CAPITULO 25:
"Teoría del desastre"
Seiya, Serena y Lucero miraron expectantes y casi sin respirar como la puerta se abría con un sonido profundo y retumbante.
Cuprimus entró y se hizo al lado con cortesía, para dejar entrar a una hermosa muchacha cuya aura lumínica inundó la habitación. Tenía un largo cabello de color rubio platino peinado en diminutas trencitas que caían por su espalda. Su traje de gala plateado y violeta, su piel era pálida y luminiscente y sus ojos grises eran grandes y húmedos pero insinuaban sabiduría y madurez impropios para su edad. Portaba una varita plateada finamente tallada y adornada con una piedra de poder en la punta. Cuando Lucero se inclinó respetuosamente, Seiya y su bombón imitaron su gesto.
-Lady Arabea – La presentó su amigo – Consejera guardiana de la Luz.
La muchacha les hizo un saludo gracioso ondulando su grácil cuerpo flexible.
-¡Así que estos son tus amigos misteriosos, Cúprimus!- perdida toda ceremonia, se abalanzó sobre ellos y los abrazó y besuqueó varias veces, estrujándolos con una energía digna de mejor empresa – ¿De dónde vienen? ¿Son novios? ¿Es lindo su planeta? ¿Podemos teleportarnos allá? ¿Tienen muchos animalitos?
-Ary, no es el momento - El sabio parecía avergonzado – No estamos haciendo vida social… - Se cogió la frente con malestar.
-Ándale, no seas aguafiestas, Cupy…
Lucero no cabía en sí misma de su estupor. Miraba a la chica y a Cuprimus, que enrojeció hasta las orejas, avergonzado.
-¿Cupy? – Seiya se apretó el estómago con los puños disimuladamente para no estallar en carcajadas.
-Ejem – El chico de barba azul intentaba recuperar la compostura- Arabea y yo somos amigos desde pequeños, nuestras familias se conocen desde varias generaciones atrás, ejem –Tosió- Arabea, recuerda para que te traje, tenemos poco tiempo…
Entonces la muchacha se abalanzó sobre Cuprimus, le dio un pisotón, un empujón y le jaló la barba, abrazándose a él y enterrándole los dedos en las costillas.
-Vamos, Cupy, no seas aguafiestas… - Hizo un puchero con su boquita adorable – ¡No te portes como un ancianito! Todos sabemos que te gusta portarte como un viejito "El gran consejero Cúprimus" pero yo conozco toooodos tus secretitos sucios – Lo chantajeó.
Seiya estaba sorprendido, Serena encantada y Lucero… bueno, Lucero estaba poniéndose roja y hasta algo verde, de ver la forma en que esa señorita estaba tratando a su admirado Señor. Comenzó a jalarse el cabello de la trenza con nerviosismo y a estrujarse las manos.
-¿Se… secretos sssu-cios? –Se atrevió a murmurar.
-Ajá… - se regodeó la jovencita, al ver los ojos de todos prestándole atención y el sabio se ponía pálido y le rogaba piedad con gestos – Sí, conozco todos los secretos de Cupy y voy a decir que…
-¡Arabea!
Una voz melodiosa de hombre se escuchó al entrar silenciosamente en el salón una persona, haciendo que el resto se sobresaltara.
-¿De qué se supone que estabas hablando? – Preguntó el joven. Tenía el cabello verde hoja, brillante y lustroso que le caía hasta más debajo de los hombros y se curvaba en las puntas. Era muy guapo, y tenía una expresión seria y agradable. Su túnica de color amarillo oro contrastaba agradablemente con su piel bronceada, y portaba un báculo de color bronce con una piedra luminosa, tal como el de Cúprimus.
-¡Broncirius!- la muchacha recuperó la compostura y se paró muy derecha cruzándose de brazos. Todos se maravillaron de su repentino cambio - ¿Por qué has tardado tanto?
-Te esperábamos- Musitó Cuprimus, sobándose la barba disimuladamente – Estos son los amigos de los que te hablé. ¿Y Goldilaquia?
-No pude traerla… Estaba encerrada con el príncipe Lúmino otra vez…
-¡Estrellas negras de Silicia! – Exclamó el erudito- ¿Todavía persiste con eso? – Su expresión denotaba fastidio – No podremos hacer nada sin ella…
-Así es… confirmó Broncirius sacudiendo la cabeza con disgusto - Está convencida de ello. Es más terca que una mula de Glamora – suspiró.
-¿De qué hablan? – Preguntó Serena, curiosa.
-Goldilaquia es nuestra compañera consejera, como les conté somos cuatro, Arabea, Goldilaquia, Broncirius y yo mismo, Cúprimus. Cada uno de nosotros canaliza su poder a través de uno de los cuatro metales sagrados, y controla uno de los poderes de la materia astral. Y también, como ya saben, aconsejamos a nuestros gobernantes para que ejerzan su poder con sabiduría… Goldilaquia… bueno… Ella siempre ha creído en los Oráculos y los sueños proféticos, y hace unos días, tuvo la visión de que ella sería la esposa de nuestro Rey Lúmino, lleva varios días intentando convencerlo de que es lo mejor para nuestro planeta, pero…
-Lo mejor para ella, querrás decir - Acotó Arabea con retintín – Una excelente manera de ponerse por encima de todos nosotros, ¡Goldilaquia siempre ha tenido ínfulas de superioridad! ¡Imagínate! Goldilaquia Reina de Resplandor Ufff… - resopló.
-Querida amiga – La tranquilizó Broncirius poniendo la mano sobre la suya - ¿No has pensado que tal vez ella tenga sentimientos sinceros por nuestro soberano? … De todas formas… No me parece una idea mejor esa de elegir una esposa entre las damas que asistan al baile – murmuró como para sí.
La muchacha se sonrojó levísimamente con el breve contacto. Tragó saliva y continuó la perorata.
-¿Goldilaquia? ¿Sentimientos? ¿Estamos hablando de la misma persona? – Apretó su báculo y lo estrujó con impaciencia mientras su cabello ondeaba tras su espalda.
-De todas formas- Cúprimus parecía a pronto de tener un jaqueca de antología con tanta discusión – Sin ella es imposible invocar el poder de los medallones, amigos míos- Su expresión se entristeció al observar a Seiya y Serena – Tal vez tengamos que esperar hasta después del baile - Agregó con expresión contrita.
-¡Por mí no hay problema! – Se le escapó a Serena, a quien le brillaban los ojos pensando en la opípara cena y la danza – Unas horas no harán la diferencia.
-Solo hay que ser discretos – murmuró el cantante entre dientes. Hace algunas horas se sentía intranquilo, y no había tenido oportunidad de contarle a su bombón y a su sabio amigo sobre su encuentro con el anciano. Presentía que podía ser importante para la solución del misterio espacio temporal que los aquejaba.
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El joven la miró, sintiendo a pesar de su alto rango de nobleza, que era imposible para él explicarle a cabalidad las cosas que pasaban por su cabeza. ¿Cómo decirle que una imagen nada más lo había hechizado? Pensaría que estoy loco, se dijo. Además, a su manera, la quería a ella también. ¿Cómo no amar sus ojos? ¿Su largo cabello color de fuego? La observó de reojo.
Goldilaquia mordía el pañuelo con impotencia. Por ningún motivo dejaría traslucir el profundo dolor que significaba para ella las últimas palabras de su Rey. Contempló con insensible indiferencia las ricos tapices, el lujoso amoblado y adornos de las estancia, más bien, hubiera preferido la cárcel… o una casucha de aldeana. ¡Oh, sí! Contempló sus delicadas manos blancas plagadas de joyas, producto de la más fina orfebrería kinmokiana. Si fuera una aldeana, no llevaría ningún adorno y sus manos estarían quemadas por el sol y ásperas y cuarteadas por el uso constante, pero al menos… - contempló al hermoso Apolo de sus sueños – Si ambos fueran pobres, Lúmino cumpliría su promesa. Su promesa de infancia…
-Debes olvidarte de eso, Goldie – le dijo por enésima vez – Éramos solo unos niños jugando a al amor, comprende que tengo responsabilidades ahora, tengo que encontrar una reina digna de gobernar a mi lado.
-¡Oh! Y yo no lo soy – sollozó la chica de cabello rojo con desconsuelo – Sí, tienes razón, una desconocida será una mejor elección. Está bien.
-Se que te dije que te amaba y que si nadie más aparecía en mi vida, me casaría contigo, pero, ¡Solo tenía 12 años! ¿No lo comprendes?
-Si vas a decir que es por razones políticas de enlazar fuerzas y territorios con otro Reino, me parece perfectamente razonable…
Él no quería jugarse la última carta, pero no quería perder a su mejor amiga, consejera y a la más poderosa de las guardianas del reino. Le cogió a la mano y la miró a los ojos.
-Mira, Goldie… Tú eres quien cree en profecías ¿no?
Ella tragó saliva, y asintió con dificultad, sintiéndose presa en su propia trampa.
-Pues… no vayas a reírte, pero hasta hace unos días, me sentía lleno de melancólica apatía. Comenzaron a llegar mis regalos de cumpleaños, y cada vez que abría uno, lo iban dejando sobre el montón. Estaba triste y abúlico, no quería comer, ni cabalgar, ni bailar, ni cantar… la vida había perdido todo sabor para mí y no había nada que me produjera la más leve alegría ni contento. Ni siquiera mi pronta coronación.
Ella lo miró con más atención.
-Entonces, de pronto, un regalo llamó mi atención. Había quedado abandonado sobre la pila. Era un espejo, de rara fabricación, combinaba los cuatro metales preciosos de nuestro reino y llevaba la efigie de los cuatro animales guardianes. Lo tomé, más bien pensando en ver los estragos que habían dejado estos largos días de insomnio e mi rostro…
Goldilaquia sintió una fuerte opresión en el pecho. Cada latido le parecía más doloroso y difícil que el anterior. Las orejas le zumbaban como si estuviera pronta a desmayarse.
-Pero lo que vi, me dejó perplejo. No era mi propia imagen. Era como si el espejo hubiera sido una ventana a otro mundo. En la imagen, una muchacha, que parecía aquejada también de profunda melancolía, suspiraba sentada sobre su lecho. Tenía largos cabellos dorados peinados en coletas. La contemplé durante mucho rato, conmovido de la coincidencia de nuestros ánimos, y de pronto… ¡Se volvió hacia mí! ¡Casi pareció saber que alguien la contemplaba a través de su propio espejo! Acercó su rostro, y pude ver sus ojos azul límpido y profundo, brillando como joyas a causa de las lágrimas… ¿Hay alguien ahí? Preguntó. Pero entonces, alguien entró en la habitación llamándola "Princesa de las Luna, Princesa de la Luna" y entonces ella salió del cuarto y no pude contemplarla más.
-¿Qué sucedió después? –preguntó la muchacha con un hilo apenas de voz.
-El espejo jamás volvió a funcionar. Aún lo tengo conmigo y lo reviso todos los días, Creí que ahora si moriría de tedio si no volvía a verla…
-Entonces – Goldilaquia ensayó una leve sonrisa – Sólo ha sido un sueño o una fantasía. Mi Señor, tal vez las largas noches de vigilia han influenciado vuestra imaginación.
-Eso mismo creía yo – Contestó Lúmino, estrujando la mano de su mejor amiga – Pero no sólo he soñado con la desconocida… ¡Hoy la he visto en mi propio palacio!
Una cuchillada en el corazón hubiera sido menos efectiva que la daga de hielo que atravesó limpiamente las entrañas de la pelirroja hechicera. Sólo había dos posibilidades: o su amado Lúmino había terminado por enloquecer o… En verdad tenía una seria rival para ganarse su corazón.
-¡Es demasiado cruel! – murmuró con voz apenas perceptible, estrujándose las manos en el borde de su brillante túnica color esmeralda.
-¡Y la he invitado al baile! ¡La mujer que habita mis sueños vendrá al baile!- A Goldilaquia no se le escapó el brillo inusitado que resplandecía en los azules zafiros de Lúmino - ¡Ella vendrá, Goldie! Bailaremos, hablaremos, le confesaré lo que sentí al mirarla… le diré que haría cualquier cosa por aliviar su dolor, y entonces…
-¡Todo eso no es más que una sarta de fantasías! – El báculo brillante y dorado de Goldilaquia restalló con estruendo al golpear con fuerza el entablado - ¡Mi señor…! - ella hizo una reverencia, pero siguió hablando en voz alta - ¡Por favor…vuelve en ti! Aún hay tiempo para…
Su voz se quebró al contemplar la frialdad con que era observada por su interlocutor.
-Pensé que entre todos mis consejeros y mis "amigos" - (hizo gran énfasis en esa palabra) - tú serías quien mejor me entendería – dijo Lúmino con amargura – Puedes retirarte Guardiana del Espacio, tus servicios no serán requeridos por ahora… Incluso… Si no deseas asistir al baile, quedas dispensada – Agregó el Rey, saliendo de la estancia con la frente en alto y con una mirada capaz de congelar los trópicos.
Goldilaquia no resistió más y cayó de rodillas. Lo sollozos la sacudían por completo. De sus ojos castaño rubí manaban abundantes lágrimas.
-¡Señora! – Sus servidoras acudieron a asistirla, pero ella las rechazó con un gesto.
-Oh, Lúmino – murmuró para sí – jamás pensé que todo esto terminaría de esta forma…
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Horas más tarde, Seiya, Serena, Cuprimus y Lucero, entraban por las doradas puertas del Gran Salón de Ceremonias del palacio Real de Resplandor. Todo resplandecía hasta hacer doler los ojos, el cristal, la platería, los galones de los gentiles servidores, las bellas obras de arte y los tapices y colgaduras que engalanaban el lugar, eso, sin mencionar las maravillosas ropas de artificiosa fantasía que lucían las damas y caballeros más importantes y elegantes, venidos de todos los rincones de Kinmoku, nadie había querido sustraerse al boato de la fiesta y la ceremonia del día siguiente. La gente-estrella charlaba con excitada animación y danzaba con belleza y galanura.
-¿Bailamos, bombón? Preguntó el cantante – No conozco del todo este baile pero creo poder salir airoso.
Serena sintióse transportada al paraíso de sólo contemplar los alegres y chispeantes ojos de su guapo acompañante. Se cogió de él como hiedra y evolucionaron al compás de los afinados instrumentos y las delicadas voces de un grupo de estrellas cantantes que parecía casi flotar sobre un estrado de pulida arabea.
-¿Te diviertes, preciosa?
-¡Sí, mucho! – Respondió - Me gustaría que este momento jamás terminara, Seiya… - Agregó, al sentir sus mejillas adquirir un tono más intenso cuando su amada estrella la estrechó en sus brazos y pudo sentir su corazón latiendo junto al suyo.
Lucero y su señor estaban sentados en una mesa algo apartada. La aldeana se comía con los ojos todo a su derredor ¡Todo era tan hermoso, nuevo y emocionante a su vista! Sin embargo, al volverse hacia Cuprimus vio que arruga de preocupación surcaba su aún tersa frente bajo el brillante cabello azul. Unas perlitas de sudor resbalaban casi hasta su barba. Sintió una gran compasión. Sabía que él no se relajaría hasta que sus amigos pudieran volver sanos y salvos a su propia época. ¡Era tan admirable! Pensó, tal vez lo bastante sabio para gobernar el país con justicia y equidad. Pero al menos como consejero, sería admirable lo que podría hacer a favor de los campesinos y servidores, como ella. Sintió que su rostro enrojecía un poco, como cada vez que miraba demasiado a su Señor. Decidió observar de nuevo la pista de baile.
El sabio, solo deseaba que la fiesta que apenas comenzaba, finalizara pronto. Sus ojos vigilantes estaban sobre la rubia de coletas y el joven de cabello negro, quien desde que lo viera por vez primera, le había producido una molesta e incómoda sensación de Deja vu. La forma en que se movía, sus gestos, el color de sus ojos… No podía dejar de pensar en lo familiares y conocidos que le habían parecido en un principio, por eso no había sido problema confiar en él y creer a cabalidad su historia. Ahora ya se había desvanecido un poco esa sensación, pero, al verle bailar las danzas tradicionales con tal desparpajo y seguridad, las dudas volvían a acuciar su cerebro y sus pensamientos a volverse obsesivos y febriles ¿Qué era lo que hacía que Seiya le fuera tan conocido?
En eso estaban ambos, reconcentrados, cuando una voz cascada los sacó de su empecinado mutismo.
Continuará… Y perdón por la tardanza, creo que la primavera me ha dado nuevas energías, las personas con depresión estacionaria se podría decir que "hibernan" en el otoño-invierno, hasta las ideas se congelan...
