Capítulo 25: Deseo oculto
Espesas gotas de sangre cayeron sobre el suelo, convirtiéndose pronto en una oscura mancha carmesí. El cuerpo del oji-dorado cayó laxo hacia el frente, al tiempo que las cadenas de sus muñecas se tensaban por su peso. Sus cabellos largos y negros cubrieron parte de su rostro, cual cortina que intentaba ocultar el reflejo de su dolor, cansancio y sufrimiento. Una gota de sudor —prueba del esfuerzo físico y la tensión emocional— se escurrió desde su sien y descendió hasta su mandíbula, perdiéndose entre el pequeño charco de sangre que se había formado debajo de él. Su boca entreabierta se movió ligeramente con la inhalación y exhalación de su respiración dificultosa, al compás con el subir y bajar de su pecho.
Varias heridas cubrían su torso desnudo; rasguños, cortes y magulladuras adornaban su piel, evidenciando su cruel suplicio. Pero, había una herida en particular que sobresalía de las demás con notoria evidencia. Una cercenada que cruzaba su abdomen en un ángulo de 45 grados, desde el costado derecho al izquierdo. Una abertura superficial, pero lo suficientemente profunda para causar estragos en su cuerpo. Cualquiera podría suponer que habían querido abrirlo para sacar sus entrañas, mas no consiguiéndolo al primer intento. No, más bien había sido una maniobra premeditada para torturarlo y prolongar su agonía, pues matarlo rápidamente de un solo tajo, no era nada difícil en su condición de prisionero encadenado. Estaba claro que su captor aún quería mantenerlo con vida. La única pregunta era: ¿Por cuánto tiempo más?
Cualquier persona hubiese implorado por una muerte rápida e indolora para no tener que sufrir o siquiera tener que prepararse mentalmente para lo que se vendría, pero no él. El sólo pensamiento de entregar su vida al mismo demonio, no estaba en sus planes… no aquí, no ahora. De hecho, su mente, pese a la turbulenta ola de emociones que lo invadía, se mantuvo calmada y mayormente enfocada. Solamente debía esperar antes que la primera oportunidad se le presentara. Tenía fe de ello, pues conocía muy bien al que alguna vez había sido su entrenador.
«Sólo un poco más…»
Jakotsu, a menos de dos metros de distancia, lo observó detalladamente en silencio después de agotarlo al extremo de extinguir sus fuerzas. Sus oscuros ojos brillaron en la parcial oscuridad de aquel cuarto, maravillándose con el formidable espectáculo que su obra le otorgaba. Su corazón latió con fuerza, llenándolo de una indescriptible emoción que rayaba la cordura. Y es que nunca en su vida había sentido tanto placer y deleite como cuando su cuchillo se abrió paso por el duro abdomen de InuYasha, excitándolo con cada gemido que logró arrancarle de sus labios, con cada centímetro que recorrió por su carne. El sólo hecho de haber conseguido arrebatarle un lastimero bramido como jamás lo había escuchado, había sido suficiente para encenderlo y provocar su lado más oscuro y sádico. Había sido, simplemente, sublime.
Una maliciosa sonrisa se dibujó en sus rojizos labios. Sin quitarle la mirada de encima, lamió los restos de sangre que manchaban la filosa hoja de su cuchillo con su lengua, disfrutando el inconfundible sabor de la agonía. Su instinto de depredador le pidió más, sintiéndose empujado a seguir torturando a su presa y grabar en su mente cada reacción y cada gesto que emitía su rostro.
—Esto es fascinante —musitó Jakotsu con malintencionada complacencia. Su cuchillo brilló bajo la tenue luz lunar que se filtraba a través de la enrejada ventanita del cuartucho—. Me imaginé tantas veces esta escena, que apenas puedo creer que realmente esté sucediendo… que estés bajo mi poder, totalmente indefenso y a mí merced —declaró, esperando ver alguna reacción adicional de InuYasha, más este se mantuvo impasible. Sumido en sus propios pensamientos, llevó una de sus manos hacia su pecho y sujetó el reloj de bolsillo entre sus dedos para contemplarlo brevemente antes de continuar—. Esta cosa… de verdad cumplió mi deseo… No pensé que fuera posible, pero realmente me permitió controlar el tiempo. Es interesante, ¿no crees? Tener tal poder con sólo mover las manecillas de este reloj… ¿Es por eso que luchabas tan desesperadamente por recuperarlo? ¿De dónde lo sacaste?
Muchas preguntas sin responder salieron disparadas de su boca a medida que daba rienda suelta a sus pensamientos y fantasías. Si bien al inicio había estado algo confundido y descolocado por el salto en el tiempo, y había creído todo producto de su imaginación, la realidad lo golpeó de lleno cuando se vio delante de InuYasha, maniatado e indefenso. Fue entonces cuando lo comprendió y, a pesar de su propia curiosidad, se dejó llevar por sus ansias de satisfacer sus propios deseos. Se olvidó del mundo, de su jefe, de sus hermanos y de su misión. Cegado por su propia codicia, simplemente suprimió sus inquietudes y sorpresa por el inexplicable acto sobrenatural y se dedicó a disfrutar del momento como tantas veces había soñado. Pero como todo buen sueño, éste se vio interrumpido por la vibración de su teléfono móvil que lo hizo despertar a la fuerza. La llamada de Onigumo, con la clara orden de finalmente llevar a cabo su tarea final, lo bajó de su dorada nube.
En un principio, no creyó difícil cumplir con su cometido, pues igualmente había sido parte de sus anhelos acabar con InuYasha con sus propias manos. Escuchar sus súplicas y agónicos gemidos era un sueño hecho realidad. Realmente se sintió feliz y emocionado de conseguir arrancarle más de un bramido de dolor y de contemplar su bien lograda obra. Pero, a pesar de todo ese incontrolable éxtasis que llenaba su ser, había algo que lo molestaba. La peculiar sensación de un ligero dolor punzante en su pecho, como si una espina se incrustara lentamente en su corazón conforme los minutos pasaban. No le tomó demasiado tiempo deducir el motivo.
No quería que su gozo terminara… No quería que InuYasha muriera…
—Cómo me gustaría detener el tiempo, sólo para poder disfrutar eternamente de este momento… de deleitarme con tu sufrimiento y arrancarte gemidos de dolor una y otra vez, sin limitaciones ni interrupciones… Sólo tú y yo, en un mundo en el que sólo existamos los dos… —espetó el afeminado, exponiendo en voz alta sus genuinos deseos enfermizos—. Si lo intentara, ¿crees que este reloj me lo otorgaría?
Y allí estaba, la oportunidad que InuYasha había estado esperando silenciosamente, mientras intentaba recuperar parte de sus energías. Una sonrisa de medio lado se formó en sus labios al escuchar el absurdo monólogo de ese psicópata, el cual daba paso a una descabellada idea para liberarse. Estaba muy consciente del riesgo que eso implicaba, pero tampoco consideraba tener el tiempo suficiente para meditarlo demasiado. Una pequeña luz de esperanza le había sido presentada, y definitivamente, iba a tomarla.
—¿No te sería más beneficioso adelantar nuevamente las manecillas, en lugar de tratar de detenerlas? —inquirió el oji-dorado intencionalmente.
Jakotsu alzó la mirada del reloj y enfocó sus pupilas en su prisionero, sorprendiéndose por escucharlo hablar con tanta soltura y calma. Una chispa de duda se instaló en su interior al considerar sus particulares palabras que parecían únicamente querer provocarlo.
—¿Quieres que adelante nuevamente el tiempo para darte alguna esperanza de escape? —preguntó, ciertamente confundido, mas recuperándose lo suficientemente rápido como para no darlo a notar. En su lugar, mostró una confiada sonrisa—. Qué listo eres, cariño, pero no lo suficiente. Parece que no has considerado la posibilidad de ya estar muerto para ese punto del futuro cercano —explicó y, como dándose cuenta de ese hecho, hizo un gesto dramático de horror—. ¡Qué terrible! Ya no tendría la dicha de verte, ni de tocarte o siquiera torturarte… ¡¿Qué será de mí?!
—Keh. Mejor motivo aún para intentarlo. Al menos ya no estaría obligado a ver tu horrible cara y tener que soportar tus estupideces —se burló InuYasha, alzando lentamente su rostro para encararlo, una sonrisa desafiante delineando sus labios.
—¿Así que preferirías morir que divertirte conmigo? —cuestionó Jakotsu, frunciendo el ceño, evidentemente molesto por el comentario. Aunque, no tardó mucho en recuperarse y seguirle el juego al oji-dorado, sonriendo de manera perversa a medida que volvía a acercarse a él—. Sabes que te destrozaré con órdenes de Onigumo o sin ellas. Tienes todas las de perder, cariño. ¡Estás bajo mi dominio!
—Entonces, ¿por qué te detienes? ¡¿Por qué no me matas de una maldita vez?!
El brusco sonido de carne siendo desgarrada y un gemido contenido interrumpieron momentáneamente la línea de discusión. InuYasha apretó los dientes y retuvo el aliento, tragándose el intenso dolor que lo invadía. El filoso cuchillo del afeminado se había clavado despiadadamente en su dorsal ancho izquierdo, causándole una nueva herida sangrante de profundidad media.
—No me provoques, querido, que podría cumplir tu deseo en menor tiempo al que tenías pensado —susurró Jakotsu en su oído, sacando nuevamente la hoja de su cuerpo—. Dime, ¿por dónde te gustaría empezar? ¿Los riñones? ¿El hígado? ¿El páncreas? ¿Tu corazón? —Preguntó sugestivamente—. Al final, creo que conservaré tus hermosos ojos para mí como recuerdo.
Controlando el agotamiento y el malestar, el joven Taishô lo miró de reojo, consiguiendo un fugaz contacto visual. Vio su sarcástica sonrisa, así como también el regocijo que la situación le causaba. Reconoció sus deseos de mantenerlo con vida, únicamente para prolongar su enfermiza diversión; motivo suficiente para cuidar que cada herida que le provocaba no fuera mortal, al menos no con efecto inmediato. Fue entonces cuando decidió que el momento más oportuno para contraatacar había llegado. Sin darle tiempo a reaccionar, sorprendió a Jakotsu con un duro cabezazo en la frente. Un golpe lo suficientemente fuerte y certero como para hacerlo retroceder con un daño menor, pero antes que éste se pudiera alejar lo suficiente por la inercia, apretó los dientes para tragarse su dolor y alzó hábilmente las piernas, enroscándolas entorno al cuello del afeminado, atrapándolo con asfixiante fuerza.
—Te conozco lo suficiente como para saber que esto no es exactamente lo que deseas —masculló InuYasha, ronco—. Siempre quisiste enfrentarte a mí y doblegarme con tu fuerza… ¿por qué no llevar a cabo esa obsesión tuya y nos enfrentamos limpiamente en un combate de uno a uno? Sin trampas, sin arrepentimientos…
En efecto. Enfrentarse a InuYasha y hacerlo llorar, había sido un anhelo que siempre había estado en su corazón. Una propuesta bastante atractiva que resonó en la cabeza de Jakotsu con genuino interés. Una leve sonrisa se dibujó en sus carmesíes labios tras recuperarse de la sorpresa, cambiando su mueca de dolencia por una de satisfacción. Sin dudarlo, ejerció presión sobre la herida que atravesaba el abdomen de InuYasha con ambas manos, consiguiendo liberarse de la llave al provocarle daño. Sujetándose el cuello para recuperar el aliento, se detuvo un momento para contemplar al oji-dorado y considerar su invitación.
—¿Qué te hace pensar que aceptaré tan absurda sugerencia? Mi misión es matarte y sabes que no fallaré con esa orden.
—Sólo pensé que tal vez querrías jugar un poco antes de llevar a cabo el macabro plan del maldito de Onigumo —comentó InuYasha con fingida calma, tras recuperarse—. ¿Qué? No me digas que te da miedo perder y fallar —lo provocó con altivez, volviéndolo a mirar fijamente a los ojos.
—¿Miedo, yo? No me hagas reír —Jakotsu resopló con burla—. Yo nunca fallo.
—Ah, ¿sí? Demuéstramelo. No tienes nada que perder —prosiguió InuYasha, seguro de conseguir lo que quería—. Si tu ganas, me matas y si yo gano…
—Tú me matas… El reloj también volvería a ser tuyo —completó Jakotsu, sonriendo con marcada satisfacción—. Me parece justo.
¡Bingo!
Era una locura, ¡un suicidio! Bueno, técnicamente, ya estaba condenado a morir en manos de ese desquiciado, así qué, ¿qué diferencia había entre lanzarse a un repentino combate a muerte y tratar de ganar milagrosamente, y dejarse morir simplemente sin siquiera intentarlo? Era su única opción, su única esperanza. Se lo debía a sí mismo, pero por sobre todo, se lo debía a Kagome.
Estaba muy consciente que, con sus heridas, tenía todas las de perder y aun así, ¡necesitaba salir de ese condenado lugar cuánto antes; no tenía tiempo!
«Enseguida iré por ti, Kagome. Por favor, ¡resiste!»
Las cadenas de los grilletes de sus manos fueron rotas con un acertado tajo de un par de shurikens*, liberándolo de su aprisionamiento para darle libertad de combate. Así también, un puñal de aproximadamente veinte centímetros fue arrojado a sus pies para que fuera usado como su arma de pelea.
El juego de vida o muerte, había dado inicio.
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Su vista se estaba nublando; el aire escasamente pasaba por su garganta. La sensación de mareo y la flaqueza de las fuerzas de su cuerpo no se hicieron esperar. Había dado pelea hasta donde le había sido posible y, pese al magnánimo esfuerzo que había hecho por salvar su propia vida, no consiguió liberarse. Su oponente —además de asesino contratado— era indudablemente más fuerte que él, dejándolo como un indefenso niño a la completa merced de un adulto. Estaba perdido; iba a morir allí, solo y sin nadie a su lado, como un infeliz perro que, posiblemente, a nadie le importaba.
No. Eso no era verdad. Había un par de personas a las que su vida seguramente importaba. Entre ellas, la dueña infalible de su corazón. Cómo lamentaba no poder cumplir con su promesa de hacerla feliz y de darle sus hijos. Le hubiera gustado mucho casarse con ella y formar un cálido hogar a su lado. Tener la familia que siempre había deseado. ¡Vaya destino cruel! Ni siquiera había sido capaz de dejar descendencia. Con suerte, habría conseguido anotar al primer intento aquella primera y única vez, y entonces… ¿A quién quería engañar? El linaje Hoshi había llegado a su fin.
«Perdóname, Sango…»
Evocando el hermoso rostro de la castaña, Miroku se entregó a su trágico destino, cerrando sus azulinos ojos y permitiendo que la inconsciencia se apoderara de él. Fue en ese momento que el hombre grande y fornido que lo estrangulaba con una corbata cayó al suelo con un fuerte espasmo y un quejido.
La presión entorno a su garganta cedió y su cuerpo se derrumbó junto al ahora inconsciente individuo. El aire regresó a sus pulmones como un torrente cargado de nueva vida, permitiéndole dar hondas y fuertes bocanadas. La enérgica tos que aquello le provocó no se hizo esperar, a medida que su pecho se volvía a llenar del vital oxígeno que le había sido cortado tan violentamente segundos atrás.
—¡Amo Miroku! —fue el desesperado llamado de su asustado asistente, quien se acuclilló rápidamente a su lado para auxiliarlo—. ¿Se encuentra bien?
Tras un minuto más de agitado respirar, Miroku consiguió calmarse y pasar saliva por su reseca y lastimada garganta. Desconcertado, alzó sus ojos hacia el hombre, creyendo estar alucinando.
—¿Ha-Hachi? ¿Có-cómo…? —habló dificultosamente con voz rasposa.
El hombre no se sintió capaz de completar la pregunta, y es que, después de haber estado al borde de la muerte, francamente dudaba si estaba despierto o si ya había cruzado la delgada línea que lo separaba de la realidad y la alucinación letal por falta de oxígeno a su cerebro. Dudoso, parpadeó un par de veces, consciente que la figura podría borrarse en cualquier momento de su vista, pero al sentir una sólida mano afirmarse a su espalda para ayudarlo a erguirse, supo que había sido rescatado.
—V-vi a todos esos policías salir de la estación y, cu-cuando aquel agente que me mandó sacar se unió a los demás después de unos minutos, supe que algo no andaba bien —explicó Hachi con algo de agitación—. Y evidentemente no me equivoqué. F-fue una suerte encontrar esta cosa en uno de los escritorios cercanos, porque de lo contrario… n-no sé cómo hubiera podido ayudarlo de forma segura y rápida, señor —indicó, aún nervioso por lo acontecido, sosteniendo en su mano un objeto rectangular de color negro.
Miroku descendió la mirada del rostro de su asistente hacia el dispositivo y ensanchó sus azulinos ojos al darse cuenta de lo que había utilizado para salvarlo de una muerte casi segura. Una sonrisa incrédula —además de agradecida y aliviada— se dibujó en sus labios.
—Un arma de electrochoque… bien pensado, amigo —lo felicitó, esforzándose al máximo por sacar su voz. Instintivamente, regresó a ver rápidamente al individuo caído a su lado, pensando en que una descarga en la entrepierna, de seguro, no debió ser nada agradable—. Creo que será mejor irnos de aquí antes que este sujeto despierte o, en el peor de los casos, se les ocurra volver a todos esos policías —indicó, poniéndose de pie—. ¿Tienes algún plan?
—¿Correr? —sugirió el asistente, creyendo ver a alguien acercarse peligrosamente a la entrada de la estación de policías.
—¡Maldición! —masculló Miroku, agarrando a Hachi por el brazo para esconderse.
¿Qué seguía ahora? Primero InuYasha desaparecía sin dejar rastro, después las chicas eran secuestradas, lo encarcelaban injustamente, luego trataban de matarlo y ahora… ¡¿corría el riesgo de morir nuevamente al intentar escapar de prisión?! Era inocente de todos esos cargos y tenía todas las pruebas para demostrarlo, pero las circunstancias lo colocaban en una situación demasiado complicada. A este punto, las cosas no podrían ponerse peor, ¿o sí?
Un arma de fuego olvidado sobre uno de los escritorios, llamó su atención. ¿Qué era lo peor que podría pasar?
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El constante piqueteo y raspado contra la pared comenzó a adormecer los brazos de la azabache. Mordiéndose el labio inferior, trató de ignorar el creciente dolor de sus extremidades, decidida a terminar desesperadamente su labor antes que el cansancio la terminara de vencer. Desde un principio, la idea le había resultado descabellada y, ciertamente, difícil, pero ese no había sido motivo suficiente para detenerla y mucho menos hacerla desistir. ¡Tenía que salir de allí junto a su amiga a como diera lugar! Ese era su único pensamiento por el momento y su único objetivo.
El instante mismo en que había vislumbrado aquella pequeña barra de metal al otro extremo de aquel cuartucho, la idea de hacer un hoyo en la pared para escapar, se le había arraigado en su cabeza. Naturalmente que, el plan inicial había consistido en únicamente sacar algunos tornillos de la lámina metálica que parecía la única barrera, doblarla lo suficiente para que ellas cupieran y escapar… nunca imaginó encontrarse con una pared de ladrillos del otro lado. ¿A quién se le ocurría cubrir un muro con una lámina metálica? A sus malvados secuestradores, por supuesto y, claro, al constructor de ese viejo lugar. ¡Grandioso!
—Ya casi… —susurró la joven mujer para sí, terminando de picar el emporado del último ladrillo de una esquina.
—¿Kagome?
Con un sobresalto, la aludida se volteó precipitosamente, escondiendo la barra de hierro —y su evidente obra— tras su espalda. Por un instante, creyó sentir su corazón atorarse en su garganta al saberse descubierta infraganti, pero al darse cuenta de quien se trataba, su cuerpo se relajó inmediatamente, soltando un pesado suspiro de alivio.
—Sango, me asustaste —masculló, dejando caer sus tensionados hombros hacia adelante—. No me di cuenta cuando despertaste. ¿Cómo te sientes?
La castaña caminó torpemente hacia ella, sujetándose la frente con una mano. A decir verdad, tan sólo había abierto sus ojos hace menos de un minuto, dándose cuenta de los cuidados que su amiga le había dado en la medida de lo posible. De no ser por ella, posiblemente, su condición estaría peor.
—Me duele la cabeza y algunas partes del cuerpo, pero supongo que estoy bien… creo —respondió, haciendo una pequeña mueca de molestia. Brevemente, recordó la paliza que ese tal Onigumo le había dado por ya no ser considerada un "producto valioso"—. Por cierto, ¿qué estás haciendo? Pareces agotada y… ¡Dios, mira cómo estás! —reparó en el aspecto de la azabache. Se asustó por lo que pudo haber ocurrido durante su lapso de inconsciencia. Dios, ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado—. ¿Me… he perdido de mucho? —preguntó con cierta cautela.
Kagome apretó los labios ante aquella última pregunta, sintiendo una punzada en su corazón. Su mirada se ensombreció por unos instantes y dudó si decirle a su amiga lo que sus secuestradores le habían dicho con respecto a InuYasha y Miroku, o si mejor omitir ese detalle… por lo menos hasta escapar. La segunda opción le pareció la más acertada para no provocar un colapso nervioso que sólo las volvería más vulnerables ante la situación.
—Sólo te puedo decir que si no salimos de aquí, formaremos parte de la extravagante colección de algún maniaco del medio oriente —aseguró, volviéndose hacia el muro con intenciones de retomar su labor.
—¡¿Seremos confinadas a un harem?! —se exaltó Sango, horrorizada ante la idea.
Posando rápidamente el dedo índice sobre sus labios, la azabache le indicó a su amiga que guardara silencio. Consiguiendo su entera atención, se giró nuevamente hacia la pared y comenzó a raspar y torcer la pequeña barra de hierro entre las pequeñas ranuras que había conseguido hacer en medio de los ladrillos.
—Ven, ayúdame —susurró quedamente, instando a Sango a que se acuclillara a su lado—. No nos queda mucho tiempo. Si nos apresuramos, tal vez consigamos…
Pero ni bien Kagome le estaba dando las indicaciones a la castaña, la puerta detrás de ellas se abrió, dando paso a uno de sus ya conocidos vigilantes. Y aunque ambas intentaron ocultar la evidencia de su intento de escape a sus espaldas, fue inevitable no dar a notar su plan. El recién llegado alzó una inquisidora ceja mientras las escudriñaba, aunque no tardó demasiado en esbozar una descarada sonrisa al descubrir la lámina metálica levantada y torcida detrás de ellas.
—¿Así que estaban intentando escapar? —soltó el hombre de trenzada cabellera con cierta mofa en su tono de voz. Las dos chicas respingaron al verse evidentemente descubiertas, no notando las cosas que él había traído consigo—. La próxima vez, no hagan tanto ruido al picar la pared —se burló, dejando un balde lleno de agua, entre otras cosas, a un costado, acercándose a ellas.
Kagome y Sango retrocedieron instintivamente, quedando acorraladas entre la pared y Bankotsu. La proyección de su sombra bajo la poca luz cayó amenazadoramente sobre ellas, haciéndolas estremecer como a dos conejitos asustadizos en presencia de un depredador.
—¿L-lo sabías? —balbuceó la azabache con nerviosismo. El hombre la miró con interés.
—Vamos, danos un poco más de crédito. ¿De verdad creíste que se las pondríamos así de fácil? —reprochó Bankotsu, fingiendo indignación. No tardó en acercarse lo suficiente a ella para tomarla de la barbilla—. Vales mucho dinero, preciosa. Ya deberías saberlo. Y tu amiga… aunque ya no tanto, igual tiene un valor importante.
—No se saldrán con la suya —lo desafió Sango, retirando su sucia mano de su amiga—. Cuando salgamos de aquí, tendrán que rendirle cuentas a la justicia y pagarán por sus crímenes —advirtió, fingiendo valentía para intimidarlo. Bankotsu soltó un bufido.
—No cuentes con eso, linda. Creí que después de la paliza que recibiste del jefe, te habría quedado más que claro —indicó, silenciándola con sus duras palabras—. Aunque supongo que, dentro de todo, has tenido suerte. Yura te consiguió un nuevo comprador en las Filipinas.
Un baldazo de agua helada cayó sobre Sango, o al menos, eso fue lo que sintió. Su mente quedó momentáneamente en blanco, mientras su cerebro intentaba procesar la información recibida. ¿Un comprador? ¿Las Filipinas? Entonces, ¿no sólo las iban a vender como cualquier producto, sino que también las iban a separar? ¡Esto tenía que tratarse de una maldita pesadilla!
Y, como si aquellas palabras hubiesen sido alguna especie de señal, Renkotsu entró sorpresivamente en aquel cuartucho, aprisionando a la castaña para sacarla de allí, argumentando que ya era hora de prepararla junto a las demás.
—¿Qué haces? No, ¡suéltame!
No queriendo permitir que se llevaran a Sango de su lado, Kagome empuñó fuertemente la pequeña barra metálica —la improvisada herramienta con la que había estado picando la pared— en su mano y se lanzó sobre el hombre de la pañoleta, trepándose sobre su espalda. Al primer intento, le clavó la torcida punta en un hombro, sacándole un quejido de dolor, lo que ayudó a aflojar el agarre sobre el brazo de su amiga para que escapara.
—¡Sango, corre!
—¡Maldita! —Una brusca sacudida y un manotazo fueron más que suficientes para tirar a la azabache de su lomo y dejarla sentada en el suelo.
Y, aunque Sango hizo un gran esfuerzo por llegar hasta la puerta con la esperanza de salir de allí para pedir ayuda, su intento de escape fue fácilmente bloqueado por el otro hombre que, hasta el momento, había observado el espectáculo con una divertida sonrisa.
—Hey, hey, hey. ¿A dónde crees que vas? —Antes de siquiera alcanzar a cruzar el umbral, Bankotsu la atrapó, inmovilizándola rápidamente de las muñecas para obligarla a calmarse y rendirse—. Renkotsu, creo que estás perdiendo tu habilidad de controlar a las mujeres —se burló. El aludido soltó un bufido.
—¡No digas idioteces, que no es gracioso! —Refutó el hombre, sujetándose el adolorido y sangrante hombro para girarse hacia la caída azabache—. ¡Fue culpa de esta maldita mujer que…! —llevado por la ira, alzó su mano para golpearla, pero la voz del sub-jefe lo retuvo.
—¡Oye, cuidado, que ella está a mi cargo! —Le advirtió Bankotsu, antes que Renkotsu pudiera llevar a cabo su objetivo—. Sabes perfectamente bien que vale mucho —le recordó con un tono amenazar, empujando a Sango hacia él para que la atrapara en su lugar y se la llevara de una vez.
—Pues contrólala mejor, hermano —gruñó el hombre de pañoleta de mala gana, llevando a cabo su inicial orden sin decir nada más.
—¡No, suéltame! ¿A dónde me llevas? —cuestionó la castaña, forcejeando nuevamente para soltarse del agarre, pero como era de suponerse, todo su esfuerzo fue en vano. Las fuerzas del hombre de la pañoleta la superaban con creces, terminando por arrastrarla con facilidad hacia la salida. Desesperada, buscó a su amiga con la mirada, presintiendo que, tal vez, ésta podría ser la última vez que se verían—. ¡Kagome!
—¡Sango!
Todo sucedió demasiado rápido. Kagome apenas fue capaz de reaccionar, levantarse de su sitio e impulsarse hacia adelante para retenerlos con su mano extendida, cuando una sombra grande se posó delante de ella y le impidió el paso. Bankotsu definitivamente no la dejaría ir tras Sango, mucho menos escapar. ¿Acaso ya era demasiado tarde? La joven Higurashi sintió como el corazón se encogía de la angustia al saberse tan abruptamente separada de su mejor amiga y, lo que era peor, no ser capaz de ayudarla y evitar que fuese enviada hacia un infierno desconocido en otro país. Nunca más se volverían a ver, así como tampoco volverían a ver a aquellos que amaban… ¿Qué sería de ellas?
La puerta se cerró con un fuerte golpe, dejándola a solas con su captor en aquel oscuro y enmohecido cuarto. La azabache dio un paso hacia atrás al ver una perversa sonrisa dibujarse en los labios del hombre, estremeciéndose. Por un instante, creyó que ese sujeto se le volvería a echar encima, pero para su desconcierto, lo que cayó sobre ella y le tapó momentáneamente la visibilidad, fue un trozo de áspera tela. Asustada, se lo quitó rápidamente de la cabeza, temiendo ser sorprendida por algún ataque. Y, cuando lo examinó, se dio cuenta de que se trataba de una pequeña toalla.
—Báñate —ordenó Bankotsu, señalando el balde de agua, la pieza de jabón y el bote de shampoo que había dejado en una esquina cuando entró. La azabache pestañeó confundida y frunció ligeramente el entrecejo de manera interrogante—. Vamos, que no tenemos toda la noche.
—¿Por qué? —cuestionó dudosa. El hombre bufó entre risas.
—¿Porque estás sucia? Creí que eras más inteligente, preciosa —dijo, burlesco—. ¿No sabes que los regalos costosos resaltan por su buena presentación? Necesitas estar limpia y bien perfumada. Mira, incluso te conseguí un lindo envoltorio —indicó, mostrándole un fino vestido de color esmeralda.
Algo tan simple como eso. No era necesaria una explicación mucho más detallada para que Kagome comprendiera a lo que se refería. Ella era un objeto de un muy alto valor que sería vendido y enviado a su extravagante comprador. Su aspecto influiría en la complacencia del cliente para que la transacción fuera un éxito. Era más que obvio que ese vestido era su envoltura también para que, posteriormente, le fuera quitado por su nuevo dueño o… por alguien más. Su cuerpo se estremeció de sólo imaginarlo.
—¿Y si me rehúso? —trató de rebatir, ocultando su propio miedo ante la situación.
—¿Prefieres que te bañe yo mismo? —preguntó, alzando una ceja. Una descarada sonrisa se dibujó en su rostro al no obtener ninguna respuesta inmediata, dando un paso al frente—. Está bien, si tú quieres...
—¿Qué? ¡No te me acerques!
—Entonces, ¡empieza a desvestirte y lávate!
No había lugar para réplicas ni berrinches. Sabía que ese hombre hablaba en serio y, por su propia seguridad, más le valía obedecer. Nerviosa, tomó las cosas junto con el balde de agua y se dispuso a desvestirse, pero cuando no lo vio moverse de su lugar para darle su espacio y poderse asear y cambiar como le estaba pidiendo, titubeó nuevamente.
—Pero...
—Si no puedo tocarte, por lo menos pienso disfrutar de la vista del fruto prohibido… siquiera por ahora —respondió Bankotsu a la muda interrogante.
Kagome se congeló en su sitio. Un cúmulo de emociones la invadió, entre el miedo, la vergüenza, la ira, la impotencia y la frustración, obligándola a retener sus enormes deseos de llorar. No creía poder soportarlo y, sin embargo, sabía que no tenía otra opción. Tal vez sería tonto pensar que a estas alturas alguien vendría por ella y que la rescataría, —considerando que Onigumo y sus hombres le habían asegurado haberlo matado—, pero realmente deseaba aferrarse a esa posibilidad. ¡Él estaba vivo; tenía que estarlo! Debía resistir, por él, por Sango, por Miroku y por su familia.
Con una mano temblorosa, aferró instintivamente la perla que aún pendía de su cuello, su alma clamando desesperadamente por su amado, mientras se preparaba mentalmente para uno de los peores momentos de su vida.
«InuYasha…»
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Su respiración era pesada; el sudor, la sangre y la suciedad manchaban su tez como una segunda piel, demacrando visualmente su estado que, de por sí, ya era malo. Varias gotas carmesí cayeron sobre el piso, evidenciando el daño recibido de su cuerpo y lo cerca que estaba de colapsar. Sus energías estaban a poco de abandonarlo; la vista se le estaba tornando borrosa y sus extremidades habían comenzado a temblar. Con suerte, conseguiría mantener sujeto el puñal en su mano para continuar defendiéndose.
«Maldición… he perdido mucha sangre», pensó InuYasha para sus adentros, sacudiendo la cabeza para espabilarse.
—¿Qué ocurre, InuYasha? No me digas que ya te cansaste —masculló el afeminado, recuperando su propio aliento. Varias gotas de sudor perlaban su frente, aunque su cansancio y heridas no tenían comparación con las del oji-dorado—. No te vayas a desmayar todavía. Aún nos queda mucha diversión por delante.
No, realmente no quedaba mucho tiempo. Si la pelea se prolongaba por mucho más tiempo, estaba seguro que Jakotsu conseguiría darle el golpe final y, entonces, todo estaría perdido. No sólo para él, también Kagome, Sango e incluso Miroku. ¡Sus vidas estaban en juego! Necesitaba pensar en una estrategia para poder vencerlo, ¡y rápido! Estaba claro que tenía la absoluta desventaja y que, Jakotsu, por haberlo entrenado durante mucho tiempo en el pasado, conocía su estilo de pelea a la perfección. Pero así también, él, por haber sido algo así como su discípulo para las luchas ilegales, sabía muchas cosas que podrían ayudarle a ganar.
—No te confíes demasiado —siseó InuYasha con voz ronca, enderezando su postura, su mirada fija en el reloj de bolsillo que pendía del cuello de su oponente—. ¡Ni creas que me has vencido! —desafió como si lo hiciera hacia el mismo demonio Naraku.
Un nuevo contraataque y una nueva maniobra que sólo el más rápido y fuerte conseguiría contrarrestar. El afeminado fue lo suficientemente capaz para salvar su cuello de un peligroso asalto que estuvo a punto de matarlo. Un segundo de reacción más tarde y su garganta hubiese sido abierta por aquel fiero movimiento. ¿O es que acaso, había querido arrebatarle el reloj? Una excelente estrategia, pero como perder no estaba dentro de sus planes, no demoró en maniobrar su propio cuchillo y rasgar el pecho de InuYasha para herirlo una vez más.
—Ay, InuYasha, InuYasha, ¿cuándo aprenderás tu lugar? No puedes vencerme —indicó el afeminado, deleitándose en los gestos y gemidos que conseguía sacarle al oji-dorado en cada oportunidad—. Sólo espero cumplir mi mayor anhelo antes de enviarte al otro mundo… Quiero verte suplicar de rodillas y con lágrimas en los ojos, diciéndome: Jakotsu, por favor, perdóname la vida. Me equivoqué con esa mujer; tómame entre tus brazos.
—¡Eres un depravado! Tus comentarios me causan repugnancia —rezongó InuYasha, totalmente asqueado. Encontrando la fuerza suficiente para dar un golpe más, dio un rápido salto y se abalanzó nuevamente sobre su oponente—. ¡Te voy a destruir, Jakotsu!
—Maravilloso, me gusta tu rebeldía. Vamos, ¡quiero verte llorar y suplicar por tu vida!
Una ágil pirueta, una patada alta, un derribo por medio de una estratégica finta, esquivos y nuevos golpes combinados de varias técnicas de combate que cortaban el aire con los filosos cuchillos. Cinco minutos continuos e intensos que dejaron a ambos hombres sin aliento hasta que, finalmente, se vieron atrapados contra una pared, abrazados uno detrás del otro, mientras ponían a prueba la fuerza de sus brazos.
InuYasha vio la filosa punta del arma dirigirse peligrosamente hacia la boca de su estómago, al tiempo que sus manos ejercían presión en sentido contrario para alejarlo. Entre desesperados forcejeos y empujones bruscos, sintió como su cabello era repentinamente halado hacia atrás, instante mismo en el que el aliento caliente de Jakotsu chocaba repulsivamente contra su oído. La asquerosa sensación húmeda de la viscosa lengua recorriendo parte de su lóbulo, sólo lo ayudó a impulsar su adrenalina para aplastar al afeminado entre su cuerpo y la pared, en un desesperado intento por debilitarlo y alejarlo lo más pronto de él.
Un golpe seco, el sonido de la carne siendo rasgada y un gemido ahogado, resonaron entre otros ruidos, productos de la difícil lucha. Un cuerpo cayó y el otro se mantuvo temblorosamente en pie, contemplando el reciente suceso con parcial incredulidad. Una fracción de segundo de distracción había sido más que suficiente para que uno de los dos consiguiera hacer su movimiento final, terminando el combate con la incrustación completa de su cuchillo en el cuerpo de su oponente. Un ataque certero y potente que alcanzó la aorta abdominal de la víctima, el cual finalmente condujo a su muerte.
—Lo he… derrotado… —murmuró el joven Taishô, dando grandes bocanadas de aire, al tiempo que dejaba caer el puñal de su mano. Sintiendo un ligero mareó, se apoyó en la pared más cercana, tratando de oprimir la sensación de vértigo que había comenzado a invadirlo, una vez que la adrenalina del momento abandonara su cuerpo. Sintiendo la áspera sequedad de su garganta, tragó saliva. De pronto, la ahogada tos de Jakotsu llamó nuevamente su atención—. ¿Todavía sigues con vida?
—¿Qué esperas? Anda… ven a darme… el golpe de gracia —masculló el afeminado, comenzando a escupir sangre en medio de su dolorosa agonía.
—No es necesario; ya te he derrotado —respondió InuYasha escuetamente, acercándose a él, únicamente para recuperar el reloj.
—La verdad es que yo… ansiaba que tú me exterminaras. Supongo que… tu reloj me concedió mi deseo…
—Todo fue un ardid de alguien mucho más poderoso… alguien que ni siquiera podrías imaginar. Tú sólo fuiste su herramienta —murmuró InuYasha en un dejo de voz. Jakotsu ensanchó sus ojos con sorpresa, pero finalmente sonrió, comprensivo.
—Ya veo… Debió ser por algo muy importante para ti que… entregaste tu alma…
—Keh. No es de tu incumbencia. Además, ya he perdido bastante tiempo contigo —lo cortó de manera tajante, disponiéndose a salir de ese lugar lo antes posible—. Necesito detener a Onigumo antes que sea demasiado tarde.
Dándole la espalda al agonizante Jakotsu, InuYasha inhaló profundo para recomponerse y, sujetándose adoloridamente las costillas de su costado izquierdo, dio un par de pasos hacia la salida. Debía darse prisa y rescatar a Kagome de las manos de ese engendro. Y aunque no estuviera cien por ciento seguro de su actual paradero, se daba una ligera idea de dónde podrían estar… o por lo menos, esperaba que la localización del punto de reunión para el envío, fuera el mismo que en la primera línea de tiempo: Aquel viejo depósito a orillas del mar. Si se equivocaba… ¡No, tenían que estar en ese lugar!
—¿Piensas irte así? —Cuestionó Jakotsu apresuradamente, volviendo a toser entre quejidos y escupitajos de sangre—. Si no me matas ahora… volveré a desafiarte… me encargaré yo mismo… de aniquilar a la mujer que osó a robarte el corazón… y a alejarte de mi lado.
—Sólo para estar seguros… ¿me dirás en dónde la tienen? —preguntó el oji-dorado en un quedo susurró, mirándolo de soslayo sobre su hombro. Era obvio que estaba ignorando su supuesta amenaza—. ¿A dónde se la llevaron? —inquirió en un tono un poco más demandante, frunciendo ambas cejas. Jakotsu sonrió.
—Fui muy feliz por conocerte… Por favor, mantente con vida…
—Jakotsu —insistió InuYasha, sintiéndose algo incómodo por la situación.
Francamente, nunca creyó que su fin llegara ese día, mucho menos que resultara de esa manera y en manos de su querido oji-dorado. Pero, dentro de todo, se sentía genuinamente realizado por haber sido capaz de pasar sus últimos momentos junto a él, su obsesión; el hombre que en algún punto de su vida despertó el latido muerto de su corazón, provocando sus bajos instintos y enfermizos deseos de pertenencia. Y aunque nunca se había considerado una persona creyente de ningún tipo, en su corazón, albergaba el ferviente deseo de poder reencontrarse con él nuevamente en su otra vida, tal vez, con la posibilidad de renacer como una mujer.
Sí, ese era su deseo oculto; su más preciado secreto que se iría consigo al otro mundo… su amor por InuYasha Taishô.
—Yokohama… Partirán antes del… amanecer.
No tuvo que detenerse a pensar demasiado; la respuesta simplemente salió de sus rojizos labios de manera natural y sin arrepentimientos, antes de exhalar su último suspiro y entregarse a la eterna oscuridad de la muerte. Las llamas del infierno abrazaron su podrida alma con agónico sufrimiento en cuanto atravesó el otro mundo, llenando de macabra satisfacción a cierto demonio de cabellos largos y ondulados que ya aguardaba por él desde las penumbras.
InuYasha mantuvo su dorada mirada sobre el ahora inerte Jakotsu, arrugando levemente una de sus cejas. Su sentimiento de odio y repugnancia hacia el afeminado, inesperadamente, se vio mezclado con la lástima y la gratitud. Emociones algo contradictorias, considerando las circunstancias por las cuales había tenido que pasar, pero… pese a todo, el muy infeliz había terminado ayudándolo, básicamente, entregando su vida para permitirle escapar, además de darle la confirmación del paradero de Kagome. Una estupidez que no tenía fundamento, pero por la cual estaba muy agradecido.
Continuará…
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*Shuriken: Es un tipo de arma oculta que es arrojada como un proyectil. Está hecha de metal y es de origen tradicional japonés. (¿Les suena la palabra "estrella ninja"? Pues es eso xD).
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N/A: ¡Hola a todos!
Pese a la demora en la actualización esta vez, les aseguro que me esforcé al máximo para traerles este nuevo capítulo lo más pronto que me fuera posible. Han pasado tantas cosas en mi vida personal (mi hermano menor colapsó y tuvo que ser hospitalizado de emergencia y posteriormente operado, despidos y muchos cambios en mi trabajo, talleres, capacitaciones, viajes, etc, etc), que me tuvieron muy muy ocupada. Con decirles que, aunque ya había terminado de escribir el capítulo la semana anterior, he tenido que editar por partes por el poco tiempo que he tenido. Sí, imagínense ir corrigiendo una escena cada día… una real tortura xD. En serio, ¡qué frustración! En fin, espero que dentro de todo, el capítulo haya quedado decente y libre de errores, pero si ven algo por allí, no duden en avisarme ;).
En cuanto al capítulo… ¡Un villano menos! Bueno, ahora que lo pienso, ya no sé si realmente se puede considerar un villano todavía, por cómo terminaron las cosas, pero bueno… detalles xD. Ahora bien, aquí las preguntas del millón: ¿Habrá conseguido Miroku escapar de la prisión? ¿Lo capturarán/matarán antes de siquiera lograr poner un pie afuera? ¿InuYasha conseguirá llegar hasta donde retienen a las chicas o morirá desangrado en el camino? (qué trágica xD) ¿Y las chicas? ¿Qué pasará con ellas? ¿El posible rescate, llegará demasiado tarde? Claro, si es que llegan xD. ¿Qué dicen ustedes? ¿Cuáles son sus teorías? ¿Empezamos una ronda de apuestas y suposiciones? :P
Y para no extenderlo mucho más, creo que lo dejo hasta aquí. Pero como siempre, extiendo mis agradecimientos a mis queridas lectoras que me dejaron sus adorables y entusiasmados comentarios: Fumie16, bruxi, SaKuRaku, lindakagome, Lis-Sama, Lovergreen, Marlene Vasquez, Manaka Danny y aby2125. ¡Las adoro!
Besos y hasta la próxima.
Con cariño,
Peach n_n
