CAPÍTULO 24

A Shaoran le pareció que el tiempo pasaba volando, llevándolos inexorablemente hacia el día en que Sakura lo abandonaría. Llegó la época de Navidad. Diciembre le cedió el paso a enero, y ellos empezaron a contar los días que faltaban para que Sakura diera a luz.

En la noche del 8, unos pocos días antes de la fecha en que Terada había calculado que se produciría el parto, Shaoran se encontraba en el cuarto de baño, lavándose antes de ir a acostarse, cuando oyó los gritos de Sakura. Con el corazón en la garganta, corrió a la habitación, para encontrarla frente al armario, con la cara lívida del susto y el camisón blanco empapado de un líquido rosáceo.

—Todo está bien, cariño. Acabas de romper aguas, eso es todo.

¡Jesús! El bebé estaba a punto de nacer. Shaoran se apresuró a abrir todos los cajones del tocador en busca de un camisón seco. Esforzándose por aparentar tranquilidad, cuando en realidad estaba aterrorizado, la ayudó a cambiarse y luego la metió en la cama antes de correr a la planta baja en busca de Mayu.

—¡Dile a Yato que vaya a buscar al doctor Yoshiyuki! —gritó— Sakura va a dar a luz. Ya ha roto aguas. El bebé está a punto de nacer, Mayu. Tenemos que traer a Terada. ¡Rápido!

Mayu se quedó mirándolo fijamente.

—Señor, creo que será mejor que se tranquilice. Lo más probable es que pasen muchas horas antes de que nazca el bebé.

Shaoran tragó saliva y se frotó la cara con una mano.

—¿Estás completamente segura?

Mayu se quitó el mandil sucio con toda calma y se puso uno limpio.

—Por supuesto que no estoy segura. Pero entiendo que eso es lo que suele pasar con el primer bebé.

Shaoran se tranquilizó un poco y respiró hondo.

—Supongo que tienes razón. Estoy haciendo un drama sin necesidad, ¿no es verdad? —Hizo una mueca y se rio—Después de todo, sólo se trata de un bebé que está a punto de nacer. Es decir... bueno, las mujeres dan a luz todos los días, ¿no?

Mayu pasó de largo por su lado. Tras abrir la puerta de la cocina, asomó la cabeza en la habitación contigua.

—¡Yato! ¡Baja enseguida! ¡Ya va a nacer el bebé!

¡Y la buena mujer hablaba de tranquilidad! Al subir las escaleras, Shaoran descubrió que, cuando Mayu estaba asustada, podía dejarlo atrás perfectamente, aunque corriesen cuesta arriba. También descubrió que, al correr el uno al lado del otro, podían quedarse atascados al tratar de atravesar una puerta.

En medio de todo aquel alboroto, Sakura se había sumido en un sueño intranquilo. Cuando Mayu y Shaoran llegaron a su dormitorio y la encontraron durmiendo, acercaron dos sillas, una a cada lado de la cama, y se sentaron para observar con atención su vientre. De vez en cuando, Sakura dejaba escapar un débil gemido, y Shaoran estaba seguro de que en esos momentos se le tensaba el abdomen. Cuando le dijo esto a Mayu, ella se inclinó para observarlo de cerca.

—¡Ay! Creo que tiene usted razón. Ya está teniendo contracciones leves.

Shaoran miró el reloj.

—Son las diez y cuarto. Ayúdame a recordar la hora para que podamos cronometrarlos con precisión, ¿vale?

Así los encontró Terada: Sakura dormía profundamente, mientras Shaoran y Mayu llevaban la cuenta de sus dolores.

—Me parece que a Sakura le está yendo mucho mejor que a vosotros. Pueden pasar unas cuantas horas antes de que nos pongamos a trabajar en serio, ¿sabéis? Yo me quedaré con Sakura mientras vosotros dormís un poco, si queréis.

—¿Dormir? —preguntaron al unísono.

Terada se rio.

—Supongo que no dormiréis. —Se frotó la barbilla—. Hum... Bueno, llamadme cuando se produzca algún cambio. Iré a acostarme un rato en el estudio. Si vosotros no queréis tratar de descansar un poco, no veo por qué no deba hacerlo yo.

Justo antes del amanecer, Shaoran bajó corriendo al estudio para despertar al doctor.

—Ya va a nacer —le dijo con voz trémula— Date prisa. Creo que Sakura está muy mal.

El médico se incorporó y se frotó los ojos para intentar espantar el sueño, aparentemente sin prisa alguna.

—No me vendría nada mal un café.

—¿Un café? —Shaoran cogió al hombre del brazo y lo hizo levantarse del sofá de un tirón—. ¡Mi esposa está a punto de dar a luz! No tienes tiempo para tomar el maldito café.

Diez horas después y tras varias tazas de café, Sakura se puso de parto. Para desgracia de Terada, Shaoran se negó a apartarse de su lado. Por lo general, no permitía que los padres asistieran al parto. Sabía por experiencia que la mayoría de los hombres al final no podía soportarlo y, hasta entonces, Shaoran no había mostrado indicio alguno de ser la excepción. Sin embargo, cuando los dolores de Sakura empeoraron, Shaoran intervino y lidió bastante bien la tormenta, aparentemente sereno y haciendo todo lo posible por tranquilizar a la muchacha cuando sintió miedo.

—Todo va bien, mi amor —le dijo una y otra vez— Yo estoy aquí.

Al verlos juntos, Terada comprendió que había subestimado el amor que sentían el uno por el otro. Independientemente de la intensidad del dolor, Sakura nunca apartó su mirada de Shaoran ni le soltó la mano. Y, a pesar de estar completamente exhausto, él no se alejó de la chica en ningún momento. No lo hizo para comer ni para descansar, ni siquiera para estirar las piernas.

No obstante, lo que más conmovió a Terada fue verlos comunicarse por señas. Más de una vez, vio a Shaoran moviendo los dedos sobre la palma de la mano de Sakura, hablándole de una manera íntima que nadie más podría interpretar.

Cuando por fin el momento culminante llegó, Terada trajo al mundo al bebé, pero fue Shaoran quien dio apoyo a Sakura a lo largo de la dura prueba; fue su esposo quien le secó la cara y le arregló el pelo; fue él quien puso al bebé en sus brazos.

—Es niño, Sakura —dijo con voz ronca— Es precioso, ¿verdad? Tenemos un hijo.

Cuando Terada vio las lágrimas en los ojos de Shaoran Li, supo que era el momento de salir de la habitación para que la pareja pudiera tener un poco de privacidad. Una vez en el pasillo, se apoyó cansinamente en la pared y clavó su mirada vacía en el suelo. No podía dejar de pensar en Sakura, en Shaoran y en su matrimonio. Hasta aquel día había creído que sólo era un acuerdo de conveniencia. Sólo entonces comprendió que no lo era. Si alguna vez había visto a dos personas profundamente enamoradas, eran aquéllas.

Tokyo... en marzo, Sakura se marcharía para asistir a una escuela especial, dejando atrás a su esposo. Terada sinceramente había creído que eso era lo mejor para la chica. Pero ya no estaba tan seguro.

Al ver el rostro de Shaoran mientras miraba a su hijo, Sakura se llenó de una alegría indescriptible. El tenía a la vez un aire de ternura y una actitud ferozmente protectora. Cada una de sus facciones se había tensado por la emoción. Entendía perfectamente sus sentimientos, pues ella también los estaba experimentando. Su bebé. Su propio pequeño bebé. En un breve espacio de tiempo, ya quería tanto a aquella personita que tanto amor era casi aterrador.

Shaoran se arrodilló junto a la cama y los rodeó a los dos con un brazo. Pestañeando para mantener los ojos abiertos, pues estaba totalmente agotada, Sakura miró el rostro de su amado y sonrió. Nunca se había sentido tan llena de felicidad. En aquel momento, le dio la impresión de que, por primera vez en su vida, podía amar sin reservas. Había dos personas que la necesitaban. Realmente la necesitaban. Nunca antes se había sentido necesitada.

De niña a mujer... Sakura sintió que había hecho esta transición demasiado rápido, de la noche a la mañana. Pero era maravilloso. Medio dormida, recorrió con la mirada las hermosas facciones del rostro de Shaoran. Luego, miró a su hijo. El calor de su cuerpo diminuto apretado contra su pecho era la sensación más maravillosa que había experimentado en su vida. Concluyó que se parecía a su padre. Estupendo. Sería una pena que se pareciese a ella de mayor.

Después de que este pensamiento le pasara por la cabeza, cerró los ojos, perdiendo la batalla contra el agotamiento. Mientras se dejaba llevar por el sueño, sintió que tenía una meta en la vida. Gracias a aquel hombre y al niño había encontrado el sentido de su vida.

Sakura Li... esposa y madre. Era alguien.

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—Gracias a Dios que soy estéril —le dijo Shaoran a Terada poco después, cuando se encontraron en el estudio— Nunca más. No quiero que ella tenga que volver a pasar por una experiencia semejante.

Terada sonrió para sus adentros y se recostó en la pared de piedra de la chimenea.

—No quiero ser la voz del destino, amigo mío, pero ¿y si no lo eres?

—Cástrame.

Terada echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

Shaoran lo fulminó con la mirada.

—No sé qué te parece tan gracioso. Pobre de Sakura. Dios mío, nunca había visto nada semejante. —Los ojos se le ensombrecieron de inquietud— ¿Se curará? Es decir, ¿volverá a quedar como antes?

Terada reflexionó sobre esta pregunta.

—Bueno, se ha producido un estiramiento bastante considerable. Una mujer nunca puede volver a ceñir el cuerpo de su marido con la misma fuerza cuando los bebés empiezan a llegar.

Un brillo ardiente apareció en los ojos de Shaoran.

—¡Por Dios! No me importa tener que atarme una tabla de dos por cuatro al trasero para no hundirme en su cuerpo. Eso no era lo que te estaba preguntando. Quiero saber si ella va a sanar por dentro. ¿El parto ha causado alguna herida permanente?

—Desde luego que no. Ella estará perfectamente bien en cuatro semanas. Si de verdad estás decidido a no dejarla embarazada nuevamente, ve a mi consulta antes de que transcurra este tiempo y te enseñaré algunas medidas preventivas. No tienes que preocuparte por eso ahora.

Shaoran se dejó caer en una silla y suspiró.

—No tengo que preocuparme por eso, y punto.

—Sin embargo, si no quieres tener más hijos, te sugiero que tomes medidas. Es verdad que tuviste paperas y que surgieron complicaciones. Pero he visto a otros hombres recuperarse de casos peores que el tuyo y tener hijos un tiempo después.

—Yo no puedo. Soy estéril, te lo aseguro.

—Sólo has tenido relaciones con prostitutas, Shaoran. Esas mujeres saben cómo protegerse. ¿Cómo demonios puedes saber que eres estéril?

—¿Cómo sabes con qué clase de mujeres he tenido relaciones?

—Por los rumores.

—¿Rumores?

Yoshiyuki sonrió ligeramente.

—Eres un buen partido, y no muy dado a tener un comportamiento promiscuo. En las raras ocasiones en que ibas al pueblo, la gente hablaba de ti durante todo un mes. Yo supuse que eras cliente de la casa de Kate. ¿Estaba equivocado?

Shaoran se pasó la mano por la cara.

—No, no estabas equivocado. —Ahora que pensaba en ello, Shaoran cayó en la cuenta de que las chicas de Kate seguramente tomaban medidas para evitar quedarse embarazadas— Y es posible que tengas razón, Terada. Supongo que hay una mínima posibilidad de que yo no sea estéril. — Dedicó una mirada llena de angustia al médico— Que Dios me ampare. Si vuelvo a dejar embarazada a la pobre de Sakura, me pegaré un tiro.

Terada no pudo menos que sonreír al ver la expresión de horror en su rostro.

—La próxima vez será más fácil para ella, hijo. Créeme, ella podría tener hasta doce bebés perfectamente sanos.

—¿Doce? ¡Por Dios! —Shaoran se levantó de la silla y empezó a andar de un lado para otro— Entonces, ya está. No volveré a tocarla. Quizá sea una buena cosa mandarla a esa escuela, después de todo.

Terada se alejó de la chimenea y se metió las manos en los bolsillos. Había oído a muchos hombres hacer aquella misma promesa justo después de que sus esposas dieran a luz al primer hijo.

—Ya cambiarás de parecer cuando pase el tiempo.

Shaoran negó con la cabeza.

—No, no permitiré que ella vuelva a sufrir de esa manera. No volverá a pasar por ese trance si puedo evitarlo. No tengo ninguna duda al respecto. Es simple cuestión de abstinencia.

A Terada le hizo gracia la reacción de Shaoran.

—¿Qué piensas hacer? ¿Irás al pueblo todos los sábados por la noche? Sakura podría tener algo que decir al respecto.

—Mis noches en el pueblo ya son cosa del pasado. Soy un hombre casado, ¡por el amor de Dios!

Terada sonrió.

—Ya veremos qué pasa. Como te dije, puedes tomar precauciones. Cuando Sakura venga a visitarte o tú vayas a Tokyo a verla, la abstinencia puede ser como... una camisa de fuerza.

Shaoran se volvió para mirar al médico por encima del hombro.

—¿Esas precauciones son completamente eficaces?

—Nada es completamente eficaz.

—Entonces prefiero sufrir.

Era una promesa que Shaoran tenía la intención de cumplir.

Durante el primer mes de su vida, Hien Li, a quien le pusieron el nombre del padre de Shaoran, crecía a un ritmo impresionante. La leche de su madre y el ilimitado amor que le prodigaban todos los adultos que conformaban su mundo le sentaban estupendamente. Pero a pesar de los centímetros que había crecido después de cuatro semanas, aún no era tan grande. Sin embargo, lo que no tenía en longitud, lo tenía en potencia pulmonar. Cuando lloraba, todos en la casa, menos su madre, lo oían y acudían corriendo a su lado.

«Pequeño Hien», lo llamaba Shaoran. Este era un nombre que sufría cambios sutiles cuando el niño despertaba a Shaoran a las tres de la mañana. Mientras sacaba a su hijo de la cuna para andar con él de un lado para otro de la habitación, Shaoran le susurraba:

—Pequeño latoso. Ni siquiera estamos a mitad de la noche.

Hien, igual que su madre, no parecía tener noción del tiempo y era una criatura regida por los impulsos. Hacer vida social antes del amanecer nunca había sido una de las actividades favoritas de Shaoran. Pero, después de cuatro semanas, tenía que reconocer que esta costumbre estaba empezando a gustarle. Quizás demasiado para su tranquilidad de espíritu. Ya era 10 de febrero, y sólo faltaban tres semanas para el 1 de marzo.

Por distintas razones, Shaoran había esperado para decirle a Sakura que tenía la intención de mandarla a una escuela. En primer lugar, no quería que el poco tiempo que les quedaba para estar juntos se viera empañado por la tristeza y tenía la certeza de que, apenas se lo contara a Sakura, los dos iban a sentirse tristes. Por otra parte, sabía que Sakura no recibiría muy bien la noticia, y no veía de qué podía servir hacer que se disgustara semanas antes de que fuese necesario. Durante años, la habían obligado a vivir aislada. Para ella no sería nada fácil que de repente la forzaran a salir al mundo, que ahora, súbitamente, esperasen que asistiera a clases e hiciera vida social.

Y, además, estaba el hecho innegable de que Shaoran había resultado ser más cobarde de lo que creía. En resumidas cuentas, no tenía ganas de hablarle a Sakura de su decisión porque sabía que ella iba a odiarlo por ello. Ir a una escuela en Tokyo era lo mejor para ella. Shaoran estaba convencido de esto y, con el tiempo, Sakura lo comprendería. Pero, igual que una medicina amarga, lo que era mejor para una persona no siempre resultaba muy apetecible.

Shaoran había pensado con mucha antelación en cientos de maneras distintas de darle la noticia; pero, cuando finalmente llegó el momento, las palabras que tantas veces había repetido se le escaparon como pelusas de la flor del diente de león llevadas por el viento. Estaban en el estudio, un tablero de ajedrez se encontraba desplegado sobre la mesa que los separaba, y el bebé dormía muy bien abrigado sobre el sofá de crin de caballo, cerca de ellos. Haciendo acopio de valor, Shaoran miró los preciosos ojos verdes de su esposa.

—Tengo una sorpresa maravillosa para ti, Sakura. Es algo que quiero decirte desde hace ya varias semanas.

Bajo la parpadeante luz de la lumbre, su sonrisa le pareció aún más radiante que de costumbre. Al mirarla, Shaoran supo que nunca en su vida había visto a una mujer más hermosa que ella. Hacía dos días que la modista había terminado de hacerle el guardarropa para el periodo de posparto, y estaba despampanante con su falda de color rosa intenso y su blusa de algodón rosa pálido, con mangas de volantes. El vestido se ajustaba a su figura, enseñando su, de nuevo, delgada cintura y sus caderas ligeramente voluptuosas.

¿Una sorpresa? ¿Qué es? ¿Un perrito?

A Shaoran se le hizo un nudo en la garganta. No había olvidado que ella quería un perro. Antes de tomar la decisión de mandarla a Tokyo, había pensado comprarle uno para Navidad. Ahora esto tendría que esperar hasta que ella hubiera terminado la escuela.

—No, no es un perro, mi amor. —Se obligó a esbozar una sonrisa— Es algo mejor. — Inclinándose sobre el tablero de ajedrez, la miró profundamente a los ojos— He decidido mandarte a una escuela, Sakura. Una escuela para sordos.

Los ojos de Sakura se ensombrecieron, y una expresión de desconcierto se asomó a su pequeño rostro.

¿A una escuela? —Sonrió vacilante—¿Cuándo?

—En tres semanas —dijo Shaoran con voz ronca—Te va a encantar. Los estudiantes ponen en escena sus propias obras de teatro. Estoy seguro de que tú lo harás muy bien. ¡Llevas muchos años disfrazándote y representando obras en el ático! Y también hacen bailes en ese lugar. Bailes de verdad. Podrás ponerte vestidos bonitos y bailar el vals hasta caer. Eso será muy divertido, ¿no te parece?

Las sombras abandonaron sus ojos para ser reemplazadas por un brillo de emoción. —¿Bailes?

—¡Desde luego! Con música y todo. —Mientras la miraba, Shaoran rogó de todo corazón que las expresiones de su propio rostro no fueran tan reveladoras como las de ella; para que la pobre nunca adivinara que se le estaba partiendo el corazón con cada palabra que decía— Harás muchos amigos, Sakura. Personas sordas como tú. Gente que sabe hablar por señas. Aprenderás a leer y a escribir sin ni siquiera darte cuenta de ello. ¿No te parece magnífico?

Ella apretó las manos contra su pecho.

Sí, estupendo. ¿En tres semanas? ¿Cuánto tiempo son tres semanas?

—No es mucho tiempo. Unos veinte días. —Esto no era suficiente tiempo, al menos a su modo de ver— Te marcharás el 28. De esta manera, tendrás tiempo para instalarte antes de que empiecen las clases.

La sonrisa de emoción se le heló en la cara. Le miró fijamente durante varios segundos.

¿Marcharme?

Shaoran tragó saliva.

—Sí. La escuela está en Tokyo. Irás en tren. Mayu te acompañará, así que no tendrás ningún problema. Mientras estés en la escuela, durante el día, ella cuidará a Hien.

Sakura no dejó de mirarlo fijamente.

¿Cuánto tiempo?

Shaoran sabía perfectamente lo que ella le estaba preguntando, pero decidió fingir que no.

—¿Cuánto tiempo? ¿Te refieres al viaje en tren? Varias horas. Tendré que echarle un vistazo al horario. Tokyo se encuentra a unos trescientos kilómetros de aquí—Sonrió de nuevo—Es decir, tres veces cien, en caso de que te lo estés preguntando. Parece un largo viaje, pero en realidad no lo es, no en nuestros días y con los medios de transporte modernos.

La mirada de ella se hizo más angustiosa.

No... Lo que quiero saber es cuánto tiempo estaré en la escuela.

—Sólo el tiempo que se requiera para que aprendas todo lo que necesitas saber. Cómo hablar, cómo leer y escribir, cómo hacer operaciones matemáticas.

Mucho tiempo.

—No... Serán dos o tres años como máximo, Sakura. Dado que tú te quedaste sorda cuando ya tenías adquiridos el habla y el lenguaje, sobrepasarás rápidamente a los demás estudiantes. Te graduarás antes de que te des cuenta. Entretanto, nos visitaremos con frecuencia. No nos parecerá mucho tiempo.

Durante un terrible instante, Shaoran pensó que ella se echaría a llorar. Pero alzó la barbilla, se puso derecha y esbozó una sonrisa que no transformó la expresión de sus ojos.

Qué emocionante. Me muero de ganas de ir a esa escuela.

Tras decir estas palabras, ella se levantó de la silla, evitando mirarlo a los ojos, pero siempre dirigiendo la cara hacia él para que pudiera leerle los labios.

Creo que estoy demasiado emocionada y no puedo seguir jugando al ajedrez. Por favor, discúlpame.

—¡Sakura! —Gritó Shaoran— Espera, cariño...

Cogiendo al bebé rápidamente, la joven se dirigió hacia la puerta. No se volvió en ningún momento, ni tampoco miró hacia atrás. Mientras ella salía del estudio, Shaoran se dejó caer en la silla de nuevo y cerró los ojos. Luego, con un amplio y brusco movimiento del brazo, tiró violentamente al suelo el tablero de ajedrez.

Sakura tenía a Hien amorosamente apretado contra su pecho, y su mirada estaba fija en el fuego. El dolor que sentía en el pecho era tan intenso que tenía dificultades para respirar.

Asistir a una escuela... durante dos o tres años. En Tokyo, donde no formaría parte de la vida de Shaoran hasta que tuviera una formación lo suficientemente completa como para no hacerle pasar vergüenza.

Sakura, la idiota...

Cerró los ojos, resuelta a no llorar, a pesar de todo el dolor que sentía. No podía culparlo por la decisión que había tomado. De verdad que no podía hacerlo. Ella sabía desde el principio que no era la mujer adecuada para él, que su sordera le impedía ser una esposa idónea. Si iba a la escuela, podría aprender a hablar. En verdad eso sería de gran ayuda. Cuando Shaoran la llevara al pueblo, sería menos probable que la gente se quedara mirándolos fijamente y dijera cosas en voz baja si ella podía hablar. También sería mejor para Hien. No quería que se mofaran de él porque su madre era una idiota. Sabía cuánto dolía que se burlaran constantemente de uno.

Tokyo... una escuela para sordos. Donde podría hacer amigos. Un lugar especial, donde todos los demás también eran idiotas. Un lugar donde los idiotas ponían en escena obras de teatro, iban a bailes y fingían ser normales. Un lugar al que Shaoran podía mandarla para que la gente no lo viera con ella todo el tiempo y no se riera de él.

Hien empezó a retorcerse. Abriendo los ojos, Sakura se desabrochó el canesú del vestido y acercó la boca del bebé a su pecho. Mientras él se acomodaba para mamar, ella acariciaba su sedosa cabecita con las yemas de los dedos. Meciéndose, meciéndose constantemente. Dentro de su cabeza, la palabra Tokyo se convirtió en un sonsonete. En tres semanas viajaría a esa ciudad.

En tres años, si aprendía rápido, podría volver a casa. Era tan sencillo y tan horrible como eso.

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CONTINUARÁ

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