SECRETOS

—Capítulo 25—

Kuro se asomó por la pequeña ventana del baño intentando ser lo más discreto posible, la calle parecía completamente vacía. «Parece ser que nadie me siguió», por el momento podía sentirse a salvo. Ahora que había fallado por segunda vez estaba en serios problemas y lo sabía.

Cerró la cortinilla y posó toda su atención en el espejo que tenía frente a él. Con cuidado retiró la gasa que cubría lo que quedaba de su oreja, el disparo del maldito peli verde se la había llevado casi por completo. «Al menos parece estar cerrando correctamente», pensó. Todavía no podía comprender como mierda lo habían descubierto pero estaba seguro que ese maldito había sido el culpable.

Le dio un enorme trago a una botella de licor que había extraído de la nevera del dueño de la casa, se quitó la camisa y se giró de lado con cuidado para revisar la zona donde la segunda bala se había alojado. «Mierda», el vendaje estaba empapado de sangre nuevamente.

Ese último disparo le había dañado un buen pedazo de tejido, aunque debía estar agradecido, si la bala hubiera penetrado centímetros más a la izquierda estaría muerto.

Tomó la botella y bajó las escaleras de la casa hasta el pequeño consultorio veterinario donde horas atrás el dueño había accedido amablemente a curar sus heridas. Saltó el cadáver del viejo cuidando de no manchar sus zapatos con el charco de sangre que se había expandido bastante, lo menos que deseaba era dejar huellas por toda la casa. En cuanto lo vieron entrar los perros que se encontraban dentro de sus jaulas comenzaron a ladrarle con intensidad,

—¡cállense maldita sea! —aventó la botella hacia donde estaban las jaulas intimidándolos, cómo odiaba aquellos asquerosos animales.

Extrajo otra venda y un par de gasas. Encargarse él solo de una herida en el costado de la espalda era difícil, tal vez debería haber esperado un poco más antes de matar al tipo que lo había ayudado.

Cuando todo estuvo en orden subió a la recámara y se tumbó en la mullida cama. «¿Qué debo hacer?»

Cerró los ojos un momento reflexionando la situación. Huir de la ciudad le sería imposible, estaba seguro que Joker ya tenía gente vigilando la terminal de autobuses y el aeropuerto, no podía arriesgarse a que lo atrapara… antes que cualquier otra cosa necesitaba alguna "garantía" que le permitiera seguir con vida.

Se sentó nuevamente, tomó del escritorio un par de hojas y una pluma, y comenzó a redactar todo lo que sabía sobre Joker. Escribió todos los nombres que recordaba, el físico de sus secuaces y la dirección de las casas de seguridad donde se había alojado. También se tomó el tiempo de mencionar sobre sus contactos en la penitenciaría desde donde lo habían sacado. Firmó todo ese extenso documento con su propia sangre, asegurándose de que no hubiera dudas sobre quién lo redactaba.

—Si me pone una mano encima lo amenazaré con enviar esta información directo a la estación de policía.

Tal vez algo como eso no detendría al sádico hombre que lo tenía en la mira, pero era lo único que podía hacer en una situación tan delicada como la suya.

—Si me voy al infierno, tú vendrás conmigo —soltó lleno de resentimiento. Mañana a primera hora se aseguraría de dejar la carta en un sitio seguro y pagarle a alguien para que la entregara en caso de emergencia. Tomaría el auto del veterinario y probaría abandonar la ciudad por la antigua carretera. Hurgó en los cajones de la cómoda, la parecer el veterinario tenía algunos ahorros que podrían serle de utilidad.

• • •

Antes de que el sol terminara de salir Law ya se encontraba en la cocina con la vista perdida hacia la nada, le dio un sorbo al cargado café que se había preparado en un intento de apaciguar sus nervios. Acababa de informar a Smoker-ya sobre lo acontecido la noche anterior y había hablado también con Zoro-ya… al parecer las cosas en el hospital se habían salido de control.

«¿Qué está tramando el malnacido de Joker?»

Miró de reojo las flores que ya había arrojado a la basura y no pudo evitar estremecerse por completo. Ni siquiera sabía si había sido Doflamingo en persona o alguno de sus secuaces quien había entrado a su departamento. Tendría que esperar a que Cora-san pudiera relatar su parte de los hechos. El frío que sentía le dejaba en claro que el fantasma andaba por ahí, al parecer también estaba preocupado.

Subió la calefacción, preparó el desayuno y sirvió una segunda taza de café para llevársela al pecoso que todavía dormía plácidamente entre sus sábanas. No pudo evitar sentir cierto remordimiento al verlo, lo menos que deseaba era involucrarlo en sus problemas.

Pese a lo tenso de la situación, esa mañana había despertado con una placentera sensación de paz. Ace se había quedado dormido casi sobre él rodeándolo con su cuerpo desnudo. El aroma de su piel y el calor que desprendía era incomparable, Law no recordaba la última vez en que no había despertado a la mitad de la noche temblando de frío.

—Ace-ya, despierta —le acarició la alborotada cabellera logrando que el pecoso abriera los ojos,

—déjame… tu cama es muy cómoda —murmuró todavía adormilado. Law sonrió, sabía que aún cuando fuera un colchón lleno de piedras, su acompañante no tendría problemas para conciliar el sueño,

—te traje algo de desayunar —Ace miró de reojo el reloj de la cómoda y luego al ojigrís con cara de pocos amigos,

—es muy temprano —se quejó, no obstante se incorporó como pudo y comenzó a frotarse los ojos en un intento de despabilarse un poco. Las sábanas que lo cubrían se deslizaron sobre su espalda hasta descubrir parte insinuante de su trasero, Law no pudo evitar recorrerlo con la mirada, ¡cómo le gustaba ese hombre!

me encantaría dejarte dormir otro poco, pero tengo que regresar al hospital en un rato, anda, desayuna y déjame acompañarte a tu casa —Ace asintió con la cabeza, hubiera preferido quedarse un tiempo más, pero si Law tenía cosas que hacer debía aceptarlo,

—de acuerdo… ¿crees que podamos vernos más tarde? —el ojigrís le regaló una sensual sonrisa,

—sólo si podemos repetir lo que hicimos anoche —comentó en forma pícara. El pecoso se sonrojó ligeramente,

—suena bien… —se metió el tenedor a la boca sin saber qué más decir—. Por cierto, esto que preparaste está bueno, ¿dónde aprendiste a cocinar? —el ojigrís no pudo ocultar una sonrisa,

—aprendí por culpa de mi padre…

—¿era chef? —preguntó Ace con la boca llena ladeando ligeramente la cabeza,

—no, era un completo desastre —el médico soltó una suave risa al recordar aquellos tiempos—, siempre que se acercaba a la cocina causaba estragos. Tuve que aprender desde chico a preparar las cosas para ambos en un intento de mantenerlo a salvo de sí mismo,

—lo extrañas mucho, ¿verdad? —su adormilado acompañante no pudo evitar el comentario al notar la añoranza en su rostro. Law cerró los ojos un instante, pese a tener la calefacción al máximo el clima seguía ligeramente frío,

podría decirse que todavía siento como si estuviera conmigo.

Ace se acercó a él y lo abrazó desde la espalda besándole el cuello, el ojigrís se giró para apresar su boca disfrutando de un delicioso beso.

Cora-san, que observaba todo desde una distancia prudente, se dio la vuelta como si esa muestra de afecto lo hubiera ofendido. Se cruzó de brazos, por más que estuviera molesto porque Law no se había quedado con Zoro tenía que aceptar que se veía feliz con ese chiquillo.

• • •

Después del incidente en el hospital, Kureha había pasado un largo rato discutiendo con Mihawk. El trato entre ambos se había terminado, la directora no estaba dispuesta a poner en riesgo nuevamente a su personal ni a sus pacientes, así que no hubo más opción que trasladarse de regreso a la mansión.

El cuerpo de Perona fue colocado en la recámara que había pertenecido a Mihawk en su niñez y habían comprado todos los aparatos necesarios para mantenerla lo mejor posible. Conis y Merry se habían ofrecido gustosos a cuidar de ella. Bon Clay, al saber que la chica gótica no tenía más motivos para lucir esas horribles batas de hospital, había aparecido para tomarle medidas y confeccionarle algunos vestidos que pudiera lucir mientras permanecía en coma,

—¡se verá como una princesa dormida! —había exclamado el diseñador conteniendo su llanto como si una nueva inspiración hubiera llegado a su cabeza. Llevaba ya todo el día de un lado a otro de la mansión dictando detalles a su asistente para ir formando su nueva colección de prendas para dormir.

Zoro comenzaba a sentirse desesperado, pues el espíritu de Perona no dejaba de lloriquear conmovida por los detalles que estaban teniendo con ella —todos son muy buenos conmigo, no lo merezco —se repetía una y otra vez mientras limpiaba las lágrimas que corrían por sus ojos,

—tienes razón, no lo mereces —exclamó el peli verde para hacerla enfurecer.

Mihawk, que ya había terminado de recorrer la mansión junto con Hina para afinar los detalles de seguridad, convocó al resto de sus empleados en el gran comedor donde les explicó, grosso modo, todos los acontecimientos desafortunados que se habían suscitado.

—…Hemos confirmado que el atacante de Perona ha sido Kuro, el antiguo mayordomo, quien al parecer está trabajando para Donquixote… —al escuchar esa declaración Conis se estremeció del miedo, su padre la abrazó protectoramente al igual que Tashigi, quien permanecía también a su lado—. Desconocemos su paradero, pero no permitiré que se vuelva a acercar a ustedes. Por favor, tengan cuidado cuando salgan de la mansión, he acordado con Hina que se asigne un custodio extra para cada uno, no quiero correr más riesgos

Los presentes asintieron sin rechistar, podían ver en el semblante de su jefe lo mal que lo estaba pasando. Ya tenía suficientes preocupaciones con la enorme cantidad de trabajo acumulado y como si no fuera suficiente, todavía se tomaba la molestia de velar por ellos.

—Zoro… —al escuchar su nombre el peli verde dio un respingo, quiero que permanezcas en la mansión hasta que tus heridas estén completamente curadas, puedes dormir en mi recámara, pero si lo deseas te asignaré algún otro dormitorio.

Zoro pudo sentir la atención de todos en él «¿¡por qué tenía que soltarlo tan de golpe!?», pensó mientras luchaba por que el color no se le subiera al rostro,

—de acuerdo… —fue lo único que soltó mientras clavaba su atención en la mesa sin atreverse a alzar la vista.

Tras dar unas últimas indicaciones el dueño de la mansión se puso de pie y se dirigió a la oficina. Los demás permanecieron en su lugar, esperando con impaciencia a que cerrara la puerta…

En cuanto se quedaron a solas las chicas comenzaron a bombardear a Zoro con un sinnúmero de preguntas, incluso Perona rondaba por ahí atenta a escuchar la historia que se había negado a contarle.

«Mihawk… ahora por tu culpa no dejarán de acosarme», tal parecía que lo había hecho a propósito para que así él no tuviera que perder el tiempo con explicaciones.

Zoro tapó sus ojos con la palma de la mano y soltó un pesado suspiro de resignación. Ahora no sólo Perona, sino también Tashigi y Conis estarían insistiéndole hasta lograr extraerle el último detalle.

Horas más tarde y cansado del interrogatorio Zoro se encerró en su taller, no había mucho que pudiera hacer en ese momento, así que trabajar en la restauración de Durandal le parecía la mejor manera de amenizar todo lo que en su interior se sentía revuelto. No se dio cuenta que el tiempo avanzaba rápido y de no ser porque alguien llamó a su puerta seguramente hubiera seguido sin parar hasta el día siguiente.

Miró el reloj en la pared, pasaban de las diez.

Cuando la puerta se abrió no pudo ocultar su sorpresa al ver que era el cejas de sushi quien lo buscaba, alzó a Durandal hacia él como si buscara amenazarlo,

—si vienes a hacer comentarios que no vienen al caso pienso asesinarte ahora mismo y buscar un lindo sitio en el jardín para enterrarte —exclamó con un tono de pocos amigos en busca de pelea,

—te traje algo de cenar… —Zoro dejó lo que estaba haciendo para prestarle atención, extrañado por su apacible tono de voz. Sanji colocó dos charolas de plata sobre la mesa del taller y encendió un cigarrillo fingiendo no haber escuchado su amenaza—, francamente no me importa si tú te mueres de hambre, pero quiero que sepas que el jefe tampoco ha probado bocado desde la reunión que tuvimos. Intenté llevarle un refrigerio, pero lo rechazó al instante… ¿crees que puedas convencerlo de que coma un poco?

No había ningún dejo de sarcasmo o burla en su voz, realmente se veía preocupado.

—Lo haré —exclamó. Sanji, que ya traía su saco en el brazo, se lo colocó. Ya todos se habían retirado, sólo faltaba él.

—Mañana nos veremos, más te vale que no se desperdicie lo que he traído… ¡ah!, y no por ser el novio del jefe dejarás de ser un marimo de mierda —soltó mientras le dedicaba una sonrisa impertinente. Sin más desapareció por la puerta dejando a Zoro con las charolas y sin nada que pudiera responderle.

«Así que Mihawk no ha comido siquiera». El peli verde comprendía que tenía mucho trabajo acumulado y con el estrés de todo lo que les venía sucediendo no tardaría en llegar a su límite…

Si tan sólo comprendiera un poco sobre finanzas tal vez podría serle más útil…

La cabeza se le iluminó de repente.

Él no tenía idea de cómo apoyarlo, pero Perona podía hacerlo a la perfección, ¿dónde andaba ese espíritu molesto cuando lo necesitaba? Tomó las dos charolas de comida, iría al cuarto donde la chica descansaba y le contaría sus planes.

• • •

La cerveza que Nami tenía entre los dedos se le resbaló estrellándose contra el piso de su habitación, —mierda, todavía no me la había acabado —soltó con un tono de voz que casi no se entendía.

Llevaba todo el día tomando, ¿qué más podía hacer? Sostenía entre sus manos el recibo de la renta y para su mala suerte acababan de cortarle la luz, por lo que se había dado a la tarea de consumir todas las cervezas que guardaba en su refrigerador antes de que el calor arruinara por completo su sabor.

Su móvil sonaba con insistencia —otra vez este idiota —exclamó molesta. Sanji llevaba un buen rato intentando comunicarse con ella. Le colgó por enésima vez —¡qué sujeto tan insistente!

Intentó ponerse en pie pero las rodillas se le doblaron y dio contra el suelo donde cerró los ojos y se quedó dormida.

El sonido del móvil fue el que la despertó nuevamente, no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado —¡otra vez él! —esta vez contestó, si no lo ponía en su lugar de una vez por todas jamás la dejaría en paz,

—¡¿qué quieres?! ¡ya no me llames! —exclamó furibunda,

—Nami-chan, sólo quería saber si te encuentras bien, no hemos hablado en un tiempo…

—si no te he llamado es porque ya no me interesas —el alcohol no la dejaba pensar con claridad y se sentía tan llena de ira que simplemente explotó. —¿No te habías dado cuenta que te estaba utilizando? ¡lo único que buscaba en ti era obtener información sobre tu jefe!, ¡yo soy la Gata Ladrona, maldita sea! Así que déjame en paz y no vuelvas a llamarme.

Antes de que pudiera apretar el botón para colgarle escuchó claramente una última frase,

—eso lo supe desde el principio, Nami-chan.

Se quedó atónita un momento y volvió a acercarse el auricular.

—¿Cómo… te enteraste? —la pregunta se resbaló de sus labios, en ese momento la curiosidad pudo más que su enojo,

—después de verte en la fiesta le pedí ayuda a Perona para encontrarte ya que no sabía nada sobre ti. Tras revisar hasta el cansancio la lista de invitados me di cuenta que no aparecías por ninguna parte, así que no tuve dudas, tú eras la reportera que se había colado a la boda, la autora del artículo sobre mi jefe,

—entonces, ¿por qué aceptaste salir conmigo? —soltó—, ¿acaso eres idiota?

Sanji pareció guardar silencio unos instantes reflexionando sus palabras.

—Lo hice porque me necesitabas, porque hubiera hecho por ti cualquier cosa que me pidieras.

Nami colgó el teléfono y lo aventó contra la pared —¡pedazo de imbécil! —soltó mientras los ojos se le inundaban de lágrimas, ¿qué clase de hombre haría algo así sólo por ayudarla? Encogió las rodillas y pegó su rostro en ellas dejando que las lágrimas escurrieran.

Además de Usopp, Nojiko y Genzo nadie más había sido bueno con ella, ¿por qué debería creer en las palabras de aquel cocinero? Se levantó todavía mareada por el alcohol y tomó otra cerveza, «me faltan cuatro» pensó mientras intentaba alejar de su cabeza la conversación que acababa de tener.

Ella no necesitaba a un caballero de reluciente armadura, necesitaba un empleo nuevo, esa era la realidad.

• • •

Zoro entró sin tocar a la oficina de Mihawk, quien apenas si se veía al otro lado de una enorme pila de papeles —te traje algo de cenar —comentó,

—gracias, pero no tengo hambre —exclamó el mayor sin siquiera levantar la vista, el peli verde acomodó las charolas cerca de la cantina y se acercó a su escritorio con una sonrisa,

—estoy aquí para ayudarte, sólo dime en qué —Mihawk soltó un suave bufido,

—te agradezco, pero a no ser que seas un experto en redacción de contratos y planeación de recursos no podrás ayudarme,

—¡pff!, eso es pan comido —exclamó Perona con aire de superioridad mientras flotaba al lado del peli verde,

—puedo hacerlo —soltó Zoro seguro de sí mismo. Mihawk alzó la vista finalmente, contrariado por aquellas palabras. Zoro tomó el primer folder que tuvo a la mano y le dio un vistazo rápido (mejor dicho, Perona le dio el vistazo), y con términos elocuentes comenzó a mostrarle las correcciones que necesitaba,

—¿dónde aprendiste eso? —preguntó el mayor sin poder esconder su extrañeza,

—es… un secreto —exclamó Zoro mientras pasaba su mano nerviosa por su verde cabellera. Mihawk entrelazó sus dedos y los colocó bajo su barbilla mirándolo fijamente,

—eres un hombre con muchos secretos —comentó, me pregunto qué más me estás escondiendo…

Zoro desvió la mirada hacia el documento que tenía entre las manos y soltó una suave risa que no pudo ocultar su nerviosismo, «si tan sólo supieras…», pensó.

—Vamos, déjame ayudarte y cenemos juntos, ¿qué te parece? —el mayor le sonrió de lado con ese gesto sensual que tanto le gustaba y volvió a enfrascarse en lo suyo. Zoro agradeció que no le hiciera más preguntas, sabía que tarde o temprano el mayor se cansaría de sus evasiones. Ya pensaría más adelante en qué podría contestarle.

—Algún día tendrás que confesarle tu secreto —soltó Perona mientras se acercaba lo más que podía a él para comenzar a revisar los textos, el Señor Dracule no es ningún idiota,

—tal vez lo haga —susurró Zoro lo más bajito que pudo. Miró al apuesto hombre que tenía en frente y esbozó una sonrisa, si quería entablar algo serio con él tarde o temprano tendría que confiarle lo que realmente sucedía.

Horas más tarde y con el trabajo bastante avanzado la hora de comer finalmente había llegado. Zoro tomó la pila de documentos revisados y los colocó en el librero del fondo para empezar a acomodarlos según las órdenes que la chica gótica le dictaba al oído. Mihawk se puso de pie y comenzó a estirarse un poco, llevaba horas sentado y su cuerpo le pedía movimiento. Miró al peli verde que parecía tener todo bajo control. Era extraño, pero la manera en que Zoro se expresaba, en que ordenaba las cosas, no dejaba de recordarle a Perona, «es curioso», tal vez sólo eran ideas suyas.

Cuando el peli verde terminó de meter los documentos en su sitio se detuvo unos instantes a leer los títulos de los libros que tenía enfrente. La mayoría eran tomos de consulta con temas que ni siquiera comprendía… finanzas, administración, contabilidad… en fin, cosas que él siempre había evitado. Pero entre todos esos algo le saltó de repente… un libro que él conocía a la perfección y que en definitiva no encajaba con el resto.

«¿Por qué Mihawk tiene algo como ésto?»

Sacó del estante un pequeño ejemplar titulado Misterios del mundo paranormal, escrito nada menos y nada más que por Foxy, uno de los peores charlatanes que Zoro había conocido en su vida. Lo había visto en varios programas de televisión siempre acompañado de un séquito de compinches con máscaras que prendían incienso y portaban velas y objetos "sagrados". Ese pedazo de imbécil se vendía a sí mismo como un médium tan poderoso que los fantasmas le confiaban secretos sobre el futuro, ¡qué tontería!, Zoro sabía a la perfección que la mayoría de los espíritus no eran capaces de recordar ni siquiera su nombre.

Una vez le había comentado a Basil en tono de broma que debían ir a su programa y dejarlo en ridículo frente a su gente, «prefiero ponerle una maldición, sólo necesito conseguir un poco de su cabello», había respondido el rubio con un aire tétrico. Tras oír eso Zoro había decidido parar la broma, a veces olvidaba que Basil no entendía muy bien el sarcasmo…

—¿Sucede algo? —preguntó Mihawk al notar que el peli verde hojeaba aquel libro con una sonrisa,

—no es nada, me preguntaba cómo es que un hombre como tú tiene un libro como éste —Mihawk se acercó con curiosidad, lo tomó entre sus dedos y fue cuando observó la contraportada con la fotografía de Foxy que pareció recordar cómo había llegado ahí,

—el autor vino en alguna ocasión a querer ofrecerme un trato, según él una mansión como la Dracule debía estar llena de espíritus, así que deseaba grabar un programa especial a cambio de una cuantiosa suma de dinero. Tras insistir un buen rato se retiró no sin antes regalarme su libro autografiado como muestra de buena fe. No tengo idea de cómo terminó en el estante, creí haberme deshecho de él hace tiempo —se acercó al triturador y sin pensárselo mucho lo hizo desaparecer,

por un momento llegué a pensar que te interesaba lo paranormal —bromeó Zoro, el mayor sonrió de lado mientras tomaba las charolas de la cena y las acomodaba sobre el escritorio ya despejado,

—no soy un hombre que pueda creer en cosas como esas. Desde mi punto de vista la gente que afirma comunicarse con los espíritus no son más que charlatanes o personas con problemas mentales… deberían recibir ayuda en vez de dejarlos deambular por ahí con sus teorías sobre el regreso de los muertos.

El corazón de Zoro se encogió al escucharlo expresarse con tales palabras, palabras que por un instante le recordaron la dureza que sus padres biológicos habían mostrado cuando les confesó que veía fantasmas. Acordarse del hospital psiquiátrico en el que lo habían abandonado le dolió en lo más profundo.

¿Qué pensaría sobre él si le confesaba su secreto?, seguramente nada bueno.

«Entonces… será mejor que nunca te enteres…», pensó con tristeza.

El peli verde permaneció en silencio el resto de la cena sin saber qué decir, incluso Perona había decidido retirarse unos momentos apenada por lo que acababa de escuchar.

Mihawk notó aquel cambio de actitud en él, pero supuso que simplemente se sentía cansado.

Zoro pasó la noche entre los brazos del mayor sin poder dormir. La simple idea de imaginarse el rechazo de aquel hombre lo hacía sentir miserable. Más aún cuando comenzaba a darse cuenta de que cada vez estaba más enamorado.