en su frente. Gruñendo, pateó las mantas para alejarlas y se cubrió la boca con los dedos para contener un bostezo; su cuerpo se sacudía con violencia y sus ojos lagrimeaban sin parar debido al cansancio. Había pasado una noche terrible gracias a los acontecimientos del día anterior: sus dudas, los encuentros con Mustang, sus besos, la repentina llegada de Hohenheim y la discusión que había tenido con él…
Avergonzado, permaneció tendido sobre el colchón de la cama, cubriéndose la cara con los brazos, preguntándose por qué estaba metido en tantos problemas y cuál sería la mejor manera de salir de ellos.
Nunca se había sentido tan desesperado e inseguro. ¿Por qué su padre había tenido que aparecer justo cuando intentaba definir su relación con Mustang? Era la primera vez en su vida que se sentía tan atraído por alguien. Debía admitir… que el calor del cuerpo del oficial, la suavidad de sus labios y el roce de sus dedos lo enloquecían un poco. Tal vez debió mencionar eso en algún momento para que Roy entendiera que no debía ir tan rápido con él, que debían conocerse un poco más antes de continuar con aquel desastre, pero era inevitable dejarse arrastrar. Mustang le gustaba. Era tan seductor que, desde el primer momento, había estado ignorando su irresponsabilidad e idiotez a propósito, aunque sabía que eso podría traerle problemas a futuro (de hecho, ¿no había pasado ya, al ser descubiertos por Hohenheim?).
¿Ahora qué debía hacer? Su primer impulso fue llamarlo para decirle que estaba sumergido en el fango hasta el cuello por su culpa y que lo mejor sería que nunca se volvieran a ver, pero una sensación espantosa lo petrificó antes de que pudiera pulsar los botones del teléfono: no quería dejar de encontrarse con Roy. No quería que las cosas terminaran tan rápido. Ya pensaría después en la mejor manera de salir del bache. Tal vez la solución a todo eso era hablar con su padre, explicarle las cosas y suplicarle que guardara silencio, pues no se sentía listo para dejar que todo el mundo supiera que era… gay. Porque lo era, ¿no? Sería una tontería no admitirlo en un momento tan crucial de su vida.
Respiró profundo, sintiendo que una náusea le subía por la garganta.
¿Cómo tomarían la noticia Alphonse y Winry? ¿Y Pinako? Alphonse era tan amable, que estaba seguro de que no se molestaría con él por habérselo ocultado, pero era posible que le resultara un tanto extraño, porque, delante de él, Edward había intentado convencerse durante años de que sentía algo especial por Winry.
Se sentó en el borde de la cama, sintiendo que una espesa capa de sudor le recorría la cara y el cuello. Le costaba un poco de trabajo respirar. ¿Y si Winry ya se imaginaba su orientación sexual? Recordaba que unas semanas atrás habían tenido una larga pelea porque ella creía que pasaba mucho tiempo con Mustang y Berthold…
¿Cambiarían mucho las cosas entre ellos cuando se decidiera a hablarles de su relación con Mustang? ¿Se alejarían? ¿Cuál sería su reacción inmediata? ¿Lo despreciarían? Esas preguntas lo estaban matando. Cada vez que le pasaban por la cabeza, se sentía como si acabara de beber ácido. Un par de veces, había creído que terminaría corriendo al cuarto de baño para vomitar la bilis amarga que le subía a la boca de vez en cuando.
Pasados unos minutos, se dio cuenta de que no podía permanecer encerrado en su recámara todo el día, pues eso preocuparía a Alphonse, así que decidió bajar a la cocina, al menos para desayunar algo con él antes de que comenzara a preguntarse si le pasaba algo. También, quería averiguar si Hohenheim le había comentado lo que le había visto hacer con Mustang el día anterior…
Se puso las zapatillas con lentitud y se tomó su tiempo atándose las agujetas. Los dedos le temblaban mucho, así que su tardanza no fue a propósito. Se apartó el cabello de la cara con un gesto resuelto de la mano y caminó hacia la puerta. Más tarde, se propuso, se relajaría bajo el chorro de agua de la regadera, limpiaría la capa de sudor que le cubría el cuerpo (cortesía de las ocho horas que había pasado en vela, rondando por la oscura habitación pensando incoherencias) e intentaría dormir un poco, pero ahora necesitaba salir de su recámara para encontrarse con su hermano menor.
Giró la perilla y salió al corredor, siendo incapaz de contener el temblor de su cuerpo. Ni siquiera supo cómo fue que logró bajar todos los peldaños de la escalera sin tropezar. Se sentía como si llevara horas sumergido en agua caliente: ojos adormilados, cuerpo pesado, músculos lentos, respiración jadeante. Ojalá una buena taza de café caliente pudiera ayudarle, pero, apenas puso un pie en la cocina, se dio cuenta de que hubiera sido mejor no salir de su habitación.
Alphonse y Hohenheim, que mantenían una animada conversación sobre los experimentos del segundo, guardaron silencio en cuanto se percataron de su presencia. Los rasgos suaves de Al se desdibujaron mientras sus ojos dorados contemplaban con aprehensión el rostro cansado de su hermano. Hohenheim se limitó a aclararse la garganta con ruidos roncos, al tiempo que hacía trizas su omelette de jamón y queso con el tenedor, sin probar bocado.
No, no ha hablado se percató Edward con alivio, sintiendo como los pulmones volvían a llenársele de aire fresco. Arrastró los pies hacía el interior de la habitación circular, aspirando el delicioso aroma del desayuno, que de inmediato le provocó náuseas. Su estómago estaba en huelga desde la noche anterior. Decidió beber un poco de café, esperando que el líquido caliente le ayudara a espabilar el adormecimiento de su cuerpo.
—¿No dormiste bien, Ed? —Preguntó su hermano menor con un hilo de voz—. Estás muy pálido y esas ojeras son espantosas.
—No pude, Al, estuve pensando en muchas cosas —intentó explicarse, pero sin entrar en detalles, echó un rápido vistazo a su padre, que permanecía en silencio, con los resplandecientes ojos dorados ocultos tras el destello de sus gafas—. Estaré bien. Sólo necesito beber algo, después, regresaré a la cama —le aseguró con una frágil sonrisa pintada en los labios.
Alphonse enarcó una ceja. De pronto, sus labios se convirtieron en una fina línea recta.
—Bien —suspiró, relajándose un poco—. Debes cuidarte más, hermano. Aprovecha los fines de semana para descansar y deja de desvelarte, ¿sí? Nunca he entendido cómo puedes ser tan descuidado cuando se trata de tu salud —lo reprendió, aunque riendo.
—Mira quién lo dice —se burló Edward, sintiendo que el calor comenzaba a volver a su cuerpo. Y pensar que gracias a una gripe de Alphonse había conocido a Roy Mustang y a su pequeño hijo Berthold…
Mientras buscaba el café instantáneo en la alacena, observó a su padre, que tenía la vista clavada en las manecillas de su reloj de pulsera. Permanecía inexpresivo, como siempre, aunque su palidez de antaño había desaparecido gracias a un espeso rubor que se extendía desde sus pómulos hasta la barbilla. ¿Estaba pensando lo que Edward creía? ¿Ese rubor era su culpa? Ese pensamiento hizo que sus propias mejillas enrojecieran. Demonios. Todo hubiera sido más fácil si ese fastidioso hombre no hubiera aparecido de la nada durante su encuentro con Mustang. ¿Por qué no había llamado por teléfono para avisarles que llegaría de visita? ¿Por qué nunca lo hacía? ¿Le gustaba tomarlos por sorpresa? ¿O el sorprendido era él cada vez que terminaba en la casa de sus hijos? A Edward no se le olvidaba que Hohenheim era feliz manteniéndolos bien alejados de él y sus estúpidos experimentos. Mustang también tenía un poco de culpa en todo aquello. ¿Por qué lo besaba cada vez que quería y no le importaba el sitio en que estuvieran? ¿Le daba igual meterlo en problemas? ¿Y si algún día los descubría Berthold? ¿Cómo le explicarían que su padre era una especie de pervertido que disfrutaba acosando al niñero de su hijo?
¿En qué estupideces estaba pensando? No volvería a dejarse besar por Mustang hasta estar seguro de que eso no lo metería en más problemas... pero eso era esperar demasiado. Ya estaba en problemas.
—¿Ed, tienes algún plan para hoy en la tarde? —preguntó Alphonse, interrumpiendo sus pensamientos.
—No —respondió, inseguro, poniendo en funcionamiento la cafetera—. ¿Por qué? —preguntó a la defensiva, aunque sabía que era imposible que Alphonse supiera que Roy lo había invitado a salir.
—Papá y yo iremos a visitar a la abuela Pinako y a Winry, creí que querrías venir con nosotros —aventuró el muchacho, cortando un poco de fruta con su tenedor para metérsela en la boca.
Edward fingió sopesar su propuesta, cuya respuesta de antemano era no: estaba demasiado cansado para soportar una reunión familiar.
—Lo siento, Al, prefiero quedarme a dormir —dijo, buscando una taza en la alacena—. Salúdalas de mi parte, ¿quieres?
—Está bien. Sólo promete que comenzarás a cuidarte más a partir de ahora.
—De acuerdo.
Cuando la cafetera dejó de zumbar, tomó el vaso de cristal por el soporte plástico y llenó su taza con el líquido oscuro hasta el borde, quemándose los dedos accidentalmente, pero no le importó. Buscó el azucarero y vació una generosa cantidad en la bebida.
—Ya estás rompiendo tu promesa, Ed. Desayuna algo más —pidió Alphonse—. Un poco de pan y leche no te matarán —dijo, levantando la cesta de pan que tenía delante, sacudiéndola delante del rostro de su hermano.
Edward gruñó.
—El pan, tal vez, pero la-leche-es-mala —masculló con sonsonete, sujetando su taza con ambas manos mientras salía de la cocina con pasos torpes y lentos.
Escuchó el suspiro de Alphonse a sus espaldas y una pregunta que no alcanzó a comprender mientras subía los peldaños. Supuso que se dirigía a Hohenheim. Igualmente, oyó el ruido de una silla al recorrerse y, de pronto, se dio cuenta de que alguien subía las escaleras detrás de él. Gracias a la falta de sueño y a su constante nerviosismo, la presencia hizo que un estremecimiento le recorriera la espina dorsal.
Echó un vistazo por encima del hombro y comprobar que se trataba de Hohenheim no ayudó a controlar su ansiedad. Tragó saliva con dificultad, observando al hombre con fingido desgano.
—¿Quieres algo, viejo? —murmuró con antipatía, pues sabía que su padre no caminaba tras él por mera casualidad.
—Hablar, si no te molesta. Sólo será un minuto —añadió rápidamente al ver la mueca de espanto en el rostro de su hijo.
—¿De qué? —preguntó Edward, horrorizado.
—De lo que vi ayer —respondió el hombre sin exaltarse.
Edward sintió la cara caliente. Tragó saliva y respiró profundo por la nariz. Escuchó a Alphonse haciendo ruido en la cocina y temió que saliera y los viera detenidos en la escalera. No quería que comenzara a especular. El corazón comenzó a latirle en la garganta.
—No quiero hablar contigo de eso —dijo con sinceridad.
Hohenheim asintió con la cabeza, metió las manos en los bolsillos de su pantalón y subió dos peldaños más; Edward percibió el aroma de la colonia de su padre rozándole las fosas nasales. Flores. ¿Cómo podía usar algo tan femenino sin sentirse avergonzado? Había aprendido a odiar ese olor porque su madre solía rociarlo por su vieja casa cuando creía que ellos no se daban cuenta. Lo impregnaba en sus blusas, en sus vestidos, mascadas y listones para cabello. Ese aroma siempre rondaba la casa y él sabía muy bien a quién pertenecía… lo cual dolía.
Por instinto, apartó el rostro, intentando respirar el amargo aroma proveniente de su taza de café.
—Edward, sólo son unas cuantas preguntas —insistió Hohenheim, manteniendo el semblante relajado, aunque su voz estaba muy ronca—. Sé que debe parecerte molesto por todo el tiempo que he estado lejos de ustedes, pero es necesario. Lo que vi anoche… bien, seré sincero: no lo esperaba de ti —explicó, quitándose las gafas para limpiarlas con un pañuelo que sacó de su bolsillo, tomándose su tiempo. Esperaba una respuesta, pero Edward no tenía nada que decir.
Las cinco palabras que acababa de escuchar lo habían petrificado en su sitio, impidiéndole oír, ver o respirar. No lo esperaba de ti. No habían sido un reproche, tampoco una acusación o una queja, pero produjeron en él el mismo efecto que el filo de un cuchillo al deslizarse sobre la piel.
Edward jadeó. Su corazón dejó de latir y no supo por cuánto tiempo. Sus dedos aflojaron el agarre en la porcelana que sujetaban y la taza estuvo a punto de caer para hacerse añicos en el suelo. No lo esperaba de ti. Era como si hubieran desenchufado su cerebro, pues ya no sabía en dónde estaba parado o con quién estaba hablando… sólo sentía las garras de un ataque de pánico rasguñándolo.
—El hombre de anoche —insistió Hohenheim, sin darse cuenta de su batalla mental—, es el mismo que te trajo a casa la última vez que vine a verlos, ¿cierto? Recuerdo que intentaste golpearme y él te detuvo. ¿Ustedes… —hizo una pausa para humedecerse los labios con la punta de la lengua— tienen una relación desde aquel entonces? —preguntó en voz baja.
Su temple era agobiante.
—No —respondió Edward con una voz espantosa que recordaba el graznido de un animal. Se sentía como hipnotizado. Había perdido el control de su cuerpo, de sus labios.
Hohenheim enarcó las cejas; no creyó que Edward respondiera su pregunta tan fácil y sin groserías de por medio. Se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz, acomodándolas con los dedos.
—¿Podrías decirme su nombre? —pidió.
—Roy Mustang —respondió Edward, clavando la vista en los cordones de sus zapatos, pues los ojos comenzaron a picarle y un estúpido nudo se apretó en su garganta, producto de la ansiedad.
—Es policía, ¿cierto?
—Sí.
—¿Cuándo comenzaron a…?
—Ayer —reveló. Era una verdad a medias, pero no quiso entrar en detalles. Sintió venir otra pregunta y negó rápidamente con la cabeza—. Escucha, sé que debes estar muy decepcionado —dijo con un hilo de voz mientras terminaba de subir las escaleras con pasos trémulos. Quería alejarse de su padre. De sus preguntas. De las respuestas—. Nunca he sido el mejor de los hijos para ti y venir a enterarte de que soy… —hizo una pausa para tragar saliva— gay de esa manera tan tonta —oh, no, no iba a llorar delante de Van Hohenheim— debe ser muy vergonzoso, pero, sólo por hoy, ¿puedes dejar de hacer preguntas? Me siento fatal. Eres la primer persona que se entera y no sé cómo… cómo debería explicarte las cosas —dijo, sintiendo que los pulmones le fallaban al respirar—. Voy a terminar con él antes de que esto se haga más grande, ¿de acuerdo? Así que no se lo digas a Al, por favor —prometió sin convicción.
Aunque no estaba convencido de encontrar el valor para terminar su relación con Roy, creyó que lo más conveniente en ese momento era suplicar, por más humillante que fuera. No quería que Alphonse se enterara de su situación. No era el momento. Le daba pánico averiguar cómo reaccionaría su hermano menor al saber que era… gay.
Hohenheim carraspeó con dificultad. Sus ojos estaban brillosos y le temblaba la manzana de Adán. Se daba cuenta de que esa era la primera conversación sensata que tenía con Edward en su vida y le dolía que abarcara un tema tan… fuerte. Ojalá Edward le hubiera gritado. Hubiera preferido los insultos y las quejas antes que el llanto contenido y los gemidos involuntarios.
Ambos estaban pasando un mal rato. Pero la conversación era necesaria. Era obvio que Hohenheim no se consideraba a sí mismo el mejor padre del mundo, pero se daba cuenta de que podría comenzar a etiquetarse como el peor si no intercambiaba unas cuantas palabras con Edward sobre todo lo que implicaba mantener una relación con otro hombre.
No le apetecía ser impertinente o entrometido, sólo quería asegurarse de que ese tal Mustang era un hombre respetable, como lo sugería su uniforme policial, que sabría cuidar de Edward, un jovencito que, a pesar de toda su inteligencia, resultaba bastante inexperto en cuestiones amorosas y al que sería fácil lastimar...
El silencio en la casa fue absoluto durante un minuto. Alphonse estaba callado en la cocina, lo que mantenía alerta a Edward, que se sacudía sin parar. Estaba tan pálido como un copo de nieve. Hohenheim se acercó a él y le puso una mano en el hombro. Fue un movimiento rápido, del que Edward no pudo huir a pesar de que lo intentó. El roce de la mano de su padre sobre su camisa era de lo más extraño. Nunca antes le había permitido tocarlo, pero en ese instante, le pareció reconfortante, como si hubiera encontrado por fin un muro en donde recargar su culpa, su miedo y su incertidumbre.
—Ven, hijo —susurró el hombre, con la voz rota, tirando de él amablemente hacía su habitación. Ahí, encendió las luces y lo condujo hacía la cama, donde las mantas permanecían enredadas, después de cerrar la puerta para prevenir que la conversación escapara del sitio y llegara a oídos de Alphonse.
Ed se dejó caer pesadamente sobre el colchón, mientras Hohenheim tomaba asiento en una silla cercana.
Edward temblaba como una hoja. Nunca en su vida se había sentido tan vulnerable. Confundido, se cubrió el rostro con las manos para prevenir cualquier ataque de llanto.
Hohenheim suspiró y reunió el valor suficiente para hablar por fin.
—Edward, sé que esto debe ser muy difícil para ti —comenzó, hablándole con voz suave—. Debes sentirte… muy confundido, asustado y molesto. Supongo que es mi culpa por haber llegado anoche sin avisar, así que lo siento —susurró, apretando los dientes como si intentara contener un gemido—. En verdad lo lamento. No fue mi intención causarte ésta incomodidad tan grande. Pero debes entender… que lo que vi anoche me sorprendió mucho, así que no supe cómo reaccionar inmediatamente.
»—También estuve despierto gran parte de la noche, pensando en todo esto y llegué a muchas conclusiones. La primera de ellas, es que te amo —dijo con naturalidad, aunque sus ojos estaban inundados en lágrimas que le costaba trabajo reprimir—. ¿Por qué? Porque eres mi hijo. Y te quise desde el instante en que tu madre me dijo que venías en camino; lo mismo me ocurrió con Alphonse.
»—En éste preciso instante, puedo parecerte la persona más incoherente del mundo. Debes estar preguntándote porqué me marché a pesar de quererlos tanto. —Continuó con voz inerme. Edward jadeó. Se tiró sobre el colchón y ocultó el rostro bajo una sábana—. Edward, anoche comprendí que me marché porque tenía miedo. Un miedo espantoso de fallarle a Trisha como pareja. Y un pavor insoportable a hacerlos infelices a ustedes como mis hijos.
»—Como sabrás, mi situación familiar siempre ha sido complicada, de tal manera que, durante gran parte de mi vida, me juré a mí mismo que nunca me casaría y que estaría solo por el resto de mis días, pero luego conocí a Trisha y ella me cambió el mundo. Nos mudamos juntos y, pasados unos meses, naciste tú y, un año después, Alphonse. Ustedes nos hicieron felices a ambos, pero, conforme crecían, yo estaba cada vez más aterrado…
»—Tenía miedo de estropearlos, como nos ocurrió a mi hermano y a mí cuando éramos jóvenes. Tenía pánico de no saber guiarlos y arruinarlos. De convertirme en una carga más que en un apoyo para ustedes, ¿comprendes? —Edward no respondió—. Ahora me parece una justificación tonta, pero en aquel entonces, esos temores me estaban destruyendo, así que al final, hablé con Trisha, le expliqué mis dudas y le dije que me marcharía. Para encontrarme a mí mismo sin lastimar a nadie en el proceso. Para mí sorpresa, Edward, ella estuvo de acuerdo… y dijo que me esperaría, porque sabía que terminaría volviendo —contó entre sollozos, temblando también—. ¿No te parece curioso que, a pesar del tiempo que ha pasado desde su muerte, Edward, yo aún regreso? Creo que lo hago porque era lo que ella esperaba de mí y, por supuesto, porque los amo —se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y agachó la cabeza, dejando que las lágrimas corrieran libres por sus mejillas.
Edward hiperventilaba, todavía enredado en las mantas de la cama. Todo eso era demasiado. Aunque quería decirle a su padre que no le creía y que podía irse al demonio con sus justificaciones, no pudo hablar. No quería creerle, pero sonaba tan sincero…
—La segunda conclusión a la que llegué, es que no me importan tus preferencias sexuales. Que te enamores de un hombre o de una mujer no cambiará en lo más mínimo lo que siento por ti, así que puedes estar tranquilo respecto a eso: no estoy decepcionado —dijo, sonriendo, mientras se limpiaba las lágrimas de la cara con el mismo pañuelo que había empleado para quitar las manchas de sus gafas hace unos momentos. Edward se estremeció, cambiando la postura de su cuerpo para darle la espalda a Hohenheim, quién rió con nerviosismo, como si esa acción hubiera sido una respuesta a sus palabras—. Lo único que te suplico, hijo, es que hagas las cosas con responsabilidad. Que conozcas muy bien a las personas con las que te relacionas antes de llegar a algo más serio. Eres muy joven y aún tienes que vivir muchas cosas. Ve despacio. A tu ritmo. Sobre todo porque has decidido tener una relación con un hombre que es mayor que tú por…
—¿Diez años? —masculló el muchacho, avergonzado.
Alejó la sábana de su rostro enrojecido y se sentó en el colchón, estirando las piernas hacía delante. Ahora, toda su atención estaba puesta en las palabras de Hohenheim, quien hizo una mueca.
—Diez años. Oh, Edward… —suspiró, masajeándose las sienes.
Edward tragó saliva y cruzó los brazos sobre el pecho, a la defensiva.
—No estoy seguro. Es lo que… calculo —masculló, pero pronto se dio cuenta de que eso sólo hacía que las cosas sonaran peor—. Tampoco me digas "Oh, Edward" como si estuviera cometiendo un error. ¿Cuántos años tenías tú cuando te fuiste a vivir con mamá?
—Edward —saltó Hohenheim con sorpresa—, ese no es el punto. Lo que tu madre y yo hayamos hecho ya está en el pasado, no deberías usarlo como una excusa —pidió, sintiendo que el corazón le daba un vuelco—. Hijo, eres un chico inteligente, entonces, piensa como tal. Decir "diez años" es igual de simple que respirar, pero no estás dándote cuenta de la enorme cantidad de tiempo y experiencias que esas dos palabras abarcan.
»—¿Ya pensaste que, cuando Mustang tenía diez años de edad tú apenas estabas naciendo? —preguntó, entornando los ojos.
Las mejillas de Edward se pusieron rojas.
—Sí —mintió—, pero…
—¿Ya pensaste que, cuando tú tenías diez años de edad, él estaba a la mitad de su carrera universitaria?
—Sí, pero…
—Y, ahora, tú estás a un par de meses de presentar el examen de admisión a la universidad mientras que él ya es todo un oficial, ¿cierto?
—Ajá.
—Básicamente, te lleva toda una década de ventaja.
—¿Y qué? —Preguntó el chico con cierta angustia camuflada con fastidio—, ¿eso es malo?
—No —respondió Hohenheim, cruzándose de brazos y piernas, considerando en un segundo todas las posibles respuestas a la inocente pregunta de Edward—. No es malo, pero tampoco bueno.
—¡Agh! —Exclamó el joven rubio, llevándose las manos al cabello para despeinarlo—, ¡no te comprendo! ¡A mí no me importa la edad que tenga! ¡Sé que hay una gran diferencia, pero…! Además, no me imaginó relacionándome con alguien de mi edad. No me parecería tan… —atractivo—, prefiero que tenga la edad que tiene, aunque sea un idiota.
Hohenheim rió.
La tensión en la atmosfera estaba desapareciendo.
—Así como puede ser interesante salir con alguien mayor que tú, es posible que con el paso del tiempo te des cuenta de que también tiene sus desventajas. Por ejemplo, tú, al ser joven, querrás hacer cosas de acuerdo a tu edad como ir a fiestas, bares, cines o conciertos. Tal vez te agrade salir a divertirte los fines de semana con tus amigos y ni siquiera te darás cuenta del tiempo —explicó, sonriendo, aunque con una mirada fría—. Él, que trabaja en algo tan peligroso y agotador, puede preferir no acompañarte para descansar en casa o incluso puede sentirse incómodo por tus gustos, ¿entiendes? Y viceversa. Entonces, ambos tendrán que aprender a ceder para evitar conflictos. Trisha y yo nos percatamos de esto durante los primeros meses que vivimos juntos. Todo era muy complicado, pero al final, creo que nos las arreglamos.
Edward parpadeó, ladeando la cabeza sobre uno de sus hombros, pues sentía el cuello rígido.
—¿Ceder? —repitió, dejando que la palabra se deslizara entre sus dientes como si fuera algo desagradable.
Hohenheim se cubrió los ojos con una mano, un tanto decepcionado.
—Pues es algo como…
—Sé lo que es, ¿de acuerdo? —Aclaró Edward al darse cuenta de que su padre iba a iniciar otro discurso—. Y comprendo cómo se aplicaría en una relación con él —como cuando Roy lo citó en aquel café y llegó horas después pero aún así lo esperó o como cuando lo había obligado a hacerse cargo de Berthold sin siquiera avisarle…
—Bien.
—Oye, entonces —agregó Edward de pronto—, ¿tú aplicabas todo esto con mamá?
—Casi todo. Yo era mayor que ella por casi veinte años…
—¡Te lo dije!
—…Entonces, siempre procuré ser muy responsable, paciente y respetuoso con ella. Cuando teníamos desacuerdos, intentábamos hablarlos para llegar a un acuerdo en vez de discutir. De todas formas, yo siempre perdía —explicó, sonriendo.
Edward suspiró. De nuevo, guardaron silencio. Hohenheim se limpió la nariz con su pañuelo.
—Lamento… no haber estado con ustedes cuando ella...
—¿Estarás ahora? —no había sido su intención preguntar eso, pero sus labios se abrieron antes de que pudiera evitarlo. Para disimular, echó un vistazo a la ventana, por la que entraba la cálida luz del sol, que no había contemplado en días, gracias al pésimo clima.
—¿Te parece bien que tratemos ese asunto después?
—Sí —respondió, encogiéndose de hombros. Hohenheim se removió en la silla, incómodo, sin saber si la conversación había terminado. Hizo ademán de levantarse, por lo que Edward se giró para observarlo directo a la cara antes de que se marcara—. ¡Espera! Hay algo que quiero preguntar.
—¿Qué cosa?
—No le dijiste nada a Alphonse sobre Roy, ¿cierto?
—No me corresponde hacerlo.
—Ok —susurró, tallándose los ojos con los puños—. ¿Crees que deje de hablarme o algo así? ¿Que se sienta incómodo estando cerca de mí? —preguntó, fingiendo desinterés.
Hohenheim bufó, dejándose caer pesadamente en la silla nuevamente.
—¿Tú lo crees?
—No, pero…
—Edward, debes entender que no estás cometiendo ningún crimen que provoque que las personas "dejen de hablarte" o "se sientan incómodas cerca de ti" —explicó, armándose de paciencia—. Creo… que estás siendo un poco injusto con Alphonse al pensar que puede tratarte así después de todo lo que han vivido juntos, pero estás siendo todavía más injusto contigo mismo al cerrarte de ésta manera, lastimándote al pensar que nadie va a comprenderte.
»—Dale una oportunidad a Alphonse. Quizá… él ya lo sabe y sólo te está dando tiempo para asimilarlo.
—Sí, tal vez…
—Todo estará bien, Edward —le aseguró, levantándose de la silla, metiendo las manos en sus bolsillos—. Pero actúa con responsabilidad. Esa es la clave para tener una relación sana. Ve a tu propio ritmo. Si a ese Roy Mustang en verdad le interesa tener una relación seria contigo, respetará todas tus decisiones e irá lento, sin presionarte.
»—Sin embargo, si en algún momento te hace sentir incómodo o quiere propasarse contigo, recuérdale que tu padre trabaja en un laboratorio donde tiene acceso a diferentes clases de venenos y sustancias letales…
—Creo que eso no será necesario —rió Edward, con las mejillas rojas. ¿En qué sentido Roy podría propasarse con él?—. Pero g-gracias, anciano —murmuró, sonriendo un poco mientras observaba la ventana de nuevo—. Me siento más tranquilo.
Su padre le sonrió de manera extraña antes de salir de la habitación.
Δ
Alphonse, que había estado sentado en el suelo del corredor durante todo ese tiempo, se levantó de un salto al ver a su padre aparecer. Tenía los ojos húmedos y temblaba casi de la misma manera incontrolable que Edward momentos atrás.
—Nunca creí verlo así —susurró con la voz quebrada, observando el rostro cansado de Hohenheim, que volvió a quitarse las gafas, esta vez para sobarse los ojos cansados.
—Está muy preocupado, Alphonse. Vamos abajo. Ahora hay que dejarlo descansar.
—Todo esto es por Roy Mustang, ¿no?
—Pronto lo sabrás.
Δ
Al caer la tarde, Edward despertó con el ruido de la puerta de la casa cerrándose de golpe. Sacudiéndose como si hubiera recibido una descarga eléctrica, se levantó de un salto, murmurando una exclamación. Pasados unos segundos, comprendió a qué se debía su sobresalto y se tranquilizó.
Empapado en sudor, permaneció sentado contra las almohadas largo rato, acompañado únicamente por el pesado sonido de su respiración.
Así que… había tenido una conversación civilizada con Van Hohenheim acerca de su orientación sexual. Y, lo más sorprendente de todo aquello, era que en verdad lo había ayudado. Ahora se sentía más tranquilo con respecto a la noche anterior, aunque el miedo aún no desaparecía por completo.
Pegajoso y deprimido, decidió salir de la cama y, arrastrando los pies, entró al cuarto de baño de su habitación para tomar una larga y necesitada ducha que le ayudó a relajar todos y cada uno de los músculos de su cuerpo. Sintió sus huesos crujir al flexionarlos y gozó el chapoteó de las gotas calientes sobre su coronilla, donde sentía un dolor punzante que comenzaba a irritarlo.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿Podría reunir el valor suficiente para hablar esa misma noche con Alphonse?
Mojado y vencido, salió de la regadera con pasos torpes, tropezando con la alfombrilla plástica que cubría parte del suelo, encontrando equilibrio de nuevo al sujetarse a la pared precariamente con los dedos mojados. Regresó a su habitación y se vistió para salir mientras el sol caía tras las montañas y dejaba tras su paso un imperceptible aroma a tierra mojada y hierba.
Se trenzó el cabello húmedo y se puso la chaqueta. Buscó su teléfono móvil y marcó el número de Roy, que ya se sabía de memoria. Un timbrazo. Dos timbrazos. Tres timbrazos. Cuatro timbrazos…
—¿Edward? —preguntó la voz ronca de Roy Mustang al otro lado de la línea.
Edward sintió que le temblaban las piernas. Se aclaró la garganta y respiró por medio de la boca antes de hablar.
—¿Podemos vernos? ¿En tu casa? —susurró.
—Sí, claro. Esperé tu llamada toda la mañana. ¿Estás… bien? —preguntó Mustang, cuya voz acababa de tomar un matiz preocupado.
—Tengo que decirte algo.
Roy hizo una pausa, luego, dijo:
—¿Quieres que vaya por ti a algún lado?
—No. Llego en treinta minutos.
—Te esper…
Edward colgó antes de que Roy terminara de hablar.
